24 de Marzo de 1976: Los militares ejecutan el reclamo público de los "capitanes de la industria" Redacción
El golpe del 24 de marzo de 1976 no puede entenderse si no es por referencia a la situación prerrevolucionaria que se había creado a partir de la huelga general de junio y julio de 1975. Balance de la huelga general El peronismo había sido elegido en 1973 por más de 7 millones de votos, pero desde el vamos su política de conciliación con el imperialismo chocó con las ilusiones que las masas habían depositado en su retorno al poder. Los trabajadores se "desbordaban”. Esta debilidad del gobierno de Cámpora ante los trabajadores y sus coqueteos diplomáticos con Cuba y Salvador Allende, determinarán una exigencia directa del imperialismo y del gran capital para que fuera derribado. La punta de lanza de este “golpe” civil, a los 45 días de asumido el gobierno, fueron las 62 y Perón-López Rega. El camporismo y la izquierda peronista no ofrecieron resistencia y, aún más, se plegaron al recambio. El gobierno se hizo rápidamente bonapartista, sobre la base de un núcleo interno de desclasados y aventureros (la “camarilla” como después se la llamó). Las ilusiones que depositó la burguesía en este giro y en Perón fueron al principio enormes. Se confiaba en el peronismo como instrumento seguro para la defensa del Estado. La victoria política del ca-pital le parecía a él mismo inmensa. Durante 1974 y principios de 1975 la crisis económica y política se fue, sin embargo, agudizando, porque ni Perón ni sus sucesores marchaban al ritmo exigido por el gran capital. A fines del 74 voltearon a Gelbard y pusieron a Gómez Morales, el hombre que encabezaba los reclamos burgueses. Pero había que hacer más, y así fue que cayó Gómez Morales y subió Rodrigo —en realidad su subsecretario Ricardo Zinn, gorila, agente de los grandes pulpos e incluso fascista. Estos lanzaron a principios de junio de 1975 un violento ataque contra las masas que se conoce como “rodrigazo”: violenta devaluación del peso, brutal incremento de las tarifas y feroz carestía, y junto a todo esto un miserable techo para los aumentos que se estaban negociando. El plan fracasó en el acto debido a una descomunal huelga general que comenzó con los abandonos de planta de la Fiat de Sauce Viejo, de las grandes fábricas cordobesas y de las automotrices del gran Buenos Aires (Ford!!). El derrumbe político del "rodrigazo” planteará a la burguesía la necesidad de abandonar la ficción constitucional, y dar un nuevo salto a lo desconocido, a cargo, esta vez, de un nuevo régimen militar. A este propósito se dedicará la burguesía en los meses siguientes. En lo inmediato los militares dictan los términos de la salida: ceder en los convenios laborales para que cese la huelga, expulsar a López Rega del gobierno y promover la elección de Luder como presidente del senado. El 4 de julio Videla es nombrado Jefe del Estado Mayor Conjunto. Alsogaray se pronuncia contra el "golpe prematuro"; es necesario, dice, el "completo agotamiento” de la experiencia peronista y constitucional. En el mismo sentido se pronunciaba el imperialismo. Todavía en diciembre, el Washington Post pedía agotar la salida parlamentaria para evitar “la disgregación del país”. La intervención militar, hasta entonces entre bambalinas, quedó de relieve cuando 10 días después del levantamiento de la huelga, como López Rega seguía siendo la eminencia gris del gobierno, lo subieron a un avión y lo sacaron del país. La huelga general había logrado imponer sus reivindicaciones, pero no existía ninguna iniciativa organizada de la clase obrera para darle una salida a la crisis, que hubiera debido ser revolucionaria. Sucesivas crisis de gabinete Los 9 meses siguientes fueron testigos de las diversas combinaciones ensayadas por la camarilla gobernante, las demás fracciones justicialistas y los partidos políticos para cerrar la crisis. La camarilla pretendía perpetuarse mediante una salida similar a la de Bordaberry en Uruguay, en 1973; es decir, conservando el Ejecutivo y disolviendo el parlamento, algo solo posible bajo la dirección de las fuerzas armadas. Por su parte los sectores anti- verticalistas del peronismo y los partidos democratizantes probaron durante esos meses la viabilidad de una salida de base parlamentaria, es decir, sustituyendo a la camarilla de Isabel por medio de un presidente nombrado por el Congreso. Pero esto también requería el apoyo de las fuerzas armadas!... toda vez que ni soñaban con movilizar a las masas. Entretanto comienza la cuenta regresiva del golpe militar. A fines de agosto, una asonada militar entierra la “bordaberrización”, costándole el puesto a sus mentores, el coronel Damasco, ministro del Interior, y el comandante del Ejército, Numa Laplane, un lopezreguista. En su lugar asume Videla. La victoria del futuro jefe del golpe de marzo fue saludada como un paso positivo por todos los partidos democratizantes. Para el PC, el ascenso de Videla "favorece las posiciones de las fuerzas democráticas” (Informe al CC del 11 y 12/9, Ed. Anteo), algo que lo lleva a reclamar un "gabinete cívico-militar”, es decir, con Videla y Massera. Tras la caída de Damasco, el gabinete pasa a ser hegemonizado por Robledo (Interior), Cafiero (Economía) y Ruckauf (Trabajo) (¡los tres jinetes de la "renovación” de una década más tarde!), reflejando una alianza de la camarilla con la burocracia sindical, a la cual responden los dos últimos. ¿En qué consistió el plan de Cafiero y de su segundo, el Secretario de Coordinación Económica, Guido Di Telia? En primer lugar, en impulsar la carestía para anular las conquistas salariales de los convenios: devaluación del peso, subsidios a los exportadores, aumento de las tarifas y la creación de un fenomenal mercado de especulación con bonos públicos indexados. Al mismo tiempo Cafiero anuló por decreto los reajustes automáticos en los salarios incluidos en varios convenios (¡SMATA!) y prohibió las huelgas por 180 días. Un Instituto de Remuneraciones dictaría los aumentos salariales bajo completo arbitraje estatal. Todo este plan fue minuciosamente discutido con el FMI y los acreedores en un viaje de Cafiero a EE. UU a poco de asumir (lo acompañó el secretario de la CGT, Casildo Herreras). La banca acreedora también fue premiada con la devolución de bancos "argentinizados” bajo Gelbard (el Bank of America siguió creciendo y durante el ministerio Cafiero se tragó al Continental yal de Boulogne), y con el negocio de los "Swaps", préstamos a muy corto plazo y a elevadas tasas de interés. En el plano político se produjo la licencia de Isabel, asumiendo Luder la presidencia interina, como un intento de recomposición del gobierno, y también de su vaciamiento. Se trató de un intento de ganar a los radicales al sostenimiento del gobierno, pero aquéllos preferían el golpe “democrático” a la sobrevivencia de Isabel: por eso colocaron como condición la renuncia de la presidente. Luder y el gabinete acentúan la militarización del país con los famosos decretos sobre “aniquilación de la subversión". Hay que destacar que tanto el PC como el Peronismo Auténtico (Montoneros) apoyaron el ascenso de Luder. El PC levantó con este motivo una huelga docente. El PA, en una solicitada del 16/9, proclama que "Si (Luder) está dispuesto a luchar por el programa de Perón, será leal al pueblo”. Durante octubre y noviembre se renuevan las luchas obreras, que hieren de muerte al plan Cafiero. Se destaca una impresionante movilización del SMATA, que congrega a 30 mil trabajadores en las calles de Buenos Aires. También se acentúan las críticas de la gran patronal, la cual exige más dureza contra los sindicatos. Es la época en que Balbín ataca a la “guerrilla fabril”. Nace el Acuerdo Gremial Empresario (APEGE), impulsado por la Sociedad Rural, Confederaciones Rurales, la Cámara de Comercio, la Cámara de la Construcción y las organizaciones patronales desarrollistas como la Federación Económica de Buenos Aires. Golpe de Capellini Ni Luder primero, ni Gallero-Robledo después, pueden evitar la descomposición política. Los roces entre el parlamento y el ejecutivo paralizan al gobierno, mientras comienzan a aflorar las evidencias de la corrupción y el terror. En esas condiciones, el 18 de diciembre se levanta un sector de la Fuerza Aérea, con un programa derechista recalcitrante y la postulación de Videla como presidente. El golpe queda rápidamente aislado del grueso de las fuerzas armadas, que entienden que el golpe debe ser "institucional”, es decir encabezado por los jefes máximos de las tres armas. Durante 4 días los rebeldes mantienen sus posiciones en medio de una parálisis total del gobierno y de los altos mandos, que se niegan a someter a los sublevados. Los partidos democratizantes declaran que es un asunto castrense in¬ terno. Lo mismo hace la burocracia de la CGT, pero ante el temor de que el lunes siguiente estallen huelgas impulsadas desde abajo, convoca a un paro general en los lugares de trabajo desde las 10. Esto precipita la derrota del golpe, y la huelga, masiva, es levantada a las 11. Los golpistas quedaron, sin embargo, impunes y conservaron sus mandos, salvo Capellini (reincorporado tras el golpe). Agosti asumió la comandancia de la Fuerza Aérea. Como consecuencia del fracaso de Capellini se produce un verdadero reflujo del golpismo. Pero esto queda anulado pocos días después cuando el ERP ataca el cuartel de Viejo Bueno; avisados los militares por infiltración, responden con una gran masacre. El golpe se hace certeza. En una publicación de circulación restringida, The Economist anuncia que el ministro de economía del inminente gobierno militar será José Alfredo Martínez de Hoz; Frigerio y Alsogaray habían quedado afuera. Los capitanes de la industria reclaman el golpe Las definiciones se aceleran. La gran burguesía presiona abiertamente a favor del golpe, encabezando una agitación golpista sobre la pequeña y mediana burguesía. La política económica y la conducta de la burguesía acentuaban el caos: carestía infernal, especulación con bonos públicos, disparada del dólar, desabastecimiento, prefabricada cesación de pagos con el exterior, suspensión del pago de impuestos. Para el 16 de febrero APEGE convoca a un lock-out empresario al que se suman amplios sectores de la burguesía industrial. Como ésta está formalmente integrada a la CGE desde los tiempos de Gelbard, no le puede apoyar oficialmente, pero impone que la CGE deje en libertad a sus miembros para cumplir o no con el lock-out. Es así que se pliegan llamando al lock-out 9 federaciones del noroeste (el actual Movimiento Nacional de la UIA) y la poderosa central industrial de Córdoba. El lock-out arrastra a amplios sectores del mediano y pequeño comercio sobre todo en el interior. Es el reclamo público del golpe por parte de la gran burguesía que hoy es la base del gobierno de Alfonsín. La propia CGE llama para la semana del 21 al 28 de febrero a una "semana de protesta” del “empresariado nacional” reclamando nada menos que la "disciplina laboral", es decir la guerra contra el Movimiento Obrero. Todos los explotadores bajo la batuta de los “capitanes de la industria” impulsan a los uniformados a ejecutar el golpe. Durante el mes de enero el terrorismo derechista ejecutó una violenta ola de secuestros de activistas especialmente en La Plata y Córdoba. Fueron respondidos con grandes movilizaciones contra el terror. Miles de trabajadores de Propulsora, SIAP, OFA y Astilleros se movilizaron en La Plata. En Córdoba hubo abandono de planta en SMATA, Mateder, Perkins, lecheros, caucho y municipales, y una marcha el 23 de enero, prohibida por el Interventor Bercovich. La lucha contra el golpe inminente era inseparable de la total Independencia del gobierno burgués y de los partidos democratizantes. En ese periodo volvió a ponerse de relieve el funesto rol de las multipartidarias y multisectoriales (frentismo de colaboración de clases), que desde 1974 nucleaba al arco democratizante, desde la UCR al PC y PST (MAS), y desde 1975 también a los Auténticos (Montoneros). Mediante las multipartidas (bloques de los 8 y de los 9), la burguesía democratizante paralizaba desde adentro la movilización obrera independiente. Esto ya se había visto durante la huelga general, cuando se reunieron las multipartidarias de Capital y Avellaneda y emitieron pronunciamientos de defensa del régimen político. Nuevamente reaparecieron cuando la gran huelga de 40 días de los mineros de Sierra Grande (octubre-noviembre 1975), paralizando la movilización obrera hasta que finalmente el ejército ocupó las mismas. En enero se volvió a reunir a propósito de la ola de terror en Córdoba, ¡convocada por el derechista interventor peronista! Por supuesto que no resolvieron nunca nada, pero eso no impedía que para el PC y el PST se tratara de reuniones positivas (1) A comienzos de febrero cayó el gabinete. Cafiero fue reemplazado por Mondelli. Desde el 8 de marzo, la oleada de huelgas es superior incluso al debut de junio del 75, pero no crece al mismo ritmo con que había crecido ésta. Hay una tendencia a la huelga general a cuya cabeza están la UOM Quilmes, Peugeot, Chrysler, los metalúrgicos de Matanza y Morón y todo el cordón industrial de la Zona Norte agrupado en la Coordinadora. Sacando sus propias conclusiones los trabajadores comprenden que la mejor manera de luchar contra el golpe no es sometiéndose políticamente al gobierno. La burocracia se juega a fondo a la traición y hace cesar el funcionamiento de las organizaciones sindicales. Como dijo Casildo Herreras, secretario general de la CGT, "se borra". El PC se oponía a los paros por desestabilizadores. El PST declaraba que el golpe era improbable (frente al de Capellini no hicieron nada) y se preparaba para las elecciones del 77. El foquismo había llegado a un grado extremo de confusión política; afirmaba que el golpe "polarizaría” la situación y engrosaría las filas de la lucha armada. El foquismo nunca había superado los planteos y las alianzas democratizantes; ahora que la burguesía se había pasado al golpismo, y que hasta la "izquierda” estaba dispuesta a admitirlo, giraba en el vacío. Los partidos burgueses democratizantes colaboraron en la preparación política del golpe. Balbín declaró que el radicalismo no tenía soluciones y que si las fuerzas armadas quebraban el orden constitucional era a pesar de ellas, mientras insistía en la necesidad de liquidar a la "guerrilla fabril". La misma actitud tuvieron los antiverticalistas del peronismo (¡renovadores!) que hasta anunciaban la fecha del golpe inevitable. El gobierno se fue vaciando en favor de los golpistas. En sus últimas semanas Isabel acentuó la militarización en todo el país y entregó el control de las policías provinciales a las fuerzas armadas. Harguindeguy fue nombrado jefe de la Policía Federal. Política Obrera rechazó la posibilidad de un golpe militar, entre 1973 y 1975, cuando todo el mundo llamaba a defender la Constitución contra un golpismo inexistente. En agosto de 1975 señaló, en cambio, que la lucha contra el golpe era la consigna actual. En esos términos convocó al congreso partidario, que se realizó clandestinamente en diciembre de 1975. El encabezamiento de su manifiesto llamaba a luchar contra el golpe militar, contra Isabel, por un partido obrero independiente y por un gobierno obrero y campesino.