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En Defensa del Marxismo N° 23

1 de marzo de 1999 · 18 notas

Notas de este número

1 de marzo de 1999
La Revolución de Octubre (1917/1921)

El réquiem del comunismo viene siendo pronunciado sistemáticamente desde los acontecimientos de 1989/1991. La contribución específica de cierta historiografía reciente parece ser la de pretender poner una lápida definitiva sobre el bolchevismo, señalando no tanto el mal que produjo (tarea dejada para políticos e ideólogos de todas las especies) sino sobre todo, buscando explicar cómo ese mal pudo haber existido, o sea, qué condiciones históricas favorecieron su vigencia (e, implícitamente, cuales deberían ser evitadas para que ese fenómeno no se repita en el futuro). Ningún gran descubrimiento histórico abona esa pretensión (la suposición, por ejemplo, de que antes de la revolución Stalin habría sido un agente de la Ojrana, la policía política del régimen zarista, expuesta en los últimos tiempos, ya es bien antigua) (1), para lo cual bien sirven platos viejos recalentados, como hizo el sovietólogo americano Richard Pipes, que condensó en un único volumen su extensa trilogía sobre la Revolución Rusa (2). La Escuela de los Anales también entró con fuerza en esa disputa, con los trabajos de Marc Ferro y, sobre todo, del ya fallecido François Furet, que pretenden ser una generalización y profundización de investigaciones anteriores. El antibolchevismo La novedad consiste en la amplitud del frente historiográfico antibolchevique, que incluye ahora también a notorios comunistas arrepentidos, ante los que se destaca el autor de una trilogía sobre Lenin, Stalin y Trotsky, recientemente fallecido Dimitri Volkogonov, ex director del Instituto de Historia Militar de la URSS (para quien "Lenin es la fuente de la ideología totalitaria de la intolerancia"), pero que también incluyen a buena parte de la antigua extrema izquierda occidental, no sólo la reciclada dos décadas atrás en la "nueva filosofía", sino también otro sector referenciado hasta hace poco en el trotskismo, que ahora declara "cerrado el ciclo histórico abierto por la Revolución de Octubre", cuyo "modelo", de cualquier manera, habría sido siempre inadecuado (3). Entre los recientes trabajos de síntesis, pocos escapan a la norma apuntada (4). Claro está, ninguna investigación histórica puede ser reducida a su componente político. Pero por otro lado, tampoco puede ser considerada "en sí" totalmente al margen del universo histórico-político en el que se halla inserta. Desde este punto de vista no hay duda de que la investigación originada "en la izquierda" rinde un visible tributo al balance histórico extraído por un hombre tan político como Mijaíl Gorbachov. Para él, "en el siglo XX, tanto el sistema socioeconómico capitalista, occidental, como el sistema considerado socialista, mostraron su incapacidad para resolver los problemas básicos de la humanidad contemporánea" (con la pequeña diferencia, no apuntada por Gorbachov, de que el primero está en pie, mientras el segundo no). Con respecto a la URSS, Gorbachov piensa que "una de las principales lecciones de esos 80 años que concluyen, es el papel decisivo de la democracia como el principio más sustancial de garantía de una constante vitalidad social. La URSS llega a un impasse justamente por la falta de democracia" (5). Para Gorbachov, por lo tanto, la "democracia" se situaría en un peldaño superior al capitalismo y al socialismo y, sobre todo, al conflicto de clase envuelto en la confrontación entre los dos sistemas. ¿Un poder antidemocrático? El punto de vista expuesto está ampliamente difundido. Para Richard Pipes, el "Octubre Rojo (fue) un golpe de estado clásico, conducido no por los soviets sino por los bolcheviques". El propio "gobierno soviético dice es una idea anarquista. Es preciso tener un gobierno. Los bolcheviques, cuando perdieron apoyo popular, simplemente ignoraron las elecciones. Era sólo un slogan. Nunca sería posible gobernar el país por medio de soviets" (6). El "gobierno imposible" se sustentó gracias al "control de la economía y la máquina de terror político": en la medida en que lo primero es un atributo de cualquier gobierno, lo esencial es lo segundo. El problema es que los bolcheviques carecieron de cualquier "máquina de terror" (y hasta de cualquier fuerza armada propia) hasta después de la toma del poder. ¿Cómo llegaron, entonces, al poder? Los anarquistas de carne y hueso resolvieron este problema histórico de la siguiente manera: "¿Cómo y por qué Lenin y su partido se mantuvieron en el poder, sobre todo en los primeros meses? Simplemente porque nadie, entre sus adversarios y enemigos, creía en ellos. La reacción estaba desamparada y desorganizada, los anarquistas y socialistas revolucionarios de izquierda escisión reciente del partido socialista revolucionario los apoyaron hasta que ellos mismos fueron violentamente desplazados. En cuanto a los socialistas revolucionarios, cuando quisieron manifestarse, al día siguiente de la dispersión de la Asamblea Constituyente, y una buena parte de la guarnición militar les propuso apoyarlos para expulsar a los bolcheviques, Victor Tchernov, presidente de la Constituyente, rechazó su oferta porque, según él, no quería que "siquiera una gota de sangre del pueblo fuese derramada" (7). El poder bolchevique sería entonces producto de una inédita situación de imbecilidad histórica colectiva, incluyendo desde "la reacción" (¡desamparada!) hasta los "socialistas y anarquistas", situación en la cual fueron los únicos que actuaron "astutamente". La "astucia maligna" de Lenin y sus camaradas sería entonces el factor clave, como reconoce honestamente un sovietólogo de derecha: "La concepción convencional, que partía de la eficiencia de la dictadura del proletariado y que remitía a la organización centralista del partido de cuadros bolcheviques, fue sometida a notables correcciones. Los bolcheviques no se afirmaron en el poder en virtud de la capacidad de acción de un sistema omnipotente de partido que se habría impuesto en el manejo de las instituciones de los consejos y en otros aspectos del Estado, porque en la época aún no existía tal sistema. Recién en el transcurso de la guerra civil puede surgir una burocracia del Partido, separada de las instituciones políticas estatales mediante un sistema de órdenes y control que mantiene el país bajo tensión" (8). No faltaron historiadores, en el pasado y hoy en día, que afirmaran que los bolcheviques usaron astutamente una mayoría circunstancial en los soviets para lanzar la consigna "todo el poder a los soviets", encubriendo su plan de una dictadura unipartidaria, engañando al resto de la izquierda y a los propios trabajadores, convenciéndolos de que serían ellos mismos quienes gobernaran. El anarco-sindicalista Maximov declaró, por ejemplo, que después de la revolución "los bolcheviques se transformaron en una especie de anarquistas", lo que habría llevado a los anarquistas, ingenuamente, a apoyarlos. ¿Un "golpe" multidireccional? Pasado el período "revolucionario" la máscara podía caer y, como dice el "anarco-marxista" Daniel Guérin, "el alineamiento audaz a la cabeza del instinto y la temperatura revolucionaria de las masas dio a los bolcheviques la dirección de la revolución, pero no correspondía a su ideología tradicional ni a sus verdaderas intenciones. Desde siempre ellos eran autoritarios, con ideas de Estado, de dictadura, de centralización, de partido dirigente, de gestión de la economía por arriba, todo en contradicción flagrante con una concepción realmente libertaria de la democracia soviética" (9) (itálicas nuestras). Se le escapa a Guérin la noción elemental de que todo partido político se constituye, justamente, con el objetivo de dirigir políticamente a la sociedad. En verdad, como lo notó Leonard Schapiro, las "verdaderas intenciones" de Lenin habrían engañado, o por lo menos "tomado por sorpresa", no sólo a la izquierda y a los trabajadores sino también al propio partido bolchevique: "Una encuesta realizada entre los delegados bolcheviques al IIº Congreso de los Soviets demostró que la gran mayoría deseaba un gobierno de coalición entre bolcheviques y socialistas. (Después de la toma del poder) la política de coalición de Lenin, así como las medidas de represión tomadas contra los socialistas, desencadenaron una breve crisis en el partido, durante la cual un cierto número de líderes presentó su renuncia. Aparentemente, la crisis tuvo su origen en la incomprensión, por parte de los miembros del partido, de la política de Lenin (en sí bastante clara). De todos modos, tal como estaban las cosas, los escépticos del partido no podían dimitir, por estar comprometidos" (10). De allí en adelante, consumado este engaño a escala histórica y continental (en verdad, mundial, si consideráramos la repercusión universal de la Revolución de Octubre), la dictadura leninista, verdadero objetivo de Lenin, podía avanzar sin obstáculos, dándose incluso el lujo de conservar su simbología inicial, como lo afirmó el historiador ex bolchevique Arthur Rosenberg en la década del 30: "Los bolcheviques no abolieron los soviets, cosa que en Rusia habría sido técnicamente imposible. En realidad, los mantuvieron y explotaron como símbolo decorativo de su propio dominio. Sólo en razón del simbolismo bolchevique de 1918 y de los años posteriores es que el sistema de los consejos entró en contraste con la democracia: los verdaderos y vitales soviets son la más radical democracia que se pueda imaginar. Pero los soviets bolcheviques, a partir de 1918, constituyeron el símbolo de la dominación de una pequeña minoría sobre la masa del pueblo. Algo semejante sucede con el concepto de "dictadura del proletariado". Para la antigua teoría, la dictadura proletaria no era sino la dominación de la gran mayoría de los pobres y trabajadores sobre una pequeña minoría de ricos y explotadores: concepto idéntico al de democracia proletaria. A partir de 1918, los bolcheviques llamaron dictadura del proletariado a su forma de Estado ruso cuando, en realidad, se trataba de una dictadura ejercida sobre el proletariado y el resto del pueblo por el partido bolchevique o, mejor dicho, por el comité central de ese partido" (11). Lo demás, Gorbachov dixit, es mera consecuencia. Para sustentar esa tesis, se mezclan en una sola lista críticas al bolchevismo provenientes de las más diversas fuentes políticas: de la socialista de izquierda Rosa Luxemburgo, del socialista de derecha Karl Kautsky, de los mencheviques y anarquistas, de los partidos burgueses y de derecha, de historiadores de todos los colores y matices, etc. Las conclusiones se resumen en una serie de propuestas básicas: 1) la Revolución de Octubre fue un golpe de estado ilegítimo contra las instituciones (real o potencialmente) existentes; 2) su alegada pretensión de instaurar una "dictadura del proletariado" basada en la democracia obrera no pasó de una máscara para imponer una dictadura de partido único, verdadero objetivo de los bolcheviques; 3) el "Terror Rojo" fue ilegítimo, brutal e innecesario, pero consecuencia lógica de las premisas anteriores; 4) la ilegalización de otros partidos y la prohibición de las fracciones dentro del bolchevismo (en el Xº Congreso del PCB, en 1921) se derivaron de la propia naturaleza del golpe de Octubre; 5) la dictadura de Stalin fue la consecuencia natural de ese proceso: el stalinismo fue un hijo legítimo del bolchevismo (como también lo habría sido Trotsky, en caso de que se hubiese impuesto en la "lucha por la sucesión" de Lenin: según algunos, una "dictadura de Trotsky" habría sido peor que la del propio Stalin, debido al carácter más autoritario de aquél) (12). Los "dos demonios" Durante décadas, entonces, se pavimentó el camino que llevaría al general (ex comunista) Dimitri Volkogonov a lamentar que los "blancos" (la reacción) no fuesen victoriosos en la guerra civil de 1918/1921: "En 1918, la mayoría de la población rusa rechazaba la revolución bolchevique, pero los bolcheviques vencieron a pesar de todo. Esto se explica en parte porque sus adversarios no tenían ideas claras ni atrayentes, y porque respondiendo al Terror Rojo con el Terror Blanco, se alejaron de los campesinos y los ciudadanos comunes tanto como los rojos. En el verano de 1919, Kerensky, que no era rojo ni blanco, dijo a los periodistas extranjeros: "No existe crimen que los blancos del almirante Kolchak no hayan cometido. Ejecuciones y torturas fueron cometidas en Siberia, la población de aldeas enteras fue apaleada, incluso profesores e intelectuales". El Terror Blanco fue tan repugnante como el Rojo, pero con la gran diferencia de que surgió espontáneamente de la base y fue local, mientras que el Rojo fue ejercido como instrumento de una política de Estado, revelándose por eso más eficaz" (13). El círculo se cierra: el terror blanco habría sido democrático ("de base"), a pesar de ser reaccionario, antisemita, apoyado por todas las potencias extranjeras. Probablemente no era ahí donde Marc Ferro quería llegar cuando postulaba que la "dictadura bolchevique" estuvo siempre detrás del "gobierno soviético": "Ese sistema nunca se afirmó plenamente en la práctica del Estado soviético, aun cuando estaba vivo su fundador. Siempre hubo sectores importantes del poder y de la administración conducidos según principios diferentes, excepcionales. El gobierno de esos sectores fue prácticamente sustraído a la competencia de los soviets y confiado a organismos diversos, extraordinarios, dotados de plenos poderes. Fue así para la economía (en los años del llamado comunismo de guerra, y también después), para las cuestiones militares y para las de seguridad. Las decisiones reales eran preparadas y, por fin, tomadas por una parte restringida de cuadros revolucionarios" (14). Para el historiador "revisionista" Ernest Nolte, el nazi-fascismo no fue, al final de cuentas, sino una reacción al "extremismo" comunista (por lo tanto, históricamente legítima, aunque lamentable) (15). Más recientemente, Mark Katz (en Revolutions and Revolutionary Waves) también ataca a Octubre como un simple golpe de estado, y hace una simetría entre comunismo y nazismo, "reacciones ambas a la quiebra de la socialdemocracia durante la Primera Guerra Mundial" (pero Katz poco se interroga sobre las razones de esa quiebra y nada sobre el vínculo de la misma, la crisis del capitalismo y la guerra mundial). En la medida que el comunismo precedió al nazi-fascismo aquel fue el "origen del mal" en la definición del folletinesco Paul Mourousy, el segundo acaba siendo legitimado ante la historia: lenta, pero seguramente, se va trazando el camino que lleva de la justificación del "terror blanco" a la comprensión del nazismo (y los neonazis agradecerán, seguramente, este inesperado "soporte científico"). Richard Pipes, en una entrevista reciente, puesto a optar entre Lenin, Mussolini y Hitler, no vaciló: "Mussolini". Octubre y los Anales Tal vez, estuvo vinculada a esa derivación inesperada del debate histórico sobre Octubre, la última intervención de Marc Ferro, que registró Le Monde (16), destinada probablemente a equilibrar las cosas, aunque alcanzando el objetivo contrario (Ferro afirma, por ejemplo, que en Italia los "excesos" de Alemania y de la URSS "fueron contenidos por la sobrevivencia de la monarquía y por la presencia del papado"!). De acuerdo con Ferro: "Octubre es al mismo tiempo la toma del poder por una mayoría relativa la representada por el Segundo Congreso de los Soviets, una rebelión armada y, también, un microgolpe de Estado de Lenin en el seno de los organismos soviéticos, que posibilita a un comité militar provisorio retirar la victoria tanto del Segundo Congreso como del soviet de Petrogrado (del cual depende ese comité) y proclamar la caída del gobierno provisorio". Una "mayoría relativa" es, como se sabe, una minoría absoluta (por lo menos de acuerdo con las matemáticas), con lo que la "toma del poder" se transforma en un golpe, dentro del cual se produce el "microgolpe" leninista, que sería así doblemente golpista, o sea, sería un macrogolpe. Ferro intenta también relativizar la culpa bolchevique por el terror, atribuyéndoselo al pueblo ruso, en especial al campesinado ("empezaron a tomar posesión de propiedades o a incendiarlas a partir del mes de mayo (de 1917)", esto es, antes de Octubre). La violencia "antecede a la guerra civil y a la intervención extranjera", la culpa de Lenin habría sido generalizarla: "El aparato comunista, así, legitima y estimula el terror venido de las profundidades. Sus agentes se encontraron en la base de un aparato de Estado en vías de formación desde el verano de 1917 que, con múltiples comités, soviets, etc., sustituyó a la antigua burocracia zarista". ¿Por qué desde el verano? Para los bolcheviques, existía un "doble poder" ya desde el invierno, con la Revolución de Febrero Para Ferro, las clases dominantes rusas tuvieron, claramente, buena parte de la culpa por lo acontecido, dada su negligencia secular y coyuntural. "Después de meses de decepciones, después del golpe frustrado del general Kornilov, la memoria de las represiones se reavivó y el resentimiento madurado durante siglos fue liberado. Solamente los bolcheviques lo asumieron, arrastrados ellos mismos por la corriente, pero dispuestos a todo para mantener el control. Habían anunciado la decadencia del gobierno provisorio y la historia les dio la razón. Por haber sabido, mejor que sus colegas, establecer ese diagnóstico, Lenin puede ejercer a partir de ese momento una especie de dictadura de opinión". La dictadura stalinista no habría sido otra cosa que el resultado de esa interacción eficaz entre el fanatismo político de Lenin y el fanatismo secular de los rusos. "De 1918 a 1940, esa base popular subirá poco a poco en el aparato de Estado, subvirtiendo las ideas socialistas que debían encarnan el régimen nacido en Octubre, lo que algunos denominaron "reacción stalinista". Ella incorporó su propia violencia a aquélla de los dirigentes". Queriendo moderar tal vez sus conceptos, Marc Ferro los radicalizó en su lugar: el stalinismo no sería sólo hijo legítimo de Octubre sino también del pueblo ruso (y estamos aquí a un paso del "alma eslava" y de su inclinación por la tragedia): "Habiendo penetrado desde décadas antes en el aparato del Estado, la población se integró al régimen, que fue también su expresión. Al defenderlo durante la Gran Guerra Patria, se defendieron a sí mismas". El "heredero de Fernand Braudel" refleja seguramente en forma inconsciente herencias menos nobles: las de la "vocación al sometimiento de los pueblos eslavos", supuestamente adeptos históricos del látigo. Parece claro que la historia y la propia inteligencia deben trazarse otro camino. Guerra y Revolución La Revolución de Octubre fue, en primer lugar, una consecuencia de la crisis mundial del capitalismo, que tuvo su expresión clara (y trágica) en la Primera Guerra Mundial. Analizar aquélla sin tener ésta en cuenta, como factor desencadenante, es hacer historia en el vacío: ése era, entonces, el punto de partida de una testigo como Rosa Luxemburgo ("La Revolución Rusa es el acontecimiento más importante de la guerra mundial": así comienza su famoso panfleto crítico sobre esa revolución) o de un historiador riguroso, incluso no marxista, como Edward Hallet Carr: "La Revolución constituyó el primer desafío claro al sistema capitalista, que alcanzó su punto culminante en Europa a fines del siglo XIX. Su aparición durante la Primera Guerra Mundial, y en parte a consecuencia de ésta, fue más que una coincidencia. La guerra descargó un golpe mortal en el orden capitalista internacional, tal como existía antes de 1914, y reveló su inestabilidad inherente. La revolución puede ser considerada, al mismo tiempo, como una consecuencia y una causa de la declinación del capitalismo" (17). A comienzos de 1917 la revolución rusa es una 'revolución anunciada'. Con la abdicación del zar Nicolás II, se crea una situación de "doble poder": de un lado, el gobierno provisorio, constituido por la oposición burguesa de la Duma (asamblea de poderes limitados por el zarismo), que busca mantener la autoridad del Estado y de la administración pública; de otro lado, el Soviet de Petrogrado, al cual se agregan luego otros soviets constituidos en los centros industriales del resto del país. En el Soviet, la mayoría inicial corresponde a los socialistas moderados (mencheviques, socialistas revolucionarios (SR), trudoviques de Kerensky) que defienden el carácter burgués de la revolución, sin cuestionar el Estado ni a la propiedad capitalista, contentándose con el "control" del gobierno por los soviets. Los bolcheviques, que inicialmente aprueban críticamente esa orientación, sufren una revolución interna con las Tesis de Abril de Lenin (vuelto del exilio), que se pronuncian por el poder soviético, único capaz de realizar las tareas políticas urgentes así como las "tareas democrático-burguesas" que la historia dejó pendientes. En poco tiempo, esa orientación converge con las aspiraciones populares: los obreros reclaman aumentos salariales y mejora de las condiciones de trabajo, el control obrero de la producción, elecciones constituyentes y una paz sin anexiones de ninguna potencia beligerante; los campesinos inician más tarde su movilización, que se radicaliza en dirección de la posesión de la tierra en la que trabajan; los soldados manifiestan su hostilidad a la guerra, en especial a las operaciones suicidas y a los castigos impuestos por la oficialidad. En el mismo mes de abril, una crisis política favorece la orientación de Lenin, cuando Miliukov emite una nota del gobierno provisorio garantizando la continuidad de la participación rusa en la guerra, sin mencionar el reclamo de paz sin anexiones ni indemnizaciones. Obreros y soldados manifiestan para imponer al soviet una actitud intransigente de oposición: Miliukov renuncia, formándose un gobierno de coalición entre el principal partido burgués (los kadetes, o "demócratas constitucionalistas", KDT) y los partidos socialistas, con excepción de los bolcheviques. El nuevo gobierno fracasa, pues los aliados de Rusia rechazan cualquier programa de paz democrática. A pesar del establecimiento de la disciplina, la ofensiva del socialista Kerensky es derrotada en junio. La crisis se agrava, con huelgas y lock-outs patronales, radicalización de los trabajadores, que van alejándose de los conciliadores (y aproximándose a los bolcheviques), la ocupación de tierras, combatida por el gobierno, sucediendo lo mismo con las rebeliones de las nacionalidades oprimidas por el imperio ruso (polacos, ucranianos, bielorrusos, etc.). En junio, las manifestaciones obreras evidencian la influencia bolchevique y de su consigna "abajo los ministros burgueses". Una segunda crisis se descarga en julio-agosto. En Petrogrado, los obreros manifiestan, justamente, contra los ministros burgueses, con una combatividad que sorprende a los propios bolcheviques. Pero Petrogrado está aislada: los bolcheviques llaman a una pausa en la movilización. La derecha explota el reflujo aprovechando la ofensiva alemana para lanzar una campaña acusando a los bolcheviques de "agentes del Káiser": el nuevo gobierno provisorio detiene a Trotsky y obliga a Lenin a esconderse en Finlandia, mientras intenta crear un contrapeso a los soviets con una "Conferencia de Estado". La extrema derecha (el general Kornilov), con la complicidad del gobierno, tienta a la suerte mediante un golpe militar, que es derrotado rápidamente por las masas movilizadas con una gran participación de los soldados. La tentativa de Kornilov fue la gota de agua que rebalsó el vaso: precipitó deserciones masivas en el frente, radicalizó la revolución agraria, permitió la extensión de la influencia bolchevique en los soviets, donde por primera vez los partidarios de Lenin obtienen la mayoría. Los obreros exigen el fin del gobierno de coalición y medidas inmediatas. Lenin enfrenta la batalla en el Comité Central bolchevique donde, contra la oposición de los influyentes Zinoviev y Kamenev, consigue hacer aprobar la insurrección. Esta es iniciada victoriosamente en Petrogrado, el 26 de octubre, bajo la dirección del comité militar revolucionario, presidido por Trotsky. Algunas horas más tarde, el IIº Congreso Panruso de los Soviets (con 390 bolcheviques entre sus 673 delegados) aprueba la insurrección y el nuevo Gobierno de los Comisarios del Pueblo, presidido por Lenin. La insurrección de octubre concentró todas las contradicciones nacionales e internacionales de la coyuntura (pasando a resolverlas de inmediato), así como toda la experiencia revolucionaria acumulada en más de un siglo y en la revolución de 1905, experiencia concentrada en el partido bolchevique. Considerar a éste como un factor supra-histórico es el peor de los errores del análisis histórico. El "golpe" de Octubre Está claro que la toma el poder fue decidida por el partido bolchevique, no por el soviet (que la refrendó). ¿Se puede caracterizar esto como un golpe, en el sentido estricto del término, o es mejor seguir a E. H. Carr, para quien, después de la conquista de una mayoría bolchevique en las principales guarniciones, "una revolución bolchevique era inevitable"? El bolchevismo ya controlaba, después de conquistarlas a través de la lucha política, las principales palancas del poder; por otro lado, todos los partidos políticos habían desfilado por el gobierno, sin resolver los problemas internos y externos, y esto en el cuadro de una crisis revolucionaria. Un gobierno bolchevique era la única esperanza de las masas movilizadas. En octubre, con la caída de la influencia de los socialistas revolucionarios en el campo, los bolcheviques habían conquistado la mayoría en los soviets, sobre todo de los sectores más dinámicos. Trescientos mil soldados y marineros de la guarnición de Petrogrado sólo aceptaban órdenes de los soviets bolcheviques. En contrapartida, el gobierno contaba, en la capital, con apenas treinta mil soldados a su favor. El 16 de octubre, Kerensky había transmitido a la guarnición militar de Petrogrado la orden de desplazamiento hacia el frente. Como la guarnición sólo obedecía al soviet de Petrogrado, Trotsky la conservó en la capital, y justificó el incumplimiento de la orden del gobierno provisorio con la necesidad de defender la ciudad de probables ataques del ejército alemán. La permanencia de la guarnición sellaba la suerte del gobierno de Kerensky, vaciado de base popular e impotente desde el punto de vista militar. La maniobra de Trotsky fue descripta como un "golpe de Estado en frío". En verdad, como afirma Moshé Lewin en un reciente artículo, "en setiembre de 1917 los mencheviques y los SR, deseosos de encontrar socios para un gobierno democrático, perdieron el control de la situación. Los bolcheviques intentaron negociar con ellos un programa común, con la condición de que dejaran de buscar las bendiciones de los liberales. Su negativa definió la suerte del ala bolchevique favorable a un gobierno de coalición y también la de los que rechazaron la oferta. A partir de entonces, la toma del poder por los bolcheviques parecía la única salida realista". La guerra continuaba: sólo las palabras de Trotsky en el Proletarii del 24 de agosto de 1917 eran realistas: "¡Revolución permanente o masacre permanente! Esa es la lucha de cuyo resultado depende la suerte de la humanidad". El 24 de octubre, desesperado, Kerensky ordenó la represión policial al soviet de Petrogrado y al partido bolchevique. Al día siguiente debía iniciarse la reunión del IIº Congreso Panruso de los Soviets: el propio jefe del gobierno provisorio dio el motivo formal para su desplazamiento. El comité militar revolucionario ejecutó el plan insurreccional el 26 de octubre y, en cuestión de horas, los ministerios, reparticiones públicas y la sede del gobierno cayeron bajo el dominio de los "Guardias Rojos". Los combates provocaron una decena de muertos y sesenta heridos. A partir de allí, la transferencia del poder a los soviets se efectuó en pocos días, con pocos choques armados, por todo el territorio del antiguo imperio zarista (a excepción de Moscú, donde la toma del poder costó centenas de muertos a los insurrectos). En total, según estimaciones de Trotsky, solamente treinta mil hombres participaron de la lucha. De un modo general, la conquista del poder se hizo por un camino pacífico, posible en la situación de dualidad de poderes y de amplias libertades democráticas y de organización. De esta manera, al contrario de la revolución de febrero, la revolución de octubre asumió la forma de un "golpe de Estado", de la victoria de una minoría conspirativa. Sin embargo, desde el inicio, el contenido que recubría esta apariencia era el de una revolución. Por eso mismo, la propia forma cambió al desencadenarse una guerra civil sangrienta. Octubre fue un golpe de Estado en el sentido en que lo es cualquier transferencia de poder ejecutada fuera de la "institucionalidad" (legalidad) existente (y, en ese sentido, no existe revolución sin golpe de Estado), ejecutado desde afuera de esa institucionalidad, a través de los soviets y sus Guardias Rojos, y no desde adentro, como es el caso de los golpes militares: el golpe de Estado es una forma de acción política; es el contenido de la política que expresa y ejecuta lo que debe ser determinado por la historia. El comienzo de la Revolución ¿Y si el gobierno provisorio, Kerensky, hubiese actuado de modo diferente? La historia no se hace en base a suposiciones, pero, aun así, vale la respuesta de Florinsky: "Si en vez de asociarse al fantasma de una contrarrevolución sin tropas, Kerensky hubiese firmado la paz y dado la tierra a los campesinos, es posible que Lenin nunca hubiese entrado al Kremlin. Pero en 1917 ese programa era de hecho bolchevismo y habría chocado con la oposición feroz de los aliados y de los liberales rusos. No obstante, era en la práctica la única política con posibilidades de éxito: los moderados rechazándola, garantizaron, la victoria de sus adversarios" (18). Pero Octubre estuvo lejos de ser la "victoria final". Los problemas recién comenzaban. En diciembre de 1917, el gobierno soviético reconoce la independencia de Finlandia: una guerra civil se inicia de inmediato, siendo los obreros masacrados por las tropas del general zarista Mannerheim, apoyado por el ejército alemán (abril de 1918) sin que los rusos puedan tener un papel importante. En Ucrania, un movimiento nacionalista recién conformado (reducido a la intelectualidad) proclama en junio de 1917 una república autónoma bajo la autoridad de la Rada, especie de asamblea nacional. Después de Octubre, los aliados la apoyan, quedando el país dividido con la proclamación, por un lado, de un gobierno soviético (con Rakovsky y Piatakov) y con el pasaje, por el otro de la Rada (con Petliura) a la órbita alemana. Georgia escapa de la suerte de Armenia y Azerbaidjan, derrotados por el Imperio Turco después de su independencia, aliándose en mayo de 1918 a Alemania. El gobierno bolchevique realiza un gran esfuerzo de propaganda hacia las minorías nacionales, en especial los musulmanes. En el plano interno, los problemas no son menos importantes. El gobierno soviético lanza dos decretos: el de la paz (democrática e inmediata, sin anexiones ni indemnizaciones), y el de la tierra (confiscación sin indemnización de las grandes propiedades, entrega de las mismas a los soviets rurales). Los grandes centros urbanos se unen al poder soviético, marineros y guardias rojos ocupan los centros de poder: surgen los decretos sobre la prensa, la milicia obrera, el control obrero, los tribunales populares, el derecho de las nacionalidades a la autodeterminación. Los SR de izquierda se integran al gobierno soviético. El poder pertenece de hecho a los soviets, elegidos en el lugar de trabajo, revocables, estructurados nacionalmente en forma piramidal: locales (o de aldea), de distrito, de ciudad, de provincia. En la cima, el Congreso Panruso, que delega sus poderes al Consejo Ejecutivo y al Consejo de los Comisarios del Pueblo. Con esta estructura, el funcionamiento de los soviets es claramente democrático. La paz es el problema más urgente. Por el Tratado de Brest-Litovsk, los bolcheviques pierden el 26% de la población, el 27% de las tierras fértiles, el 26% de las vías férreas, el 75% del carbón, el hierro y el acero, el 40% del proletariado industrial. Después de la Revolución, Rusia se encontraba rodeada de protectorados alemanes: Ucrania, con Skoropadsky; Finlandia, con Mannerheim; el Don, con Krasnov; los japoneses, mientras tanto, ocupan la frontera con la Manchuria china. En mayo de 1918 ataca la Legión Checa, financiada por el gobierno francés. En Omsk y Samara se forman gobiernos antisoviéticos, las tropas inglesas desembarcan al Norte. La retirada alemana otorga un cierto respiro, pero en 1919 las tropas extranjeras están en todas partes: la Legión Checa más allá de los Urales, el almirante Kolchak en el este, el general Denikin en el sudeste, los japoneses en Vladivostok, los franceses en Bakú y en los países bálticos, junto al general Yudenitch, y también en Odesa La Guerra Civil En esas condiciones, se desata una guerra civil que los bolcheviques no deseaban. Por un lado, 500 mil "blancos", restos del antiguo ejército, comandados por oficiales reaccionarios o por aventureros divididos por ambiciones y corrupción. Sin ninguna política, a no ser la de apropiarse de las armas y del dinero que viene del extranjero, de países sin ningún entusiasmo por entrar en esta nueva crisis. Por otro lado, el Ejército Rojo, creado por decreto del 15 de enero de 1918 (Trotsky es nombrado Comisario de Guerra, lo que significa dirigir el Ejército, a partir del 13 de marzo): 5 millones de soldados, controlados por "comisarios políticos", mal armados, mal abastecidos, mal dirigidos militarmente, pero con una moral superior y con conducción política. Este es el factor decisivo: la masa campesina elige a los bolcheviques, a pesar de las requisas, porque de ellos espera la tierra (la victoria "blanca" supondría el retorno de los antiguos propietarios). En definitiva, la crisis internacional sumada al apoyo interno de la población (especialmente campesina) explican la difícil victoria "roja" en la guerra civil. El genio militar del jefe del Ejército Rojo, León Trotsky, no fue sin duda un factor menor, pero no llegó a ser lo principal (como tampoco lo fue el "terror rojo", del que nos ocuparemos más adelante). El propio Trotsky (apoyado en la ocasión por Rykov) no consiguió evitar el que sería el peor error del Ejército Rojo durante la guerra civil (defendido por Lenin): la ofensiva sobre Varsovia en 1920, con la expectativa de que el proletariado polaco se levantaría con la llegada de los "rojos". Nada de eso sucedió, y la revolución tuvo que soportar la contraofensiva del régimen nacionalista de Pilsudski, que llegó a tomar Kiev y parte de Ucrania para extender las fronteras de Polonia. El "error polaco" tuvo consecuencias históricas: "La Polonia de Pilsudski salió de la guerra inesperadamente fortalecida. Un golpe terrible fue dado a la revolución polaca. La frontera establecida por el Tratado de Riga separó a la República Soviética de Alemania, lo que tuvo más tarde una importancia excepcional en la vida de los dos países", concluyó el mismo Trotsky. La IIIº Internacional Simultáneamente, los bolcheviques se esforzaron en poner en pie la Internacional Comunista (llamada también Tercera Internacional), cuya necesidad ya proclamaran a fines de 1914 (desmintiendo a François Furet quien, con poco celo, la identifica como un instrumento de la política externa de la revolución rusa). Desde el inicio, los bolcheviques se esforzaron por establecer o re-establecer relaciones internacionales, con éxito limitado, salvo en Rusia, donde ganan y organizan en "secciones extranjeras" a numerosos prisioneros de guerra (Béla Kun, Josip Broz "Tito", Renter-Friesland, etc.). En diciembre de 1918 se toma la decisión de convocar una "conferencia socialista internacional" en enero. Esta se reúne finalmente en marzo de 1919 en Moscú (después de algunos pasos intermedios, como la Conferencia de Amsterdam en febrero de ese año): a pesar de su escasa representatividad, es proclamada Iº Congreso de la Internacional Comunista. En el verano de 1920, la IC reúne su IIº Congreso, ya con representantes del SPD Independiente (escisión de izquierda del SPD alemán), de la SFIO francesa, de los "Shop Stewards" (delegados fabriles) de Inglaterra, de la central anarco-sindicalista CNT de España. Es sin duda la simpatía de las masas continentales por la revolución rusa lo que lleva a los dirigentes de organizaciones tan heterogéneas a aceptar las "21 condiciones", que intentan alinear a los adherentes al bolchevismo, apartando a los dirigentes oportunistas. Como reconoce Ronald Suny: "Para los comunistas del período de la guerra civil, el internacionalismo era menos servidor del estado soviético que el estado soviético servidor del internacionalismo" (19). El poder obrero El siguiente es el testimonio del contemporáneo John Reed sobre el funcionamiento soviético en el inicio de la revolución: "El Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, que estaba en plena actividad cuando me encontraba en Rusia, puede dar un ejemplo del funcionamiento de la organización gubernamental urbana del Estado socialista. Estaba formado por cerca de 1.200 delegados y, en circunstancias normales, tenía una sesión plenaria cada dos semanas. Al mismo tiempo, se nombraba un Comité Ejecutivo Central de 110 miembros elegidos en base a la representación proporcional de los partidos; este Comité Ejecutivo Central invitaba, para participar en sus trabajos, a miembros del Comité Central de todos los partidos, del Comité Central de los sindicatos profesionales, comisiones internas de las empresas y otras organizaciones democráticas. Junto al gran Soviet de la ciudad existían también soviets de barrio, constituidos por delegados de cada barrio en el Soviet de la ciudad y responsables por la administración de los respectivos sectores urbanos" (20). Los bolcheviques habían ido preparando el ejercicio del poder proletario dentro de las fábricas desde antes de la insurrección. Así, el 17 de octubre de 1917 se inauguró la Tercera Conferencia de Comités de Fábrica de toda Rusia, que agrupaba 167 delegados: 127 bolcheviques y 24 socialistas revolucionarios de izquierda, aliados de los bolcheviques. En las elecciones de setiembre los bolcheviques obtienen el 51% de los votos. En Moscú y en Petrogrado consiguen 424.000 votos contra 455.000 de los restantes partidos. De acuerdo con Isaac Deutscher: "Mientras se preparaban para la toma del poder, Lenin y sus seguidores buscaron aproximarse a los sindicatos desde un nuevo ángulo y definir su papel en el sistema soviético. La idea económica central que Lenin entonces expuso fue la del "control obrero" de la industria. Esto no significaba todavía la socialización o nacionalización total de la economía. El "control obrero" era concebido como una especie de control dual de la industria por patrones y trabajadores, un condominio en el cual estos últimos deberían adiestrarse para una futura administración exclusiva y en la cual progresivamente irían ampliando la esfera de sus responsabilidades. Lenin no pensaba en ninguna colaboración prolongada entre las clases, y su "control obrero", por consiguiente, no podía ser comparado, por ejemplo, con los comités conjuntos de producción británicos. El "control obrero", al contrario, constituía el marco de la lucha entre capitalistas y trabajadores en un período de transición, al término del cual los primeros serían expropiados. En lo concerniente a los sindicatos, se esperaba que éstos desempeñasen su papel en la instauración del "control obrero" (21). En su libro escrito en 1922/1923, la historiadora soviética Ana Pankratova (después stalinista histérica) se refiere a la primera conferencia de los comités de fábrica como un elemento decisivo de la revolución (lo que no fue apreciado por historiadores como E. H. Carr): "La primera conferencia de los comités de fábrica debiera ocupar un lugar especial en la historia de la revolución proletaria rusa. Determinó todo el desarrollo posterior de la revolución; demostró que el proletariado de Petrogrado y toda la masa trabajadora caminaba con los bolcheviques y que el proletariado estaba dispuesto a defender las consignas de la revolución social en su lucha contra la burguesía hasta la victoria final" (22). La conquista de la clase obrera fue el primer paso de los bolcheviques en dirección al poder. La política soviética Con relación a la justicia, todos los observadores coinciden en reconocer la generosidad (algunos llegan a hablar hasta de "ingenuidad") de la revolución en la materia. La palabra "culpable" fue cancelada del vocabulario oficial: solamente la sociedad era culpable de los crímenes perpetrados por sus miembros. Incluso se sugirió eliminar del Código Penal las penas de prisión con duración máxima y mínima para determinados delitos. Krylenko quería confiar a las Cortes la imposición de penas, de acuerdo a lo que consideraran apropiado en cada caso. En la primera redacción del nuevo Código Penal, el gobierno fijó la pena máxima en cinco años de "privación de libertad". En mayo de 1922, la pena máxima fue elevada a diez años, pero inclusive ese plazo era benigno comparado con el vigente antes de la revolución, que llegaba a veinte años. La educación y la instrucción de los presos fue promovida y fomentada. Se esperaba que la influencia del nuevo sistema soviético contribuyese a reformar rápidamente a criminales y delincuentes. La cuestión nacional, a su vez, no era sólo un aspecto de política "interna": ponía en juego la unión de la revolución rusa con la revolución internacional. En palabras de Lenin: "Igualdad completa de derechos para todas las naciones, derecho de las naciones a disponer libremente de sus destinos, fusión de los obreros de todas las naciones: ése es el programa que el marxismo y la experiencia de Rusia y del mundo entero enseñan a los trabajadores". Para el historiador Eric Hobsbawm, la cuestión nacional fue sólo un elemento que "Lenin, con su habitual ojo penetrante para realidades políticas, transformó en uno de los fundamentos de la política comunista en el mundo colonial" (23). O sea, que el antiimperialismo sería sólo un elemento empírico, aislado e incidental, de una política con otros fines que el de terminar con la opresión nacional. En la concepción de Lenin, las tendencias objetivas del imperialismo entran en colisión necesariamente con las tendencias subjetivas de la nacionalidad oprimida. Como ya fue observado: "(Para Lenin) donde existe un movimiento popular que siente ser otra nación, ya está definido el sujeto de la autodeterminación. A diferencia de los autores que van sumando diversos rasgos diferenciados para calificar su especificidad nacional, Lenin enfatiza una descripción amplia de las modalidades de protesta" (24). Para el proletariado, se trataba de conquistar un lugar dirigente en el movimiento nacional antiimperialista, uniéndose así con la lucha socialista mundial de la clase obrera. Nacionalidad y Socialismo Así se comprende el juicio de Trotsky: "Sean cuales fueren los destinos ulteriores de la nación soviética, la política nacional de Lenin ingresó para siempre como materia sólida de la humanidad" (25). El stalinismo debutó rompiendo con el bolchevismo, en torno justamente de la cuestión nacional (Stalin llegó a criticar al moribundo Lenin, en el Politburó, por "liberalismo nacional"), al favorecer una política chauvinista gran rusa para resolver el conflicto con los comunistas georgianos. Lenin rompió con Stalin, escribiendo que "nada atrasa tanto el desarrollo y la consolidación de la solidaridad de clase como la injusticia en el terreno nacional. Nada ofende tanto el componente de una nacionalidad como el ataque a los sentimientos de igualdad de parte de sus camaradas proletarios, aunque esto lo hagan por negligencia" (26). Eric Hobsbawm comete un abuso histórico afirmando que el final de la Primera Guerra Mundial fue testigo de la victoria de la "ideología leninista-wilsoniana" de autodeterminación nacional. Equiparar la política de Lenin (la revolución) a los 14 puntos de Woodrow Wilson (presidente de los Estados Unidos) por su semejanza formal no sólo es olvidar el ataque de todas las potencias imperialistas contra la naciente URSS sino también ignorar la utilización, por primera vez en escala mundial, de la política democratizante (la autodeterminación nacional equivale a la democracia en el terreno de las relaciones internacionales) como arma contra la revolución. Fue en torno de los "14 puntos" que se soldó la alianza histórica entre la socialdemocracia europea y los Estados Unidos (Alemania: Plan Dawes + SPD = contrarrevolución democrática), que fue un factor decisivo de contención de la revolución en la Europa de los años 20. En el curso de la guerra civil en Georgia, contra el "democratismo" imperialista, Trotsky precisó la dialéctica de la autodeterminación nacional y la revolución social. "La república soviética, al contrario del imperio zarista que sólo estaba unido por la violencia y por la opresión, proclamó abiertamente el derecho a la autodeterminación de los pueblos y a la libertad para constituirse en Estados nacionales independientes. Comprendiendo la importancia de ese principio para la transición al socialismo, nuestro partido no lo transformó en dogma absoluto, superior a todas las tareas históricas. El desarrollo económico de la humanidad actual tiene un carácter profundamente centralizado. El capitalismo creó las premisas esenciales para la realización de un sistema económico mundial único. El imperialismo no es sino la expresión de rapiña de la necesidad de unidad y dirección para toda la vida económica del planeta () El principio de autodeterminación de los pueblos no está por encima de las tendencias unificadoras propias de la economía socialista sino que ocupa en el curso del desarrollo histórico el lugar subordinado que también corresponde a la democracia. Pero el centralismo socialista no puede tomar inmediatamente el lugar del centralismo imperialista. Las naciones oprimidas deben tener la posibilidad de relajar sus miembros anquilosados por el yugo capitalista () Pero la impotencia económica de esos compartimentos estancos que son los diversos Estados nacionales se revela en toda su extensión a partir del nacimiento de cada nuevo Estado nacional () La revolución social victoriosa dejará a cada grupo nacional la facultad de resolver los problemas de la cultura nacional, pero unificará en beneficio de los trabajadores y con su acuerdo las tareas económicas cuya solución racional depende de las condiciones históricas y técnicas naturales, no de la naturaleza de los grupos nacionales () La independencia nacional es la etapa histórica, frecuentemente inevitable, en dirección a la dictadura del proletariado, que, en virtud de las leyes de la estrategia revolucionaria, manifiesta, inclusive en la guerra civil, tendencias profundamente centralistas, opuestas al separatismo nacional y coincidentes con las necesidades de la economía socialista racional del futuro" (27). Qué se puede decir entonces de la tesis de que el actual problema nacional en la ex URSS "no sólo expresa antagonismos seculares sino que además cuestiona el orden establecido por el Ejército Rojo a comienzos de los años 20 () (El bolchevismo) justificó una defensa de la revolución que violaba principios de liberación nacional y social defendidos por la misma revolución" (28). Estas afirmaciones, que sostienen implícitamente que el stalinismo es la continuación del bolchevismo, en aspectos esenciales, aún escritas en nombre del "marxismo", revelan un conocimiento histórico superficial y quizás interesado. Las críticas de Rosa Luxemburgo En los últimos tiempos se cita con insistencia la crítica a la Revolución de Octubre hecha por Rosa Luxemburgo, considerada como "profética" en relación con el ulterior desarrollo de la URSS. El filósofo húngaro Gyorg Lukács, vinculado en esa época al PC alemán, afirmó que "Rosa modificó posteriormente sus puntos de vista, alteración constatada por los camaradas Warski y (Clara) Zetkin" (29). Trotsky sostuvo que, después de la revolución de noviembre de 1918 (en Alemania), "Rosa se aproximaba día a día a las ideas de Lenin sobre la dirección consciente y la espontaneidad: fue ciertamente esta circunstancia lo que impidió publicar su trabajo, del cual más tarde se hizo un uso vergonzosamente abusivo contra la política bolchevista". El trabajo fue publicado por primera vez en 1922, por Paul Levi, quien "decidió publicar un inédito explosivo, cuyo manuscrito conservara, prudentemente, desde setiembre de 1918" (30). Levi, discípulo (y amante) de Rosa, fue uno de los principales dirigentes en los primeros años del PC alemán y de la propia Internacional Comunista. En abril de 1921 fue excluido de ambos por romper la disciplina, debido a la publicación de un folleto crítico de la "acción de marzo" (tentativa insurreccional fracasada del PC alemán de marzo de 1921) (31). El motivo de la exclusión no era el contenido de la crítica (cuyos términos fueron retomados por el propio Lenin en su libro El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo) sino por haber sido publicada antes de cualquier debate interno, rompiendo la solidaridad partidaria. Una vez expulsado, Levi se volvió hacia la socialdemocracia. Fue en ese cuadro que publicó el manuscrito de Rosa, como arma política contra el PC alemán. En su voluminosa obra sobre la revolución alemana, Pierre Broué, que consagra un capítulo entero a Paul Levi, no se refiere a este importante episodio, ni deja claros los motivos de la expulsión-ruptura de Levi con el PC alemán (32). El mayor biógrafo de Rosa Luxemburgo, J. P. Nettl, es mucho más preciso, sin llegar a apuntar razones esencialmente diferentes para la no publicación del manuscrito de Rosa en vida de ésta. De hecho, las líneas esenciales del manuscrito fueron previamente esbozadas en dos artículos que Rosa escribió para la prensa espartaquista, de los cuales sólo el primero fue publicado. Quien convenció a Rosa de no publicar el segundo fue ¡Paul Levi! En su primer artículo, Rosa atacaba el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas por el Imperio zarista, concedida por el gobierno bolchevique (con lo que continuaba la polémica que, a ese respecto, la había opuesto a Lenin antes de la Primera Guerra Mundial) y, sobre todo, la paz de Brest-Litovsk, celebrada entre el nuevo gobierno soviético y el Estado Mayor alemán: "La paz de Brest es una capitulación del proletariado revolucionario ruso frente al imperialismo alemán. Lenin y sus amigos no se engañan sobre los hechos, así como no pretenden engañar a los otros: reconocieron la capitulación. Pero se ilusionaron en la esperanza de huir realmente de la guerra mundial a través de una paz separada. No percibieron que la capitulación rusa daría como resultado el fortalecimiento de la política imperialista pangermánica, debilitando las posibilidades de una sublevación revolucionaria en Alemania". Curiosamente, Rosa no veía en esto la consecuencia de un error bolchevique sino de la situación objetiva: "Esta es la falsa lógica de la situación objetiva: todo partido socialista que llegue al poder en Rusia estará condenado a adoptar una táctica errada en cuanto le falte el auxilio del ejército proletario internacional, del cual forma parte" (33). Como apunta Nettl, Rosa no proponía ninguna alternativa a la política bolchevique, salvo el levantamiento revolucionario alemán. En tanto éste no existiese, el bolchevismo estaría frente a un callejón sin salida. Crítica de la Historia Rosa escribió su crítica de la revolución rusa después de esos artículos y, según Paul Levi, sabiendo que no serían publicados: "Escribo este folleto para usted, y si consigo convencerlo, el trabajo no habrá sido en vano". El texto es, en primer lugar, una defensa apasionada de la revolución rusa, del bolchevismo, y de la revolución en general, contra la socialdemocracia alemana: "La revolución en Rusia fruto del desarrollo internacional y de la cuestión agraria no puede tener solución en los límites de la sociedad burguesa () La guerra y la revolución demostraron no la inmadurez de Rusia sino la inmadurez del proletariado alemán para cumplir su misión histórica () Contando con la revolución mundial del proletariado, los bolcheviques dieron precisamente la prueba más brillante de su perspicacia política, de su fidelidad a los principios, de la audacia de su política" (34). La crítica de Rosa al bolchevismo consiste en un rechazo a toda política de compromiso, realizada con vistas a la defensa del nuevo poder proletario, como contraria al libre desarrollo revolucionario de las masas: 1) la cuestión de la paz, ya citada; 2) la política agraria ("la tierra a los campesinos"), "táctica excelente para consolidar el gobierno, pero que crea dificultades insuperables para la ulterior transformación socialista de la agricultura"; 3) la cuestión nacional: el derecho de las naciones a la autodeterminación no sería sino una frase vacía en el cuadro de la sociedad burguesa. En la práctica, Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania y los países bálticos, el Cáucaso, usaron ese derecho para aliarse al imperialismo alemán contra los soviets. ¿Exceso de liberalismo bolchevique? La cuestión del compromiso como componente de toda política revolucionaria madura será desarrollada por Lenin en su libro sobre el "izquierdismo". De hecho, en la estructura teórica de Rosa no parece haber lugar para las consecuencias del desarrollo desigual del capitalismo en la conciencia de las masas y, por lo tanto, para las consignas de transición, que serán el eje metodológico del programa que los bolcheviques se esforzarán por transmitir a los partidos obreros revolucionarios del mundo entero. El proletariado no es impermeable a las ideas nacionalistas: los bolcheviques hicieron la amarga experiencia de esto con la derrota del Ejército Rojo en Polonia La famosa crítica luxemburguista a la política democrática del gobierno soviético se sitúa en la misma línea: Rosa rechaza todo compromiso que, en nombre de las necesidades inmediatas, bloquee el pleno desarrollo de la vida y de la acción política de las masas. Lo que no tiene nada que ver con la defensa de las instituciones de la democracia representativa como complemento necesario, o incluso superior, a la democracia soviética. Rosa escribe que "asfixiando la vida política en todo el país, es fatal que la vida en el propio soviet esté cada vez más paralizada. Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión, sin lucha libre entre las opiniones, la vida muere en todas las instituciones públicas, se torna una vida aparente, donde la burocracia queda como el único elemento activo". Oskar Negt dice que cuando Rosa "afirma que la libertad es siempre la libertad de quien piensa de modo diferente, su aserción no es un retorno al liberalismo sino un elemento, una parte constitutiva vital de una opinión pública proletaria, que no puede limitarse a reproducir y a aclamar decisiones, programas dados, orientaciones de pensamiento establecidas" (35). La supresión de la Constituyente, la ilegalización de los partidos opositores que pregonaran el derrocamiento del gobierno bolchevique en el cuadro de la guerra civil no eran puntos programáticos del bolchevismo sino medidas prácticas adoptadas en las condiciones de aislamiento internacional de la revolución en el marco de un país atrasado (con mayoría campesina). Rosa no podía conocer, en momentos que escribía el artículo en la prisión (1918), los escritos de Lenin donde la pluralidad de partidos obreros y campesinos en los soviets era señalada como "la vía más rica" para el pleno desenvolvimiento de la dictadura del proletariado. Y mucho menos las advertencias de Lenin, posteriores a la muerte de Rosa, contra el peligro de la burocratización, así como el debate de 1923 sobre el "nuevo curso". Fue Gyorg Lukács quien vio en las críticas de Rosa la expresión de un pensamiento orgánicamente antibolchevique y, en última instancia, ajeno al marxismo en puntos cruciales. Rosa criticó la disolución de la Constituyente no como una defensa de principios de esa institución sino como una demostración de la falta de confianza de los bolcheviques en las masas, capaces, a través de su presión (como aconteciera en las revoluciones francesa e inglesa) de cambiar el rumbo y el contenido de esa Asamblea ("Los soviets, como columna vertebral, pero la Constituyente y el sufragio universal", era la fórmula de Rosa): "Rosa no destaca que esos cambios de orientación se parecían diabólicamente, en su esencia, con la disolución de la Constituyente. Las organizaciones revolucionarias de los elementos más nítidamente progresistas de la revolución (los consejos de soldados del ejército inglés, las secciones parisienses) desplazaron siempre por la violencia a los elementos retrógrados, transformando esos cuerpos parlamentarios en conformidad con el nivel de la revolución. En la revolución rusa se dio el pasaje de esos refuerzos cuantitativos en cambio cualitativo. Los soviets, organizaciones de los elementos más progresistas de la revolución, no se contentaron con depurar la Constituyente de todos los elementos salvo los bolcheviques y los SR de izquierda, los sustituyeron. Los órganos proletarios (y semiproletarios) de control y de consumación de la revolución burguesa se transformaron en órganos de lucha y gobierno del proletariado victorioso. Eso es lo que Rosa ignora en su crítica de la sustitución de la Constituyente por los soviets: ve la revolución proletaria bajo las formas estructurales de las revoluciones burguesas" (36). Aun suponiendo que fuese así, cabría agregar que Rosa superó rápidamente esa visión, pues poco tiempo después, polemizando contra el ala izquierdista del PC alemán, partidaria del boicot a las elecciones para la Constituyente alemana, defendió implícitamente la disolución de la Constituyente en la URSS: "¿Se olvidan que antes de la disolución de la Asamblea Nacional (en Rusia) ocurrió algo diferente, la toma del poder por el proletariado revolucionario? ¿Tenemos hoy, por ventura, un gobierno socialista, un gobierno Lenin-Trotsky? Rusia ya tenía antes una larga historia revolucionaria que Alemania no tiene" (37). Luciano Amodio sostiene que "es verdad que Rosa opone los consejos (soviets) a la Constituyente. Pero ¿hasta qué punto se puede admitir que es ella quien habla, y no el espartaquismo, sus amigos reencontrados en medio de una efervescencia pro-rusa y pro-soviética? () Fue a la salida de la prisión, bajo la presión de los hechos, que la llevaron a retractarse en pocas semanas, que ella comenzó a comprender que algo nuevo había aparecido, una especie de nueva lógica y de nueva idea sobre la revolución, nada mejor, centrada sobre el partido y no sobre las masas" (38). Para defender, contemporáneamente, la idea de una Rosa antibolchevique, se apela a argumentos psicológico-sentimentales (los "amigos") y a la presión de las circunstancias: ¿es posible pensar que una teórica con el rigor de Rosa Luxemburgo, una mujer con tamaña personalidad, una dirigente de tal responsabilidad, pudiera cambiar radicalmente sus puntos de vista como efecto de presiones de ese tipo? Preferimos quedarnos con la conclusión del más riguroso estudioso de la obra de Rosa: "El ensayo de Rosa sobre la revolución rusa, celebrado hoy como una acusación profética contra los bolcheviques (es más) una exposición de la revolución ideal, redactado como acontecía frecuentemente con Rosa bajo la forma de diálogo crítico, en la ocasión con la Revolución de Octubre. Los que buscaron en ella una crítica de los fundamentos de la revolución bolchevique deben buscar en otro lado" (39). La oposición de Rosa al bolchevismo fue circunstancial. Por el contrario, no parece circunstancial sino estratégica, la conclusión con la que Rosa cerró su ensayo (todo buen autor deja lo más importante para el final): "Lo esencial y duradero en la política de los bolcheviques (), lo que permanece, su mérito histórico imperecedero, es que, conquistando el poder político y colocando el problema práctico de la realización del socialismo, abrirán el camino al proletariado internacional y harán progresar considerablemente el conflicto entre capital y trabajo en el mundo entero. En Rusia, el problema sólo podía ser planteado, no podía ser resuelto, pues sólo puede ser resuelto a escala internacional. Y, en ese sentido, el futuro pertenece en todas partes al bolchevismo" (40). Rosa no fue, sin duda, bolchevique, pero sólo una mente degeneradamente sectaria la descalificaría como revolucionaria. El "partido único" La guerra civil fue la responsable directa del fin del "pluripartidismo soviético" y del pluripartidismo en general. En noviembre de 1917, la Pravda proclamaba: "Estábamos de acuerdo y seguimos estando de acuerdo en participar el poder con la minoría de los soviets, con la condición de un compromiso leal y honesto de esa minoría en subordinarse a la mayoría y en realizar el programa aprobado por todo el Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia, lo que consiste en dar pasos paulatinos, pero firmes y constantes, rumbo al socialismo" (41). Y Lenin insistía en la "honestidad" de la coalición con los SR de izquierda. En un cuadro inestable, de acuerdo con E. H. Carr, "se decidió extender un ramo de olivos a los partidos socialistas excluidos, o aceptarlo cuando fuera hecho por ellos. La exclusión de los mencheviques de los soviets no le impidió al comité central de ese partido reunir una conferencia de cinco días, en Moscú, a fines de octubre de 1918. La eclosión de la guerra civil y la amenaza declarada al régimen los ubicaron en una posición embarazosa, puesto que, a pesar de toda su hostilidad contra los bolcheviques, tenían menos que esperar aún de una restauración. Eligieron una vez más el camino del compromiso. La conferencia aprobó una serie de "tesis y resoluciones" reconociendo la Revolución de Octubre como "históricamente necesaria" y como "un fermento gigantesco que ha puesto el mundo entero en movimiento" y "renunciando a toda cooperación política con las clases hostiles a la democracia". Este centrismo no resistiría la prueba de los acontecimientos. La guerra civil transformó, primero, a los bolcheviques en "partido único del Estado", tras el atentado de los SR de izquierda contra Lenin (aunque Fanny Kaplan, la autora, insistiese en que había actuado por cuenta propia, fue sumariamente ejecutada) y los asesinatos de Uritsky y del popular orador bolchevique Volodarsky: "Los acontecimientos del verano de 1918 dejaron a los bolcheviques sin rivales ni comparsas como partido dominante en el estado, y tenían con la Tcheka un órgano de poder absoluto. Persistía, sin embargo, una fuerte resistencia a usar ese poder sin restricciones. No había llegado aún el momento para la extinción final de los partidos excluidos. El terror era, a esta altura, un instrumento caprichoso y era normal encontrar partidos, contra los cuales habían sido pronunciados los más violentos anatemas y adoptadas las medidas más drásticas, sobreviviendo y gozando de una cierta tolerancia. Uno de los primeros decretos del nuevo régimen autorizó al Sovnarkom a cerrar todos los diarios que llamasen a la "resistencia abierta o desobediencia al Gobierno Obrero y Campesino" y, en principio, la prensa burguesa dejó de existir. No obstante a pesar de este decreto, y a pesar de la proscripción del partido cadete, a fines de 1917, el diario cadete Svoboda Rossi se publicaba aún en Moscú en el verano de 1918. El diario menchevique de Petrogrado, Novyi Luch, fue suprimido en febrero de 1918, por su campaña de oposición al tratado de Brest-Litovsk. Sin embargo, reapareció en abril en Moscú, con el nombre de Vpered y continuó durante algún tiempo su carrera sin interferencias. Se publicaban en Moscú diarios anarquistas hasta mucho tiempo después de la acción de la Tcheka contra los anarquistas, en abril de 1918" (42). La guerra civil barrería en breve todos estos compromisos de hecho entre el bolchevismo y la oposición. El anarquismo La llamada "represión al anarquismo" supone que éste existía como fuerza unificada, lo que no es verdad. Bajo el impacto de Octubre, el anarquismo ruso se fracturó. Durante la sangrienta guerra civil, había desde anarquistas revolucionarios prosoviéticos hasta utópicos inofensivos y terroristas anticomunistas. Paul Avrich, un historiador que simpatizaba con el anarquismo ruso, afirmó: "La campaña de terrorismo siguió por varios meses, alcanzando un clímax en setiembre de 1919, cuando un grupo de "anarquistas clandestinos", asociados a los socialistas revolucionarios de izquierda, bombardearon la sede del Partido Comunista de Moscú, matando e hiriendo a 67 personas". Al mismo tiempo, Avrich anota que "había un pequeño ejército de anarquistas que tomaron las armas contra los blancos durante la guerra civil". En agosto de 1919, Lenin describió a esos "anarquistas soviéticos" como "nuestros mejores camaradas y amigos", como, por ejemplo, Vladimir Shatov. El anarquismo ruso concluyó dividido en innumerables grupos y prácticamente se disolvió, incluyendo casos como el de Piotr Archinov, uno de sus principales representantes, historiador del "movimiento makhnovista", que ingresó en el PC ruso en 1930 (43). No podemos aquí analizar la guerrilla del anarquista Makhno en Ucrania (acusado de practicar pogroms antisemitas), pero se puede indicar que su enfrentamiento con el Ejército Rojo se dio en el cuadro de la lucha por un comando militar único para la guerra civil y contra la intervención extranjera, lo que también aconteció con unidades comandadas por los SR. La guerra civil y la polarización política fueron transformando el bolchevismo en dueño absoluto no sólo del gobierno sino del propio escenario político, siendo los únicos representados en los soviets (del 70 al 80% en el otoño de 1918, hasta el 99% de los delegados en 1920) (44). La cuestión no es pretender que el bolchevismo "inventase" una "oposición leal" para preservar una fachada "pluripartidaria" (lo que el stalinismo hizo en las "democracias populares" de posguerra, como fachada de una dictadura burocrática). En cuanto a las viejas clases dominantes, la base social de los antiguos partidos burgueses y aristocráticos se había transformado en "vendedores ambulantes, acarreadores, (mozos de) pequeños cafés" (45), cuando no habían optado por el exilio. Lo que hizo desaparecer en definitiva a los otros partidos socialistas y revolucionarios fue su oposición al poder soviético, basada en la idea de que los trabajadores no podían conquistar y mantener el poder en Rusia. Tres días después de la insurrección de octubre, Plejanov, el "padre del marxismo ruso", publicaba una Carta abierta a los trabajadores de Petrogrado, donde se leía: "Muchos de ustedes están felices con estos acontecimientos, gracias a los cuales cayó la coalición del gobierno de A.F. Kerensky y el poder político pasó a las manos del Soviet de Diputados de Obreros y Soldados de Petrogrado. Lo digo abiertamente: estos acontecimientos me entristecen Nuestra clase trabajadora está aún lejos de poder asegurar en sus manos, para el bien de la nación y de sí misma, la totalidad del poder político. Atribuirle ese poder significa empujarla hacia el camino de una enorme infelicidad histórica, para ella y para toda Rusia" (subrayado del autor). El bolchevismo fue el único defensor consecuente del poder soviético, el único que propuso una vía concreta para llevar los soviets al poder, contra el resto de la izquierda, como lo demostraron las palabras del dirigente socialista-revolucionario Víctor Tchernov: "El soviet era simplemente un centro de ebullición revolucionaria (), un sustituto temporario de la organización sindical y política de la clase obrera (). Un andamio hecho apresuradamente en torno de un edificio en construcción y que se retira una vez que la construcción está concluida (). El sistema de los soviets concebido como base formal del Estado es una versión rusa del anarco-sindicalismo". O del dirigente menchevique Bogdanov: "De hecho es natural que, no teniendo nada entre las manos, en el proceso de la Revolución hayamos intentado construir una organización, el soviet de diputados obreros y soldados, formado espontáneamente. Si hubiésemos tenido una organización pujante, tendríamos sin duda sindicatos, partidos, etc. El hecho de que la democracia revolucionaria haya sido obligada a constituir, al calor de la revolución, tales organismos revolucionarios, muestra en forma clara esta ausencia de organización, que llevó a los elementos revolucionarios más decididos de la democracia a comprometerse en la vía de construcción de los soviets". Capitalistas para los anarquistas, anarquistas para los defensores de una revolución capitalista, los bolcheviques aparecen para los intérpretes de ambas versiones como portadores de una fuerza a-histórica. Bolchevismo y revolución El camino concreto de la revolución fue planeado por los bolcheviques, pero impuesto por los trabajadores, los cuales, frente a la catástrofe rusa de octubre, de acuerdo con un testimonio, "exigen el poder para los soviets" (46). El bolchevismo fue, en definitiva, el ejecutor de la revolución obrera. Medio año después del "golpe de octubre", el 9 de junio de 1918, Trotsky resumía así la situación del país: "Entre todas las cuestiones que nos oprimen el corazón, hay una muy simple que pesa más que todas las otras: la del pan cotidiano. Un solo problema domina todas nuestras ansiedades y pensamientos: cómo sobrevivir mañana Todo es difícil y penoso, el país está en ruinas y no hay pan". Fue en esas condiciones que el gobierno soviético se transformó en un gobierno de fuerza: "Los líderes bolcheviques eran conscientes de su posición débil. Por eso, su política inicial se combina oportunamente con la reparación de los sufrimientos más inmediatos de los obreros, soldados y campesinos. El primero de esos elementos fue la requisa de granos. El programa que incentivaba a los campesinos a tomar posesión de la tierra como propietarios individuales, visto por los opositores mencheviques como un gesto cínico y oportunista, recreó el problema de la falta de alimentos que fuera tan agudo durante la guerra, bajo los regímenes zarista y del gobierno provisorio. La desvalorización de la moneda y la falta de manufacturas desanimó a los campesinos a intercambiar sus excedentes; el reclutamiento de 14 millones de hombres vació la fuerza de trabajo de la tierra; y la tendencia de los campesinos a dividir la tierra en minúsculas propiedades familiares reducía la productividad. Por esas razones, los bolcheviques no podían esperar en forma realista que hubiese alimentos suficientes antes de que se restableciese la producción en las ramas no militares de la industria y antes de que se restaurase el intercambio entre ciudad y campo. Cuando falló su tentativa de mover las capas inferiores del campesinado (la bednota) contra los campesinos más ricos, el régimen apeló a la requisa forzosa de granos, como hicieron los gobiernos precedentes" (47). La historia no puso a los bolcheviques delante de un mosaico infinito de opciones El terror rojo En este cuadro, y en el cuadro de la organización armada de la contrarrevolución, surgió el "terror rojo", que se descargó incluso sobre elementos de la antigua izquierda, cuando se comprometían en actividades prácticas hostiles al poder soviético. El SR Isaac Steinberg, Comisario de Justicia del primer gobierno soviético, sabía de qué hablaba cuando definía el Terror como "un plan legal de intimidación masiva, de presión, de destrucción, dirigido por el Poder. Es el inventario preciso, elaborado y cuidadosamente ponderado, de penas, castigos y amenazas a través de los cuales el gobierno intimida, de los cuales usa y abusa con el fin de obligar al pueblo a seguir su voluntad. Es la pesada protección arrojada desde la cima sobre el conjunto de la población de un país, protección tejida con suspicacia, vigilancia continua y espíritu de venganza". Las injusticias cometidas por el "terror rojo" no fueron "excesos" (como si los comunistas pudiesen tener una filosofía semejante a la de las dictaduras latinoamericanas) sino un componente, un riesgo calculado, del propio método. No mejora nada decir que "las medidas brutales no eran socialistas (pero) no dejaban de ser revolucionarias" (48). Ni tampoco afirmar, como hizo el pos-stalinista Jean Ellenstein, que "el stalinismo no proviene necesariamente de la situación de la Rusia soviética posterior a la revolución, pero podía derivar de ella y, de hecho, derivó" (49). Digamos de pasada que el "terror rojo", cuantitativamente y guardadas las debidas proporciones, fue inferior al terror jacobino durante la Revolución Francesa. El "terror blanco" de la contrarrevolución era un exceso "en sí", pues asesinaba sin piedad, manifestando abiertamente su odio de clase contra la revolución obrera, sin ninguna preocupación de legalidad y sin vacilaciones. Ya el terror rojo, y su instrumento, la Tcheka, dirigida por el ex preso político bolchevique Félix Dzerzhinski, situada por encima de las instituciones legales (estatales o partidarias) provocó más de una crisis interna: "La acción de la Tcheka provocaba oposiciones dentro del partido. Algunos cuadros se opusieron en principio a la política continua de terror, que trataba a los sospechosos con medios administrativos y no judiciales. Otros se opusieron al terror con argumentos humanitarios, pero sus objeciones eran descartadas como sentimentalistas. Muchos temían que la Tcheka, cada vez más independiente y poderosa, acabase constituyéndose en un Estado dentro del Estado. Eran también frecuentes los conflictos entre ella y los soviets locales, que no aceptaban la intromisión de un órgano no constitucional en sus funciones" (50). La Tcheka fue aceptada como un "mal necesario". Los bolcheviques asumieron claramente la política de terror. En las palabras de Dzerzhinski: "Representamos nosotros mismos el terror organizado esto debe dejarse en claro y este terror es hoy muy necesario en las condiciones en que estamos viviendo, en una época de revolución. Nuestra tarea es combatir a los enemigos del poder soviético, estamos aterrorizando a los enemigos del poder soviético con el objetivo de sofocar crímenes desde el principio (). Es inútil culparnos de asesinatos anónimos. Nuestra comisión consiste en 18 expertos revolucionarios que representan al Comité Central del Partido y al Comité Ejecutivo Central (de los Soviets). Una ejecución sólo es posible después de la decisión unánime de todos los miembros de la comisión en reunión plenaria. Basta que un único miembro se exprese contrario a la ejecución para que la vida del acusado sea perdonada". Según John Dziak, esta afirmación era, obviamente, un "claro disparate" El precio de la victoria Los bolcheviques ganaron la guerra civil, imponiendo respeto a la reacción y a la burguesía mundial que, al principio, los trataban de "ignorantes" y "salvajes". Las consecuencias de la guerra civil fueron de largo plazo. En el plano político, los bolcheviques se transformaron en dueños absolutos del escenario: "La ofensiva contra los mencheviques y los SR disminuyó después de 1918: puestos entre la restauración blanca y el terror rojo, eligieron lo segundo. El gobierno soviético, cercado completamente, aceptaba toda ayuda. Terminado el terror a finales de 1918, los SR y los mencheviques continuaron viviendo una existencia ficticia, enviando delegados a los soviets de las aldeas hasta las elecciones de 1920. En teoría, era una actividad imposible; en la práctica, se mantenía. En diciembre de 1920 los mencheviques participaron por última vez del Congreso Panruso de los Soviets como representantes de organizaciones soviéticas: ya no serían más tolerados después de eso. Martov ya había abandonado Rusia a comienzos de 1920, provocando la desbandada de la dirección menchevique. Lo que quedó del partido se unió a los bolcheviques o abandonó la política. Con el fin de la guerra civil, los bolcheviques dejaron de tener cualquier oposición organizada" (51). Los bolcheviques se transformaron en "partido único" por la literal dispersión de los partidos restantes. Crisis de la Internacional En la Internacional Comunista, las polémicas revelan que los bolcheviques son minoría dentro de la Internacional que ellos mismos fundaron. En 1919, la efímera República de los Consejos de Hungría que podría haber sido el puente entre la revolución rusa y la revolución en Europa Central y Alemania cae después de acompañar las vicisitudes de la curiosa política del PC húngaro, cuya incompetencia se revela en el balance hecho por su principal dirigente, Béla Kún, al decir que el proletariado húngaro traicionó a su partido, o sea, el PC En 1920 las divergencias en la IC tienen su centro en la participación en las elecciones y en los sindicatos reaccionarios. La tendencia "izquierdista" (con los holandeses Gorter y Pannekoek, apoyados por el KAPD alemán y por buena parte de los jóvenes partidos comunistas) defiende el boicot electoral, la salida de los sindicatos reformistas y la creación de uniones de tipo sindicalista revolucionario. Rechaza toda acción común con los socialdemócratas "al servicio de la burguesía". Refleja el estado de espíritu que llevó en 1918/1919 a los espartaquistas alemanes a acelerar la evolución de las masas por la intervención de "minorías activas", los putschs comunistas, el abandono de posiciones sindicales en Inglaterra y en Alemania, el boicot a las elecciones (en Alemania, Austria e Italia). Lenin, en El izquierdismo, lo define como tendencia pequeño burguesa, que toma sus deseos como realidades y renuncia a la paciente conquista de las masas. Los comunistas deberían aprovechar todas las oportunidades, sindicales y electorales, para extender su influencia, acelerando la experiencia de las masas, por supuesto, pero con relación a los oportunistas. Algunos meses después, defiende la entrada de los comunistas ingleses en el Partido Laborista (Labour Party). En 1921, la polémica se centra en torno de la "acción de marzo" en Alemania, tentativa putschista del PC alemán, fracasada. En el IIIº Congreso de la Internacional, y en el propio partido bolchevique, Lenin y Trotsky forman un bloque que obtiene una escasa mayoría contra los "nuevos izquierdistas": Béla Kún, el alemán Thaelmann, el italiano Terracini. El Congreso apoya finalmente a los líderes de Octubre, admitiendo una "estabilización relativa del capitalismo", que vuelve necesaria la conquista de las masas. En diciembre de ese año, el Comité Ejecutivo de la IC adopta la política del "Frente Unico Obrero". Partido y dictadura Para François Furet, la revolución terminó en el invierno de 1920/1921 (fin de la intervención y de la rebelión de Kronstadt, inicio de la NEP). De acuerdo con esto, "aparece la mentira según la cual el terror revolucionario no es más que una respuesta obligada a la violencia contrarrevolucionaria: mentira que tanto sirvió a los defensores y apologistas de la guillotina francesa. En 1921 terminó la intervención extranjera, los viejos adversarios de los bolcheviques partieron hacia el exterior, la revuelta de Kronstadt fue ahogada en sangre, se devolvía a los campesinos la libertad de comprar y vender. En el momento en que la dictadura del terror parecía tornarse menos necesaria, vuelve a reafirmarse con toda su fuerza, en el Xº Congreso del partido en 1921" (52). La verdad es que el fin de las fracciones fue vista como una medida de apaciguamiento de las tensiones internas del partido, no como la prohibición del debate político. Ernest Mandel cita un fragmento de La revolución traicionada de Trotsky ("la prohibición de los partidos de oposición llevó a la prohibición de las fracciones, y ésta concluyó en la prohibición a pensar en forma diferente del jefe infalible. El monolitismo policial tuvo como consecuencia la impunidad burocrática") que ilustraría su tesis de que (parte de la) dirección bolchevique habría tenido, posteriormente (1936), conciencia de su "error" de 1921. Lamentablemente, la cita está fuera de contexto: inmediatamente antes, Trotsky afirma: "Todo es relativo en este mundo donde sólo es permanente el cambio. La dictadura del partido bolchevique fue uno de los instrumentos más poderosos del progreso histórico. Pero también aquí, como dice el poeta, la razón se transforma en locura y el bien, en tormento" (53). El carácter temporario y emergente de las medidas, que Trotsky reivindicó, se volvió permanente con la dictadura stalinista. El "terror rojo", de acuerdo con Pierre Broué, incluyó "represalias ciegas, tomas y ejecuciones de rehenes, a veces masacres en las prisiones una violencia que era una respuesta al terror blanco, su correlato. Una orgía de sangre, ciertamente. Pero las víctimas fueron incomparablemente menos numerosas que las de la Guerra Civil". Hasta marzo de 1920, el número de víctimas fue oficialmente fijado en 8.620 personas; el contemporáneo Morizet calcula un poco más de 10 mil (54). Hubo manifestaciones populares en defensa del "terror rojo", registradas fotográficamente. Sin juzgar los poderes independientes de la Tcheka, la política bolchevique parece haber sido más la de canalizar "organizadamente" una tendencia existente en el campo revolucionario haciendo de ella un instrumento de defensa de la revolución que la organización de una venganza indiscriminada. Es imposible juzgarla en base a "principios morales eternos", fuera de su contexto histórico: ¿es posible olvidar que el "terror blanco" del general Wrangel, todavía en 1921 reconocido como el "legítimo gobierno" ruso por la democrática Francia (horrorizada por el "salvajismo rojo"), causó más víctimas que el "terror rojo", apelando no pocas veces a la tortura y al asesinato de niños? Durante la primera guerra mundial y la guerra civil, Rusia perdió 5 millones de almas Conclusión Reducir este complejo panorama histórico, como hizo recientemente un ex trotskista (55), a la afirmación de que los bolcheviques montaron desde el comienzo un sistema de explotación del proletariado, es, por lo menos, una afirmación liviana. Un reduccionismo semejante permite las apreciaciones de los partidarios de la "teoría del totalitarismo" (un equivalente europeo de la "teoría de los dos demonios" de los demócratas latinoamericanos), como Nolte o Fouret, que reducen todo al montaje deliberado de un sistema de terror, que habría sido el único legado duradero de la revolución soviética (de la cual Stalin habría sido, entonces, el continuador consecuente). Trotsky, Radek, Bujarin, reflejaban la convicción de una generación cuando escribían que, sin la revolución, Rusia se habría transformado en una semicolonia del capitalismo alemán o anglo-francés (o de ambos), después de la Gran Guerra. Desde 1905, sin embargo, estaba claro que la revolución democrática en Rusia sólo podría triunfar como revolución proletaria. En su obra sobre el Ejército Rojo, el comunista alemán Wollenberg deja en claro que "los sentimientos patrióticos fueron el principal motivo que llevó a un buen número de oficiales del viejo ejército a ofrecer sus servicios al gobierno soviético, al cual eran hostiles. Comprendieron que la liberación nacional de Rusia estaba vinculada al poder soviético, y vieron que las asociaciones patrióticas que luchaban contra los soviets se transformaban en agencias de potencias imperialistas, que querían apoderarse de los campos de maíz y de las reservas petroleras y minerales del suelo ruso" (56). Entre la toma del poder, en 1917, y la fecha clave de 1921 (estabilización temporaria de la revolución y del capitalismo mundial, con el inicio de la prosperidad de los "boaring twenties" en los Estados Unidos) la dirección bolchevique se vio enfrentada a problemas políticos y económicos inéditos, de una magnitud que ninguna otra fuerza política había enfrentado en toda la historia. Exigirle retrospectivamente la perfección en la resolución de cada problema, seleccionado al sabor de las preocupaciones políticas de cada autor contemporáneo, sería ponerla en un plano de pureza que no se exige a las direcciones de las revoluciones democráticas de los siglos pasados, ni a ninguna dirección política, cualquiera sea su signo ideológico, del presente siglo. El balance de los primeros años de la revolución deja en claro no sólo la calidad política excepcional de esa dirección sino también una osadía que no se limitó, en las palabras de Rosa Luxemburgo de 1918, a la toma del poder, haciéndose también extensiva a la defensa de ese poder, entendido como poder revolucionario. Ese poder no se ató a una forma específica, "soviética" (los propios bolcheviques pensaron usar los comités de fábrica como plataforma para la toma del poder, viendo su carácter revolucionario confrontado con el conciliacionismo de los soviets), por lo que la acusación retrospectiva de no haberla mantenido después del vaciamiento de los soviets no encuentra apoyo, como se pretende, en la propia trayectoria del bolchevismo. La osadía bolchevique, en última instancia, fue el ejercicio de la responsabilidad revolucionaria, en la crisis excepcional de 1917, frente a la cual no se quejaron ante la Historia por falta de alternativas (como cretinamente hicieran los socialistas europeos ante la Gran Guerra) sino que las crearon, basándose en las posibilidades ofrecidas por la propia historia. ¿Había sido otra la herencia de Marx? El elemento decisivo de la revolución fue, en sus diversas fases, el partido. Pero éste no fue concebido al margen de la evolución revolucionaria del propio proletariado, concentrada en su vanguardia (57): en el Manifiesto Comunista, Marx, aún sin concebir la dictadura del proletariado como la forma política necesaria para la transición hacia el socialismo, ya concebía que "la organización de los proletarios en partido político" era la condición de su transformación en clase dominante. El propio papel de Lenin dentro del bolchevismo debe ser visto bajo este ángulo. En vida, Lenin no fue el "jefe infalible", sino el primus inter pares, quedando frecuentemente en minoría en los debates. En los recuerdos de Trotsky, "(Lenin) no era una máquina de calcular que no cometía errores. Cometía menos que otros en la misma situación. Pero cuando los cometía, sus errores eran enormes, a escala del plano colosal de todo su trabajo" (58). El endiosamiento de Lenin, inmediatamente después de su muerte, el famoso "juramento" de Stalin, fue la proclamación del viraje político en dirección a la burocratización. 1921 no fue, Furet dixit, el fin de la revolución, pero sí el pasaje hacia una nueva etapa. El balance de la primera etapa deja en claro que el bolchevismo pasó por la prueba más difícil que ningún partido haya tenido que soportar a lo largo de la historia. Cualesquiera fueran los desarrollos de la segunda etapa y fueron los peores imaginables, el balance de la primera se incorporó como un legado definitivo para la historia. Es verdad que en la primera etapa también se desarrollaron los elementos que posibilitarán, a partir de 1922, la burocratización del Estado soviético y la liquidación del bolchevismo: sólo cabe concluir que todo desarrollo histórico es contradictorio. El bolchevismo no se identifica, sin embargo, con esas contradicciones sino con la lucha por resolverlas revolucionariamente. La contradictoriedad del bolchevismo se sitúa en otro nivel: fuerza histórica, sólo podría superar los obstáculos basada en los materiales de la propia historia. Sin ella, sería como tratar de saltar por encima de la propia cabeza. Los eventuales errores políticos del bolchevismo en 1917/1921 son tan responsables por el advenimiento del stalinismo como los errores de los jacobinos lo fueron por la restauración de la monarquía: la misma responsabilidad que los errores de un militante cuando está en prisión, bajo las agresiones policiales. Apuntar, como gran descubrimiento histórico, que en el bolchevismo pre-stalinista existían algunos de los elementos de la posterior dictadura burocrática (comenzando por el propio Stalin) significa repetir, de manera atrasada, unilateral y metafísica, la crítica que el propio bolchevismo (Trotsky, Rakovsky) ya hiciera de la hagiografía "histórica" stalinista. En el bolchevismo de 1918/1921 se encontraban los elementos de su degeneración, así como en el bolchevismo de 1917 existían los elementos de la contrarrevolución burguesa: esto equivale a decir que el bolchevismo, como todo fenómeno histórico y humano, era contradictorio y permeable a su medio político-social. Lo que le cabe al verdadero pensamiento histórico es descubrir, más allá de la contradictoriedad, aquello que Rosa Luxemburgo llamó "lo esencial y duradero, lo que permanece, de la política bolchevique". La defensa de la Revolución de Octubre no es una imposición dogmática sino la conclusión honesta de toda investigación histórica desinteresada. La Historia, como disciplina científica, no se puede situar, menos que las otras, en un plano por encima de los conflictos de clase y de ideas de nuestra contemporaneidad, pues ella misma es el terreno de esos conflictos. La condena en bloque de la revolución se hace actualmente en nombre de principios morales ahistóricos e inútiles (lo cual es muy diferente que analizar sus eventuales errores en una perspectiva histórica). Al fin de cuentas, sin los jacobinos, equivocados o no, no habría existido la Comuna de París. Para que llegue el tiempo de las cerezas, es preciso antes sembrarlas. Notas: 1. Cf., por ejemplo, John J. Dziak, Chekisty. A History of the KGB, Lexington, D.C. Heath, 1988. 2. Richard Pipes, Histórica Concisa da Revolução Russa, Rio de Janeiro, Record, 1997. 3. Pese a los esfuerzos en sentido contrario del ideólogo histórico de esta corriente, Ernest Mandel, en la fase final de su vida: Octobre 1917: Coup dEtat ou Révolution Sociale. La légitimité de la Révolution Russe, Amsterdam, IIRF, 1992. 4. Cabe destacar, entre esos pocos, a Pierre Broué, Histoire de lInternationale Communiste, 1919-1943, París, Fayard, 1997. Este trabajo pretende dar "un punto final en la marcha de la investigación histórica sobre el comunismo (y) la señal de un nuevo punto de partida" (p. 11). 5. Mikhail Gorbachov, "Outubro como um marco na história contemporânea", Sociedades em Transformação, año IV, nº 2, San Pablo, USP-CEPST, octubre de 1997. 6. Folha de São Paulo, 2 de noviembre de 1997. 7. Alexandre Skirda, "A contra-revolução bolchevique de outubro de 1917", Libertárias nº 1, San Pablo, octubre de 1997. 8. Dietrich Geyer, "Revolución de Octubre", en C.D. Kernig, Marxismo y Democracia, Historia 8, Madrid, Rioduero, 1975, p. 143. 9. Daniel Guérin, LAnarchisme, París, Gallimard, 1965, p. 101. 10. Leonard Schapiro, "Bolcheviques", en C.D. Kernig, ob. cit., Historia 2, p. 10. 11. Arthur Rosenberg, Historia del bolchevismo, México, Pasado y Presente, 1977, p. 111. 12. Cf. por ejemplo Edward H. Carr, Estudios sobre la revolución, Madrid, Alianza, 1973. 13. Dimitri Volkogonov, Le vrai Lénine, París, Robert Laffont, 1995, p. 218. 14. Marc Ferro, Dos Soviets à Burocracia, Porto Alegre, CECA-CEDAC, 1988, p. 37. 15. Ernest Nolte, La Guerra Civil Europea, 1917-1945, "Nacionalismo y bolchevismo", México, FCE, 1996. 16. Reproducida por la Folha de São Paulo, 22 de febrero de 1998 ("Marc Ferro, la violencia y la fe"). 17. Edward H. Carr, La Revolução Russa de Lênin a Stalin (1917-1929), Rio de Janeiro, Zahar, 1980, p. 11. 18. Michael Florinsky, Russia: A History and an Interpretation, Nueva York, Collier Macmillan, 1960, v. II, p. 1.474. 19. Ronald G. Suny, "A Revolução de Outubro e o problema das nacionalidades", Sociedades em Transformação, año IV, nº 2, San Pablo, USP-CEPST, octubre de 1997. 20. John Reed, "Como funcionan os soviets", Cadernos de Campanha, nº 2, s/d, abril de 1976. 21. Isaac Deutscher, Los sindicatos soviéticos, México, ERA, 1979, p. 35. 22. Ana M. Pankratova, Los consejos de fábrica en la Rusia de 1919, Barcelona, Anagrama, 1976, p. 45. 23. Eric J. Hobsbawm, Nações e Nacionalismo desde 1780, Rio de Janeiro, Paz e Terra, 1990, p. 124. 24. Javier Villanueva, Lenin y las naciones, Madrid, Revolución, 1987, p. 287. 25. Leon Trotsky, Histoire de la Révolution Russe, París, Seuil, 1950, p. 812. 26. V.I. Lenin, "Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la autonomización", Obras Escogidas, Moscú, Progreso, vol. III, 1970, p. 770. 27. Leon Trotsky, Entre lImpérialisme et la Révolution, Bruselas, La Taupe, 1970, pp. 152-156. 28. E. Traverso y C. Samary, "La cuestión nacional en la URSS. Fuerza y debilidad de una tradición marxista", Inprecor, Nº 77, Madrid, julio de 1990. 29. Gyorg Lukács, História e consciência de classe, Porto, Escorpião, 1974, p. 281. 30. Daniel Guérin, Rosa Luxemburgo e a espontaneidade revolucionária, San Pablo, Perspectiva, 1982, p. 108. 31. Paul Levi, Unser Weg. Wider den Putschismus, Berlín, 1921 (en anexo: Karl Radek, Die Lehren eines Putschversuches). 32. Pierre Broué, Révolution en Allemagne (1917-1923), París, Minuit, 1971. 33. Rosa Luxemburgo, Oeuvres, v. II, París, Maspéro, 1969, p. 46-52. 34. Rosa Luxemburgo, A Revolução Russa, Petrópolis, Vozes, 1991, p. 63. 35. Oskar Negt, "Rosa Luxemburgo y a renovação do marxismo", en Eric J. Hobsbawm (ed.), História do Marxismo, vol. 3, Rio de Janeiro, Paz e Terra, 1984, p. 48. 36. Gyorg Lukács, ob. cit., pp. 288 y 292. 37. Véase Isabel Loureiro, "Introdução", en Rosa Luxemburgo, ob. cit., p. 28. 38. Luciano Amodio, "La révolution bolchevique: linterprétation de Rosa Luxemburgo", en Histoire du marxisme contemporain, v. 2, París, UGE, p. 251-253. 39. J.P. Nettl, La vie et loeuvre de Rosa Luxemburg, t. II, París, François Maspéro, 1972, p. 685. 40. Rosa Luxemburgo, ob. cit., p. 98. 41. En F. Petrénko, Socialismo: unipartidarismo e pluripartidarismo, Moscú, Progreso, 1981, p. 65. 42. Edward H. Carr, A Revolução Bolchevique (1917-1923), Lisboa, Afrontamento, 1977, vol. 1, pp. 195-197. 43. Paul Avrich, Les anarchistes Russes, París, François Maspéro, 1979, p. 277. 44. Pierre Broué, União Soviética. Da revolução ao colapso, Porto Alegre, UFRGS, 1996. 45. Jean Marabini, A Rússia durante a Revolução de Outubro, San Pablo, Companhia das Letras, 1989, p. 222. 46. En David Mandel, Comités dUsine et Contrôle Ouvrier à Petrograd en 1917, Amsterdam, IIRF, 1993, p. 26. 47. Thomas F. Remington, Building Socialism in Bolshevik Russia, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 1984, p. 5. 48. Jean-Jacques Marie, "Soixantième anniversaire de la Révolution dOctobre", La Vérité, nº 579, París, diciembre de 1977. 49. Le Monde, 8 de noviembre de 1977. 50. S.V. Lipitsky, A Guerra Civil, San Pablo, Abril, 1968, p. 1.053. 51. J.P. Nettl, Bilan de lURSS, París, Seuil, 1967, p. 68. 52. François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, FCE, 1995, p. 119. 53. Leon Trotsky, La Révolution Trahie, París, UGE, 1963, p. 107. Mandel llega a citar un episodio en el cual Lenin, en 1920, habría convocado a Y. Martov (líder menchevique y viejo amigo) para ofrecerle un pasaporte falso, dado que la Tcheka ya lo estaría buscando para detenerlo, y él (Lenin) nada podría hacer. Si eso fuera verdad, hablaría bien de Lenin como amigo, pero mal de él como político. Mandel no indica su fuente, que podría ser G. Legget, The Cheka. Lenins political police, Oxford, 1981. 54. Albert Morizet, Chez Lénine et Trotsky, París, Renaissance du Livre, 1922, p. 429. 55. Andrés Romero, Después del estalinismo, Buenos Aires, Antídoto, 1996. 56. Erich Wollenberg, El Ejército Rojo, Buenos Aires, Antídoto, s.d.p., p. 48. 57. Cf. Osvaldo Coggiola. Lenin, Trotsky e o bolchevismo. A Revolução de Outubro sob a Olhar da História, San Pablo, Scritta, 1997. 58. Leon Trotsky, Ma Vie, París, Gallimard, 1953, p. 539.

1 de marzo de 1999
El alcance de la actual crisis mudial

La crítica de la ITO a la Declaración de Buenos Aires Luego de finalizada la reunión de fines de mayo del 98 de las organizaciones partidarias de la refundación inmediata de la IVª Internacional, los representantes de la Oposición Trotskista Internacional presentaron una declaración que pretende establecer una serie de reservas al documento aprobado por unanimidad en esa reunión (1). Aclaremos que la corriente representada por los autores de la crítica se denomina Oposición, debido a que en su origen constituyó una tendencia de ese carácter dentro del Secretariado Unificado, en el cual aún sigue actuando la mayoría de los grupos que la integran. La objeción principal que plantean los delegados de la ITO se refiere al "ritmo de desarrollo de la crisis (mundial)" que estaría establecido en el documento. En el aspecto económico, se estaría exagerando "la importancia de los mercados de valores y de la especulación financiera, en relación con la economía real de producción y distribución". Ya en el terreno político, la exageración tendría que ver con "el desarrollo político de las masas y la perspectiva de confrontaciones revolucionarias". Los compañeros resumen su crítica declarando su "desacuerdo con el ritmo del desarrollo de la revolución mundial, particularmente en los países avanzados". Advierten que la "simplificación excesiva" y los "análisis impresionistas" concluyen llevando "a la confusión, al fracaso, a la desmoralización y a las desviaciones políticas". Lo cual no es poco, por cierto. El ritmo es lo de menos El planteo de la ITO contiene varios errores, el principal de los cuales es suponer que su divergencia con el documento aprobado en la reunión, tendría que ver con el problema del ritmo de la crisis mundial. Ocurre que las organizaciones que se agrupan detrás de la consigna de la refundación inmediata de la Cuarta no constituyen un partido mundial o internacional lo que tratan de hacer es precisamente refundarlo. En estas condiciones, la cuestión de los ritmos del desarrollo político se encuentra fuera de su campo de análisis, no es su objetivo, ya que el ritmo importa cuando tiene que ver con la intervención concreta en la lucha política, incluso a veces en forma extraordinaria. El ritmo del desenvolvimiento de una crisis política tiene que ver, más que con los factores históricos o estratégicos, con los tácticos, los subjetivos o los coyunturales. La tesis fundamental que hemos venido desarrollando las organizaciones "refundacionistas" no tiene nada que ver con los ritmos sino con la situación histórica a partir del derrumbe de la URSS y del proceso de restauración capitalista en los ex estados obreros degenerados. Nuestra tesis es que ese derrumbe no podía servir ni ha servido a la mayor estabilización del capitalismo mundial, porque antes, o sea para lograr este objetivo, debe llevar a una completa catástrofe a la economía estatizada y abrir de este modo un período de crisis mundial todavía más intenso que el que le precedió; de mayor número de estallidos revolucionario y de confrontaciones internacionales más numerosas y agresivas, principalmente militares. En estas condiciones, la época histórica abierta por la revolución de Octubre, lejos de haber caducado, como lo sostienen los ex stalinistas y el Secretariado Unificado (XIVº congreso), ha entrado en un período de agudeza excepcional, lo que significa que pone al día el programa histórico del marxismo (dictadura del proletariado) y la necesidad de refundar la IVº Internacional de un modo inmediato. El planteo "refundacionista" se deriva así, de un modo directo, de las modificaciones extraordinarias que se han operado efectivamente en la situación mundial, algo que sus adversarios ignoran olímpicamente y que los lleva a seguir rumiando sobre la reconstrucción de la IVº y a rendirle un tributo ritual, mientras prosiguen con la mediocre tarea de ajustar cuentas con todos y cada uno de los grupos trotskistas y no trotskistas que pueblan el universo o, simétricamente, tejer y destejer combinaciones organizativas sin principios. Los términos del debate con los compañeros de la ITO confirman, en cambio, que la agenda de cuestiones que se deriva del planteo de refundar la IVº es la única que permite proceder a una delimitación política concreta. El proceso corriente de liquidación completa y final de la propiedad estatizada y de la economía planificada en los ex estados obreros degenerados, así como la involución de la conciencia política de las masas de esos países con relación a su tradición revolucionaria; este proceso demuestra el acierto de Trotsky cuando planteó, en La Revolución Traicionada, que la descomposición del capitalismo mundial era uno de los tres factores principales, junto a aquellos otros dos que han desaparecido, que señalaban la vigencia histórica de la Revolución de Octubre. La delimitación política que emerge de esto no podría ser más rotunda: la vigencia de Octubre y, por lo tanto de la actualidad de la revolución proletaria, por un lado; el entierro del bolchevismo y la consecuente adaptación al capitalismo democratizante, del otro. Dentro de la ITO, digamos al pasar, se ignora esta delimitación de principios entre nosotros y el Secretariado Unificado. Incidentalmente, la declaración de los representantes de la ITO presenta de un modo diferente el lugar que ocupa el derrumbe de la URSS en las modificaciones catastróficas que se han producido en la situación mundial en su conjunto. Dice, por ejemplo, que "la caída de la Unión Soviética… ha removido un elemento de estabilidad de la situación precedente: la burocracia stalinista contrarrevolucionaria". En primer lugar, importa señalar la falta de sentido de este planteo , ya que ningún elemento de estabilidad es removido por la historia hasta que no ha agotado sus recursos, posibilidades o circunstancias y no se ha convertido en un elemento de inestabilidad. Lo que acabó convirtiendo a la burocracia contrarrevolucionaria en un factor de inestabilidad fue, precisamente, la profundización extraordinaria de la crisis mundial y los alzamientos de masas cada vez más frecuentes en los ex estados burocráticos. El desplazamiento del régimen burocrático por parte del imperialismo y no por parte de las masas le permitió a la burguesía mundial (y a la propia burocracia) aplazar a corto plazo el estallido de las nuevas situaciones revolucionarias que hubieran sido provocadas por la continuación de la dominación agotada de esa burocracia. Pero como la burocracia no es en definitiva más que un agente del imperialismo en los estados obreros, el agotamiento de sus posibilidades de supervivencia no era sino la expresión superficial del agotamiento del propio imperialismo mundial y puso al desnudo la envergadura extraordinaria que había alcanzado la crisis mundial tomada en su conjunto. La afirmación que hace el texto de la ITO de que el desplazamiento del régimen burocrático tiene por sí solo un carácter progresivo es de un inconfundible signo democratizante (lo que explica por qué fue tan usada por Mandel y el morenismo), porque separa artificiosamente la remoción de la burocracia stalinista de la instauración de un remedo seudoparlamentario que protege la restauración capitalista y los propios intereses sociales de la capa superior de la burocracia. La aceptación por parte de la vanguardia de los trabajadores de que el paso de un régimen burocrático en crisis a un régimen seudodemocratizante sería positivo, haciendo abstracción de las condiciones históricas y sociales de uno y otro, constituiría un retroceso de su conciencia de clase y no removería sino que reforzaría los obstáculos que bloquean el camino de la revolución. A ritmo de samba Lamentablemente para los compañeros que firman la declaración, la crisis mundial tomó un ritmo más violento precisamente desde que ellos dejaron establecidas sus reservas acerca de los ritmos de esa crisis, a fines de mayo pasado. Habían pasado poco más de sesenta días cuando se produjo el espectacular derrumbe ruso, lo que desató un período de recesión en numerosos países que habían sido menos afectados por la crisis asiática, en especial en Europa del Este y en América del Sur. La misma crisis rusa provocó, por primera vez desde 1987, la posibilidad de una bancarrota de los más grandes bancos del mundo, afectados por la quiebra del fondo especulativo Long Term Management Capital, comprometido negativamente por contratos derivativos de casi un billón y medio de dólares (un trillón y medio, en inglés). Los precios de las materias primas se despeñaron, lo cual contribuyó, por primera vez en la Posguerra, a que el comercio mundial descendiera el 2% en términos de valor en 1998. Más de la mitad de las naciones se encuentra en recesión. Primero en agosto, como consecuencia de la crisis rusa; luego en octubre, a raíz de la quiebra de LTMC; más tarde en diciembre y finalmente en enero, la crisis mundial ha comenzado recién a manifestarse a pleno en Brasil, de cuyo mercado dependen ingentes capitales norteamericanos. La devaluación del real se produjo a pesar de un paquete "preventivo" del FMI, de 41 mil millones de dólares. Mientras que la crisis rusa puso en riesgo de desvalorización y falencia a capitales prestados y a contratos de seguros o derivativos del orden de los 300.000 millones de dólares, la crisis brasileña amenaza valores de más de un billón y medio de dólares si se considera solamente al Mercosur. No obstante esta hecatombe, la preocupación de los círculos capitalistas pasa por otro lado: la perspectiva de un derrumbe chino a corto plazo y la crisis de las finanzas públicas y el riesgo de hiperinflación en Japón, que está pasando por una depresión económica más importante, en términos de duración, que la de los años 30. De vía de salida para la sobreproducción mundial de capitales, las ex naciones soviéticas y China se han convertido parcialmente en su cementerio; en lugar de funcionar como atenuantes de la crisis capitalista, mediante la absorción de mercancías y capitales, como ocurrió luego de la caída de las Bolsas en octubre de 1987, la están potenciando. No hay que dejar de lado otros datos igualmente significativos, como el fracaso económico de la mayor parte de las fusiones de monopolios (destacado recientemente por The Economist), si se tiene en cuenta que la centralización de capitales es uno de los principales recursos del capitalismo para contrarrestar la tendencia a la crisis. Para cerrar el inventario, añadamos que los últimos informes económicos han reducido al 1,5% la tasa probable de crecimiento de la Unión Europea para 1999, con el consiguiente incremento de la elevadísima tasa de desocupación, en cuanto se anuncia directamente una recesión para Gran Bretaña. Desafortunadamente para los redactores de la declaración, el ritmo de la crisis económica mundial se ha acentuado superlativamente desde el preciso momento en que ellos denunciaban la exageración del documento aprobado en la última reunión. Se podría afirmar incluso que ese ritmo ya ha afectado a la mayor parte de los registros musicales nacionales y a sus principales elaboraciones etílicas (sasha, vodka, tequila, caipirinha, pisco y vino). Los compañeros de la ITO dicen en su declaración, sin embargo, que habría que esperar "dos o tres años" para que "las respectivas posiciones se(an) testeadas por los acontecimientos", pero ése es justamente el tiempo que ha transcurrido desde que tuviera lugar nuestra primera reunión y nuestras primeras discusiones en 1996. Es hora de que, sin menoscabo de la necesidad de someter las posiciones a la prueba de futuros acontecimientos, se elaboren posiciones concretas que tengan en cuenta los acontecimientos pasados. Con la economía real se come La declaración de la ITO le reprocha al documento internacional lo que ya es también un clásico en el debate económico oficial: exagerar la especulación financiera en relación con la "economía real"; la primera, según la ITO, sufre una crisis tras otra y quizás hasta su ritmo puede que sea frenético, pero no ocurre lo mismo con la producción. Se plantea, entonces, una dicotomía entre lo real y lo financiero, que es el mismo punto de partida de todos los planteamientos vulgares referidos a la crisis económica mundial y que reina sobremanera en los círculos del centroizquierda y de todos los matices, incluido al trotskismo (SU). Es así que atribuyéndole todos los males a la así llamada economía financiera, aparecen los partidarios del impuesto Tobin para gravar los capitales de corto plazo (Le Monde Diplomatique, SU); los defensores de la baja de los intereses (Sachs, Cavallo, Jospin, Bensaid); e incluso los que abogan por convertir al FMI en un banco central mundial con la función especial de supervisar y regular las operaciones financieras en todo el globo (¡Soros!). Hay que reconocerles a los compañeros de la ITO, de todos modos, su originalidad. Es que mientras todo el arco centroizquierdista que va desde la socialdemocracia al Secretariado Unificado, atribuye a la exuberancia de la especulación financiera las desgracias de la economía real, para la ITO ocurriría lo contrario la economía real se expande y la crisis se circunscribe a la economía virtual. Según la ITO, se exagera la crisis porque se toma como referencia a los mercados de valores o Bolsas y se ignora la continua expansión de la producción. Mientras que el centroizquierda describe una crisis productiva que tiene su raíz en el exuberancia de la especulación, la ITO dice que prevalece la expansión productiva aunque la especulación se encuentre en crisis. Si las autoridades financieras internacionales aceptaran el diagnóstico o caracterización de la ITO, saldrían a socorrer al capital especulativo, como lo ha hecho reiteradamente la Reserva Federal, para evitar que su derrumbe se traspase a la producción. Los centroizquierdistas afirman, al revés, junto con el especulador George Soros, que la producción sólo podría recuperarse si se ataca el desmadre especulativo. Pero a pesar de su apariencia de ubicarse en antípodas, una respecto a la otra, las dos posiciones tienen una coincidencia básica de caracterización, o sea, que la crisis actual sería de des-proporcionalidad entre las finanzas y la producción. Y aunque sólo el centroizquierda saca la conclusión práctica de que la crisis podría corregirse con una intervención estatal y con remedios keynesianos, la declaración de la ITO tambien dice lo suyo, porque si "En los próximos dos o tres años la economía capitalista podrá o no colapsar…", la posibilidad de que no colapse dependería de que la producción siga su camino sin que la afecte la crisis de los mercados de valores, o que esta última sea disipada o reabsorbida sin afectar a la economía real. Se trata en definitiva de restablecer el equilibrio y la proporcionalidad. Toda crisis capitalista fundamental significa, sin embargo, que la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción existentes, ha llegado a un punto de explosión. La caracterización que gira en torno a la dicotomía entre la producción y la especulación, la ignora olímpicamente y se pierde en su laberinto. El desarrollo del llamado sector financiero obedece a la necesidad del capitalismo de superar su contradicción de base que se reproduce incesantemente. Se opone al capital productivo como un hermano siamés a otro. El desarrollo del sistema de crédito y de los bancos; las sociedades por acciones y los mercados de valores; el desdoblamiento del capital en productivo y financiero; la centralización de los capitales y el sistema de la deuda pública; la aparición del capital ficticio; todo esto obedece a la necesidad del capital en su conjunto de superar los límites que se oponen a su reproducción indefinida: esos límites son, de un lado, el consumo personal relativamente limitado de las masas frente a una capacidad productiva creciente; del otro lado, la estrechez que representa la producción para el beneficio privado frente a la revolución constante de la técnica y los procedimientos de producción (tendencia al descenso de la tasa de ganancia y a la extinción de la ley del valor). En síntesís, "el límite del capital es el capital mismo". El desarrollo financiero facilita el pasaje del capital de una rama de producción sobreexpandida o no rentable a otra en desarrollo o que ofrece mayores beneficios; moviliza con mayor rapidez esos capitales; ayuda a superar dentro de sus propios límites (conciliar) la contradicción entre la creación y la destrucción de capitales (absorciones); extiende los límites del consumo más allá de los salarios que paga a la población trabajadora; desenvuelve una acumulación de capital propia (ficticia) que actúa como un crédito sui géneris tanto para la producción como para el consumo. Este desarrollo (parasitario porque no crea valor) actúa como factor contrarrestante de la crisis capitalista hasta que se transforma en el principal factor de su estallido. Esto ocurre cuando la sobreacumulación de capital que no asume una forma productiva directa, y que se ha sobreacumulado para contarrestar los límites impuestos por la sobreacumulación de capital productivo, alcanza proporciones incompatibles con la plusvalía total que este último puede arrancar a la fuerza de trabajo. Se percibe entonces que el capital financiero, en sus diversas formas, se ha transformado en una gigantesca hipoteca que traba más allá de toda posibilidad la reproducción del capital en general. Su derrumbe constituye, por eso mismo, la etapa final de una crisis que ha tenido ya un largo proceso de incubamiento, así como la condición destructiva para iniciar una nueva etapa. Esto es lo que ha ocurrido en el curso de toda la presente crisis. Alegar que una crisis no es tal porque es financiera y no real, es un auténtico contrasentido, porque ambas se condicionan y limitan mutuamente en el proceso único de la acumulación del capital "en general". El ejemplo que da la ITO del derrumbe bursátil del 87, que "afectó pobremente a la producción", demuestra lo contrario: primero, porque la producción sólo se recuperó tres años después, recién a partir de 1991, y porque ello obedeció, no a la vigencia de la dicotomía entre lo real y lo virtual, sino a la intervención de poderosos factores extraeconómicos y por supuesto extrabursátiles, como lo fueron la caída de la URSS, la anexión alemana y la extraordinaria apertura del mercado chino después de la masacre de Tien An-men. Pero la omisión más descomunal que hacen los compañeros de la ITO es que la crisis bursátil mundial de 1987 provocó el hundimiento sin fondo de la segunda mayor bolsa del mundo, de la segunda mayor economía del mundo y de la segunda mayor potencia mundial. Olvidan nada menos que la debacle japonesa es un elemento estratégico del proceso de derrumbe general actual; es evidente que no han entendido en absoluto la crisis bursátil del 87. La crisis de los 80 y el derrumbe del 87 tuvieron su culminación en un gigantesco terremoto político, que a su turno ha abierto una nueva etapa de crisis y terremotos. La perspectiva de esta etapa no es que el sistema capitalista pueda "colapsar o no colapsar" (si es que se puede hablar en estos términos), sino la forma que tomará ese colapso (revolucionaria o contrarrevolucionaria, con guerras internacionales o con revoluciones en los países más importantes, incluso con unas llevando a las otras, etc.). La gran hipertrofia financiera de los últimos años ha permitido acentuar enormemente la confiscación relativa de las clases medias, a través de los fondos de inversión y en especial de la privatización de las jubilaciones. Los ingresos que percibe la clase media han sido transformados por estos medios en capital en términos muy baratos, lo cual aumenta la tasa de beneficio del nuevo capital que se pone en movimiento y contrarresta la tendencia declinante de la tasa de ganancia que obtenía el capital ya existente. En Estados Unidos se ha logrado el récord de afectar a un 36% de las familias en el negocio financiero, lo que significa que se agota el pozo de recursos adicionales al que el capital norteamericano podría recurrir en el caso de un derrumbe. Una caída bursátil de gran alcance llevaría a la quiebra a la clase media, la que por otro lado se ha endeudado para su consumo más allá incluso de las rentas que percibe por sus colocaciones financieras, y destruiría por completo lo que todavía se llama seguridad social. Esto significa que las posibilidades histórico-económicas del capital norteamericano frente a una crisis son infinitamente menores que en los años 30, y lo mismo ocurre con las llamadas recetas keynesianas. El auge de la Bolsa financió una gran parte del crecimiento del PBI norteamericano, que tanto subrayan los compañeros de la ITO, porque permitió una expansión sin precedentes del crédito al consumo, sobre la base de la garantía que le ofrecían las inversiones del consumidor en la Bolsa (llamado "efecto riqueza"). Es decir que la inversión bursátil de la clase media se encuentra totalmente hipotecada a favor de los bancos, con el agravante de que un derrumbe bursátil seguramente desvalorizará esa garantía colocada en títulos públicos y acciones, pero no hará bajar un dólar las deudas contraídas por los consumidores. Es así que el conjunto de la economía norteamericana depende hoy de la marcha de la Bolsa y la marcha de ésta depende de la hegemonía económica y política del capital norteamericano en el plano mundial. Así como no existe una dicotomía infranqueable entre la economía real y la virtual, tampoco la hay entre la acumulación del capital y la lucha de clases internacional, es decir entre la economía y la política. El alegato de la declaración de los compañeros de la ITO, de que "por ahora las economías de los países desarrollados continúan expandiéndose", se da de bruces con la afirmación previa que ellos mismos hacen de "que el capitalismo mundial ha estado en crisis desde los inicios de los años 70 y que los capitalistas no tienen soluciones para la crisis". ¿En qué estamos, entonces, en crisis o en expansión? Pero ningún índice de producción industrial puede suplantar a las condiciones históricas en que se desenvuelve la acumulación del capital. La producción debe ser analizada a la luz del proceso de la acumulación capitalista, de ningún modo al revés; los datos no pueden suplantar al análisis, tienen que ser explicados a la luz de éste. En realidad, la economía de los países desarrollados crece en el último cuarto de siglo, medida tanto en valores reales como ficticios (las armas que se destruyen en una guerra; las operaciones de limpieza de un derrame de petróleo, incluido el petróleo derramado; los gastos que corresponden a un déficit fiscal, etc., se computan como valor agregado en el sistema de contabilidad nacional) a una tasa del 2% anual, no solamente bien por debajo de la mitad de los 20 primeros años de la última posguerra sino fundamentalmente bien por debajo del potencial productivo existente. La economía real, como se puede ver, no tiene nada de qué jactarse. La financiera, en cambio, sí ha tenido una expansión descomunal, como lo demuestran las cotizaciones estratosféricas que han alcanzado las principales bolsas; el colosal incremento de la deuda pública; el surgimiento de los fondos de inversiones, especialmente los de pensiones; el mercado de créditos derivativos, cuyos contratos se estiman mundialmente en más de 40 billones de dólares (40 trillones en inglés). El desarrollo creciente de la contradicción entre la acumulación más rápida del capital financiero respecto del productivo; entre éste y la tasa menor de producción corriente; entre ésta y el menor consumo de las masas; entre la progresión geométrica de la renta financiera y el rezagado beneficio productivo; entre todo esto y la rentabilidad capitalista en su conjunto (no solamente la rentabilidad media sino también la de los monopolios); la agudización cada vez más intensa del conjunto de estas contradicciones; esto es lo que caracteriza a la crisis actual y a la etapa histórica de la descomposición capitalista. ¿De dónde saca la ITO, entonces, que a la producción le va bien y a las finanzas mal, y de que exageramos la crisis mundial porque tomaríamos unilateralmente las performances de las Bolsas? Una descripción más adecuada de la crisis económica mundial tomaría en cuenta, no la dicotomía entre el mundo virtual de las finanzas y el real de la producción sino el hecho más prosaico de la desigualdad con que la crisis, sea bursátil o industrial, se manifiesta en los diferentes países, o sea tanto en las Bolsas como en los índices de producción, y el encadenamiento que produce su desarrollo entre todas las economías nacionales. ¿Qué podría significar, por otra parte, bien o mal? Una Bolsa que ha sufrido una caída enorme no quiere decir que esté mal si la caída sirvió para eliminar del mercado a las empresas o capitales menos rentables o impulsar la centralización de éstos, porque ello significaría que existe la posibilidad de un nuevo período de expansión. Lo mismo vale para el caso contrario, que es el de Wall Street en la actualidad, cuyos valores están superinflados a la espera de un derrumbe anunciado. Como el proceso económico no es una estadística sino que traduce en forma fetichizada un proceso social, se puede entender que Wall Street haya subido gracias al agravamiento de la crisis mundial y no porque esta crisis no exista o se haya atenuado; la Bolsa de Nueva York canaliza por ahora los capitales que huyen de los restantes mercados y de ningún modo está reflejando una tendencia creciente de beneficios de los capitales que cotizan en su recinto. Pero es precisamente debido a esto último que el derrumbe norteamericano es completamente inevitable; sólo están en duda el momento exacto, su alcance y su impacto. Es probable que el derrumbe no lo produzca un factor endógeno sino exógeno, como una devaluación del yen o, lo que parecería contradictorio con esto último, una devaluación del dólar, en especial frente al euro, como resultado del espectacular déficit comercial norteamericano (300.000 millones de dólares) y la creciente tensión en el comercio internacional. La economía mundial se encuentra desde hace tiempo en una situación de devaluaciones competitivas de las monedas, o sea ante un fuerte tendencia devaluacionista de los capitales. Cuesta admitir que la ITO mencione la expansión económica de los países avanzados (el segundo más importante, Japón, está en ruinas), ignorando la extraordinaria tasa de desocupación en Europa y la caída en el nivel de vida de las grandes masas norteamericanas; ignora de este modo uno de los datos de la crisis que más influyen sobre la política mundial y en especial sobre la política obrera. La tendencia a una pauperización absoluta de las masas, que era desconocida desde la crisis de los años 30 y la guerra, es una manifestación más que fundamental de las dificultades extraordinarias que sufre el proceso de reproducción del capitalismo y constituye para la actual generación de las masas una experiencia concreta sobre el destino histórico del capitalismo. Los capitalistas se han visto obligados a reconocer la realidad de la crisis en el plano microeconómico al establecer en sus cálculos empresarios un nuevo break even point, o sea el punto de producción y de precios compatible con el beneficio esperado, sobre la base de una utilización del 60% de la capacidad productiva instalada, lo que automáticamente significa una reducción de salarios y una acentuación de la flexibilidad laboral. Agreguemos que la destrucción masiva de industrias que ha acompañado a la restauración capitalista en la ex URSS, en la mayor parte de Europa del Este y ahora en China, no es sino una manifestación brutal de la enormidad del excedente de capital acumulado con relación a sus posibilidades de beneficios y de realización; la centralización pacífica de capitales que tiene lugar en el mercado mundial asume características violentas y despóticas cuando se opera en los territorios de los ex estados obreros. Es que no estamos aquí ante la confiscación de un capitalista por otro en el marco de las relaciones de mercado y de la ley del valor sino de la confiscación de la propiedad confiscada por la revolución a los capitalistas en el marco de lo que fue una economía planificada. La mecánica de la crisis actual pone al desnudo el carácter social antagónico del régimen de los ex estados obreros y el régimen capitalista mundial. El saqueo que produce la restauración capitalista asume entonces la forma de una confrontación histórica y muestra la extensión y la profundidad de la crisis mundial. "La política es economía concentrada" En la misma vena de querer poner un poco de sensatez a nuestras desmesuras, los compañeros que firman la declaración de "reservas" caracterizan que el documento aprobado "generaliza mucho acerca del desarrollo político de las masas y exagera sobre la perspectiva de confrontaciones revolucionarias". ¿De nuevo el ritmo? Pero en este punto como en el anterior, por la misma cuestión de método ya apuntada, la cuestión del ritmo está fuera de lugar. Somos nosotros, por otra parte, los únicos que estamos llamando y que nos estamos movilizando por la recreación inmediata de un partido obrero internacional, o sea por la refundación inmediata de la IVª Internacional. ¿En qué sentido podríamos estar exagerando este u otro desarrollo de las masas, si somos los únicos que estamos apuntando en la vía de la refundación de la IVª, o sea en la vía que destaca los límites de cualquier "desarrollo político de las masas" que no sea introducido desde afuera de las relaciones económicas inmediatas de los obreros con sus capitalistas y transformado de inconsciente en consciente, por parte de un partido mundial? Aunque esto puede exceder los marcos de la presente polémica, se tiene la impresión de que los compañeros no han entendido realmente el planteo refundacionista; que caracterizan a nuestros esfuerzos como conciliábulos que tienen por objeto medir con termómetro el ritmo de los acontecimientos, con una tendencia irrefrenable, claro, de nuestra parte, a la exageración; y de que no ven que nuestro propósito es establecer (degager, derivare, to set out) una perspectiva y un programa para construir un partido revolucionario mundial que intervenga como el factor decisivo de la victoria final. Si esto es así, ¿no se invierte el acta de acusación? ¿No será, entonces, que son los compañeros de la ITO los que están obsesionados con los famosos ritmos y que esperan poder llegar a un cálculo de ellos sin margen de error para poder anunciar urbi et orbi la inminencia exacta de la emancipación universal? ¿A cuento de qué si no este afán, esta vez sí exagerado, con relación a este asunto de los ritmos? Es indudable, sin embargo, que la crisis asiática provocó el derrumbe de la dictadura de Suharto y un debut de revolución en Indonesia; es también un hecho que la crisis euro-oriental (las "pirámides financieras") fue la causa de la revolución albanesa que aún tiene fragmentado al estado restauracionista; es también verdad que la crisis económica ha acentuado por decenas de miles las huelgas obreras y los levantamientos campesinos en China; es igualmente cierto que el llamado efecto samba provocó la ocupación de fábricas automotrices en Brasil, cortes de ruta y el recule transitorio de las patronales imperialistas en el mantenimiento de los despidos masivos que ya habían puesto en práctica; tampoco se puede objetar que, en la Argentina, desde el comienzo de la declinación del plan Cavallo, se han producido el Santiagueñazo, el Cutralcazo y el Jujeñazo, que el gobierno menemista y el peronismo están fuertemente divididos y que hay una constante aunque irregular radicalización política; ¿quién puede negar la descomunal huelga minera en Rumania, que fue desatada en respuesta a los acuerdos con el FMI? Los propios compañeros de la ITO destacan la importancia del movimiento de masas en Francia, desde 1995; no se puede tampoco arrinconar en el silencio al extraordinario desarrollo del movimiento guerrillero colombiano, muy cerca de Estados Unidos, por un lado, y de Cuba, por otro, y cuyo progreso ha ido paralelo a la crisis económica; en Rusia se han producido, luego de la crisis de agosto, renacionalizaciones forzadas de empresas por parte de los trabajadores; incluso en los Estados Unidos el reflujo sindical es una cosa del pasado, como lo demuestran las huelgas de la UPS, General Motors, la defensa de los despedidos en Caterpillar, la andanada de huelgas de pilotos de aviación. Los expertos adjudican este renacer sindical al bajo desempleo norteamericano, pero lo que motoriza a los trabajadores es la caída de los salarios, la descomunal flexibilidad laboral, la precariedad de los empleos, en suma, el ataque al que se ven obligados a recurrir los capitalistas para superar la crisis económica. Existe, i-rre-fu-ta-ble-men-te, una inversión de tendencia de las luchas populares internacionales con relación a la década de 1985-94. Hemos sido nosotros, como lo admite expresamente el texto de la ITO, los que hemos dicho que el imperialismo pretende enfrentar este "desarrollo político de las masas", no con métodos de dictadura o guerra civil sino democráticos. Lamentablemente los compañeros de la ITO no saludan esta posición ponderada (sage, wise, savia) de nuestra parte. Este acierto de pronóstico tiene que ver con la valoración que damos al hecho de que no hay partidos revolucionarios que polaricen la lucha de clases; a que el imperialismo no ha perdido la confianza en los métodos que le permitieron contener y derrotar a las revoluciones políticas en el Este antes del 90 (especialmente en Polonia, Alemania y Rumania) y en Centroamérica, e iniciar un proceso contrarevolucionario; a que la propia crisis económica mundial aún no ha disuelto las relaciones de comercio desarrolladas desde la posguerra. Por eso, mientras que toda la prensa centroizquierdista del trotskismo europeo calificó como peligros inminentes a Le Pen, a los neonazis alemanes, a Berlusconi y a Bossi; la prensa del Partido Obrero destacó reiteradamente que la extrema derecha no era por ahora la alternativa de la burguesía europea y que los centroizquierdistas del trotskismo se prestaban a la misma operación que habían ejecutado los stalinistas en el 30, aunque con menos justificación: o sea, a encubrir su apoyo a las alternativas centroizquierdistas que sí estaban de nuevo en el firmamento de la burguesía europea. Inclusive allí donde el imperialismo actúa con métodos de guerra civil, como los bombardeos frecuentes a Irak, la intervención militar en la ex Yugoslavia, la sistemática agresión contra el pueblo palestino o la intervención en Colombia, levanta como alternativa la variante democratizante, no la fascista. Es por eso que nuestros partidos deben intervenir e intervienen en los procesos democráticos y parlamentarios, no los pueden ignorar en función de una suerte de revolución inminente, porque tienen el deber de trabajar para que las masas superen estos obstáculos democráticos para desarrollar su conciencia y su organización de clase. Con lo que entramos en el tema de los gobiernos de frente popular. ¿Qué dicen los compañeros de la ITO? Que "Los Prodi, Blair y, en cierta medida aún, el gobierno de Jospin han sido elegidos por los grandes capitalistas para implementar su política neo-liberal, no para descabezar levantamientos revolucionarios". Nos preguntamos si los compañeros de la ITO no han sospechado siquiera que se trata de una posición un poco vulgar. Debiera ser claro para cualquiera que Prodi (ahora DAlema), Jospin, incluso Blair, y más recientemente Schroeder, se han diferenciado de la llamada política neo-liberal, y no sólo de palabra sino también en los hechos. Claro que la palabreja neo-liberal es lo bastante difusa como para que puedan entrar toda suerte de gatos en la misma bolsa. Pero, de conjunto, los gobiernos centroizquierdistas de colaboración de clases acceden al gobierno cuando, desde círculos capitalistas cada vez más amplios, se reclama reglamentación de los movimientos de capitales para salvaguardarlos de sí mismos; medidas públicas frente a la desocupación; bandas cambiarias organizadas entre las principales monedas; establecimiento de bancos regionales para contrapesar al FMI. Y estos reclamos no solamente tienen que ver con la crisis en su faceta económica, sino más especialmente con su faceta social, o sea con la tendencia de las masas a responder de nuevo con luchas, ya sean los obreros como los estudiantes. Aunque los movimientos de mayor escala han sido las movilizaciones de los mineros del Ruhr, a principios de 1997 (que, digamos de paso, crearon una fugaz situación de doble poder en la ciudad de Bonn), y las huelgas de trabajadores estatales, camioneros y choferes de colectivo en Francia en repetidas oportunidades; también han habido movimientos conjuntos a la escala de Europa y, en el caso de Bélgica, una gigantesca movilización de masas, que aún continúa organizada, contra la corrupción y la pedofilia oficiales (en este país, algunas direcciones sindicales de fábrica están propagandeando la necesidad de lanzar un partido de trabajadores en abierto choque con el PS y las direcciones oficiales de los sindicatos). Si para determinar (o caracterizar) es necesario negar, para determinar el carácter de los gobiernos centroizquierdistas hay que establecer que es lo que niegan. La ITO asegura que no niegan nada, que son la continuación (repetición) de los neo-liberales. ¿Pero para qué entonces cambiarlos? Para retomar un tema anterior, es el momento de decir que los gobiernos neo-liberales o conservadores fueron removidos porque se habían constituido en un elemento de inestabilidad de la situación política; el Financial Times pedía a gritos que se le pusiera fin al gobierno de Major. Los gobiernos centroizquierdistas están, por lo tanto, literalmente obligados a intentar modificar las condiciones y la política que transformó a sus predecesores de factores de estabilidad en factores de perturbación, so pena de acabar de la misma manera, pero con el agravante de haber agotado las soluciones moderadas. Lo que convirtió a los gobiernos conservadores en factores de desorden fue el agotamiento de su política neo-liberal, la profundización de la crisis mundial y su incapacidad para contener a las masas que reaccionaban a la crisis. La realidad de fondo que provocó el derrumbe conservador se manifiesta mejor que nada en la incapacidad de sus partidos para recuperarse ahora que están en la oposición. "Los Prodi, Blair…(no) han sido elegidos para descabezar levantamientos revolucionarios"; no son, por tanto, verdaderos frentes populares. Es una diferencia de matiz, sí, pero en ella está en juego nada menos que la cabeza de las masas levantadas; son un cáncer benigno; no son "un recurso último del imperialismo". ¿Pero acaso León Blum, Largo Caballero, Salvador Allende, fueron elegidos para "descabezar levantamientos"? De eso se encargaron Franco, Pinochet y Petain-Hitler. De ninguna manera; en forma similar a DAlema, Jospin, etc., fueron elegidos para contener los levantamientos populares, o sea, no para masacrar a la revolución sino para prevenirla o desviarla. Esto vale incluso para el gobierno Ebert-Noske de 1919-21, que asesinó a Rosa Luxemburgo y a Liebknecht y que volvió a enfrentar una tentativa revolucionaria en 1923. La masacre de los trabajadores viene después de que los gobiernos de frente popular han tenido su oportunidad de intentar contener la revolución: si han logrado prevenirla, esa masacre puede ocurrir cuando el reflujo y la desmoralización subsiguientes le permiten a la reacción levantar cabeza de nuevo y ahora con mayor ferocidad; si la prevención ha fracasado, mediante la sustitución del frente popular por el fascismo. Es cierto que una situación revolucionaria también puede disiparse pacíficamente, sin llegar a interrumpir decisivamente el régimen parlamentario, pero con ello se disipa también el frente popular y las riendas del gobierno vuelven gradualmente a los representantes directos y normales de la burguesía. Igualar a los gobiernos de frente popular con los que descabezan levantamientos revolucionarios (se supone que de masas) es regresar a la especie stalinista del social-fascismo. La llegada generalizada de gobiernos centroizquierdistas en Europa, en varios países de Asia y eventualmente en América Latina (Frente Amplio de Uruguay, Frente Brasil con el PT, la evolución que podrían tener en esa dirección el gobierno de Chávez o los eventuales de De la Rúa o Duhalde), lo que es diferente de experiencias aisladas u ocasionales, es la expresión de que la burguesía mundial ha comprendido que no tiene otro recurso para contener el agravamiento de la lucha de clases y la transformación de ésta en revolucionaria o pre-revolucionaria sin el concurso de los partidos obreros reformistas y de origen stalinista. En el importantísimo estado de Rio Grande do Sul, Brasil, hay ahora un gobierno de frente popular con la participación muy amplia del Secretariado Unificado, que incluso tiene la dirección de un importante instituto militar. El gobierno gaúcho está jugando un papel de primer orden en tratar de desarmar la crisis que se ha creado entre el gobierno federal de Cardoso y varios gobiernos estaduales, los que en algunos casos han llegado a dejar de pagar la deuda externa de sus estados. En el momento en que Brasil se desplaza hacia el centro de la crisis mundial; en que como consecuencia de ello todo el andamiaje del Estado está amenazado de derrumbe; cuando los obreros son obligados a ocupar fábricas y a cortar auto-estradas, el gobierno Dutra-Brizola-SU está llamando a defender la estabilidad federativa del país, o sea el sometimiento de los estados al gobierno central y al FMI. Esta es la función clásica del frente popular, con la yapa adicional de que esta vez cuenta con la colaboración del trotskismo. Las limitaciones descomunales del texto de la ITO para caracterizar el fenómeno generalizado de los gobiernos de colaboración de clases o frente-populistas de Europa obedece a la falta de unidad de método de su análisis. En esto consiste el impresionismo, no en exagerar en más o en menos, porque esto es inevitable y sólo puede ser corregido por la acción. Importa todavía más este defecto cuando el conjunto del trotskismo europeo, es decir salvo mínimas excepciones, se ha convertido en ladero de los gobiernos de centroizquierda, a los que se niega a caracterizar precisamente de frente populistas, contrarrevolucionarios, antiobreros y representantes de sus burguesías imperialistas. Al trotskismo europeo, que siempre es una copia desteñida y atrasada de los planteos del SU en general y de la LCR de Francia en particular, la gran experiencia rusa no le ha servido para nada y es por eso que aplica una versión claramente desmejorada de la política de presión sobre el gobierno kerenskiano que Lenin combatió en las Tesis de Abril. En la reciente unión electoral de LO y la LCR no hay una palabra de caracterización del gobierno Jospin; su programa es un recetario poco pretensioso de medidas anti-neo-liberales. Los compañeros objetan que hablemos de una "latinoamericanización de Europa", cuando lo único que puede reprocharse a esta afirmación es que no agregue "y de Estados Unidos". ¿O los suburbios de las grandes ciudades de Europa y los barrios dentro de las grandes ciudades norteamericanas, no se convierten cada vez más en enormes villas miserias? Los diarios informan con mayor frecuencia de los levantamientos que se producen en las ciudades periféricas en Francia; del estado de guerra civil latente con los negros en Estados Unidos ("tolerancia cero") y la confrontación permanente con la inmigración latinoamericana, a la que se le ha quitado el derecho a la seguridad social y hasta la posibilidad de estudiar los primeros grados en su idioma. El cine europeo y norteamericano recoge cada vez más este tema; el inusitado retorno del nazismo alemán a la literatura histórica, al cine y hasta a los tribunales es un reflejo inconsciente del acecho de la barbarie. No es el ritmo, no; definitivamente El núcleo de las ideas de los compañeros, ese que explica el conjunto de sus posiciones y que deja al desnudo su completa falta de método; ese núcleo se encuentra en el anteúltimo párrafo de su texto. "El tiempo dirá", dice, "si estamos acertados o equivocados en nuestras afirmaciones sobre la situación mundial. En los próximos dos o tres años la economía capitalista podrá o no colapsar, y confrontaciones revolucionarias tendrán lugar o no en Europa occidental y otros países imperialistas. Las respectivas posiciones serán testeadas por los acontecimientos". Para limpiar previamente el terreno de lo que realmente importa, digamos que no compartimos, en principio, las teorías sobre la posibilidad de un colapso del capitalismo, porque así como es manifiesta la primacía de sus tendencias a la disolución social (tendencia a la sobreproducción, a la extinción de la ley del valor, al descenso de la tasa histórica de beneficio, a la pauperización absoluta de las masas cuando de sustento de la clase capitalista pasan a ser sus mantenidas, en definitiva, a la destrucción de fuerzas productivas), en ausencia de una revolución proletaria triunfante, volverían a ganar primacía las tendencias que la crisis desplaza y oculta, a saber, a la reconstitución de un sistema de explotación, de un mercado y en definitiva de un modo capitalista de producción. De lo que se trata entonces no es de pronosticar si el capitalismo va o no a colapsar sino de las alternativas contradictorias que plantea esta tendencia, en última instancia irreprimible, al mal llamado colapso. Para que exista alguna esperanza de que en diciembre del 2002 podamos sacarnos las dudas de si ese colapso puede producirse o no, es necesario que la tendencia hacia el colapso exista con bastante antelación. Entonces, una de dos: o la posibilidad del colapso existe para el 2002 como una tendencia de la realidad actual, en cuyo caso lo que importa es discutir las alternativas que plantea esa tendencia al colapso y qué política debemos darnos para incidir revolucionariamente en el desenlace; o esa tendencia no existe como tal en la actualidad y el colapso del capitalismo tiene las mismas posibilidades que la de ganar la lotería, es decir, aleatorias. Pero el desafío que plantean los compañeros es, precisamente, que la posibilidad de un colapso en el 2002 es remota o está completamente fuera de lugar, pero esto significa entonces que no existe tampoco como tendencia en la actualidad. Las contradicciones del capitalismo, si es que existen y se puede hablar de ellas, ni siquiera habrían comenzado a madurar, no digamos ya a desbordar sus posibilidades de conciliarse y a explotar; toda la divergencia sobre los ritmos ha sido un puro distraccionismo. No es la rapidez de la marcha de la revolución lo que está puesto en cuestión sino, antes que todo esto, la existencia misma de una tendencia relevante a la revolución, su posibilidad como una de las alternativas de la situación histórica presente; la posibilidad de una acción política en esa dirección, o sea, de una acción política revolucionaria. Para el texto que criticamos no estaría todavía presente una tendencia relevante a la disolución del capital, a la crisis del Estado, al estallido de las relaciones internacionales y, por lo tanto, a la revolución. El planteo de los compañeros revela una inconsistencia de método, es decir su impresionismo, cuando escamotea otra posibilidad histórica: la de una revolución que se produzca antes del tan mentado colapso. Es que si el ser humano es una animal con capacidad de conciencia, tiene la posibilidad de anticiparse a una catástrofe haciendo la revolución, pero, insistimos, para ello tiene que estar presente ya como una tendencia poderosa. El factor decisivo no es entonces la posibilidad del colapso en términos mecánicos sino la capacidad del proletariado de asimilar el proceso objetivo de la crisis y transformarlo en un programa y en una acción que acelere el final del capitalismo. En esto consiste, en la actualidad, la conciencia de clase del proletariado. La orfandad metodológica es sustituida, por los compañeros, por el prejuicio; esto es normal, porque la falta de ciencia es siempre ocupada por la superstición. Recuerden, nos advierten los compañeros, lo que ocurrió con las ensoñaciones catastrofistas de Pablo, Healy, Lambert y Moreno. Pero entre la fatalidad anti-revolucionaria y la imaginación catastrofista quizás sea preferible esta última, porque deja abierta una posibilidad de corrección a través de la experiencia que da la lucha; la primera es una condena a la pasividad y al estancamiento intelectual. El error de Pablo no fue ni siquiera exagerar la posibilidad de una tercera guerra mundial, una opinión que compartía la mayoría inmensa de los miembros de la IVª sino deducir de ello que la burocracia de Stalin se transformaría en revolucionaria y que no pactaría una coexistencia estratégica con el imperialismo. Pablo no sucumbió a las presiones catastrofistas de la crisis sino a las presiones contrarrevolucionarias de la burocracia, algo que luego lo llevó a colaborar con Belgrado y Argel. Pero después de todo, el error que los compañeros le atribuyen a Pablo es inferior al que cometió Marx cuando aseguró, en 1848, que era inminente una revolución proletaria en Alemania. El revolucionario tiene una tendencia a sobreexcitarse; el que no lo es no sale nunca del letargo. La guerra de Corea, las amenazas de bombardeo atómico a China, incluso la crisis de los misiles en Cuba, demostraron el grano de verdad que había en el error de Pablo. El problema es que la previsión de Pablo ya había quedado desactualizada antes de que la formulara, cuando la guerra de Corea, precisamente, había dejado en claro, tanto a la burocracia como al imperialismo, que no les quedaba otra alternativa que la "guerra fría". De Lambert se puede decir algo parecido: la inminencia de la revolución que él pronosticaba había quedado atrás, con la derrota del Mayo Francés y de la Primavera de Praga, que casualmente fue incapaz de prever, porque sostenía que el mundo vivía en las vísperas del fascismo desde el ascenso golpista al poder de De Gaulle en 1958/60. Para peor, creyó que la revolución era inminente en Francia, como una consecuencia, decía, de la contradicción que él estimaba, contra toda razón, insuperable, entre un gobierno de frente popular y las instituciones de la Vª República gaullista; ahora cena con los funcionarios del régimen de la cohabitación entre el centroizquierda y la derecha. Creía que la Vª República se caería más o menos sola y que ello daría paso a la revolución proletaria del mismo modo que Lora creía que una insurrección popular en general llevaría a la dictadura del proletariado si él estaba físicamente presente, o que Moreno, que sostenía en 1956/60 que la consigna del retorno de Perón conducía a la insurrección y ésta a la revolución proletaria. Pero en el planteo de Lambert había un grado de visión, como lo demostraron las revoluciones polacas del 70, del 76 y del 80, las victorias vietnamitas y su consecuencia sobre la estabilidad política norteamericana, y la revolución portuguesa del 74. En cuanto a Moreno, no tenemos atenuantes y no porque hayamos sido vecinos del mismo barrio sino porque sostuvo la impostura de que podía existir una situación revolucionaria mundial única en todos los países, y esto cuando, avanzada la década del 80, la clase obrera de los principales países se encontraba en reflujo. Pero más equivocados que los "análisis impresionistas" de Pablo, Lambert y Moreno, fueron los macaneos sesudos, académicos y por supuesto moderados de Mandel, que aseguró que Gorbachov reformaría al régimen soviético y que lo democratizaría defendiendo la propiedad estatal. O que defendió, hasta las últimas piedras de su muro, la existencia separada de Alemania oriental, es decir, de la burocracia del sector oriental, oponiéndose a la consigna de la unidad socialista de Alemania y, más adelante, a la exigencia de una Asamblea constituyente contra el anchluss germano-occidental. Moreno, Healy y Lambert decían que había que ir a la clase obrera, aunque llegado el caso capitulaban ante los milicos de la dictadura, los jeques árabes o los funcionarios socialistas o gaullistas; los intelectuales del SU cultivan el medio académico y sucumben a las modas políticas del Quartier Latin. Es decir que son un caso sin remedio. Las alternativas de la situación actual Una vez clarificado de que no se trata de esperar pasivamente el colapso ni de perder tampoco la esperanza de que pueda producirse, de lo que se trata es de ver cuáles son las alternativas de la crisis actual y adónde nos llevan. La crisis actual está provocando un proceso de desvalorización de capitales y de mercancías, que plantea la posibilidad de una depresión económica internacional. Son pocos los que disienten con que en tal caso habría una dislocación del comercio internacional y una serie muy fuerte de crisis y de polarización políticas. Se plantearía una variante de lo ocurrido en los años treinta. Sería entonces el colapso que nuestros compañeros de la ITO aseguran que de ningún modo podría producirse, al menos antes del 2002. La llamada "globalización" fue precisamente una tentativa de contrarrestar por mucho tiempo la tendencia a la desvalorización de capitales, para lo cual fue lanzada una intensa campaña de apertura de los mercados mediante las privatizaciones y el derribamiento del proteccionismo de los países llamados emergentes. Pero la pieza central de esta política era la penetración en gran escala en China y la ex URSS. La perspectiva de alcanzar estos objetivos alimentó la valorización accionaria de los capitales, en especial en Nueva York. Para quienes sostienen que el capitalismo tiene una salida, es necesario refrescarles que la globalización ha sido precisamente un intento de salida; que, salidas mediante, la crisis mundial no ha ido progresando en forma lineal sino a saltos, es decir, doblegando las distintas tentativas del capitalismo para superarla y abrir un período de sostenida expansión del capital. La debacle rusa y la crisis generalizada que empieza a tomar cuenta de China han hecho fracasar esta perspectiva. Pero hay algo más: después de la crisis asiática se acentuó a extremos agudos la deflación japonesa (la Bolsa de Tokyo pasó de 39.000 puntos en 1989 a 12.500 puntos el año pasado, es decir que se desvalorizó un 60%, equivalente a tres billones de dólares), y lo que es más importante, se le plantea a la burguesía japonesa una perspectiva de depresión y una descomunal pérdida de posiciones en el mercado mundial. Es decir que la "globalización", como salida, benefició enormemente a determinados sectores del imperialismo mundial y perjudicó a otros también enormemente. Es esto lo que explica que el imperialismo norteamericano siga siendo hoy partidario de la "globalización"; que la burguesía europea reclame la administración concertada de los tipos de cambio; y que los capitalistas japoneses quieran un mercado regional protegido en Asia. La nueva fase de la crisis encuentra al capital mundial comenzándose a dividir en términos estratégicos. Si en esta nueva situación la lucha interimperialista se acentuara, por ejemplo con choques comerciales, devaluaciones masivas o crisis políticas internacionales, es seguro que la crisis actual se transformará directamente en una depresión que se asemejaría al colapso que tendría in mente la ITO cuando se refiere a éste. Con seguridad asistiríamos a un derrumbe de la Bolsa de Nueva York y a una gran recesión norteamericana. Desde la crisis asiática, sin embargo, está en curso una nueva variante de salida, que consiste esencialmente en el acaparamiento del capital de la región y de importantes pulpos japoneses, por parte de los monopolios norteamericanos. La penetración norteamericana en ramas reservadas hasta ahora a los pulpos locales no tiene comparación con nada de lo que ocurrió en las dos décadas previas. Todas las críticas de moda que se hacen al FMI apuntan precisamente a sus exigencias de que la economía debe reestructurarse, es decir cambiar de manos y de nacionalidad; de que debe haber transparencia un sucedáneo para reclamar procesos sumarios de quiebra; y mantener naturalmente elevadas tasas de interés para que ningún grupo local pueda ser rescatado mediante subsidios financieros. Las recetas del FMI agravaron la crisis asiática precisamente porque tenían esa finalidad, o sea eliminar el capital sobrante del mercado y retomar la acumulación capitalista bajo la dirección del capital financiero norteamericano. La enseñanza que surge de esto es imperdible: fue la salida y no la falta de salida lo que ha arrinconado a una amplia franja del capital mundial a una situación sin salida, es decir a la quiebra. Es que toda salida capitalista significa antes que nada una salida contradictoria, explotadora y confiscatoria. Mientras que para los revolucionarios toda salida representa una contradicción y la contradicción es la salida, para el conformista salida y contradicción son mutuamente excluyentes. Las salidas capitalistas no eliminan la tendencia a la revolución social y la posibilidad de su realización; sólo alteran los términos en que ambas son planteadas. Una salida de la crisis asiática en beneficio del capital norteamericano reforzaría las posibilidades de éste para volver a encarar con mayor fuerza la colonización de China y de la ex URSS. Los procesos de confiscación económica y política en estos gigantescos países se reforzarían en forma brutal y, paralelamente con ello, la dislocación económica, la crisis política, las huelgas y los levantamientos; pero, además, se rompería decisivamente el equilibrio de fuerzas entre las distintas burguesías imperialistas, lo que replantearía la posibilidad de una guerra mundial. La vigencia de la posibilidad del reforzamiento de la posición internacional del imperialismo yanqui es lo que mantiene a flote a Wall Street, justificando políticamente su infladísima valuación, y lo que explica en gran parte la tendencia de una parte de los monopolios europeos a preferir la alianza con el capital norteamericano en detrimento de sus socios de la Comunidad. Pero esta reafirmación de la posición mundial del imperialismo tendería a minar la cohesión de la flamante Unión Europea y a dejar a la deriva la posibilidad de la integración de los países del este. Actuando como dirección de una salida de conjunto para el capitalismo, la política del capital norteamericano plantea una dislocación aún más intensa de la economía y la política mundiales. Pero la salida norteamericana tiene que enfrentar los obstáculos del propio capitalismo norteamericano. Si la hegemonía de éste fuera tan sólida como se la pinta, no hubiera sido necesario que recurriera al hiperatrofiamiento financiero para esquivar la crisis. No son Asia, Japón o América Latina, y mucho menos Rusia o China, los que concentran la sobreacumulación de capital y mercancías. Son los Estados Unidos el centro de la crisis mundial; la zona crítica se encuentra en su propio patio. Es extraordinariamente difícil que las salidas que está buscando imponer el imperialismo norteamericano en detrimento de sus rivales internacionales, tengan el alcance suficiente para contrarrestar sus tendencias de crisis interna. Esto explica la exasperación, que nadie logra entender, que han alcanzado sus enfrentamientos políticos. La gran burguesía yanqui tiene un precario control del Congreso, donde dominan las tendencias aislacionistas y proteccionistas, a la espera de poder imponer su agenda. Las alternativas que hemos examinado conducen, con variantes, a una misma conclusión de conjunto: crecientes crisis económicas y políticas; conflictos internacionales; agravamiento de la situación de las masas y de las naciones más débiles; agudización de la lucha de clases; achicamiento del margen de acción de las direcciones fundamentalistas o nacionalistas en las naciones atrasadas; crisis sin precedentes en las organizaciones obreras tradicionales que se aferran con desesperación a un status quo perimido. La táctica de los revolucionarios deberá llevar en consideración las diferentes alternativas de la evolución de la crisis, pero siempre en el marco metodógico de conjunto de que se trata de la mayor crisis mundial de un capitalismo agonizante, preñado de alternativas revolucionarias. Esto es lo nuevo de la actual situación histórica. Por eso es el punto de partida para plantear a la vanguardia obrera de todos los países la refundación inmediata de la IVª Internacional, cuyo objetivo estratégico ha sido el de llevar a la victoria a la revolución proletaria mundial, es decir efectivizar la revolución permanente. Este es el marco en que se debe producir la delimitación de posiciones políticas entre los revolucionarios. Una delimitación en estas condiciones será el fundamento más firme para alumbrar y hacer crecer y madurar una organización revolucionaria internacional común en los plazos y tiempos que reclama el momento histórico. Notas: 1. Ver En Defensa del Marxismo, Nº 21, agosto/octubre de 1998.

1 de marzo de 1999
«Acuerdo sobre un proyecto de profesión de fe»
Lutte Ouvrière · Liga Comunista Revolucionaria

Como lo habíamos anunciado en nuestro número anterior, publicamos el texto de profesión de fe para las elecciones europeas, sobre el que las delegaciones de la LCR y LO se pusieron de acuerdo. Dicho texto fue publicado esta misma semana en Rouge, semanario de la LCR. La puesta en marcha de este texto, en corto tiempo, demuestra la voluntad que nuestras organizaciones tienen para que se presente en las próximas elecciones una lista que se defina claramente como la oposición al capitalismo. Evidientemente, este acuerdo que fuera aprobado por ambas direcciones no pone término a nuestras divergencias. No era esta la pretensión ni de la LCR ni de LO. Pero demuestra que es posible encontrar, en el marco de la próxima elección, una base de intervención común entre las dos organizaciones sin que ninguna deba abandonar lo que considera esencial en su intervención. ¡Medidas radicales contra la desocupación en Europa! Una Europa unida, sin fronteras entre los pueblos, ése es el futuro. Pero la Europa que ellos pretenden construir no tiene nada que ver con los intereses de los trabajadores, de los desocupados, de los jóvenes. Está al servicio de los industriales y de los grupos financieros. Su Europa, la de ellos, es la de la explotación, un fuerte de las multinacionales, de Elf, Shell, Bouygues, Thomson, Siemens, Alcatel. Está concebida para aumentar sus ganancias tanto sobre las espaldas de sus propios asalariados como sobre las de los pueblos de los países pobres. La Europa de ellos no es democrática. El Parlamento europeo no es más que un parapeto para el poder ilimitado de la "Comisión Europea" surgida de los negociados entre los gobiernos y sometida al poder del dinero. Sin embargo, la Europa que necesitan los asalariados, los desocupados, los jóvenes, es: una Europa de derechos democráticos donde las poblaciones controlen las decisiones; una Europa de derechos igualitarios, comenzando por el derecho de voto para todos los que allí viven, trabajan y estudian. Todas las leyes de discriminación deben ser eliminadas. Todos los indocumentados deben ser regularizados; una Europa con igualdad real, social y cívica entre hombres y mujeres; una Europa donde el aborto sea libre y gratuito en todas partes; una Europa respetuosa del medio ambiente, que controle las industrias contaminadoras, que se retire de los proyectos nucleares, ya que la lógica capitalista de máximo beneficio sacrifica tanto a la naturaleza como a los hombres y mujeres; una Europa que anule la deuda del Tercer Mundo, que fue pagada muchas veces a los banqueros; una Europa que planifique el desarrollo con los países del Tercer Mundo apuntando a satisfacer las necesidades fundamentales de todos. La Europa que se construye hoy, con más de 10 millones de desocupados y más de 60 millones de pobres, está enferma de desocupación, desigualdades, miseria y racismo. No son las fronteras las que nos protegen de la desocupación. Nuestros gobiernos no esperaron al euro y a los Tratados europeos para imponer una política de austeridad. Las políticas que desembocan en la moneda única, el Banco Central y los Tratados europeos de Maastricht y Amsterdam, han generalizado y coordinado a escala europea la reducción de los presupuestos sociales. Se pusieron de acuerdo sobre la moneda única, pero para ello han elegido atacar no a las grandes fortunas sino a las clases trabajadoras, en perjucio del empleo y de los asalariados, privatizando y desmantelando los servicios públicos, imponiendo una política agrícola que no contempla ni a las poblaciones rurales, ni la hambruna en el mundo. A la derecha, ya sea por más Europa o por menos Europa, están a favor de la misma política propatronal que golpea a los explotados y a los oprimidos. En cuanto a Le Pen, es nuestro peor enemigo; quiere agravar esta política atacando aun más a los trabajadores, empezando por los inmigrantes. Pero el gobierno de Jospin, como el de sus predecesores, se niega a echar mano a las enormes ganancias de las grandes empresas, único medio de poder financiar la creación de puestos útiles, la cantidad suficiente que permita reabsorber la desocupación y la precariedad. Multiplica los obsequios a los grandes patrones, quienes, por su parte, siguen despidiendo y generalizando el trabajo precario de pocas horas, cuyas primeras víctimas son los jóvenes y las mujeres. Se hace pagar cada vez más impuestos a los jubilados y les aumentan el pago a la Seguridad Social mientras que, del lado de los ricos, el impuesto a las grandes fortunas es menor que el de la televisión. Las promesas no se han cumplido: el gobierno persigue la ejecución del plan Juppé, privatiza Air France y France Télécom, se niega a aumentar el mínimo social. Su política, que converge con el "pacto de estabilidad" económica europea, impone una perpetua austeridad. No es serio pretender "reorientar Europa" sosteniendo al mismo tiempo la política de ese gobierno, como lo hace el Partido Comunista, que levanta la voz justo para las elecciones, pero sin oponerse verdaderamente. La gran huelga del invierno de 1995, el movimiento de desocupados y sus marchas europeas, han manifestado el rechazo a la lógica capitalista y han suscitado la simpatía de todo el continente. La lucha colectiva de los asalariados, los desocupados y los sin fronteras, sobre la base de objetivos comunes, es la que defenderá los intereses de la aplastante mayoría de la población. Para terminar con el drama individual y colectivo que significa la desocupación total o parcial de más de cinco millones de trabajadores en este país, hay que sacarles a los patrones y a los financistas, el control absoluto que ejercen sobre la economía. Las ganancias acumuladas por las grandes empresas deben servir para eliminar la desocupación, en lugar de alimentar los circuitos financieros que amenazan a la economía con una mayor catástrofe. Por esto: que el Estado cese con los regalos a los grandes patrones: subvenciones, desgravaciones fiscales, disminución del aporte patronal en las cuotas sociales; utilizar el dinero así ahorrado para que el Estado vuelva a crear empleos en los hospitales, en los transportes públicos, en la educación nacional; priorizar los servicios públicos de calidad, frenar sus privatizaciones y extender al sector público las empresas que sacan ganancias de las necesidades elementales de la población: distribución de agua, industria farmacéutica… prohibir los despidos colectivos. Las empresas que ganan miles de millones y que despiden de todos modos no deben quedar en manos de los patrones, deben ser confiscadas; imponer la reducción masiva, y coordinada en toda Europa, del tiempo de trabajo semanal: 35 horas hacia las 30 horas, manteniendo el salario, sin una flexibilidad que permita a los patrones cambiar los horarios de trabajo según su voluntad; Alinear las convenciones colectivas sobre la base de mejores conquistas de los asalariados. Garantizar un salario mínimo europeo, eliminando las diferencias actuales que contribuyen a la competencia entre los trabajadores, de acuerdo con el país donde sea más alto. Hay que poner mayores impuestos tanto a los ingresos altos como a las ganancias especulativas. Hay que controlar todo el sistema bancario y al Banco Central Europeo. Y para que estas medidas no caigan en saco roto, hay que hacer públicas las cuentas reales de las grandes empresas, así como las cuentas en los Bancos de los grandes accionistas, para que los asalariados, los consumidores, toda la población pueda tener un control sobre el funcionamiento que hoy es secreto. Sería, al mismo tiempo, el mejor medio de terminar con los escándalos político-financieros. Votar por la lista Lucha Obrera-Liga Comunista Revolucionaria: Es aprobar una política de medidas radicales que haga pagar la crisis a los que son responsables y se aprovechan de ella, y no a la población. Es afirmar que para tener una Europa sin desocupación y sin miseria hay que sacarles a los capitalistas el control de la economía. Es votar lo más a la izquierda posible; es además, una manera radical de mostrar su oposición a la derecha; es hacer contrapeso a la extrema derecha. Es expresar su terminante oposición a la política que lleva a cabo el gobierno. Es oponerse claramente a todo reagrupamiento nacionalista. Los trabajadores de todos los países tienen los mismos intereses y la única frontera que vale es la que separa a los explotadores del mundo del trabajo. Votando por la lista que conducen Arlette Laguilier y Alain Krivine, usted puede elegir para el Parlamento europeo a mujeres y hombres que defenderán los intereses de los trabajadores, serán fieles a los compromisos asumidos y estarán de su lado para preparar las luchas colectivas de mañana. Notas (*) Las dos mayores organizaciones trotskistas de Francia la Liga Comunista Revolucionaria, sección francesa del Secretariado Unificado, y Lutte Ouvrière establecieron un acuerdo político con vistas a la formación de una lista común en las elecciones parlamentarias europeas del próximo mes de junio. Ofrecemos a nuestros lectores el texto del acuerdo político establecido entre Lutte Ouvrière y la Liga Comunista Revolucionaria, la crítica a ese programa formulada en Prensa Obrera; la crítica que formula a nuestras posiciones el compañero Chris Edwards de la ITO, a los planteos del PO, y nuestra respuesta.

1 de marzo de 1999
El Frente Revolucionario del doctor James Tobin

¿Es posible que dos organizaciones que se reivindican trotskistas (al menos por ahora), puedan suscribir un acuerdo político sin que aparezcan ni una sola vez las expresiones socialismo, gobierno de los trabajadores, acción directa o expropiación de los capitalistas? Pues esto es lo que acaba de ocurrir en Francia, no en un país subdesarrollado semi-capitalista, entre la Liga Comunista Revolucionaria y Lucha Obrera. Se repudia la perspectiva del socialismo y de la dictadura del proletariado en un continente, Europa, donde la elevada tasa de desocupados, los despidos continuos, los cierres de empresas, las fusiones, los monopolios y la productividad decreciente, y las crisis internacionales y las guerras, muestran en forma palpable el agotamiento histórico del capitalismo y su imparable marcha hacia la barbarie. El «acuerdo sobre un proyecto de profesión de fe», publicado en forma simultánea en la prensa de esas organizaciones, tiene como objetivo la formación de una lista común para las elecciones parlamentarias europeas que tendrán lugar en marzo próximo. Esperan, de ese modo, obtener un porcentaje superior al 5% de los votos para, con ello, «conmover el panorama político de la izquierda francesa», o sea al partido comunista y a los ecologistas. Tanto por su programa como por sus objetivos políticos, el acuerdo está en consonancia con la política de la mayoría de la Liga, favorable a abandonar toda referencia al comunismo y reagrupar al conjunto de la izquierda sobre una bandera democratizante. Un análisis de la «profesión de fe», pone al desnudo incluso algo peor: el descomunal confusionismo que reina en la llamada extrema izquierda europea. «Europa democrática» En el primer punto de la profesión… se reivindica «una Europa de derechos democráticos, donde las poblaciones controlen las decisiones». Este planteo alude a la circunstancia de que en la Unión Europea no existen autoridades electas, pues el parlamento europeo carece de atribuciones reales y la gestión político-económica recae sobre una Comisión no electa, responsable ante un Consejo de Ministros, mientras que las autoridades del Banco Central Europeo gozan de una inamovilidad que las hace inmunes incluso a las directivas de los gobiernos que componen la Unión. ¿Pero qué vendría a ser esta «Europa democrática» que reclaman los trotskistas franceses sino una réplica de sus respectivos estados nacionales imperialistas, «donde las poblaciones control(a)n las decisiones» a través del sufragio universal, de sus representantes electos, de sus tribunales constitucionales y de sus jueces y magistrados? Los eurofóbicos ingleses que conduce Margaret Thatcher acusan también a esta Europa de Maastricht de mancillar la sacrosanta soberanía de la Cámara de los Comunes y de violentar las prácticas democráticas británicas. En la misma línea del democratismo formal que ignora la desigualdad entre las clases y la explotación social, la profesión… reclama «una Europa de igualdad real, social y cívica…». Pero la igualdad social es un contrasentido bajo el capitalismo y la cívica es sinónimo de discriminación, ya que supone la exigencia de la ciudadanía para ejercer derechos políticos, lo cual es un ataque a los trabajadores inmigrantes de otras naciones. Lo curioso del caso es que los redactores de la profesión… parecen no darse cuenta de la oposición que hay entre la reivindicación de la «ciudadanía», que hacen en cuanta oportunidad tienen a mano, y el derecho al voto para todos los que viven en el país. La ciudadanía discrimina (según las fronteras nacionales). Si todos estos planteos de la profesión… no son una ficción, testimonian entonces una confusión insuperable. Igualmente revelador es el planteo de «una Europa que anularía las deudas del Tercer Mundo, ya varias veces pagadas a los banqueros, una Europa que planificaría el desarrollo con los países del Tercer Mundo con el objetivo de satisfacer las necesidades fundamentales de todos». Es que una Europa que no haya expropiado al capital sólo podría renunciar al cobro de los créditos de carácter público, no los privados, y si incluyera a estos últimos debería resarcir a los banqueros con una indemnización equivalente a cargo del Tesoro. Si no ocurriera así se estarían violando los «derechos democráticos» de los banqueros y se estaría apelando a métodos propios de una dictadura proletaria, algo que los firmantes de la profesión… rechazan con todas sus ganas. En el marco de una Europa capitalista, la propuesta de planificar con el Tercer Mundo tendría un inocultable carácter imperialista, pues no podría haber una relación social de igualdad entre el opresor y el oprimido. Para que el futuro elector no tenga que albergar dudas sobre el carácter social de la profesión…, en el párrafo que reclama detener las privatizaciones de los servicios públicos «de calidad», se plantea «extender el sector público a las empresas que se benefician con las necesidades elementales de la población». Pero la extensión del sector público no es otra cosa que la nacionalización o estatización capitalista, o sea que, por un lado, debe ser resarcida de acuerdo al valor presente del capital invertido (es decir, pagada por los trabajadores), y por el otro, debe estar en consonancia con el funcionamiento de conjunto de ese sistema capitalista, incluida la viabilidad de esa indemnización. Capitulación ante Maastricht La propuesta de una Europa democrática no es otra cosa que el intento de darle un contenido electivo a las instituciones de la Unión Europea que fueran diseñadas en los tratados de Maastricht y de Amsterdam (unión monetaria y pacto de estabilidad). Es lo que hay detrás de la repetida fórmula de la Liga acerca de romper con la lógica liberal… de esos tratados. Es por esto que no hay en ninguna parte de la profesión… reivindicaciones referidas a los estados nacionales, como si éstos ya estuvieran suprimidos por aquellos acuerdos. La realidad, sin embargo, es la contraria; los tratados europeos son por ahora creaciones puramente artificiales para organizar una política común entre los principales monopolios europeos, mientras que los Estados nacionales siguen siendo el cuadro verdadero de la lucha de clases en Europa. Con referencia a la Europa de artificio, la profesión… no tiene ninguna consigna de poder, precisamente porque no existe como realidad política, es decir superior a los Estados y gobiernos nacionales. Esto explica que la profesión… tenga un marcado carácter constitucionalista, es decir que es una profesión de fe acerca de una estado democrático europeo eventual. Pero la razón por la que no tiene consignas de poder; la razón por la que no plantea abajo los estados capitalistas o fuera los gobiernos de colaboración de clases o que los partidos obreros rompan con los capitalistas y sus gobiernos; la razón de esto, es que la llamada extrema izquierda francesa se ha fugado de la realidad de los Estados nacionales y aceptado sin chistar la ficción europea, la cual no tiene otro estado que los Estados nacionales que la componen. Tenemos así el resultado paradojal de que los campeones de la lucha contra los tratados que definen la Unión Europea, no hacen otra cosa que aceptar esa unión artificial como un hecho consumado y negar la realidad política fundamental, es decir, de poder, que siguen siendo los Estados nacionales. Esto le permite a la profesión… evadir la cuestión central de la política europea actual, que son los gobiernos centroizquierdistas de frente popular. A este punto, la profesión… no le dedica una línea, a pesar de reivindicarse de una corriente política internacional cuyo programa fundacional asegura que los frentes populares son un recurso último del imperialismo contra la revolución proletaria. El texto critica vagamente al gobierno francés de Jospin, porque «multiplica los regalos a la gran patronal», pero en ningún lado lo caracteriza como contrarrevolucionario, imperialista, ni llama a los partidos socialista y comunista a romper con los capitalistas (el derechista Chirac sigue siendo presidente de la República) y formar un gobierno de los trabajadores. Es precisamente esta capitulación ante el hecho consumado de los tratados europeos lo que plantea el principal mentor de la Liga en Le Monde Diplomatique de diciembre. «Es el momento de renegociar (esos tratados), dice Daniel Bensaid, ahora o nunca. ¿Si no para qué sirve la izquierda y su tridente de gobiernos en Europa?». De modo que el llamado que hacen los trotskistas a los partidos obreros contrarrevolucionarios de Europa (PS y PC) es: renegocien Maastricht… Una verdadera vergüenza. Revolucionarios del impuesto Tobin En setiembre pasado, Rouge, el periódico de la Liga, anunció su adhesión a una campaña internacional en favor de un impuesto al movimiento especulativo de capital, conocido como impuesto Tobin, por su autor, un Premio Nobel de Economía. Esto ocurría cuando desde numerosos ámbitos capitalistas, incluido el Banco Mundial, se atribuía la crisis internacional a la volatilidad de los capitales de corto plazo. Pues bien, este impuesto es también el eje del planteo de la profesión…. Desde ya que un impuesto al capital especulativo supone la preservación del régimen del capital. Pero un impuesto Tobin no resolvería ningún problema a las masas, sea porque el impuesto sería transferido finalmente al consumo, sea porque atenuaría los movimientos de capital. En este último caso, la exuberancia financiera sería reemplazada por una sequía del mismo tipo, que no sería más que la otra cara de la crisis, bajo la forma de una deflación generalizada. No está de más señalar que los especuladores internacionales podrían beneficiarse directamente con este impuesto, en especial luego que la volatilidad especulativa provocara la quiebra de uno de los principales Fondos aplicados a la especulación, el Long Term Management Capital. El periódico de la Liga asegura que «los gobiernos de los países industrializados se encuentran en una encrucijada (porque) les cuesta romper con los dogmas del liberalismo a pesar de que comprenden que es necesaria una intervención estatal para evitar los desarreglos». Es decir que los capitalistas se dejan llevar por una ideología en detrimento de sus intereses. Por eso Rouge los llama a «romper con el dogma liberal» (5/11). Oficia de consejero del capital especulativo, depredador e imperialista. El artículo en cuestión hace verdaderamente el ridículo cuando pronostica que los gobiernos centroizquierdistas europeos no podrán imponer una rebaja de las tasas de interés debido a su encadenamiento a la lógica liberal o debido a que cedieron la soberanía sobre la política monetaria al Banco Central Europeo. Tres semanas más tarde, exactamente, el susodicho banco con los respectivos gobiernos anunciaban una espectacular reducción de tasas, esto en plena correspondencia con el interés del capital aunque no con la lógica de los trotskistas franceses. El impuesto Tobin del trotskismo francés no es un simple tiro al aire; es un programa. Lo dice claramente Bensaid: «Una verdadera política de reformas reclamaría una reforma fiscal amplia, una imposición seria a la fortuna acumulada, dejada en barbecho especulativo, una baja (sic) drástica del IVA, una progresividad del impuesto sobre el capital, a fin de redistribuir la riqueza sin cebar la demanda». Se trata de un planteo de gestión capitalista, no solamente porque no plantea el gobierno de trabajadores sino porque ni siquiera roza la dominación del capital. De una u otra forma, en parte mayor o menor, esa verdadera política está en vigencia en los países capitalistas, en particular en los Estados Unidos donde no hay IVA, donde las ganancias de capital están gravadas y donde existe progresividad en el impuesto a los ingresos. Bensaid es conciente de lo que propone, por eso habla de «reforma»; por eso rechaza como a la peste la posibilidad de «incursiones violentas en el derecho de propiedad» (Trotsky) o siquiera de los impuestos confiscatorios al capital (Manifiesto Comunista). Se encuentra incluso por detrás de los extremos radicales de Lord Keynes, quien en su Tratado… preveía la incapacidad del capitalista particular para mantener en pleno empleo los recursos productivos. La consigna radical de Bensaid es: «oponer los ciudadanos al mercado» (Le Monde Diplomatique). No hay nada inocente en todo esto, pues se trata de borrar el planteo de clase. En marzo pasado, Lucha Obrera decía de la Liga que ni «moral ni políticamente, se reivindica del comunismo». La profesión de fe es una confirmación de esta caracterización, sólo que ahora Lucha Obrera se ha metido adentro de ella. Refundar la IVª Internacional El acuerdo entre Lucha Obrera y la Liga ha sido bien recibido en la mayoría de la llamada extrema izquierda de Francia. Pero no con buenas razones. Ignora el programa del acuerdo, es incapaz de criticarlo, ni siquiera vislumbra la profunda incomprensión que tiene de la crisis que se ha abierto entre la ficción de la unidad europea, de un lado, y los Estados capitalistas nacionales, del otro. Lo saluda porque lo ve como un paso hacia la discusión, hacia la unión en la diversidad, hacia el ocaso del sectarismo. Pero tanto en Francia como en Argentina esta forma de raciocinio denuncia a los grupos que han fracasado políticamente; que han perdido su tradición; que no pueden reivindicar programa o trayectoria; y que pretenden que todos los demás empiecen de nuevo a partir del mediocre nivel en el que ellos han caído. Lucha Obrera tiene todo el derecho a establecer un acuerdo electoral con la Liga, pero no a prostituir el programa revolucionario, que es lo que la Liga ha hecho ya hace mucho tiempo y que ha vuelto a ratificar en ocasión de este acuerdo. Porque precisamente el Comité Central de la Liga aprobó por 40 votos una resolución que establece que el acuerdo con LO se inscribe en el cuadro de las orientaciones de su último congreso, donde la mayoría votó por cambiar su nombre por el de Izquierda Democrática Revolucionaria. Es decir en la vía de la completa liquidación de la IVª Internacional. Lucha Obrera debería rechazar este acuerdo anti-socialista y votar por la realización de un congreso internacional para refundar en forma inmediata la IVª Internacional. La LCR pide la intervención del FMI En referencia a la propuesta del acuerdo LCR-LO, de un desarrollo común entre la Europa capitalista y el Tercer Mundo, en enero de 1997 una resolución del Comité Ejecutivo Internacional al que pertenece la Liga planteaba: «6. Un vasto programa de reparaciones y de reconstrucción de Rwanda es indispensable. Debe estar a cargo del Banco Mundial, del FMI y de los gobiernos imperialistas cómplices del genocidio. Este programa debe estar completamente a cargo de estas instituciones y gobiernos. Se trata aquí de un pago por daños e intereses». Pero en el punto 8 se decía: «Exigimos que se pare el programa de ajuste estructural impuesto por el Banco Mundial y el FMI a Rwanda. Este programa constituye un obstáculo para la reconstrucción de Rwanda y aumenta su dependencia respecto de los países imperialistas» (Imprecorr Nº 411, marzo de 1997). Este descomunal cambalache de ideas responde, con todo, a una lógica: es posible e incluso inevitable lograr que el imperialismo en algunas oportunidades no actúe como imperialismo. Es decir, que los políticos y las instituciones del imperialismo podrían romper con la lógica del imperialismo. Pero incluso si en lugar de programas de ajuste se aplicaran programas de reconstrucción, como el plan Marshall en 1947-50, ¿no sería esto igualmente en beneficio del imperialismo? Además, ¿quién pagaría esa reconstrucción si no la masa de los contribuyentes formada por los trabajadores? Un sector de la prensa norteamericana denunció la semana pasada que las instituciones internacionales están condicionando la ayuda a los países que fueron afectados por el huracán Mitch, a la aplicación de ajustes estructurales. Las instituciones en cuestión alegan que, de lo contrario, la ayuda iría a los cofres de los corrompidos gobiernos de Honduras y Nicaragua (o, para el caso anterior, de Rwanda). Es lo que ha pasado recientemente en Rusia. ¿Qué hacer? Ajuste o robo. A este dilema se condenan los izquierdistas que cambiaron de campo, porque la salida no es el imperialismo ni los gobiernos nacionales sino la organización política independiente de las masas, que para eso deben lograr que sus organizaciones rompan con el imperialismo y con los gobiernos capitalistas nacionales.

1 de marzo de 1999
El programa de los trotskistas franceses

En la edición anterior de Prensa Obrera, denunciamos que la unión electoral de las dos principales organizaciones que se reivindican del trotskismo en Francia tiene por base un programa que pretende superar la crisis mundial mediante un impuesto al movimiento del capital financiero de corto plazo y otras disposiciones que le impidan la evasión tributaria o el manejo en negro. En el marco de una "Europa democrática", es decir de una Europa imperialista gobernada por instituciones representativas, el programa del acuerdo de Lucha Obrera y la Liga Comunista Revolucionaria se circunscribe a una mera reforma tributaria. Como cabía esperar, este contenido político fue inmediatamente saludado por el Mas argentino y recibido con inconfesable simpatía por el resto del espectro trotskizante criollo. El impuestazo La autoría del planteo corresponde a una "Asociación por el impuesto Tobin de ayuda al ciudadano". Fue constituida el 3 de junio pasado como consecuencia de una iniciativa lanzada por el mensuario Le Monde Diplomatique en diciembre de 1997. La LCR lo presentó "como una contribución al desarrollo de las resistencias democráticas a los dictados neoliberales", esto a partir de adjudicarle "una crítica a fondo del proceso de mundialización liberal de la economía…" (Rouge, 18/6). Es decir que, en opinión de un periódico trotskista, un diario del capitalismo francés le ha sacado la careta de clase a la llamada globalización. Es lamentable, entonces, que no proponga su publicación como apéndice de El Capital de Marx o de El Imperialismo de Lenin. Habrá que esperar ahora a conocer la opinión de la Liga sobre el último libro del especulador George Soros, en el cual se propone igualmente una limitación a los capitales de corto plazo mediante instrumentos no solamente impositivos sino también legales (control de cambios). El dueño de todos los shoppings de la Capital Federal y de buena parte de la Patagonia no tiene reparos en reclamar medidas aún más enérgicas que las que plantean Le Monde Diplomatique y el conjunto del trotskismo francés. La LCR no escatima palabras en su apoyo al programa de la Asociación. Dice que, de acuerdo con las estimaciones de ésta, se podrían recaudar 100.000 millones de dólares "incluso si la tasa del impuesto es extremadamente baja (0,05%)". O sea que el precio para reformar a la "mundialización liberal" sería extremadamente barato. Incluso, dice la Liga, "la propuesta presenta la doble ventaja de que no puede ser denigrada como ultimatista por parte de los gobiernos y de iniciar una dinámica". El trotskista francés nos recomienda la seducción o la neutralización de los gobiernos ya que no se trata de luchar contra ellos sino con ellos. La "dinámica" que pondría en marcha el impuesto consiste en que "semejante dispositivo pondría arena en los mecanismos de la especulación". ¡Qué vulgaridad! En lugar de una política para poner fin a la dominación del capital, tenemos que hay que ponerle arena, no al capital sino a la especulación, ¡incluida la especulación del trabajador independiente cuando compra dólares para precaverse contra una devaluación! La Liga trotskista aclara también que ese impuesto se recaudaría "esencialmente en el Norte". ¿Qué quiere decir esto, que la especulación es beneficiosa para el sur? Insinúa que el peso del impuesto sería mayor para los mercados de los países desarrollados, de modo que el Tercer Mundo no tendría por qué preocuparse; la intelectualidad francesa, como se puede ver, no confunde al especulador del norte con el del sur. Su enfeudamiento al capitalismo es tan alevoso que ni siquiera se le ocurre que, en tal caso, también la mayor parte de la recaudación impositiva iría a parar a las arcas de los Estados imperialistas. ¿Y con qué fin podrían usar estos Estados ese dinero si no es para subsidiar a sus capitalistas contra los capitalistas de los estados rivales, como ocurre desde siempre, pero cada vez con mayor intensidad, entre Estados Unidos, Europa y Japón? ¿O será para aumentar los salarios? Productivo, es otra cosa La Liga no solamente distingue al capital especulativo del productivo sino que también establece entre ellos una jerarquía en la que el especulativo es el peor. Desconoce que los grandes pulpos productivos tienen un flujo de fondos que supera sus necesidades de inversión, por lo cual el capital destinado a la especulación procede de los beneficios obtenidos por esos capitales productivos. Algo más: el desastre ocasionado por la especulación en la crisis asiática ha beneficiado, fundamentalmente, no a los especuladores sino a los capitalistas productivos; los primeros han tenido que postergar el cobro de deudas, los segundos (Ford, General Motors, Mercedes Benz, General Electric), en cambio, se están comprando las empresas asiáticas que quiebran. Todo esto demuestra, más allá del carácter rabiosamente capitalista del planteo, su completa inconsistencia. Esto es inevitable cuando se quiere mezclar un trotskismo aprendido de oídas con una voluntad de salvar al capitalismo. Para jerarquizar al capital productivo sobre el especulativo, la Liga tiene que evitar cualquier mención, naturalmente, a la flexibilidad laboral. En la misma onda de convertir a la especulación en el chivo emisario de la crisis social, y no al capitalismo, la Liga la emprende contra el Banco Central Europeo, al cual de paso le achaca su condición supranacional. El periódico Rouge (29/10), dice que aunque "el establishment político se pronuncia en favor de una baja de la tasa de interés", carece "de los medios para hacerlo entrar en vigor, ya que el Tratado de Maastricht ha convertido a los bancos centrales nacionales y al banco europeo en independientes de los poderes designados por el sufragio universal". Esta separación entre el establishment político, o sea los gobiernos imperialistas, de un lado, y los bancos imperialistas, del otro, explica por qué la Liga considera ventajoso tener a los gobiernos de su lado mediante la propuesta del impuesto (no ultimatista). Un mes más tarde de que Tobin hubiera escrito lo anterior, los bancos centrales decidieron acatar al establishment político y producir una reducción simultánea de las tasas de interés. La defensa de los Estados nacionales desarrollados es, por supuesto, completamente reaccionaria, porque se trata de Estados que han agotado sus posibilidades nacionales y se han convertido en imperialistas. Pero la contraposición entre los Estados y gobiernos europeos, de un lado, y las instituciones supranacionales europeas, del otro, como el Banco Central Europeo, la Corte de Justicia, la Comisión Ejecutiva, el Consejo de Ministros y la transferencia de atribuciones legislativas a este último; esta contraposición revela una total incomprensión de la naturaleza de la Comunidad Europea. Esta última no es un nuevo Estado, porque no tiene el monopolio de la fuerza y porque sólo puede actuar con el consenso de los Estados que la componen (unanimidad o mayorías calificadas). Su verdadera función consiste en reforzar el poder de acción de los Estados nacionales contra sus trabajadores y contra la competencia extranjera, para lo cual necesita superar simultáneamente sus propias contradicciones nacionales, que por momentos son más vivas que nunca. La tendencia a reducir a cero a las instituciones representativas, dándole independencia a la justicia, a la burocracia, al banco central, a los cuerpos armados, el poder ejecutivo; todo esto, es anterior a cualquier unidad europea, es propia de los Estados nacionales, y la pretensión de la unión europea no es debilitarla sino reforzarla todavía más. Pretender, por lo tanto, oponer la autonomía nacional a la centralización europea, o las instituciones representativas a las supra-nacionales, equivale a reclamarle al capitalismo a que desande lo andado, es decir que se trata de un callejón sin salida. Defendamos a los bancos nacionales No es casual que la Liga tenga aliados en los más altos círculos del capital imperialista y de los especuladores. Hace mucho tiempo que el teórico de Soros, Jeffrey Sachs, se opone a un banco central europeo (El Cronista, 2/4). Aunque reconoce que la unión europea "incrementa la escala y la competitividad de sectores financieros claves como el seguro, los fondos de pensión y los mercados accionarios", denuncia que "el BCE no será un prestamista de última instancia efectivo", o sea no podrá salir a rescatar a bancos o empresas en quiebra. "Este no es un problema hipotético", dice Sachs. "El sector bancario europeo ya está más debilitado de lo que parece (…) Las presiones competitivas sobre los bancos del continente como resultado de la unión monetaria casi seguramente (…) empujarán a los bancos más debilitados a la quiebra". O sea que la hibridez de funciones entre los bancos centrales nacionales y el europeo amenaza con provocar la bancarrota de los… especuladores más débiles. De ahí que, según Sachs, "el Banco Central Europeo es el lado flaco de la unión". Consecuente con todas las posiciones expuestas, en una reunión que tuvo con el PC francés, "la delegación de la LCR propuso que las fuerzas de izquierda que rechazan sacrificar todo en el altar de los mercados financieros unan sus esfuerzos (…) La LCR… apunta a romper radicalmente con la camisa de fuerza de Maastricht… al que se someten todos los gobiernos, comenzando por el de Jospin" (16/6). Una semana más tarde, en la expectativa de un acuerdo electoral con el PC, la LCR seguía reclamando "rupturas con la manera en que el gobierno de Lionel Jospin acompaña (…) el modelo social y político…" (Rouge, 2/7). Es decir que, para quienes se reivindican del trotskismo francés, de lo que se trata es de acompañar (…) el modelo de otra manera (my way, diría Sinatra). ¿Romper con el gobierno? No. ¿Romper con la burguesía? Tampoco. ¿Entonces, saben con qué? Romper con el modo de usar (mode demploi, como se lee en los medicamentos del Hexágono). ¿Y la restauración del capitalismo? Encima de todo esto, hay otra cosa más relevante aún, si esto todavía fuera posible. Ni en el programa de la unión electoral Lucha Obrera-LCR, ni en la propaganda diaria, los trostskistas franceses aclaran cómo debe entenderse su propuesta de una "Europa democrática" frente a la política de extender la Comunidad Europea hacia el este, incluso Ucrania, Rusia y los países bálticos. Una "Europa democrática" extendida no sería otra cosa que la consumación definitiva de la restauración capitalista en todos esos Estados, la cual hoy se encuentra en una crisis brutal. ¿Aquí también el problema es la especulación? En tal caso, se estaría reivindicando directamente la restauración del capitalismo. La negativa a plantear los Estados Unidos Socialistas de Europa, tanto por parte de la Liga como por parte de Lucha Obrera, significa un aval a la restauración capitalista, la cual es en definitiva la cuestión central y decisiva que tiene que ver con la Unión Europea desde la caída del Muro de Berlín. El objetivo estratégico es éste, precisamente, la restauración del capitalismo, y es esto precisamente lo que no plantean para nada quienes se reivindican del trotskismo, y peor, sí plantean una "Europa democrática" que no puede ser sino imperialista y contrarrevolucionaria.

1 de marzo de 1999
Una respuesta al Partido Obrero

En esta y en las anteriores ediciones de En Defensa de Marxismo se ha dado un espacio considerable a las posiciones de Partido Obrero de Argentina sobre la cuestión de la reconstrucción de la IVª Internacional. Osvaldo Coggiola y Luis Oviedo, y ahora, en la última edición, Jorge Altamira, han expresado un profundo escepticismo sobre cualquier posibilidad de regenerar, o de regenerar parcialmente, a la mayor organización internacional surgida de la IVª Internacional de Trotsky, el Secretariado Unificado de la IVª Internacional (SU). El Partido Obrero y sus compañeros internacionales de ideas, principalmente en América Latina, surgieron de la organización lambertista, en 1979. Su documento fundacional caracterizó al SU como "contrarrevolucionario" (1). Nosotros hemos polemizado con este punto de vista en ediciones anteriores de En Defensa de Marxismo. En un artículo anterior (2), Osvaldo Coggiola citó con aprobación lo siguiente: "La reconstrucción de la IVª Internacional, naufragó en los 25 años pasados, después de la crisis de 1951/53, porque las tendencias que levantaron la bandera de la lucha contra el pablismo se organizaron en un cuadro político que poseía, como su eje de referencia, la supuesta regeneración del revisionismo. Para preservar ese eje, y sus consecuentes maniobras de unificación, organizaron un cuadro federativista, que cuestionaba el principio elemental del centralismo democrático. Así fue con el SWP y el ex Comité Internacional antes de 1963, con la OCI (Lambert) y Healy hasta 1971, y con el CORCI desde su fundación. La característica común de negar un trabajo basado en el centralismo mal escondía la voluntad de llegar a un acuerdo con el revisionismo en la primera oportunidad. Fue la determinación de los revisionistas de mantenerse como organización centralizada, frente al federativismo de sus opositores, lo que garantizó su supervivencia. La tan anunciada continuidad de la IVª Internacional, de que se enorgullecen Lambert y Cía., está desmentida por el hecho que es imposible de conservar el hilo de continuidad revolucionaria internacional en una federación de debates" (3). En esta cita de un documento de la ahora difunta organización internacional del PO, la Tendencia Cuartainternacionalista (TCI, que no debe ser confundida con una organización norteamericana previa del mismo nombre), hay algunos puntos erróneos así como otros válidos. Es verdad que la tradición del Comité Internacional estaba basada en un federalismo internacional, mientras la corriente del SI/SU estaba basada en una forma laxa de centralismo democrático internacional. Esto fortaleció a la última y debilitó al primero. Coggiola tiene razón en insistir en el centralismo democrático internacional como la forma más apropiada de organización para la vanguardia proletaria internacional. Sin embargo, no ve la ligazón entre este federalismo, que es sólo otra expresión del sectarismo organizativo profundamente arraigado del Comité Internacional, y la manera sectaria en la que esta corriente rompió con la IVª Internacional en vísperas del Congreso Mundial de 1953, incluso sin intentar luchar por sus posiciones dentro una IVª Internacional todavía unida. ¿Es en verdad del todo sorprendente que una corriente internacional que se comportó de semejante manera sectaria hacia la IVª Internacional sea entonces incapaz de funcionar en base al centralismo democrático internacional? El Comité Internacional era una federación laxa con partidos nacionales que conservaban sus pequeños imperios autónomos en sus propios países. Eran incapaces de cooperar en el CI de la misma manera que fueron incapaces de cooperar con la IVª Internacional unida. En 1979 sucedió lo mismo con la Comisión Paritaria, cuando la Tendencia Bolchevique rompió con el SU, antes del Congreso Mundial de ese año. En relación a las acciones y metodología de los "antipablistas", Coggiola expresa muy claramente el sectarismo organizativo del PO y sus compañeros de ideas. Si fue sectarismo irresponsable para el proto-Comité Internacional romper organizativamente con la IVª Internacional en 1953, sin intentar luchar por sus posiciones dentro de la Internacional que Trotsky había luchado por construir, entonces ¿qué status deberíamos dar a la declaración, citada con aprobación por Coggiola según la cual los antipablistas, "estaban organizados en torno a un cuadro político que poseía, como su eje de referencia, la supuesta regeneración del revisionismo"? ¿Qué status deberíamos dar al punto de vista de que, "la característica común de negar un trabajo basado en el centralismo mal escondía la voluntad de llegar a un acuerdo con el revisionismo en la primera oportunidad"? Coggiola está aludiendo a la decisión del SWP de los Estados Unidos y de los morenistas de reunificarse con el Secretariado Internacional en 1963, para reunir a la mayoría de los trotskistas en el rebautizado Secretariado Unificado. Aunque está justificado en oponerse a la política errónea del SWP y los morenistas sobre la Revolución Cubana y a las bases política de la reunificación, no lo está en oponerse a la necesidad legítima de reunificar la Internacional. Era correcto reunificarse en 1963 porque había sido incorrecta la ruptura sin lucha en 1953. Los proto-espartaquistas desafiaron las ilusiones en el castrismo dentro del SWP y ellos actuaron correctamente al luchar dentro de él y del SU hasta que fueron expulsados. Hoy nosotros podemos considerarlos, justificadamente, como provocadores locamente sectarios, pero en los años sesenta jugaron un papel progresivo en esta cuestión. El escepticismo profundo de PO sobre las posibilidades de regenerar al "revisionismo" se levanta como un contraste severo al acercamiento de Trotsky hacia los líderes centristas de los partidos socialistas de izquierda en los primeros años de la década del 30: "La transición de una fase de lucha a una más alta nunca se ha realizado sin fricción internas. Algunos camaradas, nostálgicos de las organizaciones de masas, desean recoger frutos que todavía no están maduros. Otros, ansiosos por la pureza de los principios de la Oposición de Izquierda, consideran todos los esfuerzos por acercarse a las organizaciones de masas con la mayor desconfianza. ¿Cómo puede acercarse uno a organizaciones a cuya cabeza están los centristas? ¿Qué puede esperarse de bueno de Nazareth? Nosotros estamos dispuestos, dicen, a unirnos con los obreros de base, pero no vemos ningún sentido al acercamientno a los líderes centristas, etc., etc. Semejante manera de plantear la cuestión es puramente formal y errónea. Están afectados en gran medida por el sectarismo propagandístico. La Tercera Internacional estaba formada en un noventa por ciento por elementos centristas que evolucionaban hacia a la izquierda. No sólo los individuos y los grupos, sino también organizaciones enteras e incluso los partidos con sus viejas direcciones, o una parte de esas direcciones, se colocaron bajo la bandera de bolchevismo. "Esto era completamente inevitable. Sus desarrollos posteriores dependían de la política de la Internacional Comunista, de su régimen interior, etc. Hoy en el campo del movimiento obrero, si son excluidas las organizaciones fascistas, nacionalistas y religiosas, se observa el predominio de organizaciones reformistas y centristas; en esta última categoría nosotros incluimos, con buena razón, y la Internacional Comunista oficial. Está claro que el renacimiento del movimiento obrero revolucionario tendrá lugar a expensas del centrismo. Es más, no sólo los individuos y los grupos, sino también organizaciones enteras se pondrán nuevamente bajo la bandera comunista. El desarrollo posterior de re-educación dependerá de la dirección general de su política, del régimen y, finalmente, de la marcha de los acontecimientos históricos" (4). Por supuesto, Trotsky estaba hablando sobre el centrismo de origen socialdemócrata que evolucionaba hacia la izquierda y no del centrismo de origen trotskista que evoluciona hacia la derecha. No son la misma cosa. Aunque es importante reconocer las diferencias entre los dos, no obstante es verdad que incluso el centrismo que evoluciona hacia la derecha, por su propia naturaleza, no es consistentemente contrarrevolucionario. La Oposición Trotskista Internacional (ITO), a diferencia del PO, no acepta que el SU tenga un carácter contrarrevolucionario. Su política centrista significa que es ambas cosas, inconsistentemente revolucionaria e inconsistentemente contrarrevolucionaria. En el largo período de la posguerra, ha habido periódicos y serios deslices de las posiciones trotskistas. Pero lo llamativo del SU no ha sido su consistencia en ser contrarrevolucionario, sino su consistencia en ser inconsistente. En los párrafos que siguen a la cita inmediatamente anterior, Trotsky compara el centrismo de origen stalinista y el centrismo de origen socialdemócrata, tal como se manifestaron en los primeros años de la década del 30. Señaló que el centrismo stalinista era una forma conservadora, relativamente duradera de centrismo porque los partidos comunistas occidentales tenían una base social poderosa en la burocracia soviética. Esto preservó su existencia por un período prolongado y significó que no sufrieran inmediatamente, el destino de la mayoría de los partidos centristas, que fue ya hacia un desarrollo revolucionario, ya hacia una desintegración relativamente rápida. El centrismo stalinista duró la mayor parte de la década hasta que colapsó en la traición contrarrevolucionaria, en 1935. El centrismo de origen socialdemócrata en los años treinta no tuvo semejante base social y se desintegró en unos pocos años. El SU también ha existido durante mucho tiempo, casi medio siglo, bajo la misma forma. En lugar de haber experimentando un dramático colapso hacia una traición contrarrevolucionaria consistente, comparable a la de agosto de 1914 o al pacto franco-soviético de 1935, el SU se ha tambaleado en la misma vena centrista a lo largo del período de posguerra. ¿Qué explica esta longevidad? No es debido a un poderoso soporte social como el de la burocracia soviética. A pesar de las muchas ilusiones que el SU tiene en el stalinismo cubano, éste no ha patrocinado al SU de forma alguna. De hecho, la longevidad del SU se explica por su adhesión inconsistente al trotskismo y al programa trotskista. Aunque el SI/SU pudo haber abandonado en ciertos períodos este programa, también ha llevado adelante este programa, aunque en forma inconsistente e inadecuada. Al pegar la etiqueta de "contrarrevolucionario" al SU no se captura la complejidad viviente del fenómeno político al que nos estamos refiriendo. Porque es una caricatura simplista, esto puede ser desmentido fácilmente por el SU y otras organizaciones trotskistas como burdas calumnias de locos sectarios. Hace efectivamente imposible el diálogo político con los mejores elementos dentro del SU y de otras organizaciones trotskistas, como descubrió el PO cuando intentó reunirse con la Tendencia Revolución de la LCR en París. Una reunión subsecuente con Lutte Ouvrière (LO) dio como resultado una carta suya en la que protesta contra la exclusión del SU, por parte del PO, de cualquier proceso de reconstrucción de la IVª Internacional. Esta es una de las razones por las que LO no se ha involucrado hasta ahora en nuestro proyecto de reconstruir la IVª Internacional. El artículo de Jorge Altamira (5) en la cuestión del acuerdo electoral LCR-LO, publicado en la última edición de En Defensa del Marxismo, padece las mismas fallas sectarias que las declaraciones de Coggiola anteriormente citadas. Aunque hace muchas críticas correctas a las limitaciones políticas del acuerdo, Altamira concluye llamando a LO a romper el acuerdo con la LCR. Esta es una conclusión equivocada y sectaria de un análisis correcto de los problemas políticos del acuerdo. La alianza ha generado mucho entusiasmo, energía y esperanzas en la extrema izquierda francesa. En lugar de condenar el proyecto y llamar a LO a romper el acuerdo, minando esta dinámica del proceso, es metodológicamente más efectivo llamar a LO y a la LCR a conservar la alianza electoral y elevar el nivel político de la plataforma. Hay un aspecto positivo en la alianza de las dos organizaciones trotskistas de Francia. Esto es que es un paso en la dirección de terminar con la fragmentación del movimiento trotskista, lo que es necesario si el trotskismo quiere ser numéricamente lo suficientemente fuerte para hacer una diferencia en la lucha de clases. La fuerza numérica es importante. El método de Altamira rompe con este deseo instintivo de unidad y efectividad y también lo aleja de cualquier influencia sobre los mejores elementos dentro del LCR y LO, quienes pueden, a su turno, ridiculizarlo como un cínico sin esperanzas y un rupturista. Trotsky, como hemos visto, fue capaz de anticipar que un partido revolucionario podía reclutar el noventa por ciento de sus futuros miembros entre los partidos centristas, incluyendo total o parcialmente a sus direcciones. La experiencia del Partido Socialista francés uniéndose virtualmente en bloque a la Tercera Internacional probablemente ocupaba un lugar prominente en su pensamiento cuando escribió el texto que hemos citado más arriba. Incluso se permitió unirse al nuevo Partido Comunista francés e incluso asistir al Segundo Congreso de la Internacional Comunista, en 1920, a la antigua y contrarrevolucionaria dirección socialpatriótica, que apoyó al imperialismo francés en la primera guerra mundial (por ejemplo, Cachin y Frossard). Si cosas semejantes pudieron ocurrir, sería hoy realmente una locura excluir por adelantado, de una "manera formalista", un desarrollo similar bajo el impacto de un poderoso desarrollo hacia la izquierda de la lucha de clases internacional. Esto puede manifestarse en la propia regeneración del SU y en su fusión con otras organizaciones trotskistas para reconstruir la IVª Internacional sobre una base más amplia. Podemos ser escépticos como queramos acerca de esta probabilidad; pero no podemos ni debemos excluirla como una posibilidad por anticipado. Finalmente, mientras estamos en la cuestión del Partido Socialista francés y la Internacional Comunista, es instructivo recordar que se le permitió al primero unirse a la IC antes de los "21 Puntos" (6), que subrayan los criterios revolucionarios para la adhesión a la Internacional Comunista. En otras palabras, Lenin y los bolcheviques no se acercaron al reagrupamiento revolucionario a través de un proceso de ultimátums políticos y denuncia de las limitaciones de los partidos centristas que ellos buscaban influenciar. En cambio, establecieron una relación política práctica y un diálogo político en forma simultánea con estos partidos. El Partido Socialista francés fue aceptado en la Internacional Comunista mientras los bolcheviques luchaban simultáneamente por su clarificación política. Este enfoque ya fue subrayado en un documento de la ITO, enviado al Congreso Mundial del SU de 1995. "La desorientación y fragmentación del movimiento trotskista han aumentado notablemente desde el derrumbe del stalinismo. El reagrupamiento de los trotskistas requiere tanto clarificación política como unificación organizativa. No es posible decir simplemente la claridad política primero, unidad organizativa después. Aunque esa fórmula pueda parecer ordenada y atractiva, falla para explicar el problema real y simplifica demasiado la solución. La claridad política debe ganarse en el curso de una lucha por la unidad organizativa, de la misma manera que debe ganarse unidad organizativa en el curso de una lucha por la clarificación política. En su carta a W. Bracke, del 5 de mayo de 1875, Marx escribió: Cada paso del movimiento real es más importante que una docena de programas. Esta observación es usada por los oportunistas para justificar su abandono del programa revolucionario, pero su significado real es que hay una conexión indisoluble entre alcanzar la claridad teórica y construir el movimiento revolucionario, una unidad dialéctica entre opuestos. La clarificación teórica no vinculada a la construcción de un partido revolucionario es un ejercicio sin importancia. Bajo las condiciones presentes, en el estado actual de crisis de la dirección revolucionaria, la lucha por el reagrupamiento de los trotskistas es el mejor y, en verdad, el único armazón adecuado para la clarificación teórica. En la lucha por el reagrupamiento las posiciones teóricas pueden confrontarse entre sí polémicamente y probarse en la práctica. La teoría puede convertirse en realidad y no sólo en pensamiento ideológico" (7). 12 de febrero de 1999 Notas 1. Tendencia Cuartainternacionalista. "Declaración de fundación de la Tendencia Cuartainternacionalista", (1979); en Internacionalismo; número 1, junio de 1980. 2. Coggiola, Osvaldo, "Para la Reconstrucción de la IVª Internacional"; en En Defensa del Marxismo; número 12, mayo de 1996. 3. Tendencia Cuartainternacionalista. "Sobre la división del SU y la formacion del Comite Paritario", diciembre de 1975. 4. Leon Trotsky, Escritos, 1932-33, Pathfinder Press. Nueva York, (Diferenciado por Chris Edwards). 5. Altamira, Jorge, "El Frente Revolucionario del profesor Tobin"; en En Defensa del Marxismo, número 22, octubre/diciembre de 1998. 6. Se refiere a las 21 condiciones establecidas en el Segundo Congreso de la IC para la admisión de un partido a la Internacional Comunista (nota del traductor). 7. Documento de la Tendencia de Izquierda al Congreso Mundial de 1995, "Construyendo la IVª Internacional y partidos trotskistas de masas en cada país", 1995

1 de marzo de 1999
Una nueva carta de Lutte Ouvrière
Lutte Ouvrière- André Frys

En marzo de 1997, un conjunto de organizaciones trotskistas, entre ellas el Partido Obrero, acordaron lanzar una campaña por la refundación inmediata de la IVª Internacional, que toma como punto de partida la modificación de la situación política mundial del capitalismo; el cataclismo que provoca la restauración del capitalismo en Europa del Este y China y los movimientos revolucionarios que se han producido como consecuencia de estas condiciones. Las organizaciones que lanzaron esta campaña acordaron que la base para la discusión para refundar la IVª Internacional debe incluir: 1) la actualidad de la lucha por la revolución socialista internacional y la dictadura del proletariado: 2) la reafirmación de la caracterización de los frentes populares (colaboración de clases) como un recurso último del imperialismo contra la revolución proletaria; 3) la necesidad de la revolución social y política en la ex URSS, el Este europeo, China, Indochina, Corea del Norte y Cuba; la elaboración de una estrategia anticapitalista basada en el método y en las reivindicaciones de transición. La declaración, aprobada en Génova, destaca que la refundación de la IVª Internacional requiere la superación del Secretariado Unificado, al cual caracteriza como ajeno al marxismo y decididamente democratizante (anti-socialista). Inmediatamente después de esta reunión internacional, una delegación de sus participantes se reunió con diversas organizaciones, entre ellas Lutte Ouvrière de Francia, para invitarlas a participar de esta campaña. Lutte Ouvrière respondió por escrito a esta convocatoria, rehusando a participar en esta campaña y señalando que los puntos acordados en Génova eran demasiado vagos; que las divergencias entre las organizaciones trotskistas son demasiado profundas y que no estamos en presencia del alza de masas que permitiría superar esas divergencias. Lutte Ouvrière caracteriza el llamamiento de refundar la IVª Internacional como una maniobra contra el SU (ver Carta de Lutte Ouvrière, 26 de mayo de 1997, reproducida en En Defensa del Marxismo, Nº 17, julio de 1997). El Partido Obrero respondió explicando que el método político del planteamiento de refundar la IVª Internacional está en las antípodas de la formación de una nueva tendencia que agudizaría la fragmentación de los trotskistas y destacando que Lutte Ouvrière, a pesar de caracterizar como muy generales los puntos acordados en Génova no se pronuncia sobre ellos, en particular sobre la dictadura del proletariado … En la actualidad, la inmensa mayoría de las corrientes trotskistas tiene una estrategia democratizante (ver "Una respuesta a Lutte Ouvrière", reproducida en En Defensa del Marxismo, Nº 17, julio de 1997). En la reunión de partidos trotskistas realizada más tarde, en noviembre de 1997, la delegación del PO planteó que se elaborara, en común, una respuesta a la carta enviada por Lutte Ouvrière. Una comisión redactó una respuesta con la que no hubo acuerdo. La delegación del PO presentó un texto que fue sometido a debate. Finalmente, se aprobó la moción de que no fuera enviada ninguna respuesta a Lutte Ouvrière. (El texto de esa carta no aprobada puede encontrarse en En Defensa del Marxismo, Nº 19, febrero/abril de 1998). En mayo de 1998, el Congreso del Partido Obrero y más tarde la reunión de partidos trotskistas que se reunió en Buenos Aires tomó nota de la caracterización que hacía Lutte Ouvrière sobre la evolución política de la Liga Comunista Revolucionaria, sección francesa del Secretariado Unificado. LO caracterizaba en la edición del 20 de febrero de su revista Lutte de Classes, que "política y moralmente, la Liga ya no está en una organización que se reivindique partidaria del comunismo". Sobre la base de esta caracterización de Lutte Ouvrière que confirmaba la que formularon las organizaciones reunidas en Génova y que, precisamente, LO había rechazado en su carta de respuesta, las organizaciones trotskistas reunidas en Buenos Aires enviaron una nueva carta a Lutte Ouvrière, reclamándole que se sumara a la campaña por la refundación de la IVª Internacional (Carta a Lutte Ouvrière, En Defensa del Marxismo, Nº 21, agosto/octubre de 1998). Lutte Ouvrière acaba de responder a esta última carta de mayo de 1998. En diciembre pasado, Lutte Ouvrière estableció con la Liga Comunista Revolucionaria un frente para las elecciones parlamentarias europeas de marzo sobre la base de un programa que reivindica una "Europa democrática", y que pretende "superar la crisis mundial mediante un impuesto al movimiento del capital financiero de corto plazo y otras disposiciones que le impidan la evasión tributaria o el manejo en negro" (ver las críticas al programa del frente LCR-LO en esta edición de En Defensa del Marxismo). Reproducimos a continuación la nueva carta enviada por Lutte Ouvrière.

1 de marzo de 1999
Por la refundación de la IVª Internacional

Respuesta a la última carta de Lutte Ouvrière Hace un par de semanas se publicó en Prensa Obrera (1) una carta de la organización trotskista francesa Lutte Ouvrière, de fecha 14 de diciembre, en respuesta a la que le dirigieran las organizaciones que se reunieron en Buenos Aires, en mayo de 1998, para continuar desarrollando la propuesta de refundar la IVª Internacional. A principios de marzo próximo, esta nueva carta de LO será con toda seguridad considerada en una nueva reunión de los partidos citados. El asunto sobre el que gira este intercambio de cartas tiene que ver con la invitación que fuera hecha a LO de sumarse al movimiento por la refundación de la Cuarta. En su última respuesta, LO mantiene la posición de que considera a esta posición prematura y equivocada. Como ocurre con todo intercambio de cartas, los argumentos de una y otra parte van y vienen, independientemente del peso que cada uno de ellos tenga dentro de la cuestión esencial que se encuentre en discusión. Por eso conviene dejar los asuntos secundarios e ir al grano. El argumento principal de LO, en esta oportunidad, sostiene que en "los últimos treinta años las tentativas de crear por proclamación una cuarta internacional han terminado en un fracaso… (y que las) proclamaciones afirmando un acuerdo político… se terminaron en rupturas y anatemas recíprocos". En suma, gato escaldado cuando ve agua caliente llora. Este argumento central está rodeado o reforzado con otros de menor importancia. El que le sigue en orden de mérito quizás sea el que dice que Trotsky tenía crédito político y competencia para erigirse en dirección internacional, lo que no sería el caso de sus sucesores y menos todavía el de los sucesores de los sucesores. Imaginamos lo que hubiera pensado Trotsky si se le hubiera dicho que la razón por la que consideró necesario fundar la IVª fue por evaluaciones de crédito y de competencia. El fantasma del fracaso ha pesado singularmente en la historia de todos los fracasos. El mismo Trotsky llamó a fundar la IVª en medio de augurios de fracaso, que luego se confirmaron naturalmente con pelos y señales. Menos éxito ha tenido Trotsky en que se le reconozca la descomunal victoria que ha obtenido de mantener vigente la continuidad histórica del bolchevismo, gracias a que fundó la IVª que terminó en el fracaso. El Oscar de todos los fracasos se los lleva naturalmente Marx, quien se murió sin llegar a ver un solo partido obrero en algun país del mundo, luego de haber invertido su vida en la elaboración científica, los programas, el desarrollo de la Liga Comunista y la proclamación de la Asociación Internacional de Trabajadores. Como los gustos hay que dárselos en vida, Marx fue un fracasado, aunque su idea de la felicidad no era, claro, un crucero por el Caribe sino la oportunidad de poder luchar por la revolución socialista. De su fracaso salieron los fundamentos teóricos y programáticos irreversibles de la lucha del proletariado por la emancipación Otro fracasado, éste a escala cósmica y por cuadruplicado, fue Lenin. Organizó un congreso de unidad socialista, en 1902, que terminó naturalmente con una división mayor que la que había y desató dos décadas de anatemas e insultos entre bolcheviques y mencheviques, incluida una guerra civil. Pero de esa división nació el bolchevismo, o sea la forma más alta de la teoría, la práctica y la audacia revolucionarias hasta el día de hoy. Se pasó de una unidad mediocre y sin porvenir a una división clarificadora que permitió que se plantearan problemas de mayor envergadura. Peor le fue al líder de los ojos achinados cuando planteó la necesidad de una Tercera Internacional luego de la traición de la Segunda. Impulsó para ello un movimiento con toda clase de organizaciones e individuos vacilantes que, cuatro años después de iniciado, contaba con menos miembros que los ya escasos de un comienzo. Pero el esfuerzo valió la pena, porque permitió al final dar vida a la IIIª Internacional, que fue a su vez un fracaso, ya que concluyó en manos del stalinismo con la colaboración de hombres y partidos que nunca habían entendido lo que era el leninismo. Este fracaso fue, sin embargo, un gran éxito, porque legó a las generaciones siguientes una base mucho más elevada para reemprender la lucha revolucionaria por la emancipación social. Un poquito de miedo, como el vino, hace maravillas; demasiado temor al fracaso es la ruta infalible a la parálisis. ¿Por qué los revolucionarios han conseguido superar las limitaciones históricas del fracaso? Porque han sido capaces de plantear las tareas históricas que eran necesarias en su momento. Al luchar por ellas y desarrollarlas consiguieron elevar al movimiento a un plano superior, a problemas y soluciones superiores, a un estadio más alto de la conciencia histórica. El fracaso mayor o menor de sus tentativas en el plano inmediato es secundario; su resultado depende de un conjunto complejo de factores que no se pueden desenmarañar ni superar de la noche a la mañana. Pero se ha planteado la respuesta a una necesidad; aquí está el meollo del asunto. La situación histórica del momento reclama un partido mundial; lo ven todos los sectores del movimiento obrero; hasta los más burocráticos lo intuyen. Entonces hay que plantear la refundación de la IVª y luchar para refundarla. Luego de sopesar los pros y los contras de una acción para derrocar al gobierno burgués y tomar el poder, Lenin repitió a Napoleón y se dijo vamos y vemos, él, el hombre que sabía mejor que nadie las escasas posibilidades de victoria de una revolución confinada a la sola Rusia. La acertada respuesta a una necesidad histórica tiene una fuerza aglutinadora que jamás podrán conseguir dos mil reuniones de cenáculos sectarios. Hoy cuando el imperialismo comprime a las masas, incluso de las metrópolis, a la máquina compresora de la desocupación en masa y de la miseria; cuando se desvanece el optimismo del Estado del bienestar social y el espejismo del neo-liberalismo; cuando se han derrumbado direcciones traidoras poderosas como el stalinismo; cuando la IVª puede cantar victoria porque ha sobrevivido a todos los infortunios; cuando estos factores se conjugan: la agenda de la vanguardia proletaria no puede ser otra que la de refundar la Internacional; re-fundar porque se trata de crear, no de nuevo, sino sobre lo ya creado, sobre sus aciertos y sus errores. Crédito y competencia: ¿cómo se consiguen; quién los evalúa? Estamos llamando a luchar por la IVª a organizaciones que han luchado y que luchan; que incluso tuvieron más eco o éxito en el pasado que en el presente. De todos modos, no hay ningún otro terreno que pueda servir para cotejar una auténtica disposición revolucionaria internacional. Las acciones de frente único son todas necesarias y deseables; pero impulsadas con consecuencia llevan a la cuestión de la Internacional. No es cierto que un partido se construya sin proclamarse, como dice la carta, o se proclame sin construirse. Un partido que no se proclama es un movimiento, no tiene fronteras definidas y concluye reuniendo a todo lo que hay de inconsistente en la política. Por eso Lenin y Trotsky proclamaron sus Internacionales antes de construirlas, aunque ya estuvieran en construcción como proyecto en los bolcheviques o la Oposición de Izquierda. Un partido que se proclama sin construirse no pasa de ser un fracción parlamentaria. No estamos llamando a ninguna proclamación sino a discutir los términos y las características de una refundación de la IVª Internacional. Refundación, decimos, porque el primer intento quedó truncado por una asimilación política insuficiente. Rescatamos a todos los grupos y las sectas; a los individuos y a las fracciones que en el último medio siglo tuvieron la construcción de la IVª por mira, porque incluso con su torpeza ayudaron a mantener en la agenda la tarea revolucionaria por excelencia. El problema esencial es caracterizar el momento histórico y las tareas que de él se desprenden; y poner en evidencia la delimitación política y de principios que esta misma situación histórica ha creado. El SU, siguiendo con retraso a la socialdemocracia y al stalinismo, se ha alineado en el campo democratizante, es decir con las palabras de orden del imperialismo. ¿Cómo van a defender el programa de transición si reniegan de la dictadura del proletariado y declaran la clausura del período histórico inaugurado por la Revolución de Octubre? Lutte Ouvrière misma lo ha denunciado por abandonar el terreno de clase y del comunismo. Pero este abandono no es una operación ideológica, como quien se hace un lifting facial, pero conserva los trazos originales. Es una toma de posición ante la situación histórica del momento. Tenemos la impresión de que LO ha reculado de su propia caracterización para poder hacer el frente con la Liga francesa en nombre de la construcción de una "Europa democrática". Los compañeros de LO ciertamente no han entendido las divergencias entre quienes planteamos la reivindicación de refundar la IVª. Estas divergencias demuestran la vigencia de la agenda de esa refundación, porque en torno de ella las diferenciaciones políticas son un impulso de desarrollo y mayor clarificación política; otra agenda haría retroceder las discusiones a la Edad de Piedra. Un acuerdo formal con el Programa de Transición no es suficiente, dice LO, y tiene razón; es por eso que ya hemos elaborado tres declaraciones programáticas, de contenido superior, para establecer un programa de refundación basado en el marxismo, en los documentos de la IIIª de Lenin y en el Programa de Transición. El intercambio de cartas entre LO y nuestros partidos refundacionistas podría ser calificado por alguien como una muestra de los "anatemas y rupturas recíprocos" que caracterizaría a la vida gris de los trotskistas. Bueno, cada uno tiene derecho a decir lo suyo. Pero a nosotros nos ha servido para reforzar nuestra tesis política fundamental y para decir que el peligro no es el fracaso sino no haberlo intentado nunca.

1 de marzo de 1999
Una cruzada contra el socialismo

Laclau, Astarita y Tarcus No es la primera vez que sucede, pero Octubre hoy (1), de Ezequiel Adamovsky, vuelve a probar que la intelectualidad de la cosmopolita Buenos Aires regularmente llega con algunos años de retraso a las modas intelectuales que recorren el mundo. Adamovsky nos presenta un conjunto de entrevistas con el objeto de indagar "un balance retrospectivo de la idea comunista y de la experiencia soviética, y la relación de ambos con la historia de la tradición socialista". Así pasan por sus páginas, entre otros, el historiador británico Robin Balckburn, editor de la New Left Review; el argentino Ernesto Laclau y el ruso Boris Kagarlitsky. Para desgracia de Adamovsky, su libro aparece a fines de 1998, es decir, doce años después del inicio de la perestroika, ocho años después del ascenso de Yeltsin al poder y, no menos importante, un año y medio después de la ya famosa devaluación del bath tailandés. Es decir, que Adamovsky nos entrega una indagación sobre las causas del fracaso del comunismo cuando lo que ha vuelto a ponerse al día, si no al rojo vivo, es la completa impasse del régimen capitalista mundial. Después de una década de mercado, democracia y nacionalismo, Rusia se encuentra hoy infinitamente peor que en 1986: acumula quince años de continua caída de la producción; luego del derrumbe de agosto, su PBI se ha reducido a 125.000 millones de dólares, el 40% del argentino, en tanto su presupuesto anual de gastos ha caído por debajo del de Nueva York. Desde el punto de vista de las masas, esta barbarie puede sintetizarse en sus estadísticas demográficas, que muestran el caso único en el mundo moderno de una expectativa de vida que cae y de una tasa de mortalidad que aumenta en todos los segmentos sociales (por sexo, por edad) (2). Pero, al mismo tiempo, asistimos al hundimiento de naciones enteras Indonesia, Corea, Brasil que eran presentadas hasta hace poco como el ejemplo del capitalismo triunfante en la periferia. En estas circunstancias concretas, continuar rumiando sobre el fracaso del comunismo, haciendo completa abstracción del derrumbe de la Rusia restauracionista y de la economía mundial capitalista como un todo, es una capitulación ideológica frente al terror mediático sembrado por el imperialismo mundial. En este sentido, el libro de Adamovsky aparece incluso claramente démode. Sale a la luz en una etapa en que esa ofensiva ideológica y política del imperialismo ha comenzado a diluirse y a mostrar, cada vez más abiertamente, el carácter ilusorio del fin de la historia, entendido como la clausura de la época socialista revolucionaria abierta por la Revolución de Octubre de 1917. Pero el objetivo a que apunta este libro de entrevistas a izquierdistas es, precisamente, declarar la inviabilidad histórica de la revolución proletaria y del comunismo. El hilo conductor del libro son las preguntas que Adamovsky formula a sus entrevistados y que el propio autor sintetiza en la Introducción: "la impasse actual de la lucha radical por la emancipación social echa dudas sobre una Historia centrada en este motivo. Particularmente, se encuentra fuertemente cuestionada la idea de que la clase obrera sea el sujeto emancipatorio o de que exista una emancipación (así en singular) posible". Adamovsky manda, de este modo, al paredón a toda la cultura greco-judía, cuyo tema central es esa emancipación (desalienación) humana. El autor/compilador invita a sus entrevistados a repensar´ (es decir, a despensar) la Revolución de Octubre, la experiencia comunista, el papel de la clase obrera en la sociedad actual y la teoría marxista a partir de una conclusión exactamente determinada a priori, es decir de un prejuicio: "la posibilidad de concebir un bloque simbólico-social-no homogéneo como posible sujeto de un proyecto socialista". Para ello, Adamovsky propone una re-escritura de la historia de Octubre sobre la base de cuatro ítems. Uno, "una condena sin ambiguedades a ciertos métodos dictatoriales usados por los bolcheviques y al reconocimiento que tuvo la concepción leninista del Partido en la posterior burocratización de la experiencia soviética". Segundo, "abandonar la concepción tan arraigada dentro de la tradición socialista según la cual existe una relación necesaria e inmediata entre el lugar de un sujeto en las relaciones de producción y su identidad. No existe ningún motivo a priori por el cual un sujeto deba pensarse como partícipe de una clase". Tercero, "es necesario reconsiderar la manera en que la identidad de clase fue articulada con otras: las (varias) identidades nacionales, religiosas y étnicas presentes en el 17, la identidad de género, la identidad campesina, etc.". Cuarto, "resulta fundamental reinscribir al Partido Bolchevique en la historia de la tradición revolucionaria rusa. En la larga gestación y difusión de la conciencia revolucionaria que produjo a la Revolución de Octubre, este partido fue uno más entre varias organizaciones socialistas (de hecho, bastante pequeño)". El propósito político del compilador es tan claro que en seguida se ataja: "las propuestas que quedan aquí expresadas, dice, no significan escribir una nueva historia antibolchevique de la Revolución Rusa" Adamovsky no emprende una crítica contra la degeneración stalinista de la URSS sino contra la Revolución de Octubre, fingiendo ignorar que la posibilidad de la contrarrevolución, de la degeneración y de la restauración han estado presentes en todas las transformaciones históricas, por lo menos desde las guerras médicas, en los siglos sexto y quinto anteriores a la era cristiana. Para Adamovsky, la Revolución de Octubre necesariamente debía conducir a la dictadura staliniana, sin preocuparse por aclarar si la revolución francesa debía conducir necesariamente a Napoleón y a la restauración de Luis XVII; o si la inglesa de 1640 a la restauración de Carlos II y luego a la monarquía constitucional. En lo que llama sus "líneas generales para la escritura de la historia de Octubre", Adamovsky liquida (pero sólo por escrito) la idea de que la clase obrera sea el sujeto histórico del socialismo y pone en su lugar (pero sólo por escrito) a la remanida colaboración de clases. Silogismo mediante, Adamovsky niega luego la necesidad de la construcción de partidos obreros, de la revolución proletaria, la necesidad del Estado obrero (dictadura del proletariado), el comunismo y, en última instancia, al marxismo. No hay que olvidar que, según el mismo Marx, lo verdaderamente original de sus descubrimientos, "lo nuevo que aporté", la marca en el orillo del marxismo, fue la demostración de que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado, la cual no es más que la transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases (3). Pero Adamovsky ni se molesta en considerar siquiera el sistemático fracaso de las tentativas pequeñoburguesas, no obreras, socialdemócratas o nacionalistas, es decir las emprendidas por el matusaleniano "bloque simbólico-social-no homogéneo". El hundimiento del sandinismo, el cual representó la tentativa más extrema de efectivizar ese bloque en un marco insurreccional y de guerra civil, provocó por esto mismo el extraordinario repliegue derechista de la pequeñoburguesía izquierdista en toda América Latina a partir de los 80. A fuerza de tanto releer, repensar y reescribir la historia de Octubre, es inevitable que se vuelvan a presentar como novedosos viejos mitos. Adamovsky y sus entrevistados redescubren a los utopistas, a los anarquistas, a Kautsky y hasta a Duhring ( Horacio Tarcus) y a Bernstein. En esta revisión, aun así, hay algunas afirmaciones de antología, como la de Ernesto Laclau, que responsabiliza a Octubre por el ascenso de Mussolini y Hitler, con lo cual copia servilmente la tesis fundamental del revisionismo histórico alemán (Ernst Nolte, La guerra civil europea). Es inútil recordarle a Laclau que fueron los partidos de la socialdemocracia europea los que dividieron al movimiento obrero al enfrentarlo en la Primera Guerra Mundial, alineándolo detrás de los bandos nacionales rivales, o que si al hitlerismo se lo hubiera enfrentado con los métodos démodes que Lenin y Trotsky usaron contra Kornilov y los ejércitos blancos, el mundo no habría conocido la barbarie nazi. También es inútil recordarle que la causa fundamental de la "instalación de un régimen burocrático-totalitario" fue la traición de la socialdemocracia alemana en 1918 y 1923 y la intervención militar de las potencias imperialistas democráticas que desangró a la clase obrera rusa; o que, a pesar de la pesadísima losa de la incompetencia, la imprevisión y la corrupción de la burocracia, el monopolio del comercio exterior, la propiedad estatal y la ecomomía planificada permitieron que la URSS derrotara al nazismo y se convirtiera en una potencia industrial. O, finalmente, que la masacre de Tiananmen fue la obra de una burocracia tan anticomunista, tan restauracionista y tan partidaria del mercado como el propio Laclau. Para Laclau, la Revolución de Octubre habría sido la causa de todos los males de este mundo. Por eso propone superar la idea misma de revolución que, "en un sentido, no ha existido nunca" para reemplazarla por "la única alternativa realista: una mezcla pragmática de control social (democrático) y mecanismos de mercado", es decir la dictadura del capital. Desgraciadamente, Laclau no ilustra acerca de las razones por las cuales su única alternativa realista ha llevado al mundo moderno a su actual derrumbe social y político. Laclau pone en duda también que exista alguna posible "emancipación humana", es decir que reduce la condición humana al aparato digestivo. Para llegar a sus conclusiones, el propio compilador y la mayoría de sus entrevistados se ven obligados a forzar la máquina. Fanáticos de la globalización, hacen completa abstracción de la economía y de la política mundiales en el proceso del derrumbe de la utopía reaccionaria de construir el "socialismo en un solo país" formulada por la burocracia. Por eso son incapaces de ver las causas del colapso de la URSS en la relación dialéctica entre la pretensión de superar las contradicciones creadas por un socialismo autárquico con el concurso del imperialismo, de un lado, y las contradicciones propias de la economía mundial, del otro. En consecuencia, tampoco logran ver la relación dialéctica entre esa integración creciente al orden imperialista y la resistencia de las masas contra los planes del FMI (Polonia), ni tampoco, la relación entre los movimientos de masas contra el ajuste y la flexibilización en el Este y en el Oeste. La función ideológica de esta metodología es evitar la caracterización del derrumbe de la URSS y de los restantes estados obreros burocratizados como una expresión de la crisis del régimen capitalista mundial en su conjunto. Con todo, lo más notable es que, en su intento de hacer la reescritura centroizquierdista de Octubre, Adamovsky termina en el mismo campo ideológico de la burocracia stalinista que hundió a la URSS. Sin releer ni reescribir nada, los burócratas rusos ya habían llegado a las conclusiones de Adamovsky con quince años de anticipación, si tomamos como punto de partida a Gorbachov, o con 43 años de avance, si consideramos la tentativa autorreformista de Kruschev en 1956. Segunda parte: la naturaleza social de la URSS y de la Rusia actual Adamovsky dedica un capítulo de su libro a la naturaleza social del régimen soviético. Para esto conversa con los economistas Rolando Astarita y Ricardo Graziano sobre . Se trata de una conversación completamente inútil: el lector buscará sin éxito saber qué piensan Astarita y Graziano sobre la naturaleza social de la Rusia actual, es decir en qué se ha transformado la vieja URSS. Ni uno ni otro atinan a dar una caracterización del régimen actual ni a descubrir cuál es el sentido de la transformación operada en la ex-URSS. Pero no es posible saber qué es Rusia hoy sin definir qué fue la URSS, sin caracterizar a través de qué negaciones y de qué movimientos internos una formación social se transformó en otra, cuáles son las leyes internas de ese movimiento y cuáles son los elementos de ruptura y de continuidad entre una y otra. Dicho de otra manera, la Rusia actual se encontraba contenida en germen, como tendencia o como posibilidad, en las contradicciones internas de la vieja URSS. Sobre esta cuestión decisiva, ni Astarita ni Graziano tienen nada para decir. Para ellos, la URSS fue una cosa; Rusia podría ser otra diferente o quizás la misma, pero no dicen nada. Entre ambas, no se sabe qué diablos ha pasado… si es que ha pasado algo. Astarita define a la URSS como una "formación económico-social burocrática", donde "la burocracia era ya una capa social explotadora (…) Insisto en la explotación necesita reforzar Astarita porque no se trata de un problema de distribución del excedente, solamente, sino que está vinculado a relaciones de producción burocráticas, no socialistas". Que la burocracia es explotadora no es una novedad; ya Trotsky lo había señalado en La Revolución Traicionada al explicar cómo se apropiaba de una parte creciente del ingreso nacional. Pero la insistencia de Astarita significa que supone que existen otros mecanismos de explotación burocrática diferentes de la mera distribución. ¿La burocracia extraía alguna forma de plusvalía a la clase obrera soviética? ¿A través de qué mecanismos económicos? ¿A través de qué intercambios? Desgraciadamente, Astarita no lo explica ni podría hacerlo porque la explotación burocrática es y sólo puede ser una explotación distributiva, que tiene como base el lugar que ésta ocupa en el aparato del Estado que controla la producción. Se trata de una forma de explotación inestable, insegura porque, precisamente, no se apoya en la propiedad. Por eso, Trotsky pronosticó que la burocracia buscaría consolidar su posición explotadora transformándose en propietaria. La afirmación de que en la URSS habrían existido "relaciones de producción burocráticas" es, simplemente, un contrasentido en sus propios términos. Equivale a afirmar que en la URSS existieron relaciones de propiedad burocráticas, en la medida en que éstas no son más que la expresión jurídica de las relaciones de producción. Pero precisamente lo que caracteriza a la burocracia es que no obtiene sus privilegios de la propiedad sea a título privado o colectivo sino del lugar que ocupa en el aparato estatal. Esto explica que Astarita no pueda decir nada sobre la Rusia de hoy: simplemente no puede explicar los motivos por los cuales la burocracia habría marchado a la restauración del capitalismo, es decir, a la disolución de la propia formación económico social. Astarita ni siquiera logra retomar las tesis de Burnham, criticadas por Trotsky en la década del 30. Burnham veía en el capitalismo burocrático un nuevo fenómeno histórico de carácter general, que se desarrollaba simultáneamente en la URSS y en las grandes potencias capitalistas. Para Burnham, el papel creciente de los burócratas estatales (en la época del New Deal y del keynesianismo) y de los gerentes profesionales (sobre los accionistas) autorizaba a hablar de una nueva formación económico-social en la cual éstos tenían preeminencia sobre los propietarios del capital. Los países de desarrollo tardío, como la URSS, estaban obligados a pasar directamente, sin escalas intermedias, al grado más alto de burocratización, aquel que tiene como base la estatización de la economía. Esta teoría sirvió como base a numerosos trabajos como los de Jan Tinberger que pronosticaron una "convergencia" entre los dos regímenes sociales, el capitalista y el soviético. No es necesario abundar sobre el monumental fracaso de estos pronósticos. Astarita empeora notoriamente estos planteos al agregarle una gruesa dosis de stalinismo. Su nueva formación económico-social ya no tiene pretensiones de universalidad; se trataría de un fenómeno específicamente ruso: la formación económico-social burocrática … en un solo país. En otras palabras, en una economía mundial dominada por el capitalismo, la burocracia habría logrado desarrollar una formación social original, es decir un nuevo estadio histórico del desarrollo social, de naturaleza puramente nacional. Esta fenomenal contradicción es la consecuencia del abandono del método hegeliano-marxista que analiza a las partes en relación dialéctica con el todo. ¿Cuál es la relación de esta nueva formación económico-social con la economía mundial? ¿Es una relación anticapitalista o procapitalista o encierra a las dos contradictoriamente? Astarita ni se lo plantea; para él una cosa es una cosa y otra es otra. Al razonar antidialécticamente, haciendo abstracción del mercado mundial, Astarita deja a su formación económico-social girando en el vacío, sin pasado y sin futuro. Rusia hoy Carente de una caracterización propia sobre el régimen social de la Rusia actual, Astarita ataca al Partido Obrero: "Hoy todavía hay grupos trotskistas que siguen planteando que Rusia sigue siendo un Estado obrero en descomposición. Y yo hoy critico a Trotsky pero, al lado de estas barbaridades, es un gigante del pensamiento. No puede decirse que hay responsabilidad intelectual de Trotsky porque estos descendientes hayan llegado a estas barbaridades del pensamiento". Vease bien que, para Astarita, Trotsky es un gigante solamente cuando se lo compara con los bárbaros, es decir que es casi un analfabeto o ni siquiera. Pero el PO no sigue caracterizando a Rusia como un Estado obrero degenerado en disolución; ha empezado a caracterizarlo así a partir de la perestroika y de la victoria de Yeltsin. Astarita, que se ha tomado una larga década para llegar a la conclusión de que no sabía qué era la URSS y como todavía no sabe qué es la Rusia actual, se siente con autoridad para criticar al partido que fue el primero en señalar que, con el golpe de agosto de 1991, "la Unión Soviética, en tanto unidad estatal efectiva, ha dejado de existir, y lo mismo debe decirse de la URSS como un Estado obrero. Aunque la propiedad de los medios de producción continúa en manos del Estado, este hecho está vaciado de contenido desde el momento en que el régimen político es restauracionista" (4). Apenas un poco después, esta idea se completaba: "estamos ante un Estado obrero en completa disolución, es decir ante un Estado no obrero" (5). No nos tomamos ni una década, ni un año, ni un mes, ni una semana: apenas 48 horas después del golpe dijimos, negro sobre blanco, que el estado obrero degenerado había dejado de existir. ¿Cómo puede seguir siendo algo que ha dejado de existir, es decir, que ha dejado de ser? No sólo indicábamos que el Estado obrero degenerado había entrado en un proceso de disolución en dirección al capitalismo que lo hacía a través de un gobierno pro-capitalista, un régimen político mafioso-democratizante y un aparato del Estado que seguía en manos de la burocracia que atacaba conciente y abiertamente las bases sociales del estado obrero para imponer mutaciones capitalistas a las formas de propiedad (6). Pero bajo la Perestroika y aún después de ella, todas las tendencias trotskistas incluida aquella que por entonces contaba con Astarita en sus filas ¡nos denunciaban porque sosteníamos que el Estado obrero había desaparecido! Para ellas, el Estado obrero seguía en pie porque la propiedad continuaba estando estatizada. Les respondíamos que bajo un régimen político restauracionista como el de Yeltsin, "la propiedad estatal (no capitalista) queda reducida a una ficción jurídica, que en la vida real sirve para la acumulación privada; si no directamente capitalista, sí introductoria del capitalismo, en la forma de reservas de divisas, créditos, licencias y mercados junto al capital extranjero" (7). Sería bueno que Astarita mostrara las pavadas que escribió una década atrás y las comparara con sus pavadas presentes. La posibilidad de la evolución de la URSS en un sentido capitalista es decir, la posibilidad de la disolución del Estado obrero degenerado estaba presente en la caracterización trotskista de la naturaleza del Estado obrero. Mejor dicho, sólo a partir de la caracterización de la URSS como un Estado obrero es decir, como un régimen transitorio entre el capitalismo y el socialismo era posible plantear la hipótesis de la restauración del capitalismo en Rusia. Ninguno de los que impugnaron la caracterización de la URSS como un Estado obrero degenerado fueron capaces de pronosticar su posible derrumbe y la restauración del capital. Para Trotsky, en ausencia de una extensión de la revolución mundial y de una revolución política en el interior de la URSS, la degeneración burocrática del Estado obrero debía conducir, con seguridad, a la restauración. La existencia indefinida de una sociedad transitoria entre el capitalismo y el socialismo no es viable. La restauración del capitalismo era una de las alternativas históricas planteadas por la naturaleza social contradictoria de la URSS como régimen de transición. La otra era la revolución política. "Régimen de transición" no significa, como supone Astarita, siguiendo a su maestro Nahuel Moreno y al propio Stalin, que se trataba de "la transición al socialismo". Astarita no ha logrado superar las concepciones de la corriente a la cual perteneció: para el morenismo no había vuelta atrás; la marcha hacia el socialismo era irreversible, sólo que la dominación de la burocracia la hacía más lenta y penosa. El morenismo nunca caracterizó a la burocracia como restauracionista; al contrario sostenía que "defendía al Estado obrero con métodos burocráticos". Identificaba al socialismo como una combinación de propiedad estatal (es de propiedad no capitalista en una sociedad con Estado, o sea burocrática) con democracia (el famoso socialismo con democracia, es decir un régimen de delegación del poder), y no, como Marx y Lenin, con la extinción del Estado (8). Dialéctica Astarita está en lo cierto cuando sostiene que para entender la cuestión de la URSS hay que operar a través de negaciones. Pero no, como hace él, a través de negaciones escolásticas ("no es esto, no es lo otro…") sino dialécticas (9). ¿Qué significa que la URSS era un "estado obrero"? No que fuera socialista como siempre supuso el morenismo sino que era un régimen transitorio. Lenin lo caracterizó como "un estado burgués sin burguesía"; otras veces, como un "estado no-burgués". Con el triunfo del stalinismo, el Estado obrero degeneró; tenemos, en consecuencia, un "estado no-burgués degenerado". La disolución del "estado obrero (no-burgués) degenerado", como consecuencia de los ataques a la propiedad estatal, al monopolio del comercio exterior y a la planificación por parte del propio estado y de su régimen político, significa que ese "estado obrero" (degenerado) se niega a sí mismo; es decir que deviene un "no estado obrero". En consecuencia, estamos frente a un "estado no-no-burgués". Esta doble negación es mucho más fácil de resolver en la gramática que en la vida real. La doble negación del Estado burgués primero por la revolución proletaria; luego, la negación de ésta por la restauración capitalista no significa que Rusia haya retornado aún al punto de partida, es decir al capitalismo. La burocracia ha destruido al Estado obrero, pero no ha restaurado el capitalismo. El sistema capitalista es mucho más que la propiedad privada. El simple cambio de los títulos jurídicos, con toda la importancia que tiene, es por sí mismo incapaz de crear el conjunto de las relaciones sociales que están adheridas a la propiedad privada capitalista de los medios de producción, o sea, la vigencia de una economía mercantil plenamente desarrollada. El capital es una relación social histórica; los propietarios y los no-propietarios de los medios de producción y los primeros entre sí no solo se relacionan en el mercado sino que son, históricamente o socialmente, su resultado. Las reformas no alcanzan para definir el destino de la transición ni al régimen social como capitalista. Los burócratas se han apropiado de las empresas, pero no han creado un proceso de acumulación, es decir, no son capital invertido; sin inversión no hay reproducción, condición elemental para la estabilidad de cualquier régimen social. Las empresas privatizadas carecen de mercados en el exterior (salvo los grandes pulpos energéticos); Rusia carece de un sistema bancario porque los bancos están quebrados (fugaron los depósitos al exterior); no tiene moneda ni circulación monetaria; las operaciones se realizan en base al trueque; Rusia carece de un sistema legal que reglamente los litigios de propiedad y hasta un sistema de contratos; las empresas no pagan el salario a sus obreros; el estado no paga salarios ni jubilaciones y los empresarios no pagan impuestos ni sus propias deudas. No hay quiebras (aunque todas las empresas están quebradas). "Después de diez años de reformas de mercado, el mercado no es el elemento unificador de la economía rusa: ese papel lo juega la intervención directa de los estados imperialistas" (10). Las últimas informaciones señalan que, mientras los bancos rusos han declarado la imposibilidad de pagar su deuda con los acreedores internacionales, continúan las huelgas obreras. Es todo un dato de la característica de la nueva etapa transitoria de restauración que, en algunas de estas luchas, los obreros nacionalicen las fábricas y las pongan a funcionar bajo su control obrero (11). Todo esto indica que el destino final del régimen social restauracionista ruso todavía no ha sido zanjado. La restauración del capitalismo está plagada de crisis catastróficas, revoluciones y contrarrevoluciones. La etapa contrarrevolucionaria-revolucionaria abierta por la restauración rusa vale también para todos los estados obreros degenerados, es decir en disolución, como China, Europa del Este, Vietnam y Cuba. La clase obrera rusa En su pretensión de acumular cargos contra el trotskismo sin demostrar nada (12), Astarita la emprende contra la clase obrera rusa. Dice, sin que se le mueva un pelo, que "la clase obrera no había defendido la Unión Soviética". Es un hecho reconocido que los obreros de todo el mundo defienden la propiedad estatal, incluso cuando ésta tiene un carácter claramente capitalista. Sin ir muy lejos, en Argentina los telefónicos fueron a la huelga contra la privatización de la ENTel estatal, al igual que los ferroviarios, los aeronáuticos, etc. Lo mismo ha sucedido en toda América Latina y en Europa. ¿Es decir que los únicos obreros de todo el mundo que no habrían defendido la propiedad estatal, que no se habrían opuesto a las privatizaciones, fueron los rusos? Astarita necesita de este recurso para demostrar que los obreros no consideraban a la URSS como propia y que, por lo tanto, no era un estado obrero. Habría que concluir de aquí que la defensa de la ENTel por los telefónicos significa que los obreros consideraban a la telefónica estatal como propia y a la Argentina estatizada como un estado obrero. Detrás del esquema de Astarita, existe algo que sólo puede ser calificado, con el riesgo de quedarse corto, como de una ignorancia extrema. Todas las revueltas obreras en la URSS y en toda Europa oriental desde el levantamiento de Berlín en 1953 a las actuales huelgas mineras de Siberia tuvieron, sin excepción, un contenido social anticapitalista. Los obreros, desde Berlín para acá, se opusieron sistemáticamente a la aplicación de las normas de producción y de confiscaciones propias del capitalismo que pretendía imponerles la burocracia. El mayor ejemplo fue la huelga general polaca de 1980 contra los intentos de Gierek de aplicar los planes dictados por el FMI. La revolución polaca fue detonada por los agentes del FMI. A quienes, como hoy Astarita, niegan el fenómeno de la revolución política y disuelven la crisis (de la URSS) en términos de tecnología, presión o modelos de acumulación, les recordábamos hace ya mucho tiempo que "fueron las luchas tenaces y persistentes de las masas en Polonia, en Hungría, en Checoslovaquia, en Alemania Oriental, las que determinaron la inviabilidad política concreta de los regímenes burocráticos". La burocracia, decíamos, lanzó la política restauracionista "antes que para resolver sus problemas económicos, como una medida de defensa contra la revolución proletaria y como un reclamo de apoyo al imperialismo contra esa revolución" (13). La burocracia, que sobre este punto tenía una percepción mucho más clara que Astarita, se vio obligada a dar cuenta de este problema a la hora de proceder a la privatización de la economía estatal. Por eso recurrió a un mecanismo sui generis: distribuyó gratuitamente entre toda la población rusa un voucher (cupón) que le daba derecho a una porción de la propiedad estatal. Esta privatización fue muy criticada de palabra por el capital mundial, pero fue apoyada en la práctica ante la necesidad de mantener ante los obreros la ficción de que ellos podían mantener el dominio de las fábricas privatizadas. Comenzó luego un proceso demoledor de desorganización económica para obligar a los obreros a desprenderse de los vouchers para poder subsistir. Esto explica también el papel esencialmente financiero y bancario del capitalismo ruso, ya que fueron los bancos, tanto rusos como internacionales, los que concentraron la compra a precios de regalo de esos cupones. El temor de la burocracia a la reacción obrera se explica porque todas las luchas obreras tuvieron el contenido social de la defensa del estado obrero (o de lo que quedaba de él) contra su destrucción por la burocracia. La tesis de Astarita según la cual la clase obrera no defendió a la URSS está refutada por dos décadas y media de levantamientos obreros en el Este, cuando en Occidente se pasaba por un período de mayor estabilidad económica. Ocurre que la corriente de la que proviene Astarita, el morenismo, siempre sostuvo que la revolución política tenía un carácter exclusivamente superestructural, formal, democratizante, es decir, privado de todo contenido social. Astarita, como Moreno, conciben la degeneración del estado obrero como un fenómeno puramente político (ausencia de democracia soviética) y no como una degeneración social (tendencia a la restauración). La revolución política es decir, la regeneración de la dictadura del proletariado es, sin embargo, un fenómeno histórico, político y social, aunque no se planteara modificar el carácter estatal de la propiedad (14). La lucha contra la restauración capitalista no sólo está presente de manera objetiva en las huelgas que hoy recorren a toda Rusia. También lo está en forma subjetiva en la capa más politizada y consciente de la clase obrera. Ya se ha mencionado que, en ciertas regiones rusas, los obreros en huelga nacionalizan las fábricas. Pero hay otras expresiones muy significativas, como las del comité de huelga de la fábrica automotriz de Samara, que a mediados del año pasado emitió un manifiesto en el que denunciaba a la "mafia de comunistas y demócratas" y reclamaba, textualmente, que "todo el poder debe ser transferido a las manos de los comités de huelga revolucionarios, que serán plenamente responsables ante las asambleas obreras". El manifiesto de Samara terminaba así: "Abajo los comunistas y los demócratas. Viva el poder obrero. Viva la revolución" (15). Esta es la clase obrera que, según Astarita, no defendió al Estado obrero. Crisis mundial Cualquier análisis un poco serio muestra que, de la degeneración y la destrucción del estado obrero, Rusia ha pasado sin escalas a la barbarie. ¿Cuál es la razón por la cual la burocracia y el imperialismo no han podido establecer en Rusia relaciones plenamente capitalistas? "La razón de fondo explicábamos hace ya un tiempo es que la producción (rusa) es excedentaria en el mercado mundial, sobresaturado de mercancías () La asimilación de la privatizada industria rusa al mercado mundial y consecuentemente, la plena transformación capitalista de Rusia requeriría un mercado mundial en expansión, capaz de recibir sus mercancías y abrir un curso de desarrollo productivo e industrial. Así se extendió históricamente el capitalismo por el mundo. El carácter destructivo y parasitario que ha asumido la transición rusa obedece, en cambio, a una de las características esenciales de la crisis capitalista, de la cual la propia transición es un componente fundamental: la destrucción de una parte sustancial de la capacidad productiva instalada a nivel mundial" (16). El carácter inconcluso del proceso político y social restauracionista de Rusia se puso abiertamente de manifiesto en ocasión de la cesación de pagos declarada por Yeltsin a mediados del año pasado. Entonces quedó en claro que "el régimen de la oligarquía restauracionista ha llegado a su fin con la bancarrota de sus bancos y el choque abierto con la banca occidental con motivo del congelamiento de la deuda pública y externa. Las alternativas fundamentales son: una restauración capitalista bajo comando extranjero y un gobierno cipayo, o una nueva revolución socialista, lo que exige una maduración excepcionalmente rápida de la clase obrera () En ausencia de una revolución socialista, Rusia puede sufrir una desintegración nacional (que) llevaría a una crisis mundial sin precedentes, ya que se desataría un enfrentamiento político mayor por el reparto de los despojos rusos" (17). Bajo otras condiciones políticas y sociales, vuelven a plantearse, nuevamente, las mismas alternativas fundamentales que ante el colapso de la perestroika y el golpe de agosto de 1991: revolución o contrarrevolución, la restauración capitalista o una nueva revolución social y una revolución política. En última instancia, la crisis mundial es lo que confiere un carácter abierto al destino del restauracionismo y lo que, en consecuencia, define a Rusia como un "estado obrero degenerado en disolución". Notas 1 . Ezequiel Adamovsky, Octubre hoy. Conversaciones sobre la idea comunista a 150 años del Manifiesto y 80 de la Revolución Rusa; Ediciones El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 1998. Todas las citas, a excepción de las que se indican aparte, pertenecen a este libro. 2 . Ver Luis Oviedo, "El carácter social de la Rusia actual"; en En Defensa del Marxismo, N° 18, octubre de 1997. 3. Carlos Marx, Carta a Weydemeyer (5 de marzo de 1852), en Correspondencia, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1973. 4 . Jorge Altamira, "Revolución y contrarrevolución en la URSS", en Prensa Obrera, N° 339, 29 de agosto de 1991. 5 . Jorge Altamira, "Adónde va la ex URSS", en Prensa Obrera, N° 348, 28 de diciembre de 1991. 6 . Un anticipo práctico del planteo de la destrucción del Estado obrero por la burocracia soviética lo formulamos en ocasión del golpe que llevó a Jaruzelsky al poder en Polonia en 1983: "la disolución de hecho del PC y la militarización del Estado, de un lado, y la vinculación de la masa obrera a Solidaridad, del otro, configura una situación muy instructiva para la comprensión del Estado obrero burocrático. Es que aquí no queda duda del carácter no obrero del aparato del estado y su semejanza extraordinaria con las dictaduras militares burguesas. El caso extremo de Polonia revela el carácter no obrero de todos los aparatos del estado de los Estados obreros y su semejanza con las formas totalitarias de dominación fascista () El carácter obrero del Estado (sólo) está dado (aquí) por el carácter del régimen de propiedad estatal, no privado. Un régimen burocrático cuya función no esté ligada al régimen de propiedad estatal no configura un estado obrero" (Prensa Obrera, N° 43, 15 de diciembre de 1983). 7. Idem anterior. 8. Nahuel Moreno desarrolló abusivamente estas ideas en su libro "La dictadura revolucionaria del proletariado". Ver la crítica formulada por Aníbal Romero en En Defensa del Marxismo, nº 13, julio de 1997. 9. No es casual que, en la crítica a las posiciones de Astarita sobre la naturaleza de la URSS, nos veamos obligados a señalar, reiteradamente, el carácter antidialéctico de su pensamiento. Esto porque, como señalara Trotsky en la discusión de mediados de la década del 30 contra los que dentro del trotskismo norteamericano levantaban posiciones similares a las de Astarita, la cuestión de la URSS, por su naturaleza contradictoria, pone a prueba la capacidad dialéctica de los individuos y los partidos. 10. Prensa Obrera, N° 498, 13 de junio de 1996. 11 . Ver Jorge Altamira, "Renacionalizaciones en Rusia", en Prensa Obrera, nº 617, 25 de febrero de 1999. 12 . En este camino, no duda en truchar las citas de Trotsky. Astarita dice que "Trotsky llega a plantear, en La Revolución Tracionada, que El Capital de Marx se había demostrado en la práctica con la planificación soviética" para impugnar la tesis, que falsamente le adjudica a Trotsky, de que "hay cierto impulso pro-socialista en la estatización por sí misma" y "que la estatización y la planificación económica aún burocrática permitía un gran desarrollo en la URSS". Lo que dice textualmente Trotsky es que "el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria, no en las páginas de El Capital sino en una arena económica que constituye la sexta parte del globo". Es decir, que la todavía corta experiencia soviética, en condiciones de guerra civil y de aislamiento internacional, era un anticipo, un adelanto, una entrega a cuenta de las posibilidades de la planificación. Esto es muy distinto a decir que El Capital se materializó en la planificación soviética. Que Trotsky sólo podía plantear la cuestión de esta manera salta a la vista si se lee la idea que escribió inmediatamente a continuación de la que Astarita tergiversa: "Aún en el caso de que la URSS, por culpa de sus dirigentes, sucumbiera a los golpes del exterior, quedaría como prenda de porvenir, el hecho indestructible de que la revolución proletaria fue lo único que permitió a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia" (La Revolución Traicionada, Editorial Crux, La Paz, sin fecha). Por cierto, la dictadura de la burocracia destruyó la planificación, pero responsabilizar por esto a Trotsky el primero en señalar su naturaleza destructora del Estado obrero tiene la misma profundidad que acusar a Lenin por el ascenso del stalinismo. 13 . Jorge Altamira, "La crisis mundial. Informe al V° Congreso del Partido Obrero"; en En Defensa del Marxismo, n° 4, setiembre de 1992. 14. Es claro que Astarita es más que nunca un morenista. Pero no se piense que es un morenista pasado; es un morenista orgánico como lo revela el hecho de que su evolución ideológica corre paralela a la de la propia organización a la que perteneció. Así, Astarita reivindica los planteamientos abiertamente antitrotskistas que formuló el dirigente del Mas Andrés Romero acerca de la naturaleza de los Estados obreros burocratizados (ver la crítica de Archibaldo Mompez, "¿Existió la Revolución de Octubre?", en En Defensa del Marxismo, Nº 17, julio de 1997. Astarita y Romero comparten la tesis de que la URSS no era, desde la década del 30, un estado obrero degenerado; que la burocracia había creado nuevas relaciones sociales y nuevas formas de explotación; y, finalmente, que Trotsky se equivocó porque la estatización de los medios de produción no alcanza para definir el carácter obrero de un Estado. Olvidan que este criterio económico era de Moreno, no de Trotsky. Para éste, la URSS era un estado obrero no simplemente porque la economía estuviera estatizada sino porque esa estatización era el resultado de la expropiación de la burguesía por la revolución proletaria. Esta coincidencia política de fondo entre un declarado crítico de Trotsky (Astarita) y un dirigente del Mas (Romero) es una clara indicación política de que esta vertiente morenista marcha aceleradamente a renegar formalmente del trotskismo (en la práctica ya lo ha hecho hace mucho). 15 . Reproducido en Prensa Obrera, nº 586, 28 de mayo de 1998. 16 . Luis Oviedo, "El carácter social de la Rusia actual"; en En Defensa del Marxismo, n° 18, octubre de 1997. 17 . Jorge Altamira, "Rusia o la bancarrota del capitalismo mundial"; en Prensa Obrera, n° 599, 3 de setiembre de 1998.

1 de marzo de 1999
Lenin y Trotsky como teóricos revolucionarios

1. A pesar de la caída oficial de la Unión Soviética, la Revolución de Octubre que le dio nacimiento aún obsesiona a las clases dirigentes del mundo. Los espectros vistos por Derrida, no sólo los de Marx, sino los de los demás bolcheviques, sobre todo los de sus líderes históricos, Lenin y Trotsky, revolotean sobre sus cabezas. La campaña sin precedentes para destruir toda la herencia espiritual y material de Octubre después de 1991 continúa teniendo como blanco preferido la verdad histórica sobre la Revolución, sus protagonistas y el subsecuente descenso hacia el infierno stalinista. Este último siempre fue utilizado para desacreditar a los primeros. Ahora, tras el irreversible colapso del stalinismo, su bancarrota es utilizada para probar que la revolución socialista no sólo es responsable por la pesadilla stalinista sino que ella pertenece también irrevocablemente al pasado. Un uso especialmente amplio o más bien abuso se hace de la autoridad de las así llamadas "fuentes recientemente disponibles", los materiales ahora descubiertos de los archivos soviéticos y del este europeo, con el fin de distorsionar y oscurecer el rol real y la relación entre los tres personajes líderes del drama histórico Lenin, Trotsky y Stalin. Notorios ejemplos de tales archivos descubiertos son los dudosos trabajos de Volkogonov, Zudopiatov, Bartosek y, al final pero no por ello menos importante, de Pipes. Este último tuvo éxito en condensar en un libro toda la inmundicia anticomunista combinándola con todas las maquinaciones de la escuela stalinista de falsificación, ¡tratando de presentar a Lenin como un monstruo que adora a su amigo Stalin y odia al otro monstruo, Trotsky! Todo esto demuestra indirectamente que el conjunto del asunto, lejos de estar pasado de moda, tiene todavía una ardiente actualidad. Como en el caso de Mark Twain, las noticias sobre la muerte del bolchevismo parecen ser un poco exageradas. Por otra parte, ¿por qué son necesarias renovadas campañas contra Lenin y Trotsky? Deben estar involucrados aquí vitales intereses materiales como para justificar tal ola de nuevos ataques contra la "amenaza bolchevique" supuestamente derrotada para siempre. En realidad, ellos no han terminado aún con Octubre de 1917 y con la amenaza de nuevos Octubres. Los nuevos ataques tienen el carácter de un golpe preventivo. El nuevo caos mundial del período de la posguerra fría, la interacción de las nuevas contradicciones entre un capitalismo declinante en Occidente y un Este donde la restauración capitalista se enfrenta con problemas insolubles, el hecho mismo de la quiebra del control burocrático sobre millones de trabajadores establecido por décadas, recrea no sólo corrientes contrarrevolucionarias maliciosas sino, además, los gérmenes de nuevas revoluciones. La derecha, como es habitual, es mucho más sensible a las potencialidades revolucionarias que muchos en la izquierda, que después de 1989/91 abandonaron el barco aterrorizados, y declararon que toda referencia a la Revolución de Octubre y a las disputas ideológicas vinculadas a ella eran obsoletas, volcándose a alternativas "nuevas y modernas", anticuadas ideas del reformismo senil. Contra todas estas tendencias regresivas, existen ahora las condiciones necesarias y la urgente demanda de una revalidación crítica y una reapropiación creativa de la genuina y aún no superada contribución hecha por Lenin, Trotsky y los bolcheviques a la teoría y práctica de la revolución socialista. Este necesario trabajo, para ser realizado exitosamente, tiene que pasar por encima no sólo de las montañas de distorsiones acumuladas durante las décadas de dominación stalinista en el movimiento obrero internacional sino también sobre la cabeza de las así llamadas ortodoxias construidas dentro de la izquierda anti-stalinista, incluyendo a los trotskistas, bajo el período histórico ahora clausurado. En un ambiente históricamente hostil, muchas de esta posiciones "ortodoxas" resultaron mecanismos de defensa que se convirtieron en formas de adaptación a las tremendas presiones combinadas del imperialismo, de la propaganda anticomunista de la guerra fría y de los apologistas del stalinismo. Tenemos que re-descubrir a Lenin y al genuino leninismo detrás de su caricatura en el "marxismo-leninismo" stalinista y re-descubrir el verdadero legado de Trotsky detrás de las nubes de las sectas trotskistas post-Trotsky. 2. Lenin y Trotsky no representan dos oposiciones irreconciliables, ni antes ni después de 1917, como proclaman mentirosamente los stalinistas, ni un bloque casi monolítico, en el período post-1917, como a muchos trotskistas les hubiese gustado. Aun la idea ampliamente difundida entre los trotskistas, de que entre la Revolución de Febrero y de Octubre tuvo lugar una especie de conversión 50-50 por la cual Lenin repentinamente adhirió a la teoría de la revolución permanente y Trotsky adoptó ciegamente el "viejo concepto bolchevique" del Partido, esto en el mejor de los casos es una supersimplificación, cuando no un mito. Los marxistas revolucionarios no necesitan mitos. Trotsky correctamente calificó de ridículo el intento stalinista de construir un leninismo artificial contrapuesto no solamente al así llamado trotskismo, sino también al marxismo del Marx clásico; según la definición stalinista "el leninismo es el marxismo en la era de la revolución proletaria", mientras que el marxismo de Marx sería… ¡"pre-revolucionario"! Además, el marxismo de Carlos Marx sería "simplemente revolucionario" mientras que el marxismo de Lenin sería "excepcionalmente revolucionario", etcétera. Los trotskistas no deberían repetir similares estupideces en relación a Trotsky, construyendo un edificio artificial de fórmulas fijas cubiertas por el nombre histórico de "trotskismo". El rol y la contribución de Lenin y Trotsky no forman dos cuerpos compactos de posiciones estáticas a ser comparadas punto por punto para descubrir si son compatibles o incompatibles, convergentes o divergentes, o incluso intercambiables, como en la hipótesis del 50-50 de mutua conversión. El pensamiento de Lenin y Trotsky debe ser comprendido como un producto, en el más alto y más contradictorio nivel, el del aspecto subjetivo del propio desarrollo de la Revolución Rusa, acto inicial de la revolución mundial en la época de transición entre el capitalismo decadente y el comunismo mundial. Hay que tener presente lo que dijo Marx en la Ideología alemana, la fuerza motriz de la historia no está en la crítica entre dos diferentes posiciones subjetivas o líderes individuales sino en la revolución. "La Historia no es un proceso automático", escribió Trotsky en 1940, "si no ¿por qué líderes? ¿por qué partidos? ¿por qué programas? ¿por qué luchas teóricas? (1). La revolución es un proceso histórico objetivo que surge de la lógica de las contradicciones sociales. Es a través de formas ideológicas, modeladas por incesantes batallas teórico-políticas, que la clase en ascenso se vuelve "consciente de estas contradicciones y lucha a fondo por ellas" (2). O como Trotsky escribió otra vez, "la lógica de la lucha de clases no nos exime de la necesidad de usar nuestra propia lógica. Quienquiera sea incapaz de incluir iniciativa, talento, energía y heroísmo a la estructura de la necesidad histórica no asimiló el secreto filosófico del marxismo" (3). Lenin y Trotsky no pueden ser separados de las especiales condiciones de la Rusia zarista de fines del siglo XIX, comienzos del siglo XX, ni tampoco reducidos a ellas. Ellos corporizan un largo desarrollo histórico cultural tanto ruso como europeo y en el caso de Trotsky, a pesar del hecho de que él no quiso reconocerlo, también la herencia judía, que el propio gran revolucionario describió en una singular carta a Jack y Sara Weber, fechada el 4 de febrero de 1938, como "el espíritu mesiánico del proletariado judío" (4). La Revolución desarrolla su propia conciencia a través de luchas, de su interacción e interpenetración, en el seno de su vanguardia, en cada etapa decisiva del proceso histórico. La dialéctica específica de la Revolución Rusa se reflejaba hacia su interior a través del enfrentamiento de las corrientes ideológicas del populismo ruso y el marxismo. Las principales cuestiones disputadas entre ellos, particularmente entre mencheviques y bolcheviques y más adelante entre Lenin y Trotsky en el período previo a 1917, están articuladas con los puntos nodales de la dialéctica de la revolución. a) ¿Cuál es el propósito de la Revolución, su naturaleza objetiva, sus tareas objetivas? b) ¿Quién es el sujeto(s) de la Revolución, la fuerza de clase dirigente? c) ¿Cómo lo subjetivo surge de lo objetivo, es decir, cómo emerge la subjetividad revolucionaria, cuál es el proceso de su génesis y formación, en otras palabras, cuál es la relación entre la clase y su vanguardia organizada en un partido revolucionario? 3. Una presentación muy concisa de la esencia de las luchas teóricas en relación a la primera y la segunda cuestiones puede ser encontrada en la obra de Trotsky, Tres concepciones sobre la Revolución Rusa, escrita en agosto de 1939 como un capítulo de su libro sobre Lenin que nunca completó (5). Sobre la base de este denso texto, podemos describir brevemente cómo la dialéctica del propio desarrollo de la Revolución Rusa se reflejaba en el desarrollo de una teoría dialéctica de la revolución. Las peculiaridades históricas de la sociedad rusa se reflejaban, y al mismo tiempo se distorsionaban, absolutizando un aspecto, en las ilusiones mesiánicos eslavófilas, desarrolladas en amplitud por los narodnikis (populistas). El marxismo de Plejanov rechazó formalmente el particularismo narodniki pero absolutizando el camino histórico seguido por el capitalismo occidental e identificándolo mecánicamente con la senda que iba a seguir Rusia. Adhiriendo a esta concepción, los mencheviques veían a la Revolución Rusa como una mera repetición de las revoluciones burguesas de Europa Occidental, concebible sólo bajo la dirección de la burguesía liberal y conduciendo al establecimiento de su poder. Como escribió Trotsky en 1905, "las contradicciones del menchevismo son un espejo caricaturezco de la historia imagen de las contradicciones que ha fijado a nuestro país una inmensa tarea revolucionaria, pero que primero barrió a la democracia burguesa como fuerza política y económica en todas partes del mundo con la escoba de hierro de la gran industria" (6). La perspectiva de Lenin de una "dictadura democrática del proletariado y el campesinado" es una negación del marxismo osificado de Plejanov (y de la Segunda lnternacional). La trasnochada burguesía rusa, enfatizaba Lenin, es incapaz de conducir su propia revolución hasta el final. El rol de sujeto de la revolución es transferido al proletariado y al campesinado. Su fórmula de dictadura democrático burguesa purgará al país del medievalismo", desarrollará rápidamente al capitalismo ruso fortaleciendo la posición del proletariado y abriendo amplias posibilidades para la lucha por el socialismo. Le daría un poderoso impulso a la revolución socialista en Occidente, lo que prevendrá una restauración contrarrevolucionaria, y permitirá, además, al proletariado ruso conquistar el poder en un corto intervalo histórico. La perspectiva de la Revolución Permanente, desarrollada por Trotsky durante la Revolución de 1905, tenía en común con la fórmula de Lenin el rechazo a la perspectiva liberal-menchevique, pero se le oponía resueltamente en la cuestión del carácter social y de las tareas de la dictadura que debía surgir de la revolución. Según Trotsky, no hay dos sujetos políticos independientes de la revolución, el proletariado y el campesinado, con el segundo poniendo límites a la actividad revolucionaria autónoma del primero. La victoria de la revolución democrática en Rusia sólo era concebible bajo la forma de una dictadura del proletariado apoyada en el campesinado. El proletariado una vez en el poder no podrá limitarse a las tareas democráticas sino que, por la lógica de su posición, estará obligado a introducir medidas socialistas, brindando el impulso a la revolución socialista mundial, cuya victoria es la única garantía para la victoria completa del socialismo. La teoría de Trotsky era la real negación de la negación. Negaba tanto el particularismo absolutizado de los narodniki como el universalismo formal del marxismo de Plejanov que Lenin, en ese período, sólo negaba en forma incompleta e inadecuada. Mediante esta negación de la negación, fue establecida la real dialéctica entre lo universal y lo particular, entre las condiciones históricas mundiales y las particularidades rusas. Como dijo Trotsky, la teoría de la revolución permanente, "más completamente que ninguna otra, reflejaba la primera revolución proletaria de la historia y al mismo tiempo revelaba claramente su carácter incompleto, limitado y parcial. Esto, por repulsión, originó la teoría del socialismo en un solo país, el dogma básico del stalinismo" (7). 4. Las diferencias sobre estrategia y perspectiva fueron el principal factor que separó a Trotsky de Lenin en el período pre-1917. Las diferencias sobre la cuestión del Partido estaban interconectadas con las primeras, pero eran derivadas. Trotsky veía a las perspectivas menchevique y (vieja) bolchevique como la versión de derecha y de izquierda de la misma teoría de las "dos etapas" de la revolución, la concepción "ortodoxa" del evolucionismo de la Segunda Internacional. La teoría de la revolución permanente era (y aún sigue siendo) la ruptura más decisiva con el pseudo-marxismo mecánico de la Segunda Internacional. Trotsky consideraba que ni los mencheviques ni los bolcheviques rompían con la estrategia evolucionista en "dos etapas" del marxismo oficial; sus luchas y divisiones faccionales sobre "cuestiones organizativas" aparentemente eran destructivas para el partido del proletariado. Las disputas organizativas debían subordinarse a las consideraciones estratégicas. Pensaba que en un partido unido tanto la perspectiva menchevique como la bolchevique podían ser derrotadas y, bajo la presión de la autonomía política de las masas proletarias, la perspectiva de la Revolución Permanente podría ser aceptada por el partido en su conjunto. La idea era completamente errada. Llevó a Trotsky a una posición de conciliacionismo centrista en el conflicto entre bolchevismo y menchevismo. El bolchevismo bajo Lenin, a pesar de su perspectiva incompleta y errores de estrategia, tuvo un mérito incomparable, vital para la perspectiva de la revolución. Como destaca correctamente Marcel Liebman, Lenin y los bolcheviques estaban "total y básicamente orientados hacia la revolución, lo que significa hacia la toma del poder a través de una insurrección armada. Esto es lo que le da al trabajo y a la carrera de Lenin una coherencia y unidad de la que carecen sus oponentes. Esto es lo que determinó crecientemente, en la medida en que sus respectivas preferencias se hicieron claras, la diferencia entre bolchevismo y menchevismo (…) el leninismo (…) por su doble oposición al liberalismo burgués y al reformismo socialista, acentuó la ruptura entre el mundo de la burguesía y del proletariado, en un período en el que la socialdemocracia estaba tejiendo lazos aún más fuertes entre ambos" (8). A pesar de su heterodoxia revolucionaria ante el evolucionismo y creciente reformismo de la Segunda Internacional, el conciliacionismo de Trotsky borró la línea divisoria entre la orientación revolucionaria y reformista y, objetivamente, se convirtió en un gran obstáculo no sólo para un reacercamiento con Lenin sino, por sobre todo, para la implementación de su propia estrategia de la Revolución Permanente. Lenin mismo no era tan rígidamente dogmático sobre cuestiones de estrategia como lo tratan de mostrar los stalinistas. En un artículo de setiembre de 1905, por ejemplo, escribió: "Desde la revolución democrática, en la medida de nuestras fuerzas, la fuerza de la clase proletaria conciente y organizada, comienza a pasar al mismo tiempo hacia la revolución socialista. Estamos por la revolución ininterrumpida. No nos detendremos a mitad de camino" (9). En el mismo período de la Revolución de 1905, Lenin, que ahora habla sobre la "revolución ininterrumpida" (un término también utilizado por Trotsky en su folleto Resultados y Perspectivas de 1906) se vuelve hacia los Soviets organizados espontáneamente contra la resistencia de algunos "viejos" bolcheviques y expresa sobre cuestiones de organización partidaria mucha más flexibilidad que sus posiciones previas. En realidad, no fue la oposición absoluta en relación a la cuestión "espontaneidad versus partido" lo que separó a Lenin de Trotsky; el problema central fue el "conciliacionismo" de Trotsky y no una inexistente "capitulación ante la espontaneidad". 5. Un nuevo y cuidadoso estudio del folleto de Trotsky, Nuestras tareas políticas, de 1904, puede demostrar fácilmente que no se trataba de una especie de "manifiesto menchevique" contra el ¿Qué hacer? de Lenin tal como fue presentado posteriormente, tanto por los epígonos de Lenin como de Trotsky, por los stalinistas o por los que quieren contraponer el "espontaneísmo democrático" del joven Trotsky contra el "blanquista dictatorial" Lenin y el propio Trotsky post-1917. No hay duda de que este folleto juvenil está lleno de exasperaciones polémicas y confusiones bastante normales para un todavía inmaduro pero excepcionalmente dotado joven revolucionario; al mismo tiempo está lleno de ideas brillantes, perspicaces y fructíferas que no han perdido su pertinencia hasta hoy. Trotsky se opone a Lenin y está aún sentimentalmente unido a la "vieja guardia", incluido el menchevique Axelrod, a quien le dedica el folleto. Pero esta oposición a Lenin no es una justificación para capitular ante el economicismo y la espontaneidad. Por el contrario, Trotsky critica cada forma de esos seguidismos, incluyendo a los "economicistas", el blanco del ¿Qué hacer?. Al mismo tiempo, Trotsky se vuelve contra lo que denomina "la antítesis formal de los economicistas", el "sustituismo", y formula algunas bien conocidas críticas, infortunadamente justificadas, sobre el peligro emergente del sustituismo político de la clase por el partido, del Partido por el Comité Central y del Comité Central por el secretario general. La cuestión central en el ¿Qué hacer? de Lenin no es sobre la mejor determinación de las normas organizativas sino sobre la conciencia socialista: la emancipación ideológica de la clase obrera. La conciencia de la clase obrera no puede desarrollarse espontáneamente más allá de los límites de la ideología burguesa, encerrada en la alienante relación inmediata entre obreros y patrones. En una conocida cita, Lenin enfatiza que "la consciencia política de clase sólo puede ser introducida a los trabajadores desde afuera". A continuación, explica el sentido de este "desde afuera" que provocó tantas polémicas: "Es sólo desde fuera de la lucha económica, desde fuera de la esfera de las relaciones entre obreros y patrones; la única esfera desde la cual es posible obtener este conocimiento es la de las relaciones entre todas las clases y capas sociales con el estado y el gobierno, la esfera de la interrelación entre todas las clases" (10). Trotsky reconoce también la necesidad de ir más allá de las relaciones directamente fabriles para encontrar las fuerzas motrices que impulsan al proletariado hacia la práctica revolucionaria: "Sin miedo de traicionar mi sicología intelectual burguesa, afirmo en primer lugar que las condiciones que impulsan al proletariado a la lucha concertada y colectiva, no serán encontradas en la fábrica sino en las condiciones sociales generales de su existencia" (11). Este punto de vista es obviamente opuesto a la visión economicista-espontaneísta. Criticando al mismo tiempo también al "sustituismo político", Trotsky presenta su propia posición: "El marxismo enseña que los intereses del proletariado están determinados por las condiciones objetivas de su existencia. Estos intereses son tan poderosos y tan ineludibles, que finalmente obligan al proletariado a introducirse en el dominio de su conciencia; es decir, logran convertir sus intereses objetivos en preocupaciones subjetivas. Entre estos dos factores el hecho objetivo de sus intereses de clase y su conciencia subjetiva se extiende el dominio inherente a la vida, el de los golpes y porrazos, errores y desilusiones, vicisitudes y derrotas. Las previsiones tácticas del partido del proletariado están ubicadas enteramente entre estos dos factores y consisten en acortar y facilitar el camino desde uno al otro" (12). Lejos de capitular ante la espontaneidad, Trotsky acusa tanto a los espontaneístas-economicistas como a los centralistas-sustituistas como diferentes formas de parte del partido de intentar "trampear la historia" en condiciones de "una débil cultura política del proletariado", es decir, de considerable distancia entre el factor objetivo y el subjetivo (13). El rol del Partido, según el joven Trotsky, es ser el acelerador y mediador en el camino que lleva desde lo objetivo a lo subjetivo. Lo que, sin embargo, Trotsky no menciona y que Lenin señala agudamente, es que esa transición es una quiebra de lo gradual, un salto dialéctico, que necesita en cada punto de la transición del rol activo de la vanguardia revolucionaria para quebrar todos los lazos que espontánea y/o conscientemente son tejidos continuamente entre la clase, incluida en primer lugar la propia vanguardia, y la sociedad burguesa. Posteriormente, Trotsky renunció al folleto de 1904 aceptando que en la controversia entre Lenin, Luxemburgo y él mismo, Lenin tenía razón. Esta retractación estaba determinada, parcialmente, como una defensa de las condiciones extremadamente difíciles de su lucha contra el stalinismo y sus vulgares polémicas centradas en el "no bolchevismo" de Trotsky. Aparte de esta autodefensa y de la genuina aceptación por Trotsky de la corrección de Lenin en la controversia, muchas ideas valiosas de Nuestras tareas políticas pueden ser encontradas nuevamente en los escritos de Trotsky en el período post-1917. Un ejemplo es su brillante exposición en 1904 sobre la cuestión crucial de la relación entre teoría y práctica: la teoría, dice Trotsky, no está ligada a las necesidades inmediatas de las restringidas prácticas corrientes sino que está basada en la experiencia y en la práctica histórica colectiva de la humanidad en su conjunto; por esta razón es capaz de trascender su entorno histórico contemporáneo, desarrollar las potencialidades (el nocht nich sein, todavía no ser de Aristóteles y Ernest Bloch) y anticipar el futuro. El mismo análisis fue desarrollado por Trotsky, en 1929, en su texto sobre las Tendencias filosóficas del burocratismo (14), durante un viraje decisivo de la lucha de la Oposición de Izquierda soviética contra la burocracia stalinista. La degeneración burocrática del partido bolchevique impulsó a Trotsky a pensar nuevamente toda la cuestión de la relación entre el Partido y la clase. Desarrolló indudablemente algunas de sus ideas previas y profundizó más adelante el conjunto de las investigaciones marxistas sobre esta cuestión vital. Sus escritos sobre Alemania contra el ultimatismo stalinista del "Tercer Período", demuestran una profunda comprensión del rol del partido como un mediador entre los intereses objetivos de la clase y su conciencia subjetiva: "La identidad, en principio, de los intereses del proletariado y de las aspiraciones del Partido Comunista no significa ni que el proletariado en su conjunto es, ni siquiera hoy, consciente de sus intereses de clase, ni que el partido en todas las condiciones los formula correctamente. La gran necesidad del partido se origina en el hecho de que el proletariado no nace con una comprensión innata de sus intereses históricos. La tarea del partido consiste en aprender, a partir de la experiencia derivada de la lucha, cómo demostrarle al proletariado su derecho al liderazgo" (15). El desarrollo del factor subjetivo sobre la base del factor objetivo por parte del partido revolucionario, el cual "está acortando y facilitando el camino" de esta transición, está presente centralmente en todas las discusiones entre Trotsky y sus camaradas en la década del 30, en la preparación, precisamente, de un Programa de Transición como documento fundacional de la Cuarta Internacional. Resumiendo este punto: está claro que Trotsky no aceptó simplemente en 1917 una formulación estática de las viejas normas bolcheviques de organización. La explosión de la guerra mundial y de la propia revolución hizo añicos sus ilusiones conciliadoras exponiendo al social chovinismo y el carácter contrarrevolucionario del reformismo social-demócrata, incluido el menchevismo. El único camino por delante para Trotsky, y por sobre todo para la revolución, era fusionarse con el irreconciliable bolchevismo, que estaba a su vez, revolucionado internamente por la intervención de Lenin. 6. Lenin no aceptó automáticamente, en 1917, el acierto de las perspectivas de la Revolución Permanente de Trotsky. La guerra y el colapso político de la Segunda Internacional obligaron a Lenin a realizar una nueva y decisiva vuelta hacia la Ciencia de la Lógica de Hegel y otros trabajos sobre dialéctica, en 1914/15. Fue sobre esta base que tuvo lugar una ruptura completa con el "marxismo ortodoxo" de la Segunda Internacional. La renovación filosófico-metodológica fue el prerrequisito para una reorientación estratégica bajo la realidad de una nueva época histórica. El trabajo de Lenin sobre el Imperialismo y la naturaleza de la época de decadencia capitalista (La etapa superior y última del capitalismo), su aceptación de la Revolución Permanente en las Tesis de Abril, su libertario El Estado y la Revolución, nacieron de este giro post-1914 hacia la dialéctica. Rompiendo con la Segunda Internacional en el nivel más fundamental los fundamentos filosóficos del marxismo, Lenin sostuvo una lucha internacional consistente e internacionalista para transformar la guerra imperialista mundial en una revolución socialista mundial. Mediante esta preparación intensiva, el fundador del bolchevismo estuvo en condiciones, en 1917, a través de una amarga lucha partidaria interna con los propios "viejos bolcheviques", de modificar la orientación estratégica del partido y el conjunto de los objetivos del bolchevismo. Es importante hacer notar que durante la discusión de la fusión entre los Mezhrayontsi (la agrupación interdistrital de Trotsky, Joffe y Riazanov) y los bolcheviques, en mayo de 1917, Trotsky insistía en que el "bolchevismo tiene que ser internacionalizado", para sobreponerse a su carácter rusocéntrico. No fue el "viejo" sino el renovado bolchevismo internacionalizado, basado en la teoría de la Revolución Permanente, el que condujo a la toma del poder por los soviets en octubre de 1917. En este contexto, como dijo Lenin, "después de 1917, no había mejor bolchevique que Trotsky", el organizador de la victoria de Octubre y del primer Ejército Rojo de la historia. 7. El bolchevismo victorioso había unido, desde un comienzo, sus perspectivas y expectativas, el destino mismo del primer estado obrero y de la construcción socialista, a la revolución mundial, en primer lugar a su extensión a Alemania y los países capitalistas avanzados de Europa Occidental. La derrota de la revolución mundial en Europa y Asia aislaron a la Unión Soviética, una nación vasta que se inició como un país atrasado semiasiático con un bajo nivel de sus fuerzas productivas. La degeneración burocrática y el stalinismo fueron los productos de este aplazamiento de la revolución en Occidente. Para consolidar su propia posición, el nuevo y privilegiado grupo social, tenía que desconectar, en primer lugar, a la Unión Soviética de la revolución mundial. Por esta razón, sostuvo una guerra contra la Revolución Permanente las bases de Octubre y contra Trotsky, en nombre del socialismo en un solo país, el dogma básico del stalinismo y la más radical revisión del marxismo. La lucha contra el stalinismo y la burocracia tenía que comenzar y efectivamente comenzó sobre las bases del propio bolchevismo, desde el ala izquierda del partido bolchevique contra los termidorianos disfrazados de "viejos bolcheviques". Esto no es sólo un punto históricamente indiscutible. Tiene vastas implicancias políticas. Todos los que en la izquierda se oponen al stalinismo y buscan una alternativa a él, terminan igualando al stalinismo y el bolchevismo, en la medida en que ignoran los orígenes bolcheviques de la primera resistencia heroica al stalinismo, arribando al pantano del liberalismo, la social democracia y el anticomunismo. La oposición bolchevique al stalinismo, dirigida por Trotsky, fue la expresión subjetiva de las necesidades objetivas de la Revolución de Octubre en su prolongado y trágico aislamiento. El aislamiento derrotó a la Oposición. Algunas décadas más tarde, condujo a la implosión de la URSS. 8. Como hizo Lenin en 1914, tras el colapso de la Segunda Internacional, con su giro hacia la dialéctica, Trotsky también lo hizo en 1933 tras la bancarrota del Comintern stalinista que probó ser incapaz totalmente para prevenir la victoria del nazismo e inclusive de extraer las necesarias lecciones de los desastrosos errores de la política del "Tercer Período". Acudió a un nuevo estudio de la Ciencia de la Lógica de Hegel. Una cuidadosa lectura de sus cuadernos de 1933/35 puede fácilmente demostrar la interconexión entre sus estudios de dialéctica y sus principales obras del mismo período, especialmente las relacionadas con la naturaleza de clase de la Unión Soviética. Los cuadernos de 1933/35 están centrados en las primeras secciones de la gran Lógica, sobre calidad y cantidad. La ley de su interrelación y transformación de una en otra es, según Trotsky, la ley fundamental de la dialéctica. Investiga, mediante esta ley, no sólo la degeneración stalinista sino, por sobre todo, la trayectoria de una teoría de la revolución contra lo que Trotsky llamaba "la visión gradualista liberal del progreso", el evolucionismo del reformismo. En esta cuestión, Trotsky se acercó mucho al concepto de la historia de Walter Benjamin. No es por casualidad que en Bolchevismo y stalinismo, Trotsky acusa al "subjetivismo policial" stalinista y al rechazo de la teoría como un "descenso al nivel teórico de la Segunda Internacional". En sus cuadernos, Trotsky incorporó material para una reevaluación de la vida y obra de Lenin y apreciaciones sobre desarrollos en ciencias naturales, biología darwiniana y el psicoanálisis de Freud. Las condiciones extremadamente difíciles del exilio y la persecusión impidieron que Trotsky hiciera un estudio completo y sistemático de Hegel, como hizo Lenin en sus propios Cuadernos Filosóficos. Parafraseando a Lenin, Trotsky no nos dejó con una Lógica con mayúscula ni siquiera con unos Cuadernos Filosóficos como dejó nos Lenin, pero dejó la valiosa lógica dialéctica de la Revolución Permanente, de sus principales trabajos históricos y de la Revolución Traicionada. La más profunda filosofía de la historia adquiere aquí cuerpo y nervios, carne y sangre, y la Historia misma se nos presenta autorevelada. La filosofía de la historia de Trotsky está centrada en la dialéctica de la Revolución como una dialéctica de lo objetivo y lo subjetivo, de lo inconsciente y lo consciente. Está resumida en esta grandiosa cita de Mi Vida: "El marxismo se considera a sí mismo la expresión conciente de un proceso histórico inconsciente (…) un proceso que coincide con su expresión conciente sólo en sus puntos más altos, cuando las masas con su fuerza elemental destrozan las puertas de la rutina social y dan expresión victoriosa a las más profundas necesidades del desarrollo histórico. En estas circunstancias, la más alta conciencia teórica de una época se funde con la acción inmediata de las masas oprimidas más postergadas que son las que están más alejadas de la teoría. La unión creativa de lo consciente y lo inconsciente es lo que habitualmente llamamos inspiración. La Revolución es la inspiración violenta de la historia". 9. El punto de partida del bolchevismo de Lenin y Trotsky es nuestra época, una época de declinación capitalista y de una transición dolorosa, llena de espasmos violentos y zigzags. La transición es tan difícil, prolongada, está llena de tragedias, debido a su alcance sin precedentes: involucra no sólo una transición de un viejo a un nuevo modo de producción, como en las transiciones anteriores, sino, además, una transición de una sociedad de clases a una sociedad sin clases, la negación de toda la historia previa, o mejor dicho "prehistoria", para usar la clásica expresión de Marx. En un ensayo escrito en 1908, Trotsky llamó a nuestra época, nashe otiestsesva va vremeni "nuestra patria actual o inmediata", cuyo territorio es el mundo en su conjunto. Esta formulación fue repetida en su autobiografía y en otras partes. El insistía que el deber de un revolucionario es ser leal a su patria en este tiempo histórico. La lucha por la teoría marxista y la práctica de la revolución tiene un eje en la lucha por esta "conciencia teórica más alta de la época" mencionó arriba. En Bolchevismo y stalinismo, Trotsky resume la contribución bolchevique a la teoría como sigue: "Trajo una invalorable contribución al marxismo en sus análisis de la época imperialista como una época de guerras y revoluciones; de la democracia burguesa en la era del capitalismo en decadencia; de la correlación entre la huelga general y la insurrección; del rol del partido, del soviet y de los sindicatos en el período de la revolución proletaria; en su teoría del Estado soviético, de la economía de transición, del fascismo y el bonapartismo en la época de la declinación capitalista; finalmente en sus análisis de la degeneración del propio Partido Bolchevique y del Estado Soviético". Está claro que el énfasis principal está en la época. Para ser más precisos, todos estos puntos que Trotsky enumera como contribuciones teóricas no fueron completadas. En muchos aspectos, quedaron en una temprana etapa de elaboración. La demora de la revolución mundial, el aislamiento y el stalinismo dejaron el proyecto bolchevique inacabado. Para trasladarnos a una nueva etapa de la revolución mundial, no podemos ni repetir mecánicamente ni ignorar y pasar de largo al bolchevismo de Lenin y Trotsky y a la Revolución de Octubre. Si en 1917 la cuestión clave era internacionalizar al bolchevismo, hoy en día es radicalizar al bolchevismo internacionalizado, es decir, profundizar sus raíces en nuestra época, para desarrollar su proyecto, para llevar su lucha hasta sus conclusiones más extremas. En otras palabras: ser fieles a nuestra patria inmediata, nuestra trágica, tremenda y magnífica época de la revolución mundial. Atenas 29/30 de enero de 1997

1 de marzo de 1999
Comunicado de la reunión en Presidente Prudente
Varias firmas

El 14 y 15 de diciembre se reunieron en Presidente Prudente (Estado de San Pablo, Brasil), representantes y militantes de organizaciones, movimientos sociales y partidos de Brasil, de Argentina, de Uruguay y de Bolivia para discutir la crisis mundial del capitalismo y sus consecuencias para el movimiento de los trabajadores. Los debates forman parte de una lucha mundial por la construcción de una Internacional de los Trabajadores. Teniendo en vista la convocatoria a una Conferencia Internacional a realizarse en Grecia, en el próximo mes de marzo, con ese mismo objetivo, los participantes, constatando su voluntad común de empeñarse en esa lucha, decidieron convocar a una reunión previa a aquella Conferencia, proponiendo que sea realizada en San Pablo, en los días 3, 4 y 5 de febrero de 1999. Invitamos a todos los que se identifican con la lucha internacional de los trabajadores, a participar y hacer llegar sus contribuciones con anticipación. Participaron de la reunión: Osvaldo Coggiola, Marcelo Buzzetto, Carolina Tomas, Antonio Macario de Moura, Alice Havranek, Carlos César de Almendra, Silvio Franciscatto, Celso Antunes, Niura Oliveira, Pablo Rieznik, Luis Oviedo, Amparo Morales, José Menezes Gomes, Ana Lucia Gomez Muniz, Gilmar Mauro, Gustavo Paez, Duilio de Souza, Denis Rodriguez, Ania Cavalcante, Valter Pomar, Luis B. Pericás, José Rainha

1 de marzo de 1999
Comunicado del seminario en Brasil sobre la Historia del Internacionalismo Obrero
Varias firmas

Dando cumplimiento a la decisión adoptada en diciembre último, representantes y militantes de organizaciones, movimientos sociales y partidos de la Argentina, Brasil y Uruguay, nos reunimos nuevamente en Presidente Prudente, Sao Paulo/Brasil, los días 5 y 6 de febrero, para avanzar en el debate sobre la crisis mundial del mundo capitalista, las consecuencias y las lecciones que corresponden al movimiento de los trabajadores. Fue realizado un Seminario sobre el internacionalismo obrero y la historia de las Internacionales, como parte de la lucha de la cual nos sentimos partícipes por la construcción de una organización internacional de los trabajadores. Como conclusiones significativas, resultantes de los debates, señalamos lo siguiente: -La necesidad de reivindicar la vigencia histórica de la revolución socialista, del internacionalismo proletario y la afirmación del gobierno de los trabajadores como única alternativa al Estado Capitalista y sus instituciones. -Trabajar para difundir y concretar un encuentro de obreros y campesinos del Mercosur para buscar la unidad política ante la crisis generalizada del capital que alcanza a todos los países de América Latina. -Finalmente, queremos saludar la realización de la Conferencia Internacional a realizarse en Grecia el 1º de marzo próximo, cuyos resultados serán evaluados en una próxima reunión. Presidente Prudente, 6 de febrero de 1999 Pablo Rieznik Partido Obrero/Argentina; Antonio Bundai Partido de los Trabajadores/Uruguay; José Caetano da Silva Partido dos Trabalhadores/Brasil; Paulo Barsotti Núcleo de Emancipação do Trabalho NET Brasil; Viviani Aparecida Zornetta (NET); Regiane Zorzetta (NET); Carlos César Almedra (NET); Antonio Macário (NET)- Comitê de Desempregado/São Paulo/Brasil; Celso Antunes MST/São Paulo/Brasil; Ronivaldo Barbosa MST/São Paulo/Brasil; Niura Camara Antunes MST/São Paulo/Brasil; Ronivon Matos Movimento de Luta pelo Emprego São Paulo/Brasil; Ranah Manezenco Associação dos Professores Universitários de Viçosa ASPUV / Associação Nacional dos Docentes do Ensino Superior ANDES/MG Brasil; Girlene Alves da Silva Militante do Movimento de Docentes Universidade Federal de Juiz de Fora/MG/Brasil; Ania Cavalcante Faculdade de História USP/São Paulo/Brasil; Larissa Raele Cestari Faculdade de História USP/São Paulo/Brasil; Hilton Ferreira Teatro Amador São Paulo/Brasil

1 de marzo de 1999
«La Reforma Agraria es parte de la lucha de clases general»
Corresponsal

Entrevista a Gilmar Mauro, dirigente de los «Sin Tierra» de Brasil En diciembre de 1988,se realizó en Presidente Prudente, en el interior del estado de Sao Paulo, una reunión internacional para debatir las perspectivas de la crisis mundial y la necesidad de una organización obrera internacional (ver Comunicado en esta edición de Prensa Obrera). Al término de este reunión, En Defensa del Marxismo entrevistó a Gilmar Mauro, uno de los principales dirigentes del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) del Brasil para conocer, en sus propias palabras, las perspectivas del movimiento de lucha de los campesinos brasileños. P: ¿Cuál es la situación actual del MST, qué problemas enfrenta y cómo se propone resolverlos? R: En los últimos años, el MST creció bastante; logramos salir de la lucha corporativa, reivindicativa, en el campo, para movernos a las ciudades. Con eso obtuvimos mucho apoyo y solidaridad. Estamos en una fase de transformar la lucha por la tierra en una lucha de toda la sociedad. La lucha por la tierra es una lucha reivindicativa concreta; ha sido el sueño de muchos campesinos por mucho tiempo. Pero por otro lado, la realización de la reforma agraria en Brasil forma parte de una lucha de clases general. Creo que evolucionamos en esta perspectiva y los desafíos que nos impone la coyuntura son muchos. Uno de ellos es, efectivamente, transformar el apoyo que hemos recibido en una acción concreta, de actores del proceso de la lucha de clases y por la reforma agraria. Vemos una perspectiva un poco complicada para el año 1999. La reelección de Cardoso y la elección del MST como uno de los enemigos principales del gobierno es una responsabilidad muy grande. Creo que va a haber un proceso de represión contra el MST, va a haber intentos de incriminarlo, en la perspectiva de aislarnos de la sociedad y con eso plantear la intervención, incluso militar, contra nuestro movimiento. Entonces, es una coyuntura muy difícil que vamos a tener que enfrentar con una mayor participación de otros sectores sociales y con mucho trabajo de bases y lucha de masas. Creo que eso es lo principal. Masificar las ocupaciones de tierra y enfrentar al gobierno y a su política con la lucha de masas y abrir la perspectiva de que otros sectores se sumen a esa lucha. Así lograremos apoyo para la reforma agraria y romper el corporativismo de las organizaciones para enfrentar la política del gobierno. P: ¿Cuál es el nivel actual de extensión del movimiento? R: Nunca nos preocupamos por saber los números o tener afiliaciones porque pensamos que lo más importante es tener la base organizada. Hoy tenemos en Brasil 300.000 familias que ya conquistaron su tierra a través de la lucha y las ocupaciones. Si dijera que esas 300.000 familias están organizadas en el MST, mentiría. Quizás la mitad de ellos estén organizados. Otra parte, eventualmente, participa en alguna de las movilizaciones políticas. Hoy tenemos alrededor de 70.000 familias acampadas, en ocupaciones de tierras y al borde de las rutas y tenemos en las ciudades una base organizada dispuesta a nuevas ocupaciones, que es imposible de precisar en este momento. Esta es la extensión del movimiento desde el punto de vista corporativo de la organización, pero creo que lo más importante es que logramos tener una cierta influencia en sectores que, pese a que no están en ningún campamento, desarrollan una actividad con nosotros. Aunque no hablaría de esto con la prensa burguesa, tenemos la perspectiva de organizar el movimiento urbano de lucha por la vivienda. No queremos reinventar la rueda sino buscar la unidad de los distintos movimientos existentes y desarrollar en las ciudades un gran MST, con otro nombre claro, que también pueda hacer el enfrentamiento político al gobierno. En la década del 60, el Che decía que si podíamos crear dos, tres Vietnams, le provocaríamos muchos problemas al imperialismo. Nosotros vemos al MST como un pequeño Vietnam dentro de Brasil para enfrentar a la elite brasileña y al imperialismo, con la perspectiva de alterar la correlación de fuerzas con vistas a obtener nuestros objetivos mayores. P: Ustedes plantean la lucha por la reforma agraria como una lucha contra el capital terrateniente y su monopolio de la tierra. ¿En esta medida, la plantean como una lucha unida de los trabajadores de la ciudad y del campo contra el capitalismo? R: Vemos las cosas de otra manera. La lucha por la reforma agraria nos ha traído muchas enseñanzas. La primera es que no existe espacio para una lucha corporativa. La tendencia de los movimientos corporativos es a encerrarse en sí mismos y en la medida en que no tienen una perspectiva política, que no entienden el problema de raíz, incluso no logran la resolución inmediata de esos problemas. La segunda es que no tenemos ilusión de que las ocupaciones de tierras vayan a resolver el problema de la reforma agraria, que será obra y fruto de la lucha de los trabajadores y de una nueva estructura de poder. Pero tampoco podemos esperar una nueva estructura de poder para después hacer la reforma agraria. Transformamos la lucha inmediata por la tierra en una lucha política, por la concientización de los trabajadores, para acumular fuerzas y producir una modificación en la estructura de poder. De esa forma vemos la lucha por la reforma agraria e, incluso, la lucha urbana. El desempleo es grande en Brasil y en toda América Latina. Pero la bandera del desempleo es un tanto subjetiva, es difícil movilizar, a menos que propongas la ocupación de las fábricas, lo que es un tanto difícil de hacer. La tierra, en cambio, es algo concreto; es algo que organiza al campesino, que ya se imagina con su pedazo de tierra, con su cooperativa. La lucha por la vivienda es similar. Cuando hablás de la vivienda, y hay muchos problemas de vivienda, el trabajador ya se ve construyendo su propia casa. Es una consigna movilizadora. Pero si tú no tienes una perspectiva política, la lucha se encierra en el terreno económico y, desde el punto de vista político, no va a servir para nada. P: Cuando Cardoso asumió el gobierno, prometió asentar miles de familias. ¿Cuál es su balance del gobierno de Cardoso? R: El de Cardoso fue el gobierno que más asentó, que más tierras regularizó en Brasil. Pero, al mismo tiempo, fue el gobierno que más desasentó. Al mismo tiempo que fueron asentadas 136.000 familias, 420.000 campesinos perdieron sus tierras y, además, se perdieron un millón de empleos por la política económica implementada en Brasil. Nosotros nunca tuvimos la ilusión de que la elite brasileña fuera a resolver el problema de la reforma agraria. Por el contrario, para ella no existe un problema agrario que precise ser resuelto. El modelo de desarrollo agrario brasileño fue establecido en la década del 60 por dos hombres de la elite: Delfim Netto y Alison Baldinelli. Se basa en cuatro ejes: producción para la exportación, producción de materias primas para la industria, producción para el mercado interno y liberación de mano de obra del campo para las ciudades. Aunque este modelo esté en crisis, para la elite brasileña no existe un problema agrario que precise ser resuelto. Para nosotros, los trabajadores, existen los problemas de la concentración fundiaria, de las formas de producción, de los modelos tecnológicos, de las condiciones de vida del campo, del éxodo rural, de la política agrícola, industrial, de comercialización, crediticia que creemos que deben ser resueltos por la reforma agraria, que debe ser hecha por los trabajadores. La elite no la hará, aunque ahora tenga gente que se decía comunista, aunque creo que nunca lo fueron pese a actuar en partidos que se llamaban comunistas. P: ¿En base a su experiencia, el MST ha desarrollado un planteamiento político más general? R: No hay recetas, aunque sí existen principios orientadores. Primero: tenemos claro hacia adónde vamos y que sólo podemos construir con el conjunto de los trabajadores. No tenemos dudas de que el camino es luchar por el socialismo. Hay que construir el socialismo en Brasil, en América Latina y en el mundo. Segundo: que no vamos a conseguirlo con negociaciones o cualquier otro mecanismo sino con lucha de masas. Tercero: que debemos acumular fuerzas, ocupando espacios geográficos y políticos; formando cuadros y militantes preparados para intervenir. Organizando al pueblo. Teniendo la mística triunfadora, las ganas y la garra para alimentar el sueño de que la transformación social es posible. Los desafíos son muchos; por ejemplo, ¿cómo organizar a los excluidos? Una parte quiere volver al campo y se organiza para luchar por la tierra. Otra parte no quiere volver al campo y se organiza para luchar por la vivienda. Pero otra parte no quiere ni una cosa ni la otra; entonces, tenemos que encontrar las reivindicaciones y los métodos y formas de organización que la movilicen. Otro aspecto es el de la organización territorial. Corporativamente, los sindicatos están agotando sus posibilidades de evolucionar en términos de lucha. No se agotaron completamente, pero van por ese camino. Claro que una huelga de los metalúrgicos es muy importante. Pero en el mismo territorio, además de los metalúrgicos, están los maestros, los desocupados, varios sectores. Debemos encontrar la forma de movilizarlos y organizarlos. P: En la reunión que acaba de concluir, se planteó la realización de una Conferencia Obrera y de Izquierda en Atenas, en el próximo mes de marzo, en la perspectiva de poner en pie una organización internacional de trabajadores que se plantee la estrategia de la revolución socialista internacional y de una respuesta estratégica, de conjunto, frente a la crisis capitalista. ¿Cuál es tu balance de la reunión? R: Creo que es más que necesaria la construcción de un espacio de articulación de las luchas, de una organización internacional, de un partido internacional como quiera llamárselo que rescate las perspectivas del internacionalismo proletario y de la revolución en todo el mundo. Es muy importante y creo que tenemos buenas perspectivas, más en este momento. Es un proceso que debemos debatir y construir en cada país. No creo que sea fácil; si lo fuera, las anteriores organizaciones hubieran resistido más tiempo. Sin embargo, no existen cosas imposibles cuando se quiere hacer; no existen barreras que no puedan ser superadas si hay claridad acerca de lo que se quiere. No sólo en el grupo que hoy debatió aquí sino en otros, que por diversos motivos estuvieron ausentes, donde existen militantes y dirigentes con las mismas perspectivas internacionalistas. Si tuviéramos un método correcto y capacidad de llevar adelante iniciativas, podríamos construir una gran organización internacional, que sea una herramienta para hacer efectivas las ideas de muchos revolucionarios que lucharon y soñaron con un mundo socialista. P: Gilmar, ¿querés agregar algo más? R: Un saludo a todos y agradecer la solidaridad que hemos recibido de la Argentina. Es muy importante y seguramente vamos a necesitar más, como ustedes también la van a necesitar. Y en lo que podemos, comprometo toda la solidaridad que podamos dar para el triunfo de sus luchas. Porque el futuro nos pertenece.

1 de marzo de 1999
Crítica a la teoría de la superioridad y la neutralidad del mercado
Duan Zhong Qiao

Profesor de la Universidad Renmin, Pekin, Chin. Artículo presentado en la Conferencia Internacional sobre el Manifiesto Comunista, organizada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (EEK) de Grecia, y la Revista Marxista Revolucionaria, en Atenas, en diciembre de 1998. Aunque hay muchos y diferentes modelos teóricos de socialismo de mercado que han sido propuestos desde mediados de los 80, comparten dos fundamentos teóricos: uno es lo que llamo superioridad del mercado, es decir que el mercado es superior a la planificación; el otro es lo que llamo neutralidad del mercado, o sea que el mercado puede servir tanto al capitalismo como al socialismo. Ninguno de ellos es correcto de acuerdo al materialismo histórico y al socialismo de Marx. 1. Superioridad del mercado Todos los socialistas de mercado creen firmemente que el mercado, como un mecanismo económico, es superior a la planificación, aún cuando cada uno tiene sus propias razones para pensarlo. David Miller argumenta que el mercado puede proveer más bienestar, libertad y democracia que los que puede dar la planificación (1). John E. Roemer argumenta que "no conocemos ningún mecanismo para inducir la innovación sobre una base económica amplia que no sea la competencia de mercado" (2). David Schweickart sostiene que "la planificación centralizada es profundamente deficiente como mecanismo económico"(3). Es fácil de ver que la superioridad del mercado es el punto común de partida de todos ellos para promover varios modelos de socialismo de mercado. Examinando sus textos, notamos que lo que ellos llaman "el mercado" no es otra cosa que la economía de mercado practicada hoy, en los países capitalistas, mientras que lo que ellos llaman "planificación" significa tanto la economía de planificación centralizada que existía en la antigua URSS y en los países del Este europeo, como la economía planificada que Marx previó se realizaría en el comunismo (con el socialismo como la primera fase del comunismo). Es decir, dos economías de planificación completamente diferentes son lo mismo ante sus ojos. Consecuentemente, aunque las principales razones para decir que la economía de mercado es superior a la economía planificada se asientan en el colapso de la economía planificada y el redireccionamiento de la economía de mercado en la URSS y los países de Este, finalmente concluyen que la economía de mercado es superior a la economía planificada en forma bastante genérica y, por eso, también a la economía planificada tal como Marx la previó. A partir de aquí concluyen que la economía de mercado debería ser continuada y desarrollada en la transición del capitalismo al socialismo, y aún en el período del socialismo. El argumento de los socialistas de mercado es insostenible. En primer lugar, la economía planificada que Marx previó no es lo que existió en la URSS y los países de Europa del Este. La realización de la primera presupone el desarrollo completo de una economía capitalista o de mercado, mientras que la otra fue establecida cuando la economía capitalista o de mercado no había alcanzado un desarrollo completo en aquellos países; la primera se basa en la propiedad común de los medios de producción, cuando los medios de producción pertenecen a la sociedad entera; mientras la otra se basó en dos tipos de propiedad pública, esto es de propiedad estatal y colectiva; la primera, requiere la eliminación de las mercancías y del dinero, la otra aún incluye a las mercancías y el dinero en un cierto grado; la primera está estrechamente vinculada a la abolición de la clases y del estado, mientras la última coexiste con las clases y el estado. Es obviamente irrazonable equiparar la economía planificada de Marx con la economía planificada que existió en la URSS y los países de Europa del Este. Siendo esto así, el fracaso de la última no demuestra que la primera está destinada al fracaso una vez que se ponga en práctica. En segundo lugar, hacer una comparación abstracta entre una economía de mercado y una economía planificada es en sí mismo un error. De acuerdo al materialismo histórico de Marx, la economía de mercado y la economía planificada muestran dos diferentes tipos de relaciones económicas. Cada una de ellas se corresponde a un estado determinado del desarrollo de las fuerzas productivas y aparece en una fase determinada del desarrollo de la historia. Hablando concretamente, la economía de mercado corresponde al período del capitalismo, y la economía planificada al del comunismo. Por ello no tiene sentido decir abstractamente cuál es mejor, la economía de mercado o la economía planificada, porque el meollo de la cuestión radica en cuál es más compatible con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas existentes. Indudablemente diferentes países del mundo tienen diferentes fuerzas productivas. Consecuentemente, para algunos países una economía de mercado puede ser más compatible con el crecimiento de sus fuerzas productivas mientras que para otros puede ser más compatible una economía planificada. Si los socialistas de mercado quieren argumentar que países como EE. UU. y Gran Bretaña deberían continuar desarrollando la economía de mercado durante la transición del capitalismo al socialismo, tienen que dar una respuesta definida a esta pregunta: ¿una economía de mercado es todavía compatible con el crecimiento de las fuerzas productivas de estos países? Tercero, el hecho de que la URSS y los países de Europa del Este cambiaran de una economía planificada a una economía de mercado solamente prueba que la economía planificada prevista por Marx no puede establecerse a menos que la economía de mercado se haya desarrollado suficientemente y convertido en una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas, y no prueba que la economía de mercado deba ser continuada en la transición del capitalismo al socialismo y en el socialismo. A la luz del materialismo histórico de Marx el desarrollo de la formación económica de la sociedad es un proceso de sucesivos reemplazos, desde la economía natural precapitalista a una economía capitalista mercantil y luego a una economía comunista planificada. Esto es visualizado como un proceso histórico natural, es decir que "aun cuando una sociedad ha comenzado a perder los rastros de las leyes naturales de su movimiento, … ésta no puede saltar sobre las fases naturales de su desarrollo ni removerlas por decreto" (4). Esto significa que sólo a través del desarrollo completo de la economía natural, puede establecerse la economía de mercado; y del mismo modo, sólo a través del desarrollo completo de la economía de mercado puede establecerse la economía planificada. De acuerdo con esto, la causa de raíz que obligó a la URSS y los países de Europa del Este a cambiar de una economía planificada a una economía de mercado es que ellos intentaron saltar la fase de desarrollo completo de la economía de mercado y establecer directamente una economía planificada sobre las bases de lo que aún era, en alto grado, una economía natural. Una economía planificada establecida de esta manera tiene que obstruir el desarrollo posterior de las fuerzas productivas. No puede ser sostenida por un largo tiempo y está destinada finalmente a volver a una economía de mercado. Lo que ocurrió en la URSS y en los países de Europa del Este demuestra que la economía planificada prevista por Marx no puede ser llevada adelante simplemente por el deseo subjetivo del hombre. Las condiciones de los países capitalistas desarrollados, a las cuales los socialistas de mercado les prestan especial atención, deberían ser vistas como un asunto diferente. La economía de mercado en estos países se ha desarrollado suficientemente y se ha convertido en una traba para el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas. Entonces, los problemas que estos países enfrentan, de acuerdo con Marx, no pueden solucionarse continuando con la economía de mercado, sino reemplazándola por la planificación. Si los socialistas de mercado quieren probar que una economía de mercado debiera ser mantenida y desarrollada en la transición del capitalismo al socialismo, no deberían tomar los casos de la URSS y los países de Europa del Este para ilustrar su tesis, sino dar un argumento convincente de que los problemas existentes en los países capitalistas pueden ser resueltos mediante una economía de mercado. Los socialistas de mercado sostienen la tesis de la superioridad del mercado para argumentar que solamente a través del mercado puede realizarse el socialismo. Para llegar a esta conclusión han confundido la economía planificada que existía en la URSS y los países de Europa del Este con la economía planificada prevista por Marx. Luego tomaron el hecho de que estos países giraran hacia una economía de mercado como fundamento para decir que la economía de mercado practicada ahora en los países capitalistas desarrollados es superior a la economía planificada de Marx, y que consecuentemente, la economía de mercado debería ser sostenida y desarrollada cuando los países capitalistas se transformen en socialistas. Este argumento es insostenible. 2. Neutralidad del mercado Luego de argumentar a favor de la superioridad del mercado, los socialistas de mercado proponen la tesis de la neutralidad del mercado. En su opinión el mercado es un mecanismo económico sin influencia alguna sobre el carácter del sistema social y puede servir tanto al socialismo como al capitalismo. David Miller enfatizó que: "Ahora es ciertamente verdad que el capitalismo se apoya en los mercados, pero lo distintivo de esto es que la propiedad de activos productivos se concentra en las manos de unos pocos, mientras que la mayoría de la gente está contratada como empleado a cambio de un salario. Es completamente posible estar a favor del mercado y contra el capitalismo" (5). John E. Roemer, en su libro titulado "Un futuro para el socialismo", afirmó que "Mi tarea en este ensayo es proponer y defender un nuevo modelo que combine las fuerzas del sistema de mercado con aquellas del socialismo" (6). David Schweickart señaló que "la identificación del capitalismo con el mercado es un error pernicioso de los defensores conservadores del laissez faire y de la mayoría de los opositores de izquierda a las reformas de mercado" (7). En sustancia, el mercado es neutral. ¿Cual es el significado del mercado de acuerdo a la teoría de los socialistas de mercado? Cada socialista de mercado tiene su propia respuesta a esta pregunta. Todos ellos, sin embargo, están de acuerdo con que el mercado no es un lugar para comprar y vender sino un mecanismo o sistema económico que condiciona la producción social. Determina que el objeto directo y el motivo decisivo de la producción de cada empresa no son los valores de uso sino los valores de cambio y la ganancia. En consecuencia, la producción social no puede ser regulada por una planificación consciente sino por las relaciones entre oferta y demanda, esto es, por la ley del valor que tiene efecto espontáneamente. ¿Por qué el mercado es neutral? Hasta ahora nadie ha dado una justificación convincente para esto. Veamos la exposición de David Schweickart. El dice: "El capitalismo tiene tres instituciones definidas. Es una economía de mercado, caracterizada por la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado. Es decir, que la mayoría de las transacciones económicas de la sociedad están gobernadas por la mano invisible de la oferta y la demanda; la mayor parte de los activos productivos de la sociedad pertenecen a individuos privados, ya sea directamente o por medio de la propiedad individual de acciones en corporaciones privadas; la mayoría de la gente trabaja por salarios pagados directa o indirectamente por los propietarios de las empresas para los cuales ellos trabajan. Una economía socialista de mercado elimina o restringe en gran parte la propiedad privada de los medios de producción sustituyendo la propiedad privada por alguna forma de propiedad estatal u obrera. Mantiene al mercado como el mecanismo para coordinar la mayor parte de la economía, aunque usualmente hay mayores restricciones al mercado que las típicas del capitalismo. Puede o no reemplazar el trabajo asalariado con la democracia en el lugar de trabajo, donde los trabajadores obtienen no un salario por contrato sino participaciones específicas en las ganancias netas en las empresas. Si esto sucede, el sistema es un socialismo de mercado de autogestión obrera (8). En resumen, el carácter del capitalismo radica en la propiedad de los medios de producción y en el trabajo asalariado; el carácter del socialismo radica en alguna forma de propiedad estatal u obrera donde los trabajadores obtienen participaciones específicas en las ganancias netas de las empresas. Una economía de mercado puede existir tanto en el capitalismo como en el socialismo, porque no tiene nada que ver con el capitalismo o el socialismo. Este puede ser visto como un argumento representativo de los socialistas de mercado. Es fácil ver que la creencia de los socialistas en la neutralidad del mercado está muy relacionada con su comprensión del carácter del capitalismo y del socialismo. Sus errores, de acuerdo con Marx, derivan de su incorrecta comprensión de uno y otro. Según la visión de Marx, el rasgo más universal del capitalismo no es la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado, sino una economía mercantil desarrollada, es decir, lo que se denomina hoy economía de mercado. Marx enfatiza a menudo este rasgo: "Pero dentro de la sociedad burguesa, la sociedad que reposa sobre el valor de cambio, surgen relaciones de circulación así como de producción, que proceden como minas que la hacen explotar" (9). "La forma valor del producto del trabajo es la más abstracta, pero también la forma universal del modo de producción burgués; por tal hecho esto marca al modo de producción burgués como el de un tipo particular de producción de un carácter histórico y transitorio" (10). "…; y la producción desarrollada de mercancías es ella misma la producción capitalista de mercancías" (11). En el tomo III de El Capital, Marx hizo una afirmación muy clara: " El modo de producción capitalista tiene exactamente dos rasgos característicos desde el inicio: Primero. Produce sus productos como mercancías. El hecho que se produzcan mercancías no lo distingue a sí mismo de otros modos de producción; pero que el carácter dominante y determinante de sus productos sean mercancías lo es con certeza… La segunda cosa que marca particularmente al modo de producción capitalista es la producción de plusvalor como objeto directo y motivo decisivo de la producción" (12). Las expresiones anteriores muestran, consistentemente que Marx veía a la economía mercantil desarrollada, es decir, la economía de mercado, que produce valores de cambio y valores excedentes (beneficio) como el rasgo más universal del capitalismo. Sobre estas bases, por supuesto, no podemos sacar la conclusión de que Marx negaba que el capitalismo tuviera también como características la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado, ya que sólo veía en la economía mercantil desarrollada la característica más universal del capitalismo y toma sólo esta característica como punto de partida para derivar otros dos rasgos más concretos del capitalismo: 1) la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado; 2) la anarquía de la producción y la propensión a la crisis económica. En otras palabras, en el pensamiento de Marx, la referencia a la economía mercantil desarrollada como el rasgo más universal del capitalismo implica inmanentemente, los dos rasgos más concretos recién mencionados. ¿Por qué la referencia a la economía mercantil desarrollada como el rasgo más universal del capitalismo implica, inmanentemente, el carácter privado de la propiedad de los medios de producción y el trabajo asalariado en el capitalismo? Marx dijo que: "Condiciones históricamente definidas están envueltas en la existencia del producto como una mercancía. En orden a convertirse en mercancía, la producción debe cesar de ser producida como medio de subsistencia inmediato para el mismo productor. Yendo más lejos, e inquiriendo bajo qué circunstancias o incluso cómo la mayoría de los productos toman la forma de mercancía, tenemos que ver que esto sólo sucede sobre la base de un particular modo de producción, el capitalista" (13). Porque la época capitalista se caracteriza por el hecho "que la fuerza de trabajo, a los ojos del propio trabajador, toma la forma de una mercancía que es de su propiedad; su trabajo, consecuentemente, toma la forma de trabajo asalariado. Por otro lado, es sólo desde este momento que la forma de mercancía de los productos del trabajo se torna universal" (14). Entonces, una vez que clarificamos que la producción capitalista es la producción de valor de cambio, que sus productos toman la forma de mercancías, esto significa que el obrero mismo aparece sólo como un vendedor de mercancías, es decir, un trabajador asalariado libre, y entonces el trabajo generalmente aparece como trabajo asalariado y los medios de producción como la antítesis del trabajo asalariado y la corporización de los activos de otras personas aparecen como capital. Marx dijo: "Es innecesario después del argumento ya desarrollado demostrar, una vez más, que la relación del capital y el trabajo asalariado determina todo el carácter del modo de producción" (15). Aquí necesitamos enfatizar que Marx veía también la anarquía de la producción y la tendencia a la crisis económica como otro rasgo concreto más que acompaña la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado, al ver en la economía de mercado desarrollada el rasgo más universal del capitalismo. Desde el punto de vista de Marx, la economía de mercado desarrollada determina internamente que el propósito de la producción de cada empresa no es la satisfacción de las necesidades sino la producción de beneficios, y de allí, que toda la producción esté regulada espontáneamente por la ley del valor. Bajo la economía de mercado desarrollada, aún cuando la producción de las empresas individuales proceda a través de la organización y la planificación, "la interconexión de la producción como un todo fuerza aquí a ella misma (la economía de mercado desarrollado), como un agente de la producción bajo el imperio de una ley ciega, y no como bajo una ley que apoderándose, y por lo tanto dominando sus premisas combinadas, tiene al proceso productivo bajo su control" (16). En consecuencia, la anarquía productiva y una crisis económica inevitable constituyen otro rasgo concreto más del capitalismo. Los socialistas de mercado no dicen una sola palabra sobre esto. Marx creía que el rasgo más universal del comunismo (siendo el socialismo la primera fase) es una economía planificada, que es exactamente lo opuesto a una economía de mercado. En sus trabajos menciona este rasgo muchas veces: "Reemplacemos a Robinson por una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, concientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social. Todas las determinaciones del trabajo de Robinson, se reiteran aquí, sólo que de manera social, en vez de individual. Surge, no obstante, una diferencia esencial. Todos los productos de Robinson constituían su producto exclusivamente personal y, por tanto, directamente objetos de uso para sí mismo. El producto todo de la asociación es un producto social. Una parte de éste presta servicios de nuevo como medios de producción. No deja de ser social. Pero los miembros de la asociación consumen otra parte en calidad de medios de subsistencia. Es necesario, pues, distribuirla entre los mismos. El tipo de esa distribución variará con el tipo particular del propio organismo social de producción y según el correspondiente nivel histórico de desarrollo alcanzado por los productores. A los meros efectos de mantener el paralelo con la producción de mercancías, supongamos que la participación de cada productor en los medios de subsistencia esté determinada por su tiempo de trabajo. Por consiguiente, el tiempo de trabajo desempeñaría un papel doble. Su distribución, socialmente planificada, regulará la proporción adecuada entre las varias funciones laborales y las diversas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo servirá a la vez como medida de la participación individual de los productores en el trabajo común, y también, por ende, de la parte individualmente consumible del producto común. Las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y con los productos de éstos, sigue siendo aquí diáfanamente sencillas, tanto en lo que respecta a la producción como en lo que atañe a la distribución"(17). "Si suponemos en vez de una sociedad capitalista, una comunista, en primer lugar desaparece por completo el capital dinerario, y por ende, también, los disfraces de las transacciones que se operan por intermedio de aquél. El problema se reduce, simplemente, a que la sociedad tiene que calcular por anticipado cuanto trabajo, medios de producción y medios de subsistencia puede emplear sin perjuicios de ningún tipo en ramos de la industria como por ejemplo el tendido de vías férreas, que por un período relativamente prolongado, de un año o más, no suministrarán ni medios de producción, ni medios de subsistencia, ni efecto útil de ningún tipo, pero retiran de la producción global anual trabajo, medios de producción y medios de subsistencia"(18). "Con la producción colectiva, el capital dinerario está completamente excluido en ella. La sociedad distribuye fuerza de trabajo y medios de producción entre las diversas ramas de la industria. No hay razón para que el productor no reciba bonos de papel que le permitan retirar una cantidad correspondiente de su tiempo de trabajo del stock del consumo social. Pero esos bonos no son dinero; ellos no circulan" (19). "La libertad, en esta esfera, no consiste sólo en esto, que el hombre socializado, que los productores asociados, gobierna el metabolismo humano con naturalidad por una vía racional, poniendo a éste bajo su control colectivo en lugar de aparecer dominado como por un poder ciego, sino en llevarlo a cabo con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas y apropiadas para su naturaleza humana" (20). "Dentro de la sociedad colectiva basada en la propiedad común de los medios de producción, los productores no cambian sus productos; ya en pequeño el trabajo empleado en los productos aparece aquí como el valor de esos productos, como una cualidad material dada por ellos, desde ahora, en contraste con la sociedad capitalista, donde el trabajo individual ya no existe bajo una forma indirecta, sino directamente como una parte componente del trabajo total" (21). Las citas anteriores muestran que Marx veía a la economía planificada como el rasgo más universal del comunismo. Ciertamente, una economía planificada se encuentra estrechamente vinculada con la propiedad común de los medios de producción y con el trabajo convertido en el deseo primordial de la vida misma. La relación entre ambos es exactamente la misma que la relación entre economía de mercado y propiedad privada de los medios de producción, así como el trabajo asalariado. Puesto que Marx insistía en que una economía de mercado desarrollada es una economía capitalista y que una economía planificada es una economía comunista, se opuso resueltamente a varias teorías que intentaron fusionar el socialismo con una economía de mercado. Cuando polemizó contra el socialismo de Proudhon lo ridiculizó de esta manera: "Esto es tan piadoso como estúpido es esperar que del valor de cambio no se desarrolle el capital, o que del trabajo que produce valor de cambio no lo haga el trabajo asalariado" (22). Advertía que: "No puede haber allí nada más erróneo y absurdo que postular el control por las unidades individuales de la producción total, sobre la base del valor de cambio, del dinero" (23). De las discusiones de Marx podemos ver que la tesis de la neutralidad del mercado se basa en una comprensión incorrecta de las características del capitalismo y del socialismo, y en especial, de la economía de mercado. Por supuesto, los socialistas de mercado no están dispuestos a admitir su error. Argumentarán que la economía de mercado bajo el socialismo de mercado está vinculada a las fábricas cooperativas de trabajadores, es decir, la propiedad pública con beneficios compartidos por los trabajadores en su fábrica y, a una gestión democrática: en consecuencia esto no conducirá al capitalismo, sino que beneficia al socialismo. ¿Pero es esto así? Desde el punto de vista de Marx la respuesta sólo puede ser negativa. Procederemos a un análisis más profundo. Primero, la existencia de una economía de mercado desarrollada significa la existencia de la propiedad privada de los medios de producción. La economía de mercado presupone la existencia de la compra y la venta, es decir, del intercambio de mercancías. Marx afirmó: "Sólo los productos realizados por trabajos mutuamente independientes, ejecutados en forma aislada, pueden ser confrontados uno con otros como mercancías" (24). Esto significa que cada parte del intercambio "debe allí reconocer al otro como dueño de propiedad privada" (25): de otro modo el intercambio no puede ser llevado adelante y el mercado no puede existir. Los socialistas de mercado podrían subrayar que bajo el socialismo de mercado, las empresas privadas de capitalistas individuales no existirán, y que lo que existirá será la empresa cooperativa de la cual serán dueños los propios trabajadores. Los medios de producción de esta última son de los trabajadores de cada empresa: en consecuencia, es un tipo de propiedad pública más que de propiedad privada. Pero, en la propiedad pública comunista, en la concepción de Marx, todos los medios de producción son propiedad de la sociedad como un todo. Comparado con la propiedad pública en el pensamiento de Marx, la propiedad pública en la empresa cooperativa es, en cierto sentido meramente un tipo de propiedad privada ampliada. No es la propiedad privada individual sino una propiedad privada colectiva. Esta característica está particularmente representada en el hecho de que los medios de producción de cada empresa cooperativa son sólo propiedad de los trabajadores que trabajan en esa empresa. Es decir, los medios de producción son bienes públicos solo para estos trabajadores, y no para los que trabajan en otras empresas. Es precisamente porque la propiedad pública de las empresas cooperativas es en realidad un tipo de propiedad privada ampliada, que puede realizarse un intercambio entre estas empresas y, en consecuencia, que pueda existir el mercado. En resumen, en tanto exista una economía de mercado existirá la propiedad privada de los medios de producción, aún si ella toma la forma de propiedad pública de empresas cooperativas bajo el socialismo de mercado. Segundo, la existencia de una economía de mercado desarrollada significa la existencia del capitalismo y del trabajo asalariado. Bajo una economía de mercado la razón y el objetivo de la producción de cada empresa, sea propiedad de un capitalista individual o colectiva de trabajadores, no es el valor de uso sino el valor de cambio y el plusvalor, es decir: que "nada es producido salvo que pueda ser producido para obtener un beneficio" (27). Si los medios de producción sólo se utilizan para producir una ganancia, ya sea propiedad de un capitalista individual o de la empresa cooperativa, funcionan como capital que se autovaloriza. Como Marx dijo en el tomo I de El Capital: "Si consideramos el proceso de producción desde el punto de vista del simple proceso de trabajo, el trabajador está relacionando a los medios de producción, no en su calidad de capital, sino como mero medio y materia de la propia actividad productiva que se propone. En las curtiembres, por ejemplo, el trabajador trata con los cueros como su simple objeto de trabajo. No es el capitalista para quien el trabajador curte los cueros. Pero esto es diferente tan pronto como analizemos el proceso de producción como un proceso de valorización. Los medios de producción de una sola vez se han transformado, en medios para la absorción mediante el trabajo de otros. No es ya el trabajador quien emplea los medios de producción, sino los medios de producción, quienes emplean al trabajador. En lugar de ser consumidos por él como elementos materiales de su actividad productiva, esos medios de producción son los que lo consumen como el fermento necesario para su propio proceso de vida, y el proceso de vida del capital consiste, únicamente, en su propio movimiento de autovalorización" (28). Al mismo tiempo, una economía de mercado desarrollada significa que todos, o por lo menos la mayoría de los productos, toman la forma de mercancías, lo que presupone el trabajo asalariado, esto es, que el trabajador no posee otra mercancía más que vender su fuerza de trabajo, pues "es sólo desde entonces que la producción de mercancías progresivamente se generaliza y se convierte en la forma típica de la producción; es sólo desde entonces que progresivamente toda la producción es producida desde el principio para la venta y que toda la riqueza generada corre a través de la esfera de la circulación" (29). Los socialistas de mercado podrían argumentar que bajo el socialismo de mercado, los medios de producción de cada empresa cooperativa son propiedad de sus propios trabajadores, no de un capitalista individual, y que el beneficio de cada empresa es compartido por todos sus trabajadores y no por un capitalista individual, lo cual demostraría que el capital y el trabajo asalariado no existen, aunque sí el mercado. Pero este argumento es insostenible. De acuerdo a la concepción de Marx, el capital no es igual al capitalista: el capitalista es sólo capital personificado. Bajo una economía socialista de mercado, aunque los medios de producción de cada empresa sean de sus propios trabajadores, siguen teniendo las características del capital, es decir, de valor que se valoriza a sí mismo, ya que la razón y el objetivo de la producción de cada empresa es el valor de cambio y la ganancia, o sea un plusvalor. Precisamente por esta razón, Marx denominó a los trabajadores de las fábricas cooperativas manejadas por ellos mismos como "sus propios capitalistas, es decir, que ellos usan los medios de producción para valorizar su propio trabajo" (30). La diferencia entre el capital bajo el capitalismo y el capital bajo el socialismo de mercado sólo radica en que el primero se halla personificado en capitalistas individuales, mientras que en el segundo está personificado en asociaciones de trabajadores. Mientras que el capital exista debe existir el trabajo asalariado, porque el capital no puede extraer ganancias sin combinarse con el trabajo asalariado. Como Marx dijo: "Los medios de producción, por su parte, devienen formas objetivas del capital productivo, o propiamente capital productivo, solamente desde el momento que la fuerza del trabajo, como forma personal de existencia del capital productivo, puede ser incorporada al mismo" (31). Quizás los socialistas de mercado se llenen de asombro. Si bajo el socialismo de mercado los trabajadores se han convertido en los propietarios de sus empresas, ¿cómo pueden ser empleados por ellos mismos? Sin embargo, es un hecho que lo son. Marx dijo: "Sea cual fuere la forma social de la producción, trabajadores y medios de producción siempre persisten como sus factores. Pero si ellos están en un estado de mutua separación, sólo son factores potenciales de la producción. Para que cualquier producción tenga lugar, ellos deben conectarse" (32). Bajo el socialismo de mercado los trabajadores de las empresas cooperativas no sólo son los propietarios de los medios de producción de sus empresas sino también los productores que usan los medios de producción para elaborar los productos. Si no fueran productores sino sólo propietarios, la empresa cooperativa no puede existir ni un sólo día, y entonces su identidad como propietarios de medios de producción y la ganancia que ellos comparten desaparecerá. Desde el momento en que está involucrado en una producción relacionada con el salario y la ganancia, su trabajo representa una forma de trabajo asalariado. La existencia de salarios significa que siguen vendiendo su fuerza de trabajo. La existencia de ganancia significa que ellos aun están produciendo un plusvalor sobre el valor de su fuerza de trabajo, y que este plusvalor (ganancia) retornará a ellos como propietarios de sus empresas. Puede verse que los trabajadores de la empresa cooperativa tienen una identidad dual. Una es la de propietarios de los medios de producción de su empresa. Otra es la de trabajadores asalariados de su empresa. Como propietarios se emplean a sí mismos para obtener beneficios. Como asalariados se venden a sí mismos su fuerza de trabajo para ganar un salario. Precisamente estas relaciones de autoempleo y autoexplotación constituyen la forma especial con que la empresa cooperativa conecta a los trabajadores con los medios de producción. En tanto exista esta conexión, "la oposición entre capital y trabajo está abolida aquí" (33). Claramente, los trabajadores asalariados bajo el socialismo de mercado difieren de aquéllos bajo el capitalismo, en que los primeros son tanto propietarios de los medios de producción como trabajadores asalariados, mientras que los segundos son sólo trabajadores asalariados. Los primeros venden su fuerza de trabajo a sus propias empresas como capitalistas, los segundos venden su fuerza de trabajo a capitalistas individuales. Los primeros pueden obtener tanto salarios como plusvalor, es decir, la ganancia que ellos crean; los segundos solo pueden obtener salarios, mientras que el plusvalor es apropiado por el capitalista. Una vez que una empresa cooperativa se declara en bancarrota, lo cual es inevitable incluso bajo el socialismo de mercado, el primero se transformara en el segundo. En pocas palabras, en tanto siga la economía de mercado el capital continuará existiendo, y lo mismo ocurrirá con el trabajo asalariado. Tercero, la existencia de una economía de mercado desarrollada significa la existencia de la anarquía en la producción y de la crisis económica. Bajo una economía de mercado, cada empresa es indiferente al valor de uso particular de sus productos y se preocupa solamente por su valor de cambio y el plusvalor, y la producción social no está regulada por la planificación consciente sino por una mano invisible, es decir, la ley del valor. Está destinada a llevar a la anarquía de la producción y a la crisis. Precisamente por esta razón, Marx creía que, aunque las fabricas cooperativas manejadas por trabajadores son, en la vieja forma, los primeros ejemplos de la emergencia de una nueva forma, en la cual la oposición entre capital y trabajo es abolida, "ellas naturalmente reproducen en todos los casos, en su organización presente, todos los defectos del sistema existente, y deben reproducir los mismos" (34). El "sistema existente" es, sin dudas, una economía de mercado, y "todos los defectos" son, sin duda, aquellos engendrados por una economía de mercado, a saber, la anarquía de la producción y la crisis económica. Los socialistas de mercado pueden argumentar que la anarquía y la crisis no tendrán lugar porque bajo el socialismo de mercado los trabajadores de las empresas cooperativas o los gerentes que ellos eligen democráticamente pueden determinar democráticamente todo lo relacionado a la producción en sus empresas. Pero este argumento no toca el punto relevante. Esto sucede porque en tanto exista un mercado el conocimiento de las necesidades reales de la sociedad sólo puede establecerse a posteriori. Un capitalista individual no puede estimar con precisión las necesidades del mercado, ni puede hacerlo un grupo de trabajadores, aún cuando puedan discutir y tomar decisiones democráticamente. Es decir, si la producción social está gobernada en última instancia por la ley del valor como una fuerza natural ciega, no hay ninguna distinción esencial entre la decisión acerca de la producción arbitrariamente tomada por un capitalista individual y una decisión democráticamente tomada por todos los trabajadores de una empresa cooperativa. Esta última no puede tampoco resolver el problema de la anarquía de la producción y, en consecuencia, de la crisis económica para la producción total de la sociedad. Los socialistas de mercado podrían enfatizar que el socialismo de mercado puede evitar la emergencia de la anarquía de la producción y de la crisis económica a través del gobierno democrático. El gobierno puede formular varias políticas y controlar conscientemente la inversión social. Pero esa es una ilusión ingenua. De acuerdo al materialismo histórico de Marx, es la economía de una sociedad la que determina sus políticas, no las políticas de una sociedad las que determinan su economía. Es completamente imposible resolver los problemas originados en la esfera de la economía a través de medios políticos. Cuando Marx criticaba a Sismondi, dijo: "… mientras Sismondi, por contraste, enfatiza no sólo el choque con las barreras, sino incluso su creación por el propio capital, y tiene una vaga intuición que ellas deben conducirlo a su quiebra. Entonces, quiere ponerle barreras a la producción, desde afuera, a través de la aduana, de leyes, etc., las cuales por supuesto, como barreras simplemente externas y artificiales, serían necesariamente demolidas por el capital" (35). Así, mientras continúe una economía de mercado, la anarquía de la producción continuará y las crisis serán inevitables. Bajo el socialismo de mercado las intervenciones de un gobierno democrático pueden aliviar estos problemas hasta cierto punto, pero no pueden eliminarlos. El análisis anterior muestra que la economía de mercado no es neutral y que la existencia del mercado significa la existencia del capitalismo. El error fundamental de los socialistas de mercado radica en que no ven a la economía de mercado como una totalidad de relaciones sociales de producción que fijan el carácter de una sociedad. No negamos que el motivo de los socialistas de mercado sea esbozar un programa viable para realizar el socialismo. Pero a través de la negación o rechazo de la teoría de Marx, y de un balance incorrecto del fracaso del socialismo en la URSS y los países de Europa del Este, concluyen que los problemas del capitalismo no se originan en la propia economía de mercado, sino en la propiedad privada de los medios de producción y en el trabajo asalariado, y entonces, en la medida en que las empresas de propiedad de capitalistas individuales sean reemplazadas por empresas cooperativas de trabajadores y el beneficio de propiedad de un capitalista individual sea compartido por los trabajadores de cada empresa, se realizará el socialismo. No comprenden que la propiedad privada y el trabajo asalariado están íntimamente asociados a la propia economía de mercado, y que los primeros son sólo la expresión concreta de la segunda. Quieren perpetuar la economía de mercado y a la vez abolir la propiedad privada y el trabajo asalariado. En palabras de Marx, esto significa "abolir al Papa dejando en pie al catolicismo" (36). La tesis de la superioridad y de la neutralidad del mercado tienen que llevar a la conclusión de que el mercado existirá eternamente. Algunos socialistas de mercado, tales como Miller y Roemer, lo afirman abiertamente. Otros, como Schweickart y James Lawler, no están de acuerdo con esto, pero creen que por lo menos en la transición del capitalismo al socialismo debería mantenerse y desarrollarse una economía de mercado. En cuanto a su completa abolición, piensan que en ningún lado está a la vista. En la concepción de Marx, aunque el mercado no puede ser abolido de una sola vez en la transición al socialismo, la transición en sí necesariamente aparecerá como un progreso bajo la cual la economía planificada crece firmemente y la economía de mercado declina paso a paso. La realización del socialismo y la abolición de la economía de mercado serán simultáneos. Por cierto, grandes cambios han tenido lugar en los países capitalistas desde la muerte de Marx, y por ello, algunas de sus inferencias han sido consideradas anticuadas. Pero su opinión de que la transición del capitalismo al socialismo significa una transición de una economía de mercado a una economía planificada no es obsoleta, y esto lo prueba la historia. Por lo tanto, la tarea que enfrentan los socialistas es plantear un programa viable de reducción gradual de la economía de mercado y de expansión de la economía planificada, de acuerdo a situaciones cambiantes, en lugar de buscar una forma para realizar el socialismo que deje intacta la economía de mercado. Notas 1. Ver Market Socialism, editado por Juliam Le Grand y Saul Estrin, Clarendon Press, Oxford, 1989, pág 29-38 2. John Roemer, A Future for Socialism, Harvard University Press, 1994, pág. 46 3. David Schweickart, Market Socialism, editado por Bertell Ollman, Routledge, 1998, pág. 10 4. Carlos Marx, El Capital, Volumen I, Penguin Books, 1976, pág. 92 5. David Miller, Ob. cit 6. John Roemer, Ob. cit 7. David Schweickart, Ob. cit 8. Idem. 9. Carlos Marx, Grundrisse, Penguin Books, 1973, pág. 159. 10. Carlos Marx, El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 174. 11. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 190. 12. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 174. 13. Carlos Marx,El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 273. 14. Idem, pág 274. 15. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 1019. 16. Idem, pág 365. 17. Carlos Marx, El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 172. 18. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 390. Idem anterior, Libro Segundo, Volumen IV, pág. 385. 19. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 434. 20. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 959. 21. Marx /Engels, Selected Works, publicado en Londres por Lawrence & Wishart Lte, pág. 305. 22. Carlos Marx,Grundrisse, Penguin Books, 1978, pág. 249 23. Carlos Marx,Grundrisse, Penguin Books, 1973, pág. 158 -159 24. Carlos Marx, El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 132. 25. Idem, pág. 178. 26. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 368. 27. Carlos Marx, El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 425. 28. Idem, pág 173. 29. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 571. 30. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 121. 31. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 120. 32. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 571. 33. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 571. 35. Carlos Marx, Grundrisse, Penguin Books, 1973, pág. 411. 36. Carlos Marx, Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 181.

1 de marzo de 1999
El Secretariado Unificado contra una república democrática y laica en Palestina
Itzhak Betzalel

En marzo de este año, Michael Warshavski, dirigente de la disuelta Liga Marxista Revolucionaria Matzpen (2), organización adherida al Secretariado Unificado de la IVª Internacional (SU) y actual directivo del Centro Alternativo de Información en Jerusalén, publicó un artículo en contra de la consigna de un estado único, democrático y laico, y a favor de convertir a Israel en un estado bi-nacional (3). La consigna de un estado palestino democrático y laico en todo el territorio del mandato británico fue levantada por militantes antiimperialistas palestinos (árabes y judíos), antes y después de la creación del estado de Israel. De algún modo, fue también la consigna de la OLP en su constitución, hasta que, a mediados de los años 70, su dirección comenzó a hablar de la creación de un estado en cualquier parte del territorio palestino que se liberase. Esto fue planteado como una etapa de transición, aunque en verdad no fue más que la aceptación del plan de partición de 1947, propuesto por el imperialismo, apoyado por el stalinismo y aceptado por el sionismo. De este modo, la dirección de la OLP preparaba el terreno al renunciamiento histórico de la lucha palestina. Este renunciamiento se concretó con el proceso abierto por los acuerdos de Oslo, a saber, la creación de un estado palestino títere, en menos de un 30% del territorio histórico de Palestina, y la preservación del estado de Israel como gendarme regional. El ataque de Warshawski a la consigna de un estado palestino único, democrático y laico, tiene que ver con el relanzamiento de esta consigna en ciertos círculos de militantes democráticos palestinos y judíos, y el correcto balance de los acuerdos de Oslo. "Solución progresiva" El autor del artículo aboga por una "solución progresiva" al "conflicto israelí-palestino" y dice que los principios para esa solución deben basarse en los siguientes tres puntos: "1) debe haber un acuerdo entre los dos lados, y no ser impuesto por uno u otro sector; 2) debe asegurar la coexistencia pacífica y la seguridad de todos los residentes, incluyendo a los refugiados palestinos que decidan ejercer su incondicional derecho al retorno, y 3) deberá dar una respuesta a la cuestión de la existencia nacional de las dos comunidades que viven en Palestina: la población local palestina, incluyendo a los refugiados palestinos, y la población judía, que se ha asentado aquí, así como también sus descendientes" (4). De más está decir que la terminología usada corresponde más bien al vocabulario de la izquierda sionista que al de un marxista revolucionario. "Conflicto israelí-palestino" es el eufemismo politically correct para referirse a la lucha por los reclamos nacionales palestinos, y a la agresión colonialista israelí en todo el Cercano Oriente. Esa expresión considera que existe una simetría entre los justos reclamos palestinos y el supuesto derecho a la existencia del estado sionista. Es por ello que Warshawski pone como condición número uno que ninguno de los lados "imponga" al otro los principios de la "solución". ¿Pero si los palestinos no pueden imponer mediante la lucha sus reclamos, espera Warshawski que el sionismo graciosamente acepte cederlos? Es que para el autor del artículo ambos lados tienen igualdad de condiciones. La realidad es que el lado israelí es totalmente superior y puede imponer, como en los recientes acuerdos de Oslo, su voluntad. Sin la derrota política del sionismo por parte del movimiento de masas palestino, al que se tienen que sumar las masas judías, no hay solución. En ese sentido, la utilización en el artículo de la cuestión de los refugiados palestinos es puramente propagandística. No hay derecho al retorno y solución del problema de cientos de miles de refugiados sin el desmantelamiento de todo el sistema jurídico-político montado por Israel. No en vano los acuerdos de Oslo han evitado olímpicamente siquiera la mención del problema. "Colectividades nacionales" Warshawski dice que la consigna del stalinismo "dos estados, para dos pueblos" a secas, adoptada hoy en día por la izquierda sionista, el laborismo y la misma OLP, ignoraría la existencia de la minoría árabe dentro del estado de Israel y perpetuaría su opresión y discriminación. Sin embargo, el argumento central en contra de la consigna de un estado palestino único, democrático y laico sería la existencia "aquí de dos colectividades nacionales, la judía y la árabe, y (el hecho de que la propuesta) no llena las necesidades de esas comunidades para garantizar su existencia" (5). Warshawski hace el ridículo cuando acusa a la propuesta de un estado, democrático, y secular y único de "negar la existencia nacional judía en el país o, mucho peor, de ignorarla" (6). Pero, ¿no es ésta la misma concepción stalinista de la partición? Las colectividades existen, pero sólo un ciego puede considerar que exista simetría entre ambas. Mientras una colectividad es y ha sido utilizada por el sionismo y el imperialismo como opresora, teniendo todos los derechos formales, la otra ha sido expulsada de sus tierras, es oprimida nacional y socialmente, y tiene similares derechos a los que tenían los esclavos en la Grecia antigua. Al final, Warshawski muestra que la supuesta diferencia entre el sionismo de izquierda, el stalinismo y Matzpen son relativas, al decir que entre las soluciones progresivas se encuentran "1) un estado binacional en toda Palestina" o "2) una solución de partición que convertiría a Israel en un estado de todos sus ciudadanos". Esto último equivale a ignorar la misma esencia del estado judío y, sinceramente, no creemos que Warshawski la ignore. Matzpen y el Secretariado Unificado con Oslo La posición de Warshawski tiene la ventaja de poner claramente blanco sobre negro la posición de la corriente política representada en Matzpen, organización que nunca abogó por un estado democrático y laico sino por la "des-sionización" del estado de Israel, tanto en su versión de la llamada Organización Socialista Israelí (7), como en la de la LMR. Contrariamente a lo que dice Warshawski, Matzpen no vio "en cualquier partición de Palestina una violación de los derechos de auto-determinación del pueblo palestino" como la propuesta del Partido Comunista israelí de "dos estados, para dos pueblos" (8). La propuesta de des-sionización del estado judío no fue planteada como el desmantelamiento de Israel como estado colonial. La propuesta de convertir a Israel en un estado de dos colectividades o en un estado de todos sus ciudadanos es una propuesta utópica reaccionaria, como lo es la consideración de la izquierda sionista de que Israel es un estado democrático (burgués) porque tiene un parlamento y hay elecciones cada cuatro años, ignorando el carácter colonial racista del estado y sus instituciones. Podrá decirse que en el artículo que analizamos, Warshawski ya no representa la línea de Matzpen y el SU. Esto no es cierto, ya que la disolución de la organización no le impide a Warshawski seguir escribiendo en el órgano oficial del SU, International Viewpoint. Es más, Warshawski es hoy en día un activo dirigente del grupo Bloque de Paz, liderado por el sionista de izquierda Uri Avneri, quien apoya los acuerdos de Oslo y cuya consigna central es precisamente… "dos estados, para dos pueblos". Y no es casualidad que en uno de los últimos números de International Viewpoint (septiembre de 1998), haya un reportaje a uno de los dirigentes del Bloque de Paz donde se explica una reciente campaña de ese grupo. No en vano, antes de su disolución, Matzpen apoyó críticamente los acuerdos de Oslo. Un año después de firmado el primer acuerdo, dice Warshawski : "El acuerdo firmado entre el gobierno israelí y la OLP en Oslo será sin duda el primer paso hacia el establecimiento de una paz israelo-palestina basada en la realización del derecho de autodeterminación para los dos pueblos si, y sólo si, dos condiciones se llevan a cabo, que aparentemente no han sido incluidas todavía en los acuerdos israelí-palestinos: "-Un firme desplazamiento de los colonos (…) "-Un inmediato y comprensivo cambio en la relación de la administración militar hacia los residentes de los territorios ocupados en toda la Cisjordania y la franja de Gaza. "(…) Si estas condiciones son cumplidas, el acuerdo israelí-palestino pavimentará el camino para una verdadera paz entre los dos pueblos que habitan esta tierra" (9). Como se ve, no hay aquí ninguna satisfacción de las consignas democráticas y nacionales en Palestina, y mucho menos des-sionización del estado de Israel. La aceptación de los acuerdos de Oslo significa por parte de la corriente matzpenista, lisa y llanamente, la sumisión al orden imperialista dictado por Estados Unidos con el apoyo y satisfacción de Rusia, el sionismo, los regímenes reaccionarios árabes y la burguesía palestina, representada en la dirección de la OLP. Pero esta tendencia no responde a un fenómeno nacional sino internacional. Matzpen fue hasta el momento la sección "israelí" del Secretariado Unificado de la IVª Internacional. Esta corriente ha apoyado todos los llamados acuerdos de paz en Irlanda, Sudáfrica y el Medio Oriente, acuerdos tutelados por el imperialismo. El apoyo a estos procesos no sólo es el reflejo de una cuestión táctica sino que se inscribe en el proceso en el que las principales secciones del SU han abandonado conscientemente la lucha por el socialismo (10). República única, democrática y laica La lucha por los reclamos nacionales palestinos y de las masas en general en el Medio Oriente es incompatible con la existencia del estado sionista. Los mínimos reclamos sociales, salario, ocupación, tierra, vivienda, etc., como los reclamos por la plena vigencia de los derechos civiles para todos los habitantes de la región necesitan del desmantelamiento del régimen colonial vigente representado en el estado de Israel y el seudo-estado palestino en formación. Lo único que puede reemplazar al régimen imperialista vigente y dar plena satisfacción a los reclamos de las masas palestinas (incluyendo a los refugiados) y de las masas judías es una república democrática y laica en todo el territorio de la Palestina histórica. Esta consigna, contrariamente a lo que dice Warshawski, no ignora a las masas judías sino que contempla desde un punto de vista histórico su incorporación a la lucha antiimperialista en la región juntamente con las masas palestinas. Sólo un marxista vulgar puede confundir una colectividad nacional con su dirección. Si, como dice Warshawski, hay aquí dos colectividades nacionales, entonces debe haber un estado para un colectividad (judía) y otro estado para la otra (palestina). Todo lo demás es cháchara. Es en realidad Warshawski quien ignora a la colectividad judía, ya que confunde la dirección sionista y su estado, con la población judía que vive hoy dentro de ese estado. Y también ignora a la colectividad palestina, ya que ha confundido (como todas las corrientes de la izquierda sionista o "no-sionista", el stalinismo y otros grupos centristas, Ibn el Balat, Derekh Ha-Nitzotz, etc.) a la dirección burguesa de la OLP con las masas palestinas. Hace 46 años, Abraham León vaticinaba que la solución del problema judío no podía resolverse de ningún modo con la creación de un estado judío en Palestina, y que a lo sumo se crearía un nuevo ghetto reaccionario (11). León no hacía más que retomar lo que 150 años antes Marx analizaba respecto del problema judío: a saber, que dicha cuestión no podía resolverse sin la destrucción de las relaciones de producción del capitalismo. El SU, Matzpen y la izquierda local obviamente no han aprendido esta lección. La lucha por el socialismo en la región sólo puede pasar a través de la unión de las masas explotadas y, en primer lugar, por el cumplimiento de la consigna democrática y nacional por excelencia en Palestina, a saber la abolición del sistema de apartheid presente hoy y la instauración de una república democrática y laica. A su vez, los acuerdos de Oslo han puesto de relieve el grado de colaboración entre la burguesía israelí y la burguesía palestina, conjuntamente en su dependencia del imperialismo norteamericano. Por ello la consigna de una república única, democrática y laica sólo puede ser cumplida por una dirección que represente los intereses del proletariado y todos los sectores de los trabajadores de la ciudad y el campo, en todo el territorio bajo dominio israelí y/o de la OLP. Notas 1. Militante trotskista, integrante del Comité de Solidaridad con Hebrón. El presente artículo es similar a uno presentado a la revista Tribuna Democrática, a publicarse en árabe y hebreo. 2. Matzpen (en hebreo, brújula) era el nombre de su órgano de prensa y el nombre por el que el grupo fue más popularmente conocido. 3. M. Warshavski, "The Principle of Bi-Nationalism and the Right of Self-Determination", en News from Within, 13 de marzo de 1998, págs.17/22. 4. Ibídem, págs. 17/18. 5. Ibídem, pág. 18 (subrayado en el original). 6. Ibídem, pág. 22. 7. Ver por ejemplo Natham Weinstock, El sionismo contra Israel, Cuadernos Rojos. Buenos Aires, 1974. 8. Warshawski, ibídem, pág. 17. 9. M.Warshawski, "One Year After. Second Thoughts on the DOP", en News from Within, 10 de noviembre de 1994, pág. 10. La sigla DOP se refiere a la llamada Declaración de Principios de Oslo u Oslo I. 10. Ver "Lutte Ouvrière frente a la liquidacion de la LCR de Francia", En Defensa del Marxismo, N° 20, págs. 116-120. 11. Cf. Abraham Leon, Concepción Materialista de la Cuestión Judía, El Yunque Editora Bs. As., 1975.

1 de marzo de 1999
Las organizaciones obreras en la crisis argentina

En los últimos meses, el PO ha impulsado una serie de mesas redondas con dirigentes y activistas de diversas organizaciones obreras. En ellas han habido numerosos puntos de vista encontrados que fueron discutidos en forma abierta. De manera mayoritaria surgió una conclusión clara: las condiciones han madurado. Las organizaciones de los trabajadores deben romper con los partidos políticos patronales llámense éstos Menem, Duhalde o la Alianza y ofrecer una salida al pueblo explotado construyendo una alternativa política obrera independiente. – I – La crisis del peronismo Nadie niega que estamos ante una crisis económica de fondo que, sin embargo, aún no ha tocado fondo. Este agudo cuadro de crisis económica y social se da en el marco de la descomposición del peronismo. Hoy no hay ninguna movilización, ni acción de masas que esté protagonizada por el peronismo. Por el contrario, se desarrollan en choque con el peronismo. Los políticos patronales ya han tomado nota de este proceso. Duhalde es el que más se ha empeñado en este sentido. Ya en la campaña electoral previa al 27 de octubre del '97, lanzó la moda Evitista protagonizada por la Chiche y sus manzaneras. Ahora intenta nuevamente diferenciarse de Menem. Pero su mensaje por cobardía política y por limitaciones de clase es contradictorio. Ora ataca al modelo al que considera "agotado", ora proclama la paternidad del mismo. (Fue Duhalde quien anunció, en nombre de Menem, en diciembre de 1988, en un Congreso empresario realizado en Bariloche, su convergencia con Alsogaray y el gran capital). Intenta presentarse como el "futuro presidente de los trabajadores" (discurso de Trelew), pero vota en el Congreso Nacional la reforma laboral antiobrera de Menem y boicotea la posibilidad de reformar la también antiobrera y nefasta ley de Accidentes de Trabajo (ART) y trata de armar un frente con Cavallo. Ni la UCR, ni el Frepaso han intentado renovar un planteo antiimperialista burgués. El Frepaso ha formado un frente centroizquierdista (en su origen constituido por la izquierda Ptp y PC en el Frente del Sur) que rápidamente devino en proimperialista y que se disuelve en la Alianza. Les abrió el camino del gobierno a los Machinea, López Murphy, etcétera. La Alianza es proimperialista y antiobrera. Apoya a los gobernadores radicales de firmes y consecuentes acciones antiobreras, que pagan religiosamente las deudas externas, que reprimen con mano dura a las masas de sus provincias para mantenerlas sumergidas en la miseria, que se transforman en la vanguardia de la reacción (privatización y clericalización de la educación, etc.). Fernández Meijide reivindica la necesidad de reformar el Estatuto del Docente para terminar "con los privilegios" (acortamiento del régimen de licencias y vacaciones, alargamiento de la jornada de trabajo, etc.). Juntos, radicales y frepasistas, votaron a favor de mantener la impunidad de los genocidas de la dictadura militar oponiéndose a la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Alternativa política La respuesta histórica progresiva al agotamiento de los movimientos nacionalistas burgueses es un partido de la clase obrera. La dinámica del derrumbe del peronismo-menemismo y la aguda crisis económica y social es el material que permitirá desarrollar el partido de la clase obrera. Es del análisis de toda esta situación que el PO decidió lanzar una campaña bajo la consigna "que las organizaciones obreras rompan con los partidos patronales". Con esta perspectiva, el PO se empeñó en impulsar el 1º de Mayo último, la realización de actos, convocados de común acuerdo entre las organizaciones reivindicativas y partidistas de la clase obrera. A fines de abril, se realizó en la localidad de Bosques, en el Gran Buenos Aires, un plenario de organizaciones combativas de trabajadores. En la Mesa que dirigió los debates estuvieron el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Florencio Varela, que venía de importantes cortes de ruta, la Comisión Interna del Banco Patricios que estaba ocupando el banco contra el cierre patronal y un delegado de los mineros huelguistas de Río Turbio. Participaron delegaciones de los choferes de Transportes del Oeste, del Inti, del Diario Popular, de los no docentes en huelga de La Plata (Atulp), estudiantiles, desocupados, barriales, derechos humanos. Entre las organizaciones políticas presentes se encontraban el Mas, el Pts, la Unión de Militantes (Ums), la Lsr y el PO. El MTD presentó como perspectiva el impulso a un "centro coordinador de las luchas", oponiéndose a cualquier paso en favor de la estructuración política independiente de la clase obrera. Alegaba los "prejuicios" de la masa a que las organizaciones reivindicativas como el MTD intervinieran en política junto a partidos de izquierda. Esta es la idea que más ha tratado de arraigar la burguesía en las filas del movimiento obrero. Pero para que las luchas reivindicativas avancen no deben despolitizarse sino que es necesario que sus direcciones tengan un objetivo estratégico. En cambio, en Córdoba, se constituyó una mesa político-reivindicativa, con el planteo de que "la CTA y el MTA deben romper con los partidos patronales". Decía la Mesa de Córdoba que "la CTA y el MTA deben reflexionar sobre la política de sus aliados parlamentarios (la UCR, el Frepaso, el duhaldismo), deben romper con los partidos patronales y reivindicar un frente político y reivindicativo de todas las organizaciones obreras y populares" (1). "Para construir una alternativa política obrera tenemos que luchar para que todas nuestras organizaciones rompan con el Estado, el gobierno y los partidos patronales. Para concretar este propósito fundamental de los luchadores obreros y de la masa obrera en el momento actual, que es el de armar una alternativa política propia, el Partido Obrero llama a movilizarnos en una campaña de debates, pronunciamientos, reuniones, asambleas, que culminen en un gran congreso nacional de bases por la construcción de una alternativa política de la clase obrera" (2). El clima de debate sobre qué respuesta dar frente a la crisis política nacional es general en las filas del movimiento obrero y de las organizaciones combativas y de izquierda. Pero el ángulo de intervención en el mismo ya está dando una tónica sobre cómo se orienta cada sector. El Mas y otras corrientes del viejo tronco morenista (Liga Socialista Revolucionaria, etc.) realizan "encuentros de revolucionarios" entre ex militantes fracasados de la izquierda. El PC, junto a la CTA, convocó a un Encuentro por el "Nuevo pensamiento" que, aunque de título un poco pretencioso, sólo se limitó a un grupo de intelectuales y sindicalistas en su mayoría dependientes de la Alianza. Las mesas redondas y debates que llevó adelante el PO a lo largo y ancho del país, desde Tartagal hasta Neuquén, pasando por Avellaneda, Rosario, Morón, Capital, han reunido a dirigentes, delegados y activistas del movimiento obrero y han podido, por lo tanto, receptar el nivel de discusión (y también de confusión) que tienen en la actualidad los cuadros sindicales. – II – La burocracia obrera José Rigane, dirigente de Luz y Fuerza y del CTA de Mar de Plata, "propugnó en una mesa redonda impulsada por el PO recuperar el protagonismo de los trabajadores a través de un nuevo movimiento sindical, pero excluyó que las organizaciones obreras deban actuar en un plano político partidista" (3). Para ello propuso "construir poder, poder de los trabajadores y del pueblo, que nos permita finalmente estructurar un proyecto alternativo a este sistema" (4). Para el lucifuercista marplatense, en la actualidad una lucha obrera no puede triunfar "si la organización sindical y sus trabajadores no convierten sus reivindicaciones en las del conjunto del pueblo y la lucha se establece entonces en un nuevo arco de articulación, en donde los trabajadores y las demás organizaciones e instituciones de la comunidad, juntas, enfrenten al enemigo común" (5). Propugna impulsar el "desarrollo de organizaciones multisectoriales" porque "cada reivindicación tiene que ser una reivindicación de la comunidad" (6). Rigane elude el problema del poder político. Afirma que la CTA "vive bajo la presión de los acontecimientos políticos partidistas preelectorales, en donde más de una fuerza política presiona para convertir a esta organización de los trabajadores en su brazo político partidario" (7). Dado el entrelazamiento de los partidos patronales con el Estado, no se trata sólo de resistir su presión, sino de combatirlos con una estrategia política. Y aun si el CTA fuera autónomo respecto de los partidos patronales, quedaría la presión del aparato estatal que lleva adelante la política de los monopolios (privatización del sistema previsional: AFJP; del régimen de accidentes de trabajo: ART; etc.). Los trabajadores no pueden enfrentar esta política de conjunto de los monopolios y de su Estado, si no es con un accionar político de conjunto contra ellos. La necesidad de un partido obrero se impone. Claro que nada es más falso que pensar que la CTA sea autónoma de los partidos patronales. De las filas del CTA y el MTA han salido dirigentes sindicales que son en la actualidad diputados por el Frepaso. Es el caso de Mary Sánchez (ex secretaria general de la Ctera) o de Alicia Castro (ex secretaria general del Sindicato de Aeronavegantes). Y es una ficción decir que lo hacen a título personal. Mary Sánchez insiste en reclamar por "un modelo sindical distinto, de amplia articulación social, pluralista y con autonomía de los partidos políticos" (8). Para ella los sindicatos deben apoyar al Frepaso incluso colocando a sus hombres en las listas de candidatos. Pero no deben intervenir ellos mismos en la lucha política nacional. Las organizaciones de los trabajadores deberían subordinarse tras los De la Rúa, Chacho Alvarez y Cía. Para Mary Sánchez, los sindicatos deben buscar "nuevas formas organizativas que resuelvan las limitaciones del modelo sindical tradicional". Así propugna que trabajen "en los barrios", "articular lo sindical con lo barrial", que tomen nuevas reivindicaciones como la "vivienda, salud, educación, seguridad y servicios", pero de política… nada. Eso queda para el Frepaso. Mary Sánchez coincide con los monopolios cuando propugna el abandono de los sindicatos por industria y su reemplazo por "un nuevo sindicalismo". Pero la crisis del actual movimiento sindical argentino no deviene de los cambios habidos en la estructura económica nacional como gustan disfrazar los ideólogos de la CTA para justificar su accionar sino de la decrepitud de sus direcciones burocráticas que se encuentran entrelazadas con el partido y el gobierno menemista y con el Estado y los patrones. Lo que está caduco no es el modelo de los sindicatos por industria sino la burocracia sindical que es un apéndice del régimen menemista. Es necesario que los sindicatos por industria rompan con el gobierno y los partidos patronales y tomen un curso de lucha independiente en defensa de sus intereses. Mary Sánchez dice que "la pelea central es preservar la fuente de trabajo con un sector empresario jaqueado económicamente al que no se le otorgaron facilidades ni leyes protectivas". El "nuevo modelo sindical" debería hacer de lobbysta de las patronales PyMEs. Es de destacar que ya en materia de flexibilidad laboral estas patronales cuentan con un estatuto especial que les permite alargar la jornada de trabajo sin pagar extras, fraccionar las vacaciones, etcétera. La Alianza no sólo enganchó a la dirigencia de la CTA; el propio De Gennaro bregó por su constitución. En los documentos de convocatoria al Congreso Nacional donde la CTA se constituyó como "central alternativa" (octubre de 1996), De Gennaro propugnaba: "construir coaliciones electorales capaces de expresar intereses sociales consonantes con nuestra estrategia de transformación y profundización democrática… para restituir los equilibrios sociales". ¡Un año antes que se formara la Alianza! Hugo Yasky, de Ctera, llamaba en los plenarios precongresales a "organizarse, para derrotar electoralmente al menemismo, porque los problemas son políticos" (9), propugnando para ello un frente antimenemista de los partidos patronales. En una Carta Abierta que el PO envió al Congreso Nacional de la CTA decía entonces: "la dirección del CTA nos quiere convertir de columna vertebral del peronismo en la columna vertebral del chacho-terragnismo. Por este camino, lo que es seguro es que nos vamos a romper la columna por segunda vez". La neutralidad política de los sindicatos que reclaman los Rigane ha sido violada desde sus inicios. Las organizaciones obreras o están con los partidos patronales y su Estado o están en contra de los partidos patronales y su Estado. Y en este último caso, deben trabajar por tener su propia alternativa política independiente. Pero en el caso del CTA, su dirección lo ha embarcado en el apoyo a la Alianza antiobrera. – III – De la identidad peronista Hay dirigentes sindicales especialmente en el MTA que coinciden en que tanto Duhalde como la Alianza no responden a los intereses de los trabajadores. Pero consideran que aún la situación no estaría "madura" para impulsar la constitución de un Partido de Trabajadores, razón por la cual algunos de ellos terminarán apoyando al PJ en las próximas elecciones. Fernando Cuestas, secretario general de la Asociación Bancaria de Mar del Plata, declaró en una Mesa Redonda desarrollada en el local del Sindicato de Luz y Fuerza de dicha ciudad "que probablemente el movimiento obrero organizado optaría, en el 99, por Duhalde. Alegó para ello, entre otras cosas, la tradición peronista del movimiento sindical, justificada en la justicia social" (10). En otra mesa, realizada esta vez en la UTN de Avellaneda, Néstor Calvo, secretario general de ATE Avellaneda, no coincidió con el planteamiento del PO sobre el agotamiento del peronismo: "el peronismo no está agotado, aún está muy arraigado" (11). Lucho Giménez, delegado general de una gran empresa periodística, declaró también en una mesa redonda que se realizó en el Sindicato de los Molineros, en la Capital Federal: "a pesar de las denuncias que se le hacen al duhaldismo por su política antiobrera (voto a la reforma laboral, etc.), y contra las cuales yo lucho, yo voy a votar por él en el 99, porque desciendo de una familia peronista y mantengo esa tradición y sentimiento, no voy a dividir al peronismo". Pero los trabajadores no votaron en el pasado al peronismo por "tradición" o "sentimiento". Según esta forma cómoda de razonar, son las ideas peronistas de las masas las que determinan la realidad. Pero es al revés: es la realidad, las condiciones de existencia actuales y anteriores las que determinaron la conciencia, las ideas y la organización de las masas trabajadoras. En realidad, las masas no votaron al peronismo por "tradición" o por "sentimiento" sino por su ilusión de que podía dar una salida política a la situación de crisis. Un documento escrito por un dirigente de un sindicato del MTA reconoce que la caída de Alfonsín y el ascenso de Menem se dio en el marco de "un verdadero golpe de estado económico. Hiperinflación provocada, agotamiento de las reservas de divisas, corridas bancarias, todo ello acompañado de saqueos a supermercados (…) y como consecuencia de todo ello, pánico social generalizado. En otras palabras: un plan siniestro para provocar el alejamiento anticipado del gobierno y disciplinar a la sociedad de cara al futuro y a las exigencias del ajuste". Es decir se armó una salida a la crisis política. Pero Duhalde no logra armar, hasta ahora, esa salida política. Antes de que pueda explotar la identidad peronista de las masas, el duhaldismo tendrá que armar una salida política, que es lo que no pudo hacer para las elecciones del 27 de octubre de 1997 cuando millones de trabajadores que se reclamaban peronistas no lo votaron. Que el peronismo esté agotado no quiere decir que haya sido superado prácticamente. Para ello debe producirse todavía una revolución en la conciencia de las masas; hasta entonces, los explotados oscilarán entre los diferentes partidos patronales. Muchos dirigentes y activistas gremiales peronistas reconocen que el gobierno de Menem es antiobrero y que Duhalde no constituye una alternativa. Pero plantean que es necesario "recuperar el peronismo". Esto no es posible. Es cierto que el menemismo no es igual al peronismo de 1945, ni siquiera al de 1973. Pero es la evolución natural y lógica del movimiento nacionalista burgués. El cambio de las épocas y de las circunstancias no es en balde. Tampoco la burguesía nacional, clase cuyos intereses intenta representar el peronismo, es la misma hoy que en 1945. La reconstrucción popular del peronismo es una ilusión, las mismas ilusiones se recrearon primero con el Frepaso en 1995, con la Alianza en octubre del 97 y luego con el duhaldismo. Contestando las declaraciones contra el modelo del gobernador bonaerense, el Centro de Estudios Socioeconómicos y Sindicales (CESS), ligado al MTA, dice que "hasta estos pronunciamientos de Duhalde sólo la Iglesia y el sindicalismo opositor… se habían animado a confrontar explícita y públicamente con el modelo" (12). Y deducía que "el rechazo del modelo, su crítica a partir de la idea de justicia social y de una distribución más justa del ingreso y de las oportunidades obligará a Duhalde a conformar un equipo económico coherente con tales postulados…". Planteaba que "la confrontación ideológica y doctrinaria abre la caja de Pandora en la interna peronista porque vuelve la hora de los militantes y los cuadros y decae el papel asumido hasta aquí por los punteros y los operadores (…) ¿puede el menemismo restringido a operadores profesionalizados soportar la movilización general y la disputa ideológica?". Pero rápidamente Duhalde se dedicó con su actividad a desmentir estos supuestos. El acto del 17 de octubre fue una movilización armada por "operadores profesionalizados" y no por militantes populares. Allí la masa fue arreada sin entusiasmo desde los planes Trabajar (¿la justicia social son 200 pesos, sin beneficios sociales, por 6/8 horas de trabajo?). Y allí Duhalde se encargó de reivindicar la paternidad del modelo menemo-cavallista. Encima Duhalde se entrevistó con Cavallo para tratar de forjar una alianza política. ¡Y su gabinete provincial está lleno de funcionarios cavallistas! Para no caer presas de las ilusiones en demagogos antiobreros, es necesario que las organizaciones obreras rompan con los políticos y los partidos patronales y asuman la responsabilidad de crear una alternativa política obrera independiente. En una Mesa Redonda realizada en el sindicato de los trabajadores judiciales de Neuquén, Julio Fuentes, secretario general de ATE y del CTA de Neuquén, planteó que "en el CTA hemos resuelto que en el 99 hay que debilitar a la expresión mayoritaria de los capitalistas, que es el peronismo. Lo que la audiencia interpretó como un apoyo a la Alianza" (13). La CTA neuquina está tratando de organizar explícitamente una pata social (el llamado "Encuentro Social") dentro de la Alianza Ucr-Frepaso. Se trata de una versión empeorada del enfeudamiento de las organizaciones obreras de esta combativa provincia a la burguesía antiobrera. Esto fue lo que sucedió en el pasado (la CTA neuquina apoyó al dirigente del MPN, Sapag, quien, ya desde el gobierno, descargó violentos ataques contra los trabajadores). Los legisladores aliancistas neuquinos ya demostraron su vocación antiobrera en cada una de las grandes luchas que tuvo el movimiento obrero (lucha contra las reducciones salariales, de los desocupados, etc.). Un delegado telefónico manifestó en una Mesa Redonda que se realizó en la sede de Foetra Capital: "hemos perdido todas nuestras conquistas por votar a Menem". El apoyo político que recibió Menem en 1989 le sirvió para reagrupar a la clase patronal, elaborar un plan y lanzar el mayor ataque capitalista que se conozca en la historia nacional (mayor que el de la dictadura misma). Adónde va el MTA Al finalizar la concentración que el miércoles 2 de setiembre del 98 realizó la Mesa de Enlace del CTA-MTA frente al Congreso, Hugo Moyano, secretario general del Sindicato de Camioneros, después de enterarse de que la Cámara de Diputados había aprobado la reforma laboral antiobrera con el voto de los duhaldistas, le dijo a la concurrencia que "esto lo van a pagar en las urnas". Desde abajo los trabajadores concentrados reclamaban "Paro, paro, paro. Paro general". El PO sacó inmediatamente una "Carta Abierta a Hugo Moyano". "¿Ha querido usted decir, acaso, que la salida contra estos atropellos es votar en el 99 a la Alianza?" (14). Pero "la Alianza es, en lo que respecta al movimiento obrero, lo mismo o peor que Menem". La "Carta" agregaba "que (si) su planteo significa una mínima posibilidad de que usted pueda estar pensando en presentar candidatos de la clase obrera en todo el país. Esto sí que haría pagar caro a los negreros que votaron la ley laboral y tantas otras leyes antiobreras, como a sus cómplices que fingen oponerse". Esta "Carta" fue debatida en amplios círculos de delegados y activistas del movimiento obrero. Fue votada favorablemente por el Congreso del Sindicato de Trabajadores de Balizantes y Dragado. Pero el MTA se orienta en otro sentido. Palacios, secretario general de la UTA, declaraba que la pretensión del MTA era "discutir el capítulo socio-económico" de la Carta Aliancista (15), para luego pasar a fogonear la candidatura de Bancalari, ministro de gobierno de Duhalde, a la gobernación. En el último Congreso de las cúpulas del MTA (20/11/98) se aprobó una "Convocatoria" y una "Propuesta", pero no para que los trabajadores se conviertan en protagonistas de su destino político sino para plantearles "a todos los partidos políticos la postura de este sector del movimiento obrero en lo que respecta a las cuestiones sociales y económicas" (16). Palacios vuelve a repetir lo que ya hizo "como lo hicimos en congresos anteriores (del MTA) y entregamos a los candidatos en el año 97, y lo haremos en las presentes elecciones" convertirse en lobbysta de los partidos patronales. Palacios propugna abstener de toda intervención política independiente al movimiento obrero y dejar libertad de voto por alguna de las dos grandes coaliciones patronales. El MTA propugna asimismo "un nuevo y amplio acuerdo político y socioeconómico" para lo cual reclama "el compromiso real de los empresarios a expandir la inversión y a crear puestos de trabajo, respetando la equidad en las relaciones laborales y la justicia social (…) Y solicitamos a las dirigencias políticas que se liberen de los microclimas e intereses electoralistas que empañan su visión de la realidad y se sumen a esta iniciativa". La cúpula del MTA no ha entendido el carácter de la actual crisis. No se trata de que los capitalistas no quieran invertir sus capitales. Estos sobran y no saben dónde colocarlos. Van hacia la especulación en títulos, acciones, monedas, etc. porque no pueden colocarlos en ramas productivas, aunque las crisis bursátiles y financieras demuestran que incluso esta salida no va más. La "Propuesta" de los "Trabajadores Argentinos" es tributaria del programa de la Alianza ya que se suma a sus reclamos de una política en favor de los argentinos exportadores, esto es del gran capital nacional y extranjero instalado en la Argentina (Ford, General Motors, etc.). Propugna "la promoción sostenida de las exportaciones por medio de la aplicación de políticas activas, reintegros pactados sobre metas y convenios de exportación específicos". Esto es una pila de multimillonarios subsidios que financiará el Estado, mejor dicho el conjunto del pueblo trabajador. Respecto de las reivindicaciones de los trabajadores, propugna un plan que "evite cualquier riesgo inflacionario". El salario, por ejemplo, debe estar sometido "a una atenta sincronía entre recuperación de salario real e incremento de productividad. Por igual razón, las metas de recuperación del salario real pueden parecer modestas (entre 3 y 4% por semestre a lo largo de 6 semestres)". ¡Pero si hasta la llamada productividad ha caído bajo la guillotina de la crisis mundial! ¡Lo que se plantea ahora es bajar más los salarios! Evidentemente, no será la conservadora burocracia que está hoy al frente de los sindicatos ni la de la oficialista CGT, ni la de las opositoras CTA y MTA proaliancistas y/o produhaldistas las que darán pasos para independizar al movimiento obrero de los partidos y el Estado patronales. – IV – Los devaluacionistas de la izquierda El llamado Partido del Trabajo y del Pueblo (PTP) y su colateral el Partido Comunista Revolucionario (PCR) (o viceversa) considera que el principal problema nacional es "la convertibilidad" de la moneda (¡!). Propugna una "Reforma monetaria que transforme todas las deudas en moneda extranjera a moneda nacional, y otro tanto haga con los activos monetarios (depósitos bancarios, bonos, etc.)" (17). Esto es ni más, ni menos, que una variante de un nuevo "plan Bonex", significa la estatización de la deuda externa contraída por la burguesía nacional (estatización de deuda que, como hizo Cavallo al finalizar la dictadura, luego deberá pagar el pueblo trabajador). Para esto dice el PCR-PTP "son necesarios otra política y otro gobierno". Un gobierno de la burguesía nacional progresista que "contaría con la participación de las organizaciones de los trabajadores y el pueblo" para "mantener un estricto control de cambios… (y)… la distribución de los créditos". Esa "sería la hora de la verdadera revolución productiva y el salariazo". Para ello el Ptp-Pcr propugna un frente antimenemista "con amplios sectores de la Alianza y del peronismo" (18). "Tanto en el radicalismo como en el Frepaso hay sectores más opositores y dispuestos a la lucha social" (ídem) y es tras la búsqueda de un frente con ellos que los seudomaoístas se oponen con todas sus energías a la constitución de una alternativa obrera independiente. – En el movimiento sindical son furgón de cola de la Mesa de Enlace del MTA-CTA, a la que embellecieron sistemáticamente, mientras ésta dejaba pasar la reforma laboral antiobrera. – En el movimiento de la mujer se oponen contrarrevolucionariamente a que éste se estructure como una organización de combate por sus derechos. Han inventado la tesis de la horizontalidad de dicho movimiento, a piaccere de la burguesía que le teme mortalmente a la organización y lucha de las mujeres. – En la ocupación general de colegios que realizaron los estudiantes secundarios de Neuquén contra la reforma educativa menemista, boicotearon activamente el movimiento de lucha porque era políticamente independiente de los partidos patronales. Por su parte, la llamada Corriente Patria Libre (CPL) y el Peronismo que Resiste, que han constituido el llamado Frente de la Resistencia, han dado un paso más audaz. Plantean directamente en su llamado "Plan de Salvación Nacional": "sinceramiento del tipo de cambio", lo que sinceramente significa una devaluación monetaria. Es decir una clara medida antiobrera, porque significaría una nueva y drástica reducción salarial. Este es un planteo que han comenzado a insinuar sectores de la gran burguesía para promover sus exportaciones. La burguesía no se anima a levantar en forma directa aún este reclamo por el gran endeudamiento que tiene en dólares. Pero la CPL frente a esto tiene una solución crediticia y monetarista del tipo del PCR-PTP: "una financiación al endeudamiento interno en dólares en préstamos personales, hipotecarios y a la pequeña y mediana burguesía", o sea convertir en pesos la deuda privada en dólares. "Es decir que mientras que el consumidor (el trabajador) deberá sufrir la devaluación a pleno con el aumento correspondiente de los precios, el capitalista o el pequeño burgués endeudados serán rescatados por el Estado mediante la conversión de sus deudas en dólares a pesos devaluados (…) El planteo de devaluar el peso y rescatar a la burguesía endeudada constituye un aval anticipado que da el peronismo revolucionario a la salida que ya tienen en carpeta los capitalistas para el momento en que la crisis actual llegue a su punto más alto. Se trata, por lo tanto, de una descomunal concesión ideológica a la oligarquía capitalista argentina" (19). La CPL propugna el "fortalecimiento del Banco Central, del Nación y demás banca pública", pero no la expropiación de la banca privada (ni siquiera de la extranjera); busca "el control" estatal "en áreas estratégicas como energía y telecomunicaciones", pero no la expropiación de las empresas privatizadas por el Estado sino sólo la "revisión de las privatizaciones". Y otras medidas en defensa de la industria nacional ("protección de la producción nacional", etc.). No lucha por la educación laica, lo cual es lógico desde el momento que espera formar el "frente de la resistencia" con "los grupos cristianos comprometidos con el pueblo", es decir sectores de la Iglesia y con "los compañeros y grupos que abandonan un Frepaso dócil con los que mandan". Pero el que más lejos ha ido por este camino es el llamado Partido Humanista (PH), que, desde que su fundador Silo ha decidido volver a la Argentina, se ha vuelto cada vez más antiobrero. En su Libro Naranja, bajo el título "¿Se puede salir de la convertibilidad?", el PH propone "modificar el tipo de cambio, adaptándolo a las necesidades del comercio exterior, lo que implicará una devaluación cercana al 100%" (!) (20). Esto es una clara medida contra la clase obrera "adaptada a las necesidades de comercio exterior", es decir de la burguesía exportadora. Lo cual el PH no se esfuerza en ocultar cuando señala en sus fundamentos que "las propuestas del PH incitan a desalinearse de la crisis general, poniendo sobre todo en marcha la productividad y la exportación…" (21). Su originalidad es ni más ni menos que una alineación con todas las burguesías mundiales que han sido golpeadas por "la crisis general", que han devaluado sus monedas estableciendo mejores condiciones de "productividad" (rebaja de salarios) y de "exportación" (competitividad con otras producciones nacionales). Al igual que el resto de la izquierda monetarista, propugna una mayor intervención del Estado para proceder al salvataje de la burguesía nacional. Propone una "Banca Nacional sin Interés" para promover créditos para "el desarrollo". Que el Estado promueva "el uso de los abundantes recursos de gas natural, en lugar de petróleo, permitiendo tener con este último mayores saldos exportables" (más subsidios para los monopolios petrolero-gasíferos, en momentos en que éstos han cesado de invertir por la caída del precio mundial del petróleo). Y "reformular todas las privatizaciones de los servicios públicos, en el contexto de priorizar los intereses del público y de los trabajadores por encima del lucro empresarial", lo cual es verso, porque no plantea la anulación de las privatizaciones y su confiscación por el Estado, bajo control de los trabajadores. Entre sus propuestas centrales, plantea que "los recursos del presupuesto destinados a Salud (incluidas Obras Sociales), Educación y Asistencia Social se distribuirán mediante métodos de pago directo" para evitar así la "intermediación" y la "corrupción". Pero no propone el aumento de dichos presupuestos, introduciendo así una nueva faceta del verso que la Alianza viene realizando en su lucha contra la corrupción. Plantea en cambio, un proyecto humanista para asociar a los explotados con sus explotadores: instaurar el régimen de la "propiedad participada" que convierte a los trabajadores en accionistas (y que ya puso en marcha oportunamente el menemismo para hacer pasar las privatizaciones corrompiendo a las burocracias sindicales). Señala como modelo al yanqui, donde existen empresas con propiedad participada, en las que los obreros tienen acciones, y promete "incentivos crediticios y tributarios para las empresas que adopten el sistema" (22). La burguesía industrial viene reclamando el planteo devaluacionista, en forma indirecta, cuando plantea que se le otorguen subsidios a las exportaciones y cuando reclama mayores aranceles a las importaciones de productos que compiten con lo que ella fabrica. En sectores del MTA también preocupa la "salida del régimen de convertibilidad" a "través de la aplicación de un vasto conjunto de políticas económicas (cambiarias, arancelarias, fiscales, monetarias y financieras)" que planteen "la recuperación de grados de libertad perdidos (flexibilización cambiaria…)" (23). Recalde, asesor jurídico del MTA, se desespera por la inacción de los partidos patronales: "No pueden salir, no saben salir o no quieren salir de la convertibilidad" (24). Lógicamente, con estos programas devaluacionistas, tributarios de la burguesía nacional, las corrientes de izquierda que venimos analizando se oponen a que la clase obrera presente una alternativa política independiente. Algunos, como la CPL, porque pretenden formar un frente patriótico con la pequeñoburguesía y la (futura) burguesía patriótica, que se oponen a todo lo que sea clasismo de los trabajadores. Otros, ante la impotencia, plantean… ¡votar en blanco! El PCR-PTP, por ejemplo, ha llamado a votar en blanco en las elecciones que se realizaron en Córdoba el 20 de diciembre. Esto porque: – el gobernador y candidato radical Mestre ordenó el desalojo de la ocupación de la Cervecería Córdoba. – "De la Sota (el candidato peronista) no dio nunca una opinión sobre el cierre de la Cervecería" (25). – y que "Acción por la República (el partido de Cavallo) apareció por la Cervecería durante la toma, en el Día del Niño, para dividir". – De allí concluyen que como "todos habían acordado el desalojo (de la Cervecería) y todos ahora quieren apagar con las elecciones el odio en las fábricas, en los barrios y en el campo de Córdoba", el "PCR y el PTP definieron en este marco llamar a votar en blanco" (ídem). Funes, el secretario general del PCR de Córdoba, remarca que "en estas elecciones no hay ninguna posibilidad de cambiar esta política" (26). ¡Si los partidos patronales no dan una salida, entonces no hay salida! El votoblanquismo de las organizaciones nacionalistas no es sinónimo de lucha contra los partidos del régimen. Ruben Contesti, director de la nacionalista revista Línea (27), alienta dicho voto ("aumenta la abstención, el voto en blanco y otros mecanismos de repudio"). Considera que "la crisis actual obligará a las dirigencias a dar el debate, a discutir salidas" y que "no habrá hegemonía, cualquiera sea el resultado de las próximas elecciones" esta situación dará lugar a la formación "de un próximo gobierno de gran consenso y grandes mayorías" para lo cual hay que "plasmar una superestructura política de coalición que reúna las fuerzas heterogéneas que sean suficientes para dar el golpe de timón y sostener el rumbo". En otras palabras, su actual voto en blanco tiene en vista un gobierno de coalición Alianza-duhaldismo. El voto en blanco es claramente un intento porque la clase obrera no se estructure políticamente en forma independiente ante las clases dominantes. – V – La otra izquierda Horas antes del cierre de listas para las elecciones de octubre del 97, el PC y el MST decidieron constituir la IU. ¿Que los decidió? La constitución unas semanas antes de la Alianza entre la UCR y el Frepaso. "Una realidad existía antes del acuerdo UCR-Frepaso y otra muy distinta después del mismo", decía el PC (28). Para el PC, con la Alianza, "el Frepaso fue arrastrado a la posición de centroderecha… por lo que quedó más nítido aún el espacio que puede ocupar la izquierda" (29). Es ocupar "el espacio" de la centroizquierda. El PC integró, financió y ayudó a desarrollar el Frente del Sur y el Frente Grande, hasta que el Chacho Alvarez y la Fernández Meijide decidieron expulsarlos. El MST piensa en los mismos términos. "El resultado de las internas hará crecer el sector de desilusionados con la Alianza. Esto abre (nuevamente) un espacio que puede ser ganado por la izquierda si es capaz de unirse" (30). La IU nació con la perspectiva de convertirse en el centroizquierda. Cuando la CTA realizó su Congreso en el Luna Park, para transformarse en Central Alternativa, el PC constituyó el Movimiento Político Sindical Liberación (MPSL), como su corriente sindical dentro de la CTA que se proponía "luchar por una Central Alternativa… que luche por construir un bloque social y político capaz de imponer el poder popular". Para el MPSL, el modelo de ese "bloque social y político" estaba en el que se había constituido "hacia mediados de 1994, cuando convergieron el crecimiento de las luchas… y el crecimiento electoral de una fuerza que nacía convocando a construir una alternativa real frente al modelo". Se refería al Frente Grande del Chacho Alvarez y la Fernández Meijide. En esta perspectiva, el PC se ha integrado total e incondicionalmente a la dirección de De Gennaro (apoyó la política antiobrera llevada adelante por éste en la gran huelga minera de Río Turbio, etc.) y a su política centroizquierdista y divisionista del movimiento obrero. En su periódico (31), desarrolla una tesis en favor de la "paralelización" del movimiento sindical. Dice que, en 1945, el peronismo "desde arriba, paralelizó a muchos sindicatos" y que ahora se trata de promover una "paralelización desde abajo". Coincide plenamente con la diputada frepasista Mary Sánchez (y con la política aliancista) que hemos criticado más arriba, de división y atomización de las organizaciones obreras. Pero Echegaray se encargó de confirmar plenamente esta orientación, en el acto de relanzamiento de IU el 2 de octubre pasado. Allí planteó la necesidad de constituir "un nuevo bloque alternativo popular, que debería tener distintos carriles:nacionalistas populares, de la teología de la liberación. Y llamó a que se constituyan sectores socialdemócratas y socialcristianos honestos para hacer una alianza con la izquierda-centro" (32). Y como primer paso práctico de este "nuevo bloque alternativo popular", el PC propuso como candidato a gobernador para las elecciones del 20 de diciembre en Córdoba… a un intendente de un pequeño pueblo del sur de la Provincia, ex procesista y ex Ucedé. Como su candidatura no fue aceptada en gran parte por la protesta de sectores de la base de IU este hombre terminó declarando su apoyo electoral al peronista De la Sota. El PC ha intervenido con todo también en el "Encuentro por un Nuevo Pensamiento". Allí hizo causa común con algunos intelectuales alianciastas, frepasistas y otros sin partido (ex izquierda) y dentro de las muchas ideas nuevas que encontraron "su limitación está dada todavía y seguramente no será eterna en cierta negación de los partidos y en la búsqueda de alternativas sólo desde lo social", nos dice el responsable sindical del PC, Mario Alderete (33). El nuevo pensamiento les enseña a los obreros que no deben intervenir en la política, ellos sólo deben dedicarse a lo social. Deben tener una actitud autónoma frente a la política que debe ser ejecutada por la centroizquierda aliancista. -VI- Conclusión El movimiento obrero de conjunto se encuentra en una crisis final. La debacle proimperialista y antiobrera del peronismo ha dejado a la burocracia sin otro eje político que el prebendarismo imperialista (el Smata saca 20.000 dólares al mes de las patronales). La crisis del movimiento sindical se evidencia también en la ruptura del monolitismo burocrático y en la constitución de la CTA primero y del MTA después. Los sindicatos o se disuelven como tales (cosa que están discutiendo, por ejemplo, sectores de la burocracia de la Asociación Bancaria) para transformarse en mutuales, o son empujados a una vía de acción política para incidir en la legislación. Pero las direcciones burocráticas de la CTA, del MTA y de las 62 se alinean, si no detrás del decrépito menemismo, sí detrás de las antiobreras opciones del duhaldismo y/o de la Alianza. Por su lado, la izquierda (devaluacionista) busca recrear una burguesía nacional progresista o antimperialista y se opone a estructurar una alternativa independiente de la clase obrera. Por ahora ante la inexistencia de esta burguesía gira en el vacío, aunque trabando los pasos hacia la independencia de clase que dan sectores de los trabajadores. La izquierda tributaria del centroizquierda también afirma que no se puede construir dicha alternativa clasista porque "los dirigentes que se reclaman opositores como De Gennaro (CTA), o Moyano, Palacios (MTA) o el Perro Santillán (CCC) se vienen negando rotundamente a impulsar un partido de clase, de trabajadores. Por el contrario, varios de ellos dejan correr el apoyo a la Alianza, otros coquetean con Duhalde y el Perro propone un frente antimenemista. El MST, desde hace años, les viene proponiendo, pese a las grandes diferencias que tenemos, que encabecen un PT…" (34). Pero la construcción de una alternativa política clasista no depende de la voluntad de los dirigentes burocráticos, ni de las combinaciones políticas superestructurales. A pesar de todos estos bloqueos, toda la situación empuja en favor de que se produzca un reagrupamiento político obrero independiente. Todos los sectores arriba nombrados debaten al respecto. Jorge Izquierdo, secretario general de los trabajadores judiciales de Neuquén, reconoció que "a la hora de discutir la organización política propia, muchos sectores se están planteando esta alternativa, cosa que se está discutiendo profundamente en la Federación Judicial y que también los trabajadores y dirigentes se lo están planteando en Neuquén" (35). Julio Fuentes, secretario general del CTA neuquino, también reconoció que "7 de cada 8 activistas sindicales que se reúnen, discuten la necesidad de la organización política propia" (36). Es cierto que un Partido de la clase obrera no puede ser producto del voluntarismo de sectores activistas, pero sin esa voluntad organizada no se podrá desarrollar. La situación objetiva abona el terreno para dar pasos concretos en la creación de dicho Partido. Esto no será sin embargo un resultado de amalgamas de activistas y corrientes sin programa; sino a través de una lucha en el seno de las organizaciones obreras para imponer dicho programa, para que éstas rompan con los partidos patronales. No se puede excluir que si la crisis se profundiza haya sectores burocráticos, hoy opuestos a la lucha por la independencia clasista, que se adapten demagógicamente a un rumbo independiente. Será un intento de bloquear las verdaderas tendencias en favor de la independencia clasista. Si la vanguardia obrera y marxista adopta una posición de lucha en favor de la independencia clasista estará en mejores condiciones de superar estas maniobras burocráticas. Para ello debe ponerse a la cabeza de la lucha de las masas con un programa de reivindicaciones y consignas transicionales capaces de orientar sus combates y de darles una perspectiva estratégica en la lucha por poner en pie al partido de la clase obrera e imponer un gobierno de los trabajadores. A veces en forma ingenua, otras como excusa demagógica, se afirma que está bien el planteo de lucha por un Partido de la clase obrera, pero que éste debe ser "construido desde abajo". Este argumento tradicionalmente se ha transformado en un refugio para realizar una actividad estrechamente sindical y terminar declarando que "no están dadas las condiciones para una alternativa política". Pero ya Lenin, en el Qué Hacer explicó la importancia de tener un plan estratégico para construir el Partido de la clase obrera y poder enfrentar las presiones y maniobras del Estado burgués. "Construir el partido de la clase obrera desde arriba significa tomar la iniciativa política de plantear un programa clasista, organizar en torno de él un partido de la clase obrera y canalizar de manera independiente la lucha de los trabajadores" (37). Esta tarea tendrá que enfrentar graves desafíos políticos. A fines del 99, habrá elecciones nacionales, y antes, provinciales. Es necesario enfrentar a los partidos patronales en todos los terrenos, incluido el electoral. Para ello se plantea la necesidad de formar listas en cada municipio y provincia compuesta por candidatos obreros independientes, integradas por compañeros de las organizaciones obreras locales. El PO llama a todos los sectores del movimiento obrero para trabajar en común por una campaña para que las organizaciones obreras rompan con los partidos patronales, encaren la defensa de sus conquistas y la lucha por sus reivindicaciones y trabajen en favor de la constitución de una alternativa política independiente de la clase obrera. Convoca a los activistas, delegados, comisiones internas, comisiones directivas sindicales y a los partidos y grupos que se reclaman de izquierda a romper con los partidos patronales y a trabajar en común por este norte. Llamamos a constituir, entre los compañeros que ya están de acuerdo, comités de base por empresa, gremio y/o localidad para impulsar esta perspectiva y encarar los graves problemas que tienen los desocupados, los trabajadores flexibilizados, las mujeres superexplotadas, los estudiantes amenazados por el arancelamiento. Sólo conquistando su independencia de clase, podrá la clase obrera constituirse en caudillo de la movilización nacional de todos los explotados.

1 de marzo de 1999
La ‘Historia del siglo XX’ de Eric Hobsbawm

Eric Hobsbawm, el reconocido historiador británico, tiene ciertamente buena prensa. Respetado por los círculos académicos en cualquier latitud, goza incluso de la simpatía de numerosos políticos progresistas. En 1995 se publicó su monumental obra Historia del siglo XX , de más de 600 páginas, y en la cual Hobsbawm analiza los hechos producidos en un "siglo corto", cuya duración coincide grosso modo con la existencia del Estado surgido de la revolución bolchevique. Lejos de escribir en la prosa remanida de la Academia, Hobsbawm ha querido darle a su libro no sólo aires de obra de divulgación (abarcando la política, la economía, las ciencias y la cultura) sino hasta de una especie de autobiografía (1). Cualquier recensión sobre esta obra impondría, entonces, abarcar ambos aspectos. Nace una estrella (tras los tanques en Budapest) La intelectualidad progre europea celebró su obra en la que historiza el siglo corto como "la más abarcadora y la mejor escrita" (2). La intelligentsia local también tuvo la oportunidad de tributarle los más desmedidos elogios. ¿Quién es Eric Hobsbawm? La biografía política-intelectual es conocida: miembro vitalicio del luego auto-disuelto PC británico, al cual ingresó porque "como judíos no podíamos, por definición, dar nuestro apoyo a los partidos basados en la confesionalidad o en un nacionalismo que excluyera a los judíos. Nos volvimos comunistas. No tomábamos partido contra la sociedad burguesa y el capitalismo, puesto que parecían estar con toda evidencia en los estertores de su muerte"(3). Tras la invasión soviética que aplastara la revolución política en Hungría en el 56, Hobsbawm será testigo de cómo se hacía trizas el Grupo de Historiadores del cual formaba parte junto a intelectuales de promisorio futuro (Christopher Hill, E.P. Thompson, etc.). En medio de un clima de renuncias, expulsiones y procesos propios de la Inquisición, Hobsbawm llega a un acuerdo tácito con el Partido Comunista de Gran Bretaña (PCGB): total libertad para la historiografía de los siglos XVIII y XIX, pero una prohibición absoluta para publicar investigaciones sobre el presente siglo. La confianza que el PCGB deposite en Hobsbawm será tanta que para explicar los "sucesos de Hungría" le confiará la tarea de bajar línea a través de una serie de artículos publicados en el Daily Worker. Allí escribirá que "todo socialista debe entender que Hungría podría haberse convertido en la base para la contrarrevolución. Mientras apoyamos firmemente lo ocurrido en Hungría, debemos también decir que la URSS debe retirar sus tropas del país tan rápido como sea posible"(4). En los años 70, Hobsbawm se convertirá en el intelectual del movimiento comunista en crisis, alineándose firme detrás de la variante eurocomunista. Comentando las andanzas de su ahora protegido Pinochet, dirá que "Allende fracasó no simplemente porque su Unidad Popular fue técnicamente incapaz de derrotar a los militares sino porque alienó a numerosos sectores de la población, a los cuales debió haber arrastrado tras de sí" (5) . No se trataba, está claro, de una crítica marxista al frentepopulismo chileno sino que Hobsbawm se sumaba entusiasta al compromiso histórico del PCI de Enrico Berlinguer, que significaba "bajar el ritmo del cambio social a niveles aceptables para los aliados potenciales entre los sectores medios (sic)"(6). El eurocomunismo será sinónimo de apoyo a la Comunidad Económica Europea; el abandono de la dictadura del proletariado y la permanencia en la OTAN. En el 79 Hobsbawm dirige la revista teórica del PC británico, Marxism Today, que cobija a una caterva de intelectuales anti-marxistas y posmodernos (Ernesto Laclau, entre otros), y que se destacará por analizar al thatcherismo en términos de "semi-fascismo" (qué mejor que el cuco fascista para resucitar al frentepopulismo ). Hobsbawm también actúa en el Labour Party inglés, donde en los años 80 apaña a la dirección partidaria en su "caza de brujas" contra la corriente Militant, que practicaba el entrismo desde tiempos inmemoriales (más de 20 años). Para Hobsbawm, la "democracia" era un valor universal excepto cuando existía una fuerte tendencia trotskista al interior del Labour Party. El entonces líder laborista Neil Kinnock le agradecerá enormemente los servicios prestados, elogiándolo como "el más sagaz de los marxistas vivientes" (7). Siglo XX: cambalache Según Hobsbawm el siglo corto podría dividirse en tres grandes etapas: Una Era de Catástrofe, desde 1914 hasta fines de la Segunda Guerra Mundial: donde el quiebre del mundo decimonónico produjo dos guerras mundiales, la caída de los imperios coloniales, una crisis económica de profundidad sin precedentes que castigó hasta a la economía más dinámica de la época (Estados Unidos), el refugio de numerosos países en la autarquía económica y la caída de las instituciones de la democracia liberal a manos del fascismo y los regímenes autoritarios. Una Era Dorada (1947-1973): época de extraordinario crecimiento económico y grandes transformaciones sociales, que probablemente haya cambiado más profundamente la civilización humana que cualquier otro período de duración similar. Sobre la cuestión de por qué o cómo pudo el capitalismo resurgir con inusitada vitalidad, Hobsbawm nos dice que "no existe aún acuerdo (entre los historiadores), ni puedo decir que yo provea una respuesta persuasiva"(8). – Un Derrumbamiento (1973-1991): "una era de descomposición, incerteza y crisis" (9), signada por la desaparición de la URSS y la destrucción del sistema que había estabilizado ("coexistencia pacífica") las relaciones internacionales por más de 40 años, sembrando la creencia del triunfo del neo-liberalismo. Conjuntamente, tres tristes tópicos distinguirían, según Hobsbawm, al siglo XX: a) la desaparición del mundo eurocéntrico, puesto que "las grandes potencias de 1914, todas europeas, han desaparecido, como la URSS, heredera de la Rusia zarista, o fueron reducidas a un status regional… El mismo esfuerzo por crear una Comunidad Europea supranacional y por inventar un sentimiento de identidad europeísta que le correspondiese, reemplazando las viejas lealtades hacia las naciones y estados tradicionales, demuestran la profundidad de este declive"(10). b) Un mundo globalizado donde las economías nacionales, definidas por las políticas de los Estados, se verían reducidas a obstáculos para las actividades transnacionales. Globalización en la cual "curiosamente el comportamiento privado humano ha tenido menos problemas en ajustarse al mundo de la televisión satelital, el E-mail y las vacaciones en las islas Seychelles" que las instituciones estatales (11). c) La desintegración de los viejos modelos de relaciones interpersonales, para Hobsbawm un proceso preocupante, que se evidenciaría en el acérrimo individualismo dominante, y que se vería acentuado luego de la destrucción de las sociedades del socialismo real. Hobsbawm plantea también que "una de las ironías de este extraño siglo es el hecho de que el resultado más duradero de la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era el derrocamiento global del capitalismo, fue el de salvar a su antagonista, tanto en la guerra como en la paz" (12). Esta verdadera Astucia de la Razón hegeliana se habría materializado de dos maneras: imponiéndole al capitalismo un incentivo para reformarse después de la Segunda Guerra Mundial ("reforma o revolución"); y mostrándole el ejemplo concreto de la economía planificada (utilizada luego por la "macroeconomía keynesiana") Las lecciones de Octubre Eric Hobsbawm tiene la característica de variar periódicamente sus apreciaciones respecto de la primera revolución socialista de la historia… En 1990, por ejemplo, la había calificado como el "resultado loco" de una Era de Catástrofe, un evidente error que se podría haber evitado si las advertencias mencheviques hubieran sido escuchadas (13). En su reciente visita a Bs. As., Hobsbawm sostuvo que "tal vez hubiera sido mejor no hacer la revolución de Octubre"(14). En este libro, Hobsbawm la reivindica parcialmente (es decir, la condena de manera vergonzante). Hobsbawm comienza señalando con exactitud el giro de 180º que significó el regreso de Lenin del exilio, cuando sacó a los bolcheviques del fango del "apoyo crítico" al kerenskismo. Incluso se mantiene fiel a la verdad cuando sostiene que la perspectiva de Octubre era la extensión de la revolución a toda Europa, teniendo como eje a Alemania. Pero será aquí donde el menchevismo innato de Hobsbawm lo lleva a una apreciación de los hechos que es, por lo menos, caprichosa. Así la derrotada revolución alemana no habría sido más que "una ilusión", debido a "la total, pero temporaria, parálisis del viejo ejército, del viejo estado y estructuras de poder, bajo el doble impacto de la total derrota bélica y la revolución en ascenso"(15). Ninguna indicación nos da Hobsbawm acerca de cuánto tiempo debe durar una situación revolucionaria para no pecar de temporaria, ni tampoco analiza el papel jugado por la socialdemocracia. Esta llamativa abstención política e histórica respecto del rol desempeñado por Ebert, Noske & Cía. es sintomática, porque para Hobsbawm la creación de la Comintern significó "un error grave, la división permanente del movimiento obrero internacional" (16). El argumento de Hobsbawm es que, puesto que el objetivo de la IIIª Internacional era el de propagar universalmente el "partido leninista de vanguardia", tal perspectiva era únicamente justificable en condiciones de inminencia revolucionaria, situación que durante el período 1918/20 no era cierto, ni en Occidente ni en Oriente. Como puede apreciarse de un solo plumazo, Hobsbawm resucita a la IIª Internacional, desvirtúa el enorme significado histórico de la IC y distorsiona las condiciones de la lucha de clases de la primera posguerra. Además, sostiene Hobsbawm, el error bolchevique no habría de ser enmendado ni siquiera con la táctica del Frente Unico, intransigentemente defendida por Lenin y Trotsky durante el III Congreso de la IC. Habría que esperar hasta 1935, con el Frente Popular, para volver a lograr la "unidad del movimiento obrero" (con la yapa de la burguesía liberal). "Cuando se hizo claro que la Rusia soviética iba a ser, por un tiempo que seguramente no iba a ser corto, el único país donde triunfara la revolución, la única política realista para los bolcheviques era transformar (a Rusia) de una economía atrasada, a una economía desarrollada, tan rápido como fuera posible"(17). El aislamiento de la revolución socialista lleva a Hobsbawm a la aceptación realista de la política de "socialismo en un solo país". Curiosamente, señala incluso que "no hay ninguna razón teórica por la cual la economía soviética, tal como surgiera de la revolución y la guerra civil, no hubiera podido evolucionar en una relación más estrecha con el resto de la economía mundial"(18). Para alguien que reniega del control obrero de la producción, y proclama el fracaso del estatalismo planificado, no suena precisamente como un llamado bujariniano al "socialismo a paso de tortuga" sino la restauración lisa y llana. En medio de la Gran Depresión de los años 30, los innegables logros de la economía planificada habrían entusiasmado, según Hobsbawm, a amplias capas de la burguesía de los países atrasados, para los cuales "la receta soviética para el desarrollo económico parecía diseñada para ellos" (19). Esto se parece demasiado a las posiciones del posadismo, para quien una burguesía convencida de que no podría realizar su propia revolución democrática, terminaría por realizar el socialismo… Finalmente, digamos que en algún rinconcito del libro, Hobsbawm se anima a confesar que, bajo Stalin, la revolución mundial pertenecía ya a la retórica del pasado y, aun más, cualquier revolución sería tolerable sólo si no se contraponía a los intereses del Estado soviético (de la burocracia, en realidad), y podía ser llevada al control directo del aparato. Pero en otros párrafos, Hobsbawm sostendrá posiciones diametralmente opuestas… Fascismo y Frente Popular Un ganadero llevaba a sus bueyes al matadero. Llega el matarife con su cuchillo. ¡Cerremos las filas y, con nuestros cuernos, traspasemos a este verdugo!, propuso uno de los bueyes. ¿Pero en qué es peor el matarife que el ganadero que nos trae aquí a garrotazos?,replicaron los bueyes educados políticamente por el pensionado Manuilski. ¡Pero es que luego podremos ajustar cuentas con el ganadero! ¡No! – respondieron los bueyes con principios . Tú cubres a los enemigos por la izquierda; ¡tú, tú mismo eres un social-matarife! Y se negaron a cerrar filas…(20) Cuando Trotsky defendía la táctica del frente único ante el fascismo y empleaba todos los recursos literarios para refutar a los funcionarios stalinistas como Manuilski, fijaba en realidad una perspectiva política revolucionaria para el movimiento obrero, con el fin de combatir la táctica suicida de la Comintern (la llamada teoría del "socialfascismo"). El stalinismo sostenía que el fascismo y la socialdemocracia eran gemelos, y aún más, el KPD el PC alemán llegaría a aliarse con los nazis para "deshacerse" del SPD la socialdemocracia (el denominado "plebiscito rojo" de Prusia en 1931). El nazismo se proponía aplastar implacablemente a todas las organizaciones tradicionales del movimiento obrero, comunistas o socialdemócratas, por lo que se necesitaba una política de frente único, de unidad de acción, de armamento del proletariado. Hitler llegará al poder ante la pasividad cobarde de las direcciones del movimiento obrero. Hobsbawm también tendrá duros conceptos para con la táctica del "Tercer Período", pero reivindica al VIIº Congreso de la IC (julio-agosto de 1935), es decir al Frente Popular, que nace en Francia, cuando en su afán por ganarse a las clases medias para la alianza antifascista, el PCF y el PS se alían al partido Radical, es decir, al partido de la mismísima burguesía imperialista. En Moscú, se buscaba ahora una alianza militar y política con Francia y el Frente Popular actuaría como un recurso de la burguesía contra la revolución proletaria. Pero para Hobsbawm "el Frente Popular fue mucho más que una táctica defensiva o, aun más, una estrategia para pasar de un repliegue a una nueva ofensiva. Fue también una estrategia cuidadosamente planeada para avanzar hacia el socialismo" (21). Ahora bien, Hobsbawm habitualmente tiene el vicio de gambetear cualquier tipo de crítica por izquierda del stalinismo, sosteniendo que "historia es lo que ha sucedido, no aquello que hubiera podido suceder", aunque si bien "a veces podemos especular, con algún grado de realismo, generalmente acerca de aquello que no podría haber sucedido, pero no sobre lo que sí podría haber acontecido" (22). Si midiéramos a Hobsbawm con su misma vara… ¿podría decirse entonces que su juicio sobre el Frente Popular es histórico, cuando está claro que el resultado concreto de esta política no fue "avanzar hacia el socialismo" sino avanzar hacia Franco, Pétain-Hitler, De Gaulle, cuatro décadas de gobiernos DC-Vaticano, etcétera? Hobsbawm finge sorprenderse al constatar que el Frente Popular finalmente no consiguió aumentar el campo del anti-fascismo, y que en términos electorales sólo se percibía el pasaje masivo de obreros socialdemócratas al campo del comunismo. El stalinismo se encargará de frustrar este viraje político de las masas, tanto en España como en Francia, mediante su alianza con la burguesía (o con su sombra…). ¿Mortal Kombat? Como no podía ser de otra forma, el entusiasta apoyo a la política del Frente Popular lo conducirá al más banal de los macaneos cuando se dedique a analizar la Segunda Guerra Mundial… Para Hobsbawm, la década del 30 y la Segunda Guerra Mundial podrían ser entendidas "no a través de la competencia entre Estados, sino como una guerra ideológica internacional" (23). Una guerra abierta "no entre el capitalismo y el comunismo sino entre lo que el siglo XIX hubiera denominado progreso y reacción " (24). Entregándose al idealismo más febril, sostiene que "el pensamiento racionalista y humanista compartido por el capitalismo liberal y el comunismo hizo posible su breve pero decisiva alianza contra el fascismo" (25). Alianza que Hobsbawm reivindica porque logró, ni más ni menos, salvar la "democracia". En principio, si la lucha a muerte contra el nazi-fascismo había creado, digamos, un frente único tan fuerte que hasta hundía sus raíces en el Iluminismo, entonces francamente no se entiende cómo Hobsbawm sostiene que "la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obtenida, y sólo podía haberse ganado, gracias al Ejército Rojo"(26). ¿Quiere decir esto que al menos uno de los abanderados del progreso (concretamente, el imperialismo democrático) escatimaba su esfuerzo, y eventualmente buscaba o toleraría un acuerdo con la mismísima reacción? Siempre se hace difícil explicar la historia real con macanas… Lo cierto es que como Hobsbawm capitula ante el nacionalismo (imperialista) británico, exigirá la más estricta unidad nacional contra el nazismo: "el Labour Party podría ser criticado, no por la falta de firmeza hacia el agresor fascista sino por rehusarse a apoyar las medidas militares necesarias para hacer esa resistencia efectiva, como por ejemplo el rearme y la conscripción obligatoria. También, y por las mismas razones, podrían (ser criticados) los comunistas" (27). Al negar que la única barrera contra el fascismo es el socialismo, Hobsbawm actúa igual que la socialdemocracia en 1914. Una nueva guerra se perfilaba desde comienzos de los 30, y su carácter era claro: una guerra interimperialista para redefinir las esferas de influencia. Para el obrero la lucha contra el imperialismo y su guerra significaba que "el enemigo principal está en tu propio país" o "la derrota de tu propio gobierno (imperialista) es el mal menor". A quienes, invocando la amenaza del fascismo, rechazaban el derrotismo, Trotsky les contestaba: "¿Podría el proletariado de Checoslovaquia haber luchado contra su gobierno y su política capituladora mediante slogans de paz y derrotismo? Una cuestión muy concreta está planteada así de una manera abstracta. No había lugar para derrotismo porque no había ninguna guerra… En esas críticas 24 horas de confusión e indignación generalizadas, el proletariado checoslovaco tuvo la enorme posibilidad de hacer caer al gobierno capitulador y tomar el poder. Para esto se necesitaba sólo un partido revolucionario. Naturalmente, después de tomar el poder, el proletariado checo hubiera ofrecido una tenaz resistencia a Hitler, e indudablemente hubiera despertado una poderosa reacción de las masas trabajadoras en Francia y demás países… La clase obrera checa no tenía el menor derecho de confiar el liderazgo de una guerra contra el fascismo a los señores capitalistas, que en un par de días, tan tranquilamente, se pasaron de bando convirtiéndose a sí mismos en fascistas y cuasifascistas. En tiempos de guerra, mutaciones de este tipo por parte de la clase dominante estarán a la orden del día en todas las democracias. Esta es la razón por la cual el proletariado se autodestruirá si basara su línea política general en las etiquetas formales e inestables de pro-fascismo y anti-fascismo "(28). En conclusión, Hobsbawm nos ha contado una bella fábula acerca de buenos y malos, que aunque bien podría hacernos conciliar el sueño, tiene el inconveniente de ser históricamente falsa y políticamente contrarrevolucionaria. No es casualidad que hoy día Hobsbawm niegue legitimidad al pedido de extradición de Pinochet, so pretexto de salvar la democracia chilena. El historiador pretenderá hallar en el pasado la justificación de tamaña capitulación. Sostiene Hobsbawm que "después de la última guerra, en casi todos los países surgió la necesidad de la convivencia entre quienes habían luchado en la resistencia y los colaboracionistas fascistas. A veces se hace necesario trazar una raya. No me parece realista una punición general" (29). En realidad, nunca existió ninguna necesidad de impunidad. Más aún, hagamos de cuenta que le concedemos al historiador el argumento acerca de la imposibilidad de una punición general… Hobsbawm no se negaría entonces, por ejemplo, a expropiar a los Thyssen, Krupp & Cía. (sostuvieron a Hitler); o a expropiar a los Agnelli & Cia. (impulsaron a Mussolini); o a expropiar a la burguesía francesa (la misma que proclamaba "mejor Hitler que Blum"). Pero no, ni siquiera esto… Hobsbawm no quiere ni punición general, ni castigar a los peces gordos. Queda en claro, entonces, que lo que sí existe es necesidad por parte de Hobsbawm de encubrir a Togliatti (PCI) y Thorez (PCF) que desarmaron, literalmente, a los trabajadores; de encubrir a Stalin (chauvinismo antialemán; división reaccionaria del proletariado). Curiosamente, en el cuento de hadas de Hobsbawm los buenos no quieren castigar a los malos… ¿No los convertirá esto en simples cómplices? Dios salve a la Reina… En el capítulo "El fin de los Imperios", Hobsbawm aborda el proceso de descolonización. Tras darnos un panorama global, el autor trata la caída del Raj británico en la India. Primero señala la deliberada y sistemática política de explotar la rivalidad hindú-musulmana ("divide y reinarás") aplicada por el Imperio ante la creciente presión del nacionalismo hindú. Pero luego Hobsbawm retrocede y nos dice que los cientos de miles de muertos causados por la partición India/Pakistán "no formaba parte de ningún plan del gobierno imperial" (30). Lástima para los colonialistas que Hobsbawm naciera tan tarde, porque el historiador les proporciona un nuevo argumento a favor: el Raj británico "en su desesperado intento por ganar la guerra (Segunda Guerra Mundial, N. del A.) destruyó su legitimidad moral: haber logrado una Indostán única, en la cual sus múltiples comunidades podían coexistir en relativa calma, bajo una única e imparcial administración y legalidad" (31). Hobsbawm debería primero demostrar que la relativa calma era fruto de la política del gobierno colonial; cosa que no podría hacer jamás (32). Luego, no se entiende cómo si se trataba de un gobierno colonial, puede calificarlo de "imparcial" siendo obvio que velaba (y cómo…) por los intereses imperiales, oprimiendo a las masas nativas. Finalmente, Marx por ejemplo hablaba del doble carácter que tenía la dominación británica en la India al destruir el despotismo oriental y sentar las bases de la sociedad occidental; pero jamás habló de "legitimidad moral" o cosa semejante… Más aún, afirmaba que "todo cuanto se vea obligada a hacer en la India la burguesía inglesa no emancipará a las masas populares ni mejorará substancialmente su condición social". Marx señalaba que la dominación colonial británica sentaba las premisas materiales para el desarrollo de las fuerzas productivas y, a la vez, para su apropiación por el pueblo. De ese papel que jugaba la burguesía Marx terminaba preguntándose "¿cuando ha realizado algún progreso sin arrastrar a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la miseria y la degradación?". Un tema puntual para cualquier historiador británico es Irlanda, pero Hobsbawm no le dispensa más que dos comentarios a la pasada en 600 páginas. Ni siquiera menciona el levantamiento de Pascuas de 1916, ni el Domingo Sangriento de Derry en 1972… Hobsbawm, que gusta proclamar su deuda con el marxismo, respecto al colonialismo ha abrevado indudablemente en otras fuentes… Mao-stalinismo en el Tercer Mundo A principios de los 60, Hobsbawm, al igual que el PCGB, se alineará con Khruschev en la disputa con Pekin. La inflamada retórica maoísta no encajaba ni con el reformismo de la vía británica al socialismo ni menos aún con el estilo flemático de Hobsbawm. Evidentemente el fuego de aquella disputa atizó la escritura de algunos pasajes de este libro, en el que Hobsbawm justifica retrospectivamente la línea "soviética", en el sentido de que para "los partidos alineados con Moscú el capitalismo no era el enemigo, sino el pre-capitalismo y los intereses locales y el imperialismo (yanqui) que lo apoyaban" (33). El frente político con la burguesía nacional es el programa que se desprende de semejante caracterización. El maoísmo compartía esta caracterización, cosa que Hobsbawm increíblemente niega. La prueba histórica más dolorosa es, sin lugar a dudas, lo ocurrido en Indonesia en 1965 (34). El PC indonesio, siguiendo los dictados de Pekín, consideraba al Estado post-colonial como "semi-burgués y semi-proletario", y se alineará totalmente detrás del nacionalismo burgués de Sukarno, a quien incluyó en sus estatutos partidarios como fuente de enseñanzas, a la par con el marxismo-leninismo (o lo que Mao entendía por tal). La enseñanza de la política de colaboración de clases, de acuerdo con la cual se debía "supeditar los intereses de clase a los intereses nacionales" implicaba para el PKI distraer con "campañas contra los roedores" al campesinado que se levantaba contra los terratenientes; implicaba llamar a "elevar la eficiencia y la productividad" de los mismos obreros que ocupaban las empresas nacionalizadas. El ala derecha del gobernante Partido Nacional veía con pavor el crecimiento de la influencia comunista y, consecuentemente, impondrá a Sukarno la suspensión de las elecciones que debían celebrarse en la isla de Java. Sukarno llamará "democracia guiada" a su régimen político (proscripción de facto del PCI). En el cuadro de agudización de la lucha de clases y atemorizados por la conspiración derechista, allegados al presidente Sukarno y el PKI intentarán, manteniendo desmovilizadas a las masas, un cuartelazo progresista contra el Ejército y el ala derecha del Partido Nacional (Suharto). Lógicamente, las fuerzas armadas burguesas mantendrán su unidad y una feroz oleada anti-comunista azotará Indonesia, calculándose en 500.000 la cantidad de indefensos militantes comunistas asesinados por la contrarrevolución. Aplastado el movimiento obrero y popular, un año después será Suharto (quien gobernó Indonesia hasta la revolución de hace unos meses…) quien desplace sin necesidad de violencia alguna a Sukarno. Tenemos, por un lado, que Hobsbawm aprueba la política del mao-stalinismo de disolución en el nacionalismo burgués (Nasser, Mossadegh, etc.). Pero por otro lado, constata, desmoralizado, que tanto el socialismo (stalinismo, en el lenguaje corriente) como el nacionalismo fracasaron miserablemente en sus intentos por dar "soluciones duraderas a los problemas de un mundo en crisis" (35). ¿Cómo se dice "restauración" en ruso? Apenas comenzado el libro, Hobsbawm nos adelanta una conclusión lúgubre: "el mundo que se hiciera añicos a finales de los 80 era el mundo modelado por el impacto de la Revolución Rusa"(36). Durante años, Hobsbawm desechó como mero juego de palabras cualquier intento de analizar la naturaleza de los Estados donde se había expropiado al capital. En este libro, sostiene que ya en los años 70 había sobradas pruebas de que el campo socialista se integraba aceleradamente a la economía mundial. "En retrospectiva podemos ver que esto fue el comienzo del fin para el socialismo real "(37). Para Hobsbawm, "es una ironía de la historia que las economías del socialismo real se convirtieran en las verdaderas víctimas de la crisis mundial de la economía capitalista" (38). En realidad, las leyes de la economía mundial valen para todos sus componentes, por más que esto contradiga a los defensores del "socialismo en un solo país". Para el marxismo quedó en claro hace tiempo que "o bien la burocracia, convirtiéndose cada vez más en el órgano de la burguesía mundial en el Estado Obrero, derrocará las nuevas formas de propiedad y volverá a hundir el país en el capitalismo; o bien la clase obrera aplastará a la burocracia y abrirá el camino al socialismo" (39). Para Hobsbawm, "hasta el final, la Rusia soviética permaneció, aún a los ojos de muchos egoístas y corruptos miembros de su nomenklatura, como algo más que una superpotencia. La emancipación universal, la construcción de una alternativa superior a la sociedad capitalista fue, después de todo, su razón de existencia". El historiador se propone demostrar esto preguntándole al lector: "¿De otra manera, por qué un burócrata caradura en Moscú hubiera continuado financiando y armando a las guerrillas del Congreso Nacional Africano, cuyas chances de derrocar el apartheid en Sudáfrica parecían y fueron mínimas durante décadas?" (40). ¿Cómo explicar el desenfrenado pasaje de la burocracia, de abanderada del socialismo a abanderada del anti-comunismo? Para Hobsbawm, se trata del fracaso de la economía estatal planificada, por eso elogia a los reformadores soviéticos que en los años 50 y 60 se manifestaban por la introducción conjunta de precios de mercado y cálculo de beneficios (y pérdidas…) en las empresas… El "estancamiento" bajo Brezhnev habría despertado de la hibernación a los Gorbachov ("apasionado y sincero comunista reformador"), y algunos de ellos, en su intento por mejorar las cosas, se habrían convencido que el sistema no se podía cambiar desde dentro… En medio de la perestroika, la inoportuna puja entre reformadores y conservadores produjo que mientras se desmontaba el viejo sistema, no se terminaba de reemplazarlo concretamente con nada… y bueno, a río revuelto ganancia de los Yeltsin… Como puede apreciarse, una mistificación tras otra. Con la total consolidación de su poder, la burocracia se movilizó a preparar las condiciones para restaurar el capitalismo y transformarse en clase social. Hobsbawm cree ver una serie de errores de aplicación en el fracaso del socialismo de mercado en la ex-URSS, y por eso aprecia los logros de China. La diferencia entre un resultado y otro se debe, no a la idiosincrasia oriental, como parece tentado Hobsbawm a sostener, sino a la resistencia del proletariado, mayor en la URSS (huelgas mineras del 89-90), pero aplastada en la Plaza Tienanmen. El muro de los lamentos A fines de los 70 Hobsbawm adelanta las tesis acerca de la "desaparición del proletariado", luego propagadas por el intelectual francés André Gorz. Hobsbawm aludía no sólo a un cambio de patrón productivo del capitalismo a nivel mundial (postfordismo) sino también a un profundo descenso en la conciencia de clase de los trabajadores. Sostenía que "la clase obrera manual, la base social de los tradicionales partidos obreros socialistas, hoy está contrayéndose y no expandiéndose. Ha sido transformada y hasta, en algún sentido, dividida por las décadas durante las cuales su nivel de vida alcanzara niveles jamás soñados Ya no puede asumirse que los trabajadores estén en camino de reconocer que su situación de clase les impone alinearse detrás de un partido socialista, aunque haya todavía muchos millones que crean en esto" (41). Hoy en día Hobsbawm confunde a la enorme masa de desocupados generada por el capitalismo en crisis, con una nueva clase, los excluídos. En cuanto al proletariado, seguiría reduciéndose: "en países como Inglaterra hay más gente trabajando en las agencias de publicidad que en todo el gremio de mineros" (42). Comentario más que desafortunado, porque la dirección del Labour Party, que Hobsbawm apoyó, boicoteó las combativas huelgas mineras del 84-85, y también las últimas del 92. El "thatcherismo salvaje" cerró las minas con la ayuda de los amiguitos de Hobsbawm Con la muerte del comunismo y el auge del neo-liberalismo, Hobsbawm siente que "aquellos que vivimos los años de la Gran Depresión aún encontramos casi imposible de entender cómo la ortodoxia del libre mercado, en aquel entonces tan claramente desacreditada, una vez más volvió a dominar a lo largo de un período de depresión global a fines de los 80 y principios de los 90… este extraño fenómeno debiera recordarnos una de las características más sobresalientes de la Historia: la increíble falta de memoria, tanto de los teóricos de la economía, como de aquellos que la llevan a la práctica" (43). El progre pide tantas veces que tengamos memoria ¡que acaba reclamándola a los ministros de la burguesía! Sin embargo, no todas son malas noticias… "El debate que confrontaba al capitalismo y al socialismo como mutuamente excluyentes, como polos opuestos, será visto por las generaciones futuras como una reliquia de la Guerra Fría ideológica del siglo XX" (44). El dominio social de la burguesía y el dominio social del proletariado no son mutuamente excluyentes… Pero lo que sí hace girar al mundo es "la querella entre keynesianos y neo-liberales (que) no era ni una mera disputa técnica entre economistas profesionales, ni una búsqueda por encontrar formas de resolver nuevos y apremiantes problemas económicos Era una guerra entre ideologías incompatibles" (45). Hobsbawm dice que el historiador no puede más que señalar como una contradicción el hecho de que "los regímenes más comprometidos con la economía del laissez-faire (Reagan y Thatcher, N. del A.) fueron al mismo tiempo profunda y visceralmente proteccionistas y desconfiados del mercado mundial" (46). El lector, en cambio, no puede menos que señalar que el historiador, al ver cómo su castillo de arena se derrumba, sigue macaneando. En estos tristes tiempos condenemos los excesos del capitalismo y proclamemos la lucha (bah, la búsqueda) por una sociedad solidaria: "el gobierno de la señora Thatcher en Gran Bretaña era rechazado por la izquierda, aún durante sus años de éxito económico, porque estaba basado en un egoísmo antisocial" (47). Egoísmo, sí bueno pero ¿quién no tiene defectos? Dice Hobsbawm que "aún la izquierda británica admitiría eventualmente que algunos de los austeros shocks impuestos a la economía británica por la señora Thatcher eran probablemente necesarios"(48). Sepa el lector que, por izquierda británica, Hobsbawm se refiere al Labour Party y al PC, y que obviamente los shocks no castigaban a la economía británica (en este contexto, la peor de las abstracciones) sino a la clase obrera. Ante la enorme crisis mundial, Hobsbawm apoya al primer ministro francés Jospin en su cruzada por "una tercera vía que medie entre el estatalismo planificado y el libre comercio". Para quienes puedan pensar que se trata otra vez del mismo viejo plato recalentado, Hobsbawm los llama a la esperanza: "la idea de un estado que vela por la economía no es novedosa. Lo nuevo es la necesidad de un control internacional global. Pero todavía no hay mucha experiencia en la materia" (49). Es bueno saber que, al margen de la LCR y LO, cada día hay más adherentes al impuesto Tobin, ¿no?… Hobsbawm se ha hundido en el desconsuelo y ya no se atreve a hacer pronósticos llamando a las cosas por su nombre… "Si la humanidad habrá de tener un futuro, no podrá obtenerlo simplemente prolongando el pasado o el presente… la alternativa a una sociedad distinta es la oscuridad" (50). En realidad, la apuesta sigue siendo la misma: socialismo o barbarie. Lo demás, es verso. El sociólogo Michael Mann saludó efusivamente el libro, diciendo que "Hobsbawm escribe como un desilusionado historiador marxista" (51). Pero la verdad es que Hobsbawm escribe como un stalinista en descomposición. Nada menos, nada más. Humille, Profe, humille En su libro, Hobsbawm se dedica repetidas veces a revisar al marxismo: a veces enmendándole la plana al mismo Marx; a veces negando una continuidad generacional y frecuentemente transformando al marxismo en una "bolsa de gatos" Desilusionado por la muerte del comunismo, se queja de que "la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, según Marx, podía tener un único resultado" (52). En el mismo tomo dirá que "el marxismo ofrecía la esperanza de una profecía, la garantía de la ciencia e inexorabilidad histórica" (53). Como todo esto no tiene mayor sustento, simplemente dejemos constancia de la desilusión de Hobsbawm. Con respecto a la advertencia de Marx (de te fabula narratur) en el prólogo a El Capital, acerca de la tendencia a la expansión del capital, el historiador dice que "cuando consideramos cuán lógica parecía la predicción de Marx acerca de la propagación de la revolución industrial al resto del mundo, es sorprendente la poca cantidad de industria que abandonara el mundo del capitalismo desarrollado antes de los 70" (54). Si bien Stalin como individuo es ferozmente denostado, para Hobsbawm no existe ruptura entre el leninismo y el stalinismo; por eso sigue hablando de bolcheviques como si el partido no hubiese sufrido una profunda e irreversible degeneración. Verdaderamente, cualquier semejanza entre el partido de Lenin y el de Stalin es, como dicen las películas, pura coincidencia. De igual manera nos enteramos de que la política de la Oposición de Izquierda respecto de la NEP y a la industrialización fue finalmente llevada adelante por Stalin (55), que la IVª Internacional tenía como objetivo competir con la IIIª (como si se tratara de un torneo de tenis), y que al momento de su asesinato la trascendencia política de Trotsky era casi nula (56). Siendo que Hobsbawm no considera a la democracia como la dictadura de la burguesía, parece lógico que ridiculice la crítica al "cretinismo parlamentario" y condene al bolchevismo por cortar los vínculos anteriores entre "socialismo" y "democracia" (57). El propósito de Hobsbawm al mezclar a Lenin, Plejanov, Trotsky, Stalin, Mao, etc., todos en un mismo paquete, está destinado a echar un manto de duda sobre la continuidad y vigencia del marxismo. "Si Marx aún permaneciera como un gran pensador… ninguna de las versiones de marxismo formuladas desde 1890 como doctrinas de acción política y aspiraciones del movimiento obrero, se hubieran desarrollado en sus formas originales" (58). La barbarie a la cual reiteradas veces se refiere el historiador es, qué duda cabe, hija legítima del mercado y la democracia (capitalista) que Hobsbawm ahora celebra fervorosamente y que desearía ver establecidos en todo el mundo Lágrimas de cocodrilo, entonces. Pero el triste final de Hobsbawm no es original ni muchísimo menos, porque "una vez echado el stalinismo por la borda, las gentes de esta clase y son numerosos no pueden abstenerse de buscar en los argumentos de la moral abstracta una compensación a la decepción y al envilecimiento ideológico por el que han pasado. Preguntádles por qué han pasado de la Comintern… al campo de la burguesía. Su respuesta está pronta: "el trotskismo no vale más que el stalinismo" (59). Notas 1. Eric Hobsbawm, Age of Extremes – The short Twentieth Century 1914-1991, Londres. Todas las citas serán tomadas y traducidas por el autor, de la edición inglesa. Hay traducción al castellano, titulada Historia del Siglo XX, por Editorial Crítica, Madrid. 2. Göran Therborn, "The Autobiography of the Twentieth Century", en New Left Review, Nº 214, 1995. 3. Citado por Horacio Tarcus, en Clarín, 22/11/98. 4. Citado por N. Carlin & I. Birchall, en "Kinnocks favourite Marxist", revista International Socialism, verano de 1983, pág. 93. 5. Citado por Ian Birchall, op. cit., pág. 136. 6. Idem, pág. 88. 7. Citado por Ian Birchall, en Bailing out the system, pág. 98, Londres. 8. Hobsbawm, op. cit., pág. 8. 9. Idem , pág. 6. 10. Idem, pág. 14. 11. Idem, pág. 15. 12. Idem, pág. 7. 13. John Rees, "The light and the dark", revista International Socialism, primavera de 1995. 14. Clarín, 22/11/98 15. Hobsbawm, op. cit., pág. 68. 16. Idem, pág. 69. 17. Idem, pág. 376. 18. Idem, pág. 375. 19. Idem, pág. 376. 20. León Trotsky, Alemania, la revolución y el fascismo, pág. 163, Juan Pablos Editor, México. 21. Hobsbawm en Marxism Today , julio 1976, citado por N. Carlin & I. Birchall, pág. 99. 22. Idem, pág. 104. 23. Hobsbawm, op. cit., pág. 144. 24. La definición de Hobsbawm, no tan sorpresivamente, incluirá dentro del concepto de "progreso" no sólo a la burocracia contrarrevolucionaria al mando del Estado Obrero degenerado sino también al imperialismo liberal. Qué tan progresivo era el imperialismo "liberal" se verá rápidamente en los años siguientes en Grecia, Corea, Argelia, Vietnam, Guatemala, etcétera. 25. Hobsbawm, op. cit., pág. 144. 26. Hobsbawm, op. cit., pág. 7. 27. Idem, pág. 152. 28. Writngs of Leon Trotsky 1938-39, pág. 211-212, Pathfinder Press. 29. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 6. 30. Hobsbawm, op. cit., pág. 219. 31. Idem., pág. 220. 32. La verdad histórica es exactamente al revés: tras el motín de los soldados nativos y las revueltas campesinas de 1857, la política británica fue la de inventar diferencias entre los distintos pueblos. Véase la contribución de Suke Wolton, en Marxism, mysticism and modern theory, pág. 61-84, Londres. 33. Hobsbawm, op. cit., pág. 436. 34. El maoísmo siguió con detenimiento la conducta del PKI (PC de Indonesia), y por ello D.N. Aidit (su máximo dirigente) se entrevistó varias veces con Mao. El PKI, con sus 3 millones de miembros y su enorme influencia entre obreros y campesinos, era presentado por la burocracia china como un ejemplo a seguir, en contraposición a los PC dirigidos por "renegados revisionistas khruschovistas". 35. Hobsbawm, op. cit., pág. 563. 36. Idem, pág. 4. 37. Idem, pág. 375. 38. Hobsbawm, op. cit., pág. 473. 39. Leon Trotsky, El Programa de Transición, pág. 70, Ediciones Crux. 40. Hobsbawm, op. cit., pág. 72. 41. The state of the Left in Western Europe, citado por I. Birchall, op. cit., pág. 250. 42. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 5. 43. Hobsbawm, op. cit., pág. 103. 44. Hobsbawm, op. cit., pág. 564. 45. Idem, pág. 409. 46. Idem, pág. 412. 47. Hobsbawm, op. cit., pág. 410. 48. Idem, pág. 412. 49. Clarín, 22/11/98, Suplemento Zona, pág. 5. 50. Idem, pág. 585. 51. "As the Twentieth Century Ages", en New Left Review, November/December 1995. 52. Hobsbawm, op. cit., pág. 57. 53. Idem, pág. 72. 54. Idem, pág. 205. 55. Idem, pág. 378. 56. Idem, pág. 74. 57. Idem, pág. 386. 58. Idem, pág. 563. 59. León Trotsky, en Su moral y la nuestra, pág. 38, Ediciones El Yunque, Bs. As..

El carácter del acuerdo entre LO y la LCR de Francia

(Respuesta a Chris Edwards) El artículo de Chris Edwards es, ¿por qué no?, admirable. Escrito para denunciar la posición del Partido Obrero con relación a la unión electoral entre Lutte Ouvrière y la Liga Comunista Revolucionaria de Francia, el autor no dice una palabra sobre el asunto y recurre al único deporte que cree conocer pero práctica para el diablo: o sea, recoger todas las citas posibles de Trotsky sobre el centrismo y justificar su seguidismo pertinaz al Secretariado Unificado. Como muchos habrán podido leer en Prensa Obrera o podrán hacerlo en la presente edición de esta revista (1), las dos organizaciones mencionadas concluyeron un acuerdo para formar una lista común con vistas a las elecciones europeas de junio próximo, que constituye un verdadero atentado político contra los intereses históricos de la clase obrera. En el análisis del programa del acuerdo, hemos llamado la atención sobre varios aspectos del programa de ese acuerdo, como la propuesta de controlar al capital especulativo con un impuesto especial, ya planteado por amplios sectores de la burguesía imperialista mundial; la ausencia de una denuncia del gobierno de Jospin como pro-imperialista e incluso la ausencia de una consigna de poder que llame a las organizaciones obreras a romper la cohabitación gubernamental con el gaullista Chirac; la denuncia, no de la tentativa imperialista que implica la Unión Europea, sino de los tratados de Maastricht y de Amsterdam, que establecen pautas presupuestas, monetarias y jurídicas para adherir a la UE; la denuncia, no del capitalismo sino de "la lógica liberal"; etc. El punto que condensa el carácter del programa y la estrategia de los firmantes, es el planteo de construir una Europa democrática "donde las poblaciones controlen las decisiones", lo que equivale a proponer la sustitución de las instituciones previstas en los tratados mencionados, que se caracterizan por la ausencia de responsabilidad ante el electorado, por las que rigen en los actuales estados nacionales imperialistas de Europa. Para el compañero Chris Edwards todo esto no serían más que los "defectos políticos del acuerdo". Esta posición es inadmisible; el compañero ha llevado al extremo su seguidismo ciego al Secretariado Unificado, al que se encuentra afiliada la LCR (aunque lo contrario sea más correcto). Pero la "Europa democrática" es algo más que una reivindicación en el marco del imperialismo; es también funcional a la restauración capitalista en Europa del este y los ex estados soviéticos dentro del programa de ampliación de la Unión Europea (enlargement). La extensión de la democracia formal hacia el este significa la imposición del estado de derecho y los derechos que corresponden a este estado; en primer lugar, el derecho de propiedad, con la consiguiente libertad de comercio y de capitales; es decir, de "la lógica neo-liberal". Es la coronación de un proceso político que ya está en marcha hace bastante tiempo y que comenzó, no con los tratados de Amsterdam o Maastricht, sino con el de Helsinki en 1975, bajo el reinado todavía indiscutido, al menos en apariencia, de la burocracia stalinista y sus satélites. Para Chris Edwards esto no sería muy importante, si es que en general coincidiera con las críticas, algo que no explícita; porque, dice, "La alianza ha generado un alto grado de entusiasmo, energía y esperanza en la extrema izquierda francesa". Así razona nuestro sesudo estratega. ¿Qué dirá después, nos preguntamos, cuando las consecuencias de esta adaptación política democratizante al imperialismo se hagan cada vez más evidentes y provoquen la desmoralización de la "extrema izquierda francesa"? Desde que el imperialismo fue imponiendo su proyecto de unificación europea, hacia mediados de la década de los 60, los Estados Unidos Socialistas de Europa fue para el SU una reivindicación limitada, como lo era también para la burguesía, a la Europa occidental. Se trataba de una distorsión profunda del planteo fundacional de la IVª Internacional, que por su carácter histórico concreto incluía a todos los países que han protagonizado la historia europea moderna, es decir, capitalista, o sea desde el Atlántico hasta el Pacífico. El planteo de la IVª era una concretización del planteo de la revolución permanente referido a Europa y se trataba de una explotación de la impasse capitalista europea, expresada en dos guerras y en su retroceso y división internacionales, y de un ataque frontal al mismo tiempo contra el socialismo en un solo país, que era la política del stalinismo. Disfrazada por el término socialismo, la consigna de la Unión socialista de Europa, referida al ámbito de la unidad entonces posible, es decir, permitida, la de Europa occidental, no era más que una adaptación a la unión imperialista de la burguesía europea en el marco de la división de Europa determinada por la llamada guerra fría. Ahora que esta guerra fría ya no existe y que la división jurídico-militar ha sido en gran parte extinguida, el planteo de la unión de Europa incluye, para la burguesía, a todos los países fronterizos de Rusia. Coincidentemente con el cambio de la situación histórica, es decir el derrumbe de la URSS y la anexión capitalista de Alemania, y con el consecuente cambio de alcance de los planteos unionistas por parte de la burguesía europea y mundial, el SU ya no plantea más una unidad restringida a Occidente, pero en lugar de los Estados Unidos Socialistas reclama, junto con Lutte Ouvrière, la Unión Democrática de Europa. Esta segunda adaptación al imperialismo (en realidad es una secuencia de la primera sin solución de continuidad), significa una adaptación a los planes de restauración capitalista en marcha. El SU ha seguido las idas y vueltas de la burguesía europea como una sombra al cuerpo, reflejando siempre el estado de ideas (état desprit) de la pequeña burguesía académica de la Sorbona, Laussane y de la "nueva izquierda" inglesa. El camarada Chris actúa de la misma manera, pero ante el SU. Pero no es sólo el compañero el que ha quedado obnubilado por la unidad de los trotskistas al punto de ignorar olímpicamente las bases políticas del acuerdo. Como él mismo lo dice, la extrema izquierda francesa no cabe en si de alegría ante la promesa de un resultado electoral que empate o supere al del partido comunista, al extremo de que al programa no le ha dado una sola línea de consideración. ¿Pero no dijo acaso Marx que "un paso adelante del movimiento real vale más que una docena de programas"? ¿Para qué entonces detenerse en el programa de la LO-LCR? Ni la extrema izquierda en cuestión, ni el propio Chris, hacen alusión a él, no digamos que propongan superarlo. Están preocupados, sí, pero por otra cosa; lo que los perturba es que se trate de un mero acuerdo circunstancial, de que no sea estratégico; una organización, Voix des Travailleurs, quiere que conduzca a la unidad de toda la extrema izquierda en la perspectiva de un futuro "partido amplio de los trabajadores". No plantean, entonces, superar este programa; quieren grabarlo en el mármol; quieren desatar a partir de él una dinámica de liquidación completa de la IVª Internacional. Que el Partido Obrero denuncie esto, al compañero Chris le parece naturalmente una clara manifestación de "sectarismo organizativo". No importa, claro, que la acusación parta del militante de un grupo que desde hace varios años no logra superar el número de media docena de afiliados. Decíamos en Prensa Obrera (2) que "Lucha Obrera tiene todo el derecho a establecer un acuerdo electoral con la Liga, pero no a prostituir el programa revolucionario". Sostenemos incluso que ese derecho lo tiene con respecto al partido comunista o al socialista, es decir siempre que sea útil a un frente único de las masas contra el capital. Para eso es necesario establecer una reducida serie de reivindicaciones; cuando en lugar de esto se hacen concesiones de principios, el acuerdo electoral se transforma en el pretexto para una liquidación política. ¿Es esto tan difícil de entender compañero Chris? Claro que Chris podría retrucarnos: ¿pero no dicen acaso ustedes que "Lucha Obrera debería rechazar este acuerdo anti-socialista"? (3). Así es. Pero esto significa que hay que decirle sí a la posibilidad de un acuerdo electoral y no al programa. Lo que quizás Chris no tomó en consideración, o quizás la tomó a fondo, es que si no es con ese programa la Liga podría, por ejemplo, no estar de acuerdo con seguir con el frente electoral. En este caso, Chris consideraría que seguir de largo es el mal menor; nosotros pensamos que eso sería un crimen y que el mal menor es romper. Y decimos que romper es un mal menor y no un colosal acierto, porque no podemos asumir ninguna responsabilidad por haber dejado que las cosas llegaran a este punto, o sea, por no haber ejercido una campaña a favor de la unidad electoral con métodos políticos correctos. Por todo esto Marx completa su planteo antes citado agregando que no hay nada, sin embargo, que pueda justificar el sacrificio del programa revolucionario. Este texto de Chris Edwards desnuda lo que el entiende por el centrismo del SU, porque simplemente ignora la adaptación de éste al imperialismo europeo. En realidad, el único centrista que queda en pie en toda esta historia es el propio Chris, que oscila entre el SU y nuestras posiciones, con marcadísima tendencia al SU dicho esto sin ninguna clase de celos. En este punto el compañero se manda una maniobra política que sería inadmisible pasar por alto, porque el planteo que él critica de que el SU no puede ser regenerado o reformado para una causa revolucionaria, no es del PO, sino que fue votado en la reunión internacional de Génova de marzo de 1997, sobre la base de una redacción efectuada por los representantes de la fracción a la que pertenece el propio Chris, la ITO. Es decir, que el compañero quiere liquidar los acuerdos alcanzados en la reunión de Génova y ratificados en San Pablo en 1997 y en Buenos Aires en mayo de 1998. La declaración que fuera aprobada por unanimidad provocó, es cierto, una crisis muy fuerte en la delegación de la ITO, que por lo que se ve el compañero Chris querría reabrir. En esa declaración no se declara ninguna suerte de escepticismo sobre la irrecuperabilidad del SU, sino que se la afirma sin dejar lugar a dudas. El compañero debería dejar en claro si sigue suscribiendo o no las declaraciones que fundamentan la lucha por la refundación inmediata de la IVª. Pero toda la historia que Chris teje sobre el centrismo no tiene ni pie ni cabeza, por eso recurre como un adicto a largas citas de Trotsky que él mismo no ha entendido. Cualquiera sea el destino final de una organización centrista (o incluso contrarrevolucionaria; nos estamos refiriendo siempre al campo obrero o proletario), la regeneración no es uno de ellos, esto porque no puede superar sus limitaciones sobre la base de su propio programa político. Para que una organización centrista, es decir que oscila entre las tendencias revolucionarias y contrarrevolucionarias dentro de la clase obrera, supere esa condición, es necesario que rompa con su programa y con su estrategia y adopte el revolucionario o contrarrevolucionario. En ese caso quedará destruida como organización centrista. Si bajo la presión de determinados acontecimientos históricos incluso una organización contrarrevolucionaria puede transformarse en centrista, qué decir de la posibilidad de que una centrista se transforme en revolucionaria, y de que por lo tanto incluso la primera termine siendo revolucionaria. Incluso si se admite que el SU ha roto con el marxismo y con la revolución proletaria, lo que lo transforma en contrarrevolucionario, no se puede negar la posibilidad de que ciertos factores históricos lo conviertan alguna vez en revolucionario. Pero eso sólo sería posible por medio de la destrucción de sus posiciones centristas o contrarrevolucionarias. Negar por principio estas posibilidades significa negar (limitar a priori) la propia posibilidad del cambio; negar la posibilidad de que la subjetividad humana pueda ser alterada por las catástrofes que se vea obligada a vivir; o considerar que la ruta de la historia tiene trazado un único camino. Pero ni lo posible es siempre probable, ni lo probable es siempre seguro; lo que sí es muy seguro es que ese cambio significa la destrucción de las posiciones antirrevolucionarias por el efecto combinado de los factores históricos y de la intervención de la vanguardia revolucionaria. Aquí no hay ninguna clase de regeneración; incluso los obreros que han pertenecido a esas organizaciones no considerarían que se hubieran regenerado en nada, porque, como tales obreros, siempre se consideraron a sí mismos fieles a su clase, con independencia de las ilusiones o los velos que limitaron su actividad política hasta ese momento. Habiendo abandonado por completo el marxismo, el SU es contrarrevolucionario; su política internacional es democratizante, o sea proimperialista, como lo prueba claramente su adhesión política al Foro de Sao Paulo; es un factor de dislocación de los elementos de vanguardia que buscan emerger a la política mundial; su presencia es un peso muerto para la vanguardia obrera internacional; no se puede reconstruir la Cuarta si no es sobre el cadáver del SU. En la política francesa, sin embargo, ocupa una posición centrista de derecha entre el PC y el PS, de un lado, y los centristas de izquierda y revolucionarios, del otro, y está marchando decisivamente a disolverse en el bloque contrarrevolucionario (al menos es su tendencia actual); es por esto que un frente electoral con la LCR todavía podría ser atractivo. Pero creer que la LCR se regenerará sobre la base de la "dinámica o ímpetu ("momentum", en el original) del proceso", como dice el compañero, que entraña al mismo tiempo una base programática de adaptación al imperialismo, esto es un completo seguidismo político, que tiene más posibilidades de llevar, no a la regeneración de la LCR sino a la degeneración de Chris Edwards. En la política brasileña, la fracción del SU no es centrista, pues milita en frente único con el aparato burgués que controla el Partido de los Trabajadores y, ahora, con el propio aparato del Estado, y ha hecho de policía política votando por la expulsión de la extrema izquierda del partido o haciendo la vista gorda a la separación de otras tendencias como el actual PSTU. Pero la caracterización de centrista, como categoría política concreta, no hay por qué limitarla a los trotskistas que son puestos de candidatos a la regeneración, pues se puede aplicar también a Refundación Comunista de Italia, que oscila entre los ex stalinos del PDS y los trotskistas de esa península; una característica que se ha acentuado luego de la separación del ala derecha de Cossuta. Pero dentro de RC tenemos también tres bloques uno pro-frente popular, otro centrista, otro revolucionario. La IVª podrá ganar al 10, al 30 o al 60% de RC para la revolución socialista mundial; lo que no podrá suceder es que ello ocurra como consecuencia de una evolución natural de RC a partir de sus presentes bases políticas. De esta descripción surge lo siguiente: El SU es caracterizado por nosotros como contrarrevolucionario con relación al programa histórico del proletariado, o sea, porque le ha dado la espalda. En las políticas nacionales puede ocupar diferentes lugares, lo que no depende tanto de sus posiciones como del cuadro político del país en cuestión. Es incuestionable que para Lenin, después de 1914, Kautsky era un contrarrevolucionario, no obstante de que, a partir de 1916, perteneció a la fracción del centro de la socialdemocracia alemana. El texto del compañero Chris comete innumerables errores históricos cuando se refiere a las crisis en el movimiento trotskista en los años 52/53, 63 ó 71, pero que utiliza con toda intención para reforzar una posición de total adhesión a la corriente política principal Pablo-Mandel que antecedió a la actual del SU. Desconoce que el Partido Obrero no emergió de la corriente lambertista sino que surgió con completa independencia de ésta o, para el caso, de cualquier otra corriente, ni que tampoco se fundió en ella cuando actuó en el Comité de Organización por la reconstrucción de la IVª Internacional. Esta organización fue la primera que planteó la necesidad de proceder a esa reconstrucción. Lo que hay que decir para terminar es que los luchadores del mundo entero no podrán evolucionar adecuadamente en el cuadro del excepcional momento histórico actual, sino es sobre la base de la refundación de la IVª Internacional, y que esta refundación es incompatible con el SU, y no sólo esto, el SU es su principal obstáculo. El programa del acuerdo LO-LCR es una terminante demostración del acierto de este planteo; el movimiento revolucionario en Francia ha dado un paso atrás. Ese paso atrás se va a hacer más evidente si la llamada extrema izquierda en Francia logra avanzar en términos electorales u organizativos sobre el partido comunista, avance práctico que es el argumento más fuerte que esgrimen sus partidarios. Porque es precisamente el progreso que se hace hacia una situación revolucionaria lo que más pone en evidencia el drama histórico de la falta de un programa revolucionario y del sacrificio que se ha hecho de las conquistas revolucionarias precedentes. Notas 1. Ver "LO-LCR: acuerdo sobre un proyecto de fe, en página 21 de esta edición; Jorge Altamira, "El Frente Revolucionario del doctor James Tobin", en página 24 de esta edición; Jorge Altamira, "La política de los trotskistas franceses", en página 29 de esta edición.