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En Defensa del Marxismo N° 53

1 de agosto de 2019 · 40 notas

Notas de este número

1 de agosto de 2019
Presentación

Presentamos a continuación una selección de textos producidos en el debate interno del Partido Obrero, en el marco del proceso que llevó a la ruptura con el partido de la autollamada la “Fracción pública” encabezada por Jorge Altamira. La selección de textos abarca textos producidos en 2018 y 2019. La selección, aunque extensa para el lector, es escueta en relación con lo que realmente se escribió. Por cada texto publicado en este tomo, se publicaron en el curso del debate otras diez intervenciones, aproximadamente. Sin embargo, entendemos que la selección es representativa de los temas en debate y las posiciones expresadas en el curso del mismo. En cada regional del Partido Obrero llevaron a cabo (durante el período precongresal) tres plenarios antes de elegir delegados para el XXVI Congreso y se realizó, en medio del debate congresal, una Conferencia Electoral (16/3) que votó un manifiesto, una resolución política y nominó los principales candidatos. Luego se llevaron adelante conferencias provinciales para debatir la campaña electoral. El registro que presentamos es una muestra de esta amplia democracia interna. La selección incluye, en la sección de situación política, la Resolución Política del congreso partidario y la alternativa presentada por Altamira. La votación arrojó una clara mayoría, como culminación de los debates precedentes, que se desarrollaron en plenarios de todo el país, cuyo resultado fue la elección de los delegados al congreso. El desconocimiento por parte del grupo liderado por Altamira de las resoluciones del XXVI Congreso y de su Comité Central electo; la elección de una dirección fraccionista; la convocatoria a una asamblea clandestina de militantes que votó llevar adelante su propia orientación sin tener en cuenta al congreso, fueron la culminación de toda una orientación rupturista. Ninguna fracción, en el partido, puede colocarse por fuera del reconocimiento de la voluntad mayoritaria de la militancia, expresada en el congreso partidario. La primera sección de la revista incluye el pedido de fracción pública, realizado luego del congreso por el grupo de Altamira, y la respuesta dada por el Comité Nacional del Partido Obrero. A continuación, se presenta el Informe Internacional al XXVI Congreso, que fue votado por unanimidad por el Comité Nacional saliente. Luego se presentan los textos del debate sobre el catastrofismo y la situación latinoamericana, que comenzó a raíz de la crítica realizada por Pablo Giachello a las conclusiones del artículo de Jorge Altamira, “Panorama mundial”, publicado en la revista En defensa del marxismo, en 2018. Luego, se desarrolla el debate de situación política, que comienza con el documento “alternativo” al votado por mayoría en el Comité Nacional y que ya fue publicado en EDM Nº 52. Se publican aportes de Gabriel Solano, Nestor Pitrola, Pablo Heller, Juan Cappa y Miguel Bravetti. En esta sección se suman aportes relativos a la situación del movimiento obrero y el desarrollo del partido y de la izquierda. Se incluye el debate en torno de la estrategia del Plenario de Trabajadoras, con textos de Barbara C. y Camila P., y la respuesta de Rosalía Rodas, por la dirección del Plenario de Trabajadoras de la provincia de la Buenos Aires. Continúan tres textos que tienen como eje la caracterización de las divergencias y del grupo fraccionista, de autoría de Guillermo Kane, Vanina Biasi y Alejandro Lipcovich. Luego, se desarrolla el debate sobre el régimen interno del Partido Obrero y su relación con los debates planteados, en dos textos, uno de Gabriel Solano («De dónde venimos y adónde vamos») y otro de Roberto Gellert. Incluimos una larga serie de textos referida a los debates en torno de la política del Partido Obrero en los parlamentos. El primer texto presentado responde a las objeciones a la firma de un proyecto de Consulta Popular Vinculante en relación con el acuerdo con el FMI. Luego se desarrolla el debate sobre las objeciones infundadas a la intervención de Romina del Plá en el Parlamento y el debate sobre el planteo de juicio político a Vidal presentado en la provincia de Buenos Aires por Guillermo Kane, como temas centrales. Por último, publicamos dos aportes, uno de Sebastián Rodríguez y otro de Rafael Santos, sobre la consigna de la Asamblea Constituyente, históricamente y en la etapa actual. Esperemos que la publicación de los textos sirva a una clarificación de las divergencias que, entendemos, son fundamentalmente de método, y cuyo hilo conductor es la lucha entre la defensa de un partido de combate y el intento de reducir la actividad partidaria a la de un grupo de propaganda, sin luchar por una inserción real en las masas.

1 de agosto de 2019
La continuidad histórica del Partido Obrero

En los últimos días, la situación interna del Partido Obrero ha sido materia de debate político en los principales medios de comunicación del país y ha tenido amplia difusión por las redes sociales. La cuestión ha ocupado la primera plana de los diarios y decenas de programas de radio y televisión que se interesaron por el debate, requiriendo la opinión de dirigentes del PO. Más importante, aún, es la preocupación -que compartimos- que ha abierto en el seno de amplias capas de los trabajadores y la juventud la ruptura que ha anunciado públicamente Altamira con el Partido Obrero. Bien visto, esta amplia cobertura refleja el lugar ganado por el Partido Obrero en el país, ante los sectores más combativos y politizados, pero también ante el conjunto de la población y las distintas clases sociales. Esta característica del Partido Obrero lo distingue de otras organizaciones que se reclaman de la IV Internacional e incluso de la izquierda radical, tanto en la Argentina como a nivel internacional. En resumen, el Partido Obrero es una construcción histórica con raíces profundas y un programa que, al menos parcialmente, ha logrado una influencia de masas. Este lugar único conquistado por el Partido Obrero obliga a caracterizar la fractura llevada adelante por el grupo que comanda Jorge Altamira como un atentado criminal, no sólo contra la organización que fundó hace 55 años, sino también contra el proletariado de nuestro país y las masas explotadas. Esta caracterización se agrava aún más cuando se tiene en cuenta la metodología con la que es llevada adelante, poniendo en duda por medio de denuncias públicas el carácter democrático de nuestro partido. Es imposible ignorar que este hecho ocurre en medio de la campaña electoral, atentando también contra la lucha que el Frente de Izquierda-Unidad debe librar contra todos los bloques capitalistas. Debemos admitir aquí una línea política coherente de parte de Jorge Altamira, quien previo a protagonizar esta ruptura, había atacado públicamente a su partido por el balance electoral de Córdoba, acusando de desvíos políticos ‘policlasistas’ y ‘feministas’ que, por supuesto, jamás se encargó de demostrar. Hizo lo mismo luego de otras elecciones provinciales, y más importante aún, cuestionó también el programa de formación del Frente de Izquierda-Unidad, a pesar de que los 22 puntos de la plataforma acordada se colocan de modo categórico en la defensa del gobierno de los trabajadores en oposición a todas las variantes capitalistas. XXVI Congreso La ruptura provocada por Jorge Altamira se da a sólo dos meses de finalizado el XXVI Congreso del PO que, sin lugar a dudas, fue una escuela de debate político y ejemplo de democracia interna. Entre enero y abril se publicaron 17 boletines internos de debate, con más de 300 textos elaborados por la militancia. Por su extensión, estos textos podrían ocupar varios tomos de una biblioteca. Se puso a consideración la situación política nacional, la internacional y el balance de actividades del propio partido. El aporte al debate fue del conjunto de la militancia, abarcando a dirigentes con más experiencia y compañeras y compañeros más nuevos. Los debates fueron procesados en las reuniones de círculos y en plenarios realizados especialmente para considerar los documentos y votar sobre las conclusiones alcanzadas. A fin del debate congresal se votaron delegados que concurrieron al XXVI Congreso. Allí, durante cuatro días, se debatió y se resolvieron las tesis políticas y las orientaciones de trabajo y se votó el Comité Nacional del Partido Obrero. Durante el proceso del debate congresal se realizó también una Conferencia Electoral Nacional con delegados electos, que votó un impulso a la campaña del PO y del FIT, y nominó varios candidatos, entre ellos a Romina del Plá para la fórmula presidencial. Acusar de burocrático a un partido que despliega una democracia interna de esta intensidad es una calumnia, que ya sería indignante si viene de nuestros adversarios políticos, pero se convierte es absolutamente repudiable cuando el calumniador es un dirigente histórico de la organización. Durante el debate congresal, Jorge Altamira pudo llevar adelante la defensa de sus posiciones políticas. Presentó un documento alternativo al de la dirección nacional sobre la situación política argentina. Votó el documento internacional que elaboraron los miembros de la Comisión Internacional sin su colaboración y rechazó el documento de informe de actividades pero sin presentar uno alternativo o una crítica de conjunto. Durante el desarrollo del propio XXVI Congreso se le otorgó un tiempo preferencial para defender sus posiciones. Las posiciones de Altamira, sin embargo, quedaron en franca minoría y no fue electo para el Comité Nacional. Los documentos presentados por la dirección obtuvieron el 80% de los votos de los delegados y un porcentaje similar votó la tesis presentada por la dirección en la Conferencia Electoral Nacional. Una posterior Conferencia Electoral de la Ciudad de Buenos Aires, realizada a mediados de junio, votó la candidatura a jefe de Gobierno de Gabriel Solano por el 94,5% de los votos contra el 5,5% obtenido por Marcelo Ramal. A pesar de la relación de fuerza abrumadora que expresó la posición de la militancia, Jorge Altamira atacó públicamente en su Facebook esa votación como un acto antidemocrático. Concluido el XXVI Congreso, el Comité Nacional electo les propuso a Altamira y Ramal que continúen en las tareas de que venían llevando adelante, uno en la comisión internacional y el otro en el comité de redacción de Prensa Obrera. Ambos rechazaron esta propuesta integradora. En vez de reivindicar la amplia democracia interna del PO, sus congresos anuales y sus debates por escrito y en plenarios en todo el país, contrastándolo con el punterismo de la política capitalista, Altamira está dedicando su tiempo a cuestionar a su propio partido por los medios de comunicación, echando mano a las mentiras y falsificaciones más groseras. Debates Los debates que cruzaron el XXVI Congreso comenzaron mucho antes de los tres meses fijados en el Estatuto partidario. Hacia fin de 2018, y de modo algo casual, se desenvolvió un debate por escrito acerca de lo se denominó “la iniciativa estratégica de la burguesía”. A raíz de una polémica suscitada por un artículo de Altamira en nuestra revista En Defensa del Marxismo, que afirmaba que en Brasil y en América Latina la burguesía había perdido la iniciativa y que ella pasaba a manos potencialmente de la clase obrera y la izquierda revolucionaria, se desenvolvió una polémica altamente clarificadora sobre cuestiones políticas, de estrategia y de método. La tesis de Altamira contrastaba con el resultado electoral en Brasil, donde Bolsonaro se había logrado imponer en las elecciones, mientras la izquierda que se reclama revolucionaria había quedado reducida a una marginalidad absoluta. El grupo de Altamira defendió tozudamente esa tesis, afirmando que, en la época imperialista, la burguesía estaba imposibilitada de tener una iniciativa estratégica. Así, las guerras mundiales, el fascismo para evitar la extensión del bolchevismo a toda Europa, las guerras fratricidas armadas por el imperialismo -como sucedió en Yugoslavia-, la restauración capitalista de los Estados obreros, eran presentadas como expresiones de la crisis mundial y no como acciones de la propia clase capitalista para defender con uñas y dientes su dominio de clase. En un desbarranque ajeno al marxismo, Marcelo Ramal llegó a afirmar que el fascismo no era la estrategia contrarrevolucionaria de la clase capitalista sino una manifestación de la crisis. La lucha de clases real era sacrificada y se invertía los términos fundamentales del marxismo: el motor de la sociedad dejaba de ser la lucha de clases y ese lugar lo ocupaba la “crisis capitalista”. El sujeto se transformaba en objeto pasivo de la determinación material. El grupo de Altamira pretendió encubrir esta ruptura con el marxismo, acusando a la dirección del partido de un giro ‘anticatastrofista’. Pero el giro es de Altamira. Como varios se lo señalaron en textos publicados en nuestros boletines internos, se confundía deliberadamente la crisis mundial y la bancarrota capitalista, como categoría específica que muestra una decadencia histórica del régimen social actual -y cuya profundización plantea desestabilizaciones y crisis políticas, y la emergencia de situaciones revolucionarias- con la incapacidad de acción de la burguesía y el imperialismo. Se ignoraba las conclusiones fundamentales presentadas por Trotsky en el III Congreso de la Internacional Comunista, cuando en su famoso texto titulado “Una escuela de estrategia revolucionaria”, demuestra cómo contradictoriamente la burguesía alcanza su mayor perspicacia política, lograda sobre la experiencia de siglos de ejercer su acción de clase dirigente, cuando las bases materiales de su dominación están perimidas y se demuestra incapaz de desarrollar la fuerzas productivas de la sociedad. Esta contradicción sirve para mostrar la vigencia de la revolución socialista, en oposición a quienes la han archivado en nombre del triunfo del capitalismo, y refuerza la necesidad de la construcción de partidos revolucionarios a nivel nacional e internacional, pues la burguesía no va a entregar su poder por el simple hecho de que su régimen esté en decadencia, sino que habrá que arrebatárselo por medio de una revolución social. Esta conclusión, a simple vista elemental para un militante de la IV Internacional, fue calificada como ‘anticatastrofista’ por Altamira y su grupo, mostrando su retroceso a posiciones fatalistas o mecanicistas que ignoran la centralidad de la lucha de clases y las tareas de la construcción del partido y de una vanguardia obrera. Este debate tuvo una manifestación en la Conferencia Latinoamericana, realizada en noviembre pasado. Allí Altamira y su grupo desarrollaron una argumentación curiosa, que no pudieron sostener hasta el final. Imbuidos de la tesis equívoca de la incapacidad de la burguesía de tener iniciativa, dieron un paso más y negaron que exista en Argentina y en América Latina una “ofensiva capitalista”. Los intentos de avanzar en las reformas laboral y previsional en Brasil y en nuestro país, y más en general las disputas entre las potencias por la apropiación de los recursos naturales de la región, eran simplemente negados en nombre de la “crisis”. Esto porque justamente la hondura de la crisis, lejos de negar la ofensiva la potencia, en tanto la única vía de salida que tiene la clase capitalista es reforzar la explotación de la clase obrera para incrementar la tasa de beneficio. De espaldas a las masas Cuando aún esta polémica no había concluido, comenzó formalmente el período de debate del XXVI Congreso del PO, lo que permitió juzgar su verdadero alcance. Ante la tesis política presentada por la mayoría del Comité Nacional saliente, Altamira presentó un texto propio en el que estaba ausente por completo un análisis de la lucha de clases del país, las relaciones de fuerzas establecidas y las posiciones de las distintas tendencias que actúan en el movimiento de las masas. El documento admitía esta falencia y prometía subsanarla en un futuro, cosa que a seis meses de su presentación aún no sucedió. Pero la omisión era coherente con el debate que se había suscitado meses atrás. Es que si finalmente el sujeto pasa a ser la “crisis” y no las clases en la lucha que desarrollan entre sí, entonces qué importancia tiene analizar el estado de situación del movimiento obrero y su vanguardia. Teníamos el fatalismo y el mecanicismo en su concepción más pura expresado en un documento congresal. El desconocimiento de la lucha de clases llevó a que el grupo referenciado en Altamira considere que la máxima leninista de tener “el oído pegado a las masas” conduce a la adaptación… a la democracia burguesa. ¡La sorpresa entre los cuadros y la militancia no podía ser mayor! Dirigentes históricos del PO revisando el ABC del marxismo. Ni cabe decir que las consecuencias de esta posición se hicieron sentir de inmediato. Ignorando las evidencias más irrefutables, el grupo de Altamira negaba que el kirchnerismo y el nacionalismo sean un obstáculo para la conquista de las masas. Mientras el partido se esforzaba, mediante la acción y la agitación políticas, en superar los bloqueos del kirchnerismo o la burocracia sindical y piquetera, Altamira rechazó el planteo de “derrotar el plan de ajuste de Macri y los gobernadores” como “derrotista” (!). Mientras la militancia se esforzaba con todo en sacar las durísimas luchas del período (Interpack o Textilana) de su aislamiento, Altamira negaba que estuvieran aisladas. Mientras el PO intervenía en todas las luchas y organizaba enormes movilizaciones, como las del Polo Obrero, Altamira denunciaba a su propio partido por electoralista, teorizando sobre una tendencia a la rebelión popular que sería un resultado de la crisis de régimen y no de la intervención concreta de los sectores combativos. Mientras tanto, proponía las consignas utilizadas por el PO en 2001 (Fuera Macri, Asamblea Constituyente), ignorando la diferencia entre una situación marcada por la rebelión popular y la crisis actual, donde la burocracia, el PJ y la expectativa electoral en un sector de las masas le han garantizado una tregua al macrismo. Siguiendo la tesis de que el peronismo no es un bloqueo para la izquierda, Altamira propuso la consigna «Fuera Macri» para elecciones provinciales en donde el macrismo no pasó el 20% de los votos, como en Tucumán o Córdoba. El Partido Obrero se jugó durante todo el gobierno de Macri a promover la rebelión popular contra el macrismo, pero no vamos a caer en la trampa de utilizar este eslogan como una consigna electoral que sea funcional al recambio fondomonetarista del PJ. Altamira afirmaba, por ejemplo, que el movimiento de la mujer ya había roto con los partidos burgueses y chocaba directamente contra el Estado, cuando el Plenario de Trabajadoras combatía dentro del movimiento de mujeres contra la influencia del kirchnerismo. Pronosticó una “situación pre-revolucionaria” si el proyecto del aborto era rechazado en el Senado. Luego, se opuso en forma vergonzante a la propuesta del PdT de una consulta popular por el aborto, sosteniendo que debían presentarse las firmas “en sede judicial” para evitar el Parlamento. ¡Cuando la ley debe ser votada por el Congreso! Altamira ha rechazado la reivindicación política que el PO y el PdT hacen de toda la marea verde, criticando aspectos parciales como las leyes de reforma de la Educación Sexual Integral o el uso del lenguaje inclusivo. En el fondo, rechaza que desarrollemos una intervención revolucionaria y de clase en el movimiento de mujer, descartando el protagonismo que ha suscitado en el propio PO y FIT como una presión “feminista”. Al rechazo al Frente de Izquierda, Altamira sumó luego la denuncia del Plenario Sindical Combativo, tildándolo de ser un acuerdo con “sectas”. El PSC ha reagrupado a la inmensa mayoría de los sectores de lucha en el movimiento obrero argentino y posibilitado una intervención común en conflictos obreros y paros nacionales. El grupo de Altamira ha ninguneado sistemáticamente el desarrollo del Polo Obrero, tildando de “asistencial” a una fuerza que ha conmovido al país con sus planes de lucha, tejiendo un frente único de acción muy importante contra la cooptación de Macri, Carolina Stanley y el triunvirato papal de organizaciones sociales. La posición de Altamira se opone a las vías de desarrollo político que el partido se abre en las masas. Propagandismo y elecciones Estas afirmaciones descabelladas fueron luego evolucionando a posiciones antielectorales. En un documento del grupo altamirista se afirmaba que “preferimos 2.000 obreros a 10 diputados”, como si la conquista de la clase obrera en esta etapa puede oponerse a la intervención revolucionaria en el proceso electoral. Este cretinismo antielectoral, viniendo de Altamira, fue especialmente llamativo, dado que fue quien, en 2011, desarrolló la posición de que la formación del Frente de Izquierda permitió recuperar la política socialista en las elecciones, priorizando y permitiendo una demarcación de clase sobre las peleas entre la izquierda. El cambio de posición, sin duda, estuvo motivado por el lugar que a Altamira le tocó jugar en cada momento. Cuando era él el candidato, la intervención electoral de los revolucionarios tenía determinado peso, y cuando él no fue candidato otro. Así, la subjetividad reemplazó el análisis objetivo de la acción política. Conforme desarrollaba estas posiciones, Altamira fue virando a una crítica ultrista y fantasiosa de la política del PO en las legislaturas y parlamentos. Denunció el voto en favor de la ley Micaela, ignorando nuestra propia posición, explicando los límites de esa iniciativa y el hecho de que la ley fue un reclamo concreto de familiares de víctimas de femicidios. Denunció el proyecto de Guillermo Kane de juicio político a la gobernadora Vidal por la masacre de Sandra y Rubén en Moreno, sosteniendo que el mismo, para prosperar, debía contar con el aval del PJ y el massismo. ¡Cuando, justamente, el proyecto sirvió para desenmascarar el sostén de estos bloques a Vidal! Mientras nuestros parlamentarios estaban en las calles enfrentando el plan de ajuste, Altamira desarrolló la tesis de una adaptación “parlamentarista” del PO. Un sinsentido, que sostuvo recurriendo a la falsificación de las intervenciones parlamentarias de Romina del Plá en el debate interno. Este retroceso político y teórico del grupo de Altamira mostró su tendencia a convertirse en un grupo propagandista, ante las dificultades y bloqueos que objetivamente presenta la lucha de clases para conquistar a las masas para nuestras posiciones y organizar a la vanguardia en un partido revolucionario. Esta involución política manifiesta vino de la mano de las consignas que este grupo planteó y de una revisión del método del Programa de Transición de la IV Internacional. Mientras éste busca trazar un puente entre la conciencia actual de los trabajadores y la toma del poder por la clase obrera, superando por esa vía la contradicción entre las madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la inmadurez subjetiva, el grupo de Altamira renuncia a estas consignas transicionales en nombre de “planteos de poder”, como la Asamblea Constituyente que, para colmo, son consignas que deben usarse de modo episódico, en tanto se trata de planteos democrático-burgueses que pueden ser usados por las fuerzas del régimen en su propio beneficio. El método del Programa de Transición es otro: la cuestión del poder atraviesa el conjunto del programa, articulando un sistema de consignas que impulsa la intervención de la clase obrera en choque con la clase capitalista. El Programa de Transición incluso valora las consignas llamadas ‘mínimas’, en tanto éstas sirvan para movilizar a los trabajadores contra el Estado, sus partidos y la clase capitalista. El eje del programa de transición es la conquista de las masas para superar el atraso subjetivo que impide terminar con el régimen de dominación del capital, largamente perimido por la historia. El grupo de Altamira ignora este método simplemente porque ha renunciado a conquistar a las masas a través de una lucha implacable de partido. Régimen interno y partido de combate El debate del XXVI Congreso conectó esta polémica de fondo con el régimen interno del Partido. Lo hizo de un modo peculiar, ante la denuncia sin fundamento de Altamira de que el partido estaba en un estado avanzado de burocratización. Pero la amplitud de la polémica por sí misma alcanzaba a refutar la tesis altamirista. Más aún, el debate suscitado en el partido, las polémicas en el Comité Nacional que eran de conocimiento de toda la militancia, los congresos regulares realizados anualmente, junto con conferencias especiales convocadas para distintos temas, mostraba una superación del régimen existente en el pasado, que tenía una impronta personalista extrema por parte de Altamira. El crecimiento del partido, de su influencia y de su militancia había impactado positivamente dentro del PO, pasando de un régimen de dirección fuertemente personal a uno colectivo. Esa transición no se hacía sin superar resistencias. El grupo altamirista vio en esa modificación un retroceso estratégico porque identificaba al programa del Partido Obrero con el propio Altamira. En un texto interno, Marcelo Ramal llegó al extremo de calificar a Altamira como el “hombre programa”. El retroceso a grupo propagandista fue acompañado con una alta dosis de mesianismo personalista. Luego de quedar en minoría en el reciente XXVI Congreso, Altamira y su grupo pretenden ahora una nueva modificación del régimen interno, pero que modifica radicalmente el carácter del propio partido. El PO es un partido de combate, basado en un programa revolucionario. Su régimen interno está adaptado a esa definición estratégica. El Estatuto del PO habilita el derecho de tendencia y fracción, para desarrollar lealmente el debate interno en el partido que puede asumir, en determinadas situaciones, la forma de una dura lucha política. A la vez, este amplio debate interno que, repetimos, puede alcanzar la formación de tendencias o fracciones, va de la mano de la defensa de la unidad de acción del partido sobre la base de lo que se vota democráticamente en los organismos partidarios. La realización de congresos anuales del PO es la expresión consecuente de este método político. Ahora bien, el grupo de Altamira se ha autoproclamado “fracción pública” para actuar como un partido propio, desarrollando hacia fuera de la organización sus propios planteos y actividades. Pero nuestro Estatuto no habilita tal “fracción pública” por una cuestión estratégica y no disciplinaria, que tiene que ver con la defensa de la unidad de acción de partido. Un principio innegociable, que proyecta al interior de la organización la defensa del frente único de clase. Por otro lado, la diferencia entre una fracción y una organización separada es el reconocimiento obligatorio para la fracción del congreso y el Comité Nacional que el congreso elige, algo que el grupo de Altamira se ha negado a hacer. El planteo de Altamira pretende modificar drásticamente el carácter del PO. Con su nueva concepción, en vez de un partido de combate pasaríamos a ser un “partido de tendencias», del tipo el PSOL de Brasil o el Partido Anticapitalista de Francia. En estos partidos, las tendencias actúan como partidos independientes, con su programa, propaganda y actividades. Sus congresos no son la instancia suprema de resolución de lo que el partido hará unificadamente, sino un registro de la relación de fuerzas establecida entre las distintas tendencias. Una versión de este partido nos fue propuesto por el PTS el año pasado. El Comité Nacional del PO rechazó dicho planteo, mostrando que la propuesta encubría un retroceso programático a posiciones movimientistas y democratizantes. En cambio, Jorge Altamira por su cuenta, en un “Altamira responde”, le pareció que la propuesta era saludable y llamó a abrir un debate para concretarla. El carácter del partido está determinado por sus objetivos estratégicos. Los llamados ‘partidos de tendencias’ que acabamos de enumerar se han formado sobre la base de renunciar al programa revolucionario. En el caso del Secretariado Unificado, esto llegó al extremo de que retiren de su programa la dictadura del proletariado. En el caso de Altamira y su grupo, la involución cobra otra forma: la de pretender transformar al PO en un grupo propagandístico, que renuncie a la conquista de la vanguardia obrera y a través de ella de las masas. En ese sentido, Altamira sigue un curso similar al de Guillermo Lora, dirigente histórico del POR boliviano, que nunca renunció de palabra al programa revolucionario pero destruyó al POR hasta reducirlo a una secta impotente. En el POR, ese retroceso estuvo determinado por las dificultades que encontró para superar al nacionalismo burgués boliviano, que al día de hoy sigue primando sobre las masas obreras y campesinas. Lora decidió reemplazar al Programa de Transición y su método político por el llamado a las masas a que se eleven al programa revolucionario, condenando al POR a la pasividad. Los cuadros del PO tuvieron la posibilidad de ver esta involución del POR y crearon los anticuerpos para evitar que la historia se repita en nuestro partido. Las divergencias planteadas por el grupo rupturista bien podrían ser parte del debate del propio partido. Nuestro método de congresos anuales regulares y la publicación de las posiciones en boletines internos ofrecían el marco para desarrollar una lucha política leal. La decisión de Altamira de avanzar en una ruptura, autoproclamando una fracción pública que es, de hecho, otro partido, muestra un grado pronunciado de descomposición política. La tesis del «hombre- programa» defendida hasta el bochorno por Ramal ha encubierto con un barniz revolucionario una posición pequeño-burguesa de priorizar apetitos personales sobre el propio partido. La vigencia del PO La asimilación crítica de esta experiencia del POR fue reforzada por la acción del Partido Obrero, que ha conquistado para sus filas a cuadros revolucionarios probados de distintas generaciones de revolucionarios. En el PO están los cuadros que vienen de los ’60 y ’70, que fundaron la organización y atravesaron la criminal dictadura de Videla y Massera, junto con quienes se incorporaron en la lucha contra la experiencia democrática del alfonsinismo, los que enfrentaron la década del ’90, en momentos de restauración capitalista a nivel internacional. Estos cuadros y la inmensa mayoría de la militancia es la protagonista ahora de una lucha de importancia histórica y estratégica: defender al Partido Obrero contra una fracción liquidacionista impulsada por su fundador. La vitalidad de nuestro partido, su carácter revolucionario y sus reservas enormes de lucha están permitiendo lograr lo que ningún otro partido que se reclama de la IV Internacional lograra hasta el momento, que es superar las tendencias liquidacionistas cuando éstas vienen de su dirigente fundador. El golpe que implica para el Partido Obrero la ruptura precipitada por Altamira deja, sin embargo, este saldo favorable, que pasa a ser parte de nuestro acervo político y teórico. La vigencia histórica de nuestro partido está asegurada por sus cuadros y su militancia, que han asimilado las lecciones de la lucha de clases, incluso cuando ésta impacta dentro de su propia organización. La política de nuestro Partido Obrero, frente a esta escisión artificiosamente provocada es y será que todos aquellos dirigentes y compañeros que quieran reincorporarse, con honestidad a la lucha revolucionaria del Partido Obrero, tienen aquí su lugar. Más que nunca, ¡viva el Partido Obrero! ¡Vamos por la unidad internacional de los trabajadores, por la refundación de la IV Internacional y el socialismo! 04/07/2019

1 de agosto de 2019
Por qué una fracción pública del Partido Obrero

Al Comité Central y al conjunto del Partido Obrero (para el boletín interno) “No somos autocomplacientes, y mucho menos autoproclamatorios. No nos valemos del congreso para darnos manija. Construimos un partido y desarrollamos nuestros congresos para entender la realidad de la forma más descarnada y, de este modo, salir templados en la concepción política y en nuestra condición de militantes (…) Queremos entender lo que ocurre y queremos tener las conclusiones que se desprenden de eso que hemos entendido. Se produce, entonces, una suerte de entusiasmo profundo, que nace de una convicción, que nace de buscar ver más lejos, que nace de la disposición -que nunca va a tener un partido autocomplaciente- de verificar en la práctica el acierto o el error de las conclusiones” (…). (…) “Nosotros somos un partido de militantes, o sea de personas con carácter, que sostienen con firmeza sus convicciones y el interés de conjunto de los explotados. Defender ese interés de conjunto contra las pendencias y las intrigas, es tener carácter. Esquivar maniobras es tener carácter; lo es enfrentar cualquier maniobra (…). El carácter se forja en las luchas, discusiones, en congresos y en un partido que no es autocomplaciente, que culmina un congreso con la convicción íntima de la victoria y no con la expresión superficial de una alegría sin consistencia”, Jorge Altamira en Los desafíos de una transición histórica . Nuestro Partido Obrero atraviesa una crisis política incuestionable. El carácter de esta crisis está determinado por la tentativa explícita de romper la continuidad histórica del partido -o sea sus principios, su estrategia y sus métodos. La expresión grotesca de esta política es la proscripción política de Altamira al interior del partido; el establecimiento de un comité de censura en la prensa; la prohibición a sus charlas sobre el Cordobazo en Tucumán, Salta y Santa Fe, que tuvieron lugar de todos modos por el voto mayoritario de los comités respectivos; la supresión de cualquier mención a su persona en el folleto editado para el aniversario del Cordobazo, para menoscabar que fue uno de los principales organizadores de nuestra intervención en esa huelga histórica, como ocurrió luego en el Argentinazo. Se trata de expresiones burdas de una política que tiene un carácter de conjunto. Sobre estrategia Para un partido revolucionario, toda lucha de clases es una lucha política -es decir, un planteamiento de poder. Esta ha sido la historia de nuestra Política Obrera-Partido Obrero. Las altas y bajas de esa lucha de clases no modifican esa metodología, solamente modifican la forma del planteamiento. En esto consiste el progreso del Programa de Transición sobre la muralla que estableció el reformismo entre el programa mínimo y máximo en su período de ascenso. A fines de marzo de 1976, en el momento de mayor derrota de la clase obrera, nuestro partido planteó “Fuera la dictadura”. La política revolucionaria no pierde vigencia en períodos no revolucionarios -se orienta simplemente a preparar, en términos de propaganda, agitación y organización política, la actuación revolucionaria en los períodos revolucionarios que sobrevendrán. Es así como planteó la IV Internacional la lucha contra el fascismo y la guerra imperialista inminente en ese mismo Programa de Transición. Este método estratégico vale en plenitud en la época actual, luego de la enorme crisis capitalista que siguió a la disolución de la URSS, tanto en 1997/8 y, por sobre todo, en 2007/8. Los flujos y reflujos se combinan como consecuencia del derrumbe capitalista, con sus giros políticos más extremos, en toda esta etapa histórica tomada en su conjunto. En Argentina, la fulgurante victoria del macrismo en las intermedias de 2017 fue seguida por un desplome político sin precedentes como consecuencia de un derrumbe financiero y una crisis industrial, en el marco de las movilizaciones de finales de 2017. En contraste con este método cuartainternacionalista, se ha desarrollado en el partido una corriente que pregona la adaptación al proceso político en nombre del ‘realismo’, que solamente admite un planteo de poder cuando las masas desatan una ofensiva potencialmente revolucionaria. Se trata de una adaptación electoral a la crisis política. La tarea de un partido obrero es plantear un camino, no seguir el camino que le imponen los hechos, como el acoplado de un camión. El planteo de un “sistema de consignas” fue un conejo sacado de la galera, completamente caprichoso, para bloquear el desarrollo de una estrategia política, con el argumento de que un planteo de poder emerge solamente cuando los explotados siguen al pie de la letra una serie de condicionamientos inventados en forma arbitraria, y no como consecuencia de la crisis del capitalismo y del régimen político. En este artificio, la defensa incondicional de la URSS, por ejemplo, planteada en 1938, habría debido esperar a una generalización previa de las luchas de la época o a la victoria obrera en las guerras civiles de aquel momento, o a cualquier otro esquema arbitrario, y no al desafío político objetivo de una guerra inminente. Con el tiempo, este “sistema de consignas” completamente pedante, se convirtió en el santo y seña ‘teórico’ de un bloque faccional. Con anterioridad a ello, sin embargo, durante 2016 y en el congreso de principios de 2017, el mismo grupo dirigente caracterizó la existencia de “una crisis de poder” en los primeros ‘mejores’ meses del macrismo, y lanzó un ataque violento contra un “comentario” que sostenía lo contrario, a saber, que no había “una crisis de poder” -que las parlamentarias de 2017 se encargaron de confirmar. En una re-interpretación reformista del Programa de Transición, en el llamado “sistema de consignas”, las reivindicaciones transitorias se suceden unas a otras en forma escalonada, con independencia de los problemas planteados por la crisis política, cuando el Programa de Transición es la articulación de un planteo de poder, no un esquema etapista. Cada una de sus reivindicaciones responde a la crisis tomada en su conjunto y plantea una cuestión de poder -desde un reclamo por el precio del pan que desata una crisis política e incluso una revolución (Egipto, 2011; Sudán, 2018), o cuando eso lo produce el suicidio de un vendedor ambulante al que la policía secuestró sus mercaderías (Túnez, 2011). El Cordobazo y el Argentinazo han sido dos casos ejemplares de una articulación orgánica de la crisis capitalista -lo mismo vale para los “chalecos amarillos” y, antes, para “noches despiertas”, en Francia. El Programa de Transición da una respuesta política concreta a cada aspecto de la crisis y de la lucha de las masas, y desenvuelve las relaciones recíprocas que las anudan -de ningún modo es un menú con primero y segundo plato, bebida y postre. La circunstancia de que el PTS e IS adopten una posición similar a la del grupo dirigente del PO está marcando un retroceso político del Frente de Izquierda tomado en su conjunto, y un remarcado electoralismo. Un planteo de poder significa una campaña sistemática de agitación política -no un artículo apresurado en la prensa partidaria, cuando algunos impresionados por la desvalorización del peso en el mercado de cambios creen que la revolución es inminente y temen una victoria política de quienes han definido como sus adversarios internos. El argumento de que un planteo de poder está condicionado por el estado de las masas, con independencia de la situación en su conjunto, vale desde el punto de vista táctico -o sea, que no sería el momento para impulsar una rebelión o insurrección para la toma inmediata del poder. Desde el punto de vista de la agitación y la organización, la ausencia de ese planteo de poder es, en cambio, un freno político, en primer lugar, para los obreros avanzados y para el reclutamiento. Si las masas no se movilizan todavía con el mayor de los ímpetus contra un gobierno al que odian profundamente o no liberan aún a los sindicatos del yugo de la burocracia, debemos indicarle una alternativa política de poder -no responsabilizarlas porque no se estarían movilizando para derribar al poder existente. Incluso es falso que no lo hicieran -ahí tenemos el 2×1, las históricas marchas por el aborto legal y el “ni una menos”, las luchas docentes y la huelga universitaria, varios paros generales y movilizaciones masivas (21F), que incluyeron rebeliones contra la burocracia en importantes en sectores de la UTA, ocupaciones fabriles, como la gran toma de AGR Clarín y las jornadas del 14 y18 de diciembre (los teóricos del reflujo las caracterizaron, en su momento, como “un punto de inflexión”, e incluso se atrevieron a pronosticar la inminencia de “un estado de excepción”, en momentos en que esta expresión equívoca se puso de moda). Muchas rebeliones populares en la historia han sido precedidas por reflujos y derrotas, de las cuales los obreros insurgentes sacaron las enseñanzas para encaminarse a una rebelión. De ahí el dicho de que “la revolución es imposible hasta que se hace imprescindible”. Las rebeliones populares han puesto en evidencia una fenomenal crisis de dirección, cuya profundidad está reflejada en la crisis política en nuestro partido y en el retroceso programático sideral del resto de la izquierda y del Frente de Izquierda. En el Argentinazo, al lado de nuestro planteo político (Asamblea Constituyente), el resto de la izquierda desarrolló, unos (PTS), un antagonismo con el movimiento piquetero, y el conjunto de ella, una política de división de las asambleas populares y de oposición a un frente de izquierda, que fue debidamente apoyada por el gobierno y los partidos patronales. Los arquitectos del “sistema de consignas” no aprendieron nada del Argentinazo. El kirchnerismo se empeñó en la defensa consecuente del gobierno y del régimen político con el slogan de esperar a 2019 y, luego, “tenemos 2019”. Solamente un litigante faccioso puede sostener que “Fuera Macri, Constituyente soberana, gobierno de trabajadores”, es “funcional” al kirchnerismo Es, al revés, el método mismo de diferenciación con el kirchnerismo, porque contrapone dos programas y dos métodos de acción en la oposición al gobierno macrista. El procedimiento de diferenciación que consiste en denunciar a todos los protagonistas de la política (Macri, K, Massa, gobernadores, intendentes, el Papa, Lavagna, etc.) marca un nivel grosero de despolitización y funciona como autoproclamación de una izquierda que sigue siendo el extremo minoritario de todo el arco político. En la lucha contra el gobierno hambreador, el PO plantea una alternativa de clase (Constituyente soberana, gobierno obrero); ésa es la diferenciación política. La tosquedad del planteo del oficialismo partidario bloquea la posibilidad de ganar a los trabajadores que se inclinan a los K, como salida inmediata al llamado ajuste. La inexistencia del FIT como fuerza unificada militante concurre para que las masas no vean otra salida al impasse. Un programa que no plantea la cuestión del poder y la acción directa política de masas deja de lado la estrategia de la revolución socialista -es decir, el desarrollo de la conciencia de la revolución proletaria de la vanguardia y en las masas. Estamos ante un desvirtuamiento del programa y ante un quiebre con la historia política de Política Obrera-Partido Obrero. En el texto ‘alternativo’ presentado al reciente congreso, que la dirección juzgó que no era tal y no lo hacía votar, salvo cuando militantes de base lo mocionaban, se dice: “La acelerada fuga de capitales y la megadevaluación de mediados de 2018 pusieron de manifiesto (…) la supremacía de las crisis del capital sobre las elucubraciones del Estado capitalista, así como la prevalencia de la decadencia del capitalismo y sus colapsos reiterados, por sobre las ideologías desarrollistas o neo-liberales. Han sido otra demostración de la vigencia del materialismo histórico”. La crisis del capital y de su Estado es el punto de partida de la estrategia y del programa del partido proletario. El argumento en contra de un planteo de poder ganó fuerza en la dirección cuando se acercó, precisamente, el proceso electoral. La crisis política fue subordinada a las elecciones, y las elecciones a la subordinación de la crítica al gobierno a la crítica al kirchnerismo -convertido en el enemigo electoral principal. Metodológicamente, un revolucionario debe proceder de otra manera: debe convertir el ataque al poder político en el elemento delimitador de las otras fuerzas patronales, que se esfuerzan, sea por pactar con el gobierno o por socorrerlo frente al temor de que se desencadene una lucha de masas. La crítica integral a las fuerzas políticas del capital arranca del ataque a las fuerzas que están en el poder del Estado, hasta cubrir a la totalidad del espectro patronal, por su rol en la defensa del orden existente. En cambio, el ángulo de la actual dirección del PO es electoralista, hace abstracción del conjunto del cuadro de poder de la burguesía, para concentrarse en una disputa con el rival electoral inmediato, que por fuerza asume un carácter abstracto, verborrágico, y no una confrontación en una lucha de clases directa. En un reciente artículo en Prensa Obrera, que informa sobre las reuniones del FIT con el MST, se insiste en describir un posible frente con el MST como un frente anticapitalista (no revolucionario ni socialista), ni qué decir cuando se convoca a Zamora. Lo no tan curioso es que se ha integrado a las listas del FIT a Poder Popular, reiteradamente denunciado como… ¡kirchnerista! Un frente del FIT con el resto de la izquierda no puede admitir que el PO suscriba ninguna definición democratizante. El proceso electoral ha acentuado la crisis política, en contradicción con el objetivo de los partidos patronales de obtener de las elecciones un realineamiento menos precario para enfrentar la crisis de conjunto. Esto impone la necesidad de desarrollar un planteamiento estratégico, un planteamiento de poder -¡es lo que hacía incluso el reformismo del siglo XIX, que reservaba para las elecciones el “programa máximo”! El paso atrás de CFK en la fórmula pejotista es la evidencia más flagrante de la profundidad de la crisis, porque busca atenuar “la grieta” para armar una coalición amplia y, por otro lado, se guarda como recurso último de la crisis. El macrismo tambien se encuentra presionado a recurrir a una ‘coalición’ (Pichetto) y hasta especular con colectoras para salvar el pellejo de la ‘invencible’ Vidal. Mientras tanto, el aparato de los gobernadores que recurrieron al desdoblamiento para salvar sus territorios pasa a ser objeto de disputa en la recta final. A esto hay que agregar las operaciones del aparato judicial contra unos y otros, y el desarrollo de la crisis financiera internacional, la crisis por Venezuela y las que emergen en Brasil, Colombia, Haití y otros. El llamado de Bolsonaro a no votar a F-F pone en evidencia que las elecciones en Argentina son parte de una crisis política internacional, en cabeza del imperialismo yanqui. Este proceso electoral no resuelve la crisis, desatada por la crisis financiera y el derrumbe industrial, ni el peligro de un ‘defol’, a pesar del FMI. Es necesario destacar más que nunca el planteo de Constituyente soberana y gobierno de trabajadores, y ligar las reivindicaciones (incluidas la ruptura con el FMI y el repudio a la deuda) a la cuestión del poder, del gobierno de la clase obrera. La renuncia a los planteos estratégicos en función de que ‘no serían entendidos’ o ‘que las masas no dan’, representa una adaptación política al régimen. Con este método de rechazar lo que las masas no entienden porque tampoco se las ha convencido de ello, los planteos de romper con el FMI o no pagar la deuda entrarían en el rubro de lo ‘incomprensible’ -es que esto mismo ya supone una independencia política considerable de los trabajadores. El asunto del repudio a la deuda debe ser asociado al planteo político de la Constituyente soberana. La anulación de la deuda será determinada por otro régimen político, bajo la dominación del proletariado. Movimiento obrero En vísperas de nuestro anterior congreso partidario (abril 2018, dos semanas antes), el Comité Nacional saliente intentó alterar el eje político establecido en el documento de convocatoria y los propios debates precongresales. Ese eje había estado centrado en una táctica de frente único de la clase obrera, que comportaba como consignas fundamentales un Congreso de bases de las centrales sindicales y congresos obreros convocados por sindicatos clasistas. Pero en las vísperas del XXV Congreso, la entonces dirección consideró que “no pasaba nada en la clase obrera”, incluso cuando sólo tres meses antes había caracterizado como “punto de inflexión” a las jornadas de diciembre de 2017. Ahora proponía, de nuevo, “un congreso del movimiento obrero y la izquierda”, pero no para elevar al FIT a un desarrollo estratégico en la clase sino como marco para negociar las listas electorales. En oposición al “congreso de la izquierda”, defendimos en el XXV Congreso el planteo de un congreso obrero liderado por el Sutna y los sindicatos dirigidos por el clasismo, para dar una lucha por un congreso de bases de los sindicatos y centrales obreras, y la preparación de un paro activo y la huelga general. El compromiso precario alcanzado en aquel congreso entre una y otra posición tuvo como resultado al “plenario de Lanús” -o sea, ni un congreso obrero, aunque se lo denominó de esa manera, ni un congreso de la izquierda. Del cruzamiento salió un acuerdo de tendencias político-sindicales de izquierda. El planteo del Congreso obrero ponía en lugar de vanguardia al Sutna frente al conjunto del movimiento obrero y servía al desarrollo del clasismo en sectores más amplios del sindicato mismo, para impulsar una renovación del movimiento obrero y un nuevo reagrupamiento de fuerzas en su seno. El movimiento de desocupados vinculados con los ‘planes sociales’ se ha reanimado como consecuencia del aumento de la miseria social. Emergió de aquí el llamado “triunvirato vaticano”, para organizar una base de masas bajo control clerical y masa de maniobras de un retorno K. El Polo Obrero se ha desarrollado en conexión con este aumento de la miseria y sufrimiento de masas y, al mismo tiempo, en oposición al llamado “triunvirato vaticano”. La perspectiva política del Polo está condicionada a la lucha de clases considerada en su conjunto, no será el resultado solamente de un esfuerzo de carácter organizativo. El Polo Obrero necesita de un plan de politización que desarrolle una fuerte conciencia de clase y que convierta a estos sectores más concientes en militantes cuartainternacionallistas. El Polo Obrero no es un fin en sí mismo -debe converger, por medio de la acción del partido, a la formación de comités de lucha, de acción y de consejos obreros, con el conjunto de la clase. Esta estrategia debe ser promovida por medio de una capacitación política y reclutamiento al partido en torno de nuestro programa. Esa politización debe servir a la conquista de los compañeros sin trabajo que se encuentran bajo la dirección del clericalismo punteril. Parlamentarismo El cuestionamiento al electoralismo ya había tenido lugar en ocasión de las parlamentarias de 2017, cuando se armó una campaña de plataformas locales en detrimento de una agitación nacional; los reclamos locales primaron sobe la agitación política y, por primera vez en la historia del PO, desapareció el planteo de gobierno de trabajadores, luego de un saludo a la bandera al inicio de la campaña. El tema del parlamentarismo, en estrecha conexión con el electoralismo, se avivó dentro del partido con motivo de diversos factores, entre los cuales figuraba la escasa o nula convocatoria de la “asamblea parlamentaria nacional”, como se había establecido en 2013; la ausencia de una agenda parlamentaria pública y la preparación de la agitación política de ella; la aparición de iniciativas de carácter puramente parlamentarias, que cuestionaban el método de la lucha de clases y la acción directa de las masas. La desorganización de nuestra actividad llevó, por ejemplo, a que votáramos a favor del cupo parlamentario femenino en Salta, en contra de él en Buenos Aires y a la abstención en el Congreso Nacional. Entre los parlamentos y el partido y la militancia existe una brecha, que pone en cuestión el método de usar el foro parlamentario para la propaganda socialista -incluso si se convocan a “audiencias públicas” para temas candentes y luchas parciales. El acompañamiento o no al reclamo del macrismo para “inhabilitar moralmente” a De Vido desató un debate sobre el carácter de nuestra actividad parlamentaria. Un año antes, el bloque del PO había propuesto el desafuero de De Vido a pedido de un juez. La iniciativa de apoyar la ‘inhabilitación’ promovida por el macrismo no se concretó luego de un debate en un CC convocado de emergencia, donde se votó rechazar la maniobra del bloque de Cambiemos para ‘habilitar moralmente’ al macrismo. En la Legislatura bonaerense, por otro lado, fue impulsado el juicio político a Vidal, luego de los derrumbes escolares fatales en Moreno, lo cual suponía una alianza con el massismo y los K, que colaboraban con el gobierno en la Legislatura. En el Congreso, y frente al acuerdo con el FMI, se impulsó un proyecto de ley para que se convoque a un referendo. Las críticas que formulamos a estas iniciativas fueron respondidas por Guillermo Kane, diputado, reivindicando una política de ‘acción positiva’ en las legislaturas, en oposición al “charlatanerismo” de quienes ven al parlamento principalmente como una tribuna de propaganda socialista. Esta respuesta cristalizó una diferencia política acerca de la conducta de los socialistas respecto de la actuación parlamentaria. En ninguno de los casos mencionados se observa una conquista real para los trabajadores, como lo fueron, en 2002, la reducción de la jornada laboral en el subte, la aprobación de la gratuidad de la vacuna contra la Hepatitis A para los menores de doce años o el resarcimiento a los ex ypefianos en 2014. Hace pocas semanas, Arturo Borelli, legislador salteño renunció al PO, sin renunciar a la banca ni a la dieta, luego de una trayectoria de parlamentarismo ‘constructivo’ (el Informe de Actividades del Comité Nacional menciona la aprobación de su proyecto para crear un Jardín Botánico). El socialismo revolucionario ha señalado los límites insuperables del parlamentarismo burgués desde sus inicios; hoy, en plena descomposición capitalista, el Parlamento ha derivado, por un lado, en una mera cámara de registro de las formas más despóticas del Estado capitalista, y del otro, en una aceitada maquinaria de engaño y bloqueo de las reivindicaciones de las masas. En este cuadro, la misión prioritaria del parlamentario revolucionario es la de ejercer la agitación y la denuncia implacables contra el régimen -o sea, el “charlataneo” que ha sido denostado por la actual dirección del partido. La utilización del Parlamento para el impulso y la organización de reivindicaciones obreras y populares, en estrecho vínculo con el movimiento real que las promueve, sea en la juventud, sindicatos o movimiento de mujeres, debe estar ligada a una agitación a favor de la acción directa de los trabajadores y sus organizaciones (así ocurrió con la mencionada lucha por las seis horas del Subte, en la Legislatura, impuesta finalmente con una huelga general). Nuestra acción parlamentaria no debe abrir la puerta de ningún modo a la componenda siquiera potencial con los bloques capitalistas, como ocurriera con el señalado pedido de juicio político a Vidal, que nunca fue una reivindicación popular -como sí lo fue el “Fuera Vidal” entre la comunidad educativa- y ha caído en el olvido. Rechazamos el apoyo de parte del FIT a la ley Micaela, que habilita a una “capacitación de género” a los funcionarios del mismo Estado responsable de la violencia contra la mujer. Un paso en falso en la acción parlamentaria -como en cualquier otro plano de la intervención política- puede superarse en el marco de un balance y debate colectivos. En cambio, se calificó a esta crítica formulada en el período precongresal, como “un ataque al PO y sus parlamentarios”, confundiendo al partido con un sector reducido de miembros, que tampoco recaban el apoyo previo del partido a sus iniciativas. La intervención electoral y parlamentaria de un partido revolucionario debe ser defendida como una palanca para la irradiación de las ideas revolucionarias y para servir a la lucha de clases en un sentido general. El revolucionario rompe la muralla que trazan los partidos parlamentaristas y el pueblo trabajador, mediante la unificación de la labor del tribuno parlamentario con la militancia partidaria, en primer lugar, y el conjunto de la vanguardia obrera, de inmediato. Derrotismo La dirección ha intentado desenvolver una polémica acerca de la situación internacional, por la que no se ha interesado ni capacitado en el pasado. Por eso, el giro faccional de los argumentos en esta polémica ha sido muy acentuado y linda en la difamación. Cuatro palabras de un texto de Altamira de cuarenta mil caracteres (la “burguesía ha perdido la iniciativa estratégica, la cual ha pasado potencialmente al campo de la izquierda revolucionaria”, en “Panorama mundial”, EDM N° 52), han servido para desatar toda suerte de ataques, sin la menor impugnación al extenso texto. La selección no es, sin embargo, caprichosa -incluso es un verdadero hallazgo. Es casi una confesión de partes, pues viene a decir que el Partido Obrero excluye la posibilidad, incluso potencial, de asumir una iniciativa histórica en el período próximo. Lindo aliciente. ¿Es posible expresar el derrotismo propio de una manera tan contundente, y el deseo de recorrer como alternativa una larga, muy larga trayectoria parlamentaria? Es el Programa de Transición de la IV Internacional, escrito en plena reacción política (1938) el que, a partir de la decadencia del capitalismo, traza el método para conquistar esa iniciativa, por medio del desarrollo de una política que una los conflictos y luchas cotidianos (incluidas especialmente las crisis políticas) con la revolución obrera. El precario arsenal teórico de la dirección la ha llevado a cuestionar el Programa de la Cuarta sin siquiera darse cuenta de ello, pero con conciencia aguda de los alcances parlamentaristas de este cuestionamiento. Ya en el plano continental, los hechos se han apresurado a poner en crisis a nuestros expertos. Altamira había anticipado la victoria de Bolsonaro, el año pasado, de la mano del imperialismo, luego de haber advertido sobre su papel en la política brasileña, en el acto contra la detención de Lula que hicimos con el PTS frente a la Embajada de Brasil. En contraste con esto, Pablo Heller vaticinó la victoria de Haddad y el apoyo “hasta el final” del imperialismo al candidato del PT. Las conclusiones de este pronóstico más complejo se tradujeron en las tesis de la Conferencia Latinoamericana de noviembre pasado, elaboradas por el mismo Altamira. Cualquiera que siga el curso de los acontecimientos en Brasil convendrá en que la burguesía no logra concretar una iniciativa estratégica ni siquiera después de haber conseguido un Bolsonaro, mientras las masas se rearman con huelgas y manifestaciones de gran magnitud. América Latina en su conjunto enfrenta crisis de regímenes políticos sin precedentes, con una internacionalización de los conflictos, como no se ve desde 1962, cuando ocurrió la crisis de los misiles en Cuba. El trabajo de la dirección para la Conferencia Latinomericana fue nulo, precisamente porque el protagonismo teórico de Altamira ponía en dificultades la política de quebrar el hilo de la continuidad histórica del Partido Obrero. Ello se tradujo en un escaso trabajo de promoción entre la militancia; en una pobre participación de sus miembros y, finalmente, en el intento de alterar sus conclusiones políticas, cuando en su jornada de cierre se lanzó una ofensiva acerca del ‘fracaso’ de la conferencia de parte de la misma dirección, quien propugnó que el llamamiento se refiriera a una “ofensiva derechista” en América Latina, que justificara el ‘realismo’ del electoralismo local. En textos posteriores, estos mismos dirigentes denostaron la Conferencia Latinoamericana e, incluso, nuestro trabajo internacional en un plano más general, al que le opusieron la experiencia supuestamente “más exitosa del PTS”, sin la menor alusión a las premisas estratégicas de uno u otro trabajo internacional, o probablemente para acercar el derrotismo oportunista de unos y otros. El pretendido “éxito” del PTS fue caracterizar como catastrofista el pronóstico del PO acerca de la inminencia de una bancarrota internacional desde principios de 2007. La pretensión de archivar el impasse histórico del capital al lugar de una categoría teórica sin implicancias políticas, o sea inocua; el derrotismo respecto del rol de la clase obrera; todo esto aproxima al Partido con el morenismo. La ausencia de una polémica política organizada en el FIT -que nosotros hemos reclamado reiteradamente- y, en su lugar, la mera pelea de candidaturas, es la más cabal expresión de hasta dónde han sido disueltas nuestras delimitaciones históricas. Quienes suscribimos esta plataforma adherimos efectivamente a las Tesis Programáticas de la CRCI, que señalan que “desde un punto de vista histórico de conjunto, la etapa actual forma parte de toda una época, que arranca con la Primera Guerra Mundial y las revoluciones que la sucedieron, fundamentalmente la revolución de Octubre de 1917”. Frente de Izquierda Desde el mismo momento de su creación se manifestó una divergencia de caracterización acerca del FIT, que se acentuó luego de la derrota en las Paso de 2015, para la categoría presidente. La coincidencia en que se trataba de un frente electoral de independencia de clase, daba paso al desacuerdo de si era un frente democratizante o revolucionario. Los frentes políticos de izquierda, al igual que los ‘gobiernos obreros’, pueden asumir características diversas, desde liberales a revolucionarios, según el alcance estratégico de ellos, más allá de su independentismo formal. En el FIT, los grupos democratizantes mismos se distinguen entre ellos, como se manifiesta en el seguidismo o incluso el apoyo de Izquierda Socialista a los grupos reaccionarios en Medio Oriente, Ucrania y Rusia o Venezuela. La negativa rotunda a caracterizar al FIT como democratizante le otorga a éste un alcance estratégico o permanente, sembrando una confusión enorme en los obreros más avanzados y luchadores acerca de la estrategia misma de la revolución proletaria y, lo que se desprende de esto, de la construcción de un partido revolucionario, que solamente puede desarrollarse en base a la delimitación política. Es claro que un frente reducido a las elecciones es democratizante, lo mismo que sus consignas mediáticas (“renovación”, “con la fuerza de los trabajadores y la juventud”), incluso cuando raramente se hace referencia a un gobierno de trabajadores es, en su acepción, liberal o democratizante. La participación en un frente democratizante formalmente independiente debe agotar al extremo los medios de delimitación política -o sea, no solamente por medio de polémicas estratégicas sino también por una agitación y una política propia en las campañas comunes. Esas polémicas han sido sustituidas por denuncias faccionales entre unos y otros, vinculadas con intereses contradictorios en cuanto a figuración o aparato -como sería el caso de quién debe cerrar los actos o los períodos de rotación de los cargos electos. En materia parlamentaria han habido coincidencias a pesar de integrar bloques diferentes, como en planteos de plebiscitos (con fundamentos democratizantes en los considerandos de los proyectos de leyes presentados), desafueros y leyes de género, entre otros (Micaela). Diferente habría sido que sometiéramos una agenda revolucionaria en el Parlamento a una discusión abierta, que sirviera a la acción común y a distinguir las posiciones de unos y otros. Al juzgar nuestro retroceso en Córdoba, la actual dirección del PO y el PTS han coincidido en un balance derrotista. Ese balance le achaca nuestra caída electoral a las propias masas, y su “sometimiento a los partidos capitalistas”. (El balance oficial de estas elecciones en Prensa Obrera fue titulado como “El anti-Cordobazo de Schiaretti” ). En cambio, exonera al propio Frente de Izquierda de su responsabilidad política, en primer lugar, porque aparece en el escenario electoral en forma episódica, sin un trabajo estructural previo. Está ausente el balance propio, porque se procura salir indemne de la experiencia misma, sin menoscabo de una pérdida fenomenal de votos, incluso con el retiro electoral del kirchnerismo. Asimismo, no hubo una campaña centrada en una salida política obrera y socialista a la crisis, y sí una deriva, particularmente, hacia el feminismo, con la pretensión de recolectar sufragios con posiciones reñidas con el objetivo de la organización de clase y socialista de la mujer. Se trata de una campaña que apunta al voto en detrimento del reclutamiento. Una campaña estratégicamente orientada hubiera contribuido a una capacitación y a un reclutamiento sobre bases revolucionarias, que es el primer objetivo que debemos perseguir en una campaña electoral. La tendencia a disolver al partido en el FIT, desde el punto de vista del programa y de la estrategia, es parte del hilo conductor del propósito de romper la continuidad histórica del partido. Que ello ocurra en un frente que no se caracteriza por la acción común, es tanto más significativo. Luego de un coqueteo con la Constituyente soberana, el año pasado, que para el PTS no era una consigna de poder, el FIT ha coincidido en caracterizar la etapa política como de reflujo y ofensiva capitalista, e incluso de derechización, y concluir que la campaña electoral no debe levantar planteamientos de poder. El círculo democratizante envuelve a todos los integrantes del FIT, ni qué decir de lo que ocurrirá si llega a acuerdos con AyL, MST y Nuevo MAS. Planteamos: El FIT es un frente formalmente independiente de la burguesía, de contenido democratizante. Es un episodio político transitorio que debe concluir en el desarrollo del partido revolucionario o, en caso contrario, en la disolución política. Es necesaria una sistemática delimitación de posiciones de alcance estratégico y el rechazo de polémicas faccionales. Con independencia de la separación en bloques diferentes, es necesario plantear al conjunto del FIT, en forma pública, una agenda parlamentaria socialista, con vistas a un uso revolucionario del Parlamento. Al reclamo correcto de un FIT unido en la acción política cotidiana, el PO debe desarrollar una propaganda y una agitación política en sus propios términos, incluidas campañas políticas. En la presente campaña electoral planteamos “Fuera Macri, Constituyente soberana, gobierno de trabajadores”, ligadas al derrumbe económico y a la crisis política y, alternativamente, “Contra el gobierno entreguista y los partidos entreguistas del capital: Constituyente soberana, gobierno de trabajadores”. Este último planteo trasciende las elecciones y se convertirá en la plataforma de oposición socialista a un nuevo gobierno, incluido uno de F-F. Feminismo La emergencia de un gigantesco movimiento de lucha de la mujer, a escala mundial, no ha sido integrada a la caracterización política de conjunto, como una manifestación de la tendencia internacional a un ascenso de las masas explotadas. Esto es sorprendente de parte de una corriente -la oficial-, que se empeña en una demagogia feminista sin delimitaciones de clase. Detrás de la fraseología de los medios de comunicación acerca del carácter pequeño burgués del movimiento, se omite a su inmensa mayoría trabajadora, aunque la de origen fabril o humilde todavía deba integrarse a la lucha. El movimiento feminista en el último cuarto de siglo se ha distinguido de sus precedentes por el carácter policlasista, en especial como consecuencia del derrumbe de los partidos obreros -reformista-neoliberal y stalinista. El pretexto de evitar una relación sectaria con él ha redundado en un abordaje oportunista -o sea, de adaptación a un feminismo excluyente de la lucha de clases. La opresión de la mujer tiene un carácter clasista no sólo históricamente, sino porque sirve a la reproducción de la sociedad capitalista y a la tendencia del capitalismo a disolver la organización familiar sin poder proceder a la socialización del conjunto de la vida social. La decadencia capitalista constituye un límite absoluto a la emancipación de la mujer, porque sobre ella y sobre la niñez recae la carga mayor de la creciente miseria social. La conversión de la prostitución en una gigantesca empresa capitalista, conectada al aparato del Estado y a los bancos que lavan el dinero del negocio, es su demostración más concluyente. La crisis de dirección de la clase obrera y los explotados se manifiesta en forma cabal en el predominio de la orientación feminista pequeño-burguesa del movimiento. Se trata de una vía sin salida, como lo demostró el feminismo de los ’70, porque se escinde ante las contradicciones políticas que dominan la vida social y se alinea con los partidos burgueses y pequeño-burgueses que dominan el escenario político. La consecuencia de ello es la derrota o la cooptación, incluso la tendencia a la reversión de conquistas ya establecidas. Con el mayor empeño en integrar el movimiento de lucha de la mujer, la izquierda marxista debe esforzarse en presentar sus propias perspectivas, caracterizaciones y consignas, y desarrollar la organización socialista de la mujer. Mientras nuestro partido mantiene de palabra un planteo socialista, en la práctica se diluye en el feminismo. En un pasado no tan lejano, enfrentábamos la violencia doméstica y el femicidio con el planteo de la organización combativa de la mujer en los barrios e incluso la formación de brigadas contra la violencia machista. Recientemente, incluso a pesar del planteo de que el “Estado es responsable”, votamos la ley Micaela, que prevé la capacitación de género de la burocracia estatal. En las campañas electorales, como la reciente de Córdoba, el planteo clasista contra la opresión de la mujer fue sustituido por el feminista. La adopción del “lenguaje inclusivo”, sin ninguna clase de discusión interna, es un ejemplo de esta tendencia. Incluso si se caracterizara que su uso no colisiona con ningún principio, la primera obligación sería distinguirlo de la utilización pluriclasista de él, que propugna este tipo de método para la igualdad social en oposición a la revolución socialista y la dictadura del proletariado. Como socialistas, debemos defender el lenguaje histórico de la clase obrera, que eleva a todo luchador a la condición de compañero o compañera, en lugar del demagógico ‘pibes’ y ‘pibas’. El ‘machismo’, como blanco preferencial de la lucha contra la violencia a la mujer, disimula todas las condiciones de violencia de la sociedad capitalista, y la violencia en gran escala que representa el negocio internacional de la prostitución. El ‘machismo’ en la clase obrera, incluida su propia vanguardia, debe ser objeto de una campaña de educación y conciencia de clase entre los trabajadores y trabajadoras. Así como en la Revolución de Octubre, la conquista de la paz, de la tierra a los campesinos y los derechos laborales neutralizaron la oposición de las masas envueltas en prejuicios patriarcales e iniciaron el largo camino de la emancipación de la mujer, la unidad del proletariado masculino y femenino en la lucha de clases, es el método para derrotar el ‘machismo’ entre los trabajadores. La discriminación y la violencia a la mujer trabajadora tiene lugar no solamente en el ámbito del trabajo sino en el de la familia obrera, donde la violencia social general se reproduce bajo las formas brutales. A este cuadro general se suman la sobreexplotación, el desempleo crónico, la juventud sin trabajo, estudio ni futuro, la penetración del narcotráfico, el alcoholismo y la droga. La lucha contra la violencia a la mujer debe ser integrada a la lucha contra la miseria social -es decir, el capitalismo. La descomposición capitalista se manifiesta en forma lacerante en la manipulación y destrucción de miles de jóvenes como consecuencia de la droga -un filón gigantesco de negocios que se ha entrelazado largamente con las finanzas mundiales. La izquierda democatizane abraza la visión liberal del consumo de drogas ‘recreativo’ y como expresión del “libre albedrío”. Lo mismo sostiene una parte de nuestro partido, que manifestó en su momento el rechazo al planteo de Katerina Matsas, dirigente del EEK y especialista en drogadicción, sin, por supuesto, escribir nada al respecto. Tenemos, de un lado, un Polo Obrero que debe enfrentar la destrucción de la juventud por medio de la droga y el narcotráfico y, del otro lado, sectores que reivindican el consumo de drogas como una manifestación de libertad. Bajo el capitalismo, la libertad personal se encuentra decisivamente condicionada por la explotación capitalista, de la cual el narcotráfico es una herramienta mortal. Nuestra denuncia del narcotráfico, nuestra lucha contra la penalización a la juventud es a la vez un llamado ferviente a los jóvenes y a los trabajadores a rechazar la droga, para concentrar todas sus energías físicas y mentales en la acción revolucionaria. Planteamos: Preparar un congreso del PdT con documentos y debates previos y tres días de duración, para establecer el programa y los métodos de acción y organización de una Organización Socialista de la Mujer. Régimen interno Cualquier compañero que haya seguido los debates políticos precedentes se habrá topado con la dificultad por hallar, en la conducta de la mayoría, una línea consistente, incluso en los puntos que aquí se les crítica. El llamado “sistema de consignas”, por caso, ha sido funcional a los continuos vaivenes políticos. Los planteos de “Fuera Macri” o “Asamblea Constituyente” fueron furibundamente criticados en los debates precongresales, para luego ser adoptados episódicamente, por caso, ante una corrida cambiaria. Pero ninguna mención circunstancial a una consigna constituye una campaña política, la cual exige un trabajo persistente de propaganda y agitación. Estos vaivenes se reproducen con las caracterizaciones internacionales o de la situación del movimiento obrero. No hay, por lo tanto, una dirección que actúa y se orienta de acuerdo con una caracterización política, sino un aparato que acomoda las caracterizaciones a sus objetivos propios. La aparición de una “ideología de aparato” fue señalada por primera vez por Altamira en ocasión de las respuestas faccionales que recibió su intervención en el curso de la UJS, en febrero de 2016, sobre la revolución cubana. Se le reclamó que el balance histórico de la revolución no había sido “procesado antes por los organismos” -o sea, que una investigación histórica y sus conclusiones no habían recibido el ‘imprimatur’ del aparato. Altamira respondió que sólo un aparato puede arrogarse para sí el monopolio de un debate político que, en rigor, interesa vivamente a toda la izquierda, el activismo, los intelectuales y la clase obrera. El carácter conspirativo de un partido revolucionario, forjado en la lucha contra el Estado, debe preservarse en todo lo referido a la lucha práctica y directa contra ese Estado, ¡pero es una aberración extender el “secretismo” a la polémica política, que es la vía para discernir las tendencias históricas del momento y una guía insustituible para la acción! El reproche al carácter público de un debate ha vuelto a ser invocado, recientemente, en ocasión del balance de las elecciones de Córdoba. Pero, en este caso, el reproche a Altamira -por debatir por fuera de los llamados canales orgánicos- presenta una particular perversidad, puesto que, al mismo tiempo, la dirección que lo critica ejerce la censura contra él en Prensa Obrera. En efecto: Altamira ha sido censurado en Prensa Obrera, una práctica que choca con la historia y la tradición del bolchevismo e incluso de la socialdemocracia. Rosa Luxemburgo rompió política y personalmente con Kautsky, en 1911, cuando éste le censuró un artículo sobre la huelga de masas; la censura a Lenin de sus “Cartas desde lejos” marcó otro severísimo choque al interior del bolchevismo. Es esta restricción la que ha obligado a Altamira a expresarse recientemente a través de su Facebook. En días recientes se prohibió que disertara sobre el Cordobazo en el NOA y Santa Fe, y no fue invitado a ninguna actividad organizada por la dirección. Estamos ante un régimen de proscripción política, porque hasta sus apariciones televisivas obedecen a invitaciones de los medios y no a una iniciativa de nuestra organización. Sin embargo, y cuando los compañeros de las regionales deben reunir fondos para financiar el viaje de Altamira -ante la negativa de la dirección- se acusa a esos compañeros de urdir “finanzas paralelas”. No hay otra facción, en esta crisis, que la propia dirección del partido, cuando bloquea las charlas de Jorge Altamira sobre el Cordobazo ¡pero no se priva de publicar lo que él escribió en aquel momento, omitiendo, claro está, su autoría! La conducta de facción se acaba de manifestar brutalmente en la exclusión de Marcelo Ramal como candidato en las próximas elecciones nacionales y distritales en la Ciudad de Buenos Aires, revocando incluso lo que había resuelto la Conferencia Electoral nacional del PO. Sin embargo, y el mismo día en que se consumó esa exclusión, un plenario electoral en Salta, donde la mayoría de los compañeros se han manifestado en favor de las posiciones que aquí expresamos, votó una lista de candidatos que integra, en lugares centrales, a compañeros de la llamada “mayoría”, teniendo en cuenta su trayectoria y conocimiento públicos, comparables con el de Ramal, proscripto en la Ciudad de Buenos Aires. Añadamos, a las conductas precedentes, el boicot de la dirección a la campaña electoral de Santa Fe en los municipios del cordón industrial que va desde San Lorenzo a Villa Constitución, una concentración obrera fundamental, donde el FIT -liderado por candidatos del PO- obtuvo en las Paso las más altas votaciones de todas las provincias en 2019. Los compañeros han debido echar mano de sus sueldos y ahorros para solventar la agitación electoral, ante el ahogo financiero resuelto por la dirección del PO. Naturalmente, el “pecado” del PO del cordón santafesino es haberse pronunciado mayoritariamente por las posiciones que aquí defendemos. ¿Quiénes son, entonces, los “facciosos”? Para nosotros, el enemigo está afuera del Partido Obrero -es el Estado, la clase capitalista y sus partidos. En cambio, las exclusiones y boicots que aquí señalamos delatan a una facción que, desde la dirección del PO, coloca su propio interés por encima del interés del partido y de la clase obrera. La imposición de un régimen de aparato se ha puesto de manifiesto, también, en la escalada de sanciones contra militantes que han sostenido intercambios políticos por afuera de sus organismos, sin que se hubiera demostrado que este hecho entrañara algún tipo de amenaza o desafío al centralismo democrático. La existencia de estos intercambios políticos no sólo es inevitable: es una conquista propia de un régimen de legalidad (la democracia burguesa) y de iniciativas de carácter público, donde los encuentros entre militantes son permanentes. Lenin y los bolcheviques insistieron cien mil veces en la necesidad de luchar por “la libertad política” en Rusia, para que los obreros pudieran capacitarse en la lucha por sus intereses históricos a través de la libertad de prensa y el debate público; en nuestro partido, sin embargo, a pesar de contar con libertades políticas, se pretende recluir el debate a la clandestinidad. La prensa del partido debe abrirse a los mejores debates, para que la clase obrera vea cómo construimos un partido revolucionario y para que se eduque por esa vía. El punto más alto de esta deriva del régimen interno es el empleo de prácticas de espionaje, como se puso de manifiesto en el curso del XXVI Congreso del PO, y admitidas y reivindicadas varias veces por el Comité Nacional y el Ejecutivo. Más lejos, todavía, en una respuesta de la Comisión Internacional del PO al PT de Uruguay -a raíz que el CC de este partido no vaciló en repudiar el espionaje a la casilla de mail de Marcelo Ramal- se ha respondido que espiar “puede ser que técnicamente no sea aceptado como prueba por la Justicia, pero sería una tontería desconocer si los crímenes cometidos son reales o no”. Los responsables del espionaje ignoran -o fingen ignorar- que la nulidad del fisgoneo no es una cuestión “técnica”, sino que subraya una violación de las libertades, apelando a medios represivos ilegales. El CC del PO se coloca por detrás de la letra del régimen constitucional burgués, para legalizar un régimen de sanciones al interior del propio partido. (Para demostrar que esta regresión brutal no es gratuita, la carta del CC del PO al PT “ejemplifica” con la causa de los cuadernos, y señala que “criticamos a la Justicia, no porque esté basada en las denuncias de los famosos cuadernos y en arrepentidos, sino porque encubre los ilícitos macristas”. “¡No porque esté basada en ‘arrepentidos’!”. En esta fantástica concesión a Bonadío y Stornelli, se entiende a dónde lleva la negativa a luchar por “Fuera Macri”: como ocurriera con buena parte de la izquierda brasileña, la dirección del PO quiere hurtarle votos a la base macrista -por eso, denuncia la corrupción K, pero no el régimen de violación de derechos que entrañan las prisiones preventivas arbitrarias o la persecución a Ramos Padilla. El PO debería denunciar todas estas arbitrariedades judiciales, porque, más temprano que tarde, le serán aplicadas a la izquierda y a los luchadores. Los que luchamos contra De Vido y otros en tiempo real -cuando sostenían al asesino Pedraza- no necesitamos dar mayores pruebas de nuestra delimitación con el régimen kirchnerista). Volviendo a nuestro punto: estamos ante el fenómeno excepcional de una dirección que defiende los métodos de espionaje a los correos de los militantes, como parte de la metodología de construcción del partido. El espionaje conduce a que el partido, que es una asociación voluntaria de militantes, unida por un programa y una estrategia, degenere a un aparato soldado por vínculos de vigilancia y delación. Planteamos la exclusión de las filas partidarias de quienes perpetraron y se sirvieron de esta inmundicia para incidir en el curso de esta lucha política, por caso, en la elección del nuevo Comité Central. En los últimos años ha crecido en forma desmesurada el número de militantes rentados. Proporcionalmente a sus afiliados, el PO sostiene un número de rentados superior al que contaba la socialdemocracia alemana a principios del siglo XX. Para que esta estructura no termine constituyendo un régimen de rentados vitalicios, definitivamente apartado de la militancia partidaria, es necesario, en primer lugar, un balance que justifique esta situación y la carga económica que representa. También es necesario que tenga un carácter rotativo, sujeto a excepciones. La designación de los compañeros rentados estuvo a cargo del Ejecutivo, cuando debió contar con el acuerdo de los círculos y comités de las respectivas zonas y, por sobre todo, sujeto a la supervisión de ellas. El mismo régimen de rotación debe valer para los cargos parlamentarios electivos, salvo excepciones fundadas, los cuales están sometidos a la máxima presión del Estado burgués (en Salta, por ejemplo, hay compañeros que son legisladores desde hace quince años). Hemos sostenido estos planteos en el anterior Comité Nacional e incluso en textos precongresales. La limitación de los debates, la censura, la intervención a locales y comités son justificadas en nombre del “centralismo democrático”, esto es, en la responsabilidad de una dirección de garantizar la “unidad de acción”. Curiosamente, hemos pasado otros cincuenta años sin ese número de sanciones, lo cual no debilitó la unidad de acción sino que la fortaleció (dos dictaduras). Pero el centralismo democrático nunca reside en la mera afirmación del principio de autoridad por parte de la dirección o su derecho a imponer la directiva que quiera. Incluso en situaciones de emergencia o gravedad inusitadas, toda resolución debe estar debidamente fundada por escrito y, por lo tanto, pasible de un debate por parte de la militancia afectada por esa resolución y eventualmente de todo el partido. No pueden existir órdenes, porque tampoco rige la obediencia debida. Naturalmente, el Partido Obrero no es deliberativo ni discusionista; esto es incuestionable -todo debate debe concluir en un voto en tiempo razonable. Esta malversación del centralismo ha sido esgrimida también para justificar la censura en nuestra página, esta vez, con el argumento de que planteos políticos disimiles “confunden a la militancia”. Para saber si esto es así hay que preguntarle a la militancia, no arrogarse la propiedad de esa opinión. La militancia no es una tropa sin discernimiento; por el contrario, forma su convicción y su acción política en base al debate y al intercambio de posiciones. No se nos escapa, por otra parte, que el llamado “discusionismo” también ha sido fomentado por la dirección y sus continuos vaivenes políticos. El último congreso del partido puso en evidencia un voto contradictorio al oficial que abarcó al 30% de los delegados. Si el Comité Nacional hubiera reflejado esta proporcionalidad, los miembros que sostienen la posición de este documento habrían pasado de tres a nueve o diez sobre los treinta y uno que componen la totalidad. Habría constituido una revolución en la vida actual del partido. El conjunto del desarrollo del Congreso fue irregular, desde la votación de un larguísimo texto en el Comité Nacional conocido con menos de 24 horas de anticipación, e incluso re-presentado con modificaciones tres horas antes del voto. En el curso de esa reunión, propusimos entonces que se abriera un período de debates por escrito sobre ese texto, lo cual fue rechazado para proceder a una votación sumaria. En consecuencia, el documento de crítica a ese texto tuvo que ser escrito con posterioridad a esa reunión, lo que llevó a que no fuera admitido como ponencia alternativa en los plenarios. Los textos fueron debatidos con la indicación de proceder a votarlos en el mismo plenario donde se discutían por primera vez. De este modo, el tiempo de discusión resultó harto inferior al establecido por los estatutos -un mes, en lugar de tres, para el de situación nacional, y así sucesivamente con los restantes. En los plenarios fue prohibida la presencia de los miembros del CN que apoyaban el texto alternativo, que no se podía discutir (salvo en una o dos instancias). E incluso, en esas condiciones, ¡se nos criticó por haber defendido el texto alternativo y no el “oficial”! Como si el centralismo democrático no obligara a la unidad de acción sino a la de pensamiento, como ocurre con el periodismo venal. Hubo sí un generoso número de boletines internos y otro generoso número de artículos en ellos, que no se discutieron en plenarios, incluso porque muchos textos aparecieron cuando la votación de algunos temas había concluido. Un dato fundamental del mismo Congreso fue la hora y media que se tomó la Comisión de control, cuando en el pasado raramente pasaba de los quince minutos; un ejemplo de la cantidad de sanciones que se habían producido contra militantes. El pedido de derecho a réplica a las numerosas insinuaciones y acusaciones que hicieron los informantes a la oposición, ¡más allá del propio temario de sanciones de la Comisión! fue rechazado. La intervención de los delegados repitió el tiempo de cinco minutos sin derecho a réplica. La advertencia de Altamira, en el último Boletín Interno previo al Congreso, de que existía la intención de desviar el debate político hacia los agravios y descalificaciones, se cumplió al pie de la letra. A su turno, la recomendación de un texto precongresal, donde un dirigente planteó la necesidad de elegir “un Comité Nacional homogéneo” marchó sobre rieles: a pesar de que la votación es individual, quedó claro en el resultado final que el armado subrepticio (faccional) de una lista única había sido exitoso. El método de conjunto aplicado en el Congreso conoce numerosos antecedentes en conferencias regionales y se manifestará en los próximos días en otras tantas conferencias convocadas en tiempo relámpago y con un desarrollo previsto de algunas horas. Inmediatamente después del Congreso, el flamante CC decidió disolver por teléfono el Comité del Noroeste y nombrar un interventor en sustitución, precisamente donde los delegados opositores fueron mayoría. Todo en nombre del centralismo democrático. La corrupción del método partidario llegó de este modo a su última expresión. El centralismo democrático es la actividad colectiva del partido bajo la dirección política del Comité Nacional y el Congreso -no la supresión de ella bajo el bastón de mando del Comité Ejecutivo. Si los círculos son privados de iniciativa en su ámbito de lucha, el partido dejará de ser democrático, por supuesto, pero también revolucionario. En nombre de un centralismo democrático bien entendido, todos esos comités han rechazado las prohibiciones y asegurado la actividad votada por sus militantes. La historia del PO sigue viva en la conciencia y en la militancia de un número cada vez mayor de compañeros. Una fracción (o tendencia pública) En el curso de los debates, diferentes textos de la dirección han insistido con “recomendarnos” la formación de una tendencia o fracción para sostener o ‘procesar’ nuestras diferencias, sin aclarar, claro, que ya operaba en el partido una fracción a todos los fines prácticos (la propia dirección), bajo la cobertura del Comité Ejecutivo. Las garantías y métodos democráticos y el derecho a la crítica, sin embargo, deben existir en forma plena sin la necesidad de recurrir a la formación de una fracción. Una tendencia, por el contrario, que se adapte cotidianamente al centralismo democático que profesa la dirección, sería una ficción cómplice de ese centralismo. Una dirección que incita a formar fracciones o tendencias muestra la vía de la ruptura del partido y la anarquía discutidora. No es necesaria una tendencia para tener derecho a escribir en Prensa Obrera. Advirtamos de paso que Prensa Obrera, en el pasado, cuando estaba limitada a la edición impresa, postergó o dejó sin publicar diversos artículos, ¡pero no por razones políticas o divergencias! sino para privilegiar aquéllos de mayor interés o actualidad, o por la necesidad de rehacer artículos mal escritos o incomprensibles, incluso de parte de destacados dirigentes. En la sección de Lectores, la prioridad la tenían las críticas. El planteo de constitución de una fracción pública y con su propia disciplina interior, que venimos a presentar de acuerdo con el estatuto partidario, no es solamente un intento extremo por salvar la unidad del partido ante la evidente malversación de su legado político y de su régimen interior. Es también un recurso para defender el centralismo democrático entendido de la única manera que cabe entenderlo, como una actividad colectiva y libre de los militantes, círculos y comités, bajo la dirección del Comité Nacional y del Congreso del PO. Advertimos a los militantes y luchadores que la organización obrera no debe ser confundida con un aparato, ni sus resoluciones, incluso cuando son votadas democráticamente, como los diez mandamientos. La vida es un fluir ininterrumpido, por lo que nuevos acontecimientos reclaman nuevas discusiones. Es obvio que el Congreso de nuestro partido no pudo discutir una caracterización de la fórmula F-F, de modo que es un desatino impedir un debate acerca de ella, alegando las resoluciones de ese congreso. El aparato es necesario, en especial cuando es bien usado, pero “es gris”, como dijo el poeta, en tanto “la vida es siempre verde”. La constitución de una fracción significa la difusión pública de sus posiciones, en los órganos partidarios y en los instrumentos de comunicación que ella determine; y el derecho a contar con una organización y disciplina propias, tal como lo marca el estatuto. El derecho a la organización y difusión de nuestras posiciones permitirá, por otra parte, que la confrontación política tenga lugar sin choques faccionales de carácter permanente, tal como viene promoviendo la dirección en los comités y círculos donde participan compañeros que comparten o han defendido nuestras posiciones. Reclamamos el levantamiento de toda sanción o pedido de sanción a compañeros acusados de llevar adelante intercambios políticos pretendidamente “faccionales”. Allí donde existieron, esos intercambios, como lo demuestra este mismo texto, han tenido propósitos definidamente políticos, y hacen al interés del partido. Por otra parte, ¡nadie podría constituir una fracción o tendencia sin intercambios políticos previos! Un agrupamiento de este tipo no es un rejunte de militantes que se improvisa, exige ser fundado sobre una homogeneidad política y un planteamiento común. En nuestro caso, hemos alcanzado esa comprensión común al cabo de una extensa lucha política que se ha traducido en decenas de textos en los últimos dos años, y en los debates que sostuvimos en los últimos congresos partidarios, en conferencias, en el Comité Nacional y en el último Congreso del Partido. Hacemos nuestra la propuesta de constitución de un tribunal paritario -con participación de compañeros de la CRCI- para juzgar el ignominioso episodio de espionaje interno que tuvo lugar en las vísperas de nuestro XXVI Congreso; rechazamos la exclusión de nuestros compañeros en las actividades partidarias de carácter público, incluyendo a las listas electorales del Frente de Izquierda, al cual llamaremos a votar incondicionalmente. Reclamamos los recursos necesarios, en proporción a los votos obtenidos por nuestra postura en el Congreso partidario, para sustentar nuestra acción política. El Partido Obrero no puede ni podría sustraerse a la etapa histórica concreta del momento actual, que se caracteriza por la bancarrota de un capitalismo en decadencia, tanto en el plano de la economía y de la política. Esta transición tiene lugar, como ha ocurrido en otras ocasiones, en un contexto de crisis de dirección de la clase obrera internacional. Las contradicciones extraordinarias de la etapa histórica actual ejercen una presión descomunal sobre todas las fuerzas políticas en presencia, como lo atestiguan el desmoronamiento de partidos tradicionales o la emergencia ‘’deslumbrante” de tendencias nuevas que se derrumban a la misma velocidad con que subieron. La disolución de la Unión Soviética ha sido seguida por la crisis de la Unión Europea, y el acople Estados Unidos-China, con un proyecto de integración capitalista de China, se ha convertido en una guerra económica y política con tendencias bélicas. La revolución en los países árabes se renueva: ahora en Argelia y Sudán. La izquierda ha sido impactada como nunca por este proceso catastrofista. La confusión política se manfiesta en la adaptación de la mayoría de ella, a nivel mundial, al movimientismo, el seguidismo y el democratismo. La explotación ‘democrática’ de la disolución de la URSS y del fin de la ‘guerra fría’ se encuentra en vía de extinción hace tiempo -como se ve en Estados Unidos con Trump y con los correlatos ‘populistas’ (bonapartismo) en Europa, incluido Xi Jinping y, desde mucho antes, Putin. La adaptación democrática de la izquierda ha naufragado hace tiempo en Europa, aunque busca revivir con Bernie Sanders y Alexandria Ocasio Cortez y el ‘feminismo anti-capitalista’. La caracterización reciente de la presente etapa, por parte de la fracción dirigente del PO, y desde mucho antes por parte del conjunto de la izquierda, refleja las convulsiones de este período y de sus giros bruscos de la estabilidad a la crisis, y de virajes a derecha e izquierda. El FIT coincide, con diferencias de matices, en un “conservatismo y pasividad” de la clase obrera o en “el reflujo”, así como en que la crisis de conjunto del capitalismo no se orienta hacia una perspectiva revolucionaria; ello tiende a convertir al FIT en una suerte de ‘partido amplio’ disfrazado de frente electoral. El régimen democrático es un sistema de arbitraje que tiene por eje el Parlamento, donde se conjugan derecha e izquierda, pero con márgenes que se estrechan a cero, como consecuencia de la acentuación de la crisis. Es lo que ha ocurrido con el trotskismo francés, que se despeñó de su ascenso electoral de hace menos de dos décadas. La izquierda revolucionaria debe hacer valer su lugar parlamentario para quebrar esa función de arbitraje, por medio de una agitación que ponga el acento en la acción directa. En caso contrario, se convierte en uno de los brazos del Estado para trabar la lucha de clases. Es lo que ocurre cuando el planteo de poder es suplantado por diferenciaciones proselitistas con los partidos patronales que tienen cooptadas en forma relativa a las organizaciones obreras. El abandono de los planteos de poder se conjuga, por parte de la fracción oficial, con una tentativa correspondiente de cortar la continuidad histórica de nuestro partido. Lo mismo ocurre con la adaptación al feminismo, el cual ejerce una presión inhabitual en el marco que ha alcanzado el movimiento de lucha de la mujer por sus derechos. De ahí la tendencia, a veces más acentuada, a veces menos, al electoralismo y al parlamentarismo, y a una despiadada lucha faccional, que se libra por medio de un régimen de aparato y del punto de apoyo que ofrece la representación parlamentaria del Estado. La lucha política por la continuidad histórica del PO y por la metodología revolucionaria de construcción de nuestro partido se ha convertido en la más fundamental de las tareas. Lo mismo, la defensa de su programa internacional, aprobado en el Congreso de la CRCI de abril de 2004. Invitamos a todos los compañeros que compartan esta proclama a sumar su firma. Socialismo o barbarie. ¡Viva el Partido Obrero! 12 de junio de 2019

1 de agosto de 2019
Maniobra rupturista
Comité Central

Defendamos al Partido Obrero Con fecha 12 de junio fue girado al Comité Nacional un texto firmado por los compañeros Jorge Altamira, Marcelo Ramal, Juan Ferro, Daniel Blanco, Julio Quintana, Pablo Viñas y Pablo Busch. El texto reclama conformar una fracción pública y la publicación de su pedido en el Boletín Interno. Cuando el Comité Nacional se disponía a tratar el documento en su reunión, el pasado 14 de junio, el mismo ya había sido difundido profusamente entre sectores ajenos al partido y entre los partidos de izquierda. En la mesa del FIT, realizada el jueves 13, miembros de la misma nos informaban que ya tenían conocimiento del documento. El texto se había esparcido rápidamente por las redes sociales. Llamamos la atención de este hecho pues ilustra la metodología que venimos denunciando. Se reclama su publicación en el Boletín Interno, mientras no se vacila en esparcirlo públicamente. Salta a la vista que estamos frente a una impostura: lo que prima es el faccionalismo y no el interés general del partido y la búsqueda de un mecanismo leal para abordar las controversias. El documento arranca reproduciendo párrafos de un discurso de Altamira en el congreso realizado en 2014. Altamira llama a” hacerle frente a las intrigas” y a la “autocomplacencia”. Se trata de Altamira citándose a sí mismo, como fuente de autoridad. El dicho popular sentencia sabiamente “dime de qué te jactas y te diré de qué adoleces”: la política intrigante y faccional ha pegado un salto. Ya existía antes del congreso, pero se ha intensificado luego de su realización. En los dos meses transcurridos, hemos asistido a la realización de una reunión clandestina de una suerte de dirección paralela, a la que se han sumado otras reuniones similares en Capital y en diversas provincias, convocando a miembros del partido fuera de sus organismos. Miembros del grupo han dejado de cotizar o colocado apenas la mitad del aporte que venían realizando. Idéntica conducta ha sido adoptada por algunos sectores de la periferia, quienes fueron ganados a tal decisión. Los firmantes del documento faccional han abandonado los organismos a los que pertenecían y la colaboración con la prensa. Se han negado a comparecer ante la Comisión de Control, lo cual es una obligación de todo militante, fijada por nuestro Estatuto. El documento denuncia que Jorge Altamira fue proscripto para dar charlas sobre el Cordobazo, pero lo que omite es que él previamente había rechazado integrar la Comisión internacional. Una posición similar adoptó Marcelo Ramal, negándose a continuar en el Comité de Redacción y declarando que no iba a colaborar de ahora en más con Prensa Obrera. No hay ninguna proscripción sino una autoexclusión y, más aún, una ruptura de la unidad del partido porque, como es sabido, el requisito de pertenencia militante está dado por la participación en los organismos de partido. Este principio es el punto central del legado del Partido Bolchevique, al punto que fue el eje de la ruptura con el menchevismo en el Segundo Congreso del Partido Socialdemócrata Ruso, de donde éstos se retiraron en minoría. Los reclamos contra un “estado de sitio al interior del partido”, que fueron dirigidos contra Lenin y los bolcheviques por quienes no estaban dispuestos a que los organismos del partido fueran definidos por la votación mayoritaria de los militantes a expensas del carácter indiscutible que tendrían ciertos dirigentes, miembros fundadores o círculos de afinidad formados al interior del partido se parecen como dos gotas de agua a los reclamos alarmados de los fraccionistas porque los dirigentes de su simpatía no fueron electos por el congreso. Georgi Plejanov, como Altamira, era partidario del partido centralizado y de que primara la voluntad del congreso de delegados de la militancia, siempre y cuando se respetasen sus “derechos adquiridos” de fundador y los de sus colaboradores. También hay un salto en el uso de falsificaciones en las controversias. Se lanzan cuestionamientos sin aportar cita o documentación alguna. Esto es lo que ocurrió con el balance de las elecciones de Córdoba, cuando Altamira posteó en sus redes sociales la acusación al Partido Obrero cordobés de realizar una campaña “pluriclasista”, “sin frontera de clase” y “feminista”. La acusación ya había sido desmentida, por anticipado, por la cobertura de la campaña cordobesa en la web de Prensa Obrera. Allí, se demostró el carácter de clase de la campaña del Partido Obrero cordobés, que levantó como consignas centrales “si votás un Schiaretti, te sale un Macri”, “los candidatos del FMI o el Frente de Izquierda”, “que la crisis la paguen los capitalistas”, “por una salida de los trabajadores y la izquierda”. Hasta el momento, Altamira no aportó ninguna prueba y no lo va a poder hacer, porque no la hay. Esta metodología de realizar afirmaciones sin tomarse el trabajo de probarlas por medio de citas se ha convertido en una constante de todos los miembros de la fracción. El extremo es el texto presentado donde proclaman su conversión en fracción pública. Quienes lo leyeron, con seguridad habrán quedado anonadados: afirmaciones de todo tipo contra el partido, sin siquiera citar textos, declaraciones o hechos de la lucha de clases. La metodología irresponsable no podía ser aplicada de modo más sistemático. Ahora acabamos de tener una réplica agravada con el balance de las elecciones en varias provincias del pasado domingo 9 de junio (Jujuy, Tucumán, Mendoza, Chubut), donde coloca bajo una misma bolsa a todo el FIT, a quien acusa de una adaptación electoralista, incluido al Partido Obrero. Ignora adrede la batalla que venimos librando para que el FIT se transforme en un canal de la lucha de clases en todos los terrenos y por la realización de un Congreso del FIT para que se impulse esta perspectiva. Se apela al mismo método: acusaciones infundadas sin referirse a las consignas y planteos que enarbolamos. Bastaría simplemente remitirse al contenido de las campañas, ampliamente documentado, para constatar que nuestro planteamiento estuvo presidido por la impugnación al régimen del FMI y sus candidatos, oponiéndole una salida política de los trabajadores para que la crisis la paguen los capitalistas y apuntar a una reorganización integral de las provincias y del país sobre nuevas bases sociales de cara a la crisis nacional. Los análisis de Altamira son arbitrarios. Intentan hacer una explotación faccional del retroceso electoral de la izquierda, haciendo abstracción de los factores objetivos y más generales de la situación política. Un análisis serio no puede obviar que se viene constatando el dominio del escenario político por la burguesía. Naturalmente, esto se da de patadas con la caracterización de la inexistencia de bloqueos de los partidos patronales que Altamira viene pregonando en nombre de la crisis del régimen. La objetividad es sacrificada en el altar del faccionalismo. En el caso del artículo de marras, la manipulación faccional adquiere el nivel del bochorno. Altamira acusa de electoralista al Partido Obrero y al FIT, y busca explicar por ese motivo la caída en la votación. Pero excluye a Tucumán de ese análisis, a pesar de que en dicha provincia el FIT no llegó al 1%. ¿Las causas de esa exclusión? Muy simple: una mayoría del Comité de Tucumán está alineado con la facción de Altamira. Ahora bien, la consigna usada en Tucumán fue exactamente la misma que usó el Partido Obrero de Córdoba. Pero como una regional sigue a Altamira y la otra no, merecen calificativos distintos. ¡Su carácter revolucionario o no depende de ese hecho! Queda claro que no hay ningún interés de esclarecer hechos sino de hacer un pase de facturas internos de acuerdo a la conveniencia de una política faccional. Se ha llegado al extremo de cuestionar públicamente los candidatos del Partido Obrero. La designación de Gabriel Solano a Jefe de Gobierno, que era el candidato principal para la Ciudad de Buenos Aires nombrado por la conferencia nacional, fue avalada por una Conferencia de delegados de esa ciudad (con el 95% de los votos) fue considerado y denunciado por Altamira en Facebook como un acto de proscripción de Marcelo Ramal (que reunió el 5% de los votos), como si hubiera candidatos vitalicios o naturales. Ya Altamira había ignorado la nominación de Romina del Plá, en una primera etapa, luego de su designación por la Conferencia Electoral nacional en marzo de este año. Una impugnación pública de esta naturaleza es un golpe bajo a la batalla que tenemos por delante contra la burguesía y un serio quebrantamiento de la unidad partidaria. Agreguemos que el ataque a la decisión de la Conferencia del Partido Obrero de la Capital fue realizado a sólo 24 horas de que una conferencia de prensa realice públicamente esos anuncios. ¿No estamos ante un nuevo boicot a la actividad del partido, al que se busca dañar con tal de apuntalar el trabajo intrigante de una facción? Uno de los aspectos más aberrantes de este derrotero es la acción sistemática de ataques faccionales en los frentes obreros, en los sindicatos, seccionales, cuerpos de delegados y agrupamientos antiburocráticos dirigidos por el Partido Obrero o en los que el partido juega un papel destacado. Llamamos la atención en este hecho porque se ha traspasado una frontera. Ya no sólo está en juego la vulneración de la unidad partidaria sino hasta el abandono de un principio elemental de frente único de clase, en oposición a nuestros adversarios enrolados en el campo de la burocracia y que actúan como correa de transmisión de los partidos patronales. Esta tarea la realizan con la colaboración de personas que han abandonado la militancia en el partido, o con cualquiera que se les sume, como lo expresan claramente en las redes. En el Boletín Interno se reseñan los ataques gravísimos en la asamblea de AGD-UBA, respecto de la conformación de la lista multicolor en ATE-La Plata, como antes en el Congreso de Tribuna Docente. La política revolucionaria del Partido Obrero es la de la defensa del frente único de clase, en resguardo de las organizaciones sindicales y de los agrupamientos clasistas y antiburocráticos que la clase obrera logra poner en pie. Las acciones faccionales no son inocuas y han trascendido largamente el ámbito de un debate interno. Ninguno de los cambiantes argumentos justifica esa práctica contra el Partido Obrero y contra el frente único de clase. Esta escalada en el accionar intrigante y faccional se da luego del congreso partidario, un dato que no puede pasarse por alto. Lo lógico hubiera sido que luego del congreso, cuya legitimidad nadie cuestionó, se cerraran filas detrás de la orientación votada y se hubiera salido resueltamente a intervenir como un solo puño en la lucha de clases. La validez o no de la orientación votada pasará, como siempre ha ocurrido, por el tamiz y el veredicto de la lucha de clases. Mientras tanto, nos empeñamos con todo lo que esté a nuestro alcance para lograr el éxito de la orientación votada. Esta es la tradición histórica del Partido Obrero, a la cual reivindicamos sin retaceos y que llamamos a defender fervientemente. Recordemos las palabras del propio Altamira en el último congreso: “Fue simplemente una divergencia de consignas” (planteo final de su discurso de cierre por informe de minoría), definición que coronó, frente a los reiterados reclamos de delegados al congreso por la ruptura de unidad de acción del partido de su grupo, con la exhortación: “Y ahora salimos todos como un puño para adelante”. Sin embargo, dos meses después habrían descubierto que estamos en una divergencia de principios, a partir de la cual se pretende respaldar el pedido de fracción. ¿A qué se debe este cambio súbito? El extenso texto de veinte páginas no es más que un refrito de los planteos y controversias que se fueron desenvolviendo en este período. En esto no hay nada nuevo. Tampoco, agreguemos, ningún hecho de la lucha de clases que pueda ser tomado como una diferencia cualitativa para proceder a un cambio de caracterización. En el colmo de la irresponsabilidad, el mismo texto admite ahora la posibilidad de sacar de circulación “Fuera Macri” como consigna electoral, estableciendo una consigna alternativa que es un derivado del “Abajo el régimen del FMI” que votó el congreso: “Fuera el gobierno entreguista y los partidos entreguistas del capital”. Las dos consignas “alternativas” que propone el documento faccionalista no tienen el mismo sentido, una se dirige sólo a Macri, que está en retirada, y la otra incluye, bajo una formulación, a la oposición patronal que lo pretende relevar. ¡Discutimos este problema en todo el período congresal y se les ocurre modificarlo recién ahora, sin haber buscado aproximación alguna en el congreso partidario! Sin embargo, no deducen de esto una aproximación política, sino la señal para avanzar en la división del partido, con el pedido formal de fracción. Evidentemente, la raíz de este brote faccional no tiene nada que ver con las consignas de agitación, que son instrumentadas como excusa para producir un choque. Quienes fueron portavoces de la llamada “minoría” en el transcurso del prolongado debate no han pedido nunca conformar una tendencia. Ahora, abruptamente, se plantea no ya el derecho a tendencia sino a fracción. La diferencia entre una tendencia y fracción no es menor: es que esta última se constituye cuando se evalúa que existen divergencias de principios. Una muestra clara de la ligereza e irresponsabilidad con la que se actúa. En nuestra opinión, no hay ninguna divergencia de principios. Por supuesto, de ninguna manera minimizamos las diferencias ni le restamos importancia a la polémica. Más aún, en el presente documento procuramos avanzar en un análisis de la crisis y caracterizar la naturaleza del enfrentamiento y de las tendencias en pugna. Esta controversia puede y debe continuar a través de un debate franco y leal en el ámbito del Partido Obrero. Lo que no puede continuar y debe cesar de inmediato es la práctica intrigante y faccional. Esto es incompatible con el partido. En las veinte páginas del pedido de fracción se justifica la existencia previa de reuniones clandestinas, el abandono de los organismos de trabajo partidario y el retiro de la colaboración con la prensa, la no comparecencia frente a la Comisión de Control, el desconocimiento de la orientación y resoluciones votadas por el congreso partidario y el Comité Nacional, el no ingreso o el ingreso parcial de las cotizaciones y la ruptura del frente único en los frentes obreros, sindicales y juveniles en los que el partido interviene. Hay suficientes razones, por lo tanto, para concluir que el pedido de fracción constituye un intento por darle legitimidad a un accionar incompatible con el partido. No es casual que este pedido se realice en momentos donde muchas compañeras y compañeros han sumado denuncias sobre este accionar faccional, sean porque se los ha invitado a reuniones clandestinas o se los invita a desviar cotizaciones. El pedido de fracción pretende darle un “marco legal” a esta acción de ruptura del partido y de su más elemental unidad de acción. Atacar, por ejemplo, a los candidatos nominados por una conferencia en vísperas de su anuncio público o denunciar como burocrática a la dirección de un sindicato dirigido por el Partido Obrero. Esto y no otra cosa es lo que se pretende mantener e incluso multiplicar. Es la división directa del partido, o mejor dicho, la existencia de un partido dentro del Partido Obrero, cuyo propósito es socavarlo para perjudicar sus resultados. Una caracterización de la fracción: electoralismo, desmoralización y fatalismo propagandista Para tener una comprensión cabal de la crisis que atraviesa nuestro partido es necesario tener una caracterización política de los fraccionistas y, especialmente, de su dirigente, que ejerce en el grupo rupturista un liderazgo de tipo mesiánico. El elemento más destacado del grupo rupturista es su desprecio por el análisis científico y su agudo impresionismo. Todos los textos y documentos de Altamira carecen de una caracterización de la situación concreta del movimiento obrero, de los bloqueos que enfrenta para evolucionar hacia posiciones de independencia de clase, del balance de sus derrotas y de sus victorias, del alcance y los límites de las movilizaciones de masas que han tenido lugar durante todo el último período, de las corrientes que en ellas intervienen y el rol que juegan, etc. Así lo confirma, por ejemplo, el documento político de Altamira “alternativo” al documento de convocatoria al XXVI Congreso aprobado por la mayoría del Comité Nacional, en donde está ausente una caracterización del movimiento de las masas. Como fue señalado oportunamente, el documento “alternativo” no registró antecedentes, porque nunca en el Partido Obrero un documento, menos de alcance congresal, omitió por completo un análisis de la lucha de clases. En la misma línea se inscribe el documento titulado “Por qué una fracción pública del Partido Obrero”. Su capítulo referido al movimiento obrero es, como ya analizaremos más adelante, el más pobre y carente de rigor de todos los capítulos del documento. La ausencia, en el análisis, del elemento más importante que debe tener en cuenta un partido obrero revolucionario, no sólo expresa un garrafal error de método sino que, por sobre todo, expresa una renuncia a la lucha por la conquista política de las masas. La pelea por influir en el proceso político, dando una orientación precisa a la vanguardia obrera con consignas que le permitan abrirse un canal independiente, ha sido remplazada por un propagandismo de fraseología rimbombante, orientado a “explicar la crisis”. Esta sería, según el propio Altamira, la tarea central de la actual etapa política. Advertimos sobre la modificación del carácter del partido que se quiere introducir por la ventana. El Partido Obrero dejaría de ser un partido de combate, basado en un programa de intervención en la lucha de clases para transformarse en un grupo que “explica la crisis” a los obreros. Se trata de la adaptación del partido a la actividad que Altamira quiere hacer; a saber, dar charlas. Pero un partido va mucho más allá de esto: el reclutamiento de los obreros de vanguardia debe realizarse por una combinación de su agitación, propaganda y organización revolucionaria, buscando abrirse camino en todas las circunstancias. Un partido se gana la confianza de los obreros cuando estos comprueban por su propia experiencia de hasta dónde ese partido está dispuesto a luchar y jugarse en cada combate de clase. La “explicación de la crisis” como tarea exclusiva de un partido degrada al Partido Obrero, que dejaría de ser un partido de combate para transformarse en un grupo de propaganda. En los textos de Altamira, la “crisis de régimen” ha pasado a ser un sujeto político en sí mismo, desplazando a la acción de las clases sociales -o sea la lucha de clases. La crisis de régimen, como categoría de análisis, debe integrar la acción de las clases sociales y las fuerzas políticas; de lo contrario, se transforma en una abstracción. Contra este método elemental, en un video reciente, Altamira afirma que las consignas “Fuera Macri-Asamblea Constituyente” deben ser levantadas con independencia del estadio concreto en el que se encuentra el movimiento de las masas y la evolución de la lucha de clases. Valdría, de la misma forma, para un período insurreccional como para uno en el cual la clase obrera atraviesa un reflujo y una marcada expectativa electoral. Bajo los mismos parámetros, también se pasa por alto la capacidad de acción política y de estrategias de la clase capitalista. Es lo que se evidenció en la principal tesis del artículo “Panorama mundial”, de Altamira, cuando caracterizó que “en América Latina, la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica”. La ofuscación de Altamira por la crítica a “una simple oración de un largo artículo” habla del nivel político al que se ha rebajado el autor del artículo, no de sus críticos. Pues lo que vale de los artículos políticos son sus tesis, más que cualquier amontonamiento de palabras y datos. Esa tesis asimila, como categorías equivalentes, la decadencia histórica del capitalismo con la capacidad de la burguesía de impulsar “iniciativas estratégicas”. Lo que importa, en la lucha de clases, es con qué política puede la clase obrera derrotar las iniciativas de la burguesía; negar la existencia de estas iniciativas conduce sólo a la confusión. Este confusionismo, reñido con los aportes hechos por León Trotsky en el Tercer Congreso de la Internacional Comunista, fue elevado a doctrina por parte de Altamira y Ramal. Así, se transformaron en los voceros de un fatalismo economicista ramplón, de un “catastrofismo” vulgar ajeno a toda la elaboración teórica del Partido Obrero. Advertimos aquí sobre la “coherencia” de esta degradación que Altamira quiere producir en el Partido Obrero. Es que, si la cuestión es que la burguesía ha perdido toda iniciativa, entonces ya no importan la lucha de clases y las estrategias que se da la clase obrera para derrotarla y tomar el poder. Sólo queda “explicar la crisis”. Es un patrimonio político central del Partido Obrero considerar que la bancarrota capitalista es la base objetiva de la vigencia de la revolución socialista como planteo político. Nuestro partido caracterizó y estableció pronósticos muy precisos, en los últimos años, sobre el impacto de la crisis capitalista. En nuestro XXV Congreso (2018), por ejemplo, vaticinamos el retorno de la Argentina a la tutela del FMI, mientras todo el establishment vaticinaba una reactivación económica. Basamos nuestro pronóstico en la caracterización de la bancarrota capitalista internacional, signada por la acentuación de la guerra comercial, la fuga de capitales desde los países periféricos a las metrópolis y el cuadro de insolvencia del Estado argentino, lo que redundó en un alza significativa de su riesgo país y empujó a la Argentina a tener que acudir a un acreedor de última instancia. Desde aquel entonces, la Argentina se encuentra muy lejos de haber escapado del cuadro de quebranto, pues todos los factores que la llevaron a esa situación se han agravado. El gobierno, con el objetivo de contener las corridas cambiarias, ha debido poner las tasas de interés a niveles exorbitantes, empujando al país a una profunda recesión. Una cosa es partir de la bancarrota capitalista y otra muy distinta es obviar el desarrollo de la lucha de clases. Para Altamira y sus seguidores, las masas se elevarán indefectiblemente al programa revolucionario por la descomunal “crisis de régimen”. A la hora de valorar esta crisis, hay que tener en cuenta la capacidad de los partidos políticos patronales, sean oficialistas u opositores, para manipular a las masas; la evolución política -particularmente, del movimiento obrero, del movimiento de la mujer y la juventud- y el lugar conquistado por el clasismo y la izquierda revolucionaria en ellos. A modo de ejemplo, vale observar lo sucedido con posteridad a las jornadas del 14 y 18 de diciembre de 2017, que pusieron de manifiesto las enormes reservas de lucha del movimiento obrero argentino y le pusieron cierto límite a la ofensiva capitalista del gobierno. Luego de las jornadas, se puso en marcha un operativo de contención y sabotaje de todas las luchas obreras por parte de la burocracia sindical, y un operativo de desvío político de parte del peronismo: bajo la estrategia de reemplazar la movilización por la espera pasiva del recambio electoral, porque “hay 2019”. A pesar de los denodados esfuerzos de los sectores combativos del movimiento obrero y de la izquierda, esos operativos de contención política y sindical se impusieron, logrando que el gobierno de Macri sobreviva e incluso se encuentre dando pelea para su reelección, a pesar de haber ejecutado un descomunal ajuste con consecuencias gravosas para las masas. La capacidad de acción política de los partidos capitalistas ha quedado otra vez en evidencia en los sucesivos resultados electorales, en donde la izquierda se encuentra obteniendo magros resultados y en los que más del 90% de los gobernadores han sido reelectos, a pesar de haber sido todos ellos socios indisimulables del macrismo. Las reelecciones de los gobernadores, en muchos casos plebiscitarias, son un factor contrarrestante de la “crisis de régimen”, pues es un importante punto de apoyo de la burguesía para retomar con todo sus planes antiobreros. El fatalismo de Altamira, que establece una relación mecánica entre la bancarrota capitalista y la irrupción de las masas, no ha sido más que el refugio teórico y político de un dirigente desmoralizado por los avatares de la lucha política. Ese viraje encuentra su causa fundacional en las Paso del Frente de Izquierda de 2015, en donde la lista liderada por el Partido Obrero y encabezada por Altamira fue derrotada por la lista del PTS. Nuestra derrota fue la consecuencia, por un lado, del mayor ascendiente de los planteos democratizantes del PTS frente a los planteos revolucionarios del Partido Obrero al interior del electorado del propio Frente de Izquierda y, por el otro, de la crisis de nuestro propio régimen interno partidario, que tuvo su expresión más concentrada en la disolución de sus organismos de dirección. La prueba más clara de aquel desbarranque organizativo fue que un organismo votado en el congreso partidario de 2014, el Comité Nacional ampliado, no se reunió ni una sola vez en el curso de dos años. En 2015, cuando decidimos ir a las Paso en el FIT, no se llevó adelante el congreso partidario. Justamente, el congreso partidario de 2016 tuvo por eje central la recuperación del régimen interno del partido: el funcionamiento de sus organismos de dirección, de sus círculos, el lugar central de la prensa partidaria, etc. En una palabra, la recuperación del método bolchevique. La quiebra del régimen interno de nuestro partido fue la expresión de un problema político de fondo: el bandazo del Partido Obrero a un propagandismo electoralista. Así como hoy el propagandismo de Altamira está al servicio de un “catastrofismo” vulgar y una línea anti-electoral, en el pasado, el propagandismo estuvo al servicio de un electoralismo febril, que se recrudeció a partir de 2011 con los éxitos electorales del Frente de Izquierda. Altamira, quien hoy subestima los resultados de la izquierda en nombre del carácter excepcional de la “crisis de régimen”, en 2011 editó un libro titulado El ascenso de la izquierda, apoyado exclusivamente en los resultados electorales del FIT. La disolución de los organismos de dirección partidaria fue la expresión de este electoralismo, porque el progreso en las masas, la conquista de nuevas direcciones clasistas, la estructuración partidaria, requieren de un método colectivo de acción y de una dirección que desarrolle iniciativas. El electoralismo se expresó también en un hecho importante: los principales dirigentes del partido eran, al mismo tiempo, sus principales voceros públicos. La constitución de la dirección quedó copada, cada vez más, por los voceros públicos del partido y no por sus organizadores, como lo evidenciaba el hecho de que el Comité Nacional carecía de los cuadros necesarios para conformar su secretaría de organización. Este propagandismo electoralista pretendió ser el atajo para lograr la conquista de las masas. Con las victorias electorales del Partido Obrero en Salta, en 2013, Altamira vaticinó el “salto del cerco” de los obreros peronistas a las posiciones socialistas e impulsó la consigna “Por un nuevo movimiento popular con bandera socialista”. Ahora, un texto de la minoría en Salta vuelve sobre la caracterización, sosteniendo que el triunfo del Partido Obrero en la capital de Salta fue “sólo el primer ensayo del ascenso de la clase obrera por su propio gobierno”. Pero lo que mostró el proceso fueron los límites de un triunfo electoral de la izquierda obrera y socialista si no se encuentra acompañado de la organización independiente y revolucionaria del movimiento obrero. El dislate aquí no puede ser mayor: para Lenin, la revolución de 1905 fue el ensayo de la de octubre de 1917, pero en 1905 se formaron soviets, se insurreccionó la clase obrera y parte del campesinado, se desarrollaron combates callejeros de enorme magnitud. Nada eso sucedió en Salta. El anti-electoralismo de la facción esconde, en realidad, un electoralismo febril. De un propagandismo orientado a la lucha electoral que, combinado con un método de dirección de tipo personal, llevó al socavamiento del régimen interno de nuestro partido, Altamira se ha volcado, luego de la derrota de las Paso de 2015, a un propagandismo fatalista y anti-electoral. El cambio se debe a un solo hecho: que Altamira dejó de ser el candidato central del Partido Obrero y del FIT. Así, si Altamira es candidato, todo pasa por las elecciones, e incluso se llegó a afirmar que el FIT recuperó la política socialista para el proceso electoral. Si, en cambio, Altamira no es candidato, el resto es electoralista y la tarea del partido sería concurrir a sus charlas donde “explica la crisis”. Dentro del cambio hay un hilo de continuidad: el centro de gravedad sigue siendo Altamira, elevado al estatus del “hombre programa”, luego de haber sido por décadas el “hombre candidato”. Se trata de un síntoma inconfundible de desmoralización y fundición política. Contra el electoralismo, de un lado, y el fatalismo propagandista, del otro, el Partido Obrero defiende la necesidad de una estructuración política independiente de la clase obrera en la lucha por la dictadura del proletariado. Una “reinterpretación” del Programa de Transición Esta posición propagandística ha sido transformada en teoría con la “reinterpretación” del Programa de Transición. En 1938, Trotsky desarrolló la contradicción entre las condiciones objetivas de derrumbe del capitalismo y la madurez de las condiciones para el socialismo, de un lado, y la inmadurez de las condiciones subjetivas. Esta inmadurez era el resultado de las brutales derrotas del proletariado revolucionario, producto de la política traidora de las direcciones tradicionales (la Segunda y Tercera Internacional); Trotsky caracteriza la falta de preparación de la generación joven, sumada a la desmoralización de la vieja generación obrera. Se propuso un sistema de reivindicaciones transitorias que orienten crecientemente a las masas en lucha contra el Estado burgués, en la medida que son incompatibles con el régimen social. El Programa de Transición desarrolla un programa de poder sobre la base de: 1) las condiciones objetivas de catástrofe capitalista; 2) las necesidades elementales de las masas, y 3) su subjetividad, el carácter de sus direcciones y de su experiencia, marcada por la Revolución de Octubre y las derrotas posteriores. El Programa de Transición es un enorme sistema de consignas, como lo son los programas de la Segunda Internacional e incluso el Manifiesto Comunista. El Programa de Transición tiene en cuenta particularmente las tendencias subjetivas de las masas y la necesidad de una acción política de la IV internacional, sobre la base de un programa, para ganarlas a un planteo de poder. La degeneración propagandista de nuestra minoría barre con esta elaboración y considera que un planteo “de poder” -o sea, el llamado directo, sin transiciones- a las masas para tomar el poder es independiente de la subjetividad de las masas. Por el contrario, el planteo del Programa de Transición de “gobierno obrero y campesino”, por ejemplo, es una forma de desenmascarar la política de las direcciones obreras tradicionales, instando a tomar el poder a organizaciones que es improbable lo hagan, para ganar a las masas en la perspectiva de la IV Internacional. Cuando Lenin planteó “abajo los diez ministros capitalistas”, apuntaba a quebrar la influencia en las masas de los conciliadores con estos diez ministros, desarrollando un planteo de poder. Cuando nuestro partido adoptó su sistema de consignas, tuvo en cuenta que en medio de un brutal ajuste contra las masas, la respuesta de los trabajadores estaría contenida por la burocracia sindical y el peronismo. Por eso planteamos, en primer lugar “Que la crisis la paguen los capitalistas, derrotemos el plan de guerra de Macri y los gobernadores”. La cuestión del “derrotemos” merece ser reivindicada, porque alude a impulsar la acción directa de las masas, sin la cual hablar del “poder” es un acto de onanismo de secta. Los grupos propagandistas hacen gala de rasgos acentuadamente pacifistas, pues reducen su actividad a “explicar la crisis”, como si el único obstáculo que las masas tuvieran es su grado de conciencia, omitiendo la opresión física que la clase obrera vive todos los días en las fábricas y más en general en la sociedad. La comprensión de la clase obrera de la situación que enfrenta -o sea, su pasaje de clase en sí a clase para sí- no es un hecho intelectual sino de luchas y de organización, que finalmente condicionan su capacidad de comprensión política. Con el “derrotemos” nos dimos la política de hacer intervenir a las masas en la situación a través de la lucha. Es el punto de partida de cualquier partido de combate. Encabezamos el planteo con estas consignas bajo la consideración de que la situación política en su conjunto dependía de la respuesta de las masas a la ofensiva gubernamental. Altamira, en cambio, no solamente negaba la existencia de una ofensiva sino que, además, combatió con uñas y dientes la consigna “Derrotemos el plan de guerra de Macri y los gobernadores”. No se entiende por qué los firmantes del documento consideran que es “pedante” que el Partido Obrero haya votado este sistema de consignas. La crítica suena extraña en quienes encabezan un documento con citas de uno de los propios autores, hacen un asunto de principios de su propia figuración y protagonismo, y le dedican reiteradas menciones a lo que entienden como una falta de formación y comprensión para emprender la presente polémica de quienes han compartido años y, en algunos casos, décadas con ellos en el trabajo de dirección y cuyas posiciones han ganado el apoyo de la mayoría aplastante del partido. ¿En serio les preocupa la pedantería? Desarrollamos, en una campaña de actos, la necesidad de que los trabajadores nos pongamos en pie, superando la política de derrota de la burocracia y la oposición patronal, contra el gobierno ajustador y fondomonetarista. Sobre esta base planteamos, en actos de todo el país, “Fuera Macri y el régimen corrupto de macristas, pejotistas y kirchneristas” y la “Asamblea Constituyente”. El Partido Obrero es acusado de desvirtuar el Programa de Transición por defender un planteo de movilización contra el plan de guerra del gobierno, de plantear su derrota en las calles y de defender la necesidad de que la clase obrera derrote el plan de guerra del gobierno con un paro de 36 horas, un “Cordobazo nacional”, y la preparación de la huelga general. El eje del Programa de Transición es, contra nuestros detractores, la movilización de las masas contra el Estado burgués. Para los propagandistas, en cambio, la tarea era “explicar” la crisis. Por este planteo, nos proponían, a quienes desarrollamos durante todo el año la intervención más tenaz en las luchas, un plan de charlas de Jorge Altamira sobre la Constituyente. Acusan a la dirección del Partido Obrero de querer modificar las Tesis programáticas de la CRCI de 2004. Otro tiro al aire. Todo nuestro análisis se desprende de la comprensión de la crisis mundial que está expresado en ese texto y tantos otros que nuestra corriente ha producido. Fue Altamira quien, hace dos años, promovía la realización de una conferencia para “revisar y actualizar” las Tesis de la CRCI, no se sabe bien con qué posiciones. Por lo pronto, en diversas ocasiones en los últimos años, ha desarrollado posiciones relativas a la restauración capitalista en China y Cuba, y la formulación de la Asamblea Constituyente, que difieren de lo votado en el Congreso de la CRCI. Altamira es, concretamente, el único militante del Partido Obrero que ha llamado a modificar estas tesis. El documento “alternativo” insiste en ignorar que el eje del planteo “Hay 2019” era sinónimo de “Fuera Macri” por medio de las elecciones. Es la tendencia que se impuso en las masas. La oposición pejotista explota a fondo las ilusiones democráticas con un planteo de recambio omitiendo la movilización popular. Un planteo presidido de “Fuera Macri” sin un llamado a derrotar en las calles el plan de guerra de los gobernadores era funcional a esta política, ya en 2018 y ahora peor, porque se ha desarrollado una polarización en el proceso electoral que explotará a fondo estas ilusiones democráticas, mientras, contradictoriamente, ambos bloques tienden al centro por presión de la burguesía y acentúan sus rasgos fondomonetaristas. Por eso, nuestro planteo frente al proceso electoral puede resumirse en la consigna “Abajo el régimen del FMI”, que comprende también al peronismo. El “Fuera Macri” de Altamira es votar por Fernández-Fernández. O sea, es una capitulación ante el nacionalismo burgués. Un viraje que pinta de cuerpo entero el carácter faccional de la polémica Es significativo que Altamira, mientras pretende una fracción porque el Congreso del Partido Obrero no vota las consignas “Fuera Macri, Asamblea Constituyente”, acepte en un tramo del documento reemplazar la consigna “Fuera Macri” en la agitación electoral. Omitió también de sus últimos artículos esta consigna. Llamativamente también desapareció la de Asamblea Constituyente, siendo reemplazada directamente por la de gobierno de los trabajadores. La falta de seriedad de la facción deja en claro que lo único que busca es el protagonismo personal de un individuo. Todo lo demás es funcional a ese objetivo mezquino. ¿Volverá Altamira al “Fuera Macri” o no? Nadie lo sabe, dependerá, en última instancia, de especulaciones o caprichos personales. Lo que importa para el partido es lo siguiente: en estas condiciones y con la campaña electoral en marcha “Fuera Macri” nos coloca en el campo del kirchnerismo “crítico”. Su consecuencia lógica en el terreno electoral es el apoyo a la fórmula Fernández-Fernández, no existiendo ni la convocatoria a Asamblea Constituyente alguna ni la oportunidad real para impulsarla. El Congreso del Partido Obrero, que la rechazó como consigna electoral, votó, sin embargo, en su documento central, que la consigna “Fuera Macri” sería apropiada en una coyuntura de alza de luchas contra el gobierno, que podría ser disparada por un recrudecimiento de la crisis económica, si involucra la acción directa de las masas. Como planteo electoral es puro seguidismo al peronismo. El documento pasa todos los límites del ridículo cuando luego de una campaña de divisionismo público, acusando a la dirección del Partido Obrero de reformista y reduciendo todos los problemas políticos, e incluso los resultados electorales, a que no fuera adoptada como consigna “Fuera Macri-Asamblea Constituyente”, ahora anuncia que durante las elecciones sería lícito intercambiar esta con “Contra el gobierno entreguista y los partidos entreguistas del capital”. Luego de reivindicar la preeminencia de “Fuera Macri” hasta para elecciones donde Cambiemos estaba en un tercer puesto cómodo, como Tucumán y Santa Fe, los faccionalistas admiten una consigna que es una mal disimulada copia de “Abajo el régimen del FMI” que preside la agitación del Partido Obrero luego de nuestro congreso nacional en abril. Arbitrariedad y faccionalismo sin límites. Contra lo que sostenía Altamira, no alcanza la Constituyente para delimitarse del bloque opositor, porque incluso hay sectores que han planteado una Constituyente bajo el kirchnerismo, aunque esta ala chavista ha perdido terreno con la nominación de Alberto Fernández. Como planteo electoral, en un momento sin alza de masas, el reclamo de una Constituyente tiende a identificarse con un planteo de reforma constitucional en los marcos del régimen. Altamira ha modificado repetidamente y en forma confusa su formulación de la Constituyente. Somos claros. Nosotros no promovemos una Constituyente bajo los poderes vigentes, sino para revocarlos. Una Constituyente, incluso si fuera producto de un triunfo electoral de la izquierda (que no está planteado), sería la expresión de un equilibrio precario entre las tendencias a la revolución y la contrarrevolución. La Constituyente fue nuestro planteo de fondo en una rebelión popular, el Argentinazo: el planteo de revocatoria de todos los poderes vigentes. Por fuera de una intervención de las masas, la consigna acentúa sus rasgos democratizantes. El planteo de Altamira y su séquito se asemeja por momentos al de Guillermo Lora, quien, bajo condiciones de retroceso del movimiento obrero boliviano frente a los gobiernos del MNR de los ’80, vaticinó la inviabilidad de la democracia burguesa y adoptó la consigna “de poder” de la dictadura del proletariado como consigna única. Ambos planteos se identifican en su carácter propagandístico y su negativa a dar la batalla para penetrar en las masas. Altamira ha oscilado sobre el punto, porque defendió, en la primera fase de la polémica, la fórmula “Gobierno de los trabajadores – Asamblea Constituyente”. En los debates internos rechazamos esa fórmula por forzar a un eventual gobierno obrero a asumir un compromiso constitucional con el poder del Estado vigente. Luego, Altamira asumió la consigna de 2001 (la Constituyente como vía para la revocatoria del poder estatal), pero sin rebelión popular (y sin un planteo para desarrollarla). El ultimátum de Altamira a las masas, a diferencia del de Lora, se desarrolla exclusivamente alrededor de una consigna democrática. Como Lora, sin embargo, la subjetividad de las masas no le importa, las consignas están determinadas por factores objetivos fijos. Es contradictorio que en el texto se reivindique atacar al poder del Estado como vía para delimitarse de los partidos patronales, mientras se propuso en las elecciones provinciales ignorar a los gobernadores (con la consigna “Fuera Macri”), cuando éstos representan el poder estatal más presente en cualquier provincia, y han sido el canal para encauzar la oposición de las masas al gobierno nacional tras una línea de conciliación de clases. Altamira, en su artículo sobre el “superdomingo”, rechaza todas las caracterizaciones vulgares para explicar el triunfo de los gobernadores sin proponer ninguna alternativa, salvo lo que caracteriza como una política deficiente de la izquierda. Después de ese artículo, Altamira escondió las elecciones provinciales bajo la alfombra en su texto fraccionista. La incapacidad de analizar concretamente las elecciones provinciales es una expresión de la bancarrota de toda la caracterización. Cuando en la batalla política previa al proceso electoral surgía la adhesión creciente de activistas a un recambio por la vía del peronismo contra Macri, el Partido Obrero discutió las consignas y herramientas para abordar esos debates. Altamira y su séquito fraccionista repetían, contra toda evidencia, que el peronismo y el kirchnerismo no eran un bloqueo para el desarrollo, ni de la lucha de clases ni de la izquierda. Esta versión era refutada en cada plenario que realizó la militancia del partido en cada lugar del país y fue sostenida contra viento y marea por la fracción. Caracterizamos un bloque de conciliación de clases contra el macrismo ya en las elecciones de Neuquén, las primeras del año, y nos dimos una política para desarrollar la delimitación correspondiente, con la consigna de “que la crisis la paguen los capitalistas”. Para Altamira, estas dificultades no existen, entonces el resultado electoral se explicaría por las consignas del FIT en el proceso electoral. Absurdo. El capítulo dedicado al movimiento obrero indica una involución Como hemos señalado, la característica fundamental del documento presentado por quienes reclaman constituirse en fracción es la ausencia del propósito de luchar por la penetración en las masas, lo que permite la organización de su vanguardia para pelear por su dirección. En sus términos, repetidos por Altamira y Ramal centenares de veces, todo se reduce a dejar que la crisis capitalista haga su trabajo y limitar la acción del partido revolucionario a explicar los alcances de la misma. Como dijimos más arriba, estamos ante una combinación de pacifismo y electoralismo, que ahora mutó a anti-electoralismo sólo porque Altamira no es candidato. En el último debate precongresal, Jorge Altamira tuvo que reconocer la ausencia total de un balance de la lucha de clases del período en su llamado documento “alternativo” para el congreso, señalando que “es necesario un balance a fondo de las luchas obreras del último período y caracterizar la conciencia de lucha y los métodos empleados por los trabajadores y su comprensión de la crisis política”. Tampoco avanzó luego en esta elaboración. La falencia no es secundaria, sino vital. Lenin, refiriéndose a la teoría revolucionaria, sostenía que “sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario”. El anterior Comité Nacional sí aportó un balance del estado del movimiento obrero y las masas en los informes de convocatoria al XXVI Congreso. Fue una parte sustancial del debate precongresal expresado por muchos compañeros en aportes que se publicaron en 17 boletines internos y, por último, estuvo presente en debate del propio congreso. Es decir, el conjunto del partido debatió, teniendo en cuenta un balance de la lucha de clases, de las luchas obreras, del estado de conciencia de las masas y de la propia intervención del partido en la misma, y sobre esa base se tomaron resoluciones, se establecieron las consignas y se plantearon iniciativas. ¿Tomaron nota los autores del pedido de fracción de todo ello? No. Dos meses después de finalizado el congreso no han aportado ni un balance ni tampoco una sola iniciativa. El capítulo dedicado al movimiento obrero indica que ha habido una involución. Se puede comparar el texto presentado por los fraccionistas (por lejos, el capítulo más corto de todos) con la resolución de la Comisión del movimiento obrero del congreso, que parte de la caracterización de la crisis de régimen para finalizar proponiendo una serie de campañas, pasando por un abordaje de la contención y el papel de la burocracia, un planteo sobre el frente único, las elecciones y el movimiento obrero, la unidad de los ocupados y los desocupados, la precarización de la juventud, la mujer, y los sindicatos, el ataque a las jubilaciones, el paro del 30 de abril y el 1° de mayo y la delimitación con el bloque “21-F” de la burocracia “opositora” y el carácter, la función y las contradicciones del Plenario Sindical Combativo. Es decir, una política para abordar la conquista de las organizaciones obreras, la lucha por la dirección del movimiento de masas. Con esta orientación, el Partido Obrero, la Coordinadora Sindical Clasista y el Plenario del Sindicalismo Combativo (PSC) tuvieron un papel destacado en el paro del 29 de mayo. Desde los puentes cortados, nuestros compañeros, con los dirigentes a la cabeza, se enfrentaban a la represión y se delimitaban del paro matero de la burocracia. Desde las tribunas levantadas (como en el Obelisco) planteamos la perspectiva del sindicalismo combativo. La lucha por un paro activo de 36 horas (el “Cordobazo nacional”) y el congreso de delegados de base para derrotar al régimen de Macri y el FMI, y poner en pie una alternativa política de la clase obrera adquirió relevancia a través de los medios de comunicación de ese día, en la agitación previa, en el trabajo cotidiano en las fábricas, barriadas obreras y lugares de trabajo. Varios de los dirigentes sindicales del partido y del PSC fueron oradores no sólo en nuestros actos sino en actos más amplios de organizaciones obreras como en Mendoza, Neuquén o Tucumán. Con esa misma orientación se desenvolvieron las actividades por el 50° aniversario del Cordobazo, que fueron desde actos masivos como el de Córdoba y Capital hasta el seminario sin precedentes del Sutna que “ha sido un salto en la conciencia de la vanguardia obrera del Neumático. La conquista del gremio continúa abriendo nuevos caminos en la politización de los trabajadores que luchan por sus reivindicaciones y, al mismo tiempo, son un canal de organización de la clase obrera por sus intereses históricos” (PO N° 1.551). Con esa orientación estamos interviniendo en la lucha de Alba, de Textilana, del propio gremio del Neumático, peleando por la recuperación de los sindicatos (como en ATE) y en la lucha de los desocupados. Así, el breve capítulo dedicado al movimiento obrero en el documento fraccionista aporta más a la caracterización de quienes lo han escrito (y firmado) que todo el resto. Por un lado, la ausencia de toda referencia a las luchas obreras del período (la referencia a la de los desocupados merece un análisis especial) ya revela la total despreocupación por acercarse al movimiento de masas, pero este desprecio a un aspecto sustancial de la acción de un partido de la clase obrera -y revolucionario por añadidura- muestra además un alto grado de irresponsabilidad y de improvisación en la conformación del grupo firmante. Se dirigen a un partido que está metido en la lucha hasta los tuétanos (razón por la cual, según Altamira dijo en la Conferencia Electoral, este seguía siendo su partido), sin una sola referencia o palabra sobre lo que es la actividad cotidiana de miles de compañeros. Dos de los tres párrafos escritos están destinados a referirse a resoluciones del congreso anterior (el XXV), que fueron votadas por unanimidad (¿se autocritican de haberlas votado?), pero además se distorsiona el debate de ese momento y se ocultan las verdaderas posiciones políticas. Se señala que la dirección de ese momento (que también integraban Ramal, Altamira, Viñas, Blanco y Quintana) consideró que “no pasaba nada en la clase obrera”. Esto se puede desmentir con la sola lectura de los documentos presentados a ese congreso y las resoluciones votadas. La mentira busca evitar referirse a los planteos de Altamira y Ramal. El inadecuado planteo de “formación de coordinadoras fabriles” en el documento retirado por ellos de aquel congreso, no corresponde a ninguna realidad, cuando estamos en una batalla encarnizada por preservar los cuerpos delegados conquistados y tratar de acceder a otros en medio de una ola de despidos en general y de activistas en particular. Digamos, de paso, que al estilo petesiano se nombran luchas que fueron encabezadas por sus actuales seguidores (AGR), pero se ignoran otras como Interpack, Inti, Textilana o Télam. Tal vez porque los “teóricos del reflujo”, como se nos llama, fuimos los organizadores de esas y tantas otras luchas, sea las de Siam, Alba, AGD, los Suteba, y tantas, tantas otras. Incluida nuestra participación en la de AGR, a través de la Naranja Gráfica y el Polo Obrero. Lo más importante no se balancea: cuál es el resultado y las relaciones de fuerzas emergentes de esas luchas. No es gratis el marcado retroceso en los gremios de prensa y de gráficos, de los trabajadores en su conjunto (lo que nos comprende), o en otros como el Smata, donde no queda una sola representación de izquierda, y las suspensiones, retiros voluntarios y cortes de contratos masivos están pasando sin batalla alguna. Cuando las luchas se libran, siempre hay un saldo positivo, de formación de conciencia en activistas que irán hacia otros destinos, de un registro en la memoria histórica de los trabajadores, etc. Pero los 46.000 despidos en marzo han pasado sin pena ni gloria y eso es parte de un análisis marxista de la realidad. Si no, miremos en la Historia de la Revolución Rusa, de Trotsky, el análisis pormenorizado del número y carácter de las huelgas según los años de ascenso o retroceso entre 1905 y 1917. De los flujos y reflujos surgen futuras rebeliones, dice el documento. Por supuesto, pero no se interviene igual en los flujos que en los reflujos. La caracterización de que “se viene un Cordobazo mayor que hace 50 años y que llevará a la renuncia de Alberto Fernández para que asuma Cristina Fernández de Kirchner como factor de contención” (Altamira, en la charla de Sociales), no tiene asidero ni mediación. En todo caso hay que preparar a los trabajadores desde su actual relación de fuerzas y estado de conciencia para que lleguemos a ese deseado puerto con las consignas adecuadas. En segundo lugar, la última parte es un embellecimiento de la fórmula Fernández-Fernández que confunde a los trabajadores sobre su verdadero contenido: el Presidente será el hombre de confianza del establishment. De todo esto, ni una sola palabra. No sólo no se balancea la lucha de clases, sino que tampoco se balancean las consignas que han propuesto al partido. Lo que revela que no se ha reflexionado debidamente sobre esas consignas, apreciando la actividad de las masas y del propio partido, sino que son volcadas livianamente sin responsabilidad por la intervención cotidiana en la lucha. Desde un podio se pontifica de acuerdo con su interpretación e interés individual. La sola lectura del periódico, donde se analizan y difunden las luchas obreras, el seguimiento de los frentes de trabajo aporta a orientarse y orientar al partido. Los fraccionistas deberían retomar esta tarea si quieren aportar una orientación válida al partido. Igual falta de basamento real tiene el planteo del “congreso obrero liderado por el Sutna” en oposición al Congreso de Lanús (que también lideró el Sutna) que dio lugar a la conformación del Plenario Sindical Combativo. Los firmantes no ofrecen una pista siquiera de con quiénes se desarrollaría el congreso del Sutna. El objetivo, dicen, sería “el desarrollo del clasismo en sectores más amplios del sindicato mismo”. Pero el Sutna convocó al Plenario de Lanús luego de un debate en asambleas de base y en sus cuerpos de delegados. Ponerse a la cabeza de un reagrupamiento de alcance nacional, con un programa debatido por miles de compañeros y una intervención sistemática de frente único en la lucha de clases, potencia claramente el desarrollo del clasismo en el mismo sindicato. La orientación de Altamira significaría que el Sutna rompa relaciones con el clasismo existente, para confluir con nadie. La Federación Aceitera, en quien Ramal puso una expectativa para un congreso obrero en el XXV Congreso, ha confluido en el Frente Sindical moyano-kirchnerista del 21-F. El impulso del Sutna al reagrupamiento del sindicalismo combativo no ha impedido que intervenga en el Confederal de la CGT con una posición clasista, cuando se presentó la oportunidad concreta para reclamar un congreso de delegado de bases, algo que pasó desapercibido para los “críticos”. Caracterizar al Plenario Sindical Combativo como “un acuerdo de tendencias político-sindicales de izquierda” en oposición al planteo del congreso obrero es absurdo. El PSC es un frente único de organizaciones gremiales: sindicatos, comisiones internas y cuerpos de delegados, que se apoyan en una práctica de asambleas y consultas permanentes a sus bases. Este es el criterio que explica la persistencia del Plenario en contraste con otras experiencias pasadas. Desde ya, en el seno de esas organizaciones, como en toda organización sindical, actúan corrientes políticas. La idea de un movimiento obrero “en estado puro” no sólo es ilusoria sino incluso reaccionaria, tributaria del antipartidismo o del nacionalismo burgués (que considera a la izquierda un elemento extraño al movimiento obrero organizado). No hay un solo aporte porque, en realidad, lo que tienen que decir es si están a favor o en contra de las acciones que se desarrollan a instancias del Plenario de Lanús. Un año y medio de funcionamiento del PSC alcanzan para ver que ha sido un factor de reagrupamiento para impulsar acciones independientes y de lucha en oposición a la burocracia ante cada lucha obrera y aún del movimiento piquetero independiente. Por otro lado, tuvimos un método: establecimos un programa como resultado de la lucha política con las corrientes democratizantes que integran el sindicalismo de izquierda y antiburocrático, que no es acabado, pero está ubicado en el campo de la independencia política de la clase obrera, y de una salida y un plan económico de los trabajadores. Por otro lado, sin realizar un ultimátum al Plenario de Lanús, la CSC-PO desarrolló la cuestión del Congreso de delegados de bases de todos los sindicatos y la consigna de poder de gobierno de los trabajadores. Quienes somos acusados de que “decíamos que no pasaba nada” por quienes votaron documentos comunes en el XXV congreso, preparamos en el periódico, en los frentes y entre los militantes las jornadas del 14 y 18 de diciembre; cuando una semana antes, en Facebook, Altamira escribía que la crisis era “por arriba”. Sostuvo este planteo incluso con posterioridad a aquellas grandes movilizaciones, como quedó registrado en las actas de la reunión de Comité Nacional de ese fin de año. Luego caracterizamos esas jornadas como un punto de inflexión en la consideración de las masas sobre el gobierno Macri, algo que se ha profundizado a un año y medio vista, aunque no significó ni significa un ascenso obrero. En cambio, Daniel Blanco, uno de los firmantes del texto de marras, sostuvo, en el Comité Nacional que integraba en la época, que habíamos entrado en una situación prerrevolucionaria. Caracterizamos los mecanismos de contención que se acentuaron ante el desborde de diciembre y la reacción de masas frente a la represión, y nos dimos la consigna de paro activo de 36 horas como el puente más adecuado hacia la huelga general. La imputación a la propuesta de un congreso del movimiento obrero y la izquierda, realizada por el XXV Congreso, de ser “no para elevar al FIT a un desarrollo estratégico en la clase sino como marco para negociar las listas electorales”, es arbitraria y faccional. ¿Dónde está dicho eso? ¿Por qué negociar listas electorales un año y medio antes? En realidad, la acusación busca ocultar su propia concepción del congreso y el sesgo electoralista del grupo firmante. El Congreso del Movimiento Obrero y la Izquierda de 2014, en el Luna Park, terminó proclamando la candidatura de Altamira a la presidencia; en 2015, un encuentro obrero del Bauen (¡¡¡que Altamira consideró superior en su composición y proyección a los plenarios obreros de Sitrac-Sitram y Villa Constitución!!!) fue en apoyo a la fórmula Altamira-Giordano y, en el XXV Congreso, Altamira y Ramal, junto a la huelga general y las coordinadoras, plantearon una Conferencia Electoral del partido en junio de 2018 (un año antes del cierre de las listas). Como la película: “No sos vos, soy yo”. La ausencia de balance sobre la pertinencia de consignas tales como la “huelga general” y las “coordinadoras” es ilustrativa de la deriva propagandística de Altamira, a la que quiere arrastrar a todo el Partido Obrero. En realidad, la falta de balance muestra que jamás se propuso en serio ninguna campaña por ello. Según Altamira, que las consignas de acción no se correspondan con la situación del movimiento obrero sería un mérito, porque sólo así jugarían un papel “preparatorio”. Pero si esa fuese la lógica, entonces también deberíamos agitar la “insurrección armada”, ya que si nos quedamos en la huelga general cometeríamos el mismo error que Lenin le señaló a Rosa Luxemburgo. Pero son todas sandeces. La única preparación real es establecer consignas de acción que puedan ser adoptadas por el partido para penetrar en las masas, reclutar a su vanguardia y organizar a los sectores más activos. Lo demás es para dar charlas en algún centro cultural. Una vez más sobre el Polo Obrero Sobre el movimiento de desocupados, el grupo firmante redobla una caracterización pequeño-burguesa, morenista y liquidacionista, que ya les fue señalada en el debate congresal. Según ellos, el movimiento de desocupados se ha reanimado por el reclamo de los planes sociales y nos cuentan, como novedad, una historia sobre el triunvirato piquetero, la presión de la Iglesia, etc., que cualquier delegado del Polo Obrero puede explicar con muchos más elementos, conclusiones y práctica. El reclamo de planes sociales, frente al aumento de la miseria, el hambre y la desocupación, es una lucha poderosísima contra el Estado y los gobiernos capitalistas, ¿o acaso los firmantes creen que, graciosamente, la burguesía va a sostener a las masas hambrientas a costa del Presupuesto que está destinado al pago de la usuaria deuda y al sostenimiento del parasitismo de la burguesía? La intervención del Polo Obrero contra el plan de contención diseñado por el gobierno, la burguesía y la Iglesia para evitar un replay de 2001 fue abriendo grietas que logramos transformar en un frente de lucha con alcance nacional. La pelea contra la miseria y contra el derecho de los punteros clericales aliados de Macri y la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanely a decidir quién recibe o no la asistencia oficial fue transformada en un poderoso movimiento de lucha. Frente al asistencialismo, levantamos la unidad de clase, reivindicando el rol de primera línea del Polo Obrero en cada conflicto fabril, de AGR a Siam, a Interpack. En el párrafo dedicado al movimiento de los desocupados, los firmantes nos aclaran que la “perspectiva del Polo está condicionada a la lucha de clases de conjunto”. ¡Chocolate por la noticia! ¿Y la de los trabajadores ocupados? ¿Y la de la mujer? ¿Y la de los derechos humanos? ¿Y la de la juventud precarizada? Es decir, ¿y la del conjunto de los explotados? La advertencia revela un prejuicio. En lugar de proponer el fortalecimiento de las luchas que encaran los desocupados, tomar las iniciativas que ayuden a su mejor y más fuerte organización, a la mayor unidad de ocupados y desocupados (como el hecho de que el Polo Obrero es parte de la mesa del CSC y el PSC), los fraccionistas los mandan a… capacitarse políticamente como condición para una convergencia con la estrategia del partido. Esta recomendación, que sólo es indicada para los desocupados (obreros sin trabajo), destila un prejuicio de clase como el que es sostenido por el PTS y gran parte de los medios de comunicación en manos de los capitalistas. La lucha del Polo Obrero contra el triunvirato piquetero, contra la presión de la Iglesia en los barrios (y sobre todo en defensa del derecho al aborto), contra los pulpos inmobiliarios en la lucha por la vivienda, hablan de una convergencia con la estrategia y el programa del partido que aspiramos para todas las organizaciones que construimos. El desarrollo reciente del Polo ya ha aportado un enorme campo para agrupar activistas y militantes en todo el país. El Congreso de formación de la Juventud del Polo Obrero, votado por el XXVI Congreso y denostado públicamente por miembros de la fracción, ha revelado que esta comprensión está ganando a una juventud que enfrenta la miseria y la violencia del Estado con una gran conciencia. El Polo Obrero ha reagrupado con el método del frente único, como lo hicimos en el pasado con el Bloque Piquetero Nacional, a los sectores de lucha no cooptados por el Estado. Este frente de lucha ha sido un factor disruptivo de la desmovilización de masas que promueven todas las burocracias sindicales, desde Héctor Daer hasta Hugo Yasky y “Cachorro” Godoy, todos furgones de cola de la fórmula Fernández-Fernández o aún de otras del dividido peronismo, como Luis Barrionuevo. El boicot de la dirección del Partido Obrero de Tucumán al Congreso de la Juventud del Polo Obrero y a su última movilización nacional confirman un camino derrotista y de despolitización, y el carácter liquidacionista-rupturista de la fracción en cuestión. Defender hoy al Frente de Izquierda es defender la independencia política de los trabajadores El documento presentado con el pedido de “fracción pública” realiza una verdadera falsificación cuando dice que existe (aparentemente en el Partido Obrero) una divergencia sobre el carácter del FIT desde el momento mismo de su conformación en 2011, sobre si tiene un carácter democratizante o revolucionario. Otra vez, las citas que revelan esa divergencia, de ya ocho años, brillan por su ausencia. Como ocurre en la religión, en la deriva mesiánica sólo queda tener fe en el “hombre programa”. Pedir pruebas es un acto de herejía. El grupo que ha ido conformando Altamira y luego Ramal adentro del Partido Obrero tiene una posición hostil al Frente de Izquierda, aunque oscilante y cambiante en el tiempo. Pero no siempre fue así. Cuando el FIT se conformó, y el propio Altamira era su principal candidato, él escribió que los 520 mil votos reunidos en las Paso de 2011 eran la “adhesión a una convocatoria política y a un objetivo desde el programa, los partidos y los dirigentes de la izquierda revolucionaria”, contraponiéndolo a “los frentes democratizantes del pasado”. Reivindicó el carácter democrático de la campaña, en tanto caracterizaba positivamente al FIT como una “fuerza anticapitalista”, con una plataforma de reivindicaciones inmediatas, que necesitaba un gobierno obrero para su realización. Reivindicó como eje de la campaña de 2011 “el slogan ‘que la crisis la paguen los capitalistas’ y sus reivindicaciones concretas están resumidas en el programa transicional del Frente de Izquierda”. Desde ya, todos en el Partido Obrero marcamos tempranamente los límites del FIT como frente estrictamente electoral y que constituía un compromiso, un puente, con un electorado que no estaba en gran parte dispuesto a acompañar nuestro programa revolucionario, pero nos apoyaba en una contienda electoral frente a la desaparición o capitulación de la izquierda democratizante y la centroizquierda frente a los bloques patronales centrales. Marcamos el carácter contradictorio que tenía por las divergencias políticas entre el Partido Obrero y el carácter democratizante de nuestros socios, que provienen del morenismo. Denunciamos a cada paso los bloqueos faccionales al desarrollo de un frente único, desde el faccionalismo en los sindicatos a la ruptura de los bloques parlamentarios. Este año, la resolución política de nuestro XXVI Congreso señala que existen bloqueos a que el FIT se desarrolle como un polo político de la clase obrera por la “orientación alevosamente electoralista” de nuestros aliados, lo cual constituye “una divergencia de alcance estratégico”. No ha tenido un desarrollo como un frente único que se traslade a todos los frentes de la lucha de clase. Los grupos morenistas, centristas y dedicados a la construcción de sus grupos como interés particular divorciado de los intereses generales de la clase realizan todo tipo de zancadillas faccionales en los frentes obreros y estudiantiles, cada vez que pueden. Los balances de la Fuba, donde el PTS e IS no se suman a fortalecer el ala revolucionaria de la dirección, del divisionismo que entregó a la dirección combativa de Aten, del faccionalismo contra el Sutna clasista; de ferroviarios, donde la Bordó de IS se niega a abrir las listas en el Sarmiento al activismo de izquierda, son muestras de esto. “Este carácter progresivo del Frente de Izquierda, y su plataforma en defensa del gobierno de trabajadores y la independencia de clase, entra en contradicción con la orientación electorera del PTS, que además es hermana siamesa del sectarismo, en tanto privilegia la competencia interna por el reparto de candidaturas sobre el frente único de acción que requiere una acción sistemática de lucha por un gobierno de trabajadores. De esta contradicción se deriva que el Partido Obrero debe presentarse como un defensor del Frente de Izquierda y como el partido que, por su programa y método, puede desarrollarlo de modo consecuente. Nuestra defensa del FIT radica también en la defensa del frente único de clase, que debe empezar por una acción unitaria del propio Frente de Izquierda. Para darle una forma política definida, debemos insistir en nuestro planteo de que se convoque un Congreso del Frente de Izquierda, para que sirva como instancia de movilización del activismo obrero, juvenil y de la mujer, y fortalecer una campaña basada en dicha movilización”. Los ocho años de existencia que lleva el Frente de Izquierda deben llamar la atención no sólo por su longevidad en sí misma, sino porque implica haber sostenido una ubicación de clase independiente frente a condiciones políticas cambiantes y presiones de distinto orden. Hemos pasado del súmmum del bonapartismo cristinista, con su 54% en las elecciones de 2011, a su intento de protagonizar el desmantelamiento del régimen intervencionista bajo su propia dirección con el pacto Kicillof-Chevron, el acuerdo con el Club de París y la candidatura de Daniel Scioli, a la victoria de Macri, la crisis del esquema “gradualista”, los acuerdos con el FMI y la crisis política y económica, acompañada de un enorme operativo de contención de las luchas y desvío electoral que domina el actual momento político. Gran parte de la centroizquierda e izquierda argentina, que no fue kirchnerista en los doce años de gobierno, se suma ahora al Frente para Todos, con los K, la mayoría del PJ, el Frente Renovador y el impulso de la Iglesia católica. Allí se anotan Pino Solanas, el deggenarismo, Patria Grande, el PCR y Barrios de Pie, junto a otros grupos menores como el Perro Santillán, el Frente Darío Santillán de la Ciudad de Buenos Aires y La Dignidad, que apoyaron al FIT en el pasado. La existencia del Partido Obrero en la Argentina, su desarrollo político y su inserción en la lucha de clases de nuestro país han sido un factor determinante en esta perseverancia del FIT. Aunque nuestros socios han coqueteado con tendencias patronales y burocráticas, no han dado pasos de una integración política de fondo en esa dirección, bajo la presión de la lucha política que hemos emprendido con ellos minuto a minuto. Esto vale tanto para el coqueteo del PTS con el kirchnerismo, como el de IS con Hugo Moyano. La persistencia, y el reforzamiento, con el acuerdo con el MST de este frente de independencia de clase, es un hecho político de desafío a la corriente predominante, que lleva a una mayoría de trabajadores a votar por el peronismo contra Macri, con la expectativa de poder defenderse, aunque sea parcialmente, del régimen de ofensiva contra la población trabajadora, de licuación salarial, creciente desocupación y subordinación nacional al servicio del ajuste comandado por el FMI. El PSOL brasileño, donde militan los grupos vinculados con IS, el MST y el MAS (el grupo vinculado con el PTS se retiró del PSOL y luego pidió su reingreso) ha sido parte integral del operativo de seguidismo a Lula y desmovilización de la clase obrera brasileña frente al golpe de Michel Temer y luego el ascenso de Jair Bolsonaro. Ni qué hablar de la disolución del conjunto de la izquierda detrás del Partido Laborista inglés de la mano de Jeremy Corbyn o en el Partido Demócrata yanqui junto a Bernie Sanders. El FIT juega el rol opuesto en la Argentina. Reivindicamos su existencia y la defendemos. Si no tuviéramos FIT, deberíamos llamar a conformarlo frente a la enorme presión a subordinar a los trabajadores al frente pejotista que se evidencia fuertemente en todas las elecciones provinciales y ha marcado una tendencia al freno o retroceso de todas las listas de izquierda. La existencia de este frente no tiene, entonces, un contenido democratizante, sino proletario, de clase. Esto no equivale a tener un balance idílico ni inocente del FIT. El hecho de que al FIT el Partido Obrero lo comparta con grupos centristas, democratizantes, es uno de los datos para tener en cuenta, junto a la función política del frente y el contexto en el que se mueve. O sea, que le aporta un frente único a la clase obrera en función de sus intereses históricos. Altamira entró en crisis con el FIT cuando nuestra lista perdió las Paso. En 2015 se negaba a reconocer la derrota en las Paso desde su lugar de responsable de la Prensa Obrera, aplicando la censura sobre todos los artículos que llamaban a votar por Del Caño-Bregman, algo que comentaba toda la prensa burguesa para bochorno de nuestro partido y perjuicio de nuestros candidatos. Además, como Altamira se había retirado unilateralmente del Comité Ejecutivo, no había forma de debatir con él esta censura, que aplicaba por la vía de los hechos consumados. En la misma línea se había negado a participar de la conferencia de prensa común del FIT hacia las elecciones de octubre, desconociendo que la dirección había resuelto su participación, designándolo como nuestro orador en ella. Señaló por las redes sociales su oposición a la pelea por el corte de boleta en favor de Néstor Pitrola como diputado, que permitió ese año su reingreso al Congreso Nacional. En 2017 hizo una campaña interna para que el Partido Obrero pidiera repetir las Paso, para “preparar la ruptura del FIT” que, luego de un rechazo casi unánime de la militancia partidaria, retiró en el congreso partidario de Semana Santa de 2017, votando una resolución política única. Es cierto que en las Paso de 2015, el PTS pudo usar el carácter democrático del electorado del FIT a su favor, apelando a la “renovación” marketinera y despolitizada. Sin embargo, como caracterizamos en el Comité Nacional del Partido Obrero luego de las elecciones y luego en el XXIII Congreso, fue una victoria condicionada. El PTS no logró imponer su dirección y orientación al FIT, que ha quedado en disputa, dividida. En las propias Paso, los derrotamos en la provincia de Buenos Aires, la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Salta, entre otras provincias, aunque sin poder descontar la diferencia que nos sacaron en Mendoza y Jujuy. Esta realidad hizo que el PTS estuviera lejos de dominar la representación del FIT. De esta comprensión se derivó una línea de acción que dio grandes resultados para la lucha política del Partido Obrero, lejos de dedicarnos a llorar sobre leche derramada. En 2017 fuimos a una gran campaña por listas únicas, por el congreso del movimiento obrero y de izquierda, y se votó en la conferencia de la provincia de Buenos Aires y luego en el XXIV Congreso promover a Romina del Plá como figura central, junto a Néstor Pitrola, en las listas bonaerenses. En el curso de la campaña, los eslogans electoreros del PTS sobre “la vida y las ganancias” perdieron espacio frente a la reivindicación de la izquierda “junto a los trabajadores, siempre” -o sea, de nuestro lugar en la lucha de clases. El balance final de la pelea debe destacar que no sólo ingresamos más representantes parlamentarios que el PTS como resultado de las elecciones de 2017, sino que tuvimos un mayor protagonismo político en su utilización. El movimiento por la conquista del aborto legal tuvo como protagonista destacadísima a Romina. A través suyo tuvieron una plataforma enorme nuestras posiciones revolucionarias y de clase en el seno del movimiento de mujeres. Fue también una de las voces más destacadas en la lucha política contra la reforma previsional y el Presupuesto de ajuste del FMI. El documento faccional carga las tintas sobre quienes no acordamos con la novedosa caracterización del FIT que improvisaron: “La negativa rotunda a caracterizar al FIT como democratizante le otorga a este un carácter estratégico o permanente”. Como remedio propone que desarrollemos una polémica estratégica y tengamos una agitación y una política propia en las elecciones. Algo que el Partido Obrero desarrolla hace ocho años, y que sigue haciendo en cada oportunidad. Con afirmaciones sin sustento, Altamira y sus seguidores deducen la imputación de una “tendencia a disolver al partido en el FIT”, “ni qué decir lo que ocurrirá si llegan a acuerdos con AyL, MST y Nuevo MAS”. Mientras Altamira se limitaba a hacer internismo hacia adentro del Partido Obrero con la excusa de “Fuera Macri-Asamblea Constituyente”, el partido, ante la negativa de una campaña común del FIT frente a la crisis nacional que propusimos públicamente, realizó una serie de actos masivos propios en todo el país, fijando una posición y un programa frente a la crisis nacional mientras agitó en el activismo una serie de cartas polémicas al FIT, que incluyeron también desarmar la maniobra faccional del PTS de un “partido unificado”, cuando no se convenía ni hacer un acto en común. En la Conferencia Electoral de marzo de 2019, Altamira y Ramal hicieron un papel lamentable, rechazando designar candidatos para avanzar en el cierre de un acuerdo del Frente de izquierda, con el argumento de que “la crisis” cuestionaba que se realizaran siquiera las elecciones de este año, mientras Altamira presentaba una declaración que llamaba a “Votar al FIT” cuando no había todavía acuerdo alguno, y describía un idílico avance en una acción común en el movimiento obrero, que era un embellecimiento francamente inexplicable. De allí pasaron, en vísperas del propio congreso del partido, a la caracterización de que el FIT es democratizante, borrando su diferenciación con el Frepu, Izquierda Unida y las formaciones internacionales “amplias” como el PSOL o el NPA, que son un patrimonio del Partido Obrero en los últimos ocho años, en oposición a la reivindicación de IS de una “unidad de izquierda” indiferenciada. Sucede que el lugar de Altamira en los acontecimientos alcanza para modificar todas las categorías de análisis. Cuando él era un protagonista central reivindicaba del FIT, su carácter anticapitalista y revolucionario, lo cual no le parecía contradictorio el eslogan “que la crisis la paguen los capitalistas” y su diferenciación de los frentes de la izquierda democratizante. Altamira fue autor de la propuesta, justa, de un frente a Zamora en 2013 con el FIT, que consistía en colocarlo como candidato a primer Legislador por la Ciudad de Buenos Aires, a expensas de Marcelo Ramal, para facilitar que ingrese el candidato a diputado nacional por el FIT, que era Altamira. El texto de los faccionalistas nos acusa, ahora, de llevar adelante la propuesta que él votó hace unos meses como integrante del Comité Nacional, de querer “cambiar a Ramal por Zamora o Bodart”. ¿Puede ser mayor la impostura? El método ombliguista es el opuesto exacto al planteo de Marx en el Manifiesto Comunista de que los revolucionarios no tenemos intereses propios, de grupo, fuera de los intereses de clase. Una involución política que lleva a juzgar a su partido y a los frentes que integra por el lugar personal que ocupa en él. Pero si Altamira no quiere ajustarse a esta máxima de Marx, al menos puede prestarle atención a Perón, que decía “primero la patria, luego el movimiento y, por último, las personas”. La facción altamirista aplica la máxima de Perón en un sentido inverso. El Frente de Izquierda-Unidad se constituyó sobre la base del fracaso de la política de colaboración de clases del MST, que en otra época cultivaba frentes con Proyecto Sur, Luis Juez, e integraba la CTA autónoma. Su formación refuerza el polo que rechaza y rechazó tomar ese camino. La propuesta de este frente fue votada unánimemente por el Comité Nacional anterior al congreso partidario, donde estaban Altamira y Ramal, y luego por el congreso. Tiene un carácter contradictorio, ya que suma otro grupo democratizante al frente, con una trayectoria más oportunista y, al mismo tiempo, amplía el auditorio del FIT a más trabajadores, generando mejores condiciones para una movilización de fuerzas en el terreno electoral y no electoral. Esta particularidad la hemos encarado imponiendo al FIT la necesidad de un acuerdo político propio antes de reunirnos con el MAS y el MST, negándonos a disolver el frente en un acuerdo general con grupos cuyo accionar ha sido mucho más errático. Nuestra forma de juzgar los frentes únicos es la que tenía León Trotsky, cuando le proponía a la clase obrera alemana que impulsara un frente único obrero con el PS y el PC estalinista para aplastar al nazismo en ascenso. La objeción a esta unidad de clase por el programa o trayectoria previa de la socialdemocracia era la política estalinista del tercer período, un ultraizquierdismo autista que costó carísimo a la clase obrera. La historia del Partido Obrero argentino y de todo el movimiento obrero internacional enseñan el valor del frente único para ampliar el campo de acción de los revolucionarios. El centro del problema alrededor del Frente de Izquierda se resume en conquistar las mejores condiciones para reagrupar a una masa de trabajadores, jóvenes, mujeres y oprimidos alrededor de las banderas de la independencia de clases, a sabiendas que la crisis en curso va a golpear, más temprano que tarde, el ascendiente logrado por el plan de recambio patronal pejotista, que tiene un fuertísimo compromiso con las patronales nacionales y extranjeras a impulsar un nuevo round de reformas antiobreras, gane quien gane las elecciones. El menosprecio de la lucha electoral, el abstencionismo “crítico” por el carácter contradictorio del FIT y cualquier divisionismo es funcional a la subordinación política de los trabajadores al nacionalismo burgués, la Iglesia y la burocracia sindical y piquetera, que hoy domina el panorama político. La defensa del frente único prepara las mejores condiciones para un liderazgo revolucionario en las nuevas etapas de la crisis. La verborragia “revolucionaria” para hacer política divisionista debilita al frente único y confunde a los luchadores y a la militancia. Debemos entonces desnudar su carácter y derrotar al confusionismo. Sobre el régimen interno: funcionamiento colectivo o manejo personal El régimen interno del partido fue abordado como tema central en el XXIII Congreso del partido en 2016. La necesidad de hacerlo y tomar resoluciones surgió ante la evidencia de que el partido no actuaba de acuerdo con las necesidades de un funcionamiento colectivo que asumiera las responsabilidades de la dirección y esto se verificaba fundamentalmente en que sus organismos no se reunían o lo hacían esporádicamente, partiendo desde el propio Comité Central. En 2015 no hubo congreso partidario. El Comité Nacional tenía reuniones cada tres o cuatro meses. Sus comisiones estaban totalmente paralizadas. El Comité Ejecutivo, votado por el Comité Nacional, era suplantado por reuniones parciales de una parte de sus miembros en un bar. El periódico no era la expresión de una elaboración colectiva de la dirección del partido. Los comités regionales del interior no estaban centralizados. El Boletín Interno se publicaba esporádicamente. Hasta las Paso, las decisiones fundamentales para el partido fueron la conclusión y la decisión casi excluyente de un solo miembro de la dirección: Altamira (cabe recordar como ejemplo que la decisión de rechazar la propuesta del PTS de no ir a internas y colocar a Del Caño como candidato a vicepresidente fue rechazada por Altamira en oposición a la postura de otros miembros del Ejecutivo). Luego de las Paso, Altamira abandonó la dirección. Las resoluciones tomadas en ese congreso para resolver el “problema del régimen interno” fueron empezar por regularizar el funcionamiento de la dirección, la cual debía convocar sus reuniones con una periodicidad que no superara los 45 días entre una y otra, e incluso se mandató a la Comisión de Control a que revisara el cumplimiento de esta resolución. El congreso abordó el problema del régimen interno en función de un objetivo preciso: garantizar la intervención de todos los militantes en la vida cotidiana de la organización mediante sus organismos -es decir, dotar al partido de una elaboración colectiva como condición primera para un partido de combate. ¿Es a esto a lo que refiere el capítulo sobre el régimen interno de los fraccionistas? El punto es utilizado para hacer acusaciones infundadas, colocando a la dirección del partido como una fracción que impone un régimen de aparato al partido. El hecho es, de por sí, además de difamatorio, incongruente. La dirección ha surgido de un congreso realizado hace apenas dos meses, fue votada por la inmensa mayoría de los delegados (el último en entrar obtuvo 65% de los votos, cuando de los firmantes el que más votos alcanzó llegó a casi el 29%), luego de casi cuatro días de debates y con un período congresal de amplio intercambio de documentos (el mayor en la historia del Partido Obrero), expresados en 17 boletines internos congresales, en los cuales Altamira y Ramal estuvieron entre los autores más asiduos. Los delegados al congreso intervinieron muy activamente en los debates, tanto en las comisiones como en las sesiones plenarias, hecho que fue destacado por invitados y por los propios congresales. Altamira, a su vez, pudo expresar sus posiciones, presentadas como propuestas de resoluciones, con mayor tiempo que el resto de los delegados. Todo el desarrollo del proceso congresal reveló un partido activo, militante, con decenas de cuadros interviniendo y sin ningún aparato que lo dominara. Un aparato (y su ideología) no se crean de la noche a la mañana, no surgen por la decisión de un grupo, requieren de condiciones especiales, políticas y materiales. En la supuesta advertencia sobre la aparición de una ideología de aparato, Altamira no ofrece una caracterización, un desarrollo, que permitan a la militancia del partido juzgar los alcances de tamaña afirmación. En la bibliografía marxista, las características que debían adoptar los partidos revolucionarios y las luchas dentro de ellos han sido uno de los temas más abordados, desde el ¿ Qué hacer ? , de Lenin, hasta los textos de los congresos de la Tercera Internacional, y mucho más aún luego de la aparición del estalinismo. Trotsky, en particular, tuvo sobre sus espaldas el combate contra Stalin y su régimen, y lo hizo con el cuidado y la precaución de que no fuera usado por los enemigos contra la clase obrera y, en particular, contra la Revolución Rusa de 1917. La construcción de un partido obrero revolucionario es posiblemente la tarea más compleja y cuidadosa que debemos abordar los marxistas porque entraña una diferenciación en el seno de la clase obrera (que requiere estar unida en la lucha contra el capital) que debe ser debidamente justificada en función de los intereses colectivos de la clase y no de las preocupaciones de un grupo o individuo. Las diatribas y acusaciones de los fraccionistas contra las resoluciones del congreso y la dirección que este eligió para llevarlas adelante delatan a un grupo irresponsable. Como reza el dicho “Al ladrón, al ladrón, dice el ladrón”. La ideología de aparato domina a los fraccionistas, esta ideología se combina además con una fuerte tendencia a llevar al partido al diletantismo y, por lo tanto, su autodestrucción. Es evidente que el partido ha pasado de un régimen de dirección unipersonal (la de Altamira) a la de un régimen colectivo. Y es esto último lo que se ataca. Veamos algunas de las acusaciones. Se habla de censura hacia Altamira en el periódico, cuando lo que hay es una dirección electa y responsable por las posiciones publicadas. El periódico de un partido de combate es el militante número uno en esa lucha y no una tribuna de librepensadores. Altamira pretende que se publiquen artículos que atacan las campañas electorales provinciales sobre la base de falsedades. ¿Por qué deberíamos habilitar un ataque infundado al Comité de Córdoba o Mendoza en la prensa partidaria? La publicación permanente de artículos con orientaciones contrapuestas pone en cuestión el carácter de lucha política del periódico, planteando a los militantes un menú a la carta en lugar de una orientación. Prensa Obrera nunca fue así. Cuando el periódico era dirigido por Altamira, todos los artículos pasaban previamente por su corrección y aprobación. Ningún militante podía publicar una posición contraria a la que sostenía la dirección del periódico, el Correo de Lectores estaba “abierto” al público no a los militantes del partido (salvo escasísimas excepciones) y, obviamente, se elegía qué publicar. Durante más de un mes después de haber perdido las Paso, cualquier artículo que planteara votar o se refiriera a la fórmula presidencial del FIT (Del Caño-Bregman) fue directamente mandado a la papelera sin siquiera un debate, sólo por la decisión personal de Altamira. Cuando Altamira dejó la dirección (2016) dejó de colaborar con Prensa Obrera y buscó paralelizarla a través de su página de Facebook, la publicación de algún artículo de él debía obligatoriamente decir que había sido extraído de su página personal en la red. Altamira no quiere escribir en Prensa Obrera con los métodos de una prensa que representa a un partido. Los artículos mandados a Prensa Obrera en el último año debían ser publicados sin modificaciones ni sometidos a debate. El Estatuto señala claramente (art. 25) que “El Comité Central controla todas las publicaciones externas e internas, y designa los comités de redacción bajo la responsabilidad de uno de sus miembros. Controla también la participación de todo militante en cualquier publicación”. Hace casi veinte años se separó del partido al grupo Razón y Revolución por tener una publicación propia. El artículo de Altamira que atacó la campaña de Córdoba con acusaciones nunca probadas no fue enviado al periódico, salió directamente en su Facebook. De haberlo enviado, se hubiera abierto un debate, pero no es eso lo que se buscaba. La no colaboración con la prensa partidaria es una grave falla en un militante y mucho más en dirigentes. El espíritu de aparato de los fraccionistas vuelve a aparecer en el tema de las candidaturas que, se ve, juega para ellos un carácter determinante. Los anti-electoralistas mutan en electoralistas fanáticos ni bien se hacen de una candidatura. El bochornoso comunicado de Salta lanzado a espaldas de sus compañeros de comité regional para anunciar los candidatos locales de la “minoría” con una conferencia electoral resuelta por ellos mismos se lleva el premio. Allí anuncian que van a buscar recrear “la victoria sobre el peronismo en capital hace seis años y que sólo fue el primer ensayo de un ascenso definitivo de la clase obrera por su propio gobierno”. Confundir la conquista de una mayoría en un Concejo Deliberante municipal con el advenimiento del gobierno obrero, que para el Partido Obrero es la dictadura del proletariado, no es sólo darse manija, es un electoralismo reformista propio del socialdemócrata más irrecuperable. Quienes reclaman preguntarle a la militancia y “no arrogarse” el derecho de opinión de ella, consideran un acto de brutal exclusión y una proscripción la decisión de casi el 95% de los delegados a la Conferencia Electoral de la Ciudad de Buenos Aires de proclamar a Gabriel Solano como candidato a jefe de Gobierno y rechazar la postulación de Marcelo Ramal (que obtuvo un poco más del 5%), ¿por qué? ¿Ramal tendría un “derecho natural” a ser candidato, independientemente de la decisión de los militantes del partido? La Conferencia Electoral nacional había nominado a Solano, Vanina Biasi y Ramal, en ese orden, como voceros de la Ciudad. Los delegados de la regional, pasados cuatro meses de intensa intervención y lucha política, tienen toda la potestad de hacer una selección final, fruto de un debate y balance político, como corresponde a una organización que reivindica la revocabilidad de los cargos como denuncia contra la burguesía y su régimen político. Sobre las rentas, las sanciones y la infiltración al partido Los fraccionistas vuelven, para sostener la acusación de “aparato”, con una denuncia sobre las rentas, diciendo que tenemos más que la socialdemocracia alemana, sin aportar números que lo fundamenten. La referencia a las rentas busca ocultar su propia situación. Hay un informe disponible, que fue discutido en el Comité Nacional con participación de Altamira, Ramal y Quintana. Si se refirieran a él, debieran informar que en el partido imperaba una discrecionalidad inaceptable en una organización obrera. Altamira y Ramal cobraban rentas superiores al resto de las rentas políticas. En el caso de Altamira, percibía una renta que triplicaba la que cobraban los demás, esto sin contar los gastos en publicaciones, libros, viajes, fotocopias que eran afrontados con fondos del partido. En el caso de Ramal, percibía ingresos que no declaraba y sobre los cuales no cotizaba. Todo esto resuelto fuera de los organismos partidarios. El Comité Nacional decidió, como se informó, equiparar las rentas, con el voto en contra de Altamira y Ramal, que opusieron a este planteo la defensa de “excepciones”, que ya tenían nombre y apellido. La cuestión de las rentas era la expresión del manejo personal del partido, que la dirección actual trató y ahora encara con un método colectivo, con el debate y la revocabilidad de todos los compañeros que cobran sueldos en todo el país por parte de la dirección nacional, con la participación de los comités locales. Lo mismo sucede con el reclamo del carácter rotativo de las rentas. Es una impostura mayúscula. Tres de los firmantes (Altamira, Blanco y Ferro) llevan décadas rentados (Altamira desde hace más de 50 años), se han jubilado en esa condición sin que nunca hayan ofrecido rotar en sus rentas. Otro tanto vale para miembros que adhieren a esta fracción, como Carlos Frígoli y Lisandro Martínez. Estos siguen rentados a pesar de que, desde hace años, y con acuerdo de Altamira, se les señaló que debían conseguir un trabajo y dejar de estar rentados. Al día de hoy cobran rentas como “jubilados”. A partir de lo expuesto, lo que sí es claro es que los rentados en la facción superan no sólo a la socialdemocracia alemana sino al Partido Obrero. Desde 2016, las rentas se informan, se discuten y se aprueban todos los años en el Comité Nacional, antes sólo algunas y esporádicamente se debatían en él. El método de dirección colectiva que hoy impera en el partido es la base para impedir arbitrariedades. En el mismo sentido aparecen las acusaciones sobre las sanciones en el partido, que sin dar datos ni cifras se califica de salto histórico. Sin embargo, son falsedades. Ya un informe de la Comisión de Control al congreso comparó las sanciones producidas en los últimos tres años con los 50 años anteriores, e inapelablemente en este último caso, las sanciones, separaciones y expulsiones por actividades faccionales surgidas de divergencias políticas dejaron fuera del partido a decenas de compañeros (sólo para recordar las últimas: el grupo que constituyó la TPR, el de Vidal en Neuquén, el de Hueso). Las que ha habido en los últimos años han tenido que ver, en su inmensa mayoría, con actos de violencia, abusos e incluso de violaciones por parte de militantes varones, donde se procedió dando lugar a las denuncias, investigando y finalmente sancionando. El partido actuó así en defensa de las víctimas, pero también de la propia organización. Hoy hay organizaciones de izquierda e incluso trotskistas en el mundo que han desparecido (la ISO norteamericana) o retrocedido enormemente (el SWP británico) por no haber actuado frente a las denuncias sobre violencia a la mujer. Varios de los separados por estos hechos, hoy, a través de las redes, hacen causa común con los fraccionistas en el ataque a la dirección y al partido, sin que los fraccionistas salgan a rechazarlos, incluso, a veces se resalta ese apoyo (como la reivindicación en las redes que hizo Altamira de una intervención de MD de Córdoba, que tiene una causa penal por el abuso reiterado de una menor a su cargo). Hemos dejado para el final la referencia a los mails que revelan un trabajo de infiltración y de ruptura desde dentro y fuera del partido por un tiempo prolongado. Los fraccionistas han hecho de la revelación de esos mails, que indican como mínimo que tenían un conocimiento de esa actividad contra el partido, el argumento central que confirmaría la teoría de que en el partido existe una camarilla burocrática que se dedica al espionaje interno. Cabe preguntarse, ¿quieren realmente llegar a la verdad o simplemente se trata de que “la mejor defensa es un buen ataque”? ¿Una dirección que toma conocimiento de un intento clandestino de quebrar el partido debería ocultarlo a su congreso partidario? Llamativamente, nunca se pronuncian contra el contenido los mails y, por otro lado, no concurren a la Comisión de Control a la cual han sido citados (algo a lo que están obligados por el Estatuto) y exponer allí incluso sus propias denuncias y reclamos de investigación. Exigen como condición que se eche a quienes hicieron conocer a la dirección los mails para hacerlo, o sea que la dirección ejerza el punitivismo sin ningún proceso previo, a la misma dirección que acusan de sancionadora serial. Todo el documento encubre el ataque al partido, la acción rupturista, la infiltración. Los fraccionistas quieren que liquidemos y rompamos las pruebas de ese ataque al partido, lo que termina de corroborar lo que sostienen los mails: la existencia de una acción faccional que involucra a por lo menos una parte de los firmantes del documento fraccionista. La dirección nacional, el congreso, no adoptó ninguna medida disciplinaria; es decir, no emitió un “juicio” y remitió los hechos a la Comisión de Control, algo que los compañeros de la dirección anterior, que tomaron conocimiento de la existencia de los mails, días previos al congreso, habían decidido. El reclamo de Marcelo Ramal de un tribunal del propio congreso ante la denuncia de un compañero precipitó los hechos. Ahora se busca explotar este ataque al partido para continuar con lo que ya proponían los mails: romperlo. Ataque al parlamentarismo revolucionario La acción de los revolucionarios en el Congreso, las legislaturas y concejos es una unidad política con la intervención del partido en todos los terrenos de la lucha de clases. Somos, al mismo tiempo, voceros de las luchas obreras y populares, desarrollamos sus reivindicaciones en las instancias parlamentarias y en los frentes de lucha, desenmascarando los límites insalvables del parlamento burgués y sus agentes, y llamamos a reforzar la acción directa de los trabajadores en los términos de una agitación socialista, que eleve la conciencia de los oprimidos, denunciamos al régimen social y su Estado, y propugnamos el gobierno de trabajadores. La acción parlamentaria es una tribuna privilegiada para la confrontación política con nuestros adversarios de clase, cualquier desprecio a la conquista de estos lugares en un período de dominación política de la burguesía bajo un régimen republicano, más o menos parlamentario, es un tiro en el pie a la construcción del partido y a la superación de las ilusiones democráticas de las masas. Para ello nos valemos del programa, los planteos y las consignas que guían la acción del Partido Obrero en cada etapa, debatida y resuelta en sus organismos partidarios (Congreso, Comité Central, comités provinciales y locales). La realización de asambleas parlamentarias nacionales -la última realizada en septiembre de 2018- sirve a una mejor elaboración de conjunto, pero no reemplaza la intervención del conjunto del partido en la elaboración de la agenda. La mayor o menor frecuencia en su realización de ningún modo ha significado una descentralización del trabajo político. Las campañas nacionales contra el pacto con los fondos buitre, contra la intervención imperialista en Venezuela, contra el acuerdo con el FMI, contra los presupuestos de ajuste, por el juicio y castigo a los genocidas y contra la política del gatillo fácil, contra las tropas argentinas en Haití, por el aborto legal, la separación de la Iglesia del Estado, contra el dietazo, por las PPP de petroleros o telefónicos, contra la reforma previsional o por la prohibición de despidos y suspensiones, contra la “parlamentarización del reclamo” por parte de la burocracia, por el juicio político a la Corte Suprema del 2×1 para los genocidas, por mencionar algunos ejemplos, confirman esa agenda. Importantes luchas provinciales son, asimismo, llevadas al Congreso, como es el caso de la audiencia pública que estamos organizando con el sindicato de ceramistas de Neuquén y los obreros del sector en lucha, o en su momento, por la cárcel a Milani, no bien asumimos por primera vez en diciembre de 2013. La lucha parlamentaria pone siempre a prueba a un partido revolucionario, y la presencia del Partido Obrero abrió una ruta novedosa en la Argentina en contraste nítido con la izquierda democratizante. En distintos escenarios políticos: desde la llegada a la Legislatura con Altamira en el año 2000, en vísperas de una histórica rebelión popular y una gigantesca crisis de régimen, hasta la conquista de bancas en el Congreso Nacional con Néstor Pitrola y Pablo López bajo el kirchnerismo, cuando el Congreso era una escribanía del Poder Ejecutivo y establecimos una decidida confrontación política con el nacionalismo, continuada bajo el macrismo con Nésor Pitrola, Pablo López y la incorporación de Soledad Sosa, y luego con la banca de Romina Del Plá, denunciando el régimen de coalición a la carta como expresión de colaboración y sostén político del gobierno Macri por parte de los gobernadores, sus partidos y bloques legislativos y, a su turno, el impasse de este régimen de colaboración como consecuencia de una crisis de régimen más general. Desarrollamos la delimitación política con oficialistas y opositores, no sólo en los debates y discursos, sino en el desarrollo de un programa obrero bajo el formato de iniciativas parlamentarias. Algunas expresiones de ello fueron el dictamen propio de prohibición de despidos y suspensiones, repartiendo las horas de trabajo sin afectar el salario, ante la ley trucha de “emergencia ocupacional”; el dictamen de minoría contra la ley de Emergencia Social, eje de la cooptación del trío Vaticano, donde denunciamos el curso que adoptaría de integración al Estado y como sostén de la gobernabilidad de la ofensiva contra las masas, ley que votamos en contra; el Presupuesto alternativo cuando integramos la comisión, basado en un plan económico de los trabajadores, en un sistema de impuestos progresivos al capital, en la nacionalización de los recursos estratégicos, la banca y el comercio exterior, en el control obrero, todo basado en un congreso de trabajadores para resolverlo y luchar por él, vinculando así nuestro proyecto a la perspectiva del gobierno de trabajadores; la elaboración de proyectos propios con el planteo del control obrero y por la apertura de los libros contables de los capitalistas en las ramas estratégicas de la industria, como la nacionalización integral sin indemnización de los hidrocarburos y los trenes; contra los tarifazos; el rechazo a la “transversalidad de género”, denunciando el carácter de la paridad trucha, el punitivismo de proyectos como el registro de violadores, la crítica al derecho y el carácter represivo del Estado de clase en ocasión del pasaje del régimen inquisitivo al acusatorio del Código de Procedimientos Penal (ante la capitulación del centroizquierda y el coqueteo del morenismo), el rechazo de los acuerdos climáticos como instrumentos del imperialismo, el rechazo a los acuerdos recíprocos de los bancos centrales chino y argentino (aprobados por el PTS) o la implacable denuncia al lobby clerical sobre todos los partidos del régimen en la lucha por el derecho al aborto legal. Otro punto destacado de nuestra lucha parlamentaria del último período ha sido la intervención de Néstor Pitrola en ocasión del Bicentenario de la Independencia en Tucumán, polemizando con los cuadros de la burguesía (todos los jefes de bloques) en torno de un balance del fracaso de 200 años de desarrollo capitalista en el país, que culminó con un acto del partido en Tucumán. El planteo de consulta popular por el no pago de la deuda ante la primera crisis con los buitres (aprobado por todo el Comité Nacional), siendo ministro Kicillof. El rechazo al pacto con los fondos buitre en 2016, denunciándolo como un pacto colonial y columna vertebral del ajuste, que integró una polémica con el FpV y planteo impulsado por Kicillof para pagarle a los buitres el mismo importe que al resto de los bonistas -que el PTS votó a favor y nosotros rechazamos, contraponiéndole el no pago. Cuando terminó el discurso de Pitrola ante el pacto con los fondos buitre (transcripto en “La Fuerza de la Izquierda en el Congreso”), Marcelo Ramal expresó que habría un antes y un después en los referentes de la izquierda en la Argentina: a las 12:20 horas de la noche, desde Córdoba, Altamira twiteaba que el discurso debía ser reproducido en la previa de cada actividad del partido. ¿Por qué esta amnesia ahora?, ¿por qué este liquidacionismo? La denuncia al dietazo en favor de los sueldos de los diputados fue, asimismo, un eje de agitación política nacional en reiteradas oportunidades, que logró en 2016 hacer recular parcialmente al gobierno. Fue explotada por nosotros para mostrar el carácter de clase del Estado y la remuneración de sus funcionarios asociada a los ejecutivos de las corporaciones capitalistas para las cuales gobiernan y legislan. Contrapusimos el dietazo a las reivindicaciones obreras contra el ajuste: reapertura de paritarias, aumento de emergencia a los jubilados, fin de los despidos. Por sobre todo, nuestra intervención parlamentaria ha expuesto los problemas nacionales desde el punto de vista de los intereses de la clase obrera, con la agitación por el paro activo nacional de 36 horas en el camino hacia la huelga general para derrotar a Macri, el FMI y el conjunto del régimen político que los sostienen, incluidas todas las alas de la oposición y la burocracia sindical, con el planteo del congreso de bases del movimiento obrero. Con el método de no explicar ni citar lo que se enuncia, el documento fraccionista dice expresar divergencias de alcance estratégico con lo actuado por nuestros tribunos parlamentarios a lo largo de estos años. El tema ha sido ya objeto de polémicas que hemos refutado demostrando -¡hasta con citas taquigráficas!- la falsificación y el desconocimiento de nuestra actuación parlamentaria. Por ejemplo, en torno de las consignas votadas por el Comité Nacional, por ejemplo, “abajo el régimen corrupto de macristas, pejotistas y kirchneristas, Asamblea Constituyente”, que Romina desarrolló sistemáticamente en las etapas que la crisis lo dejó planteado. Las luchas políticas deben ser valoradas en su contexto y por sus implicancias en cada momento determinado. Es cierto que votamos en favor del cupo femenino en Salta -y mucho antes lo había hecho Altamira en la Legislatura porteña, pero el debate dos años más tarde en la Cámara de Diputados asumió otras características, en un cuadro ascendente del movimiento de mujeres como no se había visto en el pasado ni estaba presente en ocasión del episodio salteño. En 2016, la paridad fue un operativo político por desviar las enormes luchas por Ni Una Menos que sacudían al país sin tener respuestas. La paridad fue presentada, asimismo, como un capítulo de la reaccionaria reforma política, la zanahoria de la regimentación política. Nuestro rechazo a la paridad fue objeto de un planteo político integral, en el que desnudamos la falsa promoción de la mujer en la vida política y social -que, en realidad, sólo atiende al carrerismo de las mujeres de la burguesía, adversarias de la emancipación de la mujer obrera- y le contrapusimos un programa basado en las reivindicaciones de las trabajadoras: igualdad salarial, derechos laborales, independencia económica, el cese de la tutela religiosa en el sistema de salud y educativo, la separación de la Iglesia del Estado y el aborto legal. Cuestión que quedó en evidencia cuando 49 de las cien diputadas votaron contra el derecho al aborto. Lo que se afirma sobre la posición adoptada en relación con el desafuero de Julio De Vido es un recorte unilateral, malicioso y, a la sazón, falso. Reclamamos el desafuero cuando este había sido solicitado por un juez para el allanamiento del domicilio, en el curso de las investigaciones judiciales por corrupción. En ese momento, denunciamos que el macrismo relegaba su ofensiva contra De Vido en virtud de su pacto con el FpV en torno de la llamada “ley antidespidos”, para aminorar daños con un proyecto más limitado del Senado. El mismo que terminó en el veto presidencial sin ser enfrentado por el kirchnerismo ni por la burocracia sindical alineada con la oposición peronista. Todo esto es lo que denunciamos en tiempo real en la sesión del Congreso, explicando que “la corrupción no es patrimonio exclusivo de uno u otro gobierno, está en la naturaleza de un régimen basado en el lucro capitalista que defienden tanto el kirchnerismo como el macrismo” (intervención de Pitrola). Luego vino el pedido de expulsión por “inhabilidad moral”, y se desarrolló una monumental presión del Estado y del gobierno para que formásemos parte del “frente único anticorrupción”, en plena campaña electoral. Lo rechazamos como una medida de excepción, un golpe parlamentario contra las garantías democráticas y constitucionales. Fuimos a una polémica con el PTS que, basado en cálculos electorales, se privó de una denuncia a la maniobra y pretendía abstenerse en lugar de votar en contra de la expulsión. La intervención de Soledad Sosa llegó a la tapa de Clarín: “Nos separa un abismo de sangre con De Vido, pero no avalaremos este golpe de mano”. Pablo y Soledad denunciaron la farsa de la supuesta cruzada contra la corrupción y volvieron a remarcar los corruptos de uno y otro lado (macrismo y kirchnerismo). Denunciamos el distraccionismo, en medio de la crisis industrial y los despidos, y advertimos sobre el grave precedente que quedaba planteado “para después sacarse de encima a los diputados que defendemos a los trabajadores (…) sobre todo, de quienes estamos en la oposición”, como planteó Pablo López. La reunión de Comité Nacional ampliado a la que se refiere capciosamente el escrito sugiere alguna divergencia que jamás hubo en relación con el punto; al contrario, según consta en actas, Altamira recomendó explotar que cuando hubo pedido judicial para el allanamiento denunciemos que los fueros protegen frente al delito de opinión, pero no ante los saqueadores de la corrupción capitalista. La impugnación al juicio político a María Eugenia Vidal, presentado por Guillermo Kane, con el argumento de que el mismo supondría “una alianza con el massismo y los K” es, en realidad, la impugnación a la presentación de cualquier proyecto parlamentario -¿en qué caso estos no supondrían el voto de los bloques de la burguesía que lo dominan? Presentar el asunto de este modo equivale, asimismo, a suponer que nuestro proyecto contra la gobernadora podía contar con el apoyo del massismo, los K o el PJ -lo que, por el contrario, buscamos demostrar, reforzando la denuncia de su actuación como bomberos de la rebelión educativa y al servicio del rescate de la propia Vidal (“hay 2019”). El pedido de juicio político fue precisamente una herramienta para la agitación política que los críticos reclaman, desenmascarando que su cajoneo delataba la connivencia política de los bloques peronistas con Vidal. La campaña desenvuelta por el partido nos sirvió para acrecentar nuestra autoridad política en el movimiento de lucha, y conquistar activistas y posiciones en centros de estudiantes y entre los docentes. Es curioso, asimismo, el empecinamiento contra este proyecto por parte de quienes saludaron, y votaron por unanimidad, la presentación de un pedido de juicio político a los jueces del 2×1. En una nota en Prensa Obrera N° 1.457, el propio Altamira defendió “la posición que adoptó el Comité Nacional del Partido Obrero en su reunión del fin de semana pasado, al plantear el juicio político a los jueces amnistiadores -que el bloque parlamentario PO-FIT presentó de inmediato en la mañana del lunes 7”. ¿Por qué a los jueces de la Corte sí y a Vidal no? No pueden alegarse diferencias en torno del cuadro de movilización popular que desataron uno y otro conflicto, ya que contra el 2×1 tuvo lugar una verdadera pueblada -de mayor alcance y envergadura que la que suscitó el crimen de Sandra y Rubén en Moreno. Lo mismo vale para nuestros proyectos contra el pacto con el FMI, al servicio de una agitación socialista que delimitó aguas con todos los bloques de la burguesía. Se cuestiona que hayamos acompañado un proyecto del PTS de consulta popular por la ruptura del acuerdo con el Fondo. Es un planteo que habíamos levantado en el pasado ante la primera crisis con los fondos buitre, y que fue explicada por Altamira y Ramal en los periódicos 1.320 y 1.321. Jamás se explicó por qué ahora no serviría -cuando la mayoría de la población repudia al FMI, cosa menos clara en cuanto al no pago de la deuda. Ante el acuerdo de Macri con el FMI, en junio de 2018, la banca del Partido Obrero acompañó el proyecto del PTS y ellos el nuestro, que presentamos a través de Romina, reclamando la investigación y el no pago ante el rescate del FMI -un instrumento apto para denunciar que Macri y el peronismo eludían el debate en el Congreso. La insistente falsificación al trabajo parlamentario del Partido Obrero es contraria a la crítica, porque embarra la cancha con supuestos falsos, y bloquea una reflexión honesta y necesaria sobre los límites y desaciertos de la actividad. Adjudicarle a Guillermo Kane la defensa de una “acción pro-positiva” en el Parlamento es una adulteración de los términos del debate -y de su propia acción parlamentaria, de alcance público. El método de las bancas del Partido Obrero no ha sido un “pro-positivismo” de colaboración de clases. Nuestros diputados en todo el país han sido voceros socialistas y revolucionarios, al servicio de las luchas. Pero no podrían reemplazar en el terreno parlamentario los límites o dificultades con que tropieza una lucha obrera o popular. Altamira omite en su escrito que él mismo votó por diversos proyectos de declaración de fábricas sujetas a expropiación, que no eran en nuestros términos pero que contribuían al movimiento de lucha, como nos tocó hacer más adelante con el Bauen (bajo el fuego de Altamira que criticó el quórum de Pablo López a esa sesión). Omite también el verdadero curso de la ley de seis horas en el Subte: el proyecto redactado por Pitrola, como asesor de Altamira, tuvo que ser confeccionado y presentado de apuro ante la presentación de un proyecto por parte de un diputado peronista. Contábamos con el gran trabajo realizado por nuestro delegado clasista Charly Pérez, que venía planteando desde tiempo atrás la iniciativa. Reaccionamos y nos pusimos a la cabeza, aunque el trajín en los túneles del subterráneo que no tuvo Altamira y sí tuvo Vilma Ripoll, dejó margen para el crecimiento de otros grupos de izquierda subidos a la iniciativa. Ante tanta falacia, hagamos emerger toda la verdad, para educación de nuestras jóvenes generaciones. Medir el alcance de campañas políticas en torno de proyectos reivindicativos que alcanzaron aprobación parlamentaria es un método engañoso, porque equivale al planteo desmoralizante de que sólo valen las batallas ganadas. Los críticos de la supuesta “acción positiva”, sin embargo, adscriben a una tesis resultadista, que permitiría evaluar el carácter de la acción política parlamentaria en nombre de los resultados. Importantes intervenciones que estructuraron campañas de gran alcance en completa conexión con el movimiento popular -como la enorme campaña de Ramal por las 6 horas de enfermería o contra los negociados inmobiliarios; la de Solano contra la Unicaba y por derechos laborales de enfermeros; contra la privatización de la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (Epec) y la defensa del convenio colectivo de Luz y Fuerza en Córdoba; la participación de las ganancias de los telefónicos, que nos permitió crecer de manera nacional en el gremio; la organización de los municipales en Neuquén a partir de la banca de Patricia Jure; por el 82% móvil y tantas otras en todo el país- no habrían tenido ningún valor. Se desmerece el valor que estas iniciativas y campañas han tenido en el movimiento de masas real, en el trabajo de penetración del partido en ellos y el refuerzo a su autoridad política, en nombre de que no hubo una “conquista real”. La ley de reparación a los ypefianos fue un logro reivindicativo (igualmente sometido a un compromiso distinto a nuestra ley original), pero lo usamos como arma para denunciar la indemnización a Repsol, que fue un eje de la denuncia del entreguismo “nacional y popular”. Aunque las 6 horas en el Subte son una gran conquista de los trabajadores y un ejemplo de colocar las bancas de la izquierda revolucionaria a su servicio, el balance político final es más complejo. Su capitalización interna estuvo dominada finalmente por un sector de izquierda morenista, que eventualmente copó el nuevo sindicato del Subte y fue cooptada por el kirchnerismo. El “resultadismo” parlamentario de la fracción no tiene rigor político. La tesis “resultadista” se contrapone a la lucha política y el valor que puede tener la misma para elevar la conciencia de las masas sobre los límites insalvables del parlamento y el régimen político y social. Desde ese mismo ángulo se han criticado las campañas de partido que han desenvuelto nuestros parlamentarios a nivel nacional por el aborto legal, la educación sexual laica y científica, y la separación de la Iglesia del Estado. Que, por otra parte, son expresión contraria a un supuesto divorcio o brecha entre “los parlamentos y el partido”. Tanto la media sanción por el aborto legal que fue derrotada en el Senado, como la de ESI en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, luego bloqueada en el Senado provincial, o el dictamen sobre el mismo asunto deliberadamente cajoneado en el Congreso Nacional, han sido herramientas que explotamos para desnudar el acuerdo de todos los bloques políticos con las iglesias y su antagonismo a los derechos reclamados. Lejos de una delimitación difusa, permitió un nítido contraste y confrontación de posiciones, desde un ángulo de clase y socialista. Una lucha puede ser derrotada, pero servir al mismo tiempo para foguear y hacer avanzar en la conciencia al activismo más avanzado. Lo contrario puede suceder con importantes conquistas. En todos los casos corresponde advertir que las teorías expuestas son sólo justificativas para llevar adelante una tarea de demolición del trabajo parlamentario del partido, para dejar en pie solamente la acción de Altamira como legislador en el período 2000-2003. ¿Se imaginan si la media sanción al proyecto de ley de educación sexual integral en la provincia de Buenos Aires lo lograba Altamira y no Kane? ¿Cuántas páginas de Prensa Obrera se hubieran dedicado al tema? Otra vez, tenemos el mesianismo personal que anima a esta facción. Sobre Borelli: los escribas desconocen el balance del Comité de Salta, que sostiene que fue un caso de cooptación política y material, y no el resultado de una acción “pro-positiva” orientada por el Partido Obrero. Se va porque no pudo convivir ni llevar su línea democratizante al Partido Obrero, como él mismo lo dice en su texto de renuncia. Se insiste, asimismo, con el proyecto del Botánico, que no fue una iniciativa personal de Borelli, sino un proyecto del Partido Obrero firmado por los cinco diputados, como nos recuerda el Comité de Salta en su texto (pero se nota que esto no encaja en el objetivo de nuestros críticos, entre ellos uno de los firmantes, Julio Quintana, que fue firmante del proyecto). Se trata de la creación de un jardín botánico en el predio de la escuela agrícola, contra la pretensión de rifarlos a los especuladores inmobiliarios, que concitó el apoyo de científicos de la universidad, ambientalistas, estudiantes y profesores de la escuela. Logramos que la ley se vote contra el lobby del capital inmobiliario, y nos valemos de esta lucha para reforzar un trabajo de agrupación de Tribuna Ambiental. ¿Pro-positivismo o “conquista real”? Sobre los desvíos centroizquierdistas de Borelli no fue informado el Comité Nacional, tampoco por Altamira que los conoció en diciembre de 2018. La polémica en torno de la ley Micaela ya fue superada en la Conferencia Electoral de marzo. Allí se explicó nuestro voto crítico a la ley como resultado de un compromiso con sus impulsores dentro del movimiento de lucha contra los femicidios, en particular la familia de Lucía Pérez. También estuvieron presentes en la votación los padres de Micaela García, que inspiró el nombre de la ley de autoría del Movimiento Evita. Nuestro voto fue acompañado de una intervención de Romina, quien denunció la iniciativa como un intento de cooptación del movimiento de mujeres y de desvío de su lucha contra el Estado. Romina explicó que ninguna capacitación en género de los funcionarios va a alterar la naturaleza de clase del Estado que está estructuralmente comprometido con la violencia que sufren las mujeres. Y llamó a reforzar la lucha contra ese Estado y no dejarse llevar por atajos que no conducen a ninguna salida. En la conferencia, Altamira alegó desconocimiento del compromiso que nos llevó a votar la ley (“yo mismo he votado, en muchas ocasiones, proyectos que no compartimos porque eran resultado de un compromiso”) y retiró su crítica, que ahora vuelve como plato recalentado. Por si faltara aclarar, jamás hicimos de la ley Micaela un eje nuestro en la lucha en el movimiento de mujeres, ni lo adoptamos como parte del programa. Los firmantes afirman que “existe una brecha entre los parlamentarios y el partido” que nunca explican, tampoco Juan Ferro, que militó en la Comisión de Trabajo del Congreso Nacional sin plantear jamás una crítica a semejante divorcio hasta que se apartó por una “orden” de Altamira no aprobada en el Comité Ejecutivo. Las alrededor de 80 audiencias públicas realizadas se han hecho con los frentes y comités respectivos; las políticas fundamentales han sido sistemáticamente discutidas en el Comité Ejecutivo y mintieron Daniel Blanco y su guionista Altamira cuando dijeron que el acompañamiento al proyecto de consulta popular del PTS contra el pacto del FMI y nuestro proyecto de no pago fueron decididos “intramuros”, porque fueron resueltos en el Comité Ejecutivo por unanimidad con el voto de Ramal. Las contradicciones forzadas y faccionales de todos estos planteos están a la vista y nuestro accionar revolucionario en el congreso partidario a disposición de todos los militantes y trabajadores en centenares de videos, artículos y publicaciones. Toda crítica fundada y marxista es bienvenida. Pero vale recordar, para cerrar este capítulo, la afirmación de León Trotsky: “El cretinismo antiparlamentario es la otra cara del cretinismo parlamentarista”. Por eso, los miembros de un grupo interno que se jacta que hay que “cagarse en dos o tres bancas”, oponiéndola artificialmente al desarrollo organizativo del Partido Obrero en la clase, protagonizan en todo el país reyertas tratando de hacerse de candidaturas a cargos parlamentarios. La organización socialista de la mujer trabajadora Luego de haberle dado al partido, durante un período concentrado de enormes luchas, una orientación sobre el movimiento de mujeres que no había tenido nunca en su historia, nos enteramos por este texto que recibimos una sentencia, siendo acusados del delito de “feminismo”. El texto señala que “evitar una relación sectaria” con un movimiento policlasista sería un pretexto, ya que, nuevamente sin pruebas para lanzar la acusación, sostiene que este fin tan noble para cualquier revolucionario que se precie de tal, sería una especie de coartada para simplemente, hacer lo que nos gusta, practicar feminismo explícito. Falso. Es necesario pensar cómo acercarse a movimientos en los que las posiciones policlasistas han obtenido un ascendiente como fruto del ascendiente político general de la burguesía sobre los sectores populares y de la defección política de las organizaciones políticas de la clase obrera. Sabemos igual que las pretendidas críticas están atravesadas por un profundo desprecio por la subjetividad de las masas. Como fruto de las acusaciones del texto de Altamira, ahora sabemos que él mismo habría dejado de ser feminista, una identidad política que desde 2014 hasta 2018 le fue amigable y que se la adjudicaba a toda nuestra organización (“¿Usted se considera feminista?”, Altamira Responde, 2014). “Luchamos por un feminismo socialista (decía hace apenas unos años Altamira). Por un feminismo que coloque en el centro protagónico a la mujer trabajadora porque en ella se concentran la totalidad de los factores que tienen que ver con la explotación de la mujer”. Esta afirmación unilateral de Altamira (no discutida con sus compañeras), no obstante, expresaba un esfuerzo por contemplar la subjetividad de las masas y tender un puente para la lucha socialista en este movimiento. Para nuestro trabajo político cotidiano, esta posición nos hubiera dado una comodidad que no tuvo la que efectivamente recogimos. Sin embargo, colocar la identidad feminista en el plano crítico en el que lo colocamos, también nos permite mostrar con mayor nitidez el carácter de clase que defendemos. ¿Qué pasó entre 2014 y ahora? Perdimos una interna con el PTS, Altamira elucubró una teoría sobre una conspiración en su contra, abandonó el partido y luego se colocó como un francotirador, incluso contradiciendo lo que él mismo decía hace poco tiempo atrás. Las definiciones políticas cambian en la fase faccional, porque de lo que se trata es de romper, no de orientar. El cuestionamiento a la lucha política que libra nuestro PdT (desviación feminista, abandono de una estrategia socialista de delimitación de clase, oportunismo, adaptación) no ha sido respaldado por un solo ejemplo, como ya dijimos, pero, sin embargo, el texto no se cansa de plagiarnos sin citarnos. “La unidad del proletariado masculino y femenino en la lucha de clases es el método para derrotar al ‘machismo’ entre los trabajadores”: ¿en qué texto o intervención de nuestras compañeras levantamos una posición contraria? Desde el púlpito no se distingue bien lo que pasa. El método del bandazo y de las acusaciones frente a episodios circunstanciales, intentando convertirlas en cuestiones estratégicas, delata al fraccionista. ¿Somos “feministas”, porque a Altamira no le gustó cómo votamos frente a la ley Micaela? ¡¡¡Pero su fracción no lo es a pesar de que Marcelo Ramal votara a favor de regalarle un predio costosísimo de la Ciudad de Buenos Aires a la ONG de la funcionaria macrista Fabiana Túñez!!! Improvisaciones circunstanciales que no se sostienen. Ante la imposibilidad de contrastar en los hechos esa supuesta claudicación de principios en las posiciones políticas y teóricas del Partido Obrero y el PdT -puestas por escrito en documentos, artículos, comunicados, boletines, folletos y volantes- se dice que “mantenemos de palabra un planteo socialista, que en la práctica se diluye en el feminismo”. Socialistas en la pluma, feministas en la práctica. Al menos para nuestros detractores, seríamos socialistas en algo. Pero en todo este período de fuertes luchas, ¿qué otra práctica propuso Altamira para realmente alternativizar la nuestra? Ninguna. Nuestra posición sobre la paridad de género, altamente polémica para todo el universo feminista, incluido el PTS, que no dudó en apoyarla, fue adoptada en la Conferencia del PdT realizada en Rosario en 2016 y asumida como propia por el conjunto del partido sin modificaciones. La elaboración en el terreno sindical ha sido plenamente elaborada desde la fracción del PdT para los congresos de la Coordinadora Sindical Clasista, sin ningún aporte de los firmantes del texto que hoy sentencia que nuestra intervención es “feminista” sin más. Nuestro programa para la mujer trabajadora en el movimiento obrero, que ofrecimos contrarrestando el “contenido de género” de la campaña del Ni Una Menos -que tendía a reducirse a la impugnación de acciones en el terreno de las relaciones interpersonales (machismo), desprovista de cualquier cuestionamiento a las relaciones sociales de explotación que le dan lugar- contó con resistencias en el campo de la propia izquierda. El Nuevo MAS rechazaba que hubiera un compendio de reivindicaciones de las mujeres en el movimiento obrero, absolviendo a la burocracia sindical que mediante convenios flexibilizados, entregó derechos conquistados en los Convenios Colectivos de Trabajo de los ’70 (bajo el influjo de la poderosa lucha de la mujer en la llamada segunda ola), cuando pegatinamos en la UBA con un programa integral en defensa de las trabajadoras no docentes. Ninguna corriente aprovechó el auge del movimiento de mujeres para contraponer la opresión de las trabajadoras a la claudicación sindical burocrática, a los gobiernos y a las patronales, como lo hizo el Partido Obrero en gremios en los que actuamos “tapados”, como en los que podemos realizar acciones abiertas como docentes y estatales. El PdT elaboró un programa que en algunos gremios fue tomado como bandera de lucha y que ofreció a las trabajadoras una orientación para que sus demandas empalmen con el movimiento general, de cuño antiburocrático. Nos empeñamos en mostrar que la lucha por la emancipación de la mujer trabajadora está unida a la lucha por una nueva dirección en el movimiento obrero, delimitándonos de las conducciones sindicales y sus dirigentes mujeres, que utilizan la condición de género para reclamar posiciones dirigentes en los gremios, sin asociarlo a ninguna lucha por las demandas del colectivo femenino de la clase obrera. No vimos al bloque rupturista ofrecer una sola orientación al respecto de la elaboración de protocolos de intervención promovidos por centroizquierdistas e izquierdistas que se reivindican “feministas socialistas” -como Altamira entre 2014 y 2019-, que distancian la problemática de la mujer de la demanda al gobierno y las patronales, y colocan la problemática en acciones interpersonales y en plano de la “batalla cultural”. La delimitación de clase, en oposición a la sororidad de género, no es una abstracción ni basta para producirla con repetir las posiciones de principios que, desde Marx y Engels hasta nuestros días, son la base principista ineludible para la lucha de las socialistas revolucionarias. “En la práctica”, lejos de la adaptación a la tendencia mayoritaria del movimiento, nuestras compañeras batallan por separar a las activistas en lucha de todas las corrientes de la burguesía, en especial del nacionalismo burgués y pequeño-burgués reformista que allí predomina. A instancias del PdT, el paro de mujeres del último 8 de Marzo no sólo denunció a la burocracia sindical (que terminó boicoteando el acto realizado), sino que produjo una importante definición política por “la unidad de lxs explotados contra lxs explotadores”, reclamando “un paro de toda la clase obrera por las mujeres, trans, travestis y no binaries”. En asambleas masivas se refrendó el carácter anticapitalista, anticlerical e independiente de todos los gobiernos del movimiento (que no pudieron evitar a pesar de que en la práctica no tienen esta orientación). La denuncia de la responsabilidad de Macri y los gobernadores en la política de ajuste criminal contra la clase obrera fue conquistada tras una ardua batalla política contra los sectores tributarios del pejotismo y el kirchnerismo que buscaban circunscribir la crítica a Macri. Lo mismo vale para la exigencia de la ruptura con el FMI el último 3J, que fue motivo de intensos debates políticos, y logramos que figure en el documento que reprodujeron desde Clarín hasta Página/12. La lucha sistemática por orientar al movimiento de mujeres a la lucha contra el Estado tuvo -y tiene- un capítulo especial en la lucha por el derecho al aborto legal, y nuestra intervención en la marea verde. La lucha en torno de esta reivindicación democrática nos permitió desenmascarar de conjunto el cuadro de atraso de nuestro país y desplegar un programa contra el clericalismo impartido por el Estado, denunciando a sus responsables políticos. El PdT desplegó una batería de iniciativas en el terreno de la juventud, en el movimiento obrero y piquetero, una intervención política callejera y de nuestros voceros parlamentarios de todo el país, con centro en el Congreso Nacional y una enorme figuración de Romina, tuvo como norte desenvolver una acción directa de las masas para arrancar este derecho y propiciar un reagrupamiento socialista revolucionario al interior del movimiento de la mujer. Fuimos el único partido que combatió la tesis de la transversalidad de una agenda de género, denunciando el compromiso de todos los partidos con las iglesias y su disciplinada defensa del ajuste y el pacto con el FMI -incompatible con toda aspiración de emancipación femenina. Lejos del “adaptacionismo”, hemos batallado contra todo tipo de maniobras para bloquear el alcance del movimiento por el aborto legal. Esta lucha tiene plena vigencia luego de la nueva presentación del proyecto de legalización, que todos los bloques políticos, con el aval de la Campaña, van a dejar morir. Curiosamente, el texto que pretende dar cátedra de marxismo, caracterizaciones y consignas, no ofrece nada de ello para orientar la intervención en esta etapa. Uno de sus firmantes, Daniel Blanco, atacó duramente la Consulta Popular Vinculante -un planteo que nos delimita en una orientación práctica con el feminismo en todas sus variantes, que no admite la posibilidad de un choque más amplio del movimiento con el régimen. Altamira, por su parte, condicionó una acción de este tipo a “juntar firmas en sede judicial”. Ahora, los que llaman a la “izquierda marxista” a “esforzarse en presentar sus propias perspectivas, caracterizaciones y consignas”, no dicen una palabra sobre un planteo orientado a la lucha política de ofensiva para sacar la cuestión de los cenáculos del Parlamento dominado por los lobbys del FMI, del capital financiero y del clero, y llevarlo a la voluntad popular; ni ofrecen una orientación alternativa. La experiencia de Textilana ha sido muy rica en todo sentido, sólo que como la dirigente de ese proceso no es fraccionista, su acción es despreciada. Textilana está compuesta por 400 obreras y 50 obreros. Cobran de convenio 13.500 pesos. Fueron objeto de todo tipo de vejaciones y como existe un gran ascendente evangélico, muchas rechazaron la agitación por el aborto legal. Luego de un extendido tiempo de golpes de todo tipo, se plantaron con un paro por tiempo indeterminado y conquistaron un aumento de 35% y hoy están sufriendo nuevos ataques que enfrentan con paros y medidas de lucha. Se pusieron de pie como fruto de la lucha masiva de las mujeres de nuestro país y a pesar de la enorme parálisis en la que sumió a la clase obrera la burocracia sindical y particularmente la burocracia pactista del gremio textil. En realidad, lo que tenemos es una ignorancia de los compañeros que firman el documento sobre la acción del PdT y los esfuerzos por desarrollar el programa de la mujer trabajadora en los barrios y los sindicatos. Como señalamos en las resoluciones del XXVI Congreso del Partido Obrero: “La caracterización prejuiciosa de que la vida entrelazada con las iglesias es patrimonio sólo de los sectores desocupados es solamente un punto de vista pequeño burgués, sin asidero sobre la realidad. La tarea de arrancar a la clase obrera de esta influencia reaccionaria tiene el alcance de cualquier lucha política que debe ser librada para que los trabajadores rompan con las posiciones patronales”. Para las agrupaciones clasistas del Partido Obrero, esta lucha fue un gran tema de denuncia de la burocracia sindical con el hecho destacado del Pañuelazo frente a la CGT, luego de que el Triunvirato anunciara, por su alineamiento con el Vaticano, que boicotearía la aplicación en las obras sociales en caso de aprobarse. Hicimos de ella un eje de lucha política de la Multicolor en las CTA’s, denunciando que la centroizquierda claudicaba de este reclamo porque tributaba al frente peronista y al Papa. La marea verde nos abrió un terreno de confrontación con las iglesias católicas y evangelistas, y sus agentes sindicales y “piqueteros” (el triunvirato del Vaticano). Se trata de una batalla que debemos profundizar para arrancar a las masas más empobrecidas del tutelaje de esas instituciones, dentro de los lugares de trabajo, en la acción gremial cotidiana y en los lugares de estudio y los barrios, con un valor especial en la lucha hacia el interior del movimiento obrero. Mientras el PdT se orienta en esta batalla, los críticos nos dicen que organicemos “brigadas contra la violencia machista en las barriadas”, lo cual directamente supone una profunda deformación feminista respecto de una problemática que es patrimonio mayoritario de la familia obrera. Como ha hecho el Polo Obrero en el pasado y como lo hace en el presente, las asambleas del Polo y las asambleas de trabajadores ocupados levantan el principio del combate a la violencia al interior del hogar en un cuadro integral y común de lucha por el conjunto de las reivindicaciones, que incluye la acción directa de esas asambleas, en la medida que las circunstancias lo demandan, como puede ser la expulsión de un violento de un hogar o el alejamiento de punteros de venta de paco de las cercanías de escuelas o de cualquier ámbito cercano a nuestra juventud. Pero ahora aparece el llamado a conformar “brigadas contra la violencia machista” en contraposición a nuestro trabajo político en las barriadas, que orienta la lucha por las reivindicaciones contra el Estado y sus agentes, incluidas las iglesias católica y evangelista. Los rupturistas, una vez más, ni mencionan a las iglesias y el rol que juegan en la impartición de una ideología y una práctica oscurantista y fascistizante al servicio de la reproducción de la violencia “hacia el interior de la familia obrera”. Es sistemática, de parte de Altamira, la caracterización de que lo que le vale al Polo Obrero no le vale a los trabajadores ocupados, lo que acerca sus posiciones en esta etapa al PTS, no importa cuánto haya impulsado en el pasado la formación del Polo Obrero; el presente faccional deforma todo, todo. La censura del lenguaje inclusivo, utilizada para impugnar unilateralmente nuestra campaña electoral en Córdoba por no integrar una delimitación del uso “policlasista” del mismo y traído nuevamente en este texto bajo el formato de una pretendida defensa del “lenguaje histórico de la clase obrera”, constituye un abuso discursivo y faccional. Más aún cuando se critica una intervención del compañero Eduardo Salas en la Legislatura cordobesa contra la monarquía y la Real Academia Española, ¡en un discurso en el que denunció el respaldo a las reformas del FMI del Rey y se reclamó “el respeto a la autodeterminación de Cataluña, el fin de la monarquía franquista y una federación obrera y socialista de los pueblos de España”! Pero el punto debe ser apreciado a la luz de una caracterización más precisa del fenómeno. Hoy, el lenguaje inclusivo es patrimonio de una juventud (y no sólo), que se incorporó masivamente a la lucha y la confrontación con el Estado, siendo uno de sus protagonistas más radicalizados: tomas de colegios, rebeliones contra las autoridades clericales, pollerazos y participación masiva de las movilizaciones. Para un amplio sector, el lenguaje inclusivo es símbolo de rebeldía y de la lucha contra la opresión y los atropellos. No tenemos nada contra las expresiones de rebeldía ni contra las ganas que tenga nadie de hacer uso de ellas. No corresponde a los socialistas dedicarse a la regimentación del lenguaje de “los pibes”, y mucho menos llegar al punto de elevar la expresión a la condición de divergencia estratégica antisocialista. La historia de la clase obrera está repleta de recreaciones lingüísticas que acompañaron períodos históricos y luchas, entornos sociales y diferentes estadios. El ataque a esta expresión de la juventud en nombre de la clase obrera expresa un pensamiento conservador en todo sentido, fomenta una división artificial e inútil. Capítulo aparte merece la afirmación sobre un “lenguaje histórico de la clase obrera”. El machismo en la clase obrera es una poderosa herramienta de regimentación y dominio por parte de la burguesía, que busca dividir a los explotados y desviar una lucha común contra el capital y el Estado, y un recurso material para organizar la explotación capitalista garantizando la reproducción de la fuerza de trabajo. A quienes luchamos consecuentemente por elevar la moral obrera contra la infección de la misoginia y el machismo, incluso en nuestras filas, nos quieren recordar ahora que ella no es ajena a la vanguardia obrera, y que debe ser combatida “con educación y conciencia de clase entre los trabajadores y trabajadoras”. El combate de nuestra corriente al punitivismo ha sido objeto de polémicas públicas, incluso debiendo salir al cruce de un ataque faccional público en 2017. Como el faccionalismo se despliega sin rumbo por la vida, hoy el ataque al Partido Obrero que promueven los fraccionistas contiene a acusados y a acusadores partícipes de aquel anónimo. En el texto “Respuesta a una provocación al Plenario de Trabajadoras y al Partido Obrero” afirmamos que “la superación de todas las formas de barbarie que anidan en el capitalismo, el cual ha ‘resignificado’ al patriarcado para colocarlo al servicio de la opresión social general, comienza por la abolición del régimen de explotación del trabajo asalariado y la lucha por una sociedad conscientemente regulada por los productores de la riqueza social. En el curso de la lucha por esa emancipación social, batallamos por el fin de todas las lacras heredadas del pasado que hoy están presentes en la sociedad”. Pero nuestros detractores omiten deliberadamente todo lo escrito y actuado, para simular traer luz sobre un supuesto derrotero desviado de los principios del socialismo. Pero queremos ser claros: rechazar el punitivismo nada tiene que ver con la connivencia y el amparo a quienes ejercen violencia contra la mujer dentro de nuestras filas. Ahora somos objeto de una campaña faccional y difamatoria por parte de elementos separados por violencia y abusos, que buscan ocultar su descomposición personal, presentándose como víctimas de persecución política, y que la minoría utiliza como supuesta prueba de un régimen interno conspirativo y sancionatorio. ¿Qué tipo de conciencia contra la violencia machista creen que están inculcando? De la lectura de quienes nos advierten sobre un presunto “desvío feminista”, surge un desvío aún más común y menos nombrado en nuestra polémica: el desvío “machista” de una fracción que subestima la especificidad de la problemática de la mujer. Su análisis político coloca se concentra excluyentemente en resistirse contra los desvíos de promover una lucha de sexo contra sexo que provienen de parte de un abordaje feminista, y no a la inversa, contra la forma más común que el capital ha creado para garantizar vínculos sociales que reproduzcan la explotación capitalista, y que se profundizan en la etapa de descomposición del régimen, que es la opresión especial de las mujeres, que es el sustento material de las ideas machistas. La posición de la fracción es incompatible con una intervención en el movimiento de mujeres. Confunde la lucha contra la opresión en términos socialistas con una dilución de nuestra ubicación de clases. Esta posición le ha valido el apoyo político de varios de los abusadores y violadores separados del partido, del que la dirección de la fracción no se ha delimitado nunca. Las posiciones de la fracción en este terreno son un cáncer para un desarrollo sano del partido y le dan la espalda al movimiento de masas más vital de la última etapa en nuestro país. Llamado Hemos pasado revista y respondido a todos los temas que se plantean en el documento elevado por los compañeros. En forma general, la tendencia que se ha formado se caracteriza por una desmoralización en relación con la posibilidad del partido de penetrar en las masas, un propagandismo exacerbado, un fatalismo que no toma en cuenta la lucha de clases. Esto se combina con una tendencia al prestigismo personal, la defensa de privilegios personales y políticos en la organización y el desprecio por el trabajo colectivo en el marco de la misma. Está presente en estos compañeros una tendencia fuertemente pequeño-burguesa. De la naturaleza del debate que venimos realizando surgen divergencias importantes, pero que no son de principios. El documento presentado no aporta ninguna cuestión nueva que ya no haya formado parte previamente del debate precongresal. Por eso llama la atención, repetimos, este cambio repentino: lo que antes se catalogaba de diferencia tácticas, de consignas, se lo califica ahora de “una tentativa explícita por parte del Comité Nacional de ruptura de la continuidad histórica del partido -o sea, de sus principios, su estrategia y sus métodos”. De considerar que lo que estaba en juego ni siquiera ameritaba la formación de una tendencia se pasa, ahora, al pedido de una fracción. Esta conducta irresponsable ha agravado constantemente la situación del partido, caracterizándose por la ligereza y la improvisación a la hora de los cuestionamientos al accionar del partido y por sobre todos los bandazos y las contradicciones, incluso entre ellos mismos. Como destacamos en un reciente texto elaborado por el Comité Ejecutivo, que hemos publicado en el Boletín Interno: “las polémicas y las posiciones cambian permanentemente con la evolución de la situación política, pero siempre se mantienen todos en un mismo bloque a pesar de tener posiciones contradictorias de un momento a otro y entre ellos mismos. Los ejemplos abundan: en diciembre hay que defender el FIT e impulsar una lista única de la izquierda, en febrero hay que desechar al FIT y a la lista única, en abril hay que hacer una lista única; en octubre, la burguesía es incapaz de tener alguna iniciativa estratégica, en marzo puede tener iniciativas estratégicas, en abril no puede tener iniciativas estratégicas; en febrero, preparar la campaña electoral es electoralismo, en marzo, sí corresponde largar la campaña electoral, y en abril es electoralismo; y así hasta el infinito”. Por supuesto, el alcance de las divergencias es materia opinable. A los compañeros firmantes del documento, como a cualquier militante o grupo de militantes en las filas partidarias, les asiste el derecho de tendencia o fracción. Pero lo que no es materia opinable es que la constitución de una fracción o tendencia implica derechos y obligaciones. Entre estas últimas se destaca la necesidad de actuar sobre la base del centralismo democrático. El Estatuto es claro al respecto: “El derecho de tendencia se sitúa dentro del marco de acción centralizada de la organización“. El mismo principio es extensivo para la fracción. “El derecho de fracción se ubica dentro del cuadro de la organización y no puede en ningún caso atentar contra el cumplimiento de las decisiones del Congreso y del Comité Central”. La conducta intrigante y faccional que hemos detallado es incompatible con el partido, cualquiera sea la situación partidaria en la que se enmarque, incluido una tendencia o fracción. En la actualidad, estamos frente a un desconocimiento permanente de las decisiones del Congreso y del Comité Central. Un accionar de estas características, en realidad, representa una camarilla, lo cual está expresamente condenado por el Estatuto. El pedido de fracción en ninguna circunstancia puede ser entendido como un salvoconducto para continuar con esta práctica. Con más razón, cuando constatamos que el documento presentado por los compañeros plantea la formación de una “fracción pública”, una figura inexistente en los estatutos. Lo de “pública” es un agregado de cosecha propia, un invento. Alertamos sobre este hecho que encierra el riesgo de desnaturalizar el alcance del derecho de fracción que establece el Estatuto. Rechazamos cualquier maniobra que implique seguir desconociendo las obligaciones que establece el Estatuto y tener las manos libres para una acción faccional. Llamamos, una vez más, a que se deponga esta conducta. La condición fundamental para cualquier abordaje de las controversias que tenemos, incluido el derecho de tendencia o fracción, pasa por el respeto del centralismo democrático. Esto implica ingresar las cotizaciones mensuales al partido, participar de los organismos partidarios y colaborar con la prensa, presentarse y comparecer frente a la Comisión de Control, canalizar el debate a través del Boletín Interno como corresponde y no ventilándolo por las redes, como ha ocurrido con este documento, impulsar en términos militantes la orientación y las iniciativas y decisiones del Comité Nacional y, por supuesto, defender con uñas y dientes la unidad de acción del partido y un principio clave como es el frente único en todos los ámbitos de militancia. Estamos hablando de algo básico y elemental que, precisamente por ello, debería estar fuera de discusión. Volviendo al principio. El congreso partidario, y de un modo general el desarrollo que ha tenido el debate, ha demostrado que los atributos que Altamira plantea y destaca que debe tener un partido -las citas sobre desarrollar un carácter crítico, no complaciente, están bien presentes en las filas del Partido Obrero. Si algo ha quedado probado en esta crisis es el carácter y la personalidad de la militancia del partido, que no ha vacilado en hacerle frente a la intriga y al faccionalismo, y que no es autocomplaciente. Que está dispuesta a pensar con su propio cerebro, rechaza el culto a la personalidad y, por supuesto, la tesis del “hombre programa” que ha pretendido colar en el desarrollo de la polémica un principio mesiánico extraño a los revolucionarios. Estamos enfrentando un brote liquidacionista en el interior de nuestro partido, que ha mostrado un contenido y un método profundamente dañino para el desarrollo de nuestra organización. Llamamos a defender al Partido Obrero, las decisiones y orientaciones votadas en el congreso partidario y hacer frente al enorme desafío que tenemos de cara la lucha de clases nacional e internacional. ¡Por esta vía daremos nuevos pasos en la construcción del Partido Obrero y de la CRCI! Aprobado por: Eduardo B., Amanda M., Carla D., Claudio DP., Daniel D., Daniel L., Donald Sch., Eduardo S., Emiliano F., Federico C., Gabriel S., Guido L., Guillermo K., Ileana C., Jorge N., Juan Pablo R., Juan G., Juliana C., María D., Miguel B., Miguel DP., Néstor P., Pablo G., Pablo H., Rafael S., Romina DP., Santiago N., Vanina B., Víctor DV. Ausentes: Alejandro C., Federico N. 15/6/19

1 de agosto de 2019
Informe internacional al XXVI Congreso del Partido Obrero

¿En qué estadio se encuentra actualmente la crisis capitalista mundial que estalló en 2007/8? ¿Se salió de ella como venían anunciando los principales gurúes económicos y políticos capitalistas? ¿Hay una reactivación general de la economía mundial como venían pregonando, entusiastas, basándose en que el PBI yanqui creció 3,4% en 2018 (aunque en el cuarto trimestre comenzó a caer) y que el nivel de desocupación es del 3,7%, el menor en tres décadas? Las “turbulencias” de fin de año que se han producido en Wall Street y las Bolsas de todo el mundo, con caídas fuertes en los precios de las acciones y grandes pérdidas para sectores capitalistas, ha modificado este punto de vista optimista, dándonos la razón en los análisis de que no sólo la crisis no fue superada, sino que estábamos en las puertas de nuevas catástrofes y bancarrotas. Estos quebrantos bursátiles-financieros son una señal de que se agotó el efecto de las medidas de inyección monetarias de rescate desesperado, ejecutado por los bancos centrales y los gobiernos, para intentar revivir los mercados después del derrumbe de 2008. La tendencia a la debacle financiera tiene como base el creciente agotamiento de los recursos estatales para el rescate de los capitales en crisis. Pero, como telón de fondo, está la crisis de sobreproducción, tanto en la fabricación industrial de mercancías como en los mercados de materias primas. No estamos ante una nueva crisis -una vez superada la bancarrota de 2007- sino en una nueva fase de esa crisis. Estamos ante el fracaso de las salidas capitalistas a la crisis, que han sido sólo maniobras para rescatar a los grupos capitalistas, postergando desenlaces de liquidación del capital, pero endeudando a fondo los tesoros nacionales. Por lo tanto, entramos en esta nueva fase con importantes recursos monetarios de los Estados agotados. En Estados Unidos, donde hubo crecimiento del PBI en 2018… la empresa Fox com, que comprometió la creación de 13 mil empleos, anunció que iba a cerrar. Sólo a pedido directo de Trump mantiene su “funcionamiento”, pero con dotaciones mínimas. La sueca Electrolux cierra una de sus plantas con despidos masivos, justificando esta acción por el achicamiento del mercado y por la elevación de costos que la dejan fuera de competencia por los mayores aranceles de importación de acero y aluminio. Antes ya, General Motors había anunciado el cierre de varias plantas. Hasta el gigante Caterpiller ha declarado “ganancias decepcionantes” para el cuarto trimestre, que tienen como origen la desaceleración del crecimiento y de las obras en China, una de cuyas bases es la “guerra comercial” con Estados Unidos. Detrás de los signos de crisis financiera se incuba el ingreso de Estados Unidos y la economía mundial en una nueva caída recesiva. Por presión directa del presidente Donald Trump, la FED (el Banco Central norteamericano) decidió limitar el alza de las tasas de interés que venía ejecutando para repatriar capitales hacia Estados Unidos que le permitieran enjugar sus déficits fiscales y comerciales. Trump acusó a la FED de que con su política de aumento de las tasas estaba propiciando la desinversión, el estancamiento económico y… la recesión. El diario yanqui The New York Times se pregunta: “¿qué significa cuando una tasa de interés de sólo un 2,4% -nivel actual- sea suficiente para que la economía esté en peligro y pueda derrumbarse?”. Pero esto no es sólo un cuadro de la marcha económica en Estados Unidos, que se ha constituido en el epicentro de la crisis capitalista mundial. El mismo diario señala que “también en la Unión Europea, donde las tasas de interés se ubican ligeramente abajo de cero, sin embargo, el crecimiento vacila”. Italia se contrajo 0,2% en el último trimestre comparado con el anterior. Es la tercera recesión desde 2008. El peso de la deuda, una de las más altas del mundo, pone al rojo vivo su situación de crisis. Una recesión más prolongada contribuiría al riesgo de incumplimiento de pago (defol) y aceleraría la crisis de la UE y mundial. La desaceleración económica mundial tiene, en primer lugar, a China, que continúa creciendo, pero a un ritmo considerablemente menor y estimulada por una amplia batería de créditos y subsidios de la banca estatal a empresas, en su mayoría estatales que, sin ese financiamiento, no podrían subsistir. Detrás siguen Alemania y Japón. Pero “China está alcanzando los límites de la acumulación de deuda” (Financial Times, 14/1). Se aceleró el ciclo de la deuda a largo plazo. Estamos ante la construcción de gigantescas burbujas (hipervaloración artificiosa de acciones) y niveles de endeudamiento imposibles de saldar en el actual cuadro económico. Las “soluciones monetaristas” (préstamos a tasa cero o negativas, compra de bonos basura, etc.) han estirado los desenlaces de la crisis. Pero el problema está en la sobreproducción de capitales y mercancías. El valor se crea por la plusvalía en el proceso de explotación de la mano de obra obrera, no en las tasas de interés y las combinaciones monetarias que presentan salidas ficticias. ¿Y el pleno empleo? Los panegiristas del capital esgrimen las tasas de cuasi pleno empleo no sólo en Estados Unidos, sino también en Japón y otras metrópolis. Pero esto se debe a que la crisis ha sido utilizada para abaratar la mano de obra y precarizarla. En Japón, la mano de obra empleada temporal o parcialmente ha pasado del 19% en 1966 al 34,9% en 2009. Y también aumentó el número de japoneses que viven en la pobreza relativa, definida por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) como la de salarios un 50% inferiores al ingreso medio: de 12% en 1980 pasó a 15,3% en 2000 y ha seguido subiendo. Pero la producción nacional de Japón se estancó, ha tenido un crecimiento nulo en relación a fines de 2017. Aunque el gobierno japonés incurrió continuamente en déficits presupuestarios anuales, no consiguió reactivar el crecimiento del PBI. En “Prensa Obrera on line” hemos reproducido artículos (de Forbes y The Nation) relatando el crecimiento de la precarización y pobreza de amplias franjas de trabajadores también en Estados Unidos: proliferación de los comedores populares “Alimentando América”, de las crecientes decenas de miles que, a pesar de tener “trabajo”, no les alcanza para pagarse una vivienda y duermen en refugios, en las calles o en sus coches (necesarios para trasladarse a sus empleos), que se han convertido en sus viviendas, etc. Si la mano de obra fuera esclava, probablemente estaríamos en “pobreza cero”, pero con los capitalistas reclamando subsidios estatales para mantenerlos. Es esta crisis sistémica de sobreproducción lo que está impulsando las guerras comerciales. La pelea es una competencia abierta entre los diversos grupos capitalistas, apoyados por sus Estados nacionales, por capturar mercados donde colocar sus “excesos” de capitales y mercancías. Se incrementan los choques entre las diferentes potencias e imperialismos. Las alianzas preexistentes se están hundiendo (crisis de la alianza político-militar de la Otan, propuesta de constituir fuerzas armadas de la Unión Europea independientes de las norteamericanas; etc.). La guerra político-comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea refleja el propósito de Trump de subordinar más firmemente el accionar de sus competidores “ex” aliados. No se trata sólo de los aranceles que dificultan la exportación europea del acero, aluminio, automotores y otros productos en Estados Unidos. Trump tiene un fuerte choque con Alemania, que ha firmado un acuerdo de compra permanente de gas a Rusia. Estados Unidos se opone, no sólo porque esto daría una fuente de financiamiento a la Rusia de Putin, bloqueándoles la colocación de sus excedentes de gas del shale, muchos de cuyos yacimientos han entrado en crisis por la sobreproducción mundial y caída de los precios del petróleo y materias primas en general (para lo cual financió la construcción de un puerto de aguas profundas en Polonia, donde podrían descargar el fluido los barcos gasíferos norteamericanos), sino porque daría cierta independencia en materia energética a la Unión Europea (detrás del acuerdo ruso-alemán están asociadas Francia, Bélgica, etc.). Alemania y el núcleo dirigente de la UE no quieren quedar prisioneros, subordinados al imperialismo yanqui en materia energética. Con el mismo ángulo debemos analizar la ofensiva de Trump contra Irán, denunciando los pactos nucleares firmados por Obama y demás potencias capitalistas. El bloqueo comercial y financiero (y hasta las amenazas de intervención militar) no sólo pretenden un cambio de gobierno en la República Islámica, que abra más su economía (y su petróleo) y que retroceda de la intervención político-militar en Medio Oriente (Siria, Líbano, etc.). El bloqueo amenaza ser extendido a los integrantes de la Unión Europea si no retiran las importantes inversiones realizadas en Irán (Total francesa, etc.), bajo pena de tomar medidas de boicot a sus importaciones por Estados Unidos. El choque fundamental de la guerra económica emprendida por Trump está dirigido contra China. Asistimos a una gran confrontación comercial: China ha aprovechado su mano de obra barata para desplazar a Estados Unidos en la colocación de mercancías en variados mercados, llevando al paroxismo la sobreproducción capitalista y la falta de mercados. Un ejemplo de ello es la competencia que se ha establecido con Huawei, de China, en materia de productos de comunicación y electrónica. Huawei se adelantó a las empresas yanquis y logró sacar al mercado la tecnología 5G de Internet y la está vendiendo desde agosto, mientras AT&T aún no terminó de sacar su modelo a fin de año. Acusando a China-Huawei de robar tecnología yanqui, Trump ha forzado (algunos países han declarado -Australia y otros- que no permitirán el ingreso de los 5G chinos) una negociación para dividir mercados: el occidente para AT&T y el resto para Huawei. Estos “acuerdos”, trabajados durante la “tregua” de 90 días pactada entre Trump y Xi Jinping en el marco del G20, aún no están vigentes y son inestables. Son producto de forcejeos y amenazas imperialistas: tarde o temprano se romperán y abrirán nuevos y crecientes choques por mercados. La dificultosa renovación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre Estados Unidos con México y con Canadá es producto de esta guerra comercial mundial. El tratado prohíbe nuevos acuerdos de libre comercio con China y Cuba e incrementa el contenido regional de los componentes de la industria automotriz (industria motora de industrias). Se trata de extender el proteccionismo antichino a toda América del Norte. La guerra comercial en pleno desarrollo es la partera de fuertes tendencias a conflictos bélicos. Lo que se ha venido manifestando en las guerras coloniales de Medio Oriente. El fin del Ejército Islámico en Siria no significa la paz para la región, sino el preanuncio de nuevas y más extendidas guerras. Israel y Arabia Saudita son la punta de lanza del imperialismo yanqui contra la República Islámica de Irán, contra el Líbano, etc. Y la que sostiene la guerra de masacre que se está desarrollando contra Yemen. Igual con Corea del Norte: ¿se ha disipado la guerra? Está en una precaria situación: sometida al chantaje yanqui no sólo para que abra su economía a la restauración capitalista -en marcha e impulsada por la misma burocracia de Estado- y el ingreso de capitales imperialistas, sino para que se aleje de la alianza con China. Y la experiencia histórica tiene demostrado con lo sucedido en los preámbulos de la Primera y Segunda Guerra mundiales que, de las amenazas y acuerdos arrancados bajo presión, se termina pasando a la guerra militar abierta, porque las contradicciones no disminuyen sino que continúan incrementándose. La puja Trump/Kim Jong-un está inscripta en el cerco estratégico que el Pentágono y todas las fracciones políticas dirigentes de la burguesía están impulsando sobre China, para que esta abra su economía a la penetración indiscriminada del capital imperialista. Como parte de esto, vemos la mayor presencia militar de Estados Unidos en los mares que rodean a China. La guerra comercial de Trump contra China tiene como uno de sus objetivos forzar a una apertura mayor o total de su economía. El acuerdo que está pergeñando Trump con Xi Jinping avanza en el camino restauracionista: abre más la economía al ingreso de capitales imperialistas y coloca frenos al robo de la propiedad intelectual de los mecanismos productivos de las empresas capitalistas. La crítica yanqui y de los demás imperialismos es que el régimen de Xi no avanza en desmantelar las empresas estatales deficitarias, que los bancos privilegian en sus créditos. El objetivo estratégico del imperialismo es avanzar en una colonización profunda de China y Rusia. ¿Esto significa que China y Rusia constituyen un bloque antiimperialista? De ninguna manera: son Estados donde la restauración impulsada por las burocracias los hizo ingresar a la competencia capitalista como regímenes de capitalismo tardío no plenamente acabados. Trotsky ya había analizado el carácter restauracionista de las burocracias que se habían apoderado del Estado (y sus propiedades). Si bien usufructuaba en su provecho la propiedad estatal, no tenían pleno derecho sobre ella: no la podían heredar a sus descendientes. La restauración capitalista se ha ido consumando sobre la base de la evolución contrarrevolucionaria de la burocracia estalinista, no del triunfo de una ofensiva militar imperialista. Hitler fracasó en ese intento en la Segunda Guerra Mundial, al estrellarse contra el Ejército Rojo en Stalingrado y Estados Unidos en los ’50-’60 en sus ataques a Corea del Norte y China al ser derrotado en Corea y Vietnam. ¿Son China y Rusia potencias imperialistas? Son Estados capitalistas que están en una actitud defensiva frente a las tendencias agresivas del imperialismo, que intenta colonizarlos, no sólo financiera sino hasta físicamente. La peculiaridad es que el proceso de restauración capitalista se hizo sobre la base de la no disolución nacional, sino la defensa de los Estados. Putin surgió de un golpe bonapartista como respuesta al descalabro y disolución creados por el gobierno de Boris Yeltsin. En China, aplastando la tendencia democratizante con el ejército, masacrando la rebelión de la Plaza de Tiananmén, se instaló un régimen bonapartista. Es la burocracia estalinista en alianza con el imperialismo la que guio el proceso restauracionista. Gran parte de la protoburguesía que se ha ido desarrollando proviene de la transformación de la propia burocracia de administradora en dueña de las empresas privatizadas. Se trata de una burguesía sin historia ni tradición. Para consolidarse y desarrollarse, necesitó de la intervención regulacionista y el arbitraje del Estado para consumar la transición restauracionista. Pero ahora, un sector importante de los capitalistas ‘nativos’ y del imperialismo se queja del exceso de regulacionismo: que se manifiesta, entre otras cosas, en la defensa de las empresas estatales deficitarias que se sostienen con el apoyo del crédito de la banca estatal (protegiendo los privilegios de camarillas burocráticas estatales y de la burguesía tercerizadora). Se trata de un régimen bonapartista asentado en el aparato del PC que, habiendo jugado un rol ‘progresivo’ para el capital, éste quiere hoy desembarazarse de ese control para poder penetrar libremente en un copamiento y colonización total de China. Y amenaza con la guerra para obtener crecientes concesiones de la burocracia y estratégicamente penetrar totalmente y descuartizar al país, como antes de la revolución de 1949, para mejor colonizarlo. Si en el futuro un frente imperialista atacara a China, la defendemos saliendo a combatirlo. Debemos ser conscientes que la intervención imperialista no es para imponer la “democracia” contra el régimen bonapartista totalitario ni por ayuda humanitaria, ni porque China amenace la paz mundial (argumentos de propaganda imperialista para justificar la intervención y guerra incluida contra Irak, Venezuela, Libia, etc.). Un ataque imperialista a China es para avanzar en la colonización restauradora a fondo: que es la esencia estratégica de su programa. De triunfar, llevaría a la disolución nacional de China (y Rusia) para hacer más digerible la penetración imperialista. Un espejo de esto es el proceso de restauración capitalista en Yugoslavia, que terminó con la constitución de republiquetas manejadas por diferentes sectores imperialistas. Esta lucha contra el imperialismo neocolonizador deberá hacerse sin apoyar a la dirección burocrática restauradora china que, por su esencia capitalista, buscará cerrar lo antes posible la crisis, conciliando con el agresor imperialista y bloqueando cualquier proceso de lucha revolucionaria anti-imperialista que ponga en marcha a las masas trabajadoras. Pero, llegada la circunstancia, el análisis debe ser concreto: cambia si China integra una alianza con un bando imperialista contra otro. La tendencia a la guerra por parte del imperialismo se ha ido generalizando. Constituye una de las salidas a la crisis capitalista en curso. Venezuela demuestra que no es sólo un fenómeno zonal del Medio Oriente. Las tendencias belicistas se están desarrollando en América Latina. ¿Cómo se traduce este cuadro en el campo político? Y, más concretamente, sería importante responder al interrogante de si el mundo gira a la derecha. Las bancarrotas económicas llevan casi inevitablemente a las crisis políticas y de régimen en los diferentes países y también a nivel internacional. No de otra manera debe ser analizado el próximo período. La no salida de la crisis de 2007/8 y la amenaza concreta de volver a caer en otra recesión internacional ha agudizado los conflictos políticos e indican un giro en las relaciones. Es lo que Lenin caracterizó en el momento del estallido de la Primera Guerra Mundial, como que el viejo equilibrio estaba roto. Tenemos el ascenso de la derecha y la llamada ultraderecha fascistizante al poder en varios países de Europa: Italia, Polonia, Hungría, etc., y el fortalecimiento de las oposiciones encaradas por estos ultraderechistas (Alemania, Italia, España, etc.). Pero su ascenso, canalizando la protesta de las masas frente a los “ajustes” antiobreros y antipopulares en curso, se ha hecho no por una acción contrarrevolucionaria directa (como lo fue Mussolini en Italia, Hitler en Alemania o Franco en España), sino por vía electoral y parlamentaria, atizando demagógicamente la xenofobia, el antisemitismo, el pseudo-nacionalismo: el “socialismo” o “nacionalismo” de las masas lumpenizadas. Ha sido una “reacción” frente al impasse de los regímenes centroizquierdistas que se transformaron en ejecutores de los planes fondomonetaristas y de la Unión Europea. El fascismo es una guerra de clases, donde la burguesía dirige a las clases medias y a sectores lúmpenes de los explotados contra el proletariado. En la actualidad, no podemos hablar de una estructuración ni una movilización masiva de la pequeño burguesía contra los trabajadores. Es necesario distinguir el carácter y la identidad fascista de ciertas fuerzas políticas del ascenso y consolidación de un régimen fascista. En el momento actual, asistimos a la parálisis y el hundimiento de los regímenes parlamentarios y a una creciente tendencia a ser reemplazados por regímenes autoritarios bonapartistas y semibonapartistas. Este es un fenómeno generalizado no sólo en países europeos, sino en Rusia y China -cuyos bonapartismos tratan de garantizar la transición al capitalismo en ‘orden’, tanto frente a las masas como a la presión imperialista-, como en los países atrasados o como se los llama ahora “emergentes”: Bolsonaro en Brasil, Erdogan en Turquía, que conviven con un Parlamento y se apoyan en un régimen policial, represivo y proscriptivo. En el centro de la tormenta se encuentra Estados Unidos, con la tendencia de Trump a potenciarse como un régimen personalista, tratando de superar los controles y trabas parlamentarios, aunque esta tentativa tropieza con obstáculos crecientes. Pero el ascenso de estos regímenes ultraderechistas y fascistoides no resuelve el problema de las tendencias disolventes de la bancarrota capitalista en curso y sus consecuencias sobre los regímenes políticos y sobre las masas. “Obligados” a continuar el camino de los “ajustes” contra las masas, llevan a estas a una nueva frustración, con tendencias a la movilización. Es lo que está sucediendo en Hungría, donde los intentos del gobierno ultraderechista de Viktor Orban, de imponer una reforma laboral antiobrera, eclosionaron una fuerte movilización de los trabajadores. Se trata de un panorama de crisis políticas en la mayoría de los regímenes europeos. En Gran Bretaña en torno del Brexit, donde ni el gobierno ni el Parlamento británico, ni la dirigencia de la Unión Europea alcanzan a encontrar una salida, mientras la situación se sigue degradando. La primera ministro británica parece un títere que va y viene sin autoridad alguna. Esto puede terminar, en elecciones próximas, con la caída de los conservadores y el ascenso del laborismo de Jeremy Corbyn. Al mismo tiempo, cruje la Unión Europea por las consecuencias del Brexit y por crisis en marcha en diferentes países que la cuestionan, incluida la propia Alemania, donde Angela Merkel presentó su renuncia y hay un ascenso neofascista. En Italia se derrumba el régimen político de frente único derechista entre la Liga del Norte y el Movimiento 5 Estrellas, que tampoco logran encontrar un cauce superador a la profundización de la crisis en curso. Aunque el frente derechista llegó al poder con una retórica “nacionalista”, no logran plasmarla. El Ministro de Economía italiano señaló su propósito de mantenerse dentro de la Unión Europea. Es que no se puede simplemente desandar el camino recorrido por la concentración capitalista que ha impulsado la”‘globalización” de los monopolios y el capital financiero. El desarrollo de las fuerzas productivas (en la actualidad, su no desarrollo) reclama una economía internacional, lo que choca con las relaciones sociales capitalistas de propiedad y el mantenimiento de los Estados nacionales que sirven de protección a los diferentes grupos imperialistas-financieros. El grado de interconexión alcanzado por la economía mundial no permite plantear un régimen de autarquía nacional. Y esto entra en crisis con las fronteras, los Estados nacionales y el dominio del capital que sigue teniendo como base esos Estados. Se trata de una fuerte contradicción que no puede ser superada por un pseudo-nacionalismo, sino por su superación revolucionaria mediante los Estados Unidos Socialistas de Europa (como transición a la Federación Socialista Mundial). Como señaló Savas Matsas en su artículo “¿Europa Marchita? Crisis, lucha de clases y el de la extrema derecha” (EDM N° 52), una de las diferencias existentes entre la actual crisis capitalista y la de la década del ’30 es la mayor internacionalización de las fuerzas productivas y los intentos realizados -más avanzado que nunca- de integración pacífica interimperialista, que ahora se quiebran por la envergadura alcanzada por la crisis y sus consecuencias sociales. Desde el punto de vista político, debemos hablar, no de una consolidación de la derecha, sino de una situación de alta volatilidad. España y su inestabilidad es un espejo de esto: en menos de un año, hemos visto la caída del gobierno derechista de Mariano Rajoy, el ascenso del PSOE al poder, el triunfo de la corriente más fascistizante de la derecha (Vox) en Andalucía, la crisis del PSOE con la resistencia republicana independentista de Cataluña y la ruptura de los acuerdos establecidos con los diputados de ese bloque (en el marco del juicio a varios de sus dirigentes) y la convocatoria anticipada a elecciones, con resultados inciertos. Este cuadro de crisis y volatilidad se da también -y muchas veces con más fuerza en lo inmediato- en los “países emergentes”, donde se ha producido un verdadero derrumbe económico, producto del freno en la economía mundial y de la sobreproducción capitalista y caída de los precios de las materias primas. En Latinoamérica, particularmente, los regímenes nacionalistas burgueses, que usufructuaron durante un período los altos precios de los “commodities”, fueron incapaces de aprovechar estos recursos para desarrollar las economías nacionales. Su objetivo fue tratar de poner en pie burguesías nacionales rapiñando los recursos del Estado y sin enfrentar decisivamente la opresión nacional ejercida por el imperialismo. Chávez, en Venezuela, con la boliburguesía que vive del robo y la especulación en los mercados de cambio y las licitaciones; Lula, en Brasil, apoyando a los “campeones nacionales” vía el endeudamiento sin límite y la corrupción de los Odebrecht y compañía, o Néstor Kirchner en la Argentina, buscando poner en pie a la patria constructora con la protección y los sobreprecios de las licitaciones públicas, son un ejemplo fallido. Todos ellos evitaron tener choques esenciales con el capital financiero internacional: pagaron religiosamente la usuraria e ilegítima deuda externa, protegieron a los monopolios radicados en sus países (privatización de los servicios públicos en Argentina, etc.), acompañaron las aventuras reaccionarias y militaristas del imperialismo (fuerza latinoamericana de “pacificación” de Haití, etc.). La crisis capitalista internacional ha hundido estos proyectos de relativa convivencia pacífica entre las burguesías nacionales y el capital financiero imperialista. “Lavajato” y “carpetazos” mediante, estamos viendo una ofensiva imperialista sobre los gobiernos latinoamericanos para desplazar a los “corruptos” representantes de las burguesías nacionales en el dominio de los planes de infraestructura y obras públicas. Al mismo tiempo que se trata de ‘ajustar’ a las masas trabajadoras y explotadas para garantizar el pago de las deudas externas que se han potenciado terriblemente en la ‘década ganada’ por el nacionalismo burgués. La crisis e impasse de estos regímenes nacionalistas burgueses, que actuaban conteniendo la lucha de clases, ha dado paso a alternativas de gobiernos de signo derechista, de ofensiva contra las masas. Macri subió al poder por vía electoral, explotando la crisis e impotencia del kirchnerismo. Temer, en cambio, lo hizo a través de un golpe de Estado ‘parlamentario’, sostenido directamente por los militares que fueron armando la salida electoral (proscripción de Lula, etc.) para que triunfara el facho de Bolsonaro. Este tiene un discurso político-ideológico fascistoide, pero un planteamiento económico abiertamente ultraliberal (privatizaciones, reforma previsional, etc.). Pero está limitado no sólo por las contradicciones en su base político-social, sino porque debe imponer las reformas reaccionarias por vía parlamentaria (donde teniendo minoría, debe congeniar con los otros bloques burgueses en el marco de un creciente rechazo popular a estos ataques). El gobierno de Macri intentó llevar adelante su giro derechista a través del ‘gradualismo’, teniendo en cuenta la resistencia de las masas y la necesidad de coordinar con el bloque del PJ para obtener mayorías parlamentarias que aprueben sus leyes. La crisis capitalista mundial ha hundido ese “gradualismo” y ha planteado un ataque más brutal pero, ahora, en un marco mucho más deteriorado de la economía nacional que lo colocó al borde del defol y lo obligó a los acuerdos con el FMI y su política de mayores ajustes, y que también está dividiendo el frente burgués de apoyo que lo llevó al poder. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, es la vanguardia en el seno del gobierno macrista de una mayor derechización represiva con mayores poderes para las fuerzas represivas policiales y militares, etc. ¿Estamos ante un avance de la derecha en el continente? No alcanza con reconocer lo que es empíricamente evidente, sino va acompañado por la crisis que atenaza a los nuevos gobiernos derechistas y que en muchos casos se está transformando en una bancarrota del régimen político de conjunto (Argentina). La volatilidad política mundial se manifiesta con fuerza también en América Latina. El ascenso del ultraderechista Bolsonaro en Brasil va acompañado por el del centroizquierdista Andrés López Obrador en Méjico. Bolsonaro mismo aparece empantanado por el ahondamiento de las divergencias dentro de su base de apoyo, que ya tempranamente ha planteado una crisis de gabinete. Se juega una carta fuerte en el intento de imponer la reaccionaria reforma previsional. Los problemas que plantea la crisis lo tienen indefinido en toda una serie de temas de primera importancia. La guerra comercial mundial que enfrenta al gobierno yanqui con China, Rusia y con la Unión Europea divide a su gobierno. Ante la situación venezolana están los halcones que quieren una intervención militar directa y los que la rechazan. Trump está tratando de cooptar al Alto Mando militar, factor fundamental en las definiciones políticas del nuevo gobierno. El Pentágono acaba de nominar para la segunda jefatura del Comando Sur -que “vigila” Centroamérica y el Caribe, incluyendo la defensa del Canal de Panamá- al general brasilero Alcides Farias, jefe de la 5ª Brigada de Caballería Blindada. Algo inédito, porque nunca antes se había asociado directamente a un militar extranjero al manejo de una fuerza militar yanqui. También esgrime la promesa de un acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y Brasil, pero esto se haría a expensas del creciente deterioro y hundimiento del Mercosur y contra la influencia China, que es el principal destino de las exportaciones brasileras. Pero… primero la reforma previsional y el avance concreto en las privatizaciones (Embraer, etc.). El análisis-“promesa” que ha realizado el Bank of América es que adoptando este rumbo antiobrero y proyanqui Brasil volvería a crecer este año un 3,5% en su PBI y habría una “lluvia” de 100.000 millones de dólares en inversiones para trabajos de infraestructura (versus los Odebrecht). En 2015 y 2016, el PBI retrocedió 3,5 y 3,3%, respectivamente. En 2017 “creció” un débil 1,1%, performance que repitió en 2018, que cerró el año con tendencias contractivas: la desocupación aumento al 12%. En el marco de su guerra comercial contra China y Rusia, Trump ha lanzado una ofensiva para bloquear la penetración comercial de estas potencias en América Latina. Se trata de una feroz lucha política. Este es uno de sus principales objetivos intervencionistas en su campaña contra Venezuela: disminuir el peso y la influencia de estas dos potencias sobre el petróleo y la economía venezolana. En la Argentina también está bloqueando inversiones chinas en usinas hidroeléctricas y atómicas, etc. Lo que se juega en Venezuela El imperialismo yanqui ha montado un amplio y elaborado operativo para producir un golpe contra Nicolás Maduro y colocar un gobierno títere que garantice la entrega lisa y llana del petróleo. Ha alineado en forma cipaya a la mayoría de los gobiernos latinoamericanos. Pero, a pesar del desgaste de Maduro, no ha podido voltearlo hasta el presente. ¿Va a haber una intervención militar directa para voltear a Maduro? Hasta el momento no ha logrado escindir a los altos mandos militares que siguen cerrando filas en torno del gobierno. Y sin eso, gran parte de los países latinoamericanos y el imperialismo de la Unión Europea se niegan a avalar tal acción. La Unión Europea no quiere otra guerra dirigida por Trump: critican las decisiones unilaterales de este, de retirarse de Siria, etc., y temen las consecuencias de una intervención militar en materia de guerra civil y extensión de la agitación y movilización antiimperialista en América Latina. La escalada contra Venezuela es avalada por la mayoría de las fracciones de la burguesía yanqui, incluyendo al propio candidato Sanders, autollamado socialista, y una amplia mayoría del Partido Demócrata en la oposición. Sin una fractura en los altos mandos militares venezolanos, el imperialismo teme una fuerte resistencia. Maduro -siguiendo el ejemplo cubano- ha comprometido al Alto Mando militar, dándole puestos de dirección en sectores vitales del Estado, controlando empresas relacionadas con el comercio exterior (fuente de corrupción por el contrabando y el manejo espurio de los mercados de cambios) y, particularmente, en la gran petrolera estatal PDVSA. Gran parte de los ministros bolivarianos son militares. Su destino y sus negocios están unidos al régimen bolivariano en crisis. Este es uno de los problemas centrales: ¿quién desarma a los militares metidos en todos los rincones de la producción de PDVSA y de negocios y negociados bolivarianos? La experiencia chavista, y particularmente la resistencia de Maduro al golpe dictado por el imperialismo, tiene sus admiradores-seguidores, particularmente en sectores de la izquierda europea. Ven este proceso como una resistencia revolucionaria y hasta “socialista” al avance imperialista. Pero en América Latina, la mayoría de las corrientes que se reclaman del nacionalismo burgués se han mandado a cuarteles de invierno. Lula y Cristina Kirchner casi no abren la boca al respecto, y cuando lo hacen, su voz es inaudible. Dirigentes peronistas se han sumado a los reclamos de ‘democratización’, justificando la intervención contra el totalitarismo de Maduro. Gran parte del nacionalismo burgués latinoamericano ha sido golpeado por la propaganda democratizante y ‘humanitaria’ contrarrevolucionaria del imperialismo y por la terrible evolución de Maduro, que ha acrecentado a niveles inauditos la miseria que sufren las masas. El “socialismo del siglo XXI” y su llamado, hace años, a la construcción de la V Internacional, ha sido una caricatura del internacionalismo proletario revolucionario y fue utilizado oportunamente como un arma contra la diferenciación independiente del proletariado. El chavismo, y particularmente Maduro, han reprimido los intentos de avance de la clase obrera por el camino de su organización sindical y política independiente, y se han preocupado por su cooptación y regimentación en el marco de su apoyo al régimen: uno de los dirigentes de la central obrera es el actual ministro de Trabajo. Las huelgas son fuertemente reprimidas, suspendió la vigencia de los convenios colectivos de trabajo en el sector público, etc. No sólo el gobierno choca con los golpistas, sino también con el otro polo, el de la lucha y organización independiente de los trabajadores. Maduro ha llevado la miseria de su pueblo a niveles inauditos, propios de una catástrofe o guerra. Mientras hay desabastecimiento de medicinas y alimentos, y la hiperinflación se ha disparado a un millón por ciento, con salarios de siete dólares, Maduro ha seguido pagando religiosamente una deuda externa usuraria que se ha llevado la friolera de más de 700 mil millones de dólares: una riqueza impresionante que hubiera servido para un amplio plan de desarrollo. El chavo-madurismo ha sido incapaz de avanzar en una modificación de la estructura productiva del país. Más que nunca, Venezuela es dependiente de la monoproducción y monoexportación petrolera. Con el agravante que tampoco esta rama ha sido mantenida, exige fuertes inversiones para frenar el retroceso de su producción. Esto ha sido acompañado por la entrega-privatización de una parte importante de su riqueza minera y petrolera. La empresa estatal Citgo, que tiene refinerías y una cadena de expendedoras en territorio norteamericano, ha sido vendida en un 49% a la petrolera rusa Rosneft. La derrota del golpe cipayo-imperialista contra Venezuela es fundamental para todos los trabajadores de América Latina. La caída del gobierno a manos del golpe será la apertura de los ataques directos contra Cuba, para acelerar la restauración capitalista en la isla y volcarla nuevamente a la injerencia directa del imperialismo yanqui. Y luego vendrá Nicaragua, donde el “sandinista” Daniel Ortega ha sido cuestionado por una fuerte rebelión popular -por seguir los planes hambreadores del FMI-, reprimida a tiro limpio, pero no liquidada. Habiendo entregado las perspectivas revolucionarias del triunfante levantamiento sandinista de 1979, Ortega ha seguido los pasos de otros regímenes nacionalistas burgueses, que han intentado, vía la corrupción y la superexplotación de sus pueblos, crear una nueva burguesía nacional. Ha devenido en una oligarquía represiva y regimentadora, que el imperialismo quiere modificar a través de un proceso electoral para prevenir la organización independiente de las masas y el retome de sus tradiciones revolucionarias. Un triunfo golpista serviría para instaurar más abiertamente la injerencia directa, diplomática-política-económica-militar de la mano del FMI, el grupo Lima y la OEA, y la intervención directa del imperialismo, a través de la ayuda humanitaria y la intervención militar. Vuelve -nunca se fue- la política del “gran garrote” del imperialismo yanqui. El rechazo a este intervencionismo imperialista-cipayo reclama de una estrategia y coordinación continental de los trabajadores conscientes y de la izquierda que se reclama anti-imperialista. No sólo debemos movilizarnos reclamando por el ¡Fuera yanquis…!, sino enfrentando, fundamentalmente, a los gobiernos cipayos latinoamericanos que apoyan y acompañan este accionar contrarrevolucionario que avala incluso la confiscación imperialista de bienes del Estado venezolano en el mundo. El enemigo no está sólo en Washington sino también dentro de las fronteras de las naciones latinoamericanas. Tenemos la experiencia contemporánea de la formación de una fuerza militar latinoamericana, incluso con gobiernos nacionalistas burgueses, como el de Lula en Brasil y los Kirchner en la Argentina, para llevar adelante una acción militar “pacificadora” en Haití. Hace más de una década que están allí instalados, como carne de cañón del imperialismo yanqui y mundial contra el pueblo haitiano, que ahora está protagonizando un nuevo y heroico levantamiento contra el gobierno títere que ejecuta los planes ajustadores del FMI. Golpeando con la lucha de clases en cada uno de nuestros países a los cipayos, cumplimos a fondo con los deberes de solidaridad anti-imperialista e internacionalistas, y preparamos las condiciones no sólo para la instauración de gobiernos de trabajadores en cada país, sino de la Unidad Socialista de América Latina. La lucha contra el golpe imperialista debe hacerse en Venezuela sin apoyar políticamente al gobierno represor de Maduro. Por el contrario, la izquierda revolucionaria debe plantear, agitar y organizar la ejecución de las medidas que de verdad puedan derrotar al golpe. Denunciando la inoperancia del gobierno y su tendencia a la conciliación. De ninguna manera se puede hacer causa común con la derecha proimperialista, que se disfrazara de defensora de la democracia, pero que actúa como agente directo de un acentuamiento antidemocrático de la opresión nacional. Pero hay corrientes que se reclaman trotskistas que prácticamente se colocan en el terreno de la derecha. El PSTU, por ejemplo, levanta como consigna “Ni Maduro ni Guaidó” y dice que “es necesario en este momento, que las masas venezolanas retomen sus movilizaciones contra Maduro, sin ninguna confianza en Guaidó”. Al igual que en Brasil frente al golpe contra Dilma Rousseff, el PSTU se jacta: “Nosotros apoyamos y estuvimos en las grandes movilizaciones por el ‘Fuera Maduro’ en Venezuela, luchando contra su dirección burguesa”. Se ha colocado en el campo ‘democrático’ proimperialista. Por su parte, Marea Socialista (que integra la corriente internacional del MST argentino) y que en su momento formó parte del movimiento chavista, del cual hace un tiempo se ha abierto, anuncia que se ha conformado una “Alianza por el referéndum consultivo” con un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE) “para relegitimar los poderes públicos”, que sería una instancia de “frente único de lucha”. También está en el terreno del frente proimperialista, no hay un programa de movilización contra el golpe (constitución masiva de milicias obreras en las fábricas, etc.). Colocado en el campo democrático, levanta una plataforma democratizante: “demandamos democracia real con participación y consulta al pueblo”. No sólo un programa participacionista de integración al Estado burgués, sino colocado directamente en el campo democrático de Juan Guaidó. Polarización El carácter inestable y volátil de la situación política internacional no debe taparnos el peligro del crecimiento de las salidas bonapartistas y semibonapartistas derechistas o fascistas, y cómo debemos enfrentarlas. Como bien ha planteado Savas Matsas, en el artículo antes citado, publicado en el último número de En defensa del marxismo: “La falta de una estrategia económica efectiva no significa que la clase capitalista gobernante, especialmente en los centros metropolitanos del sistema mundial, con su colosal experiencia acumulada de las más variadas formas de regímenes políticos, de represión y control, sea incapaz de elaborar una estrategia política contrarrevolucionaria que, interactuando siempre con los desarrollos socioeconómicos, intentará derrotar las amenazas revolucionarias a su gobierno, por cualquier medio, mediante la demagogia, utilizando chivos expiatorios, por la fuerza, mediante la guerra de clases y las guerras imperialistas. Como había advertido Trotsky en el Tercer Congreso Mundial de la Internacional Comunista en 1921, contra todo economicismo reduccionista y determinismo mecanicista, es precisamente en momentos de peligro mortal para la clase capitalista y la desintegración de la sociedad capitalista, que existe también ‘el florecimiento más elevado de la estrategia contrarrevolucionaria de la burguesía’”. Los “avances” de la derecha crean una tendencia a la polarización política y de la lucha de clases. Lo del polo derechista, contrarrevolucionario, con sus contradicciones, está claro. Pero el otro polo, el de la resistencia a estos planes y gobiernos, aunque en desarrollo, está políticamente desdibujado. Se manifiesta con explosiones de masas en Europa Oriental, pero -y lo más importante- es que también está emergiendo con fuerza en los grandes centros imperialistas. Como lo evidencia la explosión de los “chalecos amarillos” en Francia contra los aumentos de combustibles y que han puesto en crisis al gobierno de Emmanuel Macron. También en Estados Unidos se plantea con fuerza esta tendencia a la polarización, contra las tentativas reaccionarios de Trump, manifestado no sólo en el crecimiento renovado de las candidaturas centroizquierdistas que se presentan como socialistas, de Bernie Sanders y otros, sino también por el creciente desarrollo de huelgas de los trabajadores, en un país donde los niveles de sindicalización habían retrocedido terriblemente. La Nación (23/2) reproduce la tapa del semanario británico The Economist, que titula: “La izquierda resurge en el mundo de la mano del socialismo millennial”. Y el propio Trump tomó como eje en su discurso de polarización política (y electoral) el planteo de que “América nunca será socialista”. Ya hemos publicado la sentencia del New York Times dirigida a las elites capitalistas gobernantes: “Si no quieren socialistas, dejen de crearlos”. La bancarrota capitalista y su consecuencia en la ruptura profunda de los equilibrios y la estructura política mundial abre brechas para la irrupción de las masas y la creación de situaciones revolucionaria. Macron ha sido fuertemente golpeado por el estallido combativo de los “chalecos amarillos”. Acorralado, tuvo que retroceder en el tarifazo. Ahora pretende contraatacar en forma desesperada convocando -como hizo su antecesor, De Gaulle, frente al Mayo francés de 1968- a un referéndum para intentar recuperar un punto de equilibrio, bloqueando que la situación se transforme en revolucionaria con la intervención masiva de las grandes masas obreras y juveniles. En Gran Bretaña, la crisis del Brexit, que es la crisis de la Unión Europea, que es la crisis capitalista mundial, ha provocado una terrible crisis política que no sólo preanuncia giros políticos (ascenso del laborismo de Corbyn), sino una ola de conflictos de los trabajadores (ferrocarriles, etc.). En América Latina tenemos un ascenso de luchas en Centroamérica, producto de la crisis y las medidas pro-FMI que se intentan aplicar (Nicaragua, Haití, Costa Rica, etc.). También se evidencia en Argentina, en las grandes movilizaciones de masas por el derecho al aborto y en los límites -aún difusos y limitados- con que se va desarrollando la resistencia contra la ofensiva de Macri, que quiere imponer los planes fondomonetaristas (contra los tarifazos, etc.). En Chile se están retomando las masivas marchas contra el negocio antiobrero del régimen de las jubilaciones privadas, reclamando su nacionalización. En Africa y el Medio Oriente están en desarrollo importantes y masivas huelgas, y movilizaciones en Irán, Túnez, Irak, Jordania. En Sudán, combativas y persistentes manifestaciones políticas de masas van en flecha hacia un estallido revolucionario. El camino de las revoluciones árabes, que fue aplastado o contenido hace casi una década, está siendo retomado. Ahora ha estallado una rebelión de proporciones en Argelia que plantea el derrocamiento del gobierno. Argelia no había intervenido en el anterior proceso de la Primavera Arabe de 2010. Lo importante a destacar es el renacimiento de las luchas de masas en las metrópolis imperialistas: no sólo en Francia, con los “chalecos amarillos”; el proceso huelguístico en curso en Portugal, contra un gobierno frentepopulista, apoyado por la izquierda, etc. Y, fundamental, la creciente ola de huelgas que está recorriendo Estados Unidos: las huelgas docentes en Oakland, Los Angeles y otras ciudades de California no son sólo reivindicativas, sino que adoptan diferentes reclamos y connotaciones políticas (contra la privatización de la educación, por mayores presupuestos, etc.) y están siendo acompañadas por padres, estudiantes y diversos sectores obreros. En el marco de cierre de plantas (General Motors, Ford y otras) y de la perspectiva de una nueva recesión, la ola de huelgas en curso sería la segunda en importancia después de la década del ’30. Estos procesos extraordinarios de la lucha de clases hablan de una inflexión en la tendencia mundial hacia la irrupción de la lucha de masas y, potencialmente, la creación de situaciones revolucionarias. Algunas corrientes, como el WSWS de Estados Unidos, directamente caracterizan que se ha abierto un “nuevo período revolucionario”. Nuestros compañeros del DIP de Turquía también caracterizan que “Sudán y posiblemente el lejano Haití ahora se están convirtiendo en revoluciones. Este es un salto cualitativo. Ya no es una inflexión, sino una estruendosa irrupción de la revolución en el escenario mundial”. Pero esta irrupción tiene, aún, sus propias características: Elle Não en Brasil, la lucha por el derecho al aborto en Argentina, los “chalecos amarillos” en Francia, la participación protagónica de la clase media en Argelia y Sudán, y otros grandes procesos de lucha de las masas evidencian un progreso notable en el desarrollo de tendencias combativas y anticapitalistas. Vemos la movilización radicalizada de las mujeres, de la juventud, de las masas empobrecidas, pero hay, aún, un gran ausente: la clase obrera. El proletariado de la gran industria no se moviliza decisivamente como clase ni en Francia ni en Brasil, ni en la Argentina. Aquí es donde se ve que actúan como bloqueo las burocracias obreras de los sindicatos y centrales obreras, crecientemente entrelazadas con el Estado. La burocracia de la CGT francesa, con influencia del viejo PC estalinista, hizo lo imposible (paros paralelos en otras fechas, etc.) para evitar que la poderosa clase obrera gala confluyera con los “chalecos amarillos” e hiciera saltar por el aire al gobierno de Macron. Hace cuarenta años jugó el mismo papel en el Mayo francés, cuando trató de evitar la unidad de la clase obrera con el estudiantado alzado. Y una vez que fue superada por la iniciativa de las bases obreras y el estudiantado, se empeñó en levantar las ocupaciones de fábricas y la huelga general a cambio de algunas reivindicaciones económicas, cuando lo que estaba objetivamente planteado era el problema del poder. Lo mismo hemos visto en el accionar de la poderosa CUT brasilera, que luego de la exitosa huelga general protagonizada hace dos años (la primera después de casi dos décadas) contra la reforma laboral, desactivó toda profundización de un plan de lucha y se empeñó en la desmovilización organizada de la lucha de masas. Cuando estalló el movimiento de los camioneros que ocupó las rutas de Brasil durante 15 días contra el tarifazo de combustible ejecutado por el gobierno de Michel Temer, la CUT hizo mutis por el foro. En ese momento se desarrolló también una huelga de los obreros de las refinerías petroleras. Pero la “central” obrera puso todo su empeño en impedir que confluyeran. La CUT se subordinó políticamente al PT de Lula, que no quería “desestabilizar” al golpista Temer y dejó avanzar la reforma laboral. Ni qué hablar del papel de la burocracia peronista de la CGT argentina, que le dio la espalda a las combativas movilizaciones del 14 y 18 de diciembre de 2017 contra la reaccionaria reforma previsional. Y es el sostén de la ‘paz social’ que pretende allanar el camino para el paquetazo de Macri y el FMI. Si bien -al decir de Trotsky- la lucha de las masas terminará superando el control de los aparatos, es evidente que estos todavía logran diluir una intervención de conjunto de la clase obrera. Si las burocracias van a fondo con sus políticas de bloqueo y desorganización de las filas obreras, quizá logren temporalmente éxito, pero la continuidad de la crisis llevará a estallidos más fuertes que crean un campo favorable para pasar por encima de ellas. No podemos prever si esto se dará a través de los sindicatos, recuperándolos, o por fuera de ellos, a través de comités de fábrica, coordinadoras, juntas, etc. Hay corrientes que plantean que los sindicatos en la época actual ya no servirían; que no podrán jugar ningún rol porque han sido vaciados por las burocracias corrompidas, integradas al Estado y a los partidos burgueses. Que la dinámica de la lucha obrera y de clases pasará por movimientos autónomos, como el de los “chalecos amarillos” en Francia. No debemos hacer ningún fetichismo de los sindicatos ni tampoco un antifetichismo abstracto al respecto. No sabemos por dónde pasarán las futuras irrupciones de las masas (en el levantamiento que se está desarrollando en Túnez parece que la central obrera está jugando un papel protagónico). Trabajamos dentro de ellos, desarrollando oposiciones clasistas y organizando a los trabajadores contra las políticas colaboracionistas con las patronales y el Estado, y estamos atentos a la evolución concreta de lucha de clases, no le damos la espalda a nuevos desarrollos. Cuando constatamos que existen real o potencialmente, los impulsamos. Incluso en una etapa de no ascenso revolucionario hemos impulsado la constitución de sindicatos paralelos, como la AGD de los docentes universitarios o el Sipreba de los trabajadores de prensa, para dotar de una organización real a los trabajadores, despertando el entusiasmo y agrupando en torno de una masa importante de la clase. El nuevo pico de bancarrota del capital en desarrollo, las inevitables tendencias a las crisis políticas que van preparando situaciones revolucionarias, el ascenso de regímenes ultraderechistas, las intervenciones militares imperialistas, han abierto un debate en el seno de la izquierda. El problema no es el ascenso de la derecha -a la que tenemos que combatir- sino las políticas de desgaste y adaptación de la centroizquierda y la izquierda que posibilitan el surgimiento de estos fenómenos políticos. Contradictoriamente, mientras más avanza la crisis del capital, mayor es la tendencia a la integración política de la izquierda, buscando retomar el viejo equilibrio que se ha perdido. El avance de la derecha, que estas corrientes facilitaron con su política burocrática de conciliación de clases, es el argumento utilizado ahora para volver a replantear su rechazo a la independencia obrera. El “enemigo” es la derecha, no el capitalismo. Lo que está de moda en estas corrientes es plantear la necesidad de formar frentes antifascistas y/o contra la derecha. El candidato “socialista” Sanders, que pretende enfrentar a Trump en las próximas elecciones presidenciales de 2020, se niega a romper con el Partido Demócrata y conformar una organización independiente de la burguesía imperialista. El Partido Demócrata compite con el Partido Republicano en la alternancia del poder del Estado imperialista. Sanders convocó a la unidad dentro del Partido Demócrata y a conformar un Frente Antifascista Mundial, es decir, impulsar el Frente Popular en todas partes. Die Linke, el partido de la “izquierda” alemana, también con la misma concepción, se derechiza. En su reciente congreso ha eliminado toda crítica a la Unión Europea. Esto -afirma- para no confluir con los partidos derechistas europeos que atacan a la UE (Italia, Hungría, Francia, la propia Alemania, etc.). La plataforma original criticaba a la Unión Europea planteando hacerla “más social y democrática”. Una concepción pseudo-reformista sobre el Estado y el imperialismo. Pero ahora, esa frase puramente demagógica ha sido eliminada de la plataforma con la que se presentará en las elecciones europeas de mayo. En Francia, Jean-Luc Mélenchon también propugna un frente popular contra la derecha. Y ha sido reticente en el apoyo a los “chalecos amarillos” hasta muy asentada esta irrupción. Todos estos sectores de la “izquierda amplia” y democratizante se pronuncian contra los inmigrantes… en la medida que son usados para disminuir los salarios de los trabajadores nativos y radicados. La lucha contra la explotación del capital pasa, según esta “izquierda”, por el rechazo de los trabajadores inmigrantes, no por la igualdad salarial obligatoria y la reducción de la jornada laboral (sin reducción de salarios). En nombre de la lucha contra la derecha plantean que los trabajadores deberían renunciar a su organización y movilización independiente para no espantar a sus aliados de la burguesía y pequeño-burguesía. En América Latina tenemos un planteamiento similar. En Argentina, los kirchneristas llaman a conformar un frente anti-Macri para vencerlo en las próximas elecciones. Aunque dicen llamar a la izquierda a integrarlo, no estamos ante un giro a la izquierda del nacionalismo burgués: es un intento de subordinar políticamente a la izquierda revolucionaria y hacer retroceder la organización política independiente de la clase obrera. El verdadero objetivo del kirchnerismo es una alianza político-electoral con la derecha del PJ, que es xenofóbica, propicia la intervención militar sobre Venezuela, apoya el plan del FMI y su política de ajuste contra los trabajadores, se opone al derecho al aborto, etc. En Brasil, el PT se ha entregado sin lucha al golpe contra Dilma Rousseff, ejecutado por Temer con el apoyo del Alto Mando militar, a pesar de contar con la dirección de las principales organizaciones de masas (Central de Trabajadores, central de campesinos, central estudiantil, de los inquilinos, etc.), lo que terminó pavimentando el camino al ascenso del fascista Bolsonaro. Ahora insiste en conformar un frente antifascista con la oposición burguesa y hasta con alas del gobierno Bolsonaro: en el debate que se está desarrollando dentro del gabinete y las Fuerzas Armadas sobre una invasión a Venezuela, el PT coquetea con el vicepresidente, el general Hamilton Mourão, que está en contra de invadir ahora y propugna otras vías de presión para consumar el golpe en Venezuela. Como el PC argentino en la dictadura de Videla, que se dedicaba a buscar el ala militar contrario a los pinochetistas de Menéndez. Mientras tanto, el PT viene desorganizando la resistencia a la reaccionaria reforma previsional que quiere sancionar Bolsonaro. Las organizaciones obreras y de masas están paralizadas en aras de la construcción del frente popular antifascista. Estos frentes contra la derecha, que impulsa el nacionalismo burgués y el socialismo pequeño burgués, se fijan el campo parlamentario-electoral como el terreno de lucha. Pero a la derecha no se la va a derrotar parlamentariamente, sino en la lucha obrera y en las calles. El Parlamento podrá tratar de sancionar una realidad impuesta por la lucha de los trabajadores y lo hará como elemento de maniobra para volver a colocarla bajo caución del Estado y la burguesía. El PSOL ha ido a la rastra del PT, ha sido su sombra. Un ‘partido’ de izquierda que no interviene en la lucha de clases, sólo se moviliza en los procesos electorales, se ha fisonomizado como un partido de arribistas que quieren conquistar un cargo estatal. La mayoría de las organizaciones y partidos de la izquierda brasileña (muchos de los cuales también actúan en la Argentina: MST, MAS, PTS) integran y se adaptan al PSOL -que, insistimos, no es un partido ni un frente de lucha-, que funciona explícitamente como una cooperativa de tendencias autónomas. La integración de la izquierda a los frentes populares de conciliación de clases o directamente a los partidos burgueses en busca de un cargo electoral se ha ido transformando en una norma. En Perú, una pequeña organización ligada a la corriente internacional que impulsa la morenista IS de Argentina, integró el burgués Frente Amplio con la candidatura a intendente de Lima. En Venezuela, varias de estas corrientes han oscilado entre el apoyo, cuando no la directa integración, al chavismo, y ahora coquetea con la derecha proimperialista. La emergencia de una profundización del desbarranque de la crisis capitalista y de las crisis políticas con sus giros, plantea la urgencia de avanzar en la construcción de partidos revolucionarios en cada país y una Internacional socialista revolucionaria. Los estallidos de crisis y la creación de situaciones revolucionarias plantean la necesidad de construir estos partidos y la Internacional. Porque en esos momentos es donde es más importante la experiencia y la orientación de una vanguardia obrera y de la izquierda para sortear los impresionantes problemas que se plantean y llevar al poder a los trabajadores. La perspectiva revolucionaria de instaurar el gobierno de trabajadores es la gran divisoria de aguas en el seno de la izquierda mundial. La necesidad de la Internacional para apuntalar estos procesos es vital. • Construyamos partidos obreros revolucionarios, independientes de la burguesía, la pequeño burguesía y las burocracias. Pongamos en pie una Internacional revolucionaria: la IV Internacional. • No a los frentes de colaboración de clases. Por frentes revolucionarios, de independencia de clase, de la izquierda y los trabajadores. • Al fascismo y la represión derechista la combatimos en todos los terrenos, incluidos los parlamentos. Pero la derecha será derrotada por la acción directa de las masas, en sus huelgas y manifestaciones, en las calles. En defensa de las libertades democráticas, hagamos frentes únicos de acción y movilización con todos los que estén dispuestos a movilizarse. • Que la crisis la paguen los capitalistas: expropiación, sin indemnización, de los monopolios y el gran capital. Expropiación de los bancos y creación de una banca estatal única, bajo control de los trabajadores. Monopolio estatal del comercio exterior y de los mercados de cambio. No pago de la deuda externa. • Combatamos la desocupación prohibiendo los despidos y el reparto de las horas de trabajo existentes entre todos los trabajadores ocupados y desocupados, disminuyendo la jornada laboral, sin afectar la totalidad del salario actual. • Contra la inflación y la carestía: salario mínimo igual a la canasta familiar, que se indexa mensualmente con el costo de vida. • No a las reformas previsionales reaccionarias: no elevar la edad de retiro ni disminución de haberes. No al robo de la jubilación privada. Aportes previsionales íntegros a cargo de las patronales. • Contra la corrupción capitalista: instalar el control obrero y la apertura de los libros contables de las empresas, para conocer sus verdades ganancias y maniobras, y hacer pública la verdad de los negociados, contra las maniobras políticas de los carpetazos. Cárcel e incautación de los bienes de los corruptos. • Contra la xenofobia y la persecución a los inmigrantes. Plenos derechos a los inmigrantes. Unidad de los trabajadores nativos y extranjeros contra la explotación capitalista. • Derogación de las llamadas leyes antiterroristas y represivas. Libertad a los presos políticos, desprocesamiento de los luchadores. • Contra el golpe imperialista en Venezuela. Cese del bloqueo, devolución de los bienes venezolanos, retiro de las tropas de la frontera. Movilicémonos en cada país contra los gobiernos que programan la intervención y el golpe imperialista. Retiro de las tropas latinoamericanas de Haití. Retiro de las bases imperialistas (Guantánamo, etc.). Levantamiento incondicional del bloqueo imperialista a Cuba. Abajo las guerras imperialistas: fuera las tropas imperialistas de Africa y Medio Oriente. • Por gobiernos de trabajadores. Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina. Aprobado por unanimidad. Ausentes: Alejandro Crespo, Carla Deiana, Federico Navarro y Rafael Santos 17/3/19

1 de agosto de 2019
Crítica a “Panorama mundial” de Jorge Altamira

El artículo “Panorama mundial” -que oficia de editorial de la última En defensa del marxismo [1] y que ha sido incluido en la nueva revista digital, “Revolución Mundial”, de nuestra corriente internacional- incluye una caracterización sobre América Latina que merece ser refutada. Allí, se hace la siguiente afirmación: “(…) La pelea política por una caracterización adecuada de la etapa actual en América Latina es un aspecto fundamental para determinar una política revolucionaria. Tomados todos los elementos en su conjunto, la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica y ha pasado, potencialmente, a la izquierda independiente de los bloques capitalistas”. Por más breve que resulte la cita, sin lugar a dudas, se trata del aspecto más sobresaliente de la caracterización que el artículo traza sobre la situación latinoamericana. Pues, por el alcance de la afirmación que se sostiene, se establece como la principal tesis del artículo en torno del futuro del subcontinente. Sobre la ‘iniciativa estratégica’ de la burguesía Sólo es cierto que “la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica”, en tanto y en cuanto la afirmación se eleva a categoría histórica. Es decir, en tanto apunta a refutar las posibilidades del capitalismo de revertir su decadencia histórica. El chaleco que representan las relaciones capitalistas de producción para el libre desarrollo de las fuerzas productivas confirman el agotamiento histórico del capitalismo. El ingreso del capitalismo, hace ya más de un siglo atrás, a su fase imperialista, representa el ingreso del régimen a su etapa de senilidad o, lo que para el caso es lo mismo, de descomposición. La lucha por la revolución socialista encuentra, en esta caracterización histórica, su base objetiva -es decir, su premisa fundamental. Pero desde este punto de vista, “la pérdida de iniciativa estratégica de la burguesía” representaría un fenómeno de alcance universal y no sólo latinoamericano. Es necesario distinguir la decadencia histórica del capitalismo de las ‘iniciativas estratégicas’ que la burguesía emprende con el fin de perpetuarse. En el artículo, la tesis en cuestión no expresa una sentencia histórica, sino que pretende caracterizar la etapa y la coyuntura abierta en el subcontinente, y sobre esa base pronosticar las tendencias sociales y políticas actuantes en el presente latinoamericano. Desde ese lugar, afirmar que “la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica” representa un error. Los ejemplos están a la vista. Por un lado, los ajustes fiscales contra las masas y las reformas laborales y previsionales que se están implementando en numerosos países latinoamericanos pueden ser claramente catalogados como ‘iniciativas estratégicas de la burguesía’. En esas ofensivas se aúnan las distintas alas de la clase capitalista, pues apuntan a proceder a una desvalorización de la fuerza de trabajo y a un arrebatamiento de conquistas históricas de la clase obrera. El triunfo de Bolsonaro en Brasil anticipa una ‘ofensiva estratégica’ contra la clase obrera, barriendo con conquistas históricas, desarrollando la persecución política e incluso avanzando en la tentativa de destrucción de las organizaciones de trabajadores. Por otro lado, la ofensiva de Estados Unidos contra Venezuela, con la creciente amenaza de intervención militar al país caribeño; la puja de Estados Unidos contra la penetración de los intereses chinos en el subcontinente; la ofensiva de un ala de la burguesía norteamericana para proceder a la plena restauración capitalista en Cuba y para apropiarse de los negocios dominados por las burguesías nacionales de Latinoamérica -que se han procesado bajo el forma de ‘la lucha contra la corrupción’ y de golpes de Estado como el que tuvo lugar en Brasil- son expresión de ‘iniciativas estratégicas’ que impulsa el capital financiero. De imponerse los planes de la burguesía, el horizonte que se traza para Latinoamérica es la barbarie. ¿La iniciativa estratégica a manos de la izquierda? Que la iniciativa no ha pasado, ni siquiera potencialmente, a manos de la izquierda independiente de los bloques capitalistas es un hecho fácilmente demostrable. Confirmando que, de conjunto, la tesis en cuestión es equivocada. Es claro que, en este punto, la incursión en este error plantea, antes que nada, un problema de método. Una mirada más o menos incisiva de la situación de la izquierda latinoamericana, en términos de ubicación e intervención política y programática y de desarrollo organizativo, hubiera bastado para descartar de plano esa afirmación. Pues, con la relativa excepción de Argentina, la izquierda independiente de los bloques capitalistas en América Latina no sólo no tiene -ni potencialmente- la iniciativa estratégica, dado su escaso desarrollo y nivel de influencia; sino que, en la mayoría de los casos, ni siquiera existe como tal. Es decir, no representa una izquierda independiente del capital. Sucede que la mayor parte de la izquierda del continente ha ingresado a esta etapa política -signada por el renovado fracaso de las experiencias nacionalistas y el triunfo electoral de variantes derechistas- adaptada a las fuerzas burguesas o pequeño burguesas que fueron, o aún son, gobierno en distintos países. Es justamente lo que hemos ponderado de la experiencia del Frente de Izquierda y de los Trabajadores de Argentina, en contraste con el papel jugado por la izquierda latinoamericana. Mientras el FIT abrió un canal de independencia política de los trabajadores en oposición al gobierno kirchnerista, en el resto de América Latina la izquierda tendió a diluirse detrás de las variantes nacionalistas. Bastaba con repasar las Tesis, escritas por el propio Jorge Altamira, de la Conferencia sobre América Latina de 2016, convocada por el PT de Uruguay y por nuestro partido, para desmentir la tesis en cuestión. No era necesario, de ningún modo, esperar a conocer los resultados de la primera vuelta de las recientes elecciones brasileñas. En las Tesis de la Conferencia de 2016 se desarrolla con detalle el papel de la izquierda en aquellos países donde se han desenvueltos las experiencias más ricas con los gobiernos nacionalistas. Por el lugar determinante que ocupa Brasil para el futuro de América Latina, es oportuno detenerse a considerar el papel de la izquierda en ese país. Es claro el papel del PSOL como fuerza tributaria del PT y de candidaturas patronales. Así lo hemos caracterizado en las Tesis latinoamericanas de 2016 y en numerosos artículos. Esto, sin embargo, no ha salvado al PSOL de obtener un magro resultado en las recientes elecciones. Las sucursales de IS y el Nuevo MAS en Brasil integran el PSOL, mientras el PTS aspira también poder integrarse. El PCO, ex integrante de la CRCI, ha ido más lejos aún en su política de adaptación al PT, acogiendo la campaña por la liberación de Lula como su eje político excluyente. El PSTU brasilero, por su parte, ha obtenido un resultado marginal en las recientes elecciones, luego de haber tenido una posición “ni-ni” ante el golpe contra Dilma Rouseff. A la luz de los resultados electorales, ahora sí, vale decir que la “iniciativa estratégica” en Brasil no parte desde la izquierda sino, más bien, desde el campo contrario. En el caso de Venezuela, la izquierda se ha dividido, por un lado, entre la que tributa al chavismo y, por el otro, entre la que tributa a la oposición pro-imperialista. En Bolivia, la izquierda que no se diluyó detrás de Evo Morales se marginalizó practicando el ‘abstencionismo permanente’, para luego fracasar en la constitución de un PT de tipo centrista. En Perú, la sucursal de IS integra el Frente Amplio por Justicia, Vida y Libertad, un frente centroizquierdista completamente integrado al sistema. La mención del papel jugado por la izquierda vale, pues como bien se señala en las Tesis de la Conferencia de 2016, “El conjunto de las fuerzas políticas en presencia, sean burguesas, y por sobre todo la izquierda, no ingresan en esta etapa como un papel en blanco, que estaría abierto abstractamente a todas las posibilidades que ofrece el nuevo período. Por el contrario, están condicionadas por sus programas y por sus políticas precedentes, e incluso por los compromisos anudados en la etapa que ahora se agota”. Es valioso observar las perspectivas latinoamericanas a la luz de la experiencia de la “Primavera árabe”. Pues allí, ninguna fuerza revolucionaria fue capaz de explotar en su favor el proceso de descomposición de los diversos regímenes nacionalistas que, en combinación con las consecuencias sociales devastadoras de la crisis capitalista mundial, dio lugar a la zaga de levantamientos populares que tuvieron lugar a partir de 2011 en numerosos países del norte africano y de Medio Oriente. Los países árabes pasaron de ser el epicentro de la rebelión popular a ser el epicentro de la contrarrevolución, con la intervención política y militar de distintas potencias imperialistas. Seguidamente a la tesis en polémica, en el mismo artículo se sostiene que “No existe un solo sector de la izquierda latinoamericana que desenvuelva un planteo de poder, frente a la maduración de la crisis económica y política, en los términos de la Conferencia Internacional, que un conjunto de partidos cuartainternacionalistas han realizado en Buenos Aires a principios de abril pasado”. En este punto, el artículo peca de ecléctico, pues un “planteo de poder” en clave revolucionaria, es la precondición para poder contar, al menos potencialmente, con “la iniciativa estratégica”. Siguiendo esta la línea de razonamiento, si descartamos a la izquierda tributaria de los bloques capitalistas y a la que no cuenta con un planteo de poder, la izquierda que ha pasado a tener, potencialmente, la iniciativa estratégica, sería la participante de la Conferencia Internacional impulsada por la CRCI. Vale, entonces, detenerse a considerar el lugar de las fuerzas latinoamericanas que participaron de las conferencias organizadas por la CRCI. Sin dudas, las caracterizaciones, los planteos políticos y los métodos de los partidos revolucionarios son determinantes para visualizar su potencial desarrollo. Pero el grado de desarrollo con el que esas fuerzas ingresan a los momentos de agudización de la crisis capitalista, con todas sus consecuencias sociales y políticas, también lo es. Pues los aciertos tácticos, en toda la fase previa a los momentos de alza de la lucha de las masas, sólo si encarnan en una organización pueden transformar a ésta en una fuerza social y política capaz de candidatearse a la lucha por el poder. La organización no se improvisa, se prepara en forma metódica y tenaz. Por eso corresponde, a la hora de analizar la tesis en cuestión, indagar sobre nuestro propio desarrollo y el de las corrientes con las que comulgamos política y programáticamente. Las conferencias no sólo contaron con convocatorias modestas, sino que con la excepción del PO, y en menor medida del PT de Uruguay, las organizaciones participantes se encuentran en una fase embrionaria. No sólo por su cantidad de miembros, sino porque la mayoría de ellas carece, incluso, de una publicación regular, sea impresa o digital. Necesariamente, nuestro grado de influencia y penetración debe ser un parámetro de comprobación de la tesis en cuestión. Es claro que, el cuadro descripto desmiente de plano la tesis que plantea que la iniciativa estratégica, potencialmente, habría pasado, en América Latina, a manos de la izquierda independiente del capital. Basar esa afirmación en el exclusivo desarrollo del PO representa un desatino de corte autorreferencial. Cuestiones de método El debate en cuestión remite a divergencias que han atravesado algunos debates partidarios en el último período, incluido el que se desarrolló en la fase pre-congresal y en el Congreso mismo del PO. En lo esencial, tiene que ver con un abordaje objetivista de las crisis, despreciando o relegando el estadio concreto de la lucha de clases y de las fuerzas políticas que intervienen. Así como en “Panorama mundial” se afirma que “en Brasil, la crisis política mostrará toda su amplitud cuando las próximas elecciones dejen al desnudo la ingobernabilidad del país”; en el congreso, Marcelo Ramal presentó un documento que también sostenía que Brasil era “ingobernable”. Varios compañeros rechazaron ese planteo, por considerar que en política no existe el vacío y que, en ausencia de una intervención de las masas, la burguesía buscaría los medios para enfrentar la crisis mediante métodos que le permitan avanzar sobre la clase obrera y sus conquistas. El ascenso de Bolsonaro, como fase última de la política golpista, pero también con un apoyo electoral recogido incluso en los bastiones del PT, muestra que las salidas políticas son el resultado de una lucha concreta entre las clases y sus partidos, algo que de ningún modo está definido de antemano. Esto no niega bajo ningún concepto la crisis de fondo que atraviesa Brasil, con una deuda pública que equivale a todo su PBI, con un déficit gemelo -fiscal y comercial- y una caída de la industria que ya lleva varios años. Pero esa crisis opera contradictoriamente: por un lado, le quita base material a la burguesía para establecer un régimen estable; pero, por el otro, la obliga a redoblar su ofensiva contra las masas. Si esa ofensiva finalmente se impone, la clase capitalista habrá logrado un triunfo sobre los trabajadores y la izquierda revolucionaria. Con sus diferencias, el debate también remite a la Argentina y la crisis de Macri y más allá de él, del régimen político en su conjunto. Si la ofensiva que el gobierno encarna contra las masas, en acuerdo con el FMI y el imperialismo yanqui, logra imponerse, Macri tiene la posibilidad de una sobrevida. ¿Lo logrará? No lo sabemos, y es probable de que no, pero eso dependerá de una lucha directa. Los regímenes en crisis despliegan su ofensiva contra las masas, justamente como medio para superarla. El Comité Nacional, a partir de esta consideración de método, votó un sistema de consignas que parte de la necesidad de derrotar la ofensiva contra las masas -es decir, alentar la intervención de la clase obrera. El planteo de poder (“Fuera Macri, Constituyente soberana”) debe colocarse en este contexto, porque fuera de él se convierte en un planteo exclusivo de propaganda. [1] . “Panorama mundial” por Jorge Altamira, en En defensa del Marxismo, n.º 51 , agosto de 2018. 29/10/18

1 de agosto de 2019
Respuesta a Pablo Giachello

El compañero Pablo Giachello ha decidido impugnar el artículo “Panorama mundial”, que escribió Jorge Altamira para el último número de En defensa del marxismo. Ese artículo, Giachello no lo aclara, representa un balance político de la última Conferencia Internacional y del informe que fue expuesto por el mismo Altamira en el último Congreso del partido. Pablo presentó inicialmente esta crítica, de modo verbal, en la última reunión de Comité Nacional. La otra curiosidad del texto de Pablo Giachello es que él critica una frase dentro de un artículo extenso sobre la situación mundial del momento. ¿Se puede concluir de esto que avala el conjunto de la tesis que está expuesta en ese artículo? No. Increíblemente, Giachello no cuestiona al conjunto de esa tesis, ni las conclusiones del Conferencia Internacional de abril, ni el informe al Congreso del partido -ni qué decir de la campaña desarrollada por la Comisión Internacional, e incluso por otros compañeros que no pertenecen a ella, para difundir las conclusiones de la conferencia y del congreso. En resumen, cuestiona dos renglones de un artículo extenso, que desarrolla la crisis mundial en sus diferentes manifestaciones -los choques entre Trump y Corea del Norte, la guerra comercial entre China y Estados Unidos, el agravamiento de la crisis financiera internacional, entre otras. Giachello sólo pone el ojo en dos renglones referidos a América Latina, donde está escrito: “la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica”, que “ha pasado, al menos, potencialmente, a la izquierda independiente de los bloques capitalistas” (“al menos”) (!!!). Pablo no se toma el trabajo de señalar si estos dos renglones se encuentran en contradicción o en conformidad con el artículo en su conjunto. Si el planteo de esos dos renglones se encuentra en sintonía con la conclusión general, entonces debería haber criticado el artículo en su conjunto. Pero no, se ensaña con los dos renglones. “Sentencia histórica” Ya en tren de criticar la “pérdida de la iniciativa estratégica” de la burguesía, Giachello admite que esa categoría, valdría, sí, pero sólo como “sentencia histórica”. Este señalamiento, sin embargo, partió del propio Altamira en el citado intercambio del Comité Nacional, cuando le señaló a Pablo que la “pérdida de iniciativa estratégica” es la consecuencia lógica y práctica de la “decadencia histórica del capitalismo”. Se refiere, claro, a la etapa de podredumbre del capitalismo, de los monopolios y la tesis de “guerras y revoluciones”, que desarrollaron la III y la IV Internacional. Cuando Pablo, en su texto, concede que la pérdida de iniciativa de la burguesía debe rebajarse a la condición de “sentencia histórica”, se desinteresa de la historia, que no pasaría de ser una sentencia. Parece que no ha reparado en el primer parágrafo del «Programa de Transición», a saber, que existe una “crisis histórica de la humanidad”. Naturalmente, esta categoría -o “sentencia”- se manifiesta en forma concreta, no en la fantasía ideológica, en el agotamiento de las fronteras nacionales y el nacionalismo como movimiento históricamente progresivo; en el fracaso del reformismo; en la estrategia política de la transición (pasaje de las lucha inmediatas a la revolución), en la inviabilidad de los partidos amplios, parlamentaristas y sindicaleros. La historia es concreta, lo circunstancial es aleatorio. En nombre de esta “sentencia histórica”, Trotsky denunciaba la caducidad del reformismo, con su división entre programa mínimo y máximo; las 21 Tesis de la Internacional Comunista denunciaban, por esa misma razón, el parlamentarismo de la socialdemocracia como un régimen de cooptación política de la aristocracia obrera por parte del Estado capitalista. El “Programa de Transición” nos enseñó a enlazar esa lucha cotidiana con una salida de poder, a partir del señalamiento de la etapa de decadencia histórica del capitalismo. Siempre en el terreno de la “sentencia histórica”, Giachello no se olvida que estamos en la “etapa de senilidad y descomposición del capitalismo”. Pero Pablo usa esta caracterización de un modo negativo; la desecha como categoría concreta y la relega para un tiempo futuro indeterminado. Algo similar hicieron Mandel y el Secretariado Unificado, cuando teorizaron sus ondas largas y una nueva época del capitalismo tardío, para negar un derrumbe del capital que, sin embargo, se hizo patente pocos años después. Estamos ante una desnaturalización de la caracterización de la época, que pone en cuestión el desarrollo de una política internacionalista. Lo que ocurre es, sin embargo, lo contrario, pues se repiten las oportunidades de saltos políticos, que la izquierda no es capaz de aprovechar, esto desde el Mayo de 1968 a las revoluciones árabes. La izquierda acogió el Argentinazo con una lucha faccional feroz, sea en el movimiento piquetero o las asambleas populares, y luego en las elecciones de 2003; no es porque la iniciativa la tenga la burguesía, que buena parte de ella apoyó a la burguesía agraria en 2008, precisamente, en medio de una gran fractura del frente burgués. ¿Y el ascenso de huelgas que dio lugar al PT? La guerrilla sandinista llegó al poder mediante una gigantesca revolución, cuando se encontraba dividida en tres y en retroceso, incluso relativamente desmoralizada, porque supo operar desde la defensiva ante un régimen en crisis política, por un lado, y una enorme bronca popular, por el otro, como consecuencia de las demoras en reconstruir a Managua, después del terremoto que la destruyó, y la corruptela subsiguiente. Incluso los partidos del Foro de São Paulo llegaron al gobierno como recursos del capital, ante situaciones de crisis políticas y derrumbes económicos, potencialmente revolucionarios. El árbol tiene uvas, pero los zorros le echan la culpa al árbol por su incapacidad para arrancarlas. El planteo de Pablo, lamentablemente, es derrotista. Lenin juzgaba a esa “etapa de senilidad” -el imperialismo- dialécticamente, esto es, como la reproducción ampliada de todas las contradicciones del régimen social capitalista. El “capitalismo senil” abre “una época de transición”, dice, entre el estadio histórico del capitalismo y el socialismo. El capital no cesa de funcionar y pelea políticamente su sobrevivencia, cuando la democracia clásica de su historia se agota y la sustituye por Estados policiales y guerras. Ha impuesto la restauración capitalista para enfrentarse enseguida a un conflicto mortal con las potencias que emergieron de esa restauración, en tanto que los Estados restauracionistas trocaron el impasse del socialismo en un solo país por una crisis capitalista mundial que los llevará a nuevas revoluciones. ¿El Brexit es la evidencia de la iniciativa histórica del capital o la disolución creciente de la Unión Europea? “Panorama mundial” se ocupa de situar la “sentencia histórica” en los términos de una nueva transición al interior de la crisis mundial. Caracteriza, por un lado, al agotamiento de la tentativa de rescate con la cual se abordó la bancarrota de 2007-2008 -el emisionismo desenfrenado para salvar a los bancos y, por otro lado, el “agotamiento relativo de la etapa de ganancias extraordinarias ofrecidas por la integración al mercado mundial de China o Rusia” -o sea, los límites de la restauración capitalista para operar como factor contrarrestante de la declinación capitalista. La “ingobernabilidad” de América Latina, que Giachello descarta, es un resultado de esta nueva etapa de la crisis. No deviene, por lo tanto, de una “sentencia histórica” -sino de estas determinaciones concretas, que el texto desarrolla extensamente. El capital sobrante que financió las burbujas especulativas de los países emergentes -e inflacionó los precios de sus materias primas- refluye hoy para escapar de un derrumbe de esos emergentes y por presión del Tesoro norteamericano, que necesita financiar un déficit explosivo. Desde el “Panorama mundial” hasta hoy, se ha consumado un golpe militar en Brasil, que recibió un apoyo electoral plebiscitario, las típicas características del bonapartismo. El bonapartismo es un típico régimen de excepción, más aún cuando es senil. México es otro ejemplo: ha ganado un “outsider” en forma plebiscitaria y enfrenta enseguida una movilización migratoria, que replica la crisis Europa-Medio Oriente en territorio latinoamericano. El ingreso de los Trump y Netanyahu a la política de América Latina también traslada las guerras de Medio Oriente a América Latina. Las “sentencias” o categorías históricas no son un cuadro en la pared. El desafío de los revolucionarios es examinar su desarrollo en las condiciones de nuestra actuación. Las categorías históricas y su verificación constituyen una unidad contradictoria entre la época y el momento político: separarlas, como se hace en el caso de Giachello, conduce al empirismo -o sea, al seguidismo a la corriente política dominante. La burguesía se sirve de su dominio de clase y lo presenta ante las masas como “natural” y eterno, para ocultar que ha perdido la iniciativa histórica y ocultar la tendencia a la disolución del régimen social que lidera. Del mismo modo, trabaja por inocular en las masas la conciencia de una sociedad inmodificable. Nosotros tenemos que resolver esa contradicción a través de una acción política sistemática, a través de la propaganda, la agitación y la organización. Guerras, revoluciones e “Iniciativas estratégicas” El artículo de Altamira señala que la crisis mundial “acentúa la lucha de clases y la tendencia a la guerra, de un lado, y la revolución, del otro”: ¿o la guerra puede separarse de la revolución y de la guerra nacional contra el imperialismo? La caracterización de la etapa en “Panorama mundial” vuelve a reencontrarse con la “sentencia histórica” -en este caso, de Lenin, que aludía al imperialismo como época de “guerras y revoluciones”. “Panorama Mundial” señala, en definitiva, que se han quebrado los precarios equilibrios económicos y políticos preexistentes, y que un nuevo equilibrio sólo podrá alcanzarse a través de choques entre las clases y crisis políticas de fondo. Esa nueva ruptura gigantesca de equilibrios es, precisamente, lo que está ocurriendo en América Latina. La bonanza relativa financiada por la liquidez internacional y los altos precios ha llegado a su fin, obligando a los regímenes continentales a resarcirse de la crisis a costa de brutales ajustes contra las masas. Nuestra literatura, incluyendo a Giachello, ha repetido centenares de veces que la bancarrota de 2001/2 no se ha cerrado, algo que constituye un absurdo descomunal si no se lo entiende en un sentido histórico-concreto. Lo que Giachello presenta como “iniciativa estratégica” de la burguesía continental es, sencillamente, la reacción más o menos improvisada de las clases dominantes para remontar la bancarrota de sus países. Se desarrolla un revulsivo fenomenal de la lucha de clases: la “pacífica” Costa Rica ha sido sacudida con huelgas masivas contra la reforma jubilatoria; por esta misma cuestión, el sandinismo ha sido enfrentado por una rebelión popular, que le ha quitado su legitimidad histórica en la conciencia del pueblo. El proceso peruano, que había quedado monopolizado entre variantes derechistas, asiste ahora al hundimiento de todas ellas. La pretensión de pacificar Colombia a través de la cooptación del campesinado a un desarrollo capitalista agrario ha vuelto a fracasar y, en consecuencia, recrudece la guerra civil en el campo. La tarea de un partido revolucionario no es disculparse por su caracterización de la declinación catastrófica del capitalismo, sino ponerla en evidencia en la etapa política concreta. ¿O ahora vamos a adherir a la tesis de “la crisis orgánica” de Gramsci, que sus epígonos han utilizado para rechazar la decadencia del capitalismo y la época de guerras y revoluciones? La posición de Pablo, que no es solamente de él, es una regresión teórica y política en la historia de nuestro partido. Giachello confunde a una supuesta “iniciativa estratégica” de la burguesía con la presión social y política de la burguesía contra los explotados, en el marco de la crisis o bancarrota del capital. El capitalismo decadente es, obviamente, más implacable y sanguinario que el de ascenso. Es su naturaleza, no tiene nada que ver con una capacidad para impulsar el desarrollo histórico. Pero, según Marx, es esto lo que determina históricamente la revolución: el grado alcanzado por la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. ¿O el compañero Giachello cree que “Panorama…” exagera este conflicto irreconciliable? La crisis y la agudización de la lucha de clases provocan mayores luchas y produce desplazamientos políticos al interior del movimiento de las masas. De cara a esta realidad, Giachello recae en el clásico “pesimismo” que envuelve en estas horas al centroizquierismo o nacionalismo continentales, que responsabilizan a la ‘inmadurez de las condiciones objetivas’ sus propios fracasos políticos. Pablo tiene que contestar a esta pregunta: ¿las condiciones objetivas están o no maduras para la revolución? Si lo están, la ausencia de victorias revolucionarias y aún las derrotas obedecen a una crisis de dirección, la cual sostiene que no están maduras, y no a una iniciativa histórica del capital. Si no entendemos esto, no entendemos tampoco el carácter de nuestras diferencias con IS y el PTS, que son las mismas que tiene Giachello con los planteos del Partido Obrero, a lo largo de su historia. Un réquiem a la izquierda revolucionaria Pablo coloca en cuestión la posibilidad de un desarrollo revolucionario planteado a partir de un programa y una estrategia política. Dice que la “iniciativa estratégica” no podría pasar a manos de la izquierda revolucionaria, siquiera potencialmente, porque esa izquierda es “raquítica o virtualmente inexistente” en el continente. ¿Es este un método militante para considerar las condiciones de nuestro desarrollo político? Desde luego que no. Las condiciones de existencia de una izquierda revolucionaria son una clase explotada y subversiva, por un lado, y la caducidad histórica del régimen de explotación existente, del otro. Abolida la decadencia de la burguesía, pasamos, con una lógica implacable, a la abolición de la posibilidad de desarrollo de la izquierda revolucionaria. Ciertamente, el recuento de fuerzas en una lucha es una exigencia que no se puede soslayar: cuanto más débiles, más empeño hay que poner en desarrollarlas; en primer lugar, explicando la decadencia del capital, el carácter de la época. Giachello pretende, al revés, determinar el carácter de la época y los desafíos que impone a la izquierda revolucionaria, de acuerdo con las fuerzas que esa izquierda haya acumulado. Es una estructura lógica derrotista. La Tesis de la Conferencia Latinoamericana de 2016, escrita, por otra parte, por el imputado en esta ocasión, plantea el desarrollo de una estrategia política para intervenir en la crisis y, de este modo, superar el “raquitismo”. Giachello nos plantea el camino opuesto, a saber, constatar el “raquitismo” para condicionar el desarrollo de una estrategia. Señala, en primer lugar, que “descartados los oportunistas y los que carecen de un planteo de poder”, la izquierda que tendría, “al menos potencialmente”, la iniciativa estratégica, es la que participa de la CRCI o de sus actividades. Pero, a la hora de la CRCI, Giachello nos llama a “indagar sobre nuestro propio desarrollo y el de las corrientes con las que comulgamos política y programáticamente” -o sea, que ni la CRCI revista como una izquierda con potencialidad. Nuestras “convocatorias modestas -dice- desmienten de plano la tesis de que la iniciativa estratégica, potencialmente, habría pasado, en América Latina, a manos de la izquierda independiente del capital”. Giachello no sabe que acaba dar una puntada a una revisión de la historia de los bolcheviques: mientras los Estados imperialistas tenían tanta iniciativa que podían mandar a la muerte a millones de personas en la Primera Guerra Mundial, la izquierda raquítica de entonces, la de Zimmerwald y Kienthal, no llenaba, según Rosa Luxemburgo, un sofá. Fue, sin embargo, la que dos o tres años más tarde encabezaría la Revolución de Octubre y fundaría la III Internacional. “Esa izquierda -dice Giachello- ha llegado a esta fase de la crisis en condiciones modestas, por razones que debemos indagar.”Esa “modestia” invalidaría ahora que la CRCI o sus organizaciones afines, aún trabajando con una orientación adecuada, pudieran emprender una “iniciativa estratégica”. El círculo, como se ve, se ha cerrado sobre sí mismo. Giachello reitera un método que ha poblado la historia de las sectas pretendidamente trotskistas a lo largo de su historia, que encubren su propio fracaso, en momentos políticos cruciales, con la especie de que “lamentablemente, no existe una dirección revolucionaria”. De esa manera, la izquierda presente autojustifica su propia inacción, en lugar de presentar un balance de su política a la luz de los hechos. Nosotros siempre hemos actuado con el método antagónico: una determinada caracterización nos ha llevado a formular una política y un programa para el impulso de una organización revolucionaria, sin especular con el mayor o menor de nuestro “raquitismo” y de quienes estuvieran dispuestos a adoptarlo. Es el método que siguió Trotsky en los años ’30, orientando a los núcleos más golpeados y escasos de una vanguardia golpeada por el doble flagelo del fascismo y el estalinismo. Con ese mismo método, fundó la Cuarta Internacional. La IV Internacional nació, como la III, de la unión de la estrategia con el “raquitismo”, dicho para entendernos. Giachello, con su método, cuestiona la oportunidad de la fundación de la Cuarta; él la dejaría para dentro de unas décadas más. Giachello, a su modo, sin embargo, tiene razón, porque ochenta años más tarde no hemos alcanzado el objetivo. Pero precisamente por esto, la clase obrera no pudo defender a la URSS contra la restauración capitalista ni frenar la descomposición social de la humanidad. O sea que la IV debía ser fundada, sin importar el tiempo que demorara su conversión en una organización de masas. Interesante, sin embargo, es cómo la defensa de la iniciativa histórica de la burguesía lleva, vía raquitismo, al escepticismo, para decirlo en términos moderados, sobre la posibilidad de reconstruir la Cuarta Internacional. Giachello termina su caracterización de la CRCI con una pregunta -“debemos indagarnos sobre nuestro desarrollo”. Pero él sabe, o debiera saber, que no existen las preguntas allí donde no están las respuestas. Interpelar la lucha por la IV, en los términos así expuestos, lleva, por un lado, a un liquidacionismo, o sea al nacional-trotskismo (después de todo, nosotros seríamos la única izquierda no raquítica) o, por otro lado, al “partido único” o “amplio”, donde dejaríamos de lado la estrategia para resolver el raquitismo. El liquidacionismo sería la renuncia a continuar la lucha por el desarrollo de núcleos revolucionarios en el continente. La renuncia a un método -programa, lucha política, organización-, para poner a la organización por la organización misma, sin programa. Eso es el método de los partidos “amplios” o “anticapitalistas” que propugnan el PTS y otras corrientes del morenismo. Para Giachello, “los aciertos tácticos, en toda la fase previa a los momentos de alza de la lucha de las masas, sólo si encarnan en una organización pueden transformar a ésta en una fuerza social y política capaz de candidatearse a la lucha por el poder”. ¿Pero qué son los “aciertos tácticos” sin una finalidad estratégica? Jorge Altamira ha relatado, en charlas, que, en 2002, Lula interpeló a los delegados al Congreso del PT si “quieren llegar al gobierno”. Cuando escuchó un estruendoso sí, respondió: “entonces van a tener que tragar sapos”. Un fenomenal “acierto táctico” en la perspectiva estratégica de la colaboración con el imperialismo. No solamente hay que tener una estrategia, los luchadores y las masas deben conocerla: no se pasa de la conciencia inmediata a la socialista por medio de un agregado de luchas; tiene que estar presente en el programa y la propaganda y agitación política del partido revolucionario. La “organización” no crea la política revolucionaria, es esta la que crea aquella. El compañero no se interroga sobre la lucha política que libraron el Partido Obrero, la CRCI, y antes la Tendencia Cuarta Internacionalista, para desarrollar organizaciones revolucionarias en el continente. Nosotros constituimos grupos y organizaciones a partir de planteos y delimitaciones políticas definidas, no hemos nacido ayer. Los retrocesos -o incluso rupturas- siempre estuvieron, en última instancia, asociados a esas luchas y presiones políticas. La que fuera nuestra organización en Brasil, Causa Operaria, rompió con la CRCI alegando razones organizativas. A poco de andar, sin embargo, terminó en descomposición, como tributaria del petismo. Pero por el método que hemos seguido, la lucha por una organización revolucionaria en Brasil ha quedado documentada en textos extraordinarios, publicados en Internacionalismo o En defensa del marxismo, en experiencias enormes de lucha política y sindical, que van a contribuir a los cimientos de los objetivos que hoy tenemos en ese país. Lo mismo vale, en un plano más general, para la lucha política librada contra el Secretariado Unificado y su adaptación democratizante (“democracia socialista”), la degeneración sectaria del lorismo o el morenismo. El Partido Obrero no existiría sin esa lucha internacional y las delimitaciones con los grupos “raquíticos”, todo al revés de lo que describe Giachello, para quién seríamos el fruto maduro de una semilla sembrada en el territorio nacional. El método que nos propone Giachello para el desarrollo de una acción internacional debiera conducir a la incineración de todos los libros, folletos y periódicos de nuestros 55 años de lucha política como Partido Obrero y como corriente internacional. ¿Qué habría sobre la mesa de materiales que ponemos en la entrada de nuestras actividades? Brasil, Argentina, Asamblea Constituyente El compañero arremete, por último, contra lo que sería un “abordaje objetivista de la crisis, despreciando el carácter concreto de la lucha de clases”. Una cosa sería “la crisis capitalista” -o sea, la deuda brasileña igualando al PBI, la bancarrota industrial, etcétera. Otra cosa “la lucha de clases y las fuerzas políticas que intervienen”. Giachello borra de un plumazo, con esa acusación, otra de las luchas estratégicas del Partido Obrero, a saber, la de haber asumido como punto de partida de nuestra acción la “tendencia del capital a su autodisolución”. Finalmente, la subjetividad revolucionaria se desarrolla como la conciencia de una cierta condición objetiva -a saber, la de la declinación capitalista. Giachello razona que la crisis “le resta a la burguesía brasileña (o argentina) las bases para un régimen estable” pero, al mismo tiempo, reivindica que “la obliga a redoblar su ofensiva contra las masas”. ¿Y entonces? ¿La táctica subordina a la estrategia? ¿En algún lugar, la “ofensiva” creó las “bases para un régimen estable”? ¡El capitalismo viene en declive, en Argentina, desde la crisis del ’30! ¿Qué es un régimen estable, la vieja democracia que nunca existió? En las condiciones de decadencia del capital, el único régimen estable es la barbarie -el ingreso a otro estado de civilización. Socialismo o barbarie significa, exactamente, lo siguiente: sin iniciativa revolucionaria socialista, el destino de la sociedad, bajo la iniciativa de la burguesía, es la barbarie. Cuando decimos que la crisis del capital crea las condiciones de la iniciativa revolucionaria en el período, estamos diciendo que la historia interpela al proletariado y a su vanguardia. A este desafío gigante, el compañero Giachello dice: “no, gracias, estoy elucubrando una táctica para cuando haya un alza. Cuando pique la carnada remonto el hilo”. ¿En qué escenario histórico pretende Giachello desarrollar una dirección revolucionaria? Si el derrumbe social y político de los regímenes continentales no hubiera tenido lugar, la posibilidad de una iniciativa estratégica, siquiera “potencial” (Jorge Altamira), de la izquierda revolucionaria sería una ficción, sólo apta para blanquistas, que apoyaban sus conspiraciones políticas en consideraciones tácticas. La “ofensiva capitalista” -que Giachello señala para Brasil y Argentina- es la expresión de una agudización de la lucha las clases; de otro modo, no pueden entenderse la caída de ministros y el debilitamiento del gobierno cada vez que hay grandes jornadas, como el 2×1, el 8 de Marzo y las jornadas por el aborto legal, el 14 y 18 de diciembre, y las movilizaciones de organizaciones sociales o luchas parciales de estudiantes y de obreros, incluidas las ocupaciones de fábrica y los paros generales. El choque dentro de la clase capitalista, el gobierno, el Poder Judicial, es incesante. Está muy bien denunciar los ataques del capital e incluso “exagerarlos”, para incentivar la lucha para derrotarlos; otra cosa es usarlos para ningunear la crisis política y la oportunidad que ofrece a los obreros para ir a luchas de mayor calado y mayor alcance. El manejo de la “ofensiva” con este propósito es desmoralizador. Bolsonaro es el resultado de un gigantesco vacío político o, dicho de otro modo, de la “ingobernabilidad” de Brasil, que ha llevado a la consumación del golpe militar que se puso de manifiesto en la destitución de Rousseff y culmina con un plebiscito que da forma a un régimen bonapartista de varias cabezas. Ya Marx había visualizado, en el segundo Bonaparte, la decadencia del capital, que renunciaba al poder, dijo, para salvar el bolsillo. La guerra y la Comuna de París terminaron con ese bonapartismo -al que Marx tildó de “farsa”. Ahora, la “gobernabilidad” del protofascista deberá ser probada en la lucha de clases y crisis políticas. En el texto que presenté al último Congreso del Partido Obrero, caractericé el “inmovilismo” del régimen macrista, que culminó en poco tiempo en la crisis financiera, la crisis de gobierno y grandes jornadas obreras. Precisamente, y en relación con la crisis argentina, no sorprende que Giachello relativice o condicione un planteo de poder -“Fuera Macri, Asamblea Constituyente”- a un “sistema de consignas”, paro activo, plan de lucha- para “derrotar la ofensiva contra las masas”. Sin este “escalonamiento -nos dice-, el planteo de poder sería un planteo exclusivo de propaganda”. Podríamos contestar que sin un planteo estratégico, no hay forma de convertir lo inconsciente en consciente -o sea, dejar el espacio para beneficio de la burocracia sindical y el peronismo. La exhortación a la lucha es también pura propaganda, porque todo lo que se quiere organizar debe ser propagandizado. Giachello arremete contra una de las armas de lucha fundamentales de los marxistas, y de todo el mundo, por supuesto. Pero ¿podría haber un “planteo de poder”, de nuestra parte, que no sea de “propaganda”, al menos hasta las vísperas mismas de la toma del poder? “Todo el poder a los soviets”, ¿no era propaganda? Explicar la necesidad de que los soviets tomen el poder, ¿no nació como propaganda? Más aún, fue atacada por la dirección del partido, ¡por propagandística! Hace sólo un año que discutimos la Revolución de Octubre, y ya se cayeron todas las conclusiones. La Asamblea Constituyente libre y soberana es un llamado a las masas a poner fin al régimen político, en las condiciones del momento de la conciencia de las masas y del conjunto del impasse político. La Constituyente denuncia ante las masas, en forma militante, una crisis de régimen, de la cual la burguesía es, sí, plenamente consciente y discute todo el tiempo. Esa crisis se desenvuelve, ante los ojos de las masas, como un proceso caótico, lo que le inhibe el inicio de una acción histórica propia. Los socialistas rusos fueron a la revolución de 1905 con la consigna de la República desde el inicio, a la cual arribaron las masas seis u ocho meses más tarde. Constituye un formidable error político condicionar la propaganda y agitación políticas para que se vaya el gobierno y por la Constituyente al escalonamiento previo de consignas de carácter sindical, al “ascenso”. En 2016 vimos una “crisis de poder” donde ella no existía, y ahora que se encuentra en desarrollo es negada en nombre de las luchas. Ese pretendido “sistema de consignas” supone que las masas sólo podrían “acceder” a la comprensión de la crisis política trepando por el escalón sucesivo del reclamo de paros activos y planes de lucha. Hace más de un siglo ya que Lenin enfrentó a quienes sostenían que “la lucha política de la clase obrera es sólo la forma más desarrollada de la lucha económica” o que “las reivindicaciones políticas inmediatas se hacen asequibles a las masas después de una huelga o, a lo sumo, de varias huelgas” (Lenin en el Qué hacer, citando a los economicistas de entonces). A ellos, Lenin les respondía que la “forma desarrollada” de la lucha económica era la “lucha política”… por la consagración de esas reivindicaciones bajo el capitalismo (reformismo), pero no la lucha revolucionaria por la destrucción del orden social imperante. En el “sistema de consignas”, Lenin recomendaba fuertemente una agitación política “de arriba hacia abajo”, y con un carácter independiente y propio respecto de la lucha económica o sindical del proletariado. Llamaba a despertar el interés “de todas las clases sociales” acerca de la política y el Estado. La lucha sindical anima e interesa a las masas en la vida social y política, y constituye una escuela revolucionaria necesaria, insustituible, que es alimentada por una agitación política que denuncia la naturaleza del poder y sus mecanismos en relación con todas esas y otras luchas. La “propaganda”, formulando una salida social y política antagónica al régimen existente, debe chocar necesariamente con las ideas y prejuicios que ese orden inocula sobre las masas. Esa contradicción debe resolverse por medio de la explicación sistemática de las ideas, su popularización (agitación) y finalmente la organización y el reclutamiento. La pretensión de suplantar esa lucha por la “consigna diaria” o inmediata lleva al partido al empirismo y, en última instancia, a su disolución como fuerza revolucionaria. El enemigo definitivo del propagandismo fue el reformista Bernstein, para el cual “el movimiento lo era todo y el fin, nada” -o sea, le oponía a la lucha estratégica el día a día. Simplemente, había abandonado el socialismo. La política de “contención” de los trabajadores que practica la burocracia sindical resalta todavía más el valor de una propaganda y agitación con un planteo de poder. Al trabajador, abrumado por los bloqueos burocráticos y por la intimidación patronal, debemos ofrecerle un panorama de conjunto respecto de la crisis que envuelve al régimen social capitalista -o sea, al conjunto de las clases, y presentar a esa crisis una salida política. El propagandismo es un producto de los grupos que inician un trabajo político. Para un partido, la propaganda (el programa) es el punto de partida de un plan de agitación y organización. No hay muralla china entre ellos. El Congreso de Bases, o incluso el planteo de ocupación de fábricas, revisten hoy un carácter igualmente propagandístico, porque hay que explicarlo para poder usarlo en las instancias adecuadas (nuestros socios morenistas del FIT rechazan el congreso de bases por propagandista). Sin embargo, es necesaria una campaña preparatoria en la clase obrera por estos propósitos, echando mano de la propaganda y la agitación y, naturalmente, en conexión con nuestros planteos de poder. Giachello omite una cuestión importante del debate político acerca de la Constituyente soberana. El planteo de “Fuera Macri y Asamblea Constituyente” fue rechazado, en tres reuniones sucesivas, por una mayoría de compañeros del Comité Nacional. Ello implica que concebían al “sistema de consignas” desprovisto de un planteo de poder. Giachello lo quiere confinar a un pie de página. Ojo: en su carta por el partido único, el PTS ya dejó de lado la Constituyente, que es una traba para el “partido único” con Zamora y Verdú. En un párrafo de su texto, Giachello señala que un “planteo de poder”, en clave revolucionaria, es la precondición para poder contar, al menos potencialmente, con “la iniciativa estratégica”. ¡El Partido Obrero no lo tuvo, al menos durante tres meses! No estamos eximidos “per se” contra el empirismo o la ausencia de perspectiva estratégica. Nuestra vigencia como organización revolucionaria debe ser verificada en cada una de las pruebas de la lucha política. El cuadro político actual está surcado por una crisis continental y nacional excepcional. La Conferencia Latinoamericana que llevaremos adelante la próxima semana constituirá un importante escenario para debatir nuestras tesis políticas y un curso de acción con luchadores del continente que han decidido venir a su propio costo. No al empirismo y al liquidacionismo. Avancemos en una construcción cuartainternacionalista en América Latina. 6/11/18

1 de agosto de 2019
Respuesta a Marcelo Ramal

Quien haya leído la respuesta que el compañero Marcelo Ramal ha elaborado a Pablo Giachello habrá podido constatar su abuso de un recurso clásico de las polémicas, que ocurre cuando se quiere eludir el punto que dio origen al debate. En vez de centrarse en tratar de demostrar que el pronóstico establecido por Jorge Altamira en “Panorama mundial” se ajustó a los hechos posteriores, Marcelo nos cuenta una historia donde el punto de debate queda por completo ignorado. A este recurso, bastante común en las polémicas perdidosas, se le agrega otro: valerse del método de la amalgama, en el cual el crítico se auto-arroga una libertad interpretativa, adjudicándole al otro posiciones que no tiene, por medio de deducciones que no respetan el mínimo rigor analítico. Así, por ejemplo, Giachello dice que en relación con la CRCI “debemos indagarnos sobre nuestro desarrollo”. ¿Qué deduce de eso Marcelo? Que Giachello quiere un “partido único o amplio” del tipo PSOL de Brasil o NPA de Francia. O cuando Giachello plantea que el triunfo de Bolsonaro desmiente que la burguesía haya perdido la iniciativa, Marcelo le imputa que se pasó al terreno de Gramsci (!!!). En el colegio primario, ante a este tipo de razonamientos, las maestras suelen objetar con sabiduría “qué tienen que ver los melones con las manzanas”. De este tipo de arbitrariedades, el documento está plagado, lamentablemente. Hubiésemos preferido una polémica leal que persiga como único propósito esclarecer el punto en debate y elevar por esa vía la comprensión del partido. Pero no queremos ponernos en severos, después de todo, ya hemos señalado que este método polémico es más habitual de lo que querríamos. Irse por la tangente, a veces, es el único camino posible de quien no quiere retroceder y admitir equivocaciones. Lo que resulta inadmisible, sin embargo, es el alcance rupturista de su respuesta. Sucede que afirmar que “el método que nos propone Giachello para el desarrollo de una acción internacional debiera conducir a la incineración de todos los libros, folletos y periódicos de nuestros 55 años de lucha política como Partido Obrero…”; “la posición de Pablo, que no es solamente de él, es una regresión teórica y política en la historia de nuestro partido”; y hasta que “Giachello, con su método, cuestiona la oportunidad de la fundación de la Cuarta” (!!!) sientan las bases de una política rupturista. Por cuestionar correctamente que en el proceso electoral de Brasil no se verificó el pronóstico formulado por Altamira de que “la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica y que ha pasado potencialmente a la izquierda independiente de los bloques capitalistas”, Giachello es acusado de haberse opuesto a refundar la Cuarta Internacional en 1938 (¡pobre Pablo, no había nacido todavía!) y querer quemar los libros y periódicos del Partido Obrero de toda su historia. Es un poco mucho, ¿no? Ah, claro… era sobre Brasil El punto en cuestión de la polémica es, sin embargo, muy simple. El triunfo de Bolsonaro, un fascista que llega al gobierno por medio de una combinación de golpes y votos, haciendo alarde de un programa reaccionario ante las masas, entendiendo que incluso esa propaganda reaccionaria es un instrumento electoral eficaz, desmiente la especie formulada en “Panorama mundial” de que la “burguesía ha perdido la iniciativa estratégica y que ha pasado potencialmente a la izquierda independiente de los bloques capitalistas”. Si el triunfo de Bolsonaro no sirve como evidencia irrefutable de que este pronóstico no fue adecuado, entonces la polémica ha perdido el sentido mínimo de realidad. Se podría agregar, aunque no sea necesario, que la llamada “izquierda independiente de los bloques capitalistas” (el PSTU) obtuvo el 0,1% de los votos -se podría agregar que antes de ello se dividió y una parte se fue por derecha. Y si estiramos esa caracterización hasta el PSOL (lo cual lo podemos hacer con muchísimas reservas, dados sus compromisos y seguidismos al PT) no cambia el asunto, porque sacó sólo el 0,6% de los votos -o sea, no los votó nadie. El análisis debe servir para dar cuenta de la realidad, no para negarla y menos aún para presentarla patas para arriba. Si a semejante derrota de la izquierda y al triunfo de la derecha militarista lo vamos a explicar diciendo que “la burguesía perdió la iniciativa estratégica y que ha pasado potencialmente a manos de la izquierda”, entonces no queda otra que levantar ambos hombros y llamarse a un decoroso silencio. ¿Pero no es claro como el agua que en Brasil no fue la izquierda la que tuvo la iniciativa sino el Alto Mando militar, que se valió de la crisis para explotar en su beneficio una salida política en la que queda colocado con un protagonismo superior al del pasado? Sí, es obvio. Otra vez, negarlo no va cambiar esta realidad, por más que no nos guste. Ramal acusa de pesimista a Giachello en varias oportunidades, pero el análisis revolucionario no es el que niega la realidad sino el que mejor da cuenta de ella para preparar a los trabajadores para luchar contra el capitalismo, sus partidos y su Estado. Alguien podrá objetar que Giachello abusa de lo que se llama “hacer el Prode el lunes”. Esto es, formular pronósticos con el resultado puesto. Pero, en política, el Prode del lunes es fundamental, sobre todo en política marxista, que parte de afirmar que el capitalismo y la lucha de clases se rige por leyes que permiten deducir su curso ulterior. Del mismo modo que un científico corrobora sus hipótesis en un laboratorio, los marxistas deben corroborar sus pronósticos en el laboratorio de la lucha de clases. Si al realizar ese análisis, al final concluimos que las cosas no se dieron del modo previsto, entonces debemos reanalizar la hipótesis inicial para ver dónde estuvo el error. En vez de proceder de este modo, Ramal sigue insistiendo no sólo en “que la burguesía perdió la iniciativa estratégica y que ha pasado potencialmente a manos de la izquierda…”, sino que vuelve con su sentencia del Congreso de que “Brasil es ingobernable”, agregando que en la misma condición de ingobernabilidad estaría toda América Latina. ¿Cuál sería la prueba que Brasil es ingobernable? Según “Panorama mundial”, que no tenía en cuenta la posibilidad de un triunfo de Bolsonaro, la “ingobernabilidad” sería el resultado del fracaso de los golpistas que daría origen al triunfo de un PT debilitado. Esta hipótesis no se verificó, pero Ramal sale a su rescate, contra los hechos. Según Ramal, el triunfo de Bolsonaro sería ahora la muestra de “ingobernabilidad”. Lo dice con todas las palabras: “Bolsonaro es el resultado de un gigantesco vacío político o, dicho de otro modo, de la ‘ingobernabilidad’ de Brasil…”. Resulta difícil ver en tan pocas palabras tanta confusión. Es que la política, como la naturaleza, no tolera el vacío, que es “llenado” por la capacidad de las clases o de sectores de ella por medio de la acción y la iniciativa que logren desarrollar. En Brasil, transitoriamente, ese “vacío” fue llenado ahora por Bolsonaro. Seguir hablando de “ingobernabilidad” carece de sustento, o peor aún, demuestra un instinto suicida poco recomendable. La caracterización de la “ingobernabilidad”, para Ramal, sirve para todo, a lo que entonces agregamos nosotros, no sirve para nada: si gana Bolsonaro, decimos ingobernabilidad; si perdía, también; si ganaba el PT, lo mismo. Más que una caracterización, estamos ante un concepto “chicle”, susceptible de ser utilizado más allá de los resultados parciales de la lucha de clases. Las ingobernabilidades son categorías históricas concretas que, por definición, deben ser superadas o, al menos, las clases ensayan respuestas para superarlas. En determinado momento histórico el Imperio austro-húngaro se transformó en ingobernable; la respuesta fue su desmembramiento y el surgimiento de nuevos Estados. Ocurrió otro tanto con el Imperio otomano a fines de la Primera Guerra Mundial. ¿Qué quiere decir que América Latina y Brasil son ingobernables? ¿Se transformarán en protectorados de potencias imperialistas? ¿Los Estados nacionales actuales serán desmembrados y en su lugar surgirán nuevos Estados? La respuesta no está presente, ni siquiera esbozada en sus líneas generales. Cuando afirmamos que Bolsonaro cierra transitoriamente ese “vacío de poder” no queremos ni por un instante reducir su importancia. Después de todo, no hay ningún fenómeno político ni natural que no sea transitorio. La dialéctica es la ciencia del movimiento, lo estático no existe. La crisis mundial, con su impacto peculiar en América Latina, ha tenido en Brasil este saldo transitorio. ¿Eso le asegura a Bolsonaro de antemano la capacidad de éxito en su política de ataque general a las masas? De ningún modo. Pero, en sentido inverso, no hay ninguna “ingobernabilidad” que la condene fatalmente al fracaso. Será la arena de la lucha de clases la que termine resolviendo el pleito. La pregunta que corresponde a la polémica planteada por Giachello y que Marcelo elude incluso formulársela es si el resultado arrojado en las elecciones estaba inscripto en la situación de Brasil y de América Latina al momento de escribirse el “Panorama mundial”. Una lectura atenta del texto mostrará que la palabra “Bolsonaro” no aparece ni una sola vez. Se podrá decir que tampoco aparecía en los textos de otros analistas políticos, y sería por completo cierto. También se podría agregar que en los textos posteriores de Prensa Obrera se caracterizaba en las semanas previas de la primera vuelta que en un balotaje entre Haddad y Bolsonaro ganaría finalmente el candidato del PT. Bueno, no fue lo que ocurrió. El triunfo de Bolsonaro en primera vuelta superó todo lo previsto, al punto que estuvo cerca de ganar sin pasar por la instancia del balotaje. Luego ganó en los distritos obreros más importantes donde surgió el PT, como Porto Alegre y San Pablo. Visto retrospectivamente (el llamado Prode del lunes), debemos concluir que los elementos para este triunfo estaban presentes en la situación política. Cuando la clase obrera, o sectores muy importantes de ella, terminan votando por un Bolsonaro es porque en el proceso político previo no pudo estructurarse como clase ni oponer una resistencia adecuada a los problemas políticos que se le presentaron. En el caso de Brasil fue exactamente lo que ocurrió. Fue Bolsonaro quien explotó más a fondo la huelga camionera, en principio pronunciándose en apoyo y luego criticando la desorganización económica producto de la misma. La burguesía, que supuestamente perdió la “iniciativa estratégica”, logró, primero, terminar con el gobierno de Dilma, luego encarcelar a Lula y finalmente proscribir su candidatura. Todo esto sin generar una huelga general ni una lucha de alcance general. El golpista Temer anduvo a los tumbos, impuso parte de su plan y otra parte no pudo. Su candidato nunca levantó en las encuestas y otro grupo capitalista, el de Bolsonaro, aprovechó ese impasse para crecer como alternativa y llegar al poder con el apoyo decisivo de las Fuerzas Armadas, los sectores capitalistas del agro, la burguesía paulista y la iglesia evangélica. Así, mientras se proclama genéricamente “vacío de poder” e “ingobernabilidades”, en el proceso político concreto, las fuerzas en presencia dieron una lección de acción política. Ahora bien, ¿este triunfo de Bolsonaro niega las tendencias más generales de la bancarrota capitalista internacional y su impacto en América Latina? Obviamente que no. Pero, por otro lado, ¿la bancarrota capitalista niega el triunfo de Bolsonaro? Tampoco. El análisis concreto debe unir todas las determinaciones de la situación presente. El gobierno de Bolsonaro nace condicionado por el alcance de la crisis (fuga de capitales a las metrópolis, guerra comercial y no sólo comercial especialmente entre Estados Unidos y China, que afecta duramente a Brasil, endeudamiento gigantesco de su Estado, retroceso industrial, criminalización de la sociedad y crecimiento del peso del narcotráfico, impacto ambiental de los planes de arrasamiento del Amazonas, etc.) y buscará ser también una respuesta a dicha crisis, por medio de una acción contra las masas. Contra lo que afirma Ramal, por ahora, la iniciativa la tiene la burguesía, no la izquierda ni los trabajadores. Es demasiado obvio eso para negarlo. Ingresamos aquí a una cuestión política y metodológica importante, que obliga a detenernos con algún detalle. El triunfo de Bolsonaro es el resultado del impasse en las organizaciones obreras y su colosal crisis de dirección. Esta crisis permitió avanzar en las políticas golpistas y una ofensiva redoblada contra las condiciones de vida de las masas. Por lo tanto, es un error afirmar que el resultado podría haber sido el contrario, porque el desenlace transitorio estaba condicionado por este impasse de la clase obrera. A la luz de lo expuesto, no corresponde señalar que si “Macri y CFK no polarizan, el Bolsonaro de 2019 será la izquierda”, ya que se trata de un análisis simplista y fuera del proceso político real. Este tipo de afirmaciones desarma al activismo clasista detrás de una ilusión electoral, pues pasa por alto las dificultades que impone el rol desmoralizador del nacionalismo burgués en los lugares de trabajo. El proceso que prepara un ascenso de la izquierda es el opuesto al del ascenso de la derecha. No estamos ante una moneda en el aire, que puede caer aleatoriamente para un lado o el otro. Un ascenso, incluso electoral de la izquierda, debe tener su correlato en la lucha de clases con mayor iniciativa por parte de la clase obrera y los explotados. Si esto no sucediera así, ese ascenso electoral tendría limitaciones importantes (tenemos nuestra propia experiencia en Salta como para verificarlo). En cambio, el ascenso de la derecha sigue un curso contrario. Los trabajadores terminan votando por alternativas derechistas como resultado de un impasse de sus organizaciones y direcciones. Sistema de consignas En su texto, Ramal cuestiona el sistema de consignas que rige la actividad del Partido Obrero y que él mismo votó en el Comité Nacional. Dejemos de lado que nos enteramos de ello por una polémica en relación con Brasil y no a la Argentina. ¿Qué hubiese pasado si Giachello no escribía su texto? Imposible responder. Pero vamos a lo importante. Su oposición es concreta. Las consignas votadas por el Comité Nacional plantean “que la crisis la paguen los capitalistas”, “Abajo el plan de guerra de Macri, los gobernadores y el FMI”, “paro activo nacional y congreso de bases”, “fuera Macri y el régimen corrupto de kirchneristas y pejotistas”, “Asamblea Constituyente soberana”, “gobierno de los trabajadores”. De la minuta de Ramal, se desprende que, según su comprensión, las primeras consignas serían exclusivamente “sindicales”. Obviamente no es así, pero a él le sirve para imputarle a Giachello un pensamiento previo al Qué Hacer, de Lenin, de 1903. Detrás de la imputación infundada se deja traslucir una posición metodológicamente equivocada, a saber: presentar la agitación política al margen del análisis real de la lucha de clases. Para Ramal, tener en cuenta ese factor sería sindicalista y desmoralizante, además de innecesario. ¿O después de todo no podemos ser nosotros Bolsonaro sin que medie un ascenso de las masas en su lucha? Como se ve, hay que reconocer una coherencia en este enfoque equivocado. Ya en los últimos congresos tuvimos estos debates, por ejemplo, con las consignas de la huelga general o de las coordinadoras. La polémica, desde ya, no se desarrolló sobre las ventajas en abstracto de esos planteos, sino sobre la oportunidad política o, para decirlo de otro modo, si se correspondía con las tendencias subjetivas del momento. La ventaja que nos permite la mirada retrospectiva demuestra que esas consignas, efectivamente, no se correspondían con la situación del momento. Salvo, claro, que algunos consideren que si el partido las hubiese planteado entonces sí hubiésemos tenido una huelga general y coordinadoras. Pero no creo que nadie se anime a tanto. Somos aún un pequeño partido, que no puede atribuirse que los hechos ocurrirán o no según sean sus planteos. Si la tendencia a la formación de coordinadoras hubiese existido, entonces debieran haberse formado, al menos en algún nivel. Otro tanto debiera haber sucedido con la huelga general. Brasil demuestra que no es así, y le da la razón al sistema de consignas votado por el Comité Nacional del Partido Obrero con el apoyo del propio Ramal, aunque ahora se retracte. Sucede que nuestras consignas apuntan a una intervención de las masas en la lucha de clases, sin la cual las consignas de poder en la coyuntura pierden su efectividad. Esas consignas tienen un valor político fenomenal y operan como un terreno de delimitación con las demás tendencias y partidos, en especial con el kirchnerismo. ¿O no es claro que el kirchnerismo no quiere derrotar la ofensiva contra las masas sino esperar al proceso electoral de 2019? La intervención de las masas es lo que puede modificar la situación presente y condiciona finalmente nuestro propio desarrollo. Trotsky, por ejemplo, en su Historia de la Revolución Rusa, hace un análisis detallado de las huelgas, de la cantidad de obreros que participan de ellas, de sus programas y tendencias. Nunca se lo hubiese ocurrido formular las consignas de poder con independencia de ello. Esta polémica se planteó en oportunidad de la elaboración del documento para la Conferencia Latinoamericana. En la versión original del texto, presentado por Altamira, se planteaba la consigna de Asamblea Constituyente para América Latina. Un debate en el Comité Ejecutivo cuestionó ese planteo, considerándolo equivocado. ¿Corresponde, por ejemplo, la consigna de la Constituyente en Brasil? Luego del reciente triunfo de Bolsonaro, la Asamblea Constituyente soberana sólo puede ser la soberanía de Bolsonaro y del Alto Mando militar. Formular una consigna de poder democrática (la Constituyente) cuando el Alto Mando militar se impuso en las urnas es un error. Pero es un error que responde a una lógica: la de formular las consignas con independencia de estadio de la lucha de clases y/o sobre la base de una caracterización incorrecta. El triunfo de Bolsonaro no es la consecuencia de la “ingobernabilidad de Brasil” sino del impasse de las organizaciones de clase obrera y sus direcciones para enfrentar una crisis de fondo, que llevó a que un facho, en acuerdo con el Alto Mando militar, aproveche la situación. A lo largo de la Historia, ha ocurrido que golpes muy duros contra la clase obrera dieron origen, posteriormente, a levantamientos populares y situaciones revolucionarias. Por ejemplo, la derrota del golpe del ’66, precedida por la claudicación de los “planes de lucha” de la CGT y la entregada del sindicalismo peronista y el mismo Perón (“desensillar hasta que aclare”), fue sucedida por un proceso de luchas obreras que culminó en el Cordobazo y los “azos” de fines de los sesenta. La clase obrera rusa sufrió una derrota en el ’14, se levantó del golpe e inició luego el proceso de luchas que llevarían a la revolución de febrero. La revolución china estuvo precedida por las derrotas más sangrientas que haya vivido el proletariado en su historia. Pero una cosa es trabajar políticamente con la mira en reorganizar al movimiento obrero, dotarlo de una perspectiva política para enfrentar los golpes de la burguesía sobre la base de un programa y una organización revolucionaria, y otra muy distinta es negar estos golpes en nombre de la precariedad más general que impone la bancarrota capitalista. Para defender su punto de vista, Marcelo comete errores que no son propios de él. Nos dice, por ejemplo: “Todo el poder a los soviets, ¿no era propaganda?”. Sí, claro, pero tenía que haber soviets para justificar esa consigna. ¿Pequeño detalle, no? Antes había habido revolución de febrero, que había dejado al Estado burgués herido de muerte. El Gobierno Provisional sólo se sostenía por la falta de conciencia de la clase obrera en que debía hacerse del poder con los órganos de doble poder que había creado. El famoso “explicar, explicar, explicar” de Lenin tenía que ver con que lo que trababa el acceso al poder de la clase obrera era meramente subjetivo, porque el Estado burgués estaba en ruinas. En varias oportunidades hemos acusado de democratizantes a quienes repiten el famoso “explicar, explicar, explicar”, sin percatarse que sólo es lícito en condiciones que el Estado burgués ha sido seriamente golpeado en su capacidad de contener y en particular de reprimir al proletariado y las masas explotadas. Decadencia capitalista y sentencia histórica Para evitar embarrar el debate con subjetividades, nos limitamos a señalar aquí que las imputaciones de Ramal a Giachello, adjudicándole negar el alcance de la decadencia capitalista o, peor aún, negándole a esta ser una categoría histórica precisa que determina y condiciona la lucha de clases y los procesos políticos, son equivocadas. Es claro que en toda polémica es importante saber qué es lo que se debate. Y aquí el punto de partida fue la situación actual de Brasil y de América Latina. Giachello criticó el señalamiento de Altamira sobre la pérdida de iniciativa estratégica de la burguesía y que dicha iniciativa pasase a la izquierda (potencialmente), y afirmó con razón que no puede invocarse la decadencia capitalista como causa suficiente para negar la iniciativa política de la burguesía en los procesos concretos. En un caso, la decadencia capitalista refiere a una etapa histórica y, en el otro, la iniciativa política de la burguesía, a una coyuntura política precisa. Confundir en un debate un plano y otro sólo puede conducir a la confusión. Aclarado este punto, debiera ser superada la controversia. Sin embargo, no fue lo que sucedió, porque Ramal insiste en afirmar que, bajo la época del imperialismo, la burguesía no puede tener “iniciativas estratégicas”. Pero en un siglo, la burguesía ha retomado la iniciativa y la ha perdido en innumerables ocasiones, y a lo largo y ancho del planeta. La ha perdido con las revoluciones socialistas y la ha ganado con la recolonización capitalista de China y la ex URSS. La perdió al final de la Segunda Guerra Mundial al triunfar la revolución en Yugoslavia y la ganó con la creación de la Unión Europea, el euro y la disolución de Yugoslavia, guerra fraticida-imperialista mediante. Antes que ello, la había ganado el imperialismo yanqui con el Plan Marshall, que le permitió condicionar y subordinar a Estados Unidos al imperialismo europeo de manera decidida e imponer el reinado del dólar. Y antes, la burguesía alemana había recuperado la iniciativa que perdió luego de la Primera Guerra Mundial y con Hitler logró dominar buena parte de Europa hasta su derrota en 1945. El listado podría ser larguísimo y siempre llegaríamos a la misma conclusión: la época imperialista (de reinado de los monopolios y del capital financiero, de choques entre Estados en su defensa, de guerras y revoluciones) es el resultado de la decadencia capitalista, donde se acentúan sus tendencias más reaccionarias. En esta época, sin embargo, no se anula la acción de la burguesía ni mucho menos. Como lo señalara extraordinariamente Trotsky, la época imperialista une dialécticamente dos opuestos: por un lado, la decadencia capitalista afecta a la burguesía como clase, en tanto representa un sistema de producción en declinación histórica; por el otro, enfrenta esa situación negativa habiendo acumulado una larga experiencia histórica en la dominación de la sociedad y del Estado, otorgándole un arma importantísima para mantener su hegemonía. Desde que este señalamiento fue hecho, es claro que no ha dejado de confirmarse una y otra vez. Volviendo a cómo desarrollar una polémica, la decadencia histórica del capitalismo puede ser invocada bien o mal, depende cómo se la utilice. Ante quienes luego de la restauración capitalista en la ex URSS y en China afirmaban que se había acabado la historia y que el capitalismo se encumbraba como un sistema eterno, nuestra caracterización de la decadencia capitalista (catastrofismo) fue absolutamente correcta, porque mostramos que las propias leyes de desenvolvimiento del capital conducen a crisis de mayor alcance, lo que la época imperialista se ve acentuado de mil modos. Así, pudimos anticipar que la incorporación de China y la ex URSS a la órbita capitalista produciría choques a una escala mayor, porque se incorporaban nuevos competidores en un mercado mundial saturado de capitales y mercancías. Pero esta caracterización absolutamente cierta hubiese sido utilizada equivocadamente, si basándonos en ella, hubiéramos negado que la restauración capitalista implicó un retroceso fenomenal de la clase obrera, porque implicó arrasar con los Estados que en su momento expropiaron al capital, abriendo una competencia enorme entre los trabajadores a nivel internacional, que le permitió al capital obtener beneficios enormes mediante la explotación de una fuerza de trabajo de los países de la periferia y agravar la condiciones de explotación de los trabajadores del centro imperialista. En su texto, Ramal cae en la unilateralidad que aquí hemos criticado. Dice que el capital “ha impuesto la restauración capitalista para enfrentarse enseguida a un conflicto mortal con las potencias que emergieron de esa restauración…”. Esto es así, claro, pero a condición de admitir que el capital impuso la restauración -o sea, se anotó un triunfo- y que los nuevos choques son ahora entre Estados capitalistas y no ya con Estados obreros. Negar esa imposición del capital en nombre de que perdió su “iniciativa estratégica” es negar una realidad palpable. Ese triunfo tuvo su impacto en el plano subjetivo y le dio al capital la fuerza para cooptar a la izquierda de distintas tribus a la defensa del Estado burgués y del régimen capitalista. Al negar este hecho, Ramal presenta como explicación aquello que debe ser explicado. En chiquito, un ejemplo sucede con nuestro propio trabajo internacional (más adelante hablaremos un poco más del mismo) cuando afirma que Causa Operaria, fundada en buena medida por nosotros, se fue con el PT y con Lula. Pero lo de Causa Operaria sucede con el 99% de los grupos de izquierda, que se han pasado al bando capitalista. Si este hecho se dio en un cuadro donde la burguesía perdió la iniciativa estratégica y pasa a la izquierda, entonces ya no sabemos de qué estamos hablando o las palabras han perdido el sentido por nosotros conocido. Lucha de clases y bancarrota capitalista Ramal va muy a fondo en una concepción equivocada sobre la dialéctica de la lucha de clases y la bancarrota capitalista. Se enoja con Giachello señalando: “el compañero arremete, por último, contra lo que sería un abordaje objetivista de la crisis, despreciando el carácter concreto de la lucha de clases. Una cosa sería la ‘crisis capitalista’ -o sea, la deuda brasileña igualando el PBI, la bancarrota industrial, etc. Otra cosa, ‘la lucha de clases y las fuerzas políticas que intervienen’. Giachello borra de un plumazo, con esa acusación, otra de las luchas estratégicas del Partido Obrero, a saber, la de haber asumido como punto de nuestra acción ‘la tendencia del capital a su autodisolución’. Finalmente, la subjetividad revolucionaria se desarrolla como la conciencia de una cierta condición objetiva -o sea, la declinación capitalista”. ¡No podemos más que disentir con este párrafo! La relación dialéctica que existe entre la declinación capitalista y la lucha de clases no habilita a confundir a una con la otra. Tiene razón Giachello cuando dice que la lucha de clases no es lo mismo que la declinación capitalista. Esto incluso lo reconoce Ramal, cuando introduce la idea de la “conciencia” obrera de la declinación capitalista. ¡Pero el proletariado de San Pablo acaba de votar por Bolsonaro! Si la declinación capitalista y la lucha de clases fuesen lo mismo, claro, el socialismo debiera haber triunfado hace ya más de un siglo. Sin embargo, no fue lo que sucedió. Trotsky lo resume maravillosamente al comienzo del Programa de Transición, cuando señala que las condiciones objetivas están maduras y hasta se están comenzando a pudrir, haciendo alusión metafóricamente a la declinación capitalista. Pero la crisis de la humanidad se resume en la crisis de la dirección del proletariado, que le impide a la clase obrera traducir automáticamente la bancarrota capitalista en una ofensiva para terminar con el régimen de explotación y opresión. El Programa de Transición y la fundación de la IV Internacional fueron la respuesta de Trotsky para tratar de saldar esa diferencia entre el factor objetivo y el subjetivo. Esta falencia metodológica se conecta con otra. Las crisis capitalistas no deben presentarse como un acontecimiento indeterminado, ignorando los procesos políticos que sirven para darle un carácter concreto al análisis. Al revés, podemos afirmar que las crisis, por lo que tienen de excepcional y que ponen en juego de modo concentrado incluso la sobrevivencia de grupos económicos, de sectores nacionales y hasta de Estados, intensifican la lucha de clases y las salidas políticas. Recogiendo la famosa alusión a los internacionalistas que cabían en un sillón al comenzar la Primera Guerra Mundial, Ramal echa mano a una analogía inadecuada para dar cuenta de la situación actual. Se enoja con Giachello por citar que nuestras convocatorias internacionales son “modestas” y le imputa por ello haberle dado “una puntada a la historia del bolchevismo”. ¿O acaso no era lo que sucedía en Zimmerwald, donde sólo acudieron unos pocos internacionalistas y un par de años después éstos encabezarían la Revolución Rusa? Ay, ay, ay, ay… ¿De qué estamos hablando? Los internacionalistas que “cabían en un sillón” eran parte de partidos obreros de masas, como el alemán, el francés, el austríaco, etc. Los propios bolcheviques habían protagonizado la revolución de 1905 y ganado las elecciones de la Duma obrera antes de que comenzara la Gran Guerra. La Segunda Internacional organizó partidos obreros de masas, como nunca más se vieron, y la Tercera Internacional comenzó como una ruptura de ella. Partidos enteros, como el ruso, la formaron de entrada y otros pidieron su ingreso después, como el italiano. Comparar esa situación con la actual ayuda a confundir, no a aclarar. También fue Trotsky quien advirtió que los partidos deben prepararse en las instancias previas al estallido revolucionario, porque una vez que éstos se producen su capacidad de recuperar el tiempo perdido se hace mucho más dificultoso. La derrota de la clase obrera rompió ese hilo histórico y el trabajo que debemos realizar consiste en buena parte en su reconstrucción. La etapa histórica, claro, ya no es la misma. La época de desarrollo capitalista en la que fue creada la Segunda Internacional ya dejó de existir y nunca más volverá. La Tercera fue hundida en la degeneración y traición estaliniana. Nuestra lucha por refundar la IV Internacional en las condiciones actuales parte de este balance histórico y se nutre de los triunfos y derrotas. Vivimos en la época de la Revolución de Octubre -o sea, donde la dialéctica del proceso histórico se debate entre la revolución y la barbarie. Partido Las consideraciones de Ramal son equivocadas pero, así y todo, no constituyen una capitulación ni su defensa requiere quemar ningún libro de la historia del Partido Obrero. Son posiciones que entiendo incorrectas, pero que pueden ser superadas en el cuadro del trabajo colectivo de un partido. No son fundamento siquiera para una fracción o una tendencia. Lo que nos debe poner en alerta es que pueden servir para profundizar errores o, al menos, para no corregirlos a tiempo. La tendencia a no elaborar las consignas en relación íntima con la lucha de clases y el estadio de la conciencia de la clase obrera en nombre del papel excluyente que adquiere la bancarrota capitalista puede terminar atentando contra el propio partido. Durante un período, hasta los organismos de dirección del Partido Obrero dejaron de funcionar, comenzando por su propio Comité Nacional. O tuvimos convocatoria de Congresos del Partido Obrero sin su respectivo informe de actividades. Aunque nunca fue expresado de ese modo, se puede entender la relación entre una cosa y la otra: para qué tanto informe de actividades y funcionamiento regular de los organismos, si alcanza con explicar el alcance de la bancarrota capitalista. Por suerte, el partido se puso en alerta ante este desvío que ponía en peligro su propia sobrevivencia. El método revolucionario requiere desarrollar la acción del partido combinando en una misma acción las perspectivas generales de la época histórica en íntima relación con la lucha de clases. Esto vale para las consignas, para nuestra propaganda y los métodos de organización. Ramal, por ejemplo, en su texto sigue hablando de la misma manera de la Constituyente del mismo modo que hablábamos hace tres meses cuando lanzamos la campaña. ¿Sirvió para que tengamos la “ofensiva estratégica”? A priori, pareciera que no. Pasando revista de su aceptación en el movimiento de las masas y de las organizaciones más avanzadas de estas, debiéramos concluir que ha sido tomada con frialdad o incluso ignorada. La razón puede ser el peso del kirchnerismo entre los sectores más activos de los trabajadores y la juventud, que ha logrado imponer su punto de vista de esperar a las elecciones de 2019 desechando el “fuera Macri” y las medidas de fondo que van unidas a la consigna de la Constituyente. ¿Debiéramos retirar la consigna? Opino que no, ya que sigue siendo instructiva para formular un programa de reorganización general del país en oposición a todos los partidos capitalistas y su Estado. Esa utilidad para establecer una delimitación estratégica, en tanto sigue sin plantearse el gobierno de los trabajadores por el estado actual de conciencia de las masas, nos debe llevar a defender la consigna. Pero si la consigna tiene esta función, es claro que no puede ser ni la única ni siquiera la dominante, sino que debe ser incorporada a un planteo más amplio. En el trabajo internacional el método debe ser el similar. Marcelo comete un error grosero cuando concluye en un elogio innecesario e inmerecido a nuestro trabajo. Acabamos de realizar una conferencia latinoamericana aún más modesta que las anteriores, con destellos bochornosos, como ser la presencia de una nicaragüense que apoyó a la OEA y una salvadoreña que, con ciertas reservas, puede ser calificada como de izquierda en un sentido amplio. Estuvieron ausentes los chilenos y bolivianos, y de Brasil sí estuvo la novedad de un grupo que rompió con Causa Operaria y que habrá que ver su evolución. Giachello tiene razón en que debemos indagar sobre nuestro propio desarrollo, también en el terreno internacional, y es falso que eso fuera hacernos preguntas sin respuestas, como le criticó Ramal. Todas las preguntas tienen respuestas, sólo que algunas no nos gustan. Pero eso es otro cantar. El avance en la construcción del Partido Obrero y de la IV Internacional nos obliga a indagar también en ellas. 21/11/18

1 de agosto de 2019
La caracterización histórica y el método político de la IV Internacional y del Partido Obrero

Respuesta a Gabriel Solano El compañero Gabriel Solano ha sumado su respuesta a la que Pablo Giachello me dedicara dos semanas atrás, siempre sobre el párrafo del “Panorama mundial” que afirma que, en relación con América Latina, la “burguesía ha perdido la iniciativa estratégica, que ha pasado, potencialmente, a manos de la izquierda revolucionaria”. Solano arranca atribuyéndome presuntos “cambios o ampliación de ejes” de la discusión. El texto que originó esta polémica -el de Giachello- ya incorporaba, sin embargo, apreciaciones que iban más allá de esos ejes, como nuestro trabajo internacional o el lugar de la consigna de Asamblea Constituyente. Gabriel vuelve a mover el arco: va desde los debates en nuestro Comité Nacional hasta una crítica a la reciente Conferencia Latinoamericana. Pero no hay porqué rehuir de esa discusión: es la confesión de que nos encontramos ante un debate estratégico, y no ante una polémica sobre una línea en un texto de miles de palabras. Sí, hablábamos de Brasil La primera confusión que introduce Solano en su texto es presentar a ese párrafo -“la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica…”- como un “pronóstico” (sic), y no como lo que es -o sea, una caracterización política. El “Panorama mundial” señala que “la crisis mundial ha barrido con las experiencias bolivarianas”, y que “la contraofensiva derechista o neoliberal no se ha asentado en ningún país, ¡menos que nada en Argentina!, ni en Brasil ni en Ecuador, ni en Chile”, y que asistimos, por lo tanto, a la “descomposición de los regímenes sociales y políticos a lo largo del continente”. La crisis mundial desarrolla su trabajo de topo en América Latina. Con Bolsonaro, dice Gabriel, todo lo anterior debería revisarse. El fascismo, según él, es sinónimo de iniciativa estratégica de la burguesía; la barbarie sería sinónimo de vitalidad estratégica del capital. Pero Bolsonaro llega al gobierno como reacción a la mayor descomposición del régimen social y político del país y de la desintegración de sus partidos. El proceso abierto por la destitución de Dilma Roussef se encontraba al borde de un fracaso catastrófico. Bajo esas condiciones, el inmenso vacío político fue llenado, provisoriamente, por el alto mando militar. Mientras Gabriel descuenta el ingreso en un período de reacción política o que el aventurero fascista resulte parte de una “iniciativa estratégica”, la nota de Altamira sobre el balotaje brasileño señala: “de conjunto, sin embargo, el pasaje del régimen pseudo-democrático que se estableció en 1985 a un régimen bonapartista potencial, compartido por el Ejecutivo y el alto mando militar, constituye un retroceso histórico -una expresión de la incapacidad de la burguesía para gobernar con métodos que disimulan su dominación (democracia) y la obligación al recurso de regímenes de excepción, que ponen al desnudo la violencia política del Estado”. En un período de manifiesta descomposición capitalista y de crisis de regímenes políticos a escala del mundo entero, Gabriel Solano descubre un destello de iniciativa estratégica de la burguesía en el territorio que el tratado de Tordesillas le dejó a Portugal. La resolución provisional de la crisis brasileña no sólo se ajusta a la caracterización de conjunto que traza el “Panorama mundial”, sino que fue ampliamente desenvuelta en la reciente Conferencia Latinoamericana. Solano ofrece una prueba de la equivocada caracterización estratégica que sostendría nuestro partido, en el hecho que “Panorama mundial” o cualquier otro texto similar no fue capaz de prever la emergencia de Bolsonaro. Sin embargo, esta posibilidad fue trazada en la Conferencia Internacional de abril pasado y reforzada en el discurso de Altamira en la Embajada de Brasil. En ese discurso, polemizando con quienes negaban el golpismo en ese país (IS) o, como el PTS, juzgaba “exageradas” nuestra caracterización de “un golpe de Estado”, Altamira volvió a rechazar que la destitución de Dilma conformara un “golpe parlamentario”, porque, denunció, el Parlamento nunca hubiera actuado sin la anuencia del Alto Mando. Luego, siempre en la prensa, destacó el golpismo militar que desarrollaba el comandante en jefe del Ejército, que extorsionaba al Tribunal Superior mediante tuits para que proscribiera a Lula. No sólo estamos ante una incuestionable previsión política; estamos ante la caracterización de cada etapa del desarrollo de esa crisis. En ese acto, Altamira señaló que, además de un golpe, “hay grupos fascistas operando, hay un Bolsonaro”, y llamó al frente único de la clase obrera para resistir y derrotar a las bandas del terror paraestatal. Los que caracterizamos el agotamiento histórico de la burguesía y la acentuada incapacidad de iniciativa estratégica, previmos el desenlace de Bolsonaro, muchísimo antes del “diario del lunes”. Quienes plantean lo contrario, no abrieron la boca. Néstor Pitrola no vaciló en poner en evidencia este acierto político de Altamira en el acto del partido frente al Congreso Nacional. La sumatoria de “golpes y votos”, a la que alude Solano “ex post”, es una suma de palabras, no una caracterización. Sólo cuando la proscripción de Lula se hizo efectiva, la balanza electoral se inclinó en favor de Bolsonaro. Primero se desarrolló “el golpismo en permanencia”, en función del objetivo que se buscaba. Pero, volviendo a los pronósticos: fue el mismo Altamira el que, en Prensa Obrera, caracterizó el apoyo del capital internacional a Bolsonaro, enmendando artículos previos que caracterizaban lo contrario, que el imperialismo apoyaba a Haddad. La burguesía brasileña e internacional ha recurrido en una instancia última a un lumpen de la pequeña burguesía fascista manejado por el Ejército; un fracaso de Bolsonaro colocaría, ni que decirlo, al principal país del subcontinente a las puertas de una situación prerrevolucionaria, ello, después de haber mandado al ocaso o a la cárcel a buena parte de la “política” brasileña. Si el ejemplo de Trump sirve para algo, la crisis política de su gestión crece día a día. El fascista Bolsonaro no tiene los recursos de los jefes fascistas de los países imperialistas, en tanto el capital brasileño se encuentra afectado en forma catastrófica por la crisis mundial; si Macri sirve de brújula para Brasil, el futuro del plan de ajuste, endeudamiento y privatizaciones no luce optimista. “Hablamos de pérdida de iniciativa, y ganó Bolsonaro.” No, los que “hablamos” de un período histórico de crisis mundial y de clara pérdida de iniciativa estratégica del capital; los que sostenemos esto previmos a los Bolsonaro. Quienes operan con el hecho consumado, se pliegan a los lugares comunes. Previmos el fracaso de la tentativa burguesa de centroizquierda o nac & pop, que es la demostración palpable de la incapacidad de la burguesía de cooptar a los explotados por vía parlamentaria o pseudo-democrática, esto a pesar de los enormes recursos financieros con que cuenta. La perspectiva de una ampliación del desarrollo histórico del capital, en especial luego de las restauraciones capitalistas, ha ingresado en un callejón sin salida y en mayores guerras. Este fue el pronóstico histórico del Partido Obrero y la CRCI y del programa de abril de 2004. América Latina no ha ingresado en un período reaccionario de tiempo indeterminado, sino que se ha profundizado la etapa de crisis políticas crecientes, rebeliones y revoluciones, y contragolpes ‘cívico-militares’ o tentativas fascistas. Para clarificar nuestra política frente al derrumbe del macrismo, esta divergencia debe quedar clarísima para todo el mundo. Siglo XX o cambalache Solano va más lejos que Giachello: rechaza que “bajo la época del imperialismo, la burguesía no pueda tener iniciativas estratégicas”. La burguesía ha tenido la iniciativa, nos dice, y la ha perdido, para luego retomarla, y volver a perderla, y así sucesivamente. “Siempre que llovió paró.” Así, nos enteramos que la burguesía alemana tuvo la iniciativa “con Hitler”, que luego la perdió con la derrota en la Segunda Guerra. Es significativo, primero, que el fascismo -otra vez- sea presentado como una salida “estratégica” del gran capital, lo que significa que las guerras mundiales (inevitables bajo el fascismo) no expresan la “agonía mortal del capitalismo” sino la juventud eterna. Chau Programa de Transición. Asistimos al método de abandonar la caracterización política por el impresionismo frente a los hechos sucesivos y contradictorios, convirtiendo la lucha de clases socialista en una gestión cotidiana y no un trabajo y una lucha de principios. En el libro La lucha contra el fascismo en Alemania, Trotsky caracteriza estos procesos tortuosos y las contradicciones entre la gran burguesía y el fascismo: “la burguesía en declinación (!!!) es incapaz de mantenerse en el poder por los medios y métodos del Estado parlamentario que creó. Recurre al fascismo como arma de autodefensa (!!!), por lo menos en los momentos más críticos (!!!). A la burguesía no le gusta resolver en forma plebeya sus problemas. Por eso, siempre fue hostil al jacobinismo, que lavó con sangre el camino para el desarrollo de la sociedad burguesa. Los fascistas están mucho más próximos de la burguesía en decadencia que los jacobinos de la burguesía ascendente. Mientras tanto, la burguesía, prudentemente, tampoco ve con buenos ojos la forma fascista de resolver sus problemas, pues los choques, incluso provocados en defensa de la sociedad burguesa, son al mismo tiempo peligrosos. De ahí la contradicción entre el fascismo y los partidos burgueses tradicionales”. Terminante. (Acoto: qué bueno sería que los compañeros de la UJS, que han resuelto que su curso de verano verse sobre el fascismo, se interesen en la discusión e incorporen al curso este debate y sus aportes.) En este mismo texto sobre la revolución y contrarrevolución alemana, Trotsky plantea, en cada fase de la crisis política, las oportunidades de la clase obrera y de los comunistas para revertir la cuesta y derrotar al fascismo y al capital. Siguiendo con el método de los hechos consumados, deberíamos denunciar, luego de la derrota del proletariado alemán, los “pronósticos equivocados” del “viejo”. Es Solano el que elucubra en torno de la victoria de Hitler y la recuperación fascista de la iniciativa estratégica. ¿Qué clase de “iniciativa estratégica” es la barbarie y la masacre? De nuevo, ¿no es la expresión de la agonía mortal del capitalismo? Si la revolución no impide la guerra, la guerra es la partera de la revolución. Es lo que sostuvo Lenin en la primera, y Trotsky en esa y en la segunda. El aplastamiento del fascismo y el fin de la guerra colocaron de nuevo al corazón de Europa en el campo de la revolución social, Francia, Italia, Grecia, Yugoslavia, pero también China, Indonesia, Indochina -Bolivia, Guatemala, Cuba. No se puede entender la agudeza de la crisis mundial en desarrollo sin destacar a las revoluciones árabes de 2011, porque ellas advirtieron a la clase capitalista que la crisis mundial engendraba la revolución mundial. Con este pantallazo del siglo, no hacemos más que describir a una “época de guerras y revoluciones”. Siempre habrá ascensos y reflujos, así como ascensos de alcance limitado y reflujos que anuncian saltos enormes. Nuestro partido previó el Cordobazo en el reflujo de 1967/68, en la polémica contra el foquismo, y de nuevo al Argentinazo en el reflujo 1996/2011. Para lograr esto hay que levantar la mirada y reconocer las condiciones generales de una etapa histórica. Cuando Trotsky alertó a los comunistas europeos sobre la recuperación económica de 1923, para aventar posiciones ultraizquierdistas, lo hizo advirtiendo que las crisis capitalistas serían “cada vez más intensas y recurrentes”. Si la restauración capitalista -que Solano desarrolla en su texto- ha terminado acentuando todas las contradicciones de la organización social existente, es porque tuvo lugar en un período histórico de decadencia del capital. Es por eso que el pasaje, “potencial”, de la iniciativa al campo de la izquierda revolucionaria, está presente en el propio comienzo del Programa de Transición, a quien Solano cita pero sin indagar sobre su verdadero contenido. Si “la crisis de la humanidad es la crisis de dirección de la clase obrera”, es porque las condiciones objetivas “han madurado por completo, incluso han comenzado a descomponerse”. El Programa traza un puente entre la lucha inmediata y la conquista del poder. ¡Quién puede caracterizarlo como una adaptación a la iniciativa de la burguesía! Es una adaptación, sí, a las condiciones de conciencia y organización de las masas en un período histórico revolucionario. Por eso se coloca enteramente en el campo de la calidad de la dirección revolucionaria, o sea en “la potencialidad de la izquierda revolucionaria”. Empirismo Es instructivo, del texto de Gabriel, y también del de Giachello, las quejas y reproches sobre diversos aspectos de nuestra actividad internacional, nada puertas adentro. Se quiere hacer una demostración “práctica” del fracaso de una caracterización. Si simplemente el desarrollo en Argentina estuviera exento de las críticas que se asestan al internacional, “la potencialidad de la izquierda revolucionaria” quedaría salvada, al menos “en un solo país”. Pero esas críticas tampoco conducen a ninguna conclusión, al menos, en términos de un trabajo revolucionario. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el planteo sobre las consignas para la actual etapa en Argentina y América Latina, algunas de las cuales los autores se preguntan “si se correspondían o no con las tendencias subjetivas del momento”. Solano cita al “sistema de consignas” del Comité Nacional para pasar enseguida a poner bajo la lupa a la consigna de la Constituyente, que “no sirvió para que tuviéramos la iniciativa estratégica”. Argentina tampoco estaría madura para una consigna política. Lamentablemente, eso no lo dice, tampoco obtuvimos esa iniciativa estratégica con el “sistema de consignas”, el paro de 36 horas y “derrotemos el plan de guerra de Macri, el FMI y los gobernadores”. Ningún activista sindical del Partido Obrero, sin embargo, rechazaría levantar estos planteos como factor de lucha política y reagrupamiento clasista al interior de los sindicatos. La picota de Gabriel, sin embargo, sólo cae sobre la Constituyente -o sea, sobre la consigna que le plantea cómo enfrentar la crisis política descomunal del régimen en su conjunto. ¿Crisis política? No, gracias, no fumo. ¿Se puede, sin embargo, hacer política en Argentina sin un planteo político? Estamos frente a una regresión política enormemente perjudicial. Solano dice: “ahora nos enteramos que Ramal no apoyaba al ‘sistema de consignas’, al cual sin embargo votó en un Comité Nacional”. Esta sentencia desnuda la intención faccional de la polémica que ha entablado el compañero. Me hace un proceso de intenciones en lugar del debate político sobre América Latina, el derrumbe del macrismo, Bolsonaro. Pero ya que estamos, vamos. En ese Comité Nacional se votaron dos resoluciones políticas diferentes, una por mayoría, la otra, con el voto de tres compañeros. Las caracterizaciones políticas y el lugar de las consignas -y en primerísimo lugar el de la Constituyente divergían en uno y otro texto. La Asamblea Constituyente no figuraba en la versión inicial presentada por el Comité Ejecutivo al Comité Nacional; fue agregada en el informe y debate posteriores. Este tortuoso curso de discusión es inseparable del derrotero que siguió después la Constituyente. Lo primero que debemos preguntarnos es si hemos realizado una campaña en regla con esta consigna, a través de debates, mesas redondas, materiales explicativos. No. No hay un folleto, como sí ocurrió en 1994. Fue presentada en forma “subordinada al sistema de consignas”, esto es, como corolario de un conjunto de planteos reivindicativos o sindicales, por etapas: primero esto, después lo otro. Ya critiqué, en mi texto anterior, el serio error que constituye subordinar la agitación y la propaganda política a la acción sindical o reivindicativa. Los bolcheviques no esperaron las luchas reivindicativas para plantear “Abajo el zar, República Democrática, Asamblea Constituyente”; al contrario, estas contextualizaban a las otras. Lo que algunos compañeros presentan como la razón para no plantear la Constituyente -el mayor o menor “reflujo”-, incluso si existiera, de ningún modo significa que no debemos plantear una posición frente al impasse del régimen político. Se supone que las reivindicaciones políticas contribuyen a fomentar la lucha -también opinaba de este modo Lenin en el Qué hacer. La “contención” de la burocracia, tantas veces esgrimida, no opera en el vacío: actúa sobre la ausencia de una comprensión o una perspectiva, por parte de los trabajadores, respecto del porvenir de su lucha, el cual siempre está ligado al régimen que combaten. En este caso, el reclamo para que se vaya el gobierno y se convoque a la Constituyente es la conclusión y la salida ante una crisis política del régimen, de su organización social y económica, de su clase dirigente (¡cuadernos!), de su Justicia y sus aparatos de represión. Precisamente por este desconocimiento de esa crisis de conjunto, Solano nos propone ahora una “jubilación de privilegio” para la Constituyente: ella seguiría “siendo instructiva para formular un programa de reorganización general del país en oposición a todos los partidos capitalistas y su Estado”. Es la presentación de la Constituyente que hace el PTS, que la reserva para “debatir los temas de fondo”. ¡No! La vigencia de la Constituyente está completamente asociada a la crisis política, que la campaña electoral va a agravar, en el marco de la profundización del derrumbe económico, de la desconfianza y fracturas crecientes de la burguesía respecto del plan oficial, en la descomposición de la Justicia, en la fragmentación de los partidos y del régimen político (17 elecciones desdobladas, etc.). La Constituyente da cuenta de esta crisis de conjunto. Solano trae a colación una crítica de la mayoría de los compañeros del Comité Ejecutivo al texto que Altamira presentó para la Apertura de la Conferencia Internacional, en relación con la pertinencia o no de la Constituyente en otros países. Pecado mortal. Sin embargo, en el curso de la conferencia se observó que Bolsonaro pretende derogar la Constitución de 1988 y que está buscando un procedimiento para ello. Quienes asistieron al debate del informe introductorio aprendieron cosas nuevas y en especial concretas. Internacionalismo En su crítica a la reciente Conferencia Latinoamericana, Solano deja al desnudo un planteo liquidador. La confronta por su “modestia” e, incluso, sus “destellos bochornosos”. Redobla la apuesta de Giachello, que se había referido al “raquitismo” de iniciativas anteriores. Pero ninguno de los dos, más allá de sus críticas, opone un planteo alternativo de trabajo internacional. El informe introductorio había sido aprobado por la Comisión internacional y por el Comité Ejecutivo, en este caso con la presencia de Rafa Santos. Lo más peligroso de este planteo es lo que implica: la conferencia que denostan Giachello y Solano, dentro de su modestia, ha sido, en primer lugar, la oportunidad de un gran planteo político. También fue modesto el Congreso de Fundación de la CRCI, que nos dejó un programa. A pesar de los obstáculos, nuestro partido se mueve en la lucha internacional. Los que descalifican esta labor corren el riesgo de incurrir en un nacional-trotskismo -un autobombo del Partido Obrero, en confrontación con el “raquitismo” izquierdista mundial. La conferencia ha permitido reanudar una relación política, en Brasil, interrumpida por la crisis y la degeneración de Causa Operaria; no es poco. El núcleo dirigente de Lucha por el Socialismo (LPS) -organización que concurrió a la conferencia- rompió con Causa Operaria -o sea, que estamos recogiendo un resultado de nuestra lucha, repito, nuestra lucha, y delimitación política con el lulismo y sus seguidores trotskistas. LPS edita un periódico quincenal y tiene un importante trabajo sindical (tres direcciones sindicales) en la tercera provincia del país (Minas Gerais), con conexiones en varias otras ciudades. Además de la pequeña Tribuna Clasista, existe un núcleo de compañeros brasileños que ya viene trabajando con la CRCI. Dicho esto, estamos lejos de una homogeneidad política, que solamente progresará a través de las luchas que los asistentes libran en sus países y del debate político. La conferencia tuvo una activa participación del PT uruguayo y compañeros de Bolivia y Perú, que no pudieron llegar por razones materiales, nos hicieron llegar importantes contribuciones políticas, reclamando que viajemos para allá. ¿Se puede despachar ese balance con un par de ataques desdeñosos? Respecto de la militante nicaragüense, de quien Solano sintió vergüenza, el discurso de cierre de Rafael Santos me ahorra, afortunadamente, mayores explicaciones. En su intervención, Santos “interpela” a la militancia nicaragüense opuesta a Ortega, la cual, en medio de una verdadera masacre de jóvenes, deposita confianza en la Comisión de derechos humanos de la OEA. ¡Santos explicó que esto mismo ocurría en Argentina bajo la dictadura militar! En aquel entonces, miles de familiares hicieron colas para llevar su denuncia. Nosotros acompañamos esa movilización, llamando, desde luego, a no depositar la menor confianza en el imperialismo. Un planteo condenatorio, en cambio, nos hubiera llevado a la ruptura con “Familiares” y Madres de desaparecidos. A través de esa compañera, tomaremos contacto ahora con la juventud luchadora de Nicaragua, y exploraremos un trabajo revolucionario allá. Buenísimo. Si los pasos organizativos han sido importantes, ni qué decir del balance político de la conferencia. El informe de apertura señala que el triunfo de Bolsonaro “involucra a Brasil y a América Latina en la fase bélica que caracteriza a la economía y la política mundiales”. Caracteriza, en definitiva, a la zambullida aún más profunda del subcontinente en la crisis mundial. Las resoluciones han elaborado un programa y un plan de acción internacionalista contra las reformas laborales y previsionales reaccionarias; una plataforma socialista para la mujer; un planteo frente al G20, la “globalización” y la contracumbre nacionalista. Es necesario destacar también la continuidad de método y de elaboración política de nuestras reuniones internacionales: la conferencia que hicimos en abril (conferencia internacional abril de 2018) debatió ampliamente la cuestión de la derecha y el fascismo, rechazando las visiones impresionistas y ubicando su acción y sus límites en el marco de la bancarrota capitalista internacional. ¡No nos faltó “pronóstico”! La conferencia que hicimos ahora partió de ese lugar, y avanzó en la elaboración de un programa de acción para luchar contra el fascismo, presente en el propio título de la declaración aprobada en la sesión final (“Frente unido de trabajadores para luchar contra el fascismo, la reacción y los gobiernos ajustadores”). Los compañeros que participaron activamente de la conferencia pueden dar cuenta de este progreso político. Lamentablemente, ha sido limitada la presencia de compañeros, principalmente, del propio Comité Nacional y de los comités regionales, todo lo cual debe dar lugar a un adecuado balance político. Solano rechaza mi comparación de los esfuerzos actuales de reagrupamiento internacionalista con el congreso de Zimmerwald, porque sus integrantes “provenían de partidos obreros de masas”. Estimado Gabriel: el impacto de las caídas en altura es directamente proporcional al piso del cual se cae. El “enanismo” de Zimmerwald es incuestionable, representaban fracciones confundidas, que hasta hacía poco pertenecían a partidos gigantescos, nunca vistos antes o después. Trotsky se refirió a esto mil veces. Los internacionalistas debieron hacerse cargo de un edificio en ruinas, por eso, la expresión de que “cabíamos en un sofá”. Pero ¿qué decir de la IV Internacional, cuya fundación modesta debió batirse contra la doble acción criminal del nazismo y el estalinismo? En su intercambio con activistas revolucionarios de todo el mundo, Trotsky se enfrentaba a diario con el dilema del “raquitismo”. Su respuesta era muy clara. Veamos, por ejemplo, el testimonio del obrero argentino Mateo Fossa, que entrevistó a Trotsky en México y debatió la cuestión: “La Cuarta Internacional, numéricamente, aún es débil, de manera que hay que tratar de unificarlos. Las perspectivas anuncian grandes acontecimientos, de manera que, aunque seamos poco numerosos, en estos grandes cruces históricos, los grupos que tengan una posición revolucionaria justa serán los que conducirán a las masas a la victoria, desechando a la burocracia y terminando con el confusionismo. La Cuarta Internacional no puede ser un depósito de desechos, pero ante la escasez de nuestras fuerzas, lo que debe hacerse es tratar de trabajar en común y, a través de la acción, ver los que hacen labor revolucionaria positiva y honrada, y dejar a un lado a los que sólo constituyan un lastre”.“Yo le manifesté un poco de escepticismo sobre nuestras posibilidades”, agrega Fossa. “Entonces, Trotsky me respondió que con cualquier número debíamos encarar la tarea y no dejarnos arrastrar por el pesimismo y la pasividad del ambiente.” “Con cualquier número, encarar la tarea”. “Trabajar en común y, a través de la acción”, verificar el avance de un reagrupamiento cuartainternacionalista. Este es el método con el cual ha trabajado el Partido Obrero a lo largo de su historia. Los compañeros que han atacado la conferencia Internacional, cuya convocatoria y documentos aprobaron, deberían decir cuáles son los suyos, si estos existen. Suponemos que no serán los de refugiarnos -o solazarnos- con nuestro desarrollo en Argentina. Somos una organización muy pequeña, el 95% de nuestro propósito histórico aún está en el futuro. Para el final Dejo para el final las imputaciones de Solano y Giachello que, en algún sentido, exceden a este debate, pero, probablemente por eso mismo, lo coloquen en su verdadera dimensión. En mi texto, advierto -y fundamento- sobre posiciones que implican una ruptura con la metodología del Partido Obrero. Por trazar esta línea demarcatoria, en torno de planteos y principios políticos, soy acusado… de rupturista. ¿Rupturista con quién, o Solano y Giachello se consideran el Partido Obrero? Esto sí que es peligroso. El Partido Obrero es el conjunto de los militantes, sus luchas y discusiones, nadie más. Necesitamos un debate franco, en el cual el partido se involucre realmente. Los que piensan que asistimos a una “pelea de egos” o a un debate ocioso se van a tropezar, más temprano que tarde, con los problemas estratégicos que aquí planteamos. Pero ¿cuál es la línea demarcatoria que nos proponen los compañeros? En uno de los insultos que Giachello me dedica en su texto, atribuye mis posiciones a la “obsecuencia”. Supongo que se refiere a la defensa de posiciones que ha desarrollado Altamira en relación con las cuestiones en debate. La acusación debe ser colocada en su verdadero significado. Si a mí me cabe ese mote, los que me combaten, ¿son los “no obsecuentes” o que “se plantan” frente a Altamira? Si fuera así, estaríamos desbarrancando un debate político hacia un método de adhesiones personales o de camarilla. No es algo frecuente, pero es cierto que, algunas veces, el individuo es inseparable de un programa. En el caso de Altamira, no sólo es quien ha orientado al Partido Obrero desde su fundación, sino que lo sigue haciendo ahora, en el plano nacional como en la lucha por la refundación de la Cuarta. Así lo revelan los debates y acciones políticas que aquí planteamos. Defiendo la caracterización histórica de la época de la decadencia del capitalismo y el método político de la IV Internacional, del Partido Obrero y su historia, de la CRCI. 28/11/18

1 de agosto de 2019
Volvamos al eje del debate

(Polémica sobre América Latina en el Boletín Interno) La polémica iniciada por Pablo Giachello con relación a la afirmación de que “la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica y ha pasado, potencialmente, a la izquierda independiente de los bloques capitalistas” en el texto “Panorama mundial”, de Jorge Altamira, publicado en EDM Nº 51, ha devenido ahora, con la respuesta de Marcelo Ramal a Gabriel Solano publicada en Boletín Interno N° 42, en un debate sobre “la caracterización histórica y el método de la IV Internacional y del Partido Obrero”. Es decir, la polémica inicial ha puesto de manifiesto, así parece, diferencias de fondo: nada menos que de estrategia y de método. Esto en sí no tiene nada de malo pero, en realidad, permite huir a nuevos ejes polémicos, sin resolver la cuestión inicial del debate. Cuando esto acontece, en general se termina polemizando sobre los más variados aspectos, se hace un ovillo y nada queda claro. No le sirve al partido. El párrafo original cuestionado por Giachello se refiere a la caracterización de la etapa en América Latina, y se ha perdido en el intercambio de documentos. Mi punto de vista sobre el particular apartado sobre América Latina de “Panorama mundial” es que se trata de un texto groseramente contradictorio. Por ejemplo: seis renglones más abajo de la cita criticada por Giachello, se dice respecto a Nicaragua, nada menos: “Las masas en lucha, por cierto, no han llegado a esta situación con una perspectiva política propia, lo cual da margen a las maniobras ‘democráticas’ del empresariado y del clero orteguista”. Ya tenemos un país, una rebelión popular, donde ni potencialmente la iniciativa ha pasado a la izquierda independiente de los bloques capitalistas. Al menos, en Nicaragua, el empresariado y el clero tienen margen de maniobras “democráticas”, es decir, iniciativa. Pero eso no es todo. Unos renglones más adelante se caracteriza como “campo contrarrevolucionario” a la iniciativa de la burguesía nicaragüense de convocatoria a elecciones adelantadas (campo hacia el cual, dice el texto, “se ha inclinado” el sucesor de Raúl Castro). Y, a renglón seguido, se califica la situación en Venezuela como “degeneración contrarrevolucionaria” de parte del chavismo continental. Para el caso de Brasil y Argentina, el texto de Altamira afirma que “la unidad democrática” ha “ganado el respaldo de varios sectores de la izquierda”. Y antes, en el inicio del apartado sobre América Latina, califica la situación general como de “contraofensiva derechista o neoliberal”. Bien que matiza afirmando esa contraofensiva “no se ha asentado en ningún país”. Aún así, todo lo dicho sobre Nicaragua, Brasil, Argentina, Venezuela, Cuba, están lejos de poder ser ejemplos que “la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica y ha pasado, potencialmente, a la izquierda independiente de los bloques capitalistas”. Se podría decir que el adjetivo “estratégica” es planteado en términos históricos. Pero si así fuera, podemos decir que el capitalismo perdió esa iniciativa hace más o menos un siglo, no obstante, en los últimos cien años asistimos a contrarrevoluciones y revoluciones, frustradas unas y victoriosas otras. A gobiernos parlamentarios y dictaduras. Quiero decir, si así fuera, que se refiera a términos históricos, sería una perogrullada. Pero no se refiere a términos históricos. Se refiere a la etapa y aquí habría que centrar el debate: “La cuestión del poder está planteada para el proletariado y los campesinos en América Latina en términos de etapa”. Ahora bien, cómo conjugar esta afirmación con lo escrito por Altamira algunos renglones más abajo, cuando dice que “No existe un solo sector de la izquierda latinoamericana que desenvuelva un planteo de poder, frente a la maduración de la crisis económica y política”. El proletariado de América Latina tiene en el orden del día en la etapa la cuestión de poder, sin la existencia de una dirección revolucionaria (“no existe un solo sector que desenvuelva un planteo de poder” en la izquierda latinoamericana). Obviando claro está, al Partido Obrero y… al PT de Uruguay, únicas organizaciones que merecen el calificativo de partido, según surge de la Conferencia Latinoamericana reciente. ¿Qué es esto, sino el planteo que se puede saltear la maduración de la conciencia del proletariado y el campesinado, y el surgimiento de una dirección revolucionaria? El culto al espontaneísmo, el atajo a construir partidos obreros revolucionarios, contradiciendo décadas de lucha política del Partido Obrero y del propio Altamira. “Panorama mundial”, en su apartado sobre América Latina, caracteriza erróneamente la etapa. Estratégicamente es otra cosa, pero ya no es la etapa. 4/12/18

1 de agosto de 2019
Sobre la respuesta de Marcelo Ramal a Gabriel Solano

Un debate de caracterización y de método El artículo “Panorama mundial”, de En defensa del marxismo N° 51, de Jorge Altamira, ha motivado la crítica de Pablo Giachello, y esto ha dado lugar a un intercambio de posiciones que debe ser debidamente caracterizado. Están la respuesta de Marcelo Ramal (en defensa de las líneas criticadas por Pablo), una respuesta de Pablo, un documento de Gabriel Solano publicado en el BI N° 41 y otro de Norberto Calducci (BI N° 43). Ahora Marcelo Ramal, al responder a Gabriel Solano considera que éste incorpora temas que no eran parte del debate original y eso sería la “confesión de que estamos ante un debate estratégico y no una polémica sobre una línea en un texto de miles palabras”. De esa manera sumaria, Ramal ha decidido convertir el debate en (prácticamente) una cuestión de principios y casi una divisoria de aguas dentro del partido que, en forma simplificada, sería entre quienes, por un lado, sostienen una estrategia revolucionaria y con ello la “continuidad histórica” del Partido Obrero, y los que, por el otro, sucumben al impresionismo y, por lo tanto, se alejan de los objetivos revolucionarios (y reniegan de nuestra historia). Los primeros estarían corporizados en la persona de Jorge Altamira (“No es algo frecuente, pero es cierto que, algunas veces, el individuo es inseparable del programa. En el caso de Altamira, no es sólo quien ha orientado al Partido Obrero desde su fundación, sino que lo sigue haciendo ahora”, del documento de Ramal, BI N° 42). Esta posibilidad que no es frecuente sí se verificaría en el Partido Obrero, por lo cual cualquier cuestionamiento a los planteos de Altamira adquiere un carácter de principios, lo que nos llevaría al peligro (que el propio Altamira advirtió cuando propuso la rotación de cuadros) de que en nuestro partido suceda lo que en la mayoría de las corrientes trotskistas: desaparecieron junto a la generación que la fundó. La tesis desenvuelta por Marcelo Ramal no es sólo peligrosa, y si se quiere impropia de un militante de la IV Internacional, sino que además es también falsa. Aunque el propósito evidente es destacar la figura de Altamira termina siendo injusto con él. Sucede que todo el partido tiene conocimiento que Altamira defendió con todo derecho posiciones contrarias a las resoluciones aprobadas por el Comité Nacional. Sin entrar en el mérito de cada posición y evaluar quién tuvo razón en cada caso, sabemos por el Boletín Interno y los debates producidos en oportunidad de los congresos del Partido Obrero, que Altamira se opuso a la propuesta de listas únicas del FIT que la dirección del Partido Obrero lanzó en el acto de Atlanta mediante el discurso de Pitrola; que en debate del XXIV Congreso rechazó la campaña por un Congreso del Movimiento Obrero y la Izquierda; que contra esa posición planteaba que la tarea era preparar las “Paso, las Paso, las Paso”; que difería con el documento votado por el Comité Nacional, que caracterizaba que el kirchnerismo a pesar de la derrota electoral seguía siendo un obstáculo en el movimiento de las masas; que en el debate del XXV Congreso también polemizó con el documento del Comité Nacional, lanzando la orientación de que el partido debía centrar su agitación en las coordinadoras fabriles y la huelga general, esto en contraposición a la consigna de paro activo nacional y plan de lucha; que en el propio congreso polemizó con la consigna finalmente votada, que incorporaba a la izquierda en el planteamiento general; y que, incluso más cerca en el tiempo, planteó que la Constituyente debía ser convocada por un gobierno de los trabajadores, algo que fue rechazado, a mi entender correctamente. Esta lista es incompleta, pero alcanza y sobra para mostrar que la afirmación de Marcelo Ramal no se compadece con la realidad. En el partido ha habido un debate sobre posiciones, caracterizaciones y consignas, que todo militante tiene a mano para sacar sus propias conclusiones. ¿A qué viene, ahora, la afirmación de que al partido lo “orienta Altamira”, cuando es claro que estamos ante una dirección colectiva, en la que puede haber síntesis de posiciones distintas, o votaciones de textos y planteos diferentes? El culto a la personalidad nunca es bueno, porque conlleva errores de método enormes, como se prueba ya en el texto de Ramal, que recurre a falsear el debate partidario de los últimos años. Insisto: no entro en el mérito de cada polémica, porque sería ahora inconducente, y su finalidad tendría sólo un propósito faccional. ¿Qué hubiese pasado si el Partido Obrero en vez de hacer una campaña por listas únicas desde Atlanta hasta el cierre de listas de 2017 hubiese planteado ir a las Paso? Nunca lo sabremos, pero es claro que existieron dos posiciones y no fue la de Altamira la que se llevó adelante. O si la campaña central del Partido Obrero en los meses iniciales de 2018 hubiese sido huelga general y coordinadoras fabriles; tampoco lo sabremos, aunque uno puede caracterizar, haciendo uso de la ventaja que ofrece el análisis retrospectivo, que no existían las condiciones para ello. Pero ignorar estas polémicas concretas, que todo el partido leyó y tuvo la oportunidad de fijar posición, es inadmisible. Volvamos al punto central. La búsqueda de diferencias estratégicas, nunca demostradas, tiene un peligroso carácter faccional que debe ser rechazado y que puede dar lugar a un intercambio de posiciones que luego no sepamos cómo empezaron, algo que muy bien advierte Norberto Calducci, y que, por supuesto, tampoco sepamos de qué estamos discutiendo. Lejos de aportar al mejor desenvolvimiento de la actividad del partido estaríamos ante la pretensión de establecer acusaciones y descalificaciones. Insisto en lo peligroso de esto porque para llevarlo adelante, incluso, se apela a falsedades y tergiversaciones. Ramal no ha contestado aún la acusación de Pablo Giachello sobre su falsificación de la cita de la EDM. Ramal agregó un “al menos” (en negrita, itálica, y reiterado con signos de admiración) que no existe en el texto, y sobre ese agregado suyo desenvolvió gran parte de la respuesta a Pablo; obviamente, la falsificación es innegable y también descalificadora de quien la realizó ex profeso para “ganar” un debate. Algo similar sucede con el documento de Daniel Blanco, que monta su rechazo a la política parlamentaria negando lo que realmente sucedió cuando en la web del partido (en las versiones taquigráficas, en los videos, etc.) estaba la respuesta a sus preocupaciones. Advierto sobre el peligro de meter al partido en debates faccionales bajo la excusa de los principios, es una actitud disolvente del partido, que ya ha provocado crisis en algunas regionales, como sucedió, por ejemplo, en Vicente López, y que motivó el debate en dos congresos y la intervención de la Comisión de control. Catastrofismo vs. fatalismo impresionista Marcelo Ramal le dice al partido que la frase de Altamira (la pérdida de la iniciativa estratégica de la burguesía) en cuestión se refiere a una etapa histórica: la del derrumbe del capitalismo. Esto, a mi entender, ha sido debidamente refutado por Pablo Giachello y Gabriel Solano. Sin embargo, aportemos algunos elementos más. Es llamativo que una conclusión referida a una etapa histórica de conjunto sea establecida sólo para el capítulo de América latina. Ramal dice que el ascenso de Bolsonaro y la apelación al fascismo para cubrir el vacío dejado por la crisis política no puede ser considerada una “iniciativa estratégica”, sino la confirmación de la falta de la misma porque el fascismo es la barbarie (resultado de lo cual habría triunfado una de las dos variantes que tan claramente sintetizó Rosa de Luxemburgo: “Socialismo o barbarie”, siguiendo esa línea difícilmente la iniciativa pase, ni potencialmente, ni “al menos”, a la izquierda revolucionaria). Y a pesar de que soy enemigo de citar a los clásicos (siempre pensé que además de ser un signo de falta de argumentos, tiene un sesgo de arbitrariedad, ya que cada posición tiene que ser comprendida en su contexto histórico y preciso para poder aprovecharla, y en las citas difícilmente se pueda comprender así), me voy a tomar la licencia de citar a León Trotsky, en este caso en un texto que se refiere a la etapa histórica. Decía Trotsky: “Puede decirse, desde el punto de vista político, que la burguesía espera el máximo de su potencia, de la concentración de sus fuerzas y medios, medios políticos y militares, de mentira, de violencia y de provocación. Es decir, el máximo del desarrollo de su estrategia de clase en el mismo instante en que más amenazada está de su pérdida social. La guerra y sus terribles consecuencias (y la guerra era inevitable, porque las fuerzas productivas no cabían en el marco burgués) han descubierto ante la burguesía el amenazador peligro de su hundimiento. Tal hecho ha agudizado hasta lo infinito el instinto de conservación de clase. Cuanto más grande es el peligro más una clase (como cualquier individuo), tiende con todas sus fuerzas a la lucha por instinto de conservación” (Una escuela de estrategia revolucionaria, 1921). El ascenso del fascismo (Hitler) fue estimulado por los países imperialistas con el objetivo de derrotar a la URSS. ¿Está fuera de los métodos que usa la burguesía para “disimular su dominación”? Responden a la etapa de descomposición del capitalismo. De eso no cabe duda. Pero no es eso lo que estamos discutiendo y Ramal lo sabe porque está reiteradamente señalado por Solano y Giachello. En ningún lado está dicha, ni siquiera insinuada, la perspectiva de una ampliación del desarrollo histórico del capital; todo lo contrario, entonces, ¿cuál es el objetivo, para qué Ramal polemice como si esa fuera la tesis de Giachello o Solano? Estamos discutiendo sobre cómo se plantan las clases sociales en el marco del hundimiento del capitalismo. Hace unos cuarenta años, aproximadamente, leí una entrevista a Henry Kissinger, un hombre del sistema que fue secretario de Estado de Estados Unidos entre 1973 y 1977, donde decía más o menos lo siguiente (no pude encontrar la cita, pero el concepto es éste): como historiador, como intelectual, estoy seguro de que la crisis del capitalismo es terminal pero, como estadista, la voy a pelear hasta el final. De lo que estamos discutiendo es del panorama de América Latina, hoy. Y ahí Altamira se equivoca no sólo en un pronóstico, sino en una caracterización. (Es llamativo que Ramal rechace el mote de pronóstico de Solano y diga que es una caracterización, y para defenderlo a Altamira haga una larga lista de pronósticos que habrían sido acertados.) Norberto Calducci ha puesto de manifiesto las propias contradicciones del artículo de Altamira en cuestión con los señalamientos sobre Nicaragua y Venezuela. En Nicaragua apelarían a elecciones (obviamente una “maniobra”) que “disimulan la dominación del capital”. Bolsonaro mismo (con el Alto Mando militar, las iglesias evangélicas, los terratenientes, etc.) gana con elecciones (conquistando el voto de un sector importante de la clase obrera) -es decir, que el “disimulo” también está presente. Ramal defiende el párrafo en cuestión, que está negado en el mismo artículo. Si el que lo escribió, no vio las contradicciones o la imprecisión de lo que escribía, ¡qué bueno que un dirigente, joven, del partido lo haya advertido y haya escrito sobre ello! ¡Aleluya! Estamos en el buen camino para asegurar la continuidad de la organización que construimos y que la generación del ’60 fundó. Ramal retrocede incluso en conclusiones que estableció el artículo que motivó todo este debate y que, aunque contradigan la frase del pase de la iniciativa estratégica, hace a una caracterización de en qué anda la izquierda. En las respuestas de Ramal, las masas, la clase obrera, sus organizaciones, la subjetividad, están directamente ausentes. Llama la atención que defienda el concepto de que “la iniciativa pasa potencialmente a la izquierda”, pero no se detenga a analizar el desarrollo concreto que esta izquierda tiene en el movimiento de las masas (sindicatos, organizaciones obreras de diverso tipo, de la juventud, de la mujer), su programa, etc. El debate así se vacía, porque no respeta el método científico de contrastar las hipótesis con los hechos. Ni una palabra sobre ello, toda vez que es lo fundamental para arribar al socialismo y no sucumbir a la barbarie, tan fundamental que es la base del Programa de Transición. Para Trotsky, el drama de la humanidad se “reduce a la crisis histórica de la dirección revolucionaria”, luego de considerar que la “premisa económica de la revolución proletaria ha llegado hace mucho tiempo al punto más alto que le sea dado alcanzar bajo el capitalismo”, incluso “han llegado a descomponerse”. Es evidente que Trotsky era un catastrofista, pero no un fatalista, sabía que para derrotar la barbarie de la catástrofe capitalista había que fijar la atención en la subjetividad política de la clase obrera y, para ello, estableció un programa, una organización y un método. Mirar el derrumbe capitalista sin la evolución de la conciencia de las masas y las características de su intervención en la lucha de clases conduce a un impresionismo que no da las herramientas para que la clase obrera se haga consciente de su papel. Hablando de constituyentes y de consignas políticas En relación con la Constituyente, Ramal denuncia una suerte de sabotaje a la campaña por la misma (no dice de quién es la responsabilidad, por lo que supongo que el sabotaje será por parte de la dirección que él integra). Desde que se aprobó esa consigna (en el sistema de consignas, después me voy a referir a ello) han habido reuniones del Comité Ejecutivo y del Comité Nacional, ¿dónde está la advertencia de Ramal al sabotaje?, ¿cuál es su propuesta de campaña? En los boletines internos semanales no aparece nada. Ramal pone como ejemplo (no sé si propone o propuso lo mismo) la campaña por la Constituyente del ’94. Hay que recordar que esa constituyente fue convocada como resultado del pacto entre Menem y Alfonsín, que presentamos candidatos (en un frente con el MAS y el MST). Se trata de situaciones diferentes. En ese momento hicimos una campaña contra la Constituyente, porque había sido parida por el Pacto de Olivos para habilitar la reelección de Menem. Incluso más, denunciamos al morenismo que quería convertir esa constituyente en “libre y soberana”, mostrando en varios artículos que esa libertad y soberanía sería de Menem para incorporar en la Constituyente medidas reaccionarias. Nuestra campaña, al menos desde el punto de vista de la instalación popular, estaba facilitada porque la Constituyente era una realidad palpable: se iba a realizar y debía votar toda la población. ¿No es evidente que la situación es absolutamente distinta? Incluso nuestra posición sobre las constituyentes fue variada. En Córdoba participamos con una lista en la Constituyente de Angeloz de 1987, pero llamamos a votar en blanco o no votar en la Constituyente de De la Sota de 2001, lo cual, visto después, fue un error, pero en ese momento hicimos una campaña extraordinaria, a tal punto que, como el voto en blanco fue del 33%, algunos periodistas nos entrevistaban como los ganadores de la contienda. El error no tuvo que ver con el planteo general de denuncia a la Constituyente, sino con que debíamos hacerlo participando de la elección y no mediante el voto en blanco, porque dejamos un vacío que fue aprovechado por la izquierda democratizante. La consigna de Asamblea Constituyente no nos define como organización revolucionaria, y sí lo hace la del gobierno obrero (dictadura del proletariado); la Constituyente es una consigna democrática de la cual debemos servirnos cuando así lo amerite. Creo que Ramal desbarranca cuando responde a la crítica de la mayoría (¿?) del Comité Ejecutivo al planteo de constituyentes en Brasil y otros países de América Latina, presentado en la propuesta de Altamira para la Conferencia Latinoamericana. Dice: “Bolsonaro pretende derogar la Constitución de 1988 y está buscando un procedimiento para hacerlo”. Pero justamente por ello, si Bolsonaro quiere una Constituyente, nosotros no la podemos reclamar. Una Constituyente luego del triunfo electoral de Bolsonaro, sería una Constituyente de …Bolsonaro. Esto es el ABC de la política. Hablar de Constituyente para toda América Latina, dadas las situaciones políticas divergentes que existen, constituye un grave error. Termina elevando la consigna a un lugar estratégico que no tiene, sustituyendo al gobierno de los trabajadores. El otro latiguillo es que el partido carecía de consignas y planteos políticos hasta que apareció lo de la Constituyente. Se le contestó sobradamente, que sí teníamos y tenemos (la del gobierno de los trabajadores). No sólo eso: la consigna “Derrotar el plan de ajuste de Macri, el FMI y los gobernadores”, ¿qué clase de consigna es? Es un planteo político, no es sindical, motoriza la acción colectiva y unifica la lucha de los trabajadores contra el gobierno, el centro de esta consigna es el poder político, no una cámara empresarial. Al incluirlo en un sistema de consignas que dan cuentan de la crisis política y económica (Fuera Macri, Asamblea Constituyente con poder), establecemos las condiciones para una alternativa política de la izquierda. Ramal (y en muchos artículos de Altamira está como conclusión) insiste en que la clase obrera debe tomar nota de la crisis, comprenderla. Eso está muy bien, pero la comprensión y el conocimiento en abstracto no van a motorizar la organización política. Es un “poquito” más complejo. Volvamos a Trotsky y al Programa de Transición. Luego de la caracterización de la descomposición capitalista, Trotsky escribe un programa que empieza con el capítulo “El proletariado y su dirección”, sigue con el “Programa mínimo y el programa de transición” para pasar a la “escala móvil de los salarios y escala móvil de las horas de trabajo”, y 10 (diez) puntos después, plantear el gobierno obrero y campesino. Trotsky no procede arbitrariamente así, sino como señala en el capítulo de “El programa mínimo…”: “La tarea estratégica del próximo período -período prerrevolucionario de agitación, propaganda y organización- consiste en superar la contradicción entre la maduración de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y su vanguardia”. Fantástico. Trotsky tenía el oído, el cerebro, el corazón, todos los sentidos en la premisa fundamental que cualquier catastrofista debe tener: la subjetividad de la clase obrera. Sobre eso, Ramal nos deja en ayunas. El partido en su sistema de consignas ha seguido este método. Rechazo que no tengamos consignas políticas. Por una crítica al trabajo internacional Ramal considera prácticamente un sacrilegio las críticas al trabajo internacional del partido que hacen Giachello y Solano. Y como si lo nuestro fuera un dogma, el que lo ataque corre “el riesgo de incurrir en un nacional-trotskismo -un autobombo del Partido Obrero, en confrontación con el ‘raquitismo’ izquierdista mundial”. Eso es exactamente lo que va a suceder si no sometemos a una crítica nuestro trabajo internacional. Es evidente que hemos retrocedido. Tomemos el congreso de la CRCI de 2004. Se fueron los italianos, el grupúsculo yanqui, los brasileños y los bolivianos; luego, se incorporó el DIP, cuya posición sobre sostener la CRCI es por lo menos ambigua, en el BI N° 33 de septiembre de este año están publicadas la carta que nos envió el DIP y nuestra respuesta a ella, donde señalamos que “en efecto, tenemos una divergencia de estrategia y de método”. El DIP cuestiona a la CRCI como organización y no ha desarrollado las críticas (que dice tener) al programa votado en 2004; ellos sugieren otro método de acercamiento con organizaciones centristas que lleva a la dilución de la CRCI. O sea que 14 años después, vamos a un segundo congreso con un final aún incierto. Por otro lado, los grupos que se fueron acercando luego no se consolidaron (es el caso de los chilenos, por ejemplo) y en la ruptura con los brasileños (Causa Operaria) y con los italianos no logramos armar grupos de la CRCI, sólo quedaron algunas relaciones no estructuradas en una organización. En el libro El renacimiento de la Internacional se detalla la historia de la CRCI, de nuestro método, hay una suerte de balance. ¿No corresponde ir a fondo con el mismo? Somos marxistas, la crítica es nuestra principal herramienta, lo otro es dogmatismo. Las diversas iniciativas que hemos tomado en el último año y medio fueron una revisión de la parálisis que teníamos y que fue señalada reiteradas veces (por el propio Altamira) en el Comité Nacional. Acuerdo con ello, pero debemos tener conciencia de en dónde estamos parados. La Conferencia Latinoamericana reciente mostró, para el que quiera verlos y actuar en consonancia, varios problemas. El desarrollo de nuestro trabajo internacional obviamente que está limitado por el “raquitismo de la izquierda mundial” y las posiciones que adopta (y que Altamira detalla en el “Panorama mundial” para el caso de América Latina), sería imposible que no fuera así. Entonces, aún más tenemos que hacer un balance y debe ser material para nuestra caracterización de la etapa. El debate congresal que se abre será una gran oportunidad para que, de conjunto, fijemos el rumbo de nuestro trabajo internacional. Si hay debate, si hay controversias, que sirvan al desarrollo del partido y no a la pretensión de establecer una divisoria de aguas y, mucho menos, corporizar esa división en lealtades personales. Rechacemos ese propósito, sea consciente o no.

1 de agosto de 2019
Mi respuesta a Eduardo Salas

Eduardo Salas ha decidido sumarse a la polémica que desde hace varias semanas inició el compañero Pablo Giachello con la crítica a una frase de “Panorama mundial” del último número de En defensa del marxismo. Salas reitera varios de los argumentos de sus predecesores, sin reparar en lo que ya les respondí a ellos. La polémica, por lo tanto, resbala en ataques personales y da un salto atrás en la tradición teórica y política del Partido Obrero. Es bueno recordar que no fui el iniciador de esta polémica. El primer argumento que me encargué de refutar fue el que rechazaba que, en la época de la decadencia capitalista, la burguesía hubiera perdido “la iniciativa estratégica”. Este planteo fue hecho en el Comité Nacional por Pablo Giachello, que luego modificó cuando Altamira le señaló la contradicción insalvable de su posición. La revolución socialista solamente es posible cuando la burguesía ha perdido esa “iniciativa” -o sea, que se ha convertido en un freno y destructor de las fuerzas productivas. La posición de Giachello lleva a la conclusión inevitable de que no estaríamos atravesando una época revolucionaria, con independencia de los flujos y reflujos de la lucha de clases, e incluso, hasta cierto punto, de una derrota mayor del proletariado, que no haya establecido un régimen histórico de barbarie. La discusión, en este punto, se cruza con la que tiene que ver con la apertura de una crisis de régimen en Argentina y la necesidad de un programa de transición que incluya el planteo de la Asamblea Constituyente soberana. Giachello se defendió recogiendo la observación de Altamira, admitiendo que la burguesía “ha perdido la iniciativa estratégica, pero en tanto ´sentencia histórica´”, o sea general y abstracta; en lo “concreto”, ocurre lo contrario. En América Latina ha llegado el turno de los Bolsonaro -no el viraje, en México, hacia López Obrador o la posibilidad concreta del final de la experiencia macrista, mucho menos, ya en un plano internacional más general, los “chalecos amarillos”, que aún no habían hecho su aparición al comienzo de la polémica pero que su irrupción posterior sirve para desbaratar los pronósticos agoreros de sus iniciadores. Los “chalecos” han servido para poner de manifiesto la “potencialidad política” que se abre para la izquierda revolucionaria que tenga una compresión clara de la etapa actual y de las fuerzas actuantes. Separar la caracterización histórica (estratégica) de la política (táctica) es un clásico del oportunismo y la justificación más repetida del electoralismo. Trotsky denunciaba a los reformistas por una escisión similar, entre el programa mínimo y el programa máximo: el primero para todos los días, el otro para la historia distante del mundo terrenal. Para el autor del Programa de Transición la unión entre ambos programas estaba dictada por la declinación histórica del capitalismo, que convertía a las reivindicaciones más elementales en un choque con el régimen social y con el Estado. En un texto anterior, señalé que los flujos y reflujos de la lucha de clases deben ser vistos a la luz de la etapa histórica. Macri perdió la iniciativa política enseguida después de dos victorias electorales, como consecuencia de una crisis mundial que se desarrolla en un marco de decadencia del capital. En un material reciente de nuestra página web, que anuncia la publicación del archivo digital de Prensa Obrera de 1993-2004, se exhuma la tapa de PO que refiere al Santiagueñazo de diciembre de 1993 como “el Cordobazo de los años ’90”. La nota señala: “Prensa Obrera caracterizó de ese modo la pueblada ocurrida en la provincia norteña entre el 16 y 17 de diciembre. ´Una rebelión que marcará época en los años ’90, dijimos entonces. Un pronóstico político puede considerarse realmente acertado cuando supera la prueba de la historia a través de sus vaivenes, zigzags y recodos. La historia lo confirmaría en todo su alcance. Efectivamente, el Santiagueñazo inauguraría una década de puebladas y rebeliones populares que harían cumbre en el Argentinazo de diciembre de 2001, bajo la impronta histórica del movimiento piquetero” (ver www.prensaobrera.com.ar) y, agrego, un giro espectacular de las clases medias. Aquella caracterización de 1993 signó la política del partido durante toda la década. Preparó la intervención de los días y meses que precedieron al Argentinazo, que anticipamos con las consignas “Fuera Menem-Cavallo, Asamblea Constituyente”. En el medio, tuvimos los golpes del menemismo a la clase obrera, las privatizaciones, la primera crisis del menemismo (1995), su rescate político; la emergencia de la Alianza. En esa década lidiamos, sin embargo, con quienes auguraban décadas de menemismo, probablemente influidos también por la caída del Muro y de los regímenes burocráticos en la URSS y Europa del Este. Al Partido Obrero no le faltaron consignas defensivas ni -mucho menos- una intervención junto a la clase obrera golpeada por Menem-Cavallo. Pero siempre inscribimos esas acciones en una perspectiva más amplia, es decir, en la comprensión de que la burguesía argentina atravesaba su enésima tentativa de emerger de su impasse histórico de la mano del capital internacional. Los ascensos políticos, para que resulten en ascensos de la organización revolucionaria (ello ocurrió con el Partido Obrero en 2001/2002), se preparan desde mucho antes, con caracterizaciones estratégicas, e incluso cuando aún prima el reflujo. Esa es la gran lección de aquel período. Altamira escribió “Panorama mundial” con esta experiencia de caracterización política y de acción cotidiana sobre sus espaldas. Lo más importante de todo: advertimos el Argentinazo, a lo largo de 2001, un año que se caracterizó por un notable reflujo de la clase obrera industrial. No es inoportuno destacar que señalamos que la restauración capitalista en los Estados obreros se encontraba condicionada por la etapa de declinación histórica del capital. Casi treinta años después, y con el mismo método, en el “Panorama mundial” se llama a interpretar “los hechos” bajo la vara de una caracterización estratégica. Sus críticos, en cambio, nos convocan a fosilizar a esta última, a archivarla bajo el mote de “sentencia histórica” y, en consecuencia, a hacer seguidismo a los hechos consumados. Otra vez, Brasil Todo esto vale para la cuestión de Brasil. Los críticos de “Panorama mundial” espetan a Bolsonaro, como expresión mayor de la “iniciativa estratégica” y del pretendido pronóstico y caracterización fallidos de Altamira. Lo que no pueden explicar es por qué Altamira advirtió desde 2015 la perspectiva de la caída del gobierno Dilma, subrayó la militarización del proceso político desde el juicio político, al cual caracterizó como “golpe de Estado” y no como “institucional” o “parlamentario”, y anticipó el peligro del fascismo y los Bolsonaro medio año antes de su victoria electoral (ver discurso frente a la Embajada de Brasil). Sus críticos en cambio, destacaban, desde las páginas de Prensa Obrera, que era Haddad quien gozaba de los favores del imperialismo y el capital internacional, de cara al balotaje en ese país. Quienes salieron en su rescate olvidan que previmos, antes que nadie, desde el Caracazo, el ascenso nacionalista en América Latina, que materializaron Lula, Chávez, Correa y los K. De los partidos del Foro de San Pablo, dijimos que “se preparaban para llegar al gobierno”, con sus posiciones de defensa del capitalismo, en un pronóstico que se verificó al milímetro. Volviendo a la actualidad, Altamira inscribió la emergencia de un brote fascista en el derrumbe completo de los bloques y partidos históricos de la burguesía y la pequeño burguesía de Brasil, fundamentalmente del PT y la burocracia de la CUT, bajo el peso de la crisis mundial y de la caída de la gran patronal vernácula. Lo mismo hizo con el agotamiento de CFK enseguida que sacó el 52% en las elecciones de 2011 (el PTS bautizaba, en ese mismo momento, a una “Argentina kirchnerista”). El fascismo es un producto de la catástrofe capitalista, y no la “sagaz estrategia” del capital para derrotar a las masas. Salas retrocede en el tiempo hasta el nazismo y el fascismo, señalando que “fue estimulado por los países imperialistas para frenar a la URSS”. Es una frase ambigua, porque no dice si promovió su ascenso o buscó aprovechar su consolidación. Lo único cierto, fundamental y seguro, Salas no lo dice, a saber: 1) el hundimiento social de la pequeña burguesía y 2) la traición de los partidos Comunista y Socialista, así como de la Internacional estaliniana. Altamira, vuelvo a citarlo, caracteriza a Bolsonaro como “un retroceso histórico -una expresión de la incapacidad de la burguesía para gobernar con métodos que disimulan su dominación (democracia) y la obligación al recurso de regímenes de excepción, que ponen al desnudo la violencia política del Estado”. Salas se burla de mi alusión a que “la barbarie nunca puede ser señal de iniciativa estratégica” (de la burguesía) y me responde que, en cualquier caso, nunca será señal de que la “iniciativa ha pasado potencialmente a la izquierda revolucionaria”. ¡Pero la barbarie aparece cuando la izquierda ha dejado pasar una situación potencialmente revolucionaria! Para evitar la mirada estrecha, es necesario dejar de lado el espíritu de la chicana y esforzarse por desarrollar una comprensión de conjunto -o sea, estratégica. Salas da por consumada a la experiencia bolsonarista, cuando solamente se encuentra en estado de tentativa. Salas se presenta como un derrotista, como ocurre con aquellos que en Brasil adhieren a un frente democrático para 2023. Pero la tentativa fascistizante está condicionada por las fuerzas armadas, en lo superestructural; por la resistencia popular, cuyas reservas se encuentran intactas; y por la crisis mundial y la guerra económica, que pesa en demasía sobre las espaldas económicas frágiles de Brasil. Salas no vislumbra, ni por un momento, un fracaso del bolsonarismo, como ya ocurriera con Collor de Mello y otros derechistas latinoamericanos. Las crisis que desatará el plan de ajuste de Bolsonaro serán más severas que las de Macri; la incapacidad del régimen para enfrentarlas o simplemente la derrota de sus planes dejaría al país a las puertas de una situación prerrevolucionaria. ¡Es con esa perspectiva que impulsamos la derrota de Bolsonaro, con la perspectiva de la potencialidad revolucionaria, no del frente democrático ni del derrotismo! Esta fue la gran conclusión de la Conferencia Latinoamericana. Pudimos caracterizar correctamente el fenómeno de Bolsonaro, como consecuencia de nuestra comprensión de conjunto de la crisis mundial y de las alternativas políticas que plantea. Ni el PT ni los centristas previeron este desarrollo. El voto por Haddad en la segunda vuelta, que también fue planteado por primera vez en un texto de Altamira, no obedeció a una distinción con Bolsonaro en términos de clase, sino como una aproximación, acercamiento y frente único con aquellos que fueron a la calle contra Bolsonaro, con nuestro programa. Los compañeros que impugnan al “Panorama mundial” no se han detenido a estudiar seriamente el derrotero de las posiciones del Partido Obrero. Constituyente Salas vuelve sobre la cuestión de la Constituyente para tergiversar mi señalamiento de que en “la Conferencia Latinoamericana se observó que Bolsonaro pretende derogar la Constitución de 1988 y está buscando un procedimiento para ello (por caso, una enmienda constitucional)”. Deduce de ello, equivocadamente, que reivindico la consigna de la Constituyente para Brasil. Es cierto que un planteo de este tipo por parte de Bolsonaro pondría de manifiesto una crisis en la organización política del Estado de una forma distorsionada (eso es cuando una crisis adopta una forma constitucional), pero que podría suscitar un impacto político de conjunto, algo que una organización revolucionaria en Brasil nunca podría desconocer. Nada de esto implica un planteo en favor de una Constituyente en Brasil (Altamira rechazó su pertinencia para Brasil y también para Venezuela, en varios artículos de la prensa). Una consigna necesita, por un lado, un contexto y, por el otro, una oportunidad. Pero si de contexto y oportunidad se trata, lo que en definitiva se escamotea es que el Comité Nacional demoró tres meses de mayor crisis política en adoptar la Constituyente soberana que planteó Altamira por escrito otras tantas veces. Según Salas, tuvimos una consigna de poder: “sí la tuvimos -dice-, era el gobierno de trabajadores”. Sería bueno saber, sin embargo, qué campañas políticas -materiales, pintadas, acciones, redes sociales- llevamos adelante por esta consigna -yo no conozco ninguna. Lo cierto es que durante el período que yo critico -y que abarcó buena parte de la gran crisis económica y política del macrismo durante 2018-, el partido levantó las consignas conocidas -“plan de lucha, derrotar el ajuste”. Salas endiosa, en particular, el planteo de “derrotar el ajuste de Macri, etc.”. ¡Pero ese no constituye un planteo, es apenas una expresión de deseos! La Constituyente, en cambio, plantea una impugnación política directa: la continuidad del gobierno y del régimen político lleva a la bancarrota, al impasse y al derrumbe social -que sea reemplazado por una Constituyente soberana, mediante la movilización y la huelga general. De los términos en que se desarrolle esa lucha dependerá que la convoque una organización independiente de los trabajadores. La Asamblea Constituyente busca tender un puente entre la magnitud de la crisis política, de un lado, y la insuficiente maduración de las masas respecto de la comprensión de esa crisis y, de un modo general, del lugar de la clase obrera en su desenlace. Oponerle a la Constituyente el “gobierno de trabajadores”, que raramente tomó forma en la propaganda y en la agitación como una consigna de combate, emerge hoy como un recurso “ortodoxo” para oponerlo a la Asamblea Constituyente soberana, en ningún caso como eje de agitación política. En ningún caso. El partido no tuvo un planteo de poder, aunque hoy se pretenda señalar lo contrario por las razones apuntadas. Altamira presentó un texto donde advertía al Comité Nacional que tendría que definirse por la Constituyente, a partir de un texto que nos había enviado el PTS que incluía ese planteo. En ese cuadro, la Asamblea Constituyente soberana fue votada con fórceps. El acuerdo final tuvo un alcance limitado. El debate fue reabierto varias veces, debido a que una mayoría de compañeros sostiene que debe ir a la cola de “derrotar a Macri”, como si la Asamblea Constituyente soberana no supusiera su derrocamiento. Ahora, el asunto vuelve a plantearse en relación con las elecciones nacionales y provinciales, que son aisladas de la crisis en su conjunto y ¡hasta como una demostración y prueba de que Macri y el régimen no la han superado! Aunque abusamos del eslogan de que el Partido Obrero o el FIT “no se desdoblan”, estamos cayendo en eso al desvincular las elecciones de la crisis política de conjunto, en las nacionales y en las provinciales. Más allá de los puertos privados de las cerealeras y aceiteras y la flexibilidad laboral, y de la complicidad de la policía y autoridades con el narco de Santa Fe; de la crisis del régimen minero en La Rioja; del impasse de Vaca Muerta, por el agotamiento del sistema de subsidios; de la ley de lemas y la crisis del régimen santacruceño; más allá de todo esto, la cuestión de la Constituyente es insoslayable en las provincias porque forma una unidad con el planteo nacional. Tiene un valor político para unir los procesos provinciales con la crisis nacional y tiene, por sobre todo, coherencia. ¿O vamos a excluir a los gobernadores del llamado a terminar con el régimen y convocar a una Constituyente con poder? “Culto de la personalidad” Otro aspecto de este debate que tampoco introduje yo, se relaciona con el supuesto “culto a la personalidad” (de Altamira). Esto comenzó cuando, por mi defensa del “Panorama mundial”, fui tachado de “obsecuente”, es decir que se presentó en términos personales la defensa de una estrategia. Ahora, Salas me pide que examine las posiciones políticas dejando de lado las “lealtades personales” (¡!) Estas acusaciones me obligaron, oportunamente, a explicar algo elemental: que ciertas personas han encarnado un programa y una estrategia política. La defensa de ese programa, por lo tanto, es inseparable de esas personas. No es un problema de ‘personalidad’, es de política; convertirlo en “personal” es una maniobra política. Debo interpretar, a la luz de lo que dice Salas, que su fidelidad de cuatro décadas hacia Altamira no fue política, y que ahora cambia de objeto. Tampoco en este punto inventé nada: lo explicó Trotsky en su texto “Clase, partido y dirección”, donde destaca el rol de Hitler, por un lado, y Lenin, por el otro, en los procesos políticos en los que fueron protagonistas. De Lenin dice que “Encarnaba la experiencia y la perspicacia de la parte más activa del proletariado”. Concluía: “La historia no es un proceso automático. Si no ¿para qué los dirigentes? ¿Para qué los partidos? ¿Para qué los programas? ¿Para qué las luchas?” Tres décadas antes, Plejanov había caracterizado “El papel del individuo en la historia”, y con esto separó para siempre al marxismo del determinismo vulgar. Trotsky escribió una biografía de Lenin, para refutar la versión nacionalista de su formación y personalidad que ofrecía el estalinismo. Cuando el “Largo” y otros compañeros sacan de la galera el “culto a la personalidad”, repiten un concepto, no del trotskismo… sino de la burocracia rusa. La fraseología del “culto” fue acuñada por Kruschev luego la muerte de Stalin, en el XX Congreso del PCUS (1956). La trivialización del fenómeno burocrático y contrarrevolucionario del estalinismo -bajo el mote del “culto a la personalidad”- era funcional a la perpetuación de los burócratas, reciclados entonces bajo la fachada de la “apertura”. En una maniobra “clásica”, Salas se aparta de las “iniciativas estratégicas”, “las potencialidades revolucionarias” y la “Asamblea Constituyente”, y la emprende contra Altamira, en lo que parece ser el objetivo genuino de su texto. Salas somete entonces a Altamira a un juicio sumario, con un rosario de críticas que ni siquiera se detiene en explicar. Nos dice, entonces, que Altamira “se opuso a la propuesta de listas únicas del FIT que la dirección del Partido Obrero lanzó en el acto de Atlanta mediante el discurso de Pitrola; que en debate del XXIV Congreso rechazó la campaña por un Congreso del Movimiento Obrero y la Izquierda; que contra esa posición planteaba que la tarea era preparar las ´Paso, las Paso, las Paso´; que difería con el documento votado por el Comité Nacional que caracterizaba que el kirchnerismo, a pesar de la derrota electoral, seguía siendo un obstáculo en el movimiento de las masas; que en el debate del XXV Congreso también polemizó con el documento del Comité Nacional, lanzando la orientación de que el partido debía centrar su agitación en las coordinadoras fabriles y la huelga general, esto en contraposición a la consigna de paro activo nacional y plan de lucha; que en el propio Congreso polemizó con la consigna finalmente votada, que incorporaba a la izquierda en el planteamiento general; y que incluso más cerca en el tiempo, planteó que la Constituyente debía ser convocada por un gobierno de los trabajadores, algo que fue rechazado, a mi entender correctamente. Esta lista es incompleta, pero alcanza y sobra para mostrar que la afirmación de Marcelo Ramal no se compadece con la realidad”. La enumeración de supuestos desaciertos políticos en forma sumaria y apresurada no es casual: pretende dejar como verdad establecida lo que no es. Coloca al texto, por cierto, al borde de la insidia. Sólo para detenernos en algunos aspectos, llamo la atención a la crítica del planteo de “preparar las Paso”, que Altamira expresó en diferentes textos entre mediados de 2016 y los primeros meses de 2017. ¿De dónde veníamos nosotros? De las Paso de 2015. Todo indicaba que el PTS buscaría hacer valer la primacía mediática de sus dos principales figuras electorales en una compulsa. Altamira advirtió, reiteradamente, sobre la necesidad de no mirar para otro lado frente a esa realidad, y prepararnos para la confrontación. ¿Qué hay de malo en esto? Una dirección debería ser criticada por lo contrario, a saber, por no preparar al partido para los desafíos que se vienen. Antes de meternos en las “listas únicas” es necesario traer a colación un hecho fundamental: cuando el PTS propuso el acto en Atlanta, el Comité Ejecutivo expresó fuertes reticencias a acompañarlo y el tratamiento en nuestra prensa fue negativo. Los partidarios de las “listas únicas” no queríamos un acto común (porque lo cerraría el PTS, como sigue ocurriendo), y menos en “una cancha”. Fue Altamira, el denominado enemigo de las “listas únicas”, quien insistió en que recogiéramos el guante y en especial en un estadio abierto, porque así se situaba en el terreno que siempre habíamos reclamado para el Frente -que emergiera ante los activistas y luchadores como alternativa política. Por eso, y en un texto previo a ese acto, Altamira interpretó a Atlanta como ¡“una autocrítica del FIT”! en relación con su inacción anterior. Los textos de Altamira en ese período tienen un hilo conductor: politizar la lucha al interior del FIT, evitar el faccionalismo, prepararnos para una posible confrontación con planteos estratégicos. Salas no solamente está lejos de apreciar esta batalla política, ¡simplemente no dice la verdad! Salas: te dejaste llevar por otro faccionalismo, el que recorre el interior del Partido Obrero y que exige una defenestración política de Altamira. Nuestra propuesta de listas únicas que lanzamos en Atlanta (noviembre de 2016), y también IS, no tuvo resultados; fue lanzada en forma gratuita frente a un adversario que buscaba sacar el mayor provecho para sí mismo. Altamira criticó este método, al que juzgó potencialmente peligroso para un buen resultado final. Advirtió, ya en vísperas del Congreso del Partido Obrero de 2017, que “El llamado a un Congreso del Movimiento Obrero y de la Izquierda es una base estrecha para encarar la crisis del FIT y las Paso, y es un ángulo equivocado para clarificar de qué lado está cada uno en el FIT” (“El rebobinado no puede esperar”, Boletín Interno de marzo de 2017). A nuestras convocatorias, el PTS había respondido… ¡con la instalación de Del Caño en la provincia de Buenos Aires! En definitiva, advirtió sobre la probabilidad de que el PTS insistiera en las Paso y propuso un método para abordarlas: “Nuestra preocupación fundamental no debe ser correr detrás de las elecciones ni aventajar a la izquierda, sino preparar fuertemente al partido para intervenir en la lucha electoral, tanto a la base como a la dirección, mediante un desarrollo explícito de consignas y reivindicaciones vinculadas con la situación política en curso, una línea de delimitación con la izquierda que sea comprensible al menos para la masa de luchadores y un método de organización que permita una utilización óptima de los medios de comunicación que existen en la actualidad” (“A rebobinar”, Boletín Interno de marzo de 2017). Sobre esta base, Altamira criticó el contenido de las “conferencias electorales” adelantadas de Capital y provincia. Advirtió sobre la necesidad de abordar con este método las relaciones al interior del FIT -desarrollo de consignas, delimitación- incluso para la variante en que llegáramos a un acuerdo, que el propio Altamira consideró en varios de sus textos en el Boletín Interno (conocidos por todos). Ya con los tiempos casi agotados, el PTS se avino a una negociación, que en puntos importantes no eran convenientes para nosotros -la exclusión de Néstor de la lista de diputados. Es así que convocamos a una conferencia de emergencia (junio 2017), que fuera votada por el Congreso partidario en abril. Los delegados a esa conferencia saben muy bien que una mayoría de compañeros del Comité Ejecutivo ingresó a ese plenario con la posición de considerar la ruptura del FIT, debido a la pelea por distintas posiciones electorales. En el debate de la conferencia, Altamira tomó la iniciativa de rechazar cualquier ruptura, con dos planteamientos que fueron recogidos luego en la resolución final de la conferencia. Primero, señaló que los conflictos al interior del FIT refractaban las tendencias más generales del movimiento de las masas, incluso a escala internacional, donde las irrupciones de la juventud o de la mujer se encontraban al mismo tiempo cruzadas por fuertes tendencias políticas de carácter democratizante, que también tenían lugar al interior del FIT -por caso, las exaltaciones al populismo anticapitalista. A partir de esta caracterización, Altamira rechazó cualquier ruptura en ese momento, señalando que la lucha y la delimitación política con las tendencias democratizantes debían operarse aún al interior del Frente de Izquierda, y advirtió sobre el carácter letal -para esa lucha política- de una ruptura apresurada fundada en una pelea por candidaturas. Todo esto, mal que le pese a Salas, es mucho más complejo y rico que decir que “Altamira quería las Paso”. En el momento crucial, “las listas únicas” fueron salvadas por la aprobación casi unánime del planteo de Altamira. La secuencia sumaria de Salas contra Jorge pasa otras facturas -por caso, la de haber trazado la perspectiva de la huelga general como expresión de una lucha resuelta y de conjunto contra el régimen. Fundamentando el planteo, Altamira escribió un resumen histórico de la huelga general desde 1969, para el Boletín Interno. Salas debería explicar por qué, después del XXV Congreso del PO, casi todos los editoriales y artículos sindicales del Partido Obrero han planteado la perspectiva de la huelga general. Todavía más caprichosa es la mención de que Altamira criticó el señalamiento de un texto del Comité Nacional que decía que el kirchnerismo “continuaba siendo un obstáculo en el movimiento obrero”. Lo que Altamira reclamó es que el Comité Nacional se hiciera cargo de esa caracterización formulando una política, de lo contrario era una “pálida” o derrotismo. En relación con el informe político al Congreso de abril de 2017, redactado por el Comité Nacional, Altamira señala que el informe “convierte al kirchnerismo en una suerte de ‘enemigo principal’, un lugar que debiera ocupar el gobierno y la ‘coalición a la carta’. Si partimos de que hay una crisis de poder (eso decía la dirección del partido en ese momento, MR), poner a los K en ese lugar sería inadmisible e incomprensible. Lo que ocurre es que el informe está concebido en formato electoral, y ligado a las Paso, como antesala de la elección general”. “El asunto es la vía política para dar vuelta la taba de la ofensiva capitalista.” Esto lo dice Altamira. Sigue: “Es un campo abierto donde los K no tienen la iniciativa porque no tienen una política de clase; lo prueba la burocracia de la Federación Gráfica (…) Estamos todavía en pleno desarrollo de la crisis del kirchnerismo (…) Es necesario trabajar esa crisis con una política, no solamente con la crítica puntual, el recuerdo de cuando fue gobierno, o limitarnos a Milani. Cuando se juega una caracterización, hay que hacerse cargo de las conclusiones”. El debate, otra vez, era bien más importante que discutir si el kirchnerismo pesa o no entre los activistas. La cuestión giraba en torno de la política nuestra en torno de los activistas influenciados por los K. Es bueno recordar que, mucho tiempo después, en ocasión del 21F, un artículo de balance de Altamira criticaba por primera vez la tesis lanzada por Moyano en ese acto -“hay 2019”. El artículo señalaba que el kirchnerismo y el moyanismo postergaban la lucha contra el gobierno en aras de la batalla electoral que tendría lugar un año y medio después. Esa política -señalaba Altamira- no sólo renunciaba a la lucha, sino que pavimentaba el camino de una posible reelección de Macri, si este lograba mostrarle a la burguesía que había conseguido doblegar al movimiento obrero. Lamentablemente, este artículo no vio la luz en Prensa Obrera: el Comité Ejecutivo rechazó mayoritariamente publicarlo, con el argumento de que trazaba una perspectiva -la de la huelga general- que no formaba parte de la posición política dominante en el Comité Nacional. Sin perjuicio de ello, esa crítica a la dilación hasta 2019 fue ampliamente copiada en diversas notas y editoriales. Estas puntualizaciones sobre el pasado reciente son importantes debido a la insidia que recorre la polémica, como se ve en la arbitrariedad del recuento que hace Salas para impugnar a Altamira. En el período que él cita, Altamira también escribió la crítica al PTS por el populismo anticapitalista y a su adaptación al feminismo liberal; la delimitación con el grupo italiano… En el plano interno, se ocupó de enmendar nuestra tendencia a calificar al macrismo como “estado de excepción”, lo que equivalía a absolver al pejota-kirchnerismo de su responsabilidad en la política antiobrera y represiva del régimen de la coalición a la carta. También criticó nuestra caracterización de que ese régimen atravesaba, desde 2015 hasta la crisis de diciembre 2017, una “crisis de poder” (el catastrofismo, como se ve, es capaz de distinguir, mejor que sus críticos realistas. los flujos y reflujos de las crisis políticas). Esta crítica fue recogida en las resoluciones finales del Congreso del Partido Obrero de abril de 2017. Como se ve, mi “culto a la personalidad” se preocupa por identificar el hilo conductor de la política que sostiene la persona en cuestión. Si Salas, con cuarenta años de demora, arriba a la conclusión de que Altamira es objeto de culto, significa que nunca entendió la historia del partido, y que practicó seguidismo a la carta. “Faccionalismo” En el comienzo de su texto, Salas señala que el debate en curso debe ser “debidamente caracterizado”. Al interpretar el debate y hasta las intenciones de sus protagonistas, Salas cambia el eje de la polémica y se desliza al subjetivismo y al faccionalismo. “La búsqueda de diferencias estratégicas -dice-, nunca demostradas, tiene un peligroso carácter faccional que debe ser rechazado y que puede dar lugar a un intercambio de posiciones que luego no sepamos cómo empezaron”. Salas dice que no sabe cómo empezó el debate, lo que es falso, porque sabe muy bien que no lo inicié yo ni Altamira. Si por un momento fuera verdad que “no sabemos de qué estamos discutiendo”, ¿por qué no le enrostra el fardo a quien inició la polémica, o al menos lo incluye en la imputación? Salas nos dice que no sabe de qué está discutiendo, pero discute igual, y cambia de tema todo el tiempo. Pero más allá de esta arbitrariedad, sí sabemos de “qué estamos discutiendo”. “Estamos discutiendo” sobre la incapacidad del capitalismo en sostener un período duradero y estable de iniciativas políticas. Esta capacidad de iniciativa es lo que entiende el PTS por “crisis orgánicas”; la enfermedad avanza, pero el físico sigue en forma. Mientras ustedes asumen que el fascismo continental en grado de tentativa es una expresión de esa “iniciativa estratégica”, nosotros vemos en Bolsonaro al fracaso de todas las tentativas previas del capitalismo brasileño por “disimular su dominación” (JA). Ello no le impidió al Partido Obrero, y en otro texto de Altamira, caracterizar a la victoria de Bolsonaro como un revés para las masas del continente. Pero ese revés debe ser situado en una cierta perspectiva y etapa histórica -su comprensión consciente, por parte de la izquierda revolucionaria, la transforma en alternativa potencial a la barbarie fascista. Todos los debates que se precien de tales, en la historia del marxismo y del socialismo, se han medido con la vara de las cuestiones estratégicas. Esto, que debería calificar a un debate, es sin embargo ninguneado por los compañeros: “se fuerzan diferencias, no sabemos qué estamos discutiendo”. En vez de echar luz sobre el debate, se levanta una polvareda e, incluso, una advertencia (“faccionalismo”). Sobre los que se interesen en esta discusión, ¿caerá la misma sospecha que se levanta sobre los que estamos escribiendo estas líneas? Trabajo internacional En su crítica con “final abierto”, Salas suma su voz a la crítica al trabajo internacional. En este caso, vuelve a la carga contra la reciente Conferencia Latinoamericana, y se burla de mi alusión a la militante nicaragüense que sembró ilusiones en la intervención de la OEA sobre su país (pero no sobre la política del Partido Obrero con la OEA bajo la dictadura militar, según explicó Rafael Santos, ni sobre las recientes reuniones con guerrilleras combativas que rompieron con el sandinismo). “No estamos en un congreso de derechos humanos -se queja Salas-, sino en un reagrupamiento para reconstruir la IV Internacional”. ¡Ni una palabra sobre documentos ni debates! Sólo se pronuncia para castigar a una derecho-humanista. Para denostar a la conferencia, Salas se pone -sólo por un momento- el traje del sectario incurable: no quiere intervenir en la realidad para desarrollar conclusiones sobre ella, quiere una realidad a la medida de sus conclusiones. Mal que le pese a Salas, la historia de las internacionales ha seguido nuestro método, no el de él. Volviendo sobre un tema de nuestros debates, en un texto de 1933, Trotsky evoca a las conferencias de Zimmerwald y Kienthal. Allí, no sólo refiere al carácter minoritario de las reuniones, sino -más aún- al carácter ultraminoritario de quienes en aquellas conferencias defendieron convertir a la guerra imperialista en guerra interior y revolución: “la mayoría estaba constituida por elementos centristas de derecha”, señala Trotsky, citando el caso del socialdemócrata Ledebour, el cual ¡en Zimmerwald! planteó que no quería votar… contra el presupuesto de guerra de la burguesía alemana. ¿A qué texto de Trotsky nos referimos? A uno llamado “¿Exito o fracaso? Algo más sobre la Conferencia de París” (1933), donde el fundador de la IV Internacional polemiza con algunos de sus compañeros en relación con la conferencia que tuvo lugar en ese año, con la participación de varios grupos europeos escindidos “por izquierda” de la socialdemocracia, y a donde resolvieron concurrir los bolcheviques-leninistas. Contra las objeciones que le hicieron sus compañeros por haber participado de aquella conferencia, Trotsky reivindicaba el haber concurrido a defender un programa y una estrategia. Es lo que siempre hizo el Partido Obrero, incluso en los escenarios que no eligió. ¡El PTS todavía nos critica nuestras intervenciones en los Foros de San Pablo, en los años ’80 y ’90! En el período de mayor influencia de la izquierda democratizante continental sobre el activismo obrero y juvenil, fuimos a San Pablo, a La Habana, a México, a Montevideo y a otras ciudades a desarrollar una valiente delimitación política. Alguien dirá que esos Foros no los organizamos nosotros, a diferencia de la conferencia de noviembre pasado. Puro formalismo, cuando de lo que se trata es de exponer un programa y confrontarlo incluso ante los elementos centristas. Salas refiere a un retroceso de nuestro trabajo internacional y reclama un balance “a fondo”. No nos dice cuál sería el camino para ello, pero la única pista es una pregunta: “¿no debiera tenerse en cuenta (este retroceso) también como un dato a incorporar en la propia caracterización de la etapa?”. Las dificultades de nuestro trabajo internacional, para Salas, habría que achacárselas a la “iniciativa estratégica” de la burguesía. Como se ve, esta “iniciativa” se eleva a la condición de todoterreno y deja de lado la lucha de ideas, programas y partidos. Mal que nos pese, Salas, el malhadado Altamira ha ido más lejos en una comprensión de la CRCI y su balance. Todo ha sido publicado y fue objeto de intensas polémicas políticas, desde la crisis griega de 2012 y el ascenso de Syriza hasta la defección del grupo italiano y la polémica con los compañeros del DIP. En la CRCI hay una polémica incesante sobre esto y propuestas acordes con ello. Salas no se detiene en nada de esto, pero se apresura a confrontar nuestro estancamiento… con el desarrollo que sí le atribuye al PTS, para enseguida apelar a otro método largamente trajinado en este debate: el de las “preguntas sin respuesta”, a sabiendas, sin embargo, de que tales respuestas están. Salas se ataja: “No planteo tomar al PTS como ejemplo sino preguntarnos por qué ellos han tenido ese avance, a qué orientación política responde y así ayudar a precisar nuestro trabajo”. ¿No sabés, Salas, a “qué orientación política responde” el PTS? Esa orientación es la del entrismo sin bases de principios en el NPA, en la tentativa entrista sin principios en el PSOL, que se tradujo en el acompañamiento a la candidatura recontrapatronal de Erundina; en el populismo anticapitalista, para abrirle curso al coqueteo sin principios con el feminismo liberal y al propio nacionalismo burgués, como se reveló con el kirchnerismo en la Argentina. En la “crisis orgánica” y el gramscianismo como recurso para negar la envergadura de la crisis capitalista. Esta es la “orientación política” internacional del PTS, la nuestra está en el “renacimiento de la internacional” y en todos los documentos previos. Por último, y para terminar este capítulo: lamento, de verdad, que la Comisión internacional, luego de tres críticas sucesivas a la reciente conferencia que ella organizó, no haya tomado el guante de su defensa. Ello revela, a mi juicio, una escasa convicción respecto de los objetivos que nos planteamos en el trabajo internacional. ¿ Una “deconstrucción” del Partido Obrero? El texto de Salas retoma varios ejes abordados en posiciones anteriores que me tocó criticar. Hay que señalar, sin embargo, que va más lejos en lo que ya caractericé como un peligroso principio de regresión política. Desprecia el debate en curso, acusa de faccionalismo a quienes hemos buscado una delimitación de principios; convierte la defensa de un programa en una lealtad personal e, inversamente, se descerraja en un ataque personal injurioso para abrirle las puertas a la revisión de ese programa, sin arribar, sin embargo, a conclusiones definidas. Nadie pone fecha a este principio de revisión política, y obviamente es difícil hacerlo. En la noche de la derrota electoral de 2015, Altamira trazó un principio de conclusión de ese resultado: el FIT es, aunque sólo en parte, un canal del activismo y los luchadores, y mucho más un canal del democratismo. Las posiciones que hemos criticado en esta polémica son una expresión programática, y por momentos teórica, de esas presiones. Por mi parte, defiendo lo que señala el Programa de Transición: “La burguesía misma no ve una salida. En los países en que se vio obligada a hacer su última postura sobre la carta del fascismo marcha ahora con los ojos vendados hacia la catástrofe económica y militar. En los países históricamente privilegiados (…) todos los partidos tradicionales del capital se encuentran en un estado de confusión que raya, por momentos, con la parálisis de la voluntad. (…) El cuadro de las relaciones internacionales no tiene mejor aspecto. Bajo la creciente presión del ocaso capitalista, los antagonismos imperialistas han alcanzado el límite más allá del cual los conflictos y explosiones sangrientas (Etiopía, España, Extremo Oriente, Europa Central…) deben confundirse infaliblemente en un incendio mundial. En verdad, la burguesía percibe el peligro mortal que una nueva guerra representa para su dominación, pero es actualmente infinitamente menos capaz de prevenirla que en vísperas de 1914. Las charlatanerías de toda especie según las cuales las condiciones históricas no estarían todavía ‘maduras’ para el socialismo no son, sino, el producto de la ignorancia o de un engaño consciente. Las condiciones objetivas de la revolución proletaria no sólo están maduras sino que han empezado a descomponerse. Sin revolución social en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo amenaza de ser arrasada por una catástrofe. Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”. 2/1/19

1 de agosto de 2019
El fascismo sin clases: respuesta a Marcelo Ramal

En el transcurso de la polémica desenvuelta con Pablo Giachello, Marcelo Ramal produjo un texto notable, que tiene que llamar la atención de todo el partido. En primer lugar, por la caracterización del fascismo. Dice Ramal: “El fascismo es un producto de la catástrofe capitalista, y no la ‘sagaz estrategia’ del capital para derrotar a las masas”. Luego ahonda el punto sosteniendo que “Salas retrocede en el tiempo hasta el nazismo y el fascismo, señalando que ‘fue estimulado por los países imperialistas para frenar a la URSS’. Es una frase ambigua, porque no dice si promovió su ascenso o buscó aprovechar su consolidación. Lo único cierto, fundamental y seguro, Salas no lo dice, a saber: 1) el hundimiento social de la pequeña burguesía y 2) la traición de los partidos comunista y socialista y de la Internacional estaliniana”. Tenemos: 1) que el fascismo no es una estrategia de la burguesía; 2) que la burguesía imperialista no promovió el ascenso del fascismo para enfrentar la URSS, y 3) que el fascismo implica el hundimiento de la pequeña burguesía y la traición estalinista. El fascismo sería: 1) un producto de “la crisis” y 2) un movimiento autónomo de la pequeña burguesía arruinada, aunque luego la burguesía “aprovechó su consolidación”. De ninguna manera una “estrategia de la burguesía”. Este análisis no resiste los hechos. Las tendencias fascistas fueron alimentadas conscientemente por la burguesía europea contra el avance de la revolución. Primero, sosteniendo los ejércitos blancos en Rusia; luego en Hungría, como revanchismo a la revolución fracasada bajo el liderazgo de Bela Kun; en Italia, utilizando incluso a elementos provenientes del Partido Socialista; posteriormente en España, cuando los gobiernos liberales le negaron todo apoyo a la república, alimentando el triunfo de Franco y, en Alemania, cuando la gran burguesía, luego del fracaso republicano, se decidió por el apoyo a Hitler. Cuando la burguesía alemana apoyó a Hitler, el imperialismo ya venía hacía década y media apoyando la carta del fascismo contra el bolchevismo en diferentes países de Europa. No la tomó por sorpresa. Veamos cómo definía Trotsky el fenómeno, en la década del ’30 ( ¿ Adónde va Francia?): “El fascismo encuentra su material humano sobre todo en el seno de la pequeña burguesía. Esta es totalmente arruinada por el gran capital. Con la actual estructura social, no tiene salvación. Pero no conoce otra salida. Su descontento, su indignación, su desesperación, son desviados por los fascistas del gran capital y dirigidos contra los obreros. Del fascismo puede decirse que es una operación de dislocación de los cerebros de la pequeña burguesía en interés de sus peores enemigos. Así, el gran capital arruina primero a las clases medias y enseguida, con ayuda de sus agentes, los mercenarios, los demagogos fascistas, dirige contra el proletariado a la pequeña-burguesía sumida en la desesperación. No es sino por medio de tales procedimientos que el régimen burgués es capaz de mantenerse. ¿Hasta cuándo? Hasta que sea derrocado por la revolución proletaria”. La caracterización del fascismo como una iniciativa del gran capital en una fase de bancarrota de alcance histórico, para dirigir a las masas de la pequeña burguesía arruinadas contra la clase obrera, es un punto central en el acervo teórico del marxismo. Esta caracterización muestra hasta qué punto está dispuesta a llegar la burguesía, ahogando en sangre de campos de concentración a media Europa, para resguardar su dominio social. Es cierto que la burguesía solamente abraza al fascismo frente al fracaso de los métodos de dominación “clásicos” -el parlamentarismo-, pero no se puede, en nombre de eso, negar que se trata de un método de clase para aplastar al movimiento obrero. En contra de esta posición, los liberales presentan al fascismo como un resultado político ajeno a los métodos y objetivos del gran capital. Para ellos, la democracia y la burguesía liberal fueron atenazadas entre dos fuegos cruzados de “totalitarismos” simétricos, causados por la bancarrota económica y la crisis de la democracia: el comunismo y el fascismo. El fascismo no sería entonces un arma de clase (una “sagaz estrategia”…) sino un fenómeno de confusión de masas “autónomo” de la burguesía, la cual sería “de naturaleza liberal”. Ramal se acerca a la caracterización liberal. ¿Y Bolsonaro? A Bolsonaro lo apoyó, primero, la burguesía agraria, los evangélicos, el ejército y el imperialismo norteamericano y, finalmente, se ganó el apoyo de la burguesía en su conjunto. ¿Por qué lo apoyan? Porque fue capaz de ganar el apoyo de las masas de la pequeña burguesía e incluso de un sector de los trabajadores, golpeados por la crisis, a una salida ajustadora, del “orden” militar frente a la descomposición social, de “resguardo de la familia” contra el movimiento de mujeres y los colectivos LGTB, de defensa del ejército como herramienta represiva, etc. Una “sagaz estrategia” para llevar adelante las tareas en las que fracasaron los golpistas “liberales” como Temer: bajar el salario mínimo, instalar un virtual estado de sitio, dar rienda libre al “ajusticiamiento” de activistas como Marielle Franco, hacer pasar la reforma jubilatoria o una nueva reforma laboral regresiva. Con este apoyo, la “sagaz estrategia” ha ganado con el 55% de los votos, instalando el gobierno más antiobrero desde la dictadura militar. Ramal señala que la burguesía ha debido apelar a un gobierno que delata su contenido de clase. Esto es cierto, pero a diferencia del pasado, en que lo hacía con golpes de Estado, ahora lo ha hecho recurriendo al mecanismo electoral. O sea que luego de imponer un golpe de Estado, primero contra Dilma y luego proscribiendo a Lula, la burguesía logró que el candidato de extrema derecha sea votado por un sector amplísimo del electorado. No fue lo que ocurrió luego del golpe que lo destituyó a Perón, cuando la clase capitalista debió esperar tres años para convocar a elecciones. La burguesía brasileña deberá hacerse cargo políticamente de todos los crímenes de este aventurero al que impulsó a la presidencia. La concesión política de Ramal a la burguesía, negando su responsabilidad en el fascismo, no podría ser mayor. Catastrofismo e iniciativa Hay que reflexionar sobre el método de análisis que lleva a Marcelo Ramal a hacer este tipo de afirmaciones, que dan por la borda con décadas de lucha política del trotskismo contra el fascismo y contra su interpretación liberal. El debate arrancó con la defensa de la frase sobre que la burguesía había perdido la iniciativa estratégica, que habría pasado potencialmente a la izquierda independiente de los bloques capitalistas. La impugnación de esta frase, por parte de Pablo Giachello, motivó las respuestas de Ramal. La afirmación de que el fascismo es el resultado de la crisis mundial y no de una iniciativa de la burguesía frente a ella para derrotar a las masas parte de un objetivismo que anula el motor de la historia de la humanidad: a saber, la lucha de clases -según Marx y Engels. La crisis mundial, o para ser más preciso, la fase imperialista del capitalismo no anula la acción de la burguesía, sino que, por el contrario, la hacen más agresiva reforzando todos los elementos de la reacción política. La burguesía se ha servido del fascismo contra las masas, pero también ha moldeado a la democracia y ha cooptado a la inmensísima mayoría de la izquierda mundial a la defensa de su régimen social. Si eso no es tener iniciativa, entonces las palabras han perdido sentido. Por eso, en vez de negar de antemano la capacidad de iniciativa de su enemigo estratégico, lo que corresponde a un partido revolucionario serio es mostrar en la práctica una mayor capacidad del proletariado y la suya propia como organización política. En su respuesta a Ramal, Solano caracterizó que esta posición es típica del fatalismo, que se diferencia del planteamiento revolucionario en negar la lucha de clases como motor de la historia. La importancia de la crítica al fatalismo debe ser desarrollada aún más, porque se enlaza con cuestiones vitales del desarrollo de un partido. En el texto de Ramal, la negación de la lucha de clases llega a niveles de paroxismo cuando afirma que “Macri perdió la iniciativa política enseguida, después de dos victorias electorales, como consecuencia de una crisis mundial que se desarrolla en un marco de decadencia del capital”. ¡Extraordinario! Se olvidó de las jornadas de diciembre. Deberíamos reescribir todos los documentos del último congreso a la luz de esta novedosa revisión política. La repetición del mismo patrón de “olvidos” muestra que se trata de un retroceso metodológico de fondo. Ramal responde a quienes sostienen que el triunfo de Bolsonaro muestra una iniciativa de la burguesía, tildándolos de anticatastrofistas. Pero se trata de una maniobra para tratar de colocarse formalmente a la izquierda, algo que no sirve para hacer avanzar un centímetro la comprensión del partido sobre el debate en curso. No se puede citar ni una frase del debate que cuestione el catastrofismo. Lo que han hecho correctamente los compañeros es poner al partido en guardia ante una tendencia a negar la importancia determinante de la lucha de clases. Seamos claros: la catástrofe de nuestra época es que la burguesía ha preservado su dominio político estirando las posibilidades de supervivencia de un régimen social agotado. Sin “iniciativa” política de la burguesía, llevando al mundo a la catástrofe para defender un capitalismo agotado, no habría capitalismo. ¿O qué otra cosa son las guerras, las masacres, el fascismo sino las iniciativas bárbaras de la burguesía para defender su propia hegemonía? El agotamiento del régimen se manifiesta en bancarrotas económicas y crisis políticas, pero también en la naturaleza decadente y catastrófica de las iniciativas de la burguesía. Como decía Trotsky en la cita previa. “¿Hasta cuándo? Hasta que sea derrocado por la revolución proletaria”. Este punto metodológico fue desarrollado a fondo por Trotsky en su texto Una escuela de estrategia revolucionaria, que los interesados en el debate deberían leer. En él, al contrario de lo que sostenían los críticos del catastrofismo, analiza los desequilibrios de fondo del capitalismo de posguerra, pero muestra la variedad de recursos políticos de la burguesía para enfrentar, contener y, en última instancia (como se mostró luego), derrotar un movimiento revolucionario que venía de un enorme ascenso. Trotsky llamaba a los partidos comunistas a intervenir con los recursos políticos adecuados para enfrentar la “estrategia contrarrevolucionaria” de la burguesía. Lo contrario al fatalismo. El propio Bolsonaro muestra la bancarrota ineludible del capital. Si la burguesía brasileña necesita, para sostenerse, de un régimen bonapartista, oscurantista, apoyado en los evangélicos, anticientífico y contrario a todo progreso del movimiento de mujeres, este hecho por sí sólo muestra la decadencia de dicha burguesía como factor de cualquier progreso democrático o nacional mínimos. Otra cosa es decir, como afirma Ramal, que Bolsonaro es el resultado de la crisis capitalista y no de una iniciativa de clase. Volvemos a lo mismo: las crisis no niegan las iniciativas de clase, las requieren de manera más urgente. ¡Justamente el hecho de ser el resultado de una iniciativa de clase pinta a esa clase de cuerpo entero! Más fatalismo: “Las crisis que desatará el plan de ajuste de Bolsonaro serán más severas que las de Macri; la incapacidad del régimen para enfrentarlas o simplemente la derrota de sus planes dejaría al país a las puertas de una situación prerrevolucionaria”, Bolsonaro quiere aplastar las organizaciones obreras, una situación prerrevolucionaria dependerá del éxito o fracaso de esta tentativa. Sin una acción histórica de las masas, no habrá situación prerrevolucionaria ni iniciativa estratégica de la izquierda revolucionaria (ni siquiera potencial). Y las masas entran golpeadas a esta etapa histórica. Más de Ramal: “La resistencia popular, cuyas reservas se encuentran intactas”. ¿El triunfo de Bolsonaro no tiene consecuencias para las “reservas” del movimiento popular? O dicho de otro modo: ¿el impasse en la lucha de clases en Brasil, por la crisis de dirección del proletariado que siguió al PT, no está ligado al triunfo de Bolsonaro? La clase obrera ha sufrido golpes duros, por la reacción de la burguesía y por su subordinación al PT. Deberá atravesar una experiencia, explotar los límites y contradicciones de Bolsonaro en el marco de la crisis mundial, para desarrollar una oposición y una movilización política contra el gobierno, sacando un balance a fondo de la política del PT. La bancarrota capitalista es un escenario de virajes políticos y crisis, nada asegura la estabilidad del régimen. Pero los trabajadores deberán atravesar una prueba dura frente a un gobierno que viene dispuesto a modificar la relación de fuerzas en favor de la burguesía. Metodológicamente, es preciso sacar la conclusión de que no diferenciar en el análisis la bancarrota capitalista de las tendencias de la lucha de clases conduce a una confusión teórica y política monumental. En la parte final de su texto, Ramal sostiene que el texto de Salas se enmarca en una presión democratizante que sufre el partido a través del FIT. Nada de eso. Lo que hay, en realidad, es una afirmación temeraria sobre la pérdida de iniciativa de la burguesía, que habría pasado potencialmente a la izquierda, que un grupo de compañeros ha puesto en discusión correctamente, porque el que ganó fue Bolsonaro, mientras la izquierda obtuvo una votación marginal. Nuestra política en los ’90 estuvo marcada por el Santiagueñazo, es cierto, pero cuando en 1999 enfrentamos un retroceso electoral titulamos “El Partido Obrero, a prueba”, buscamos explicar los factores que nos habían llevado a caracterizar erróneamente la elección, e hicimos una indagación a fondo sobre las tendencias subjetivas de las masas en el cuadro de la situación política del momento. Ahora, se llama a aceptar acríticamente una frase que afirma que la iniciativa la perdió la burguesía y ha pasado a la izquierda revolucionaria, luego del triunfo electoral de Bolsonaro y una elección marginal de la izquierda. El retroceso es total. Un partido que no reflexiona sobre sus caracterizaciones a la luz de los hechos está condenado a ser una secta. Ultimo, sobre el rol de Altamira Simplemente para dejar las cosas en su lugar, el texto de Salas no descalifica las posiciones que Altamira defendió, sino que llama la atención del hecho de que Altamira defendió numerosas posiciones en minoría. Quien lea el texto de Salas se dará cuenta que él no busca entrar en el mérito de cada posición de Altamira, sino refutar la afirmación de Ramal de que ha sido Altamira quien orientó el partido en los últimos años -una defensa horrible del método de dirección personal que, además, no se condice con lo que sucedió. Lo que resulta ya sorprendente de la respuesta de Ramal a Salas es que defiende posiciones críticas de Altamira contra decisiones del Comité Nacional y/o Ejecutivo que el propio Ramal votó. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de posición pero, por el bien del debate, es necesario al menos que se lo aclare y en lo posible que se explique los motivos. Porque si no el culto a la personalidad alcanza dimensiones desconocidas. La idea de que las ideas del Partido Obrero son las ideas de Altamira es un error personalista. Altamira es fundador de un partido que ha crecido, ha ganado una extensión nacional, ha formado cuadros en todo el país, y que tiene un régimen de dirección colectiva, con congresos anuales, en el cual el mismo Altamira participa, con posiciones que son adoptadas en algunos casos y en otros rechazadas o reformuladas, luego del debate. Por ejemplo, en su propuesta de resolución a la Conferencia Latinoamericana, Altamira incluía la propuesta de Asamblea Constituyente para Brasil, que fue abandonada luego de un debate. La identificación de un programa con una determinada persona (un hombre-programa) no sólo es erróneo sino también peligroso, porque de ahí se deriva que una crítica a posiciones de Altamira ya son per se una ruptura con la tradición teórica del partido y el pasaje a posiciones democratizantes. El Partido Obrero aborda hoy nuevas situaciones y desafíos que deben ser discutidos por su militancia y su dirección. El personalismo conduce a tergiversaciones notables: Ramal sostiene que Altamira anticipó el triunfo de Bolsonaro, mientras “sus críticos [los de Altamira] en cambio, destacaban desde las páginas de Prensa Obrera que era Haddad quien gozaba de los favores del imperialismo de cara al balotaje”. Pero, 1) Ramal es el responsable de Prensa Obrera, por lo tanto, interviene en sus artículos internacionales, Prensa Obrera es un organismo de partido, no un foro de libre pensadores; 2) ninguno de los “críticos” de Altamira en este debate escribió sobre Bolsonaro (escribió Pablo Heller), por lo tanto, no se sabe de qué habla; 3) Altamira sostuvo en Página/12: “El carácter del balotaje, por último, dependerá del realineamiento de fuerzas, luego de la primera vuelta. The Economist ya advirtió que, para el capital europeo, Bolsonaro y un golpe militar serían los males mayores” (“Scioli, Correa, Lula y Bolsonaro”, 2/10); 4) el artículo en debate (“Panorama mundial”, de Jorge Altamira) no nombra a Bolsonaro. La comparación de Altamira con Lenin está fuera de lugar, así como el Partido Obrero no se ha ganado el lugar de compararse con el partido bolchevique. Es una jactancia que nos ridiculiza, somos un partido pequeño que, además, enfrenta desafíos complejos. No nos hemos ganado el lugar que tuvo el bolchevismo en la consideración de las masas, ni el partido ni tampoco Altamira. Lenin por otro lado, no hace falta mencionarlo, fue un dirigente de partido, y los choques con Lenin de los Trotsky, Kamenev, Zinoviev u otros dirigentes no los apartaron del bolchevismo. Cuando Ramal acusa a Salas o Giachello de romper con el catastrofismo o con la tradición histórica del partido, o condenarlo a una vitrina decorativa por el debate y las posiciones que estos compañeros desarrollan respecto de posiciones de Altamira, está llevando el debate a un terreno rupturista. Cuidemos al partido, una construcción colectiva de toda la militancia sobre la base de un programa revolucionario. 9/1/19

1 de agosto de 2019
Para la Resolución Política que discutirá el XXVI Congreso

El derrumbe económico y financiero que se manifestó a partir de abril de 2018 ha provocado un rápido agotamiento político del gobierno macrista y una crisis del conjunto del régimen político, a saber, del sistema de “coalición a la carta” establecido con el peronismo y la burocracia de los sindicatos. El kirchnerismo formó parte de esa coalición en la práctica con su planteo de aguantar hasta 2019. La descomposición política del régimen presente constituye, en principio, una reversión de tendencia, del llamado “ciclo derechista” que arranca en las elecciones de 2015 y prosigue en las de medio término en octubre de 2017. Se ha abierto, en consecuencia, una transición política que envuelve a todas las clases y fuerzas políticas en presencia. Es decir que se desarrolla una disputa para determinar el curso de esta transición, desde el capital financiero y la burguesía en su conjunto a la clase obrera. La gravitación de cada uno de los actores en conflicto deberá variar con el desarrollo de la misma crisis. Asistimos a una transición política condicionada por el escenario latinoamericano e, incluso, internacional. Por un lado, tenemos las victorias del “correísmo” en las elecciones municipales de Ecuador, un cimbronazo considerable cuando han transcurrido solamente dos años del cambio de camiseta de Lenin Moreno. De otro lado, el gobierno de Bolsonaro atraviesa un impasse que puede ser catastrófico, si en verdad refleja en forma aguda, como lo presenta la prensa, un enfrentamiento del ala militar del gobierno con la camarilla fascistoide. El telón de fondo de la crisis brasileña, la acentuación del retroceso económico y los alcances explosivos del plan económico de la camarilla financiera, que lo mira en el espejo de la experiencia de Argentina. A este panorama se suman las grandes movilizaciones indígenas en Colombia, la rebelión popular en Haití, que plantea la caída del gobierno y las movilizaciones migratorias a México y Estados Unidos. La ofensiva renovada del imperialismo contra Venezuela se inserta en este escenario de antagonismos sociales y políticos crecientes. Numerosos voceros del imperialismo, en Europa y Estados Unidos, dan por caduca la “operación Guaidó”. El ala Trump-Bolsonaro contraataca con la amenaza de una acción militar. La crisis ha asumido un carácter internacional aún más amplio al involucrar a Rusia y a China como alternativa al bloqueo financiero y petrolero del imperialismo contra Venezuela. La ofensiva iniciada por el imperialismo se encuentra condicionada por estas contradicciones explosivas, cuando al mismo tiempo está en la balanza la guerra económica contra China y la ofensiva “geopolítica” contra Rusia en los Balcanes y el Cáucaso. Por otro lado, la previsión de una recesión económica generalizada tendrá un impacto negativo sobre el manejo del defol y del plan del FMI en Argentina. Las crisis de los regímenes políticos, como es el caso ostensible de Gran Bretaña, Italia o incluso Alemania ponen de manifiesto la división más profunda de la burguesía mundial desde la última guerra; no se puede descartar un Brexit catastrófico o un descalabro de los partidos de gobierno en las elecciones europeas de mayo. En esta transición política ocupa un lugar fundamental la bancarrota financiera e industrial. La perspectiva de un derrumbe del plan fondomonetarista ha sido señalada por todos los observadores; sólo se encuentra en debate su ritmo y los plazos. El FMI ya ha insinuado otro plan para 2020, ante la evidencia de que la amenaza de defol sigue planteada. La transición política opera dentro de una perspectiva de conjunto -o sea, de alcances sociales y políticos convulsivos. El pago de los vencimientos de deuda pública con el dinero del FMI no ha disipado de ningún modo el defol. Lo demuestra la deuda que vence enseguida después de las elecciones, que cotiza en torno de los 80-85 centavos de dólar, con tendencia a la baja, y, la contrapartida, tasas de interés que superan el 15% anual. Las acciones de los bancos registran caídas sistemáticas en Wall Street, lo que advierte que las ganancias que rinden las Leliq son contables -o sea ficticias-, pues podrían convertirse en pérdidas fabulosas y en la quiebra al conjunto del sistema, en caso de una fuga de capitales y de una megadevaluación. Fue lo que ha ocurrido con el pasaje de las Lebac a la Leliq, cuando los 60 mil millones de dólares de las primeras se convirtieron en los 25 mil millones de dólares de las segundas. Los bancos rechazan, precisamente por este motivo, invertir sus fondos propios en estos instrumentos, y con la posibilidad que les ofreció el Banco Central de invertir en Leliq la totalidad de los depósitos. La caída de la cotización de los títulos públicos a mediano plazo -o sea, la venta de la deuda pública de Argentina a precios cada vez más bajos- provoca una desvalorización de las Leliq, como lo demuestra la obligación de ofrecer una tasa de interés descomunal para que sean aceptadas. La salida a este impasse financiero llevaría a una hiperinflación o a una confiscación parcial de depósitos; es lo que ha ocurrido con las Lebac (deuda con el Banco Central), que fueron convertidas parcialmente en deuda del Tesoro (Lecap). En algunas oficinas internacionales se baraja la dolarización del sistema financiero, como recurso último. A este balance sucinto del estado de la deuda pública federal, debemos añadir la de las provincias, en especial la de Buenos Aires, y la deuda externa privada, que ha llegado a los 100 mil millones de dólares. La deuda externa del Banco Central es igualmente enorme, porque solamente se encuentran en libre disponibilidad 21 mil millones de dólares sobre un monto de reservas de alrededor de 70 mil millones. La crítica que se dirige al FMI por no habilitar el uso de dólares para enfrentar corridas contra el peso es una admisión flagrante de una amenaza de defol. Si el FMI admitiera este uso, como lo acaba de hacer en una mínima parte, arriesgaría el cumplimiento del pago de la deuda externa, que es el objetivo central de todo el plan. Como nunca antes, “la deuda externa” emerge como una cuestión nacional, que afecta al conjunto de la estructura social actual. Es significativo que el derrumbe del fantasioso déficit fiscal cero sea consecuencia de la caída de la recaudación fiscal, porque demuestra que el llamado “ajuste” se come la cola. La exigencia del FMI de elevar impuestos a monotributistas y a consumidores, para compensar esa caída, en medio de un desplome industrial (consumo e inversión), muestra la inviabilidad del plan económico. De otro lado, la baja del déficit por medio de la supresión de los gastos públicos de capital es insostenible para el conjunto de la economía. Argentina no atraviesa una recesión sino un colapso. El macrismo no ha podido reemplazar el gasto público en inversión por el sistema de Participación Público Privado, que pretendía financiar obras por medio de financiamiento internacional, con un costo ruinoso a mediano plazo. El gobierno, luego de las pérdidas sufridas por los fondos internacionales por la devaluación de 2018, ha entrado en un impasse con su propia base social. Cuando un Grobocopatel insiste en que, a pesar de todo, volvería a votar al macrismo para evitar un retorno del kirchnerismo, simplemente da expresión al callejón sin salida en que se encuentra el gran capital en esta fase de la transición política. Un ala de la burguesía vuelve a caracterizar a la crisis presente como un fenómeno explosivo pero de corto plazo, que oculta una salida estratégica que se encuentra en desarrollo. Vuelven a señalar las perspectivas que ofrece la expansión de la agroindustria, el gas no convencional y las nuevas tecnologías. Argumentan que una inserción internacional de estos sectores habrá de proveer las garantías necesarias para una gran corriente de inversión extranjera, lo cual en conjunto permitirá dejar atrás ochenta o noventa años de atraso. Este enfoque traduce las expectativas de un capital que ya se encuentra en movimiento, pero que no reconoce las limitaciones que le impone la crisis mundial. La expansión agroindustrial enfrenta el problema de mercados en reflujo, como el de China, que se manifiesta en la caída de los precios, pero también en el aumento de la industrialización de la materia prima agropecuaria por parte de China. El desarrollo de Vaca Muerta está condicionado a la instalación de grandes inversiones en regasificación en mercados internacionales que ya se enfrentan incluso a una guerra económica entre estados. La penalización de Tecpetrol por parte del FMI, que ordenó reducirle los subsidios del Estado con el argumento del “ajuste”, se inscribe en estos enfrentamientos. Ese desarrollo, por otro lado, opera como una succión de recursos, porque la internacionalización de la economía dejaría fuera del mercado a gran parte de la industria. Una suerte de dolarización económica dejaría afuera del cuadrilátero al Mercosur, una alternativa que cobra mayor fuerza. El impasse histórico de Argentina y América Latina sigue en pie y se profundiza, bajo todas las alternativas de salidas en discusión. La estrategia revolucionaria, debemos concluir, siempre toma en cuenta el conjunto de las tendencias del capital, no las aísla del corto o largo plazo. La Revolución de Octubre, el gran paradigma histórico, fue el resultado, por un lado, de “un cambio de época” del sistema capitalista (guerras y revoluciones) y, por el otro, de situaciones revolucionarias a lo largo de los eslabones de la cadena de la economía y política mundiales de la etapa. La crisis de conjunto del régimen político es una primera aproximación a la caracterización de la crisis en curso. El desfile de la patronal por Comodoro Py; la inculpación a los jueces federales por corrupción en el manejo del tema de los arrepentidos; la demostración del vínculo de los servicios de inteligencia con los fiscales y jueces en operativos de espionaje político y de extorsión económica; el descubrimiento de un sistema de espionaje montado por Patricia Bullrich contra María Eugenia Vidal; la caída, como consecuencia de estas revelaciones, de algunos juicios entablados contra el personal del kirchnerismo -alargando en el tiempo algunos casos contra CFK-; el acrecentamiento de la campaña mediática para imponer una prisión preventiva a CFK; todo esto demuestra un derrumbe extraordinario del aparato mismo del Estado, que no ha dejado de lado a la Corte Suprema. Este derrumbe del Estado ha creado un sistema de golpismo palaciego permanente. Explica, asimismo, el coqueteo de algunos políticos patronales y de algunos punteros con la propuesta de una reforma constitucional. La incapacidad para ofrecer una salida a la crisis del Estado -más bien la ha agravado en forma considerable, es la expresión más aguda del impasse del régimen en su conjunto. La derrota del proyecto de derecho al aborto en el Congreso y la confirmación de una legislación anti-aborto en el proyecto de Código Penal han servido de experiencia al pueblo acerca de las limitaciones insalvables del parlamentarismo, como lo que ha ocurrido asimismo con los proyectos acerca de tarifas. En la crisis de régimen político y del aparato estatal, el Parlamento ocupa un lugar pleno. La lucha parlamentaria socialista para arrancar al Parlamento derechos para los explotados plantea el desarrollo de una lucha de clases enérgica y la denuncia, por lo tanto, del gobierno y del conjunto del régimen político. La llamada “incompetencia” que varios gurúes del establishment patronal atribuyen a los planes del gobierno e incluso del FMI es otra manifestación de la crisis del Estado, incluso a nivel internacional. El entrelazamiento de la anarquía capitalista, por un lado, y la bancarrota económica de los Estados, por el otro, es la base material de la descomposición de los aparatos de Estado y de su función de árbitros últimos de la lucha de clases. La aceleración de la crisis se encuentra entretejida con el desarrollo de la crisis política, y especialmente frente a un escenario electoral de desplome del macrismo. Las encuestas y los medios dan por descontado el fracaso de Macri -solamente se interrogan sobre las alternativas que puedan surgir desde el pejotismo para neutralizar a CFK. El macrismo atraviesa una crisis terminal, que se manifiesta en un sinnúmero de enfrentamientos: Peña-Vidal, UCR-Durán Barba, Macri-Lousteau, división del radicalismo en varias provincias. El ala más gorila de los intelectuales macristas acaba de publicar un manifiesto que reclama, nada menos, que “el cese de la grieta”, o sea un frente nacional con el pejotismo, que encontró una réplica en la escisión de Carta Abierta, que plantea lo mismo desde el lado opuesto. El plan fondomonetarista ha acentuado la fragmentación del macrismo y, bajo la presión de una crisis que amenaza romper los límites actuales, del kirchnerismo. En la vereda de enfrente, CFK no ha hecho pie en las elecciones adelantadas y ha mostrado una vulnerabilidad estratégica al retirar, a dedo, a su candidato en Córdoba. Acostumbrada a ganar en primera vuelta, la jefa K llegaría al balotaje con viento a favor, según las encuestas, pero como una candidata estructuralmente débil, porque no cuenta con las condiciones económicas para una política de concesiones a los trabajadores. A partir de aquí hay una corriente de presión para que CFK se baje de la contienda, alegando que su presidencia enfrentaría un escenario económico e internacional desfavorable. Todas las clases y partidos cabalgan sobre la transición política. La batuta la tienen todavía los partidos patronales; la formación de una conciencia de clase acerca de la crisis actual depende en gran medida de una campaña política socialista. Ninguno de los partidos patronales, sin embargo, incluido el kirchnerismo, plantean cambio de frente en la orientación actual. Ni ruptura con la política fondomonetarista ni con la movilización de las masas para respaldar roces o choques con el imperialismo. La burguesía descarga la crisis sobre los trabajadores con despidos y desvalorización de la fuerza de trabajo, y miles de concursos preventivos de crisis. Pero esta política no la saca de la crisis actual; no alcanza con hacer pagar la crisis a los trabajadores, simplemente porque está agotado su sistema de acumulación y porque la perspectiva de remodelarlo requiere crisis aún mayores. Esta contradicción que consiste en descargar la crisis sobre los explotados, sin por eso abrir una salida al impasse, es la base última que lleva a situaciones prerrevolucionarias o revolucionarias. La salida capitalista reclama, en última instancia, una derrota estratégica de los trabajadores, un retroceso histórico de las masas. La tendencia de fondo de la burguesía nacional es integrar a Argentina al mercado mundial de capitales; no un cambio de frente nacionalista. Contra lo que cuenta el relato oficial, bajo el gobierno K se trabajó en esta dirección en forma muy clara. Ahora, oficialistas y opositores, incluso el FMI, plantean una reestructuración de deuda sin pasar por una declaración de defol. La burguesía sucumbirá a la necesidad de un cambio de frente solamente en el caso de que la transición desemboque en una crisis política generalizada y a una amenaza revolucionaria. En un escenario de recesión internacional y choques económicos y militares entre las potencias protagónicas, la bancarrota económica se va a acentuar, las alternativas en presencia se agotarán con la velocidad de la crisis mundial, y el desarrollo de situaciones prerrevolucionarias y revolucionarias se irá perfilando en medio de estos zigzagueos de la crisis. La revolución proletaria, que es en esencia el auto-movimiento de los explotados por su emancipación, para un partido y para una fuerza política consciente es esencialmente una estrategia. Para una mayoría de observadores, el cuadro de las Paso, que se definirían en junio próximo, dejaría despejada la perspectiva de la crisis hacia octubre. Especulan con la posición que finalmente adopte el kirchnerismo; un éxito de la candidatura de Macri es descartado por todas las consultoras -y, por sobre todo, por el nivel de bronca de las masas. La intención de poner a Lavagna como candidato único del peronismo no K choca con la falta de arrastre que genera en el electorado. CFK tiene en la manga la oferta de una interna a todo el peronismo. Las especulaciones acerca de una candidatura alternativa de Vidal no han cesado, ni una coalición general entre un macrismo desgajado y el Peronismo Federal, que ya probó suerte en la cogobernación en la provincia de Buenos Aires. Vidal ya ha comenzado a maniobrar frente al macrismo de paladar negro de Peña y Durán Barba. La oferta salarial a los docentes produjo un choque con Peña y ha abierto una grieta en el gabinete; ha puesto al gobierno a la defensiva -lo mismo ocurre con diversos fallos de la Corte favorables a las reivindicaciones sociales, que contaron con el voto de Rosenkrantz. Este impasse acentúa la presión por un retiro de CFK -a cambio de garantías y candidaturas legislativas nacionales. Si esto no ocurre, la candidatura kirchnerista se convertiría en un factor de desestabilización política. En lugar de que las elecciones encaucen la crisis, ocurriría lo contrario. Se plantearía una cuestión de poder (salida anticipada de Macri) dentro del proceso electoral. El tratamiento de estas variantes por la prensa demuestra el impasse de conjunto del proceso electoral. En la actual fase de la crisis y la transición política se destacan dos factores. Por un lado, la amenaza de explosión financiera, el desplome industrial y el incremento de la miseria de las masas como consecuencia de la carestía, la desvalorización de los salarios, los despidos y la desocupación. Por el otro lado, la crisis de régimen y del Estado en todas sus dimensiones, a la que se añade la dificultad de la patronal y del imperialismo para armar una salida electoral confiable, a poco más de dos meses de las Paso. El factor más importante es, sin embargo, la lucha de las masas. Desde antes del estallido de la crisis, en el período de iniciativa política de la coalición a la carta, tuvieron lugar luchas importantes -unas de carácter general, otras parciales. La huelga de las mujeres (que prefiguró el futuro movimiento por el derecho al aborto), la rebelión educativa, los paros generales unánimes, la victoria de la movilización sin precedentes del 2×1 -todo esto debe ser caracterizado como un límite extraordinario a cualquier ataque histórico o estratégico contra las masas. Hay que destacar también las ocupaciones de AGR-Clarín y Pepsico y de los pozos petroleros en Comodoro, y las luchas de azucareros en el norte. El macrismo no desarrolló su plan antiobrero sobre masas inertes sino activas. El giro económico del gobierno a finales de 2017, que detonó la presente crisis con un afloje del torniquete financiero y la caída al final de Sturzenegger, fue provocado por la movilización contra la reforma previsional, aunque se haya combinado con una crisis en Wall Street. Ha crecido el odio de las masas, no la resignación, por eso hay una crisis política. 2018 fue el año extraordinario de la lucha de la mujer, con perspectivas de nuevas peleas; ha habido un cambio en la relación de fuerzas entre los movimientos sociales papistas, de un lado, y los movimientos combativos del otro, y un cambio, en consecuencia también, en la presión de los trabajadores desocupados sobre el gobierno y el Estado. En estos momentos se desarrollan las luchas de Interpack y Fate; en Fate, el gobierno pone en práctica una discusión reciente en el gabinete, a favor de atenuar los preventivos de crisis mediante subsidios a las patronales, acompañado de treguas precarias. La cuestión estratégica que plantea esta situación es el contenido político que debe introducir en la vanguardia de estas luchas y en las masas, la izquierda revolucionaria. En oposición a esta alternativa, la política patronal está empeñada en moldear la conciencia de los explotados en sus propios términos, recurriendo al desvío electoral. La función principal de un partido revolucionario es orientar a las masas en el meandro de la crisis política del sistema de dominación. El planteo de “Fuera Macri, Fuera el FMI, Que la crisis la paguen los capitalistas, Constituyente soberana, gobierno de trabajadores”, tomado en forma integral se convierte, en estas condiciones, en el ordenador de toda la política socialista. Debe ser el eje de la agitación política y la vía para verificar en las masas su propia comprensión de la situación y de la etapa. Las reivindicaciones inmediatas transicionales deben integrarse al planteo político de conjunto -de lo contrario, se adaptan a los límites de las luchas parciales. La cuestión del poder es siempre la base de cualquier delimitación política con los partidos patronales y pequeño burgueses. Este planteamiento de poder debe ser contrastado con el desarrollo de la crisis política de aquí en más, en especial porque se avecinan episodios políticos importantes, incluso estallidos financieros. La cuestión de la Constituyente soberana, es decir que asuma el poder del Estado, ocupa un lugar central en el momento presente. Se vincula con la descomposición del Estado, por un lado, y al carácter nacional de la reivindicación del no pago de la deuda externa. La Constituyente realmente soberana sólo puede ser convocada por un gobierno de trabajadores, desarrollando en la clase obrera la necesidad de interesarse por esta lucha y luchar por una posición dirigentes en ella. En oposición a quienes esgrimen consignas democráticas y nacionales para establecer un frente de conciliación de clases con la burguesía, destacamos la necesidad de la organización independiente de los trabajadores y la lucha por sus reivindicaciones contra los explotadores nacionales. La burguesía se opone en forma visceral a la Constituyente soberana porque entiende perfectamente que va dirigida contra el Estado, su burocracia e instituciones. Para la clase obrera consciente es una transición hacia la dictadura del proletariado. La aparición de consignas constituyentes de variado tipo en Sudán, Turquía y Haití es la expresión de que las masas movilizadas entienden perfectamente que deben barrer con el viejo estado. Aunque en Haití y Sudán, por ejemplo, las rebeliones fueron detonadas por aumentos de precios, enseguida adquirieron un carácter político. En Haití se han convertido en sublevación a partir de la denuncia de desfalcos en PetroCaribe. En Argelia la rebelión tomó de entrada un carácter político, ante el intento de perpetuación del gobierno. Han emergido reivindicaciones Constituyentes en Turquía, luego de la derrota de Erdogan y de su intento de desconocer los resultados en Estambul. La cuestión del estado se encuentra planteada en un número creciente de países, incluidos los “chalecos amarillos” de Francia. Todo esto ya ocurrió en la Revolución de Febrero del ’17: la protesta contra la carestía fue el pretexto para ir por el derrocamiento de la monarquía. En todos lados, la rebelión la dirige la pequeña burguesía e incluso fracciones patronales -por ejemplo, las Asociaciones Profesionales. Las reivindicaciones del Programa de Transición, sea el control obrero, la escala de salarios o la Constituyente, son un puente hacia la dictadura del proletariado -no se neutralizan condicionándose recíprocamente. No solamente esto: reclaman que un gobierno ajeno al poder actual convoque a la Constituyente, con la gran limitación de que no dice que debe ser un gobierno revolucionario, es decir, de quienes lideren la lucha para derrocar al gobierno actual, sino de elementos burgueses e incluso militares opositores. Nosotros planteamos una Constituyente soberana convocada por los trabajadores que lideren la lucha por su implantación. La Constituyente y Fuera Macri son herramientas fundamentales en la diferenciación política del kirchnerismo y en la lucha ideológica con el nacionalismo burgués. Sirve para darle contenido a la denuncia del pseudo anti-macrismo K -subordinado a una sustitución electoral con los pejotas colaboradores del gobierno macrista y un nuevo acuerdo con el FMI. Dejar al kirchnerismo el monopolio del slogan “fuera Macri” sería una gran concesión política. En el cuadro histórico de la presente crisis, el Partido Obrero participa en un frente errático, electoral y contradictorio, el FIT. Es un frente democratizante; no se ha cumplido la expectativa de que el reclamo común al programa de la IV Internacional y una experiencia común de lucha política pudiera convertir al FIT en socialista y revolucionario. En el caso de IS, tenemos a una corriente que, más allá del frente sojero de 2008, hoy, en Venezuela, repite su vieja política de apoyo a las movilizaciones contrarrevolucionarias que se disfrazan de democráticas, incluso cuando cuentan con el apoyo del imperialismo; o cuando pone en el mismo plano al imperialismo yanqui y a Rusia y China restauracionistas, en medio del bloqueo yanqui y amenazas militares. El PTS ha abrazado una política electoral y mediática; construye un liderazgo en torno de la eficacia electoral, no un liderazgo estratégico y revolucionario. Se ha definido en favor de una política electoralista, con el pretexto de un conservadurismo de las masas y la ausencia de una perspectiva de intervención histórica independiente. Su planteo de Constituyente soberana se confina a la posibilidad de modificar la totalidad del esquema constitucional vigente, al amparo del Estado y del gobierno de turno. A diferencia de otros partidos revolucionarios, el Partido Obrero no rechaza la posibilidad de participar en frentes democratizantes, en la medida en que se presenten con independencia de los partidos patronales y sean, en esa medida, un canal de independencia obrera. Siempre con nuestro programa y la libertad de una campaña independiente. Fue el caso del Frente del Pueblo y de Izquierda Unida, que rechazaron siempre, sin embargo, nuestra incorporación. Tanto en uno y la otra participaban los activistas que protagonizaban la recuperación de los sindicatos de la burocracia sindical. En 2013, presentamos al FIT un Manifiesto Político claramente socialista. En la campaña electoral que se inicia, el acento principal debe ser puesto, en lo que tiene que ver con el FIT, en el programa. Deben quedar claras las diferencias de caracterizaciones, métodos y programas entre unos y otros; la confusión democratizante es letal para reclutar a los obreros avanzados y construir un partido revolucionario. Esto por un lado. Al lado de las acciones en común, imprescindibles en una campaña electoral, debemos intervenir con nuestro programa y destacar nuestra estrategia, porque la campaña electoral importa, por sobre todo, como factor de concientización y reclutamiento de los obreros más avanzados -un crecimiento de votos y de representación parlamentaria que no esté acompañado por la formación de una vanguardia obrera revolucionaria no tiene futuro. La campaña electoral debe poner énfasis en la actividad autónoma del partido, con una fuerte agitación propia, para evitar que el cartel común del frente no adultere el carácter socialista de nuestros objetivos. Mediante la intervención propia deberíamos impulsar la formación de comités de trabajadores en apoyo a los candidatos del FIT y del Partido Obrero en el FIT. La primacía de cartel que ocupa el PTS no se reduce a lo mediático: esa primacía tiene un carácter político no revolucionario, es el lado negativo del frente democratizante. Este es el contenido que tiene el desplazamiento de la centralidad del Partido Obrero hasta 2015. Los ejes de la campaña electoral son el programa y las consignas, y el reclutamiento. Es necesario que el reclutamiento ocupe un lugar inmediato en los planteos de campaña, sobre la base de una discusión política con la periferia combativa del partido. Debemos condensar las conclusiones a las que arribe el Congreso en un Manifiesto Político. Propuesta de Resolución Política presentada por Jorge Altamira para el XXVI Congreso, abordada por Comisión Política del Congreso y el plenario general del mismo donde sometida a votación fue rechazada (sobre 314 delegados, presentes al momento de la votación, obtuvo 70 votos a favor) 8/4/19

1 de agosto de 2019
Sobre el documento de Jorge Altamira

El documento presentado por Altamira contiene un déficit político insoslayable, pues carece de un balance de la lucha de clases del período y del estado de conciencia y politización de los trabajadores y los sectores más activos de las masas. Lo reconoce el propio Altamira cuando señala que “es necesario un balance a fondo de las luchas obreras del último período y caracterizar la conciencia de lucha y los métodos empleados por los trabajadores y su compresión de la crisis política”. Es claro que no estamos hablando de cualquier tipo de ausencia o de omisión, sino de una cuestión de primer orden. Ningún partido político puede presentar una tesis política que excluya un análisis de la acción de las masas, pero mucho menos lo puede hacer un partido que se reclama de la clase obrera y, menos aún, para un documento congresal, sea el votado por la dirección o uno “alternativo”, o que sea para afrontar la etapa o las elecciones. La función de un documento congresal, y desde ya del propio congreso partidario, es votar los planteos, consignas y tareas que el partido debe llevar adelante en el próximo período, y nada de eso puede hacerse si no se parte de un riguroso análisis del estado de la lucha de clases y de la conciencia de clase. Más aún, cuando hablamos de conciencia de clase y politización, nos referimos a identificar los bloqueos que enfrentamos, los debates que recorren a los trabajadores y luchadores más activos y a los sectores de las masas más ligadas a la izquierda o a las organizaciones populares, así como también determinados prejuicios que puedan existir y que debemos debatir cómo lo vamos a afrontar. Es un material insustituible debido a que los diarios burgueses suelen informar -aunque interesadamente, claro- sobre aspectos referidos a la situación económica y política pero poco aportan en relación con los debates en los sindicatos, en las fábricas, en los centros de estudiantes o acerca de la lucha de tendencias en el movimiento de la mujer. Por eso, Altamira se equivoca cuando protesta porque la resolución votada por el Comité Nacional contiene elementos que “tenían más que ver con un informe de actividades”, siendo que ahí está uno de sus principales méritos. El riesgo de omitir en un documento, que se pretende congresal, un balance de la lucha de clases del período y del estado de conciencia de los trabajadores es evidente, porque puede conducir a un objetivismo ajeno al marxismo, y de ahí derivarse tareas o consignas equivocadas, ya sea porque no se corresponde con la situación o porque son seleccionadas arbitrariamente. Los artículos que publicamos en oportunidad del centenario de la Revolución Rusa fueron formativos en ese sentido, ya que mostraron que la genialidad de Lenin consistió en elaborar las consignas y planteos del partido bolchevique sintetizando la situación objetiva y subjetiva. Por ejemplo, la genial consigna de “abajo los 10 ministros capitalistas” fue elaborada a partir de constatar que las masas veían con expectativas el ingreso de los mencheviques y socialistas revolucionarios en el Gobierno Provisional. La decisión final de que el poder sea tomado por los soviets y no por el partido fue adoptada luego de que una reunión de la dirección bolchevique pasase revista de la opinión imperante en las principales fábricas y barriadas obreras (aprovecho la oportunidad para sugerir que esas actas sean publicadas en un libro o folleto, y que realicemos cursos con ellas). En el mismo sentido, hemos publicado recientemente un gran artículo de Andrés Roldán sobre la revolución alemana, donde se comenta que Rosa Luxemburgo defendió, con razón, la necesidad de concurrir a la Asamblea Constituyente reaccionaria convocada para aplastar la revolución, porque partía de caracterizar que las masas todavía tenían expectativas en la dirección del Partido Socialista que la convocaba y que debía atravesarse por una experiencia que agotase esas ilusiones. Citamos aquí sólo un par de ejemplos, conocidos por todos, para demostrar que estamos no ante una omisión menor, sino de una cuestión absolutamente crucial. Llegado a este punto, debe decirse también que la omisión que estamos señalando plantea una cuestión de método insoslayable, que se conecta con el debate que hemos tenido en boletines internos sobre el artículo de “Panorama mundial” publicado en En defensa del marxismo. Varios compañeros señalamos que estábamos en presencia de un objetivismo y/o fatalismo, que termina atentando contra la centralidad que tiene la lucha de clases. Marcelo Ramal fue más a fondo que nadie en ese sentido, cuando señaló que el fascismo “es el producto de la catástrofe capitalista y no la ‘sagaz estrategia’ del capital para derrotar a las masas”. Con ese mismo método caracterizó a Bolsonaro como un producto de la crisis, omitiendo que se trata de un armado de amplios sectores de la burguesía y la reacción política de Brasil y del imperialismo para reforzar una ofensiva contra las masas como salida, justamente, a la crisis. La intervención imperialista en Venezuela, que pegó un salto cualitativo luego de la asunción de Bolsonaro, debiera alcanzar para dar por cancelado el debate. Es importante observar que se invierten los términos del método marxista: el sujeto pasa a ser la crisis y no las clases sociales que pugnan por imponer -cada una- sus intereses y sus salidas. Para un partido de la clase obrera, esta premisa es fundamental. Lo resumió genialmente Trotsky en la Historia de la Revolución Rusa, cuando señaló que “el arte de conducir revolucionariamente a las masas en los momentos críticos consiste, en nueve décimas partes, en saber pulsar el estado de ánimo de las propias masas” y agregaba que “la gran fuerza de Lenin consistía en su inseparable capacidad de tomar el pulso a la masa y saber cómo sentía”. Sobre el kirchnerismo y la lucha en las organizaciones populares La ausencia de un balance de la lucha de clases y del estado de politización de los trabajadores y las masas conduce a conclusiones equivocadas o, en el mejor de los casos, superficiales. Es lo que sucede, por ejemplo, con la caracterización del kirchnerismo. La resolución aprobada por el Comité Nacional aborda la caracterización del kirchnerismo de un modo integral, es decir, teniendo en cuenta todas las determinaciones de la situación, muchas de las cuales son, si se toman aisladamente, contradictorias entre sí. Por eso, la resolución del Comité Nacional señala, por un lado, que la crisis del kirchnerismo consiste en que en tanto corriente capitalista no cuenta con el respaldo de ningún sector fundamental del capital para que retome el gobierno. La burguesía, por el momento, asimila al kirchnerismo a la vuelta del cepo y la regulación financiera que, por el momento, sigue rechazando. Pero ese rechazo de la burguesía, sin embargo, no impide que sea hoy el principal obstáculo o competidor que tiene el Partido Obrero y el FIT para conquistar a las masas y, por sobre todas las cosas, a su vanguardia. Este peso popular que aún conserva, y que incluso en algún grado se incrementó en el último año por la crisis del gobierno, es el capital fundamental del kirchnerismo para superar la negativa de la burguesía a que vuelva al gobierno, ya que lo convierte en un recurso posible para desviar una posible rebelión popular. El texto de Altamira, en cambio, parece oponerse a esa caracterización. Señala que “el kirchnerismo es presentado como un dique de contención al menos en el campo electoral o en los movimientos sociales y parcialmente de la mujer. Políticamente, sin embargo, se encuentra en retroceso. Perdió las últimas dos elecciones y tiene poco peso en un número elevado de provincias… En la etapa actual se ofrece como una variante de rescate del capital, incluido un ajuste del acuerdo con el FMI e incluso a rodearse (o incluso a dejarse rodear) por un conjunto de fuerzas del pejotismo. Ahora se presenta como un partido electoral del Vaticano…”. Todo esto es cierto y mucho más también; nadie en el Partido Obrero considera progresivo al kirchnerismo. Por eso, el punto es otro: ¿cómo es percibido hoy en el movimiento de las masas y especialmente en el sector más activo y movilizado? ¿Qué debates hay en los sindicatos acerca de la necesidad de un frente único contra el macrismo? ¿Por qué, siendo un “partido electoral del Vaticano”, la inmensa mayoría de las organizaciones de mujeres tributan al kirchnerismo y no han elevado su voz de protesta por sus acuerdos con la Iglesia? Pero este es el debate que debe interesar y profundizar todo el partido, porque no estamos discutiendo entre quienes apoyan al kirchnerismo y quiénes no, sino de cómo abrimos paso a la construcción revolucionaria del Partido Obrero y desarrollamos la independencia de clase. Es cierto, desde ya, que el kirchnerismo perdió las últimas dos elecciones y que su peso en las provincias es reducido -no obstante lo cual, el Partido Obrero perdió su diputado nacional por Salta, lugar que fue ganado por un diputado kirchnerista y lo propio ocurrió en Córdoba. Sin embargo, la derrota electoral operó de un modo contradictorio porque, si bien, por un lado, al perder la presidencia se quedó sin los recursos del aparato del Estado, por el otro, al pasar a la oposición recuperó un margen de maniobra y demagogia superior al del pasado. Un ejemplo claro lo tendremos el próximo 24 de Marzo. Cuando el kirchnerismo gobernaba, la lucha por una movilización independiente era mucho más nítida y simple. Le pegábamos por Milani, Berni, la ley antiterrorista, etc. En cambio, ahora, vemos que incluso en el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia, la posición de una marcha única con los K contra el macrismo tiene apoyo de la mayoría, salvo los partidos del FIT y alguna que otra honrosa excepción. Ya en el último 24 de Marzo, la mayoría de los colegios secundarios marcharon con la movilización kirchnerista. Incluso en el terreno parlamentario ha estructurado un bloque separado al pejotismo, lo que le ha facilitado votar en contra de las principales leyes del gobierno sin que eso signifique que no sean aprobadas. Eludió, por esa vía, la presión social de la burguesía y del imperialismo, porque su oposición no puso en riesgo los intereses generales del régimen. En el movimiento obrero es cierto que actúa por delegación, pero eso no es una novedad. En sus doce años de gobierno fue así, en los cuales tuvo choques con la burocracia. Lo mismo ha ocurrido con el peronismo de las provincias que, muchas veces, chocó con el kirchnerismo, que buscó por varias vías impulsar armados que condicionen o suplanten al PJ. En ese sentido, el kirchnerismo es una tendencia dentro del pejotismo, al cual tributa en medio de choques y crisis. Ahora mismo, una parte importante del pejotismo lo rechaza, e impugna una Paso en la que participe CFK (Cristina Fernández de Kirchner), en buena medida porque la variante más probable es que ella sea la ganadora de una contienda electoral del peronismo. La caracterización que hace Altamira de que el kirchnerismo está en retroceso, es unilateral. Lo que nos importa a nosotros, como Partido Obrero y como FIT, y por nuestro trabajo en el movimiento de las masas, es si es un bloqueo o no, y si un sector de la izquierda incluso se ve tentado a apoyar una alternativa nacionalista contra Macri. Si fuese así, podríamos tener un retroceso electoral, más allá de que el kirchnerismo luego pierda un eventual balotaje con Macri. Si esto ocurriera y puede ocurrir, claro, alguien dirá: “vieron que estaba en retroceso”, pero eso no fue obstáculo para que nosotros mismos retrocedamos. Hay que decir, por último, que en política -o sea, en la lucha de clases-, las fuerzas deben medirse relativamente, es decir, en relación unas con otras. La debilidad o fortaleza depende de las fuerzas que se enfrenten. Por el momento, la fortaleza relativa del kirchnerismo radica esencialmente en la falta de independencia de clase y en el peso relativamente menor de las organizaciones obreras y populares conquistas por el clasismo y la izquierda revolucionaria. La lucha contra el nacionalismo burgués no puede ser de ningún modo descuidada, incluso en momentos que se caracterizan por su retroceso, como lo marca a fuego la experiencia venezolana o de Ecuador. El abordaje muy somero que hace Altamira sobre la situación en el movimiento de la juventud, la mujer y el movimiento obrero profundiza este análisis unilateral y superficial, que implica en términos concretos un peligro para la actividad del partido. Veamos: sobre la juventud afirma que “antes de la entrega de la huelga universitaria por parte del sindicalismo kirchnerista, la rebelión educativa sacudió a miles de jóvenes de universidades y colegios -dejó planteada la posibilidad de organizar una juventud revolucionaria de masas”. Aquí no tenemos un análisis sino, en el mejor de los casos, una exhortación. Sucede que la afirmación salta hechos fundamentales: ¿por qué, luego de esa traición, el kirchnerismo obtuvo una elección mejor que las que lograba cuando era gobierno en colegios y facultades? En el Colegio Nacional Buenos Aires, por ejemplo, centro como pocos de la lucha educativa y de la mujer, y donde tenemos una agrupación muy militante, en las elecciones fuimos superados por una alianza de grupos que orbitan en el kirchnerismo. Tuvieron un progreso también en varias universidades, ya sea por la vía de que crecieron sus agrupaciones originales o ya sea porque, en otras que antes se definían como independientes, se pasaron a defender la candidatura de CFK o a tributar en algunas de las fracciones peronistas que plantean una alianza con ella. A la luz de esto, plantear que la “traición a la huelga universitaria dejó planteado construir una juventud revolucionaria de masas” es un mecanicismo que no tiene en cuenta cómo las masas han percibido esa experiencia. La lista común en la Fuba muestra de modo palmario que tenemos un campo en disputa enorme por la dirección de las masas, que deberemos atravesar mediante una actividad que combine adecuadamente la delimitación programática con el kirchnerismo con la iniciativa de lucha que nos pongan a la cabeza en la resistencia contra las políticas de ajuste, ya que, por esa vía, también desarrollamos una delimitación y nos podemos ganar a las masas que despiertan a la lucha contra el gobierno. Ocurre otro tanto con el movimiento de la mujer. Altamira asevera que “el movimiento por el aborto legal condujo a un choque masivo -y probablemente definitivo- de millones de mujeres y jóvenes con el más poderoso aparato de ‘contención’ secular contra la libertad y la conciencia independiente de los explotados, que es la Iglesia”. Que el choque ha sido masivo no cabe la menor duda; que la Iglesia juega ese papel tampoco. Pero el punto, otra vez, es que el documento ignora olímpicamente cómo la vive el movimiento de mujeres, cuáles son sus planteos y cuál es la lucha de tendencias a su interior. En ausencia de eso, fatalmente, las conclusiones que se extraen son genéricas y abstractas. ¡Tenemos aquí una enorme contradicción, que habla del nivel de conciencia del movimiento! ¡Una ruptura “definitiva” con la Iglesia pero siguen al partido del Vaticano! ¿Cómo se explica esa contradicción? Porque varias organizaciones y activistas ven como un mal menor esta política del kirchnerismo con la Iglesia, y entienden que pueden influir en su interior mediante una presión para volcar a un futuro gobierno de CFK de su lado. Además, concluyen que la disputa principal es sacar a Macri y que lo demás vendrá por añadidura. Pesa también el papel del Papa que, en varios conflictos internacionales, como es el caso ahora de Venezuela, aparece con una política diferenciada del gobierno de Trump, buscando hacer pasar la política del gran capital con métodos de contención. Nuestra política en el movimiento de la mujer fue desenvolver a fondo la lucha en curso, y a partir de las motivaciones que le dan impulso, aparecer como la tendencia más combativa y sacar las conclusiones para poner en pie una organización de la mujer trabajadora y un movimiento socialista de la mujer. Nuestro planteo de la consulta popular, que fue resistido por varias compañeras y compañeros, incluido en un principio el propio Altamira, formó parte de nuestras tácticas y recursos para abrirnos un camino en el movimiento de las masas. Tampoco aporta al debate congresal y a las tareas que debemos desarrollar para superar los bloqueos que obstaculizan nuestro desarrollo, afirmar sin más que el “kirchnerismo no influye en el movimiento obrero, salvo por delegación”. ¿Es esto lo que opinan nuestros luchadores del movimiento sindical? La disputa con el nacionalismo no se da allí sólo donde ellos detentan direcciones sindicales propias, como ser docentes, subte, gráficos, aeronáuticos, en buena medida ATE y telefónicos, CTA Yasky, etc. Ni donde está la burocracia moyanista, que ahora ha vuelto a pactar con el kirchnerismo. La pelea con el kirchnerismo y el nacionalismo hace a estrategias y programas, donde aún su peso es grande, ya que los trabajadores no siguen salidas ni programas anticapitalistas. Una porción muy importante de los trabajadores aún entiende que la intervención del Estado, por medio del Ministerio de Trabajo o por otra vía, es un recurso válido y necesario para equilibrar las cuentas entre trabajadores y capitalistas. De este planteo muy extendido se vale el nacionalismo, para ofrecerse como alternativa ante los trabajadores y embellecer al Estado capitalista. Estos debates están más acentuados en el activismo incluso que en las masas pero, para nosotros, es un obstáculo adicional ya que necesitamos conquistar a la vanguardia para poder alcanzar a las masas. Este tipo de análisis superficial se hace más peligroso cuando se sentencia con afirmaciones del tipo “el fracaso del Plenario Sindical Combativo” sin explicar en qué consiste dicho fracaso o desarrollar mínimamente su contenido. El Plenario Sindical Combativo (PSC) fue un motor de las principales luchas del período y superó, hasta donde la situación lo permitió, lo que Altamira llama “combinaciones minoritarias con fuerzas vacilantes”. Fue la primera vez en muchos años que una acción del activismo puede entroncar con procesos de masas, como lo fueron la huelga docente de Neuquén, la lucha en Santa Cruz o la acción de Luz y Fuerza de Córdoba. En todas estas provincias se hicieron plenarios y lograron atraer a sectores de los trabajadores en lucha, lo que se constató en la presencia de Adosac, Luz y Fuerza, la directiva del Turbio, además de Ceramistas (en este último caso, contra el PTS). El balance fue positivo porque dejó planteado un método de acción y ayudó en el desarrollo de un programa y ayudó al reclutamiento, por ejemplo, en Amsafe Rosario, Luz y Fuerza de Córdoba o ferroviarios del Sarmiento, por mencionar algunos ejemplos, ya que son muchos más. Por otro lado, sus distintos plenarios fueron una escuela para el activismo, incluso el plenario de Pilar en la lucha política con IS. En un análisis más concreto hay que discernir en qué medida los límites del plenario son consecuencia de los grupos centristas y en qué medida refleja los límites de la propia situación de las masas. Oponer el Plenario Sindical Combativo al Sutna no es pertinente, toda vez que fue el Sutna su principal inspirador. Lo que propone Altamira, que el Sutna juegue un papel central, fue exactamente lo que se hizo: nació de una convocatoria discutida en cada sección de las fábricas del Neumático que mandataron a sus delegados -o sea, empezando por casa con el método del congreso de bases. Luego el Sutna lo convocó y más tarde Alejandro Crespo recorrió distintas provincias junto a otros dirigentes sindicales. Al contrario, el Sutna ha logrado un lugar destacado en el concierto del movimiento obrero de la mano de su lugar en las convocatorias combativas del PSC, además de sus luchas como sindicato. Incluso, puertas adentro de la organización en el Neumático, ha sido un punto de fortalecimiento para la dirección clasista y la correlación de fuerzas con las patronales. Además, nuestro método fue correcto porque la convocatoria, junto con los grupos, estuvo lejos de significar una indiferenciación. Por eso, ante la elección de la Seccional Oeste de la Unión Ferroviaria fuimos partícipes y constructores de una lista por izquierda al “Pollo” Sobrero, que dirige la seccional, cerrando la participación de las bases en el cuerpo de delegados y con una política de parálisis y quietismo frente a la ofensiva patronal y el convenio flexibilizador, al igual que frente a las paritarias a la baja que nunca denuncia, a pesar sus abundantes micrófonos. No se puede dejar pasar que no es un método admisible pretender sentenciar “el Plenario Sindical Combativo fracasó” y no dedicarle al menos un párrafo en explicar en qué se funda tal opinión. Venimos de una muy exitosa reunión del PSC, convocada a iniciativa del Sutna, en la que participaron todas las luchas del momento y vamos a una movilización el 14 de febrero, que se destacará en medio de la tregua de todas las burocracias sindicales sin excepción. Todo el partido estará trabajando esta iniciativa, mientras se dice sin fundamentar que estamos ante un “fracaso”. Llama mucho la atención que el documento omita por completo toda referencia al movimiento piquetero, a su lucha interna y, sobre todo, al papel enorme que está jugando el Polo Obrero, enfrentando la tregua del triunvirato papal y organizando por esa vía a decenas de miles de trabajadoras y trabajadores desocupados. La lucha de los desocupados es un elemento de la situación política, en la cual todos los partidos intervienen. Los motivos son evidentes. Existe el peligro, para el gobierno, de que se convierta en un canal de millones de trabajadores, dado el cuadro de miseria imperante. Para nuestro partido, omitir ese análisis en un documento congresal es un grave daño, siendo que hoy es el principal afluente de nuevos activistas al partido. Fue, además, el frente único liderado por el Polo Obrero el que ganó las calles en este diciembre de paz social impuesta desde arriba y, más tarde, el componente masivo en la raquítica movilización del Encuentro Memoria Verdad y Justicia contra la escalada represiva. Asamblea Constituyente y consignas Al momento de formular las consignas, Altamira polemiza con el lugar que la resolución política del Comité Nacional le otorga a la Asamblea Constituyente. Existe, claro, una divergencia. Mientras en la resolución del Comité Nacional, la Asamblea Constituyente figura como parte del programa, Altamira le da una centralidad que la convierte en el eje de la intervención del Partido Obrero e incluso propone que sea el punto central de la polémica dentro del FIT. Funda su posición en que sería la respuesta adecuada a la crisis del régimen, que es la caracterización principal que él usa para definir la situación política. [1] La divergencia que aquí se manifiesta abarca varias cuestiones. La primera de ellas es que el documento no se detiene a caracterizar cómo las masas o, al menos su vanguardia, asimilan esa crisis, cuáles son los debates o la forma en la que se acercan a una comprensión de la situación. Una consigna o un cuerpo de consignas, sin embargo, deben fundarse también en un análisis subjetivo de la situación. [2] Pero, además, aparece otra cuestión clave: la crisis del régimen debe completarse con la iniciativa del gobierno y de la clase capitalista de superarla por medio de una ofensiva contra las masas, sus conquistas y su nivel de vida. El gobierno busca llevar adelante esa ofensiva dentro de los límites y condicionamientos que le impone la situación, para mantener el mayor apoyo posible dentro de la clase capitalista. Si finalmente esa ofensiva avanza, no cabe duda de que el gobierno se anotaría un poroto a su favor. Por lo tanto, la cuestión de enfrentar esa ofensiva es un punto decisivo, porque eso supone que las masas tercien en la situación política y en la crisis del régimen. Para un partido revolucionario, sea un año electoral o no, el llamado a la acción directa de las masas debe ser siempre un punto central. Sobre todo, cuando estamos atravesando un ajuste brutal dictado por el FMI, cuya implementación conlleva reducciones salariales, despidos, ataque a los jubilados, etc. Digamos de paso, de allí la importancia de la convocatoria del PSC en medio de la tregua veraniega. El llamado a la acción directa y a derrotar el ajuste en marcha, además, es una herramienta de delimitación de primer orden con el kirchnerismo, que deja pasar todas las medidas del gobierno diciendo que debe centrarse todo en la cuestión electoral. La caracterización de la crisis del régimen debe incorporar lo que afirma la resolución del Comité Nacional, acerca de que “la elección presidencial deberá dirimir quién es el síndico de los nuevos episodios de una gran quiebra nacional. O sea, en función de qué intereses se desarrolla un arbitraje excepcional en el marco de crisis”. Una crisis de esa envergadura plantea necesariamente quién la va a pagar -o sea, qué intereses y qué clases se imponen en una lucha irreconciliable. La crisis, además, es el motor principal de interés de las masas, por las consecuencias directas que tiene sobre su nivel de vida. Contra lo que afirma Altamira, el planteo de que “la crisis la paguen los capitalistas” es una consigna central, que introduce al desarrollo de todo nuestro programa, en el que figura la Asamblea Constituyente como vía para la reconstrucción del país sobre nuevas bases. Dentro de ese programa está la cuestión central de romper con el FMI, el no pago de la deuda, la nacionalización de los recursos naturales, etc. En la polémica con el kirchnerismo debemos identificar cuál es la vía más efectiva para desenmascararlos ante las masas como agentes de la clase capitalista. ¿Es del debate sobre la naturaleza de la Constituyente, si es soberana o no, o si hay que romper con el FMI y no pagar la deuda, cosas que explícitamente rechazó Kicillof? La Constituyente, otra vez, juega un papel importante en el programa, pero no debe ser el excluyente. [3] Altamira hace un recorrido histórico sobre distintas asambleas constituyentes, pero ese mismo recorrido lleva a una conclusión distinta a la que él saca. Es que, ciertamente, la Asamblea Constituyente planteada por la socialdemocracia de Alemania en 1918-19 fue un instrumento para aplastar por vía democrática la revolución que había estallado al finalizar la guerra y que terminó volteando a Guillermo II. También es cierto que la Asamblea Constituyente en Venezuela, o en Bolivia y Ecuador, fueron usadas por los gobiernos nacionalistas para armar regímenes bonapartistas. Nuestra última Asamblea Constituyente en la Argentina, la de 1994, fue convocada para asegurar la reelección de Menem y legalizar los DNU (decretos de necesidad y urgencia), así como la entrega de los recursos naturales. ¿Cuál es la conclusión? Que la Asamblea Constituyente, por su propia naturaleza de consigna democrática, puede servir a finalidades distintas y hasta opuestas, dependiendo de qué clase la convoque. Para ello -o sea, para que no sea convocada por la burguesía al efecto de superar en sus términos la crisis de régimen-, la Constituyente supone la irrupción de las masas en la situación política mediante la acción directa y nuestro planteo transicional busca contribuir a esa perspectiva. La clave, por lo tanto, pasa por ganarse a las masas, y antes que ello a su vanguardia, al programa anticapitalista y socialista del Partido Obrero. Por fuera de ello, la Asamblea Constituyente puede derivar en una política democratizante. Por eso es incorrecto señalar que “ningún partido de la patronal o de la pequeño-burguesía aceptará una Constituyente soberana”. Ese es el planteo que hizo el morenismo en 1994 en oposición a la Asamblea Constituyente amañada de Menem-Alfonsín, cuyo alcance estaba limitado por la ley de convocatoria votada en el Congreso. En esa polémica nosotros objetamos, con razón, que la soberanía no era una cuestión institucional -que no tenga limitaciones establecidas por la ley-, sino de la clase que detenta el poder. No nos delimitamos de la burguesía en quién plantea la Constituyente más democrática (nosotros la queremos soberana y ellos no) sino en el programa de salida a la crisis. Otra vez, volvemos al planteo de que “la crisis la paguen los capitalistas”. Esta posición estuvo presente en nuestro accionar en la crisis de 2009-2010, donde también caracterizamos una crisis de régimen, pero el Congreso del Partido Obrero de ese año rechazó enfáticamente la Asamblea Constituyente. [4] En esa oportunidad llamamos a la clase obrera a ponerse en alerta contra el planteo de la Constituyente, porque corría el eje de una salida obrera y socialista a la crisis. En esta ocasión, el Comité Nacional entendió que la consigna podía jugar un papel progresivo como parte del programa y para ayudar al movimiento de acción directa. Pero convertirla en el eje excluyente es un error que dificulta nuestra llegada a las masas y la delimitación con las fuerzas patronales. También es un error deducir del carácter federal de la formación del Estado nacional argentino que si planteamos la Constituyente en el país debe ser planteada automáticamente en todas las provincias y en todos los procesos electorales, haciendo abstracción de las situaciones políticas concretas, de las fuerzas en disputa en cada caso, de la disposición de lucha de los trabajadores, etc. ¿Corresponde plantear la Constituyente en la elección de Córdoba? No pareciera ser el caso, salvo una deducción mecanicista de un planteo nacional. ¿Debiera plantearse en la Ciudad de Buenos Aires? Las consignas, volvemos a insistir, deben ser elaboradas de modo concreto, sino caemos en recetas condenadas a la esterilidad. En relación con la consigna que plantea Altamira (“Fuera Macri y el FMI. Por una Asamblea Constituyente soberana, por un gobierno de los trabajadores”) debe marcarse que incurre en el error de darle esa centralidad que antes criticábamos, pero que además es limitada en relación con la lucha contra el kirchnerismo en un año electoral. La consigna “Fuera Macri” que planteamos oportunamente fue correcta, porque abordamos la crisis del gobierno desde un ángulo insurreccional, planteando su caída por medio de la acción de las masas. Como tal, podría volver a primer plano si se reunieran condiciones de un proceso huelguístico que irrumpa en el proceso electoral. Pero en tanto no tengamos esas condiciones, y comenzado el año electoral, la consigna de “Fuera Macri…” puede inducir a votar por las alternativas electorales más potentes que puedan ganar las elecciones. Además, como agitación de masas, no se entiende por qué afirma, por un lado, que la Asamblea Constituyente debe plantearse ante la inmadurez de las masas para el planteo de un gobierno de los trabajadores, pero, por el otro, plantea el gobierno de los trabajadores como consigna central. Estamos ante una contradicción no dialéctica, sino de la lógica formal. Tomada la situación en su conjunto, por el nivel alcanzado por la crisis, por las divisiones que se procesan al interior de la clase capitalista que empiezan a formular sus propios reclamos y agendas, por el interés popular que despierta la bancarrota económica y el padecimiento de las masas convirtiendo ciertos debates políticos en hechos cotidianos, la consigna que se corresponde con la situación con mayor precisión es “que la crisis la paguen los capitalistas, fuera el FMI y la deuda externa”. Y debería ser completada con “por una salida de los trabajadores y la izquierda”, para darle un carácter de clase definido. Tenemos aquí una buena consigna de conjunto: “Que la crisis la paguen los capitalistas. Fuera el FMI y la deuda externa. Por una salida de los trabajadores y la izquierda”. Lucha parlamentaria El abordaje que hace Altamira sobre la lucha parlamentaria exhibe del mismo déficit que el resto de los puntos abordados en su texto. ¿Se puede, acaso, debatir la acción parlamentaria haciendo abstracción de cómo las masas asimilan la crisis y del estado de la lucha de clases? Los argumentos que desarrolla para oponerse al planteo realizado por Guillermo Kane -y el Comité de la provincia-, aprobado por el Comité Ejecutivo, de juicio político a Vidal, a raíz de las muertes de docentes en Moreno, pueden llevar a la parálisis de la acción parlamentaria del partido, ya que va en sentido contrario a todo lo hecho por decenas de parlamentarios del Partido Obrero en todos estos años. Sucede que Altamira se opone porque el juicio político a Vidal “sólo podía prosperar mediante un frente con el massismo y el kirchnerismo en la Legislatura, un bloque patronal”. Pero esto vale no sólo para el juicio político a Vidal, sino para todo proyecto o declaración que presentemos, salvo que tengamos mayoría propia en alguna legislatura -algo que por el momento no sucede. ¿O acaso cuando Altamira fue legislador, no presentamos proyectos que debían, como ahora le pasa a Kane, requerir del apoyo de las bancadas patronales para su aprobación? Obviamente que sí. Lo que Altamira nos propone es una encerrona. No debemos presentar proyectos porque su aprobación requiere del apoyo de bloques patronales, entonces el trabajo legislativo queda paralizado. Oponer la presentación de proyectos a la agitación política que debe hacer un parlamentario revolucionario carece de sentido porque, por el formato del trabajo legislativo, una de las formas que adquiere la agitación política es la presentación de proyectos, su explicación mediante discursos y la agitación con volantes en las masas. Pero volvamos a la cuestión de Vidal y el juicio político. Altamira dice que sólo podía prosperar con el apoyo del massismo y el kirchnerismo. Pero deja de lado lo fundamental: que estos bloques patronales se opusieron al planteo realizado por Kane y, por esa vía, tuvimos un recurso político muy claro para denunciarlos como cómplices del macrismo. Como agitación política, resultó muy buena y fue adoptada por distintas organizaciones de masas. Creo que fue correcto plantear la consigna de juicio político a Vidal en vez de directamente “fuera Vidal”. Esto, por un motivo: permite trabajarla mejor en sectores más amplios de las masas, siendo que Vidal todavía no tiene el nivel de desgaste de Macri. Tanto es así que finalmente el oficialismo decidió unificar las elecciones para usar a Vidal y así tratar de lograr la reelección de Macri. Además, estaba relacionada con un hecho concreto. El mecanismo del juicio político implica una investigación de las responsabilidades, y en esa investigación debía comprobarse la culpabilidad de Vidal. Se pondría de manifiesto que ella habría desmantelado los sectores encargados de seguridad escolar y, por lo tanto, facilitaba llegar a la conclusión de por qué una explosión en Moreno de una garrafa debería conducir a la destitución de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires. Transicionalmente era un acierto, la forma más perspicaz de llegar al “fuera Vidal” en las condiciones concretas que enfrentábamos. Por lo tanto, oponer el planteo de Kane de juicio político a Vidal al “fuera Vidal” es un error garrafal; mañana alguien podrá acusarnos si planteamos el control obrero o la apertura de los libros de querer perpetuar al capital, ya que no planteamos directamente su expropiación. Como se ve, es una crítica desacertada. El debate que plantea Altamira, sin embargo, está lejos de circunscribirse al debate sobre el juicio político a Vidal -porque si fuese sólo ese punto, tranquilamente podría quedar como una divergencia menor. El cuestiona también que se presenten proyectos sobre la Educación Sexual Integral, porque se supone, claro, que para su aprobación debe requerir el apoyo de los bloques patronales. El proyecto de ESI, por ejemplo, ha permitido un desarrollo de charlas, asambleas, debates, etc., que desenmascararon al kirchnerismo, ya que la ley vigente que data de su gobierno le otorgó a la Iglesia el derecho a establecer el contenido de la educación sexual en sus establecimientos, respetando el ‘ideario’ clerical y oscurantista. Nuestro proyecto ha tenido en cuenta que los estudiantes secundarios hicieron tomas de colegios y se movilizaron reclamando que la ESI se aplique. Si nosotros decíamos “abajo la ESI”, chocábamos con el movimiento. Enfrentábamos y seguimos enfrentado una situación contradictoria: las pibas y los pibes quieren que se aplique una ley porque la identifican directamente con la educación sexual que anhelan. Y nosotros, en vez de decir “abajo la ESI”, porque le permite a la Iglesia y al Estado burgués determinar los contenidos, dijimos “vamos por la aplicación efectiva”, y armamos un proyecto que plantea separar a la Iglesia de la función educativa en materia de educación sexual, que los docentes de los colegios confesionales de ESI sean puestos por el Estado y se respeten los contenidos, y que además en todos los establecimientos estatales y privados se formen comités de estudiantes y docentes para debatir los contenidos, la forma de dictado de la materia y garantizar así su aplicación. A diferencia de la crítica de Altamira, lo de la ESI es un ejemplo positivo de cómo el partido debe tener en cuenta el abordaje subjetivo de las masas y que el trabajo de agitación política y organización (que Altamira omite como otra tarea legislativa indispensable) debe llevarse adelante. Llegado a este punto, es difícil entender por qué surge una diferencia sobre estos temas, siendo que son ya un patrimonio del partido. Alerto contra el oposicionismo permanente, que conduce a críticas liquidacionistas, como la que se hizo sobre el trabajo de Romina en el Congreso Nacional, que fue acusada de no plantear nuestras consignas de fondo. La crítica duró sólo lo que se tarda en chequear las actas parlamentarias o el periódico Prensa Obrera. Romina había planteado todos estos temas con la energía que la caracteriza. Compañeras y compañeros: no tenemos un desvío parlamentarista. Insistir por ese lado lleva a una polémica estéril. Frente de Izquierda La resolución aprobada por el Comité Nacional propone una política para el Frente de Izquierda, que consiste en que a partir de un acuerdo programático lancemos de inmediato las candidaturas centrales para atravesar todas las elecciones anticipadas como un bloque político nacional que impulse esos procesos electorales y las luchas de la etapa. Es un planteo de frente único que parte de un análisis crítico del FIT y de su relativa parálisis que conspira contra el desarrollo de un polo político independiente de la clase obrera. Con esta política hemos abordado el debate inicial de candidaturas en las elecciones de Neuquén y Río Negro. En su texto, Altamira no se pronuncia al respecto, pero se abstuvo en el Comité Nacional sobre esta propuesta sin explicitar exactamente sus motivos. Ahora formula la necesidad de una confrontación interna del FIT sobre la base de un debate por la Asamblea Constituyente, pero desconocemos a dónde apunta su estrategia político-electoral. En el Congreso pasado planteó recurrentemente su oposición a nuestro llamado a listas únicas y contrapuso que había que preparar “las Paso, las Paso, las Paso”. ¿Cuál es su posición en la actualidad? La resolución del Comité Nacional no es ambigua en este punto: plantea una campaña en defensa de un frente único de lucha del FIT en todos los terrenos, incluido el electoral. La preocupación de Altamira parece versar por otro lado. Concretamente sobre si “la presión electoral del FIT puede desnaturalizar al Partido Obrero”. Estar en alerta siempre es correcto, pero el problema central pasa por la caracterización. ¿A ocho años de formado el FIT, el Partido Obrero ha tenido una desnaturalización democratizante, electoralista o parlamentaria? Este es el punto central que debiera indagarse. Mi respuesta es No. ¿Pero cuál es la de Jorge? Porque claro, las cosas podrían verse de otro modo. Por ejemplo, que la presencia del Partido Obrero en el FIT ha servido para evitar una degeneración kirchnerista o nacionalista que llevase directamente a su liquidación. ¿No es acaso esto correcto? El capítulo del Informe Político referido al FIT va más allá. Se pronuncia sobre un bloque electoral de toda la izquierda en las elecciones, entendiendo que es la manera más efectiva de enfrentar al nacionalismo. Precisa también que ese bloque único no debe confundirse con el ingreso de toda la izquierda al FIT, ya que eso sería un paso en su disolución. Esta diferenciación entre un acuerdo electoral de la izquierda, obviamente bajo ciertas condiciones, y el ingreso al FIT supone una valorización de éste como expresión de la independencia de clase en la lucha contra el nacionalismo burgués. Esta caracterización está en la base de la resolución del Comité Nacional y es importante que sea refrendada por todo el partido porque además es, otra vez, patrimonio de anteriores congresos del partido e incluso resoluciones internacionales. Sobre el método del debate Jorge comienza su texto cuestionando la convocatoria del Comité Nacional. Alude a que faltó tiempo de debate, pero en realidad no es así. Los puntos de disidencia que plantea no han surgido a la luz del texto presentado por el Comité Nacional, sino que son previos. Han sido largamente debatido en varios textos, que han sido publicados en boletines internos, como lo sabe todo el partido. Para ser claros: si algo no hubo en este caso fue un debate intempestivo. Al contrario, estamos ante posiciones y planteos largamente explicitados, y que todas las compañeras y compañeros conocen. ¿A qué viene, entonces, una impugnación de método y, peor aún, una acusación velada de falta de democracia interna? La valorización de las divergencias planteadas, naturalmente, es subjetiva. En mi opinión, las considero importantes en muchos casos, pero no de principios. El núcleo de la cuestión no lo asigno a una u otra consigna, sino a un método que desconoce o, en el mejor de los casos, desvaloriza la cuestión subjetiva, es decir el nivel de conciencia de los trabajadores, el estado real de la lucha de clases, etc. El enfoque objetivista puede inducir a errores importantes, como sucediera ya en el pasado, cuando se planteaba una campaña por la huelga general y las coordinadoras fabriles, siendo que las condiciones de las masas claramente no habilitaban esos planteos. El intento de defender esas consignas doctrinariamente creó un falso debate y consumió energías del partido que debieron ser puestas en cuestiones más productivas. Vale lo mismo para el debate sobre la supuesta pérdida de la iniciativa por parte de la burguesía y la acusación a quienes cuestionamos esta premisa falsa como una forma de oponernos a la tradición del partido. [5] El texto presentado por Altamira, como no podía ser de otra forma, repite o reitera muchos de los puntos que ya figuran en la resolución del Comité Nacional. Pero elude esa convergencia, cuando lo correcto era reconocerla y explicitarla. Un ejemplo lo tenemos con la caracterización de las elecciones. El dice: “Como lo señaló correctamente un compañero en la sesión del Comité Nacional, el proceso electoral no constituye, de modo alguno, el cierre de la crisis de régimen”. Ahora bien, la resolución aprobada por el Comité Nacional dice eso y mucho más. El capítulo referido a las elecciones empieza diciendo: “Lo señalado hasta aquí muestra que el inicio del año electoral está cruzado por crisis de fondo, tanto en el plano económico como el político. La eventualidad del default, de nuevas corridas cambiarias, y la seguridad de una mayor recesión y crecimiento de la pobreza, se combinan con un escenario de fragmentación política y de potenciales luchas, que pueden alcanzar, de combinarse una serie de factores, dimensiones de masas que terminen alterando el escenario general”. ¿Por qué, entonces, no reivindicar el documento y circunscribir las divergencias a puntos donde estas realmente existen presentando una ponencia “alternativa”? El documento aprobado por el Comité Nacional sintetiza la experiencia del partido, de sus caracterizaciones, análisis y también de su experiencia en la lucha. Plantea las bases para la acción colectiva en todos los terrenos, formula programas, consignas y tareas. Sería muy bueno que el voto en favor del documento sea acompañado de propuestas y análisis que enriquezcan la elaboración colectiva. Ha sido el método de elaboración del Informe Político al XXVI Congreso y es el método de desarrollo del Partido Obrero. [1] . Sin embargo, es necesario hacer notar aquí la contradicción de que en la inmensa mayoría de los programas de televisión en los que Altamira participó en las últimas semanas no ha planteado la Asamblea Constituyente. No lo ha hecho, por ejemplo, en el debate con Guillermo Moreno, y no por falta de tiempo, ya que fue un programa de una hora. No me toca a mí explicar los motivos de esa omisión que, a esta altura, ya parece sistemática, pero sí llamar la atención sobre el grado de arbitrariedad que el debate ha tomado. [2] . Es instructiva esta cita de Trotsky a la hora de debatir un documento congresal: “La sociedad capitalista, particularmente en Alemania, ha estado al borde del colapso varias veces en la última década y media; pero en cada ocasión ha resurgido de las catástrofes. Los prerrequisitos económicos y sociales de la revolución son insuficientes por sí mismos. Son necesarios los prerrequisitos políticos, es decir una correlación de fuerzas que si bien no asegura la victoria por adelantado -no existen semejantes situaciones en la Historia-, la hagan al menos posible y probable. El cálculo estratégico, la audacia, la resolución, transforman posteriormente lo probable en realidad. Pero ninguna estrategia puede hacer posible lo imposible”. “En lugar de frases generales sobre la profundización de la crisis y la ‘situación cambiante’, el Comité Central estaba obligado a señalar de modo preciso cuál es la actual correlación de fuerzas del proletariado alemán, de los sindicatos, de los comités de fábrica, qué conexiones tiene el partido con los obreros agrícolas. Estos datos están abiertos a una investigación detallada, y no son ningún secreto.” [3] . Volvemos otra vez, por un momento, al debate de Altamira con Guillermo Moreno. Allí, el debate fue sin duda quién paga la crisis. Moreno planteó falsamente que ellos harían que la deuda pública la pague la oligarquía, una mentira grande como una casa, pero que ilustra cuál fue el tema de debate. Como ya dijimos, Altamira no planteó la Constituyente sino “un gobierno de los trabajadores y la izquierda”. Se trata de un planteo correcto que remite al debate del Congreso pasado, sobre la importancia que tenía la incorporación del concepto de la “izquierda” al formular nuestra salida. Esto, porque plantea la fusión de la clase obrera y la izquierda, un planteo estratégico, y que remite al Frente de Izquierda como alternativa política de conjunto. [4] . “En el marco de semejante crisis se escucharán voces en favor de convocar a una Asamblea Constituyente que, en el marco de una transición, rediseñe el régimen político y reconstruya la solvencia de la Nación y de las provincias. La clase obrera debe ponerse en contra de estos objetivos estratégicos de la crisis institucional que se está tejiendo, pues corresponden a prioridades de la burguesía, no de los trabajadores” (“La etapa final de los Kirchner”, En defensa del marxismo N° 37). [5] . Miren este texto del Partido Obrero que, explícitamente, dice que la burguesía mantiene la estrategia: “13. El pasaje de la prosperidad a la crisis se está efectuando delante de nuestros ojos en el escenario mundial, abarcando al conjunto de los países y fuerzas sociales… Sus formas de erupción no pueden ser previstas. La caída de la burocracia estalinista es una manifestación de la progresión de este movimiento, así como la absoluta falta de estabilidad de los regímenes burgueses de los países atrasados. La burguesía continuará disponiendo de tiempo e iniciativa, en tanto no haya un principio de solución a escala internacional del proletariado, condenando a la humanidad al retroceso histórico” (Tesis presentada por el Partido Obrero al Primer Congreso del PT de Brasil). A la luz de este texto, ¿corresponde acusar a compañeros de querer quemar los libros del Partido Obrero? 31/1/19

1 de agosto de 2019
Sobre el Plenario del Sindicalismo Combativo, las consignas y el movimiento obrero en los textos de Jorge Altamira

Volveré sobre un tema que ha sido tratado en otros documentos del XXVI Congreso: el presunto fracaso y fin del Plenario Sindical Combativo (PSC). Lo hago debido a que Jorge Altamira insiste en esa tesis en su segundo documento. Como se apreció el 14 de febrero en varias provincias y en la Mesa Nacional que lo convocó, no ha muerto. En el primer documento, Altamira señala que tiene que ser el Sutna “el polo de atracción de activistas y delegados en su conjunto”, para señalar luego que “ese rol no puede ser jugado por combinaciones minoritarias con fuerzas vacilantes que no favorecen ninguna preparación política de la vanguardia obrera, como lo prueba el fracaso del Plenario Sindical Combativo”. Esto querría decir que otras conquistas sindicales del clasismo, por caso los Suteba combativos, encabezados por el Suteba Matanza; la AGD que es cabeza de un agrupamiento sindical nacional del clasismo docente universitario y una formidable herramienta de clase y para los socialistas en el movimiento sindical de la UBA -que incluye a escala nacional a Adiunt, referencia en Tucumán-; que las conquistas en Aten Neuquén, el gran gremio que sacude sistemáticamente a la provincia con sus huelgas generales; el clasismo del Subte, de telefónicos, de la Unión Ferroviaria, de Ademys, que se ha ganado un lugar contra los aparatos kirchneristas docentes de la Ciudad de Buenos Aires; de la Naranja gráfica, con sus posiciones, sus conquistas y su historia; de los grandes cuerpos de delegados metalúrgicos; del formidable reagrupamiento en la Alimentación, el Sindicato de Ceramistas, el clasismo de ATE y de Adosac (que llegó a dirigir la CTA de la provincia); nuestra agrupación de petroleros del norte santacruceño o los plásticos clasistas del Gran Buenos Aires, por mencionar algunos; que todos ellos no pueden ni deben ser también junto al Sutna y en conjunto “un polo de atracción de activistas y delegados”. Sintetizando, el PSC permite al Sutna ocupar un lugar en el concierto del movimiento obrero. De otro modo, estaría condenado a operar en el vacío o a ser empujado a los espacios de la burocracia opositora. Señalemos aquí que la Federación de Aceiteros ha hecho lo imposible y Hugo “Cachorro” Godoy de ATE también, para arriar al Sutna hacia esas posiciones. Precisamente, lo que ocurrió en el Plenario de Lanús en setiembre pasado es que el Sutna ocupó un destacado lugar en el movimiento obrero a partir del PSC. Altamira en su segundo documento corre el arco porque rebaja los objetivos, dice que “lo que se necesita no es una tendencia político sindical… sino una coordinación de las luchas”. Y que esto sería lo ocurrido en la Mesa Nacional que convocó al 14 de febrero. Vamos por partes. En primer lugar, Lanús no fue una combinación de sectas, que es lo que pretendían las sectas aquel frustrado encuentro sindical del 5 de marzo de 2016, que no llegó nunca y que fue motivo de debate en nuestro XXIII Congreso, donde Altamira fue crítico de que no lo hubiéramos hecho. Precisamente, nuestro planteo en aquel momento fue el que triunfó en Lanús: que los sindicatos conquistados sean los convocantes de un congreso de trabajadores en la perspectiva del Congreso de delegados con mandato bases de todos los sindicatos (planteo votado por unanimidad en el XXV Congreso y llevado adelante por unanimidad por el CEN y el CC). Aquel 5 de marzo priorizamos la representación conquistada por la Negra en el Sutna San Fernando y no permitimos que los liquidadores de la secta del MAS integraran en igualdad de condiciones un encuentro obrero. Así llegó la victoria de la Lista Negra en todo el país, apoyada sin vueltas por el PO. Digamos en este punto algo fundamental: Lanús y su proceso previo y posterior con los plenarios provinciales e iniciativas de lucha convocaron, por su carácter y gravitación, a ATE Turbio, la directiva de Adosac, aceiteros de Córdoba, Luz y Fuerza de Córdoba, municipales de Jesús María, entre otros. Por su carácter, también pudo convocar al Sindicato Ceramista de Neuquén, asestando una derrota al liquidacionismo del PTS. En segundo lugar, Altamira se refiere a una reunión con compañeros de la Alimentación, donde concluyeron que hay que preparar a los trabajadores para ocupar las fábricas que despiden o cierran. Precisamente, en el programa de Lanús hemos inscripto la huelga y ocupación, algo discutido y votado por los dos mil activistas presentes. Es decir que lo que necesitamos es un reagrupamiento que formule una perspectiva y un programa para quebrar el dominio de la burocracia y no una mera coordinación de luchas. Digamos de paso que la coordinación de las luchas fue el planteo oportunista del morenismo petesiano que llegó al punto de editar un periódico llamado Nuestra Lucha, con sólo ese propósito, sin delimitación alguna de las distintas alas del peronismo y la centroizquierda que intervienen en el movimiento sindical. Agreguemos que esos intentos fracasaron todos, porque la otra cara de este planteo despolitizado es el “frente único con la burocracia”, como propusieron durante la ocupación de AGR, por ejemplo. Lanús se ha delimitado desde su convocatoria del moyanismo y el kirchnerismo sindical, también de la centroizquierda deggenarista, como corrientes incapaces de enfrentar a los ‘gordos’ de la burocracia sindical tradicional, porque replican sus métodos, porque están referenciados en el PJ y sus alas, o en la centroizquierda en sus diferentes tendencias, todas tributarias de variantes patronales. En tercer lugar, lo ocurrido en el exitoso plenario, convocado por la Mesa Nacional del Plenario Sindical Combativo el lunes 4 de febrero, no fue una convocatoria del Sutna a las luchas, como afirma Altamira. Simplemente no corresponde a la convocatoria, a lo ocurrido y a las medidas resueltas. El plenario fue dirigido por la Mesa, con sus líderes, con pronunciamientos llegados desde Ceramistas de Neuquén y otros sectores, y de allí no se coordinó ninguna lucha sino que se convocó a “una jornada nacional contra la tregua de las centrales y por un paro activo nacional de 36 horas, primer paso de un plan de lucha para derrotar a Macri, al FMI y a sus socios los gobernadores y las patronales, para que la crisis no la paguen los que trabajan sino sus responsables”. Al plenario del 4 confluyeron las luchas del momento, lo que fue un éxito, porque incluso estuvieron sectores ajenos al clasismo como Sport Tech, Nidera, además de Interpack o el Inti, donde estrictamente ya no hay lucha. Pero el 14 vino sólo Nidera, cuya participación es combatida por la Federación Aceitera. No hay casi tales luchas hoy. Sport Tech ha sido llevada por la CTA hacia una cooperativa y no concurrió a la Plaza de Mayo; Siam hace rato que no está en lucha; se levantó Interpack y la jornada fue, en cambio, un gran planteo político en el movimiento obrero con considerable repercusión política en varias provincias y medios. Desde la tribuna, planteamos que la tregua de la burocracia se articula con el relevo electoral pejotista y kirchnerista, corrientes que no están dispuestas a romper con el FMI (como lo planteó en su discurso Ileana Celotto, secretaria general de AGD-UBA). Justo en el momento que Kicillof se reunía con Roberto Cardarelli, del FMI. Muy lejos de una “coordinación de las luchas”. Sirvió, en cambio, y mucho al Sutna y a Fate, donde la patronal pocos días antes del 14 presento un recurso preventivo de crisis, amenazando con 437 despidos. No existía este recurso cuando fue convocada la mesa del PSC, cuya reunión desalentó Altamira. ¿Por qué sirvió? Porque el PSC, como consecuencia de la tenaz lucha política del PO y la Coordinadora Sindical Clasista, ha marcado una perspectiva y un programa que hemos editado oportunamente y que constituye un avance claro respecto de todos los programas adoptados por el movimiento obrero en los últimos cuarenta años. Los programas de las reuniones del importante movimiento antiburocrático de los ’80 fueron todos de adaptación al nacionalismo. La ruptura con el nacionalismo caracteriza todo el programa adoptado en Lanús. Claro, mediante una lucha política que encontró obstáculos. Los representantes sindicales de IS se opusieron a la consigna “gobierno de trabajadores” y fue adoptada una aproximación de poder a través de un plan económico de los trabajadores de salida a la crisis (pero, sin embargo, el “Pollo” Sobrero lo planteó en su discurso en la apertura, dando una victoria estratégica al PO). En relación a Fate, Alejandro Crespo mandó un mensaje el 14, desde la Plaza de Mayo, al dueño Madanes Quintanilla desde una movilización de diez mil personas convocada por una decena de sindicatos. Un resultado del frente único de los sindicatos convocantes. La coordinación de luchas que propone Altamira no habría podido hacerlo y, digamos, que la intentó Interpack con la fábrica ocupada y no ocurrió, como antes la había intentado AGR y tampoco ocurrió. La seguiremos intentando, pero son iniciativas puntuales de otro orden que corresponden a las medidas concretas para potenciarlas. En cuarto lugar, volver a las convocatorias que hacía el Sutna San Fernando sería un paso atrás. Aquella experiencia fue un gran punto de apoyo para desarrollar al activismo de Fate y la seccional San Fernando del Sutna, pero sus propósitos eran más acotados porque no habrían podido llevar otros más ambiciosos adelante. No había un programa y no pretendimos un objetivo así porque escapaba a las posibilidades. Se trató de iniciativas de movilización por reivindicaciones tratadas en asambleas de Fate, fundamentalmente la lucha contra el impuesto al salario. Ahora, en cambio, todo el Sutna realizó reuniones por sección y un plenario de delegados con mandatos para convocar a los otros sindicatos a las reuniones previas a Lanús. AGD lo debatió en asambleas, recabamos mandatos en Neuquén y fuimos organizadores en esa ciudad de un plenario de 500 activistas en la previa de la reunión de convocatoria que precedió a Lanús, etc. Apuntemos que la cuestión del congreso de delegados con mandato de bases de todo el movimiento obrero, que no tenía adoptada el Sutna San Fernando, la tienen adoptada hoy los dirigentes del PO del Sutna y la defendemos en cuanta tribuna es posible -de hecho, lo ha hecho Alejandro Crespo en la previa al 14 en C5N. Pero no realizamos un ultimátum al respecto al PSC, donde las posiciones sindicales del morenismo lo bloquearon y tampoco lo adoptan otros sectores de izquierda participantes, aún más hostiles al planteo. Pero seamos claros, son las “sectas” a través de sus posiciones sindicales las que bloquean determinadas posiciones, no las sectas como tales, diferencia no menor. La secta IS tiene al secretario general de la UF Oeste, el secretario general de Ademys, a la adjunta del Suteba Matanza, la secretaria general de Adosac Pico Truncado y tuvo, hasta no hace mucho, a la secretaria general de Aten Capital. La superación del morenismo en el movimiento obrero se debe producir por medio del progreso del PO con la lucha política y programática en el marco del frente único. En quinto lugar, veamos la cuestión de las coordinadoras, el paro activo y la huelga general. Altamira vuelve a la cuestión por él planteada en el XXV congreso, asimilando aquella experiencia histórica a las coordinaciones alcanzadas alrededor de algunos conflictos de la etapa. Llamemos a las cosas por su nombre, se trató ciertamente de una consigna completamente inadecuada, como lo señalamos en el tortuoso debate que alumbró el documento de convocatoria del XXV Congreso y luego en el congreso mismo, debatiendo en torno del documento que Marcelo Ramal retiró. Las coordinadoras están inscriptas en la rica historia del movimiento obrero argentino, a partir de centenares y tal vez miles de cuerpos de delegados combativos que las crearon en los ’70 en el proceso que fue del Cordobazo, hasta la huelga general de 1975, donde jugaron su papel descollante, porque los delegados de la época impusimos la huelga general a través de ellas. El año 2018 mostró lo que afirmamos hace un año: lo que está en la agenda es conquistar cuerpos de delegados de manos de la burocracia para llevar adelante las luchas contra la ofensiva patronal en curso, como resultado de la descarga de la crisis sobre las espaldas de los trabajadores. No hay masa crítica para coordinadoras y no habrá coordinadoras porque los volantes del partido propongan coordinadoras, cuando no disponemos de los cuerpos de delegados para formarlas. Tampoco hubo huelga general y no avanzamos un milímetro por la simple agitación de la huelga general, salvo que tramposamente la confundamos con un paro general, que suele ser la antípoda de la huelga general. En cambio, el paro activo de 36 horas ha sido colocado en la agenda de debate de la vanguardia obrera y nos hemos apoyado en el Plenario Sindical Combativo para que la consigna puente hacia la huelga general ocupe un lugar en asambleas obreras, en gremios, en luchas y hasta en la consideración de la burocracia opositora moyano-kirchnerista que simuló un paro activo de 36 horas, el 24 de setiembre, para confundir en relación con nuestro planteo. En sexto lugar, el impasse al que se refiere Altamira en el documento de convocatoria al congreso tuvo un origen: la defensa incondicional del PO de la presentación de la Lista Negra del Sarmiento en la elección de delegados de la seccional Oeste. Dimos una lección. Frente a la provocación morenista de IS contra el plenario de Pilar, defendimos que “la única lista que se tiene que bajar es la Verde de los asesinos de Mariano”, en palabras del secretario del Sutna San Fernando. La defensa política de este agrupamiento de activistas, surgido contra la parálisis de la Bordó frente a la ofensiva patronal y burocrática en torno del nuevo convenio flexible, las paritarias a la baja y la persecución de activistas, mostró al partido como lo que es: un defensor incondicional del clasismo y de sus pasos, aunque no los dirija él mismo, porque no dirigimos el Encuentro Ferroviario, aunque nuestros militantes participan y gravitan en él. El impasse ha sido provisionalmente superado por la iniciativa que Altamira desechó. En séptimo lugar, el PSC une a trabajadores ocupados y desocupados, un principio de clase fundamental para nosotros desde la creación misma del Polo Obrero. La participación de delegados del Polo y otros movimientos ajenos a la cooptación de la emergencia-concertación social macrista es una escuela mutua que eleva políticamente a ambos sectores, los sindicatos clasistas y los movimientos piqueteros, dotando al movimiento de un programa común y métodos de clase comunes. Este tipo de experiencia ya tuvo su antecedente en las ANT (Asamblea Nacional de Trabajadores), pero el núcleo sindical era reducidísimo. En el caso de las ANT, jugaron un papel durante toda una etapa un sector de Asambleas Populares bajo la consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Hoy, esa confluencia se procesa con el sindicalismo combativo. Agreguemos algo fundamental: el Polo Obrero, paralelamente, abrió un mecanismo de plenario de delegados de organizaciones piqueteras que adoptó en ciertos puntos un programa aún superior a Lanús. Qué lejos está todo esto de una “coordinación de las luchas”. En octavo lugar, Altamira señala en su segundo documento que el PSC “es más un frente de denuncias y pronunciamientos que una coordinación de acciones”. Debemos aclarar que el PSC organizó piquetes y un acto en el paro nacional del 25 de setiembre, columnas independientes el 25 de junio, el 24 de setiembre, lo mismo ante las marchas de las velas y también movilizaciones propias como la del 14 de febrero, también en torno de la lucha de Interpack. Se trata de una combinación de denuncias, pronunciamientos y acciones, basadas en una lucha política que tiene como punto de referencia el programa votado en Lanús. Su carácter provisional está fuera de discusión, como todos los frentes únicos. Pero en el haber de las consecuencias del PSC no podemos dejar de marcar las listas en las elecciones de las tres CTA, todas encabezadas por el PO, que agruparon a toda la izquierda argentina. En los últimos años no se ha visto posición alguna de Altamira, tampoco de Ramal, sobre el explosivo crecimiento del Polo Obrero, a partir de los planteamientos del XXIV Congreso. En cambio, en el Plenario Nacional del año 2017 caracterizamos que “la lucha por el pan no está divorciada de la lucha por el poder”, sintetizando este nueva fase de la construcción del Polo Obrero que no forma parte de un movimiento de masas de ruptura como el de fines de los ’90, pero en cambio es un movimiento fuertemente politizado, porque nace rompiendo los mecanismos de contención asistencial montados entre el gobierno de Macri y las distintas alas del PJ y la centroizquierda maoísta. Y nace con una fuerte referencia política del PO y el FIT que no teníamos con este alcance en los años del Argentinazo. En noveno lugar (aclarando esta vez que el orden no es de prioridades), frente a las movidas más o menos acotadas del moyano-kirchnerismo sindical o de cualquier sector de la burocracia opositora, la existencia de las convocatorias independientes del PSC provee a nuestros dirigentes y activistas de un canal que, de no existir, nos conduciría a diluirnos en esas convocatorias. A saber, en una asamblea de AGD, de Ademys o de cualquiera de los sindicatos, el kirchnerismo y sus socios de izquierda impulsan la participación, sea el 21F, la movilización del 24 de setiembre o las movilizaciones de las velas. De no tener el canal de la participación independiente de un frente de sindicatos con banderas propias (paro de 36 horas, etc.), deberíamos participar como parias diluidos. Y esto vale para el Sutna, tal vez como para ninguno. Luego, si puntualmente corresponde movilizar como fracción disidente dentro de un sindicato dirigido por la burocracia, la agrupación correspondiente lo valora, pero tenemos una clara referencia movilizadora independiente. Esto no puede ser sustituido por columnas del FIT, como promovió Christian Castillo en aquella oportunidad, porque los sindicatos en los que participamos y aún los que dirigimos, no son brazos del FIT. Quiero señalar por fin en este apartado una cuestión de método, tan importante a las nuevas generaciones que se forman en el PO y que serán las que lo lleven a la victoria. La cuestión del congreso obrero fue votada por unanimidad en el XXV Congreso. Su preparación y realización se discutió en el CEN y estuvo a discusión de cada CC realizado, lo mismo que cada una de las iniciativas durante todos estos meses, las cuales fueron discutidas en el CEN sin que se presenten disidencias ni votaciones encontradas. Todas contaron con artículos explicativos en Prensa Obrera. Sobre el oído pegado a las masas y la agitación política revolucionaria No me interesa en este tema precisar quién toca de oído y quién no, creo que somos un partido metido hasta los tuétanos en la lucha de clases y sencillamente nadie tiene derecho a tocar de oído, sería una concesión admitir que algunos de nuestros cuadros lo hagan. Sí, en cambio, me interesa la cuestión del oído pegado a las masas. Hay ya suficientes citas de Trotsky sobre el punto, entre las que resalta la del capítulo séptimo del primer tomo de la Historia de la Revolución Rusa, donde el autor marca la excepcional cualidad de Lenin para interpretar el ánimo y las tendencias de las masas, a lo que atribuye (tal vez exagerando para marcar su importancia) “las nueve décimas partes del arte de conducir revolucionariamente a las masas”. Definitivamente, el PO no es un grupo de propaganda para difundir ideas marxistas, sino un partido de intervención en la lucha de clases, y su programa y su historia lo han transformado, dentro de sus límites, en un factor de la lucha política y de la lucha de clases en la Argentina. Desde ese lugar debemos juzgar la oportunidad de las consignas milimétricamente en su capacidad de hacer progresar la conciencia de clase del proletariado de manera de transformarlo de “clase en sí” en clase “para sí”. Justamente, el papel del Programa de Transición es trazar un puente entre el estado de conciencia de las masas y las tareas planteadas cuando las condiciones objetivas para la revolución están maduras y aún sobremaduras, pero la crisis de dirección del proletariado se transforma en el problema a resolver para superar la crisis de la humanidad. El Programa de Transición es una caracterización de la etapa del capitalismo y, al mismo tiempo, un cuerpo de consignas. En este momento, la crisis de régimen que caracterizamos no ha desembocado, sin embargo, en una situación en la que la iniciativa pase a manos de la clase obrera o de las masas en general. Trabajamos para que esto ocurra. Esto fue motivo de debate en el comienzo de 2018, tras las jornadas de diciembre. Curiosamente, Altamira días antes de aquellas jornadas caracterizó que “la crisis es por arriba” en su Facebook, cuando el CEN apreció (en Prensa Obrera) que se presentaba una tendencia a intervenir por parte de las masas como resultado del rechazo fulminante a la reforma previsional surgida del pacto fiscal con 23 gobernadores y tomó las medidas de intervención correspondientes. La historia es conocida con las fuertes movilizaciones obreras del 14 y 18 de diciembre de 2017 y, no olvidar nunca, el formidable cacerolazo solidario de la noche. Sin embargo, en el debate posterior que atravesó el XXV Congreso caracterizamos que la ley de anulación de la movilidad jubilatoria y la reforma tributaria antiobrera se impusieron y desde ese punto de vista hubo una frustración, una derrota de los objetivos del gran movimiento de diciembre. También apreciamos el operativo de contención puesto en marcha. Hubo un punto de inflexión en cuanto al desplazamiento de una base popular del gobierno en su contra, fenómeno que no ha cesado hasta hoy, puesto que luego se acaballó con el rodrigazo devaluatorio y la entrada en escena del FMI, que abrió una enorme recesión económica, inflación, tarifazos, etc. Pero, ¿la iniciativa pasó a manos de las masas? El punto es si la crisis de régimen ha hecho perder la iniciativa a la burguesía y ésta ha pasado a las masas. No es así. La reforma laboral fue postergada, pero, de conjunto, la crisis capitalista internacional y su combinación con la crisis del capitalismo nacional y el fracaso de la tentativa de salida que diseñó el macrismo han agravado la ofensiva capitalista en diversos frentes: suspensiones, retiros, jubilaciones adelantadas, despidos masivos, cierres de fábricas, ataque a los convenios colectivos, recursos preventivos de crisis, agudización de mecanismos represivos, vaciamiento de la Anses, todo esto en el marco de la confiscación inflacionaria contra salarios y jubilaciones. En medio de la crisis se incrementan las medidas de subsidio al capital financiadas por pérdidas de las conquistas obreras: poniendo una bomba de tiempo a la Anses y a los jubilados, que serán víctimas, más temprano que tarde, de otra reforma previsional, a la que llaman “de fondo”: elevación de edad, eliminación del doble beneficio (pensión y jubilación), cambio en la tasa de sustitución y un nuevo cambio en la movilidad, puesto que el desmadre inflacionario hará inviable a plazo fijo la actual indexación en relación con la estructura impositiva y el ajuste en marcha. Los 172.000 despidos en blanco, más la cifra seguramente enorme de los despidos en negro de 2018, han tenido por respuesta algunas luchas importantes, tenaces, pero completamente aisladas y canalizadas en general por direcciones antiburocráticas (Inti, Télam, Interpack, la muy discutible lucha de Nidera sometida por la Federación Aceitera a un desgaste sin fin). La masa de los despidos pasó sin lucha en textiles, metalúrgicos, plásticos, calzado, etc. En el primero de esos gremios tenemos dificultades, incluso en la comisión interna que integramos por el nivel de retroceso entre los compañeros de base. Sabido es que la recesión económica es un factor de inhibición de la lucha obrera y más aún cuando se presenta de manera atomizada, como condena la burocracia a cada proceso. Que la recesión “agudiza la lucha de clases” como marca Altamira, tiene como condición tendencias subjetivas, organizaciones obreras para llevarlas adelante, conciencia de clase, desarrollo del clasismo, todo lo cual es incipiente en el actual cuadro político. Sobre esta base, el peronismo y el kirchnerismo se asientan para operar y transformarse en un factor absolutamente gravitante para intervenir en la “protesta social” administrándola (trío Vaticano de organizaciones de desocupados, frente sindical 21F), contribuyendo pérfidamente a su derrota (gráficos) o frustración (huelga general en la universidad) y ligándola a una tentativa de formular un programa de relevo con base en fracciones del capital golpeadas por la crisis. Preparan un relevo ordenado en los términos del FMI y de una reestructuración de deuda, ante la emergencia de que el derrumbe macrista lo lleve a un abandono del poder, sea en la próxima elección o aún en una crisis previa. En el Informe de Actividades damos cuenta puntillosamente de los fenómenos huelguísticos, sus tendencias, las reservas de la clase obrera, sus límites y nuestra batalla para desbordar a la burocracia sindical luchando al mismo tiempo por su expulsión de los sindicatos y por una nueva dirección del movimiento obrero. ¿No hay ofensiva capitalista? La crisis capitalista mundial, indudable factor dinámico de la situación mundial, las crisis de régimen, las crisis políticas y las rebeliones populares no indican que no haya ofensiva capitalista. Al contrario, venimos marcando la tendencia a la guerra comercial y a la reproducción de escenarios bélicos como consecuencia de las iniciativas de la burguesía para endosar la crisis a las masas y las naciones más débiles y sometidas. En América Latina atravesamos una ofensiva continental contra las masas, que ahora ha tenido expresión en el grupo Lima, bajo la batuta de Trump, para viabilizar un golpe reaccionario en Venezuela e incluso una invasión militar. La consagración de Bolsonaro después de Temer constata ese derrotero del cual Macri no es ajeno como régimen de “ofensiva” que vino a reemplazar a los “regímenes de contención”. La idea mecanicista de que la crisis desata la irrupción de las masas, al margen de la lucha política contra un nacionalismo, que se considera que “no es bloqueo” porque “está en retroceso”, ha sido llevada al absurdo, a negar lo que la clase obrera y los explotados viven todos los días. Debo decir en este desarrollo que el documento firmado por Marcelo Ramal al XXV Congreso con apoyo de Altamira (luego retirado), afirmaba que el movimiento del aborto legal podría desatar “una situación prerrevolucionaria”. No ocurrió. No habría ocurrido si triunfaba y no ocurrió cuando más bronca debía desatar entre las masas movilizadas que se frustraron ante 38 senadores alineados con la Iglesia, los evangélicos y la reacción política. Esto porque la afirmación no corresponde al desarrollo de la conciencia de las masas en la etapa, a las direcciones del movimiento y a las ilusiones democráticas y parlamentarias, que tenemos que agotar con consignas adecuadas. Por eso, es adecuada la propuesta de consulta popular, para dar una continuidad movilizadora y llevar el tema al más amplio debate de las masas, cuando está siendo enterrado ahora mismo en la agenda de todos los partidos y especialmente de nuestro rival más inmediato en el movimiento popular, el kirchnerismo. Retomando el problema de nuestros planteos para promover la ruptura de los trabajadores con el peronismo, el gran factor de freno y desvío, hay que valorar aquellas consignas que den cuenta de la crisis y coloquen el tema de quién la paga. Los trabajadores, como consecuencia de décadas de dominio del nacionalismo, atan su destino al destino patronal, lo cual resulta de la esencia de colaboración de clases del nacionalismo. El reparto de las horas de trabajo sin afectar el salario, que el Estado garantice la continuidad productiva bajo gestión obrera, la defensa del salario real, de los convenios colectivos atacados, contra la precarización laboral, la apertura de libros, son todas consignas y planteos motores de la acción de la clase obrera para “que la crisis la paguen los capitalistas”. Por lo tanto, esta consigna resume y eleva políticamente a los trabajadores y su vanguardia para separarlos de la burguesía, de sus planteos, de sus partidos y de la burocracia sindical, brazo de esos partidos y de las patronales al interior de los sindicatos. Acompañada por el planteo “de una salida de los trabajadores y la izquierda” en este período electoral, ya iniciado con las elecciones provinciales desdobladas y con los realineamientos previos de las fuerzas políticas, constituyen un arma para desarrollar la conciencia de clase que no hay, el partido de clase que no hay y para dar la lucha por una nueva dirección. Al mismo tiempo, para que la crisis la paguen los capitalistas ahora mismo, hace falta la acción directa, el paro activo, el plan de lucha, la huelga general, como medidas destinadas a vencerlos, lo que jamás pretende ningún ala de la burocracia sindical. El antagonismo entre la consigna petesiana “la vida o las ganancias” y la nuestra es total. Una es una consigna redistribucionista y de tipo ético-moral, y la otra convoca a la separación de la clase obrera del capital. Lo mismo vale para la consigna de paro activo de 36 horas, que está en la tradición del Cordobazo, pero que no fue dispuesta al azar por aquel CC de principios de 2018. Nos basamos en la experiencia de las jornadas del 14 y 18, que fueron un pequeño ensayo de un gran paro activo nacional. El camino a la huelga general no depende de una propaganda que un día produce una huelga general. La última que tuvimos en la Argentina, la de 1975, fue el resultado de un largo proceso que arrancó con el Cordobazo, donde se inicia un ascenso de masas. La agitación es un camino de ida y vuelta. De diálogo con las masas. Viene a cuento una reflexión de Trotsky en Adónde va Francia: “¿Es posible una huelga general en un futuro próximo? A una pregunta de este tipo, no hay respuesta a priori -es decir, hecha de antemano. Para tener una respuesta, es necesario saber interrogar. ¿A quién? A la masa. ¿Cómo interrogarla? Por medio de la agitación”. “La agitación no es sólo el medio de comunicar a las masas tales o cuales consignas, de llamarlas a la acción, etc. Para el partido, la agitación es también un medio de escuchar a las masas, de sondear su estado de ánimo y sus pensamientos y, según los resultados, de tomar tal o cual decisión práctica. Son sólo los estalinistas quienes han transformado la agitación en un monólogo chillón; para los marxistas, para los leninistas, la agitación es siempre un diálogo con las masas.” "Pero para que este diálogo arroje resultados necesarios, el partido debe saber apreciar correctamente la situación general del país y determinar los trazos generales de la lucha próxima. Con ayuda de la agitación y del sondeo de las masas, el partido debe realizar las correcciones y precisiones necesarias en su línea, particularmente en lo que concierne al ritmo del movimiento y el momento de las grandes acciones.” Como se verá, en un período de aguda lucha de clases en Francia, Trotsky se preocupa de lo que tenemos que preocuparnos los trotskistas del PO, las consignas motoras de la acción de las masas, el balance de su impacto entre los trabajadores, la asimilación de ellas por parte de la vanguardia y su alcance en un cuadro político determinado. La huelga general no resultará por generación espontánea a partir de los volantes y la agitación del PO, llevando “la comprensión de la crisis de régimen”. De la crisis de régimen, los trabajadores pueden dar cuenta a partir de la acción por las reivindicaciones motoras y transicionales. La consigna “Fuera Macri, Asamblea Constituyente”, aunque tenga el aditamento de gobierno de trabajadores, ahora agregado, no da cuenta de la lucha política con el adversario número uno en la lucha obrera, y de todas las organizaciones populares contra el macrismo: el nacionalismo y en particular el kirchnerismo. Al contrario puede ser funcional a él, cuando las masas no están a la iniciativa. En cambio, como parte de un sistema de consignas que promuevan la irrupción de las masas y asociada a esa irrupción, la Constituyente se trata de un planteo adecuado al alcance de la crisis en presencia. El orden de consignas adoptado en el CC que vota la Constituyente arma la intervención del partido. Esto porque además formula “Fuera Macri y el régimen corrupto de macristas, pejotistas y kirchneristas”, cuando se profundiza la crisis judicial alrededor de las causas de “los cuadernos” de la corrupción en la obra pública que tienen a media burguesía en el banquillo de los acusados y asistimos a las maniobras para indultar a los capitalistas. Excluir de la batalla política central a Rioseco-Martínez, hoy en plena elección neuquina de la consigna, o excluir al pejota-kirchnerismo rionegrino también en plena batalla electoral es una concesión que no nos podemos permitir. La confrontación política con el arco patronal domina el escenario cuando la magnitud de la crisis excepcional en la que se desenvuelve el proceso electoral ya en marcha con los desdoblamientos y alineamientos es fundamental. Veamos si no, la cuestión de la misión del FMI que recibió garantías no sólo de su gobierno, que es Macri, sino de Urtubey, Lavagna y Kicillof, más la burocracia sindical. La clave de la intervención política del momento es la articulación de las consignas y orientaciones para que las masas intervengan en la crisis y el programa de clase y socialista para dar una salida política y de poder a esa intervención, cuestión que será fundamental en el debate electoral. Y también fundamental en esta fase de lucha por el frente único, el programa y los candidatos del FIT, combatiendo el furioso electoralismo del PTS que pretende diluir el canal que el FIT significa con llamados sin principios ni condiciones a enemigos de la organización política de la clase obrera, como Zamora. La unidad de intervención del partido en torno del conjunto de los planteos nos da una iniciativa que nos permitirá reclutar en diversos frentes y la agitación política será una formidable preparación para el curso de la lucha de clases anterior y posterior a las elecciones generales. La burguesía trata de consagrar con el voto popular el síndico que definirá qué clase social pagará la crisis. “Que la crisis la paguen los capitalistas, por una salida de los trabajadores y la izquierda” es un planteo que tiene más vigencia aún que cuando lo formulamos en la crisis 2008/2009. 20/2/19

1 de agosto de 2019
En defensa del informe político

Contribución al XXVI Congreso El XXVI Congreso se va a realizar en medio de un proceso político convulsivo que, como lo destaca el encabezamiento del informe político, se caracteriza por el derrumbe del macrismo. Esto plantea enormes desafíos para la vanguardia de la clase obrera. El fracaso de la experiencia derechista de Temer desembocó en Brasil en la victoria de Bolsonaro. En la Argentina, el gran desafío planteado es preparar el resultado contrario: cómo hacemos que esta transición culmine con un desenlace favorable a los trabajadores. El Partido Obrero es puesto nuevamente a prueba y deberá demostrar si es capaz de interpretar el momento, lo cual debemos traducir en una orientación y consignas. La cuestión de las consignas, obviamente, es una cuestión importantísima y en el acierto en su selección reside la capacidad que tengamos de capturar los elementos objetivos, pero también subjetivos presentes. Al referirse a las consignas, el Programa de Transición destaca que es necesario tener en cuenta su peso y articulación. Esta consideración aparece en el capítulo dedicado a los países atrasados en la que formula, entre otras consignas, la de Asamblea Constituyente: “El peso específico de las diversas consignas democráticas y transitorias en la lucha proletaria, su relación mutua y su orden de aparición vendrán determinados por las peculiaridades de los diferentes países atrasados y, en buena medida, por su grado de atraso”. Es útil retener esta reflexión de Trotsky a la hora de abordar el debate que se viene desarrollando en el partido. Siguiendo esta línea metodológica, el informe político establece un sistema de consignas que apunta a recoger todas las aristas y tendencias de la situación, tanto objetivas como subjetivas, en especial estas últimas. Jorge Altamira, en su documento alternativo, advierte correctamente “contra una aplicación mecánica de la bancarrota económica a la política, sin verificar la mediación entre una y otra por la lucha de clases y, por sobre todo, por la calidad de la vanguardia de la clase obrera“. Está claro que los planteos, las consignas y las tareas en que el partido debe empeñarse deben necesariamente derivarse de un análisis de la lucha de clases y del estado de conciencia de clase. Pero ese análisis es, precisamente, el gran ausente en el documento alternativo de Altamira. Gabriel Solano advierte agudamente en su respuesta al documento de Altamira que “el riesgo de omitir en un documento que se pretende congresal un balance de la lucha de clases del período y del estado de conciencia de los trabajadores es evidente, porque puede conducir a un objetivismo ajeno al marxismo, y de ahí derivarse tareas o consignas equivocadas, ya sea porque no se corresponde con la situación o porque son seleccionadas arbitrariamente”. Acerca de las consignas En el juego de consignas que plantea el informe político tomamos en cuenta la crisis del macrismo, pero también la ofensiva en desarrollo. No existe una contradicción en el hecho de que estemos frente a una ofensiva de un gobierno en crisis. En el comité nacional, como es sabido, tuvimos un debate sobre el punto, el año pasado. La objeción de que se trataría de “un contrasentido por definición” no se sostiene, hasta el punto de que fue abandonada por sus defensores. El lanzamiento de una ofensiva es uno de los recursos del que intenta valerse el gobierno macrista para remontar la crisis. Esto, por supuesto, no es siquiera una originalidad del macrismo. La historia está plagada de contraofensivas de fuerzas políticas o militares acosadas, en retroceso, que echan mano de este expediente para revertir un escenario desfavorable. En algunos casos prosperan y en otros, no. El macrismo está intentando preservar su base de apoyo en la clase capitalista procurando demostrar que es capaz de liderar y hacer pasar una agenda antiobrera. Los tarifazos, los techos salariales, el giro represivo, los despidos, unidos al avance de la flexibilidad laboral, incluido el reflotamiento de la reforma laboral, son piezas de este paquete. No se nos puede escapar que del desenlace de esta ofensiva dependerá en buena medida la capacidad del oficialismo de pilotear la crisis, hasta sus propias chances electorales y de perpetuarse en el poder. Como contrapartida, mirado desde el lado de los trabajadores, no es indiferente como éstos queden parados y lleguen a fin de año. Una cosa es que la agenda antiobrera logre pasar y otra que sea frenada y se logren victorias, incluso parciales. Ni qué hablar que esto va a condicionar el proceso electoral, influyendo en el estado de ánimo, disposición de lucha y también, por extensión, en el humor sindical y político de los trabajadores. En caso de que se articule una respuesta colectiva al ataque en curso, será un caldo de cultivo más favorable para una radicalización política de las masas y un desplazamiento hacia la izquierda. A caballo de ello, puede ampliarse el alcance del voto en favor del Partido Obrero y del FIT y el campo de acción para un reclutamiento. A la luz de lo expuesto, la consigna de “derrotemos el plan de guerra de Macri, el FMI y los gobernadores” es una consigna clave y central. La experiencia reciente de Brasil es aleccionadora al respecto. El triunfo de Bolsonaro es inseparable del desasosiego y la desmoralización provocada por la ausencia de una respuesta frente al ataque perpetrado por Temer, que terminó haciendo estragos en términos de retroceso social en todos los planos (pérdida salarial, de conquista laborales y puestos de trabajo). Pese a tratarse de un gobierno totalmente devaluado, que culminó su mandato con un 3% de popularidad, aprovechó ese vacío para hacer pasar un ataque de proporciones. El gran problema es cómo los trabajadores irrumpen en la crisis. Nuevamente allí volvemos a la articulación de las consignas y el peso de cada una de ellas. En el caso de la revolución rusa, la consigna de Constituyente formó parte del arsenal de consignas agitadas por los bolcheviques. Pero siendo una consigna democrática, cuyo valor es incuestionable en oposición a la autocracia zarista que acababa de derrumbarse, estuvo integrada a otras consignas que, incluso, ocuparon un lugar superior y más preponderante. Lenin en “Enseñanzas de la revolución”, cuya lectura recomiendo, subraya la importancia de las consignas de “pan, paz y tierra” como grandes motores políticos de la revolución. El mismo análisis hace Trotsky. En un país diezmado por la guerra, la cuestión de una “paz inmediata sin anexiones” se convirtió en una bandera central que abrazó a todas las clases oprimidas. Poner fin a la guerra iba de la mano de parar la devastación y el hambre. En el caso especifico de los campesinos, que reunía a la masa mayoritaria del pueblo, la aspiración de la tierra estaba íntimamente ligada a la paz porque nadie iba a poder usufructuarla si estaba condenado a morir en los campos de batalla. “Pan, paz y tierra” fue una gran consigna política y no un mera sumatoria de reivindicaciones sociales. Ayudó a una clarificación y delimitación de campos y, en esa medida, a separar a los obreros y campesinos de la burguesía y atraerlos al campo de la revolución. Una función semejante, la cumple hoy la consigna de que “la crisis la paguen los capitalistas”. El gran debate nacional es cómo se sale de la crisis y cuáles son las medidas para hacerlo. Hoy, en la Argentina, enfrentamos una crisis brutal, en la que el pueblo viene siendo sometido a sacrificios y privaciones inauditas. Nuestra consigna de que la crisis la paguen los capitalistas va unida a un programa de salida, que agrupa consignas mínimas y transicionales, y establece las bases de una salida de los trabajadores, en oposición a las salidas capitalistas. Dentro de este programa está la cuestión central de romper con el FMI, el no pago de la deuda, la nacionalización de la banca, los recursos naturales y estratégicos. El desafío histórico es superar al peronismo y esto exige una clarificación política de los planteos y propuestas que enarbola el nacionalismo burgués y en especial el ala kirchnerista que es la que despierta más expectativas entre los trabajadores. La Constituyente debe estar íntimamente ligada a la imposición de este programa. De lo contario corremos el peligro de colocar el carro delante del caballo. Terminamos haciendo de ella un fetiche. El debate de Jorge Altamira con Moreno -viene al caso señalarlo- giró alrededor de cuál es el programa, las medidas y las propuestas para hacer frente a la crisis nacional. Quedó expuesto, negro sobre blanco, el programa del socialismo versus el que enarbola el nacionalismo burgués, que apunta al rescate de la burguesía nacional. En una hora de duración del programa -o sea, que había tiempo de sobra- no hubo una sola referencia a la Constituyente. En el debate televisivo no faltó, sin embargo, un planteo de poder, aunque fue formulado en forma algebraica, planteando una salida política de los trabajadores y la izquierda. En el afán por otorgarle una centralidad a la Constituyente se termina por restarle relevancia política a las otras consignas que venimos formulando, que son confinadas a la categoría de consignas “reivindicativas” o “sindicales”. El ángulo inverso con que abordaron el punto los dirigentes de la revolución de Octubre, que apreciaron el alto voltaje político que encerraba la batalla alrededor de un conjunto de reivindicaciones vitales. “Derrotemos el plan de guerra de guerra de Macri, el FMI y los gobernadores” pone en primer plano la acción directa de la clase obrera y, por lo tanto, el paro activo y la huelga general, y el congreso de bases de las centrales y los sindicatos. Por fuera de la articulación de consignas que promovemos en el informe político, la Constituyente no pasa de ser una consigna democratizante pues se relega a un segundo plano las palancas fundamentales para promover la movilización popular. Sin irrupción de las masas, el “fuera Macri” y una eventual convocatoria de una Constituyente sería simplemente la punta de lanza y la envoltura de un recambio burgués motorizado por algún ala de la oposición patronal. El “derrotemos” traza una divisoria de aguas con la oposición patronal y sus exponentes en el campo sindical, que vienen dejando pasar la ofensiva capitalista. El argumento para sostener esta conducta consiste en que hay que esperar hasta fines de 2019, en que van a tener lugar las elecciones presidenciales. Hugo Yasky, secretario general de la CTA kirchnerista, plantea que hay que descartar los paros en el curso de este año. Se trata del mismo argumento que utilizó el PT y la burocracia sindical de la CUT, tributaria de Lula y sus acólitos. Esta conducta tuvo un efecto letal, como es conocido, provocando una parálisis de las organizaciones obreras y pavimentando el terreno para el ascenso de la derecha. El frente democrático (que en nuestro país tiene su expresión en el frente antimacrista) es el principal escollo que hay que vencer. El sistema de consignas que reivindicamos en el informe nos habilita para una clarificación política y una batalla integral con el colaboracionismo de clases, empezando por el kirchnerismo. Más allá de las peleas, la oposición cierra filas con el oficialismo en la defensa de la gobernabilidad. Ninguno de ellos quiere que la situación se desmadre; inclusive, los opositores, ven con agrado que el gobierno cargue con el trabajo sucio del ajuste. El debate en la Conferencia Latinoamericana El lugar que ocupa la Asamblea Constituyente también estuvo presente en la Conferencia Latinoamericana. En la elaboración del informe de apertura que presentamos a la conferencia, desechamos la tesis de que la Asamblea Constituyente fuera una consigna con vigencia universal para América Latina. Su oportunidad debía ser discutida concretamente, como lo señala el informe aprobado. El punto afloró también en el curso de las deliberaciones. Los delegados presentes, incluido las delegaciones de Brasil, consideraron acertadamente que una Constituyente, en las actuales condiciones, cuando se viene de una elección plebiscitaria de Bolsonaro, sería una instancia amañada, bajo el control del nuevo gobierno. En Venezuela no resulta tampoco oportuna, en momentos en que el único que podría convocarla sería la derecha, como parte de un engranaje golpista. Las deliberaciones de la Conferencia Latinoamericana, como era de esperar, no escaparon al debate general que enfrenta el partido. Como puede verse en la resolución aprobada, el centro de la preocupación está puesto en la irrupción de los trabajadores, lo cual, obviamente está lejos de pasar meramente por el embudo de la Constituyente. El informe de apertura que sometimos a consideración en la conferencia plantea un programa y una línea de intervención integral para Latinoamérica. La versión original omitía este abordaje y fue enriquecida con los agregados que se fueron haciendo. Transcribimos, a continuación, sus aspectos salientes: “La lucha por el poder enfrenta el desafío de superar la crisis de dirección del movimiento obrero, que en todas partes desempeña un papel de freno y de recurso último de la contrarrevolución. Esto pone a la orden del día la necesidad de enarbolar un programa de salida frente a la crisis y los medios para imponerlo. Un programa transicional para que la crisis la paguen los capitalistas, que ligue las reivindicaciones inmediatas con la cuestión del poder, y que promueva el desarrollo revolucionario en los sindicatos y la independencia política de los trabajadores”. “Que la crisis la paguen los capitalistas significa: por salarios y jubilaciones equivalentes a la canasta familiar, ningún despido, reparto de las horas de trabajo, sin afectar los salarios. Anulación de los tarifazos, la apertura de todos los costos y libros de los monopolios energéticos, de la industria, de los servicios y del transporte, y el control de los trabajadores” (…) “Esto plantea, a su vez, la necesidad de alentar la irrupción en la crisis de la clase obrera para que emerja como un factor autónomo y una alternativa de poder. Llamamos a impulsar la deliberación de la clase obrera para derrotar los planes de ajuste y ataque en marcha y los que se avecinan, y discutir un programa de conjunto de salida a la crisis. Por congresos de bases, con delegados elegidos y mandatados de los sindicatos y centrales sindicales. Por agrupaciones clasistas y combativas. Por una nueva dirección obrera.” El alcance de la ofensiva capitalista y, en especial, su alcance en Brasil con el ascenso de Bolsonaro, fue parte también del debate. Los fuertes condicionamientos que enfrenta el nuevo gobierno, en especial los que impone la crisis mundial capitalista, unido a los propios desequilibrios internos de Brasil, no nos debe hacer perder de vista las dimensiones del ataque en curso y el severo golpe que esto puede representar en las filas de la clase obrera. Estamos frente a una gran pulseada, cuyo desenlace va a marcar el proceso político brasileño en la próxima etapa. Esa conclusión política es la que está volcada en la declaración aprobada que advierte esta situación y llama a una acción continental para derrotar al fascismo y los gobiernos responsables del ajuste y los planes de guerra que se vienen llevando a cabo contra el pueblo trabajador. Estas consideraciones valen para la Argentina. En el informe de apertura, en otro de los cambios y agregados a la versión original, se da cuenta, por un lado, de la envergadura del ataque implementado por el gobierno argentino y los preparativos de una nueva fase del mismo y, por el otro, de la situación contradictoria que atraviesan las masas argentinas. “El macrismo intentará valerse del triunfo del ex capitán de navío para reforzar un ataque contra las masas. En la misma dirección, las patronales argentinas han salido a reclamar la implementación de una agenda antiobrera más ambiciosa, empezando por los proyectos de reforma laboral pendientes. En la capacidad del gobierno para llevar a cabo esta ofensiva se juega la suerte del macrismo y sus planes reeleccionistas. El imperialismo, por ahora, sigue alineado con el gobierno y el rescate del FMI se inscribe en esta política.” “Argentina se encuentra, en lo que se refiere al movimiento popular, en un estado contradictorio: una lucha excepcional del movimiento de mujeres (no solamente por el derecho al aborto), movilizaciones del estudiantado, algunos conflictos sindicales aguerridos en puntos diversos del país se combinan con ataques de grandes dimensiones, que han logrado abrirse paso, imponiendo golpes importantes a los trabajadores. El gobierno y los partidos patronales, a su turno, se fragmentan en grados diferentes”. Estos golpes se han agravado en el final del año anterior y en el arranque del actual, con una ola de cierres y un tendal de despidos. Reflexión final La crisis por arriba, por más importante que sea, no configura una crisis de poder mientras las masas no articulen una respuesta colectiva y conquisten la iniciativa. Esto le otorga una capacidad de maniobra y acción a la burguesía pata pilotear una crisis y siempre está a mano el recurso de apelar a contraofensivas, como la que está intentando orquestar, ahora, el macrismo. Hay una polémica en curso sobre la “iniciativa estratégica”, pero antes de ponderar los méritos de una u otra posición, sería útil y hasta saludable despejar una cuestión previa. La insistencia sobre la ausencia de una “iniciativa estratégica” de la burguesía, aún suponiendo que fuera una tesis válida, no nos puede llevar a desconocer iniciativas, que se han revelado como recursos eficaces, incluso duraderos en el tiempo, para someter y doblegar a los trabajadores. No podemos obviar que el nacionalismo burgués y la izquierda democratizante dominaron el escenario latinoamericano durante casi dos décadas. Precisamente, el informe presentado en la conferencia resalta la eficacia de los frentes de colaboración de clases para abortar los procesos revolucionarios y contener a las masas. No tenerlo en cuenta, en nombre de su derrumbe actual, sería necio. Un recurso alternativo es el fascismo que habrá que ver, en el caso de Brasil, si evoluciona y logra afirmarse. En momentos en que se conmemora los 100 años del estallido de la revolución alemana, es insoslayable el rol determinante jugado por la socialdemocracia, totalmente integrada al Estado capitalista, para restablecer el orden y aplastar la insurrección obrera. Es necesario hacer uso, pero no abuso, de las categorías o premisas que venimos enarbolando. Esto vale también a la hora de abordar el impasse histórico del capital. La burguesía, por más que encarna un régimen históricamente agotado, dispone de enormes recursos y una experiencia acumulada que hunde sus raíces en su condición de clase dirigente durante varios siglos. Sería un error imperdonable subestimar la iniciativa de la burguesía para articular una estrategia contrarrevolucionaria. Las reflexiones que hace Trotsky sobre esta cuestión en uno de sus escritos a posteriori de la revolución de octubre (cuya parte saliente Pablo Giachello transcribe en su último texto) me exime de comentarios. Por lo pronto, es desafortunado presentar la ofensiva que encara Macri y la que se propone Bolsonaro como simples manotazos cuando estamos frente a ataques en regla, que apuntan a una alteración profunda de las relaciones entre las clases y, por lo tanto, a promover un retroceso histórico de la fuerza de trabajo, que supone, como paso previo, una derrota de las masas. Con ese mismo método, se caracterizó a Bolsonaro como un producto de la crisis, omitiendo que se trata de un armado de amplios sectores de la burguesía y la reacción política de Brasil y del imperialismo para reforzar una ofensiva contra las masas como salida justamente a la crisis (Marcelo Ramal, documento en respuesta a Eduardo Salas). En torno de la “iniciativa estratégica”, ya han aparecido abundantes textos impugnado el automatismo, el fatalismo y el reduccionismo de dicha sentencia. Las premisas económicas de la revolución deben trasladarse luego al proceso vivo de la lucha de clases. Solamente agregaría que, incluso en el supuesto de que se admitiera la premisa sobre la ausencia de una iniciativa estratégica de la burguesía, eso, de todos modos, no habilita a hablar de una iniciativa en la vereda opuesta, por parte de la izquierda y los trabajadores. Hablar de una iniciativa potencial de la izquierda es unilateral. Ojo con las “aplicaciones mecánicas”. Al pasar del plano de la economía a la política tenemos que hacer pasar la caducidad del capital por el filtro de la lucha de clases. Esta revela una situación contradictoria: explosiones populares, crisis políticas inmensas y, al mismo tiempo, una descomunal crisis de dirección. Si nos referimos a la calidad de la vanguardia de la clase obrera, se constata en la izquierda, incluida la que se reivindica revolucionaria, una tendencia a la adaptación al régimen capitalista y seguidismo a los partidos de la burguesía. A la hora de hacer una caracterización, tenemos que recoger todos los elementos en juego. Si queremos definir seriamente una política internacional no sólo es necesario sino imprescindible que hagamos un recuento de fuerzas, incluido el lugar en que estamos parados nosotros mismos. En eso consiste un análisis dialéctico. Cualquier otra cosa es mecanicismo, aunque se lo quiera pintar de lo contrario. ¿Hacer un reconocimiento de la debilidad es rendirse frente a los hechos consumados? ¿Es una señal de derrotismo? De ninguna manera, pone como nunca el foco en la crisis de dirección pavorosa y llama la atención sobre los grandes escollos que tenemos que vencer. Afirmar que al proletariado es el agente del progreso de la humanidad y el sujeto llamado a liderar la transformación social, convengamos, que es apenas un punto de partida. Obviamente, no nos podemos quedar marcando el paso en esta premisa. Mientras la clase obrera no pase de ser una “clase en sí” para transformarse en “una clase para sí” (es decir consciente de su interés histórico) -o sea, conquiste su independencia de clase- la burguesía tiene un campo muy amplio para manipular a las masas y, tomar iniciativas políticas y abrir paso a la contrarrevolución. El dilema es socialismo o barbarie, de modo tal que la perspectiva de la barbarie está presente como amenaza cierta. Queda un complejo camino por recorrer. Estamos ante un proceso abierto, que deberá resolverse en la arena de la lucha de clases, que se concentra en la crisis de dirección de la clase obrera, es decir, en el sujeto. Por esta razón, el sistema de consignas que elaboremos debe partir de tener el oído muy pegado a las masas e inspirarse en el balance de la lucha de clases del período y el estado de conciencia de los trabajadores. 5/2/19

1 de agosto de 2019
Una reflexión sobre el debate de la Conferencia Electoral

La Conferencia Electoral tiene un enorme valor político por sus resoluciones, pero también por su desarrollo, algo que no surge necesariamente de la lectura de los documentos y declaraciones votadas. En el primer sentido, la nominación de Romina Del Plá como candidata a presidenta o vice de la fórmula del FIT, en las cortas horas transcurridas, ha tenido enorme repercusión no sólo en los medios, sino especialmente en la vanguardia. Es que Romina es la figura nacional novedosa y ascendente de la izquierda argentina, por su carácter de dirigente sindical clasista, de cabeza de la izquierda en la lucha por el aborto legal y como parlamentaria obrera y socialista. La campaña política a partir de su candidatura cambia cualitativamente la intervención del PO en todos los frentes y especialmente en las provincias donde ya hay elecciones. Por otro lado, objetivamente ya ha quedado inscripta la fórmula del Frente de Izquierda, cortando en seco el terreno en el que nos desenvolvíamos hasta ahora, en el que aparecían Myriam Bregman y Nicolás Del Caño como fórmula presentada en los medios de comunicación. Hemos hecho una campaña por el acuerdo integral y hemos logrado imponer la apertura de esa discusión en la semana previa a la conferencia. En la reunión posterior ha quedado prefigurada la posibilidad cierta de un acuerdo nacional en las próximas semanas y aún los próximos días. Hemos hecho una contribución política de primer orden contra la parálisis del FIT, movimos las piezas y nos colocamos en la iniciativa política para romper esa parálisis. En relación con el debate procesado es instructivo clarificar para el conjunto de los militantes aspectos que surgen de las afirmaciones y aún más de las contradicciones de los textos alternativos presentados por Marcelo Ramal y Jorge Altamira. Se han votado en bloque dos textos absolutamente contradictorios. Una resolución política contraria a la conferencia misma porque “no están en discusión los candidatos sino el programa y obrar en sentido contrario es electorero”. Y, por otro lado, una propuesta de declaración cuyo título es “Por qué votamos al Frente de Izquierda y de los Trabajadores”, antes que se constituyan los candidatos ni el programa actualizado del FIT en el orden nacional, que son las condiciones que sacan al FIT de su parálisis. Se asociaron a una propuesta paralizante, la de no realizar la Conferencia Electoral y postergar todo hasta después del congreso del partido y otra llamando a votar un FIT cuando no hay elección nacional y cuando el FIT no tiene acuerdo nacional. En segundo lugar, Marcelo Ramal dice que la conferencia se convocó sin “caracterización de los bloques en pugna, programa y consignas”. Faltó a la verdad en su texto puesto a votación. La conferencia fue convocada con la resolución del CC publicada en el Boletín Interno N° 6, donde se actualizan las caracterizaciones del documento de convocatoria al congreso que, justamente, establece caracterización (crisis de régimen), bloques en pugna (tempranamente ambos materiales caracterizan el alcance de las maniobras del PJ Federal y luego del operativo Lavagna, la fractura de la burguesía) y consignas (“que la crisis la paguen los capitalistas, por una salida de los trabajadores a la crisis”, más el cuerpo de consignas que venimos desarrollando: paro activo de 36 horas y congreso de bases, fuera Macri, los gobernadores y el FMI, Asamblea Constituyente). Lo que hizo el documento presentado y votado por el 80% de la conferencia fue actualizar y desarrollar aquellas caracterizaciones y consignas, y todavía más importante, contrastarlas con la realidad para ajustarlas. Este método fue el contrario al usado por Ramal y Altamira, quienes incurrieron en bandazos, improvisaciones y falta de balance de sus propias propuestas. Altamira mismo señaló que la declaración la escribió a las cuatro de la mañana de ese día y el propio Ramal, al dar su informe de “minoría” (entre comillas, porque no existe como tal) debió explicar la cuadratura del círculo llamando a votar un documento que acusaba de electorera a la conferencia junto a una declaración que llama a votar al FIT. Luego, la consigna que proponen: “Fuera Macri, Asamblea Constituyente, gobierno de trabajadores” deja claramente al kirchnerismo y al PJ afuera de la lucha política y eso se vio en la Asamblea de Mujeres de cara al 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, donde combatimos -y ganamos- con la consigna “Fuera Macri, los gobernadores y el FMI”, variante del Fuera el régimen de la corrupción de macristas, kirchnerista y pejotistas, votada por el CC. Esta consigna llevó al gran choque de la movilización de masas de mujeres con las burocracias de las centrales que retiraron por ese motivo el financiamiento del sonido y la firma del documento. Lo propio pasó en otra batalla política victoriosa, en el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia que convoca la marcha independiente para el 24 de Marzo, donde impusimos una consigna similar a la del 8 de Marzo. Conclusión, si íbamos a esas instancias con “Fuera Macri”, quedábamos en un frente único con el kirchnerismo que, bajo la forma del frente antineoliberal, dejó a un lado las reivindicaciones de la mujer y quiso poner el 8M al servicio del voto al PJ. Las consignas hay que pasarlas por la prueba de la lucha política y el resultado de nuestras campañas políticas, lo otro es un método autista. Examinemos la declaración presentada por Altamira Pero quiero ir puntualmente al contenido de la declaración presentada por Altamira. Dice “el sistema político -gobierno, Congreso, partidos, Justicia, gobiernos provinciales- se encuentra bajo el control completo del FMI en una suerte de dependencia colonial”. Es un error y así lo expliqué brevemente en mis seis minutos de intervención en la conferencia. La frase se pierde la riqueza de la crisis de régimen, la desmiente, a excepción que pensemos que la crisis de régimen consiste sólo en la tendencia al default. La crisis con el juez Alejo Ramos Padilla puso en el escenario político la guerra de servicios de inteligencia que emergió con Alberto Nisman, hecho ahora agravado porque la Corte Suprema resolvió proveer al juez denunciante los fondos para llevar a fondo su investigación, en el mismo momento que el ministro de Justicia, Germán Garavano, inició un pedido de juicio político en el Consejo de la Magistratura contra Ramos Padilla. La misma Corte acaba de fallar a favor de San Luis y lo haría a favor de Santa Fe por decenas de miles de millones reclamados al gobierno nacional que revientan el déficit cero (ahora tiene que ser superávit de 40.000 millones de pesos en el primer semestre). Casi al mismo tiempo falló en favor de 11.700 juicios de los jubilados y se espera otro fallo similar. Y consignemos también que se esperan fallos que pueden complicar al gobierno si se inhabilita a Alberto Weretilnek, lo que permitiría la victoria del kirchnerista Martín Soria en Río Negro, lo mismo si se habilita a Sergio Casas en La Rioja. Por otro lado, los gobiernos provinciales, como se aprecia, forman parte de corrientes políticas que no piensan romper con el FMI, pero sus reclamos chocan con los acuerdos alcanzados por Macri y en general con la gobernabilidad del ajustazo en marcha, aún cuando ellos ejecuten el ajuste en sus provincias. Los partidos se quiebran, como se ve a Cambiemos en Córdoba o al PJ en Tucumán, como consecuencia de la aplicación de la política del FMI, lo que forma parte de la riqueza de la crisis de régimen a explotar por los revolucionarios. La burguesía misma -caracterizamos en la resolución- se fractura en torno de un programa de renegociación de los términos alcanzados con el FMI en función de arrancar subsidios, en lo que marca una pugna con el capital financiero y a término con el FMI. La declaración se lo pierde. Pero lo más dañino de la declaración aparece más abajo. Un completo embellecimiento del PTS que anula todo el palabrerío sobre la lucha política contra el PTS que sería, según la resolución propuesta por Ramal, la batalla contra el carácter de una Constituyente y otra, la nuestra y la del PTS. Lo cierto es que la declaración de Altamira dice que “el FIT es la única fuerza política que ha ejercido una oposición sistemática a este régimen político antiobrero, y que ha advertido que nos llevaría a una nueva bancarrota…”. No es así, el que advirtió sistemáticamente eso fue el Partido Obrero, en absoluto las otras fuerzas del FIT y en particular el PTS, que nos habla de una crisis orgánica y no de una crisis capitalista. Quien caracteriza que Argentina es el “eslabón débil” de la crisis capitalista mundial es el documento del CC al XXVI Congreso del PO y Prensa Obrera, sistemáticamente. Luego viene algo más flagrante aún. Dice la declaración de Altamira que todos los compañeros pueden leer en el BI “El FIT ha planteado en forma sistemática, en el movimiento obrero donde concentra su fuerza, que la CGT y los sindicatos tenían la fuerza suficiente para derrotar toda esta política y ofrecer una salida mediante la convocatoria de un Congreso de bases”. Tiene más errores que palabras. El PTS no concentra su fuerza en el movimiento obrero, donde es una sombra y todo el morenismo se ha opuesto sistemáticamente al planteo del Congreso de bases. Incluso IS plantea el paro nacional sin demasiadas condiciones, típicamente como factor de presión de la burocracia: el planteo de paro activo de 36 horas para movilizar la fuerza social capaz de derrotar al régimen del FMI es marca registrada del PO y, desde ese lugar, lo adopta el Plenario Sindical Combativo. El PTS, al contrario, ha boicoteado el Plenario Sindical Combativo porque se niega a que los sindicatos recuperados ocupen el centro de la escena de la vanguardia obrera con permanentes iniciativas, como las que hemos tenido desde el Plenario de junio del 2018 en Lanús hasta acá. El embellecimiento de una corriente faccional y liquidacionista del frente único de clase es inadmisible en una declaración nuestra. Más abajo, la declaración escrita de madrugada vuelve sobre un tema que fue motivo de debate en el XXV Congreso, abandonado por completo durante un año y que regresa ahora con la misma formulación inadecuada para la etapa que atravesamos en el movimiento obrero: “llamamos a formar coordinadoras de delegados y bases en todos los distritos industriales”. No están los cuerpos de delegados para semejante tarea, que tuvo su antecedente en las coordinadoras de los ’70, cuando miles de cuerpos de delegados estaban en manos de las izquierdas de la época. No está la masa crítica de delegados y comisiones internas combativas para semejante planteo y, al contrario, atravesamos una ofensiva de ataque al activismo y a las posiciones conquistadas. No se pueden formar coordinadoras con los cuerpos de delegados que entregan al movimiento obrero a los despidos, cierres y suspensiones, siguiendo la política de la burocracia sindical de los Pignanelli, de los Caló, de los Daer y los Moyano. El Plenario Sindical Combativo ha puesto en pie los mayores reagrupamientos de los que damos cuenta en el informe de actividades. Luego se coordinan acciones alrededor de las luchas, pero no ha sido posible coordinar luchas, sino de manera episódica y puntual por la disparidad de desarrollos y politización de sus direcciones. Ya consigné que intentamos hacerlo desde la ocupación de AGR y no fue posible, luego desde la ocupación de Interpack y tampoco ocurrió. Sobre este punto hay que caracterizar que la “coordinación de las luchas”, que montaron el PTS y el MST con los despedidos del Posadas, no ha tenido destino alguno por las razones apuntadas. En cambio, el Plenario Sindical Combativo, con sus contradicciones y limitaciones, ha perdurado y reagrupado a una vanguardia porque es un frente único con un programa que delimita de los bloques de la burocracia oficial y opositora, y que agrupa a los sindicatos recuperados que, por esa vía, intervienen con una orientación común frente a las distintas etapas de la lucha del movimiento obrero. Y que, como lo señalamos en el Informe de Actividades al XXVI Congreso, fue fundamental a la hora de conformar las listas en las elecciones de las tres CTA, todas encabezadas por la Coordinadora Sindical Clasista del Partido Obrero. Por fin, la declaración propuesta por Altamira dice lo que es la política del CC: “urgimos a todos los partidos del FIT a lanzar nuestra campaña político electoral en todos sus aspectos: programa, candidatos, métodos de acción y una apertura a todas las fuerzas que coincidan de palabra y en los hechos con esta estrategia y este programa”. ¿En qué quedamos, Ramal, no era que había que esperar al congreso del partido? Aquí se dice que urgimos… Pero, además, se violenta una resolución del CC de diciembre, tomada por unanimidad, que es que todo planteo al resto de la izquierda se hace a partir de un acuerdo del FIT. Lo que se formula en este párrafo es lo del PTS, un planteo que de llevarse adelante, es disolutorio del FIT. Otra adaptación al PTS. La candidatura de Romina y de todos los compañeros El documento presentado por Ramal impugna la designación de candidatura alguna en la conferencia, mientras el propio Ramal participa de las reuniones del FIT donde impulsamos el acuerdo integral inmediato, política que votamos en el CC por unanimidad en diciembre. Esta duplicidad se expresa en la declaración y fue desarrollada verbalmente en el informe de “minoría”: “¿Sobre qué criterios se propondrán los candidatos? Se impondrán candidaturas cuando el partido se encuentra discutiendo todavía su política frente a la crisis [nótese que se sugiere que no tendríamos política frente a la crisis hasta el congreso partidario, absurdo] y el balance de su actividad [la de los candidatos]”. En criollo, no podríamos nominar a Romina a Presidenta o Vice, según el acuerdo nacional, sin antes examinar el balance de su actividad. A este efecto fueron oportunamente presentados los cuestionamientos a su actividad parlamentaria y a la de todos los parlamentarios por no usar al Parlamento como tribuna revolucionaria y, a su turno, no plantear la Constituyente, en los documentos de Daniel Blanco. El cuestionamiento de Blanco fue refutado con actas taquigráficas que desnudaron la maniobra inconsistente. Del mismo modo se ha mostrado que toda la actividad parlamentaria que ha estado y está en relación directa e íntima con las posiciones de Prensa Obrera y del CC en cada momento y en cada etapa: el planteo de clase y socialista en el gran debate del aborto legal que proyectó a Romina a ser una de las cuatro figuras centrales de la izquierda en la Argentina, la permanente conexión de su actividad parlamentaria con la lucha del movimiento obrero y popular que ella misma encarna como dirigente sindical, sus planteos de cuestionamiento al Estado capitalista y al régimen en su conjunto en todos los temas de la agenda reaccionaria y la lucha política en reivindicación de la acción directa de las masas (paro activo, huelga general) en tiempo real, como ocurrió durante las jornadas de diciembre y tantas otras. Altamira insistió una y otra vez con el voto a la ley Micaela. Juliana Cabrera, la secretaria parlamentaria de nuestro bloque explicó lo ya conocido y reconocido por el propio Altamira, que la ley fue severamente criticada por impotente y encubridora de la responsabilidad del Estado en la violencia de género. Pero Juliana explicó que con la mamá de Micaela (de paso aclaró que la ley no es de Macri, como sostiene Altamira en unos de sus documentos, sino del Movimiento Evita, del cual Micaela era militante) y con la mamá de Lucía Pérez al lado de la propia Romina, el voto fue decidido en función de la continuidad de nuestra intervención en el movimiento de lucha, donde no sería comprendido un voto junto al único que votó en contra, el diputado ultraderechista Alfredo Olmedo. Altamira, en su intervención en la conferencia, respondió que no sabía de ese “compromiso” con el movimiento de lucha. Pues bien, levantaba el teléfono y lo sabía. No se puede pontificar sobre la política del partido si no se lo hace desde sus informes y organismos, somos parte de la lucha de la clase obrera en todos los terrenos. Al mismo tiempo, Romina es la dirigente de la poderosa Tribuna Docente de La Matanza, que está creciendo en relación con todos nuestros aliados en la Multicolor, todo lo cual está en el informe de actividades. Quien está en la vida del partido sabe esto cada día sin necesidad de ir al congreso partidario y Ramal lo sabe mejor que nadie. Romina es, además, la constructora desde los cimientos del comité de La Matanza del PO y una figura política de larga trayectoria en este distrito inmenso que se suele llamar “la cuna del peronismo”. Las candidaturas de los diferentes distritos se van resolviendo en distintas instancias que pueden o no comprender una conferencia electoral local, un plenario partidario u otra instancia. No es condición para el Partido Obrero que está organizado como partido socialista y revolucionario que cada candidatura se discuta en una conferencia, no somos un campo de disputas personales como los partidos patronales. El compañero adecuado y con mayor instalación pública es el que sirve al PO. La Conferencia Electoral ha sido un éxito político por sus resoluciones y entre ellas es fundamental la nominación de Romina Del Plá que, en horas, dinamizó los debates del FIT y su prefiguración pública, cuando faltan dos meses para la inscripción de candidatos a las Paso. Ella jugará como cabeza política del FIT ya mismo en la elección de Santa Fe, en sus actos e iniciativas que fueron parte fundamental también del debate de la conferencia, porque la campaña estaba paralizada en el distrito, sin plataforma, sin afiches. Los ejes santafesinos en línea con la política del partido han sido votados por el CC, explicitados en la conferencia, y la campaña en este enorme distrito de gran presencia de la clase obrera es de urgencia. Pues bien, Romina será la referencia nacional de los compañeros del PO que ya son candidatos en el distrito de acuerdo con la discusión de su comité. Así será de corrido en Córdoba, Mendoza, Tucumán y en todo el país. Deliberación sí, deliberacionismo no. Salimos con todo. A las cosas compañeras y compañeros. A explotar las grandes posibilidades de la etapa de crisis capitalista y de régimen que caracteriza la lucha de clases en la Argentina de hoy, de lo cual las elecciones son parte indivisible. 21/3/19

1 de agosto de 2019
A militar con todas las campañas resueltas por los organismos partidarios

Mientras transcurre el debate congresal, el partido aborda todos los desafíos de la etapa. Las movilizaciones por el 8 de Marzo, el 24 de Marzo, las luchas obreras como en Textilana y Fate, la jornada de lucha del Polo Obrero, las huelgas docentes y de docentes universitarios, etc. Las campañas electorales provinciales y las campañas políticas apoyadas en la declaración nacional “Que la crisis la paguen los capitalistas”, la carta al FIT y, más recientemente, el manifiesto electoral y la campaña de instalación de la candidatura de Romina, que fue resuelta como una campaña central en la Conferencia Electoral Nacional del 16 de marzo. Como ha sido dicho, esta campaña, reflejada también en el editorial de la Prensa Obrera, “A la arena electoral con Romina Del Plá a la cabeza”, tuvo un gran impacto mediático, y en particular en la izquierda. Tanto el PTS como el MAS reaccionaron rápidamente para tratar de instalar a sus voceras públicas. El MAS pagó una encuesta telefónica para medir a Manuela Castañeira contra Pitrola, Del Caño, Bregman, Zamora y Heberling y, ¡oh casualidad! no contra Romina Del Plá. El PTS inundó las redes con publicidad paga de Myriam Bregman. Acorde con lo resuelto por amplia mayoría en la Conferencia Electoral, todo el partido salió a militar esta campaña. En este marco, llamó poderosamente mi atención la entrevista realizada por Radio Cooperativa al compañero Jorge Altamira, el 21 de marzo, en la que el compañero, pasados cinco días de la conferencia, no sólo no nombra a Romina Del Plá, sino que su intervención prácticamente no tiene puntos en común con el manifiesto electoral aprobado. El propósito de esta minuta es analizar y someter a crítica este accionar, que considero equivocado, para que colectivamente mejoremos nuestras intervenciones públicas y mediáticas. Los militantes del PO que, en alguna oportunidad, oficiamos de voceros tenemos que aprender rápidamente -y lo hacemos de compañeros con la experiencia y solvencia de dirigentes como Altamira- a “meter” la línea del partido en los escasos minutos de televisión o radio que los medios nos otorgan, a veces batallando contra la línea editorial de dichos medios y, por supuesto también, contra adversarios políticos. Sin embargo, en esta oportunidad el único invitado al programa fue Altamira, y la entrevista duró más de una hora. Más aún, el periodista quería que Altamira hablara de la campaña electoral y los candidatos. Para que se aprecie la crítica que estoy haciendo, doy algunos detalles: antes de llegar a la mitad de la nota, el periodista se va a la tanda publicitaria diciendo “Seguimos en un ratito charlando con Altamira y nos metemos de lleno en lo que se viene en este año 2019 electoral, tan fuerte, tan importante. ¡Tiene candidata el PO! Lo vamos a estar charlando con él en un ratito nomás”. Al volver de la pausa, Altamira ignora esto por completo. Más avanzada la nota, el entrevistador pregunta: “Jorge, ¿vos te imaginás un socialismo en la cercanía, con el Frente de Izquierda gobernando o teniendo la presidencia o creés que el capitalismo tiene para rato?”. Altamira contestó sobre Trump sin mencionar la flamante conferencia ni sus resoluciones. Al final, ya con un tono de frustración, el periodista arremete: “Me hubiese encantado hablar un montón de otras cosas… Se nos come el programa. Es un placer tenerte Jorge acá. Me quedo con la duda de qué hacer con los venezolanos que se están muriendo”. Ahí Altamira responde: “Tenemos una cuenta pendiente entonces. Y otra que es la campaña electoral del FIT y el Partido Obrero, pero nos invitás para otra oportunidad”. Esta respuesta indica que la omisión de Altamira en una hora de entrevista radial es consciente y premeditada. Cabe recordar aquí las palabras de Altamira en su documento del BI Congresal N° 10: “Se ha escrito que quienes someten a una crítica la posición oficial (aprobada en una tarde, recordemos), pretenden sabotear la campaña electoral. Dejando de lado la obsesión electoral, la denuncia es falsa”. Pero, entonces, inesperadamente, el periodista interesado en la cuestión electoral extiende la entrevista diciendo: “Te pregunto, cortita, la última: se vienen las elecciones, se está polarizando o se quiere polarizar. Macri y Cristina. Lo veo a Felipe Solá… ¿Cómo está esto que se viene?… Esta política, bien lo dijiste vos, no va más. ¿No? ¿Cómo se derrota esta política? ¿Con quién se derrota está política?”. Y entonces, Altamira contesta que en medio de semejante crisis tal vez no lleguemos a las elecciones de octubre, y luego introduce las consignas propuestas por él en el Boletín Interno N° 2: “Fuera Macri. Fuera el FMI. Asamblea Constituyente”. Sin mencionar a la oposición patronal, sin postular a Romina Del Plá, sin mencionar la conferencia. Incluso, ante la repregunta final del entrevistador sobre cómo se hace para que se vaya Macri, Altamira no desarrolla el tema fundamental de la intervención de los trabajadores en la crisis, con un plan de lucha que parta de un paro activo nacional de 36 horas, congreso de bases para darle una salida positiva a la crisis, que la paguen los capitalistas, y lograr que se vaya Macri, y la Asamblea Constituyente soberana. En cambio, cierra la nota con “Los trabajadores tienen que votar por el Frente de Izquierda. Nosotros, a segunda vuelta”. Es decir, el título de la declaración propuesta por él (y no aprobada) en la conferencia del partido. A la luz de estos ejemplos, se ve claramente que la omisión de Altamira es deliberada y hasta conseguida trabajosamente. Esquivando con esmero las inquietudes de los periodistas. El delito de opinión y la unidad de acción del partido En este punto, me parece pertinente retomar lo planteado por Altamira en su minuta del BI Congresal N° 10, donde dice que “En el bolchevismo no existe el delito de opinión, por la simple razón de que nadie puede opinar o pensar como opina otro, si no fue persuadido de ello, ni menos está obligado a hacerlo. El lavado de cabeza es incompatible con un socialista. Debe respetar, sí, la unidad de acción; ‘estoy en contra de esta huelga, pero vengo al piquete que la garantiza porque lo votó la mayoría de la fábrica’. ‘No acompaño la posición que votó mi partido, pero no la ataco en público -sólo defiendo mis argumentos y mi posición, y apoyo disciplinadamente la acción del partido’”. La omisión de Altamira sobre las resoluciones de la Conferencia Electoral y en particular la no postulación de Romina Del Plá no es exclusiva de esta entrevista. Al día de hoy, Altamira no ha hecho la menor alusión a esto en su Facebook ni en su Twitter, a pesar de la salida de un manifiesto, un comunicado de prensa y el editorial de la Prensa Obrera. Cabe que nos interroguemos: ¿estas omisiones de Altamira entran dentro del supuesto de no acompañar la posición votada, apoyando “disciplinadamente” la acción del partido? Supongamos que tengo una diferencia con la caracterización votada por el CC, por ejemplo, sobre el gobierno de Uruguay. En tanto esta divergencia no obstaculice ninguna campaña del partido, puedo no sólo omitir, sino incluso polemizar con la caracterización oficial. En cambio, en torno de la candidatura central del partido se desenvuelve una campaña -valga la redundancia- central. En esta etapa sirve para instalar a Romina Del Plá y abortar las tentativas de polarización del escenario político electoral; para reforzar las campañas electorales provinciales; sirve para presionar por el acuerdo integral en el FIT (programa y candidaturas, y que se enlaza con la propuesta de Congreso del FIT); juega un rol en la pelea por sacar de la parálisis al FIT y lograr que actúe en todos los terrenos de la lucha de clases en el marco del frente único. Como se ve, estamos ante una omisión que boicotea campañas importantes votadas en los organismos partidarios. De ahí que me parece dudoso que este accionar pueda ser considerado aceptable y, en el mejor de los casos, está lejos de ser recomendable. Deliberar y actuar como un sólo puño En el congreso partidario se presentan dos propuestas de acción: A y B. Se produce un debate, donde se advierten las ventajas y desventajas de votar cada una de ellas. Finalmente se vota y la campaña A resulta victoriosa. ¿Es admisible en el partido que los defensores de la campaña B no se sumen a la campaña A resuelta por el congreso? Si no lo hacen, ¿no están propiciando que se potencien todas las desventajas de la campaña A y se minimicen todas sus ventajas? ¿Cómo es posible hacer luego un balance común de la campaña resuelta colectivamente? Como plantea Altamira, nadie está obligado a cambiar de pensamiento, y a todos los militantes nos cabe apoyar disciplinadamente la acción del partido. Más a sus dirigentes, que conocen las resoluciones de primera mano y deben orientar la acción del partido. Mucho más a los dirigentes más conocidos por la militancia y que tienen acceso a los medios de comunicación, porque su inconducta siembra la confusión generalizada y la parálisis en la militancia. Vamos con todo a la arena electoral con Romina Del Plá a la cabeza, la mejor candidata a presidente de la Argentina. 25/3/19

1 de agosto de 2019
¿Otra vez las coordinadoras?

Sobre nuestra intervención en el movimiento obrero La propuesta de declaración que Altamira presentó a la Conferencia Electoral, rechazada ampliamente por el voto de los delegados, volvió a insistir con la consigna de coordinadoras fabriles; incluso esta vez presentándolas como una tarea central. Decía: “llamamos también a formar coordinadoras de delegados de bases en todos los distritos industriales, para combatir los despidos masivos y cierres de empresas, como la tarea más urgente del momento actual”. El tema ya fue abordado en diversos documentos. La objeción básica es que la “materia prima” de las coordinadoras -los cuerpos de delegados y comisiones internas, con autonomía de la burocracia y capacidad de movilización- prácticamente no existe; los que reúnen esos requisitos se cuentan con los dedos de una mano. El plenario de delegados gráficos, para citar un ejemplo que conozco bien, es la retaguardia del gremio y el principal apoyo de la directiva. La idea, más modesta, de “coordinar las luchas”, es decir de reunir fábricas en conflicto con el fin de tomar alguna iniciativa común, aunque fuera mínima, tampoco prosperó (lo intentamos en torno de AGR y luego de Interpack). La otra “variante” de coordinación, que no tiene nada que ver con lo que intentamos, son las convocatorias del PTS, consistentes en juntar despedidos de algunas empresas, sin mayor representatividad, para hacer “visibles los conflictos” -y al PTS- desentendiéndose de lo que ocurre en la base. Aunque tenga visos de farsa, detrás de esto hay una concepción: el movimiento obrero ha entrado en una etapa de retroceso (el fin del sindicalismo de base) y sólo existe margen para acciones de propaganda. La cuestión de las coordinadoras (y la coordinación) remite, entonces, a la caracterización del movimiento obrero; que resiste, que lucha y pone un límite a la embestida capitalista pero no logra salir de una fase defensiva. Planteado de otro modo, la pregunta es: ¿por qué la clase obrera, que demostró gran predisposición a defender sus conquistas, no ha podido romper el cerco de la burocracia sindical, fragmentada y desprestigiada? Recesión y cambios “estructurales” Hay varios factores que confluyen. Uno es el que señala el documento político: la recesión ejerce una presión económica que desorganiza y retrae a la clase obrera. La crisis industrial no agudiza necesariamente la lucha de clases. Lo que se agudiza es la ofensiva patronal, mientras que la reacción obrera está condicionada (como afirma Néstor Pitrola en su respuesta a Altamira) a la presencia de tendencias combativas. La voluntad de lucha da paso al conflicto donde existen direcciones determinadas a organizarla o liderarla. El otro factor es estructural. Los cambios en los procesos de trabajo que se vienen desenvolviendo desde hace dos décadas, en especial en algunas áreas de la economía (la industria automotriz, las telecomunicaciones, etc.) están transformando la estructura y conformación de la clase obrera. La reforma laboral no es otra cosa que una adecuación normativa a esta realidad desigual y un intento de generalizarla e imponer una reorganización integral de las relaciones capitalistas. La multifunción, la tercerización, la “convergencia” o los sistemas de celdas, no son cosas nuevas, pero progresaron significativamente en los últimos años junto con el trabajo autónomo o independiente (“uberización”); uno de los aspectos de la reforma más caros a las patronales, cuya regulación la CGT discute en este momento. La incapacidad del macrismo para avanzar ordenadamente -señaló el economista liberal Carlos Melconian- obligaba a las patronales a imponerla “de facto”. En los lugares de trabajo, en “la frontera” donde se produce el choque físico con el capital y donde se forja en gran medida la relación de fuerzas entre las clases, este avance capitalista produjo una pérdida de control de los procesos de producción y del espacio, es decir un salto en el disciplinamiento de los trabajadores, que tiene repercusiones directas en los medios de lucha. De conjunto, atravesamos un momento de debilidad de los organismos de base. Desde ya, la lucha por recuperar cuerpos de delegados y comisiones internas sigue siendo clave. ¡Es lo que hacemos todos los días! Lo que llamamos la “transición” (el surgimiento de un nuevo activismo, clasista, que pugna por la conquista de los sindicatos), aunque a ritmo más lento, continúa; incluso los retrocesos o derrotas fueron compensados, en algunos casos, con nuevas posiciones (Inti). El ejemplo reciente de la planta marplatense Textilana revela la potencialidad de la situación: una fábrica hiper-regimentada, donde el retroceso del activismo nos condenó al aislamiento por mucho tiempo. Nuestras denuncias -en soledad- sobre los atropellos de la patronal confluyeron con el hartazgo general y cuando estalló la huelga (por un mensaje anónimo), nuestro liderazgo fue determinante para llevarla al triunfo. Lo que los trabajadores reclaman ahora es pasar a la disputa por la seccional de la Asociación Obrera Textil. Un historiador afirma que “a partir de la derrota de la ola huelguística de 1959-60, las comisiones internas perdieron centralidad y autonomía”, pero… resurgieron con fuerza una década después. La clase obrera argentina ha demostrado una gran capacidad de organización, ¿encontrará nuevas formas o un ascenso revitalizará a las comisiones internas, las renovará y les dará nuevas funciones (y, por lo tanto, se crearán las condiciones, entonces sí, para el surgimiento de coordinadoras)? Tal vez, ambas cosas. Después de todo, ninguna clase inventa todo de cero cada vez. El tercer factor es que el debilitamiento “por abajo” tiene un reflejo en la conciencia porque mina la confianza en la acción directa y fomenta ilusiones, en este caso, en la salida electoral. El “hay 2019” no prendió sólo por un acierto publicitario. La contención de los aparatos, tal como señala la resolución de la conferencia, se mezcla con la adhesión de vastos sectores obreros a políticas de conciliación de clase: los compañeros de Neuquén mencionaron el ejemplo de la asamblea petrolera multitudinaria, convocada por el senador nacional y secretario general del gremio Guillermo Pereyra; no para luchar sino para llamar a votar al MPN. La derrota de los ’70 fue producto, en última instancia, del sometimiento político de la vanguardia a la JTP y Montoneros. La dificultad de los trabajadores para oponer una resistencia aislada a los golpes patronales suscita la búsqueda de un eje general -es decir, político. La burocracia, que actúa a cuenta de la oposición patronal, la canaliza hacia el recambio electoral (“hay 2019”, “Chau Macri”, etc.). Pero por cualquier fisura -y la burocracia, dividida, ofrece muchas- se puede colar una irrupción obrera, como ocurrió el 14 y 18 de diciembre de 2017. En aquellas jornadas hubo pocas fábricas movilizadas de manera organizada, la mayoría eran contingentes de activistas y trabajadores, encolumnados en sus sindicatos, junto a una masa importante sin identificación. Algo similar ocurre en las marchas convocadas por el frente sindical opositor 21F contra los tarifazos. Nadie es más consciente de esto que la CGT de los Héctor Daer, Luis Barrionuevo y compañía. Por eso esquivan el paro e incluso la movilización. Al escribir esto fracasaba, una vez más, la reunión del Concejo Directivo de la CGT, que debe resolver sobre la marcha del 4 de abril. Los diarios dicen que además de la preocupación por no alterar la negociación por los fondos de las obras sociales y el rechazo de la “mesa sindical Lavagna Presidente 2019” a un acto con Moyano, hay un temor pampa a un desborde: “el efecto atril”. Consignas Entiendo que el llamado a formar coordinadoras no encontraría un eco y es equivocado. Más aún, expresado a modo de ultimátum (“la tarea más urgente”) se convertiría en un obstáculo en nuestra agitación. Las consignas son las palancas para mover a la clase obrera, para lanzarla a la acción. Las masas no aprenden leyendo libros, sino mediante su movilización y las lecciones que extraen de ella por la acción política del partido. Sobre este aspecto del debate también se ha escrito mucho. Nuestra política no puede formularse sino a partir del nivel de conciencia que los trabajadores poseen en un momento dado; el punto de apoyo de esas palancas es la conciencia “presente” de las masas. El Programa de Transición define así la finalidad de nuestra política: “ayudar a las masas, en el proceso de lucha cotidiana, a encontrar el puente entre sus actuales reivindicaciones y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, que, partiendo de las condiciones actuales y de la actual conciencia de las amplias capas obreras, conduzcan a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”. Por eso, la Constituyente, un planteo propagandístico, debe ocupar un lugar subordinado, sujeto al ritmo de evolución de la conciencia, hasta que se vuelva actual o sea reemplazada por otra. Cuando se dice que la función de la consigna es ayudar a que surjan los soviets se invierte el problema y se pone de manifiesto un error metodológico. No existe nada en la situación actual de las masas que lleve a suponer que se movilizarán por eso. Altamira afirma en su segundo texto que “no estamos ante un debate sobre la subjetividad de las masas, sino sobre la pertinencia o no de un planteamiento político de conjunto -Fuera Macri, Constituyente soberana, gobierno de trabajadores- para contribuir a esa subjetividad y preparar una evolución política”. ¡Pero no es posible contribuir a preparar esa evolución ignorando el estado presente de conciencia de los trabajadores! Elaborar nuestra agitación en base a una especulación sobre el rumbo que podrá seguir la mentalidad de las masas en un futuro (porque “la crisis hará su papel”), cuando ese rumbo no está señalado de antemano sino que depende de una lucha política, significa renunciar a incidir en esa evolución y dejar un ancho campo a los partidos de la burguesía. De paso, me permito señalar que no encontré entre los defensores de la Constituyente evidencia alguna de que la consigna haya jugado un papel progresivo en la crisis de 2001. Incluso un compañero se propuso demostrar su importancia recordando que en la prueba electoral que tuvo lugar dos meses antes del Argentinazo el resultado fue un fiasco; la consigna fue rechazada por las masas y, aun así -sostiene el compañero- persistimos. Curioso razonamiento. Sugiero revisar aquella experiencia de 2001 con ojo más crítico, antes que utilizarla como prueba de verdad. Elecciones y movilización La campaña electoral se desarrollará bajo el impacto de una crisis inmensa; una “bancarrota en la bancarrota” que supone la posibilidad de giros subjetivos y el desplazamiento de la expectativa electoral a las calles; eso afirma la resolución electoral. Nuestro desafío es vincular la campaña con las luchas y desarrollar un programa antagónico al de todas las alternativas capitalistas. El Congreso del FIT que proponemos tiene la finalidad de armar esta intervención. Pero en un plano más amplio, para capturar esos posibles giros subjetivos y canalizar las “expectativas” -ya en las elecciones o en las calles- necesitamos promover otros canales de participación de nuestra periferia y de sectores de trabajadores o juveniles. En una situación que podría guardar alguna similitud con la Argentina actual, Trotsky promovió la formación de “comités de acción” del Frente Popular francés, para sacudir la parálisis en la lucha de clases que imponía la dirección -el PC y el PS- y llevar el frente único, del voto al campo de la acción. Los comités de enlace españoles, los comités de base del Frente Amplio, son otras experiencias que, más allá de su derrotero político, tuvieron un desarrollo importante. Los Comités de Apoyo al FIT o a las candidaturas del FIT, que promovimos en el pasado, no tuvieron un desenvolvimiento, pero la situación es otra. Propongo examinar con cuidado la viabilidad, en numerosos frentes sindicales y en el Polo Obrero, de comités de este tipo, para luchar por el voto al FIT y por la preparación práctica por el paro activo, la ocupación ante los despidos y el reparto de horas, el congreso de delegados electos por la base de los sindicatos, etc.; podría ser una ruta de desarrollo en el movimiento obrero trazada desde “afuera de la fábrica”, complementaria con las agrupaciones y la Coordinadora Sindical Clasista.

1 de agosto de 2019
Respuesta a Jorge Altamira y Marcelo Ramal

En vísperas del XXVI Congreso Cuando entramos en la recta final hacia el congreso partidario, el debate sobre el régimen interno viene ocupado un lugar relevante en los debates. La discusión no es nueva. En los últimos congresos, hemos abordado la cuestión del régimen interno. En estas instancias, hemos reflexionado sobre diferentes facetas de la vida partidaria y hemos apuntado a la necesidad de revitalizar el funcionamiento de los círculos, del trabajo con la prensa, la rendición de las cotizaciones, el reclutamiento. Una apuesta dirigida a apuntalar nuestra organización como un partido de combate, a la altura de los desafíos que tenemos por delante. No se nos puede escapar, sin embargo, que esta batalla se concentra en la propia dirección. La quiebra del régimen partidario, al que nos referimos ya en el XXIII Congreso, se expresó, por sobre todas las cosas, en el funcionamiento de la dirección. El documento de Gabriel Solano hace una detallada radiografía de ese proceso. Los organismos de dirección habían dejado de funcionar y traza una explicación y un diagnóstico, llamando la atención de la existencia de una organización dirigida con una impronta acentuadamente personalista. Ese manejo individual se fue tornando un obstáculo cada vez mayor, insostenible, y está en la base de la crisis del régimen partidario. La respuesta de Altamira y Ramal tira la pelota afuera. Se escabulle, como se suele decir, el bulto. Y se trata de invocar la trayectoria histórica del partido para no abordar las cuestiones que Solano pone en el tapete. ¿Es cierto o no que el Comité Nacional tuvo un funcionamiento errático, del mismo modo que sus comisiones? ¿Que el propio Comité Ejecutivo Nacional (CEN) dejó de funcionar en el local y las reuniones se hacían en bares, incluso en forma parcializada, con algunos de los miembros que eran citados, alternativamente de acuerdo con la ocasión y las circunstancias? ¿O que terminó estructurándose un suerte de “doble comando” en las reuniones de CEN, que concluían sin tomar una decisión a la espera de la consulta que se terminaba haciendo con Altamira por cuerda separada? Con ese mecanismo, distintos compañeros del CEN terminaban actuando, alternativamente, de “emisarios”, trayendo las instrucciones. Este doble comando se acentuó cuando Altamira dejó por primera vez de formar parte del Comité Nacional. De esto, no se dice una sola palabra y tampoco del hecho de que resoluciones sensibles y claves, se adoptaron sin consultar al Comité Nacional ni siquiera al CEN? ¿Quién resolvió la candidatura presidencial de Altamira de 2015 antes de ir a las Paso en el FIT? Los miembros de la dirección nos enteramos, repetidas veces, de iniciativas, consignas y planteos cuando Altamira los lanzaba en los actos o por los medios de comunicación. Son indiscutibles los pasos que hemos dado históricamente en la puesta en pie del Partido Obrero pero, contradictoriamente, ese desarrollo ha ido exponiendo, cada vez en forma más descarnada, defectos metodológicos que se han convertido en una traba para nuestro desenvolvimiento. Pero, con Altamira y Ramal estamos en el mundo del revés: se lava la cara a un régimen individual, totalmente reñido con la democracia interna y, en cambio, se denostan los esfuerzos que estamos dando por revertirlo. No nos va a llevar a buen puerto oponer la historia del partido cuando se señalan escollos. La historia, por otra parte, la tenemos que asumir críticamente, con sus luces y con sus sombras. La historia, como marxistas, sabemos que avanza por su lado negativo, poniendo en evidencia no sólo lo que tenemos en la mano y hemos alcanzado, sino lo que tenemos que recorrer y los obstáculos que tenemos que superar. Nadie, además, es dueño de la historia del Partido Obrero porque, si admitimos como lo destacan Altamira y Ramal, que el Partido Obrero es una construcción colectiva, nos referimos a un proceso que se fue forjando sobre la base del trabajo mancomunado de varias generaciones, que incluye a nuestra generación, la generación que integramos el llamado núcleo “histórico” del partido. En lugar de sacar a relucir pergaminos, en particular los compañeros más veteranos, tenemos que estar abiertos y predispuestos a las críticas. Esto no es una disputa “intergeneracional”, donde la nueva generación se estaría enfrentando a la generación más antigua, histórica del partido, y menos aún que esta “minoría” sería un custodio de la ortodoxia partidaria frente a un supuesto desabarranque democratizarte y una descomposición burocrática. Muchos de los que somos parte de esta dirección histórica del partido hemos saludado estos cambios y estamos colaborando activamente en su ejecución. Altamira y Ramal deberían interrogarse por qué sus planteos vienen despertando un rechazo mayoritario. La militancia partidaria ha percibido la improvisación, los bandazos, la inconsistencia de sus planteos y caracterizaciones. Ha advertido, incluso, como se procura exagerar y forzar divergencias, hasta el punto de señalar que estamos ante una confrontación en la que se habría puesto en tela de juicio lo que hemos escrito durante 50 años. Es curioso, pero se intenta encubrir este hecho señalando que hay una vulneración de la democracia interna. Quienes se rasgan las vestiduras planteando la necesidad de respetar los puntos de vistas de los militantes, empiezan, sin embargo, faltándole el respeto a la militancia que mayoritariamente viene expresándose en la deliberación precongresal y antes de ella. El pronunciamiento mayoritario de la militancia, en favor de los documentos aprobados por el Comité Nacional, según su óptica, sería una manipulación de la dirección, serían chirolitas. Quienes votan en contra, en cambio, serían víctimas de una persecución. Se trata de un insulto a la militancia. Altamira señala que no fue invitado a ningún plenario precongresal previo a la Conferencia Electoral (del 16/3), que es exhibido como una prueba de una suerte de proscripción. Si fuera así, podría considerarme “proscripto” porque, hasta ese momento, había participado en un solo plenario. Pero lo cierto es que tanto Altamira como yo estuvimos en la reunión de la CRCI en Estambul y luego, ambos, nos tomamos vacaciones. Incluso, Altamira estuvo más desconectado que yo, porque estuvo ausente de las reuniones de la Comisión Internacional (del Comité Nacional) y, ni siquiera emitió opinión o comentario sobre dicho informe internacional, que terminó aprobándose sin su presencia. Por otra parte, semejante juicio debe ser considerado un exabrupto si tenemos presente que miembros del Comité Nacional, u otros dirigentes que no lo eran, de la llamada “minoría”, participaron en cuatro o cinco plenarios en diferentes comités. Con ese método, se pretende denostar la Conferencia Electoral en la que, según Altamira y Ramal, los insultos y las descalificaciones habrían sustituido la deliberación política. En ella hicieron uso de la palabra 56 compañeros, además del informe central que estuvo a mi cargo, seguido de un informe de 25 minutos de Ramal. Hubo documentos por la mayoría del Comité Nacional y por la minoría que se pusieron a consideración, a lo que se agregaron dos propuestas de declaración, una de ellas presentada el mismo día por Altamira, que fue girada, igualmente, a todos los delegados. Hubo una polémica abierta, donde cada uno de los oradores expuso su punto de vista, donde se pasó revista a una gran variedad de problemas políticos, incluido el balance de las elecciones neuquinas y los problemas políticos que estábamos enfrentando en Santa Fe en relación con la contienda electoral. Lo agraviante no es la conferencia sino esta descalificación infundada, que debe ser rechazada. Constituye una puñalada a la iniciativa y movilización partidarias, porque a nadie se le puede escapar que una descalificación como la que Altamira y Ramal hacen de la conferencia, socava la moral partidaria en vistas a las tareas y desafíos que nos plantea la campaña electoral. En los últimos años, estamos ante un tránsito hacia un régimen de trabajo colectivo de la dirección. Funcionan regularmente los organismos de dirección, empezando por el CEN y siguiendo por las comisiones del Comité Nacional Sale regularmente el Boletín Interno. De ningún modo es una panacea, ni mucho menos, pero es un salto importante respecto al pasado. De nuevo, sobre el sistema de consignas Luego de un río de tinta en la polémica, es útil tener presente que el Comité Nacional votó a mediados de 2008, por unanimidad, las siguientes consignas para la etapa: “Que la crisis la paguen los capitalistas”, “derrotemos el plan de guerra de Macri, el FMI y los gobernadores” y “Fuera Macri y el régimen corrupto de macristas, pejotistas y kirchneristas, por un Asamblea Constituyente soberana y con poder”. En otras palabras, se votó un sistema de consignas. Nuestros críticos, en cambio, reniegan de lo que votaron. Se impugna el sistema de consignas, en nombre de una centralidad de una de ellas, que no es lo que fue aprobado. Si no estaban de acuerdo, entonces, ¿para qué lo aprobaron? No tiene nada exagerado cuando advertimos sobre los bandazos y que eso es percibido crecientemente por la militancia. El orden que aprobamos no fue arbitrario, sino que respondía a la etapa política que atravesamos. La crisis por arriba es el factor dinámico de la situación y ha puesto en jaque al gobierno, incluyendo sus planes reeleccionistas, pero eso se combina con la ausencia de una respuesta generalizada de los trabajadores. El texto de Altamira y Ramal, en cambio, señala, que estamos frente a “una crisis de conjunto excepcional, incluida la caída del gobierno, con un manejo precario de esta situación por el conjunto del régimen político y con una tendencia a la intervención histórica de los trabajadores todavía incipiente”. Pero, justamente, eso es lo que no se verifica. Los autores del texto se cuidan señalando que es “incipiente”, que es el lenguaje que vienen utilizando en otros textos (incipiente, potencial, etc.) para tener una coartada frente a las críticas que puedan recibir y caer siempre bien parados. Si fuera cierto lo que dicen, la situación sería prerrevolucionaria pero vemos, a continuación, en el mismo texto que no es “ni revolucionaria”, “ni prerrevolucionaria”… aunque “en tránsito” a esta última. Estamos frente a luchas aguerridas pero aisladas, gran parte de las cuales fueron derrotadas. La ofensiva capitalista ha logrado, a los tumbos, abrirse paso. Hemos asistido en 2018 a una enorme confiscación salarial con paritarias a la baja, con ajustes inferiores a la inflación. Los salarios han perdido el 15 por ciento de su poder adquisitivo. Por mucho menos, hemos tenido en el pasado reacciones colectivas de la clase obrera, huelgas generales y rebeliones populares. No es lo que ocurre ahora, donde a la ofensiva contra los salarios se le agrega la ola de despidos, suspensiones y cierres que vienen pasando, derivados de la crisis industrial en desarrollo. Las movilizaciones de diciembre de 2017 contra la reforma jubilatoria fueron el punto más alto de la movilización de conjunto de los trabajadores por enfrentar la ofensiva. La iniciativa obrera tropezó con sus límites, que tienen que ver, entre otras cosas, con la aún débil estructuración de la vanguardia, tanto en el campo sindical como político. Basta ver el mapa sindical nacional y hacer un recuento de sindicatos, comisiones internas y delegados independientes para corroborar este cuadro de situación. El texto de Altamira y Ramal, en cambio, invierte las cosas. Nuevamente, el mundo del revés. Se rechaza la existencia de un punto de inflexión al menos en un grado de tentativa, en diciembre de 2017 y, en cambio, se habla de punto de inflexión cuando esta irrupción más general fue abortada y se abrió paso un proceso de contención. No nos debe sorprender, porque Altamira, a finales de 2017, planteaba a través de su Facebook que estábamos ante una crisis por arriba, en medio de una disputa fiscal, divorciada totalmente de la efervescencia que se estaba viviendo en los lugares de trabajo. No tiene un gramo de exageración cuando señalamos sobre la importancia de tener el oído pegado a las masas y eso es advertido por la militancia en este debate. El estado en que se encuentran las masas es un factor fundamental, insustituible a la hora de trazar una orientación y definir las consignas. El sistema de consignas atiende a ese escenario apuntando a impulsar y alentar la irrupción popular. Es muy útil el balance de las elecciones neuquinas, que los propios compañeros de la provincia enriquecieron con sus intervenciones en el curso del debate en la Conferencia Electoral (¡y luego se dice que no hubo deliberación política!). El resultado electoral refleja más que una contención, un dominio político de la burguesía -es decir, estamos frente a una bloqueo político de mayor alcance y no meramente una contención, que estría indicando que los trabajadores están intentando desbordar el cuadro actual. El 5 por ciento obtenido por el FIT en la elección provincial de Neuquén no deja de ser valioso pero no mueve el amperímetro, apenas establece una línea de resistencia a la tendencia preponderante. El activismo de gremios combativos, como los municipales y docentes, volcó su preferencia por el candidato kirchnerista Ramón Rioseco. Pero quizá, lo más relevante ha sido el vuelco masivo de los petroleros en favor del Movimiento Popular Neuquino (MPN). Guillermo Pereyra, el burócrata del gremio, se dio el lujo de llamar a asamblea general para explicar por qué había que respaldar la reelección del gobernador. Planteó, a su modo, el “fuera Macri”, pero asociado a una salida junto a los capitalistas y no contra ellos. Sostuvo que tanto los trabajadores como las empresas se veían perjudicados por la política económica del gobierno nacional que pretendía recortar los subsidios de las petroleras, en función de los acuerdos con el FMI. El recorte de subsidios, según el burócrata, ponía en peligro de la continuidad del proyecto y, con ello, los puestos de trabajo. Esta misma alianza obrero-patronal es la que promueve la dirección de la CGT, que se expresó en la marcha que tuvo lugar el pasado 4 de abril y que abraza a la burocracia de todos los pelajes, tanto los gordos como los moyanistas y kirchneristas. “Que la crisis la paguen los capitalistas”, unido a un programa de reivindicaciones mínimas y transicionales apunta a establecer un contrapunto con estas salidas y polemizar con sus propuestas y planteos. En el documento que envía el Comité de Berazategui, en la que se vuelcan las conclusiones sobre el debate del Informe de Actividades en la regional, se pone énfasis en la necesidad de establecer un “diálogo” con los trabajadores y no imposiciones (de ese plenario participó Altamira, así que entiendo que esa conclusiones fueron patrimonio común de todos los presentes, él incluido). De eso precisamente se trata y a eso responde el sistema de consignas, que no puede ser sustituido unilateralmente con el “fuera Macri y la Constituyente”. Lo que ocupa un lugar clave en la deliberación política nacional es quién paga la crisis. El “fuera Macri” es un terreno de disputa con una fracción de la burguesía que fogonea un relevo capitalista, que apunta a un rescate de la burguesía en crisis y una renegociación de la deuda -y que busca asociar a los trabajadores a esta perspectiva- al cual debemos oponerle la premisa inversa, o sea, que la crisis deben recaer en el capital y no en la fuerza de trabajo. Por otro lado, viene al caso señalar que la consigna aprobada en común por el Comité Nacional no fue “fuera Macri” a secas sino que iba unida al “fuera el régimen corrupto de macristas, pejotistas y kirchneristas”. La consigna incluye la denuncia de la complicidad de la oposición patronal, lo cual adquiere más importancia en momentos en que se potencian las maniobras de recambio, en forma proporcional al derrumbe del macrismo. No nos debemos olvidar que en el juego de consignas que aprobamos incluimos la necesidad de no esperar a octubre y derrotar los planes de guerra (“la lucha es ahora”). En este operativo dilatorio está embarcado el gobierno junto a la oposición y la burocracia de todos los colores, que es tributaria de esta última. Se quiere evitar a toda costa que la situación se desmadre. La actualidad del tema es que la CGT tuvo que atender esta situación, aunque como válvula de escape, del mismo modo que el anuncio de un plenario sindical fogoneado por moyanistas y CTA, donde se amaga con la realización de un paro nacional. Esta cuestión es crucial, pues el escenario político general, y el electoral en particular, está condicionado, a cuál va a ser la respuesta de los trabajadores frente a la ofensiva en curso. No hay que olvidar que, en Brasil, la parálisis y la desactivación de la lucha promovida por la CUT tuvo un peso determinante en el resultado electoral, provocando una desmoralización de los trabajadores afectados por los golpes originados en la ofensiva capitalista. El “chau Macri y el hola Cristina”, en la actualidad, juega el mismo papel que en Brasil jugó el “hay 2018” con la candidatura de Lula, con los resultados ya conocidos. Sería un error imperdonable subestimar al kirchnerismo. Es necesario desenmascararlo en todos los terrenos, por sus propuestas y sus alianzas con los ajustadores, y también por su política de tregua, dirigida a no levantar olas y colaborar en una transición controlada. Ese es el mérito del sistema de consignas, que no es una aglomeración de consignas, como si se tratara de compartimientos estancos, sino que tiene una articulación interna y en ese carácter procura dar una respuesta al escenario político que enfrentamos de conjunto. No estamos inventando nada sino siguiendo escrupulosamente el método del Programa de Transición, que consiste en un sistema de consignas que procura trazar un puente entre el estadío en que se encuentran las masas, sus condiciones subjetivas y la lucha por el poder. Hay quienes pretendieron ver un bandazo en los planteos del Comité Nacional con la nota que sacó Pitrola planteando “Fuera Macri”, lo cual es una prueba más de la incomprensión de los detractores y no de un giro de la orientación que venimos defendiendo. El sistema de consignas es para ser enarbolado en la situación política que atravesamos, destacando uno u otro eje, según el momento, que es, precisamente, lo que venimos haciendo. Quienes nos acusan de “etapistas”, lo que revelan sonque sus propias limitaciones y no las de la postura mayoritaria del Comité Nacional. Es falso oponer la consiga del “Fuera Macri” a “que la crisis la paguen los capitalistas”, del mismo modo que sería falso oponer la consigna de “pan, paz y tierra” en la Revolución Rusa a la de “todo el poder en los soviets”. Más aún, Lenin destaca el alto voltaje político de esta consigna, que jugó un papel clave para separar políticamente a los obreros de la burguesía. ¡Que distancia con el razonamiento de quienes pretenden confinar el “derrotemos los planes de guerra” y que “la crisis la paguen los capitalistas” a un planteo meramente sindical o reivindicativo! Otra vez más sobre las elecciones En la Conferencia Electoral se constató también la improvisación y los bandazos. La discusión no estriba sobre si la elección es o no es un episodio de la crisis. Esto está fuera de discusión. Lo que sí está en discusión es cuál es la intervención que le cabe al partido en esta coyuntura. La propuesta de la minoría fue que había que postergar la discusión de las elecciones hasta el congreso partidario e incluso la nominación de candidatos. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta que con 17 elecciones adelantadas, y ya varias de ellas en curso, era desarmar al partido. Estamos frente a una posición abstencionista y antielectoral, aunque, como siempre ocurre, quienes la fogonean han intentado darle un contenido ortodoxo. La contienda electoral es confinada a un lugar secundario frente a la perspectiva de la rebelión popular. En estos casos vale la máxima de Trotsky, que decía que frente a una elección es posible participar, boicotearla, pero lo que no podemos hacer es ignorarla. No se puede ser indiferente a los ritmos, porque si fuera inminente una rebelión popular sería pertinente considerar la opción de boicotearla. Y aún en este caso, debería ser puesta en la balanza para estar seguros de que es la mejor alternativa. ¿Pero cuál es nuestro pronóstico? Resulta evidente que vamos a transitar por la disputa electoral y, en ese marco, es imperioso que nos preparemos de la mejor forma para intervenir en ella. El mejor testimonio de que estamos en el abstencionismo fue lo ocurrido en Santa Fe, en la que el comité estaba en una parálisis, cuando restaban cuarenta días para las Paso. Se vuelve a corroborar que quien expresa la verdadera orientación es el militante menos experimentado, porque lo hace en su forma más descarnada -en cambio, aparece maquillada o edulcorada cuando es expuesta por compañeros o dirigentes con más oficio. La campaña electoral en Santa Fe estaba en fojas cero y lo más terrible es que se sostenía que eso era acertado, pues lo central era que el partido venía impulsando la rebelión popular. El texto de Altamira y Ramal nos advierte sobre el peligro del electoralismo y de una adaptación al sistema. Llama la atención que se haga esa advertencia cuando venimos interviniendo hace décadas en las elecciones. El peligro mayor es, como siempre dijimos, el abstencionismo, porque significa regalarle el escenario político a la burguesía. Asimismo, el texto considera un sacrilegio la consigna de que “la izquierda tiene que estar”, que chocaría, según ellos, con la consigna de “Fuera Macri”. Se saca de la galera estos fantasmas justo cuando se está queriendo hacer pasar esta línea antielectoral. ¿Por qué ese rechazo a dicha consigna, que hemos enarbolado en el pasado y cuando tenemos el desafío de pasar las Paso, cuestión que no pudimos lograr en la elección anterior? ¿Por qué se hace una contraposición entre una y otra consigna cuando el pedido de respaldo a nuestra lista para superar el piso proscriptivo y entrar a las elecciones generales, está asociado a un programa y a una salida de los trabajadores y la izquierda? El golpe mayor para nuestra causa, la causa de la clase obrera y la rebelión popular sería no pasar las Paso. Lo más sorprendente es que los autores del documento no se inmutan ante la flagrante contradicción entre el texto que presentaron a votación en y la declaración que presentó ese mismo día Altamira. Después de señalar que había que postergar el tratamiento de la cuestión electoral, que había tiempo, proponen una declaración que llama a votar al FIT, cuando el acuerdo no está consumado. Se plantea un acuerdo integral cuando antes se denostaba a la mayoría por reclamarlo. Lo más notable es que se viene abogando por privilegiar una discusión programática, que permita una delimitación de posiciones y la declaración empieza haciendo un embellecimiento del FIT, al cual se le atribuye una intervención pujante en la lucha de clases, cuando lo cierto es que se encuentra en una parálisis, cuestión que nuestro partido viene sistemáticamente denunciando. Se pasa del antielectoralismo a la vereda opuesta -encima con todos los defectos expuestos- sin dar una explicación y, lo que es peor, es que finalmente se llama a votar alegremente ambos textos, sin perturbarse que se contradicen entre sí. ¿No es una prueba irrefutable de bandazos, improvisación e incluso de enorme ligereza e irresponsabilidad? Todo esto debe ser materia de reflexión en la militancia del partido con vistas a las tareas y desafíos que tenemos por delante. Un vez más, sobre la iniciativa estratégica Es notable el esfuerzo en el texto de Altamira y Ramal por embarrar la cancha, en lugar de esclarecer los puntos en discusión. Solano ni nadie que defiende su mismo enfoque habla de “iniciativa histórica” de la burguesía. Desde el punto de vista histórico, enfrentamos la caducidad y el agotamiento del capitalismo, como régimen social. Pero, cuando se habla de “estrategia”, pasamos a otro plano, al plano del sujeto, de las clases sociales, de la política. El traslado mecánico del plano de la economía a la política se termina transformando en un catastrofismo vulgar. No estamos inventando nada: es la advertencia que hace Trotsky contra la pretensión de establecer una correspondencia automática entre la decadencia histórica del capitalismo y la iniciativa de la burguesía como clase. Ya otros han hecho mención de esta cuestión, pero es útil refrescar nuevamente la memoria. Trotsky destaca, partiendo de un análisis científico del procedo histórico, que “la burguesía se había sobrevivido a sí misma, haciendo demostración de una vitalidad colosal”. Léase bien, ¡vitalidad colosal! (Una escuela de estrategia revolucionaria, 1921). El dirigente de la Revolución de Octubre subraya que en este punto “no hay contradicción. Esto es lo que en el marxismo se llama dialéctica. El hecho está en los lados distintos del proceso histórico: la economía, la política, el Estado, el restablecimiento de la clase obrera no se desenvuelven simultánea ni paralelamente. La clase obrera no progresa, en absoluto, paralela al crecimiento de las fuerzas de producción, y la burguesía no decae a medida que el proletariado crece y se afianza. No, la marcha de la historia es otra. Las fuerzas de producción se desarrollan por etapas: a veces avanzan mucho, a veces retroceden. La burguesía, a su vez, también se desarrolla a saltos; la clase obrera, lo mismo” (ídem). No inventamos nada. En los propios escritos de Pablo Rieznik y hasta en escritos del propio Altamira en el pasado, se advertía sobre lo mismo. No hay ninguna revisión de lo que escribimos durante 50 años. Si hay algo de eso, corresponde atribuirlo a nuestros detractores. Sería un crimen desvalorizar los reflejos, la iniciativa y la capacidad de respuesta de nuestros enemigos de clase. Las ofensivas que impulsa la burguesía no son manotazos de ahogado. Puede ser que asuman este carácter algunas de ellas, pero no se puede establecer, ni mucho menos como regla. Más aún: las ofensivas son los recursos del que se suele valer la clase dirigente para salir de una crisis. La burguesía ha demostrado capacidad, que se nutre de 400 años de historia como clase dirigente, para enhebrar recursos para encausar y someter a los trabajadores. Experiencias como la del PT, en Brasil, el Frente Amplio en Uruguay o Evo Morales en Bolivia o el propio chavismo o el kirchnerismo han logrado disipar el ascenso obrero y se han revelado como recursos duraderos en el tiempo. “El período que Europa y el mundo entero atraviesa en este momento, por un lado, es el de la descomposición de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, mientras que, por otra parte, es el del desarrollo más alto de la estrategia contrarrevolucionaria burguesa”. Léase bien; ¡el desarrollo más alto de la estrategia contrarrevolucionaria burguesa! No hay ninguna contradicción en este señalamiento. La contradicción proviene de la realidad y es lo que apunta a resolver el Programa de Transición, pugnando porque la clase obrera construya su estado mayor, una dirección a la altura de las circunstancias, capaz de hacer frente y derrotar la estrategia contrarrevolucionaria que articula la burguesía. El texto de Altamira y Ramal señala “que el compañero Pablo Heller anuncia crisis cada vez más y más y más amplias a nivel mundial, y lo mismo repite el Informe al Congreso, se sigue alegando. Que la burguesía dirige la economía y la política mundial sin estar afectada en lo más mínimo por contradicciones cada vez más explosivas”. ¿De dónde se saca esta afirmación? ¿Por qué se embarra la cancha? En el informe político y en todos los textos aprobados por el Comité Nacional señalamos que estamos enfrentando contradicciones explosivas y que afectan severamente el sistema de dominación política de la burguesía. Pero, al mismo tiempo, coexiste con una enorme crisis de dirección de la clase obrera y una bancarrota política y teórica de la izquierda. Un proceso contradictorio. En otras palabras, un abordaje dialéctico. Devolviendo la pelota a nuestros críticos. ¿No es esto elemental? La subjetividad popular, modificada por la crisis, debe ser desarrollada en un sentido revolucionario y manifestarse en un reclutamiento fuerte en el partido, como señala el texto de Altamira y Ramal. Pero para que sea fructífera debe tener en cuenta todos los factores que intervienen en esa evolución subjetiva de los trabajadores, incluidos los bloqueos, y traducirlo en un programa, consignas y organización que permitan transformar a la clase obrera en alternativa de poder. Unidad de acción Al culminar el informe de apertura en la Conferencia Electoral, hice un enfático llamado a la unidad de acción. Señalé que veníamos entablando una polémica, que cada uno de nosotros venía defendiendo su punto de vista, pero que, al final del debate, como corresponde, votamos. Una vez hecha la votación y resueltos una orientación y un curso de acción, debíamos salir como un solo puño a enfrentar a la burguesía y a sus representes políticos y agentes. No cultivamos un deliberacionismo eterno. Somos un partido de combate y, como tal, la deliberación tiene como propósito organizar y orientar nuestra intervención en la lucha de clases. El faccionalismo se abre paso cuando se transgrede o desnaturaliza este principio, cuando se promueve o publicita otra orientación públicamente distinta a la aprobada, o se obstaculiza o no se llevan adelante las resoluciones votadas. Faccionalismo es también cuando se ventila la discusión interna por las redes sociales o se la encara fuera de los canales y órganos partidarios. La exhortación que Altamira y Ramal hacen en su texto a “erradicar el faccionalismo”, deberían haber comenzado por delimitarse de estas prácticas y no, como viene ocurriendo hasta ahora, a convalidarlas o justificarlas. 10/4/19

1 de agosto de 2019
Documento alternativo para el XXVI Congreso

Sobre el método y la convocatoria La convocatoria al XXVI Congreso se ha hecho de una forma inadecuada e incluso irregular. El Comité Ejecutivo envió un texto de 50 mil espacios, aproximadamente, el miércoles 2 de enero por la tarde/noche, que debía ser discutido por el Comité Nacional tres días después, el 5 de enero, en un solo día. No dejó margen para un debate sobre posiciones escritas, que es, por otra parte, la única forma de deliberación realmente tal, en especial cuando se trata de la elaboración de la posición política de una dirección hacia un congreso de partido. En el curso de este año se han manifestado posiciones encontradas en torno de cuestiones de método, caracterización, consignas, política parlamentaria, que no podían ser ignoradas a la hora de convocar al debate congresal de todo el partido. A esto se añade la circunstancia de que en la agenda de actividades de comienzo de año se encuentra reunir una Conferencia Electoral, para el 23/24 de febrero próximo. Es claro que los textos para el congreso, que tendrá lugar en tres meses, no pueden ser considerados en la conferencia, que se reunirá en menos de un mes y medio. La conferencia de febrero necesita un texto específico relativo a la política electoral del partido, a partir de los desdoblamientos de elecciones en un número elevado de provincias. El documento presentado por el Ejecutivo a la reunión del Comité Nacional no distingue los planteos para la etapa, por un lado, ni de los relativos a las elecciones, por el otro. Se trata, sin embargo, de aspectos distintos y envuelven particularidades propias de método y propaganda, aunque estén vinculados. En el curso de la reunión del Comité Nacional se registró otra anomalía, cuando se descubrió que el texto presentado no era tampoco la última versión elaborada por el Ejecutivo, que incluía numerosos agregados, en algunos casos sustanciales a la discusión y en otros contradictorios con el original. En la reunión, algunos destacamos que diversos agregados tenían más que ver con un informe de actividades que con un planteamiento político para la etapa. El nuevo texto más completo se repartió entre los asistentes a las 15:30 horas, que sería finalmente votado dos horas y media más parte. En la reunión participaron 21 de los 31 miembros del Comité Nacional. Quienes intervinieron acerca de este texto lo hicieron una sola vez, sin posibilidad de réplica, por falta de tiempo, salvo para los compañeros que se encontraban en la parte final de la lista de oradores. Es decir que no hubo debate en el sentido estricto de la palabra. Al final, se votó un procedimiento irregular, que es facultar al Ejecutivo a incluir planteamientos que hicieron diversos compañeros, algo que se puede admitir en las urgencias de la actividad corriente, lo cual no es el caso de un texto para el congreso. Me manifesté en contra de esta decisión, que fue aprobada con dos abstenciones. El texto que sigue es entonces, obligadamente, una posición alternativa que no pudo ser tratada en el Comité Nacional o donde las observaciones que señalé de carácter estratégico fueron rechazadas. Pasa al debate precongresal por medio del boletín interno. Entiendo, de todos modos, que el Comité Nacional podría debatir los temas planteados en una reunión próxima, ahora ya con posiciones escritas. La etapa Todo planteo político estratégico o de conjunto debe ofrecer una caracterización de la etapa y del conjunto del régimen político. La bancarrota financiera de mediados de año, en el marco de luchas obreras y de luchas de otras clases que tuvieron lugar desde el mismo comienzo de 2016, ha abierto una crisis de régimen político. Las jornadas contra el 2×1 y contra la reforma previsional fueron los puntos más altos de esas luchas. Como lo expliqué en la acotada reunión del Comité Nacional, una crisis de régimen significa que el poder político (no sólo el gobierno) no puede gobernar como lo venía haciendo, lo cual inicia, forzosamente, un período de transición, que se impone a los protagonistas en presencia. Este cambio de régimen se manifiesta ya en el acuerdo que instala al FMI en la dirección de la política económica, lo que deteriora la capacidad de arbitraje del conjunto del régimen político, no solamente del gobierno, y en todo el aparato del Estado. La crisis política quedó claramente registrada aquel domingo ‘escandaloso’ de septiembre pasado, cuando todos los políticos de turno pasaron por Olivos y cuando se anunciaba un gabinete diferente a cada hora. Se manifiesta, asimismo, en la crisis de Cambiemos y la pérdida de autoridad de su jefe político; en los golpes y contragolpes en la Corte Suprema; en los reveses sufridos por la política de “prisión preventiva” (excarcelación de Boudou y otros); en el desfile judicial de la patria contratista (que ahora incluye a la de la energía y a parte de la financiera) en la causa de los ‘cuadernos’, y en la puja de lobbies para que los procesamientos en la Justicia Federal no afecten los negocios en la obra pública de “participación privada”. Es la que se expresa ahora en las divisiones políticas y el desdoblamiento electoral. La megadevaluación, en definitiva, hizo estallar al régimen político y económico que, desde diciembre de 2015, intentó llevar adelante una reorganización capitalista de la mano del capital internacional. El levantamiento del cepo tuvo como propósito habilitar al financiamiento internacional y a la repatriación de utilidades que debía tener lugar en la energía (Vaca Muerta), en un desarrollo inmobiliario fundado en la inyección del crédito hipotecario y en un relanzamiento del agronegocio, entre algunos sectores. Estuvo tan lejos de ser ‘un invento’ del macrismo, que enseguida fue puesta en práctica por Temer y es lo que promete hacer Bolsonaro. La acelerada fuga de capitales y la megadevaluación de mediados de 2018 pusieron de manifiesto, sin embargo, la supremacía de la crisis del capital sobre las elucubraciones del estado capitalista, así como la prevalencia de la decadencia del capitalismo y sus colapsos reiterados, por sobre las ideologías desarrollistas o neoliberales. Han sido otra demostración de la vigencia del materialismo histórico. El derrumbe económico ha obligado al macrismo a desandar una parte estratégica de su programa, como es el caso de las retenciones al agro, la minería y los servicios; el dirigismo cambiario o el impuesto a las rentas financieras. Los tarifazos van camino de una gran crisis, como consecuencia de la imposibilidad de pago de los usuarios. Veraz mediante, se desata una tendencia a la confiscación patrimonial de los usuarios industriales y residenciales. Además de la crisis de las PPP se asiste al derrumbe de la especulación inmobiliaria financiada con deuda externa o con créditos hipotecarios indexados. Las contradicciones de la acumulación capitalista, cuando llegan a cierto punto, se llevan puestos a los regímenes políticos mejor pintados. La bancarrota del régimen macrista va acompañada por la bancarrota del capital que le sirvió de sustento. Ya ocurrió con la dictadura, cuando entró en defol en 1982; con Alfonsín, cuando devaluó el peso, en febrero del ’89; con De la Rúa, cuando retuvo la convertibilidad y luego estableció el corralito, y con CFK a partir del ‘cepo’. Un sector entero de la burguesía que promovió al macrismo le está dando la espalda, a partir de las enormes pérdidas que le provocó la devaluación. En la reunión del Comité Nacional advertí que grandes fondos internacionales habían perdido en consecuencia miles de millones de dólares. Las ya citadas retenciones a las exportaciones de mercaderías y servicios, el impuesto a la renta financiera, son otras tantas expresiones de medidas forzadas del macrismo, que lo colocan fuera de la ruta del capital financiero. Otro agravante ha sido el fallo de la Corte en favor del ajuste de las jubilaciones por el índice de inflación combinado y en contra del manipulado por la, ahora, Secretaría de Trabajo. La expresión ‘el imperialismo apoya a Macri’ es correcta, pero como una abstracción; por un lado, hay un sector que lo ha abandonado; por el otro, el propio imperialismo no puede ignorar la crisis de régimen político, el cual está obligado a transitar, para influir en él, e intentar condicionarlo. Elecciones y crisis de régimen Como lo señaló correctamente un compañero en la sesión del Comité Nacional, el proceso electoral no constituye, de modo alguno, el cierre de la crisis de régimen. Las elecciones son el reflejo de esa crisis, a través de rupturas, recomposiciones y maniobras -de una pugna ciega de intereses particulares. Si nos remontamos a 2001, las elecciones de ese año sirvieron de plataforma parlamentaria a la coalición patronal que pretendía derribar la convertibilidad y a De la Rúa. Pero no puso fin a la crisis de régimen político, como se manifestaría en el fracaso del intento de Duhalde de sucederse a sí mismo y luego en la división radical y pejotista en la elección de 2003. Néstor Kirchner inicia una salida zigzagueante desde el gobierno de centroizquierda de Néstor Kirchner hasta el “bonapartismo tardío” de CFK que finaliza en 2013, con la derrota en la provincia de Buenos Aires y en las generales de 2015. En la transición, enfrenta una crisis política con el agronegocio y una derrota electoral humillante, en 2009, ante Francisco De Narváez. En el Congreso del Partido Obrero, en 2002, todavía bajo un escenario signado por el Argentinazo, señalamos sin embargo que la crisis capitalista internacional iniciada en Asia había concluido, a partir de la recuperación económica que provocó la integración de China al mercado mundial. El proceso electoral de 2019, por el contrario, está precedido por señales de una nueva recesión internacional e incluso por un derrumbe financiero. Esta perspectiva determina, en principio, una acentuación de la crisis política, no una remisión. Es necesario advertir, de todos modos, contra una aplicación mecánica de la bancarrota económica a la política, sin verificar la mediación entre una y otra por la lucha de clases y, por sobre todo, por la calidad de la política de la vanguardia de la clase obrera. En este cuadro, las elecciones de 2019 no constituyen ni podrían constituir, por sí mismas, una salida política a la crisis de régimen -son uno de los terrenos de su desenvolvimiento. Avanzando en las conclusiones, podemos decir que se ha abierto una etapa caracterizada por una nueva crisis de régimen político y, por lo tanto, de la posibilidad de que la intervención de las masas adquiera, más tarde o temprano, un carácter histórico. Es lo que vislumbran las movilizaciones y huelgas en Asia, Norteamérica y Europa. La posibilidad de un desdoblamiento en la provincia de Buenos Aires muestra la hondura de la división del macrismo. Hipotéticamente, este desdoblamiento en particular dejaría sin sustento a la candidatura nacional de Macri y habilitaría la construcción de una coalición potencial entre el macrismo disidente y el Peronismo Federal -precisamente quienes están discutiendo el desdoblamiento en una bicameral. El desdoblamiento en Mendoza condiciona el apoyo del gobierno provincial a una candidatura de Macri a una coalición paritaria con el radicalismo. Las maniobras provinciales, tomadas en su conjunto, no se limitan a preservar los intereses de las camarillas locales -insinúan, por el contrario, un intento de cambio de régimen de gobierno a nivel nacional, incluida la variante de un gobierno de “unidad nacional”. Mientras la camarilla de Macri-Peña fomenta la llamada ‘polarización’ con CFK (Cristina Fernández de Kirchner), dentro de Cambiemos y del peronismo se desarrolla una tendencia contraria: la convergencia entre el ala coalicionista de Cambiemos y el peronismo ajeno a los K. Esta tendencia apunta, asimismo, a una neutralización de la candidatura de CFK. El gran punto de acuerdo de todas esas corrientes es el mismo que los divide: los términos de una rediscusión del acuerdo con el FMI, entre una versión de ajuste financiero, por parte del macrismo, y otra ‘desarrollista’, como enarbola el Frente Renovador. Dentro de estos límites, es claro que no se puede atribuir a alguna corriente patronal un planteo capaz de sacar a Argentina de la crisis, porque eso depende de la marcha mundial de la crisis y de la lucha de clases -incluidas las guerras económicas como militares. Los planteos de Trump, el Brexit, la política intervencionista en India e Indonesia, las posiciones de López Obrador o la política económica ‘populista’, en Italia, dejan ver un cambio de tendencia en la orientación de sectores significativos de la economía mundial. La profundización de la crisis económica, incluido un estallido financiero, arrastraría a nuevos gobiernos y Estados a esta corriente. Asamblea Constituyente Una crisis de régimen político plantea a la izquierda revolucionaria la necesidad de ofrecer una respuesta política. Repetir el slogan que “la crisis la paguen los capitalistas” o que las masas “derroten el plan de ajuste” vacía de contenido la caracterización concreta de una “crisis de régimen político”. La respuesta de la izquierda revolucionaria tiene la finalidad de clarificar esta crisis ante el pueblo y servir de orientación a la clase obrera. Por eso, la consigna central, política debe ser “Fuera Macri y el FMI, por una Asamblea Constituyente soberana, por un gobierno de trabajadores”. En este planteo está el nudo de una posición política. En el documento presentado por el Comité Ejecutivo, la Constituyente ocupa una línea en 50.000 espacios, carece de un desarrollo y de toda centralidad. No puede ser, en esos términos, la base para una campaña política. No solamente la crisis de régimen sino también la descomposición del Estado que esa crisis refleja, explica que sectores vinculados con el kirchnerismo y el mismo kirchnerismo estén hablando de una reforma constitucional -o sea, de convocar a una Asamblea Constituyente. A su modo, un sector de la burguesía y de la pequeña burguesía confirma que “el poder político no puede gobernar como lo venía haciendo”. Están advirtiendo la crisis de régimen antes que el proletariado, e incluso a una parte de la izquierda. Los comunicadores del macrismo han recogido la propuesta kirchnerista como un intento de ‘subversión de la República’, en especial por el propósito de poner en comisión al Poder Judicial o elegir al Consejo de la Magistratura por el voto popular. Urtubey plantea que el jefe de Gabinete sea designado por el Congreso, lo que convertiría a Argentina de presidencialista en semiparlamentaria -un enorme viraje político. La Constituyente que, según algunos, ‘nadie entiende’, se está haciendo entender por ella misma, porque la izquierda revolucionaria no ha hecho ninguna campaña para explicarla como transición hacia el gobierno de los trabajadores. D’Elía reclama, además, que la Constituyente nacionalice los bancos y el comercio exterior; cada clase presenta el contenido que es acorde a sus intereses. Lo “incomprensible” se abre paso en el debate popular, por iniciativa de nuestros enemigos, que parecieran advertir que “no se puede gobernar como lo veníamos haciendo, poniendo al desnudo la ausencia de una campaña por una Constituyente soberana, por parte de la izquierda revolucionaria. Esta es la cuestión que dominará el Congreso del Partido Obrero. Ningún partido de la patronal o de la pequeña burguesía aceptará una Constituyente soberana, que sólo habrá de imponerse por medio de una acción histórica independiente del proletariado. La Constituyente soberana es un planteo revolucionario ante toda situación de impasse político-estratégico del régimen imperante, cuando las masas no han llegado todavía a una delimitación política independiente de la burguesía o la pequeña burguesía, ni qué hablar de la conciencia de la necesidad de una revolución proletaria. Es un planteo de transición entre una y otra, solamente si es levantada por un partido obrero revolucionario que lucha por la dictadura proletaria a nivel mundial. Es un puente hacia esa acción histórica y esa revolución. En 1917, el bolchevismo exigía la convocatoria de la Constituyente al Gobierno Provisional, de ningún modo para diluir a los soviets, sino para agotar la expectativa de las masas campesinas de que una Constituyente les daría la tierra, como habría prometido, dilatoriamente el socialismo conciliador. Era un método para agotar la experiencia de los campesinos con el Gobierno Provisional; quedó superada después de la toma del poder por los bolcheviques -y ello la convirtió en reaccionaria. En 1918, la socialdemocracia alemana la convocó contra los soviets que comenzaban a surgir, como un punto de reagrupamiento de la democracia contrarrevolucionaria que apoyaba al gobierno provisional burgués. La victoria de este planteo de contención convirtió a la revolución alemana de noviembre de 1918 en contrarrevolución -al decir de Trotsky en su polémica con Preobrazhensky, en 1927. Más tarde, Trotsky acuñó la expresión “los soviets se esparcirán por Alemania antes de que aparezca una Asamblea Constituyente”, cuando intentó pronosticar una revolución en la caída del nazismo. Estaba discutiendo la posibilidad de una repetición. En 1926/8, la plantearon Gramsci, la oposición de izquierda italiana y Trotsky ante la supresión del parlamento por parte del gobierno de Mussolini, luego de la crisis política creada por el asesinato del diputado Matteotti. En Argentina, en ausencia de un movimiento de clase independiente, ella debe servir para la intervención política del proletariado en la crisis de régimen que afecta a todas las clases, opresoras y oprimidas, y a la preparación de la revolución proletaria. El chavismo también convocó una Constituyente, pero lo hizo desde el poder personal -no desde la lucha de clases ni desde un partido internacionalista. Obtuvo una Constitución a la medida de ese poder personal. Aún con esos límites extraordinarios y un contenido de clase reaccionario, desalojó del poder a los partidos pequeño-burgueses de la oligarquía y eliminó a la CIA de la dirección de PDVSA. Conclusión: sin el conjunto del planteo “Fuera Macri y el FMI, Asamblea Constituyente soberana (poder) y gobierno de trabajadores”, la izquierda revolucionaria no representa nada en términos de estrategia política y corre el peligro de desaparecer como fuerza política independiente en la etapa actual. La hipótesis de una Constituyente soberana está fuera del radar de la burguesía; sólo podrá surgir contra ella por medio de una gran movilización obrera, y será entonces una plataforma de una revolución obrera. La consigna Constituyente soberana debe ser agitada, o sea en forma sistemática, por medio de una campaña política y en toda ocasión en que la lucha de clases se transforma en política. Debe ir acompañada de un programa: desconocimiento de la deuda pública con el gran capital; nacionalización de los recursos básicos, comercio exterior y banca, sin indemnización; control obrero de la producción; disolución de los aparatos represivos y judicial, por la elección popular de jueces y fiscales; salario mínimo igual al costo de la canasta familiar; 82% móvil. Una plataforma electoral debe señalar, en forma bien precisa, la nacionalización de la salud, la dirección obrera de la Anses y la financiación exclusiva por medio de aportes patronales. La separación de la Iglesia del Estado supone la confiscación económica del clero, la estatización de la educación confesional y de la salud. Es un planteo revolucionario que solamente puede ejecutar una Constituyente convocada por la clase obrera y por un gobierno de trabajadores. La separación de la Iglesia del Estado plantea una Asamblea Constituyente, que para nuestro partido debe ser soberana. El bloqueo del Congreso Nacional al derecho al aborto es una excelente ocasión para discutir la necesidad de una Constituyente soberana por todos los derechos de la mujer -en especial el control por parte de las mujeres de todas las cuestiones de Estado que la involucran en forma directa. La Asamblea Constituyente soberana es una consigna nacional; en un país federal, se plantea conjuntamente en todas las provincias. De lo contrario sería una Constituyente soberana junto a los gobernadores y legislaturas de provincia. El reciente Congreso del partido de Santa Fe colocó, en el manifiesto que aprobó, la cuestión de la Constituyente en función de una reorganización social y política “en la provincia y en el país”. Santa Fe concentra toda la crisis, por el narcotráfico, el enlace entre la policía y los narcotraficantes, la privatización de la hidrovía y puertos, la contaminación fabril, el comercio de exportación y la precariedad laboral, en el marco de una excepcional concentración obrera. El mismo gobierno busca pasar un proyecto constitucional provincial, con un objetivo reeleccionista. Es necesario agitar la Constituyente soberana en provincias, en estrecha relación con el país en su conjunto, y presentar un cuidadoso programa, que atienda a las particularidades de los distritos. En el Norte debería ir acompañada con planteos estratégicos sobre la tierra y la minería, por el desmantelamiento del aparato represivo; en el interior del país, la Constituyente soberana es fundamental como instrumento de lucha contra la oligarquía. En la provincia de Buenos Aires es fundamental para plantear la nacionalización del gran capital agrario-financiero. El planteo de una Constituyente en Santa Cruz ha cobrado actualidad ante la decisión de la Corte Suprema de referir la cuestión de la ley de lemas al Legislativo. Admitirla en estos términos en Santa Cruz, mientras es rechazada para el conjunto de las provincias, no sale del campo de intereses de los partidos patronales opositores -macrismo, radicalismo. La campaña por una Constituyente soberana en Santa Cruz debe integrar el reclamo por la derogación del régimen electoral reaccionario (ley de lemas y diputados por pueblo) a la nacionalización de la minería, la devolución a los trabajadores de la provincia de los fondos del desfalco de la obra pública y la autonomía real de los municipios. Si una explosión de masas reclamara la derogación constitucional del régimen de lemas y de mayorías absolutas por pueblo, deberíamos orientarla para acabar con el gobierno y convocar a una Constituyente soberana. La provincia de los Kirchner es la más preparada, por el largo y violento desarrollo de la crisis en el distrito, para la consigna de la Constituyente soberana. La crisis y los aparatos Argentina es uno de los países que más ha desarrollado un régimen de contención de las masas, desde los movimientos bonapartistas, la Iglesia, los sindicatos, las redes de control barrial, la propia educación y, por último, una pseudo-democracia tardía. Es la nación dependiente que más ha desarrollado una “sociedad civil”. Las funciones de estos aparatos están bastante diseñadas y sólo bajo circunstancias excepcionales podrían salirse del libreto de contención y cooptación. Tienen el objetivo, en circunstancias como las actuales, de llevar a las masas a resignarse a aceptar condiciones que ellas no toleran. No lleva a ningún lado protestar por el rol que tienen objetivamente asignado. Sólo pueden ser superados por la experiencia concreta de las masas, que necesita de la intervención y orientación de un partido revolucionario. La crisis capitalista ejerce una acción disolvente sobre la capacidad de contención de los aparatos, que debe ser suplementada por la experiencia de lucha de las mismas masas, y la política del partido revolucionario. La política de este partido es, al final de cuentas, el factor decisivo. La experiencia del Argentinazo es ilustrativa, porque fue precisamente la crisis capitalista (corralito y devaluación) la que volcó a la clase media más contenida del mundo, políticamente, a la calle; dio un alcance político nacional al movimiento piquetero y pavimentó el terreno para un desarrollo político de la “extrema izquierda” que se ha manifestado desde entonces. Esto por el lado que podríamos llamar “objetivo”. Por el lado subjetivo, intervino en forma decisiva la política de nuestro partido de unificar al movimiento piquetero, establecer un frente único con el PCR (Partido comunista Revolucionario) y Tierra y Vivienda, y concretar la Asamblea de Trabajadores Ocupados y Desocupados con alcance nacional. ”Las leyes de la historia son más fuertes que los aparatos”, no al revés. Los diques de contención han sido colocados en la pica de nuevo, ahora por los llamados “chalecos amarillos”. La cuestión no es la mayor o menor capacidad de contención de los aparatos, sino el efecto disolvente de la crisis sobre ellos, la indignación de las masas y la política del partido. El movimiento por el aborto legal condujo a un choque masivo -y probablemente definitivo- de millones de mujeres y jóvenes con el más poderoso aparato de “contención” secular contra la libertad y la conciencia independiente de los explotados, que es la Iglesia. Las conclusiones de esa experiencia deben ser abonadas ahora con una intensa lucha política en el movimiento de la mujer, en especial contra las tendencias que quieren separar a la lucha de la mujer de la lucha de clases en general, y que pretenden servirse del ascenso de la mujer para introducir una cuña entre los trabajadores. Antes de la entrega de la huelga universitaria por parte del sindicalismo kirchnerista, la rebelión educativa sacudió a miles de jóvenes de universidades y colegios -dejó planteado la posibilidad de organizar una juventud revolucionaria de masas. Es necesario un balance a fondo de las luchas obreras del último período y caracterizar la conciencia de lucha y los métodos empleados por los trabajadores, y su comprensión de la crisis política. La conquista del Sutna (Sindicato único de Trabajadores del Neumático de la Argentina) por una dirección clasista ha sido el mayor avance revolucionario del movimiento obrero en este último período, y por eso, reitero el planteo que hice al XXIV Congreso acerca del rol que debe jugar como polo de atracción de los activistas y delegados en su conjunto. Este rol no puede ser sustituido por combinaciones minoritarias con fuerzas vacilantes, que no favorecen ninguna preparación política de la vanguardia obrera, como lo prueba el fracaso del Plenario Sindical Combativo. Para alcanzar un Congreso de Bases, la vanguardia obrera debe hacer congresos de bases allí donde desempeña un rol de autoridad y dirección, y exhibirlo como ejemplo para el conjunto de la clase obrera. Este papel lo jugó el Sutna San Fernando en sus convocatorias a plenarios obreros, incluso antes de que conquistara la dirección del sindicato nacional. En un cuadro de luchas numerosas y tenaces es necesario una política para unirlas, coordinarlas y ligarlas a un movimiento común. El kirchnerismo es presentado como un dique de contención, al menos en el campo electoral o en los movimientos sociales y parcialmente de la mujer. Políticamente, sin embargo, se encuentra en retroceso: perdió las últimas dos elecciones y tiene poco peso en un número elevado de provincias. No influye en el movimiento obrero, salvo por delegación, cuando pacta con la burocracia sindical. En la etapa actual se ofrece como una variante de rescate del capital, incluido un ajuste del acuerdo con el FMI, e incluso dispuesto a rodearse (o incluso a dejarse rodear) por un conjunto de fuerzas del pejotismo. Ahora se presenta como el partido electoral del Vaticano, en un esfuerzo de adaptación a las fuerzas reaccionarias con presencia internacional. No impulsa ninguna lucha política de masas e incluso retrasa su postulación electoral con maniobras con destino indefinido. El Frente de Izquierda, ni hablar del Partido Obrero, no puede ni debe atenuar la separación política que simbólicamente representó el voto en blanco en 2015 y, políticamente, durante doce años de lucha política implacable contra los gobiernos y corrientes K y pro-K, en especial en la lucha política por imponer la condena a Pedraza y su patota. La propuesta de una discusión política de CFK con la dirección de la Fuba (Federación Universitaria de Buenos Aires), como ha sido propuesta, desdibuja esa delimitación. La co-presidencia de la Fuba no tiene el carácter de un frente político con el kirchnerismo. La dirección de la Fuba no es una coalición política “en disputa”, ni nace como “unidad de acción”. Es necesario movilizar a la juventud estudiantil por medio de un programa y de asambleas y plenarios de delegados con mandato. Caracterizar una derrota de la Franja (Morada)ante La Cámpora como una victoria popular es un error estratégico, que hemos superado desde que Héctor Cámpora ganara las elecciones de 1973. Las características de la obligada polémica con CFK, en la campaña electoral, dependerán del programa que presente y de las alianzas políticas que procure realizar o realice. Todos sus ensayos tienen una dirección clara: consumar un frente capitalista con políticos podridos. En todos los casos demostraremos que la movida K representa una operación antiobrera de rescate del capital, e iremos modificando los ángulos de esta polémica a la luz de la experiencia con su desarrollo. El Frente de Izquierda Se ha señalado, en nuestros debates, que el FIT no llega siquiera a la condición de cooperativa electoral, porque no coopera ni en elecciones. Esto significa que no es un canal revolucionario de la clase; un frente que funciona en ocasiones electorales es oportunista. Esto ya lo habíamos planteado en 2011. El Partido Obrero debe intervenir en el FIT, no con una política electoral sino revolucionaria, es decir programática y de principios. Es el método para formar una vanguardia obrera socialista. De lo contrario, la presión electoral del FIT puede desnaturalizar al Partido Obrero. Es necesario entonces abrir el debate sobre la Constituyente soberana en el FIT, como eje de la estrategia de la etapa; por otro lado, es necesaria una lucha ideológica y programática permanente contra los planteos democratizantes y el oportunismo. La Constituyente soberana, sin embargo, no figura como planteo del FIT en Neuquén, donde acaba de alcanzarse un acuerdo electoral… Es, sin embargo, la cuestión política central de la provincia donde se encuentra Vaca Muerta, la cuestión mapuche, la contaminación ambiental, el conjunto de las relaciones sociales de explotación en la provincia. El candidato del kirchnerismo, Rioseco, ha privatizado por un par de décadas los yacimientos de Huincul-Cutral-Có. Por una cuestión de método y de principios debemos abordar la crisis del FIT por el debate programático; lo contrario, validar su carácter electoralista, atenta contra la construcción revolucionaria marxista del Partido Obrero. Es necesario desarrollar una crítica al programa que acaba de aprobar una conferencia especial del PTS. Lo mismo con el “partido único” al que convoca a Zamora, Poder Popular y el MST, entre otros, como un remedo del NPA francés y los llamados ‘partidos amplios’. Izquierda Socialista ha planteado una agenda de discusión -con temas nacionales e internacionales- a través de un boletín entre los tres partidos. No podemos calificar a estas propuestas de “charca discutidora”, sino precisar el método y el alcance de la “discusión”. Al mismo tiempo, una campaña política integral, un programa -encabezado por la Constituyente soberana. La lucha parlamentaria Esta etapa de crisis de régimen político, por un lado, y desarrollo de luchas y experiencias de una gama amplia de explotados y oprimidos, por el otro, necesita una vigorosa lucha parlamentaria, que dé pie a una agitación política de masas. El debate parlamentario sirve para la confrontación directa con los diversos partidos anti-socialistas y se transforma en medio de agitación cuando llega a las masas por diversos medios extra-parlamentarios. Es, entonces, un gran factor de educación política. La agitación política es el objetivo fundamental de la acción parlamentaria socialista; sólo sobre la base de ella y de la movilización que produzca en el pueblo puede servir para alguna reforma social. Varios boletines internos han tratado las divergencias en el partido sobre la acción parlamentaria. Sostenemos que el Parlamento debe ser, por sobre todo, una tribuna de denuncia, que se transmita a las masas, por medio de la agitación… En un texto reciente, Guillermo Kane caracteriza a este planteo como una suerte de charlatanerismo: “pedir votos para ir a un parlamento burgués a hacer declamaciones socialistas no es revolucionario”. “Pedir votos” reemplaza a la conquista política de los trabajadores y la juventud; la tribuna de denuncia se descalifica como una “declamación”. Estamos ante un planteo antirrevolucionario. Es con esta premisa que presentó el proyecto de juicio político a Vidal y la de Educación Sexual IntegraI (ESI). El juicio político a Vidal no respondió ni canalizó un reclamo popular. La sanción solamente podía prosperar mediante un frente con el massismo y el kirchnerismo en la Legislatura, un bloque patronal. Hipotéticamente, podía ser funcional a una maniobra del pejotismo y el massismo contra Vidal. No es lo mismo que lo que ocurre cuando una lucha popular impone, por la presión de la calle o de la huelga, un planteo a los partidos patronales, por ejemplo el derecho al aborto en Diputados. La doctrina del charlatanerismo pone en ese lugar a la denuncia del Estado y del capital, por parte del tribuno parlamentario, que es llevada a las masas por el partido. En el Congreso Nacional hemos sumado, recientemente, nuestro voto, junto al PTS, por un proyecto de ley del macrismo, la llamada “ley Micaela”, que ordena al mismo Estado que ampara y organiza al régimen social de la violencia permanente a la mujer a que “capacite” en el tema de género a la burocracia estatal -todo lo cual fue fuertemente denunciado, en un comunicado, por nuestra propia diputada Romina. La etapa política que se ha abierto requiere como nunca un parlamentarismo revolucionario, o sea de “charlatanes”y una agenda política que prepare su desarrollo. La etapa que se ha abierto nos exige una fuerte acción parlamentaria de denuncia del gobierno, el Estado, el FMI y los partidos patronales; de denuncia de las acciones antiobreras y antipopulares, que deben ser relevadas por la agitación del partido, y por “Fuera Macri, fuera FMI, por una Asamblea Constituyente soberana, por un gobierno de trabajadores”. 8/1/19

1 de agosto de 2019
Resolución Política
Partido Obrero

Como señalamos en el Informe Político del XXVI Congreso, Argentina es el eslabón más débil de la crisis capitalista mundial. Esto significa que, de manera acentuada, se concentran todas las tendencias parasitarias que son características de las crisis capitalistas en la época imperialista: recesión económica, sobreproducción de mercancías y capitales, quiebras y cierre de unidades productivas y de empresas, crecimiento de las deudas y de las tendencias al defol, agravamiento de la miseria social y sus secuelas de desocupación y destrucción de conquistas populares. Argentina ocupa este lugar como resultado de una serie de crisis superpuestas, que se arrastran desde el derrumbe de la convertibilidad, que produjo una ruptura general de contratos, del esquema de privatizaciones de servicios públicos y la explotación de los recursos naturales por parte de los monopolios internacionales y el defol de la deuda, de manejo de previsional social y la relación entre el Estado nacional y las provincias, que obligó a una intervención del Estado para socorrer al capital en bancarrota. La experiencia kirchnerista se valió de los altos precios de las materias primas para financiar este salvataje por parte del Estado y llegó a su fin cuando esta tendencia se revirtió, previo saqueo de distintas cajas del Estado, empezando por la Anses y el Banco Central. Nuestra caracterización se demostró más realista que la del macrismo, cuyo fundamento esencial fue la promesa de “una vuelta al mundo”, que debía materializarse en la llamada lluvia de inversiones y en la inserción de la Argentina en el mercado internacional, acentuando su flujo comercial. Nada de esto ocurrió. En la primera fase de su gobierno, Macri se valió de las bajas tasas de interés a nivel internacional para financiar el levantamiento del cepo cambiario y regularizar la deuda en defol. Mediante el endeudamiento también financió la continuidad de los subsidios a las privatizadas, porque los sistemáticos tarifazos nunca alcanzaron para retribuir la tasa de beneficio que reclaman los monopolios petroleros, gasíferos y los concesionarios de los servicios públicos. Sin embargo, este esquema ultra-precario estaba llamado a estallar ni bien se revirtiera la política financiera de los Estados imperialistas. La suba de la tasa de interés en Estados Unidos, en primer lugar, como resultado de la insolvencia de sus propias compañías, sumada a la guerra comercial comandada por Trump, como expresión de la sobreproducción de mercancías y capitales, produjo una brusca salida de capitales a partir del primer semestre del año pasado. Sobre la base de este análisis concreto, fue que el XXV Congreso del Partido Obrero anticipó que el gobierno de Macri buscaría un salvataje en el FMI. Si fuimos el primer partido en anticipar esta situación, ya sea tanto en el campo de la izquierda como de los partidos burgueses, se debió a la superioridad del método de análisis marxista. El salvataje del FMI permitió al gobierno sortear su caída, cuando la velocidad que había tomado la fuga de capitales amenazó la continuidad de Macri. Pero de ningún modo ofreció una salida a la bancarrota más general de la economía nacional. Lejos de ello, el tutelaje del FMI impuso una serie de medidas económicas que han agravado la recesión por la vía de una caída libre de la industria, la construcción y el consumo. La política de déficit fiscal cero, en estas condiciones, estaba condenada al fracaso, pues la caída de la actividad impacta directamente en la recaudación impositiva. En lo que va del año, por ejemplo, la caída de la recaudación, si se la mide contra la inflación, alcanza el 6%. Con una parte importante de los gastos del Estado indexados, el gobierno debió paralizar la obra pública y reponer algunos impuestos al capital que había eliminado en los primeros años de su gestión. Así y todo, Nicolás Dujovne debió pedirle “perdón” al FMI por el incumplimiento de las metas fiscales. El pacto con el FMI tampoco sirvió para aventar la posibilidad de un nuevo defol de la deuda. Lo prueban el crecimiento del riesgo país, que está por arriba de los 800 puntos, y de los seguros de defol, que también baten récord. Entre los fracasos del acuerdo con el Fondo también hay que anotar la política monetaria. El salto de la cotización del dólar de un 100% en menos de un año está lejos de ser un techo que elimine la posibilidad de nuevas devaluaciones en el próximo período. Es que si por el momento el dólar no pega un nuevo salto se debe exclusivamente a las tasas de interés que rondan casi el 70%. Pero, como ya hemos señalado, este esquema monetario, basado en la emisión de Leliqs por el Banco Central, que ya ronda el billón de pesos, es una verdadera bomba de tiempo, cuya explosión alcanzará también al sistema financiero. Al tipo de cambio actual, los plazos fijos y otros activos en pesos suponen una demanda potencial de dólares del orden de los 40.000 millones, contra reservas líquidas del Banco Central que no llegan siquiera a los 25.000 millones. Es sobre la base de este análisis que anticipamos, en el Informe Político al Congreso, la posibilidad cierta de una corrida cambiaria y hasta bancaria en el transcurso mismo de la campaña electoral. Los sucesos de estas últimas semanas han mostrado la justeza de este análisis. La cuestión de la deuda pública y la deuda externa vuelven a concentrar todas las contradicciones del proceso económico y esto debe ser explicado en la agitación socialista, especialmente en este período electoral. Los pagos crecientes de deuda explican buena parte del déficit de la cuenta corriente que produjo el salto devaluatorio del último año y que determinó el crecimiento de la inflación. En una economía mayormente dolarizada, la devaluación se transfirió a los precios, teniendo como única barrera la recesión económica y la caída de las ventas. Contra los que afirman que la inflación se debe a la emisión monetaria, se demuestra que omiten que dicha emisión tuvo y tiene como causa principal hacer frente al pago de la deuda pública y externa. Ahora, debido al salto en el endeudamiento, por un lado, y a la devaluación y la recesión, por el otro, el ratio deuda/PBI ha pegado un salto, llegando casi al 100%. La cuestión de la deuda domina las perspectivas económicas del futuro inmediato. Como la incapacidad de pago de la deuda es una certeza, ya está abierto un debate sobre la necesidad de una reestructuración que alcance tanto la deuda con los privados como los vencimientos con el FMI. El próximo gobierno tendría por delante vencimientos superiores a los 150.000 millones de dólares, una cifra imposible de afrontar. Para los especuladores internacionales, las elecciones próximas tienen el valor de decidir quién será el encargado de llevar adelante esa reestructuración. Si una parte aún importante del capital financiero sigue apostando sus fichas por Macri se debe a que suponen que esa reestructuración obtendrá una forma más beneficiosa con el gobierno macrista. Ya ha circulado que el FMI se avendría a modificar los términos de la devolución de su préstamo, estirando los plazos de pago. Así atiende un reclamo del gran capital, que no quiere que el pago al FMI consuma la mayor parte de la capacidad de pago de la Argentina. Pero, en las actuales condiciones, una reestructuración de la deuda será distinta a la ejecutada por el kirchnerismo, ya que ahora no hay un defol declarado ni una desvalorización de los títulos de esa magnitud. Por lo tanto, la reestructuración se limitará a una negociación de plazos y de tasa de interés, pero no del capital involucrado. La bancarrota económica, cuyas contradicciones más explosivas se han acentuado con el pacto con el FMI, es el combustible principal que alimenta los choques entre la clase capitalista y el gobierno. Estos choques se dan en torno del reclamo de distintos grupos por la parálisis de la obra pública, la caída del consumo o el encarecimiento de las tarifas y los costos en dólares. Se trata de un programa limitado de reclamo de intervención estatal que, sin embargo, choca con la quiebra del propio Estado y los condicionamientos más generales impuestos por el FMI a la política económica. Sin embargo, ningún sector de la clase capitalista plantea una política de ruptura con el FMI ni con el gran capital internacional. Esto incluye a la llamada burguesía nacional, cuya estrategia sigue siendo valerse del financiamiento internacional y defiende la libertad conquistada bajo el macrismo para fugar capitales sin intervención del Estado. Estamos ante una contradicción de fondo, que explica la improvisación de los distintos sectores capitalistas ante la crisis. Un ejemplo de ello es la política de Techint. El grupo de Paolo Rocca sigue queriendo recibir un precio subsidiado por el gas que extrae en Vaca Muerta, pero, a la vez, rechaza todo tipo de cepo o control de cambios que le impida internacionalizar sus beneficios. Sin embargo, los subsidios del Estado chocan con el déficit cero reclamado por el FMI y, más en general, con la necesidad de utilizar todos los recursos públicos para asegurar el pago de la deuda. Estos choques alcanzan también al capital agrario, que fue uno de los soportes principales del macrismo. La reposición de algunas retenciones en un cuadro de inflación creciente que recorta el beneficio devaluatorio ha llevado a que un sector del capital agrario aparezca reacio a respaldar la continuidad del macrismo. Otro tanto ocurre con sectores de la burguesía industrial afectada por el derrumbe del mercado interno, por la apertura indiscriminada de importaciones y también por las retenciones y suspensión de reembolsos de exportación: el ordenamiento de la economía alrededor del repago de la deuda y el ajuste del FMI sigue resquebrajando el frente patronal. Un caso patente de esta situación se vivió en el conflicto de Fate, por parte del dueño Javier Madanes Quintanilla quien, mientras apuntaba sus cañones contra los trabajadores, reclamaba por estas cuestiones a la ventanilla de los subsidios del Estado. La incapacidad de la burguesía en formular una política opuesta a la que ha conducido al fracaso de Macri se refleja en el plano político en la improvisación de las fuerzas que se postulan para ejecutar un recambio patronal. Es que el hundimiento cada vez más acentuado del macrismo no ha dado lugar aún a un proceso de recambio ordenado que viabilice el proceso electoral ya en marcha. Esto explica que aún en un cuadro dramático, en el medio de una crisis económica de enorme envergadura, el macrismo siga manteniendo una posibilidad de reelegirse. La falta de alternativas podría finalmente mantener a la clase capitalista en el redil del macrismo, lo que a corto plazo podría revelarse como un error político de magnitud. La incapacidad de la burguesía para operar un cambio de frente conduce, muchas veces, a crisis políticas de fondo y a la creación de situaciones revolucionarias. Un eventual triunfo de Macri en las elecciones podría crear, en el corto plazo, una gran crisis política y suscitar una intervención de las masas de mayor amplitud. Con todo, la posibilidad del triunfo de Macri debe enfrentar, antes que nada, la bancarrota económica de su propio gobierno y la división creciente en la alianza electoral Cambiemos. Esta división incluye los choques con el radicalismo, así como también con sectores clave del PRO, como Emilio Monzó, Horacio R. Larreta y María Eugenia Vidal. Al forzar la unificación de la fecha de las elecciones de Capital y provincia de Buenos Aires con la presidencial, una derrota de Macri puede producir la pérdida de ambos distritos clave. Esto explica que, faltando sólo dos meses para la inscripción de las alianzas, el radicalismo aún no ha ratificado su participación en Cambiemos y que se siga barajando la posibilidad de que Macri decline su candidatura en favor de Vidal. Aunque esta variante no sea la más probable, podría ser un recurso de emergencia ante un agravamiento de la crisis financiera y una mayor corrida cambiaria. La propuesta de que la UCR ocupe la vicepresidencia aparece también como recurso de crisis, ante la amenaza de una ruptura de Cambiemos y un respaldo a la candidatura de Roberto Lavagna. Sin embargo, la propuesta a la UCR tiene otro sentido: el ensayo de superar la crisis por medio de un gobierno de unidad nacional, ante la inviabilidad del régimen de coalición a la carta con el que Macri gobernó en sus primeros años. Martín Lousteau condicionó aceptar una candidatura a vicepresidente de Macri a una modificación del sistema de gobierno y de las alianzas políticas, que incluya plenamente al radicalismo y a un sector del peronismo. En el mismo sentido, debe entenderse el rechazo de Lavagna a participar de unas Paso del Peronismo Federal. Lavagna postula también un gobierno de unidad nacional con el peronismo, el radicalismo, la centroizquierda y sectores del PRO. La unidad nacional de las fuerzas patronales muestra la comprensión que tienen del alcance de la crisis y, a la vez, su disposición en avanzar en el programa que Macri no pudo completar: a saber, las reformas laboral, previsional e impositiva. La bancarrota capitalista reclama una desvalorización de capitales y mercancías, comenzado por la fuerza de trabajo, de dimensiones tales que reclama un gran frente nacional de la clase capitalista. El planteo de Lavagna, sin embargo, choca con el Peronismo Federal, que sigue intentando ser el eje sobre el que se reagrupe un recambio del macrismo. Las pretensiones de Lavagna de que todos declinen su candidatura para respaldar la suya no se condice, por el momento, con el registro electoral que le otorgan las encuestas. En este cuadro no puede descartarse que termine declinando su candidatura que, hasta el momento, además no formalizó. Tanto Lavagna como el resto de los candidatos del Peronismo Federal enfrentan la contradicción de ganarle con facilidad un balotaje a Macri pero, a la vez, no pueden acceder a él porque quedarían en un relegado tercer lugar. La viabilidad de este armado político dependerá de la marcha de la crisis, ya que una corrida de mayores proporciones podría dinamizarlo, así como también de la presión que ejerza la clase capitalista para ordenar los choques de camarilla que son propios de la política patronal. En relación con el kirchnerismo, las vacilaciones sobre la candidatura de Cristina Kirchner están determinadas también por la crisis. Un eventual gobierno de Cristina Kirchner la obligaría a pilotear un ajuste a las masas de enorme envergadura. Es que el programa del kirchnerismo no dista en lo fundamental del que postula el resto de la oposición patronal e incluso sectores que están dentro del PRO. Juan Grabois, el agente del Papa devenido en vocero de Cristina Kirchner, lo dejó en claro cuando propuso que Larreta encabece la lista a la Jefatura de Gobierno en la boleta de K. La dependencia más general de la burguesía nacional del gran capital internacional aleja al kirchnerismo de cualquier veleidad anti-imperialista. Axel Kicillof ha señalado, en reuniones con el FMI, que su programa se limita a una renegociación de los términos del acuerdo, para hacer viable el pago de la deuda. Las declaraciones de Kicillof son congruentes con sus actos. Como ministro de Economía de Cristina Kirchner, dio los primeros pasos en el camino que luego seguiría Macri, al regularizar la deuda con el Club de París y firmar la entrega de Vaca Muerta a Chevron. Esta línea conservadora del kirchnerismo se expresa, en el plano electoral, en su política de unidad del peronismo-pejotismo. En más de diez provincias se han establecido listas únicas en la que el kirchnerismo participa como socio menor de los gobernadores del PJ. En Córdoba, donde el PJ no quiso incorporar al kirchnerismo, Cristina Kirchner ordenó bajar la lista y brindar un apoyo unilateral a Juan Schiaretti. Esta orientación capitalista de Cristina Kirchner, sin embargo, no ha servido para que la masa de la clase capitalista cambie su rechazo a su vuelta al gobierno. Aquí radica la verdadera causa de por qué, siendo que todas las encuestas le otorgan el primer lugar, no sólo ya en las Paso de agosto y en las generales de octubre sino ahora también en el balotaje, Cristina Kirchner dude en formalizar su candidatura. El gran capital todavía tiene la carta de enfrentar la candidatura de Cristina Kirchner con una corrida cambiaria luego de las Paso, condicionando por esa vía el voto de la población en las elecciones generales. La bancarrota económica y la crisis política configuran una crisis de régimen, que envuelve a todas las instituciones del Estado. Un lugar destacado donde se sustancian estos choques es el Poder Judicial, así como también los servicios de inteligencia ligados a jueces y fiscales federales. La disputa judicial incluye el juzgamiento de los principales grupos económicos de la burguesía nacional, cuyas posiciones son amenazadas por el gran capital internacional. Una parte de las causas contra la camarilla K están asociadas a la evolución de estos juicios contra los grupos empresariales. El planteo de Eduardo Duhalde de impulsar una amnistía general para unos y otros y, por esa vía, lograr un acercamiento entre Lavagna y el kirchnerismo, no ha progresado todavía. Lavagna teme que un acercamiento a Cristina Kirchner frene el apoyo progresivo que va recibiendo de varios grupos económicos que se alejan del macrismo. Las elecciones realizadas hasta el momento en las provincias han arrojado un triunfo de los gobiernos de cada distrito. En todos los casos que vimos hasta ahora (Neuquén, Chubut, San Juan, Entre Ríos y Río Negro) tienen en común que no comulgan con las dos principales candidaturas nacionales que existen al momento -Macri y CFK. Muchos han interpretado que los resultados muestran las posibilidades de triunfo de una candidatura alternativa al macrismo y al kirchnerismo pero, sin embargo, no han servido para resolver los choques de camarilla al interior de ese llamado “tercer espacio”. Por otro lado, los resultados electorales han dejado ver una caída en picada del macrismo y, en menor medida, del kirchnerismo. En San Juan y Entre Ríos, los amplios triunfos peronistas exhiben la unidad como bandera. Desde otro ángulo, los triunfos de los gobiernos locales muestran que el proceso electoral se caracteriza por un dominio político de las fuerzas del sistema que manejan el aparato estatal. Este dominio se identifica con la defensa de los intereses locales y provinciales, en relativa oposición al gobierno nacional. Es el caso de Neuquén, donde el MPN planteó que el acuerdo con el FMI obstaculizaba la continuidad de los subsidios a la explotación de Vaca Muerta. Los trabajadores han votado por las reelecciones de los gobiernos capitalistas, en la expectativa de que el éxito de esos intereses económicos locales de sus patronales redunde en un beneficio para ellos, o al menos que sirva para moderar el impacto de la crisis. Un dato a tener en cuenta es el triunfo de Mariano Arcioni en las Paso de Chubut, luego de la gran crisis provincial que llevó a una parálisis durante semanas enteras. El resultado negativo que recibió el kirchnerismo en varias provincias mostró, incluso, que en una masa del electorado su triunfo ponía en riesgo determinados planes de inversión o que llevaría a un retiro de las empresas ya instaladas. En cualquier caso, el canal de la bronca popular contra el gobierno de Macri está siendo canalizado por las fuerzas de la burguesía y en particular por el peronismo. El hundimiento electoral del macrismo en las elecciones provinciales no ha dado lugar a un giro a la izquierda. Nuestros propios resultados oscilan entre la repetición de lo conquistado en elecciones pasadas o pequeños retrocesos. En las campañas que tenemos por delante en provincias como Santa Fe, Córdoba, Tucumán, Mendoza, Jujuy y Formosa tendremos que agudizar la polémica con los gobernadores locales, refutando su discurso de que encarnan la defensa de los intereses generales de las provincias. Para ello es necesario desarrollar un programa de transición que oponga los intereses de los trabajadores a las oligarquías locales y su Estado, por un lado, y por el otro, resaltar el carácter del recambio de Macri para llevar adelante la descarga de la crisis capitalista sobre las masas que revisten las alternativas del nacionalismo. De un modo general, el movimiento obrero y las masas están sufriendo los embates más directos de la crisis. Por un lado, las jornadas del 14 y 18 de diciembre de 2017 mostraron que el macrismo, en su mejor momento tras la victoria en las elecciones intermedias, no reunió los recursos políticos necesarios para poder llevar adelante la totalidad de su plan antiobrero, que requiere un replanteo de fondo en la relaciones entre las clases en el país. Varias de las luchas libradas, incluso a pesar de las derrotas, sirvieron para marcar esos límites que inviabilizaron varios de los planes del macrismo. Por otro lado, sin embargo, esto no significa que las masas hayan podido hacerle frente en regla a una ofensiva patronal, que ha desvalorizado los salarios y aplicado despidos y suspensiones masivas, en especial en la industria. Ahora mismo se están ejecutando en áreas enteras suspensiones masivas y cierre de plantas, sin que se las enfrente con procesos de lucha. Prima la contención burocrática, que alcanza a todas las alas de la burocracia sindical. Pero no se trata sólo de la contención de los aparatos burocráticos, sino de la contención que ejerce el dominio político de las corrientes a las que esos aparatos burocráticos responden. Es interesante ver cómo el Smata, que ha permitido en los últimos meses suspensiones y despidos masivos y retiros voluntarios (despidos encubiertos) en la casi totalidad de las terminales automotrices, aparece ahora convocando un paro para el 30 de abril, junto con Moyano y las CTA, sin que tenga por propósito enfrentar a las patronales, sino con el planteo genérico de un nuevo modelo económico. Sucede otro tanto con la Ctera, que ha hundido como nunca la paritaria docente. Los principales conflictos de la etapa fueron protagonizados por la izquierda, y en particular por el PO, como es el caso de Fate, Interpack y Textilana, y más atrás, el Inti. En cambio, la burocracia sindical, salvo excepciones muy puntuales, ha dejado pasar la ofensiva patronal sin ofrecer ninguna resistencia. Esto incluye a la centroizquierda de la CTA degennarista. En los ingenios azucareros del norte entregó sin luchar a un sector clave del proletariado argentino, en combinación con los punteros locales del peronismo. En Foetra Buenos Aires, donde la conducción del sindicato está en manos de una alianza de la CGT y la CTA Yasky, habilitaron retiros voluntarios masivos, que superaron los 1.500 trabajadores, y permitieron la extensión de la jornada laboral. La Conadu también ha mandado al bombo la paritaria universitaria, a lo que se adapta la mayoría PCR-centroizquierda que conduce la Conadu Histórica. La política de la burocracia consiste en pactar con el gobierno los fondos de las obras sociales e incluso algunas leyes que integran el paquete de la reforma laboral, mientras plantean “votar bien” en las elecciones, para reemplazar al gobierno de Macri por Cristina Kirchner u otra variante de recambio del pejotismo. El temprano “hay 2019”, lanzado por el kirchnerismo luego de las jornadas de diciembre de 2017, fue otro factor para viabilizar la tregua a Macri. Al igual que ocurrió en Brasil, donde la burocracia de la CUT y del PT presentaron el “hay 2018” para dejar pasar el golpe contra Dilma Rousseff y la ofensiva de Temer contra las conquistas obreras. Contra los que dicen que el proceso electoral carece de importancia, ignoran, antes que nada, el factor de desmovilización que implica para las masas, especialmente cuando éstas carecen de organizaciones autónomas para brindar batalla y de independencia política respecto de las fuerzas patronales. He ahí el valor del Frente de Izquierda como canal de independencia política de los trabajadores. Tanto la burocracia como el kirchnerismo-peronismo rechazan nuestro planteo de que “la crisis la paguen los capitalistas”, en nombre de que los empresarios son también víctimas del modelo económico del macrismo. La identificación del interés patronal con el de los trabajadores es el punto de partida de la conciliación de clases que pregona el nacionalismo burgués. El kirchnerismo hace punta con este planteo. En el Senado, Cristina Kirchner dedicó un discurso entero para demostrar que Arcor ganaba más plata con su gobierno que ahora con el macrismo. El otro punto que destaca la burocracia sindical, en particular el ala más opositora de Moyano y el kirchnerismo, es presentar su vuelta al gobierno como un retorno a un Ministerio de Trabajo activo, que sirva para mediar entre las patronales y los trabajadores. Aunque estamos ante un embellecimiento del Estado burgués, que se vale de las mediaciones e intervenciones para regimentar a la clase obrera y defender los intereses generales de la clase capitalista, en sectores amplios de los trabajadores existe la ilusión de que un Ministerio de Trabajo activo sirva, al menos, para amortiguar la ofensiva capitalista. En nuestra lucha política debemos prestar atención a estos aspectos y mostrar cómo la intervención estatal es un recurso de las patronales contra los trabajadores. Y es crucial mostrarle al activismo obrero cómo esa intervención termina siempre siendo utilizada por el Estado para apuntalar a la burocracia sindical, que es el principal factor de contención de las masas. Una prueba de ello fue cómo el Ministerio de Trabajo de Carlos Tomada bloqueó sistemáticamente el reconocimiento de los nuevos sindicatos, a pesar de que muchos de ellos tenían direcciones kirchneristas. En la lista están la CTA y el sindicato del Subte. Las luchas parciales que se desarrollan en diversos gremios y provincias no alcanzan a reunir la masa crítica para que la crisis de régimen y la bancarrota capitalista se transforme en una situación prerrevolucionaria. Es decir, las masas no cuestionan activamente el poder establecido y, por ende, no hemos ingresado aún a una situación prerrevolucionaria. Pero las disputas por arriba, los choques entre las fuerzas del régimen, los permanentes ataques de los capitalistas a las conquistas y condiciones de vida de las masas, son un acicate permanente que convoca a la acción de los trabajadores. En las actuales condiciones no podemos descartar que la combinación de una serie de factores termine despertando una acción general de los trabajadores. El paro convocado por Moyano y las CTA para el 30 de abril y el de los gremios del transporte para el feriado del 1° de Mayo son una expresión distorsionada de esa necesidad, al servicio de la política de la burocracia, mediante sus métodos de regimentación, derrota y contención. Por un lado, convocan como forma de descompresión. Por el otro, es una acción limitada cuyo propósito es posicionar al peronismo de cara a las elecciones de agosto-octubre. Moyano lo dijo claramente al momento de expresar el propósito del paro: que Macri se vaya en octubre por medio de un triunfo del peronismo-kirchnerismo. En oposición a esta política, planteamos el paro activo de 36 horas y que la “lucha es ahora” por todas las reivindicaciones de los trabajadores. Contra el recambio patronal que pregona la burocracia sindical por la vía electoral, planteamos la intervención de las masas por el “fuera Macri y el régimen corrupto de kirchneristas, pejotistas y macristas, y por una Asamblea Constituyente con poder” para tomar las medidas de emergencia que permita satisfacer las necesidades populares fundamentales y evitar una nueva quiebra nacional. En la campaña electoral, el cuestionamiento general del régimen no puede, sin embargo, presentarse del mismo modo. Esto porque las elecciones colocan a todas las fuerzas de la burguesía en relativa paridad, sin importar quién ocupa la posición de gobierno. Denunciamos los planteos de las constituyentes provinciales formulados por Alfredo Cornejo en Mendoza para formatear el Estado al servicio de las mineras, petroleras y pulpos vitivinícolas, como la que plantea el PS en Santa Fe para perpetuar el Estado narco-sojero, que estamos denunciando en la campaña electoral de esa provincia. En ese sentido, nuestro planteo de Constituyente contribuye a avizorar una salida y, por lo tanto, a desarrollar esa iniciativa histórica: la del “derrotemos a Macri, el FMI y los gobernadores”, planteamiento que ha sido una conquista en importantes escenarios de lucha política como el Plenario Sindical Combativo, el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia, o el movimiento de la mujer. La intervención política en toda esta fase de acciones limitadas de la burocracia revaloriza al Plenario Sindical Combativo, en tanto que ofrece una plataforma para una acción diferenciada de todas las alas de la burocracia sindical. El PSC fue un punto de reagrupamiento frente a luchas importantes en Neuquén, Córdoba o Santa Cruz, y ante las batallas como Interpack, Fate y otras. Es un reagrupamiento que no alternativiza las fracturadas centrales obreras pero, interviniendo en ellas lo hace delimitado de las fracciones de la burocracia opositora, lo cual contribuye a la ruptura de la vanguardia obrera con las expresiones del nacionalismo en el seno de los sindicatos y del movimiento piquetero. Las columnas independientes que hemos realizado, que asumieron distintas formas según las circunstancias, permitieron una diferenciación en la acción y no en la parálisis. Quienes sabotearon al Plenario Sindical Combativo terminaron como pata izquierda de la burocracia kirchnerista (aceiteros) o en la parálisis (el PTS no estuvo en la calle el 4 de abril pasado). El Plenario Sindical Combativo ha levantado otra cuestión importante, como es la unidad de los ocupados con los desocupados. Este planteo tiene un valor enorme, por un lado, porque el movimiento piquetero combativo se ha transformado en un factor de ruptura de la tregua y, por el otro, porque permite desarrollar en el seno del movimiento de desocupados una política obrera y socialista. Debemos defender a fondo su carácter de frente único de sindicatos y representaciones sindicales, y no de grupos de izquierda. Sin ultimatismos, libramos en este espacio político sindical la batalla por nuestros planteamientos estratégicos: el Congreso de delegados electos por las bases de todos los sindicatos y el gobierno de los trabajadores. Nos declaramos partidarios de la defensa del Plenario Sindical Combativo y llamamos a la unidad de toda la clase obrera para derrotar la ofensiva capitalista. El movimiento de la mujer está recorrido por todas las tendencias políticas que se anotan en la oposición al macrismo. La extraordinaria lucha librada por el aborto legal, que fue anticipada por el movimiento del #NiUnaMenos, muestra la potencialidad de reivindicaciones democráticas cuando son dirigidas por acciones de masas contra los poderes públicos. La proyección del movimiento de la mujer también cuestiona el dominio de la burocracia sindical sobre las organizaciones obreras y, más en general, las relaciones laborales. Fue lo que denunció el colectivo de Actrices Argentinas en oportunidad del movimiento #MiraComoNosPonemos. La lucha política al interior del movimiento de la mujer coloca de un lado a quienes quieren llevar a fondo los reclamos más sentidos, sin temor a chocar con el orden vigente y las instituciones y partidos que lo sostienen, y quienes limitan el alcance de la lucha a maniobras de orden parlamentario o electoral. Esta lucha quedó demostrada en la jornada del último 8M, en la que batallamos junto a un sector de la izquierda, y logramos colocar la responsabilidad del ajuste de Macri, los gobernadores y el FMI, y una denuncia a las centrales obreras por no convocar al paro el 8M y boicotear el acto, boicot que logramos superar con una colecta en el transcurso de la propia movilización. Una cuestión crucial es la lucha contra la Iglesia, principalmente contra la católica, pero no sólo contra ella, ya que el evangelismo en particular juega un papel central en la contención de los sectores más explotados. El choque con el Parlamento en la lucha por el aborto legal ha sido un factor instructivo políticamente, pero de ningún modo se deduce de ese choque que el movimiento de mujeres haya agotado sus ilusiones parlamentarias. Una capa superior de este movimiento, vinculado con los partidos del régimen, pretende valerse de la derrota parlamentaria para hacer lobby al momento de la nominación de las listas de diputados y senadores, con la promesa de sumar más votos para una futura votación en el Congreso. El afán de este sector pequeño-burgués radica en solucionar su propia situación social, transformándose en burócrata del Estado. Se repite lo que vimos cuando se aprobó la ley de paridad de género en las listas. El ala kirchnerista del movimiento ha revelado una tendencia oportunista acentuada al tolerar la posición de Cristina Kirchner acerca de que debe haber “pañuelos celestes y verdes” en su movimiento. La superación de estas ilusiones parlamentarias está asociada a la derrota del ala K y feminista-burgués, y el desarrollo de un gran movimiento de mujeres trabajadoras. El planteo de la separación de la Iglesia del Estado se transforma en una consigna poderosa de politización, delimitación e incluso de atracción electoral para la campaña. Por este motivo debe ocupar un lugar central en la propaganda política y electoral. El Encuentro de la Mujer, que se realizará este año en La Plata, será otro escenario de movilización y delimitación, que coincidirá con el tramo final de la campaña electoral. El Partido Obrero y el Frente de Izquierda tienen el desafío de desarrollar una propaganda especial sobre todos estos aspectos. Mientras la inmensa mayoría de la izquierda mundial concibe a las elecciones como un tránsito apacible a la conquista de escaños, nosotros nos valemos de ellas para reforzar la organización independiente del proletariado, separarlo del dominio de la burguesía y la pequeño burguesía, y acumular fuerzas para la pelea por un gobierno propio. La campaña electoral que ya está en desarrollo en las provincias, y que comenzará con más peso en las próximas semanas a nivel nacional, está llamada a refractar todos los elementos de la crisis. Nuestro principal adversario al momento de captar el voto de los sectores de trabajadores, mujeres y jóvenes activos será el kirchnerismo y/o la fuerza que se estructure en torno del peronismo. Las consignas que desarrollemos deben apuntar, por un lado, a ofrecer una salida a la crisis, en tanto se trata de la principal preocupación de las masas, y del otro, que nos permita una delimitación que denuncie el carácter continuista del recambio político que se quiere operar. Obviamente, una campaña electoral con la consigna “Fuera Macri” no cumple esa función, ya que equivale a un llamado a votar por quien le pueda ganar a Macri. Si el eje electoral es sacarse a Macri de encima, un trabajador nos dirá: “el programa del FIT es mejor que el del peronismo, pero ustedes no le pueden ganar”. De ahí que nuestro programa y consignas deben subrayar el carácter de clase de nuestros planteos en oposición al conjunto del régimen y sus partidos. La consigna central debe ser “que la crisis la paguen los capitalistas”, porque plantea una salida anticapitalista a la bancarrota actual e introduce al conjunto de nuestro programa. Dentro del programa debemos destacar en la consigna central el “fuera el FMI”, ya que permite oponerse, otra vez, al conjunto del régimen y sus partidos, que tienen en común su decisión de mantener a la Argentina bajo la tutela del capital financiero internacional. La ruptura con el FMI va unida directamente a la cuestión del repudio a la deuda externa usuraria que, por los motivos señalados más arriba, se ha transformado en un punto que concentra todos los desequilibrios económicos del país. A la consigna “Que la crisis la paguen los capitalistas, fuera el FMI” la debemos completar con el planteo de “por una salida de los trabajadores y la izquierda”, para reforzar nuestro carácter de clase y la estrategia de poder, mostrando que sólo la izquierda identifica su programa con los trabajadores. “Por un salida de los trabajadores y la izquierda” establece un contrapunto con todas las salidas capitalistas en curso que vienen pergeñando, tanto el macrismo como la oposición patronal, y subrayar la necesidad de que la clase obrera se transforme en alternativa de poder, poniendo fin al régimen entreguista y corrupto de macristas, kirchneristas y pejotistas. Es la mejor formulación que expresa, en el terreno electoral, nuestro planteo de lucha por un gobierno de los trabajadores. En 2011, con la constitución del FIT, valoramos como una recuperación de la política socialista en la campaña electoral la explotación de las reivindicaciones inmediatas como parte de un programa transicional -es decir, en conexión directa con la lucha por un gobierno de la clase obrera. Se trata una cuestión fundamental a tener en cuenta en los próximos turnos electorales. En las recientes elecciones neuquinas nos valimos de los planteos “reparto de las horas de trabajo sin afectación del salario” y “comités obreros de seguridad e higiene” para captar la atención del proletariado petrolero, fuertemente golpeado por la flexibilización laboral y las muertes obreras, y dominado políticamente por la burocracia sindical y los partidos patronales. Privarnos de la explotación de este tipo de planteos, en nombre de la crisis de régimen y la exclusiva enunciación de consignas de poder, representaría un crimen. En el momento más agudo de la bancarrota capitalista, el Programa de Transición cobra su mayor actualidad y saca a relucir todo su filo revolucionario. Es importante que en nuestra campaña dediquemos un esfuerzo para explicar nuestro programa, evitando quedarnos sólo en la divulgación de las consignas. La interesante minuta que presentaron los compañeros del Inti en el Boletín Interno da cuenta de que, incluso en un colectivo de trabajadores que luchó, ocupó su lugar de trabajo y luego consagró a nuestra agrupación Naranja como dirección de la Comisión Interna, hay mucha resistencia a respaldar salidas radicales, como la ruptura con el FMI o el no pago de la deuda. Se hace sentir la presión del gran capital y sus voceros, que amenazan con una desorganización económica generalizada si se afectan sus intereses fundamentales. Este hecho es el que explica también que, como lo señalaron los compañeros y compañeras del círculo de Músicos en el Boletín Interno o los telefónicos de la Naranja en un reciente plenario en Tigre, una parte mayoritaria de nuestra periferia sindical vote por el kirchnerismo. Esta lucha política determina la forma de exposición de nuestro programa, que debe ser pedagógico -es decir explicar en qué consisten nuestras consignas principales- y polémico -o sea formulado de modo tal que busque refutar los planteos de nuestros adversarios. En esta polémica debemos mostrar el carácter entreguista y confiscatorio del planteo de renegociación con el FMI que formula el kirchnerismo y una parte importante de la oposición peronista al gobierno. Como señalamos también en el capítulo de la mujer, la consigna de “separación de la Iglesia del Estado” debe ocupar un lugar central y requiere una explicación de qué alcance le damos. Nuestro planteo se distingue del que formulan sectores minoritarios de la derecha liberal, que se limitan a cuestionar los subsidios que recibe la curia en la actualidad. El sentido de nuestro planteo es otro: es la expropiación de los bienes de la Iglesia, con la excepción de aquéllos que se utilizan para la actividad religiosa específica. En particular, ponemos el foco en separar al clero de sus posiciones en el sistema educativo, ya sea por la educación confesional en los colegios públicos como en los privados, que son de su propiedad. La cuestión de Venezuela ocupará también un lugar en la campaña electoral y, más en general, el desenlace de esa crisis que tendrá efectos determinantes en toda América Latina. El macrismo se vale del hundimiento del régimen de Maduro y de la miseria social pavorosa que ha generado para atacar al kirchnerismo y también al Frente de Izquierda. Además, las acciones represivas del gobierno de Maduro le permiten a la derecha continental agitar la bandera de los derechos humanos y las libertades democráticas. Para el macrismo, la crisis venezolana permite dividir a la oposición, ya que un ala importante del Peronismo Federal y del massismo se pronunciaron prontamente por el reconocimiento de Guaidó, mientras el kirchnerismo y Cristina Kirchner en persona no abren la boca para condenar la agresión yanqui y de los gobiernos latinoamericanos contra un país hermano. Para el PO y el Frente de Izquierda, la defensa de Venezuela debe ocupar un lugar central y debemos mostrar que el imperialismo y los gobiernos de la región quieren avanzar en el copamiento de Venezuela para apropiarse de sus recursos naturales, empezando por las reservas petroleras y, más en general, para viabilizar una salida de fuerza contra el conjunto de los obreros y campesinos de América Latina. La complicidad del kirchnerismo con esta salida se prueba en el hecho de que busca un acuerdo en la Argentina con los sectores que reconocen a Guaidó y, de modo general, con que su programa se inscribe en la órbita del FMI. Los movimientos de masas y rebeliones populares contra la ofensiva capitalista e imperialista en América Latina, como el de Haití, deben ser destacados para mostrar que hay una ruta de movilización popular y de acción directa presente, aunque no sea la que domina el escenario latinoamericano. El Partido Obrero participa de todo el proceso político-electoral como parte integrante del Frente de Izquierda. A pesar de que las elecciones provinciales realizadas hasta el momento no han arrojado un giro a la izquierda, y que tampoco las encuestas de opinión que reflejan la intención de voto para las presidenciales de agosto-octubre muestran un crecimiento de nuestro registro electoral, el FIT sigue apareciendo como uno de los bloques políticos en presencia. Esto, a pesar de los bloqueos que le imponen al FIT sus propios componentes, que sabotean su acción política y su proyección como un polo político de la clase obrera, haciendo gala de una orientación alevosamente electoralista. Esto plantea, al interior del FIT, una divergencia de alcance estratégico que debemos explicitar. La plataforma del FIT claramente está basada en la independencia de clase y el gobierno de los trabajadores. Y tuvo el mérito adicional de formarse en franca oposición a un gobierno nacionalista, desarrollando la delimitación política con las alas más de izquierda del régimen burgués. Esto lo diferencia radicalmente de frentes de izquierda anteriores, como Izquierda Unida o el Frepu, que se constituyeron con planteos de defensa de la democracia. En el fondo, este programa rabiosamente democratizante (“socialismo con democracia”) explicó la negativa de los partidos que componían Izquierda Unida y el Frepu a incorporar al Partido Obrero a una alianza electoral y, en su momento, la ruptura del Frente de Trabajadores MAS-PO para formar el Frepu. El FIT votó en blanco en el balotaje entre Macri y Scioli, mientras IU quería apoyar a Menem en el colegio electoral de 1989. Este carácter progresivo del Frente de Izquierda, y su plataforma en defensa del gobierno de los trabajadores y la independencia de clase, entra en contradicción con la orientación electorera del PTS, que además es hermana siamesa del sectarismo, en tanto privilegia la competencia interna por el reparto de candidaturas sobre el frente único de acción, que requiere una acción sistemática de lucha por un gobierno de los trabajadores. De esta contradicción se deriva que el Partido Obrero debe presentarse como un defensor del Frente de Izquierda y como el partido que, por su programa y método, puede desarrollarlo de modo consecuente. Nuestra defensa del FIT radica también en la defensa del frente único de clase, que debe empezar por una acción unitaria del propio Frente de Izquierda. Para darle una forma política definida, debemos insistir en nuestro planteo de que se convoque un Congreso del Frente de Izquierda, para que sirva como instancia de movilización del activismo obrero, juvenil y de la mujer, y fortalecer una campaña basada en dicha movilización. De esta forma, también abordamos, enfrentamos y superamos el oportunismo del PTS que, mientras desarrolla una posición electoralista, paralizante y divisionista, ha propuesto un partido único de tendencias. Esta defensa del Frente de Izquierda también determina el abordaje que debemos tener hacia el resto de la izquierda que solicita una alianza electoral con el FIT. El Congreso del Partido Obrero reafirma la posición que ya ha fijado el Comité Nacional en los meses previos: somos partidarios de una lista única de la izquierda para enfrentar a todas las fuerzas del régimen, pero no a una incorporación al Frente de Izquierda de fuerzas cuyo programa es abiertamente democratizante. Una incorporación del MST, el MAS, y ni qué decir de Zamora, agudizaría la contradicción que señalamos más arriba, entre la plataforma progresiva del FIT y el carácter electoralero, democratizante e incluso intrigante de sus partidos. Una alianza con la izquierda debe hacerse sobre una plataforma clara de independencia de clase y con un armado de listas que respete la relación de fuerzas que ha quedado plasmada en las elecciones previas. Concesiones en las listas a estas fuerzas implicarían otra vía de liquidación del FIT y relegamiento de nuestro partido. La campaña de movilización política que le planteamos al FIT vale, en primer lugar, para el propio Partido Obrero. La crisis excepcional en la que se desarrollará la campaña requiere una movilización también excepcional de todo el partido. En una primera fase, las charlas deberán ocupar un lugar importante, porque posibilitan explicar nuestro programa, incorporar nuevos compañeros y planificar iniciativas. Para esto, organizaremos cursos de propaganda, charlas y actividades públicas en base al Manifiesto votado por el Congreso del partido. El reclutamiento es una prioridad de la campaña y, hasta cierto punto, su evolución será un termómetro incluso de las chances electorales que tendremos. Experiencias anteriores han marcado que la campaña electoral facilita el reclutamiento, al colocar en el centro tareas esencialmente políticas. La candidatura central de Romina nos permitirá desarrollar una acción especial sobre la mujer, ya que será, en principio, la principal vocera nacional del FIT sobre la lucha general de la mujer. Esto debe plasmarse en iniciativas de campaña en todo el país, explotando a fondo la participación destacada de Romina en el movimiento de la mujer. En la juventud, que es donde se concentra el voto mayoritario del Frente de Izquierda, tendremos que estructurar una campaña específica, con una especial atención en el reclutamiento. En el caso de la Universidad de Buenos Aires, la campaña electoral nos facilita una delimitación directa con el kirchnerismo, con quien disputamos políticamente la dirección de la Fuba. El crecimiento explosivo del Polo Obrero en las barriadas ofrece una plataforma espectacular para la propia campaña y para llevar adelante un plan de reclutamiento al partido. Los comités de base en los barrios para apoyar las candidaturas del FIT pueden ser un recurso adecuado para movilizar a los compañeros y compañeras. Debemos estudiar en las listas provinciales y municipales introducir candidatos que participan directamente de la lucha del Polo, que incluso podrían ser votados por sus asambleas. El valor de plataformas locales será importante, ya que permitirá vincular a nuestros compañeros con problemáticas más amplias y jugar un papel organizador de los barrios. Por último, y clave, estará la campaña en el movimiento obrero, también con candidatos obreros cuidadosamente discutidos. Al menos en una primera fase de la campaña, organizaremos actos en las fábricas y los candidatos deberán participar activamente de todos los conflictos. El registro audiovisual de esas participaciones permitirá difundir esa participación entre sectores más amplios. Una campaña para que la crisis la paguen los capitalistas debe ser una campaña vinculada con las luchas del momento. El próximo 1° de Mayo será la oportunidad de un lanzamiento nacional de la fórmula presidencial del Frente de Izquierda en un acto en la Plaza de Mayo. Ahí tendremos la posibilidad de la primera gran movilización de campaña. Previamente, le plantearemos al Frente de Izquierda una propuesta de manifiesto programático votado por nuestro congreso. Aprobada en plenario general (sobre 311 delegados al momento de la votación obtuvo 239 votos a favor; abstenciones, 2)

1 de agosto de 2019
¿Hacia dónde va el Plenario de Trabajadoras?
Camila P · Bárbara C

En septiembre del año pasado, apenas finalizado el Congreso del Plenario de Trabajadoras (PdT), escribimos sobre la fundamentación de nuestro voto, en abstención, acerca del lanzamiento de la campaña por la consulta popular por el aborto legal. Después de casi seis meses, volvemos a escribir sobre el relanzamiento de la misma campaña y planteando una crítica al respecto del balance del PdT durante el año, tomando en cuenta la orientación que desarrollamos en el último período. Consulta popular En el último boletín del PdT, en el artículo sobre la consulta popular, se puede leer lo siguiente: “El trabajo por una consulta popular vinculante es la única propuesta hasta el día de hoy para no caer en la parálisis del año electoral y para contrarrestar el avance clerical entre las fuerzas gobernantes. El impulso de poner en pie acciones, juntar firmas, hacer actos de frente único por el aborto legal y la separación de la Iglesia del Estado, montar actividades en los barrios contra el aborto clandestino y sus secuelas, en escuelas y lugares de trabajo reclamando la implementación de la educación sexual, es la única forma de contrarrestar el avance clerical que viabilizan las fuerzas políticas gobernantes…”. Siguiendo la línea de este artículo, en la última actividad de cara al 8M (Guernica), colocamos una hoja y un cartel invitando a firmar. En menos de una hora se acercaron veinte personas dejando su firma y un contacto. Resulta más que obvio que esto nos sirve para reclutar y sacar contactos. ¿Pero cuál sería el desarrollo de esta campaña? Una vez montadas las actividades y la juntada de firmas, nos encontramos con un panorama incierto. ¿Saldrán pronunciamientos de comisiones internas combativas abriendo el debate dentro de los lugares de trabajo? ¿Pondremos en pie asambleas por el derecho al aborto? ¿Llevaremos el planteo a las asambleas de los lugares de trabajo, al Plenario del Sindicalismo Combativo y a las comisiones de mujeres? ¿Vamos a impulsar un petitorio formal por la consulta popular? La consulta popular solamente puede ser válida si es planteada de manera extraparlamentaria, poniendo el foco en la organización autoconvocada de las mujeres (es decir, independientemente de las burocracias, los punteros y los partidos patronales), capitalizando el carácter reaccionario del Parlamento y todo el Estado, que dejó al desnudo el Senado oponiéndose a este derecho. Etapa política La campaña por la Consulta popular no puede estar escindida de una correcta caracterización de la etapa. El debate por el aborto fue una radiografía de los alcances de la crisis del macrismo y del régimen. Lo que fue presentado por Macri como parte de una “agenda positiva” en medio de todas las medidas antiobreras, terminó privilegiando su relación con el clero y el Vaticano. Si caracterizamos que existe una crisis política, una crisis de régimen, una bancarrota del gobierno y del capital que lo sostuvo, entonces, el planteo de una consulta popular sin una estrategia de poder corre riesgo de recorrer el camino del “hay 2019”. Por lo tanto, debemos darnos el trabajo de organizar a las mujeres trabajadoras por la construcción de un partido obrero revolucionario, por nuestros derechos democráticos, pero por sobre todo para terminar con este régimen de explotación. Hay políticos del macrismo y del PJ (Carrió y Urtubey) que vienen proponiendo desde hace un tiempo la consulta popular, con la intención obvia de liquidar el derecho al aborto por medio de una campaña demagógica de derecha. El planteo de la consulta debe ser preparado entonces con gran cuidado, porque aún no es aceptado en forma mayoritaria y militante en el seno del movimiento de mujeres. A nivel internacional, también López Obrador hizo la propuesta de la consulta popular en México en las últimas semanas. Esto se explica porque los plebiscitos son recursos últimos de los regímenes burgueses, e incluso factores de reagrupamiento político de la derecha, como se ve en Europa oriental. Por lo tanto, consideramos que la consulta popular también debe estar subordinada a un planteo estratégico, como lo fue nuestro planteo de “fuera Macri y los partidos del clero, tomemos la lucha por el derecho al aborto en nuestras manos”. Esto sigue vigente. La “separación de la Iglesia del Estado” para nosotros, los socialistas, no significa simplemente dejar de financiar a la Iglesia católica (“el que quiera un cura que se lo pague”) sino la confiscación de sus bienes, la estatización de la educación confesional y de la salud, una medida que, por ejemplo, sería planteada en la lucha por una Asamblea Constituyente con poder. Además, es necesario, en relación con el aborto, que el eje sea poner de relieve el papel que juega la Iglesia en el movimiento obrero y, sobre todas las cosas, en el movimiento de desocupados, que es mucho más que de contención, pues coloca su planteo reaccionario bajo el paraguas de “la lucha ‘unitaria’ contra la pobreza”. La lucha por el aborto legal, la separación de la Iglesia y el Estado y por la educación sexual expresó un salto de calidad en el movimiento de mujeres, que se embarcó en una pelea contra el Estado en pos de conseguir la Interrupción Legal del Embarazo. Desde el PdT hemos errado en una cantidad de planteos: un fragmento del editorial previo al 8A, en la que frente al cuadro que se venía dando en los votos del Senado, decíamos: “Las modificaciones presentadas por el PRO y el PJ hace 15 días se han convertido en la última posibilidad para la legalización, aunque de ningún modo la garantizan”. Es decir que convocábamos a una conformidad con una ley reformada que incluiría, entre otras cosas, la objeción de conciencia. Una perspectiva muy lejana a las tareas de una organización de mujeres que se empeña siempre en poner de manifiesto el rol que cumple el Estado en el avasallamiento de los derechos de las mujeres y las maniobras para que éstos no salgan o salgan a medias. ¿O acaso, siguiendo este planteamiento, no deberíamos conformarnos con la Educación Sexual Integral vigente que, de la misma manera que aquel proyecto reformado, integra en el famoso artículo 5, la objeción de conciencia? Otro problema fue nuestro apoyo a la ley Micaela, que encomienda a capacitar a los funcionarios públicos en cuestiones de género, asesorados por la Secretaría de la Mujer (a cargo de la macrista Fabiana Túñez). El fin de semana pasado, en la Conferencia Electoral (16/3) del partido nos enteramos, a través de la intervención de Juliana Cabrera, que esto fue para ganarnos una autoridad o el apoyo de los familiares de Micaela y Lucía. Argumento extraño, pues si una ley va contra nuestro programa, no debemos apoyarla; ni se ve tampoco cómo podríamos construir una autoridad votando por ella. Al revés: debemos explicarles a los familiares la trampa que significa hacerlo. Fue lo que hicimos con la tragedia de Once, cuando se votó la “sanción moral” de Carrió y compañía a De Vido. Algunos hoy apoyan al PRO; no hubiéramos conseguido ninguna autoridad si hubiéramos satisfecho su pedido. Sería de gran ayuda que los compañeros del equipo parlamentario explicaran este punto por escrito, tomando en cuenta que, correctamente, con argumentos similares, no hemos apoyado la ley de emergencia de género, y que la ley Micaela no representa ningún avance de las mujeres en términos de derechos. Dicho esto, el segundo argumento de la compañera fue que también la votamos porque “no podíamos quedar pegados a Olmedo” (el único que la votó en contra). Si entendemos bien, esto significaría que siempre acompañaríamos a la burguesía “democrática”, frente a una disidencia de ella con la derecha o de la derecha con ella. Nadie en el partido sostendría esta posición. Da la impresión que el voto por la ley habría tenido que ver con “lo que los diarios van a decir mañana”. Nosotros luchamos contra los Olmedos con nuestro método y programa, no con el del PRO, Alternativa Federal o Unión Ciudadana. Esta ley no avanza en los derechos de las mujeres, sólo es funcional a la hipocresía o demagogia de los partidos patronales. La lucha por la conquista de derechos políticos es la única reforma que nos proponemos arrancar al Estado burgués, acompañadas de medidas de control obrero o, según el caso, popular, del mismo modo que lo hacemos en una lucha salarial contra los patrones. Lo que rige nuestro impulso a proyectos de leyes es que promuevan, aunque superestructuralmente un avance real en los derechos de la clase obrera y/o expresen las reivindicaciones y exigencias de la misma y de los movimientos de lucha, de la misma forma que no apoyamos leyes que impliquen retroceder en los derechos de nuestra clase. Nuestras propuestas hacia el movimiento de mujeres deben girar en torno de romper con el Estado, luchando contra expectativas en el mismo, lo que es problemático, atendiendo a la experiencia ya atravesada con la Interrupción Legal del Embarazo. Toda campaña que llevemos adelante debe estar orientada por la denuncia al régimen. En este sentido, nuestra campaña por la Educación Sexual Integral fue relativamente deficitaria. Si bien presentamos un proyecto muy novedoso, que logró llamar la atención de muchísimos estudiantes (fue el caso de Lomas de Zamora, donde nos permitió ganarnos un lugar y una periferia en los secundarios que tomamos del distrito), tuvo el déficit de no desarrollar un cuestionamiento a la regimentación de la sexualidad en el capitalismo, que es un cuestionamiento que potencialmente está presente en los pibes y pibas de las escuelas. Nuestra intervención en las legislaturas, nuestras charlas, los volantes y boletines que saquemos deben colocar que la posibilidad de vivir libremente la sexualidad exige acabar con un sistema que se basa en la explotación, la violencia y la opresión. La cuestión de la sexualidad tiene que ver con las bases sobre las que está edificada nuestra sociedad y todo el sistema, que no buscamos una forma única o estandarizada de transitar la sexualidad o las relaciones interpersonales (monogamia, poligamia, “amor libre”, etc.), sino que queremos que libremente cada uno pueda llevar éstas adelante, lo cual es posible únicamente en una sociedad que sea libre realmente. Movimiento de mujeres y kirchnerismo A partir de las dos últimas asambleas de mujeres preparatorias al 8M, se mostró como un logro haber conseguido que en la bandera de arrastre no figure el “fuera Macri” porque esto hubiera significado el “hola Cristina”. Ahora bien, en primer lugar, se debería explicar de qué se deduce que el “fuera Macri” significa “hola Cristina”. No obstante esto, si hay una propuesta de que una movilización, hipermasiva como el 8M, sea encabezada por una consigna exigiendo que se vaya un gobierno, nuestra contrapropuesta no puede ser un retroceso en esta dirección, sino que debe ser un avance. O sea, agregar “fuera los gobernadores” al “fuera Macri”, pero no dejar de exigir que se vaya Macri porque, el que está gobernando, el que está implementando políticas de ajuste sobre las mujeres trabajadoras, el que está financiando a las iglesias evangélicas para el sometimiento y la tortura de mujeres y niñas es el gobierno de Macri (claramente con todo un sostén no sólo de la Iglesia católica sino de todos los partidos políticos del régimen y de la burocracia sindical). Por lo tanto, hay que tirarlo abajo, llamar a una Asamblea Constituyente soberana y que gobiernen los trabajadores y porque es, efectivamente, un avance en la conciencia del movimiento de mujeres exigir la renuncia del Presidente. El “fuera Macri”, que integraba el famoso “sistema de consignas”, finalmente, ni siquiera es usado cuando tenemos una asamblea de 800 mujeres que propone usarlo. Lo más sorprendente es que, después de toda esta discusión, el mismo 8M salió en nuestra prensa una nota de Néstor Pitrola reclamando que se vayan Macri y los gobernadores, junto con material de redes del PdT con esta consigna. Semanas de discusión en las asambleas, totalmente en vano. Estuvimos durante todo un mes en una lucha política contra el “fuera Macri”, presentamos una carta con el resto de la izquierda en la asamblea, y justo el mismo día de la mujer trabajadora, lo colocamos como consigna. Compañeros, o estamos siendo arrastrados por el impresionismo o no sabemos qué hacer. No podemos estar detrás de los acontecimientos improvisando ante lo que siquiera es un giro de la situación política, sino el temor impresionista de que “Fuera Macri” beneficie electoralmente al kirchnerismo. Muchos compañeros sentimos que estamos militando sobre un castillo de arena. Si es muy difícil llevar adelante la militancia en las calles cuando vamos cambiando de posición según las circunstancias, de manera pendular y sin margen para el debate, peor es ponernos a la derecha del kirchnerismo con pretextos electorales. El kirchnerismo no quiere derribar a Macri por medio de la lucha; no plantea una Constituyente con poder, ni menos un gobierno de trabajadores. Este planteo otorga un margen enorme de diferenciación política. El lugar que ocupa el kirchnerismo en el movimiento de mujeres es una discusión abierta. El estallido del primer Ni Una Menos, que fue el primer episodio en que el movimiento mostró sus características masivas, ocurrió durante el gobierno de CFK. Es decir, en un momento en que, comparado con la actualidad, el kirchnerismo estaba mucho más consolidado, las mujeres no movilizaban detrás del mismo. En la actualidad, tampoco vemos que las agrupaciones kirchneristas crezcan en su masa militante. Tampoco el 8M, ni las anteriores marchas por las mujeres fue escenario de gritos, cantos o carteles pidiendo que vuelva CFK. Entonces, ¿qué pudo haber inspirado esta conclusión? Supongo que la idea de que, electoralmente, el kirchnerismo es el enemigo principal. Pero convertir al kirchnerismo en eso, difícilmente nos haga ganar obreros y mujeres combativos con ilusiones en el kirchnerismo; para eso el debate debe ser fraternal y no hostil. Durante el año pasado, es conocido que gran parte del movimiento movilizaba detrás de la Campaña Nacional. Luego del 8A, este sector integrado por las kirchneristas, largó el “aborto legal 2020”, dejando de lado cualquier iniciativa que no fuera “votar bien” en 2019. Es decir, buscaron operar como un factor de contención del movimiento de mujeres. Sin embargo, el movimiento no se hizo esperar más de unos meses, y en diciembre estalló el #MiraComoNosPonemos, repudiando todo tipo de abuso y violencia de género. Después, en diciembre, las asambleas para organizar el 8M se volvieron multitudinarias. Pero, en medio de ese proceso, hubo un estallido de las “radfems” (feministas radicales), que se autoconvocaron en una asamblea de mujeres en la que participaron 500 (muchas de ellas secundarias). La presencia en las asambleas de Congreso convocadas por las radfems fueron disminuyendo a raíz de los planteos transexcluyentes y reaccionarios de las mismas, aunque sirvieron para poner de relieve que hay un enorme sector del movimiento de mujeres que busca organizarse por fuera de la Campaña Nacional, dado que lo que movió a las pibas a acercarse es que denunciaban a la “burocracia” de la Campaña que había “abandonado” la lucha por el aborto. El 8M también fue la expresión de los límites de la burocracia del movimiento de mujeres, encarnada en las feministas del kirchnerismo y del PJ, con una movilización que fue a todas luces multitudinaria -contando sólo Buenos Aires, hubo 200 mil mujeres en las calles- y atravesada por el reclamo del aborto legal que estos partidos no querían colocar (basta con ver la cantidad de pañuelos verdes, carteles y cantos exigiendo la legalización). También se leyó un documento en el que logramos colocar la denuncia al ajuste de Macri y los gobernadores, otra derrota que se les suma a las kirchneristas (gobernadores) y la burocracia, junto con el fallido boicot de las centrales sindicales al acto, superado por la organización de las mujeres, que prefirieron poner dinero de sus bolsillos para contribuir con el equipo de sonido en lugar de ceder a la extorsión de quitar la exigencia del paro que figura en el documento. A esto se suma el operativo fracasado de las corrientes kirchneristas y filo-kirchneristas de desarmar la movilización central haciendo convocatorias locales, en las que no movilizaron una pindonga (incluso comparado con casos anteriores), porque las mujeres apostaron a marchar al centro del poder político. La afirmación de Vanina de que “quien no piensa que el movimiento de mujeres es kirchnerista no tiene los pies sobre la tierra”; en el Campamento de la UJS es cuestionable en dos sentidos: de un lado, no es correcto de que el movimiento es kirchnerista; del otro, el mismo kirchnerismo es una hoja en el aire, pues ha perdido a muchos de sus componentes y está atado a lo que ocurra con el pejotismo en general. El campo de reclutamiento para el PdT y el partido, la clave para superar la crisis de dirección, se ha ampliado como consecuencia de los ataques del capital y del Estado y la profundidad de la crisis, y debemos aprovecharlo con una correcta política de propaganda, agitación y organización. Libertad individual o lucha contra el capitalismo La lucha por el aborto legal debe entrar en debate con el feminismo con una posición de delimitación constante en las cuestiones de los derechos individuales y la “autonomía de los cuerpos”, “mi cuerpo, mi decisión”, “yo aborté” y muchas otras parecidas que nada tienen que ver con la realidad de las mujeres trabajadoras, las mujeres de las barriadas, las que no pueden ni siquiera ejercer su derecho a la maternidad porque están en una situación de opresión significativa. En los hospitales de la zona sur, por ejemplo, están cerrando las áreas de neonatología, atentando contra la vida no sólo del recién nacido sino también de la madre. Entendiendo que los embarazos de alto riesgo muchas veces no llegan a conocerse porque ni siquiera hay un seguimiento de los mismos, entonces, en este ejemplo, se puede ver cómo las mujeres no pueden tener ninguna autonomía sobre sus cuerpos. Esto es de suma importancia, ya que de aprobarse la legalidad del aborto, las mujeres trabajadoras recurrirán a estos hospitales públicos totalmente vaciados, sin insumos y con un personal hiperexplotado. Por lo tanto, debemos darnos toda una política de debate con agitaciones en los hospitales y centros de salud. Asimismo, el ajuste que golpea cada vez más fuerte atenta brutalmente contra el derecho a la maternidad que de por sí se ve vulnerado en el sistema capitalista. Decir que queremos el aborto por el “derecho a decidir” y considerar que porque éste se legalice las mujeres trabajadoras vamos a elegir libremente si ser o no madres es una concesión espectacular, no ya al feminismo, sino al capital en su conjunto. En una nota publicada hace algunas décadas en Prensa Obrera, decíamos: “Para la mujer burguesa, el derecho al aborto es su reivindicación máxima, esto porque el derecho a ser madre lo tiene garantizado por su situación social (…)” -es decir, las únicas mujeres que pueden elegir si ser o no madres hoy en día son las de la burguesía, que tienen el sostén económico para hacerlo. Para las mujeres de la clase obrera, por el contrario, la libertad individual es una gran mentira; como continuaba aquella nota: “a lo sumo, se podrá legislar para evitar el nacimiento de un hijo no deseado, pero nunca podrá garantizar a la mujer trabajadora tener todos los hijos que desea, criarlos y educarlos digna y libremente, y permitir que el niño se transforme en adolescente y hombre en condiciones verdaderamente humanas (…)” (PO N° 42). Este ángulo nos va a permitir también poder entrar en este debate y ganar posiciones con las compañeras de los barrios, muchas organizadas en el Polo Obrero, que estén en contra del aborto. En el Polo Obrero de Presidente Perón, las compañeras nos han dicho que vamos con planteos “muy chocantes” y “de facultad” cuando les hablamos de este tema. Nuestros planteamientos deben, por el contrario, acercarse a los fundamentos de las mujeres trabajadoras y desocupadas, que son las que apostamos a organizar. Por esto es crucial retomar la reivindicación del derecho a la maternidad, que fue explicado, en un principio, durante el año pasado pero después abandonado, y que ahora ni siquiera figura en nuestros materiales, porque fue reemplazado por este otro. Esto no quiere decir que dejemos de lado o que coloquemos a un costado la lucha fundamental por el derecho al aborto legal, sino de cómo lo abordamos y con qué método. En un trabajo publicado por Frencia y Gaido (“Los orígenes del decreto soviético de la legalización del aborto”) leemos lo siguiente: “De la posición de los representantes del gobierno bolchevique se desprendía que la práctica del aborto debía ser gradualmente reemplazada por la planificación del embarazo y por la socialización del cuidado y de la educación de los niños, junto con el resto de las tareas domésticas que recaían sobre el trabajo impago de las mujeres. La abolición de la esclavitud doméstica, a su vez, crearía las bases materiales para la emancipación real de la mujer y para el surgimiento de una nueva forma de familia”. La lucha por el aborto legal, para los socialistas, es sólo un paso más y no el objetivo final. Nada tiene que ver con las libertades individuales sino con la lucha por la vida de cientos de mujeres que, de quedar con vida ante la clandestinidad del aborto, terminan mutiladas, con problemas psicológicos, infecciones, pérdida de la fertilidad. No se trata de unas cuantas reformas, sino de un cambio en toda la sociedad, es decir, histórico. Una aclaración necesaria sobre el Congreso del PdT En el último Boletín Interno, en un documento de Néstor Pitrola, se habla de una “tarea de confusión” de las compañeras que intervinimos en el Congreso del PdT, “que no se trató de ningún aporte o clarificación, ni al reclutamiento ni al partido”. Queremos desmentir esto. Nuestras intervenciones fueron sobre la base de nuestras experiencias en las regionales y frentes que intervenimos y el debate en los plenarios. Es en relación con esto que no acordábamos con la campaña propuesta. También se habla de “acusar de burócratas a las compañeras de la dirección” algo que, al menos en nuestra comisión, no sucedió (desconocemos lo que pasó en otras). Luego, tomamos la propuesta de escribir, que nos hicieron en la misma comisión, y armamos un documento con nuestras posiciones. En el mismo pudimos afinar algunas cuestiones, cosa que fue difícil hacer en una comisión en que las respuestas rondaban en acusaciones de “marxistas ortodoxas” (sic), “posibilistas” (sic), “militantes de La Mella” (sic). Al día de hoy, no hubo respuesta a ese documento ni nos convocaron a discutirlo, además de que sin explicación se retrasó un mes su publicación y arbitrariamente se retiró la nota que aclaraba el retraso y solicitaba alguna argumentación al respecto. Compañeros, aprovechemos el debate precongresal, sin embarrar la cancha. 19/3/19

1 de agosto de 2019
Respuesta a Camila P. y Bárbara C., sobre la orientación del Plenario de Trabajadoras (PdT)

Las compañeras Camila P. y Bárbara C. han presentado un documento que pretende ser un balance sobre el trabajo y la orientación del PdT en el último año. Lo primero que llama la atención es que -como me consta por ser la responsable del PdT de la provincia y parte de la fracción de la zona sur- estos planteos, en su conjunto, nunca fueron trasladados a estos organismos. Sobre la consulta popular Las compañeras dicen no estar en contra de nuestro planteo de consulta popular vinculante para arrancar el derecho al aborto legal, el cual lanzamos después del rechazo del Senado al proyecto de ley, el 8 de agosto del año pasado. Es más, dicen que ese planteo “nos sirve para reclutar y sacar contactos”. Su duda parece estar basada en la poca claridad de cómo realizar esta campaña. Sin embargo, inmediatamente después dicen que, si la Consulta Popular Vinculante no está subordinada a “las tareas estratégicas de la etapa”, es un elemento más de institucionalización de la crisis, como el “hay 2019”. Es un señalamiento antojadizo y sin fundamento. Nuestro planteo de consulta popular vinculante justamente busca romper la estrategia impulsada por los distintos bloques políticos patronales, que intervienen en el movimiento de mujeres, de encorsetar el debate del aborto en el ámbito parlamentario. Con la propuesta de la Consulta Popular Vinculante ponemos el foco en la capacidad de acción y organización que el movimiento de mujeres ha demostrado tener con los pañuelazos, las asambleas masivas, las movilizaciones, etc., y buscamos desenvolver esta tendencia a la acción directa, para que todo un sector independiente y combativo que activa dentro de ese movimiento rompa definitivamente con las ilusiones parlamentarias y con las expectativas que pudieran tener en los partidos del régimen. La lucha por arrancar, primero, la Consulta Popular Vinculante al Congreso y la enorme campaña que luego se desprendería de allí por la búsqueda de más adhesión popular le da un canal de continuidad a la acción de la marea verde en todos los espacios: los barrios, los lugares de trabajo y de estudio. Justamente, como antecedente, el año pasado en el inicio de las clases, la UJS impulsó un plebiscito en colegios secundarios, terciarios y en las universidades de todo el país que, en primer lugar, arrojó un resultado imponente: participaron más de 40.000 estudiantes y el resultado fue aplastante en favor de la legalización. La preocupación de las compañeras por desenvolver una campaña militante en torno de la Consulta Popular Vinculante es atinada, y se ajusta a la orientación que desde un primer momento impulsamos desde el PdT -volcada en cada volante, notas de la prensa, charlas y debates con el activismo. Los informes que hemos recogido sobre el desarrollo de la misma en distintos frentes dan cuenta de que nos ha permitido un trabajo importante: acercamos relaciones, organizamos charlas y reuniones abiertas en lugares incluso donde no teníamos presencia antes y fuimos, a partir de esta acción, un canal y un factor de organización de nuevos y nuevas activistas estudiantiles. Por supuesto, el desarrollo puede ser desigual y aún tenemos mucho por avanzar. Pero lo que corresponde es que cada comité balancee el trabajo realizado en torno de esa orientación -que ratificamos como resolución del Congreso del PdT- y se transmitan esas conclusiones colectivas al resto del partido, a través de los organismos correspondientes. Las propias compañeras relatan su experiencia en las actividades que realizaron hacia el 8M y la conclusión que vuelcan es valiosa; en sus propias palabras: “Resulta más que obvio que esto nos sirve para reclutar y sacar contactos”. Pues bien, acordamos en que la orientación y la campaña por la Consulta Popular Vinculante nos abren un enorme terreno de lucha política, intervención y desarrollo. ¡Ese es el camino que debemos reproducir en cada lugar de trabajo y en cada frente de intervención! Contradictoriamente, las compañeras luego citan las declaraciones de Urtubey y sectores macristas (Carrió), proponiendo una consulta popular para 2020, en lo que pareciera ser una impugnación de la campaña por la Consulta Popular Vinculante, que nos colocaría como furgón de cola “de un recurso último del régimen burgués”. Pero omiten que, de parte de ellos, el planteo no es más que un artilugio para borrar toda referencia a un tema que divide a todos los partidos patronales en medio de la campaña electoral. La Consulta Popular Vinculante no es un planteo principista de nuestra parte, válido para cualquier circunstancia. Al contrario, fuimos el partido que salió al cruce de un proyecto de Consulta Popular presentado por diputados del PJ de San Luis, cuando Macri anunció que habilitaba el tratamiento parlamentario del aborto. En esa ocasión, denunciamos que se trataba de una maniobra reaccionaria para bloquear el proyecto de la Campaña. Nuestra propuesta de la Consulta Popular Vinculante, luego de la frustración de la legalización en el Senado, apunta en el nuevo escenario a no dejar morir un enorme movimiento de lucha. Hoy vuelve a tomar centralidad a partir de la masividad de los pañuelazos del 19F o del propio 8M -que mostraron una tendencia a no cesar en la movilización por este reclamo. La Consulta Popular de un sector del PJ o la de Carrió y Urtubey cumplen una función opuesta, y están al servicio de enterrar y poner coto a una lucha que pone en jaque los pilares más reaccionarios del sometimiento a la mujer bajo este régimen social. Nuestra propuesta lejos está de seguir el camino de “hay 2019”, sino todo lo contrario. A su vez, pretender subordinar la campaña de la Consulta Popular Vinculante al planteo de la Asamblea Constituyente es una acción forzada, porque son elementos de orden diferente. La Consulta Popular Vinculante es una iniciativa para sacar a un movimiento masivo de lucha de la parálisis a la que lo quieren someter los sectores tributarios de los partidos patronales que intervienen en él, en nombre de sus propios compromisos electorales. La Asamblea Constituyente es una consigna de otro alcance, que juega un papel pedagógico en la impugnación de todo el régimen político y sus instituciones, y que, bajo la dirección de la clase obrera, debe proceder a una reorganización social y política sobre nuevas bases. Por ejemplo, no es tarea de la Asamblea Constituyente convocar a una consulta por el aborto, sino proceder a legalizarlo de manera urgente. Sobre el kirchnerismo en el movimiento de mujeres Que a pesar de la derrota electoral de 2015 y la disgregación posterior, el kirchnerismo sigue siendo un factor en la situación política es innegable. Juega un rol de bloqueo y contención en todos los ámbitos, ya sea de manera directa o a través de agrupamientos que no se reconocen como K, pero son su mascarón de proa en la intervención en los movimientos populares y -finalmente- son los que más militan en el terreno del “frente único antimacrista”. Aparecen “luchando” por distintas reivindicaciones, pero con el objetivo de poner esas luchas al servicio de ese frente antimacrista y de su desarrollo electoral. El movimiento de mujeres es un claro ejemplo de ello. El Plenario de Trabajadoras ha dado una importantísima batalla política contra los intentos de convertirlo en plataforma electoral del pejota-kirchnerismo y reforzar su tendencia fuertemente antigubernamental. Nuestra batalla en las asambleas preparatorias del 8M de ninguna manera estuvo orientada a aminorar las consignas contra el macrismo, sino a denunciar el callejón sin salida de subyugar la fuerza del movimiento de mujeres para ir detrás de un relevo de tipo capitalista. Nos dimos también la tarea de orientar a toda la izquierda para sortear provocaciones de todo orden, que buscaban desacreditar al trotskismo. Al “fuera Macri” le opusimos “fuera Macri y los gobernadores”; a la pretensión de mandar al bombo cualquier reivindicación que moleste al Vaticano, le contrapusimos la centralidad de la lucha por el derecho al aborto legal. Desde el principio tuvimos que batallar contra estos bloqueos y contra todo tipo de provocaciones para evitar la preeminencia de nuestros planteos. Por ejemplo, en las primeras asambleas, los intentos de censurar a un sector minoritario de la tendencia feminista radical que se acercó a las asambleas fueron utilizados contra la izquierda bajo el argumento de que -como son partidarias de la exclusión de las trans del movimiento- serían fascistas que promueven un discurso de odio. ¡Tuvimos que desarmar la ofensiva que casi rompe la asamblea detrás de la especie de que “la izquierda le abre las puertas al fascismo”! Esta fue la lucha política que libró el PdT durante un mes en las asambleas. Nuestra intervención fue clave: dijimos vayamos contra Macri, pero también contra los gobernadores, la burocracia y las iglesias, porque sin la colaboración de estos sectores el gobierno no podría sostener ninguna de sus políticas. Y a la luz de lo que fue la jornada del 8, el contenido del documento leído en Plaza de Mayo, la deserción de la burocracia sindical y el repudio de las mujeres movilizadas, creemos que hemos tenido una conquista política nada despreciable. En esos días había sucedido el caso de la niña tucumana de 11 años, embarazada tras una violación, que había sido obligada a atravesar una cesárea, al igual que había pasado en Jujuy a principio de año. Con la consigna que denunciaba sólo a Macri, que este sector impulsaba, Manzur, el gobernador K y exministro de Salud del gobierno de Cristina hubieran quedado absueltos. Siguiendo el razonamiento de las compañeras, ellas hubieran estado dispuestas a sacrificar la denuncia a los gobernadores porque, según sus propias palabras, “es él [Macri] quien está gobernando, el que está implementando políticas de ajuste sobre las mujeres trabajadoras, el que está financiando a las iglesias evangélicas para el sometimiento y la tortura de mujeres y niñas” y en pos de que “es un avance en la conciencia del movimiento de mujeres exigir la renuncia del Presidente”. En cambio, la orientación que llevamos a cabo como partido y como PdT fue la de dar la batalla hasta el final por incorporar la denuncia del régimen en su conjunto. Por eso es sorprendente el planteo de las compañeras de que toda esta lucha política y su resultado significó un retroceso. El Partido Obrero nunca ha tenido ningún prurito en exigir y luchar por la caída de un gobierno, pero es de una ceguera brutal no ver que, ante el derrumbe del macrismo, toda la oposición patronal pretende encorsetar el descontento en un recambio electoral. Decir que esto es sólo un “temor impresionista de que el ‘Fuera Macri’ beneficie electoralmente al kirchnerismo” es desconocer lo que ocurre en la realidad, no ya del movimiento de mujeres, sino del país entero. Sobre el concepto de enemigo principal Un elemento más que llamativo en el texto de las compañeras es el que aparece como dicho al pasar, pero sobre el cual queremos alertar: nos referimos al concepto de “enemigo principal”, que vendría a ser una construcción sobre el kirchnerismo en términos electorales, hecha por nosotros mismas -o sea, que en la realidad no existe. El concepto de “enemigo principal” es un concepto muy extraño a nuestro bagaje teórico y tradición política. Este concepto pertenece al acervo político del maoísmo -y de modo extensivo al estalinismo-, una corriente que la ha usado siempre para justificar frentes con sectores “progresivos” de la burguesía y que ha llamado a la clase obrera abiertamente a esos frentes de colaboración de clases, con la excusa que de que hay enemigos principales y otros secundarios. Es con esta tesis que el PCR -en la actualidad- es una de las organizaciones que más milita el “frente anti-Macri”. Por lo tanto, rechazo esta acusación de que “inventamos enemigos principales”. Nada más lejano de quienes elaboramos nuestras posiciones y orientaciones políticas generales, guiándonos por el Programa de Transición y el Qué hacer, donde es claro que la clave de todo el asunto es siempre defender la lucha por la independencia política de la clase obrera. Y tampoco, nada más alejado de un partido que siempre se ha caracterizado por su oposición de conjunto al régimen, pero también por su lucha feroz contra la cooptación y las presiones del nacionalismo burgués, y su expresión más fuerte en la Argentina: el peronismo, la corriente que impulsa la colaboración de clases por excelencia. Sobre la Educación Sexual Integral En un párrafo que habla de otra cosa se menciona al pasar un cuestionamiento a nuestra campaña por educación sexual laica y científica, apoyada en proyectos de modificación de la actual ley -que por la repercusión que ha tenido, en la Legislatura bonaerense o en el Congreso Nacional, nos permitió una mayor clarificación sobre los límites de la ley pactada por el kirchnerismo con la Iglesia católica, que fue en su momento una fuente de cooptación de vastos sectores. Se dice que fue una campaña deficitaria porque no cuestiona “la regimentación de la sexualidad en el capitalismo”. En primer lugar, citamos textualmente una parte de los fundamentos del proyecto de ley que presentamos en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires -que de modo similar se reproducen en todos nuestros proyectos en las distintas legislaturas del país y en el Congreso Nacional- y que en la provincia de Buenos Aires obtuvo media sanción, como producto de la irrupción de la marea verde, a mitad del año pasado: “El reclamo estudiantil por la aplicación de la ESI forma parte de la lucha popular por terminar con todo tipo de opresión, violencia y discriminación en lo que hace a las relaciones entre las personas, entre las que se destaca la propia sexualidad, que es una actividad humana por excelencia. No es casual que quienes han tenido el principal protagonismo en esta lucha sean el movimiento de la mujer y los colectivos de minorías sexuales, quienes de una manera más directa son el receptáculo de la descomposición general de la sociedad capitalista y de sus relaciones sociales basadas en la explotación y la enajenación”. Solamente una organización revolucionaria que entiende que, bajo el sistema capitalista, es clave la regimentación de la sexualidad, porque es una herramienta más de control social no sólo sobre las mujeres, sino también sobre los varones y todas las disidencias sexuales, puede abordar una propuesta de modificación de una ley desde este lugar y plantearlo así en sus fundamentos. Pero además, no nos quedamos en lo escrito en un papel: lo más atractivo de la campaña por nuestra ley era la propuesta de que los contenidos de la ESI debían ser elaborados de manera colectiva por las pibas, los pibes, los sindicatos docentes, los centros de estudiantes, las organizaciones de mujeres y disidencias, y especialistas de la salud que quisieran colaborar. El concepto es similar al del “control obrero” y apunta a separar las aspiraciones genuinas de quienes luchan por este derecho de cualquier confianza en el régimen, que pretende desnaturalizar esta demanda, restringiéndola en los márgenes del Estado burgués y sus estrechas posibilidades. Esta propuesta tenía como precepto explotar al máximo el potencial cuestionamiento a la sociedad, la Iglesia y al propio régimen que anidaban en las discusiones que las y los pibes empezaban a dar en los colegios, los terciarios, las universidades y hasta en sus casas, en el marco de la marea verde y la lucha por el aborto legal. Organizamos charlas y reuniones en decenas de escuelas en la Ciudad y en la provincia de Buenos Aires, con nuestros legisladores Guillermo Kane y Gabriel Solano, y compañeros y compañeras docentes y estudiantes llevando este planteo, hicimos audiencias en el Congreso y en las legislaturas para mostrar cómo la ley actual no se aplica o se aplica a gusto y piacere de las instituciones o docentes, todo gracias a la injerencia clerical que el Estado permite y avala para garantizar, entre otras cosas… la regimentación de la sexualidad. Por lo tanto, no existe el supuesto déficit que las compañeras dicen ver. Ahora, si tienen algún aporte, tanto práctico como teórico, para mejorar la campaña, será más que bienvenido. Sobre el derecho a la maternidad Las compañeras plantean que nuestra campaña por el derecho al aborto debería ir acompañada por el eje del “derecho a la maternidad”, ya que de lo contrario quedaríamos pegadas a un planteo feminista burgués o pequeño burgués, que entiende el derecho al aborto como un acto de libertad individual desde el punto de vista de “mi cuerpo es mío, yo decido”. Estaríamos ayudando a crear así una falsa ilusión en el régimen capitalista, donde sería posible la autonomía sobre nuestros cuerpos. Sabemos que esto no es así, pero mucho menos lo es para las mujeres que pertenecemos a la clase obrera. Es un señalamiento interesante, pero sobre el cual efectivamente nos hemos pronunciado, porque justamente lejos estamos de hacerle concesiones, ya sea al feminismo o al régimen. Si bien el PdT hizo de la cuestión de la clandestinidad del aborto y sus terribles consecuencias para las mujeres trabajadoras un eje importante de la campaña (la muerte, la cárcel o daños irreparables a la salud física y/o mental), en cada charla, reunión abierta e incluso nuestros materiales, hemos abordado este ángulo del derecho a la maternidad violentado por el capitalismo (un régimen abortista, que empuja a las mujeres a no poder planificar la maternidad y, al mismo tiempo, les niega el derecho a abortar de manera legal y segura ). Denunciamos la hipocresía del Estado y la Iglesia que nos niegan el derecho a interrumpir un embarazo no deseado y nos obligan a abortar en las peores condiciones, o bien a ser madres sin querer serlo, pero que efectivamente cuando somos madres nos niegan los recursos materiales básicos para criar a nuestros hijos e hijas en condiciones dignas de la mano de un brutal ajuste; nos niega la extensión de las licencias materno-parentales; nos niega los jardines en los lugares de trabajo y estudio; y podríamos seguir agregando a lista. Lo que importa aquí es que, lejos de ignorar este eje, lo hemos desarrollado. El enfoque de las compañeras, a su vez, desprecia un ángulo destacado de nuestra intervención en este terreno. El reclamo por el “derecho a decidir” (que es, por supuesto, contrario a la realidad de la clase obrera bajo el capitalismo) lo hemos asociado a una denuncia de fondo al machismo y al desprecio a la mujer como expresión ideológica del capital y su Estado, que someten al género femenino a la tutela y discriminación jurídica como mecanismo de sometimiento político y social. Lejos de regalarle este ángulo a los “liberales”, hemos utilizado esta crítica como motor de un cuestionamiento profundo a los pilares de la ideología y mecanismos de dominación de la clase capitalista. Si bien no es el objetivo de este texto, quisiera aprovechar para señalarles a las compañeras que hacer el eje de luchar por “el derecho a la maternidad” dicho así, por sí solo, particularmente no me convence. Habría que elaborar bien un planteo, ya que corremos el riesgo de aparecer pegadas a una idea maternalista y a una idea de mujer=madre que no tenemos. En realidad, lo que el capitalismo nos niega a las mujeres trabajadoras no es “el derecho a la maternidad”, sino a la maternidad elegida por fuera del mandato de reproducir el modelo de la familia burguesa, privada y nuclear, que nos coloca a las mujeres de la clase obrera como garantes de la reproducción de mano de obra abundante y barata. Por otro lado, realmente es difícil de entender por qué se dice que no hicimos algo que sí hicimos y menos por qué se cita como contrapunto lo que sí hizo… el gobierno bolchevique. Tampoco se entiende por qué la necesidad de recordarnos que nuestro objetivo es la revolución social, un cambio histórico y no unas cuantas reformas, cuando hemos puesto un gran empeño en destacarlo en todos los niveles de nuestra intervención (y a disposición están todos los materiales que hemos escrito y desarrollado al respecto). A menos que las compañeras crean que nos corrimos del eje revolucionario y nos hemos adaptado al régimen y al feminismo burgués. Si es así, deberían decirlo con claridad y con pruebas, por supuesto, para tener un debate y tomar las medidas necesarias, que en todo caso nos permita revertir esa situación, y no simplemente hacer señalamientos sueltos y acusaciones que impugnan la acción de un frente en su conjunto. Sobre la cuestión parlamentaria En varias partes, el texto impugna nuestra acción parlamentaria en la cuestión de la mujer. Por ejemplo, siete meses después del 8 de agosto, las compañeras ponen por escrito un señalamiento grave sobre nuestro apoyo a la ley sobre el derecho al aborto que se ponía a votación ese día en el Senado: según ellas, fue un error haber apoyado y votado el proyecto de ley que legalizaría el aborto en la Argentina -después de décadas de lucha por este derecho por parte de distintas generaciones- con un país entero movilizado gracias a la acción de la marea verde, porque este proyecto incluía la objeción de conciencia. La recriminación es extraña, ya que fuimos el único partido que se opuso, lo denunció en su prensa y comunicados, y fue Romina -nuestra diputada- una de las pocas que votó en contra del artículo en particular en el recinto y argumentado sobre ello. Lo mismo vale para el capítulo referido al Código Penal. Votamos ambas cuestiones en contra en la votación particular sobre los artículos referidos. El texto no dice en qué consistió la dimensión del error exactamente y qué pasos debimos seguir entonces: ¿habría que haber votado en contra? ¿No tendríamos que haber movilizado el 8 de agosto? No lo sabemos pero, por las dudas, señalo (como ya hicimos en su momento) por qué apoyamos igual el proyecto y llamamos a movilizarnos masivamente el 8 de agosto. Lejos estuvimos de simplemente “conformarnos” con esta modificación dictada por las presiones clericales sobre los partidos. En el mismo editorial que las compañeras citan, se dice: “La modificación de la media sanción de Diputados mostró que dentro del campo de la legalización se acusa recibo de la presión de la Iglesia y su temprana elaboración por parte de los senadores de Córdoba, precipitó definiciones que llevaron al cuadro actual, en el cual, esas modificaciones pasaron a ser la única y desesperada tabla de salvación. A pesar de esto, la aprobación de esta ley, defectuosa, sería sin dudas un triunfo de características históricas de todo el movimiento de mujeres y una plataforma excepcional para la lucha más de fondo por la separación de la Iglesia del Estado”. En ese párrafo está clara la denuncia a todos los bloques parlamentarios y sus compromisos con el clero por haber aceptado esa reforma, pero también está explicada la razón por la cual, no podíamos no apoyar el proyecto, llamando a profundizar la lucha porque saliera. El triunfo que esta ley implicaría sería una plataforma donde no sólo el movimiento de mujeres sino el conjunto del pueblo podrían pararse para seguir luchando por cada una de sus reivindicaciones. ¿Cuándo fue la última vez que en la Argentina se sancionó una ley por impulso de una movilización callejera, que puso a dos millones de personas en las calles en todo el país? El impacto para el gobierno y el régimen en su conjunto hubiera sido tremendo, a su vez que un ejemplo para todos los sectores en lucha. Pero, además, es extraño porque en un párrafo más adelante, las compañeras nos ilustran sobre las leyes que sí deben ser votadas e impulsadas por nuestros parlamentarios: “Lo que rige nuestro impulso a proyectos de leyes es que promuevan, aunque superestructuralmente, un avance real en los derechos de la clase obrera y/o expresen las reivindicaciones y exigencias de la misma y de los movimientos de lucha (…)”. El proyecto con el cual “nos conformamos” efectivamente implicaba un avance real en los derechos de miles de mujeres, sobre todo de la clase trabajadora, por eso no se entiende dónde estuvo el error exactamente. Sobre la ley Micaela cabe también una aclaración -que fuera realizada ya en la conferencia electoral (16/3). La ley muy lejos está de representar nuestro programa (y no forma parte de nuestras reivindicaciones ni nuestras demandas como PdT bajo ninguna modalidad). Nuestro voto fue resultado de una evaluación sobre cuál era el estado de conciencia de dos madres y familiares de dos víctimas de femicidios brutales, como el de Lucía Pérez y Micaela García, además de que el voto favorable fue acompañado por una intervención de Romina, centrada en denunciar la impotencia de esta iniciativa y su promoción como un intento tardío de contención del movimiento de lucha. En un comunicado posterior titulado “La responsabilidad del Estado en la violencia contra las mujeres es de clase, no cambia con una ley”, entre cosas, señalamos que: “Ninguna ley de este tipo puede dar una respuesta eficaz mientras no se altere la estructura de un régimen social que necesita del sometimiento y la violencia contra la mujer como mecanismo auxiliar de opresión del conjunto de los explotados. Este Congreso es un pilar de ese régimen de dominación de la mayoría social, no un canal de resolución del problema”. El voto de nuestra parte a esta ley fue entonces fruto de una consideración táctica sobre cómo posicionarnos mejor para ayudar a un sector de víctimas a procesar una experiencia con el Estado. Finalmente, lo que orienta nuestras votaciones en leyes “cosméticas” de este tipo, que se fundamentan en fuertes ilusiones democratizantes, es cómo tendemos un puente con estos sectores para ampliar el alcance de nuestra intervención. La situación planteada con esta ley es muy distinta de la que tuvimos cuando se votó la paridad de género en las listas electorales -que no despertó expectativas ni fue tomado como bandera en ninguna instancia asamblearia ni de movilización por parte del movimiento de mujeres, y que sólo respondía a las aspiraciones carreristas de las mujeres de la burguesía. Volviendo a la ley Micaela, las compañeras tienen todo el derecho del mundo a diferir con esta táctica elegida, pero no pueden acusarnos de votar “leyes que van contra nuestro programa” ni ninguna de las cosas que se dice en ese párrafo. A su vez, les recuerdo a las compañeras que no somos oportunistas ni hacemos demagogia en el Parlamento, sino que evaluamos cada caso, cada votación, cada contexto y, recién ahí, se toma la decisión, no actuamos por “lo que van a decir los diarios mañana”. 4/4/19

1 de agosto de 2019
¿Qué está en juego en el debate que atraviesa el Partido Obrero hacia su XXVI Congreso?

A la hora de preguntarnos qué función política especial, específica, le cabe a este Congreso del Partido Obrero, conviene repasar la oportunidad política que tenemos por delante. El país atraviesa una crisis profunda, que preanuncia una verdadera bancarrota nacional. Se profundiza un repudio al gobierno y un sentimiento opositor, aunque esto no se traduzca, por ahora, en una tendencia a la acción directa más general de los trabajadores y los explotados en general. Hoy prima una contención que está atada a la expectativa de amplios sectores de las masas, que no han agotado sus ilusiones parlamentarias, de poder morigerar la ofensiva capitalista con un recambio opositor patronal. Esto es una contradicción en sus propios términos, en las condiciones de crisis capitalista en curso, que atizan la necesidad de las patronales de avanzar con la ofensiva contra las condiciones de vida y laborales de la clase obrera. La propia crisis capitalista en curso puede provocar un colapso definitivo del gobierno antes de las elecciones o provocar un salto en los choques con las masas, o la burguesía puede lograr canalizar la crisis en lo inmediato vía las elecciones, para ver reaparecer todas las contradicciones luego de las elecciones, en condiciones más explosivas. El ascenso de puebladas y piquetes contra el régimen hambreador de Menem conoció un compás de espera vinculado con las elecciones de 1999, facilitado por una acción de direcciones burocráticas como la CTA y el MTA, y los choques reaparecieron en forma exponencialmente mayor en el primer año de gobierno de De la Rúa. El rápido agotamiento de esa experiencia dio lugar no sólo a retomar la tendencia a la acción directa si no a una ruptura de masas con el régimen político, el famoso “que se vayan todos”. La conducta del partido no se hace más revolucionaria por pronosticar un colapso más inmediato del gobierno o por describir al gobierno como más incapaz de llevar adelante iniciativa alguna, si no cuando puede combinar el impulso y la organización de las luchas con una agitación política que prepare los choques que vienen y vaya sacando conclusiones de cada etapa, para separar a los trabajadores de las direcciones patronales y sus aliados, y acercarlos a nuestra política. Un acertado trabajo de preparación para los choques que pronosticamos que se vienen es la política más revolucionaria que puede tener el PO. El Partido Obrero y su agitación, una necesidad de la clase obrera en este momento histórico El partido ocupa un lugar importante en la vanguardia, siendo animador de algunas de las luchas sindicales más importantes del período (Inti, Interpack, Fate), de las movilizaciones muy importantes de desocupados, de la mujer. El Plenario Sindical Combativo y el Plenario Piquetero, que se reunió por segunda vez en el Parque Lezama, desenvuelven una política de frente único, concreto, para agrupar en acciones de lucha a quienes rompen con la tregua, fortaleciendo el contraste con los bomberos de la lucha, cómplices de Macri, de la burocracia sindical, el peronismo, las organizaciones sociales vinculadas con el Vaticano y la centroizquierda que gravita alrededor de ellos. La agitación política del partido va en un mismo sentido, el llamado a la acción contra el gobierno. Los planteos de “Que la crisis la paguen los capitalistas”, “Derrotemos el plan de guerra de Macri, el FMI y los gobernadores”, “Paro activo de 36 horas y plan de lucha progresivo”, “Congreso de delegados de base del movimiento obrero” tienen este contenido. Nuestra agitación toma diversas formas. Adaptadas a la lucha fabril y sindical, a los frentes juveniles, barriales y de la mujer, a las redes sociales o a los medios de comunicación. “Que la crisis la paguen los capitalistas” es una consigna muy importante en este momento porque logra resumir: 1) la caracterización de una crisis capitalista en curso que lleva a una nueva bancarrota; 2) que la “grieta” es entre los obreros y burgueses, no entre los sectores patronales que se disputan los topes de las encuestas; 3) nos plantea el desarrollo de todo nuestro programa transicional frente a la bancarrota, y 4) es un llamado a la acción, a luchar contra la ofensiva patronal que se desarrolla mediante suspensiones, despidos, vaciamientos de empresa, etc. Como se ve, esta consigna, que es parte de un repertorio histórico del partido, es particularmente atinada a nuestros desafíos actuales. Juegan y van a jugar un rol central en la lucha política planteada las formas de agitación política vinculadas con la lucha electoral y parlamentaria. La innegable división y desprestigio de los partidos patronales no redunda automáticamente en un descarte del sistema representativo como tal. Un fenómeno de radicalización masivo, como fue la lucha por el aborto, no dejó de tener la forma de un seguimiento masivo del debate parlamentario. Quizá haya sido la oportunidad en la historia argentina reciente que se haya seguido con más pasión y detalle el funcionamiento del Congreso. Todos los detalles del trámite parlamentario, hasta el giro de comisiones que se le daba al proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), eran temas de debate más o menos masivo en el activismo, en redes, medios, etc. El recurso a movilizaciones de masas, a pronunciamientos políticos de todo tipo (pañuelazos, tomas de colegio, festivales, pronunciamientos de figuras culturales) es enormemente progresivo, pero perdió fuerza (quizá por el momento) en cuanto se perdió la votación en el Senado. Los trabajadores, el movimiento de mujeres, los que denuncian los tarifazos y otros ataques del gobierno, son llevados a ver en las elecciones un terreno para abordar sus reclamos y problemas, aunque fuera de manera parcial o indirecta. Nuestra denuncia de los programas de la oposición patronal como enemigos de las reivindicaciones de masas, no es sólo por su política de desmovilización sino por el contenido de su programa: respetar el pago de la deuda, aplicar la reforma laboral que demanda la Unión Industrial Argentina, defender las ganancias de las empresas privatizadas de servicios y petroleras, que la Iglesia juegue un rol político central, defendiendo sus privilegios en el Estado, etc. En sus distintas formas, toda nuestra agitación tiene el eje común del llamado a la acción contra el gobierno sin someterse al frente de recambio patronal que intentan organizar el PJ, la UIA y el Vaticano. Es claro que las consignas que Jorge Altamira y el grupo de compañeros que lo apoya proponen para reemplazar la campaña en curso, “Fuera Macri” y “Asamblea Constituyente” no cumplen, planteadas de manera aislada, con las necesidades políticas de nuestra agitación. Como ya han señalado muchos compañeros, el kirchnerismo y la centroizquierda que lo apoya han propuesto como consigna “Fuera Macri” en las reuniones preparatorias de la marcha del 8 de Marzo justamente para no denunciar a los gobernadores peronistas (¡Manzur!, ¡Urtubey!) y postergar los reclamos del movimiento de lucha, empezando por el aborto. El “Chau Macri” o “Fuera Macri”, sin ligarlos a la acción de las masas es hoy el santo y seña de un recambio electoral patronal con el que el Partido Obrero no sólo no puede asociarse, sino que debe denunciar. Este ha sido nuestro método histórico, preparar en nuestra agitación la comprensión entre los trabajadores de los cambios de frentes de la burguesía o sectores de ésta. Este es el único “remedio” contra la tendencia imperante a la adaptación de la izquierda y el activismo al frente opositor pejotista-clerical. La forma específicamente electoral de nuestra agitación, sin embargo, se tiene que desarrollar según las reglas y condiciones de ese terreno. Ahí debemos ver, para poder ocupar con más claridad un lugar en la lucha político-electoral en desarrollo, qué forma va a tomar nuestra presentación. Con qué candidatos. Cómo se da el acuerdo con el FIT y la posibilidad de sumar a otros sectores de izquierda. La demora en este sentido nos hace perder tiempo para encarar una forma vital de la lucha política en este año. El partido no puede seguir esperando para enfrentar este problema. Esto sólo se puede enfrentar, como lo hicimos en 2017, con una agitación en toda la vanguardia de la izquierda sobre la necesidad de un acuerdo del FIT y una lista única de la izquierda para enfrentar las variantes patronales. Es clave en este sentido el trabajo con la Carta Abierta lanzada al FIT. Rehuir de esta pelea detrás de consideraciones pseudo-anarquistas, como las que levanta en los boletines internos y en las redes el grupo liderado por Altamira (“habemus 2019”, “electorerismo”, “elecciones, las pelotas”) y asegurando que va a llegar el colapso del gobierno y un ascenso de masas antes de las elecciones es el equivalente de no preocuparse por cómo vas a pagar las deudas que ha contraído tu familia este mes porque quizá vas a ganar la lotería. Más que nunca, un partido de combate para intervenir en una oportunidad excepcional La situación excepcional que estamos viviendo necesita de revisar no sólo la línea política del partido, sino todos nuestros métodos de intervención. Las contradicciones de los sectores de lucha con el frente papal pueden redundar en un crecimiento nuestro, dependiendo de que nos demos los métodos e iniciativas para transformarla en reclutamiento. Eso tiene distintas formas y métodos, implica luchas políticas precisas en el movimiento obrero, estudiantil, en desocupados, en las mujeres. Para poder combinar la agitación de masas, la lucha política en la vanguardia, la presencia en huelgas y piquetes, la pelea electoral, la formación de cuadros, la elaboración política colectiva, necesitamos concentrar toda nuestra energía y pegar un salto en el funcionamiento del Partido Obrero como un partido de combate. O sea un partido que pueda concentrar toda su energía en las campañas que vota, golpear como un solo puño, procesar críticamente y reelaborar una intervención más compleja que en cualquier etapa precedente por el propio rol público conquistado, por las posiciones parlamentarias, sindicales que desempeñamos y que son puntos de partida para la intervención revolucionaria en la crisis que viene, muy superiores a los que el Partido Obrero tuvo en oportunidades anteriores como 1969, 1975 o 2001. Esto, que sería un desafío en cualquier circunstancia, nos encuentra atravesando una crisis partidaria que ya lleva por lo menos tres años de desarrollo. La dirección nacional se encuentra dividida en una sucesión de debates. El grupo que los promueve ha ido modificando su libreto, de forma incluso contradictoria, pero sin cesar en ningún momento el embate. Se ha constituido una “minoría”, según la han reivindicado los compañeros desde el congreso pasado, de carácter permanente y de composición más o menos estable, que ha rehuido proclamarse fracción o tendencia, lo cual la obligaría a hacer una declaración coherente y explícita de su programa y en qué consiste su impugnación a la orientación del partido y no a agruparse detrás de una suma de cuestionamientos y polémicas parciales. A pesar de rehuir la proclamación formal de la fracción y a pesar de que en los últimos congresos han retirado sus documentos “alternativos” y votado documentos comunes, después de cada aproximación han vuelto a lanzar sistemáticamente una oposición generalizada a la orientación del partido, a cada campaña que se ha votado, a cada consigna, incluso a la organización de cada instancia de debate del partido (conferencias electorales, conferencias provinciales, debates congresales). Las características de la polémica en curso hacen que la actividad del partido, que necesita poder ser balanceada finamente, para ver los problemas, debe ser defendida o condenada en bloque. El trabajo parlamentario es impugnado bajo la inferencia, no explícita, de que tiene una orientación reformista; la principal iniciativa sindical de la etapa, el PSC (Plenario Sindical Combativo), sería un fracaso; el Polo Obrero, el frente del partido que más ha crecido, ha pasado de ser para el grupo de la minoría un candidato a clausurarse (“evaluar, seguir con un trabajo asistencial”, “considerar si tiene sentido dedicarse a defender gente con planes”) a ser directamente ignorado en los escritos de Altamira y sus compañeros de grupo. La variedad y sistematicidad de los cuestionamientos, lanzados tanto en documentos internos como en las redes, modalidad preconizada por Altamira desde los textos de su Facebook y ahora desde un “Altamira responde” auto-organizado, fuera de cualquier plan de actividad partidaria, han buscado aglutinar descontentos dentro del partido por causas diversas y contradictorias, y hasta cierto punto fuera del partido, ya que la crítica liquidacionista fue llevando a su conclusión natural por varios de los primeros promotores de las posiciones de Altamira, como Laura Kohn, de la provincia de Buenos Aires o Maximiliano Jozami, de Santiago del Estero, y otros, que pasaron de considerar ruinosa la actividad del partido a retirarse de sus filas y llamar a seguir sus pasos, sin dejar de reivindicar públicamente las posiciones de Altamira. Jorge Altamira y los compañeros que lo apoyan y siguen en el partido no han, por su parte, caracterizado estas rupturas ni condenado su llamado público a romper con el partido. La confusión y el impresionismo desarman políticamente al partido ¿Qué saldo político ha tenido el debate? Altamira ha terminado, en reiteradas ocasiones, sumándose a posiciones de la mayoría para luego abrir nuevos ángulos de impugnación. Ha pasado de plantear la preparación de las internas del FIT como paso a preparar su escisión a la defensa del FIT; de plantear la huelga general inminente a deducir una derrota de la clase obrera de las masas por la victoria electoral de Macri y que, en diciembre de 2017, no se preveía respuesta alguna de las masas; de proponer una lista única de la izquierda en diciembre de 2018 a denunciar la posibilidad de diluir el FIT en febrero de 2019; de la necesidad de una conferencia electoral para mediados de 2018 para anticipar un año la campaña electoral al rechazo a la intervención electoral cuando ya ha empezado a correr el año electoral en curso. No se deduce de las cambiantes posiciones de estos compañeros una línea alternativa coherente, ni mucho menos superadora de las resoluciones con las que el partido viene trabajando. Las posiciones de Altamira en el último tiempo son frecuentemente contradictorias con las que levantaba años atrás, caracterizándose por abandonar puntos programáticos y metodológicos muy importantes del partido y en general de nuestra corriente histórica sin mayores explicaciones ni preocupación por mantener una coherencia interna. No es malo, claro, cambiar de posición. Pero no reconocer las razones que lo llevan a virar de posición priva de una mejor comprensión política al partido y falta a la honestidad intelectual. En el debate sobre la revolución cubana, Altamira sostuvo que no se había confirmado la teoría de la revolución permanente para el análisis de Cuba y que ni ésta ni China habían sido Estados obreros burocratizados, sino una suerte de Estados burgueses burocráticos por su relación con la URSS estalinizada. En todos los documentos internacionales posteriores de congresos y conferencias, incluidos en los que el propio Altamira ha colaborado, se ha caracterizado el proceso de restauración capitalista en desarrollo, en relación con las formas sociales de Estados obreros burocratizados que hubo en Rusia, China y Cuba. Se ha pasado también a lo que compañeros llamaron “objetivismo”, una variante vulgar, distorsionada del planteo marxista del catastrofismo, sacando conclusiones de la imposibilidad de acción política de la burguesía por la dinámica de la crisis capitalista, ignorando o distorsionando un balance concreto de la lucha de clases, en América Latina y Argentina. Y, quizá lo más preocupante de todo, Altamira ha ido avanzando en sus últimos textos a una posición francamente kirchnerizante. Primero, planteando que la delimitación con el kirchnerismo es innecesaria, secundaria, porque este ya habría muerto políticamente, así como el movimiento de mujeres de conjunto habría roto irremediablemente con la Iglesia católica. Limitó la consigna política a “Fuera Macri, Asamblea Constituyente”, a sabiendas de que esto es indiferenciable de las consignas que plantea parte del propio kirchnerismo. Altamira ha usado el curioso argumento para defender su formulación de Asamblea Constituyente de que sectores del kirchnerismo lo levantan, por ende, es claro que es un tema candente. Pero Diana Conti y Luis D’Elía plantean un problema muy distinto al del Partido Obrero: que si el kirchnerismo vuelve al gobierno, promueva una estatización mayor de las organizaciones populares y reformas constitucionales que permitan a la camarilla K controlar el Estado, incluso si sufren reveses electorales. Las ganas de estos kirchneristas de contar con los recursos para ser los Maduros argentinos no refuerzan el argumento de Altamira. En su último documento, Altamira da un salto en calidad y critica que el partido no haya hecho llamados a movilizarse contra las prisiones preventivas a ex funcionarios K. Llama la atención esta crítica porque no se corresponde, que yo sepa, con ningún tipo de propuesta práctica que Altamira u otros compañeros hayan hecho al partido. Pero más allá de que sea improcedente que un dirigente del partido se coloque como un crítico externo y no quien promueva un plan de acción en tiempo real, la propuesta de salir a reclamar la libertad de los José López y Julio De Vido es de una desorientación llamativa. Nuestro voto contra el retiro de fueros en el Congreso a De Vido en la oportunidad en que no existía siquiera el pedido de un juez, fue defendido por todo el partido en una dura lucha política contra el aparato mediático que hizo eje en el ataque al FIT, denunciando las maniobras macristas con la Justicia. Esto no puede confundirse ni por un minuto con la defensa política de uno de los responsables de la trama que llevó al asesinato de Mariano Ferreyra y a la Masacre de Once. El programa de reivindicaciones transitorias que efectivamente desarrolló el partido en toda la crisis de corruptela se ajusta sí a un punto de vista de clase y a nuestra trayectoria de lucha: fuera el régimen corrupto macrista-pejotista-kirchnerista, cárcel a todos los empresarios y funcionarios corruptos, que se abran los libros, nacionalización de la obra pública y los servicios bajo control obrero. Existe la posibilidad de que la manipulación de las causas judiciales que pueda ser usado por el macrismo para sacar de la elección a Cristina Fernández de Kichner, mientras todos los empresarios involucrados en las denuncias están libres. Si llega esta medida, la repudiaremos, reclamando que paguen los corruptos de ambos lados de la “grieta”. Querer anticiparse a esta posibilidad con una campaña preventiva de “no la toquen a Cristina” es proponerle al partido una disolución atrás del kirchnerismo, borroneando una delimitación construida mediante un largo y sacrificado proceso de lucha contra el nacionalismo burgués. Otro de los cambios políticos introducidos por este grupo es el abandono del método del Programa de Transición de Trotsky. Han hecho un fetiche de repetir lo que entienden como una consigna de “poder”, relegando toda agitación de consignas transicionales que partan de las reivindicaciones parciales de las masas. En toda una etapa era la mención constante de “gobierno de trabajadores” y luego “Asamblea Constituyente”, reemplazando la función que se le daba antes al “gobierno de trabajadores” de producir un nuevo régimen social. Saltearse la intervención sobre los temas que plantean en sus luchas las masas de trabajadores e ir directo a la conclusión de que es necesaria una acción revolucionaria. Las consignas transicionales se elaboran a partir de las reivindicaciones inmediatas, en gran medida económicas de los trabajadores y les dan una forma que lleva a movilizar contra el Estado, a chocar con las fuerzas políticas patronales, a producir por esa vía una mayor conciencia de clase en el marco de los conflictos vivos de las masas. Esto es un método que plantea genuinamente la cuestión del poder, en la medida en que parte de la conciencia de las masas y de sus preocupaciones para llevarlas al problema del poder, del cuestionamiento del Estado burgués y sus fuerzas. El Partido Obrero preparó su intervención en el período del Argentinazo con importantes campañas por el seguro al desocupado y el salario mínimo. La repetición machacona de un planteo general de reorganización social es un paso atrás en la elaboración de un programa revolucionario. Es la consigna de “máxima”, con la que tantos reformistas hablan de socialismo para las tribunas en tanto no signifique un peligro real al orden establecido, mientras se dedican en lo cotidiano a las reformas “mínimas” compatibles con el sistema capitalista y sin establecer relación alguna entre ambos planos. Se propone abandonar la idea de Trotsky de que “la historia puede saltarse etapas, pero la agitación revolucionaria no puede saltarse ninguna etapa de la conciencia de las masas” por la idea de anticiparse a la evolución de las masas con consignas de máxima. Se cree que anticipándose a las condiciones que corresponden a las consignas se va a poder adjudicar dentro y fuera del partido su paternidad, y que eso será una fuente de autoridad. Si repito “huelga general” hoy, aunque no se corresponda a las formas de lucha que adoptan los trabajadores, estaré educando a la gente para algún día entender la necesidad de la huelga general. Como dice el viejo dicho, hasta un reloj roto dice la hora correcta dos veces al día. El método que se propone recuerda al del Guillermo Lora, del POR boliviano (Partido Obrero Revolucionario) en sus últimas etapas, que tenía como única consigna inamovible “por la dictadura del proletariado” y no iba a modificarla ni siquiera en el curso de una rebelión popular, que terminó llevando al gobierno al indigenismo pequeño-burgués. Se confunde la agitación revolucionaria con hacer propaganda “marxista” y esperar que la clase obrera madure por esa vía hacia la toma del poder. En el terreno de consignas electorales, Altamira propuso “gobierno de trabajadores”, cuando antes apoyaba todo tipo de planteos que partiesen de las ilusiones democráticas de los trabajadores y otros sectores sociales (“la izquierda tiene que estar”), en tanto esto confluyera con un apoyo a nuestra organización, que tiene un programa revolucionario. Este método ultimatista, ultraizquierdista, es llevado también al concepto del trabajo parlamentario. Las críticas realizadas por que este tenga un carácter “institucional” o se busquen firmas y apoyos de otros bloques, no pasan de un infantilismo sorprendente, del tipo que Lenin criticaba en su obra clásica Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo y que sorprende tener que discutir adentro del Partido Obrero. Todas las explicaciones sobre la necesidad de combinar un trabajo legal e ilegal, de intervenir en las instituciones reaccionarias, de la posibilidad de tomar compromisos diversos para hacer avanzar nuestras posiciones, está desarrollado allí y es, hace mucho, parte del acervo de nuestro partido, que siempre fue implacable contra el cretinismo votoblanquista. El debate ha tomado muchísimas tangentes más, haciendo farragoso seguir la discusión para una gran parte de la militancia. Esto lleva a una situación contradictoria. Por un lado, la diversificación de debates parece distraccionista, ya que asume formas y temas que no hacen a las tareas del partido ni a nuestros desafíos actuales. Por otra parte, es muy importante el trabajo que distintos compañeros están haciendo, levantando casi todos los temas que van siendo tocados en la polémica, ya que, de lo contrario, se dejarían correr verdaderas distorsiones de nuestro programa y tradición revolucionaria, lo cual lesiona nuestra formación como partido. El debate se vuelve más y más abultado, y las tangentes se siguen abriendo. Cuando se escriben largos párrafos defendiendo la superficialidad en las opiniones de un dirigente del partido sobre el desarrollo de la lucha de clases en el país, mediante la reivindicación de la opinión de Hegel sobre la lectura de los diarios, uno siente que se está muy lejos de trabajar para las necesidades de un partido proletario, que se preocupe en expresarse sobre cómo luchan, viven, hablan y sienten los obreros. Una sangría injustificada de la fuerza del partido ¿Cuál es el saldo de este debate en términos de la vida del partido? Objetivamente, se ha enrarecido y dificultado la elaboración política del partido y su funcionamiento interno. La línea de críticas internas no se ha guardado para un ámbito de debate interno, sino que se ha llevado a las redes sociales, a los corrillos y comentarios en los frentes, etc. Se ha blanqueado adrede una divergencia en el partido de cara a las otras corrientes y el Estado. Se ha trabajado sobre los militantes, ex militantes y relaciones del partido, con un rigor de padrón que sería loable si fuera en función de un provecho del partido (¡campaña financiera!, ¡pasaje de periódicos!) o en función de una lucha política contra los adversarios del partido. Varios compañeros han denunciado que en el reciente Congreso de Tribuna Docente, una docena de compañeros que apoyan las posiciones de la “minoría” organizaron una intervención en una de las comisiones del congreso, donde concentraron sus fuerzas para oponer sus planteos generales del Boletín Interno a las campañas propuestas para el desarrollo político-sindical de esta importante agrupación que impulsa el partido. No había interés alguno en que las deliberaciones sobre el problema del no inicio, la lucha contra la burocracia, etc., llegaran a buen puerto. No había cuidado alguno en introducir un clima de rencillas en una actividad proselitista con externos. El grupo de la minoría actuó así en una iniciativa partidaria como un cuerpo hostil, como si fuera una corriente rival. Las polémicas más cuidadas en los boletines internos son complementadas por abajo con difamaciones varias sin sustento: “burocracia”, “funcionarios privilegiados”, “elementos pequeño-burgueses”. La prolongación de esta situación de división permanente en la dirección ha dado lugar en una serie de zonas de la provincia de Buenos Aires a la existencia de una escisión en la actividad. Hay regionales donde, para propios y ajenos, hay dos Partido Obrero, no una sola organización. El planteo liquidacionista y las críticas permanentes son defendidas con el santo y seña de la democracia interna y la libertad de crítica. La realidad es que esta distorsión consciente de la vida partidaria no ayuda a promover la crítica real de la actividad del partido, sino que en gran medida, objetivamente, la bloquea. Cualquiera que lea los planteos de Altamira y los compañeros de su grupo, rara vez parten de un balance de la actividad real del partido, incluso cuando la critican. Un ejemplo claro de esto fue la polémica dirigida por Daniel Blanco contra la actividad parlamentaria. Allí se afirmó que Romina del Plá no planteó la consigna de la Asamblea Constituyente, una mentira insostenible, al punto de que recientemente en un editorial de Clarín, este identificaba al Frente de Izquierda recordando las intervenciones sobre la Asamblea Constituyente de Romina en el marco del debate del presupuesto. Son raros los dirigentes del partido que desconocen lo que hasta los analistas burgueses registran de nuestra actividad. Otro tanto vale para la presentación distorsionada del juicio político a Vidal como una propuesta de bloque al PJ, cuando de hecho fue un planteo que permitió una denuncia en regla de su política de cogobierno. O para los proyectos de Educación Sexual Integral, que Altamira dice que podría apoyar a condición de desarrollar un planteo de separación de la Iglesia y el Estado, de separación de la Iglesia de la educación, etc., cuando no sólo ya lo hace, sino que lo hace con tal vehemencia que La Nación editorializó, alarmado, que tenía media sanción en la Legislatura bonaerense un proyecto de ley que llamaba a promover la lucha de clases desde el sistema educativo. El liquidacionismo, lejos de impulsar un sano impulso crítico, necesario, nos lleva todo el tiempo a un debate del ABC. ¿Es verdad que somos reformistas o seguimos siendo revolucionarios? La necesidad sana, real, de defender el partido frente al liquidacionismo, de no tirar el bebé con el agua sucia en la que se bañó, embota el debate en los organismos, impidiendo muchísimas veces avanzar en un debate más fino de los problemas que atravesamos en la intervención. El funcionamiento de este grupo cumple con todas las características de una fracción, cosa que el estatuto permite, bajo ciertas condiciones. Someterse a la disciplina común del partido -o sea, darle un carácter interno a la polémica y llevar adelante las acciones votadas por la mayoría- y presentar, para la aprobación de la constitución de la fracción, un programa. Eso obligaría a definir, a delimitar alrededor de una posición. Lo que deberá ser juzgado en todo caso es si la divergencia presentada es de principios o no. Y claro que los militantes podrán juzgar si tamaña disrupción de la vida partidaria ha estado justificada porque se plantea enderezar una desviación grave en la vida del partido. Si no estamos frente a una divergencia que amerite pedir el derecho a fracción, por no ser un problema de principios, entonces, estamos frente a un caso donde, incluso suspendiendo la consideración del mérito de las críticas, el remedio seguro que es peor que la enfermedad. Y el dudoso “remedio” de este grupo ya le ha costado al partido la pérdida de militantes y relaciones, y si se prolonga en el tiempo, necesariamente va a ir horadando la autoridad política del partido ganada de cara a la vanguardia. La reivindicación de la “libertad de crítica” como la panacea para una organización revolucionaria, por encima de una disciplina común de lucha, fuertemente centralizada, es, como lo sabe cualquier militante que haya hecho el curso sobre el partido o leído el ¿ Qué hacer?, un planteo propio de las corrientes democratizantes, revisionistas del marxismo, opuesto por el vértice al planteo de partido de tipo bolchevique. Claro que tiene que haber espacio para el debate y la crítica. Y en el Partido Obrero, las puertas han estado abiertas de par en par, en el Boletín Interno, en congresos, conferencias, plenarios, que han sido muy seguidos y numerosos para que todos los que quieran hacerse escuchar lo hagan. Pero promover un apasionamiento por la libertad de debates y rehuir al trabajo común de construcción revolucionaria es igual a generar un clima pequeño burgués venenoso para el reclutamiento de trabajadores, que quieren una organización que sea una herramienta para su lucha y no ingresar a una lucha de capillas o debates académicos. Ahora, no se trata de pretender que en las organizaciones revolucionarias todos sea un lecho de rosas, ni el trato sea de carmelitas descalzas. Donde ha estado justificado políticamente, la organización de polémicas, fracciones e incluso escisiones ha sido una necesidad revolucionaria. No hay que tenerle miedo a eso en sí mismo. Si hay en juego principios revolucionarios no hay que escudarse en el miedo a un retroceso organizativo para no dar la pelea de clarificación revolucionaria. El problema es considerar si estamos frente a esa situación o no. Si no lo estamos, y hasta ahora la negativa de Altamira y su grupo de presentar la base política para su fracción indica que carecen de los elementos para plantear una diferencia de principios, se le está haciendo un enorme daño al partido por diferencias menores. Si, por el otro lado, el Partido Obrero cruza la barrera de clases, colabora políticamente con fuerzas patronales o se diluye detrás de ellas, cualquier militante revolucionario estaría obligado a dar una pelea a brazo partido para revertir esto. Pero no hay nada de esto, y la “minoría” no pasa de insinuaciones varias. Por otra parte, las desviaciones políticas, si existen, tienen consecuencias reales y graves. Por ejemplo, nuestra crítica al electoralismo de Izquierda Unida se relacionaba con el hecho de que boicoteara al movimiento piquetero y luego intentara impedir que las asambleas populares confluyan con él. La orientación que tanto critica la minoría, ¿ha llevado al Partido Obrero a dejar de animar o impulsar algún proceso de lucha o experiencia valiosa de los trabajadores o las masas explotadas? ¿Hemos moderado nuestra acción política, callejera, nuestro programa para adaptarlo a alguna finalidad electoral o parlamentaria? ¿No hemos estado al frente de los trabajadores en el choque contra el Estado en los momentos en que se dieron condiciones para que un sector masivo participe, como en diciembre de 2017? Ahora, inversamente, el grupo de la “minoría” ¿ha roto definitivamente con los principios revolucionarios del Partido Obrero? No corresponde afirmar eso. Hay un agrupamiento de compañeros muy diversos. No son homogéneas las posiciones que tienen entre sí, ni las que los mismos compañeros de la minoría han sostenido a lo largo de la lucha partidaria que han desatado. Los compañeros de la minoría son críticos de la dirección, eso es lo único seguro. Todo lo otro va cambiando o se va acomodando cuando sus viejas posiciones no se pueden sostener. Por ende, van teniendo giros empíricos de posición. Este carácter confuso, no cristalizado, hace que podamos considerar que este grupo puede ser asimilado a una actividad sana, de construcción común del partido si hay una voluntad política de llegar a conclusiones comunes, de síntesis. Régimen partidario Ahora, si las críticas del grupo de la “minoría” han sido heterogéneas y cambiantes, ¿cuál es la génesis de este debate, probablemente el más duro en la historia del Partido Obrero? Como se ha caracterizado ya en el XXIII Congreso, hemos asistido a una crisis de régimen de partido. Los métodos que eran utilizados para dirigir a un partido más pequeño, con menos inserción, se volvieron cada vez menos adecuados, fructíferos para dirigir un partido con presencia en las 24 provincias, dirección de numerosos sindicatos y cuerpos de delegados, numerosas posiciones parlamentarias, agrupaciones de masas como el Polo Obrero, el Plenario de Trabajadoras o Tribuna Docente, etc. Nuestra derrota en las internas presidenciales del FIT en 2015 develaron una crisis de funcionamiento de la dirección del partido que venía de más atrás, como fue caracterizado por el XXIII Congreso, que centró el objetivo de su debate en recomponer el funcionamiento colectivo de la dirección partidaria. El funcionamiento de una dirección colectiva logrado cuenta en su haber con el funcionamiento efectivo del Comité Central y todas sus comisiones, la edición regular del Boletín Interno y la actualización permanente de la “prensa obrera online” e, incluso, según los informes en boletines internos recientes, la detección y anulación de diferenciaciones internas, privilegios, entre algunos rentados del partido. Lo realizado en este tiempo es un piso de funcionamiento que debemos defender todos los militantes. El ataque a este proceso de hacer realmente colectiva la dirección del partido es llevado adelante con argumentos que ostentan un nivel de personalismo incompatible con el de una organización formada en la lucha contra el estalinismo. La expresión más extrema, más explícita de esta deformación personalista que se haya puesto por escrito en un material partidario, es la idea de que Altamira es un “militante que encarna un programa”. La idea de un “hombre-programa” es verdaderamente un bochorno. Significa que o el partido se adapta a cada afirmación política que el “hombre-programa” lleva adelante o rompe con el programa revolucionario. Bajo esta lógica nos han cabido los peores epítetos a dirigentes del partido que hemos osado estar en desacuerdo con posiciones que el dirigente que porta naturalmente la verdad ha colocado. Es un método con el cual no se puede valorar el mérito de los debates, sino que el que osa criticar es un enemigo del hombre y del programa que sus exégetas dicen que encarna. Esto no es propio de un partido revolucionario, sino que define estrictamente la pretensión de estructurar una secta personalista alrededor de un jefe. Tenemos que llevar al Partido Obrero a un nivel de inserción y liderazgo político superior al actual. Que estemos en un punto mayor a todo desarrollo anterior no nos puede volver complacientes, ya que somos muy pequeños todavía en relación con las tareas que nos proponemos. No sabemos cómo se hace, porque nunca lo hicimos (no se hizo nunca, en nuestro país ni en nuestra generación). No hay oráculos, no hay nadie que tenga la verdad revelada. No podemos depender de la erudición que algunos compañeros tengan. Debemos darnos los medios para formar la dirección que necesitamos. Para que esto triunfe, necesitamos a muchos compañeros, muchos más, asumiendo responsabilidades, estudiando, escribiendo, integrando direcciones colectivas de todos los niveles. Hay lugar para todos los militantes que lo tomen con seriedad. No hay que dar codazos, ni hay carrera para ser un dirigente revolucionario. Tenemos que relanzar un programa activo de formación de cuadros. Tenemos que organizar colectivamente el estudio, la elaboración política cotidiana y teórica que nos prepare una agenda de los temas que tenemos que profundizar para tener un conocimiento verdaderamente científico. Necesitamos otra realidad partidaria para estar a la altura de la oportunidad histórica excepcional que vivimos, que hemos conquistado con largas décadas de aguerrida militancia. Todos quienes hemos dado años y décadas de nuestras vidas para construir el Partido Obrero, somos dueños de la trayectoria revolucionaria que significa y tenemos también la obligación moral de defender la construcción a la que hemos aportado. El desafío del XXVI Congreso es avanzar en homogeneizar a nuestro partido, a todos sus equipos y organismos, en una comprensión común basada en las necesidades de nuestra intervención en la lucha de clases. Restablecer el pleno funcionamiento del centralismo democrático, entendido no sólo como la libertad de discusión interna sino como la más férrea disciplina en la lucha de clases, la más alta moral de combate, la que siempre ha sido la marca registrada del Partido Obrero reconocida por propios y ajenos. 6/3/19

1 de agosto de 2019
Métodos: eclecticismo y difamación en redes

Desde hace mucho tiempo se viene desarrollando una crisis dentro del partido, que ha tenido ya decenas de minutas escritas y de posiciones expresadas, tanto en este debate precongresal como desde las redes sociales y otros espacios. Es importante marcar que, primero, fue la crisis y luego los debates políticos. Espero poder ofrecer un punto de vista que haga un aporte a la caracterización de esta situación. Eclecticismo Varios compañeros han abundado al respecto de los zigzagueos políticos que han caracterizado a la autodenominada “minoría”. Para evitar que nos la pasemos el resto de nuestros días acumulando hechos episódicos, necesitamos acercar conclusiones al respecto de lo que pasa en nuestro partido, particularmente desde la derrota electoral de 2015 que sufrió el Partido Obrero. El desarrollo del debate es fundamental para poder caracterizar lo que está sucediendo. Los escritos en las redes sociales (hasta hace poco era lo único con lo que contábamos para conocer algunas posiciones), las minutas en esta época y la conducta frente a los mecanismos implementados para el debate, ya nos permiten caracterizar con mayor claridad. Para algunas cosas, el tiempo es irremplazable. El eclecticismo, una marca de las posiciones de “la minoría” desde antes de que se identificara como tal, es el fruto de la ausencia de una caracterización estratégica. Votar una resolución que rechaza el comienzo de una campaña electoral, cuando se han adelantado las elecciones en la mitad de las provincias del país y, al mismo tiempo, la salida de un volante, improvisado en horas de la madrugada del día de la Conferencia Electoral (16/3), llamando a votar al FIT, sin que exista aún acuerdo alguno dentro del frente y, peor aún, en contra de que nominemos a nuestra candidata, supone un acto de eclecticismo político consumado en un mismo momento. Esto es lo que ocurrió en la Conferencia Electoral, cuando Marcelo Ramal debió amalgamar su propio texto antielectoral presentado con antelación y un texto que llevó Jorge Altamira, que era un volante llamando a votar por el FIT. La autodenominada minoría quería sacar un volante para bancar, objetivamente, las candidaturas largamente instaladas del PTS. No se trata de que la minoría sea pro-petesiana, pero entonces tratemos de precisar de qué se trata y esto sólo puede ser visto ampliando el zoom y revisando otras acciones, porque ninguna situación aislada define a nada ni a nadie. En enero de 2018, a la luz del debate sobre la caracterización de la etapa abierta por las jornadas de diciembre, la “minoría” carecía de confianza en las masas (colocando la afirmación en los términos que ellos mismos han propuesto) y se atrevía a buscar finas delimitaciones ante la afirmación de que aquellas jornadas habían sido un “punto de inflexión”. Lo cierto es que el curso que el gobierno tenía fijado para entonces, haciendo entrar la reforma laboral al Congreso y el avance de la propia reforma previsional, luego de dos años de ajustazo, se vio trunco ante el levantamiento popular. La tesis de entonces era que sobrevalorábamos el proceso de intervención de las masas, ahora se escriben ríos de bits afirmando que la subestimamos y que caracterizar los síntomas de una clase obrera que busca abrirse paso y no logra romper la contención de la burocracia y de los partidos patronales, sería carecer de una perspectiva estratégica. En estos días, a diferencia de la caracterización de 2017 sobre las jornadas de diciembre, les es funcional sobreactuar la acusación de la falta confianza en las masas, pretendiendo que así se delimitan de la mayoría y su caracterización de la acción de las masas en esta etapa de crisis de régimen. El último acto en este derrotero político zigzagueante se consumó en la reunión del Comité Nacional. Luego de dedicar miles de espacios para refutar a un joven dirigente de nuestra organización que critica la tesis de que el capitalismo y la burguesía en crisis no puedan sostener la iniciativa, la minoría aprueba esto mismo que criticaron, en el documento internacional, tardíamente presentado para este congreso partidario. Asistimos también al desarrollo de la teoría stalinista del enemigo principal y del secundario (que de forma más brutal expresa el reciente texto de Bárbara C, y de Camila P., bajo el título “¿Hacia dónde va el Plenario de Trabajadoras?”), presente en el texto alternativo de Altamira bajo la forma de rechazar la necesidad de tener consignas políticas que no sólo nos delimiten del macrismo sino también de la oposición patronal pejotista. Esta posición, ajena al análisis político del Partido Obrero y de quienes, como Altamira, lo han nutrido durante años, no puede ser explicada por el avance de ninguna derechización ni de una stalinización de parte de ningún miembro de la autodenominada minoría. No es que no pueda ocurrir que un dirigente se equivoque, se desvíe o pierda el rumbo; definitivamente, la historia que analizamos en nuestra vida militante muestra lo contrario: los dirigentes, incluso aquellos que son brillantes, pueden terminar en cualquiera en varios sentidos. Algunos pasándose a pesar de su genialidad, al guerrerismo de la burguesía y al nacionalismo más abyecto; otros, haciendo seguidismo a una burocracia política sangrienta y capituladora. A este debate, entre el sistema de consignas votado en el Comité Nacional y los posteriores escritos de la minoría se lo fue llevando a un delicado terreno en el que Ramal y Altamira avanzaron con acusaciones de estalinismo, derechización, berstenianismo y unas cuantas calificaciones más, bastante desproporcionadas en relación con el debate en curso, que de ninguna manera pasó en algún momento por si había que levantar o no “Fuera Macri”, sino que se debía concentrar en una consigna que contuviera también las variantes del régimen que el capital prepara en medio de la crisis para garantizar a sus peones políticos. Hoy, para sostener lo insostenible sobre este debate, se pasó de negar la existencia de la consigna “Fuera Macri” en el sistema de consignas votadas en el Comité Nacional a despreciar el sistema de consignas. Como sea, el bandazo que se detecta simplemente está relacionado otra vez con motivos ajenos a los debates políticos. Aunque minutas de frentes obreros y estudiantiles y compañeros/as que integramos estos frentes, señalemos lo contrario, y se hayan mostrado las batallas concretas que debemos librar con el kirchnerismmo y el pejotismo en los sindicatos, la minoría dirá que esto es pura sobredimensión del factor de contención. Para ellos, si el kirchnerismo está en crisis, entonces no puede ser catalogado como un factor de bloqueo. ¿Ah, no? El kirchnerismo es puro bloqueo, es la función que cumplen estas experiencias políticas nacionalistas, que no se encuentran entre las opciones principales de la burguesía hasta que la crisis de esta las requiere. El eclecticismo y la argumentación antojadiza es la regla desde hace ya años. En cada uno de los pasos de este derrotero zigzagueante no importaba, entonces, afinar la puntería en la caracterización, sino diferenciarse de “la mayoría”, nada más. El desarrollo del debate va clarificando fuertemente este propósito. Un tema bastante ninguneado hasta ahora fue ni más ni menos que el de la mujer. Sin embargo, al pasar, el documento alternativo de Altamira presentado con posterioridad a la reunión de Comité Nacional que votó el documento político al Congreso, afirma que el movimiento de mujeres llevó adelante una ruptura con la Iglesia “definitiva”, sin tomarse el trabajo de explicarnos por qué una mayoría de ese movimiento (no sin crisis, claro) apoya a CFK, minimizando su alianza con el clero. La manipulación argumentativa en este terreno ha llevado a despistes que, como suele ocurrir, se expresan en un sector de la militancia de manera brutal, tergiversando la batalla política que libramos, incluso desde sectores que ni siquiera estuvieron en las asambleas batallando contra las K, que es lo que nos tocó hacer. Recientemente, Altamira habló en la Conferencia Electoral, primero espetándole a la compañera que lo precedió (Juliana Cabrera) en la palabra la responsabilidad por el error que él mismo cometió en su crítica al tipo de voto emitido en el parlamento por la ley Micaela, un disparate absoluto que delató el carácter improvisado de la crítica y el dislate del reproche. Marcelo Ramal, siendo legislador (2017), votó la transferencia de un predio a la ONG “La Casa del Encuentro” ¡de la ex Franja Morada, macrista y funcionaria Fabiana Túñez! Su intervención fue crítica de lo que él mismo estaba votando. Mi opinión fue contraria a una votación positiva y Ramal entendió que debía votar a favor. Lo consideré un error, nadie ha escuchado faccionalizar contra Ramal sobre eso, que sí fue un acto parlamentario equivocado. En ese caso no había ni víctimas con las cuales transitar una experiencia (ley Micaela) ni tampoco ninguna razón para apoyar la privatización de la tercerización de la asistencia a las mujeres. Simplemente, Ramal equivocó su acción parlamentaria. Ahora la minoría gasta ríos de bits deformando la acción parlamentaria de otros que no sean Altamira (y Ramal), dando nuevamente la pauta del carácter de clase y político de este debate en curso, que recurre (y muchas veces mal) a cuestiones episódicas para faccionalizar contra la dirección. La “minoría” eligió lo parlamentario como principal terreno de críticas, incurriendo en ellas de forma absolutamente arbitraria. Para Altamira (que siempre se vanaglorió de ser la guía en la orientación política de la regional Salta), el error de la votación de nuestros parlamentarios salteños en favor de la paridad de género en la provincia en 2014 fue un hecho inspirado en la falta de centralidad que por entonces tenía el tema (y eso, en parte, sólo en parte, es cierto), sin embargo, cuando le toca juzgar la tarea parlamentaria en esta etapa, se agarra de un hecho episódico para criticarlo como si se tratara de algo estratégico. Más y más actos de eclecticismo político se desarrollan desde hace años y, sin embargo, seguimos adeudando una caracterización de cuál es el carácter de clase de estas idas y venidas. Sobre los declamadores del método La publicación en las redes sociales de agravios sin límites contra el partido y sus militantes, protegida por Jorge Altamira y Marcelo Ramal a través de sus escritos y en la práctica, no representa el desarrollo de ningún debate político. Es un halago haber sido confinada a una “mayoría”, “oficialismo” y demás delimitaciones verbales, que no ha incurrido en un sólo agravio a través de ningún medio contra ningún compañero/a. En la Conferencia Electoral, Altamira aseguró haber sido agraviado, victimizándose en medio de una intervención que fue grabada, editada y distribuida entre la militancia y fuera de ella (acciones liquidacionistas que se justifican en nombre de una inexistente asfixia interna). Con esta actitud alimenta el atraso de quienes opinan que al líder histórico se lo está agraviando y desarrollando dentro del atraso defensismos personales, ajenos a nuestros objetivos y planteos políticos. Lo importante no es el contenido del reagrupamiento sino reagrupar al servicio del “hombre-programa”, tal como Ramal lo afirmó en su documento al respecto del documento escrito por Altamira por fuera del organismo que él mismo integra. En ese caso (la Conferencia Electoral), sólo podía referirse a que la discusión política lo agravia o a que el reproche sobre los métodos que él mismo avala, lo insultan, porque ni en la conferencia ni fuera de ella, ha habido ningún meme ni insulto, ni indirecta en redes contra su persona. Si los memes, escritos y mensajes de whatsapp fueran la forma de llevar a la práctica la política de esas personas con referencia a otras organizaciones sindicales, sociales o partidarias, hubieran sido sancionados sin lugar a dudas. Imaginen al Partido Obrero haciendo esos memes ridículos y la mayoría de las veces faltos de ingenio, contra contrincantes políticos. El destrato que Marcelo Ramal y Jorge Altamira avalan para con sus propios compañeros y compañeras, nunca lo han permitido como forma de llevar adelante la práctica política contra enemigos o contrincantes políticos. Nunca. La escalada de este método descompuesto encontró un punto patético y triste cuando desde la palabra del Comité de Berazategui se afirmó (se repitió, mejor dicho) que lo que movía a la dirección era un interés material, manto de sospecha que se trasladó a la arenga en las redes sociales y que luego fue refutada a través de una investigación en la que el Comité Nacional confirmó que era “la minoría” la que gozaba de una “discriminación” en su favor en términos materiales. La refutación no fue llevada a las redes que sí supieron de las acusaciones originales, por ningún compañero/a de la “mayoría” (siempre en la nominación que usan Ramal, Altamira y Quintana). Las diferencias, incluso estratégicas, no fueron usadas en el pasado para romper organismos de lucha, como ocurre en la actualidad con el Congreso de Tribuna Docente. Cuando en los dos mil levantábamos la consigna de “Asamblea Constituyente libre y soberana”, decidimos no someter a la ANT (Asamblea Nacional de Trabajadores) a una ruptura en el tratamiento del tema y retiramos la consigna de la votación (que teníamos condiciones de ganar porque éramos mayoría), conscientes de que no romperíamos un reagrupamiento de organizaciones de lucha, por la incomprensión de una fracción de ese movimiento sobre la salida política que correspondía agitar. Su acción de lucha en sí trabajaba en ese sentido de la estrategia política que sosteníamos, y entonces era preferible preservarla. Lo que por entonces valía no hacerle al MTL (el brazo piquetero del PC), si vale hacérselo y en nombre de un democratismo abstracto y tramposo, a la agrupación del Partido Obrero, Tribuna Docente y a su Congreso para la organización de la lucha del año. Lo ocurrido en el Congreso de Tribuna Docente fue lo opuesto, no fue la libre expresión de compañeros/as sobre un debate político siempre lícito de ser planteado, sino el forzamiento a evidenciar el debate interno partidario hasta el punto de intentar torcer las resoluciones de la principal agrupación sindical del partido. Pero lo que hoy estamos viviendo empezó hace mucho y cuenta con el aval de Altamira desde entonces. Una de las principales aliadas de Ramal y Altamira, con la que este último comenzó a ventilar en redes su empatía personal, sólo cuando aquella, después de 20 años de militancia, se faccionalizó. Estas muestras de apoyo han seguido luego de que abandonara las filas partidarias, siendo un alimento cotidiano de elementos abiertamente hostiles al Partido Obrero sin que a Altamira le preocupara eso. En el pasado, cuando los ataques en las redes recaían sobre Altamira, desde elementos ajenos a nuestra organización, llevamos adelante acciones concretas para evitar los agravios y el maltrato. En esta oportunidad, los agravios y los destratos son justificados desde boletines internos que su facción hace llegar a externos que recaudan fondos, dictan textos a otros y, sobre todo, dan letra a los habitantes regulares de las redes sociales. Ahora, la minoría fomenta “memes altamiristas”, dándoles aprobación a estas prácticas, argumentando que dentro de nuestro partido no se puede debatir. Se fotografía con gente que abandonó las filas partidarias y que usa su imagen para asegurar que las reuniones de esos exmilitantes se convertirán en el futuro Comité Nacional del partido (así es publicada por Laura Kohn esa foto) y, quizá lo más penoso, ha avalado en el discurso y en la práctica, que gente separada por múltiples casos de violencia física y psíquica contra mujeres, menores de edad, adultas y contra travestis de nuestra y de otras agrupaciones, se reconozca públicamente como un laborioso militante de la fracción de Altamira. Cuando Altamira fue advertido sobre esto, también culpó a la dirección, argumentando que él no lo sabía porque no se había publicado, cuando el tema fue tratado en el organismo del que él participa e incurriendo en la falacia de que todo lo que ocurra en este partido deba ser objeto de una publicación. Esto es mentira por definición, y tiene especial valor revisando el pasado, cuando no sólo no se publicaba todo, sino que prácticamente no se publicaba nada. El eclecticismo político y su correlato metodológico es liquidacionista para con la organización. No obstante, la advertencia, el permiso para que el faccioso abusador avance en esta acción siguió y sigue en la práctica. El aval y el fomento de esta descomposición es ya hoy una práctica cotidiana por parte de Ramal y de Altamira. Esta realidad es conocida particularmente por la militancia de los otros partidos de izquierda. En oportunidad de una serie de entrevistas que, desde la Comisión de Mujer del Comité Nacional y desde la Comisión Internacional, tuvimos con una militante turca proveniente de otro partido que no es el DIP, que contactamos en el Encuentro Nacional de Mujeres de Trelew, pudimos escuchar cómo ella, a través del informe de toda la izquierda, conocía pormenores sobre el conflicto que recorre al partido. La podredumbre fogoneada por Altamira y Ramal, para defender al “hombre-programa”, trasciende océanos y continentes. Antes de que todo esto empezara, Altamira dio la pauta de acción desde las propias redes sociales. El accionar fue contra la Prensa Obrera (sí, la que Jorge fundó y la que también abandonó hace tres años) y contra las y los dirigentes del partido. Mirando sin detalle su acción en las redes, aunque algunas torpezas fueron advertidas y borradas, se puede ver el despliegue de este accionar. En instancias como el enorme triunfo cuando se conquistó la media sanción del aborto legal, Altamira festejó reproduciendo un tuit de una ya añeja contrincante política de nuestra organización. La “equivocación” siempre tiene un único direccionamiento. Que el compañero que más seguidores tiene, no use sus cuentas, ni por equivocación, para defender a sus compañeros/as, para compartir sus contenidos, muestra ya una práctica faccional que viene llevando adelante desde hace años y que dieron la pauta a otros sobre cómo actuar. A falta de política, inteligencia e intervención en la lucha de clases, los seguidores del personalismo, de la tesis del “hombre-programa”, y de unas cuantas barbaridades más, tienen los memes y las “directas” o “indirectas” para entretenerse. Llama la atención particularmente la cantidad de exmilitantes fundidos que utilizan este medio para violentar sin más a compañeros/as de lucha y para idolatrar al “hombre-programa”. Cuánto mal le hacen. La política al servicio de la descomposición política, más eclecticismo Entre tanto daño, hemos desarrollado una acción política que se abrió paso en medio de la descomposición personal y política evidenciada en estos años. Hace cuatro años que el movimiento de mujeres está en el centro de la escena política. La minoría no ha hecho un solo aporte a la orientación con la que debíamos intervenir en este escenario en ninguno de los organismos en los que participa y, peor aún, el tema fue tristemente ninguneado en el trabajo internacional. Lo que sí se produjeron fueron aportes a la confusión, y particularmente mucho, muchísimo ninguneo, una forma muy mordaz de hacer política que de ninguna manera es privativa de Altamira y de Ramal, pero que éstos practican y practicaron recurrentemente. (En el maltrato a las mujeres, el ninguneo ocupa un lugar especial que sería merecedor de un análisis para otro escrito, pero que aquellos compañeros y compañeras que reflexionan al respecto de estos temas podrán reconocer sin mucho desarrollo aquí.) La crítica a un escrito mío sobre una fracción del feminismo norteamericano, identificado con el “anticapitalismo” y crítico del Partido Demócrata y del feminismo institucional, que por entonces sacaba una declaración en favor del pronunciamiento en la Argentina de la responsabilidad del Estado capitalista en lo relativo a la violencia contra las mujeres, se dio en los márgenes y a media voz en charlas. Porque el ninguneo es una práctica política, y en este caso también, porque dicho artículo fue aprobado y editado por el propio Ramal, información que los críticos a media voz no le transmitían a los receptores. ¿Importaba aquí ajustar caracterizaciones sobre el desarrollo del feminismo en esta época? No, sólo buscar alguna delimitación faccional una vez más. Mientras esto ocurría, Altamira iba mostrando su eclecticismo en las redes sociales, yendo de la autonominación de “feminista socialista” (Altamira responde), posición que por entonces, cuando ejercía su dirección personal del partido nunca consultó con nadie y que quienes lo rodeábamos no criticamos tampoco, al trato del tema del feminismo sin tender ningún puente. El caso de la Consulta Popular que pasó de rechazar a proponer llevar adelante con junta de firmas, reclamando al Poder Judicial (?) (publicación hecha por Altamira desde su facebook), ha sido otro claro caso de despiste. Sin entrar en contacto ni una vez con las compañeras que encabezamos esta enorme lucha política con nuestros límites y aciertos, Altamira no ha encontrado controversia alguna en escribir o hablar sin saber, porque no se trata de ayudar o inspirar incluso una orientación, sólo se trata de faccionalizar. El rumbo que tomó esta crisis en esta instancia representa una verdadera afrenta a la esforzada tarea de construir un partido revolucionario. Sin embargo, su evolución representa una enorme oportunidad de clarificación para que nuestro partido se solidifique detrás de un programa común, y no detrás de tal o cual persona. No se trata de una crisis original o de alguna manera de carácter excepcional. En 1939, para referirse a una crisis de otro carácter, Trotsky describía lo que para él era, una desviación pequeño-burguesa: “Ahora que las posiciones de las dos facciones en lucha se han decantado con toda claridad, debemos decir que la tendencia minoritaria del Comité Nacional está realizando una política típicamente pequeñoburguesa. Como todos los grupos pequeñoburgueses dentro de los movimientos socialistas, esta oposición actual se caracteriza por: una actitud desdeñosa hacia la teoría y una tendencia al eclecticismo: falta de respeto por la tradición de su propia organización; inquietud por la ‘independencia’ personal a costa de la verdad objetiva; nerviosismo en lugar de coherencia; presteza a saltar de una posición a otra; falta de comprensión del centralismo revolucionario y hostilidad hacia él y, por último, inclinación a sustituir la disciplina del partido por relaciones personales y de pandilla. Naturalmente, no todos los miembros de la oposición presentan todas estas características con igual intensidad. Pero, como ocurre siempre en un bloque abigarrado, el matiz lo imponen quienes están más lejos del marxismo y de la política proletaria”. No se trata de extrapolar sino de poder delinear el carácter de clase que caracteriza a las posiciones de la minoría (la que hoy se autodefinió así en el Partido Obrero, sin siquiera declarar tendencia alguna) en la medida que el desarrollo de las posiciones permite poder caracterizarlo. No viene mal ajustar las caracterizaciones, sobre todo cuando en charlas públicas y en reuniones políticas se acentúa la referencia a homologar la situación actual de la autoproclamada “minoría” con el Lenin de 1917, que estaba en minoría en el partido bolchevique. El molde de las crisis de los partidos que son dinamitados internamente por aquellos que sienten que su lugar personal es más valioso y útil políticamente que el de la organización, y por aquellos que desde adentro o desde afuera adoran tener ídolos de carne y hueso, no se ha roto aún. La minoría está fundada en un principio pequeño-burgués de una pretendida defensa personal que se ha vuelto como un búmeran contra el supuestamente defendido, quien ha formado y dirigido este partido, hasta que una circunstancial derrota electoral lo colocó en retirada y lo llevó a elucubrar todo tipo de conspiraciones ridículas. Los “antielectoralistas” están orientados por la desazón de una derrota electoral que le inflingió un golpe al Partido Obrero y no a tal o cual dirigente. Por una derrota electoral que llevó a Altamira a abandonar el partido (con todas las letras), llenando de elucubraciones esa derrota, haciendo circular por abajo teorías conspirativas, que nunca se animó a contrastar frontalmente ante sus propios compañeros de toda la vida. Errores cometemos todos, lo que no es lícito es persistir en el mismo rumbo sin reflexión de ningún tipo. Esta crisis no debe ser mirada sólo con el agobio y la tristeza que produce, sino como una oportunidad. Y en esa oportunidad política y metodológica, nos tenemos que concentrar para salir adelante, porque para combatir la condición pequeño-burguesa hay que defender la necesidad de que el partido de la revolución se abra paso entre la clase obrera para marchar hacia el propósito que justifica nuestra dedicación, paciencia y necesidad de crecimiento. 27/03/19

1 de agosto de 2019
¿Corresponde una escisión en el PO?

La historia del movimiento revolucionario tiene, entre sus elementos destacados, las rupturas y quiebres. Nada en la lucha de clases asume un recorrido puramente lineal; las distintas respuestas a sus resultados provisorios engendraron caminos divergentes -agrupamientos y programas- de envergadura histórica. En algunos casos, la conmoción estratégica fue “transparente”, como la quiebra de la Segunda Internacional: el nivel de la traición, con la capitulación abierta ante sus burguesías imperialistas, fue mayúsculo. La escisión, por tanto, preparó las condiciones para el surgimiento de una nueva Internacional -que, en última instancia, fue la Tercera- y, por tanto, para la revolución de Octubre. Otras rupturas tuvieron un alcance también estratégico, pero posiblemente no tan claro en “lo inmediato” -bolcheviques y mencheviques. A la luz del desarrollo histórico posterior se advirtió que una ruptura, cuya manifestación superficial aparentaba ser limitada, contenía divergencias de fondo. También la IV internacional es una escisión, tras una larga lucha política contra la burocratización del Estado soviético y los partidos de la III. Este repaso superficial permite recordar, por si hiciera falta, que las rupturas han sido decisivas para el progreso y la persistencia del programa revolucionario en los últimos 150 años. Sin embargo, cometeríamos un grave error si consideráramos únicamente esa faceta. Las escisiones también se han reiterado en el movimiento socialista como farsa. Cuando esto ocurre, en vez de constituirse en un escalón para dar saltos más profundos, funcionan como un factor de desorganización y desmoralización del sector de vanguardia implicado en ellas. Dentro del movimiento que se reclama cuartainternacionalista, las rupturas de este tipo tuvieron una frecuencia excesiva. Me refiero a aquéllas que falsamente proclamaban referirse a principios estratégicos en juego. En un marco de confusión y faccionalismo, muchas de estas rupturas no clarificaban ninguno de los problemas de fondo que la organización en cuestión podía tener y se limitaban a alumbrar nuevas sectas sin ningún propósito en el mundo más que reproducir los defectos del grupo previo en forma amplificada. Así pasó con el morenismo, que se partió en decenas de pequeños grupos, cada uno a gusto y piacere de algún dirigente del CC del MAS. Nunca hubo un balance del viejo MAS. Las rupturas sin propósitos de principios también tienen su reflejo en el movimiento obrero, donde es demasiado habitual que otros grupos dinamiten listas de frente único, ya sea por compromisos con la burocracia como por apetitos faccionales. Estas experiencias suelen desprestigiar a la izquierda ante los ojos de los activistas que aún no sacaron conclusiones políticas de fondo. ¿Por qué toda esta introducción? Porque creo que nuestro partido se enfrenta abiertamente al peligro de una escisión de las del “segundo tipo”. Es decir, debemos clarificar las discusiones en curso, para poder ver que no hay ni hubo principios revolucionarios en juego. El peligro es que la dinámica faccional, por definición, termina encontrando puntos “programáticos”. Los agrupamientos políticos, aunque su origen sea faccional (donde importa más “quién” que “qué”), siempre terminarán desarrollando una teoría respecto de su razón de ser. El partido tiene la responsabilidad de clarificar lo que está en juego. Alguien podría salir al cruce de esta advertencia, afirmando “lo que se desarrolla es un debate de posiciones y tratar de cercenarlo es pretender un partido monolítico”. Pero no es ése el problema, ya que es evidente que hay diferencias de enfoque político sobre los temas más diversos, y eso está perfecto. El punto consiste en el carácter que progresivamente se le atribuye a debates sistemáticos pero cambiantes. Es evidente que la autodefinida “minoría” ha desarrollado una seguidilla de polémicas cuyo trasfondo es: “la ‘mayoría’ ha tomado el control del partido en forma burocrática y se adapta al régimen capitalista, al parlamentarismo, al PTS. Las posiciones que defendemos apuntan a salvar los principios revolucionarios del PO”. Este es el a priori falso y forzado que no debemos aceptar, pues el peligro que encierra es retroalimentarse ciegamente y conducir a una ruptura carente de principios -y sobre todo, de sentido. Que no se trata de una preocupación antojadiza lo demuestran al menos dos cosas. En primer lugar, basta con observar algunos de los calificativos proferidos por Marcelo Ramal en sus últimos textos -“incineración de todos los libros, folletos y periódicos de nuestros 55 años de lucha política como Partido Obrero” sobre Pablo Giachello; o, peor aún, plantear que en este debate “hemos buscado una delimitación de principios” (respuesta a Salas). Marcelo Ramal, ¿realmente te parece que en todos estos debates hubo una “delimitación de principios”? Esta ubicación del debate es lo que francamente me parece absurdo y debemos echar por la borda más pronto que tarde, porque es la condición para que, ahí sí, podamos discutir seriamente todos los problemas que tenemos por delante. Tomando sólo algunos de los temas en juego, creo que es fácil ilustrar que nunca hubo principios encontrados. Veamos, por caso, “Panorama mundial”: el tema es tan sencillo de resolver que basta con transcribir el primer minuto del “Altamira responde”, dedicado a López Obrador. Ahí Jorge Altamira dice literalmente: “el concepto de iniciativa estratégica, cuando se refiere al capitalismo, no puede referirse a la burguesía de un país, de una región. Tiene que ver con el capitalismo mundial, con el capitalismo como sistema. Cuando uno dice que ha perdido la iniciativa estratégica, quiere decir que es un sistema en decadencia, donde las contradicciones del sistema voltean la capacidad de iniciativa de la burguesía, y donde la burguesía no es capaz de implementar soluciones más o menos progresistas, sino que tiene avanzar sobre conquistas de los trabajadores, que fueron conseguidas cuando sí tenía la iniciativa estratégica, cuando era un sistema en ascenso. Por lo tanto, en este sistema se agudiza la lucha de clases, y la burguesía está obligada a acentuarla y a hacer de la lucha de clases un fenómeno de una actualidad permanente, que sólo puede ser resuelto por la victoria del proletariado. La historia está desplazando la iniciativa estratégica a la clase obrera. Decir un caso en particular, López Obrador, Macri, etc., no tiene que ver con esto”. Comparemos esta transcripción del “Altamira responde” con el texto original de Giachello criticando “Panorama mundial”: “Sólo es cierto que ‘la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica’ en tanto y en cuanto la afirmación se eleva a refutar las posibilidades del capitalismo de revertir su decadencia histórica. El chaleco que representan las relaciones capitalistas de producción para el libre desarrollo de las fuerzas productivas confirman el agotamiento histórico del capitalismo (…) ‘la pérdida de iniciativa estratégica de la burguesía’ representaría un fenómeno de alcance universal y no sólo latinoamericano”. ¿Alguien puede afirmar que entre estas concepciones hay “un abismo”? Luego se pueden tener apreciaciones distintas sobre la situación latinoamericana, pero ubicarlas en el terreno de los principios revolucionarios es un despropósito. Veamos aquellos temas supuestamente “más profundos”, por caso la Asamblea Constituyente. No quiero meterme en la consideración sobre la pertinencia o no de su agitación en la crisis actual, porque no es el propósito de este texto. Lo que quiero refutar es la consideración de que para una crisis de régimen su adopción como consigna central implique “tener un planteo de poder a la altura de un partido revolucionario”, mientras su falta de centralidad sería “una adaptación al régimen, ir a remolque, abandonar la perspectiva” y demás etcéteras que se han dicho o sugerido. Basta simplemente con repasar los planteos del partido: ¿no han notado, acaso, que durante todo el kirchnerismo jamás fue consigna central del partido? ¿Esto significa que estuvimos “adaptados”? ¿O que no hubo crisis de régimen? Es evidente que no, pues alcanza con repasar las tapas de Prensa Obrera. Por ejemplo, tras la crisis del campo en marzo de 2008 caracterizamos “una crisis completa del régimen” y postulamos una “salida obrera y socialista” (PO N° 1.030). No hubo referencia a la Asamblea Constituyente. Para junio, planteamos un deterioro significativo de la situación, pues el título fue “se está creando una crisis de poder” (PO N° 1.040); en la editorial de la PO N° 1.042 sostuvimos que “estamos frente a una crisis política, o sea de poder”. Es decir que advertimos una situación muy profunda, desde luego vinculada con la bancarrota capitalista. Pero la Asamblea Constituyente no formó parte de ningún planteo de salida al respecto. En el informe político al XIX Congreso (2010), titulado “La etapa final de los Kirchner”, se llegó a sostener que “en el marco de semejante crisis se escucharán voces a favor de convocar a una Asamblea Constituyente que, en el marco de una transición, rediseñe el régimen político y reconstruya la solvencia de la Nación y de las provincias. La clase obrera debe ponerse en contra de estos objetivos estratégicos de la crisis constitucional que se está tejiendo, pues corresponden a prioridades de la burguesía, no de los trabajadores. La posibilidad de que las prioridades de los trabajadores ganen la escena está determinada por la propia envergadura de la crisis. Por eso planteamos que, en oposición a toda forma de golpismo, parlamentario o bonapartista (del Ejecutivo), la lucha debe ser por un gobierno de trabajadores”. Es decir, la apreciación de la crisis era profundísima (“etapa final”), pero la Asamblea Constituyente no sólo no figuró, sino que advertimos que había que ponerse en contra. ¿Esto significa que nunca corresponde su uso? ¡Obviamente que no! Es una consigna que puede formar parte de la lucha revolucionaria, y lo ha sido en numerosas oportunidades. Lo que quiero rechazar en forma tajante es que debatir respecto de su conveniencia o no sea catalogado como un debate “de principios”, cuando en crisis profundas hemos dicho otras cosas, lo cual demuestra que está lejos de ser “el único planteo de poder posible”. Algo parecido pasa con el “juicio político” o las “consultas populares”. Desde luego que es legítimo debatir su pertinencia o no. Se trata de consignas complicadas para un partido revolucionario, pues su filo de choque con el régimen, según cuál sea la situación, puede neutralizarse por ser, ellas mismas, variantes propias del sistema. Pero, nuevamente, es un abuso contra el partido considerarlas “en sí” como fruto de una adaptación, cuando las hemos tratado de utilizar con propósitos revolucionarios toda la vida. Cuando Amado Boudou fue procesado, por ejemplo, Clarín publicó, en su edición del 28/6/2014, que “el líder del Partido Obrero, Jorge Altamira, fue el más original. ‘Si no se va, que se convoque a una consulta popular vinculante, para que el pueblo decida’, señaló el referente del Frente de Izquierda”. No recuerdo que hayamos hecho campaña sobre eso, ni que lo haya debatido el partido o el CC. Seguramente, Jorge Altamira fue interrogado por un periodista y respondió eso en el momento. Es evidente para cualquiera que si una respuesta de ese tenor fuera dicha por otro compañero en el cuadro actual del partido, tendríamos textos kilométricos en el Boletín Interno. A eso llamo adjudicar carácter de principios a aquello que no lo tiene. El intento de apropiarse del “catastrofismo” lleva este método de la polémica arbitraria a niveles extremos. Es preciso recordar el sentido concreto y su historia en la tradición del marxismo y del Partido Obrero. El catastrofismo que reivindicamos refuta cualquier ilusión respecto de un progreso social sostenido en el marco de un capitalismo en decadencia. Cuestionamos la teoría de los “ciclos”, según la cual la economía capitalista “cada tanto sube y cada tanto baja”, mostrando que lo “normal” son los desequilibrios y no los equilibrios. Especialmente, el catastrofismo muestra que las fachadas de progreso con que la burguesía busca embaucar a las masas encubren un agravamiento catastrófico de las condiciones de la vida social -miseria, guerras, etc. En resumen, o socialismo o más barbarie. En este punto, vale refrescar cómo se desarrolló la polémica sobre el catastrofismo que protagonizó nuestro compañero Pablo Rieznik. No es casual que el antagonista fuera Claudio Katz, pues él había renunciado abiertamente a la perspectiva revolucionaria, que en otro momento de su vida defendió. Claudio Katz representaba consciente y públicamente la adopción de “otra vía” frente al “fracaso del socialismo real” y la “exageración del catastrofismo, que pronostica derrumbes todo el tiempo y no organiza ninguna revolución”. Claudio Katz se había hecho chavista. Es decir, era un debate que surgía desde dentro de la izquierda, entre dos perspectivas claramente delimitadas, incluso cuando sus conclusiones tienen importantes ramificaciones -hay muchos grupos que se autoproclaman trotskistas pero reniegan del catastrofismo. En cualquier caso, ¿cómo es posible aplicar los mismos conceptos para un debate entre compañeros del mismo partido que no han dicho ni hecho nada que los aparte del catastrofismo? Pablo Giachello o Gabriel Solano, por ejemplo, ¡reivindican abiertamente esa perspectiva revolucionaria! ¿Por qué debemos admitir gratuitamente que en una polémica sobre un panorama, o sea sobre cómo mejor definir la coyuntura en curso, se acuse al otro de “abandonar el catastrofismo”, sin mayores argumentos que la pura arbitrariedad? Llegado a este punto, es claro que de ningún modo hay un debate de principios en el partido, sino más bien una enorme confusión, que impide el desarrollo sano y necesario de las polémicas sobre cómo actuar. Pero hay una pregunta obligada: ¿por qué nos encontramos en esta situación? En mi opinión, ha habido un cambio en el funcionamiento de la dirección que se está procesando en forma traumática. Durante un largo período, el peso de Jorge Altamira en la dirección del partido y su funcionamiento cotidiano era casi total. En los últimos años, esa dinámica se modificó, con un funcionamiento que al menos desde afuera da la impresión de ser más regular y menos concentrado. Trazar una oposición formal entre ambos períodos sería incorrecto; finalmente, la mayor parte de las diversas generaciones de cuadros que integran el CC se formaron en el partido del cual, sin dudas, Jorge Altamira ejerció un liderazgo político y teórico. Además, porque la dirección es un órgano colectivo, donde Altamira sigue estando y aportando. Pero es evidente que las tensiones pasan por ahí, como lo demuestra el hecho de que la crítica a un texto (“Panorama mundial”) fue asimilada a la crítica integral a Jorge Altamira (¿por qué?) y, acto seguido, al programa revolucionario en forma integral. Este estado de cosas afecta al funcionamiento del partido en muchos aspectos. El primero, es que perdemos tiempo y energía en debates que son anodinos. En segundo lugar, esta conformación más o menos abierta de “minorías” debilita enormemente el sentido de partido -es decir, una organización de combate que lucha en forma unificada. Me “atajo” de antemano ante el eventual recordatorio sobre el derecho a tendencia y fracción como inherente al bolchevismo, mientras su negación representa una tendencia burocrática. Desde ya, pero esas medidas extremas para salvar la unidad del partido deben tener sólidos fundamentos políticos -lo contrario de lo que atravesamos. Una manifestación de las consecuencias negativas de este estado de cosas se aprecia en las redes sociales, donde hay compañeros y compañeras que dedican tiempo y recursos a referencias veladas sobre debates internos. Se trata de algo propio de una secta, ya que la orientación no es influir o reclutar nuevos trabajadores/as, sino medrar hacia adentro. Se ha llegado a pontificar la condición de “minoría” (“no hay que adaptarse a las mayorías”). Esto es verdaderamente un absurdo: se trata de caracterizar de qué mayorías y minorías hablamos. Esta crisis puede superarse, ya que tenemos muchas cosas a favor. En primer lugar, una trayectoria de más de 50 años de lucha consecuente, que enfrentó la represión bárbara de dictaduras, y las ondas democratizantes de todo tipo y color. Esa experiencia recorre a las distintas generaciones de revolucionarios y revolucionarias que conforman este partido. Tengamos un congreso de ricos debates, descartando lo accesorio y concentrándonos en lo importante. ¡Viva el PO y la IV internacional! 16/1/19

1 de agosto de 2019
Llamativo culto a la personalidad en el Partido Obrero

En el transcurso de los últimos años (aproximadamente desde 2015, pero con más énfasis en los últimos meses) se ha instalado una tendencia al culto a la personalidad en nuestro partido, que tiene como destinatario al compañero Jorge Altamira. Algo realmente sorprendente fue el petitorio que algunos círculos de Capital elevaron a la dirección nacional reclamando que hable Jorge Altamira en el acto de Congreso, lo cual fue acompañado informal e inorgánicamente (por Facebook), con amenazas de pudrirla si esto no sucedía. Sinceramente, al llegar al acto tuve mis temores de alguna actitud extemporánea como corolario de este operativo clamor. Quiero señalar de paso que, durante muchos años, el compañero Altamira no cerró actos de nuestro partido (lo hicieron Ramal, Pitrola y algún otro compañero) y esto no ocasionó estas reacciones, circunstancia que desde luego obedece al debate que está teniendo lugar al interior del partido desde hace un tiempo, en relación con varias cuestiones, tales como las coordinadoras, la huelga general, y ahora el lugar que ocupa la Asamblea Constituyente en nuestro programa, y la cuestión de la iniciativa estratégica o la falta de ella por parte de la burguesía, y divergencias de diverso orden referidas, por ejemplo, a la presentación de listas únicas del FIT o la convocatoria al congreso del movimiento obrero y la izquierda, una de cuyas resoluciones fue dicha presentación, o el pronóstico sobre la posibilidad de que la lucha por el aborto desemboque en una situación prerrevolucionaria, lo referido a la consulta popular en el caso de la crisis con los fondos buitre y aun en la cuestión del aborto, una vez que el Senado votó en contra, con el objeto de reabrir el enorme caudal de lucha que existe en el movimiento combativo de mujeres y cuya vitalidad es extraordinaria. Como se ve, hay divergencias que debemos debatir al interior de nuestro partido, y sobre esa base hallar una síntesis saludable, porque no estamos en presencia de cuestiones de principio. Por otra parte, la secuencia de cuestiones que acabo de mencionar prueba que nadie tiene posiciones infalibles, que nadie las tuvo, ni las tendrá, porque para los marxistas no existe la verdad revelada. Marcelo Ramal, por ejemplo, ha dicho en su respuesta a Gabriel Solano que “no es algo frecuente, pero es cierto que algunas veces el individuo es inseparable de un programa. En el caso de Altamira, no sólo es quien ha orientado al PO desde su fundación, sino que lo sigue haciendo ahora, en el plano nacional como en la lucha por la refundación de la Cuarta. Así lo revelan los debates y acciones políticas que aquí planteamos”. No es poco viniendo de un miembro destacado del Comité Nacional y del Ejecutivo. Y desde luego puedo afirmar que debe ser objeto de una preocupación colectiva en el partido. En efecto, lo dicho por Ramal revela que la ausencia de Jorge Altamira dejaría huérfano al partido e inerme frente a los desafíos que se avecinan. El resto de los integrantes del Comité Nacional vendrían a ser simples rellenos, que jugarían el rol de comparsa de Altamira, puesto que ellos no son inseparables del programa, tal como Altamira lo es. Debo recordar, yo que cuento con cuarenta y nueve años militando en el Partido Obrero (antes Política Obrera), que durante la negra noche de la dictadura militar fueron Rafael Santos y el “Colo” Rath quienes se pusieron al hombro la responsabilidad de dirigir el partido y que otros migraron hacia provincias del interior para poner en pie el partido. Y Jorge Altamira no estaba aquí (vivía en el exilio para preservarlo de la represión dictatorial). Estos compañeros expresaban ¿sí o no? la encarnadura con el programa revolucionario. ¿No sucede lo mismo con Pablo Heller y Néstor Pitrola? ¡Cuidado! La Altamira-dependencia es perniciosa, anula la iniciativa y la creatividad de la militancia del partido. La actual dirección nacional del partido tiene la enorme virtud de haber superado esa dependencia eliminando ese rasgo que, a mi juicio, es perjudicial. El partido es una organización colectiva, en la que hay que promover el crecimiento de los cuadros dirigentes. Nada más lejos de una organización cuartainternacionalista que rendir pleitesía a un dirigente, por brillante que éste sea. A su turno, Fabián Cañete, alentado por esta tendencia al culto personal, escribe un documento para el Boletín Interno N° 43, reclamando que Altamira vuelva a ser vocero y referente nacional del PO. Todo el documento está surcado, por un lado, por la apología de Altamira y, por el otro, a acusaciones de diverso tenor a la dirección nacional. Retoma la cuestión de Altamira como orador en el acto de Congreso, diciendo que fue débil el reclamo (se esmera en ser más papista que el Papa). Atribuye a Altamira la virtud de haber impuesto la consigna de Constituyente, luego de varios meses, lo cual justificaría la condición de vocero que él reclama. Pero se contradice porque reconoce que Jorge Altamira tiene la agenda completa, aunque señala que es a pesar de la dirección, ¿quién considera que le arma la agenda a Altamira? Debería preguntar a los responsables de zona y de esa forma no lanzaría misiles al voleo. Hace acusaciones políticas a la dirección de forma irresponsable e incoherente. ¿De dónde sacó Fabián Cañete, que Altamira no ha sido candidato por las presiones del PTS, vinculadas con la cuestión generacional? (la apología de la juventud). Lo realmente sorprendente es que luego él se dedica a hacer el panegírico de políticos burgueses como López Obrador, Mujica, Fidel y Raúl Castro, y hasta ¡Perón! Es decir, se dedica a destacar a enemigos de la clase obrera que atacaron a los docentes (Mujica en Uruguay), Fidel y Raúl, la máxima expresión de la degeneración burocrática en Cuba, y sostenedores de gobiernos burgueses en América Latina y hasta defensores de la invasión soviética a Checoslovaquia, y ¡Perón, creador de la Triple A!, todos tomados como ejemplos por ser viejos, para justificar que Altamira debe ser vocero, carácter que no le ha sido arrebatado. El órgano que ha decidido las candidaturas del partido ha sido el congreso partidario, frente a las quejas de Cañete sobre el hecho de que Altamira no lo haya sido. Y considero que ha actuado con inteligencia. Romina ha probado ser una expresión genuina del programa revolucionario. Ahora bien: “Altamira es nuestra principal espada, …nuestro principal formador y teórico…” (Cañete). En el mismo sentido, las afirmaciones de Ramal. Todo tiene una pátina mística. Altamira sería el pastor, los demás, el rebaño. Hay que elevarse por sobre esta concepción mesiánica y construir el partido en forma colectiva. Compañeros: nuestra obligación como constructores del Partido Obrero es pronunciar aún más aquello que hemos logrado con la dirección nacional en términos de un trabajo de elaboración colectiva, esto es: que las direcciones de los comités y los compañeros de los círculos sean parte de la misma, con la finalidad de que en todas las instancias partidarias haya compañeros capaces de intervenir en cualquier situación de la lucha de clases, caracterizar la situación y elaborar las orientaciones correspondientes. Nadie niega, ¿quién podría hacerlo?, la contribución invalorable del compañero Altamira, pero todo está sometido a debate, y no considero saludable ni revolucionario dar por sentado a priori que lo dicho por él sea incuestionable. Este es el método que hemos seguido en los últimos congresos, en los que se votaron posiciones acertadas, y divergentes con las del compañero, así como también ha sucedido que sus posiciones han sido las aprobadas en otras circunstancias. Aprovechemos los aportes del compañero Jorge Altamira en el contexto de una saludable y revolucionaria elaboración colectiva, y sobre esa base garanticemos el porvenir del partido, cuya existencia debe superar a la de la generación que le dio origen. 17/12/18

1 de agosto de 2019
De dónde venimos y a dónde vamos

La vil acusación difundida por Jorge Altamira y Marcelo Ramal en sus últimos textos, afirmando que el partido estaría en un estado avanzado de burocratización por responsabilidad directa de la dirección, o de una mayoría de ella, representa un salto gigantesco en el debate pre-congresal. Un salto hacia atrás, claro, que coloca la cuestión en otro plano y que debe dilucidarse sin la menor dilación, ya que está en juego nada más y nada menos que el carácter revolucionario del partido. La alusión repetida por ambos en sus textos al libro de Trotsky, El nuevo curso, escrito para combatir la burocratización staliniana en 1923, cobra un sentido temerario, porque analoga a la dirección del PO con la burocracia stalinista en su estado embrionario. En un partido como el PO, que se reclama de la IV Internacional, no puede haber acusación más grave. A la luz de esta denuncia, todo debate sobre las consignas resulta secundario. ¿O qué sentido tiene debatir si la consigna debe focalizar sólo en un fuera Macri o si debe abarcar a todo el régimen corrupto de kirchneristas, macristas y pejotistas, si el partido está burocratizado en un sentido similar que el PC de la URSS en 1923? O igualmente, ¿qué interés podría tener cuestionar que algunos textos presentados como alternativos omiten olímpicamente una caracterización sobre el estado de la lucha de clases y la conciencia de las masas si el partido está al borde de ser devorado por una burocracia que repite los métodos stalinistas? Altamira y Ramal, incluso, van más allá de lo que afirmara un documento presentado por el Comité de Berazategui el año pasado, donde se denunciaba también una burocratización de la dirección, y se afirmaba que existía una base material basada en ‘privilegios’ de rentas para sus miembros y sus parejas. Cuando se presentó ese texto infame en el Comité Nacional voté con mis dos manos para que se publique en Boletín Interno. Propuse, a la vez, junto con otros compañeros, una investigación para determinar si la denuncia era real o no. Finalmente, los números presentados por la Comisión de finanzas arrojaron un resultado exactamente contrario a los que hacía suponer el Comité de Berazategui. Los privilegios (aquí sin comillas) económicos existían, y eran mayores a lo que cualquiera podía suponer, pero no eran beneficiarios precisamente los compañeros pertenecientes a la supuesta ‘mayoría’. No es casual que luego de que esta denuncia se convirtiera en un búmeran, el tema de las rentas haya sido eliminado del debate. Ahora, frente a estas difamaciones temerarias que hablan de un partido burocratizado y una dirección stalinista, corresponde actuar del mismo modo, poniendo blanco sobre negro las cosas. Tenemos por delante el siguiente dilema: ¿se desarrolla en el PO, o en su dirección, una creciente burocratización, como afirman Altamira o Ramal? ¿O contrariamente a ello, el PO está recuperando su régimen interno luego de una desarticulación o quiebre, que fue consecuencia de un método de dirección ultra-personal, que en determinado grado de desarrollo del partido pudo servir para impulsar su desarrollo pero, ya en una fase superior del PO, se transformó en una traba absoluta para poder sortear los nuevos desafíos que nos planteaba y que nos plantea la lucha de clases? El texto que sigue a continuación se inclina claramente por esta última caracterización. Y más aún: afirma que la actual crisis del partido se reduce, en lo esencial, a la resistencia que genera aún en un sector del partido superar este método de dirección personal y el intento condenado al fracaso de volver a un estado anterior, que es presentado o añorado como el ideal. De dónde venimos… En el XXIV Congreso de 2016, el tema excluyente fue lo que llamamos la “quiebra del régimen interno” del partido. Concretamente, nos referíamos a que el PO como partido centralizado estaba en un estado avanzado de disolución. Sus organismos de dirección habían dejado de funcionar. Un comité central ampliado, elegido en el XXIII Congreso, no se reunió ni una sola vez durante dos años. ¡El Congreso mismo del partido no fue convocado en 2015 y se dejó pasar un año sin que se realizara! El comité central sí se reunía, es cierto, pero de modo ultra-irregular. Entre reunión y reunión, podían pasar varios meses sin ningún tipo de funcionamiento. El Comité Ejecutivo, que asumía las funciones del comité nacional entre reunión y reunión, también tenía un funcionamiento errático. Muchos de sus miembros electos participaban sólo parcialmente de las decisiones porque eran excluidos de las reuniones, que se hacían en bares, con sólo algunos de sus integrantes. Si esto ocurría con los organismos votados por el congreso, no se podía esperar tampoco un funcionamiento adecuado de las comisiones del Comité Central. Ni qué hablar de los boletines internos, que se publicaban muy espaciadamente para informar alguna que otra resolución. Esta disolución de los organismos de dirección, sin embargo, no equivalía a la desaparición del partido. Se adoptaban decisiones, sólo que no pasaban por los organismos de dirección votados por el congreso. Se publicaba la Prensa Obrera semanalmente, aunque su contenido general no era el resultado de una orientación fijada por el Comité Nacional ni muchas veces tampoco por el Comité Ejecutivo. Se gastaban recursos, pero no eran parte de un presupuesto presentado ante ningún organismo. En estas condiciones, hablar de democracia interna era, como mínimo, una entelequia. En un partido revolucionario, esa democracia consiste en el funcionamiento de los organismos, desde la dirección para abajo, con su respectivo rendimiento de cuentas. Nada de ello ocurría. Esta crisis del régimen partidario era la expresión concentrada de una organización dirigida durante un lapso muy prolongado de tiempo con una impronta acentuadamente personalista. Durante una fase del desarrollo del PO, esta forma de dirección pudo ser, quizás, inevitable. Expresaba una insuficiencia en su desarrollo político, organizativo y, probablemente, una falta de maduración de los cuadros de dirección. En estas condiciones, la dirección personal de un partido podía servir para superar esas falencias y concentrar la capacidad de decisión en una sola persona. Donde más se expresaba esa concentración era en la Prensa Obrera. Los artículos enviados eran corregidos en su totalidad por Jorge Altamira. Muchas veces, la versión final tenía poco que ver con la original y los autores conocían la versión final de su artículo una vez que eran publicados. Otras veces, los artículos eran rechazados in límine y enviados a que sean reelaborados. En otros casos eran amputados. En varias ocasiones, esa reelaboración podía insumir varias versiones antes que el artículo viera la luz. Este método podría ser cuestionado desde el punto de vista de la democracia interna. ¡Los que ahora pregonan transformar a la Prensa Obrera o a nuestro sitio en un foro de debates podrían escandalizarse ante esta metodología! Pero sería más prudente no precipitarse ni juzgar sobre la base de preceptos morales abstractos. Es que a pesar de las desventajas obvias que este método deja expuesto, la prensa servía para impulsar la orientación del partido. El carácter personal de la dirección partidaria se puso de manifiesto de un modo palmario con la llamada renovación o rotación de la dirección. Sucede que el primer ensayo de esta política fue impulsado por Jorge Altamira, proponiendo que una serie de dirigentes históricos del partido no se presenten a la elección del Comité Nacional. Altamira más adelante se incluyó entre éstos, para que la rotación ocurriera porque el partido no la había tomado completamente, al menos en la magnitud propuesta, y no integró la dirección durante un año. Sin embargo, las tareas que él llevaba adelante siguieron bajo su dominio. Así, la elaboración de la Prensa Obrera, órgano máximo de difusión del partido, seguía bajo su dirección, es decir estaba fuera de la órbita del Comité Nacional. Sucedía lo mismo con la revista teórica En defensa del marxismo. En cambio, el resto de los compañeros rotados sí vieron cambiar sus funciones. Cuando muchas veces se invoca de modo positivo estas rotaciones, se elude analizarla concretamente. Visto retrospectivamente debe señalarse que, al menos en relación a Altamira, ésta fue formal y agravó la dirección personal del partido al dejar fuera de la órbita del Comité Nacional, nada y nada menos, que los órganos de elaboración y difusión como son la Prensa Obrera y la revista teórica. Este régimen partidario recorre gran parte de nuestra historia, durante la cual el PO se desarrolló librando importantes batallas políticas, desarrollando una corriente propia sobre la base de una delimitación de la izquierda democratizante y el nacionalismo, e interviniendo activamente en la lucha de clases. Este desarrollo político, y el hecho de que el PO siempre conservó su carácter de partido revolucionario en las diferentes etapas políticas de nuestra historia, puede explicar el hecho de que no se cuestionara durante muchos años un método de dirección que tenía la desventaja enorme de asentarse en un método personal, con todas las falencias que esto implica. Sin embargo, esa explicación, siendo correcta, no elimina la responsabilidad colectiva de la misma dirección en haber hecho funcionar al partido sobre un régimen interno muy defectuoso. Este manejo personal del partido, sin embargo, encontró sus límites. Lo que con reservas podía ser compatible con el desarrollo de un partido pequeño, con pocas responsabilidades en frentes y con poca extensión territorial, se reveló como una traba para un partido con un desarrollo mayor, que ya reclamaba un trabajo de dirección que incluyera a decenas de compañeros asumiendo distintas tareas de modo efectivo y con una relativa autonomía de decisiones, que debía luego ser centralizado en un Comité Nacional mensual. Ocurría otro tanto con el trabajo de elaboración y con las publicaciones partidarias. La emergencia de las redes sociales y las noticias distribuidas por internet convirtió en obsoleto un periódico semanal que salía los jueves, pero que los artículos cerraban el sábado o el lunes previo, y que requería una corrección personal en todos los casos. El pasaje a un trabajo cotidiano de elaboración, muchas veces de artículos que comenten en tiempo real distintos sucesos, requería modificar drásticamente los métodos de trabajo, la planificación de la actividad y la forma de aprobación de los artículos. Cuando el PO requería pegar un salto y pasar de una dirección personal a una colectiva, ocurrió lo contrario. El régimen del partido entró en crisis, porque no pudo procesar adecuadamente los cambios necesarios que reclamaba la nueva situación y las tareas que de ella se desprendían. Del mismo modo que en la sociedad las relaciones de producción no se adaptan automáticamente a los cambios producidos en los medios de producción, en el partido también se operó una inercia que produjo una crisis, cuyos efectos aún no han sido debidamente superados. La crisis actual del partido se reduce a esta transición, o mejor dicho, a las resistencias que genera esa transición que es inevitable en su sentido general. Es sabido que las falencias pueden estar ocultas durante un tiempo prolongado, ya que hace falta que ocurran ciertos sucesos para que sean puestas de manifiesto. En nuestro caso, ese hecho fue, sin dudas, la derrota de las Paso de 2015. Como bien señala Guillermo Kane en una reciente minuta publicada en el Boletín Interno [“¿Qué está en juego en el debate que atraviesa el Partido Obrero hacia su XXVI Congreso?”], la crisis del PO es precedente a las Paso de 2015. Para que se entienda bien: no es que la derrota de las Paso nos creó una crisis, sino que perdimos las Paso porque teníamos una crisis. ¿Qué tipo de crisis? La de un régimen de partido quebrado, porque el manejo personal de la dirección se había transformado en un bloqueo. Hay que hacer notar que ese manejo personal tenía una peculiaridad si lo compara con otros partidos de izquierda, que tienen manejos similares. En el caso del PO, quien ejercía ese manejo personal era, a la vez, nuestra principal figura pública y candidato. Se reunían todas las condiciones para la adopción de medidas y decisiones arbitrarias, como por ejemplo la autopercepción de un candidato sobre su propia atracción sobre el electorado sin pasar por ninguna fase de verificación. Llegamos al choque de las Paso mal preparados. Un contraste alcanza con demostrarlo: mientras el PTS había puesto en pie La Izquierda Diario con decenas de corresponsales, nosotros impulsamos el “Altamira responde”. Se podrá objetar el carácter democratizante y superficial de muchos artículos de La Izquierda Diario, y aún más, reconocer en la iniciativa una tendencia disolutoria del PTS para pretender transformarse en fuerzas amplias del tipo Podemos. Pero eso no quita que el armado de una red de corresponsales en todo el país resulte más atractivo que las respuestas personales de un dirigente sobre los temas más diversos. Así, llegamos a una competencia interna sin la preparación adecuada, lo cual era el resultado de una quiebra del régimen interno de un partido de combate. Siguiendo el refrán de que no hay mal que por bien no venga, el papel positivo de la derrota de las Paso fue hacernos ver dónde estábamos parados. En el período posterior de la derrota de las Paso, Jorge Altamira abandonó directamente el Comité Ejecutivo del PO. Fue un error inadmisible que esa decisión, que fue de hecho y nunca estuvo por escrito, no le fuese informada a la militancia por medio del Boletín Interno. En el Congreso del PO posterior, invocando la rotación, retiró su postulación al Comité Nacional. Pero, a diferencia de lo sucedido en su primera salida de la dirección, esta vez sí se hizo efectiva de modo real, ya que decidió abandonar también el Comité de Redacción y otros organismos en los que participaba. Fue la etapa donde sus posiciones fueron difundidas desde su Facebook personal, restando colaboración con los organismos del partido. En un partido como el PO, sus miembros participan de organismos y cumplen funciones establecidas por éstos. Nada de esto ocurría con Altamira, que pasó de ser el director de Prensa Obrera a alternativizar a nuestro principal órgano publicando sus artículos en una página personal. Cuando desde la dirección le propusimos que mande sus artículos a la Prensa Obrera, puso como condición para su publicación que figure que eran extraídos de su página de Facebook. Erróneamente, una vez más, admitimos ese reclamo, si bien lo considerábamos por completo equivocado. De hecho nadie, salvo él, tenía ese tratamiento. Durante el período que Altamira se ubicó fuera de todos los organismos partidarios, la dirección electa por el Congreso tuvo que hacerse cargo de modo efectivo del PO. La deserción de Altamira en la dirección luego de la derrota obligó a recurrir a lo que siempre debió ocurrir, que es trabajar sobre un método colectivo que asegure las reuniones regulares del Comité Nacional, de su Ejecutivo, la salida de los boletines internos, la realización de los congresos y la convocatoria a conferencias especiales cuando hiciese falta para que el partido participe de las principales decisiones. Fue así que se convocaron congresos de la UJS, del PdT, una conferencia de organización y conferencias electorales en los distritos. En vez de apoyar este rumbo político, que significaba un avance en relación con lo que conocía el partido como acción de democracia interna, Altamira se opuso a todas las resoluciones. Fue lo que sucedió, por ejemplo, con las conferencias electorales de principios de 2017, que prepararon al partido para una dura lucha electoral luego de la derrota de las Paso de 2015. Altamira las consideró un hecho de violencia política y mandó textos al Boletín Interno en su contra. En Vicente López, por ejemplo, invocando su posición, los militantes que defendían esta tesitura llegaron al extremo de plantear que se levante el plenario que debía elegir los delegados para dicha conferencia. Altamira pudo concurrir a la misma y dar su posición. La militancia presente no compartió su posición y decidió lanzar los candidatos. Existía la convicción profunda que demorar el lanzamiento, colocaba al partido en inferioridad de condiciones para una negociación al interior del FIT. Importa marcar esta actitud porque, como señalé más arriba, la responsabilidad sobre ese manejo personal del partido era del colectivo de la dirección. Y con el tiempo trascurrido, carece de sentido entrar en un pase de facturas. La crítica concreta no consiste en impugnar esa etapa, sino en resistir los cambios una vez que se reunieron las condiciones para avanzar en una dirección colectiva. Y cuando esto sucede, además, recurrir a injurias inadmisibles en un partido de la IV Internacional, como es la de calificar a la dirección de burocrática y sugerir que recorre el mismo camino que el stalinismo. Este método personal de Altamira se vio incluso en el Congreso XXIV. Luego de plantear reiteradas veces que debíamos preparar las Paso, en oposición a la campaña que venía haciendo el partido por una lista única del FIT, en la previa al congreso publicó en Facebook un texto que gira un 100% sus posiciones y adopta las que criticó hasta el día previo sin que medie explicación alguna sobre el cambio de posición. En la Comisión Política llegó al absurdo de proponer, en oposición a la resolución política presentada por la dirección saliente, que se vote …su posteo de Facebook. ¿Qué un congreso de un partido vote como resolución un posteo de Facebook? Parece mentira, y hasta triste, pero es así. Los delegados presentes en la comisión rechazaron tal pretensión, mostrando una conciencia política de que no se puede permitir tal desprecio y maltrato de un partido. Se impuso un ‘instinto de supervivencia’, mostrando las reservas de los cuadros del PO para construir el partido en condiciones incluso muy complejas. En ese congreso, los delegados votaron al Comité Nacional a mucho de los cuadros que habían sido rotados. El Partido apeló a sus mejores reservas para superar un golpe imprevisto. A dónde vamos… Este método personal de dirección, que eclosionó en 2014-1015, fue superado traumáticamente por un trabajo de dirección colectiva. Las reuniones del Comité Nacional se regularizaron, lo mismo que las del Comité Ejecutivo. ¡Las reuniones se hacen en el local central y no en bares, con los miembros votados por el partido y no por los seleccionados por una persona! Los boletines internos han aparecido sistemáticamente, publicando todos los planteos que llegan. Los congresos fueron convocados siguiendo los estatutos, con los documentos respectivos publicados en tiempo y forma. Con mayor retraso, el método de dirección colectivo abarcó también a las finanzas, terminando con una diferenciación en las rentas que había sido arreglado a espaldas del Comité Nacional. El salto metodológico, en relación con el pasado, ha sido enorme. Naturalmente, un método de funcionamiento regular de los organismos no asegura que sus resoluciones sean correctas, pero sí brinda las bases para que se pueda debatir la política del partido en tiempo real y verificarla a partir de la propia acción práctica. Como se ve, no es poca cosa. Sin embargo, este método de dirección colectiva ha enfrentado y sigue enfrentando una resistencia política de parte de una fracción minoritaria de la dirección, y de un sector de la militancia partidaria. Existe el intento de volver al estadio anterior, sin ver que es imposible históricamente y perjudicial políticamente. Por eso, los intentos en esa dirección están condenados al fracaso, pero mientras se persevere con ese propósito, perjudican y bloquean el desarrollo del partido. Es llamativo observar cómo se invierten los argumentos y las posiciones en función de este propósito. Como señalamos antes, cuando Altamira dirigía la Prensa Obrera no salía ningún artículo (no exagero un ápice, ningún artículo) sin su aprobación política. Ahora, en cambio, se reclama que la prensa o nuestro portal publiquen cualquier artículo sin que se establezca una diferenciación elemental entre los artículos que reflejan un debate de los organismos del partido, de los que son posiciones personales de los dirigentes o militantes. Ramal critica que hemos planteado que algunos artículos de Altamira vayan como “opinión” y ve en eso una política de censura. ¡Pero Ramal omite la cuestión concreta de que el partido debe tener una orientación! Veamos: en oportunidad de la lucha por el aborto legal, Altamira manda un artículo para que se convoque, en Plaza de Mayo, una asamblea de mujeres que vote una campaña de firmas para presentar en el Poder Judicial, para que éste convoque una consulta popular. Dejemos de lado que Altamira había atacado la consulta popular creando confusión en el partido. Pero, ahora, la vía judicial parecía un sin sentido. La orientación era distinta a la que había planteado el Comité Ejecutivo, que planteaba reclamar esa consulta con un movimiento de lucha al Congreso, especialmente a la Cámara de Diputados, que había votado favorablemente el proyecto dándole media sanción. ¿Qué hacemos? ¿Qué debe hacer un militante del partido, qué orientación lleva a una asamblea de un lugar de estudio o de trabajo que debate el tema? Publicar las dos posiciones como si tuviesen la misma jerarquía, convertiría a la prensa en una especie de góndola donde cada militante se sirve la que más le gusta. El partido no golpearía con un solo puño, sino que se dividiría hacia afuera. Fomentar eso es la liquidación del PO, lisa y llanamente. ¿Qué solución encontramos a este entuerto? Publicar el artículo de Altamira, como opinión. ¿Es un acto de censura? Más democracia que esto es imposible, es un hecho que jamás pasaba cuando Altamira dirigía personalmente la salida de la prensa. El partido está basado en organismos. Los editoriales son debatidos por el Comité Ejecutivo. Los proyectos editoriales son enviados a sus miembros para una aprobación. Ver en esto un hecho totalitario es querer desquiciar al PO como partido de combate. ¿Y si un compañero tiene una divergencia o una posición que no es compartida? Entonces podemos publicar el artículo, aclarando que se trata de una opinión del propio compañero. Por esta vía aseguramos la libertad de posición y la unidad de acción del partido. O sea, el centralismo democrático. ¿Esto vale para todas las posiciones? Esa respuesta debe ser concreta. Habrá que ver cuál es el tenor de la divergencia, qué forma es la correcta para su abordaje, en relación con las tareas más generales del partido en cada momento. Un partido tiene derecho, y también la obligación, de organizar sus polémicas según sean las necesidades de cada momento. Tenemos ahora la posición de Altamira cuestionando que el Informe Político votado por el Comité Nacional haya sido publicado en la revista En defensa del marxismo. La posición asombra, porque hemos seguido un método que repite un hecho que ya hemos realizado en el pasado, defendiendo el principio de dar a conocer nuestros textos públicamente para interesar a la izquierda y a los trabajadores con nuestras posiciones. En la revista, sin embargo, hay textos personales del propio Altamira y también de Ramal. Pero, según su crítica, hicimos mal en publicar el del Comité Nacional. ¡Textos personales sí, pero de los organismos de dirección electos por el congreso no! Aquí la única censura que existe es la que Altamira quiere aplicarle al Comité Nacional del partido porque, ¡horror!, osó votar un documento que no cuenta con su aprobación. Al no reconocérsele las prerrogativas de una dirección personal, la respuesta de Altamira y de su grupo es querer desquiciar al partido. Es lo que sucedió en el reciente Congreso de Tribuna Docente, donde un grupo organizado quiso romperlo, queriendo hacer votar planteos que no se correspondían con la orientación fijada por los organismos de dirección y que lejos estaban de ser el eje de la convocatoria, cuyo propósito era debatir cómo enfrentábamos los desafíos de la lucha docente, y cómo reclutamos y desarrollamos la agrupación. En dos textos consecutivos, Ramal reivindica esta acción liquidadora, una acción irresponsable impropia de un miembro de la dirección. Para que se entienda bien: quisieron convertir al Congreso de Tribuna Docente en un escenario de disputas. Le hicieron a Tribuna y al PO lo que nosotros no le hicimos, no le hacemos ni le haremos a las otras tendencias con las que hacemos asambleas o plenarios de frente único. Saludo por ello la respuesta contundente dada por la dirección de Tribuna Docente al texto irresponsable de Ramal. Muestra las reservas de lucha que anidan en nuestros cuadros. Contra lo que sostienen Altamira y Ramal, en el partido no hay una burocracia sino que impera la más amplia democracia. Todo se ha publicado en el Boletín Interno, incluso textos insultantes contra la dirección. Hemos preferido pecar por defecto y publicar incluso lo impublicable. Laura Kohn se fue del partido denunciando falta de democracia, luego de que se le publicasen 17 minutas en el Boletín Interno en un lapso menor a un año. Sí, leyeron bien: 17 minutas. Quisieron tomar el Boletín Interno por asalto, y como el partido no cayó en su maniobra, se fueron por la puerta de atrás haciendo escandaletes públicos por las redes sociales. Lo mismo sucedió con Maximiliano Jozami. La línea de Altamira y Ramal lleva a eso. La lógica es de hierro. Cuando convencen a un militante que el partido está copado por una burocracia, ese militante se funde porque nadie quiere dar la vida por un partido burocrático. Conviene recordar que, en el pasado, el Boletín Interno o no salía o no se publicaban muchos textos que llegaban. Cuando la dirección publicó un texto de Santiago Gándara y Antonio Roselló cuestionando el uso de Altamira en Facebook, Altamira criticó esa publicación en un texto del Boletín Interno. Allí señaló que “llamó la atención al Comité Nacional de que así como en el periódico tiene su método interno y no se publica lo que no sea aprobado por la redacción, en el Boletín Interno debe ocurrir lo mismo, y cuando se observa un trabajo liquidacionista hay que hablar con los compañeros y caracterizar lo que están haciendo, y no publicar cualquier cosa, en la peor versión liberal”. Se ve que Altamira tiene una posición cuando se lo critica a él y otra opuesta cuando la crítica es a la dirección del PO. En un salto al vacío, Altamira y Ramal han asumido la defensa de la acción liquidadora y desmoralizante que un pequeño grupo de militantes, que se reconoce de la “minoría”, realiza en las redes sociales contra el PO, sus dirigentes y planteos políticos. Según Altamira, esa acción sería el resultado de que le cerramos las puertas para que se expresen. ¿Pero no hay acaso un Boletín Interno, donde se publica todo lo que llega, incluso insultos contra la dirección del partido? ¿No tenemos una prensa donde se desarrollan las posiciones? La afirmación de Altamira es una calumnia contra el partido y un acto que brega por su desmoralización. Aquí no se trata de controlar lo que cada compañera o compañero publica en sus redes; no somos policías ni tenemos comisarios encargados de controlar a nadie. Lo que denunciamos es una cosa muy distinta: una acción organizada, planificada, y posiblemente centralizada, para hacer campaña en las redes sociales banalizando los debates partidarios e insultando a militantes del partido. ¿Cómo entender que, antes que concluya la Conferencia Electoral, ya en las redes sociales de compañeros que reivindican a la ‘minoría’ se realizaban publicaciones alusivas a los debates, incluyendo ataques a la candidatura de Romina? ¿Se puede tolerar que inmediatamente después de concluida la conferencia, la intervención de Altamira fuese distribuida copiosamente por WhatsApp entre militantes internos y más allá de la frontera del partido, siendo que el tenor del debate era claramente interno? Esa grabación es un hecho delatorio, jamás ocurrido en el PO en un congreso o conferencia, que son mecanismos estatutarios más reducidos pero reservados a debates especiales de la organización, y también intrigante, porque se distribuye un audio editado sin las correspondientes respuestas. Lo que no parecen entender Altamira y Ramal es que esa acción en las redes no es sólo violatoria del centralismo democrático; eso, si se quiere, es lo menos importante. Lo sustancial es que nos desprestigia ante la vanguardia y la izquierda, nos presenta como un partido poco serio, y aleja al trabajador que pretende acercarse. Es lo que ocurrió efectivamente en el Congreso de Tribuna, según distintas denuncias. Para decirlo con todas las letras: es una acción liquidadora del partido. Quien no lo vea así es porque ha decidido privilegiar la acción fraccional por sobre los intereses más generales del partido. Mesianismo Sintetizando: la crisis actual del partido se reduce en lo esencial a la resistencia que genera en Altamira y en el grupo que le responde superar el método de dirección personal que hizo eclosión en 2014-2015, pero que viene muy de atrás. Para ocultar este hecho, Altamira y Ramal buscan darle un carácter programático y hasta estratégico. Lo ha puesto por escrito Ramal para escándalo de todo el partido, cuando señaló que Altamira sería una especie de “hombre-programa”. Este mesianismo personal es tan incompatible con el marxismo y con la IV Internacional, que el propio Ramal se vio obligado a decir que se trata de un hecho excepcional, muy poco común, pero que nosotros hemos tenido la suerte de conocer esa excepción. La tesis del “hombre-programa”, como lo señalé en un texto anterior y como lo hicieron también varios compañeros, es peligrosísima. Al atribuirle a una persona que encarna el programa socialista, cualquier crítica a esa persona se convierte en una renuncia al programa. De ahí se derivan acusaciones tales como que “somos democratizantes”, “parlamentaristas”, “renunciamos a la lucha por el poder” y sandeces de ese estilo. En su crítica al balance de actividades, Ramal afirma en un texto para el olvido que seríamos seguidores de Eduard Bernstein -o sea, de aquel socialista alemán que renunció a la revolución para postular que el socialismo sería alcanzado vía reformas. ¿De qué habla Ramal? Deduce esta afirmación tan disparatada como insultante del hecho de que el Informe de Actividades, en un lugar, caracteriza que el acercamiento de los obreros al partido está motivado inicialmente en nuestra participación en las luchas más que por una atracción ideológica o política. Ramal podría opinar en un sentido contrario y mostrar las evidencias que tiene para sostener su punto de vista. Pero Ramal no sostiene nada, sólo nos acusa de reformistas para reservarse para él el lugar del revolucionario. La tesis del “hombre-programa” no sólo debe ser rechazada por mesiánica, sino especialmente por ser incompatible con el desarrollo de un método partidario sano. Es que sustituye la necesaria relación crítica que debe existir entre los militantes, por una relación de subordinación. ¿Cómo se puede debatir con alguien, si parto de la premisa de que concentra el programa revolucionario en su persona? Mejor me callo, por las dudas. ¿Cómo puedo cuestionar su posición sin que inmediatamente ese cuestionamiento no sea entendido como un rechazo al programa socialista? Compañeros: no estoy especulando ni un minuto. Es lo que en buena medida sucedía en el pasado en el partido y se pretende que vuelva a suceder. La tesis del “hombre-programa” es la envoltura ideológica del intento de volver a un régimen de partido de manejo personal. Altamira se vale de esa misma tesis para acusar a la dirección de actuar como “fracción”; estamos ante el clásico chiste del gallego que va con su auto en sentido contrario a todos los autos y piensa que son ellos los que van a contramano y no él. Quiero ser claro: si el partido no rechaza la tesis del “hombre-programa” no tenemos futuro. La buena noticia es que, como quedó demostrado en todas las últimas instancias partidarias, ese rechazo es ya muy mayoritario. La resistencia ofrecida por el sector que orienta Altamira y Ramal fracasa por el instinto de sobrevivencia del propio partido, y por las inconsistencias y arbitrariedades que han puesto en evidencia ambos. En los últimos dos congresos esto fue puesto de manifiesto. Hacer el recuento de esas contradicciones llevaría un libro entero, y ya varios compañeros y compañeras se han referido a eso en textos muy interesantes. Permítanme señalar sólo la última arbitrariedad: luego de rechazar, Ramal y Altamira, el llamado al FIT de establecer un acuerdo integral, incluyendo programa y candidaturas, y de acusarnos de electoralistas (en un texto Altamira me acusa de que me pasé al “hay 2019”), Altamira presentó una propuesta de declaración a la Conferencia Electoral que en el título (sí ¡en el título!) llama a “votar por el Frente de Izquierda”. Un absurdo completo porque la fase de la campaña electoral en la que estamos no es la de llamar a votar sino la estructurar nuestro propio bloque y reagrupamiento de fuerzas. Pero no es solo eso. Altamira, luego de acusarnos de que no nos delimitamos del PTS, presentó una declaración donde embellece al FIT diciendo que actúa como bloque en el movimiento obrero, cuando sabemos que el PTS sabotea el Plenario Sindical Clasista y que dividió, por ejemplo, la lista de Aten y produjo la derrota de la seccional de la capital neuquina. Al final de su texto, Altamira plantea llamar a formar una lista de toda la izquierda, cuando en un texto de febrero criticaba esa posición que, sin embargo, había defendido en diciembre. ¿Por qué estas idas y venidas? ¿Por qué tantos bandazos, que confunden al partido haciéndolo perder tiempo en debates improvisados y antojadizos? En la conferencia sucedió un absurdo del tamaño de una casa. Ramal presentó una declaración contraria al acuerdo integral y a la nominación de candidatos, mientras Altamira presentó una declaración donde “urge” al FIT a alcanzar de inmediato ese acuerdo. Sin embargo, votaron juntos… En su intervención, Altamira señaló que su texto había sido escrito a las 4 a.m. del mismo sábado de la conferencia y enviado de inmediato para su distribución entre los delegados. Aquí vemos que la tesis del “hombre-programa” es hermana gemela de la improvisación y la arbitrariedad. El texto presentado por el Comité Nacional siguió otro método. Se debatió primero en una reunión de CEN. Luego de resolvió que un compañero lo escriba. El texto fue girado al CEN para su debate y luego a todo el Comité Nacional. Recién aprobado fue a la conferencia. El debate colectivo en el partido es el equivalente al control de calidad que realiza una fábrica. Lo otro son aventuras. En textos presentados al Comité Nacional por Altamira y Ramal, que ellos mismos pidieron no publicar en el Boletín Interno, expresaron esta defensa del método de dirección personal del partido bajo la forma embellecida de que el Comité Ejecutivo debía actuar como una “dirección estratégica”, diferenciada de otros organismos encargados de aplicar las decisiones y orientaciones de emanadas de esa dirección. En varias oportunidades protesté frente ante esta concepción, algo que también hicieron varias compañeras y compañeros. En el peronismo, recordarán los más viejos o sabrán lo que leyeron la historia, esa división en la dirección estaba casi formalizada. Perón era el depositario de la conducción “estratégica” y delegaba la “táctica” en otros dirigentes. Está claro que, en el PO, repetir esa división en la dirección es inadmisible. Pero hilando más fino, la idea de un CEN que se encargue de la “dirección estratégica”, diferenciado de las actividades generales de la organización, conduce a un CEN que se desentiende del propio partido y del resultado de sus orientaciones. Por nuestra propia experiencia y los debates que nos han recorrido en los últimos largos años, estaba claro que la cosa iba a ser así: la dirección estratégica daba orientaciones correctas, pero el problema era que estaban mal aplicadas. Así, la dirección estratégica caía siempre de pie. En un momento se ensayó esta idea de Altamira, y se expresó en un CEN integrado sólo por tres compañeros, el número ideal para reunirse en la mesa de un bar. Esa experiencia fracasó en lo que canta un gallo. Volver a eso es repetir esos resultados. Mi posición al respecto, que me llevó a oponerme a esta concepción de dirección, incorporaba el hecho de que no puede existir tal división en el trabajo. Y que en el fondo expresaba una concepción equivocada sobre lo que se considera una línea acertada o desacertada, ya que ese juicio no puede hacerse ignorando los resultados de esa orientación. Una elaboración puede ser en general correcta pero superficial, si no concluye en determinar de modo preciso en cómo se la lleva adelante. La aplicación de una orientación se desprende de una caracterización que debe tener en cuenta todas las determinaciones concretas, como ser el estado de las masas, del propio partido, los instrumentos que poseemos para hacer tal o cual tarea, etc. etc. La dirección estratégica de un partido revolucionario involucra todas las fases de la actividad. Quien haya estudiado la actividad de Lenin podrá apreciar el interés con el que seguía la venta de la prensa, las colectas en puertas de fábrica, etc., y las conclusiones políticas que sacaba de esas actividades. En el PO, en cambio, la aplicación de hecho de esa división en el trabajo de la dirección nos llevó a menoscabar el trabajo de organización, considerándolo de orden inferior. Desafíos Debo insistir para que quede claro: la crisis actual del partido se reduce, en lo esencial, a la resistencia a superar definitivamente el método de manejo personal del partido. La tesis del “hombre-programa” sustentada por Ramal no es otra cosa que darle un envoltorio ‘revolucionario’ a esa pretensión. Las acusaciones de que somos reformistas, parlamentaristas, empiristas, democratizantes, anti-catastrofistas, etc., etc., van en la misma dirección. Las de que somos stalinistas, son ya una calumnia inadmisible, que coloca en cuestión hasta las relaciones personales entre compañeras y compañeros. Continuar estos debates es una pérdida de tiempo, un camino inconducente que le hacen pagar al partido un alto costo de oportunidad, porque nos mete para dentro y nos impide aprovechar y explotar las oportunidades políticas. La tarea del XXVI Congreso es superar definitivamente esta situación y retomar un camino de crecimiento para el PO. La falsa caracterización sobre el partido que difunden Altamira y Ramal nos lleva a no centrar el debate donde sí debiera prestarse la mayor atención. Se ha llegado a plantear que nuestro déficit de crecimiento es la falta de consignas de poder y que no tenemos bloqueos por parte del nacionalismo. Esto está lejos de ser así, nuestros problemas reales son de otro tipo. Justamente, tenemos que abordar las medidas políticas y organizativas para superar estos bloqueos. La situación política que atravesamos requiere pegar un salto en nuestra intervención política. Tenemos una página que debe ser mejorada sustancialmente. Luego de los avances de los últimos años, estamos estancados y debemos darnos un plan preciso de desarrollo, que involucre a todo el partido. Avanzamos, bajo el liderazgo del «Colo» Rath, en una secretaría de propaganda y formación, que retrocedió luego de su muerte sin que podamos hasta ahora terminar de revertir la situación. Tenemos severos problemas de organización, o para ser más preciso aún, de asegurar el cumplimiento de las tareas votadas. Tenemos una presencia en las redes sociales que no está a la altura ni del partido ni de sus necesidades inmediatas. Necesitamos una secretaría de organización más fuerte, de la que participen más miembros del Comité Nacional, y un Comité de Redacción con mayor dinamismo para la página y el periódico impreso. Debemos darnos un debate serio sobre la función de Prensa Obrera impresa, de qué característica debe tomar para que no se termine convirtiendo en un refrito de artículos publicados en la web. Tenemos un desafío enorme que tiene que ver con defender las finanzas del Partido, que están en una situación delicada. Tenemos, a su vez, problemas complejos de desarrollo en una cantidad de provincias y frentes que deben ser mejor debatidos políticamente. Es el caso, por ejemplo, de Jujuy, donde el FIT aparece segundo en las encuestas planteando desafíos políticos importantes para el partido, que arranca de atrás en relación con el PTS. En el pasado impulsamos una alianza con el “Perro” Santillán, que ahora ha girado a posiciones filo K. ¿Cómo abordamos las oportunidades políticas? Tenemos un desarrollo importante en agrupaciones industriales golpeadas por el derrumbe industrial, ¿cuáles son las líneas de resistencia que podemos armarnos?; una situación inédita en la UBA, que nos llevó a un acuerdo complejo integrando a los K a la Fuba. Tenemos el crecimiento del Polo Obrero, que nos presenta el desafío de desarrollar un reclutamiento y asimilación al partido de los compañeros más dinámicos. El partido tiene que discutir estos problemas en el marco del debate congresal, en un marco de camaradería, para salir para adelante y superar los problemas políticos. En cambio, ocurre lo contrario, porque muchísimos compañeros y compañeras se guardan sus críticas por temor a que sean instrumentadas con una finalidad liquidacionista. La lista de problemas reales que tenemos es inmensa y debiera ser el eje de los debates, en vez de estar todo el tiempo refutando las falsas caracterizaciones de que el partido se está yendo al reformismo o al parlamentarismo. O de abrir debates que llaman la atención, porque se cuestionan posiciones históricas del partido, que entran en revisión sólo por un afán faccional. Por ejemplo, Altamira y Ramal nos tuvieron debatiendo durante meses la idea insólita y reñida con el marxismo y, por lo tanto, con el propio PO, que la burguesía no podía tener iniciativa estratégica en la época imperialista. ¡Y ahora acaban de aprobar, sin el menor cuestionamiento, un informe internacional que dice explícitamente lo contrario! Sintetizando, el problema que tenemos es debatir problemas que no tenemos, en vez de poner el foco en los problemas que debemos superar. No es un juego de palabras, sino la caracterización de este proceso pre-congresal. La dirección que sea electa en el próximo congreso deberá superar esta fragmentación partidaria y enfocarse en una superación de los problemas reales del partido. Probablemente eso reclamará modificaciones en la composición y en la organización de la propia dirección. El trabajo colectivo de la dirección es una conquista de los últimos años y debemos valernos de ello para encarar los desafíos enormes que tiene nuestro PO. 21/3/19

1 de agosto de 2019
La “consulta vinculante” y el trabajo revolucionario del partido en el Parlamento

No forzar una diferencia política. Por el Equipo parlamentario del Congreso Nacional El debate que Jorge Altamira ha abierto sobre el tema de nuestro trabajo parlamentario trata de forzar una diferencia política. Así en el BI N° 22 (12/7) afirma que “un proyecto de ‘consulta popular’, respecto del FMI, representa una modificación radical de la perspectiva política que ofrece la izquierda en la lucha contra el FMI y el gobierno tambaleante de Macri”, colocando el centro de su crítica al PTS, autor de ese proyecto -que nosotros acompañamos impulsando, al mismo tiempo, uno propio contra el acuerdo con el FMI. En el BI N° 23 (19/7) critica ya directamente al Partido Obrero. Primero caracteriza la posición adoptada por el partido como “una defensa del plebiscito por descarte; no es una estrategia ni un método”. Pero poco más adelante remata: “el método de recurrir a la propuesta de plebiscitos cada vez que se produce un choque político (se cita la reforma previsional y otros casos), lo termina convirtiendo en una estrategia”. A través de razonamientos amalgamados se intenta forzar la existencia de dos estrategias diferenciadas: la que quiere anular la deuda pública y el acuerdo con el FMI por vía parlamentaria (democratizante) y la que plantea hacerlo por la acción directa de las masas (revolucionaria). Se trata de una operación de galimatías, de confusión política, para forzar una diferenciación. Porque es claro que nuestro proyecto de que el Congreso discuta el acuerdo con el FMI -que Altamira también impugna-, como el de la Consulta Popular, son recursos políticos para mejor desenvolver la denuncia del rol entreguista del gobierno y los partidos burgueses, y acelerar las condiciones para una intervención de las masas en la lucha contra la deuda y el FMI. Nuestro proyecto no se opone, sino que pretende sacudir y ayudar a desarrollar la conciencia y la movilización de la clase obrera y los explotados. Que el Congreso discuta y fije posición El artículo 60 de la ley 24.156 autoriza que el Poder Ejecutivo firme acuerdos con instituciones imperialistas, como el FMI, sin pasar por el Congreso. Esto es una cesión de derechos de las atribuciones del Parlamento. Consagrado en la época de Menem-Cavallo, ningún gobierno posterior (incluidos los K) lo derogó. Nuestro proyecto de ley plantea -junto a otros puntos importantes- no pago de la deuda, restitución de los aportes empresarios a la previsión social derogados por el gobierno, etc.- la anulación de dicho artículo para que el acuerdo con el FMI sea debatido por el Congreso que es el que debiera dictaminar -constitucionalmente- los empréstitos públicos. Este fue uno de los reclamos de los flamantes parlamentos revolucionarios en la época revolucionaria de la burguesía (revolución francesa, inglesa, etc.). Altamira rechaza esto “porque la burguesía y sus partidos han llegado a un acuerdo acerca la ratificación parlamentaria del acuerdo con el FMI” a través del próximo debate sobre el Presupuesto. Para él, “la bandera de que el acuerdo mismo pase por el Congreso es una pura demagogia” que le haría el juego preelectoral al kirchnerismo. Para Altamira, estaríamos desarrollando “ilusiones parlamentaristas” cuando “nuestro partido ha votado, en reiteradas oportunidades, impulsar el paro activo nacional, la preparación de una huelga general y el congreso de bases de las centrales sindicales” (BI N° 22). Contrapone nuestro proyecto de ley a la agitación por la huelga general y el congreso de bases. Pero el gobierno y la burguesía, por algo quieren evitar un debate público del acuerdo con el FMI y su aprobación a través del voto parlamentario. Actúan en forma conspirativa para no soliviantar el estado de ánimo de la población trabajadora y explotada. Si el acuerdo del FMI se discutiera explícitamente en el Parlamento, podemos augurar que seguramente veríamos la generación -en el cuadro político actual- de una formidable manifestación anti-imperialista. Como en gran medida sucedió el 14 y 18 de diciembre de 2017 para intentar bloquear las reformas previsional y tributarias reaccionarias. E incluso, con la gigantesca movilización que permaneció durante casi 24 horas frente al Parlamento en oportunidad del voto a la ley del derecho al aborto en la Cámara de Diputados. ¿Esto indica que hay ilusiones parlamentaristas? Sí, pero no nuestras, sino de las masas, que debemos tomar en cuenta y, a su turno, hacer chocar contra las fuerzas políticas que dominan las instituciones parlamentarias -o sea, saberlas utilizar para intervenir, fortaleciendo una organización de clase, de independencia política y revolucionaria de los trabajadores. Y, desde luego, en la acción directa y la acción política elevar las perspectivas de la lucha de clases por parte de los trabajadores. Este es el ABC de un partido revolucionario, trotskista, que afronta un aún incipiente desarrollo independiente del proletariado y vastas ilusiones parlamentarias de las masas. Hemos sido elegidos por una parte de la vanguardia obrera y la izquierda para ir al Parlamento a desnudar y pelear al régimen político capitalista. Nosotros, que denunciamos que el acuerdo con el FMI no pasa por el Congreso, tenemos que estar dispuestos a luchar para que pase, cuando tenemos posiciones parlamentarias. Queremos que se debata para potenciar nuestra denuncia y para que quede registrado, blanco sobre negro, cómo intervienen y votan los bloques y cada diputado. Esto no es crear “ilusiones parlamentaristas”, sino usar el Parlamento para denunciar su impotencia -Rossi, recientemente, fue empujado en un programa televisivo a definir que si fuera presidente pagaría la deuda con el FMI. Y eso fue incluso lo que hizo nuestra diputada, Romina Del Plá, en su discurso (de los cinco minutos reglamentarios) en la sesión especial que se convocó para debatir este tema: “Objetamos el acuerdo celebrado con el FMI desde el principio del cuestionamiento de la totalidad de la deuda pública… Para ello, no solamente alcanza con formular declaraciones y expresiones de repudio, sino que se necesita un programa (…) que desde el punto de vista del interés de los trabajadores, ataque profundamente los intereses capitalistas, que son los que sistemáticamente defienden el endeudamiento”. Luego de denunciar que se eludía el debate en el Congreso, planteó “nosotros tampoco creemos que si planteamos este tema aquí vamos a resolverlo y ponerlo al servicio de los trabajadores. Lo que ocurre es que tratar esto aquí, implica también brindar explicaciones a la población en general y poner de relieve lo que se está cocinando a espaldas de los ciudadanos” (actas taquigráficas de la sesión especial, 19/12/18). ¡Impresionante! Un modelo de agitación revolucionaria, que -aunque divulgado en redes- podría haber dado lugar a un volante con el título: “¿Por qué Macri y la pseudo-oposición no quieren que se discuta el acuerdo del FMI en el Congreso? Discurso de la diputada Romina del Plá (PO-FIT) en la sesión parlamentaria”. Si cada vez que vamos a plantear un problema y reclamamos su debate en el Congreso, estamos potenciando “ilusiones parlamentaristas”, casi sería mejor no entrar en el Congreso. Ya se ha dicho repetidas veces que el parlamentarismo está caduco históricamente, pero no políticamente. Porque hay grandes sectores de las masas (en Argentina, mayoritarios) que piensan que una bancada progresista u obrera podría resolver muchos de sus problemas. No ven aún la necesidad de superar este Estado capitalista que defiende el régimen de explotación de clase, por medio de otro, obrero y socialista, que abra el curso a la eliminación de la sociedad de clases. ¿Cuál es, entonces, la desviación parlamentarista de nuestra bancada? Usamos el Parlamento burgués para desnudar su esencia de clase, su impotencia, etc. En su intervención, Romina no se quedó sólo en la parte de denuncia, sino que también planteó que “se deben adoptar medidas de forma inmediata. En primer término, hay que frenar la fuga de capitales que se está produciendo en forma muy acelerada mediante el control del ingreso y egreso de divisas, y la nacionalización de la banca y el comercio exterior”. Desarrolló un programa transicional para enfrentar la crisis en marcha. Denunció la demagogia de “la totalidad de la oposición que ha sido pagadora serial de la deuda y no se ha distinguido en nada en este proceso” planteando que “no se trata de esperar hasta 2019”, propugnando la necesidad “de un paro activo nacional” y llamando a participar del Congreso Obrero de Lanús, que se hacía cuatro días después: “esta es la vía para derrotar al FMI, la intervención independiente de los trabajadores” (las citas son de las actas taquigráficas de la sesión nombrada). Reclamar que el Parlamento burgués discuta el endeudamiento nacional y denunciarlo porque sus bancadas mayoritarias no quieren hacer ese debate, es totalmente legítimo. Lenin denunciaba, por ejemplo, la quita de derechos políticos a los zemtvos (consejos municipales regimentados por el zarismo). Desde el punto de vista formal, si el gobierno no quiere debatir el acuerdo con el FMI y los empréstitos en el Congreso, debiera haber una rebelión popular contra una política autocrática que define por decreto, rompiendo con la propia legalidad burguesa, problemas centrales de la vida nacional. Tenemos que denunciar que la cesión de derechos fue en la época de Menem-Cavallo (con su ofensiva privatizadora y antiobrera) y que se sigue ejecutando -entregando al gobierno actual este “derecho”, por parte de una pseudo-oposición cómplice. Tal vez, hemos hecho menos de lo que debiéramos de haber hecho. Fue usado nuestro proyecto sólo como un recurso de denuncia y de combate contra la postración de la burguesía nacional frente al imperialismo del FMI. El Parlamento nacional, de mayoría opositora, todo el tiempo ha sido cómplice del Poder Ejecutivo y su política antiobrera, antipopular y antinacional. Primero a través de los acuerdos “a la carta”, luego aceptando los decretazos y los vetos. Pero hay que terminar de “agotarlo” tantas veces como sea necesario, hasta que las masas lo superen revolucionariamente. El agotamiento de las “ilusiones parlamentarias” no es una frase o una sentencia, es parte de una política obrera y socialista: las masas deben superar estas ilusiones a través de su propia experiencia y, en ese proceso, el papel del partido es fundamental. Ni oportunismo ni abstencionismo: una política de acción, de intervención revolucionaria, incluso en las instituciones del enemigo de clase. Yendo a nuestra propia historia, nuestro partido aprendió a utilizar la tribuna parlamentaria, cuando Altamira inauguró la primera experiencia en la materia, en la Legislatura porteña (si no contáramos la experiencia importante -pero circunstancial- de la Constituyente de Santa Cruz). En 2001, Altamira presentó un proyecto de declaración (23/3/01), donde planteábamos que exigíamos que la Legislatura funcione y “que delibere y se pronuncie frente a la crisis nacional. La soberanía de la ciudad, tantas veces declamada, debe traducirse efectivamente (…) reclamamos un pronunciamiento para que el poder político de la Nación y las provincias sea transferido a asambleas constituyentes libres y soberanas, en todas las provincias y en la Ciudad de Buenos Aires” (del Informe de Actividades al XII Congreso del Partido Obrero, votado por unanimidad, BI N° 4, 28/6/01). Y aunque la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires no tenía institucionalmente posibilidades de resolución, pedíamos que se pronunciara. Incluso criticando que -producto de la crisis en curso- hubiera dejado de reunirse durante dos semanas. Desde ningún punto de vista consideramos que esta posición asumida por Altamira era fomentar “Ilusiones parlamentarias”, sino usar el Parlamento para denunciar su impotencia, no como slogan genérico sino a través de la experiencia que no se quería pronunciar sobre la crisis nacional. ¿Y si se hubiese pronunciado? ¿La Legislatura lo hubiera hecho en el sentido del proyecto que presentamos de que el poder pasará a manos de una Asamblea Constituyente? Imposible: pero hubiera permitido que nuestra bancada (Altamira) aprovechara la oportunidad del debate para colocar en el banquillo de los acusados al régimen político y social capitalista, y llamado a encarar la lucha por la Constituyente. Sobre los referéndum Jorge Altamira, en el BI N° 23, se lanza a todo a un análisis histórico de cómo han sido usados los referéndums como apoyatura de gobiernos bonapartistas. Llega a plantear que “la dictadura del proletariado no se ejerce por medio del método del plebiscito popular (…) sino por medio de la deliberación de consejos obreros”. Pero no es esto lo que está en discusión: no defendemos un posible referéndum frente a una democracia soviética, sino frente a la conspiración del Poder Ejecutivo contra el pueblo y el propio parlamento cómplice. Siendo un arma privilegiada de los regímenes bonapartistas o de la impasse de gobiernos parlamentarios en torno de algún tema (Cafiero por la reforma constitucional en la provincia de Buenos Aires; Alfonsín por la aprobación de los acuerdos del Beagle; etc.), los revolucionarios no tenemos una estrategia de “democracia directa”, de consultas populares, que levantaron y/o levantan corrientes anarquistas (partidarios de la “derogación” del Estado y su reemplazo por utópicas comunas independientes), autonomistas o centroizquierdistas pseudo-progresistas cuyo horizonte programático es la reforma democratizante del Estado burgués. En todos los casos, somos partidarios de la lucha de clases, de la acción directa de la clase obrera y las masas para poner fin a la maquinaria del Estado burgués y reemplazarlo por un gobierno de trabajadores (sinónimo de dictadura del proletariado). Esta lucha de clases se da en todos los terrenos incluso en el parlamentario: por eso vamos a elecciones y hacemos elegir diputados de la clase obrera. Queremos que los obreros y el pueblo explotado se organicen en un partido para la transformación social, por el gobierno de trabajadores, y que cuando tengan que votar dentro de la sociedad burguesa lo hagan por partidos con un programa socialista revolucionario y no en torno de plebiscitos donde se pone en debate un solo tema. De los métodos electorales burgueses, el referéndum, en particular, se presta a la manipulación de las preguntas, debiendo contestar por sí o por no a las alternativas que plantea el poder. Digamos que todas las elecciones bajo el Estado burgués son manipuladas por la clase gobernante, no sólo a través de la legislación proscriptiva, sino por el dominio que ésta tiene de los medios de producción y del conjunto de la sociedad (prensa, etc.). El referéndum no es, desde este punto de vista, un caso especial. Hay que fijar posición frente a cada caso concreto, siguiendo con la norma elemental del marxismo que es el análisis socialista de la situación concreta en cada caso concreto. El referéndum es un arma de los regímenes bonapartistas para regimentar a las masas e impedir su desarrollo y organización independiente. También puede ser usado por la reacción para tratar de revertir una conquista impuesta por las masas y/o votada por un parlamento (Luis XVI fue condenado a la guillotina durante la Revolución Francesa, y el ala girondina exigió un referéndum como última forma de salvar la vida del rey y frenar la revolución. Como sabemos, fracasaron por el impulso “dictatorial” del ala jacobina y de las masas revolucionarias). Pero de la misma manera que usamos una elección parlamentaria o presidencial en favor de la organización y propaganda socialista, en ciertas condiciones también podemos usar el referéndum como un arma de desenmascaramiento de los propósitos burgueses. El proyecto que elaboró el PTS, y que nosotros acompañamos legislativamente, plantea convocar a una “consulta popular” de carácter vinculante, donde se vote por sí o por no, aceptar la firma del “pacto/acuerdo alcanzado entre el Poder Ejecutivo Nacional y el FMI”, en un plazo no mayor a los 60 días. ¿En qué marco se da este reclamo? En el que entre el 70 y 80% de la población ha manifestado -según todas las encuestas- su oposición al acuerdo con el FMI y al ajuste que esto implica. La misma causa por la cual el gobierno no quiere que el problema del acuerdo con el FMI se discuta y vote, concretamente, en el Congreso: para no acelerar una radicalización y movilización popular. Prefiere maniobrar en las trastiendas con empresarios, partidos y legisladores burgueses. ¿Cuál es la desviación oportunista o democratizante que denuncia Jorge Altamira? En el BI N° 23, el documento de Altamira dice: “¿Qué situación tenemos hoy? Una votación popular que derogue el acuerdo con el FMI sellaría la caída del gobierno”. Eso potenciaría nuestra intervención y radicalizaría a las masas obreras y explotadas: ahí sí que estaríamos ya con el planteo de “Fuera Macri” y el reclamo de una Asamblea Constituyente, luchando para hacer realidad este reclamo y ver qué gobierno convoca a esa Constituyente (no entramos en este debate, porque no es el objetivo de este documento). Jorge Altamira nos dice “si lo pierde (Macri a la Consulta), Argentina ingresaría en una crisis política que derivaría, alternativamente, en un gobierno de frente popular o en un bonapartismo de signo ‘populista’”. Eso, por supuesto, dependerá de la intervención de la clase obrera y de su vanguardia socialista revolucionaria (PO, FIT). Dicho así, no podríamos plantear “Fuera Macri” hasta tener disponibles órganos de poder. Pero la “Consulta Popular” no va a ser convocada por el gobierno de ninguna manera en las actuales circunstancias, porque podría tener estas consecuencias, detonar una crisis de régimen y sufrir una fuerte derrota en el marco de un ascenso de masas. La experiencia de Syriza El plebiscito que convocó Syriza fue un intento de convalidar el acuerdo “ajustador” del gobierno centroizquierdista con la Troika de la Unión Europea. Por supuesto, que nosotros no lo hubiéramos pedido en el marco del ascenso de masas en desarrollo. Pero el pueblo griego votó mayoritariamente el rechazo a ese acuerdo. Esto creó una crisis internacional: el mundo entero hablaba del plebiscito griego, antes, durante y después del mismo. Si triunfaba el Sí al acuerdo, el gobierno tenía el camino allanado. Toda la banca imperialista y nacional apoyó el Sí. El gobierno no hizo campaña por el No. Pero, triunfo el No. ¿Esto fue una táctica genial de Syriza? Como el Partido Obrero explicó muchas veces, el kerenskismo es débil sólo si hay un partido revolucionario que sepa intervenir, que haya preparado el terreno como corriente independiente. No de palabra, sino en los hechos, ligándose a las luchas de las masas y transitando con ellas sus experiencias más importantes con una política de independencia de clase. Frente a una oposición obrera pro-Syriza, el gobierno kerenskista saca recursos del Estado y de la burguesía nacional y mundial para maniobrar y estrangular el ascenso obrero. No “fue una maniobra” inteligente de un gobierno que buscó ese resultado. Fue una crisis que el gobierno afrontó tirándose a la pileta. Syriza se rompió. La impotencia de la oposición de izquierda hizo que luego ganara las elecciones Tsypras (las masas más atrasadas deben haber pensado que no había condiciones para derrotar el ajuste, porque no hubo un equipo capaz de enfrentar al gobierno y su traición, y que en ese caso era “mejor” que Tsypras negociara la entrega, apoyándose en el plebiscito opositor). De la misma manera que el freno del PC al Mayo francés y la desmovilización de la crisis revolucionaria hicieron que De Gaulle, luego de ser levantada la huelga general, ganara las elecciones que convocó inmediatamente después. Pero el caso de Syriza no viene a cuento con el proyecto que presentamos de que se discuta en el Congreso el acuerdo con el FMI y la Consulta para que el pueblo dictamine: fue usado como un arma contra el gobierno entreguista. Cuando Trotsky planteó impulsar un referéndum En 1937/8, Trotsky tuvo una polémica con el partido trostkista norteamericano, el Socialist Workers Party (SWP) sobre la necesidad de impulsar el proyecto de referéndum presentado ante la Cámara de Diputados yanqui, por un diputado demócrata, Ludlow, que exigía una “consulta” al pueblo norteamericano, antes de que el gobierno declarase la guerra. Era una época donde se estaba incubando la Segunda Guerra Mundial y el capital imperialista yanqui se aprestaba a intervenir, pero había una fuerte oposición popular. La dirección del SWP se opuso a apoyar esta iniciativa parlamentaria por una “consulta popular” en un tema tan importante. Trotsky rechazó esta oposición: consideró que el SWP debía estar a la vanguardia de esta campaña “para ayudar al hombre humilde para llevar a cabo su experiencia contra las pretensiones dictatoriales de las grandes empresas”. Trotsky reflexiona con el SWP: “¿El referéndum es una ilusión? No lo es, ni más ni menos, que el sufragio universal u otros recursos de la democracia. ¿Por qué no podemos usar el referéndum como usamos las elecciones presidenciales?”. Para Trotsky se trata de agotar la experiencia de las masas trabajadoras y explotadas: “La ilusión del hombre humilde americano también tiene sus características progresistas”… si las sabemos interpretar y utilizar. El SWP no tenía diputados en el parlamento yanqui. Después de un debate decidió cambiar de posición del rechazo a la abstención. Pero Trotsky insistió en el planteamiento y, finalmente, el SWP modificó su posición y lanzó (tardíamente) una campaña de agitación utilizando la consigna “Que el pueblo vote sobre la guerra”, en favor del citado referéndum popular. Finalmente, en enero de 1938. el Parlamento rechazó la enmienda Ludlow (aunque por escaso margen). Una semana antes, una encuesta de Gallup, señalaba que el 72% del pueblo norteamericano apoyaba el reclamo del referéndum contra la guerra. El único que tuvo una posición correcta en la dirección del SWP fue Burnham, un dirigente que se oponía a Trotsky y terminó rompiendo con él y la IV. La carta de Trotsky con su posición estaba dirigida a Cannon, entonces secretario del SWP, autorizándolo a que hiciera el uso más conveniente para la unidad del partido, frente a un problema que ya había sido votado. Cannon resolvió mostrar el documento y reabrió el debate logrando hacer cambiar de posición al SWP. ¿La primera vez? Jorge Altamira nos dice (BI N° 22): “Sería la primera vez que nuestro partido apoya una ‘consulta’ -de estas características o cualquier otra; del mismo modo que ´los derechos no se plebiscitan´, tampoco lo hacen las reivindicaciones políticas de la clase obrera”. Es un enfoque de doctrina contra la posibilidad de que el partido en situaciones determinadas apele a este instrumento de la democracia burguesa para desarrollar una campaña política en sus propios términos y superar ilusiones de tipo democráticas, o mejor aún hacer chocar una voluntad popular contra el poder político de la burguesía. Fue Jorge Altamira mismo quien impulsó el planteo de Consulta Popular cuando era miembro del Comité Ejecutivo, en 2014. El llamó directamente a nuestra bancada (Pitrola) en el Parlamento, para plantear -en el transcurso del debate parlamentario que se estaba desarrollando- una Consulta Popular si se aceptaba el pago o no a los fondos buitre. ¿Cuál es la diferencia con el planteo que se desarrolló en la sesión del 19/6/18? Como hay que estudiar cada situación no con un cliché, sino analizando la situación concreta, tenemos que decir que el gobierno enarboló el planteo de negociar el pago de la pretendida deuda (leonina) con los fondos buitre, luego del fallo Griessa, para recuperar el crédito y la confianza internacional (imperialista). Todo indica que si hubiera habido una Consulta Popular, es más que probable que el gobierno hubiera ganado la misma y ratificado plebiscitariamente su accionar. Pero el gobierno nac&pop y la burguesía no querían esto: no querían dejar el antecedente de que el pueblo interviniera (aún manipulada y deformadamente) en la “resolución de los problemas nacionales”. Siendo un gobierno de carácter bonapartista, de poder personal, defendió que el pueblo no gobierna sino por medio de sus representantes. En aquel momento, la dirección y el bloque parlamentario del partido caracterizaron que si se daba la alternativa de una Consulta y perdíamos, nadie nos iba a quitar los 60 días de fuerte agitación anti-imperialista que hubieran propulsado al partido y al FIT como una alternativa nacional de masas. Aunque se corría el riesgo de que se fortaleciera el “bonapartismo tardío” de CFK. Fue una posición correcta que reivindica los métodos concretos de intervención del partido frente a los hechos concretos de la crisis. El Comité Nacional aprobó en su reunión del 29/6/14 esta orientación (con el voto de Altamira) en términos semejantes a los adoptados en esta oportunidad: “reivindicamos el valor de la consigna del ‘referendo’ o consulta popular para resolver si debe pagarse o no la deuda, pues apunta a cuestionar que la decisión sobre un tema crucial para la vida de las masas sea tomada por una pequeña camarilla, la mayor parte de ella no electa por nadie y responsable de habernos conducido a la crisis actual. Este manejo conspirativo se extiende al conjunto de la cuestión de la deuda, cuyo carácter y condiciones son secretas. Junto con el referéndum, reclamamos que se den a conocer todos los contratos de deuda, así como los actuales tenedores de los títulos. El planteo de referéndum no condiciona ni se opone al del repudio de la deuda; por el contrario, busca ampliar su campo de lucha: reclamamos que en una amplia deliberación popular cada corriente exponga sus planteos y que el pueblo decida” (BI N° 18, 3/7/14). Jorge Altamira escribió entonces en Prensa Obrera, una nota editorial (PO, 3/7/14) planteando: “Que el pueblo decida: por un plebiscito sobre el fallo yanqui y la deuda externa”. (De paso: fijémonos que Jorge Altamira no dice deuda pública, esto porque popularmente anular la deuda externa es anular la deuda con el gran capital nacional y extranjero expresada ahora mayoritariamente en bonos que se transan en el mercado financiero: se usan como sinónimos políticos de deuda pública, salvo que se demuestre que hay intención de respetar la deuda pública en moneda nacional en beneficio de algún sector burgués ‘nacional’. Esta es otra de las acusaciones de Jorge Altamira: que el proyecto del Partido Obrero plantea contra la deuda externa, en lugar de decir la deuda pública, introduciendo la sospecha si estamos a favor del capital nacional. Como partido hemos fijado doctrina que respetaríamos las tenencias de los jubilados y pequeños ahorristas.) Arbitraria diferenciación sobre la oposición popular El 70-80% de la población manifestó su oposición al acuerdo con el FMI, según encuestas y análisis periodísticos. Se trata de un repudio popular que acentuó el desplazamiento político de amplios sectores populares contra el gobierno, que ya se había manifestado en diciembre contra las reformas que originaron las grandes acciones de lucha. La expresión usada en diversos materiales partidarios en el sentido de que “se ha reforzado la oposición popular” para definir este cuadro es tomada en el sentido capcioso de que se han reforzado los partidos políticos opositores, que jamás hemos caracterizado de “populares” sino de partidos capitalistas. Constituye un abuso arbitrario decir que aquella expresión es un apoyo al kirchnerismo. Por otro lado, no es sólo la clase obrera (que incluso, por insuficiencia, sólo se ha pronunciado minoritariamente al respecto, regimentada como está por la burocracia), sino los estudiantes, los jubilados, la clase media, etc., los que han manifestado su oposición al acuerdo con el FMI. El kirchnerismo no adhirió al proyecto presentado por las dos bancadas del FIT en el Congreso. ¿Por qué entregar al kirchnerismo el diploma de que representa a la oposición popular frente al pacto con el FMI? Al contrario, esa oposición popular al rescate del FMI y los desplazamientos contra Macri son un campo político de disputa con todas las alas del peronismo y especialmente con el kirchnerismo que, naturalmente, y mientras la lucha obrera y de masas no pegue un salto, canalizan mayoritariamente. En los principios del marxismo está la agitación socialista sobre todas las capas de la población. ¿ Parlamentarismo de la bancada del Partido Obrero vs. acción directa del Partido Obrero en el Congreso Obrero reivindicativo? Altamira nos dice: “¿Por qué no proponen un congreso por el plebiscito en lugar del Congreso Obrero reivindicativo de Lanús?” (BI N° 23). Esto tiene más errores que palabras. El partido fue el principal organizador del Congreso Obrero, que reunió una considerable cantidad de fuerzas que se reclaman antiburocráticas, combativas y/o clasistas. Y de la lucha política que hemos dado por su realización y su programa. Es un congreso que se inscribe en los congresos históricos que hicieron en el país la izquierda (Sitrac-Sitram, Villa Constitución, etc.), que tomamos como antecedentes de lucha por la independencia de clase. ¿Por qué insiste Jorge Altamira en caracterizarlo-rebajarlo como un congreso “reivindicativo”? El congreso adoptó una resolución donde no sólo se levanta un importante programa reivindicativo, sino una serie de puntos transicionales frente a la crisis (no pago de la deuda, abajo el pacto con el FMI, nacionalización de la banca y el comercio exterior, etc.). Y se pronuncia “por la independencia política de los trabajadores”, “por una salida obrera para que la crisis la paguen los capitalistas” mediante “un plan económico dirigido por los trabajadores”. Si no pudo avanzar más en dos puntos centrales para una estrategia socialista revolucionaria -congreso de bases, gobierno de trabajadores- fue por la oposición de Izquierda Socialista y algún otro sector. Esto fue analizado y seguido en los densos debates preparatorios del Congreso de Lanús y consideramos importante avanzar igualmente en una organización y movimiento de lucha de frente único, influenciado directamente por el partido. El PTS saboteó este congreso y es duramente criticado por nosotros por oponerse a poner en pie, en frente único, una fuerza obrera independiente. El arte de un partido proletario es organizar y sumar fuerzas para la lucha contra el capitalismo: en el Parlamento establecimos un acuerdo en torno de un proyecto contra la deuda; en el Congreso Obrero, un acuerdo para impulsar la movilización independiente de los trabajadores. Cada uno de estos acuerdos fue con un integrante diferente del FIT. ¿Es una táctica de la dirección? ¿O Jorge Altamira no conoce acaso que la mesa del FIT tiene un funcionamiento no sistemático -por supuesto, sin actas- reflejando diferencias políticas? Hemos propuesto, en junio, convocar a un acto político del FIT, rechazado; luego el 9 de julio, también rechazado: ahora acabamos de recibir una carta pública de la dirección del PTS aceptando convocar un acto en un estadio, cuando la crisis que llevó al rescate del FMI lleva meses. El Partido Obrero no plebiscita la lucha Jorge Altamira mete por la ventana un nuevo ataque ya no a la Consulta contra el pacto con el FMI sino, otra vez, en un sentido doctrinario escrito en mármol: con el planteo que “los derechos no se plebiscitan”. Altamira afirma: “Llama inevitablemente la atención de que se considere oportuno un proyecto de consulta popular luego de la feroz polémica del movimiento de mujeres contra la posibilidad de que el derecho al aborto fuera sometido a plebiscito. ‘Los derechos no se plebiscitan’ -dijeron, ni siquiera, añado, frente a un gobierno en derrumbe y el reforzamiento de la oposición popular”. Esta insinuación de Altamira, ¿se hace eco de la campaña contra en el partido, la UJS y el PdT que lanzaron sectores intrigantes, como el MST, para impugnar el fuerte trabajo de organización de plebiscitos en decenas de colegios y universidades por el derecho al aborto, y donde miles de votantes se pronunciaron por el Sí? Esta campaña ha amplificado la organización y movilización de la juventud por el derecho al aborto. Hemos debatido en el Comité Nacional que, si incluso en alguna fábrica fuera derrotada -en el marco de un plebiscito- la moción y triunfara el No, sería un progreso organizar a los que hicieron campaña y votaron por el Sí. El Partido Obrero ha estado a la cabeza de la movilización independiente. No ha habido ninguna campaña por una Consulta Popular para definir el derecho al aborto, hasta agotar el debate en el Parlamento y jugar todas las fichas para arrancarlo en esta lucha. Todas las fichas del partido dentro del amplio frente único que se constituyó en torno de la Campaña se basa (con graves crisis y discusiones internas que hemos ido reflejando) en la movilización de masas. Si se intentara levantar esta campaña de movilización para que se apruebe el derecho al aborto, por una Consulta Popular, nos opondríamos y la criticaríamos por desmovilizadora. Pero si sale derrotado del Senado, el proyecto con media sanción de Diputados, es legítimo abrir el debate sobre la convocatoria a una consulta popular para dar continuidad y objetivos al movimiento de masas, y no diluirlo en la perspectiva electoral 2019, como se inclinan las fuerzas dominantes de organizaciones participantes. En Irlanda, la Consulta dio un masivo 70% por el Sí al derecho al aborto y, seguramente, habríamos estado en primera fila organizando el voto masivo. Todo depende del análisis concreto de la situación concreta. Por algo lo hemos reivindicado en la declaración internacional publicada en Prensa Obrera. 7/8/18

1 de agosto de 2019
Un balance crítico al informe de la Asamblea Nacional Parlamentaria

El informe del plenario nacional parlamentario, del jueves 4 de octubre, plantea “…una labor parlamentaria que examinamos y ponemos a debate del partido. Como así también de la agenda del próximo período”. En función de ello van mis aportes críticos al mismo. La cuestión de la Asamblea Constituyente: el documento, en sus 19 páginas, enumera las iniciativas en los distintos escenarios donde han tenido que desenvolver su acción nuestros parlamentarios. Sin embargo, si entendemos a la acción parlamentaria como un factor de agitación política, lo primero que salta a la vista es que nuestra acción parlamentaria adoleció de un planteamiento político de fondo y de conjunto frente a la crisis. Se señala que se ha incorporado el planteo de Asamblea Constituyente al sistema de consignas y en la página 2 se destaca que “no se debe perder de vista la necesidad de combinar cada reclamo reivindicativo con un planteo político de fondo, es decir, de poder para la clase obrera”. Esto es, precisamente, lo que estuvo ausente en toda nuestra acción parlamentaria. No sólo cuando el partido carecía de un planteo de salida política de conjunto frente a la crisis en desarrollo, sino también cuando decidió incorporar el planteo de la “Asamblea Constituyente con poder” al sistema de consignas. El informe de la asamblea parlamentaria no da un solo ejemplo de que alguno de nuestros parlamentarios haya planteado en sus discursos o en los fundamentos de sus iniciativas legislativas esta salida. Es lo contrario de lo ocurrido en 2001/2, cuando nos valimos de la Legislatura porteña para llevar adelante el planteo estratégico del partido -“fuera De la Rúa, por una Asamblea Constituyente soberana”-, usando la tribuna parlamentaria como vector de nuestra política. En aquella experiencia, nunca abandonamos el impulso de una legislación concreta (el caso de las seis horas del subte, e incluso otras que pretendíamos que quedaran registradas para fijar nuestra trayectoria), pero primó la utilización del Parlamento como tribuna política y como usina de proyectos legislativos. La exposición de nuestra caracterización política en ese recinto debe concluir siempre con nuestra consigna estratégica -“Asamblea Constituyente soberana, gobierno de trabajadores”-, pues ¿de qué otro modo podemos popularizarla, explicar su contenido y función, llevarla al debate en todas las clases sociales? Sobre el presupuesto: colocado como unos de los temas centrales de la intervención parlamentaria y de la agenda próxima a escala nacional y las provincias, se señala que “el debate en torno del Presupuesto en cada legislatura nos ofrece a los revolucionarios la posibilidad de intervenir con un programa socialista y desenvolver un planteo de salida de los trabajadores”. A la hora de explicitar cuál sería ese programa se plantea que “desde nuestras bancas debemos promover el rechazo al presupuesto fondomonetarista de guerra contra los trabajadores, como parte de una campaña política nacional, en el movimiento obrero y en todos los organismos legislativos. Pero es fundamental asociarlo a la reapertura de paritarias, al reparto de las horas de trabajo sin afectar el salario, a la duplicación de la jubilación mínima y los planes sociales, es decir a las reivindicaciones vitales de los trabajadores, que son motoras de su accionar” (pág. 5). ¿Qué hay aquí del programa socialista y de la salida política de los trabajadores? La denuncia del “plan de guerra” es una oportunidad magnífica para entrar en el terreno de la política socialista. Un presupuesto, bajo un gobierno de trabajadores, se confeccionaría de arriba-abajo, no al revés -desde los círculos financieros y el FMI hacia los punteros patronales del Parlamento-, y sería discutido por un Congreso de Trabajadores, que es una consigna histórica de nuestro partido. El planteo del “Fuera Macri… por una Asamblea Constituyente” que reivindica el texto en este capítulo no tuvo correlato en el debate sobre el Presupuesto. En todo el informe no se dan ejemplos de una intervención en esta línea y del tiempo dedicado a su explicación; tampoco se dice cuál fue la repercusión. Las intervenciones se limitaron a desplegar la denuncia del carácter fondomonetarista y ajustador del Presupuesto -o sea, de un discurso nacionalista y sindical combativo. Lo que importa es decir lo siguiente: “nosotros, que estamos luchando por la reapertura de las paritarias, en contra de la burocracia que ustedes apoyan y subsidian, y que luchamos por el salario y jubilación mínimas, en contra de la política de miseria de ustedes y el gobierno, denunciamos que el capitalismo se encuentra en un impasse mortal y no dará satisfacción a las necesidades populares; planteamos ´fuera Macri y los gobernadores, por una Asamblea Constituyente con poder y un gobierno de trabajadores´”. Si los trabajadores son divididos y contenidos por la burocracia sindical, y no encuentran la salida que buscan, es tarea de la agitación política y la denuncia parlamentaria explicar las razones y ofrecer una salida obrera de conjunto. El día de la concentración en el Congreso, la columna del Partido Obrero debería haber ingresado con un cartel gigante que planteara “Fuera Macri y los gobernadores, peones del FMI, por una Asamblea Constituyente con poder”. Corrupción: en la caracterización sobre la cuestión de la corrupción (página 6) se señala que “Se trata de una guerra de bandas capitalistas que tiene origen, como en Brasil, en un movimiento continental del imperialismo norteamericano, en particular para desplazar a sectores como los chinos y forzar a los grupos locales a asociarse a las empresas yanquis”. El planteo del texto no hace referencia a la aplicación persecutoria de la prisión preventiva, como medio de extorsión política, ni a la corruptela del sistema de “arrepentidos” y la consecuente amnistía de los capitales procesados. No hace a la radiografía marxista del capitalismo ni le opone el gobierno de los trabajadores. Más allá de la discrepancia metodológica que pongo en evidencia, se percibe aquí la ausencia de un trabajo de preparación sistemática de los planteos a llevar, y el recurso rápido hacia las consignas cotidianas. La crisis de los “cuadernos” iluminó como nunca que no sólo al personal político de los partidos que dominan la política en el país, sino el papel de los servicios de inteligencia nacionales y extranjeros -los mismos que ejercen el espionaje y la infiltración contra la izquierda. El involucramiento de la llamada burguesía nacional deja la mesa servida para desplegar una crítica implacable al régimen político y a su base social. El informe, en este sentido, no registra que se hayan desplegado nuestros planteamientos de poder desde la tribuna parlamentaria. Los acuerdos con el PTS: en el informe se reivindica el acompañamiento al proyecto del PTS de impulsar una “consulta popular para denunciar la política colonial de endeudamiento, sin por ello compartir sus fundamentos democratizantes”. Este distanciamiento de los planteos democratizantes no ha aparecido ni se ha manifestado en la prensa y tampoco en algún boletín interno, solamente en la crítica de Altamira: tomamos conocimiento de ella, incluido el propio Comité Nacional por una nota publicada en La Izquierda Diario, que enseguida tampoco se empeñó en seguir difundiendo el planteo. No sólo eso. El informe parlamentario no brinda ningún balance de la suerte de esa iniciativa ni de por qué la iniciativa nunca figuró y tampoco ahora en la agenda de campañas que se propone en el informe. El proyecto de ley ha quedado efectivamente confinado al archivo del Parlamento, lo cual es un contrasentido lógico. Cuando se acordó esta iniciativa con el PTS, existía una oposición a caracterizar una crisis de régimen político y al planteo de “Fuera Macri…. por una Asamblea Constituyente soberana. Por un gobierno de trabajadores”. El replanteo en la caracterización y las consignas muestra el paso en falso de que nos sumáramos a un planteo del PTS, que reivindica un método democratizante, cuando más hay que llamar al desarrollo de los métodos históricos de lucha de la clase obrera. Hemos introducido una confusión en la delimitación con un partido centrista, que ahora agita en forma faccional un partido único, alegando la coincidencia de programa y métodos. El proyecto del PTS se presentó cuando el acuerdo con el FMI ya estaba firmado y el descontento popular iba in crescendo. La Asamblea no abrió una discusión acerca de la polémica iniciada por las críticas de Altamira publicadas en boletines internos a esos proyectos. En esa crítica hay una cuestión metodológica valiosa para todo nuestro trabajo en el Congreso de aquí en adelante. Por caso, la denuncia de que la deuda “no pasa por el Congreso” es válida como agitación contra el Estado, mostrando su carácter conspirativo, despótico, etc. Otra cosa es hacer -como hicimos- un proyecto para “que pase por el Congreso”; o sea, reclamar para el Parlamento la función de árbitro de la crisis política. En su gira por Tucumán, Altamira denunció en los medios que el principal opositor al tratamiento del acuerdo con el FMI por el Congreso era el mismo peronismo, que no quería delatarse ante los trabajadores votando a favor. Otros acuerdos con el PTS: el informe, en su página 9, informa de otro acuerdo de ley impulsado por el PTS, al que critica por su alcance limitado. ¿El Comité Nacional tuvo conocimiento de este nuevo acuerdo? La dirección del partido aparece completamente ausente en la responsabilidad de fijar la estrategia parlamentaria. ¿Esto representa, por sí mismo, un desvío estratégico fundamental? ¿Apoyamos el proyecto y sus fundamentos? ¿Cuáles son esos fundamentos? ¿Cuál era la necesidad de apoyarlo y, si se justificaba, qué campaña se impulsó a partir de ello? ¿O los acuerdos con el PTS son intramuros? Sobre la lucha por el aborto legal: en la página 7, que hace referencia a la lucha por el aborto legal, se plantea que “la intensa movilización y el debate abierto en estos meses mostró enormes potencialidades de cuestionamiento a un régimen social de conjunto, que el Partido Obrero y sus parlamentarios hemos explotado desde un primer momento”. Es cierto, ciento por ciento, que no hemos perdido ninguna ocasión para intervenir en ese movimiento, en todos los aspectos, incluso el parlamentario. Sin embargo, no hay señalamientos concretos del contenido socialista de esa explotación. Es un tema para otro documento, porque desde hace tiempo hay una discrepancia manifiesta en el tema de la opresión de la mujer, como se expresa en las tendencias a presentarla como un tema de género y no de la historia del antagonismo y la lucha de clases. No tengo dudas que la utilización del Parlamento para desarrollar una propaganda y agitación socialista sobre la cuestión de la mujer habría puesto claridad a la estrategia de la “sororidad”. En la página 8, sobre el mismo tema, pero haciendo referencia al planteo sobre la Consulta Popular Vinculante, se destaca que “No obstante, la negativa de las dirigentes de la Campaña y sus partidos ha hecho entrar la campaña en un impasse. La presentación de un proyecto por la Consulta Popular Vinculante en el Congreso y las legislaturas en este marco no tendría mayores chances. No obstante, sigue estando en agenda la posibilidad de avanzar con la presentación de un proyecto sobre la consulta, que sirva para una agitación política parlamentaria, como complemento de la campaña en los lugares de estudio, trabajo y las barriadas -y que dé cuenta de la seriedad de nuestra lucha por conquistar sin dilaciones el aborto legal”. Este planteo requiere una discusión política urgente, pues se arriesga a promover en forma faccional un asunto político que requiere antes obtener un acuerdo de los sectores más avanzados del movimiento de la mujer. Estaríamos aquí ante un caso de “apresuramiento parlamentarista”, que empeoraría el parlamentarismo mismo. La parte final del texto de este capítulo de la asamblea parlamentaria del partido hace, a modo de conclusión, un conjunto de planteos, pero desliga la lucha por el aborto legal y seguro de una lucha por una salida de conjunto: “Fuera Macri… por una Constituyente con poder”. Este planteo nuestro adquiere una relevancia mayor a partir del acercamiento del kirchnerismo verde al Vaticano, por intermedio de Grabois y compañía. Llegado a este punto, ¿cuáles conclusiones se imponen? Primero: el Comité Nacional tiene la responsabilidad de establecer la política parlamentaria, por escrito, y discutir en forma regular su desarrollo. La asamblea parlamentaria del partido debe tener un carácter periódico. Desde el congreso partidario es la primera y va a ser la única asamblea nacional parlamentaria en el año (la próxima está convocada para febrero de 2019). El documento de su convocatoria fue enviado sin discusión previa en el Comité Nacional, sin tiempo para la discusión y la elaboración de textos alternativos, por parte de los equipos parlamentarios del conjunto del país. Las conclusiones y agenda que fueron publicadas en el BI N° 34 tampoco fueron debatidas y aprobadas por el Comité Nacional. De nuevo, un método intramuros. La asamblea duró medio día. Segundo: el trabajo parlamentario y su vinculación con los comités. El partido no tiene un balance de si se ha valido o no de la acción parlamentaria desplegada para su desarrollo. La acción legislativa debe tener como norte impulsar campañas de agitación política, precisar los objetivos políticos organizativos a alcanzar y balancear sus resultados. El informe da cuenta de numerosas iniciativas que no dieron lugar a ninguna campaña de agitación -o sea, que quedaron encerradas en cuatro paredes. El informe señala, en la página 14, en el capítulo sobre “La ligazón con el movimiento obrero y popular” que “nuestro punto más débil ha sido la incapacidad en muchos casos de dar continuidad a varias campañas en función de reforzar los frentes de trabajo partidario en cada sector. En parte por el desborde de un equipo pequeño de trabajo en el Parlamento, cuyos miembros a su vez toman otras tareas -empezando por la diputada y secretaria general del Suteba Matanza- pero también por la falta de un mecanismo más aceitado de colaboración con el trabajo legislativo de muchos frentes del partido”. No se trata de dificultad de colaboración de los frentes del partido con el trabajo legislativo, sino al revés, de cómo las iniciativas parlamentarias se vinculan con la estrategia política y desechan la improvisación, y salen anticipadamente a su presentación, para encarnar en campañas partidarias. Un planteo parlamentario que no puede ser convertido en agitación política, es un contrasentido metodológico para cualquier bolchevique. Las iniciativas particulares o específicas deben partir de los equipos parlamentarios, sí, pero sobre la base de una política parlamentaria de conjunto votada por el Comité Nacional. El capítulo “Participación de legisladores en las luchas y reclutamiento” plantea que “hemos logrado en muchos casos convertirnos en voceros y representantes de importantes luchas, tal como se deriva de este documento. Sin embargo, no tenemos sistematizado informes sobre el resultado proselitista de estas luchas…”. Se pregunta, concretamente, si hemos reclutado o no, con una respuesta obvia. Esto demuestra que la actividad parlamentaria debe involucrar la intervención de todo el partido, a partir de los documentos de política parlamentaria votados por el Comité Nacional y de la agenda parlamentaria que deben presentar con tiempo los equipos respectivos. Con saludos socialistas a toda la militancia. 21/11/18

1 de agosto de 2019
Una falsificación liquidacionista, respuesta a Daniel Blanco

El documento presentado por Daniel Blanco va más allá de la crítica a la Asamblea parlamentaria, a la fracción parlamentaria, al Comité Nacional-Comité Ejecutivo y a Romina Del Plá. Es un texto basado en la falsificación de la actividad parlamentaria de quince años, en particular de los últimos cuatro años en el Congreso y una completa negación de la real labor en Diputados en 2018. En lugar de una crítica marxista, ha resultado un texto liquidacionista que, en su estructura, adicionalmente, coloca al autor al borde del culto a la personalidad. Sobre la consigna de poder El autor arranca repitiendo un error (ya refutado) inscripto en el documento de Marcelo Ramal. A saber que, antes de la incorporación de la Asamblea Constituyente, el Partido Obrero carecía de consigna de poder. Teníamos y tenemos el gobierno de los trabajadores como consigna de poder, que ha sido la vara rectora del parlamentarismo revolucionario que hemos ejercido desde el ingreso a la Cámara de Diputados, desde el ingreso a la Legislatura porteña, en quince años de intervención parlamentaria en Salta y en todas las legislaturas y concejos deliberantes del país. No es motivo de este documento, pero queda planteado el error de elevar la Asamblea Constituyente, máximo órgano de la democracia burguesa, a la categoría de salida de poder de los trabajadores, cuando es una consigna democrática extrema -en su calidad de asamblea libre, soberana y con poder político-, de transición, para mejor luchar por el gobierno de los trabajadores que, en condiciones de una crisis excepcional, intervención de las masas mediante, puede desembocar en una crisis de poder. Los socialistas apelamos a ella para mejor promover la intervención de las masas y facilitar el tránsito a la “consigna de fondo y de poder” que tuvimos y tenemos, que es el gobierno de los trabajadores. El eje de la crítica es que no se usa la actividad parlamentaria para una agitación revolucionaria y en particular con la Constituyente, lo cual, como veremos no es cierto. Daniel Blanco dice que “el informe de la asamblea parlamentaria no da un solo ejemplo de que alguno de nuestros parlamentarios haya planteado en sus discursos o en los fundamentos de sus iniciativas legislativas esta salida”. Pero cuando se reunió la Asamblea parlamentaria no había comenzado la discusión del Presupuesto, así de absurdo es lo que estamos discutiendo. Pero, Daniel Blanco no se ha tomado el trabajo de escuchar los discursos de Romina Del Plá, que están a disposición de todo el partido en su Facebook, en el del partido y otros sitios. Y si no, en las actas taquigráficas de libre disposición y que, si tenía dificultades para obtenerlas, pudo pedir al equipo parlamentario. Sobre el debate del Presupuesto, hace una cita parcial donde contrastamos un conjunto de reivindicaciones obreras vitales, diciendo que no hay en ellas un programa socialista. Pero es una completa falsificación porque el texto explica que haremos eje en su carácter fondomonetarista y en el problema de la deuda, que es el eje de la crisis y del ajuste; basta recordar que 746.000 mil millones han ido al pago de la deuda externa. El carácter “sindical combativo y nacionalista” que se le imputa a las intervenciones de Romina constituye un desconocimiento del nacionalismo burgués en general y de la versión degradada de los nac&pop kirchneristas, que jamás han planteado ni la ruptura con el FMI ni el no pago de la deuda. Atribuir un carácter “sindical combativo y nacionalista” a estas consignas que hemos vinculado con un planteo de poder es desconocer por completo el Programa de Transición, en un cuadro de bancarrota capitalista. Es, por otra parte, una concesión mortal al nacionalismo. Se trata de un razonamiento propio de una secta propagandística y no de un partido de combate, que busca movilizar a las masas contra el Estado y sus partidos. Daniel Blanco se refiere de manera muy confusa a la cuestión de los presupuestos de la burguesía y de un eventual gobierno de trabajadores: “Un presupuesto, bajo un gobierno de trabajadores, se confeccionaría de arriba-abajo, no al revés -desde los círculos financieros y el FMI hacia los punteros patronales del Parlamento-, y sería discutido por un Congreso de Trabajadores, que es una consigna histórica de nuestro partido”. No se entiende, el de la burguesía es de arriba-abajo. ¿El de los trabajadores es de abajo-arriba? ¿Esto quiso decir? En cualquier caso, vale una reflexión. Un Estado obrero es transicional por definición y conserva un componente inevitablemente burgués, en tanto es un Estado de dominación de clase (El Estado y la Revolución, Lenin) y debe reorganizar las fuerzas productivas mediante la dictadura del proletariado. Dicho de otro modo, hasta alcanzar una sociedad de sobreproducción, cada fábrica no podría fijar, por ejemplo, su propio salario sino en función del desarrollo de conjunto de las fuerzas productivas. La economía planificada es centralizada, aunque su planificación surja de un poder soviético -es decir, de un poder “desde abajo”. Esto será así hasta que el desarrollo de las fuerzas productivas y la desaparición de las clases permitan dar a “cada cual según su necesidad y de cuál según su capacidad”. Si lo que Daniel Blanco quiere decir es que la clase obrera hace un presupuesto de abajo-arriba caeríamos en una idea bakuninista, algo ajeno a nuestra tradición teórica. Además del hecho de que hemos contrastado en todo momento un plan económico integral de la clase obrera de salida a la crisis: impuestos progresivos a las grandes fortunas y rentas, nacionalización de los recursos estratégicos y las privatizadas bajo gestión obrera, apertura de libros, devolución de la Anses a un directorio de trabajadores y jubilados, y reposición de los aportes patronales, obra pública bajo gestión del Estado y con control obrero, etc. Romina no ha usado la Constituyente en un sentido democratizante como se deduce del texto de Blanco, donde sugestivamente nunca aparece condicionada a la acción directa de la clase obrera, es decir al paro activo de 36 horas, el plan de lucha y la huelga general, condición de una caída del gobierno para que el “fuera Macri” no sea un taparrabos electoral. De manera que la agitación política ha sido la de un partido socialista que interviene en la institución parlamentaria desde la reivindicación de la acción directa de las masas. Cosa que hizo y especialmente remarcó también en el debate sobre el FMI, en ocasión de la sesión especial de la que fuimos parte. Ella planteó sistemáticamente el paro activo, la huelga general y el congreso de bases, y aun reivindicó el Plenario de Lanús, explicando que allí discutimos ese camino con el clasismo. Somos los mismos socialistas de los sindicatos que en el Plenario de Lanús defendimos la consigna de gobierno de trabajadores contra el boicot a esa perspectiva por parte de Izquierda Socialista. Vamos a las citas de Romina Del Plá… Daniel Blanco dice en la parte fundamental de su texto que, en el debate del Presupuesto en el Congreso, “lo primero que salta a la vista es que nuestra acción parlamentaria adoleció de un planteamiento político de fondo y de conjunto frente a la crisis”. Y que a pesar de que el informe afirma metodológicamente “la necesidad de combinar cada reclamo reivindicativo con un planteo político de fondo, es decir, de poder para la clase obrera. Esto es precisamente lo que estuvo ausente en toda nuestra acción parlamentaria”. Y afirma: “El informe de la asamblea parlamentaria no da un solo ejemplo de que alguno de nuestros parlamentarios haya planteado en sus discursos o en los fundamentos de sus iniciativas legislativas esta salida. Es lo contrario de lo ocurrido en 2001/2”. Veamos: en la sesión donde se votó el Presupuesto, Romina del Plá manifestó: “¿Quién va a sacar a la Argentina de la crisis que está enfrentando? ¿Lo harán los que salvan a los banqueros y exportadores? De ninguna manera. Entonces, como entendemos que este gobierno está agotado, debe celebrarse una Asamblea Constituyente soberana con poder para adoptar las medidas de emergencia que sean necesarias, como por ejemplo aquéllas que impliquen nacionalizar la banca, el comercio exterior y las empresas hidrocarburíferas, frenar el drenaje de capitales y establecer un aumento general de los salarios y las jubilaciones para que recuperen su poder adquisitivo” (extraído de las actas taquigráficas, 25/10/18). Discurso desarrollado en medio de denuncias -y de la participación directa de Romina- sobre la fuerte represión contra la manifestación de repudio. «Por último, creo que este Presupuesto plantea a trabajadoras y trabajadores la necesidad de intervenir fuertemente contra su aprobación. Por eso, pensamos en la necesidad de desarrollar una nueva movilización de rechazo y repudio, porque es claro que la solución no va a pasar por nuevos acuerdos que haga el gobierno ni por su intento de presentar una salida a la crisis; pasará por una cantidad de medidas de emergencia que podrán ser llevadas adelante sólo por una Asamblea Constituyente, libre, soberana y con poder que reemplace a este gobierno” (extraído de las actas taquigráficas de la sesión de Comisión de Presupuesto, 26/9/18). «Desde nuestro punto de vista, hay que discutir una reestructuración general de la situación y no lo decimos como un eslogan. Efectivamente, está planteado que esto no siga el derrotero que están planteando. Este problema tiene que abordarse desde una Asamblea Constituyente, para que discuta las medidas de emergencia tendientes a frenar este drenaje de la riqueza del país que se está produciendo” (extraído de las actas taquigráficas de la sesión de Comisión de Presupuesto, 4/10/18). «Notamos la existencia de una oposición entre los derechos de la mayoría de la población y los intereses que defiende el gobierno y la oposición que los acompaña. En ese punto creo que cada vez más llegamos a la conclusión de que, efectivamente, la continuidad de este gobierno va en contra de los intereses de la mayoría de la población. Por eso nos movilizaremos masivamente el 24, porque entendemos que es la única forma de rechazar este Presupuesto. Debemos empezar a discutir los trabajadores, la juventud y los jubilados acerca de la necesidad de poner en pie una Asamblea Constituyente. Esa Asamblea debe tomar medidas de emergencia que nos saquen de este vaciamiento de las riquezas del país y de sus gravísimas consecuencias para los trabajadores y la juventud, donde nos está llevando este gobierno que está agotado” (extraído de las actas taquigráficas de la sesión de Comisión de Presupuesto, 18/10/18). Daniel Blanco dice: “pero (en 2000/2003) primó la utilización del Parlamento como tribuna política y como usina de proyectos legislativos”. En el Parlamento nacional tenemos más de cien proyectos legislativos que han canalizado una vasta agitación política y han sido el material de casi un centenar de audiencias públicas con movimientos populares de todo orden, empezando por el movimiento obrero. A un promedio de 60 personas por audiencia, han pasado por ellas más de cinco mil personas (con repeticiones desde ya), un trabajo político descomunal, que reconocen propios y extraños, y que tiene réplica en la Legislatura bonaerense, en la de de la Ciudad de Buenos Aires y en todo el país. ¿De qué habla? Nuestra lucha socialista por el aborto legal Daniel Blanco sostiene que nuestra acción parlamentaria en torno de la lucha por el derecho al aborto legal no puede exhibir “señalamientos concretos respecto del contenido socialista” de nuestra intervención, lo cual, según él, “habría puesto claridad a la estrategia de la sororidad”. Y agrega, al pasar, que “desde hace tiempo hay una discrepancia manifiesta en el tema de la opresión de la mujer, como se expresa en las tendencias a presentarla como un tema de género y no de la historia del antagonismo y la lucha de clases”. ¡Pavada de crítica! Daniel Blanco, como quien tira una piedra al mar, no se molesta en desarrollar una crítica semejante, que acusa al PdT -que, por otra parte, desde su organismo de dirección ha seguido paso a paso nuestra intervención parlamentaria- de abandonar el marxismo en el terreno de la lucha por los derechos de las mujeres. El documento de la Asamblea parlamentaria que Daniel Blanco critica contiene un extenso desarrollo sobre la lucha política y nuestra “actuación socialista” en torno del aborto legal, incluida la crítica a la “sororidad”, la actuación de cada uno de los bloques de la burguesía, sus vínculos profundos con la Iglesia católica, en tanto pilar de sometimiento capitalista sobre las masas en nuestro país -todo lo cual ha caracterizado nuestra intervención en tiempo real. ¡Romina se distinguió por plantear, en cada intervención, la separación de la Iglesia del Estado y denunciar el sometimiento de todos los bloques y el Parlamento al Vaticano! Daniel Blanco no se toma el trabajo de refutar el largo desarrollo volcado en la resolución de la Asamblea parlamentaria (o los videos y las notas en la Prensa Obrera), para explicar en qué se expresa la “ausencia de un planteo socialista” -reemplaza la crítica por una sentencia. Reclama “señalamientos concretos”: le damos uno, el inicio del discurso en la sesión del 13 de junio, donde la Cámara de Diputados debatió y aprobó el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo -seguro uno de los más importantes y de mayor repercusión en nuestra historia parlamentaria-: “Llegamos a este momento histórico como resultado de una enorme movilización popular que se está expresando en todo el país, que lleva décadas, pero que muchos advirtieron a partir del NiUnaMenos. Y esta lucha tiene un objetivo: poner fin a miles de muertes y mutilaciones por aborto clandestino, y por terminar con un instrumento del Estado contra las mayorías populares, que intenta disciplinar y establecer las bases de dominación de una gran parte de la población bajo principios de tutelaje, discriminación jurídica, imposición de roles a las mujeres. Esta irrupción de la ola verde tiene que ver con romper ese tutelaje de la Iglesia y del Estado. Somos parte de esa lucha por la emancipación de la mujer, de la mano de la lucha contra toda explotación del hombre por el hombre. Desde ese lugar, votaremos por el dictamen de la mayoría en favor de la legalización del aborto”. Y el cierre de ese mismo discurso: “La primera gran revolución socialista de la historia, hace un siglo en Rusia, una de las primeras medidas que tomó fue consagrar el derecho al aborto, el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Reivindicamos ese proceso porque está claro que, para ir a fondo en los derechos de las mujeres, tenemos que ir a fondo en la lucha por los derechos de los trabajadores y de los explotados, por la emancipación de toda forma de explotación, y eso es, en definitiva, la lucha por un gobierno de trabajadores. ¡Anticonceptivos para no abortar, educación sexual para decidir, aborto legal para no morir!” (extraído de las actas taquigráficas del Congreso, pero también disponible en Prensa Obrera y en el Youtube del Partido Obrero -donde hay registro de todas las intervenciones). Pero el debate de la “sororidad” -presentado como chicana sin desarrollar- no es menor. ¿Sugiere Blanco que Romina debería haber rechazado el lugar de cuarta firmante del proyecto de la Campaña? ¿Que debiera haber rechazado las tribunas mediáticas a la que la invitaban a concurrir junto a Austin, Donda y Macha? ¿Qué en virtud del protagonismo de estas evidentes adversarias de clase, lo mejor era relegarnos a un lugar secundario? Nada de esto se explica en su “Balance crítico”. Sobre la Consulta Popular Vinculante, Daniel Blanco habla desde el lugar de la ignorancia. Se espanta ante la posibilidad de la presentación de un proyecto en el Congreso respecto de la Consulta Popular Vinculante y reclama una “discusión política urgente”. Pide, como condición a la presentación parlamentaria, “un acuerdo de los sectores más avanzados del movimiento de mujeres”. ¿De qué sectores habla Daniel? El balance de nuestra campaña por la Consulta Popular Vinculante (lo invitamos a que lea los distintos materiales que ha elaborado el PdT al respecto -o por caso, las resoluciones del Primer Congreso Nacional del Plenario de Trabajadoras, votadas por unanimidad), que dan cuenta del entusiasmo y “acuerdo” que la propuesta recibió ante el activismo que se volcó a esta lucha, allí donde hemos podido llevar el debate: la juventud en los colegios, las asambleas en las barriadas, en lugares de trabajo, etc. Ese activismo es “lo más avanzado del movimiento de mujeres”, no las corrientes que en su mayoría son tributarias o agentes directos del nacionalismo burgués (empezando por la propia composición de la Campaña, que reúne militantes de todos los partidos patronales, en especial, del kirchnerismo). Nuestro método, no obstante, fue un debate franco y abierto con todos, empezando por una carta a la Campaña y por citas con buena parte de las referentes y organizaciones que actúan en este terreno. Los argumentos que recibimos contra la Consulta Popular Vinculante son los argumentos contra la continuidad de una lucha ahora, en favor de la estrategia de “votar bien 2019”. De ninguna manera, nuestra acción parlamentaria (así como en ningún terreno de la lucha de clases) puede estar sujeto a este tipo de orientaciones criminales (¡no somos sororas!). La presentación del proyecto en el Congreso, para tranquilidad de Daniel Blanco, tampoco hubiera escandalizado a nadie; en plenarios organizados post derrota en el Senado, de los que participó la Campaña, casi en pleno, en Capital, los argumentos para refutar la Consulta Popular Vinculante acompañaban el lema “ahora vamos por el aborto legal 2020”, con invitaciones a que, de todos modos, Romina presente su proyecto, “para lo cual está en todo su derecho”. La presentación de proyecto de la Consulta, fundamentalmente, hubiera sido un factor más de agitación política en torno de la campaña, ¿o Daniel cree que sin ganarnos a “los sectores más avanzados del movimiento de la mujer” tendría alguna chance de prosperar en su tratamiento parlamentario? ¡Hasta Marcos Peña salió a rechazarlo! La cuestión era mucho más elemental, evaluar la posibilidad de que el proyecto presentado contribuya a la lucha política que libramos en soledad por la continuidad de esta lucha. Dieciocho años de parlamentarismo revolucionario de nuestros diputados obreros y socialistas Daniel Blanco se ha olvidado que Romina no sólo habla en el recinto y en la televisión, sino también en las asambleas y los ámbitos del clasismo como secretaria general del Suteba Matanza. Pero esto valió para Soledad Sosa, para Patricia Jure, para Néstor Pitrola y para todos los compañeros, porque Pablo López y Claudio Del Plá han sido, en diversas fases, los diputados de los docentes o de los obreros azucareros que, al mismo tiempo, han enfrentado al romerismo en Salta y la Iglesia, siempre desde la crítica al régimen, al Estado capitalista y a sus partidos y en favor del gobierno de los propios trabajadores. Otro tanto ha ocurrido con Eduardo Salas este año en Córdoba, transformado en el diputado de los obreros, y aún del sindicato de Luz y Fuerza, lo que ha dado origen, combinado con el trabajo del partido, a la constitución de un círculo y una agrupación obrera en ese gremio. Del mismo modo que podemos citar la labor de Marcelo Ramal primero, y Gabriel Solano luego, en torno de la lucha de los enfermeros en la Ciudad, y así tantos ejemplos. En su sugestiva parábola, que repite un texto del propio Altamira -luego corregido por la delegación actuante- en la anterior Conferencia Latinoamericana realizada en Uruguay, para reivindicar como agitación revolucionaria sólo la realizada en la Legislatura en el año 2000/2003 por Altamira, Daniel Blanco omite discursos que marcaron un hito del parlamentarismo revolucionario como el discurso de Pitrola en la Asamblea del Bicentenrario en la propia Tucumán que él escucho en vivo y en directo. O el planteamiento ante el pacto con los fondos buitre que fue reproducido virtualmente en cadena nacional. O un hito de nuestra lucha socialista contra la “sororidad” pluriclasista que tuvo lugar en el Parlamento cuando se votó la paridad de género, con una memorable intervención de Soledad Sosa en el recinto y luego en el acto de Atlanta. Omite intervenciones memorables como la realizada por Marcelo Ramal en defensa de una educación socialista, que publicamos oportunamente en EDM. Pero, aparte, se trata de una analogía prejuiciosa la que hace Daniel Blanco: dice que “en el Congreso y en las legislaturas, los debates políticos son cosa corriente, de ningún modo se confinan a los estudios de televisión”. No sabe de qué habla. En la Legislatura porteña hay sesión todas las semanas, en el Congreso Nacional es el año en que históricamente menos sesiones hubo (ver estadística en todos los diarios), y Romina se las ingenió para resaltar su/nuestra intervención. ¿Por qué cree que la/nos convocan los canales de TV, sino es por este destaque? Aparte debe saber que hemos sido tan molestos, que el macrismo ha hecho una persecución especial contra nuestra representación en la Cámara, lo que hemos denunciado oportunamente, marginándonos de todas las comisiones de peso (presupuesto, mujer, legislación general, trabajo, previsional, etc., etc.). Por otro lado, no hay “intervenciones previas libres” como en algunas legislaturas, sólo privilegios o apartamientos del reglamento, que debemos forzar para introducir un tema, lo cual no siempre es posible, aunque lo hemos hecho igualmente en cada oportunidad, en especial para colocar las luchas obreras del momento (valiéndonos de nuestros proyectos por los choferes de UTA, los trabajadores de Télam, del Inti, del Hospital Posadas, los docentes, etc.). Lo mismo podemos decir de las intervenciones contra el endeudamiento con el Club de París y la indemnización a Repsol, que permitieron una agitación revolucionaria en torno de la nacionalización de los recursos estratégicos como parte de un programa bajo la dirección y el gobierno de los trabajadores, adicionalmente unida a la reparación a los ex-ypefianos que nos permitió la conquista de una ley y la constitución de un movimiento de trabajadores. Vale para el enorme trabajo telefónico y para el trabajo en jubilados, que permitió ponernos a la cabeza parlamentaria del movimiento de rentas vitalicias. Temas como el dietazo fueron usados para una agitación revolucionaria, desnudando el carácter de clase del Congreso, e incluso la lucha por la defensa animal de los galgos fue explotada para un planteo socialista contra la depredación ambiental y laboral del capitalismo, la crítica a la anarquía capitalista, al negociado degradante del juego y al hecho de que superaremos la tracción a sangre cuando superemos el modo de producción basado en la explotación del hombre por el hombre que, en su etapa de declinación, agrava la reproducción del atraso en el desarrollo desigual y combinado. El libro La fuerza de la izquierda en el Congreso, evidentemente, no ha sido leído por Daniel Blanco. Sería bueno que lo lea y, como responsable de una regional, difunda su contenido formador en lugar de falsificar el accionar del bloque de nuestros diputados. Es de gran valor no sólo por el contenido del parlamentarismo socialista llevado adelante, sino por sus prólogos de Marcelo Ramal y Néstor Pitrola. El carácter “sindical y nacionalista” que Blanco imputa a nuestro trabajo parlamentario es una impostura. Pero la naturaleza del balance apunta a una posición propagandística, en donde la lucha política concreta en cada fase de la crisis, el intento de despertar el interés de las capas más amplias de la clase obrera en nuestras posiciones, así como el de movilizar políticamente a los trabajadores contra el régimen es reemplazado por un mantra, la repetición de una consigna a la cual se le atribuyen poderes mágicos. Desde esta óptica, el resto de los planteos de partido es descalificado como “sindicalista” o “nacionalista”. Sobre los carteles que debió tener la columna del Partido Obrero el día del tratamiento en el Congreso no es materia de este debate. El partido marchó con sus consignas centrales y, en algunos casos, fue el resultado del frente único con el PSC y el FIT. El “derrotemos a Macri, el FMI y los gobernadores” no faltó en ninguna movilización. Cuadernos y FMI La andanada liquidacionista no deja títere con cabeza. Se acusa a la banca de no haber explotado la crisis de los cuadernos en una denuncia del régimen y la clase social responsable de la corrupción. Es otra vez falso. Lo que ocurre es que la cuestión no pasó por tratamiento parlamentario alguno y en el texto de la Asamblea parlamentaria marcamos una orientación que es la de las distintas resoluciones del Comité Nacional para explotar en exposiciones previas, en alguna moción de privilegio, y desde luego en los medios. Y en los debates donde se tocó (Comisión de Presupuesto y ante el ministro Dietrich) el sistema de fideicomiso con las obras de Participación Pública-Privada que lanzó el gobierno, hicimos uno de nuestros ejes en este ángulo de denuncia. La cuestión de la ley del arrepentido, que votamos en contra, fue motivo oportunamente de una denuncia agudísima del régimen de impunidad que conlleva, cuestionando todo el andamiaje jurídico penal del Estado capitalista como un sistema de impunidad del saqueo capitalista. La acusación de que el equipo parlamentario del Comité Nacional, votado por el Comité Nacional actúa al margen del Comité Nacional es definitivamente una patraña, ya refutada en los documentos previos. Las bancas de todo el país son un instrumento del partido para aplicar todas sus orientaciones, no se trata de llevar al Comité Nacional cada debate que haría inviable su tratamiento, sino de que de cada resolución del Comité Nacional se incorpore su orientación al trabajo parlamentario. La cuestión de la inhabilidad moral de De Vido, votada en contra, como el voto a su desafuero, fueron debatidos en el Comité Ejecutivo y el Comité Nacional. El Comité Ejecutivo ha votado cada posición parlamentaria que pudiera ser controversial. El tema de la prisión preventiva y su uso como instrumento de persecución política debe ser examinado en cada caso. Un reciente debate en Salta resultó esclarecedor. Un diputado resultó filmado en un asalto a mano armada en el marco de una guerra de informaciones de una empresa sobre subsidios irregulares. El fiscal pidió preventiva y desafuero, lo cual era elemental. Todo el régimen político maniobró de distintas maneras para evitar la detención, que hubiera correspondido a cualquier ciudadano, cuando la población entera había visto el video del mismo. La presidencia le pidió la renuncia para evitar el debate, la jueza pidió allanarlo pero no detenerlo, etc. Adoptamos una política clara contra la impunidad del diputado, incorporando la citación del fiscal a la Cámara para que explique el pedido de preventiva y desafuero. El accionar de la Justicia debe ser caracterizado con un enfoque político de clase según los casos, para no enredarnos en una disquisición jurídica -si el desafuero corresponde con una sentencia, con dos o con 20 años de dilaciones, como en el caso Menem por no tener confirmación de la Corte. Volver con el debate sobre el FMI y el intercambio de firmas en proyectos con el PTS sin contestar las refutaciones de tres documentos presentados por Néstor Pitrola, Rafael Santos y por el equipo parlamentario no es serio, es una falta de respeto al debate político. La consulta popular ante la primera crisis con los fondos buitre fue explicada por Jorge Altamira y Marcelo Ramal en los periódicos números 1.320 y 1.321. Jamás se explicó por qué ahora no serviría -cuando la mayoría de la población repudia al FMI, cosa menos clara en cuanto al no pago de la deuda. Nosotros, como explicamos, presentamos a través de Romina otro proyecto de investigación y no pago ante el rescate del FMI (no la consulta popular), un instrumento apto para denunciar que Macri y el peronismo eludían el debate en el Congreso, cosa que efectivamente hicimos en sesión especial al efecto. Resulta sorprendente que Daniel Blanco reivindique que Altamira en Tucumán, recientemente, se refiriera a que el PJ no quiso debatir en el Congreso el pacto con el FMI para no delatar que votaba a favor. Eso fue lo que hicimos oportunamente mediante los instrumentos que critica Daniel Blanco. Cuando Altamira fue a Tucumán, el debate ya era otro: el PJ estaba votando el Presupuesto del FMI, demostrando directamente su compromiso con ello. Con tal de denostar al resto de los compañeros y reivindicar la “luz” de Altamira se cae en la estupidez, algo muy negativo para la formación socialista de las nuevas generaciones que deben pensar con su cabeza y construir esta gran organización colectiva que es el Partido Obrero. La cuestión de una “política parlamentaria” Pero Daniel Blanco no sólo falsifica la realidad, sino que sobre esa base arma “conclusiones” también falsas. Por ejemplo, Blanco propugna que: “Primero, el Comité Nacional tiene la responsabilidad de establecer la política parlamentaria, por escrito, y discutir en forma regular su desarrollo”. No tenemos una política parlamentaria diferenciada de la política general del partido. Llevamos y debatimos en el Congreso las orientaciones generales que fija el partido. Los equipos parlamentarios de todo el país están ligados con esta fracción y discuten y plantean iniciativas: hay un intercambio constante de textos, campañas, pronunciamientos y problemas. La responsabilidad política directa está ejercida por la dirección política de los comités partidarios. En la segunda y última conclusión, Daniel Blanco acusa de que faltan balances de la ligazón del trabajo parlamentario con los comités y de si esto permitió un desarrollo partidario. Esta es más vieja que… falta balance de esto o de lo otro, una queja vacía e infinita que saca falsas conclusiones políticas. Porque Blanco afirma que fallamos en ver “cómo las iniciativas parlamentarias se vinculan con la estrategia política y desechan la improvisación, y salen anticipadamente a su presentación para encarnarlas en campañas partidarias”. ¿A qué se refiere? ¿A la campaña por el derecho al aborto? ¿A qué? ¿Hay algún comité que se queje de que le hemos dado la espalda a alguna campaña planteada por su dirección? El Equipo Parlamentario Nacional es un motor de la lucha política de nuestro partido y sigue fielmente la orientación que fija el Comité Nacional, además de proponer iniciativas a los frentes vinculados con distintas luchas que se van abriendo paso (realizando audiencias públicas que sirvan a un reagrupamiento, organizando reuniones de nuestros parlamentarios con el activismo, con la presentación de proyectos para propagandizar en los frentes, intervenciones especiales en recinto y en las comisiones, que son enviadas para una difusión especial en cada frente o Comité, etc.). Errores habrá a montones (sobre ángulos de intervención, sobre demoras o apresuramientos, etc.), pero no se encuentra una desviación del trabajo parlamentario respecto de la orientación partidaria, votada por el Congreso y el Comité Nacional. Los balances del reclutamiento en telefónicos, ex ypefianos, ley audiovisual, cannabis, PdT, Educación Sexual Integral, rentas vitalicias, derechos humanos, frentes obreros, Paulina Lebbos (Tucumán), etc., etc., etc. etc., son parte de los balances de actividades del partido, y cada comité o frente respectivo, y, por supuesto, todo aporte es bienvenido. En cambio, las palabras vacías desmoralizan a un partido. Un debate político merece argumentos, no falsificaciones prejuiciosas. 28/11/18

1 de agosto de 2019
Juicio político a Vidal: ¿para qué vamos al Parlamento los revolucionarios?

En el Boletín Interno N° 45 hay un texto de Daniel Blanco que lanza una curiosa crítica a la iniciativa que promovimos este año en la Legislatura bonaerense, la de que María Eugenia Vidal sea sometida a juicio político por su responsabilidad en el proceso de vaciamiento de la infraestructura escolar en el marco del cual explotó la primaria 49 de Moreno y fallecieron dos trabajadores. Daniel Blanco, en el contexto de otras polémicas que había abierto con el equipo parlamentario y sin que tenga ninguna relación clara con el debate, lanza que no había recordado incluir una crítica al planteo que presentamos y se despacha en unas breves líneas en considerar a la iniciativa como no sólo parlamentarismo “vulgar”, sino “sin límites” o “en bancarrota”. El único argumento para esto que da Blanco es que la votación de este planteo dependía de los votos de los legisladores opositores de las variantes peronistas y no de la acción directa de las masas. Balanceemos la campaña por el juicio político a Vidal Mientras la tragedia de Moreno fue un punto de inflexión en la bronca popular contra Vidal y en el clima de rebelión en las escuelas, ese movimiento de lucha estaba, en su mayoría, bajo direcciones burocráticas vinculadas por distintas vías con la oposición patronal peronista. Y la política de estos sectores fue hacer discursos opositores, mientras trabajaban para desmontar el movimiento y desgastarlo. Nuestro planteo de juicio político tuvo dos grandes méritos: darle una expresión concreta al pedido de “justicia por Sandra y Rubén”, que estaba presente en cada rincón de la Provincia, concentrando nuestra agitación y movilización en la responsabilidad del ajuste oficial por las muertes, mientras Vidal maniobraba para licuar su responsabilidad; y, al mismo tiempo, obligar a la oposición peronista a definirse en términos concretos, en favor o en contra, de la continuidad de la “gobernabilidad” de Vidal, a quien muchos de ellos denunciaban también como “responsable”. Ni un solo diputado sumó su firma a nuestro proyecto ni se expresó en apoyo de él. El juicio político a Vidal fue un puente hacia un “fuera Vidal” que no maduró, pero para el cual contribuimos en tanto estuvimos como partido local y provincial, y como corriente del Suteba a la cabeza de la acción directa. Mientras los diputados peronistas intentaban disimular su apoyo a la gobernadora consensuando con Cambiemos, una “emergencia de infraestructura escolar” a medida del Ejecutivo, que tomaba el nombre justamente de un proyecto nuestro y que denunciamos por su contenido en las sesiones, el planteo del juicio político fue tomado por cientos de luchadores, incluidos muchos que se referencian en las direcciones peronistas. La Celeste docente de Moreno tuvo una verdadera crisis en su cuerpo de delegados para explicar por qué la bancada kirchnerista no apoyó el planteo. Los compañeros de la UJS le ganaron asambleas en el principal terciario de Moreno a la dirección K del centro de estudiantes, justamente por el punto de ir por el juicio político. Con este planteo acercamos al partido a la delegada electa de los padres de escuela de una de las localidades de Moreno, que representaba a la comunidad educativa en el Consejo Consultivo armado para neutralizar el movimiento de lucha. La consigna la tomó otro centro de estudiantes con dirección filo K de La Matanza, para convocar a los estudiantes a una caravana organizada por el Suteba Multicolor. Ha dado una herramienta más para poner de manifiesto la colaboración de todo el arco pejotista (incluido su ala cristinista, la más propensa a la demagogia contra Vidal) con la gobernabilidad del PRO, que está presente en su política de desmovilización y desvío electoral de las luchas. ¿Y el juicio a Aníbal Ibarra? No sabemos con claridad qué es lo que objeta de todo esto Daniel Blanco, ni por qué ofende su sensibilidad al punto de considerarlo una “vulgaridad”. Para nosotros fue un instrumento valioso de lucha. Todo lo que presentamos al Parlamento tiene el destino de ser votado, o no votado, por los diputados de los partidos patronales. Esa es una regla básica de funcionamiento de los parlamentos. Que en este caso no la hayan votado es un elemento de clarificación del rol de la oposición pejotista. ¿Y si la votaban? Bueno, el Partido Obrero cuando las movilizaciones de los padres de Cromañón reclamaban la cárcel para Ibarra consideró una conquista de la lucha sentarlo en el banquillo de acusados de un juicio político en la Legislatura porteña. ¿Esto fue un error para Blanco? No nos dice. Desde el punto de vista de la salida ulterior a la crisis del gobierno de Ibarra, no dio lugar a un gobierno de trabajadores, sino a nuevas elecciones, donde Macri se hizo del gobierno de la Ciudad. Eso hizo que muchísimos elementos centroizquierdistas nos reprocharan haber apoyado el reclamo de los padres y sobrevivientes de Cromañón, por no haber visto que la continuidad del gobierno que había generado la masacre con su política de negociados con bolicheros era “el mal menor”. El Partido Obrero tuvo otro método, apoyar el movimiento que reclamaba justicia, atravesar con ellos cada etapa de la lucha, dirigiendo el reclamo contra el Estado y las fuerzas políticas que buscaban garantizar la impunidad y tratando de sacar conclusiones políticas superadoras de todo esto. No nos dedicamos a especular con nuestra posibilidad de dominar la próxima etapa política, impulsamos el movimiento de lucha en los términos que se desarrollaba y tratamos de dirigir su reclamo contra el Estado, poniendo de manifiesto las conexiones con el Estado nacional, mostrando que no era un hecho aislado, etc. En nuestras intervenciones en el recinto, en nuestra agitación, ligamos el planteo de “fuera el ministro Sánchez Zinny, Juicio político a Vidal”, con el planteo de desconocer la deuda externa, encarar un plan de reconstrucción de la provincia bajo control de los trabajadores, incluido el sistema escolar, etc. Si Vidal se tiene que ir porque la movilización de docentes, padres, estudiantes y auxiliares le impone a la Legislatura que vote el juicio político, la autoridad de la izquierda revolucionaria que promovió esto crecería enormemente. El planteo del juicio político nos permitió apuntar al vértice del poder del Estado capitalista, saliendo de la mera cuestión presupuestaria y edilicia. ¿Por qué negarnos a eso? (La cuestión edilicia tampoco es “vulgar”, aunque sea estrictamente reivindicativa.) Eso no impide que otra fuerza patronal gane una posterior elección o incluso que haya combinaciones políticas en la sucesión que armen nuevos bloques de gobierno ajenos a los intereses de las masas (asumiría Salvador, el vicegobernador radical, en principio). Pero ese tipo de lógica no nos lleva más que a la parálisis. Sobre firmas de proyectos y apoyos que incomodan La necesidad de buscar apoyo para nuestros planteos de parte de los otros legisladores en el Parlamento, sea en forma de firmas agregadas a un proyecto, tratamiento en comisión, votos en el recinto, es el ABC de una intervención parlamentaria, incluso de una revolucionaria. Un legislador revolucionario que no busca apoyo para las iniciativas que presenta, no va a pasar de ser un charlatán a los ojos de los trabajadores que están interesados en los planteos que presenta. Pero, Blanco se alarma de que intercambiemos apoyo con diputados del PTS en el Congreso, con quienes compartimos un frente hace siete años, y pretende que se convoque una conferencia del partido de emergencia ante esa eventualidad. Blanco ha olvidado que le planteamos oportunamente al FIT la formación de bloques únicos en todos los parlamentos. El disgusto crece al punto del horror al denunciar que firmamos con diputados kirchneristas un reclamo contra la doctrina de gatillo fácil de Bullrich. No se entiende nada. No queremos provocarle a nadie un disgusto, pero si han leído los artículos del periódico que los integrantes de nuestra bancada escribimos regularmente, nosotros hemos recibido apoyos incluso peores. Cuando Vidal suprimió los Equipos de Orientación de Escuela (EOE), nosotros intercambiamos firmas con toda la oposición peronista. Firmamos un pedido de informe anodino que ellos habían elaborado, y todos los bloques, salvo Cambiemos, firmaron una ley dando marcha atrás con el recorte y obligando a Vidal a proceder a todos los nombramientos faltantes para componer los equipos psicopedagógicos de la provincia. Nuestra iniciativa, mucho más apropiada a los reclamos del movimiento, se llevó todo el protagonismo en una reunión convocada por todos los sindicatos docentes de la provincia. Cuando el PJ y el FR (Frente Renovador) se negaron a votar en el recinto lo que habían firmado, privilegiando un acuerdo político con Cambiemos, los denunciamos con todas las letras. Esto lo siguieron muchos medios, pero sobre todo el amplio activismo que se puso en marcha entre los docentes de la provincia con movilizaciones de miles. El método de Blanco era otro. Les comunicábamos a los integrantes de las EOE que no queríamos compartir la firma del proyecto por sus reclamos con peronistas, porque ellos son nacionalistas y nosotros revolucionarios. No nos hemos privado de desarrollar en el recinto, cuando era pertinente, el rol de la represión bajo el kirchnerismo, de Perón fundando la Triple A y de la burocracia sindical de Pedraza y Gerardo Martínez, con sus patotas asesinas de obreros. Pero usar eso de argumento para no golpear juntos en un tema concreto que interesa a las masas, lejos de favorecer la delimitación con estas fuerzas, nos pondría en un lugar de aislamiento autoinfligido a nosotros. Los docentes de la provincia entenderían que nuestra religión nos prohíbe compartir una iniciativa con otros (todos los otros legisladores del recinto son de fuerzas patronales) y que los que nos han votado o apoyado han cometido el error de hacerle caso a unos sectarios incurables. En tren de confesar nuestros pecados, nuestro proyecto de ESI (Educación Sexual Integral) laica y científica recibió el apoyo de todos los bloques en la Legislatura bonaerense. No se nos escapa que partidos de contenido patronal, con profundos lazos confesionales, votaron nuestro proyecto. Incluso algunas diputadas, kirchneristas, en vez de defender su ley, que era la que estábamos modificando, al ver que Cambiemos ya iba a votar nuestro proyecto, nos pidieron sumar sus firmas, para no quedar descolocadas. Les dijimos que sí, interesados en que el proyecto se apruebe. Lo mismo pasó en el Congreso Nacional con el proyecto de reparación histórica a los ex ypefianos. Es inevitable. Era un resultado de la lucha de más de un millón de mujeres en las calles, un efecto de la marea verde que en esos días alcanzaba proporciones desbordantes. Esto lo dijimos en el recinto. Lo explicamos en toda la provincia. Y la crisis no la tuvimos nosotros, sino el gobierno de Vidal, que se quiere dar una base de apoyo en las iglesias reaccionarias, y tuvo que salir a bloquear un proyecto que su bloque había votado, dando lugar a una crisis que tomó estado público nacional. El diario La Nación le llamó la atención a la Legislatura bonaerense en un editorial por haber votado un proyecto que promueve el control de trabajadores y estudiantes sobre la educación y por enunciar una lucha contra la opresión a la mujer que equivale a promover la lucha de clases. Tiene razón el editorialista de La Nación en su consideración de nuestro proyecto que votó la cámara de diputados bonaerenses. La contradicción golpea también al kirchnerismo, ya que el carácter de compromiso de la Iglesia de su ley de ESI ha quedado expuesto a todo el mundo. ¿Cómo usamos las bancas parlamentarias para la agitación socialista? Si uno sigue todo el debate que promueve Daniel Blanco, queda claro que busca confinar la intervención parlamentaria a dar discursos “socialistas”, pero privándonos de instrumentos para actuar frente a las crisis políticas concretas. Todos repetimos siempre que las tribunas parlamentarias son herramientas de agitación socialista, pero debemos tener en cuenta qué reglas tiene esta forma de agitación en particular. Hay efectivamente oportunidad para polémicas políticas de fondo. Pero el gran impacto de las polémicas parlamentarias se da en tanto aparezcan contrastando los programas y posiciones en la decisión de asuntos que afectan la vida y los intereses de las masas. Karl Liebknecht corporizó en el Reichstag (el Parlamento alemán) la ruptura entre la socialdemocracia revolucionaria y la reformista porque rechazó el voto de los créditos de guerra, que los reformistas apoyaron. No fue a dar discursos sobre las divergencias teóricas con el ala reformista. La ruptura fue en el contraste de la votación, de la expresión concreta de esa divergencia. No se trata de cualquier agitación, sino de mostrar el programa revolucionario, en tanto hace a los choques planteados en carne y hueso, para lograr interesar a miles en nuestros planteos. Lo verdaderamente vulgar es ir al Parlamento a decir generalidades. Es el uso que, por lo menos en la experiencia de la bancada bonaerense del FIT, le han dado nuestros socios morenistas. “Chipi” Castillo, del PTS, se ocupó de presentar efemérides sobre todo tipo de hechos de la historia del movimiento socialista para dar discursos académicos frente a los diputados patronales. Nunca le vimos ningún mérito y no ayudó a su partido ni a él a ocupar lugar político alguno. A pocas semanas de asumir la banca Mónica Schlottahuer, de IS, sucedió el desastre en Olavarría en el marco del recital del Indio Solari, con evidentes responsabilidades del municipio y la provincia. Les propusimos colaborar en armar una interpelación a los funcionarios responsables, un recurso que hemos usado a menudo en Córdoba, en Salta o en Mendoza. Nos rechazaron la propuesta por razones “principistas”. Ellos, nos dijeron, están en contra del régimen, no de funcionarios. Es lo mismo que hicieron cuando, con acuerdo unánime del Ejecutivo del partido, planteamos la interpelación de “Randazzo y, a su turno, Cristina” por la muerte violenta de Nisman, para desenvolver a los ojos de las masas la crisis política y el entramado mafioso de la guerra de aparatos de inteligencia que denunciamos. Pedir votos para ir a un parlamento burgués a hacer declamaciones socialistas no es revolucionario. Es una versión propagandística de la acción de los socialistas reformistas. Discursos de programa “máximo”, cotidianeidad sindicalista de programa “mínimo”. La agitación socialista en el Parlamento no se puede medir por la cantidad de veces que se dice una consigna, sino por si logra confluir con los procesos de la lucha de clases, darle forma y sacar conclusiones políticas sobre nuestros planteos revolucionarios, en el marco de esos choques. Una intervención parlamentaria discursera y separada de la lucha de clases sería un retroceso hacia el reformismo, incluso si se la disfraza de “doctrinarismo”. Aprovechemos la rica y variadísima intervención parlamentaria de todo este período político. Conozcámosla, critiquémosla, mejorémosla, sobre la base de las conquistas políticas que pudimos lograr, inéditas en la historia del Partido Obrero y mucho más aún de la izquierda argentina. 28/12/18

1 de agosto de 2019
Juicio político a Vidal. Proyecto de ESI laica, obligatoria. Las iniciativas parlamentarias

Resulta paradójico que en el “año de menos producción parlamentaria desde 1983”, la intervención en dicho terreno del Partido Obrero haya sido implacable. Con esto contradigo las críticas de Daniel Blanco primero y Jorge Altamira después (en su “documento alternativo”). El proyecto de ESI (Educación Sexual Integral) de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, propone el punto de excluir a la Iglesia de toda formación en el terreno de la educación sexual. ¿Lo hicimos por que figura en nuestro programa? Sí. ¿Lo hicimos porque la millonaria lucha de las mujeres, de masas, colocó en el conocimiento, especialmente de los trabajadores y la juventud, del papel oscurantista, opresor y reaccionario de la Iglesia? Sí. ¿Lo hicimos como “una vigorosa lucha parlamentaria” que dio pie a una agitación de masas”? Sí. Y en esa agitación de masas desenvolvimos la denuncia del papel de todas las organizaciones de la burguesía, tanto políticas como sindicales y sociales, responsables de que el derecho al aborto o la ESI obligatoria, laica y científica no salieran. Actuamos asimilando la política que nos dimos desde la primera vez que tuvimos un legislador, que fue justamente Jorge Altamira en la Ciudad de Buenos Aires. Allí se planteó, ante lo que consideramos una conquista: “Tenemos dos caminos. Uno es oponernos a todos los proyectos que presenten los partidos o bloques burgueses. Otro es presentar nuestros propios proyectos, basados en los reclamos y en las luchas obreras”. Adoptamos el segundo. Y dijimos: “Con ello obligaremos a los partidos burgueses a votar nuestros proyectos. Mostraremos nuestro camino y nuestro programa. Y si no nos votan los proyectos, aún con las luchas que los respalden, los desenmascararemos”. Ese fue el camino que elegimos cuando presentamos la Educación Sexual Integral, el boleto estudiantil, la anulación de la resolución de disolución de los Equipos de Orientación de Escuelas, la defensa de la Rama Especial y tantos más. Siempre como expresión de procesos de lucha. Siempre buscando que se conquisten en el terreno de la lucha en el que las bancadas obreras se colocan al servicio de lo que se reclama. Y claro que lo tienen que votar los demás bloques… Y seguro que van a querer sacar su rédito en el caso que lo voten (boleto estudiantil). Pero es nuestra tarea de agitación y propaganda la que tiene que hacer comprender los métodos, la cuestión de la dirección y el valor de la lucha en la obtención de una conquista. La cuestión de “Vidal es responsable. Juicio político” es un tema que aparece en el documento de Altamira y en otros. El crimen de Moreno se produce en momentos en que Vidal medía primera en todas las encuestas y cuando se barajaba su candidatura como presidenta. La consigna de “Vidal es responsable, Sánchez Zinny y sus funcionarios se tienen que ir” la impusimos a horas de la muerte de Sandra y Rubén, contra la burocracia de Suteba, que salió con la vaga y encubridora “Justicia para Sandra y Rubén”. Al día siguiente y conociendo las denuncias realizadas por Sandra acerca del peligro de las instalaciones, agregamos “Juicio político a Vidal”, cuestión que presentamos fundamentada en “que se puede presentar basada en un único hecho”. Este hecho existía. Esa fue la tarea que tomamos, impuesta por las enormes movilizaciones. Fue apoyada en asambleas, reuniones y marchas. Fue sostenida en pancartas por los docentes. Militantes del FpV (Frente para la Victoria), docentes, se acercaban o planteaban en las redes el apoyo al proyecto del Partido Obrero, de Guillermo Kane. Incluso, algunos se criticaban por no haberlo presentado ellos. En una reunión parlamentaria con el Frente Gremial, nos confesaron los de Suteba que ellos lo habían pensado. Habían pensado pedir el juicio político. Evidentemente, prefirieron garantizar la gobernabilidad de la ajustadora antieducativa y antidocente Vidal. Ahora, si se imponía el juicio político basado en nuestro proyecto, que tomaba la denuncia de Sandra en La Plata, ¿quién se fortalecía? ¿El FR (Frente Renovador), el FpV? Se fortalecía el Partido Obrero. Se fortalecía nuestra política de cuestionamiento al régimen y a Vidal. Se fortalecían los trabajadores. Esto es elemental. Si prosperaba el proceso del juicio político, ¿hubiera podido seguir gobernando? Posiblemente no. Hubiera caído por la lucha docente, estudiantil y de los padres, que son los trabajadores. Fuimos un canal de movilización y lucha contra Vidal y el régimen. Hubiéramos seguido al frente si prosperaba aún más. Hoy, contra lo que señalan Blanco y Altamira, constatamos (y así lo denunciamos) la complicidad de todos los partidos patronales que rechazaron el juicio político y la responsabilidad de Vidal sobre las muertes de Sandra y Rubén. Es muy importante tener en cuenta que sirvió de puente frente al estado de la conciencia del movimiento que. con su dinámica. dio un salto en la conciencia de la docencia. También presentamos lo de Equipos de Orientación de Escuelas. Se perdió por el voto en contra de Cambiemos y del FR. Si se ganaba, era un golpe a Vidal y a su política de guerra contra la educación pública. Las consecuencias sobre el movimiento de docentes en lucha hubieran significado también una derrota a la burocracia docente. Otra vez, “el debate parlamentario sirve para la confrontación directa con los diversos partidos anti-socialistas y se transforma en medio de agitación cuando llega a las masas por diversos medios extra-parlamentarios. Es, entonces, un gran factor de educación política”. Como señaló un dirigente del Suteba Madariaga (TD/PO), distrito conservador si los hay: “la consigna de juicio político a Vidal nos permitió organizar la desesperación y la bronca de todos los docentes del distrito con nosotros”. Entonces, ¿por qué la crítica a la política parlamentaria? Hemos llevado a instancias muy altas la combinación entre los procesos políticos y nuestra labor en el Parlamento como tribunos revolucionarios y propagandistas de nuestro programa. De eso, no pueden caber dudas. 23/1/19

1 de agosto de 2019
Acerca de la renuncia de Arturo Borelli
Comité Provincial de Salta

En primer lugar, debemos caracterizar que se trata de una cooptación material y política por parte del Estado. Así debemos tomar la decisión de apropiarse de la banca, que es una conquista de la clase obrera en general y de nuestro partido en particular. Todos los candidatos del Partido Obrero asumimos los cargos legislativos con el compromiso de que la banca es una conquista colectiva y que su orientación e intervención la deciden los órganos partidarios. Nunca es un emprendimiento personal de quien resulta electo. En la misma línea se establecen los compromisos de que los recursos de las bancadas pertenecen al partido y que los legisladores cobramos el equivalente a la canasta familiar. Esta es una cuestión esencial de principios que Arturo Borelli ha abandonado. Nuestra denuncia sobre la usurpación política consiste en dos aspectos. Por un lado, estamos frente a una apropiación de una conquista del Partido Obrero. Por el otro, una estafa al pueblo que votó al Partido Obrero, bajo un programa y una agenda que, al mejor estilo del carrerismo de los partidos tradicionales, Arturo Borrelli usurpa con la apropiación de esta conquista. La burguesía va a tratar de apoyarse en Borrelli en su rol de “arrepentido” para reforzar sus ataques y golpear al Partido Obrero: no negocian, son impotentes, no proponen, etc., todos planteos de los cuales Arturo Borelli se ha hecho portavoz. No podemos dejar de lado que este golpe lo intentarán montar en momentos en los que se procesa una intensa lucha docente, que comienza a abrir un camino para el conjunto de los trabajadores de la provincia, y donde el gobierno busca golpear a una perspectiva independiente de la clase trabajadora. El abandono de los principios va más allá de la usurpación de la banca En su texto, Arturo Borelli abandona: a) el Programa de Transición, fundante de la IV Internacional -o sea, del internacionalismo proletario de nuestros tiempos. En su denuncia plantea que el límite es que abre un fuerte economicismo en el partido y de abandono de una estrategia política. Retoma una revisión de todo un sector de la izquierda, que niega este programa de consignas transitorias que permite elevar la conciencia de los trabajadores desde las reivindicaciones mínimas hacia los planteos de poder; b) el desarrollo de la lucha de clases y la intervención del partido con consignas transitorias que ayuden a plantear la independencia política de la clase trabajadora y la lucha por la dictadura del proletariado es tachado de puro economicismo, que nos lleva a la rastra del nacionalismo burgués. A Borelli ya no le interesa el desarrollo de la clase obrera como sujeto de la revolución social. Caracteriza que la Argentina no es un país oprimido y semicolonial, de allí deduce que los revolucionarios no debemos darnos una política para que la clase obrera dispute el liderazgo de la nación a la burguesía, uniendo la lucha por la emancipación nacional a las tareas propias del socialismo. Esto lo hace, justamente, cuando lo que tenemos en frente es un fuerte tutelaje del FMI al régimen político. La cuestión decisiva del peso de la deuda externa y el carácter pro-imperialista e impotente de todas las facciones burguesas para defender la autonomía nacional plantea, más que nunca, la disputa de la clase obrera para convertirse en el caudillo nacional, superando al nacionalismo burgués; c) la lucha de clases como la vía para la conquista del poder por la clase trabajadora es sustituida por la capacidad de la izquierda de formular un “programa integral” de salida para el desarrollo de la Argentina o para que la Argentina deje de ser un “perdedor histórico”, como dice su comunicado. Propone “un sistema crediticio viable” y una serie de recomendaciones para cuidar el ambiente. Sin expropiar al capital. En esta línea plantea contraponer un programa económico de los trabajadores al de los capitalistas. Las polémicas, históricas en el Concejo Deliberante y en su último texto, son profundamente ilustrativas en este punto. Si bien dice que “no abandona la causa de los trabajadores”, claramente ya no son el sujeto principal de su acción. Lo cambia por una acción ciudadana, mostrando que un plan de reformas es posible sin una transformación de fondo de un régimen que, como se ha mostrado largamente en la historia, es incapaz de establecer una salida a los problemas de la sociedad; d) en esta línea ha inscripto su bloque con el nombre “Planifiquemos Salta”, una planificación que no es obrera, que no se propone revolucionar el orden social será, en el mejor de los casos, un enmascaramiento de que el capitalismo es pura anarquía, destrucción de fuerzas productivas, catástrofes sociales y, en definitiva, la barbarie. Un ejemplo es que el régimen es incapaz de desenvolver siquiera una planificación del tratamiento de la basura, como lo muestra nuestra larga batalla contra el Vertedero San Javier. La única vía posible es un gobierno de trabajadores, que coloque al tratamiento y recolección de la basura bajo control obrero; e) Arturo Borelli coincide con la burguesía local en relación con el balance de nuestra bancada de nueve concejales. Entre otras cosas, afirma que no quisimos la presidencia en 2013. En las polémicas, llegó a plantear que era necesario un acuerdo lisa y llanamente con el romerismo. Es decir que, por el contrario de desenvolver toda una campaña política para conquistarla, lo que plantea y planteó es que deberíamos haber transado con algún ala de la burguesía para llegar a la presidencia. Sus posiciones terminan por ser un planteo burgués. Por eso, entre otras razones, afirmamos que Arturo Borelli no sólo renuncia al Partido Obrero sino a la causa del socialismo. Arturo Borelli “funcionario” En el comunicado (del 14/3/19) dice que seguiría con la banca con una agenda mínima. Es decir, haciendo trámites parlamentarios para que se concrete la construcción del Jardín Botánico y alguna regulación para la localización del basural. Se excusa, al mismo tiempo, diciendo que él sabe que no siempre las leyes se cumplen, pero que va a hacer lo que pueda en su “gestión de la banca” usurpada. Esto es lo que Lenin definía como cretinismo parlamentario. Con el jardín botánico tuvimos una polémica abierta. Mientras planteábamos una gran campaña de cara a la población, que nos permitiera un reagrupamiento y organización de profesionales, de estudiantes y docentes en favor de la ley, el excompañero redujo nuestra acción a un lobby parlamentario de presión sobre los legisladores. Lo mismo se presentó para la reglamentación de la ley. Sobre el tratamiento del debate con Arturo Borelli por parte de la dirección Decimos en nuestro comunicado que la renuncia de Arturo Borelli fue intempestiva a un debate en el partido justo cuando está en pleno desarrollo el congreso partidario. Pero debemos agregar que el partido viene desenvolviendo una lucha política. Ahora él, de espaldas al partido, clausuró esa lucha política. Su comunicado reza “sus métodos de construcción no los comparto ni creo que pueda modificarlos”. Renunció siempre a dar una lucha política de cara al partido para revertir, si así correspondiere, la orientación que llevamos adelante. Es que nuestro partido viene de una larga tradición de lucha contra la tendencia social reformista y burguesa que representa Arturo Borelli. Siendo esto justo, no termina de explicar que esta ruptura es el punto final de una larga serie de divergencias de Arturo Borelli con la orientación del partido, que motivó una lucha política al interior del Partido Obrero, cuyo desarrollo y tratamiento debemos balancear de manera crítica. De un modo general, hemos polemizado con sus posiciones de contenido democratizante, pero la polémica no ha sido sistemática ni rigurosa en nuestra regional. En el congreso del año pasado, Borelli presentó un documento que fue al Boletín Interno Nacional, que no fue respondido, ni hemos abierto una polémica abierta con todos los militantes para que se expongan sus posiciones de mejor manera. A su vez, Arturo Borelli fue electo delegado congresal, pero no asistió a defender su posición. A mediados del año pasado presentó un documento a la dirección que terminó por retirar. En el documento rechazaba nuestra denuncia de la preventiva de CFK. Una revisión de una posición de principio pero, sobre todo, cediendo a una presión conservadora. Por otra parte, en su círculo se desenvolvieron polémicas también en relación con la situación en Brasil y Venezuela. Sobre Venezuela planteó el “Fuera Maduro”, que lo termina por colocar objetivamente a la par del golpe del imperialismo y no partiendo de la denuncia a ese golpe apoyado por el grupo Lima, con Macri a la cabeza. Para el Comité regional, en un debate de principios de marzo, ya estaba claro que las divergencias de Borelli eran estratégicas y que esta era la base su alejamiento de la actividad militante. Arturo Borelli propuso una transición en estos meses que le quedaban de mandato, que incluía que comenzara a trabajar tiempo parcial mientras mantenía una actividad limitada pero centralizada; aceptamos. Nos equivocamos de punta a punta, debimos haberle planteado la renuncia, porque ya estaban todos los elementos para hacerlo. Tomamos la dirección contraria para no producir una crisis, pero terminó por ser peor. Nosotros tenemos que elegir los mejores terrenos para ir hacia una delimitación política. En un balance más extendido en el tiempo y riguroso, llegaríamos a la conclusión de que esta delimitación debió haber ocurrido mucho antes y hasta pone en cuestión que lo hayamos propuesto en 2015 como candidato a diputado. Lo que podemos entender como una adaptación de hecho, en la expectativa de que se podían resolver las divergencias en un terreno de lucha común. Ese escenario se terminó reduciendo a una acción en el Parlamento, donde de mayor manera se plantea una presión democratizante, que deviene en el reformismo. Es importante que esta experiencia sirva para superar sus límites y revisar nuestros mecanismos de defensa del partido. Debemos abrir un debate hacia el interior: ¿qué clases de candidatos/voceros queremos? ¿Deben ser constructores probados del partido o sólo alcanza con que sean los más instalados “referentes políticos”? ¿Cómo actuamos frente a nuestra acción en el Parlamento? ¿Qué métodos nos damos para mejorar la centralización política de la tarea parlamentaria de manera sistemática, por parte del Comité, ligado a un desarrollo político del partido? Con un plan de trabajo y una rendición de cuentas periódica. Seguiremos reclamando que Arturo Borelli renuncie y denunciando la usurpación de la banca. Abordamos esta crisis de frente, exponiendo a toda la población qué clase de ruptura es esta y reafirmando nuestra política revolucionaria. Hacemos de esta crisis una oportunidad para exponer nuevamente nuestros principios y nuestros métodos, para delimitarnos de los partidos burgueses descompuestos, en donde la borocotización es un hecho cotidiano. Esta circular es sólo un primer aporte para abrir el debate y clarificar posiciones. 15/3/2019

1 de agosto de 2019
Arturo Borelli, una metáfora

incluido en el texto “Sabemos de dónde venimos y discutimos adónde vamos” A la Conferencia Electoral (del 16/3) no se le informó una grave cuestión, que habría debido ser eje de un debate. Arturo Borelli, legislador del partido en Salta, se fue del partido y anunció la formación de un bloque propio, alegando divergencias sobre nuestra posición sobre Venezuela y en nombre de una política parlamentaria “constructiva”. Borelli, sin embargo, ya venía desarrollando una actividad parlamentaria, precisamente “constructiva”, en la línea de que la participación en la Legislatura no es para “denunciar” sino para proponer. El Informe de Actividades, por ejemplo, saluda la votación favorable que obtuvo el proyecto de Borelli de crear un Jardín Botánico en la capital de la provincia. El saludo del Informe de Actividades al Botánico de Borelli contrasta, sin embargo, con el alerta que Claudio del Plá le dio a Altamira, en ocasión de su presencia en Salta a fines del año pasado. Claudio caracterizó a Borelli como “democratizante” y evaluó recomendar que abandone la banca o separarlo del partido. La noticia de la quiebra del bloque parlamentario del Partido Obrero en Salta ha sido un fuerte golpe contra el partido, como no sería capaz de hacerlo una acusación “vil”. El “affaire” Borelli desmiente que las críticas efectuadas a algunas ponencias parlamentarias de nuestro partido o el voto por otras ajenas, haya obedecido a un afán de exhibicionismo. Ningún partido revolucionario puede ignorar, si no a sus propias expensas, que su progreso en materia de espacios parlamentarios implica una presión nueva sobre nuestras filas. Evitar la adaptación, por un lado, y el cretinismo anti-parlamentario, por el otro. El Informe de Actividades renueva el apoyo al juicio político a Vidal en la Legislatura bonaerense, que implicaba un bloque con el massismo y los K contra Macri. Esta postura fue reivindicada luego en el sentido de que no vamos al Parlamento en función denuncista, que se identificó con el charlatanerismo, sino para reivindicar posiciones pro-positivas. El affaire Borelli no puede ser escondido bajo la alfombra; un balance de la actividad parlamentaria es absolutamente necesario hasta en el partido revolucionario mejor pintado -es un tema de método deconstrucción. La conferencia no discutió este asunto ni en términos de los perjuicios políticos que ocasiona esta deserción al partido en la provincia y a su campaña electoral. Para ir más a fondo, digamos que Borelli fue el jefe de la bancada de concejales que entró como mayoría en 2013. Luego de este avance, llegó el gran retroceso de 2015. Es inevitable que Borelli se interrogara sobre esto y que, al final, su respuesta fuera la misma que nos propinaron los partidos patronales en aquel período: no colaboramos, somos el partido de la oposición obstinada. El affaire Borelli valida el interés y la preocupación por la actividad parlamentaria, incluida la oposición a votar la moción de Carrió para condenar “moralmente” y separar del Congreso a De Vido, que nuestros parlamentarios adoptaron correctamente en aquel momento. No hay que olvidar que integramos, no de derecho pero sí de hecho, un bloque parlamentario del FIT, donde el parlamentarismo brota por las orejas. Fernando Rosso, director de La Izquierda Diario, acaba de escribir en favor del progreso por el camino electoral. 27/3/2019

1 de agosto de 2019
Borelli no es una metáfora, es un cooptado

Hemos publicado en el mismo Boletín Interno N° 14 el balance del Comité de Salta al respecto, para todos los militantes del país. No tiramos ninguna “tierra bajo la alfombra” como sentencia Altamira en su texto, de manera irresponsable. Abordamos la crisis de frente, le explicamos a todo el mundo la naturaleza de clase de la ruptura Borelli: “se fue del Partido Obrero y del socialismo, y usurpa una banca” es la síntesis de nuestra comprensión y balance de la cuestión que hicimos público en conferencia de prensa a menos de 24 horas de conocerse la renuncia. La ley del Botánico la reivindicamos como del Partido Obrero y no como “de Borelli”. Se trata de la creación de un jardín botánico en el predio de la escuela agrícola que concitó la atención y el apoyo de científicos de la universidad, ambientalistas, del alumnado y profesores de la escuela. El predio siempre estuvo en la mira de los especuladores inmobiliarios por la ubicación estratégica de los terrenos en la ciudad. Logramos que la ley se vote a pesar de la existencia de este lobby inmobiliario. Hacia adelante viene una batalla para estructurar un movimiento que derrote todos los obstáculos materiales y políticos para que el botánico se construya efectivamente. Es una pelea que le proponemos a los estudiantes, a los ambientalistas y, en general, a las organizaciones populares. En este contexto buscamos relanzar nuestra agrupación Tribuna Ambiental y al Partido Obrero en el movimiento. Que en la cabeza de Borelli, este proyecto está en línea con su defección posterior y su línea “pro-positivista” y burguesa no hay duda. Que en la acción revolucionaria y socialista del Partido Obrero en el Parlamento incluye que presentemos proyectos de ley con “propuestas”, tampoco. Tratamos con cada una que se transforme en un eje de organización y desarrollo de la lucha de clases para imponerla y contribuya, en su medida, a la agitación política general del partido contra el Estado. Con Pablo (López, diputado nacional por el Partido Obrero de Salta 2013-17) conquistamos en el Congreso la ley de resarcimiento a los ex ypefianos. Recuerdo un planteo de Ramal en medio de los apagones en la Ciudad de Buenos Aires para que se formen cuadrillas de trabajadores y extrabajadores de las empresas de energía, con un planteo puntilloso de cómo abordar la crisis y volver a tener luz… Claro que las bancadas del Partido Obrero todo el tiempo buscamos todas las aproximaciones “pro-positivas” que contribuyan a una línea de organización popular e intervención de los explotados que, en algunos casos, los menos, permiten imponer conquistas efectivas. Hay una línea muy finita en el trabajo parlamentario para evitar “la adaptación, por un lado, y el cretinismo antiparlamentario, por otro”, al decir de Altamira. La mejor centralización y la crítica sistemática al trabajo de nuestras bancadas es imprescindible, lo que de ningún modo va a evitar errores, sino desarrollar mejor la capacidad de corregirlos a tiempo. Otra cosa es afirmar o sugerir que lo de Borelli es la norma de la acción de nuestras bancadas, sin desarrollar ninguna crítica o balance riguroso, o falseando la realidad, como ocurre con el texto de mi entrañable camarada Daniel Blanco al respecto, que todo el tiempo Altamira reivindica. Borelli se fue del Partido Obrero porque, como dice en su renuncia, era imposible empujar al PO a sus puntos de vista… burgueses reformistas. Los límites e inconsecuencias en la batalla política de nuestro comité contra sus posiciones están colocados en el balance ya publicado, son un alerta para nuestra regional y para todo el PO, sobre cómo deben abordarse estas presiones democratizantes que existieron, existen y van a existir. Indudablemente, la agenda de iniciativas parlamentarias debe estar ligada, antes que nada, a las campañas del partido y ser un instrumento de su desarrollo. Esta también es un arma decisiva contra la cooptación, porque privilegia el rol de la bancada como instrumento colectivo. Pero esto no contradice el hecho de que hay un conjunto muy numeroso de aspectos de la intervención en el Parlamento que no suscitan de manera directa una acción o campaña política del partido, sino que contribuyen de un modo general a la agitación política, es el papel de las denuncias, de los pedidos de informes, de las interpelaciones y de la polémica en general con las iniciativas de la burguesía que estamos obligados a responder. Normalmente, estas cuestiones son las de mayor repercusión pública y, por lo tanto, nos abren paso en los medios. Bastardear este aspecto de la intervención parlamentaria de un revolucionario sería privarnos de un recurso importante de influencia política. El método de criticar la acción de la bancada por una votación o un tema sin análisis de conjunto ni de contexto puede llevar a conclusiones equívocas o a buscar la confirmación de una profecía autocumplida. En este caso, la existencia del giro parlamentarista y democratizante del Partido Obrero. Es lo que pasó con la ley Micaela, aprobada críticamente por Romina en estrecho vínculo con el movimiento de las víctimas. En mi caso, considero un error el planteo de juicio a Vidal y lo exprese en la votación del Informe de Actividades en el Comité Nacional, al que aprobé en general. Desde mi punto de vista, en modo alguno basta con este error para caracterizar un desvío parlamentarista. Nuestras votaciones en relación con un conjunto de temas son opinables: por ejemplo, nosotros no nos oponemos, es decir votamos a favor, de leyes de expropiación de tierras para vivienda. Alguien podría decir con rigor y justeza que estamos habilitando un negociado porque no existen las expropiaciones sin pago en la ley actual y al final del camino los propietarios obtienen jugosas indemnizaciones del Estado, muchas veces por encima de los valores de mercado. Pero, ¿cómo explicaríamos que votamos en contra de que se expropie tierra para vivienda? y además, quién con “buena leche” va a interpretar que estamos del lado de un negociado, tratándose de nosotros, el Partido Obrero, que batalla por la vivienda, el uso social del suelo urbano, etc., etc. Como en todos los órdenes de la lucha del partido hay una unidad política extendida en el tiempo en la que defendemos principios y programa, y esto es lo que debe analizarse a la hora de balancear el rol de nuestras bancadas. Ni el PO ni sus parlamentarios vamos por el camino de Borelli. 31/3/2019

1 de agosto de 2019
Sobre la Asamblea Constituyente

El debate actual sobre la Asamblea Constituyente gira, dicho en bruto, en torno del lugar que debe ocupar la consigna en nuestra agitación. Lógicamente, no se trata de meros lugares en la enunciación dentro de un planteo político sino que constituyen planteos políticos bien diferenciados. Trataré de explicar en este texto mi rechazo absoluto a las dos posiciones en debate y mi oposición al planteo de la Asamblea Constituyente por considerarla una consigna democratizante en esta etapa. Manifiesto, a su vez, mi preocupación porque entiendo que ha mutado en consigna-fetiche para todo un sector del partido. En ese sentido, señalo que la Asamblea Constituyente es muchas veces identificada automáticamente y de manera abstracta con una consigna de poder. Si bien mi planteo retoma debates anteriores que se suponen superados, no puedo evitarlo para dejar planteada lo más claro posible mi posición. Asambleas Constituyentes revolucionarias y contrarrevolucionarias La función histórica revolucionaria de las asambleas constituyentes fue reemplazar el poder de las monarquías absolutistas y poner en pie el Estado burgués. La burguesía reemplazó las viejas instituciones, caducas históricamente, con las propias. A través de la Asamblea Constituyente, una institución de su propio régimen social, construyó el nuevo Estado (la burguesía revolucionaria nunca planteó un “Consejo Real libre y soberano” o algo por el estilo). Absolutamente revolucionarias, las asambleas constituyentes en Inglaterra del siglo XVII o Francia en el siglo XVIII (las más destacadas) deben ser entendidas en la etapa histórica de las revoluciones burguesas. No se comprende la razón por la cual son citadas para trazar un paralelismo con la situación actual. Es una lectura ahistórica. En la etapa actual, de guerras y revoluciones, en el marco del Estado burgués agotado históricamente, la Asamblea Constituyente tiene por función histórica reforzar el carácter constitucional del Estado -o sea, reforzar el Estado mismo. No rompe con sus límites. En situaciones revolucionarias puede presentarse como el último recurso constitucional (la otra variante es el frente popular) contra el Estado obrero. Un concepto que no se nos debe escapar: la Asamblea Constituyente “con poder, libre y soberana” en los términos planteados no tiene sentido. Es pura abstracción. Mientras los medios de producción y el armamento están en poder de la burguesía, la Asamblea Constituyente “con poder” es para la tribuna, papel mojado. Ninguna clase social entregaría el poder en esas condiciones. Corremos el riesgo seriamente de alimentar ilusiones democráticas, cuando lo que está cuestionado objetivamente es el conjunto del régimen social (cuadernogate, crisis económica, deuda, agotamiento histórico…). Tenemos que ayudar a la clase obrera a romper con el Estado burgués. La Asamblea Constituyente, en este contexto, antepone una valla en ese camino por más intenciones y programas que le asignemos. La Asamblea Constituyente fue planteada por Trotsky en China tras la derrota del proletariado en Cantón, frente al reflujo de las masas, en un país carente de experiencia constitucional. La burguesía victoriosa tenía planteada la necesidad de una Asamblea Constituyente para ajustar cuentas con el sector militarista del país y con el imperialismo. Las tareas pendientes de unificación nacional, destrucción de las aduanas interiores, creación de una moneda única, de un mercado único, ponían la convocatoria a la Asamblea Constituyente en el orden del día. León Trotsky levantó la consigna, frente a una situación concreta, con un contenido político dirigido a movilizar tras ella a las masas trabajadoras en reflujo. La disolución de la Asamblea Constituyente en Rusia por el gobierno de los soviets demuestra el rol contrarrevolucionario que esta institución burguesa puede adquirir frente a un gobierno obrero. Los bolcheviques levantaron la consigna frente al zarismo ante la ausencia de experiencia constitucional de las masas. Luego contra el Gobierno Provisional, que planteaba la necesidad de ganar la guerra, después convocar la Asamblea Constituyente y después resolver el problema agrario y de las masas en general. La consigna de Asamblea Constituyente fue capitalizada para desenmascarar la política del Gobierno Provisional, al que no le interesaba terminar la guerra, menos la Asamblea Constituyente y mucho menos resolver las necesidades de los trabajadores. Otra vez, la Asamblea Constituyente estaba objetivamente planteada en la situación política. La experiencia alemana de 1918-19 demuestra el carácter contrarrevolucionario de la Asamblea Constituyente frente a la movilización obrera. Utilizada como recurso para oponer un poder burgués al poder de la clase obrera movilizada. O sea, encorsetar la movilización dentro de los límites del Estado burgués, condenarla a la derrota. Estos acontecimientos, por nombrar brevemente algunos de los más destacados en cuanto a la intervención política del proletariado, muestran la importancia del análisis concreto en situaciones concretas, contra todo esquematismo y fetichismo. Las consignas democráticas pueden ser levantadas si son capaces de movilizar a los explotados, si sirven para que los trabajadores saquen conclusiones revolucionarias, si están planteadas objetivamente en la situación política. De ahí surge el segundo punto que quiero colocar: ¿es la Asamblea Constituyente la consigna adecuada para esta etapa? ¿Tiene capacidad movilizadora sobre los trabajadores? ¿Ayuda a la clase obrera a sacar conclusiones revolucionarias? El planteo de Asamblea Constituyente surge de la distancia existente entre la crisis económica y política en curso, y la conciencia que los trabajadores tienen de esa crisis y de cómo superarla políticamente. Como un puente al gobierno de los trabajadores. Pero ¿cumple los requisitos? Asamblea Constituyente en la etapa actual Jorge Altamira plantea que la consigna “Fuera Macri… Asamblea Constituyente con poder” debe ser central. Haciendo a un lado el debate de la centralidad o no de la consigna entiendo que así planteada la consigna misma nace floja de papeles. No precisa quiénes convocarían la Asamblea Constituyente. Estamos frente a una consigna, pero carecemos del sujeto (o sujetos) político convocante. Y sin sujeto político convocante, la Asamblea Constituyente deviene en un planteo absolutamente abstracto. No es un aspecto para despreciar si pensamos en conquistar políticamente y movilizar a la clase obrera y a las masas trabajadoras. En el Boletín Interno N° 2 congresal [“Documento alternativo para el XXVI congreso”], Altamira retoma la idea de una Asamblea Constituyente convocada por un gobierno de trabajadores, convocada por la clase obrera, lo que agrega otro inconveniente: ¿por qué un gobierno de trabajadores tendría, a priori, que convocar a una institución burguesa? Así planteada, la Asamblea Constituyente es democratizante. La propuesta del Comité Nacional en el informe político, por su parte, coloca el eje en la necesidad de una intervención política de las masas para dotar a la Asamblea Constituyente de un contenido revolucionario. Por eso coloca, en primer lugar, “Que la crisis la paguen los capitalistas, fuera el FMI, no al pago de la deuda”. Una vez que las masas intervengan políticamente, la Asamblea Constituyente tomaría plena vigencia. Dos motivos por los que rechazo este planteo: primero, no acuerdo con el argumento -esgrimido en charlas y boletines internos anteriores- que adjudica expectativas democráticas a las masas. Considero que ese argumento resulta antojadizo y configura además una especie de etapismo que la misma dinámica de la crisis va a hacer estallar en mil pedazos. Si la clase obrera se levanta y enarbola un programa revolucionario, no se va a andar con formalidades democrático-burguesas. Los ejemplos de Brasil y Venezuela ratifican la idea de que las masas, cuando se movilizan frente a una crisis de régimen, no se detienen en detalles democráticos-burgueses. Unos votaron a un fascistoide que hizo campaña contra los derechos democráticos y otros alientan la intervención extranjera y/o defienden el nacionalismo burgués con sus colectivos paraestatales incluidos. Ambos ejemplos configuran la capitalización de la crisis por distintos sectores de la burguesía, mientras el proletariado manifiesta su crisis histórica de dirección y no interviene de forma independiente. ¿Y las formalidades democrático-burguesas? Bien, gracias. Segundo, otro inconveniente de este planteo es que una vez que las masas intervengan con un programa político independiente… ¿por qué deducimos que la Asamblea Constituyente va a estar en el orden del día? Corremos un serio riesgo de encorsetar la intervención popular en los marcos del Estado capitalista, de allí deduzco su rol democratizante en esta etapa. Llegado ese momento, veremos las consignas adecuadas teniendo en cuenta las condiciones objetivas y subjetivas. El único aporte real que percibí (y negativo) de la consigna Asamblea Constituyente fue bloquear en un momento de ataque la acusación de “golpistas”. Presentando una institución burguesa en nuestro planteo, la acusación quedaba bloqueada. Pero con un costo alto, lindando la defensa del régimen. Los ejemplos anteriores de Brasil y Venezuela son más que suficientes para demostrar el valor que tiene la democracia burguesa para la burguesía, y ese es todo un ángulo para desenmascarar al régimen. El debate actual plantea la cuestión de fondo: el capitalismo está históricamente agotado y no puede seguir funcionando si no es sobre la base de una mayor explotación obrera y más miseria. El problema es el régimen social. Las conclusiones revolucionarias, los trabajadores las tendrán que sacar en base a su propia experiencia. Estoy absolutamente de acuerdo con que hay que dotarse de consignas que ayuden a una intervención política de las masas. Acuerdo con las propuestas del informe político, pero rechazo que la Asamblea Constituyente forme parte de esas consignas por tener un carácter democratizante en la etapa actual. En ese sentido, en lugar de Asamblea Constituyente, planteo la consigna “Por un gobierno de trabajadores y la izquierda”. Se puede señalar que esta formulación tendría un carácter puramente agitativo y abstracto si se quiere, tanto como la Asamblea Constituyente, pero tiene la ventaja de plantear la cuestión de poder en términos clasistas: qué clase es la que tiene que gobernar para superar la crisis. Apunta a desarrollar, a su vez, el sujeto político y no confundirlo en una institución policlasista. Al calor de la crisis y en la batalla por el desarrollo de los organismos de lucha política de los trabajadores, se pondrá a consideración eventualmente la necesidad o no de una Asamblea Constituyente. 18/2/19

1 de agosto de 2019
La consigna de Asamblea Constituyente y la Revolución Rusa

La consigna de la Asamblea Constituyente fue ocupando diferentes lugares a lo largo de las sucesivas etapas que atravesó la revolución rusa. En su carácter de consigna democrática radical, integró el sistema de consignas del que se valieron los bolcheviques para apartar a los obreros y campesinos de la tutela de la burguesía, aunque su peso y su ubicación fue variando de acuerdo con las fases que fue registrando la lucha de clases y el proceso político en Rusia. La centralidad que tuvo en el período previo a la revolución de febrero, la fue perdiendo luego de ella hasta pasar a jugar una función contrarrevolucionaria en los meses finales previos a la revolución de Octubre. Pasemos revista de dicha experiencia. ​El rol de la consigna en el período pre-revolucionario Es un ‘clásico’ en la historia de la revolución rusa por destronar al zar a través de una revolución social, el papel central para la agitación política que jugó la consigna de la Asamblea Constituyente durante todo el período pre-revolucionario. El II Congreso del POSDR (1903) la incorporó al programa: “Por su parte, el POSDR está firmemente convencido de que la realización completa, consistente y definitiva de los cambios políticos y sociales mencionados, es alcanzable sólo a través de la caída de la autocracia y de la convocatoria de una Asamblea Constituyente, electa libremente por todo el pueblo”. El POSDR de conjunto levantó este planteo, de contraponer una reivindicación democrática revolucionaria basada en la reivindicación de la soberanía popular a la dictadura autocrática zarista. La consigna de la Asamblea Constituyente fue tomada por numerosas expresiones políticas de la izquierda e incluso sectores de la burguesía liberal. Pero el estallido de la revolución de 1905 llevó al zarismo a intentar dividir el frente de lucha contra su régimen, prometiendo a la burguesía negociar una salida constitucional. Esto coadyuvó a que ésta abandonara gran parte de sus coqueteos con la movilización revolucionaria y contribuyó a forjar un frente reaccionario para aplastar el movimiento revolucionario desarrollado por la clase obrera y los soviets que ésta creó. Las maniobras constitucionalistas del zarismo fueron una farsa. Esto no hizo que el partido bolchevique -en pleno desarrollo- abandonara la consigna, sino que insistió más abiertamente que no podría haber Constituyente revolucionaria sin el derrocamiento del zarismo y la instauración de un gobierno revolucionario que la convocara. Al mismo tiempo, los bolcheviques no se limitaban sólo a las demandas político-democráticas (libertad de prensa, asociación, etc.), sino a puntos cardinales de transformación revolucionaria: la autodeterminación nacional, la confiscación de la tierra a los terratenientes, etc.). Más que nunca en la Constituyente se resume un planteo de transición revolucionaria para derrocar al zar y su régimen, y movilizar revolucionariamente a las masas obreras y campesinas, peleando por el papel dirigente y protagónico del proletariado en la lucha por la conquista del poder político. Esta posición -con variantes- se mantuvo hasta el estallido de la revolución de febrero de 1917. Después de febrero La posición de Lenin y los bolcheviques, después de la renuncia del zar y la asunción del Gobierno Provisional, dominado por la Duma de la burguesía, fue cambiando. Ya no fue usada para agitar y llamar a la movilización revolucionaria de las masas para su concreción, sino en forma negativa para mostrar que el gobierno del frente popular, con el apoyo menchevique y de los socialistas-revolucionarios, quería postergar su realización. Esto, porque querían que Rusia siguiera participando en la guerra imperialista y para desmovilizar lo más posible a las masas campesinas sedientas de tierra. El derrocamiento del zar y el fin de la autocracia, y su sustitución por un gobierno en que conviven desde la burguesía liberal hasta los socialistas cambia el escenario. La consigna de la Constituyente es agitada por los oportunistas como un arma contra los soviets y contra la amenaza de una segunda revolución que conduzca al poder al proletariado para ejecutar las tareas revolucionarias transformadoras. Según Víctor Serge, en su biografía de Lenin: “Cuando abdica el zar, Alexander Kerensky, más elocuente que nunca, le dirige al destronado una frase magnífica, una frase que cautiva tanto a los cortesanos, que el barón Nolde la incluye en sus memorias: ‘Dígnese pensar, su majestad imperial, que llevaremos la preciosa copa de su poder hasta la Asamblea Constituyente sin derramar una sola gota de sus contenidos’”. El mismo Serge describe la actitud de “los políticos pequeño-burgueses en cuyas mentes la realidad social ha sido reemplazada hace mucho tiempo por viejos clichés (…) los social-revolucionarios vuelven a sostener la necesidad de un Asamblea Constituyente” (ídem). La Constituyente pasa a convertirse crecientemente en un instrumento de regimentación y postergación de la movilización revolucionaria de los campesinos y del conjunto de los oprimidos. Lenin crítica que no se la convoque, para llamar abiertamente a la acción directa: a que los campesinos tomen las tierras, etc. La consigna de “Pan, Paz y Tierra” preside la agitación estratégica para plantear que el poder pase a manos de los soviets. A tal punto llega este relegamiento de Lenin de la consigna de la Constituyente que es acusado por sectores del Gobierno Provisional de haberla abandonado. Lenin se defiende señalando que “he atacado al Gobierno Provisional por no señalar un plazo para la convocatoria a la Asamblea Constituyente y limitarse a simples promesas”. Y aclara inmediatamente que “sin los soviets de diputados obreros y soldados no está garantizada la convocatoria de la Asamblea Constituyente ni es posible su éxito”. En las “Tesis de Abril”, que rearma programáticamente al partido bolchevique para encarar la nueva fase de la revolución, no figura la Asamblea Constituyente como consigna estratégica y de movilización revolucionaria, sino solamente se la menciona en forma negativa. El centro está colocado en impulsar la movilización revolucionaria de las masas, la acción directa por sus reclamos estratégicos. En Las enseñanzas de la revolución, Lenin señala que el partido kadete, representante de la burguesía liberal, “exhorta sin ambages a que la Asamblea Constituyente sea aplazada hasta después de la guerra. Con respecto a la tierra, esperen hasta la Asamblea Constituyente. Con respecto a la Asamblea Constituyente, esperen a que termine la guerra. Con respecto a la terminación de la guerra, esperen hasta la victoria total (…) se burlan de los campesinos”. Ante el avance de la organización bolchevique y la agitación y movilización creciente del campesinado y los soldados, finalmente, Kerensky convoca a elecciones para la Constituyente como una manera de frenar los ímpetus revolucionarios y desviarlos hacia el campo electoral, donde los bolcheviques serían minoría. Pero una y otra vez va postergado la fecha. Esta dilación será fatal para el frente democrático contrarrevolucionario. Convocadas las elecciones para el 25 de noviembre de 1917, dará ‘tiempo’ para que triunfe la insurrección bolchevique y el poder pase efectivamente a manos de los soviets.​ En su obra sobre el período revolucionario, uno de los principales dirigentes de los social-revolucionarios, Víctor Chernov, admitió como uno de los mayores errores del partido el haber permitido el retraso en la reunión de la Asamblea Constituyente. A medida que avanza el proceso revolucionario, la consigna de Constituyente fue apareciendo cada vez más nítida la posibilidad de su filo contrarrevolucionario. Fue uno de los argumentos utilizados para no impulsar la insurrección de Octubre. Nuevamente, Serge nos cuenta que Lenin envió “una nueva, muy larga y muy persuasiva “Carta a los camaradas” para poner fin a las vacilaciones de algunos. En una reunión de los bolcheviques de Petrogrado, dos militantes destacados del partido se habían opuesto a la propuesta de insurrección inmediata. Lenin repite y refuta cada uno de los argumentos de “tristes pesimistas”. Este parece ser el más grave de ellos: “Cada día somos más fuertes; podemos entrar a la Asamblea Constituyente como una fuerte oposición: ¿para qué arriesgarlo todo a una carta?”. Se refiere a Grigori Zinoviev y Lev Kamenev, quienes fueron firmemente refutados por Lenin: “Este es el argumento de un filisteo que “ha leído” que la Asamblea Constituyente ha sido convocada y que se conforma confiando en la vía constitucional…”. La toma del poder y la Constituyente Esta es quizás la parte más conocida de la historia de la Constituyente, el partido bolchevique y la revolución de Octubre. La pasaremos rápidamente por encima: Lenin se opone a la realización de las elecciones por la Constituyente, considera que el gobierno soviético recién asumido llevará adelante las transformaciones revolucionarias y que la Constituyente se transformará en una trinchera de la contrarrevolución. Pero se allana a la mayoría del Comité Central bolchevique, que dice que hay que cumplir con el programa-promesa de convocar a una Asamblea Constituyente. Las elecciones darán mayoría a los bolcheviques en los centros proletarios, pero serán minoría en los centros agrarios, que votan a los socialistas-revolucionarios. Reunida la Constituyente, la bancada bolchevique se retira y horas más tarde, después de haber intentado transformarse en un doble poder contrarrevolucionario, es disuelta por escuadrones de obreros y soldados rojos. El planteo progresivo (o regresivo) de la soberanía popular El análisis autocrítico de Chernov, arriba volcado, es tomado como experiencia por la burguesía mundial. Con la caída del káiser y el levantamiento de la clase obrera, la burguesía enarbola la Constituyente como un recurso contra la revolución, para desviarla hacia el voto de todo el pueblo contra los soviets que se estaban desarrollando. Los traidores líderes socialdemócratas oponen el voto de todo el pueblo en elecciones generales al voto revolucionario calificado de los consejos obreros, oponen la reconstitución del Estado burgués -hundido por la revolución- bajo una forma ‘democrática’ a la dictadura revolucionaria del proletariado. En el caso de autocracias y dictaduras es un planteo claro de llamado a la lucha revolucionaria para acabar con ese régimen y que sobre la base de su derrocamiento sea un poder revolucionario -nosotros bregamos por soviets revolucionarios- el que convoque a una Constituyente para que el ‘pueblo’ defina libremente los destinos de la nación. Que, finalmente, se convoque o no dependerá de la correlación de fuerzas y de otros varios factores. Por eso es correctísimo que Trotsky y la oposición de izquierda plantearan la Constituyente en Italia, en 1926, ante el asesinato de Giacomo Matteotti y la supresión del Parlamento. También era claro para la Argentina, bajo la dictadura militar, donde le oponíamos al régimen autoritario criminal la necesidad que el pueblo discuta libremente su destino. Y animar con este reclamo transicional la resistencia y lucha de las masas por el derrocamiento revolucionario de la dictadura. Pero de aquí no se debe deducir que “la Constituyente soberana es un planteo revolucionario ante toda situación de impasse político estratégico del régimen imperante” (ídem, Boletín Interno N° 2). Para Trotsky, en el “Programa de Transición”, la consigna de la Asamblea Constituyente “conserva toda su fuerza para países como China o India”, verdaderos polvorines donde la lucha por la unidad nacional, por la expulsión de los imperialismos ocupantes, del gobierno autónomo, la revolución agraria y otras reivindicaciones democráticas están al rojo vivo, sin resolver. No es una consigna universal, sin embargo, para los países atrasados. En algunos casos tiene un carácter episódico, se puede adoptar de acuerdo con las circunstancias, depende de la correlación de fuerzas existente, etc. Tiene la función de contraponer la soberanía popular a decisiones arbitrarias, en el marco de una crisis aguda que golpea al pueblo trabajador. Pero si el gobierno burgués acaba de surgir de un proceso electoral en el que ha votado la inmensa mayoría de la población no aparece como una consigna transicional movilizadora. Es el caso, por ejemplo, de Bolsonaro en Brasil, que acaba de ganar por el 54% de los votos. Aparece investido de la autoridad de una mayoría absoluta en el terreno electoral. No podemos plantear de inmediato: “Fuera Bolsonaro, por una Constituyente soberana”. Aunque esté claro el carácter derechista de Bolsonaro, las masas que lo votaron tendrán que pasar por una experiencia política con él. Y en el caso de Argentina: ¿podemos plantear “Fuera Macri, Asamblea Constituyente soberana nacional, en las provincias y municipios”? En Neuquén, donde las tres principales fuerzas políticas burguesas han sacado el 95% de los votos y el frente revolucionario un 5%, ¿está planteada ahora la consigna de Constituyente soberana? Si se hubieran elegido representantes constituyentes, los partidos burgueses reaccionarios habrían sacado el 95% de los mandatos y la izquierda revolucionaria sólo el 5%: la Constituyente se habría ‘reformado’ hacia la derecha (contra el derecho al aborto, etc., etc.). ¿Y en las provincias donde el poder político ha anunciado su intención de convocar a una Constituyente -Mendoza, Santa Fe- para introducir reformas reaccionarias (reelección, eliminar regímenes de distribución de aguas para beneficiar a monopolios mineros, etc.)? Agitar por una Constituyente, en condiciones donde no existen posibilidades a la vista de que tenga un carácter revolucionario, que surjan de un proceso revolucionario, ¿no es hacerle el juego a la derecha? ¿ Se puede aplicar la consigna de la Constituyente soberana hoy en la Argentina ? Estamos atravesando una crisis mayor del régimen político y de hundimiento económico con fuertes tendencias catastróficas, que plantean la pertinencia de levantar esta consigna para ayudar a generar una movilización de masas que enfrente revolucionariamente al gobierno y al régimen. Nuestro planteo de “Fuera Macri, los gobernadores y el FMI. Por una Asamblea Constituyente soberana” conserva su vigencia e integra el sistema de consignas, pero su lugar debe ser ponderado ante cada fase de la lucha que nos toca intervenir. Estamos frente a elecciones en el marco de la ausencia de movilizaciones revolucionarias de las masas. La tendencia que ha alentado la burguesía y que, por ahora, ha prendido en las masas es que a través del proceso electoral en curso se expresara la ‘voluntad popular’ para realizar cambios; más, teniendo en cuenta el carácter de elecciones de Ejecutivo (presidente y gobernadores) que asume esta vez. Pero a medida que se impongan las elecciones provinciales primero y luego la nacional, esta consigna será inevitablemente retraída. Si estalla una rebelión, pasa ocupar el primer plano. Es la característica del período en desarrollo la que le da ese margen de alternancia a las consignas en el esfuerzo de acercarse a la conciencia de las masas. La lucha electoral está ocupando el centro de la escena política nacional y debemos empeñarnos en lograr que los trabajadores no voten a las candidaturas ajustadoras y lo hagan por el FIT, como un paso de ruptura y de acercamiento a las corrientes revolucionarias. 18/4/19