Por qué fracasó la movilización contra el punto final Redacción
En este largo primer mes de verano se ha dado vueltas y revueltas a todos los pliegues de la cuestión del punto final. La política del gobierno y de la oposición justicialista ha sido escrutada en su significado ético, futurista y hasta sicológico (o de conciencia). Nadie dijo, sin embargo, que el punto final es una conclusión más o menos natural del proceso democratizante, el cual tiene como preocupación central, en tanto proceso de contenido burgués y proimperialista, la salvaguardia del cuerpo de oficiales. Si se hubiera dicho esto, el interdisciplinario debate hubiera tenido al menos una conclusión positiva, estratégica, capaz de delimitar los campos entre la burguesía y el proletariado. Pero lo que ha quedado más oculto aún en este mes de cavilaciones es el señalamiento del fracaso de la movilización popular. Nadie parece haberse interesado por este punto, lo cual bien pensado es lógico, ya que en el ambiente político actual domina la seguridad de que las movilizaciones populares deben tener un carácter "cristiano”, es decir, deben servir para “dar testimonio” de la voluntad popular, pero de ningún modo quebrantar la decisión política del Estado burgués. Como en la escala de la imaginación poética el medio político argentino es inferior al francés, a nadie se le ocurrió plantear lo que a los estudiantes de ese país: “el parlamento hace las leyes, la calle las deshace”. La sanción del “punto final” no puede ser explicada exclusivamente por la voluntad del imperialismo y de Alfonsín, a esto hay que agregarle la total falta de voluntad para bloquearla por parte de la oposición, incluida la izquierdista. El 19 de diciembre tuvo lugar una manifestación que se calcula en 70.000 personas, y que algunos llevan a 100.000 para afirmar que es la mayor de todas las protagonizadas hasta el momento. Pero esa manifestación no fue concebida para quebrarle el espinazo al Poder Ejecutivo o al Congreso; incluso en el plano meramente físico fue una amansadora de tres horas hasta que se puso en marcha, para no demorarse luego más de dos horas en cubrir el trayecto previsto y permitir que los oradores se luzcan en el cierre. No se permitió que la totalidad de la manifestación se concentrará frente al Congreso, se apuró su disolución, no se procuró que se convirtiese en un asedio al parlamento y claro está no hubo la menor intención de reconvocarla para el lunes y martes siguientes, cuando iría a tratarse la ley. La concepción de la movilización estuvo enteramente limitada por las condiciones impuestas por el peronismo "renovador”, el cual ha pactado el "punto final” con el gobierno y los "ortodoxos” a todos los fines prácticos. Es que en el preciso momento en que se dividían para el voto de la ley, patoteros y democráticos culminaban su unión política en el PJ. El “avanzado” De la Sota declaraba en el programa "Interpelación” que los renovadores no tienen pensado derogar el punto final en el caso de obtener mayoría parlamentaria en noviembre. En términos de manifestantes los cafieristas no pusieron nada, pero toda la concepción de la manifestación fue dictada por ellos; es así como cierta izquierda concibe la “unidad del campo popular”. Este fracaso es la cuestión central. Porque el problema que se plantea de ahora en más no es si la justicia va a ponerle o no el broche a lo resuelto. Son muchas las contradicciones como para que no salga alguien malherido; las especulaciones sobre esto, desde el Buenos Aires Herald, que afirma que el comportamiento de las cámaras federales está anulando el “punto final”, hasta Clarín, cuyo periodista especializado muestra los trucos que se han puesto en marcha para hacer cumplir la ley. Si se produce algún conflicto que obligue a la intervención de la Corte, la clave será la naturaleza de la movilización popular que explote en beneficio propio los choques entre los aparatos del Estado. El problema de la camarilla militar, de los 30.000 desaparecidos y del "punto final” estará en vigencia todo el tiempo en que se mantenga en la conciencia de las masas, no es una ley la que decidirá. Pero esto no quiere decir que aquí todo sigue igual. Hay un reflujo popular que es producto de una serie de fracasos que tienen idéntico carácter, y que ha culminado el fracaso de la manifestación contra el "punto final”. La estrategia de sometimiento a la burguesía y la táctica de no chocar con el Estado es una tumba para el movimiento popular. Por eso debe abrirse un debate sobre la cuestión. Se está intentando reeditar, de parte del Frepu, la experiencia fracasada, y que el PO no avaló en ninguna instancia y criticó en todas. Se pretende otra vez que los organismos de derechos humanos tomen la iniciativa de una movilización, bajo cuyas banderas vuelvan a negociarse con el “campo popular” otra caminada callejera. Los organismos se vuelven a usar como pantalla para una maniobra de conciliación y para no asumir como partidos responsabilidades políticas directas. Se vuelve a la táctica de la manifestación aislada. Entendemos que es una obligación señalar que la movilización democrática, y que ésta debe estar bajo la iniciativa de organizaciones independientes de aquélla. Lejos de buscar ampliar la base de masas a través de esos partidos, hay que construir organizaciones de base para que esas masas puedan expresarse por sí mismas. La lucha debe tener la finalidad estratégica de socavar al régimen burgués y a todas sus instituciones, pues sin esto habrá inevitablemente impunidad. Los organismos de derechos humanos deben politizarse con un programa, la ambigüedad no ha impedido que se reduzcan y aíslen. La izquierda democratizante quiere hacer del punto final, de la democracia y de las libertades públicas un terreno de confraternización con la burguesía “liberal”, “renovadora”, “honesta” u otras yerbas, en tanto está separada de ella en otros terrenos, como el salario, la deuda externa, las privatizaciones, etc. Esta "dualidad” es absurda y políticamente criminal, porque se cae en las mallas de la estrategia de la clase antagónica. Esta tendencia capituladora explica la política desmoralizadora de las estériles manifestaciones de "testimonio”. En este terreno, más que en ningún otro, el porvenir de la lucha depende de la independencia política y de un programa revolucionario. ¡Adelante compañeros de San Nicolás! La charla-debate que brindó Hebe de Bonafini en San Nicolás el 21 de diciembre, fue mucho más que una instancia de debate y esclarecimiento: fue un enfervorizado acto de los casi 200 asistentes contra el "punto final” y por la cárcel a los genocidas. Lo prueba de ello es que muchos de los concurrentes se sumaron, luego de la charla, al Grupo de apoyo a las Madres (que organizó la actividad) a fin de encarar desde ahora la campaña para —como alguien dijo, parafraseando a Hebe— desatar el moño que el Papa viene a ponerle a esta amnistía”. Estuvieron presentes también, compañeros de Villa Constitución y ya se acordó organizar la visita de la presidente de Madres para febrero, en esta castigada ciudad. ¡Adelante compañeros de San Nicolás! Corresponsal Troccoli asciende a dos encubridores Mario Fernández y Enrique Grecco son dos policías que acaban de ser ascendidos por un decreto presidencial. El problema es que ambos están implicados en el secuestro del empresario Jorge Sivak. Por tal motivo estarían siendo investigados por la misma policía y por la Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas. Mario Fernández, ahora nuevo comisario inspector, fue puesto al frente de la división Defraudaciones y Estafas en la investigación del caso Sivak por el mismo Alfonsín. Cuando uno de sus colegas, el subcomisario Moreschi, descubrió que entre los secuestradores del empresario figuraban miembros del batallón de Inteligencia 601, Fernández, “hombre de confianza" de Alfonsín dijo tener órdenes superiores de “blanquear” a los secuestradores. No lo logró, sin embargo, pues al poco tiempo la misma familia Sivak denunció la complicidad del batallón 601 y la policía con el secuestro. Estos encubrimientos explican lo que el diario La Razón (20 y 30/12/86) ha calificado como “morosidad”, "falta de energía" o "complicidad deliberada” por parte del gobierno en el caso Sivak. El ascenso de Fernández y Grecco ha obligado al diputado Jesús Rodríguez a decir “o Fernández o los diputados radicales". Lógicamente si Rodríguez fuera consecuente, debería haber renunciado; pero difícilmente los diputados que votaron el “punto final” vayan a hacer algo. El ascenso de Fernández y Grecco (y todo el caso Sivak) vuelven a demostrar la complicidad del alfonsinismo con los “servicios”, reclutados naturalmente de los viejos "grupos de tareas”.