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Internacionalismo (segunda época de EDM) N° 11

4 de abril de 2026 · 4 notas

Notas de este número

4 de abril de 2026
La guerra imperialista

(Exposición realizada por Zoom el 28 de marzo de 2026, en el marco del Congreso de Política Obrera) Buenas tardes. El informe de hoy es parte de una exposición integral con vistas al próximo Congreso de Política Obrera. Ha sido precedido por uno de Marcelo Ramal y seguirá con otro de Jacyn y un siguiente sobre informe de actividades. La guerra imperialista tiene un carácter internacional; ha penetrado en todos los países. El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán ha dislocado prácticamente los mercados de materias primas, petróleo, gas, fertilizantes de todo tipo . Como consecuencia de esto, también ha afectado todo el mercado de la alimentación. En la India hay graves problemas de acceso a los alimentos por el problema de los fertilizantes y, si examinamos la situación argentina, vemos algo similar, porque incluso los rescates del Tesoro norteamericano a Milei y este último fallo en favor de Argentina en el pleito con Petersen y con Burford, etcétera, ha sido determinado por Trump y por Bessent en función de un aliado en esta guerra . Si quieren algo más sobre esto, fíjense que gente tan apegada a hacer declaraciones a cada instante, tanto Trump como Bessent, no han hecho ninguna referencia a este fallo de la Cámara de Apelaciones de Nueva York, porque detrás de ese fallo está la mano de Trump y del gobierno norteamericano. En cuanto a América Latina, la penetración de esta guerra internacional se manifiesta en el llamado Escudo de las Américas, que convierte a todos los países firmantes en protectorados de Estados Unidos, porque admiten el ingreso territorial de tropas norteamericanas con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico . Esto, más allá de lo que ocurre con Venezuela y más allá de lo que ocurre con Cuba, donde el problema del protectorado, del colonialismo directo y hasta de una intervención directa están definitivamente planteados . Ahora, nosotros como marxistas no podemos limitarnos a describir los distintos incidentes de la guerra y los intereses que llevan a una u otra potencia a participar de la guerra, a iniciarla, a resistirla, según el enfoque de cada uno. La guerra es un fenómeno extraordinario que tiene que ver con la sociedad, la organización social del mundo actual. Por eso, el punto fundamental, que es el único que nos permite adoptar una posición marxista sobre la guerra, es caracterizarla como el estallido de todas las contradicciones sociales de la organización capitalista, en el relativamente largo período de su decadencia histórica. Aquellos fenómenos de la lucha de clases que se desarrollan de una forma más o menos “pacífica”, entre comillas, adquieren de golpe una dimensión histórica extraordinaria, porque todas las contradicciones que se manejan y que se violentan en forma “pacífica”, entre comillas, estallan en su conjunto; la propia revolución, por otro lado, constituye un estallido de todas las contradicciones sociales. Las revoluciones que va a precipitar esta guerra mundial van a ser el producto de las contradicciones que ya han estallado y que han llevado a la guerra, y de todas las contradicciones de la guerra misma. Un enfoque unilateral del proceso histórico actual tiene como consecuencia una desorientación general. Hay, por caso, una tendencia a ver a la guerra imperialista como la única forma de guerra que ha conocido la humanidad, cuando en realidad la historia del mundo hasta ahora, una historia de apropiación privada de la riqueza por parte de unos pocos, mediante la explotación de una mayoría enorme y creciente, ha visto innumerables formas de guerras. Y no todas las guerras tienen el mismo carácter, aunque sean el producto del estallido de las contradicciones sociales. Hay, por ejemplo, un periodo histórico muy importante, que es el periodo de las guerras nacionales. Las guerras nacionales formaron parte de todo un escenario de disolución del viejo mundo feudal y del viejo mundo colonial, y de la formación de los estados modernos. Las guerras que fue librando Alemania contra Dinamarca, contra Austria, etc., no fueron juzgadas como guerras imperiales, sino como guerras nacionales, porque estaban al servicio de la formación del Estado alemán y de un mercado interno, que hasta entonces estaba completamente fracturado, y por lo tanto constituía un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas. Lo mismo vale con la unidad italiana. La unidad italiana es una guerra contra varias potencias que dominaban a una Italia fragmentada, por un lado Austria, por otro lado Francia y España, y eran guerras históricamente progresivas. Eran guerras que abrían el campo del desarrollo capitalista. Lo mismo ocurre con las guerras en América, en el periodo colonial, empezando por la guerra de Estados Unidos contra Inglaterra, etc. Es decir, no podemos confundir o no podemos transformar al concepto de guerra en una categoría vacía de contenido. La tenemos que juzgar por la época histórica en que se desarrollan y por las fuerzas motrices que entran en confrontación. Las guerras nacionales son progresivas. La guerra nacional de China contra el Japón fue una guerra extraordinariamente progresiva, intervino parte de la burguesía nacional, fundamentalmente el campesinado, desembocó en la revolución de octubre de 1949, pero toda ella fue de parte de Japón una guerra colonial de apoderamiento de China, de masacres, y de parte de China una guerra nacional. Las guerras nacionales contra las guerras de colonización, ya en un período imperialista,son una expresión del estallido de las contradicciones de esta forma de dominación; constituyen un paso para la liberación de las fuerzas productivas de las naciones sometidas, un paso adelante en la unificación de la economía mundial y un principio de revolución permanente sujeta a la intervención de la clase obrera como clase histórica independiente. De otra parte, han habido guerras imperialistas de distinto orden que no tuvieron el carácter de una guerra mundial. Por ejemplo, la conquista de Puerto Rico, la política de anexión en el Caribe por parte de Estados Unidos, inclusive de Cuba, que aunque emergió como estado formalmente independiente, quedó anexada a Estados Unidos por una cláusula constitucional que autorizaba a Estados Unidos a intervenir en Cuba. La conquista de la India por parte de Gran Bretaña, lo mismo que la conquista de Egipto, y las del imperialismo francés en el norte de África, eran guerras imperialistas, pero no era una guerra mundial, aunque eran el inicio de una disputa por el acaparamiento de las colonias entre los distintos países imperialistas que se desarrollaban según la fuerza de unos y otros. Los países capitalistas que entraron más tarde en esta guerra, como es el caso de Alemania e Italia, recibieron, antes de la Primera Guerra Mundial, una porción muy pequeña de la explotación mundial. Esto llevó a una guerra imperialista mundial, la primera, y a una segunda guerra imperialista mundial. Lo que tenemos ahora es una guerra mundial. Algunos entienden que no es una guerra mundial porque las grandes potencias imperialistas no se enfrentan en esta guerra de un modo directo, es decir, lo hacen por medio de intermediarios. Por ejemplo, la Unión Europea procura la anexión de Ucrania por medio del armamento del ejército de Zelensky. Entonces, para algunos esto todavía no es una guerra mundial entre Rusia y la OTAN, sino que es una guerra por delegación -pelean entre ellos por medio de fuerzas intermedias, incluso con la intención de evitar una guerra mundial-. Dialécticamente tendríamos que decir lo contrario. Sin intención de iniciar una guerra mundial, aunque también con esa misma intención, objetivamente es el desencadenamiento de una guerra mundial por la naturaleza histórica de las fuerzas en presencia. Porque las guerras no se disuelven pacíficamente; es necesario trazar su desarrollo o su dinámica. Por eso, la guerra en Ucrania se dilata y sigue siendo una guerra de la OTAN, digamos, contra Rusia. Esa fue nuestra caracterización. Cuando en 2022 Rusia invade Ucrania, nosotros entendemos que es una medida defensiva de la oligarquía restauracionista rusa contra los intentos de la OTAN de anexar a Ucrania {y eventualmente iniciar una guerra por el reparto de Rusia entre sus integrantes}, pero por eso mismo caracterizamos que si se ha llegado una guerra por Ucrania entre la OTAN y Rusia, es el comienzo de una guerra mundial . Las ideas fundamentales acerca de esta guerra requieren un método dialéctico. En este caso, lo que tenemos delante de nosotros es una crisis de la dominación mundial del capitalismo. Todas las guerras mundiales han sido una crisis de la dominación mundial. En general no se saca esta conclusión. Se habla de la guerra por intereses económicos de un bando y otro, pero no se ve que la ruptura de la organización internacional significa una quiebra, una crisis, una quiebra de esa dominación mundial, que deberá ser reconstruida a través de esa misma guerra o a través de una revolución socialista, como ocurrió en la Primera Guerra Mundial, cuando los movimientos revolucionarios marcaron toda una época, o creando un nuevo impasse , como el que llevó a la Segunda Guerra Mundial. El periodo revolucionario en Alemania se inició con el derrocamiento del imperio o del emperador en 1918 y se cerró en 1923 con lo que podríamos llamar la derrota del último intento de revolución proletaria en Alemania . En el momento actual tenemos, de nuevo, una crisis o una quiebra de la dominación mundial del capitalismo, con características propias, por supuesto, y a una escala histórica nunca vista. La crisis que se ha abierto entre Estados Unidos, o sea el imperialismo norteamericano, por un lado, y la Unión Europea, por el otro, con relación a Groenlandia y a Canadá , o con relación a la misma guerra por la anexión alternativa de Ucrania , nos lleva a la caracterización de un quiebre de la dominación mundial del capitalismo, que sus apologistas encubren como una crisis del “orden internacional basado en reglas”. Esta quiebra de dominación política tiene lugar luego de la restauración capitalista en Rusia, en China, que había reforzado la dominación mundial del capitalismo, como último modo de organización histórico. El único propósito de negar esta caracterización, todo este desarrollo marca una crisis y una quiebra de la dominación mundial del capitalismo el único objetivo, la única función que puede tener es, en especial por parte de la izquierda democratizante, considerar prematura cualquier estrategia de revolución proletaria, como si, además, esa estrategia dependiera de coyunturas y no del antagonismo irreconciliable de clase bajo el capitalismo. Esta quiebra de la dominación mundial está sacudiendo a las bolsas del mundo. provocando quiebras, desatando una inflación incontenible, principios de hambruna en la India o Egipto (el fenómeno que llevó a las revoluciones árabes de 2011). El estadio de la decadencia del capitalismo (una caracterización que el centrismo de izquierda esconde bajo la alfombra) se refiere al agotamiento del capitalismo en su función histórica ¿Cuál es esa función histórica? Esa función es el desarrollo internacional de las fuerzas productivas y la conversión del planeta en una unidad, no solamente del movimiento de mercancías sino también de capitales. De aquí en más, el capitalismo ingresa en un periodo histórico esencialmente parasitario. Las nuevas tecnologías, que se desarrollan para enfrentar la creciente desvalorización de la producción mercantil en general, mediante un aumento de la tasa de explotación de la fuerza de trabajo, chocan con una evidente sobreproducción mundial sin precedentes . Es lo que se anuncia para el desarrollo de la Inteligencia Artificial, una desocupación en masa. La Inteligencia Artificial no rinde aún los beneficios que corresponden a la enorme inversión de capital que se ha producido, que es la prueba ácida para el capitalismo. Esta circunstancia amenaza con producir enormes bancarrotas en el sistema bancario y el llamado crédito privado, muy endeudado y con una tasa de insolvencia en aumento en cuanto a préstamos u obligaciones negociables. Las guerras, expresión del estallido de todas las contradicciones sociales, ponen de manifiesto la contradicción entre la internacionalización (enorme) de las fuerzas productivas, de un lado, y la envoltura nacional del capital en la forma de estados nacionales, por el otro. Esta contradicción es una expresión del desarrollo combinado del movimiento histórico. La formación de los estados nacionales, en algunos casos precede, en otros casos acompaña y en otros casos completa, un desenvolvimiento nacional de las fuerzas productivas. Ahora la internacionalización de las fuerzas productivas ha llegado a un punto en que Volkswagen va a producir todos sus autos eléctricos en China, para venderlos en China y para exportarlos a Alemania. La pregunta es ¿esto transforma a Volkswagen en una empresa china? ¿deja de ser una empresa alemana? VW produce este gran desplazamiento hacia China, porque el ecosistema en China es más rendidor (fuerza de trabajo, provisiones industriales), aunque la tasa de ganancia es golpeada por una competencia feroz. Volkswagen sigue siendo una empresa alemana jurídicamente, y sus accionistas, su capital está estructurado en torno al Estado alemán. Tenemos el caso ya no de una contradicción entre el Estado Nacional y el desarrollo internacional de las fuerzas productivas sino el caso de una empresa que es extranacional sin dejar de ser nacional. Esto produce una cantidad de contradicciones fenomenales como el perjuicio que causaría al complejo industrial de Alemania; Alemania ha elevado los aranceles aduaneros a la importación de autos de China incluido los de Volkswagen. La contradicción entre el estado nacional de un lado y el desarrollo de las fuerzas productivas internacionales, del otro lado, no es sino otra expresión del carácter privado de la apropiación de la riqueza y el carácter social de la producción. La competencia capitalista asume la forma de una competencia (“geopolítica”) entre estados –y la guerra mundial-. La guerra produce además la expropiación del proletariado de cada estado, además de una crisis humanitaria, por medio del régimen impositivo y la deuda pública, etcétera, que son necesarios para sustentar la guerra de ese estado contra los otros estados por la dominación del mercado mundial. Este enfoque es la base de un análisis históricamente determinado de la sociedad en guerra, que en eso consiste digamos el marxismo. Nos referimos a la raíz de las contradicciones y y su estallido en cada etapa de la historia. Estas contradicciones han sustentado el desarrollo capitalista mundial progresivo, la internacionalización de las fuerzas productivas, o sea la extensión mundial de la explotación de la fuerza de trabajo. La masa de mercancías no es otra cosa que la objetivación del trabajo gastado en su producción, y el capital obtiene una plusvalía explotando la contradicción entre el valor del trabajo producido y el valor de la fuerza de trabajo. ¿Qué es lo que está pasando ahora?. Con el desarrollo de la inversión de capitales en gran escala para profundizar la productividad de la fuerza de trabajo empieza a producirse un fenómeno que desde el punto de vista de la decadencia capitalista es fundamental, que es una extinción, bajo la forma de tendencia, de la ley del valor. Cuando el rendimiento de la fuerza de trabajo es inferior a la escala del capital invertido, se produce una crisis del sistema de explotación. Ocurre de otra forma cuando aumenta la tasa de plusvalía pero no la tasa de beneficio, por que la realización de la producción (venta) se encuentra por debajo de esa inversión. La sobreproducción crea una abundancia de mercancías que se negocian por debajo del valor incorporado en ellas y la única forma de restablecer la vigencia de su valor o la vigencia de la ley del valor, son las crisis y las guerras. La guerra que es la destrucción del capital invertido en la forma de la violencia extrema. Se entrelazan la guerra comercial, la guerra financiera y, digamos, y la guerra mundial. Otra característica importante de la decadencia capitalista, que una crítica ‘populista’ a los liberticidas ha distorsionado, tiene que ver que con la hipertrofia del estado. Con la decadencia del capitalismo, es decir con las dificultades crecientes que enfrenta la reproducción del capital (extinción de la ley del valor, sobreproducción) el estado empieza a cumplir un rol económico que nunca había ocupado en el pasado. Desde hace mucho más de un siglo, el estado actúa como poder económico, y por lo tanto representa una carga inmensa para la organización social. Se ha convertido en una monstruosidad burocrática no solamente ‘civil’ sino militar. A través del aparato militar el presupuesto de los Estados Unidos de un billón de dólares al año es una gigantesca expresión de parasitismo, que las corrientes ‘progres’ embellecen mediante la promoción de políticas públicas. En los países de desarrollo retrasado las políticas públicas arrancan como un mecanismo para levantar la capacidad de acumulación de la débil burguesía nacional, pero el método es parasitario, aunque en algunos ocasiones afecta a oligarquías perpetuadas. La crítica a la monstruosidad del Estado viene del marxismo revolucionario. La tendencia al parasitismo del sistema económico lo contrario de una función histórica es una característica histórica reaccionaria. Además del aparato militar se encuentra el crecimiento, también monstruoso de la deuda pública, (que ha convertido al gran capital en una oligarquía financiera y en un crecimiento igualmente monstruoso de la desigualdad social). Crece el capital rentista A determinado nivel amenaza con la quiebra del propio Estado. Los bancos centrales, la deuda pública, los rescates financieros son una expresión del parasitismo que ha alcanzado el desarrollo capitalista en esta época de concentración, de monopolio, de agotamiento de su función histórica. Esto nos plantea un problema teórico interesante, propio de una etapa de “restauraciones capitalistas” en los estados en que el capital había sido expropiado. Si la decadencia del capital es histórica, es decir, un todo mundial, la restauración capitalista debiera representar también un aspecto de esa decadencia histórica. Muchos lo ven de un modo diferente, y citan el desarrollo económico de China. El ascenso de China representaría un eslabón histórico progresivo en la cadena internacional del capitalismo en declinación: sería una poderosa tendencia contrarrestante a la decadencia. (Pero China reingresa a la economía mundial mediante la asimilación recientemente de las tendencias parasitarias del capitalismo decadente: Inversión extranjera de monopolios, reproducción a mayor escala de una sobreproducción). Para cumplir esta función, el hipertrofiado estado burocrático caracterizado como estado obrero, se convirtió en un hipertrofiado estado burocrático del régimen capitalista. La clase obrera está completamente estatizada. En una época se decía que la intervención del estado en la economía era progresiva porque permitía “el arranque” de las economías atrasadas que, con un débil capital privado acumulado no podían arrancar o mejor dicho, no le daba un arranque al conjunto de la economía. Naturalmente no es lo mismo el parasitismo en un país imperialista que el parasitismo en un país restauracionista o en un país atrasado, pero responden al mismo fenómeno global y concluyen en la misma situación, Trotsky había advertido que allí donde el estado asume esa función capitalista especial porque no lo puede hacer la burguesía nativa, llegado a cierto nivel de acumulación empieza a privatizar, porque para que haya un sistema capitalista real tiene que haber una clase capitalista. No puede depender de un Estado que, sin base capitalista privada, lidiar, sin intermediarios, con la clase obrera. Entonces a la pregunta si podemos hablar de la decadencia histórica del capital al integrar a los países que han entrado en la restauración capitalista, la respuesta es sí . Esos paîses han ‘madurado’, otra vez, para la revolución social, sólo han alargado la vida del capitalismo por un tiempo, para enseguida acortarlo y poner el escenario de una nueva guerra mundial, para redividir el planeta. Los países que han entrado en esa restauración capitalista en una etapa ultra madura del capitalismo, lo han hecho en una etapa imperialista, donde las fuerzas motrices del capital han llegado a su máximo estado de madurez. La historia ha hecho esta jugarreta de dar una oportunidad de mercado a los grandes monopolios decadentes mediante una contrarrevolución dentro de los países que habían hecho una revolución proletaria o una revolución anticapitalista. La historia no sigue una línea recta, se caracteriza por los ‘desvíos’, al menos en cuanto a los esquemas previos de las fuerzas políticas en presencia. Algunos, con su propio esquema en la cabeza, imaginan una próxima hegemonía internacional de China, sin pasar por una guerra, y otros atisban un condominio internacional entre el imperialismo norteamericano y la burocracia de Pekin, sin ningún estallido en la estructura social y política de Estados Unidos y de China. Una cosa importante –incluso decisiva- en este desarrollo de conjunto es el lugar histórico del imperialismo norteamericano. El imperialismo es un resumen o remate de todo el desarrollo imperialista. Por un lado, no es regional, sino planetario; por el otro, el estado norteamericano depende de esa hegemonía internacional, La economía norteamericana no puede ser separada de la explotación del resto del mundo cuando se ha desarrollado en estrecha relación con la conquista de esa dominación internacional excluyente. Una pérdida de esta condición dominante llevaría a Estados Unidos al centro de la revolución mundial, la novedad de esta etapa de la historia. [Estados Unidos ha ido perdiendo esa posición internacional, especialmente en un momento excepcional, cuando había impuesto el capitalismo en China, la disolución de la URSS y la recolonización de Europa oriental.] y la está perdiendo no por las contradicciones de todo este desarrollo. Como lo dice Trump reiteradamente, pero no entiende bien lo que dice o procura sacar conclusiones reaccionarias de lo que dice, el imperialismo norteamericano financió la restauración capitalista en China, financió la reconstrucción de Japón en la posguerra, financió la reconstrucción de Europa, y lo hizo porque necesitaba mercados fuertes, poderosos, con mucha demanda, {para colocar la producción norteamericana excedente y organizar una nueva división del trabajo y de la economía mundiales}. De esta manera, el imperialismo norteamericano fue asumiendo una hipoteca y un caudal de deuda insostenible; [relegando su desarrollo industrial por el financiero; y agudizando la competencia internacional]. Hoy, EEUU tiene una deuda pública del 140 % del PBI, casi 40 billones de dólares . Es un Estado que no está en condiciones de subsidiar a la burguesía de su país en la competencia con el exterior . Al haberse convertido en el mercado de capitales más importante del mundo por todo su desarrollo precedente está forzado a seguir financiando a sus rivales. [China, en cambio no tiene un Wall Street; tampoco tiene una moneda internacional ni un camino para reconciliar la alternativa de una moneda internacional sin mercado mundial de capitales, o un mercado de capitales donde el capital externo a China vaya a recaudar los ahorros de China] Es interesante que tanto Biden como Trump hayan lanzado planes de reindustrialización, aunque módicos, para reindustrializar a EEUU. Para ello han planteado destruir la internacionalización de las fuerzas productivas que compiten con la producción norteamericana y reconstruir el capitalismo en un solo país, Esta fantasía ha desatado una guerra arancelaria; en todo caso implicaría pasar por guerras fenomenales, para el alineamiento de los capitales mundiales en cadenas internacionales de producción controladas por Estados Unidos. Eso, por otra parte, bajo el capitalismo no existe; cada capital sigue su ruta en función de la tasa de beneficio. Que se la quiera imponer un estado que cuenta con un fenomenal déficit comercial, déficit financiero etcétera, etcétera, revela la inviabilidad y los choques políticos y militares que supone. La bancarrota histórica del imperialismo norteamericano, que es un imperialismo planetario, y que si dejara de ser un imperialismo planetario como lo está dejando de ser objetivamente, las consecuencias serían la guerra civil en los Estados Unidos, es el punto central de la guerra mundial. El desarrollo combinado que se manifiesta en la contradicción entre el estado nacional y el desarrollo de las fuerzas productivas es insuperable bajo el capitalismo. Hay muchas cosas para investigar en este desarrollo: cómo se da este tipo de desarrollo y cómo impacta en nuestra política socialista. Las guerras mundiales anteriores en un mundo repartido entre distintos imperialismos fueron guerras por un nuevo reparto del mundo; es decir, quienes tenían pocas colonias e influencia económica en desacuerdo con su potencial querían, mediante la guerra, arrebatarle colonias e influencia económica a sus rivales La guerra actual ya no es una guerra por un reparto del mundo del viejo tipo. Por un lado, ningún estado puede disputarle a Estados Unidos un nuevo reparto del mundo mediante la guerra; sólo pueden aspirar a quedarse con algún despojo como lugarteniente del imperialismo norteamericano; quienes toman la iniciativa de ir a la guerra son fundamentalmente Estados Unidos, incluso en la guerra en Ucrania. El mayor reparto del mundo a favor del imperialismo ha sido la disolución de la URSS y la subordinación de China al mercado mundial. El botín de la presente guerra es ir más a fondo en ese reparto –el Asia Central y el Cáucaso sur exsoviético y el ‘cambio de régimen’ en China-; China no interviene en ninguna guerra, no tiene fuerzas militares en ningún país, no tiene bases (salvo una importante en Djibouti, en el cuerno de África). China explota la minería con la fuerza de trabajo local, barata, como lo han hecho los imperialismos hasta ahora, sin sus trabajadores chinos, que son remunerados por debajo del valor de la fuerza de trabajo. Una derrota política decisiva del imperialismo norteamericano, en una guerra, desataría una crisis revolucionaria en Estados Unidos y en todos los países imperialistas. Estados Unidos ha desatado una guerra por una recolonización mundial, con el propósito de revertir la pérdida de su hegemonía histórica. El único pilar de carácter mundial. Otra peculiaridad de esta guerra es el impacto que tiene en la economía mundial, diferente al de las otras guerras, cuando la depresión económica precedió al conflicto, en especial en la segunda guerra. La guerra actual está haciendo estallar bolsas. mercados, producciones, inflación, y por lo tanto la quiebra de los negocios capitalistas; (es, en cierto modo disfuncional, y ofrece una resistencia de un arco grande de la burguesía contra las acciones de Trump y de Netanyahu. Debe superar estas contradicciones para hacer “funcional” en las siguientes etapas.) Hay una liquidación de bonos, por parte de los estados capitalistas rivales en forma cuotificada o gradual, para evitar un derrumbe de todos los mercados de valores. (China busca desempeñar un rol mediador en la guerra imperialista contra Irán, como lo ha venido haciendo en el pasado cuando concertó el acuerdo que sellaron Arabia Saudita e Irán). Esto explica que no haya vetado (Rusia tampoco) en las Naciones Unidas una resolución que condenaba a Irán por sus ataques a los países del Golfo que hospedan bases norteamericanas o que son aliados de Israel. Avaló, además, la Junta de Paz de Trump para Gaza. Lo mismo hizo Rusia. Trump sacó de los puertos del canal de Panamá a una corporación internacional china, que China no ha podido enfrentar con eficacia. El canal de Panamá, junto a Bab el Mandeb y el estrecho de Ormuz forman las grandes arterias estratégicas navales. En definitiva, China se repliega en esta guerra con el propósito de negociar con Trump los restos de su eventual fracaso: la reafirmación del control de numerosos puertos e infraestructuras y rutas. Lejos de avanzar una política imperialista en esta guerra, China ha renunciado a participar de ella y ha dejado en evidencia que no tiene armada una logística imperialista internacional. El capital financiero es la base histórica del imperialismo moderno, pero debe tener una periferia de subordinación politica para ser calificado como imperialista. Una anexión forzada de Taiwan, marcaría un gran paso en esa dirección En esta guerra, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) no aparecen ni pintados como bloque ; la heterogeneidad es manifiesta . Gran Bretaña y la Unión Europea intervienen como rival político de Trump y Netanyahu, con quienes los unen vínculos económicos y políticos, Como bloque no tienen siquiera una deuda pública común. Los países de la Unión Europea se endeudan en forma relativamente autónoma y por lo tanto el valor de su deuda varía con la importancia, la calidad de las cuentas y los rendimientos que ofrece cada país. Sin una deuda común no pueden financiar, por ejemplo, una gran política armamentista para intervenir en una guerra por medio de un frente común. Francia tiene una deuda pública relativamente mayor que la de Estados Unidos. Adelantando un poquito algunas conclusiones, Trump tiene por delante no una desescalada de la guerra contra Irán, que se caracteriza por el fracaso, sino una escalada geométrica, para conseguir el propósito estratégico de esta guerra, que no es otro que bloquear el retroceso histórico del imperialismo norteamericano y reforzar una hegemonía política en retroceso . Hemos llegado a este punto de la crisis: un fracaso voltea a Trump, que se ve forzado a impulsar la ampliación de la guerra e ir a un estado de excepción en Estados Unidos . En ningún momento hemos aceptado la tesis de una salida ‘pacífica’ a esta guerra. que Estados Unidos e Israel están obligados a escalar, en este caso con un agravante y es que Israel está anexando la Cisjordania, el sur del Líbano, bombardeando Beirut y anexando el sur de Siria . Estas anexiones de Israel no figuran en el paquete de negociación con Irán y sí son rechazados por parte de Irán. La contrapropuesta es interesante: el estrecho de Ormuz queda bajo el control de Irán, todos los daños sufridos por Irán tienen que ser indemnizados por Israel y Estados Unidos y ponen en el paquete la cuestión palestina, libanesa y siria, o sea que la guerra se decidirá en el terreno. Bien, este informe, repito, procura desarrollar un nexo dialéctico entre la guerra mundial imperialista y los métodos genocidas del imperialismo con la decadencia y la crisis del imperialismo. El imperialismo es responsable de la guerra imperialista, sí, pero lo es relativamente, incluso Trump-Netanyahu. Pero la voluntad de impulsar la dominación política del imperialismo y la misma guerra, está determinada y dominada por la fuerza ciega de la crisis; ellos no dominan el escenario político, ellos son dominados por la fuerza imponente de la crisis capitalista y el estallido de las contradicciones, que asumen subjetivamente a la cabeza de una clase que advierte su derrumbe histórico. La criminalidad de la guerra no es subjetiva sino que es la expresión subjetiva de la criminalidad del imperialismo. Apenas nos apartamos de esto el análisis deja de ser histórico y deja de ser objetivo, para transformarse, digamos, en psicológico. Trump es un descendiente histórico de Abraham Lincoln, los dos republicanos; el primero un adorador de la esclavitud; el segundo, el máximo dirigente de la guerra contra la secesión y la esclavitud, que transformó por completo a Estados Unidos. Ahora se entiende la envergadura histórica que ha tenido la cuestión palestina. El asalto de Hamas al sur de Israel el 7 de octubre, que detonó la secuencia de la presente guerra (adelantada por la de la OTAN y Rusia en Ucrania) fue un intento desesperado para que la causa palestina no muriera por inanición cobardía y vergüenza . En los meses previos a este asalto hubieron ataques brutales del sionismo al sur de Gaza. La guerra genocida contra Gaza ya estaba siendo ejecutada por Netanyahu cuando se produce el asalto de Hamas. Este detonante y la guerra subsiguiente de Israel contra Irán, Hezbollah, etcétera, y el asalto del estado sionista a Siria aleja o hace retroceder de escenario geopolítico a Rusia a China, y no han salido de ese corral hasta el día de hoy. El otro día, sin embargo, una declaración escrita del jefe de la oposición de centro izquierda de Israel, Yair Lapid, un belicista de la calaña de Netanyahu, señala que el ejército israelí se está desangrando, que hay sectores que hace tres años que siguen en combate sin o con escasa rotación, que la reserva se encuentra agotada y que lo único que funciona son los cuerpos de elite. No solamente hay una crisis de municiones y misiles, sino una crisis de tropas. Esto es francamente impresionante, porque así como el imperialismo norteamericano necesita mantener su protagonismo dominante mundial, Israel no podría existir ni un minuto si no es con el apoyo de este imperialismo y con todo el armamento y toda la militarización que define al estado sionista. Lapid dice que la cosa se está pudriendo por adentro. Que la guerra es mundial y que por lo tanto penetra en todos los países lo prueba Cuba, tan lejos del Medio Oriente. Estados Unidos quiere liquidar no la revolución cubana, que no existe más, sino su memoria histórica; y quiere transformar el derrocamiento del régimen cubano en una victoria ideológica como lo ha hecho con la restauración del capitalismo en Rusia. El castrismo negocia con Trump como los stalinistas de Rusia lo hicieron con Clinton, a través de una diplomacia secreta . Ni informa al pueblo lo que está negociando; el pueblo cubano no tiene arte ni parte en los reclamos o concesiones que está haciendo Cuba o el castrismo. Tampoco acerca de la unilateralidad de una negociación con Estados Unidos cuando frente a la crisis humanitaria que tiene Cuba el gobierno de Cuba debería plantear eso a todos a los gobiernos y a los trabajadores de todos los países del mundo Acá vemos algo pedagógico desde el punto de vista de la acción política, en un cuadro de crisis humanitaria como en Cuba, Denunciar que el gobierno no moviliza revolucionariamente a las masas, bueno por respeto a quienes puedan pensar eso no voy a decir que es una tontería pero sí que es muy ingenua, primero porque el castrismo ha perdido arrastre de las masas en Cuba, tampoco tiene algún interés en movilizarlas, por el contrario las ha reprimido, y además porque las masas lo que quieren en Cuba es luz, medicamentos y alimentos; entonces, con la consigna de queremos saber que están negociando y queremos que se conozca lo que nosotros queremos, se abre el camino para hacer asambleas y se plantean reivindicaciones populares contra las imposiciones del imperialismo . De este modo podemos desarrollar un método muy importante para una organización de la Cuarta Internacional, que es mostrar una vía de salida a una situación que parece sin salida. Esto es fundamental. Bien hay que destacar el acuerdo del Escudo de las Américas, que es prácticamente la conversión de América Latina en un protectorado , incluso diferente a lo que ocurría en la época de la doctrina Monroe o a finales del siglo XIX ¿En qué consiste la diferencia? En que a principios del siglo XIX, con las invasiones y dominación, tempranamente de México, y décadas más tarde, de los países del Caribe, se formó el imperialismo norteamericano, ese fue su primer terreno al espacio exterior próximo. Hoy, en cambio, no estamos en un periodo de formación de un imperialismo, sino de decadencia de ese imperialismo. Esto quiere decir que las fuerzas poderosas que impulsaron a la expansión de Estados Unidos para entrar en el mercado mundial, para entrar en la economía mundial, hoy son fuerzas completamente contrarrevolucionarias en declinación o agonía. Frente a este período decadente, tenemos al chavismo, al kirchnerismo y al castrismo cumpliendo un penoso papel típico de la pequeña burguesía nacionalista . Ha compartido con el propio Trump la recolonización servil de Venezuela. El kirchnerismo que no abre la boca con el genocidio de Palestina, ni acerca de la guerra imperialista mundial, ni aunque le pongan una brasa de carbón debajo de los pies. Dos puntos finales. El eslabón crucial de esta guerra mundial (América, Europa, gran parte de Asia), con todos los elementos en juego, lo va a representar la cuestión de la invasión terrestre contra Irán, porque desataría una mayor crisis política, en especial en Estados Unidos y el impacto sobre el estado sionista. Nuestro partido tiene que estar alerta y movilizado. Hay que ver todo el panorama ¿Pero cuál es la posición de la izquierda democratizane frente a la guerra? En Ucrania, ya vimos, dijo que era una cuestión local y que era una lucha emancipatoria de Zelensky y de la derecha ucraniana contra el llamado imperialismo ruso. Es decir que en esta guerra mundial todos los partidos del FITU, con variantes, asumieron una posición proimperialista y fundamentalmente no comprendieron el fenómeno histórico de este cambio de época para el imperialismo norteamericano. En el caso del 7 de octubre, lo denunciaron en nombre de los derechos humanos del estado sionista. Acá hay un problema de método: no se puede o debe condenar ninguna acción que proceda de un pueblo desesperado, desde la poltrona de una Facultad. Inclusive si una acción desesperada es inconveniente, como habría que suponer, lo último sería condenar la acción inconveniente de un oprimido desesperado . Con respecto al tema de Irán, el aparato del Partido Obrero, con este Social Workers Party británico (que cultiva una base musulmana en el Reino Unido hostil a los Ayatollahs), ya ha dejado bien en claro que coloca en el mismo plano histórico al imperialismo norteamericano y a Irán, una nación oprimida. Ha salido un artículo del compañero Camilo Márquez del PT de Uruguay sobre la posición del PTS . Para el PTS no hay una guerra mundial, no hay una guerra imperialista en Ucrania, no hay una quiebra de la dominación capitalista mundial, sino que hay un “caos histórico y un desorden global”. Este planteo vacío de contenido lleva el propósito de sustentar una posición centrista que dice más o menos lo siguiente: bueno, ‘qué puede pasar de aquí en más’; ‘puede pasar de todo’. Pero lo que no está a la orden del día es la transformación, como decía Lenin, de la guerra imperialista en guerra civil contra el imperialismo, porque ‘ni siquiera sabemos si hay el desarrollo de una guerra imperialista mundial’. Esto tipifica a una organización centrista, para lo cual hay esto por un lado y esto otro por el otro lado. No hay una crisis de la humanidad impuesta por la declinación de la dominación del capital, no hay una relación entre la guerra y la revolución -ambas expresión del estallido de todas las contradicciones sociales y políticas y al mismo tiempo actuando reactivamente la una sobre la otra-. ¿A qué nos lleva todo esto? A que necesitamos una campaña de partido, y el Congreso tiene que resolver una campaña de partido. Campaña de partido quiere decir no hacer solamente caracterizaciones actualizadas a la luz de lo que va ocurriendo (rechazo del impresionismo) sino una agitación sistemática en torno a lo que caracterizamos que ocurre y en torno a los planteos que entendemos que hay que desarrollar a nivel mundial. El partido tiene que tomar esa responsabilidad. Como va a haber plenarios, todos los militantes que están presentes hoy y quieran aportar a la luz de todo el debate a la campaña del partido, pido que lo hagan, porque donde piensan centenares de cabezas se piensa mejor si se confrontan en el debate político. Compañeros les agradezco mucho Espero que esto ayude al desarrollo de un congreso creativo, formativo. Viva Política Obrera. Argentina, 28 de marzo, 2026

4 de abril de 2026
La situación política nacional

(Exposición realizada por zoom el 2 de abril de 2026, en el marco del Congreso de Política Obrera) Vamos a arrancar con esta tercera charla que teníamos prevista como parte del debate precongresal, para desarrollar el documento que estamos discutiendo y que, entre este fin de semana y el próximo, se va a votar en plenarios, ya en la recta final de la celebración del Congreso, a mediados de mes. Hasta ahora hicimos tres charlas. En primer lugar, el escenario histórico de la crisis , que fue una charla que dio Marcelo Ramal. En segundo lugar, una charla focalizada en el tema de la guerra , como uno de los grandes temas de la discusión, a cargo de Jorge Altamira. Y en esta charla, el aspecto que vamos a tocar del documento es lo que tiene que ver con la parte, digamos, nacional y el gobierno de Milei. En primer lugar, quiero llamar la atención sobre las características de este texto. Presentamos un documento donde lo nacional y lo internacional están articulados y presentados en una misma propuesta de resolución . Generalmente, siempre hay un informe nacional, un informe internacional, En cambio, este enfoque es particularmente adecuado, ahora, por las características de la crisis mundial, por el hecho de que está en desarrollo una guerra donde Argentina tiene además una determinada inserción. Ha dejado de lado cualquier cobertura, digamos, de neutralidad, por llamarlo de algún modo, y en este caso, el gobierno argentino tiene una participación decidida, alineada con el eje político establecido entre el imperialismo y el sionismo . Deliberadamente, el gobierno de Milei ha buscado en este sentido una estrategia de proyección internacional detrás de este bloque político, económico y militar por varios factores. El primero, y si se quiere, evidente, tiene que ver con una afinidad política, ideológica, entre Milei y Trump, digamos, en el sentido de que son dos sujetos de la misma calaña. Dos gobiernos que, a partir de recorridos diferentes, porque han llegado al máximo estamento del Estado, reuniendo detrás de sí a lo peor de la sociedad política de cada una de sus naciones. En el caso de Milei, estos entreveros de la cuestión de Manuel Adorni, del afano al presupuesto de discapacidad, el caso de $Libra, donde uno ve este vínculo laboral y comercial que mantenía Milei con este hombre Novelli. Si uno escucha los audios de Novelli, los compara con los discursos de Milei, se da cuenta de que son realmente dos sátrapas que parecen sacados de la película tipo Nueve Reinas. Entonces, obviamente, hay una afinidad. Milei está inserto en una corriente internacional encabezada por Trump, que tiene este tinte o estas características, mayor o menor grado, una corriente política derechista de características fascistizantes . Y que son el emergente de la crisis y del agotamiento del régimen capitalista y de su superestructura política. En Estados Unidos esta tendencia tiene un largo recorrido, un largo proceso de gestación, con idas y vueltas, desde el Tea Party a principios de siglo, hasta que finalmente Trump logra capturar al Partido Republicano. Y en el caso de Milei, no tiene ese recorrido. Pasó prácticamente de los paneles de los programas televisivos a la Cámara de Diputados, por un breve periodo, y de la Cámara de Diputados a la Casa Rosada, desplazando en un lapso breve a los dos principales bloques políticos contendientes que habían dominado la política argentina durante los últimos veinte años, nada menos. El gobierno de Milei es el resultado de este proceso de desmoronamiento económico, de desmoronamiento del capitalismo, del deterioro de la situación internacional, de su degeneración, y del deterioro de la superestructura política. El gobierno de Milei es un gobierno con una base política muy estrecha, o casi nula, que se tuvo que ir formando casi en el mismo proceso de su ascenso político . Esto lo diferencia de dos experiencias relativamente comparables hasta cierto punto, porque fueron dos tentativas muy agudas de gobiernos antiobreros, de gobiernos que tenían planteado programas de una reestructuración reaccionaria contra los trabajadores, con mayor o menor suerte, que fueron los de Menem y los de Macri. Pero en el caso de Menem, a partir de la interna que tuvo con Cafiero, él tenía encolumnado detrás de sí nada menos que al Partido Justicialista. Desde la CGT hasta el último concejal, incluyendo el matrimonio Kirchner, que empezaba su carrera política en ese momento en la provincia de Santa Cruz. Y el gobierno Macri había capturado para sí, a través de una alianza, al otro partido histórico de la burguesía argentina, la Unión Cívica Radical, y ya llevaba unos años gobernando la ciudad de Buenos Aires, donde hasta cierto punto se había hecho de una cierta base política, nada menos que en uno de los distritos electorales más importantes del país, una vidriera política muy importante. El gobierno Milei, justamente por estas características, digo, además de la empatía ideológica con la pandilla de Trump, ha buscado también superar esa debilidad de origen proyectándose internacionalmente, insertándose detrás del eje del imperialismo y del sionismo. Lo ha hecho sin ningún tipo de ambajes, es un alineamiento, diríamos, incondicional. Incluso en comparación con otros gobiernos de derecha, el gobierno de Milei ha llevado al extremo el vínculo con el eje imperialista y sionista. Se proclamó hace poco como el gobierno más sionista de la historia, ha viajado cerca de 20 veces a Estados Unidos por distintas actividades; se ha autoproclamado un propagandista de esta corriente política, interviniendo en foros y debates internacionales, defendiendo lineamientos que están inscriptos en la doctrina de seguridad nacional de Trump, que trae una serie de definiciones en torno a la defensa de lo que él entiende que sería la civilización occidental, y que ha encontrado un apoyo sin atenuantes por parte de Milei. Bueno, el gobierno argentino reúne esta característica particular. Entonces me parece que este enfoque de unir, articular, en un mismo informe los aspectos nacionales e internacionales de la situación tomada en su conjunto creo que es muy adecuado. Este alineamiento le ha valido al gobierno de Milei un punto de apoyo sin el cual hubiera colapsado probablemente en septiembre del año pasado , luego de las elecciones bonaerenses y de una nueva corrida cambiaria. Porque Milei no tiene condiciones para superar el quebranto del Estado argentino ni las contradicciones y problemas y desequilibrios que entraña la economía. Su programa económico ha mostrado limitaciones insalvables y reúne contradicciones explosivas. No hubiera llegado a las elecciones legislativas nacionales sin la intervención muy decidida del imperialismo y en particular del secretario del Tesoro norteamericano. Algo similar acaba de ocurrir hace poco con un fallo extraordinario, que alguno calificó de histórico, pero en todo caso inédito de la justicia norteamericana, que anuló una sentencia que ordenaba al gobierno argentino a pagar una indemnización de 16.000 millones de dólares por la nacionalización de YPF operada por el kirchnerismo en 2012. Es inédito porque es la primera vez que que la justicia norteamericana falla en este sentido dándole preeminencia a la legislación local -en este caso referida la ley de expropiaciones- por sobre el estatuto interno de una empresa que cotiza en Wall Street y que establecía este mecanismo donde obligaba al oferente, en caso de que quisiera comprar más del 15 % de las de las acciones, a hacer una oferta por la totalidad de la empresa. Esto solo puede ser interpretado con un nuevo rescate al gobierno de Milei, cuando enfrenta dificultades crecientes que tienen que ver con el grado de insolvencia del Estado argentino frente a los vencimientos de deuda que tiene planteados este año . Se estima que Argentina tiene que pagar este año entre 15.000 y 20.000 millones de dólares y la estrategia económica del gobierno de Milei está agotada. ¿En qué consiste? Por un lado, en mantener artificialmente un tipo de cambio muy bajo para que, con los pesos que obtiene con la recaudación, poder comprar la mayor cantidad de dólares para pagar los vencimientos de la deuda; y del otro lado, llevar adelante lo que se conoce habitualmente como un ajuste contra las masas, contra los trabajadores, contra los jubilados, recortando al máximo todas las prestaciones que ofrece el Estado, para exhibir una fuerte determinación política de que el gobierno está decidido a cumplir con el pago de la deuda pública a como dé lugar, así se tengan que morir de inanición los jubilados o tengan que desaparecer toda la asistencia del Estado a los discapacitados o matar de hambre a los profesores universitarios. El gobierno exhibe un equilibrio fiscal que es puramente contable, porque viene acumulando una enorme deuda con los bancos. Y, sin embargo, todo este sacrificio impuesto al pueblo argentino no ha servido para sacar adelante el programa económico del gobierno. El riesgo país no baja, Argentina tiene vedado el acceso a los mercados internacionales, paga tasas de interés altísimas por deuda a muy corto plazo; la acumulación de reservas no supera los 3.500, 4.000 millones de dólares y hay en carpeta una serie de privatizaciones que no suman más que unas monedas. El rescate de YPF tiene que ver con esto, con el gobierno de Trump tratando de darle una mano a su aliado, aunque todavía falta mucho para que se dirima la cuestión de fondo, que es la situación de insolvencia del Estado argentino. A cambio de estos rescates, el gobierno de Milei ofrece su apoyo incondicional a la política del imperialismo. Ha suscripto un tratado de libre comercio que entrega todas las prerrogativas reclamadas por el imperialismo , que tiene que ver con su política de asegurar su cadena de suministros de Canadá a Ushuaia, en los preparativos de una guerra o de una ofensiva sobre China, que el imperialismo ha designado como su enemigo estratégico y un reto estructural, como dice en algunos documentos. Milei le ha ofrecido al imperialismo un apoyo militar dentro, claro, de las posibilidades que tiene Argentina, que no son muchas en términos de equipamiento, pero sí geopolíticas. Puede ofrecer algunas operaciones de retaguardia, llamémoslo de alguna manera, por ejemplo cuando se habilitó el juicio en ausencia en el caso AMIA contra los funcionarios iraníes implicados por la CIA y el Mossad , la prosecución del juicio por la firma del memorándum del gobierno de Cristina Fernández y ahora se suma la expulsión del agregado comercial de Irán en Argentina . Milei ha proclamado a Irán como enemigo. Hubo una crisis con la armada porque los Milei querían dejar un barco que había participado de una serie de ejercicios programados y querían que se quedara para participar del asedio sobre Venezuela en el mar Caribe . También ha sido gestor de la instalación de una base militar de la IV flota norteamericana en Tierra del Fuego ; la intervención del puerto de Ushuaia , muy sorpresiva, luego de una visita de una delegación de legisladores norteamericanos a la isla , muestra la importancia geopolítica, como se dice ahora, por el control del estrecho de Magallanes, que es una ruta comercial fundamental; por el acceso a la Antártida, por el tema de la base de la OTAN en las Islas Malvinas. Esto es lo que ha ofrecido Milei a cambio someterse al protectorado del imperialismo. Milei ha militarizado el gabinete nacional , eso es algo que lo distingue, una novedad en el régimen político. Ha establecido un gobierno cívico-militar . Otros gobiernos acariciaron la idea de ordenar a las Fuerzas Armadas detrás de su proyecto político. Desde Alfonsín. El kirchnerismo lo intentó con Milani, que había dicho que quería fundar un "ejército nacional y popular". En este caso, Milei ha nombrado como ministro de Defensa al jefe del Estado Mayor del Ejército, Carlos Presti , y éste a su vez ha nombrado a una serie de militares en actividad como parte de su gabinete . Ya no es el Ejército de la Nación, es el ejército que está detrás del proyecto político de Milei y compañía. La función de Presti es actuar justamente como una especie de enlace entre el gobierno y el Pentágono . Participa regularmente de las reuniones que organiza el Pentágono a los fines de establecer un bloque militar políticamente orientado por el imperialismo. Milei también ha establecido una fracción propia dentro del aparato de inteligencia del Estado, donde opera este Santiago Caputo , que ha establecido vínculos con el submundo de la ultraderecha norteamericana y con la CIA. Son dos patas del aparato represivo del estado que Milei busca activamente cooptar políticamente, hasta ahora con determinados resultados. Otro aspecto que tiene que ver con esto y, nuevamente, que vincula la cuestión política nacional con la internacional, es que Argentina, bajo la dirección de Milei-Presti, ha adscripto al llamado Escudo de las Américas , que es un bloque político y militar de la derecha latinoamericana, orientado por Trump . Los documentos fundacionales de este Escudo de las Américas no tienen ninguna pretensión horizontal digamos; se refieren en todo momento a Estados Unidos y sus aliados, para dejar en claro dónde se ubica la jefatura política de este bloque. Este bloque de gobiernos derechistas ha habilitado en términos políticos y superestructurales la intervención militar y el golpismo en todo el continente. De hecho, no participan de este Escudo de las Américas tres países que, con sus matices, se ubican fuera de esta onda trumpista. Me refiero a México, Brasil y Colombia. No son gobiernos antiimperialistas ni mucho menos, pero tienen gobiernos de otro signo político. Trump los tiene en la mira junto a Cuba, por supuesto. Cuba es un propósito estratégico. De este ordenamiento político continental de características guerreristas se desprende otro elemento que hay que mencionar, que tiene que ver con otras características políticas compartidas entre el gobierno Trump y el de Milei. Son dos gobiernos que han abandonado en forma expresa cualquier demagogia democrática . Era muy común en el imperialismo en la etapa anterior. La demagogia democratizante fue enarbolada por el imperialismo en la II Guerra y medio siglo después tuvo su traducción de algún modo en lo que se llamó la cultura woke . El imperialismo no abandonaba sus pretensiones estratégicas pero recubría su discurso bajo la tesitura de que encarnaba una fuerza democratizadora contra el nazismo, contra el estalinismo. Trump ha abandonado este rasgo. Ha creado una entelequia, el narcoterrorismo, como el enemigo a combatir y ya no tiene nada que ver con la democracia. El narcoterrorismo es una entelequia, a la cual el imperialismo le asigna propósitos políticos generales . El narcotráfico ya no sería un negocio en los márgenes de la legalidad capitalista. Obviamente se entrelaza con el Estado, con los bancos, etcétera, pero el trumpismo le asigna propósitos de orden general. Con esta excusa invadió y bombardeó Venezuela, secuestró a su presidente en funciones y se lo llevó a Estados Unidos para juzgarlo, aunque ahí ya no pudieron sostener el cargo por narcotráfico. No se ha producido en Venezuela ningún cambio de régimen, ninguna apertura. La democracia era el discurso habitual de los opositores de derecha al chavismo. Trump ha designado al reemplazo de Maduro, Delcy Rodríguez, una mujer del núcleo duro de los gobiernos chavistas. Ahora ha ascendido como ministro de Defensa a quien ha sido caracterizado como el torturador en jefe de Chávez, en reemplazo de Padrino López. En cuanto a Corina Machado, que se atribuye -no a ella misma sino a su coalición política- el triunfo en las últimas elecciones, ha sido descartada como variable de recambio en forma expresa. El imperialismo le ha dicho que no tiene condiciones para gobernar. Trump ha declarado que Delcy Rodríguez es una persona fantástica y ya no se habla de democracia en el caso de Venezuela. El imperialismo ha establecido un protectorado, manteniendo a la misma camarilla que ha gobernado el país los últimos 25 años, menos Maduro y su señora. Venezuela es de alguna manera el paradigma político que Trump intenta ahora trasladar a toda su política internacional, con suerte dispar, digámoslo porque en el caso de caso de Irán no ha encontrado a una fracción del régimen dispuesta a jugar ese papel. Lo está explorando en el caso de Cuba . En el caso de Argentina, también ha establecido un protectorado. Milei es de alguna forma la Delcy Rodríguez criolla. Este es el tipo de vínculo de tutelaje que Trump, por un medio u otro, busca establecer con todo el mundo. Los gobiernos de Trump y Milei comparten este tipo de pretensiones totalitarias, aunque no han logrado hasta ahora encontrarle todavía una forma definida a la tendencia fascistizante que está presente en ambos movimientos, en tanto en el movimiento de Trump como en el movimiento de Milei. Tienen que lidiar todavía con límites legales, constitucionales, con la división de poderes. Ningun ha podido cerrar el Congreso de su país. Trump avanzó mucho más, pero Milei no ha podido digitar a su paladar la Corte Suprema de Justicia ni moldear a su parecer el poder judicial. En el caso de Trump, que llegó muy lejos en esto, incluso la mayoría derechista de la Corte norteamericana ha establecido fallos contrarios a Trump , por ejemplo, en el tema de los aranceles, donde ha establecido ciertos límites. Milei tampoco ha podido llevar a fondo esta tendencia a establecer un régimen de excepción, aunque tiene esa pretensión, como lo demuestra el recurso sistemático a los decretos de necesidad de urgencia y a los vetos, y llegado el caso, también el hecho de ignorar una Ley de Financiamiento Universitario que fue aprobada y reaprobada por el Congreso y luego revalidada por una orden del Poder Judicial . Ha establecido un protocolo contra la protesta, el llamado protocolo antipiquete, que en los hechos tiene la intención de cercenar o erradicar el derecho democrático más elemental que es el de la protesta. Ha establecido e institucionalizado mecanismos estatales de persecución contra opositores y críticos de su gobierno, por ejemplo, que la SIDE los espíe por razones políticas o haga detenciones sin necesidad de órdenes judiciales . Ha inaugurado un organismo, que se llama Secretaría de la Verdad o algo por el estilo, dedicado a refutar y denostar por medios oficiales a todos los comentarios políticos o periodísticos que critiquen al gobierno. Además, financia a una horda de agentes digitales en las redes sociales que tienen el mismo propósito de atacar y destruir y desmoralizar a los críticos y crear un clima de intimidación en las redes. Milei ha proclamado en su discurso de apertura de sesiones ordinarias del primero de marzo la pretensión de avanzar en lo que llamó un rediseño institucional . Estableció su horizonte estratégico en este sentido. Entre otras cosas, tiene en carpeta una reforma electoral con la que pretende asegurarse mejores y mayores recursos y ventajas para el oficialismo de cara a las elecciones de 2027. En esto también se copia -ya uno no sabe a veces quién se copia de quién- de Trump, que quiere meter la mano en el ordenamiento electoral de Estados Unidos . Las contradicciones del programa económico del gobierno son explosivas: un peso sobrevaluado externamente y devaluado internamente; salarios deprimidos, el consumo está en caída libre; índices de inflación del 3 % mensual y paritarias que, en el mejor de los casos, alcanzan el 2 % y en la mayoría de los casos ni siquiera eso. Esto tiene que llevar indefectiblemente a un deterioro político del gobierno y eventualmente a una rebelión popular o estallido. Este es el camino que está planteado. El gobierno de Trump, hay que señalar, no es un rescatista infalible, porque el propio gobierno de Trump está haciendo aguas en este mismo momento. El pronóstico sobre las elecciones de medio término de Trump es muy negativo. Eso explica la desesperación de Trump por impedir que se pueda votar por correo, por rediseñar los circuitos electorales en Estados Unidos, por evitar que voten los hijos de los inmigrantes. Viene de sufrir un revés electoral detrás del otro, incluso en estados que son bastiones tradicionales del Partido Republicano. La aprobación de su gobierno está en el punto más bajo de la historia de todos los gobiernos norteamericanos desde Nixon a esta parte. Esto repercute en la propia base del Partido Republicano, que desaprueba en forma mayoritaria el ataque sobre Irán. Tengan en cuenta que buena parte de la demagogia electoral de Trump se basaba en "hacer grande a América de nuevo", con establecer la prioridad de los asuntos internos y de la economía norteamericana por sobre la política internacional, pero en cambio es el que más lejos ha llevado en términos políticos y militares la línea belicista. Hemos descripto el escenario de una crisis mundial de características históricas, que tiene que ver con la declinación del imperialismo norteamericano, que es la forma más desarrollada de imperialismo, última etapa del capitalismo, como vimos en las charlas con Marcelo y Jorge. En este escenario, Milei se vale de otro punto de apoyo: el peronismo, en el Congreso y en las gobernaciones. Es una oposición que no tiene un programa alternativo al de Milei. A las últimas elecciones concurrió con eslóganes vacíos, como ponerle límites a Milei y frases por el estilo, pero no tiene un programa alternativo. Han empezado a desarrollarse reuniones, intercambios y conclaves políticos que marchan en dirección a un frente anti Milei pero no ha decantado en un planteo alternativo. Miguel Ángel Pichetto ha resumido una fórmula política que es armar un frente tipo Lula en Brasil. Le llevó esa propuesta a Cristina Fernández. Un frente tipo Lula en Brasil, hacer un frente de los izquierdistas, los nacionales y populares, con la derecha. Se está discutiendo, pero hay una coincidencia en dejar que Milei haga el trabajo sucio y en preservar, llamémoslo, su legado -el llamado equilibrio fiscal, buena parte del andamiaje legislativo, como la reforma laboral y las modificaciones en la Ley de Glaciares-. Ahora hay una gran agitación por la Ley de Glaciares. A la audiencia pública se anotaron 100.000 personas. Pero a nadie se le ocurre que una coalición anti Milei vaya a revertir estos cambios, cuando la primera en hacer cambios en la Ley de Glaciares fue Cristina Fernández. Esto le valió la denuncia y la ruptura con Miguel Bonasso, que incluso escribió un libro con una denuncia política muy fuerte contra el kirchnerismo por este motivo. Cristina Fernández fue una fanática de las mineras, como lo son hoy los gobernadores peronistas. Son activos agentes de la modificación de la de la Ley de Glaciares. Tienen intereses muy fuertes allí. Los gobernadores pasaron del Pacto de Mayo e integrarse al Consejo de Mayo, donde colaboraron con Milei y suscribieron todo un programa con él, a competir contra él en las provincias luego de la derrota de Milei en las elecciones de la provincia de Buenos Aires; retornaron al carro de Unión por la Patria, de Fuerza Patria, con la bendición de Cristina Fernández quien se encargó de escenificarlo, sacándose fotos con ellos en su departamento y alguna declaración política mostrando que eran bienvenidos al redil. Luego de los resultados de las elecciones legislativas nacionales, rescate de Bessent mediante, los gobernadores peronistas volvieron a la colaboración con el gobierno. Pusieron los votos de sus diputados para que saliera la contrarreforma laboral, que tiene un alcance tremendo. El peronismo ha sido otro punto de apoyo del sostenimiento del gobierno de Milei y su andamiaje político y legislativo. Ese ha sido el rol de la CGT también. La burocracia sindical, de entrada, adoptó la iniciativa frente al gobierno de Milei con el llamado a dos paros nacionales, parciales, separados en el tiempo que algunos interpretaron como inicios tibios de una lucha para enfrentar al gobierno. La burocracia rápidamente se encargó de desmentir esto, no tenía ninguna pretensión de enfrentar al gobierno sino de buscar cobijo y encontrar su lugar dentro del esquema que el propio gobierno planteaba. Hoy acata la pauta salarial que plantea el gobierno, con aumentos por debajo de la inflación. Esto vale para Hugo Moyano y la pretendida pata combativa de la CGT, hasta Armando Cavalieri que de combativo no tiene nada, pero se arroga la representación de un millón y medio de trabajadores. El papel de la CGT en la aprobación de la contrarreforma laboral ha sido fundamental, una vez que puso salvaguarda a sus propios intereses de camarilla, como los aportes solidarios. Dejó pasar la contrarreforma laboral sin pena ni gloria. Hizo una farsa de paro y una farsa de movilización. Hicieron lo contrario a lo que las compañeras hicieron por el aborto legal en su momento. Cuando se trató la ley de aborto legal, la movilización comenzaba cuando empezaba la sesión. Ocuparon la Plaza del Congreso y no abandonaron hasta que no se votó, a la mañana del día siguiente. Bueno, la CGT hizo al revés: convocó a una concentración en Congreso y la levantó en el mismo momento en que se empezaba a tratar la contrarreforma laboral, dejando en claro su pseudooposición a la destrucción de conquistas laborales fundamentales. Este es el papel que ha jugado la oposición o la pseudooposición peronista a Milei. Otro ejemplo es el de la ley universitaria, una ley que se votó, el gobierno vetó, se volvió a votar, se judicializó, la justicia la validó y le dio la razón a los paros universitarios. Es una ley que tendría un impacto salarial importante e inmediato. Sin embargo, los rectores han abierto un canal de de negociación con el gobierno, en lugar de conminarlo a cumplir el fallo de la justicia con el propósito de enmendar o sacar una nueva ley, que pase a pérdida digamos la gran confiscación salarial con la que debutó el gobierno y se establezca, partir de ahora, una pauta salarial en línea con las paritarias que sufrimos el resto de los trabajadores. Mientras tanto, los rectores están atacando abiertamente a los paros de los docentes universitarios. Hace dos años, fueron convocantes de lo que probablemente haya sido la mayor movilización educativa de toda la historia argentina. Pero fueron claros al despojar a la marcha de consignas contra el gobierno, dejando abierta la puerta a este tipo de contubernios. Algo similar, en un sentido, ocurrió con el kirchnerismo con relación a las movilizaciones del 24 de marzo. Otro acto de características multitudinarias. El 24 de marzo siempre fue una marcha muy importante, pero que este año las masas se volcaron a la calle como nunca, pero el kirchnerismo se ocupó de despojar su convocatoria de cualquier consigna contra el gobierno, lo limitó a una conmemoración por los 30.000 desaparecidos y por los derechos humanos. Fue una operación política muy clara, porque es claro que los que estábamos ahí marchábamos contra el gobierno. El gobierno hace una reivindicación muy clara del golpe, lo subrayó con el documental miserable que publicó el mismo 24, presentando a los apropiadores de chicos como buenos samaritanos y a los organismos de derechos humanos como sus verdugos. El acto del 24 de marzo estuvo desprovisto de consignas en ese sentido. Se presentaron algunas críticas dentro de un documento que tuvo la función, en realidad, de salvaguardar a la burocracia sindical y a Cristina Fernández. El gobierno kirchnerista no era objeto de ninguna crítica. El documento este también incluía alguna denuncia sobre el genocidio en Gaza, para lavarle la cara a organizaciones que durante estos últimos dos años no se movilizaron en ningún momento ni por esto ni por la guerra internacional que el gobierno argentino apoya, y tampoco se van a movilizar en lo sucesivo. En este escenario se ha insertado el FITU, como un apéndice del kirchnerismo. El 24 de marzo fue una escuela en este sentido, aleccionador por decirlo de algún modo. El año pasado se discutió la posibilidad de un acto unitario del Encuentro Memoria Verdad y Justicia, cuyo centro de gravedad se ha desplazado hacia los partidos del FITU muy claramente, algo que no era tan acentuado en el pasado reciente incluso. El año pasado, un sector quería hacer un acto unitario y otro sector también quería un acto unitario con el kirchnerismo, bajo la coartada de enfrentar a Milei, el mal mayor, pero poníendo como condición la lectura de dos documentos, es decir uno K que celebrara el kirchnerismo y otro criticándolo. Como conclusión de la crisis que se armó el año pasado, por la negativa del kirchnerismo a que se leyera un documento alternativo, la mayoría de las organizaciones del Encuentro -con un fuerte protagonismo del MST e Izquierda Socialista, haciéndose portavoces de esta posición- fue que fue un error haber insistido en que se leyeran dos documentos y que, esta vez, había que avenirse un acto unitario con un solo documento. Se terminó la historia. Con la excusa de que Milei es un gobierno de ultraderecha, había que hacer un frente único entre comillas con el kirchnerismo. Entre comillas, porque no es un frente único, es una farsa. Un frente único no consiste en hacer un acto una vez al año. En el FITU se produjo una trifulca, porque no podemos decir que haya sido un debate político propiamente dicho. Quienes se oponían al acto común con documento único simplemente reclamaban que se leyeran dos textos. El PTS tenía esta posición, que apunta a apropiarse de la iniciativa unitaria, obviamente, no a delimitarse de los K, porque compartir el palco significa que nos separa una cuestión de grado, no de clase. Me parece que esto sirve para ilustrar el papel del FITU en este escenario. El FITU se ha incorporado a la derechización del escenario político, así como el kirchnerismo ahora quiere un frente con la derecha como alternativa a Milei, el FITU le hace seguidismo al kirchnerismo. En esta línea se encuentra el reclamo reiterado, rutinario, a la CGT para que encabece un plan de lucha contra el gobierno de Milei hasta derrotarlo, una formulación que acuñó el aparato del Partido Obrero. Le reclaman a la CGT ponerse políticamente a la cabeza de la resistencia de la clase obrera al gobierno de Milei, cuando la CGT está dominada por una burocracia contrarrevolucionaria de pies a cabeza. Es una línea de subordinación política de la izquierda a estos aparatos de características contrarrevolucionarias. A la luz de la trayectoria que ha desarrollado el aparato del PO y la evolución política del FITU tomado de conjunto, se entiende con mayor claridad las características de la crisis que tuvo lugar en el PO y la expulsión de lo que hoy es Política Obrera, de quienes, en su momento, tratamos de constituir en una tendencia del Partido Obrero. Era necesario desembarazarse de los cuadros dirigentes y militantes y con ellos, de una trayectoria política revolucionaria, para embarcarse en esta orientación oportunista, del reclamo a la burocracia de planes de acción y de subordinación al kirchnerismo, que recorre a todo el FITU. El aparato del PO adoptó el programa de redistribución de la riqueza, de defensa de las retenciones, de la llamada industria nacional. Es el ángulo que presentaron en la lucha de FATE , y nosotros criticamos. Para ellos, Madanes Quintanilla y los trabajadores de FATE tienen un enemigo común, que es el modelo económico de Milei , Recurren al lenguaje propio de la centroizquierda en los años 90. No es un exabrupto sino una línea política, una orientación definida. Está muy presente en toda la línea parlamentarista que cultiva el FITU, incluso para la lucha de FATE , cuando lo que corresponde es reforzar la ocupación y la convocatoria al movimiento obrero de la zona norte en apoyo a la ocupación . Esas son las verdaderas fuerzas vivas genuinamente interesadas en apoyar a los a los compañeros. La línea de subordinación del FITU a la burocracia sindical se manifiesta en su hostilidad a las autoconvocatorias. Esto tiene que ver también con debates que estamos desarrollando en vísperas de este congreso de Política Obrera. En la lucha contra el gobierno de Milei uno de sus ejes fundamentales es el problema de la huelga general, entendido como una huelga política que aglutina todas las reivindicaciones elementales, perentorias, de los trabajadores y que conducen inevitablemente a un choque de fondo con el gobierno, y también con la burocracia y el imperialismo . La autoconvocatoria es el método, y es una tendencia que está presente en el desarrollo de las luchas que estamos viendo y que se están desenvolviendo de un tiempo a esta parte. Es el resultado de un divorcio definitivo de la burocracia sindical con respecto a su propia base social, con respecto al propio movimiento obrero. La burocracia sindical se ha constituido en una camarilla empresaria, con intereses propios, completamente definidos, y no ha tenido ningún empacho en entregar a los trabajadores en forma abierta. Es bastante elocuente lo que ocurre en SUTEBA. Los docentes bonaerenses cargan sobre sus espaldas no sólo el derrumbe salarial y el de su obra social, que es un aspecto muy importante, sino con todo el derrumbe social que transita la provincia de Buenos Aires. La docencia ocupa un lugar central en todo el metabolismo de la clase trabajadora, por sus vínculos con el conjunto de la sociedad, con las familias, con la situación general de la población y el Estado. Pero aún así, a las asambleas convocadas por el SUTEBA no concurre nadie. Son asambleas vaciadas por los trabajadores, que les dan la espalda abiertamente . En contraste con esto, o al mismo tiempo, los paros convocados por tres seccionales opositoras del SUTEBA, que le otorgan una pátina de legalidad a una medida de conjunto, se traducen en autoconvocatorias masivas, porque son acatados por muchos más docentes que los que componen el padrón de esas seccionales. Se valen de su respaldo legal para hacerlo y la disconformidad y los reclamos que tienen los docentes se manifiestan en esos paros masivos. Hay una disociación. Los docentes entienden que no deben esperar nada de las asambleas del SUTEBA, que son amañadas. Cuando las convoca, la lista de oradores se cierra prácticamente antes de que termine de entrar la gente al salón; a los críticos, les dan un minuto y medio para expresarse, seguido de una catarata de voces oficialistas . Se manipulan las votaciones y se desconocen los mandatos, etcétera. Tenemos entonces paros autoconvocados que son cumplidos masivamente y, del otro lado, una burocracia sindical que actúa cada vez más de espaldas a los trabajadores, en medio de este derrumbe que atraviesa al gremio docente. La autoconvocatoria es una expresión profunda de esta situación . En plena pandemia tuvimos huelgas autoconvocadas muy importantes, como la de la salud en Neuquén; más recientemente, tuvimos una autoconvocatoria muy importante de los trabajadores de las tercerizadas en industrias siderúrgicas, en las que la UOM intervino para sofocarlas, no para encabezar los planes de lucha hasta derrotar a Milei, sino para desactivar la tendencia a una huelga general. La UOM tiene congelada la paritaria siderúrgica desde hace dos años. en vez de unificar la lucha de los tercerizados que reclamaban igualdad de condiciones con los de planta con los trabajadores de planta que reclaman un aumento de salario, se empeñó en desactivar esa huelga. Ahora tenemos luchas docentes autoconvocadas muy importantes en las provincias, es el caso de Catamarca, de Santa Fe. Es una tendencia resultante de esta disociación entre la burocracia sindical y las aspiraciones y necesidades que recorren a los trabajadores. El gobierno explota una vacancia política que envuelve al peronismo y, como resultado de la subordinación del FITU, también a la izquierda democratizante.

4 de abril de 2026
Propuesta de resolución acerca de las tareas que plantea la situación mundial y nacional

El imperialismo norteamericano, bajo la dirección de Donald Trump, ha salido a enfrentar la marcada declinación de Estados Unidos en la economía y política mundiales mediante una guerra comercial, financiera y militar contra todos sus rivales internacionales . El imperialismo norteamericano no puede sobrevivir a la crisis capitalista mundial sin la destrucción y el sometimiento de los imperialismos rivales y de los estados restauracionistas del exespacio soviético internacional. Trump cancela el carácter fragmentado de la vieja “guerra global contra el terrorismo” y la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania y Europa. El propósito declarado de esta contraofensiva contrarrevolucionaria es imponer un régimen político internacional bajo la tutela de Estados Unidos , mediante la completa instrumentación de los recursos acumulados por el imperialismo norteamericano (económicos, políticos y por sobre todo militares). La conversión de Venezuela en un protectorado ‘de facto’ conducido por el chavismo residual, ha quedado establecida como una suerte de paradigma político internacional, que se busca replicar en Gaza (Palestina), Cuba e Irán, e incluso en Canadá y Groenlandia (o sea en la Unión Europea). El acuerdo de cese del fuego diseñado por la camarilla de Trump, en la guerra de la OTAN y Rusia, combinado con tratados coloniales de explotación de recursos mineros (tierras raras), apunta a una colonización de Ucrania, Rusia y la Unión Europea , y a la conquista del Asia central por parte del imperialismo norteamericano. La “estrategia de seguridad nacional”, formulada por el gobierno de Trump, es sin embargo inviable en sus propósitos de sometimiento del conjunto de la economía y política mundiales, en tanto supone choques y enfrentamientos de envergadura crecientes, así como una onda de fascistización política, de una parte, y de crisis revolucionarias y revoluciones, de la otra. No existe tal cosa como una “reformulación del orden internacional” que no sea una guerra mundial . La “seguridad nacional” de Estados Unidos es el eufemismo para una guerra mundial. La extensión de la ‘venezuelización’ al resto del mundo (protectorados ‘de facto’), amenaza con desatar una nueva guerra contra Irán, con alcance en todo el Medio Oriente, e incluso el envío de tropas norteamericanas ‘al terreno’; también una catástrofe humanitaria en Cuba. Por otro lado, ha provocado una confusión considerable en la burguesía mundial, como se advirtió en el reciente fórum de Davos. Hay una declarada guerra por la conquista de ‘zonas de influencia’, que se manifiesta en una seguidilla de convenios de “aranceles recíprocos”; Trump ha conseguido que la Corte Suprema de Panamá declare inconstitucionales las licitaciones de los puertos del Canal que se encuentran en manos de un grupo de inversores de China. Está planteado, a término, el sometimiento completo de la OTAN por parte de Estados Unidos (que la ha convertido en un mercado cautivo de la industria armamentista norteamericana), como una alternativa a su disolución y a una guerra con los imperialismos europeos. Hay indicios de que Trump ha logrado imponer un veto a la constitución de un mercado de deuda pública de la Unión Europea (que se había previsto en 500 mil millones de euros) para proteger al mercado de capitales de Wall Street de una fuga de capitales. En abril de 2025, las subas arancelarias de Trump hundieron el mercado de acciones de Nueva York y, por sobre todo, el mercado de deuda pública –el área última de refugio del capital internacional-. Con motivo de los roces por Groenlandia, varios estados europeos han vendido tenencias de bonos norteamericanos y provocado la devaluación del dólar, lo que es perjudicial para sus exportaciones a Estados Unidos. La ‘geopolítica’ de Trump ha sido incorporada como un “factor de riesgo” en los negocios internacionales (“el riesgo geopolítico’). El sistema de dominación internacional (conjunto) del imperialismo se ha quebrado. La “iniciativa estratégica” que la burguesía mundial ha perdido como consecuencia de su decadencia histórica se ha convertido en una ‘guerra civil’ entre sus fracciones principales. El Documento de Seguridad Nacional del gobierno de Trump declara a China como un “enemigo estratégico’. No toma en cuenta el servicio prestado por la restauración capitalista al capital internacional , a la cual presenta, al revés, como un subsidio otorgado por Estados Unidos a China. La restauración capitalista, como es obvio, ha convertido a China en el espacio rentable más importante para el capital extranjero; aún hoy, la inversión extranjera en China es superior a la exportación de capital de la misma China. Ese período, sin embargo, se ha agotado relativamente , como se manifiesta en la caída de la tasa de rendimiento del capital y en la emergencia de una sobreproducción de mercancías de alcance internacional. La restauración capitalista no ha convertido a China en una semicolonia del capital internacional, que es su objetivo histórico; desde este punto de vista, o sea de la economía capitalista mundial en su conjunto, la restauración “no se ha completado” (no ha ‘retornado’ a su dependencia política internacional del pasado, ni establecido una ‘nueva”). China, por otro lado, tampoco hubiera podido convertirse en una semicolonia sin pasar por una disolución de la unidad nacional. Pero sin unidad nacional, o sea, sin un estado independiente centralizado, como el que impuso por primera vez en varios siglos el régimen maoísta, China no se habría podido convertir en un mercado real, efectivo y amplio para el mismo capital internacional. La presencia de los capitales extranjeros en China, sea para competir en el mercado interno de China como en el internacional, desde sus inversiones en China, no guarda comparación con la inversión del capital de China, sea en Estados Unidos o Europa; incluso capitales chinos han sido forzados a desinvertir en las áreas calificadas como de “seguridad nacional’ por los gobiernos huéspedes. China, por otro lado, depende de las reservas internacionales ganadas por su superávit comercial externo, porque no ha conformado un mercado de capitales de las proporciones de Nueva York, Londres o París y Frankfurt, ni ha desarrollado una moneda de reserva internacional. Este desarrollo contradictorio (receptor de capital y principal exportador internacional de mercancías) ha convertido a China en un competidor de primera línea en el mercado mundial y, por sobre todo, en el principal agente de la sobreproducción mundial de mercancías y de la caída de la tasa de beneficios internacional. Después de décadas “acumulación primitiva” (creación de un mercado laboral ‘libre’); monetización de la propiedad agraria comunal o pública (despojo de las tierras campesinas); ingreso de capital extranjero, China ha ingresado en el ciclo de las crisis capitalistas . Atraviesa, en la actualidad, una deflación persistente, luego de la bancarrota de su mercado inmobiliario. La agudeza de los antagonismos de clase tiene su expresión en la represión de cualquier acción obrera independiente, y en un bonapartismo personal excepcional en la cúpula del poder. En contraste con China, el trumpismo evalúa que la regresión económica y social que ha sufrido Rusia haría factible una segunda disolución (después de la Unión Soviética). Lo que es manifiestamente inviable es una economía y política “multipolar” internacional a tres bandas –EEUU, la UE, los BRICS- con sus propias reglas. Por otro lado, la reconversión de las cadenas internacionales de producción y valor en cadenas tuteladas por el imperialismo norteamericano es solamente viable como abstracción: en la práctica, equivale al dislocamiento del mercado mundial y al derrumbe (desigual) de las economías nacionales. La contradicción entre el desarrollo internacional de las fuerzas productivas, de un parte, y el carácter nacional de los estados, de la otra, no se puede conciliar; lleva a crisis mundiales, guerras y revoluciones. El “corolario Trump de la doctrina Monroe” (‘Donroe’) busca convertir a América Latina (y Canadá) en eslabones de las cadenas de producción controladas por los capitales y el estado de Estados Unidos, y por lo tanto en vasallos políticos de una guerra internacional. De forma relativamente diferente es lo que ha ocurrido en las guerras mundiales anteriores. En América Latina operan el Comando Sur del Pentágono y la IV flota norteamericana. China no tiene presencia militar en los distintos terrenos de confrontación (salvo en Djibouti, en el noroeste de África); la presencia de Rusia ha sido neutralizada (en Venezuela y Cuba). Pero las cadenas de producción, con participación de China, son relevantes en Brasil y México, y también en Perú y Argentina. La tentativa de desmantelarlas generaría confrontaciones en otros espacios mundiales, ya que China carece de la proyección política y militar que caracteriza al imperialismo estadounidense. El gobierno de Milei, por ejemplo, se ha convertido en una suerte de viceconsulado norteamericano, a partir de la intervención del Tesoro de Estados Unidos en la corrida cambiaria de septiembre pasado, que salvó a Milei de la caída de su gobierno; el salvataje financiero se ha repetido ante la falta de fondos para pagar intereses vencidos de Argentina con el FMI. Habiendo convertido a Milei en una Delcy Rodríguez ríoplatense, Trump le ha impuesto un tratado comercial enteramente entreguista, porque satisface en forma entera y exclusiva los reclamos de Estados Unidos (patentes – semillas y medicamentos – apertura industrial indiscriminada con dólar doblemente devaluado (internacionalmente y respecto al peso) – y preferencias de inversiones para capitales norteamericanos en detrimento de los brasileños, europeos y de China). Este acuerdo desmantela de hecho al Mercosur y está acompañado de un memorando de entendimiento para la explotación de minerales de tierras raras con preferencia hacia Estados Unidos; es el equivalente a la confiscación del petróleo, el oro y el cobre impuesto por Trump a los hermanos Rodríguez y a Diosdado Cabello en Venezuela. La lucha por el control de las fuentes fósiles y no fósiles de energía se ha convertido en el eje de una guerra imperialista contra China en todos los escenarios internacionales. El llamado “Sur Global” es objeto de una ofensiva política, económica y militar del gobierno de Trump con el objetivo de reunir una masa crítica para el asedio y la presión militar contra sus rivales internacionales. La “cuestión nacional” ha recobrado una relativa vigencia, precisamente cuando la capitulación política ante el imperialismo, de parte del antiimperialismo burgués (bolivariano, ‘nacional y popular’, mexicanista o brasileñista) se ha acentuado. La defensa de la independencia nacional, en este escenario de descomposición del capitalismo, recae por entero en el proletariado, que para ello deberá independizarse del nacionalismo de ‘izquierda’ como de derecha: adoptar un programa socialista frente a la guerra imperialista internacional; y convertirse en clase revolucionaria a nivel nacional e internacional. El ‘patio trasero’ principal que debe asegurar para sí el imperialismo norteamericano, se encuentra esta vez en los propios Estados Unidos. En la guerra actual, no representa la ficción del “imperialismo democrático”, como ocurrió en el pasado, contra el “totalitarismo”. Ahora, se encuentra a la vanguardia de la promoción de “regímenes de excepción’ y asume por entero su condición fascistizante. La administración Trump gobierna por decreto, con violaciones extraordinarias del estatuto legislativo, judicial y constitucional de Estados Unidos, tanto en política interna como exterior. La arremetida contra la inmigración no se distingue de administraciones anteriores por el número de deportaciones, sino que lo hace por el método político que emplea. El ‘famoso’ ICE es un ‘grupo de tareas’ diseñado para secuestrar migrantes sin consideración por el “debido proceso”; guarda incluso similitud con la caza de judíos por parte del hitlerismo. Esta operación criminal es violatoria del régimen federal del país y es asistida por la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas. Se trata de una subversión completa del sistema constitucional establecido hace exactamente 250 años; procura suplantar la “unión de estados” por un protorégimen unitario: Estados Unidos da paso a América. A la pérdida de peso en el comercio internacional y la consiguiente pérdida de mercados, se añade la declinación relativa del nivel de vida de los trabajadores de Estados Unidos, que han dejado de participar de las migajas históricamente ofrecidas por la extracción de valor de los trabajadores de la periferia capitalista. El crecimiento de la tasa internacional de beneficio que tuvo lugar en las primeras décadas que siguieron a la disolución de la URSS y la penetración del capital internacional en China, se ha disipado; las ganancias financieras han crecido el doble de las industriales. Este cambio de tendencia se manifiesta en la multiplicación de conflictos en la industria y los servicios, en especial debido a cesantías masivas y ataques a las condiciones laborales, en especial en “las tecnológicas”. El pseudoaumento de la sindicalización bajo el gobierno de Biden, así como los aumentos del salario mínimo en cierto número de estados ha sido revertido por completo. Advertido del descenso espectacular de la intención de voto hacia el partido Republicano para las elecciones de medio término en noviembre próximo, Trump ha manifestado su intención de quitar a los estados la organización de las elecciones y suprimir el voto por correspondencia. Se quiere convertir en “King” (rey), en referencia al dominio de la monarquía británica sobre las colonias norteamericanas. Pero un escenario de rebeliones al interior del país destruye la capacidad para emprender guerras en el exterior; la guerra mundial ya no es compatible con la democracia. La participación de trabajadores en esas rebeliones contra las redadas masivas no significa, sin embargo, que el proletariado de Estados Unidos haya ingresado a una etapa de lucha política de clases. La oposición a la guerra imperialista de Trump no ha alcanzado el nivel que tuvo contra la guerra en Vietnam, pero es posible que la supere, a término, vista la magnitud de la crisis política. Este desarrollo ofrece una oportunidad histórica para unir la lucha contra la guerra imperialista con la lucha por el derrocamiento de los gobiernos imperialistas, incluido, nada menos, que Estados Unidos. Más allá del desarrollo político de la presente guerra mundial a todos los continentes, la humanidad asiste a un desmoronamiento de la organización capitalista internacional en su conjunto. Detrás de la superficie “geopolítica’, opera el agotamiento histórico de la organización social capitalista, con manifestaciones cada vez más amplias y violentas. La versión geopolítica de la historia encubre la lucha de clases. Las guerras son, de una parte, la expresión del estallido de las contradicciones de la acumulación de capital y, de la otra, la forma militarizada de la competencia entre los capitales en mercados saturados. La contradicción entre la forma social de la producción y la apropiación privada, asume en el plano mundial la forma del antagonismo entre la internacionalización de las fuerzas productivas, de un lado, y el carácter nacional de los estados que deben asegurar por otros medios la acumulación de capital. La función ideológica de la ‘geopolítica’ es fomentar el chovinismo, o sea la supremacía del interés nacional. La guerra imperialista mundial ha integrado, históricamente, una diversidad de guerras, incluidas aquellas de liberación nacional de colonias, semicolonias y naciones oprimidas en general. Es, de todos modos, una diversidad de carácter dialéctico, o sea que plantea, en su conjunto, para la clase obrera internacional, la destrucción del imperialismo y el pasaje o tránsito hacia una organización socialista de la humanidad. ‘Desear”, en el desarrollo de la guerra presente, una ‘victoria’ de China o de Rusia contra el imperialismo de la OTAN, no significaría ningún desarrollo alternativo de progreso para la clase obrera internacional y la humanidad, sino una promoción de la guerra imperialista. En las condiciones de una guerra internacional imperialista, una recuperación nacional de Taiwan por vía militar, por parte del estado chino, tendría un carácter contrarrevolucionario. Es necesario trazar una delimitación del proletariado internacional con estos planteos pseudoantiimperialistas, en función de impulsar la transformación de la guerra imperialista en una guerra socialista para poner fin al imperialismo mundial. La guerra imperialista transcurre en medio de un ciclo de especulación financiera incentivado por la carrera de los grandes grupos tecnológicos por monopolizar la producción de semiconductores e imponer su primacía en el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Este ciclo especulativo ha sido fomentado por un proceso de endeudamiento público sin precedentes destinado al rescate de las Bolsas, las grandes compañías y los fondos internacionales, en ocasión de los grandes desplomes internacionales desde la crisis del sudeste de Asia (1992/97, de la quiebra del Long Term Capital Management (LTCM, 2000); el colapso de 2007/8 y en años sucesivos, y por la irrupción del Covid 19 en marzo de 2020. Las transacciones de las siete grandes tecnológicas explican el 90 % de la suba bursátil de los últimos años. Han registrado un endeudamiento y una valorización que no se justifica por la expectativa de ganancias. Los gastos de capital para la instalación de centros de datos no obedecen a una planificación de su producción final, sino que son determinados por una competencia por la conquista de la primacía. La magnitud de las necesidades de materiales básicos y de energía ha desatado una furiosa rivalidad por esos recursos. De cualquier modo, la escala alcanzada por el endeudamiento con relación a los resultados comerciales ha creado el temor de un desplome de los bancos y fondos internacionales. Una señal de este temor es la creación de vehículos financieros extrabalances para aliviar la carga de la deuda oficial de las tecnológicas. Alphabet ha lanzado un bono a cien años para financiar inversiones. La perspectiva de que la Inteligencia Artificial se convierta en una salida a la crisis capitalista en curso (caída de la tasa de ganancia y sobreproducción) debe atravesar, primero, el desencadenamiento de una crisis financiera sin precedentes. Por otro lado, desataría una crisis energética feroz por la magnitud de la demanda que generaría. El mercado prioritario de la IA es el militar, o sea la guerra. La IA ha sido usada en abundancia por el estado sionista en el genocidio en Gaza, y lo mismo ocurre en la guerra en Ucrania; el desnivel numérico de las fuerzas en combate es suplantado por una ecualización de recursos tecnológicos. Lejos de desarrollar las fuerzas productivas, incentiva la destrucción masiva y la tendencia a una guerra de aniquilamiento. El ‘uso civil’ de la IA ha quedado relegado por la barbarie militar. En una organización social que se caracteriza por la anarquía de la producción, el ensamble entre las tecnologías nuevas, de un lado, y la industria y la producción, del otro, procede inevitablemente bajo la forma de crisis . El desarrollo de esta tecnología elevaría en forma extraordinaria la participación del trabajo muerto, o sea el ya realizado como capital, en el valor de la producción, en detrimento del trabajo vivo, o sea la fuerza de trabajo. Ejerce, por lo tanto, una tendencia disolvente del capitalismo, cuya valorización depende del trabajo vivo presente en el proceso de trabajo. En definitiva, mientras la humanidad asiste, en todos los terrenos, a una revolución tecnológica y científica sin parangón, bajo su forma capitalista es incapaz de promover el desarrollo social, acentúa las limitaciones de reproducción del capital y acelera la revolución social. No sorprende que en una circunstancia histórica como la presente resurja el fascismo como un espectro que todavía no ha encontrado la forma para su desarrollo. El desmoronamiento del capitalismo (crisis catastróficas, desempleo, guerras comerciales y militares) desarrolla un escenario de inseguridad social que la agitación de la ultraderecha adjudica a la lucha de clases y al socialismo. La base de la democracia, un capitalismo en progreso, se encuentra definitivamente minada; el espacio del reformismo, que la izquierda democratizante reivindica para justificar su política parlamentarista y electorera, se ha encogido a los niveles de la crisis histórica de hace un siglo, que es, en la actualidad, incomparablemente más amplia. La tendencia política del momento de la gobernabilidad capitalista es el pasaje al “estado de excepción”, que se manifiesta por sobre todo, aunque no solamente, bajo el trumpismo estadounidense y en el territorio de la mayor democracia de la historia, Estados Unidos. La burocracia restauracionista (en Rusia, China, Vietnam, Cuba) se ha incorporado al capitalismo con el “estado de excepción” bajo el brazo; ha convertido al stalinismo en un régimen de excepción en condiciones capitalistas. Los pronósticos del llamado ‘mandelismo’ acerca de una autorreforma de la burocracia y de la democratización de sus estados, se revelaron como una estafa, lo mismo que el saludo del morenismo a “la revolución democrática” que ponían en marcha la Perestroika (reforma) y el Glasnost (transparencia). El establecimiento de protectorados ‘de facto’ en el exterior refuerza la tendencia al estado policial en los Estados Unidos. El sometimiento de los restantes imperialismos al ‘orden trumpista’, representa una suerte de Acuerdo de Munich 3.0, en el desenvolvimiento de la guerra actual; o sea en una resignación a la extensión de la guerra. Una fracción del imperialismo ‘disidente’, sin embargo, sostiene que el mundo asiste, no a una tendencia, sino a “una anomalía” , que podría ser apartada del curso normal de la historia con, por ejemplo, una derrota de Trump en las elecciones norteamericanas de medio término. Este planteo ha sido recogido por un columnista del Financial Times, el diario financiero británico que alerta acerca de una victoria electoral del fascista Nigel Farage, en Gran Bretaña, en medio del derrumbe del gobierno laborista. Se confunden aquí las irregularidades y la volatilidad de una tendencia, con un cambio de dirección. En realidad, la “anomalía” sería que esa eventual derrota de Trump en las elecciones de medio término o incluso en las presidenciales de 2028, tuerza, siquiera mínimamente, esta tendencia contrarrevolucionaria, por la sencilla razón de que el impasse histórico del capitalismo no puede ser removido por una elección, salvo que el proletariado aproveche esas derrotas para imponer su propia salida histórica por medio de una acción histórica independiente. La agudización del impasse del capital polarizaría aun más el conflicto de clases e internacional. Los ‘traspies’ de la ultraderecha reforzarían la tendencia de los grandes capitales a convertirla de instrumento de represión en instrumento de la guerra civil contra el proletariado internacional, o sea en fascista. Las crisis inevitables de la derechización política deben servir para la liquidación definitiva de la derecha, por medio de la acción directa, y no para estimular treguas mentirosas que sólo servirán para que resurja más monstruosa. El ascenso de LLA al gobierno, en Argentina, es parte de la tendencia internacional generada por el desmoronamiento de las superestructuras y las bases del capitalismo mundial. Milei, sin embargo, cuenta con un apoyo social incomparablemente inferior a quienes lo precedieron en su política de ajuste social violento –Menem, apoyado monolíticamente por el peronismo, y Macri, que había armado una coalición ‘neoliberal’ muy amplia-. En contradicción con esta precariedad política (la abstención electoral continúa siendo masiva), Milei ha impuesto una política de liquidación de derechos políticos y pauperización de la fuerza de trabajo aun mayor que las de sus predecesores; el agravamiento de la crisis financiera (un default ) ha servido para unir a la burguesía en una política de “shock”. Milei se inscribe en la tendencia abierta por otro ‘outsider’ o francotirador, en Brasil, Messías Bolsonaro, con la diferencia de que éste llegó al gobierno mediante una operación política judicial del alto mando militar. En ambos casos, los partidos patronales organizados se hundieron en una crisis abismal, incluido el PT, que ha perdido bastiones estaduales fundamentales. Dos años más tarde, Milei se ha reforzado con el apoyo internacional privilegiado del imperialismo norteamericano y del sionismo, y con un armado propio en el alto mando de las Fuerzas Armadas y en los servicios de Seguridad. Cuando se está por cumplir el 50 aniversario del golpe militar genocida, la camarilla liberticida se apresta a sancionar una reivindicación política de la dictadura. A esta intención obedece la entrega del sable corvo de San Martín al regimiento de Granaderos. El entrelazamiento de las FFAA de Argentina con el Pentágono ha facilitado un rearme militar de tierra y marítimo. Esta metamorfosis del gobierno de Milei altera las condiciones de recambios electorales que han prevalecido desde 1983, incluso en el caso de la caída de De la Rua. Milei se ha convertido en un activo estratégico en condiciones de guerra internacional. Como ocurre con Trump en Estados Unidos, que amenaza con el desconocimiento de sus resultados, Milei ya prepara cambios en las leyes electorales y desarrolla un espionaje político sin precedentes. La ultraderecha, por otra parte, ha tenido un importante avance en América Latina, especialmente en Chile, siete años después de una enorme y prolongada rebelión popular, pero también en Honduras y Ecuador. El caso de Chile ha dejado al desnudo la putrefacción de la neoizquierda que lideró las grandes marchas estudiantiles y el partido comunista, que entregaron la rebelión a un acuerdo con el fallecido presidente Sebastián Piñera. El protectorado ‘de facto’ establecido por Trump en Venezuela y el consecuente bloqueo petrolero internacional contra Cuba, abren un escenario de violencia política derechista en América Latina (que se manifestó en parte en las masacres contra las favelas de Río de Janeiro por fuerzas paraestatales). Esta centralidad de la ultraderecha modifica las condiciones y métodos políticos de la clase obrera. Las condiciones económicas y sociales sobre las que se asientan los gobiernos de ultraderecha no están, sin embargo, grabadas en piedra. Milei y Caputo gobiernan bajo la amenaza de corridas cambiarias y bancarias, que los fuerza a la aplicación de políticas deflacionarias que acentúan una enorme crisis industrial. Scott Bessent se ha visto obligado a rescatar a Milei en las vísperas de las elecciones de octubre pasado, más allá del FMI, y esto se repitió en enero ante grandes vencimientos de la deuda externa. Milei ha pagado este rescate con la firma de un acuerdo comercial con Estados Unidos de características coloniales: otorga privilegio legal a las inversiones norteamericanas, para bloquear a China; establece un nuevo sistema de patentes en materia de medicamentos y semillas; da acceso irrestricto al sistema de datos privados de Argentina a Estados Unidos; abre en forma preferencial el mercado argentino a la exportación norteamericana, sin reciprocidades. Argentina, a pesar de estas concesiones y a la ‘apertura’ a la minería y al petróleo no convencional, asiste a un déficit de inversiones extranjeras (salidas mayores a las entradas). Los medios artificiales utilizados para poder conseguir un reingreso al mercado voluntario de deuda internacional (encarecimiento del peso, crecimiento exponencial de la deuda pública en pesos, expansión artificial de la emisión secundaria de pesos, por parte de los bancos), no han tenido éxito. El volumen de vencimientos de la deuda externa y sus intereses en los próximos años es fenomenal, e incluso una apertura lo sometería todavía más a la turbulencia del mercado financiero internacional. De esta manera, la inflación de precios, o sea la devaluación interna del peso, es creciente; la contradicción entre la revalorización exterior del peso, por un lado, y su desvalorización interna, es sencillamente explosiva. El ciclo de las corridas cambiarias sigue abierto. En las condiciones así definidas, el peronismo, el kirchnerismo y la burocracia sindical se han convertido en puntales de la consolidación de Milei, sintetizado en un antiguo slogan: “tenemos 2027”. En numerosas provincias y en la provincia de Buenos Aires, los gobernadores ‘nacionales y populares’ son colaboradores de Milei, como ya ocurriera, por otra parte, con Menem y Macri; es un apoyo político que va más allá del “institucional”. Fuerza Patria, o sea CFK, los reincorporó como candidatos propios en octubre pasado, pero luego retornaron al apoyo a LLA sin inconvenientes. Los une a Milei la gran minería y la destrucción de los glaciares. Pero todos, al igual que Kicillof, aplican una política de ajuste sin fallas. La entrega de la burocracia sindical al gobierno no podría haber sido más completa; en el caso del SMATA se ha convertido en una fuerza de choque contra los delegados sindicales (Toyota). La burocracia de UTA ha contenido con dificultades la huelga general del transporte. La UOM arrastra dos años sin convenio; ha renunciado de hecho a los convenios por rama antes de la (media) sanción de la contrarreforma laboral. Una parte de la burocracia anuncia huelgas a sabiendas de que las levantará con el dictado de una conciliación obligatoria. El kirchnerismo no tiene una política alternativa a la que Milei ofrece al conjunto del capital; lo alivia que no tengan que ser los ejecutores del “trabajo sucio” que está en marcha. Milei gobierna con el auxilio de lo que se llama “la izquierda’ del régimen político. Esto no ha impedido el apoyo continuo del FITU al kirchnerismo, tanto en la acción política como en el Congreso. Ha estado estafando a los trabajadores con la perspectiva de que la burocracia de la CGT llame a una huelga general, que además confunde adrede con un paro de 24 horas. Le pide nada menos que “un plan de lucha”, o sea que asuma la dirección política de la clase obrera, que no sería sino contrarrevolucionaria. En cuanto al programa, ha reemplazado el programa socialista por el de impuestos a las rentas capitalistas o retenciones a las exportaciones. En tiempos ‘trumpistas’, un libro reciente del PTS ("La Zurda") reivindica el espacio y los métodos del reformismo social. En esta medida, la izquierda democratizante es otra apoyatura del régimen político, siempre a la espera de un “sorpasso" electoral. El FITU no existe como fuerza o herramienta de lucha, ni como “columna independiente” en las escasas maniobras de la burocracia. Su método interno no se distingue del que impera en cualquier partido patronal, en cuanto a cargos; incluso ha pasado un tiempo suficiente como para que consagre una casta que tiene beneficios económicos considerables en materia previsional. Las expulsiones que tuvieron lugar en el Partido Obrero en 2019 fueron saludadas por la prensa y reivindicadas por los aparatos del FITU como funcionales al abandono del ‘utopismo’ socialista y a la política de “lo concreto”. El conjunto de la superestructura de la clase obrera ha colaborado, ciertamente en forma distinta y con alcances diferentes, en el sostenimiento de un gobierno ultrarreaccionario acosado por una crisis financiera. La disolución de la URSS constituyó un derrota fundamental para la clase obrera internacional, esto porque la bancarrota de la burocracia gobernante no dio lugar a revoluciones proletarias que restituyeran la dominación política de la clase obrera sino a una restitución de la propiedad capitalista y a la dominación política capitalista de la propia burocracia y de una oligarquía financiera emanada de las gerencias ‘socialistas’ de las empresas estatales; el capital internacional cooptó a las burocracias ‘comunistas’ para la transición capitalista. Además de la desaparición de los partidos comunistas y también de los socialistas, y de un retroceso del sindicalismo, se estableció un período de reflujo de las luchas obreras internacionales; para muchos, incluso una retroceso histórico en la consciencia de clase. Es precisamente en este período, sin embargo, cuando el retroceso social y político de la Revolución Cubana es ya manifiesto, que se inicia un vuelco popular hacia los llamados movimientos bolivarianos, de contenido burgués y direcciones pequeño burguesas, como consecuencia de grandes rebeliones (e insurrecciones) populares en Argentina, Bolivia, Perú, Venezuela; el ascenso del PT en Brasil y la ‘transición a la democracia’ en Chile, casi todos revestidos de la etiqueta del “socialismo”. Esta nueva fase del antiimperialismo burgués, en América Latina, ha concluido de una forma contundente; el ascenso de la ultraderecha es producto de este inevitable fracaso histórico. El seguidismo del llamado trotskismo (esencialmente el morenismo), sistemático algunas veces, y errático, en otras, ofició de complemento político a esta derechización. La consciencia de clase no es una entidad metafísica sino que está sujeta a una línea de desarrollo histórico y a las luchas políticas concretas de las clases y partidos en pugna. “El fin de la historia”, así como el “fin del socialismo” ha sido una superchería pseudointelectual del propio imperialismo en esta lucha política fundamental. Sin llegar al extremo de defender en forma abierta esta posición reaccionaria, la izquierda internacional se ha adaptado, en sus diversas tendencias, a estas conclusiones, bajo el planteo de que el “ciclo histórico de revoluciones proletarias, iniciado en Octubre de 1917, ha concluido”. Las derivaciones programáticas no se hicieron esperar: la teoría marxista del estado, y por lo tanto de la lucha de clases, fue abandonada y la dictadura del proletariado fue declarada caduca. La conciliación de clases, bajo una forma perimida como el parlamentarismo, pasó a ser el eje de toda la izquierda exstalinista, exsocialista y excuartainternacionalista-. En el escenario de ascenso de la ultraderecha debe integrarse la derechización de la llamada izquierda. El derrocamiento de la ultraderecha no tendrá lugar con los métodos parlamentarios ni tendrá como canal a la burocracia de los sindicatos, que se ha integrado a sus gobiernos con mayor vigor. El ascenso de la ultraderecha ha concentrado la ofensiva contra el proletariado, como nunca antes, en el Estado. La capacidad reivindicativa de las luchas parciales se ha agotado relativamente; sólo pueden prosperar como plataformas de una lucha de conjunto, o sea una huelga política de masas; ese es el significado del Cordobazo, en las condiciones de la dictadura de Onganía, y de la huelga general de 1975, bajo el gobierno peronista de las Triple A, organizada por Coordinadoras de fábricas. Los ‘paros generales’ (24 horas) de la burocracia son parte de una política de desgaste y división de la clase obrera; sólo pueden ser recuperados como “huelgas de advertencia” de una huelga general indefinida. La agitación en favor de una huelga general y el desarrollo de autoconvocatorias y coordinadoras, es la tarea central del momento político actual de Argentina. Toda la situación mundial en su conjunto, con el desarrollo de una guerra mundial que abarca un espacio territorial considerablemente mayor a las del pasado y un poder de destrucción que incluye la posibilidad del aniquilamiento de la vida humana en el planeta, lleva al estallido de situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias, como ya viene ocurriendo. El rearme internacional conlleva políticas de ajuste social brutales, sin que alcancen, sin embargo, para atemperar las monumentales crisis fiscales de las principales potencias. Este desarrollo histórico plantea la construcción de partidos revolucionarios. Solamente un programa de transición que una las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores con la huelga política de masas y el armamento del proletariado, puede dar sustento a un partido revolucionario. A partir del programa, los métodos de construcción de ese partido deben estar a la maduración del activismo de la clase obrera, y deben estar asociados.

4 de abril de 2026
La etapa histórica de declinación del capitalismo

(Exposición realizada por zoom el 21 de marzo de 2026, en el marco del Congreso de Política Obrera) Esta será la primera de las charlas que tenemos previstas con vistas al Congreso de Política Obrera. El objetivo de estas charlas es contribuir a una comprensión y al debate posterior en los círculos del partido y en los plenarios precongresales, Hoy vamos a caracterizar, para definirlo de algún modo, a la época de esta crisis mundial, a través de cinco cuestiones. La primera tiene que ver con la declinación del capitalismo, la decadencia de la organización social capitalista; el segundo tema que vamos a ver es la restauración del capitalismo en Rusia y China, y su significado a la luz de la actual crisis mundial; en tercer lugar, la cuestión de la declinación de Estados Unidos; el cuarto punto tiene que ver con la siguiente polémica: esa declinación ¿abre las puertas a lo que algunos llaman la “multipolaridad”?; y, finalmente, vamos a ver las conclusiones que deja todo este escenario. La cuestión del imperialismo Vamos a arrancar con un punto que es casi vertebrador del documento precongresal, y también de la caracterización política que nuestra corriente ha trabajado sistemáticamente: nos referimos a la declinación del orden social capitalista. Un abordaje sistemático del punto aparece por primera vez, en el marxismo, en un texto muy importante de Lenin: "El Imperialismo". Lenin publica este texto promediando la primera guerra mundial. Para algunos, el elemento central de este libro es el análisis del capitalismo en la fase histórica de los monopolios, es decir de las grandes corporaciones capitalistas que concentran una parte sustancial de la producción en cada una de sus ramas. ¿Analiza esto Lenin? Sí, y presenta los rasgos característicos del capitalismo de los monopolios. Primero, la concentración de la producción en un puñado de corporaciones; luego, la pelea de esas corporaciones y sus Estados asociados por capturar las fuentes más importantes de materias primas para hacer funcionar sus industrias; en tercer lugar, el surgimiento del capital financiero, es decir, la unión de los bancos con la gran industria y, a partir de esa unión, el manejo de esas grandes corporaciones capitalistas por parte de una oligarquía financiera. Emergen los capitalistas rentistas, los cuales, sin ocupar un lugar en el proceso productivo, viven de los dividendos de las acciones que detentaban de las grandes empresas. El último elemento de todo este período del imperialismo es lo que Lenin llama la lucha por el reparto del mundo. ¿Y por qué? Durante todo el último tercio del siglo XIX, las corporaciones monopolistas se lanzaron al copamiento del planeta para asegurarse, por un lado, el suministro de materias primas y, por el otro, la obtención de nuevos mercados. Por esta vía, el capital en sus formas más avanzadas -como la de la gran industria- consuma su extensión al conjunto del planeta. Así, las grandes potencias que albergaban a estos monopolios ocupan virtualmente la totalidad de la geografía mundial, como áreas de influencia de cada una de ellas. Pero cuando culmina esa ocupación, se planteará, naturalmente, la lucha por “barajar y dar de nuevo”, es decir, la lucha por un nuevo reparto, por la vía de la violencia y la guerra. Entonces viene la cuestión crucial del libro de Lenin, muchas veces soslayada: el “lugar histórico del imperialismo”. Y nos dice lo siguiente: "Los monopolios, la oligarquía, la tendencia a la dominación, en vez de la tendencia a la libertad, a la explotación de cada vez más naciones, pequeñas y débiles, por un puñado de las naciones más ricas y poderosas; todo esto muestra los rasgos distintivos del imperialismo que obligan a que lo califiquemos como capitalismo parasitario o decadente”. En otra parte de su libro, Lenin se referirá al “capitalismo moribundo” y acá viene también lo del título del propio libro, "El imperialismo, etapa superior del capitalismo". Este término, "superior", juzgado a la luz de todo lo que estamos explicando, significa etapa madura o final del capitalismo. Esta fue la conclusión central del trabajo de Lenin, y no simplemente la constatación de una cierta estructura de mercado -el monopolio por referencia a la competencia-. Porque no fue Lenin el que “descubrió” la existencia de monopolios, o la exportación de capitales hacia áreas remotas del planeta. Todo esto no sólo fue estudiado, sino que hasta cierto punto era evidente (1). Lo que sí señaló Lenin, es que esto iniciaba la declinación histórica del capitalismo. Esa no era la posición de la mayoría de la socialdemocracia europea, que veía en las grandes corporaciones monopolistas, en la extrema articulación de la producción, en la existencia de una sociedad donde todos se relacionan con todos a la hora de producir, la ruta indolora hacia el socialismo. A diferencia de éstos, Lenin capturaba el carácter contradictorio de la nueva época histórica. Es cierto que las grandes corporaciones capitalistas, en esos gigantescos conjuntos de trabajadores y medios de producción completamente interrelacionados, se observa la pista, el indicio, de una nueva forma de organización social. Pero esa socialización tiene como contrapartida a la más estricta apropiación privada de la riqueza social producida. Bajo las relaciones sociales capitalistas, por lo tanto, el monopolio no va a conducir a un equilibrio, sino a una nueva forma de competencia más intensa y encarnizada. Naturalmente, los que veían en el capitalismo monopolista a un nuevo equilibrio terminaron como colaboradores de sus respectivas burguesías bajo la guerra imperialista. Lenin, con su caracterización, preparó a la clase obrera para la lucha contra la guerra y contra las burguesías que la conducían. Y sentó las bases, la estrategia y el programa, que después llevó a los bolcheviques a dirigir la toma del poder por parte de la clase obrera en Rusia. Todo esto “es historia”: pero ¿quién puede dudar que estas cuestiones están completamente vigentes en la época que pretendemos retratar en esta primera charla? Fuerzas productivas, Estados nacionales Efectivamente, lo que vamos a tener por delante en todo el largo siglo XX es la declinación de un orden social. No estamos juzgando aisladamente un índice, una cierta estadística o lo que ocurre con una rama de la producción u otra: lo que estamos señalando es que las relaciones de producción, las relaciones que establecen los seres humanos entre sí para producir, esas relaciones de explotación, se han convertido en una traba para el desenvolvimiento general de la humanidad: en un bloqueo. Lo tenemos presente en muchas de las manifestaciones de barbarie que caracterizan a nuestra época. Volviendo a la historia: en las vísperas de la primera guerra, el régimen social capitalista había concluido su misión histórica -la unificación del mercado mundial, el desarrollo de la gran industria-, naturalmente, con la contrapartida de un salto extraordinario en el grado de explotación del trabajo humano. Cumplido ese cometido, y bajo las condiciones de la era imperialista, los factores de bloqueo, despilfarro y destrucción de fuerzas productivas, constituyen la tendencia dominante del régimen social vigente. Entonces, podemos presentar algunas características de este periodo. La primera de ellas es la guerra, como una forma exacerbada de la competencia capitalista. Lo que hasta cierto punto se desenvolvía en el marco de un mercado, pasa al estadio del enfrentamiento político y militar. Otro elemento del período son las crisis capitalistas recurrentes y la tendencia a la sobreproducción, es decir, al exceso de producción de mercancías, no en relación a las necesidades sociales, sino a las posibilidades de compra de una inmensa población que, naturalmente, es explotada y no recibe la totalidad de la riqueza que aporta a la sociedad. Y, finalmente, dentro de estas características, tenemos la tendencia a la intervención estatal, el Estado saliendo al rescate del capital. Ese rescate es la confesión de que los mecanismos mercantiles convencionales, es decir, el simple metabolismo de la economía capitalista, no puede desenvolverse sin pasar por graves crisis. Y aparece, como conclusión de todo lo anterior, la más importante contradicción de este escenario histórico: el desarrollo de las fuerzas productivas, o sea, de la capacidad de la sociedad humana para transformar productivamente el medio que la rodea, esa productividad se despliega hoy más allá de las fronteras nacionales. Por ejemplo, lo que conocemos como “cadenas de valor”, donde para la fabricación de un automóvil intervienen industrias de un número muy elevado y diversos de países, hasta concluir en el ensamblado final. Esos métodos de producción han traspuesto las fronteras; pero ello no ha abolido la permanencia de los diferentes estados nacionales, que actúan como gendarmes para asegurar la apropiación privada -es decir, los beneficios de las grandes corporaciones capitalistas entrelazadas con los Estados-. Por ese motivo la competencia entre los monopolios capitalistas termina en la guerra. Este entrelazamiento entre el capital y los Estados nacionales, y la acción agresiva de los Estados, se puede ver, por ejemplo, en lo que ocurrió el año pasado cuando Trump levantó brutalmente los aranceles de los productos de otros países que debían ingresar al mercado norteamericano. Ahí el Estado aparece levantando un escudo y defendiendo a intereses capitalistas de su país que, en este caso, no quieren el ingreso de otros productores. Sin meternos demasiado en el tema, el Estado norteamericano, a través de Trump, supone que esas barreras arancelarias van a fomentar el renacimiento de industrias que en Estados Unidos habían desaparecido. Las fuerzas productivas, real y potencialmente, desbordan las fronteras nacionales, pero el beneficio capitalista privado es defendido por medios políticos y militares a través de la acción de cada Estado. Acá volvemos al debate que había planteado Lenin con la socialdemocracia reformista, que veían en el imperialismo un tránsito de características indoloras a una sociedad superior. Este tema volvió a discutirse, con argumentos similares, en los años 90 del siglo XX, cuando apareció la tesis de la “globalización”. Por un lado, se vinculó a esa tesis con la restauración en la URSS y China, en el sentido de que el mundo, ya sin Estados donde se hubiera expropiado el capital, podría unificarse bajo relaciones sociales capitalistas. En otro sentido, la “globalización” planteaba la ilusión de que esta internacionalización de las fuerzas productivas iba a poder organizar al mundo armónicamente. Pero todos sabemos cómo terminó la “globalización”: con fragmentaciones políticas y geográficas de todo tipo, guerras regionales y, ahora, una guerra internacional de gran alcance. Las crisis capitalistas En resumen: la era del imperialismo no ha sido un factor de neutralización de las contradicciones capitalistas sino que las ha llevado a su punto más agudo. Este capitalismo senil o declinante, soporta crisis cada vez más intensas y recurrentes. Trotsky utilizó la metáfora de la persona que enfrenta las mismas dolencias en su juventud y cuando tiene edad avanzada. Lo que en la juventud es sólo un tropiezo, bajo la senectud el enfermo tiene que ser todo el tiempo reanimado y hasta resucitado con estímulos. Hagamos el derrotero desde el final de la primera guerra hasta hoy: apenas una década después de su final, estalló la crisis y la Gran Depresión de 1930, que sólo encontró “salida” a través del gasto militar y de la carnicería de la Segunda Guerra. Ya en los últimos cincuenta años asistimos a crisis crecientes en intensidad y frecuencia. La que se incubó entre 1971 y 1973, fue, de alguna manera, el final de aquello que algunos llamaban “los 30 años dorados”, en alusión al periodo capitalista de posguerra, que no fueron 30 sino un periodo más breve y que esencialmente consistió en la reconstrucción de las fuerzas productivas destruidas durante la Segunda Guerra (2); diez años después tuvimos el derrumbe de la bolsa de Nueva York y un periodo muy convulsivo a fines de los años 80; y pasado ya el periodo en el cual se inicia la restauración capitalista en los estados obreros, crisis de enorme importancia: la crisis asiática que se prolongó prácticamente durante un lustro; luego se extendió a Rusia, y tuvo su punto más alto en 1998 con la importancia de que ya era la Rusia invadida por el capital financiero, es decir, fue la primera crisis capitalista de la Rusia donde el capitalismo estaba en plena vía de restauración; y, casi sin solución de continuidad, una nueva crisis financiera en Estados Unidos, en Brasil, con la devaluación de su moneda, y enseguida la crisis argentina que llevó a la bancarrota de la convertibilidad y al Argentinazo. Al final de la década siguiente tuvimos una crisis de enorme profundidad que, estrictamente hablando, no ha sido superada: la que comenzó con la caída del pulpo financiero Lehman Brothers. Lo más importante es que el volumen de medios financieros y del propio Tesoro norteamericano que fue necesario para operar un salvataje dejó una secuela de capital ficticio, nuevos procesos de especulación, y un salto sustantivo del endeudamiento público de Estados Unidos. El último punto de esta saga ha sido la crisis del COVID, donde alguien podría aducir: "bueno, el COVID no es una crisis financiera o ¨propia¨ del capitalismo”. Ello, como si en el origen del COVID no estuviera presente el manejo predatorio del capitalismo hacia el medio natural, y luego, ya con la pandemia en pleno, no se hubiera puesto de manifiesto la incapacidad del capitalismo para disponer de los medios sanitarios y vacunas para combatirla, con la restricción irrevocable de que todos esos elementos sólo podían llegar a la humanidad a través de la mediación del mercado y el beneficio privado en favor de laboratorios y la industria de la salud. El COVID, en ese sentido, fue indudablemente una crisis capitalista, aún bajo la forma extrema de una crisis humanitaria. Entonces, si alguien nos dice: "bueno, nos fuimos a Lenin y al imperialismo en 1916, ¿por qué tan lejos?". Pero en este recorrido que hicimos, la declinación capitalista aparece en toda su dimensión: 20 millones de muertos en la primera guerra mundial, 100 millones en la segunda, crisis capitalistas recurrentes en todo este periodo; y ahora, el escenario de una guerra internacional. En relación al parasitismo económico y a la proliferación de capital ficticio, veamos el siguiente dato: hoy, la deuda mundial representa entre cinco y seis veces el conjunto de la producción mundial. Pero en los años 50, a la salida de la Segunda Guerra, el producto bruto mundial duplicaba a la deuda existente. Una deuda de esta magnitud plantea la quiebra de un régimen social, porque no tiene condiciones de ser pagada, sólo se puede reciclar todo el tiempo y convertirla, simplemente, en un mecanismo de extorsión social y de succión de la riqueza social y del trabajo en los países endeudados. La restauración capitalista Corresponde entonces caracterizar a la cuestión crucial de la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y en China. Y digo "la gran cuestión" porque cuando se produjo esa restauración la expectativa de los círculos capitalistas era sentar las bases para un relanzamiento económico duradero. En última instancia, y volviendo a nuestra metáfora, sacar al “enfermo” de la sala de resucitación. En definitiva, se trataba de la incorporación nada menos que de China, de Rusia y de los países del Este al mercado mundial. Es el periodo donde se escribieron libros como el de aquel filósofo Francis Fukuyama, que elabora la tesis del “fin de la historia”. Es decir que el capitalismo globalizado, con Rusia y con China adentro, constituía la estación terminal de la sociedad. Y por supuesto, la perspectiva del socialismo quedaba definitivamente cancelada. Esto no fue solo una cuestión de Fukuyama. ¿Cuántos izquierdistas se subieron a ese carro del cual, con matices, la enorme mayoría nunca se bajó después? Es indudable que el ingreso de Rusia y de China al mercado mundial constituyó un factor sobresaliente para revertir la caída del beneficio capitalista a escala mundial. El capital mundial se sirvió de la explotación de los trabajadores de los ex Estados obreros, por un lado, y de la confiscación de recursos por el otro, para abrirse a sí mismo un importante respiro. Sometió a la clase obrera de todo el mundo a la competencia impuesta por la baratura de la fuerza laboral china. Pero en su desarrollo ulterior, esta incorporación de Rusia y de China al mercado mundial terminó acelerando la crisis mundial. La restauración terminó convirtiendo a China en un competidor internacional del resto de las potencias capitalistas, en un proveedor de bienes baratos, primero, de artículos de consumo; luego, de elementos de mayor tecnología. Se exacerbaron las tendencias a la crisis que la restauración había transitoriamente sofocado, cuando abrió la expectativa de una recuperación capitalista duradera. En este punto es importante comprender el mecanismo confiscatorio de la restauración capitalista. Rusia y China no operaron una restauración partiendo del pequeño taller, como hubiera ocurrido en Inglaterra del siglo XVIII; en cambio, ya existía todo un parque industrial, un patrimonio que fue brutalmente confiscado por el capital financiero internacional. Es cierto que hubo una inyección de capital financiero en Rusia y China, pero ¿de dónde vino el dinero? Vino del propio ahorro nacional de estos países. En Rusia, las empresas estatales fueron vendidas por monedas al capital privado; y en China hubo todo un proceso de desmantelamiento de industrias y despidos. Luego, se puso en marcha lo que se conoció como el "acople" entre China y el capital mundial; principalmente, entre China y Estados Unidos. Y consistió en lo siguiente: China exportaba al mundo, y principalmente a Estados Unidos; con los dólares que recibía por esas exportaciones, le compraba a Estados Unidos títulos de deuda pública; después, los “inversores” norteamericanos utilizaban esos títulos de deuda para apropiarse de activos en China. Vista de conjunto, la puesta en pie del capitalismo en China fue el resultado de este mecanismo confiscatorio. Es a partir de allí donde llegamos a la situación actual, donde China se termina convirtiendo en un competidor del capital internacional. Hoy, asistimos al agotamiento de la restauración capitalista como mecanismo contrarrestante de la caída de beneficios en el capitalismo mundial. En definitiva, China nunca dejó de ser parte de la crisis mundial, antes como factor atenuador; hoy, como factor agravante. En un artículo publicado en Política Obrera a fines del año pasado (3), hay un examen muy amplio de la situación en China. Allí se señala que, en el año 2025, en pleno periodo de sanciones comerciales de Estados Unidos, China consigue otro récord exportador; alguien podría considerar ese dato en forma laudatoria, pero en realidad, se vincula con los límites del mercado interior chino, que crece a un ritmo muy inferior al de la producción y la productividad. Hay una crisis inmobiliaria, porque se ha construido demasiado y hay una enorme capacidad ociosa en todo ese sector; y, esa crisis, naturalmente, arrastra a la industria, porque los edificios demandan acero, cemento, y los demás materiales. El último elemento a señalar es el extraordinario endeudamiento de China. En medio de estas tendencias a la crisis, diferentes sectores la pilotean en base a la baratura de la fuerza de trabajo y los subsidios del Estado, y acá tenemos que volver a vincular todos los elementos de esta charla. Porque China se reintegra al mercado mundial bajo la decadencia del capitalismo internacional y termina siendo presa de sus tendencias parasitarias, de sus crisis capitalistas características -exceso de inversión, sobreproducción-. Con esta caracterización completamos este segundo elemento fundamental para poder entender a la etapa histórica que atravesamos. Declinación de Estados Unidos La contrapartida de este ascenso y crisis en China es la decadencia de Estados Unidos. Como ustedes recordarán, el documento del Congreso comienza señalando que la guerra en curso es una tentativa de Estados Unidos por remontar -por la vía de la guerra, la coacción y la violencia- su declinación económica y política. La restauración capitalista e industrialización de China tuvo como contrapartida a la desindustrialización de las grandes potencias, y de Estados Unidos en particular. Esta “compensación” vuelve a colocar la cuestión de la “restauración en una época de declinación”. El crecimiento de China no ha sido un factor de expansión neta de la economía mundial, sino que, en buena medida, consumió o terminó liquidando las viejas capacidades industriales de otros países donde históricamente había emergido el capitalismo industrial. Y entonces, en la crisis norteamericana aparece la cuestión del desmantelamiento industrial y Trump, sobre todo en su primera presidencia, haciendo toda una demagogia en el sentido de lograr un retorno de las industrias. Esa decadencia norteamericana es muy clara. Se ve en el retroceso de la participación de Estados Unidos en la producción mundial, que hoy es sólo del 25 %. Contradictoriamente, el dólar sigue representando más de las tres cuartas partes de todas las operaciones comerciales y financieras del mundo. De este modo, y por la vía de la coacción y la guerra, el imperialismo norteamericano pretende dar respaldo a una moneda y a una deuda pública cada vez más hipertrofiada. Como ya mencionamos, la multiplicación del capital ficticio y el endeudamiento después de las crisis de Lehman Brothers y el COVID, genera una masa de medios de pago que se levanta como una pesada hipoteca sobre la economía mundial. Esa masa de títulos son derechos a percibir una renta que naturalmente no tiene una contrapartida en un activo real que la genere en forma directa. Es un derecho a la percepción de una cierta riqueza arrebatada a los trabajadores por la vía del Estado deudor -y de los compromisos internacionales que ese estado suscriba para pagar su deuda. El peso de esa masa de capital ficticio sobre la economía es gigantesco. Hoy representa más que el conjunto de toda la producción de los Estados Unidos; también, como vimos, es muy importante en China. Pero en EEUU constituye una masa de deuda que se recicla a sí misma con nuevos instrumentos, entonces los síntomas de esta situación están al rojo vivo. En primer lugar, esta gran paradoja: Estados Unidos, como líder financiero del mundo es un deudor financiero. Es decir que el flujo entre los dólares que entran y salen del mercado de capitales, es deficitario. Esa situación deja planteada la posibilidad de una salida de capitales más intensa y una desvalorización de la deuda pública, cuyos títulos eran “tradicionalmente” considerados como activos financieros de mínimo riesgo. El belicismo creciente y la consiguiente expansión de la rama armamentista refuerza el aumento del gasto -y por consiguiente, de un mayor endeudamiento. La consecuencia de esto es que el dólar, que representa en definitiva al conjunto del trabajo y la riqueza social creada en ese país, se debilita tendencialmente. En los últimos años, los grandes acreedores de la deuda pública norteamericana han reducido su exposición a esos títulos. ¿Sigue teniendo un liderazgo tecnológico Estados Unidos? En principio, parece tenerlo en ciertas actividades de alta tecnología, pero el peso que tienen como factor de arrastre del conjunto de la economía no representa lo que, en su momento, era la gran industria del acero o otras actividades tradicionales. La resultante de todo esto es una enorme crisis social. El sostenimiento del mecanismo de la deuda pública y de su reciclaje ha llevado a ajustes recurrentes sobre la salud, sobre los salarios. La masa trabajadora de Estados Unidos se encuentra manifiestamente empobrecida. Y acá vienen al caso los planteos de Trump, los cuales, bien mirados, ponen de manifiesto la inviabilidad histórica de las salidas capitalistas que se discuten en el país del Nore. Veamos, por ejemplo, la consigna de "volver a hacer grande América", MAGA, que ha llegado, por ejemplo, a que Trump le planteara a empresas como Apple la integración de toda su cadena de suministros en Estados Unidos. Eso es absurdo: quiere afrontar la contradicción entre la internacionalización de fuerzas productivas y el carácter nacional de la acumulación a través de una regresión histórica. “Como el carácter de la acumulación va a seguir siendo nacional -nos diría Trump- , yo ´desinternacionalizo´ las fuerzas productivas”. Es como tener un huevo cocinado y querer volver a tenerlo adentro del cascarón. Es un planteo inviable, y el trumpismo lo sabe. En realidad, el pretendido “proteccionismo” es el primer peldaño de un planteo de expansionismo y hostilidad hacia otros bloques capitalistas, algo que implica en última instancia la guerra. Pero esto nos conduce a otra inviabilidad: la de convertir a Estados Unidos en un gendarme mundial omnipresente, a costa de choques y enfrentamientos de todo carácter; en este cuadro, al menos una fracción de la burguesía internacional pone el alerta sobre las rebeliones y las revoluciones sociales. Volviendo a “El imperialismo”, Lenin fue muy certero cuando señaló que, por todas estas características -guerra, parasitismo, despilfarro-, el imperialismo era una época de guerras… y revoluciones. Ese es el periodo histórico que estamos viviendo. ¿Multipolaridad? Ahora bien, esta decadencia norteamericana abrió otra ilusión a la cual muchos se subieron para sortear o gambetear, otra vez, la perspectiva de la revolución socialista: de la declinación de Estados Unidos y de esta crisis mundial ¿emerge un mundo multipolar? La cuestión de la multipolaridad aparece asociada a lo que algunos presentan como un “nuevo equilibrio mundial” o reparto del mundo: China tiene lo suyo, Estados Unidos lo suyo, la Unión Europea lo suyo. Pero no hay nada que se parezca a un equilibrio mundial; Estados Unidos quiere defender su protagonismo histórico, monetario, político y militar con todos los medios que tenga a su disposición. Ello plantea o la liquidación de los bloques rivales o su subordinación definitiva. Observen ustedes que ni siquiera los bloques históricos que emergieron en la segunda posguerra preservan un equilibrio o una estabilidad. Me refiero a la OTAN y a la unidad entre la Unión Europea y los Estados Unidos. Estados Unidos -y esto lo planteó Trump en su famoso documento de seguridad nacional- se ha planteado una ruta, en relación a la Unión Europea y en relación a Rusia y China, y esa ruta es exigir que estos bloques sean doblegados y actúen subordinadamente en relación al imperialismo norteamericano. La multipolaridad es, en definitiva, la ilusión de que la declinación americana pueda ser digerida pacíficamente por propios y extraños, y el capitalismo mundial alcance un nuevo equilibrio en forma indolora. Pero en la dimensión alcanzada por la crisis y el estadio histórico que alcanza esta declinación, la hipótesis de un equilibrio multipolar no tiene lugar. Estados Unidos ha salido a dirimir esta cuestión a través de la guerra. Alguien puede decir: "bueno, puede haber un nuevo equilibrio después de una guerra internacional". Naturalmente, no somos profetas. Pero primero habrá que atravesar esa guerra, y sus consecuencias extraordinariamente destructivas, en un sentido, y revolucionarias en el otro; en este caso, si la revolución social y la clase obrera internacional derrotan la tentativa del imperialismo de zanjar su crisis por medio de una destrucción masiva. Conclusión Ya entrando al último punto de nuestra exposición, tenemos a la crisis capitalista en el estadio de una crisis humanitaria. La humanidad entera es la que está interpelada, lo que pone de manifiesto que el agotamiento del capitalismo no es un fenómeno episódico. Tiene que ver efectivamente con una con una tendencia histórica. Lo sabemos con la crisis jubilatoria, que tiene un alcance mundial: ustedes han visto de qué manera el alargamiento de la expectativa de vida es presentado en la sociedad capitalista como una enorme maldición. El capitalismo carga con las taras de su propio desarrollo y declinación, cuando las posibilidades potenciales de la productividad del trabajo en general, y de la medicina o la farmacología en particular, darían lugar no solamente a que la vida humana pueda desenvolverse hasta cierta edad, sino que lo haga en condiciones saludables en todo sentido. Entonces acá queremos situar el lugar histórico de la guerra. ¿Por qué? Porque leemos referencias a la guerra en términos geopolíticos: un conflicto territorial entre Rusia y Ucrania, otro ancestral en Medio Oriente, y así sucesivamente. Esta visión de la guerra lleva naturalmente a la desorientación política. El método de Política Obrera ha sido otro: el de caracterizar a la guerra como el estallido de las contradicciones del capitalismo en su declinación. Esta caracterización nos permitió entender por qué el choque entre Ucrania y Rusia inauguraba una guerra internacional. Estas caracterizaciones antagónicas son muy importantes para entender la lucha política en la izquierda. Veamos, por caso, La Izquierda Diario: allí donde nosotros hablamos de la declinación del capitalismo, en esta corriente aparece un término desconcertante: la guerra, como parte de un "caos sistémico", o, para citar otra expresión de esta corriente, un "desorden global". Es decir ¿hay una ruta histórica, hay una tendencia a considerar? ¡No! Hay simplemente un lío bárbaro. Esto, evidentemente, ¿a qué lleva? A la política del día a día, al oportunismo, porque se carece de una caracterización, que yo en esta exposición he tratado de sostener. Podrán ustedes ver que el punto de partida de esta charla -la cuestión de una etapa histórica de declinación del capitalismo- lo hemos desplegado en todo el desarrollo que hicimos en relación a la restauración capitalista, a la declinación de Estados Unidos o a la posibilidad de un supuesto nuevo equilibrio con varias potencias. Pero incorporamos para terminar un elemento importante. Porque, naturalmente, no faltarán quienes nos señalen: "pero, ¿de qué declinación capitalista estamos estás hablando? El capitalismo ha sido capaz de parir la inteligencia artificial", lo cual es falso porque la inteligencia artificial -como todas las conquistas tecnológicas- son resultado del trabajo humano, de científicos cuyas innovaciones han sido capturadas por el capital. Pero en relación a la inteligencia artificial, lo que hoy aparece asociado a ella, y esto ya es objetivo, no es la esperanza sino el pánico: en primer lugar, porque se la ha utilizado como instrumento letal de guerra, como en la masacre de Gaza. Luego, porque en torno de la cuestión de la inteligencia artificial se están discutiendo dos cuestiones muy importantes que están relacionadas: una, que las empresas que han invertido grandes sumas en el desarrollo de la IA no encuentran todavía la rentabilidad de sus inversiones. Hay una demanda de estas empresas por nuevos recursos financieros, con el argumento de que si se puede llevar a un estadio superior la expansión tecnológica y comercial de la IA, ahí recién se podrían obtener beneficios. Pero mientras tanto, en todo el sistema financiero que bancó a la inteligencia artificial está la incertidumbre de que todo termine con el estallido de una nueva burbuja financiera. La otra gran cuestión es que la contrapartida de una aplicación más o menos generalizada de la inteligencia artificial van a ser los despidos en masa, en una dimensión absolutamente extraordinaria. Entonces, ¿qué es lo que se pone de manifiesto acá? Que el capitalismo no puede procesar las consecuencias de su propio salto tecnológico. ¿Y por qué no lo puede manejar? Supongamos que la sustitución de puestos de trabajo se evitara con una drástica reducción de la jornada laboral, lo que permitiría preservar el nivel de ocupación. También podrían crearse nuevas actividades que den empleo a los trabajadores ociosos, aplicando la riqueza social añadida por la nueva tecnología. Pero todas esas medidas recortarían las ganancias del capital privado, que debe competir con sus pares a costa de estrujar hasta la última gota al trabajo actual, vivo, creador de valor. Nada de que trabajen dos horas: que trabajen todas las horas posibles. (En la época de la IA, la jornada laboral y el trabajo precario se expanden con toda su fuerza). En el tecnocapitalismo, en el capitalismo digital, al lado de las innovaciones, al lado de las App y de todo lo conocemos, hay un chico que se desloma -este sí se desloma de verdad, no como Adorni-, que arriesga su integridad en una moto con una aplicación de pedidos, o alguien agotando sus fuerzas físicas como chofer. El capitalismo tecnológico necesita estrujar a fondo la poca fuerza de trabajo que todavía explota en forma directa. Esa contradicción sólo tiene salida expropiando al capital y llevando adelante una planificación consciente, democrática, dirigida por los trabajadores en el marco de su propio gobierno. Entonces, y para concluir, ¿que vemos en el plano político en esta época que transitamos? Los métodos de dominación característicos de un capitalismo en ascenso, el régimen democrático, están en elevado grado de agotamiento. Una expresión muy clara de eso es el ascenso de gobiernos de autoridad personal, de corrientes y gobiernos ultraderechistas, incluso cuando no han constituido regímenes fascistas plenos, para lo cual deberían contar con una fuerza de choque de elementos desclasados. Esto no quiere decir que, en un momento, el fascismo no pueda encontrar un camino para su desarrollo. Ello acentúa la necesidad de que enfrentemos la descomposición capitalista con la creación de un partido propio de la clase obrera. Este es el periodo histórico: no es un periodo de pequeños pasos adelante de la clase obrera, que allí donde se conquisten, por ejemplo, concesiones parciales, sólo serán arrancadas como resultado del temor a las acciones revolucionarias. Este es el terreno en el cual hoy indudablemente están haciendo su experiencia de lucha las nuevas generaciones de trabajadores. El reformismo, el progreso bajo la vía del parlamentarismo, es una perspectiva histórica que no se corresponde con esta etapa de declinación capitalista. Hay, en este punto, una profundísima adaptación de la izquierda que no quiere ver la dimensión catastrófica de la crisis en juego, porque apuesta al sostenimiento burocrático y rutinario de las pequeñas posiciones que pudo haber obtenido en el marco del Estado capitalista. Las crisis y las guerras que hoy tenemos reflejan un punto culminante de las contradicciones capitalistas. Pero cualitativamente no son diferentes a todo este periodo de declinación capitalista que hemos visto acá, se integran a un proceso histórico que hoy conseguimos examinar desde el imperialismo hasta hoy. La restauración capitalista como factor de relanzamiento capitalista recorre indudablemente su agotamiento, y es hoy un factor activo de agudización de la crisis capitalista y de la lucha de clases. Lo demuestran las huelgas y los levantamientos de la clase obrera en China, un aspecto fundamental de este ensamble con la crisis mundial, entonces ¿cuál es el llamado que hace nuestro texto del Congreso? Hacer de esta caracterización el punto de partida de un programa, que vamos a someter a la práctica política en la tarea de construir de un partido. Con una vigencia inusitada, está planteada la necesidad de poner en pie una dirección socialista y revolucionaria de la clase obrera, para enfrentar una crisis capitalista que se ha convertido ya en crisis humanitaria. Notas: (1) Ver por ejemplo, el “Estudio del imperialismo” de John Hobson (1902), al que Lenin cita reiteradamente en su libro. (2) Sobre este tema, es muy útil leer a Pablo Rieznik, por ejemplo, en Catastrofismo, forma y contenido (Frente al derrumbe teórico de un chavista) (3) Jorge Altamira, China exporta al mundo su propia crisis - Política Obrera 27 dic 2025.