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Internacionalismo (segunda época de EDM) N° 13

24 de julio de 2026 · 2 notas

Notas de este número

24 de julio de 2026
A 90 años del inicio de la Guerra Civil española

El 17 de julio de 1936, con el general Francisco Franco a la cabeza, el ejército español ejecutó desde Marruecos el largamente preparado golpe de Estado contra el gobierno del Frente Popular (FP), electo el 16 de febrero. Franco, que tenía 30.000 efectivos bajo sus órdenes, lanzó una proclama que fue trasmitida por radio, exhortando a las guarniciones a que avanzaran sobre las ciudades y las pusieran bajo el mando del ejército. Franco actuó como mascarón de proa de los terratenientes, el empresariado que financió el levantamiento, la jerarquía de la Iglesia Católica (que tomó la iniciativa como una “cruzada”) y los gobiernos fascistas de Italia y Alemania. De inmediato el golpe tuvo como respuesta la insurrección armada de los trabajadores y campesinos, que se extendió por todo el territorio español con la conformación de comités de fábricas, desde donde se fueron armando milicias para repeler el golpe fascista. El alzamiento militar comenzó en la guarnición militar de Marruecos en la noche del 17 cuando los oficiales rebeldes rompieron con toda resistencia. En los planes de los sublevados estaba la de una victoria rápida y determinante para quebrar al movimiento obrero y revolucionario. El gobierno del FP, que estaba en conocimiento de los movimientos militares en la guarnición de Marruecos, en un acto de negación de los acontecimientos, le restó importancia a la situación, ocultando información a los trabajadores por el temor a un levantamiento popular y el 18 anunció que un “vasto movimiento antirrepublicano ha sido ahogado” y que “no encontró ninguna ayuda en la península”. Ante la situación, el reformista Francisco Largo Caballero, quien oficiaba de Presidente del Consejo de Ministros y dirigía el Ministerio de Guerra, demandó en nombre de la Unión General del Trabajo (UGT) la entrega de armas a los trabajadores, lo que fue negado por el consejo de ministros. La medida fue apoyada por el Partido Socialista (PS) y el Partido Comunista Español (PCE), a través de un comunicado, en el que afirmaban que el “gobierno está seguro de poseer los medios suficientes” y proclamaron que el “el gobierno manda y el Frente Popular obedece”, anticipando el rol que jugarían en los hechos venideros. Los golpistas que esperaban quebrar rápidamente a la clase trabajadora, terminaron abriendo una situación de doble poder con la conformación de comités obreros y milicias armadas, por un lado, y el Estado capitalista bajo autoridad del FP, por el otro. Golpistas y frentepopulistas convergían en un punto: sofocar la situación revolucionaria. Los sublevados sólo lograron poner bajo su control un tercio del territorio y el Marruecos español, en su mayoría zonas agrícolas, sin grandes concentraciones de obreros industriales. Franco recurrió a campesinos que fueron reclutados por la fuerza y súbditos marroquíes. “El Generalísimo” sacó la conclusión de que la Guerra Civil era inevitable y que “va a ser enormemente difícil y muy sangrienta. No contamos con todo el ejército, la intervención de la Guardia Civil se considera dudosa y muchos oficiales se pondrán del lado de la autoridad constitucional, algunos porque es más cómodo; otros, a causa de sus convicciones”. En la madrugada del 19 la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), de orientación anarcosindicalista y la socialista UGT lanzaron la huelga general, cuando ya se registraban combates en diferentes puntos de España, lo que desmontaba el discurso del gobierno del FP. Santiago Casares Quiroga, Presidente del Consejo de Ministros, renunciaba a su cargo y el gobierno del FP se rearmó por derecha, integrando al Ministerio de Guerra al “leal” general José Miaja Menant, con el propósito de llegar a un acuerdo con los militares sublevados, a quienes se les ofreció, incluso, cargos en el gabinete. La muestra de sumisión cayó como una bomba en Madrid, donde centenares de miles de manifestantes se lanzaron a las calles a reclamar armas, sin esperar el llamado de ninguna organización. El mismo 19, en la industrializada Barcelona, se organizaron comités obreros para repeler al ejército, mientras pedían a los soldados que abandonen la sublevación. Desde la madrugada, miles de trabajadores se fueron concentrando sobre el centro de Barcelona. Ante la negativa del gobierno burgués de Cataluña (Generalität), de brindarles armas, los trabajadores tomaron las que hallaban en las armerías y los pequeños arsenales del puerto. La multitud se lanzó casi desarmada sobre las tropas, las rodeó y al precio de cientos de muertos las obligó a retroceder capturando fusiles y cañones. Hacia la tarde, las tropas quedaron cercadas por la masa obrera, y la Guardia Civil, inicialmente favorable a los sublevados, cambió de frente y colaboró con la embestida final. A la noche del 19 Barcelona estaba en manos de los obreros y el comandante rebelde, Manuel Goded, era detenido. En sólo un día la decidida acción de los obreros, logró anular y desarmar a las bandas fascistas en Cataluña. El ejemplo fue recogido por los obreros de Madrid, Valencia, Bilbao, Gijón, Malaga, que combatieron con las pocas armas de las que se pudieron hacer. Los marineros se levantaron contra sus oficiales y pusieron a la flota republicana española bajo su control. Las primeras horas de lucha se caracterizaron, sobre todo, por una intensa iniciativa de las masas. El gobierno republicano se había convertido en un espectro. En algunas regiones el apego de las direcciones del movimiento obrero a la legalidad republicana truncó los planes de resistencia y fue determinante en los resultados de los primeros combates. Las principales derrotas se produjeron allí donde reinó la confianza en los oficiales "republicanos", cuya "lealtad" el gobierno "garantizaba". Así cayeron valiosos bastiones obreros como Sevilla y Zaragoza, donde los generales "republicanos", Queipó del Llano y Cabanillas, llevaron a cabo una espantosa masacre. Y también Oviedo, corazón de la Asturias "roja", en donde el "republicano" coronel Aranda ganó para los sublevados al lograr mediante un ardid que las milicias obreras abandonaran la ciudad. Los acontecimientos dejaron en claro que allí donde los obreros se armaron y desplegaron milicias, pasando por encima de la “legalidad republicana”, los sublevados fueron derrotados. Al anochecer del 20 de julio, tal como reconocían los líderes golpistas, la sublevación derechista había fracasado y sólo controlaba una pequeña parte del territorio peninsular. Todas las grandes ciudades -Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao- estaban en manos de las masas. Con los hechos ya consumados, el nuevo gabinete republicano dirigido por Giral se limitó a convalidar los hechos: disolvió al Ejército y decretó la distribución de armas a las milicias de partidos y sindicatos. El fracaso del golpe había provocado el estallido de la revolución. Las masas obreras armadas eran dueñas de las principales ciudades. España en la década de 1930 Para la década de 1930 España representaba una parte periférica de Europa. La potencia imperial forjada a partir de la conquista de América había quedado muy lejos en el tiempo. Muestra de esto es que, desde las guerras napoleónicas, España se había mantenido al margen de los conflictos que atravesaron a Europa durante el siglo XIX. Durante la Primera Guerra Mundial, España se declaró neutral. En 1898 Estados Unidos le arrebató sus últimos dominios coloniales en América (Cuba y Puerto Rico) y en Asia (Filipinas). Los asuntos españoles no eran, por lo tanto, del interés de las grandes potencias europeas. España se encontraba en una situación semicolonial. El 70 % de la población activa estaba abocada a la agricultura, en condiciones rudimentarias. En la industria sólo la metalurgia del País Vasco presentaba entonces todos los rasgos de la gran industria capitalista. En Cataluña, la industria textil se hallaba constituida por una multitud de empresas minúsculas. En el mercado mundial, España era proveedora de materias primas. Los capitales financieros, provenientes de Bélgica, Francia, Canadá, Inglaterra, Estados Unidos y Alemania, dominaban las principales ramas de producción y servicios. La Primera Guerra Mundial, al ofrecerle salida a sus productos primarios, le proporcionó a España una efímera prosperidad, pero la crisis mundial de 1929 y el levantamiento de las barreras aduaneras agudizaron las contradicciones de la economía española y la conflictividad social fue en ascenso. A pesar del atraso que la mantuvo relativamente aislada del resto de Europa, durante la década de 1930 España se convirtió en el escenario de la confrontación de la reacción monárquica y la revolución social. La contrarrevolución giraba en torno a la oligarquía y la Iglesia Católica. Por otro lado, el comunismo y el fascismo no habían tenido incidencia en el proceso político antes de la Guerra Civil. El escenario anterior a la revolución estaba acaparado por el anarquismo y la ultraderecha encarnada en el carlismo, movimiento monárquico, tradicionalista y antiliberal, con origen en el siglo XIX y que hasta el día de hoy se presenta como una corriente ideológica en España. España, al comenzar la década de 1930, se presentaba como el eslabón más débil del capitalismo europeo, al igual que la Rusia de 1917. Mientras la Revolución de Octubre anticipó el final de la Primera Guerra Mundial, la revolución española y su consecuente guerra civil, ofició como laboratorio de las grandes potencias, que tomaron a España como “ensayo general” de la Segunda Guerra Mundial. Hitler y Mussolini enviaron armas, aviones y soldados para sostener a Franco. Por su parte, Francia, Reino Unido y Estados Unidos bloquearon la ayuda militar a la República. La URSS, principal ´benefactor´ del gobierno del Frente Popular, se convirtió en el principal factor contrarrevolucionario. Stalin intentó congraciarse con el imperialismo franco-británico para arribar a una alianza militar contra la Alemania nazi y sus aliados. Esto significó evitar un movimiento revolucionario victorioso en España. Sometió a todas las organizaciones obreras y campesinas a la hegemonía del aparato burocrático de la URSS. El Partido Comunista Español (PCE), supeditado a los designios de Moscú y a la Internacional Comunista bajo Stalin, era un pequeño partido hasta el levantamiento contra el golpe. En España la política sectaria del stalinismo del ´tercer periodo´ llevó al PCE a un aislacionismo que lo desvinculó de los principales centros obreros. Al igual que en Alemania y en China, el PCE adoptó el llamado permanente al “poder de los soviets” en abstracto. En Sevilla, donde el stalinismo constituía una fuerza relativamente gravitante, realizaron un llamado a la conformación de un “comité de reconstrucción de la CNT”, por la cual rivalizaban directamente con la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) anarquista y que tendría como corolario enfrentamientos sangrientos entre militantes del PC y de la central obrera. La simpatía de la clase obrera a nivel internacional por la lucha contra el fascismo que se desarrollaba en España llevó a que se conformaran contingentes para integrar las Brigadas Internacionales antifascistas. Casi 60.000 brigadistas llegaron a España, provenientes de más de 50 países, para luchar contra la reacción. Obreros, intelectuales, socialistas, anarquistas, comunistas, arribaron a España para librar una lucha contra el fascismo, incluso provenientes de Estados Unidos y Canadá. El inicio de la Guerra Civil coincidió con el accionar represivo del gobierno del Frente Popular en Francia, liderado por el socialista León Blum, luego de la huelga general de mayo y junio de 1936. Mientras tanto, en Estados Unidos se desenvolvía un movimiento huelguístico que daría paso a la conformación de nuevos sindicatos industriales. Por su parte Stalin preparaba los Juicios de Moscú, que comenzarían en agosto de 1936. Entre los primeros acusados estuvieron Zinoviev, Kamenev y Radek, miembros de la máxima jerarquía del Partido Bolchevique, que fueron condenados a muerte bajo la falsa acusación de ser parte de una organización terrorista encabezada por Trotsky. La Gran Purga comenzaba y tendría como saldo la aniquilación de la vieja guardia bolchevique y de casi un millón de personas. Del “bienio rojo” al “bienio negro”: del reformismo a la reacción La decisión, el heroísmo, la independencia demostrada por las masas durante las decisivas jornadas de julio de 1936, fueron el resultado de cinco años de rica experiencia política. En un marco de agravamiento de las condiciones sociales causadas por la Gran Depresión, en 1931, en lo que sería un anticipo del FP, la coalición liberal integrada por republicanos de izquierda y el PSOE ganó las elecciones, desplazó del poder a los Borbones y proclamó la Segunda República, inaugurando el “bienio rojo”, que se extendió entre 1931 y 1933. Un año antes del triunfo “izquierdista”, Primo de Rivera, quien había mantenido una dictadura desde 1923, había perdido apoyo del rey Alfonso XIII. Trotsky advirtió que España estaba transitando la “primera etapa” de la revolución. “La dictadura de Primo de Rivera ha caído ella sola sin revolución. En otros términos, esta primera etapa es el resultado de las enfermedades de la vieja sociedad y no de las fuerzas revolucionarias de una sociedad nueva. No es por casualidad. El régimen de la dictadura, que, a los ojos de las clases burguesas, ya no se justificaba por la necesidad de aplastar inmediatamente a las masas revolucionarias, representaba al mismo tiempo un obstáculo para las necesidades de la burguesía en los terrenos económico, financiero, político y cultural. Pero la burguesía evitó la lucha hasta el final: dejó que la dictadura se descompusiera y cayera como un fruto podrido” (León Trotsky, “Las tareas de los comunistas en España”, mayo de 1930). En la España que era el país más atrasado del capitalismo europeo, las tareas de la “revolución burguesa” -como la cuestión agraria, las nacionalidades, la separación de la Iglesia del Estado- no pudieron ser vehiculizadas por un gobierno de la burguesía que amalgamaba católicos, conservadores, centralistas y banqueros. Su horizonte inmediato, por el contrario, era frenar la agitación social y, por ende, la revolución. A pesar del triunfo, los republicanos no pudieron contener el ascenso revolucionario. Ninguno de los problemas fundamentales de España fue resuelto, y las masas comprobaban cómo los frutos de su revolución eran apropiados por los burgueses republicanos que nada habían hecho por ella. Muestra de esta orientación reaccionaria, el gobierno de la Segunda República montó un andamiaje jurídico antiobrero a través del control de los sindicatos, la ley de orden público, la ley sobre los vagabundos, la obligación de un anuncio de ocho días de antelación para toda huelga, la multiplicación de los arrestos preventivos, la protección acordada por la policía a los comandos antianarquistas; todo esto exasperó las contradicciones, avivó las divergencias y preparó reagrupamientos en el seno del movimiento obrero (Pierre Broué, “España 1931-1939: La revolución perdida”). El carácter antiobrero del gobierno Republicano, en el que los socialistas tenían una participación significativa, favoreció al desarrollo de la CNT, de orientación anarcosindicalista. Ya contaba con un considerable desarrollo, pero se convertiría durante los primeros tramos del gobierno republicano, en el principal polo de reagrupamiento de obreros y campesinos. Pero la CNT anarquista carecía de un programa revolucionario y de método. Las facciones comunistas se abrieron paso entre las corrientes reformistas de colaboración con el gobierno y el aventurerismo putchista anarquista, que llevaba a la disgregación interior del movimiento obrero. Comunistas antistalinistas comenzaron a conformar nuevos reagrupamientos. Así, la Federación Catalano-Balear, dirigida por Maurín, se unificó con el Partido Comunista Catalán, encabezado por Jordi Arquer, con un fuerte anclaje entre los estibadores de Barcelona y Lérida, conformando el Bloque Obrero y Campesino (BOC), que se autoproclamaba como una “organización de masas” y llamaba a la reunificación de los comunistas españoles. Andreu Nin, quien adhería a la Oposición de Izquierda en 1926, se sumó al BOC, pero ante disidencias con los dirigentes bloquistas, y a las exhortaciones realizadas en innumerables veces por Trotsky, rompería con el BOC y junto a oposicionistas llegados de Bélgica y Luxemburgo, pondrían en pie la Izquierda Comunista Española (ICE) en 1932. Las diferencias programáticas pronto se hicieron evidentes. Mientras desde la ICE consideraban que el proceso español se inscribía en un contexto internacional, en el que la “cuestión rusa” tenía un rol determinante, los “bloquistas” se rehusaban a tomar posición entre stalinistas y trotskistas, refugiándose en las “condiciones particulares” de España, un planteo caracterizado por Nin como la “deformada teoría estaliniana antimarxista del socialismo en un solo país”. En 1936 la cuestión de las “condiciones particulares” fueron esgrimidas en este caso por Nin contra Trotsky para conformar junto a Maurín el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) e ingresar al Frente Popular. A pesar de las divergencias políticas de fondo, en diciembre de 1933, ante el avance del movimiento contrarrevolucionario, el BOC y la ICE conformaron la Alianza Obrera, a la que se sumaron la UGT catalana, la Unión Socialista, los sindicatos de oposición (trentista), la Unión de Rabassaires, conformada por pequeños campesinos, y el pequeño Partido Socialista Español de Barcelona. Este reagrupamiento acotado, que tenía como fin el de “oponerse a la victoria de la reacción” y el de mantener las conquistas de la clase obrera, era resultado de la propaganda de la oposición de izquierda internacional y española en favor de los frentes de unidad obreros contra el fascismo ascendente y de la emoción provocada en el mundo entero por la derrota de la clase obrera alemana, consecuencia del rechazo obstinado de la política de frente único por parte de los dos grandes partidos obreros alemanes (Pierre Broué, “España 1931-1939: La revolución perdida”). En paralelo comenzaron a desarrollarse los primeros grupos abiertamente fascistas, como Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) y la Falange Española, que tenía como dirigente a José Antonio Primo de Rivera, el hijo del dictador. Tras el bienio de las "Izquierdas", vino el “bienio negro” (1933-35), un gobierno de centro derecha, encabezado por Alejandro Lerroux, que intentó eliminar las tibias reformas del bienio anterior. La entrada a cargo ministeriales de miembros de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de extracción fascistizante, en octubre de 1934, desencadenó una huelga insurreccional en Asturias. Los mineros tomaron el poder, el cual conservaron durante 15 días, conformando la Comuna Asturiana, aplastada por las fuerzas militares a un costo de 2.000 muertos, 30.000 prisioneros y un reguero de despidos. La consigna agitada por los huelguistas -la "Unión de Hermanos Proletarios"- pasó a ser símbolo popular en toda España. Las Alianzas Obreras, embrionaria expresión de un Frente Único de la clase obrera, agruparon a sectores de la izquierda socialista y del centrista POUM, y abarcaron en Asturias a todas las organizaciones obreras. La radicalización política iba en aumento y se reflejaba en la creciente izquierdización del PS y de importantes núcleos anarquistas. El Frente Popular Mientras se extendía la ocupación de fábricas, tierras y las huelgas se diseminaban por todo el territorio ante los salarios de hambre, el Frente Popular -conformado por republicanos burgueses, el PSOE, el PCE y el POUM, con apoyo de la CNT-, se dio una política de contención del alza de la lucha de clases. El 16 de julio, un día antes de la asonada militar, Trotsky realizaba una parábola entre el FP español y los acontecimientos de febrero de 1917 en Rusia, un tiro por elevación al POUM. Trotsky señalaba: “En la actualidad, el problema de problemas es el Frente Popular. Los centristas de izquierda tratan de presentarlo como si se tratara de una maniobra táctica o inclusive técnica, para ofrendar su mercadería a la sombra del Frente Popular. En realidad, el Frente Popular es el problema principal de la estrategia de clase proletaria en esta etapa. Es a la vez el mejor criterio para trazar la diferencia entre el bolchevismo y el menchevismo. Porque suele olvidarse que no existe ejemplo histórico de Frente Popular más grande que la revolución de febrero de 1917. Desde febrero hasta octubre, los mencheviques y los social-revolucionarios, que presentan un excelente paralelo con los “comunistas” (stalinistas) y socialdemócratas, mantuvieron una alianza estrechísima y una coalición permanente con el partido burgués de los kadetes, con quienes integraron una serie de gobiernos de coalición. Bajo el signo de este Frente Popular se agrupaba la masa popular en su conjunto, incluidos los soviets de obreros, campesinos y soldados. Es cierto que los bolcheviques participaron en los soviets. Pero no le hicieron la menor concesión al Frente Popular. Su consigna era romper el Frente Popular, destruir la alianza con los kadetes e instaurar un auténtico gobierno obrero y campesino (León Trotsky, “La Sección Holandesa y la Internacional”, 16/7/1936). En sus escritos sobre la Revolución Española, Trotsky caracterizaría al FP como la coalición entre burgueses liberales y la GPU, policía secreta del stalinismo. Ambos, de manera mancomunada, intervinieron en España para ahogar la revolución a sangre y fuego. Se encarnizaron con los dirigentes revolucionarios, con especial saña contra los militantes trotskistas, amedrentando a la clase obrera con la finalidad de coartar su intervención consciente. Concretamente, El FP surgió para imponer una estrategia política que se opusiera por el vértice al Frente Único planteado por la Alianza Obrera. Los acontecimientos de Asturias ya habían demostrado que existía una poderosa tendencia hacia la toma del poder por parte del proletariado. Este era el peligro que querían prevenir stalinistas, republicanos y socialistas. El FP se presentó a las elecciones del 16 de febrero del 36 con un programa de reforma social que descartaba expresamente la nacionalización de la tierra y de la banca, y que se comprometía con el régimen constitucional burgués bajo dirección de los republicanos. Solamente la consigna de inmediata amnistía para los presos de la revolución asturiana aseguró la masiva votación obrera al FP. La polarización política se aceleró. Las masas, sin esperar el fin del recuento electoral, se lanzaron sobre las cárceles a liberar a sus compañeros. Las derechas derrotadas y los militares, por su parte, se dedicaron a preparar el golpe. Desde febrero a julio se multiplicaron las huelgas y las ocupaciones de tierras. Los trabajadores desconfiaban del gobierno republicano y apelaban a la acción directa para imponer sus reivindicaciones. El gobierno del FP se demostró completamente impotente para controlar al pueblo. La burguesía se pasó a los golpistas, incluyendo los jefes militares "republicanos". El gobierno republicano temía más a las masas que a la reacción, e intentó hasta último momento un acuerdo con ésta. Doble poder y guerra civil La Guerra Civil fue un punto de inflexión no solo para el movimiento obrero español, sino para el conjunto de la clase a nivel internacional, cuando los preparativos para la Segunda Guerra Mundial estaban en marcha. Luego de los primeros combates, el 20 de julio quedaron delimitados provisoriamente los territorios rebeldes y la "zona republicana". Emergió una situación de doble poder, con arraigo desigual según las regiones y su mapa político. Las masas, en el mismo movimiento que las lleva al combate, liquidan los problemas de la sociedad española, aportando sus soluciones, acabando con las fuerzas de represión, cuerpo de policía, ejército, autoridades tradicionales (la iglesia en primer lugar) se apoderan de las fábricas y de las tierras y comienzan a ejercer directamente el poder a través de sus comités. Por su parte los partidos y sindicatos permanecieron prisioneros de la orientación de colaboración de clases del FP (Pierre Broué, “Trotsky y la guerra civil en España”, 1975). El gabinete republicano de Giral, cuyo dominio era puramente simbólico, se restringía a los alrededores de Madrid. En contrapartida, se alzaba el poder de las milicias obreras, de los “comités” que se extendieron por todo el país. Rápidamente comenzaron a formarse organismos regionales como el Comité Central de las Milicias Antifascistas de Cataluña, el Comité de Huelga Intersindical de Valencia, transformado en comité ejecutivo, el Comité de Salud Pública de Málaga y como el Consejo de Defensa de Aragón, representante de los comités locales, formado luego de la reconquista de la región por las milicias obreras. Trotsky, en la fluida correspondencia que mantuvo con Nin antes de su ruptura política, se encargó de señalar que la crisis histórica de la sociedad española solo podría ser superada por medio de una intervención revolucionaria del proletariado. Sólo éste podía derrotar al fascismo español y realizar las “tareas democráticas” pendientes, abriendo paso a una transformación socialista y convertirse así en punta de lanza del combate contra el fascismo alemán e italiano e impedir el reinicio de la guerra imperialista por el reparto del mundo. Pero las tareas que tenía por delante el proletariado español (conformación de soviets, derrotar al gobierno frente populista, la creación de un gobierno obrero, conformación de un “ejército rojo”, extensión de la revolución al resto de Europa) no podían realizarse sin la existencia de un partido revolucionario, que debía ser conformado en medio de una guerra civil. El stalinismo desarrolló una criminal política contra la revolución. Ante el bloqueo que ejercieron las potencias imperialistas sobre la España republicana, la URSS se convirtió en el único proveedor de armas, lo que le permitió imponer condiciones. Por el armamento, de mala calidad, Moscú impuso reembolsos en oro y materias primas. A través de su influencia en el gobierno republicano, el PCE stalinista se aseguró de que los suministros soviéticos como artillería y aviones fueran enviados sólo a los centros controlados por el PCE, a expensas de otros frentes importantes como el de Aragón, controlado por las milicias obreras. Boicoteó a las milicias de la CNT y el POUM, moviéndolas a los frentes donde el ejército tenía mayor poder de fuego. Las consecuentes derrotas fueron esgrimidas por el stalinismo para exigir la disolución de las milicias obreras y su reemplazo por unidades bajo la égida del stalinismo y sus socios dentro del FP (WSWS, 19/7/2021). Desenganchando la guerra civil del proceso revolucionario, el PCE agitaba la consigna de “ganar primero la guerra y hacer después la revolución”. El bolchevismo era archivado por el stalinismo para convertirse en el partido del orden, coartando la intervención independiente de las masas. Trotsky, resumiendo el rol del stalinismo durante la Revolución Española, señalaba lo siguiente: “En el interior del bloque republicano han sido los estalinistas los que han llevado la política más coherente. Han sido la vanguardia combatiente de la contrarrevolución burguesa-republicana. Querían eliminar la necesidad del fascismo, demostrando a la burguesía española y mundial que ellos mismos eran capaces de estrangular la revolución española bajo la bandera de la ‘democracia’” (León Trotsky, “Clase, partido y dirección: ¿Por qué ha sido vencido el proletariado español?”, agosto de 1940). La política contrarrevolucionaria del stalinismo se vio complementada por la falta de iniciativa de una lucha a fondo contra el FP por las organizaciones revolucionarias. El POUM, que en poco tiempo había pasado de 6.000 a 30.000 militantes y que contaba con dirigentes reconocidos entre los trabajadores debido a su decidida intervención en la revolución, no opuso un programa alternativo al del FP y acentuó su posición centrista. Nin desvinculó de una vez y por todas al POUM del trotskismo y cerró acuerdos de carácter oportunista, justificados en nombre de caracterizaciones nacionales y particularismos de España. Se incorporó al gobierno de la Generalität de Cataluña, en septiembre de 1936. En Lleida, Nin intervino para disolver el comité obrero, dirigido por miembros del POUM. En una maniobra urdida por el stalinismo, más tarde, el POUM fue expulsado del gobierno republicano, al que solicitó permanentemente su reincorporación. La Revolución Española llegó al punto más alto en la destrucción del Estado burgués: disolución del ejército, armamento popular, creación de comités y milicias obreras y populares con sus organismos de centralización regional. Pero no expulsó del poder formal a la burguesía; no formó un poder único, ni tomó el poder. En los umbrales mismos, preservó la continuidad del "gobierno republicano" de Giral. La Revolución Española demostró acabadamente que no bastaba destruir el Estado burgués y convertir al poder obrero en un factor de presión sobre el gobierno burgués sobreviviente. Ninguno de los partidos que estaban en el campo de las masas insurrectas planteó la dictadura del proletariado. Los stalinistas fueron desde el vamos los principales promotores del restablecimiento del Estado burgués, compitiendo en esta política con la derecha socialista. La izquierda del PS llegó a coquetear con la expresión "dictadura del proletariado", pero fines a de 1936, bajo el gobierno de Largo Caballero, su máximo líder, jugó un papel decisivo en la reconstrucción del Estado burgués. Desde una posición principista, los anarquistas, dueños de la situación en Barcelona se negaron a tomar el poder y lo depositaron voluntariamente en las manos de los líderes burgueses de la Generalität. Bajo el ministerio "socialista" de Largo Caballero, conformado el 4 de septiembre, se fue restableciendo el poder del Estado burgués y del ejército y su cuerpo de oficiales, y se disolvieron los comités. También en Cataluña esa política se llevó a cabo mediante el gobierno de la Generalität (también formado a fines de setiembre) y se disolvió el Comité Central de las Milicias. El restablecimiento del estado burgués resolvió la Guerra Civil en la llamada "zona republicana", y constituyó el prólogo de la victoria de la burguesía a escala nacional. El FP, al mismo tiempo que desarmaba las milicias obreras y reforzaba al Ejército Republicano, imponía la censura de prensa y restituía las fábricas y las tierras, que hasta el momento se encontraban bajo control de obreros y campesinos, a la burguesía. El FP, apuñalando a las masas, preparó el triunfo del fascismo. Desde julio de 1936, los trabajadores ocupaban la central telefónica de Barcelona. En medio del restablecimiento del orden burgués, en mayo de 1937 el gobierno de la Generalität y las autoridades de Madrid, junto al stalinismo, desalojaron por asalto a los trabajadores, provocando la insurrección del proletariado catalán en defensa de los logros de la revolución. Durante cuatro días los insurrectos se apoderaron de la mayor parte de la ciudad, exceptuando un pequeño bastión en el centro, dominado por stalinistas y republicanos. La toma del poder estaba a la orden del día, pero no fue acompañada por ninguno de los partidos obreros, dejando a las claras la crisis de dirección en la que estaba sumido el proletariado catalán, que se hacía extensivo al resto de España. En mayo de 1937, los obreros de Cataluña se sublevaron, no sólo a pesar de sus propias direcciones, sino en contra suya. En un artículo inacabado, encontrado en el despacho de Trotsky después de su asesinato y publicado en la New International en diciembre de 1940, se puede leer sobre la cuestión de la dirección y las masas en relación a la insurrección de mayo de 1937: “Las masas, que han intentado sin cesar abrirse un camino hacia la vía correcta han descubierto que la construcción, en el fragor mismo del combate, de una nueva dirección que respondiera a las necesidades de la revolución, era una empresa que sobrepasaba sus propias fuerzas. Estamos en presencia de un proceso dinámico en el cual las diferentes etapas de la revolución se suceden rápidamente, en el curso del cual la dirección, es decir distintos sectores de la dirección, desertan y se pasan de un solo golpe al lado del enemigo de clase” (León Trotsky, “Clase, partido y dirección: ¿Por qué ha sido vencido el proletariado español?”, agosto de 1940). Los combates callejeros se multiplicaron y las direcciones del POUM y la CNT, dando cuenta del carácter centrista y de colaboración de clases, pidieron a los obreros un alto al fuego y el levantamiento de las barricadas. Sólo el pequeño grupo de bolcheviques-leninistas afiliados a la Cuarta Internacional, junto con algunos miembros de base del POUM y de la CNT liderados por la Agrupación de los Amigos de Durruti, pidieron a los trabajadores que tomaran el poder y se opusieron a los llamamientos a un alto el fuego. En un accionar “aleccionador” el FP y la GPU, luego del levantamiento de las barricadas, desataron una masiva represión contra la clase obrera insurrecta. Los dirigentes poumistas fueron arrestados y su partido fue proscripto. La GPU secuestró a Nin, al que sometieron a torturas de todo tipo, para luego ejecutarlo. Las redadas republicanas se multiplicaron y cientos de miles de trabajadores fueron puesto bajo arresto en las cárceles regenteadas por el stalinismo. Más de 20.000 fueron enviados a campos de trabajo. Cientos fueron asesinados por el “gobierno popular”. A partir de entonces, Ia reacción levantó cabeza. Si bien faltaban dos largos años para el término de la guerra, la suerte de la Revolución Española ya estaba echada. Los sucesos de mayo asfaltarían el camino para el avance continuo y sin pausa de la reacción. El contexto internacional tampoco era favorable para la Segunda República. Por el acuerdo de Munich, firmado en septiembre de 1938, el Reino Unido y Francia permitieron el desmembramiento de Checoslovaquia ante la agresividad del nazismo. A partir de ese momento, el FP perdió toda esperanza en un cambio de rumbo de las “democracias” imperialistas sobre la cuestión española. Mientras tanto, el presidente de la República Manuel Azaña y el jefe de gobierno, Juan Negrin, imploraban a Franco rubricar un acuerdo de paz. El 26 de enero de 1939 las tropas franquistas entraron a Barcelona sin encontrar resistencia militar en las calles. La derrota de la Revolución Española, corolario de la guerra civil, fue un revés para el proletariado internacional. Insufló al fascismo europeo, en especial a la Alemania hitleriana. Cinco meses después de que Franco proclamara la victoria el 1 de abril de 1939, Alemania dio inicio formalmente a la Segunda Guerra Mundial. El régimen franquista se mantuvo en el poder durante cuatro décadas. Tras la muerte de Franco, su sucesor designado como Jefe de Estado, el rey Carlos I, mantuvo la arquitectura dictatorial. Pero fue la clase obrera, derrotada cuarenta años antes, la que a través de sindicatos y organizaciones clandestinas impulsaron huelgas y protestas masivas exigiendo libertades democráticas y derechos laborales. Su punto más álgido fue la Huelga General lanzada el 5 de abril de 1978, que sepultó al régimen que gobernó a sangre y fuego, abriendo el camino a la transición democrática. Noventa años después, las contradicciones que desencadenaron la Revolución Española y su consecuente Guerra Civil no sólo siguen presentes, sino que se han agudizado. Mientras los gobiernos fascistas del siglo XXI montan estados policíacos e impulsan una nueva guerra imperialista, “la situación política mundial del momento, se caracteriza, ante todo, por la crisis histórica de la dirección del proletariado”. De una manera extraordinaria, está planteada la necesidad de poner en pie una dirección socialista y revolucionaria de la clase obrera, para enfrentar una crisis capitalista que se ha convertido ya en crisis humanitaria. Fuentes: León Trotsky, Obras Escogidas, La Revolución Española (1930-1940) Pierre Broué, Trotsky y la Guerra Civil Española Pierre Broué y Emile Temine, La revolución y la guerra de España Pierre Broué, España 1931-1939: La revolución perdida Andreu Nin, Los órganos de poder y la revolución española Antony Beevor, La guerra civil española Stanley Payne, La guerra civil española Alejandro López, Ochenta y cinco años del estallido de la Guerra Civil española

24 de julio de 2026
Páginas de la vida y la obra del economista I. I. Rubin
Liudmila L. Vasina · Yakov G. Rokityansky

Isaak Rubin: la obra de un «prisionero permanente» Presentación de la edición argentina. Publicamos por primera vez en castellano el estudio biográfico de Liudmila L. Vasina y Yakov G. Rokityansky sobre Isaak Ilich Rubin. El artículo apareció en 1992 en el Boletín de la Academia Rusa de Ciencias, cuando acababan de abrirse archivos hasta entonces inaccesibles y Rubin acababa de ser rehabilitado en todas las causas que se le habían iniciado desde la década de 1920. Sus autores encabezaron en Rusia la tarea de devolverlo a la historia del marxismo. No se trata, por eso, de una semblanza convencional: está construida sobre expedientes policiales, documentos institucionales, manuscritos desconocidos y materiales conservados en secreto durante décadas por la familia del economista. En español, Rubin es conocido principalmente por sus Ensayos sobre la teoría marxista del valor, publicado en 1974 por Cuadernos de Pasado y Presente. Su contribución fundamental consistió en devolver la teoría del valor al terreno de la teoría del fetichismo de la mercancía. Las categorías económicas, insistía, no designan simplemente cosas ni atributos técnicos de las cosas: expresan relaciones sociales entre personas que, en una economía mercantil, se presentan como relaciones entre cosas. El valor no es sólo una cantidad de trabajo ni un recurso para calcular precios, sino la forma social que adquiere el trabajo cuando los productores privados se relacionan por medio del intercambio. Esta reconstrucción hizo de Rubin uno de los intérpretes más originales de El capital y conserva toda su fuerza frente a las teorías que presentan el mercado, el dinero y el capital como mecanismos naturales y eternos de cualquier sociedad. Los Ensayos fueron, además, una referencia relevante para la elaboración desarrollada por Política Obrera en torno de El capital, en particular para una lectura que no separa la teoría del valor de la crítica del fetichismo ni las categorías económicas de las relaciones sociales que expresan. También debe destacarse la traducción completa de Una historia del pensamiento económico realizada por Graciela Molle, militante histórica de Política Obrera, a partir de la versión inglesa preparada por Donald Filtzer. Concebida inicialmente como material para los estudiantes de Economía del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, y difundida en sucesivas versiones preliminares, esta traducción permitió que circulara en castellano una parte considerablemente más amplia de la obra de Rubin, aunque nunca llegara a publicarse como libro. Recientemente, Hic Rhodus, la revista fundada por Pablo Rieznik, acaba de publicar una traducción directa de La escuela austríaca, artículo enciclopédico de 1926. La investigación de Vasina y Rokityansky descubre todo lo que queda oculto cuando Rubin es reducido al libro por el que fue casi exclusivamente conocido. Fue abogado laboralista, estudioso de los seguros sociales y la desocupación, periodista y militante del Bund –la organización socialista judía– y mucho más. Después de la Revolución de Octubre defendió la independencia de los sindicatos respecto del Estado, su organización sobre bases electivas y su responsabilidad ante las masas obreras. Fue también un extraordinario docente, historiador del pensamiento económico, traductor y editor de Marx y de los clásicos. En el Instituto Marx-Engels, bajo la dirección de David Riazánov, participó en la preparación de las obras económicas de Marx y comenzó a trabajar sobre una nueva edición de El capital. La trayectoria de Rubin permite observar, en el campo de la intelectualidad, el proceso de degeneración burocrática de la Revolución de Octubre. Fue detenido por primera vez en 1921 –en el contexto de la guerra civil–, pero la condena de 1923 –tres años de campo de concentración, prisión y destierro– ya no tuvo nada de benigna. Sin embargo, ese régimen represivo todavía no era el aparato cerrado de la década siguiente. La revolución salía de la guerra civil aislada internacionalmente, con la economía devastada y el proletariado diezmado y disperso. Sobre ese agotamiento social se elevaba una capa administrativa cada vez más independiente de las masas, aunque todavía no había conquistado el monopolio de la vida política y cultural. Dentro del partido bolchevique la lucha seguía abierta: desde 1923 la Oposición de Izquierda, encabezada por León Trotsky, combatió la burocratización y defendió la democracia soviética y partidaria, la industrialización planificada y el internacionalismo. Las instituciones científicas conservaban, al mismo tiempo, un margen real de autonomía y el nuevo Estado necesitaba el trabajo de especialistas formados antes de Octubre. Esa situación contradictoria explica un hecho que de otro modo parecería insólito: mientras Rubin estaba preso, las gestiones de Volguin, Lunacharski, Riazánov, Pokrovski, Rýkov y Bujarin podían modificar sus condiciones de reclusión, hacerle llegar libros y permitir la salida de sus manuscritos; a fines de 1926 consiguieron que volviera a Moscú y a la investigación. Entre la prisión de Butyrka, el campo de Súzdal y el destierro en Crimea preparó alrededor de veinte trabajos. Allí inició los Ensayos sobre la teoría del dinero de Marx, con un compromiso tal que llegó a pedir que se postergara algunos días su liberación para terminar de revisar un manuscrito. No era tolerancia del aparato burocrático hacia sus adversarios, sino una porosidad propia de una relación de fuerzas, con la lucha de una oposición todavía no clausurada. La supervivencia intelectual de Rubin dependió de esa autonomía relativa y de una solidaridad científica que pocos años después serían destruidas. En 1928-1930 se produjo un vuelco en la situación de la academia y los debates científicos. Stalin se había apoyado en Bujarin y en la derecha para derrotar a la Oposición de Izquierda, cuyos dirigentes fueron expulsados del partido en 1927; Trotsky fue deportado primero y expulsado de la Unión Soviética en 1929. Ante la crisis de la NEP (Nueva Política Económica, el programa temporal implementado por Lenin en 1921, que permitía el libre comercio minorista y la propiedad privada agrícola), Stalin giró luego contra sus antiguos aliados y lanzó desde arriba la industrialización acelerada y la colectivización forzosa. Se apropió, bajo una forma burocrática y coercitiva, de la necesidad de industrializar que había esgrimido la Oposición, al mismo tiempo que exterminaba políticamente a quienes la habían defendido. Cada zigzag exigía una nueva ortodoxia y la conversión de los aliados de ayer en “desviaciones” de hoy. No se trataba sólo de la concentración personal del poder por Stalin: una casta burocrática expropiaba políticamente a la clase obrera y subordinaba a sus necesidades el partido, el Estado y las instituciones culturales. Las ciencias sociales recorrieron el mismo camino. La discusión sobre los Ensayos, todavía relativamente académica a comienzos de 1928, fue absorbida por la lucha oficial entre “mecanicistas” y “dialécticos”. En abril de 1929 estos últimos recibieron el respaldo del aparato; después del giro marcado por Stalin en diciembre, los vencedores fueron denunciados a su vez como “idealistas menchevizantes”. La dirección se reservaba así el derecho exclusivo a interpretar el canon y a trazar la “línea general” entre dos desviaciones fabricadas o sucesivamente condenadas. En ese marco, la crítica a Rubin dejó de interrogar su teoría del trabajo abstracto y pasó a denunciar la “rubinshchina”, una supuesta falsificación idealista y menchevique de Marx. Rubin se mantuvo fuera de esas luchas y procuró respetar hasta el final las reglas de la discusión científica. No fue trotskista y, para entonces, había abandonado la militancia partidaria. Precisamente por eso su caso es revelador: la investigación marxista independiente se volvió incompatible con un régimen que necesitaba hacer de la teoría una prueba de obediencia. En diciembre de 1930 Rubin fue detenido para incorporarlo al proceso contra el supuesto “Buró Federal” menchevique, una organización construida por la policía política. Mediante interrogatorios interminables, golpizas, aislamiento, torturas y privación del sueño se le arrancó una confesión destinada a comprometer a Riazánov y a liquidar la autonomía del Instituto Marx-Engels. Desterrado luego en Aktiubinsk, continuó investigando hasta su última detención. En 1937 fue acusado de dirigir una organización “trotskista” contrarrevolucionaria: para entonces, el trotskismo funcionaba en los expedientes policiales como una categoría de exterminio, no como una descripción de sus ideas. La policía confiscó una continuación de su Historia del pensamiento económico, estudios sobre Rodbertus y la escuela angloamericana y cuadernos sobre Adam Smith, las crisis, la escuela matemática, Walras y Wicksell. Es probable que todo haya sido destruido después de su fusilamiento, el 27 de noviembre. La burocracia no terminó solamente con una vida: hizo desaparecer buena parte de un programa de investigación marxista. La recuperación de Rubin comenzó fuera de la Unión Soviética. Roman Rosdolsky lo reivindicó en 1968 y, durante la década siguiente, algunas de sus obras fueron traducidas al inglés, el alemán y el castellano. En Rusia hubo que esperar hasta fines de la década de 1980. El artículo que ahora publicamos, de 1992, fue uno de los hitos de ese retorno. En 2011, al cumplirse 125 años de su nacimiento, el Instituto de Economía de la Academia Rusa de Ciencias organizó una mesa redonda sobre su legado. Ese mismo año, otra publicación dio finalmente a conocer en ruso los Ensayos sobre la teoría del dinero de Marx, exactamente dos décadas después de que la familia entregara el manuscrito al archivo. Los debates reunidos en aquel encuentro mostraron que los problemas planteados por Rubin –el trabajo abstracto, la forma del valor, el fetichismo y el objeto de la economía política– continuaban abiertos. La presente versión fue traducida directamente del ruso. La traducción inglesa incluida por Richard B. Day y Daniel F. Gaido en su voluminosa e interesantísima compilación Responses to Marx’s Capital: From Rudolf Hilferding to Isaak Illich Rubin (Brill, 2017) sirvió para cotejar nombres, documentos y referencias y para reconstruir la historia editorial posterior. En esta edición incluimos la nota introductoria de la revista rusa y conservamos el sistema de 33 referencias del original. El ensayo sobre Ricardo, publicado como texto independiente a continuación del artículo de 1992, no se reproduce aquí. Lógicamente, algunas de las valoraciones de Vasina y Rokityansky nos resultan discutibles, como su afirmación de que Rubin no habría superado una interpretación “unilateral y apologética” del marxismo, una marca común en los estudios rusos de los primeros años de la restauración capitalista. El enorme mérito documental del artículo no elimina otra limitación: al concentrarse en Stalin y en la maquinaria represiva, deja en segundo plano el proceso social y político por el cual la burocracia se constituyó como casta gobernante y venció las oposiciones levantadas dentro del propio bolchevismo. Esta presentación procura aportar esa mediación histórica sin alterar el texto de los autores. La discusión no se agota en la historia soviética. En un momento en que ciertos giros políticos hacia la izquierda vienen acompañados por una recuperación del estalinismo, que identifican el socialismo con la estatización, con la planificación burocrática y con el poder de un aparato que habla en nombre de la clase obrera, la historia de Rubin obliga a precisar el contenido social de esa experiencia. El problema no consiste en oponer abstractamente el Estado al mercado, sino en determinar qué clase ejerce el poder, por medio de qué organismos y con qué posibilidades de deliberación, organización y crítica. La burocracia soviética pudo preservar la propiedad estatal de los medios de producción mientras expropiaba políticamente al proletariado, destruía las oposiciones nacidas de la propia Revolución y toda corriente socialista independiente, y subordinaba la elaboración marxista a las necesidades de su dominio. El antistalinismo no es, por lo tanto, un apéndice moral de la lucha socialista: concierne a su programa, sus métodos y al sujeto mismo de la emancipación. Publicar esta biografía no es solamente un acto de reparación histórica. La vida de Rubin muestra, en una escala individual, cómo la expropiación política del proletariado tuvo por correlato la expropiación de su elaboración teórica: el marxismo dejó de ser un método de crítica y se convirtió, en manos del aparato, en un canon administrado. El estalinismo no fue el desarrollo consecuente ni el desenlace inevitable de Octubre, sino el resultado de una lucha histórica que destruyó a sus oposiciones, clausuró sus debates y liquidó una parte sustancial de la tradición revolucionaria. Recuperar hoy la obra de Rubin significa restituir una investigación que se negó a convertir las categorías de Marx en fórmulas muertas y buscó comprender las relaciones sociales ocultas bajo la apariencia natural del mercado. Es, en ese sentido, una tarea del presente. Juan Valtín Páginas de la vida y la obra del economista I. I. Rubin Por Liudmila L. Vasina y Yakov G. Rokityansky Fuente: L. L. Vasina y Ya. G. Rokityansky, «Страницы жизни и творчества экономиста И. И. Рубина» [«Páginas de la vida y la obra del economista I. I. Rubin»], Vestnik Rossiiskoi Akademii Nauk, n.º 8, 1992, pp. 129-144. Traducción directa del ruso, cotejada con la versión inglesa de Richard B. Day y Daniel F. Gaido (Brill, 2017). Se conservaron el sistema de referencias del original. Tiempo. Ideas. Destinos El nombre del profesor Isaak Ilich Rubin (1886-1937), autor de trabajos sumamente interesantes sobre los problemas teóricos de la economía política y la historia del pensamiento económico, apareció con frecuencia en las páginas de diversas publicaciones, tanto antes como después de la Revolución. A comienzos de la década de 1920 se había colocado entre los principales economistas del país. Sus artículos provocaban intensas controversias y sus clases gozaban de gran popularidad. Pero fue precisamente en aquellos años cuando comenzó la serie de arrestos de Isaak Ilich. Aun para esa época, el destino de este «prisionero permanente» resulta excepcional. Y asombra su proeza científica: cautivo, el pensamiento de Rubin no dejó de trabajar; en cárceles, campos de concentración y lugares de destierro mantuvo la misma actividad intensa que en los breves intervalos entre una detención y otra. En noviembre de 1937 fue ejecutado; sus libros pasaron a los fondos reservados y su nombre quedó borrado de la ciencia del país durante medio siglo. Uno de los propósitos de este artículo es restablecer la justicia histórica. Sus autores recurrieron a abundante documentación de archivo –incluidos materiales conservados en el antiguo KGB–, a trabajos desconocidos del economista y a manuscritos y documentos que pusieron generosamente a su disposición la doctora en Ciencias Biológicas M. V. Zheltenkova y el ingeniero V. V. Zheltenkov, sobrinos del profesor Rubin. También se publica por primera vez el último trabajo del economista, escrito poco antes de su muerte. Nota de la edición argentina: En la publicación rusa de 1992, el artículo iba seguido por “La doctrina de Ricardo sobre el capital”, manuscrito redactado por Rubin en el destierro entre 1936 y 1937, que no se incluye aquí. Las dos obras más importantes de I. I. Rubin fueron traducidas hace ya tiempo, publicadas y favorablemente valoradas en Occidente [1, 2]. En Rusia, en cambio, hasta fechas muy recientes sus libros y trabajos permanecieron en los fondos reservados de las bibliotecas, mientras sus concepciones científicas eran ignoradas o juzgadas sin objetividad. Una breve nota biográfica en la enciclopedia Economía política era casi la única mención de Rubin y, además, repetía la vieja caracterización: «R. encabezó la llamada corriente idealista de la economía política (denominada a veces en la bibliografía “escuela de Rubin”). La posición de R. fue sometida a una severa crítica en los trabajos de los economistas soviéticos» [3]. ¿No ha llegado la hora de recordar el destino dramático y la proeza científica de este talentoso investigador? Isaak Ilich Rubin nació el 12 de junio de 1886 en Dvinsk, en el seno de una familia judía acomodada. Su padre era propietario de inmuebles y ciudadano honorario hereditario de la ciudad. Desde los cinco años el niño asistió al jéder; más tarde terminó el gimnasio clásico de Vítebsk y, entre 1906 y 1910, estudió en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Petersburgo, donde las materias económicas eran dictadas por profesores entonces conocidos, como I. I. Kaufman y M. I. Tugán-Baranovski. Al graduarse, Rubin se especializó en ciencias económicas y derecho civil. Años después explicó en su «Autobiografía»: «Como la carrera académica me estaba vedada, después de terminar la universidad ejercí durante varios años la abogacía –principalmente en asuntos laborales– y, al mismo tiempo, publiqué en 1913 y 1914 varios trabajos científicos sobre derecho civil» [4]. Hemos podido localizar los trabajos jurídicos mencionados en esa autobiografía: comentarios sobre diversos artículos del derecho civil y sobre la ley de pensiones para soldados [5, 6]. En 1912 Rubin se trasladó a Moscú, donde al comienzo ejerció como abogado y, desde 1915 hasta agosto de 1917, fue secretario de la Unión de Ciudades y de la Unión de Zemstvos. Desde mayo hasta principios de noviembre de 1917 colaboró en el periódico Izvestia del Sóviet de Obreros de Moscú. Publicó allí diez artículos: sobre los mecanismos para resolver conflictos laborales mediante juntas de conciliación, las vías de lucha contra la desocupación, la III Conferencia Panrusa de Sindicatos, la creación y el funcionamiento de bolsas de trabajo municipales y sindicales, el trabajo obligatorio, etcétera [7]. A los problemas sociales estuvieron dedicados también sus folletos Juntas de conciliación y tribunales arbitrales y Seguro de desempleo, publicados en 1917 y 1918 [8, 9], así como más de quince artículos aparecidos en las revistas El mundo obrero y El abastecimiento. Basta citar algunos títulos: «La lucha contra la especulación y los empleados de comercio», «La desocupación y la lucha contra ella en la región de Moscú», «Los sindicatos y la regulación de la industria», «La nacionalización de las fábricas», «La revolución y la economía nacional en Alemania», «Las clases sociales en Hungría» y «El proletariado en Austria». Estos materiales no poseen solamente interés histórico: todavía hoy pueden aportar elementos útiles para pensar nuestros problemas económicos más urgentes. En 1919 comenzó la actividad científica y docente de Isaak Ilich. Reproduzcamos otro pasaje de su «Autobiografía»: Desde 1919, D. B. Riazánov me incorporó a la traducción de las obras de Marx. Al mismo tiempo comencé, junto con Sh. M. Dvolaitski, a preparar la recopilación Problemas fundamentales de economía política –publicada en 1922–. Desde mediados de 1919 hasta 1921 enseñé ciencias sociales en los Cursos Técnico-Militares de Moscú; en el verano de 1920 dicté un curso de economía política en los cursos para docentes del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública. Desde febrero de 1920 hasta 1922 trabajé en ese Comisariado: integré la comisión encargada de preparar los programas escolares y la comisión dedicada a elaborar los planes de estudio universitarios, y dirigí la sección de ciencias sociales del Instituto Humanístico-Pedagógico. En febrero de 1921 fui designado profesor de la Primera Universidad de Moscú y desde entonces enseñé economía política en la Primera Universidad de Moscú, el Instituto de Profesores Rojos, el Instituto de Economía Nacional y la Universidad Sverdlov. A comienzos de la década de 1920 Rubin ya se contaba entre los principales estudiosos del país. Se convirtió en historiador del pensamiento económico, traductor y comentarista de las obras de economistas de Europa occidental, y en un brillante docente. Y fue justamente en febrero de 1921, mientras su trayectoria científica ascendía con rapidez, cuando quedó tras las rejas. Por sus convicciones políticas era socialdemócrata. Había ingresado al Bund en 1904 y desplegado una activa labor de propaganda entre los obreros judíos de la Zona de Asentamiento. En 1905 fue detenido y recuperó la libertad gracias a la amnistía dictada después del Manifiesto zarista del 17 de octubre. Rubin recibió la Revolución de Octubre sin entusiasmo, pues temía que una derrota llevara al poder a las fuerzas contrarrevolucionarias. Después de Octubre continuó su actividad en la organización moscovita del Bund. Cuando la conferencia celebrada en Moscú en abril de 1920 se dividió, permaneció junto a quienes se negaron a fusionarse con el Partido Comunista Ruso (bolchevique). Rubin abandonó la sala con ese sector del Bund, que se proclamó continuador de la organización. En una intervención ante sus compañeros acerca de las tareas del movimiento sindical, sostuvo la necesidad de contar con «sindicatos independientes del poder estatal, como órganos de la autoactividad de clase del proletariado, organizados en todos sus niveles sobre bases electivas, que mantengan un vínculo permanente y estrecho con las masas obreras y rindan cuentas ante ellas» [10]. Fue elegido miembro del Comité Central del Bund y secretario de ese organismo. Precisamente por pertenecer a su dirección fue detenido el 20 de febrero de 1921 y encerrado en la prisión de Butyrka. «El ciudadano Rubin –se decía en el dictamen de su expediente– fue detenido el 20 de febrero del corriente año en el club “Adelante”, durante una sesión plenaria del Comité Central del Bund (socialdemócrata), del cual es secretario. Entre la literatura partidaria incautada no se encontró nada que indicara el carácter ilegal de su actividad política... Puesto que la investigación no ha establecido datos concretos que permitan formular una acusación contra el ciudadano Rubin, considero posible cerrar su causa y devolverle la correspondencia y los documentos que le fueron confiscados» [11, f. 9]. La recomendación fue cumplida: el detenido quedó en libertad «bajo compromiso escrito de no abandonar la ciudad y con la obligación de presentarse ante la Cheka a su primer requerimiento» [11, f. 11]. La detención siguiente tuvo lugar durante la noche del 5 al 6 de noviembre de ese mismo año, 1921. Rubin era diputado del Sóviet de Moscú, y la fracción menchevique del organismo protestó: «Entendemos que este nuevo asalto de la Cheka no puede ser valorado de otra manera que como la continuación de la miope política de terror practicada por los círculos dirigentes del Partido Comunista contra el POSDR, precisamente cuando el PCR intenta aplicar los puntos fundamentales del programa económico de este último» [11, f. 31]. Pero esta vez fueron sus colegas científicos quienes lo salvaron. En el expediente de instrucción se conserva una carta dirigida a la Cheka por V. P. Volguin, conocido historiador y entonces rector de la Universidad Estatal de Moscú. Fechada el 6 de noviembre de 1921 –el mismo día del arresto–, permite apreciar la tarea docente de Rubin en esa universidad: En la noche del 5 al 6 de noviembre fue detenido en su domicilio el profesor Isaak Ilich Rubin, titular de Economía Política en la Facultad de Ciencias Sociales. Su detención causa un perjuicio considerable a la enseñanza en la Facultad, pues tiene a su cargo clases sobre la teoría del marxismo, de la cual él mismo es partidario, y ese curso constituye una parte esencial del programa básico de la Facultad. Por ese motivo, y para asegurar la marcha adecuada de las actividades académicas de la Universidad, su Presidium considera de importancia fundamental que el profesor I. I. Rubin sea reintegrado a la docencia tan pronto como resulte posible. El Presidium se dirige, pues, a la Comisión Extraordinaria Panrusa con el pedido urgente de que examine su causa con la mayor celeridad y modifique la medida de privación de libertad que se le ha aplicado en cuanto las circunstancias lo permitan. Convencido de la lealtad del profesor Rubin hacia el poder gubernamental, el Presidium solicita a la Comisión Extraordinaria Panrusa que lo ponga en libertad bajo la garantía personal de sus miembros, y asume plena responsabilidad de que, en caso de ser liberado, el profesor Rubin se presentará ante los órganos correspondientes del poder gubernamental al primer llamado y no abusará de ninguna manera de la confianza que se le conceda al excarcelarlo [11, f. 29]. En el expediente se encuentra asimismo una carta del 14 de noviembre de 1921 dirigida por A. V. Lunacharski al vicepresidente de la Cheka, V. R. Menzhinski. Rubin, decía, «desarrolla una labor sumamente intensa en el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública», y pedía «acelerar el examen de su causa y, si las circunstancias lo permiten, reintegrarlo cuanto antes al cumplimiento de sus funciones». El 19 de noviembre también escribió a la Cheka N. M. Lukin, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Moscú: «En virtud de ello, y teniendo en cuenta que al profesor Rubin, docente valioso y marxista probado, se le ha confiado la dirección de un seminario especial sobre la “teoría del valor de Marx”, al que asiste un público numeroso, el Decanato solicita por la presente su liberación lo antes posible para que pueda continuar con el dictado de las clases; agrega que una interrupción prolongada a mitad del semestre sería sumamente inconveniente» [11, f. 32]. Las gestiones de sus colegas surtieron efecto. Una resolución del Presidium de la Cheka del 22 de noviembre de 1921 establecía: «Poner en libertad al ciudadano Rubin bajo la garantía del rector de la Universidad Estatal de Moscú, camarada Volguin. Proseguir la investigación de la causa» [11, ff. 40-43]. Durante las dos breves detenciones de 1921, Rubin tampoco abandonó en la cárcel el trabajo científico. En sus cartas a las autoridades penitenciarias solicitaba autorización para recibir los libros necesarios para su labor, cuadernos donde tomar notas, etcétera. Después de noviembre de 1921, I. I. Rubin permaneció en libertad durante un año y tres meses. Volvió a enseñar en la Universidad de Moscú, el Instituto de Profesores Rojos y otros establecimientos; publicó reseñas y artículos, y preparó la primera edición de su obra principal, Ensayos sobre la teoría marxista del valor [12]. El 27 de febrero de 1923 fue detenido nuevamente. Esta vez pasó más de tres años y medio entre la cárcel y el destierro. El 13 de abril de 1923, la comisión del NKVD para las deportaciones administrativas resolvió recluirlo durante tres años en el campo de concentración de Arjánguelsk [13, f. 32]. El asistente del jefe de la segunda sección de la OGPU, Ivanov, justificó así la resolución: «Teniendo en cuenta que la investigación no ha reunido pruebas suficientes para sostener ante un tribunal una acusación contra el ciudadano I. I. Rubin en virtud del artículo 62, aunque su activa actividad antisoviética ha quedado plenamente demostrada, considero que el presente expediente y este dictamen deben ser elevados a la comisión del NKVD para las deportaciones administrativas con la propuesta de recluir al ciudadano Isaak Ilich Rubin en el campo de concentración de Arjánguelsk por un plazo de tres años. Dar por concluida la investigación y remitir el expediente al archivo de la Sección Secreta de la OGPU» [13, ff. 36-37]. Para Rubin, semejante decisión equivalía a una condena a muerte. Gravemente enfermo, difícilmente habría soportado tres años en un campo de concentración del norte. Durante un mes se libró una batalla por su vida. Sus colegas hicieron cuanto pudieron para impedir el traslado. También se esforzó su esposa, Polina Petrovna Rubina (1884-1958). El 19 de abril escribió al embajador soviético en Alemania, N. N. Krestinski, y le pidió que interviniera para lograr «la revisión de la condena y su inmediata suspensión». «Durante los últimos años, Isaak Ilich se ha dedicado por completo al estudio de la teoría del valor de Marx; fruto de esa labor es su libro Ensayos sobre la teoría marxista del valor, publicado hace un mes por la Editorial del Estado en Moscú», le recordaba [13, ff. 14-17]. Krestinski respondió con rapidez. «Creo –escribió al vicepresidente de la OGPU, I. S. Unshlijt– que, en su caso, lo más correcto sería permitirle salir al extranjero. Fuera del país no puede causarnos ningún daño... Por eso planteo que se revise la decisión adoptada y que Rubin sea expulsado al extranjero» [13, ff. 19-20]. El 23 de abril, Polina Petrovna solicitó a la OGPU «revisar la condena y sustituirla por la expulsión al extranjero o por el destierro en alguna capital de provincia». «Si tal resolución no fuera posible, solicito que se lo mantenga en una de las prisiones de Moscú», añadía [13, ff. 21-22]. El 10 de mayo de 1923, el comandante de la prisión de Butyrka recibió la orden de «suspender, debido a su enfermedad y hasta nueva disposición, el traslado del ciudadano Isaak Ilich Rubin, condenado al campo de concentración de Arjánguelsk» [13, f. 40]. Sin embargo, en el otoño de 1923 la dirección de la OGPU terminó por enviarlo a un campo de concentración: no al de Arjánguelsk, sino al de Súzdal. En el expediente se conserva una carta escrita allí por Rubin el 28 de octubre de 1923: «Ocho meses de prisión han quebrantado seriamente mi salud, que ya era muy frágil –neurosis cardíaca, tuberculosis pulmonar padecida anteriormente y una enfermedad crónica del estómago–; en Súzdal me alojaron en una celda de la planta baja, con enormes manchas de humedad abiertas en las paredes». Rubin señalaba que su encierro en Súzdal era más doloroso y destructivo para su estado nervioso que el «régimen muy severo» que había padecido en Butyrka [13, f. 68]. Poco después fue devuelto a esta última prisión. La dureza con que la OGPU trataba al economista se explicaba, ante todo, porque Rubin no modificaba sus posiciones políticas. Se declaraba «preso político» y se atrevía a realizar demostraciones peligrosas: «Por la presente declaro que hoy, 1.º de mayo de 1924, día de la fiesta internacional de la clase obrera, inicio una huelga de hambre de veinticuatro horas en señal de duelo por los camaradas socialistas muertos en la cárcel y el destierro, y como protesta contra el régimen de una crueldad inaudita (...) aplicado por los bolcheviques a los socialistas» [13, f. 91]. En tales condiciones, quienes intentaban aliviar la situación de Rubin difícilmente podían conseguir resultados. El director del Instituto Marx-Engels, el académico D. B. Riazánov, estaba dispuesto incluso a hacerse responsable de él y ofrecer su garantía personal. Más tarde recordó: «A pesar de todos mis argumentos, Rubin se mantuvo inflexible. Me dio su palabra de que renunciaba a toda actividad práctica y estaba dispuesto a consagrarse por entero al trabajo científico, pero se negó a salir en libertad bajo mi garantía. “¿Y si alguno de mis viejos camaradas viene a verme a Kashin –se suponía que viviría fuera de Moscú–? Yo no lo denunciaría y sólo conseguiría comprometerlo a usted”». También intercedió por él su hermana, B. I. Zheltenkova. En el verano de 1924 pidió al presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, A. I. Rýkov, la liberación anticipada de Rubin. «Si no fuera posible ponerlo en libertad, solicito que, hasta el vencimiento de la condena, se le asigne como lugar de destierro alguna ciudad cercana a Moscú», escribió [13, f. 110]. En noviembre de 1924 se produjo cierto giro en su situación. Finalmente, quienes abogaban por Rubin consiguieron acordar una salida con la dirección de la OGPU. Probablemente aconsejado por ellos, el 4 de septiembre Rubin había solicitado a Menzhinski que el tiempo de reclusión que aún le restaba fuese sustituido por «el destierro en alguna capital de provincia de la Rusia europea... o en alguna localidad de Crimea» [13, ff. 120-121]. El 19 de diciembre de 1924, la Reunión Especial adjunta al Colegio de la OGPU resolvió excarcelarlo y desterrarlo, por el plazo restante, a Karasubazar, en la península de Crimea [13, ff. 126-127]. En Karasubazar –denominada Belogorsk desde 1944–, Rubin y su esposa alquilaron dos habitaciones en una casa de una sola planta. Su vida no fue apacible. Durante el invierno, además, la salud del economista empeoró. La dirección de la OGPU rechazó terminantemente su pedido de traslado a otra localidad de Crimea que resultara más adecuada para su salud. En abril de 1926 escribió: «Como no pude cambiar a tiempo de lugar de residencia, pasé el invierno de 1925-1926 continuamente enfermo. Permanecí tres meses en cama y padecí una grave forma de reumatismo articular agudo; como resultado, mi salud –en especial el estado del corazón– ha empeorado bruscamente y ahora requiere un tratamiento especial prolongado» [13, f. 171]. La condena al destierro vencía el 13 de abril de 1926. Sus colegas hicieron todo lo posible para que Rubin pudiera regresar a Moscú. El 29 de marzo, Sh. M. Dvolaitski fundamentó así la necesidad de reincorporarlo a la docencia en el Instituto de Profesores Rojos: «En la actualidad, Rubin es el mayor conocedor del marxismo –si exceptuamos al camarada Bujarin–. Su obra principal constituye, a mi juicio, una brillante interpretación de la teoría del valor de Marx. En cualquier caso, no podría citar en ese terreno ningún trabajo que se encontrara a la altura del libro de Rubin. Se ocupa, además, de la historia de las doctrinas económicas... Ha podido estudiar magníficamente no sólo a los precursores y contemporáneos de Marx, sino también la literatura económica teórica de la burguesía contemporánea. Naturalmente, no podremos encontrar para el Instituto otro docente como él... Por cuanto sé, la opinión que acabo de expresar sobre Rubin es compartida por nuestros camaradas economistas. Bujarin también lo estima en muy alto grado» [13, f. 169]. El 9 de abril de 1926, el historiador y académico M. N. Pokrovski, rector del Instituto de Profesores Rojos, también se pronunció por el regreso de Rubin: «Puesto que el profesor Rubin es un conocedor excepcional de la teoría económica de Marx y de la historia de las doctrinas económicas, y dado que el Instituto de Profesores Rojos carece precisamente de responsables de esa especialidad, considera posible solicitar que se le permita residir en Moscú para utilizarlo, como antes, en la dirección de seminarios de los cursos fundamentales... La posición política del profesor Rubin, como es evidente, no puede influir en absoluto sobre militantes del Partido tan altamente calificados como los estudiantes del Instituto de Profesores Rojos» [13, f. 168]. Pero estas peticiones no fueron atendidas. El dictamen del expediente afirmaba: «Durante su permanencia en el destierro, Rubin siguió siendo menchevique; mantuvo una posición irreconciliable frente al poder soviético y vínculos con desterrados de otras ciudades. Por ello, una vez cumplida su pena, su residencia en cualquier centro industrial importante representa un peligro social» [13, f. 173]. Se le prohibió vivir durante tres años en Moscú, Leningrado, Tula, Nizhni Nóvgorod e Ivanovo-Voznesensk. A fines de agosto obtuvo autorización para instalarse en Sarátov. Mientras tanto, nuevas personalidades continuaron intercediendo ante la OGPU. En esa etapa, junto con el académico Riazánov, realizaron gestiones A. I. Rýkov y N. I. Bujarin. En octubre, su intervención surtió efecto. Rubin recibió permiso para viajar a Moscú por tres semanas y, el 26 de noviembre de 1926, la Reunión Especial adjunta al Colegio de la OGPU resolvió: «Liberar anticipadamente del castigo a Isaak Ilich Rubin y permitirle residir libremente en el territorio de la URSS» [13, f. 200]. En la «Autobiografía» de Rubin encontramos estas líneas: «Entre 1923 y 1926 me dediqué al trabajo científico y literario y escribí varios trabajos de investigación» [4]. A primera vista podría parecer extraño: durante esos años Rubin estuvo en una celda de Butyrka, en el campo de concentración de Súzdal, nuevamente en Butyrka y, después, desterrado en Karasubazar. Pero basta recorrer las páginas de su expediente para comprobar que, incluso preso, Isaak Ilich desarrolló una labor verdaderamente intensa. Allí se registraron todos los libros, revistas y demás materiales que recibió entre 1923 y 1926, así como cada manuscrito preparado en prisión y enviado al exterior. El expediente contiene, además, una copiosa correspondencia que da testimonio de su intensa actividad científica. Si las autoridades penitenciarias no la interrumpían, no era por voluntad propia. Al ser detenido, Rubin cumplía numerosos encargos y compromisos de publicación para distintas editoriales y para el Instituto Marx-Engels. En aquel momento, los dirigentes de esas instituciones todavía podían influir sobre las máximas autoridades de la OGPU. En el expediente abundan las cartas de investigadores e instituciones –ante todo, del Instituto Marx-Engels– que solicitan a la OGPU hacerle llegar una u otra publicación. Veamos, por ejemplo, la carta de Sh. M. Dvolaitski del 4 de septiembre de 1923: «Solicito que el libro adjunto –Ricardo und Marx als Werttheoretiker, de J. Rosenberg– sea enviado a I. I. Rubin en la prisión de Butyrka, y que se le comunique que se lo remite para que escriba el capítulo introductorio. Tanto el libro como la introducción de Rubin serán publicados por la editorial Moskovski rabochi e integrarán la “Serie Económica” que aparece bajo mi dirección. Solicito que no se demore el envío para no postergar la salida del libro» [13, f. 58]. Y esta es una carta del Instituto Marx-Engels a la OGPU, fechada el 21 de junio de 1924: «El Instituto autoriza al camarada A. D. Márkov: 1) a entregar para Rubin dos ejemplares de la traducción de Marx, Crítica de algunas tesis de la economía política –el manuscrito de la traducción y su copia mecanografiada–; 2) a retirar los materiales destinados al Instituto cuya disponibilidad nos fue comunicada por su Secretaría» [13, f. 102]. En total, durante su cautiverio –desde la primavera de 1923 hasta el otoño de 1926– Rubin preparó alrededor de veinte trabajos científicos: monografías, traducciones de libros y artículos económicos, prólogos, contribuciones para revistas y para la Gran Enciclopedia Soviética, y comentarios de textos. Entre ellos estaban la segunda edición, duplicada en extensión, de Ensayos sobre la teoría marxista del valor (1924); la traducción y el prólogo del libro de I. Rosenberg Ricardo y Marx como teóricos del valor; la segunda edición de La economía nacional en ensayos e imágenes, escrita con R. M. Kabo (1924); un estudio introductorio para Historia de la teoría del valor en Inglaterra, de W. Liebknecht (1924), cuya traducción también revisó científicamente; la traducción de Fundamentos de la economía mundial, de G. Levy; y los libros Historia del pensamiento económico (1926), Los fisiócratas (1925) y Los economistas contemporáneos de Occidente (1927). Durante el mismo período preparó una nueva traducción de Contribución a la crítica de la economía política, de Marx; escribió artículos y reseñas para la revista Archivo de K. Marx y F. Engels; y compiló la antología Los clásicos de la economía política desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XIX, acompañando cada parte con sustanciosas observaciones introductorias. En prisión escribió también, para la primera edición de la Gran Enciclopedia Soviética, los artículos «Escuela austríaca», «Amortización» y «Economía política vulgar». En la prisión de Butyrka, el profesor Rubin comenzó el manuscrito de Ensayos sobre la teoría del dinero de Marx, donde desarrollaba las ideas de sus Ensayos sobre la teoría marxista del valor. Continuó ese trabajo en 1927 y 1928, pasó el manuscrito en limpio y lo dejó listo para su mecanografiado. Era el primer estudio especializado de la teoría del dinero de Marx producido en el país. Sin embargo, Rubin no alcanzó a publicarlo; hasta hoy permanece inédito. Afortunadamente, sus familiares conservaron el manuscrito. Investigar en condiciones de encierro fue una verdadera proeza científica. En el campo de concentración de Súzdal, Rubin debió leer y escribir a la luz de una lámpara de querosén. Un episodio especialmente revelador ocurrió en Butyrka después del 19 de diciembre de 1924. Había llegado la orden de ponerlo en libertad y enviarlo a Karasubazar, pero el prisionero pidió... que se aplazara su liberación. Lo justificó de este modo: «Tengo en mis manos dos trabajos extensos, uno de ellos de carácter didáctico –una Antología de historia de la economía política de unas 450 páginas–, que debe entregarse inmediatamente a la Editorial del Estado y cuya revisión final no me llevará más de seis o siete días. Si parto de inmediato, no tendré posibilidad de enviar el único ejemplar del manuscrito, fruto de seis meses de trabajo, y, en el mejor de los casos, la entrega se demorará dos o tres meses» [13, f. 128]. El insólito pedido fue concedido y su permanencia en la cárcel se prolongó algunos días. El 27 de diciembre de 1924 había terminado todo el trabajo; sólo entonces partió al destierro. En Karasubazar trabajó con no menor intensidad. En el fondo de la dirección del Instituto Marx-Engels se conservan cinco cartas suyas escritas en Crimea. Hablan de la recepción y devolución de libros de la biblioteca del Instituto, de su traducción al ruso de las Notas marginales al “Tratado de economía política” de Adolph Wagner, de Karl Marx, y de la versión alemana del artículo de Rubin «Stolzmann como crítico de Marx». A propósito de este último trabajo, escribió el 14 de agosto de 1925: «Confío en que adoptarán medidas urgentes para incorporar de inmediato todas las correcciones que he hecho. Debido a la dificultad y la responsabilidad del tema, sería sumamente inconveniente que el trabajo apareciera sin ellas y, de manera inevitable, se me reprocharía una labor descuidada –en los términos técnicos, las citas, el título, etcétera–. Por eso, si el manuscrito ya fue enviado a imprenta, les ruego que comuniquen inmediatamente a la redacción, sin esperar a recibirlo, que en el artículo se han introducido correcciones cuya inclusión es absolutamente indispensable» [14]. El trabajo científico abnegado que Rubin desarrolló entre 1923 y 1926 merece, sin duda, un lugar en la historia de la ciencia. Por supuesto, sin la solidaridad y el auxilio de sus colegas, el profesor no habría podido trabajar, ni salir de la celda, ni finalmente regresar del destierro a Moscú a fines de 1926. Sin su colaboración, ninguno de los numerosos trabajos científicos que escribió entre 1923 y 1926 habría visto la luz. En el prólogo a la tercera edición de Ensayos sobre la teoría marxista del valor, Rubin escribió: «En la publicación de las dos primeras ediciones de esta obra recibí una ayuda considerable de D. B. Riazánov y Sh. M. Dvolaitski, a quienes expreso mi sincero agradecimiento» [15]. A fines de 1926, I. I. Rubin ingresó al Instituto Marx-Engels. Allí encontró amplias posibilidades para una labor científica fecunda. Poco después asumió la dirección del gabinete de economía política, que por entonces constituía el centro donde se preparaban para la imprenta los escritos económicos de Karl Marx y reunía una colección excepcional de unos catorce mil libros sobre economía política e historia del pensamiento económico [16]. Entre 1927 y 1930, Rubin preparó allí una edición de Contribución a la crítica de la economía política de Marx [17], tradujo otros escritos económicos del mismo autor, inició los trabajos para una nueva edición de El capital y participó en la preparación de varias recopilaciones temáticas. También tradujo a los clásicos de la economía política, entre ellos Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de Adam Smith. Al mismo tiempo continuó sus propias investigaciones en teoría económica e historia del pensamiento económico y publicó varios artículos nuevos [18-20]. Su Historia del pensamiento económico –el manual más conocido de la materia– se reeditaba todos los años [21]. Preparó regularmente extensos exámenes críticos de la bibliografía extranjera y soviética sobre economía política y teoría marxista [22-24]. Reanudó, además, la docencia en el Instituto de Profesores Rojos, el Instituto de Economía Nacional, la Universidad Estatal de Moscú, el Instituto de Economía y la Asociación Rusa de Institutos de Investigación en Ciencias Sociales. Dictó cursos de economía política, sobre El capital y sobre historia de las doctrinas económicas. Sus clases reunían invariablemente a un público numeroso y despertaban enorme interés en los medios científicos. Entre los economistas de la década de 1920, Rubin se distinguía por su empeño en abordar de un modo más científico la teoría económica de Marx. Por supuesto, no llegó a superar la interpretación unilateral y apologética del marxismo, convertido después de 1917 en la única teoría social permitida. Pero, a diferencia de la inmensa mayoría de los economistas soviéticos de la primera generación, intentó situar las concepciones de Marx en el sistema de la ciencia económica del siglo XIX. Eso no podía quedar impune. En 1928 comenzó la discusión en torno de Ensayos sobre la teoría marxista del valor, que en un primer momento tuvo el carácter de un debate científico. Luego, sin embargo, las observaciones críticas sobre las ideas y tesis del libro se transformaron en acusaciones políticas. Se imputó al autor la falsificación de la teoría económica marxista, un enfoque idealista de las categorías económicas, la separación entre forma y contenido, etcétera. Sus ideas fueron designadas con el término despectivo «rubinismo», y él mismo fue proclamado jefe de una corriente idealista en economía política [25-28]. La discusión concluyó a comienzos de 1930 con el artículo de V. Miliutin y B. Borilin «Sobre las divergencias en economía política», publicado en Bolchevik, órgano teórico del Comité Central del Partido Comunista de toda la Unión (bolchevique) [29]. Poco después comenzó la campaña contra Rubin en la prensa central. El 19 de noviembre, un artículo de Pravda lo calificó de «miembro de un grupo de saboteadores menchevique-kulak desenmascarado» [30]. A comienzos de 1930 se vio obligado a abandonar la docencia en el Instituto de Profesores Rojos y en los demás establecimientos. El 22 de noviembre envió a la redacción de Pravda una carta en la que rechazaba toda participación en cualquier grupo de saboteadores; el 1.º de diciembre presentó su renuncia al Instituto Marx-Engels [31, ff. 8-9]. A comienzos de la década de 1930, el trabajo se había vuelto difícil para todos los investigadores de las ciencias sociales capaces de pensar de manera no convencional. Después de imponerse sobre sus adversarios políticos en la dirección del Partido Comunista, Stalin puso en marcha la maquinaria represiva contra los disidentes, tanto dentro como fuera del partido. En esas condiciones, estaba decidida de antemano la suerte de aquel antiguo preso político, investigador original cuyos trabajos habían sacudido la ciencia económica. Dos circunstancias aceleraron el desenlace: en primer lugar, la organización –según un guion de Stalin– de un proceso ejemplificador contra un grupo de antiguos mencheviques a caballo entre 1930 y 1931; en segundo lugar, el propósito de Stalin de ajustar cuentas con el académico D. B. Riazánov, a quien detestaba. La detención de Rubin no se hizo esperar: ocurrió durante la noche del 23 al 24 de diciembre de 1930. Durante casi un mes, los agentes de la OGPU no consiguieron arrancarle las declaraciones que necesitaban. Así lo cuenta su hermana, B. I. Zheltenkova, en sus memorias [32, pp. 249-253]. La información es confirmada por el expediente de instrucción, donde quedó registrada la primera reacción de Rubin a la orden de detención: «No me declaro culpable. Desde 1923 no he tenido absolutamente ninguna relación con el partido menchevique, ni siquiera he mantenido vínculos con personas de quienes pudiera suponer que pertenecían a él» [31, f. 1]. Durante la preparación del proceso se aplicaron métodos atroces para obtener las declaraciones requeridas [32, pp. 244-245]. Stalin mismo los había definido en octubre de 1930, en una carta a V. R. Menzhinski: primero había que familiarizar a los acusados con las declaraciones «orientadoras»; luego, «interrogarlos con el mayor rigor»; y a quienes se negaran a colaborar, hacerlos «pasar por las baquetas» [33, pp. 99-100]. Stalin estaba especialmente interesado en las «declaraciones» de Rubin. Contra él se emplearon los métodos de presión más brutales: interrogatorios interminables, golpizas, la celda de castigo –un pozo de piedra apenas del tamaño de una persona–, humillaciones, torturas, privación del sueño, etcétera [32, pp. 250-251]. Al final, gravemente enfermo y extenuado por los tormentos incesantes, Rubin no resistió. B. I. Zheltenkova recuerda: «Mi hermano aceptó reconocerse miembro de la comisión programática del Buró Federal y declarar que había guardado en su despacho del Instituto documentos del centro menchevique; al dejar el Instituto, los habría entregado a Riazánov en un sobre cerrado, como documentos sobre la historia del movimiento socialdemócrata, pidiéndole que los conservara durante un breve tiempo... Decidió presentar las cosas como si hubiera engañado a Riazánov, quien confiaba ilimitadamente en él. Mi hermano sostuvo con obstinación, en todas sus declaraciones, esa versión de la confianza personal de Riazánov y de cómo Rubin la habría traicionado. Nadie consiguió jamás apartarlo de esa posición» [32, pp. 250, 252]. El 8 de febrero de 1931, los investigadores de la GPU obligaron a Rubin a escribir una carta a Riazánov en la que le pedía que devolviera unos documentos inexistentes, supuestamente necesarios para la investigación [31, f. 160]. La noche del 12 de febrero, Stalin citó al académico Riazánov y, en presencia de V. M. Mólotov, le mostró la carta fraguada. En la noche del 15 al 16 de febrero Riazánov fue detenido. El 20 de febrero se realizó un careo. Después de las tres primeras preguntas, Riazánov lo interrumpió. Vio a Isaak Ilich Rubin aterrorizado, tembloroso, apenas capaz de articular palabras, y evidentemente lo comprendió todo. «Llevaron de inmediato a mi hermano de regreso a su celda, donde comenzó a golpearse la cabeza contra la pared. Quien haya conocido la serenidad y el dominio de sí de Rubin puede comprender hasta qué estado lo habían llevado» [32, p. 252]. Por supuesto, se puede acusar al profesor Rubin de haber traicionado al hombre que, entre 1923 y 1926, lo salvó de una muerte segura, lo devolvió a la actividad científica y lo ayudó hasta el momento mismo de su arresto. Pero también es necesario tomar en cuenta las condiciones en que se desarrolló el drama. ¿Qué podía oponer un investigador a la tenaza del secretario general y sus esbirros? Ni siquiera con su propia vida habría podido salvar a Riazánov. En el proceso del «Buró Federal del Comité Central del POSDR (menchevique)», celebrado entre el 1.º y el 9 de marzo de 1931, I. I. Rubin fue condenado a cinco años de prisión. El 22 de septiembre de 1933, el Colegio de la OGPU resolvió, «en modificación de la resolución anterior, desterrar a Isaak Ilich Rubin a Turgái por el plazo restante» [13, f. 217]. Más tarde terminó en Aktiubinsk. B. I. Zheltenkova, que lo visitó allí, recuerda: «En Aktiubinsk, mi hermano comenzó a trabajar como economista planificador en una cooperativa de consumidores. Además, continuó con su labor científica... Me dijo que no quería regresar a Moscú, que no deseaba encontrarse con su antiguo círculo de conocidos. Eso mostraba hasta qué punto lo había conmocionado todo lo vivido. Sólo su gran optimismo y sus profundos intereses científicos le daban fuerzas para vivir» [32, p. 252]. El 19 de noviembre de 1937, el profesor I. I. Rubin fue detenido una vez más. En esta ocasión lo acusaron de haber creado una organización contrarrevolucionaria. El 25 de noviembre, una troika lo condenó a muerte; fue fusilado dos días después. Publicamos por primera vez la fecha exacta de su muerte: 27 de noviembre de 1937. Pudimos establecerla mediante el estudio de documentación pertinente del KGB, hoy desclasificada. Hasta entonces, sus años de vida se consignaban con esta fórmula: «1886-año de muerte desconocido». Así figura también en la enciclopedia Economía política, citada al comienzo del artículo [3]. Entre 1989 y 1991, I. I. Rubin fue rehabilitado en todas, sin excepción, las causas de las décadas de 1920 y 1930. Referencias Rubin, I. I. Essays on Marx's Theory of Value. Traducción de la tercera edición rusa. Detroit: Black & Red, 1972. Rubin, I. I. A History of Economic Thought. Traducción y edición de Donald Filtzer; epílogo de Catherine Colliot-Thélène. Londres: Ink Links, 1979. Manevich, V. E. «Rubin, Isaak Ilich». En Ekonomicheskaia entsiklopediia. Politicheskaia ekonomiia [Enciclopedia económica. Economía política], t. 3. Moscú: Sovetskaia entsiklopediia, 1979, p. 510. Rubin, I. I. «Zhizneopisanie» [«Autobiografía»]. Archivo Estatal Central de la Revolución de Octubre, fondo 5144, inventario 20, expediente 4, p. 126. Rubin, I. I. 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Obras de Rubin disponibles en español La siguiente nómina, preparada para esta edición, reúne las ediciones y traducciones de obras de Rubin que hemos podido localizar en castellano. Rubin, I. I. Ensayos sobre la teoría marxista del valor. Traducción de Néstor Míguez. Córdoba: Ediciones Pasado y Presente, n.º 53, 1974; 2.ª ed., México, 1977. https://www.marxists.org/espanol/tematica/cuadernos-pyp/Cuadernos-PyP-53.pdf Rubin, I. I. Una historia del pensamiento económico. Traducción al castellano de Graciela Molle, realizada a partir de la versión inglesa traducida y editada por Donald Filtzer. Versión preliminar para los estudiantes de Economía del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, difundida desde 2010 y revisada posteriormente. https://proletarios.org/books/Rubin-Historia-del-pensamiento-economico.pdf Rubin, I. I. Los mercantilistas. Historia del pensamiento económico, vol. 1. Edición y presentación de Diego Guerrero. Madrid: Maia Ediciones, 2011. Rubin, I. I. Los fisiócratas. Historia del pensamiento económico, vol. 2. Edición de Diego Guerrero. Madrid: Maia Ediciones, 2012. Rubin, I. I. «Ensayos sobre la teoría marxista del valor (selección)». Presentación de Juan Ignacio Castien Maestro. Sociología Histórica, n.º 9, 2018, pp. 834-854. Esta publicación reproduce fragmentos de la traducción de Néstor Míguez de 1974. https://revistas.um.es/sh/article/download/352841/269821/1309541 Rubin, I. I. Ensayos sobre la teoría del valor de Marx. Traducción de Nikita Gusev; prólogo de Anselm Jappe. Buenos Aires: Editorial Marat, 2022. Rubin, I. I. Smith y Ricardo. Historia del pensamiento económico de I. Rubin. Versión castellana preparada por Catalina Aldama, Pablo Benchimol, Agustín Landi, Ezequiel Lorenzo y María del Pilar Piqué. Madrid: Maia Ediciones, 2025. Rubin, I. I. «La economía austríaca». Traducción directa del ruso y cotejo con la edición inglesa. Hic Rhodus. Crisis capitalista, polémica y controversias, n.º 27, 2026. https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/hicrhodus/article/view/11375/10107